¡Oh, Thorne!
Lestat de Lioncourt
Hacía cinco noches que había llegado
correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de
cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de
“Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había
estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes,
convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus
escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se
encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido
“silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por
Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.
Nada más llegar a Auvernia y entrar en
el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me
abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas.
Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy
honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen
amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño
inmenso que no sé aún como pagar.
—Hace unas semanas Jesse envió algo
a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has
abierto ya?
Su mirada castaña me parecía dos
hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero
también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por
los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre
intentaba vestir impoluto.
—Acabo de llegar y nada más he
preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras
una carcajada.
—No, no sabía nada—respondí.
—Creo que la dejaron en tu cripta.
Me despedí de él acariciando sus
manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que
lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A
ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte.
Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué
me había enviado Jesse.
Cuando entré en mi cripta la hallé en
mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de
piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd
que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad
usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo
llorar de inmediato.
Era una manta hecha con los cabellos de
Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía
oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar
como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde
entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo
evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía
mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán
mi familia.
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