En mis recuerdos más extraños está
el rostro de mi madre con el ceño fruncido, los labios torcidos y el
rostro levemente iluminado por las ascuas de la chimenea. Algo
encorvada hacia delante, calentando sus manos agrietadas por el frío
y sus cabellos recogidos para evitar que le molestaran. Tan hermosa,
misteriosa y molesta. Podía sentir las vibraciones negativas salir
de su cuerpo y clavarse directamente en mí, sobre todo cuando giraba
su cabeza y me miraba directamente a los ojos.
-¿Se puede saber dónde
estabas?-preguntaba habitualmente-Tu padre no deja de preguntar por
ti.
-No será por cariño
precisamente-solía responder.
Aquel día fue el primero de muchos
otros. Ella se levantó hacia mí y me abofeteó por primera vez.
Después se colocó el pequeño chal que cubría su espalda y parte
de sus brazos, me miró aún más rabiosa y quedó de espaldas
mirando al fuego.
-Hoy ha venido la hija del
molinero-comentó con voz temblorosa-Embarazada, llorosa, y con su
padre cargando una escopeta. Decía que tú la habías preñado.
¡Lestat!
-Ella se me insinuó-respondí
apretando los puños furioso.
-Lestat...-murmuró girándose hacia mí
con su rostro consumido por la rabia- Tienes quince años, ¿a caso
vas a jugar a estar con unas y con otras toda tu maldita vida?
-Soy joven aún para casarme.
En aquella época era habitual ver
matrimonios de jóvenes de mi edad, sin embargo yo no estaba por la
labor y mi madre bien lo sabía. Ella acabó acercándose a mí,
contemplando la marca de su mano en mi rostro y como empezaba a
llorar de igual modo que cuando era un niño. Nunca me había
abofeteado hasta aquella noche. Pronto supe que ella había pagado
por mi desastre y que lo haría durante algunos años más. Muchas
fueron las mujeres que aparecieron en la puerta con niños o
embarazos. Mi madre pagaba algunas monedas para contentar al padre y
se marchaban agradecidos. Ella tenía dinero, siempre lo supe, pero
me lo demostró con aquellos regalos por mi libertad.
Los sacrificios de mi madre me
condujeron a ser como soy. Realmente me enamoré de Nicolas y pude
disfrutar de aquellos meses en París. Sin embargo, sabía que
aquello no podía durar eternamente. Yo sabía que era un premio
inmerecido por mi comportamiento y tarde o temprano el destino me
depararía el estar lejos de él. Si bien, no esperaba que ella
corriera la misma suerte que yo correría.
Lestat de Lioncourt
No hay comentarios:
Publicar un comentario