Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 25 de septiembre de 2014

Una última conversación.

¡Pelea de gatas en La Isla Nocturna! ¡Pelea de gatas! Quiero decir... Armand y Bianca se han reencontrado. 

Lestat de Lioncourt 

Las noches de apariencia apacible pueden ser las más complicadas. La lluvia había arreciado hacía tan sólo unos minutos. Las calles volvían a llenarse, los comercios parecían estar abarrotados y la clientela se impacientaba mientras las típicas melodías sonaban por los altavoces. En las cafeterías había bohemios soñadores, chicos esperando que su primera cita fuera la idónea, mujeres tomándose un café para despejar sus sentimientos, hombres rudos pidiendo un par de cervezas y refinados hombres de negocio tomando un aperitivo. En los casinos iban entrando y saliendo los adictos al sonido de las monedas en las diversas máquinas, pero no muy lejos había una iglesia donde el sacerdote hablaba de la ira divina sobre los pecadores. Una isla nocturna, donde la noche lo es todo, está llena de corazones rotos y teatros donde representar miles de tragedias. En alguna de las salas de cine se publicitaban viejas películas y estrenos de última hora. No era una noche violenta, los crímenes eran sencillos y las prostitutas gozaban de cierta libertad. En mi edificio principal, donde aún tenía la mayor parte de las plantas, se congregaban algunos inmortales cuyo nombre desconocía.

Mis pasos se perdían entre la muchedumbre. Se perdían sin sonido aparente. La noche lo envolvía todo. No sentía sed. No había nada que necesitara. Me aburría. Mis ojos castaños se movían inquietos por cada una de las fachadas, las cuales parecían fantasmagóricos hologramas de tiempos mejores. Las mujeres pasaban a mi lado cargadas de perfumes, algunas con bolsas y otras con café en sus manos. La tarde estaba ya muerta, pero la noche empezaba a vivir latiendo con fuerza en las estrellas y las luces de neón. La luna parecía crecer a cada paso. El mundo deslumbraba, pero yo seguía cansado y aburrido. No había nada emocionante. Daniel estaba cerca, no me esperaba y yo no sabía si visitarlo. Los chicos, Sybelle y Benji, se habían quedado en uno de los apartamentos cerca de la playa. Yo simplemente quería ser libre, pero sentía mis alas atadas.

—Creí que no estarías aquí—su voz llegó a mí como una bofetada.

Sabía que seguía viva. Estaba oculta de todos, de todo, y salía a flote como si fuera un madero a la deriva. Esa frase provocó que me detuviera y girara mi rostro buscando su rostro. La encontré vestida con un traje de noche blanco, elegantes zapatos de tacón con diamantes y un abrigo de pieles negro. Parecía la viva imagen de Marilyn Monroe aunque con un rostro que habría podido pintar Caravagio o Botticelli. Su rostro tenía ese aspecto de pintura al óleo que siempre tuvo. Tal vez era porque siempre la vi pintada en cientos de cuadros de sus múltiples amantes. Tenía unos pendientes elegantes, aunque largos como su cuello, y su cabello estaba recogido con un coqueto broche de mariposa en oro blanco.

—Sigues tan hermoso como siempre, Amadeo—mi cuerpo se estremeció y los recuerdos aparecieron.

Era como abrir una caja llena de misterios, los cuales no son del todo agradables. Me sentía perdido.

—Hace mucho tiempo que dejé de ser Amadeo—dije girándome por completo, pues no quería darle la espalda.

Llevaba un abrigo de cachemir negro, muy elegante, con unos jeans de vestir que me habían costado una fortuna. Parecía un muchacho de familia acomodada perdido en un mar de gente, de voces chillonas y deseos poco prácticos, que buscaba el consuelo en los brazos de alguien. Ella no era mi consuelo, aunque una vez lo fui. La camisa despuntaba por su blancura, también porque una pequeña brisa me despejó del todo el cabello de la cara y los hombros.

—Para mí siempre serás Amadeo—respondió.

—Una vez viniste a verme, en el Teatro de los Vampiros, pero algo te impidió hablarme—comenté deslizando una mirada torva hacia ella. Estaba furioso. La furia vino como una bofetada gélida.

Ella no vino a mí cuando la necesitaba, sino que huyó. Siempre huía. No aceptaba sus pecados. Me ayudó una vez, pero también me negó su auxilio. En ese momento estaba allí, uno de mis viejos ardientes amores mortales e inmortales. Ella, con su elegante presencia, desprendía el mismo aroma cálido que siglos atrás. Sin embargo, había cosas que jamás perdonaría.

—¿Qué podía decirte?—preguntó dando un par de pasos, dejando que todo a nuestro alrededor no significara nada, y cuando quedó a mi altura suspiró pesadamente—. En aquellos días, mi querido niño, todo era mucho más complicado. Tú no sabías que él vivía y tampoco quería ser la paloma de la desgracia.

—Mensajera, o no, de malas noticias, ¿no crees que hubiese preferido que me dijeras la verdad?—reprimí por un breve instante mi rabia. Ella debió decirme. Hubiese ido a buscar a Marius, aunque él no deseara verme. En aquel entonces había dejado de soñar con mi maestro, sus pinturas, sus besos, las caricias frías en su cómodo colchón y el dorado del bordado de sus chaquetas de terciopelo rojo. Todo. Había dejado de soñar con fantasías absurdas, de creer y no creer.

Posiblemente, de haber sabido la verdad, mi vida habría tenido un recorrido distinto. Tal vez me hubiese encontrado con Lestat en medio de su búsqueda. Quizás habría añadido un mensaje nuevo a los garabatos que dejaba en cada muro que se encontraba. No lo sé. Sin embargo, ella me arrebató esa posibilidad. Aunque, viéndola vida me hizo pensar que sí estaba vivo. Era una muestra evidente. Nadie más le hubiese dado la sangre. No había duda.

—¿Qué verdad?—una leve y misericordiosa sonrisa surgió en sus labios, aunque su mirada brillaba cierta preocupación—. ¿Cuál?—levantó sus cejas, pero luego relajó su rostro—. Marius te abandonó, del mismo modo que me abandonó a mí mucho antes que iniciáramos el viaje.

—Admiro tu deslealtad—expresé con voz rasposa. Me costaba muchísimo controlarme.

