Amar es peligroso y más cuando ya no hay excusas para poder regresar. Marius gastó todos sus cartuchos y Armand ya no quiere quemarse más.
Lestat de Lioncourt
Me miraba como si fuese el culpable de toda la perversidad que
cubría la faz de la Tierra. Sus ojos castaños no perdían detalle a mis
facciones frías que eran casi las de una escultura perfecta, pues el color marmoleo
y las escasas arrugas de expresión ofrecía esa sensación, y los míos intentaban
no enfocarse en el suyo porque temblaba de deseos. Quería sostenerlo como
aquella vez. No hay nada más puro como el primer encuentro en el cual ofreces
lo mejor de ti, mostrando sólo parte del monstruo que realmente eres, para
poder así seducir al alma contraria.
Por unos instantes trasladé mi mente a Venecia. Estábamos en
mi palacio veneciano con las luces tenues de los numerosos candelabros. Las delicadas
telas de los cortinajes de mi dosel caían lánguidas a los lados, el satén de mi
cama estaba arrugado y el fresco del techo de mi habitación era un clamor de querubines
y serafines batallando unos contra otros por su hermosura y divinidad. Él estaba
allí de pie, apoyado en el pomo dorado de mi puerta, esperando a ser invitado a
entrar y desplegar su encanto.
Pude tocar por un instante su estrecha cintura y sus
delicadas caderas. Mis manos abarcaban su espalda, mientras mis labios rodeaban
su cuello aspirando el aroma de sus cabellos de sangre y fuego. Podía incluso
sentir la textura suave de su sonrosada y cálida piel. Era como haber regresado
al pasado sin dejar de recordar los malos momentos vividos bajo ese techo, el
dolor de la distancia y la muerte de nuestra relación.
—Amadeo—dije aún entre ensoñaciones.
—Armand—rectificó rompiendo con el pasado y trayéndome al
futuro sin piedad alguna.
—Para mí siempre serás el chiquillo que salvé y cobijé en mi
palacio.
Un palacio que fue destruido junto con todo lo que amaba. Mis
proyectos fueron consumidos por las
llamas, igual que mi amor y mi cuerpo. Todas mis propiedades se convirtieron en
humo, ceniza y trozos de madera que no servían ni para leña. Aquello que había
levantado con esfuerzo cayó con la velocidad que pierde el equilibrio un castillo
de naipes.
—Y tú para mí el monstruo que pinta ángeles pero que no
posee agallas para salvarlos de sus enemigos—aquella puñalada gratuita me
destruyó por completo. Quedé en silencio mientras se movía con gracia por la
habitación—. ¿Qué deseas? No hay reunión hoy.
—Verte, ¿acaso no puedo verte?—pregunté arrogante dispuesto
a combatir aquellos ojos encendidos de rabia y dolor.
—Ya me has visto. Ahora, por favor, puedes agarrar tu
orgullo e irte—dijo invitándome a la salida con un simple gesto de sus manos.
—¡Armand!—grité molesto.
—Marius, estoy cansado que vengas aquí rompiendo mi alma sin
importarte nada. ¿Te propones destruirme? Porque lo estás logrando—afirmó con
molestia, sin embargo su voz seguía siendo dulce y pausada. Por su físico el
tiempo no pasaba, como ocurría conmigo, pero su espíritu había sido retorcido
mil veces. Ya no era el ser inocente que me enviaba a los abismos de la perversidad,
sino un monstruo que se alimentaba de tiempo y dolorosos recuerdos.
—Pretendo no herirte—dije acercándome a él.
Él se echó a reír apoyándose en el escritorio que tenía a
pocos metros. Sus cabellos ondulados rozaron sus mejillas mientras sus
carcajadas se hundían como dagas en mi alma. Vestía como cualquier muchachito
de hoy en día. No había traje pomposo ni elegante. Sólo había una camiseta de superhéroes
de Marvel, unas deportivas desgastadas y unos pantalones vaqueros rotos por las
rodillas. Vestía como cualquier adolescente porque posiblemente había salido a
cazar y usaba prendas que no llamasen la atención. Aún así, aunque no hubiese
traje de seda, veía al ángel que yo mismo había tallado y conservado entre mis
manos.
—Hace tiempo que me heriste, Marius—respondió retomando la
compostura. Sus ojos tomaron apagados matices y su boca se torció ligeramente. La
tristeza había enjaulado de nuevo al ave más hermosa de mi paraíso y yo no
tenía la llave—. Quieres rescatarme pero hace tiempo que me salvé por mí mismo.
Ya no soy el niño que pueda creer tus mentiras—se apartó de la mesa y se acercó
a mí. Colocó sus manos pequeñas sobre mi torso y las subió hasta mis hombros,
para apoyarse quedando de puntillas y besar mis frías mejillas con sus cálidos
y carnosos labios. —Vete, amor mío, yo te libero de la pesada carga.
—No es pesada, Armand—dije tomándolo por la cintura con
ambas manos—Sólo quiero amarte.
—Ya es tarde para amar ángeles—dejó un suave beso en mis
labios y se marchó de la habitación.
Me quedé allí trastornado por el dolor y la ira. Me sentía
impotente y estúpido. Había ido a tocar a su puerta sin una buena excusa para
que regresara a mi lado. Yo ya no era quien debía salvarlo a él, sino él era
quien tenía que salvarme a mí y había decidido, claro está, no hacerlo.
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