Recuerdo que había cortado leña
prácticamente toda la tarde. Estaba cansado, sudoroso y con las
manos llenas de ampollas por el roce del hacha. Miraba las llamas
consumir la leña y sentía que deseaba que el fuego surgiera de allí
y acabara con todo lo que conocía, salvo con lo único bueno que
conocía entre los muros de la cárcel que llamaba sarcásticamente
hogar.
-Sé que estás molesto- dijo mi madre
aproximándose a mí.
Mis hermanos habían salido al pueblo,
a beber en la taberna, y de paso se habían llevado a mi padre. Podía
haber sido una buena oportunidad para escapar, pero sabía que
volverían a por mí y no me dejarían en paz.
-Seguramente la gitana era bonita-
susurró apoyando sus manos lechosas sobre mis hombros- Pero no era
tu futuro.
-¿Y cuál es mi futuro?-respondí
molesto-¿Consumirme aquí como esa leña?
-Te esperan grandes cosas, yo lo sé-sus
manos eran las de un ángel que se apoyaba en un santo, aunque fuera
un santo demonio, y los estrechaba con mimo- Eres el mejor de mis
hijos, por no decir que el único al que quiero.
-Eso ya lo he escuchado, madre-murmuré
suspirando pesadamente- Necesito salir de aquí. Quiero ver mundo.
Deseo conocer que hay más allá de éste valle, el pueblo y las
montañas. Me asfixia estar aquí. Es como una tortura.
Depositó un beso en mi mejilla
mientras uno de mis canes, el cual estaba echado a mis pies, se
acomodaba dejando que sus enormes patas acariciaran mis botas. Tomó
después asiento a mi lado, me miró con cierta suspicacia y se echó
a reír. Jamás he encontrado a una mujer que ría como ella. Creo
que es un recuerdo amable que tengo gravado en mi alma, pues era lo
poco hermoso que tenía mi vida en aquellos días.
-Tan impaciente como siempre. Yo
también deseo volar lejos de aquí, pero ya no hay tiempo. Para ti,
en algunos años, podrás alcanzar todo lo que desees-su rostro se
volvió serio y dejó una pátina de dolor en su mirada- Lestat no he
criado a un inútil como tus hermanos, tú eres distinto. Harás
grandes cosas.
Desconozco si era tan sólo una
corazonada, sin embargo puedo afirmar que no se equivocaba. Ustedes
saben mis proezas, algunas sucedidas semanas después de aquella
conversación. Mi madre siempre me ha dado buenos consejos, pero
siempre he sabido que detrás de su sonrisa había amargura y dolor.
Se sentía tan presa como yo. Por eso cuando tuve la oportunidad de
devolver todo lo que ella había hecho por mí lo hice, no me
achanté.
Lestat de Lioncourt
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