—¿Cómo te atreves a decirme eso? Te dejó atrás—sus ojos hablaban más que sus palabras. Esperaba que la comprendiera, pero no podía hacerlo.

—Porque pensó que podría morir—intenté defenderlo, aunque en parte detestaba hacerlo. Él nunca me defendió demasiado después de todo lo ocurrido, pero comprendía sus miedos y también su orgullo para pedir disculpas. A veces no es necesario pedirlas, ni siquiera a tiempo, cuando sabes que el arrepentimiento y los remordimientos están ahí.

—¿Leíste sus memorias? Dijo que no sufrías—me lanzó aquello a la cara, como si quisiera provocarme. Si bien, no lo logró.

—Sufrí toda mi vida—dije—. Siempre he sufrido—me acerqué un poco más, quedando muy cerca de su hermoso rostro. Seguía siendo bellísima. Ella era como una muñeca de una hermosa vitrina. Tenía una figura espectacular, unos ojos penetrantes y unos rasgos muy sensuales. Pero, no podía olvidar lo que hizo. A mí mente llegaba el dolor de Marius y ese dolor me taladraba a mí—. Sé aceptar el sufrimiento como la redención de mi alma— sobre todo, sabía aceptar el sufrimiento por amor—. Pero, ¿tú alguna vez has podido soportarlo? Sigues amándolo, sólo hay que ver como me miras cuando hablas de él. Ni siquiera puedes pronunciar su nombre sin titubear unos segundos. Mírate, Bianca, estás llena de rabia.

Cerró los ojos unos breves segundos y pude ver lo tupidas que eran sus pestañas. Tenía el maquillaje perfecto, para asemejar vida. Sus labios tenían un delicado carmín que le daba un aspecto provocador. Era una mujer especial, pero también un ser lleno de reproches. Posiblemente, también había reproches hacia mí. No le dije la verdad en su momento, pero estaba obligado a mantener silencio.

—¿Por qué tú sí y yo no?—esa pregunta me desconcertó—. ¿Por qué ella sí y yo no? ¿Por qué?—me miraba directamente a los ojos y pude ver su desesperación. Le amaba. Aún le amaba.

—En el amor no se elige—susurré—. No se puede ser sensato. Sólo se siente. Bianca, sólo se siente.

—Yo te amo a ti—la sinceridad de sus palabras eran ardientes, igual que un fuego intenso. Pude notar como me deseaba y necesitaba. Posiblemente debí abrazarla, pero no lo hice. Si la tocaba caería rendido a sus deseos. No. No podía perdonarla tan fácil. N o iba a perdonarla.

La ciudad seguía su ritmo. Estábamos en mitad de una de las aceras más concurridas. Los vehículos pasaban a toda velocidad, el parloteo era insufrible, y, sin embargo, sólo la escuchaba a ella.

—Yo te amé, Bianca—dije apretando los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo—. Te amé con todo mi corazón. Si hubieses venido esa noche a mí, sin huir y sin pretender ser quien no eras, posiblemente te abría abierto los brazos y te habría besado como aquellas noches en tu palazzo.

—¿Y ahora?—murmuró apesadumbrada.

—No soy ese niño perdido—respondí.

—Me sigues pareciendo un niño perdido—sus manos se estiraron hacia mí, permitiendo que la punta de sus dedos jugaran con mis rasgos. Me estaba reconociendo como un igual, como su amante, como el chico que siempre la codició y cantó bajo su balcón.

¿Cuántas serenatas le ofrecí? Cientos. No podía dejar de cantar a su belleza. Estaba obnubilado por su dulzura y su forma magistral de dominar a los hombres. Ella me seducía cruelmente, pero a la vez era bondadosa al permitirme yacer en su lecho cuando me apetecía. Era apenas un niño y ella una mujer. Me concedió muchos secretos. Pero no podía ni debía. La alejé dando un par de pasos hacia atrás y decidí mirarla con frialdad.

—Aburrido, no perdido—le aseguré—. Pero sólo estoy aburrido esta noche, mañana quizás estaré satisfecho con todo lo que haga—eché un vistazo a mi alrededor y negué suavemente—. No hay noches iguales.

—¿Hay hueco para mí en tu vida?—esa pregunta me derrumbó por unos segundos, pero me mantuve firme.

—No, creo que no—dije, encogiéndome de hombros.

—¿Y en la de Marius?

—¿Después de todo lo que hiciste?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño.

—Tienes razón—asintió suavemente, aunque le dolía aceptar su derrota—. ¿Eres feliz?

—A ratos, igual que cualquier mortal. Uno nunca es feliz del todo, aunque esa chispa existe. Me encanta esa chispa—no era mentira. Era feliz, pero no siempre. Hay noches brillantes y otras más apagadas, de esas que ni las estrellas brillan.

—Entonces, no hay nada que pueda hacer por ti—declaró.

—Sí, vive tu vida y no arruines a otros por tu egoísmo. Soy leal a Marius—quería que lo supiera, que no había cambiado al respecto—. A pesar de todo, de mis sentimientos y de los suyos, acepto que no puedo desvincularlo de Pandora. Ella es una mujer excepcional y comprendo que la ame. El amor no tiene que tener límites. No hay límites para los sentimientos y ni mucho menos para nosotros que somos eternos.

—Espero que encuentres diversión—susurró apartándose, para echar a caminar por la avenida.

—Y tú la felicidad—dije sinceramente.

Los pasos acelerados de los hombres y mujeres de mi alrededor, así como el tráfico cotidiano, la engulleron como si fuera un fantasma. Quedé allí, de pie, con los ojos llenos de esperanzas y dolor. Recordé los buenos tiempos, tan lejanos, cuando beber, comer y disfrutar del arte, tanto amatorio como en los lienzos, era mi modo de vida. Pero también recordé el fuego, el dolor, la pérdida, la soledad y el misterio del rencor. Huí entonces calle arriba, buscando el edificio donde estaba Daniel y al llegar obtuve silencio.

Se encontraba casi desnudo, tan sólo llevaba unos pantalones de pijama blancos con rayas azules, y el pelo revuelto. Colocaba un nuevo tejado a una de sus casas. Estaba realizando una nueva maqueta. Su concentración era desoladora, pero a la vez me calmó. Mi amor por él estaba intacto, pese a todo, igual que mi amor por Marius, Lestat y por todos aquellos que alguna vez fueron algo importantes en mi mundo.


