Santino y sus memorias... Digamos que es como todo "macho que se respeta" que no quiso en ese momento decir lo que sentía, pero luego fue demasiado tarde.
Lestat de Lioncourt
Sus cuencas vacías de vida me
contemplaban por doquier. Allá donde dirigía mi vista ellos
estaban, observándome en permanente silencio. Podía notar como
miles de pensamientos funestos revoloteaban mi alma, la aguijoneaban
como si fueran aves de rapiña, hasta hacerme delirar. La fusta caía
sobre mi espalda una y otra vez. Condenaba mis noches al servicio del
Bien provocando al Mal, danzando con la muerte y conquistando la
piedad del Diablo. Era un sabor rancio y amargo, como los besos que
podía sacar de aquellos cadáveres apilados en las catacumbas de las
grandes ciudades. Y él, sentado como si fuera una muñeca perfecta,
me miraba con temor y hambre.
Su cabello pelirrojo brotaba de su
cabeza hasta sus hombros, perdiéndose en la cruz de su espalda. Pelo
de fuego, ondulado como el caminar de la serpiente, que flameaba en
mitad de las tinieblas. Sus manos, diminutas y finas, estaban juntas
como si rezara. Tenía los ojos carentes de ilusión. Había creado
una réplica perfecta de un ángel misericordioso, lleno de virtudes
y cadenas, que se alzaría sin pensar contra cualquiera que quebrara
nuestras reglas.
Podía sentir el dolor quebrando su
alma, rompiendo su frágil corazón y hundiendo sus sueños en brea.
Su belleza, tan enigmática como poderosa, sería el arma más
terrible que poseería en sus firmes manos. Sus ojos, tan oscuros
como dolientes, no bajaban la mirada. Quería hablar con él cada
noche, sobre su futuro, pero era incapaz de romper la magia que
poseía su presencia.
Nuestra última noche fue distinta. Él
habló desafiando al silencio que nos unía.
—Me abandonarás—afirmó—. Igual
que él—dijo.
—Te he dado todo lo que sé. ¿Por
qué debería quedarme?—pregunté.
—Por amor...
—Amor... amor... el amor nos vuelve
débiles, Armand. El amor te trajo hasta a mí, casi te condena a la
hoguera y te cegó del camino. El único amor que debes tener es el
que guardas a Dios, para cumplir tu misión entre los
nuestros—comenté aproximándome a él, para tomarlo entre mis
manos y observar su infantil rostro sin un ápice de vello. Era aún
un niño cuando él se apiadó de sí mismo y egoístamente lo creó.
—Me dejarás... solo...
—No estarás solo. Tendrás la
doctrina y tus seguidores.
Debí decirle que lo amaba. Quizás
debí ser sincero. Sin embargo, guardé las palabras y le ofrecí el
silencio junto a los últimos documentos, en los cuales tendría las
doctrinas que debía impartir entre los nuestros. Armand, mi
guerrero. Armand, el ángel que vino a mí y fue salvado del fuego.