Estaba allí sentado observando su cuerpo desnudo. Deslizaba sus
ojos sobre cada pliegue y marca de su piel. El rostro de su víctima tenía una
expresión vacía. Sus brazos estaban echados hacia atrás, completamente rotos
por la extenuación y la rigidez de las ataduras que aún marcaban la piel que
los cubría con aquellas terribles rozaduras, y sus piernas marcadas por gotas
de sangre, cera negra y esperma. El sexo había sido brusco, brutal y terrible. Ante
él tenía una pintura única, casi mágica, que había servido como fuente de
inspiración y alimento.
Se sentó al otro extremo de la habitación sobre un sofá de
una sola plaza, con unas orejas amplias y unos brazos fuertes. Era cómodo aquel
rincón donde la calefacción llegaba a chorros pequeños y calentaba su nuca. Encendió
un cigarrillo mientras se deshacía al fin de su corbata. Había estado desatada,
pero no quitada. Al arrojarla sobre el suelo de madera sonrió. Ni siquiera
había tenido que quitarse la ropa para dominarlo y enseñarle modales.
Aún se podía escuchar el murmullo del vibrador entre sus
piernas cumpliendo su función. Sus cabellos negros caían desparramados sobre la
almohada y el rostro del muchacho, pero él sólo prestaba atención a su torso. Era
una hermosa amalgama de cortes, rozaduras, quemaduras y suciedad. Pasó la punta
de su lengua por su labio superior y carcajeó con sorna.
Fuera nevaba. La nieve se acumulaba a lo largo y ancho de
las calles. Una fuerte tormenta estaba dejando aislada a la ciudad. Nueva York
era simplemente una ciudad baldía de vida por las temperaturas tan bajas y el
hielo en las aceras. Además, era tarde. Nadie en su sano juicio saldría de casa
ni siquiera para buscar algo en la guantera del coche. Pero el chico seguía
despierto soportando aquella tortura. Estaba allí retenido desde hacía más de
cinco días y ni siquiera corría el tiempo para él. Ya no recordaba apenas su
nombre y el cansancio lo estaba matando.
El cigarrillo se consumía en cada calada y las colillas
caían libremente sobre el suelo de aquel hotel. Había alquilado la habitación
de siempre de uno de esos hoteles discretos que no preguntan y puedes dejar tu
nombre falso, pues a nadie le interesa tus idas y venidas, mientras pagues en
metálico una buena suma de dinero. El chico no salía de la habitación desde el
miércoles que había entrado con él pensando que había encontrado una buena
aventura. ¡Y no se equivocaba! Estaba viviendo la gran aventura de su vida.
Amordazado, privado del oído e incluso del movimiento se
hallaba todo el día entre aquellas sábanas salvo cuando él creía que era
necesario. ¿Y cuándo lo era? Para ir al aseo por sus necesidades básicas. Casi no
lo alimentaba, sólo lo imprescindible para no deshidratarlo ni matarlo de
inanición, porque era su mascota. Para aquel importante empresario y político
sólo era un juguete del que se acabaría cansando.
Los ojos fríos de su amante seguían observándolo mientras
rogaba por morir para liberarse. No sólo quería librarse de las ataduras sino
también de los recuerdos, el dolor físico y del extraño deseo que se formaba
entre sus piernas. Cada vez se excitaba más con aquella colonia clásica, con el
aroma de sus cigarrillos y el timbre de su voz cuando lo maldecía. Estaba volviéndose
loco. Comenzaba a creer que había perdido la escasa cordura entre vejaciones.
Al final se acercó a él apagando el cigarrillo en el vientre
de su “amante” y bajando la cremallera de su pantalón. Su miembro de glande
rosado ya estaba firme. Él se arrojó voraz sobre su sexo como si fuese a ser
alimentado por un manjar. No podía mover los brazos aunque ya había sido
desatado. El vibrador seguía zumbando mientras él jadeaba moviendo sutilmente
sus caderas. Aquella bestia colocó su mano sobre su cabeza, enredando sus dedos
ásperos en aquel sedoso y sudado cabello, comenzó a mover violentamente sus
caderas. No tardó en eyacular llenando la boca del muchacho y dejándolo sin
respirar. Entonces el vibrador fue retirado para luego sentir como las esposas
volvían a sus muñecas, atándolo al cabezal de la cama, mientras escuchaba sus
pasos alejándose hasta la ducha. El juego por hoy había terminado temprano pues
sólo eran las 3:00 a.m.
No hay comentarios:
Publicar un comentario