Mi teléfono móvil sonó. Un mensaje de Benji. Nada importante, pero al menos fue agradable ver que me extrañaba. La noche seguía húmeda, pero sin nubes pesadas proclamando tormenta. El mundo parecía agradable, aunque no lo fuera. Esa conversación significó un cambio, pero pronto la olvidaría y la achacaría a uno de mis tantos sueños. Nada que rememorar demasiado.  

martes, 2 de septiembre de 2014

Promesa de amor

Yo no digo nada, pero creo que a alguien le bajaron el pupilo. Marius, no creo que vuelvas a ver a Armand. Aunque ¿eso será problema?

Lestat de Lioncourt 


Habíamos regresado a toda prisa a la Isla Nocturna. Aún tenía propiedades diseminadas por allí, varios apartamentos de lujo, un par de casinos y tiendas especializadas en joyas, ropa de caballero y algunos locales de copas en los cuales había música en directo. Me gustaba poseer negocios que aún tuviesen cierto valor, para personas que se deleitan con lo exclusivo y el derroche. Era agradable pasear por las calles entre mortales, sabiendo que algunos no eran lo que decían ser. Talamasca había estado allí, como también cientos de vampiros. Sabía que no estaba solo, pero me sentía menos vulnerable que en New Orleans. Marius sabía la dirección de todas mis viviendas, lo cual era algo incómodo para mí. No quería tropezarme con él. No después de lo ocurrido. Aún tenía secuelas en mi alma de nuestras dos últimas peleas. Quería estar lejos de él.

Sybelle se había marchado a uno de mis mejores locales. Allí había un piano maravilloso que le fascinaba. Podía tocar horas cientos de melodías, aunque siempre tenía su predilecta. Hice que la llevaran primero a una de las tiendas de lujo de la zona, quería que tuviese el mejor traje de noche y lo tuvo. Se veía hermosa. Tenía un peinado a lo Grace Kelly muy favorecedor, su cuello era largo y le daba un aspecto sofisticado. Cualquier mujer la envidiaría y cientos la amarían sólo con una caída de párpados.

No la acompañé. Me sentía aún turbado por la situación. Decidí quedarme en el apartamento que conducía al de Daniel. Él estaba allí, con la mente dispersa, construyendo con afán una maqueta de la torre de Londres. Deseaba visitarlo, acariciar sus cabellos dorados y besar su sien. Pero, por una extraña razón, me sentía cobarde. Tenía miedo de su reacción, pues el silencio es el mayor de sus desprecios.

Sin embargo, aunque no salí, decidí vestirme adecuadamente. Tenía una americana recién estrenada en color negro, llevaba una de mis mejores camisas celestes y tenía unos jeans de vestir negros, que combinaban bien con mis elegantes zapatos. Cualquiera que me viese pensaría que tenía pensado ir a una cena en alguno de los restaurantes de la zona, coquetear en los casinos o tentar a las musas en los diversos bares. No. Nada por el estilo. Sólo lo había hecho para salir más tarde, tal vez a buscar algo de sangre, y despejarme así sacándome de la cabeza sus palabras llenas de ira, desprecio y odio. Marius no me amaba, pues eso que me demostraba jamás sería amor.

Benji estaba en el apartamento, en aparente calma, con sus ojos pardos clavados en mí. Me miraba de forma que sentía como perforaba mi alma. Sentía que lo sabía. No cabía otra posibilidad. Había hecho una promesa pero la cumplí, dejando que me doblegara. Él estaba allí sentado, con una camisa blanca que resaltaba el tono dorado de su piel y unos jeans similares a los míos. No tenía zapatos, tenía los pies completamente desnudos.

—¿Cuándo me lo vas a decir?—preguntó, rompiendo el silencio que se había instalado entre los dos. Era un muro pesado, de los más gruesos que había visto entre nosotros hasta el momento, y él lo había derrumbado de un plumazo.

—No lo provoqué yo—dije acomodando un mechón de pelo tras mi oreja derecha—. Te equivocas si piensas que lo hice.

—Así que tenía razón, siempre la he tenido—se incorporó del sofá negro de cuero en el que estaba, caminó un par de pasos hacia mí, pero luego se giró y se llevó las manos a la cabeza. Sus dedos largos se enredaron en sus mechones azabaches. Su delgada figura me pareció más madura y masculina que nunca. Tenía un aspecto mucho más adulto con ropa como aquella, menos desenfadada. Además, no era precisamente bajito para la edad en la cual había quedado estancado. Deseaba abrazarlo, consolar su rabia y rogarle que me perdonara, pero se giró rápidamente y me miró furioso—. Siempre eres su ramera. No dudas ni un instante en abrirte de piernas si consigues un par de palabras baratas, ¿qué te prometió ésta vez? ¿La luna y las estrellas? Porque eso es lo único que no te ha prometido.

—¡Cállate!—grité al borde de las lágrimas. Ni siquiera sabía como había ocurrido, pero ya me juzgaba. No tenía derecho a elaborar un juicio precipitado, aunque comprendía bien que se sintiera traicionado—. Vino cuando me encontraba solo en una de las propiedades, aprovechó el momento y me hizo suyo en mitad del porche. ¿Crees que deseaba ser usado de ese modo? No lo hizo por amor o deseo.

—¿Y por qué lo hizo? Dímelo, quiero oírlo.

—Pandora y él tuvieron una discusión fuerte en uno de los locales más concurridos de New York. David me comentó que ambos se tropezaron un par de horas después y conversaron algunos minutos, aunque no supo bien los motivos. Arjun estaba muy molesto por el trato abusivo de Marius, él decidió solventarlo como cualquier hombre con el corazón herido y vino a mí. Había sido la noche anterior y aún así seguía tenso, ciego de ira y desesperado—las lágrimas finalmente aparecieron. Comencé a llorar en silencio mientras le miraba allí de pie, con el rostro contraído y la mirada ardiendo de rabia.

—¿Sólo pasó eso?—sus ojos seguían siendo severos, aunque parecía estar molesto únicamente con Marius.

