—¿Qué haces?—preguntó
interrumpiendo mi larga discusión conmigo mismo. Amel había
decidido abandonarme hacía un buen rato. No sabía por qué a veces
se callaba, pero quizá lo hacía porque sabía que todos necesitamos
un rinconcito de soledad.
—Pensaba—respondí.
—Es divertido. Todos creen que no
piensas—dijo carcajeándose bajo mientras tomaba asiento conmigo en
aquel banco.
Nos hallábamos en un hermoso cenador
rodeado de madreselva, rosales y otras plantas silvestres que no
tenía corazón de destruir pese a que supuestamente quitaba belleza
al conjunto. Pensaba en todos esos jóvenes destruidos y no podía
hacer lo mismo con plantas. Ellas representaban a las flores de este
Jardín Salvaje, de esta jungla de sueños pesadillas, que habían
sido arrancadas para siempre.
—Soy un hombre de acción, pero a
veces medito—alegué con una ligera sonrisa.
—Sí, supongo que necesitas meditar
el rumbo que está tomando tu vida y la historia de todos—echó su
brazo sobre mis hombros y me dejó un beso en la mejilla. Seguía
oliendo tan bien como cuando yo era un niño.
—¿Crees que todo saldrá bien?—le
consulté. No estaba ya seguro de nada.
—¿No lo crees así?—preguntó.
—Sí, pero a veces me equivoco—dije
aferrándome a su cintura mientras apoyaba mi cabeza sobre sus
pechos.
—Eres de los que no se
rinden—aseguró—. Jamás te has rendido. Ni siquiera cuando
naciste casi muerto y pocos daban algo por ti—dejó un beso en mi
frente y recordé algunos hechos de mi vida.
Me vi entre la nieve casi congelado
dejando que el aliento saliese como vaho, el ruido de los lobos
gruñendo y aullando, mi caballo relinchando, la escopeta a punto de
disparar y mis perros atacando mientras morían uno a uno por las
dentelladas de aquellos animales salvajes. También me sorprendí
danzando en el teatro para luego, tras las cortinas, terminar
yaciendo con la gitana que me vendió por unas monedas a mis
hermanos. Claro está, también pensé en la taberna y Nicolas, la
escapada a París, el desdentado Magnus, la verdad abriéndose paso
como una navaja, las riquezas que adquirí y el desconocimiento,
persecuciones, la muerte de Nicolas, la destrucción del violín y
todo lo que vino después por culpa de mis deseos. Pero sobre todo
vino a mí Louis. Los ojos de Louis aparecieron como si fueran una
revelación divina.
—Pero en esta ocasión no lucho solo.
Hay muchos factores que pueden fallar y...
—Hijo, tú sobreviviste a una manada
de lobos, a los golpes de tus hermanos, al frío de los inviernos, a
la sed y el hambre, a la inmortalidad con todas sus trabas y a la
soledad que a veces te ha abrazado con firmeza como si fuese tu
madre—dijo llevando su mano derecha a mis rizos leoninos para
acabar tomándome del rostro girándolo hacia mí—. Te amo—murmuró.
Estaba sorprendido por su discurso, pero también por escuchar de
nuevo esas palabras tan importantes para mí. Realmente ella pensaba
igual que yo en muchos aspectos—. Te amo con todo mi corazón. Eres
lo más maravilloso que he podido aportar a este mundo y sé que
puedes cambiarlo. Harás que todo sea distinto. Sólo tú puedes
hacerlo—dio un par de besos más a mi rostro y se incorporó para
echar a correr entre los árboles. Sabía que odiaba ese lugar, que
para ella el castillo estaba tan maldito como el lugar donde quemaban
a las brujas.
Lestat de Lioncourt
No hay comentarios:
Publicar un comentario