Otro de esos textos sueltos. Llevaba días queriendo hacer algo especial que tuviese que ver con Japón. Digamos que siempre me ha llamado la atención su cultura, más allá de lo típico (gastronomía, música y entretenimiento) y siempre, en algún momento, hago algo que tenga que ver con ello. Hacía mucho tiempo que no me encontraba inspirado para hacerlo, pero gracias a esta canción y a él he logrado hacerlo. Así que tendré que darle gracias a quien me está inspirando últimamente... ya sea como "pequeño y rebelde demonio", "pobre y terrible tritón", "ángel serio y temible" o como él mismo.
Habíamos
llegado al poblado hacía más de dos horas. Los caballos ya habían resguardados
en los establos, liberados de sus monturas y alojados en un lugar seco bien
abastecidos. Fuera diluviaba. La jornada, que había empezado con un sol espléndido,
se convirtió en desapacible a lo largo de las horas. Unos terribles nubarrones habían
llegado, descendiendo desde las montañas hasta el valle, cubriéndolo todo de un
gris plomizo hasta convertirse en una lluvia densa que refrescó al fin la
sedienta tierra.
Aquel
pequeño pueblo se dedicaba al cultivo del arroz, como la mayoría de la región,
y sus pocos habitantes parecían silenciosos, aunque amables y hospitalarios. El
lugar donde habíamos decidido alojarnos, tanto mi regimiento como yo mismo, era
una casa de huéspedes algo retirada. Su aspecto no destacaba, salvo por su
tamaño. No parecía lujosa, ni tenía un hermoso jardín donde dejar que las horas
pasaran. Era demasiado sencilla y humilde, pero habíamos escuchado maravillas
sobre el servicio.
Algunos
de mis hombres hablaban de mujeres que parecían flores de cerezo danzando en
una dulce brisa primaveral. Decían que sus voces eran como los cantos de las
temibles sirenas y que endulzaban el oído, iluminando las noches más oscuras. También
hablaban maravillas de una de las geishas no femeninas, un joven de aspecto
delicado y manos hábiles. Escuché grandes halagos sobre como el sonido de su
habilidad con el mukkuri y el koto. Tenía que escuchar a ese coro de diosas y
dioses, pues me sentía tentado con cada palabra que murmuraban mientras nos
acercábamos a la región.
La
tormenta no amainaba, pero era posible escuchar los quejidos de los heridos en
las habitaciones colindantes. Algunos de ellos estaban tan malheridos que
desconocía si vivirían más de unos días. Sin embargo, habíamos conseguido medicinas
y atención en el poblado. La guerra era salvaje, tan salvaje como los
relámpagos y truenos que agitaban el mundo, junto con el vendaval y las fuertes
lluvias.
Nos
sirvieron algo de arroz, ternera y pescado. También, como no, sake. Me sentía
cómodo en aquel gran salón, pero estaba expectante. Quería ver esas joyas que
encerraba el valle al pie de esas, siniestras y escarpadas, montañas. Necesitaba
comprobar que las leyendas eran ciertas.
Después
de mi primer trago, cuando el cuenco de arroz estaba casi vacío, aparecieron
varias jóvenes y algunos músicos. Todos ellos estaban ataviados con unas
prendas de seda de colores llamativos, bordados dorados y plateados, así como
debidamente maquillados y peinados. Pero uno de entre todos ellos destacó
llamando poderosamente mi atención.
Era
un muchacho de unos diecisiete años, delgado, de cuello largo y piel lechosa. Sus
dedos eran finos y hábiles. Él tocaba el koto y lo hacía con el rostro sereno,
aunque poseía una ligera sonrisa de satisfacción cada vez que sus dedos rozaban
alguna de las cuerdas. Mi corazón quedó conmovido y ni siquiera presté atención
a las voces femeninas, sus hermosos bailes y sus atractivos rostros. Él se
convirtió en el centro de mis miradas. Supe entonces que jamás podría olvidar a
ese joven y su música.
Hubiese
deseado tener una caja mágica y encerrarlo en ella, para llevarlo conmigo por
aquellos perdidos parajes hasta lograr aplastar al enemigo. Mi gran sueño era
atraparlo entre mis brazos, besar lascivamente sus labios y su suave piel, hundiendo
mis dedos ásperos en su carne blanda, y escuchar sus gemidos al ritmo de su
hermoso instrumento.
Cada
noche, durante más de dos años, tarareaba las diversas melodías que había
escuchado en mitad de aquella tormenta. Mi corazón se animaba y tenía la
esperanza de encontrarlo después de la guerra. Pero la guerra es cruel, y más
aún cuando los sueños se convierten en pétalos de cerezo al aire. Una noche
llegó un comunicado sobre los poblados arrasados por el enemigo. Uno de esos
poblados era el suyo. Jamás tuve valor, como si fuese un miserable, en ir hasta
allí para contemplar lo que quedaba de aquel paraíso. Nunca volví a verlo, pero
en mis noches más amargas él toca para mí. Quizá sí tenía una caja musical y
logré llevarlo conmigo hasta el resto de mis días.
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