—Acabé gimiendo deseando que se quedara a mi lado, con el cuerpo ardiendo por sus bruscas caricias y mis piernas temblaron—mi tono de voz se apagaba mientras notaba el nudo en la garganta. Prácticamente no podía hablar. Me encontraba perdido en medio de ese monólogo que me hería. Él ni siquiera se percataba que me estaba humillando al narrarle aquello, pero merecía saber la verdad—. No podía siquiera moverme por el placer y la confusión. Me había golpeado, destrozado la ropa y humillado sin compasión. Él abusó de mí, pero yo acabé alcanzando el paraíso, buscando su amor o las migajas que quisiera ofrecerme. Me sentí sucio, rastrero y pensé en ti. Te prometí que no cedería, pero lo hice. Así que decidí que todo eso se acabaría, por eso estamos aquí.

—¿Crees que puedo perdonar todo eso?—su lengua era la de un hombre herido. No sabía como calmar a un hombre, pero sí a un niño. Él ya no era tan inocente en ese aspecto como cuando lo encontré, ya sabía enfrentarse a los problemas de un modo adulto.

—Sí—mi boca temblaba y mis ojos rogaban, pero su actitud no.

—Estás equivocado—contestó rápido y cortante.

—Yo no le busqué—me incorporé tembloroso, casi tambaleante, y le tomé de la chaqueta. Necesitaba que dejara a un lado todo y me abrazara. Quería su afecto, no su rechazo.

—¡Pero gozaste como la fulana que eres!—gritó apartándome de un leve empujón.

—Deberías tenerme más respeto, ¿qué ha sido del niño tierno que conocí?—volví a colocar mis manos sobre él, pero esta vez en sus mejillas. Sus ojos eran tan intensos que me hacía arder. Necesitaba que se calmara y pensara.

Había roto mi promesa en mil pedazos aceptando que Marius me tocara, pero él me derrotaba. A pesar de todo no podía con su presencia, sino con la rotundidad de sus actos. Sabía bien mis puntos débiles y Benji los estaba conociendo para mi desgracia.

—Se convirtió en adulto—dijo, colocando sus manos sobre las mías—. Un adulto cansado de ver como te desprecian y no te das a valer—bajó mis manos y las retuvo entre las suyas, para mirarlas del mismo modo que yo miraba las suyas—. Estoy harto de tus palabras amables, tus sonrisas tristes y de como corres a sus brazos cuando te chasquea los dedos. ¿Has pensado en mis sentimientos?—cuando cruzó de nuevo sus ojos con los míos noté un cambio. No había rabia, ni desprecio, sólo dolor. El dolor de un hombre que ama y no es correspondido. La tragedia griega de siempre. Algo que conocía bien—. Ya no soy un niño. Te he dicho muchas veces que no soy un niño. ¿Cuántas veces tendré que reprochar tu actitud y recordarte que ante ti tienes un hombre? No confías en mí. Me ocultas cosas para no hacerme daño. ¿Y sabes que consigues? Justo todo lo contrario.

—Perdóname—mis manos temblaban igual que el resto de mi cuerpo, pero él las sujetaba con firmeza. No supe que más decir, sólo busqué sus mejillas y las besé. Deseaba que ese gesto, casi inocente, lo comprendiera de algún modo. Yo le quería, aunque a veces pareciera que me desprendía del amor que me regalaban porque no sabía asimilarlo.

—Haz algo para que te perdones—susurró, llevando mi mano derecha a su bragueta. No dudé en apretar suavemente su pequeño bulto, que comenzaba a crecer, mientras la mano que tenía libre me agarraba de la nuca.

Empezamos a besarnos, o más bien él me besaba. Su boca era dominante y su lengua entregada. No podía siquiera creer que fuera tan dominante conmigo. Mis dedos apretaron su sexo por encima del pantalón y deseé llevarlo a mi boca. La forma que actuaba era la de un hombre tan adulto como desesperado. Estaba jugando sus últimas cartas y yo estaba perdiendo la cabeza. Quería gemir, pero él me besaba con tanta intensidad que no reaccionaba. Me excitaba su forma brusca. Tenía el vello de la nuca de punta, ya que sentí un delicioso latigazo recorrerme de pies a cabeza. En ese momento reaccioné apartándome de sus labios, para arrodillarme frente a él.

Nuestras miradas se cruzaron una vez más, pero en la suya sólo vi deseo. Yo estaba algo más confuso, pero no por ello perdí el tiempo. Acaricié su vientre por encima del pantalón, después toqué el cinturón de cuero marrón que llevaba y lo abrí. Aquel pequeño complemento cayó al suelo, el botón del pantalón se abrió y el cierre bajó rápidamente. En segundos tenía su sexo, algo duro, frente a mí. No dudé ni por un instante en lamer su glande, y, besar lentamente desde la punta a la base.

Soltó mi mano izquierda y colocó las suyas sobre mi cabeza. Sus dedos acariciaron mi frente despejando mi rostro de cualquier mechón, para hacer lo mismo con las sienes. Sin perder tiempo me recogió el pelo en una coleta y tiró de ésta para que echara el rostro hacia atrás.

—Voy a demostrarte que puedo arrancarte mejores gemidos que ese vejestorio—su mano derecha me tomó del mentón, mientras la izquierda seguía tirando de mi pelo—. Ya ni siquiera lo vas a desear cuando lo veas.

Quería creer que eso sería así, pero no estaba seguro. Había sido mi único y gran amor. Él me había salvado y venía a mí en mis sueños siendo el hombre gentil, amable y generoso de otros tiempos. Pero ya no era así, ni siquiera lo fue en su momento.

El tiempo de conversar acabó, me introdujo su sexo entre mis labios y escuché un delicioso jadeo. Le complacía la suavidad de mis labios, la humedad de mi boca y mi lengua que rápidamente lo atrapó apretándolo. Mi cabeza se movía al ritmo que él marcaba, cosa que me causaba una terrible erección. Realmente ante mí tenía a un hombre, no a un niño. Notaba su fuerza y deseo, el mismo deseo que crecía en mí. Podía sentir oleadas de calor recorrerme y comencé a sudar.

De un empellón caí de espaldas y él se subió sobre mí. Mis manos recorrieron su pecho por encima de su camisa blanca y él comenzó a desabrochar la mía celeste. Teníamos las piernas enredadas, pero no así nuestros sentimientos. Yo sabía lo que estaba creciendo en mí y él conocía bien ya ese sentimiento. Busqué sus labios y lo besé. Quería perderme en su boca de nuevo y él no me rechazó, me besó con la misma intensidad mientras rompía su camisa. Lo quería dentro de mí, necesitaba tocar todo su cuerpo desnudo y gritar su nombre.

—Te quiero ya, te necesito—el tono de mi voz era quebradizo, pero esta vez no porque sintiera dolor. Mi necesidad era tan fuerte, el placer me corroía, y no era capaz de hilar bien las palabras—. Ya... ya...

Él tenía unos dedos hábiles y fríos, pero muy suaves, que desabrocharon cada botón de mi camisa sin romper siquiera uno. Se tomaba su tiempo para hacerse desear. Sus labios rozaron mis pezones y sus dientes se clavaron cerca de mi ombligo. Finalmente mis zapatos volaron, igual que mis calcetines, pantalones y ropa interior. Terminé desnudo debajo de él, pero él llevaba tan sólo el pantalón desabrochado.

—Voy a dominarte, por lo tanto no tendrás todo cuando tú quieras—sentí que no me hablaba él, sino el hombre que había estado asechando durante años. Un hombre adulto. Su voz dejó de tener los matices de un niño, casi adolescente, para ser por completo la de un hombre joven y apasionado.

—Por favor, por favor...—dije al notar sus manos en mis caderas, las cuales viajaban hacia mis nalgas—. Por favor...

—Calla, zorra—esas palabras me hicieron guardar silencio y mirarlo bien—. Vas a dejar de ser su fulana, serás mi zorra, mi puta y mi amante dentro de la cama. Fuera de la cama también vas a obedecer. No te quiero cerca de Marius. Ahora me perteneces, ¿comprendes? No voy a dejar que otro te toque, ni siquiera el chico de las maquetas. Nadie.

No sabía que creer de todo aquello, pero yo sólo pude gemir. Dos de sus dedos, el índice y corazón, se hundieron en mi entrada y mis piernas temblaron. Tenía una erección considerable, la cual rozaba su vientre y también la suya. Hundió su rostro en mi cuello y me mordió, pero no rasguñó la piel. Él sólo me mordió como lo haría un amante entregado. Si bien, se apartó y me giró.

No dudé en alzar mis caderas y rozar su sexo con mis nalgas. Necesitaba tenerlo y era mi momento. Él colocó sus manos en mi cintura, tirando de mí, para luego poner una sobre mi cabeza, enredando sus dedos con varios mechones, mientras la diestra guiaba su sexo dentro de mí. De una sola vez. Arremetió con fuerza y me penetró. Grité de placer. Mis pezones estaban duros y rozaban el frío suelo de mármol, mi rostro estaba girado y lo miraba por encima del hombro, y él se movía destrozándome. No podía dejar de gemir. Tenía un buen tamaño y grosor, pero era su forma de moverse lo que me enloquecía.

Gemía como puta, como lo que realmente era cuando me tocaban de ese modo. Hacía mucho tiempo que no sentía algo como aquello, una conexión total. Mi ritmo se acopló al suyo y ambos jadeábamos y sentíamos un placer que jamás hubiese dado por cierto. Aquello era inconcebible.

Podía ver su rostro concentrado, sus labios abriéndose para dejar escapar un jadeo, un pequeño gemido o un gruñido. Tenía las cejas fruncidas y sus enormes ojos árabes no perdían detalle de mi cuerpo meciéndose para él. Mis manos estaban sobre el suelo, intentando apoyarme, pero mis brazos habían cedido casi desde el principio. A ratos me daba fuertes nalgadas que arrancaban de mi garganta los gemidos más sensuales que conocía.

Entonces, lo noté. Percibí como todo mi cuerpo se preparaba para un terrible orgasmo. Los dedos de mis pies se cerraron, los de mis manos apretaron las baldosas de mármol empujándolas con las palmas, mi boca se abrió y un escalofrío recorrió como un rayo todo mi cuerpo, centrándose en mi vientre que comenzó a tirar y hormiguear. Eyaculé contra el suelo, manchándolo, mientras él seguía moviéndose con fuerza hasta que, debido a como lo apretaba dentro de mí, lo hice llegar. Aquel torrente cálido y espeso me llenó. Al terminar pensé que me apartaría, pero no lo hizo. Me tomó del cuello y me incorporó.

—Limpia todo, zorra—susurró inclinado sobre mí—. Limpia.

Miré la baldosa con mi semen y no dudé en lamerla. Sentía como se escurría entre mis piernas el suyo, cosa que me excitó nuevamente. Me sentía arder en el infierno todavía, como si sus manos no se hubieran separado de mis caderas o mis nalgas. Cuando acabé con el suelo comencé a succionarlo otra vez. Lavaba su sexo con mi lengua, retirando los escasos restos que quedaban de semen en su glande.

—¿Me perdonas?—pregunté asustado porque no lo hiciera, que aquello sólo fuese un capricho. Yo sentía que lo amaba y que no me apartaría de él si él así lo deseaba.

—Sí, pero es condicional—respondió arrodillándose para quedar a mi altura, aunque debido a su constitución quedó un par de centímetros más bajo—. Lo haré si no vuelves a mentirme y no regresas a él.


Me abracé a su cuerpo, algo más cálido que el mío, y sentí sus brazos rodeándome. Lloré de nuevo, pero esta vez no por el dolor. Lloré liberándome de todo. Él me había dado nuevas alas y ésta vez volaría lejos.  

domingo, 20 de julio de 2014

Seven devils

Estas memorias son... terribles en cierto modo. Tengo miedo de Louis, ahora sabrán el motivo. Es demasiado manipulador, demasiado.

Lestat de Lioncourt 


Podía escuchar el sonido del tráfico ir y venir. La sirena de un coche patrulla iluminaba el frontal de mi vivienda, el sonido era prácticamente ensordecedor y la persecución empezó. Los pasos rápidos del ladrón, la pistola que se dispara, el grito de un inocente y el llanto de un par de mortales arremolinándose cerca del cadáver. “Agente herido” sonaba en la radio repetidamente de boca de su compañero, el cual se aguantaba las lágrimas como buen hombre. Todo ocurría a pocos metros de mi vivienda, la cual permanecía con las gruesas cortinas echadas y conmigo en plena penumbra. San Francisco era un lugar peligroso a veces, pero los había visto peores.

El barrio donde vivía no era malo, sin embargo la droga pudre. Por aquellos tiempos la droga era consumida con mayor libertad, casi impunemente, porque todos creían que nada malo pasaría. Era como el SIDA. Poco se sabía de las consecuencias, así que las drogas y el sexo salvaje corría como la espuma por todo el país, o mejor dicho, por todo el mundo. El final de los setenta y el principio de los ochenta fue sin duda vertiginoso, extraño y tétrico.

Hacía varias semanas que el libro había llegado a publicarse. Conocía todo sobre los rumores entorno a éste, las diversas posiciones que habían tomado los intelectuales y profesionales de la literatura de terror. Era todo muy extraño. El silencio de otros como yo se apreciaba sobre todo cuando se intentaba acceder a los comentarios más llamativos. Mi oído era muy bueno, pero cuando sabían quién era yo huían. Preferían no acercarse al vampiro que había quebrado las normas, sin embargo a mí nadie me habló de normas. Lestat jamás me impuso ley de silencio y Armand no fue del todo comunicativo conmigo.

Aquella noche unos pasos precipitados llamaron mi atención, después un timbrazo fuerte en mi puerta y la sensación que debía abrir. No sería un muchacho gastando una broma, ni una de las vecinas que deseaba saber qué era yo o simplemente un inmortal. Aquello que me esperaba tras la puerta había hecho un gran viaje hasta allí.

Me incorporé y caminé hacia el hall, acomodé mi bata de seda verde y miré por la mirilla. Entonces, como cualquiera en mi lugar hubiese hecho, me sorprendí y abrí rápidamente. Quien estaba al otro lado era el muchacho al cual le había confiado mi vida. Él entró precipitadamente con el rostro desencajado. Tenía un aspecto algo más demacrado y temí que estuviese bajo el efecto de alguna droga, pero el aroma que llevaba impregnado en su ropa me hablaba de Armand.

—Él me persigue—dijo manteniendo su mirada en mí—. He ido a su isla, he estado en su habitación y me ha observado como lo haces tú—se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo. Estaba nervioso y quería llorar—. No estoy loco, vosotros me vais a volver loco.

—¿Cómo has sabido ésta dirección?—interrogué cerrando la puerta.

—Por él. Él lo sabe todo—murmuró.

—Armand no lo sabe todo, no es tan omnipresente.

Su cabello rubio estaba revuelto, caía sobre su frente empapada en sudor, y tenía la camisa mal abrochada. Los pantalones estaban sucios, eran unos tejanos con el dobladillo roto y los bolsillos llenos de servilletas con cientos de anotaciones. Parecía uno de esos iluminados por la droga, la bebida y la perdición de una fulana cualquiera. La vida le había golpeado duramente arrancándole el aire de los pulmones, pues jadeaba, mientras que sus manos recorrían el bolsillo de su arrugada chaqueta en busca de un cigarrillo. Había llegado a pie, pero ¿desde dónde? ¿Cuál había sido el inicio de su huida? La isla de Armand estaba empezando a ser popular por aquel entonces, como si mi libro le hubiese devuelto esas malditas alas que le pintó su maestro. Había empezado allí, seguro.

—Tienes que hacerlo tú, ya que él me lo niega—dijo sacando una cajetilla de cigarros. Logró sacar el último que le quedaba, tras varios golpes sobre la mano, y cuando se lo llevó a los labios hizo el mismo recorrido por su cuerpo hasta dar con el mechero.

—Joven, le ruego que se marche de mi propiedad—comenté tomando de nuevo el pomo de mi puerta, para hacerlo girar y comenzar a indicarle la salida. Él se acercó a mí y me tomó de la bata aferrándose como si la vida se le fuera—. Daniel, la ultima conversación que tuvimos dejé claras mis intenciones.

—No puedo vivir así, no puedo vivir así...—balbuceó suplicándome con aquellos ojos con destellos violáceos.

Dios sabe que quise disuadirlo, pero finalmente dejé la puerta atrás y lo llevé hacia la sala de estar. Allí, rodeados de libros y viejos recuerdos, tomé asiento con uno de mis relicarios de cuentas negras en mis manos. Miraba su aspecto delgado, de músculos marcados y ojos centelleantes y me preguntaba cómo era estar vivo. Los miedos te golpean duro, los nervios se pierden, la intranquilidad llena tu vida y el mundo que conoces se retuerce.

—Toma asiento—dije.

Él tomó asiento llevándose el cigarro a la boca, dándole una segunda calada y mirándome aturdido. Ni siquiera esa droga barata y letal le iba a dar sosiego. Armand le había dado una razón más para codiciar la inmortalidad, pero bien sabía yo que no se la daría. Sólo había hecho una vez ese truco y no pensaba repetirlo, al menos no con él. Estaba demasiado atemorizado, como si la muerte llamase continuamente a su puerta con una carta de embargo.

—Tengo miedo a morir—susurró.

—Incluso yo tengo miedo a morir—respondí—. No es nada nuevo.

—Pero a veces la deseas—aquella afirmación me inquietó, pues era cierto.

Había pensado tantas veces en la muerte que era una vieja amiga, mi propia amante, y la ayudaba siendo un ángel y benefactor. Investigaba, escuchaba, admiraba y tomaba la vida de otros dejándolos huérfanos de dolor. Me llevaba consigo el dolor y dejaba la paz espiritual que todos merecían. Sin embargo, yo no tenía paz y Daniel parecía no tenerla.

—No estamos hablando de mí—dije, intentando cerrar el tema.

Fumaba como si el tabaco, al llenar sus pulmones, le insuflara arrojo y vida. La colilla caía sobre la gastada alfombra y la pisoteaba con desgana. Me di cuenta que sus zapatos estaban en peor estado que su ropa. Parecía un mendigo o un borracho que iba de bar en bar, dilapidando su fortuna y sus pocos años de vida. Cerré los ojos unos instantes para contenerme. No había bebido siquiera un trago en dos noches, algo que me hacía ser voraz, y él siquiera prestaba atención al esfuerzo que hacía al tenerlo tan próximo.

—Largo—susurré con voz rasposa.

—No—dijo tirando la colilla al suelo para apagarla con la suela desgastada, después se acercó a mí y se colocó junto a mi sillón.

—Sí—me incorporé y le señalé la puerta—. Puedes irte.

Daniel se aproximó a mí abrazándome, para acabar sollozando. Parecía implorar que acabara con su vida. Estaba terriblemente atormentado y anhelaba el descanso. Sin embargo, de mí sólo tuvo como respuesta un firme abrazo. Mis manos acariciaron sus cabellos húmedos, echando hacia atrás su flequillo, para luego posarlas en su espalda y dejar que mi frente se pegara a la suya.

—Mírame Daniel, soy un asesino—dije.

—Y yo un hombre que pierde el juicio—sus manos se colocaron en mis mejillas tocándome los pómulos, hundiendo sus dedos bajo el mentón y dirigiendo éstas hacia mi cuello. Pronto sentí su boca carnosa demasiado cerca, su aliento cálido me golpeaba la nariz y tuve deseos de morderlo—. Louis, tan mártir... como yo—dijo sin un ápice de burla, lo cual me sorprendió.

Besé a Daniel. No pude resistirme. Sentí que ambos nos habíamos comunicado más allá de las palabras. Él dejó que su lengua se relajara y pronto empezó un duelo intenso. Su ropa caía al suelo fruto de mis tirones y él, con suma habilidad, me abrió la bata para tocar mis desnudos costados. Fuera la ambulancia ya se perdía entre las calles, el tumulto y el revuelo continuaba, el policía espiraba su último aliento y las lágrimas de su viuda estremecían a la ciudad mientras una cadena de televisión aparcaba en el escenario. Todo pasaba a la vez. Incluso los pasos del drogadicto, que había atracado una farmacia cercana, se precipitaban por una azotea buscando la escapatoria a una nueva patrulla, mucho más sanguinaria, tras la muerte de su compañero. Un último adiós a la ciudad, las luces diáfanas y centelleantes, el ruido de los motores, los pasos sigilosos en el calor del hogar, una televisión que se enciende, un helicóptero que se pasea por el cielo emborronado de un día cualquiera de verano y fin. Un fin inesperado. Eso era la vida, el aquí y el ahora, y yo la estaba tomando con mis dedos.

El beso se intensificó con el terrible forcejeo. Podía notar su joven corazón bombeando bajo su piel lechosa y cálida. Aunque tenía rosados los pezones, igual que sus mejillas que parecían encenderse igual que sus ojos. Aquellos ojos tan parecidos a los de Lestat, pero a la vez tan distintos. Ojos de un borracho hundido en su precipitada carrera hacia el éxito, una historia que lo inmortalizara, y en el tabaco que le hacía sentirse eufórico, concentrado y perverso. Seductor, a la vez que romántico empedernido. No había llegado a manifestar amor jamás, o eso parecía ver en él, pero tenía una historia que comenzar con Armand y allí, como si fuera un egoísta, decidí dejar mi impronta. Si Armand lo amaba, como le había escuchado decir, yo haría que me desease a mí. Me había quitado a Claudia, algo que no perdonaría pese a todo, y no había movido un dedo por decirme la verdad sobre Lestat. Él se había hecho con New Orleans, mi ciudad y la ciudad de Lestat, para reinar en el odio y el descaro. Lo pagaría. Podía tener los perdidos en las últimas lágrimas que había derramado, por mi hija y por mí mismo, pero era sin duda un cínico que haría pagar cada momento de dolor.

Me moví torpemente en aquella habitación, hasta que di con la pared. Daniel me abrió las piernas colando su rápida mano derecha entre mis muslos, rozó así mis testículos y dejé que sus dedos sintieran la frialdad de mi cuerpo. Debo admitir que no había permitido que ningún otro me tocara así, ni siquiera Armand había logrado abrir mis muslos de ese modo. Era mi venganza hacia él, hacia Lestat y hacia todo. Su boca, ligeramente carnosa y con sabor a nicotina, se colocó en mi pezón derecho mientras notaba como la seda de mi bata se deslizaba por mis hombros. No dudé en emitir un suave gemido por las caricias, impulsando así la necesidad de aquel joven de ojos melancólicos.

—Así, deséame—dije levantando el mentón, permitiendo que mis hombros chocaran contra la pared de papel color crema, y dejando que mis cabellos negros rozaran mi cuello, su frente y mi torso.

Su mano diestra fue a jugar entre mis nalgas, justo en la abertura de mis glúteos, y cuando noté el dedo corazón junto con el índice, por supuesto, dentro de mi recto suspiré como lo haría una jovencita. Mis ojos eran los de un animal salvaje que se dejaba domesticar, pero en realidad sólo estaba afianzando a mi presa. Mis manos estaban sobre sus hombros, clavando sus filosas uñas en sus músculos, mientras mi boca se abría para dejar paso a los jadeos más eróticos que podía ofrecerle.

El rostro de Daniel se hundía en mi pecho, bajaba hacia mi vientre junto con su lengua. Cuando sentí su aliento sobre mi vello púbico tuve un escalofrío. Era un aliento cálido y erótico, lo cual me endureció un poco más. Notaba como el calor surgía de mi vientre y tiraba de mis músculos tensándolos, mi sexo se endurecía y mis testículos se llenaban. No dudé en desplazar mi mano derecha a su nuca, como la izquierda sobre su coronilla. Él comenzó a succionar sin dejar de hundir sus dedos. Allí, de pie contra la pared, recorré como los dientes de Lestat rasguñaban mi cuello, sus manos acariciaban mi vientre y marcaban con arañazos mi figura. Era suyo, siempre sería suyo o eso creía, pero en esos momentos me estaba dejando torturar por un humano.

—Sólo dos hombres me han hecho suyo—dije con una leve risotada nerviosa—. Y sólo uno lo intentó además de ellos, teniendo por mi parte una negativa.

—Aquel joven de la plantación y Lestat, ¿verdad?—preguntó apartando su boca de mi miembro, cosa que me molestó y me hizo fruncir el ceño.

—No, mi hermano y Lestat—aquello lo escandalizó, pero no me interesó en absoluto lo que pudiese pensar. No podía leer su mente, pero ver sus facciones—. El joven lo intentó, pero yo ya pertenecía a un hombre...

—Relájate y disfruta—musitó enloquecido.

Aquello era una muestra más de lo irónico del asunto. Él se había puesto celoso. Había supuesto, claro está, que si yo había tenido relaciones con Armand había sido el pasivo para mí. Aquellas nalgas prietas y blancas, tan redondas como suaves, habían sido profanadas tantas veces por mí, como por cualquier otro, pues siempre fue de pantalón de cierre fácil. Daniel amaba a Armand, y si no le amaba le tenía como suyo. Era un ingenuo.

Solté un gemido similar al de una película porno, abrí bien mis piernas y moví mis caderas. Tenía flexionadas las rodillas y mi espalda pegada por completo a la pared. El sudor iba humedeciendo mi piel, perlándola con pequeños diamantes de sangre, y él decidió dejar de succionar para incorporarse. Me miró, del mismo modo que se mira a una fulana, y me arrodilló frente a él agarrándome con bruscamente del pelo. Pronto sentí como profanaba mi boca y yo, sin pensarlo la abrí disfrutando. Mi lengua recorría cada milímetro de su piel como si fuera un delicioso manjar, ni siquiera el sabor de la sangre era tan satisfactorio como el líquido preseminal de aquel muchacho. Sus ojos gritaban sexo salvaje y los míos sumisión. Sabía como manipular a los hombres, incitándolos a los actos más crueles y bárbaros. Era un mentiroso empedernido, pero si había mentido en aquella ocasión, como en tantas otras, era porque quería llegar a mi objetivo.

—Eres insaciable—susurró soltando mi pelo, para tomarme del rostro acariciando con sus pulgares el hueso de mis pómulos—, igual que una mujer herida que desea enfrentar sus celos, cuernos y frustraciones. Igual que cualquier humano que se sabe engañado. ¿Tanto daño te hizo Lestat?—pronunció aquellas palabras con dificultad, pero eran sencillamente magistrales. El daño que me había hecho era peor que todo lo narrado. El mayor daño de todo eso era su silencio. Su maldito y vil silencio.

Me arrojó con rabia hacia el suelo de la alfombra, justo al lado de su colilla, y me alzó las caderas posicionando mis nalgas para entrar. Cuando entró, como haría una bala en el corazón de un niño, me quedé en blanco y mi boca se abrió mostrando mis colmillos. Había intentado ocultarlos, pero estaban ahí. Mis ojos brillaron como si fueran dos bolas de fuego, pero de un color verde tan intenso como el de un gato arisco y callejero. Cada bombeo de su miembro dentro de mí, acariciando las paredes de mi recto, me sacaba un largo y alto gemido. El ritmo empezó a ser frenético, mis pezones se rozaban contra el dibujo de flores de la alfombra y mis uñas rompían la tela. Tenía el pelo en la cara, pero mi rostro estaba girado hacia él y lo miraba por encima de los hombros.

Tenía un torso marcado, muy masculino, con algo de vello que nacía bajo su ombligo. El vello púbico era algo más oscuro que el de su cabeza, pero a penas tenía pelo en sus piernas y brazos. Sin duda era un Adonis y yo lo disfrutaba, del mismo modo que Armand lo hacía. Me estaba vengando a mi modo. Tal vez era cierto que el dolor agudiza el ingenio y marchita el alma, pero en esos momentos me sentía pletórico.

En un acto salvaje, quizás por las fuerzas que me daba el haber llegado hasta ese límite, lo arrojé al suelo y me subí sobre él. Arañé su pecho inclinándome para lamer su sangre, mientras me rozaba notando como todo mi cuerpo temblaba. Sin pensar demasiado, pues estaba fuera de sí, me penetré y comencé a cabalgar igual que una amazona. El sonido de nuestros cuerpos se hizo más audible, mis gemidos rebotaban por las cuatro paredes de aquel pequeño apartamento y hacía vibrar los cristales. Un vecino comenzó a golpear la pared contigua, pues estaba molestándole el ruido, y en la calle comenzaban a disiparse los curiosos para dejar que el juez, que se había personado somnoliento con una taza de humeante café, diese permiso al forense para levantar el cadáver. Nosotros nos mezclábamos en un ritual de carne, sudor y placer.

Daniel no soportó aquello. Eyaculó dentro de mí, por lo tanto decidí salir para lamer su miembro, pero ésta vez ofreciéndole un pequeño corte que lo electrocutó por la sensibilidad que tenía en esos instantes la zona. Sangre de sabor metálico y semen salado, espeso y caliente como su acompañante.

—Daniel...—jadeé apartándome mientras abría de nuevo mis piernas, con él aún excitado frente a mí, y mi cuerpo retorciéndose sobre la alfombra—. Daniel... —me masturbaba fuerte, como si quisiera arrancarme mi miembro, y le miraba con los ojos entornados.

Él no dudó en incorporarse y gatear hasta mis piernas. Me miró unos segundos y hundió su rostro, con sus gafas empañadas, en mis muslos. Lamió con deseo mis testículos, pero lo más excitante fue descubrir que su lengua acariciaba su propio semen, limpiándolo. Eyaculé entonces, soltando un potente chorro hacia el techo que terminó salpicándonos a ambos. Sin embargo, él no dejó de lamer y yo no paré de gemir. En breves minutos lo tenía de nuevo dispuesto, sobre mí y con su miembro arrancándome nuevos jadeos.

No recuerdo cuántas veces fueron, pero creo que hubo otra más además de esas dos. Él cayó agotado sobre mi pecho creyendo que tras aquello, por supuesto, le daría mi sangre. Sin embargo, yo me moví rápido y le coloqué a duras penas la ropa, lo llevé fuera a uno de los callejones y lo arrojé como si fuera un vagamundo. Después regresé a mi apartamento, recogí algunas pertenencias y me mudé de edificio. No regresé allí en semanas. Él me había dejado una nota, pero ni siquiera la leí. Rompí el papel en diminutos pedazos y los arrojé a la calle.


Aquella noche me liberé de las cadenas de Lestat, pero a su vez me seguí decepcionando por su actitud. Pensé que mis mentiras, burdas y crueles, le despertarían furioso y me buscaría planeando venganza. Sin embargo, hasta ese momento sólo tuve silencio. Un silencio ensordecedor que me volvía loco. Armand tuvo su justo precio, pero Daniel jamás le comentó nada y desconozco si sabía lo que había ocurrido entre nosotros. Hay muchas incógnitas. Pero a día de hoy, cuando ya a penas siento cierto consuelo al matar una de mis víctimas, me alegro de haber tenido mi pequeña venganza que sale a la luz deleitándome, sucumbiéndome a placenteros recuerdos y mostrando una faceta oscura que todos deberían conocer. Deben temerme, no compadecerme.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt