Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 20 de abril de 2015

El hombre que necesitas

Benji y Armand tienen una relación afectiva muy importante. Para mí, aunque no sé ustedes, salió ganando con la imprudencia de Marius al convertir al muchacho en vampiro.

Lestat de Lioncourt


Sus labios temblaban. Parecía confuso. Había estado toda la noche llorando mientras veía su propia imagen en esas viejas cintas de VHS. Ni siquiera yo existía para él cuando las grabó. Parecía mucho más firme en cada palabra, pero en esos momentos era un conglomerado de sentimientos mezclados, enlazados hasta lo más profundo, y convertidos en poesía para la desgracia. Se había quedado ligeramente vacío tras conocer los verdaderos sentimientos de quien siempre ha amado, pese a todo, y que no ha podido olvidar. Jamás comprenderé como pudo mantener la fe en Marius. Yo jamás habría sostenido sobre mis hombros mi felicidad si dependiese de él.

Estábamos sentados en el salón. El programa había terminado pronto. Sybelle y Antoine se escabulleron temprano para una cacería rápida. No quedaba ya restos de las pertenencias de Louis. A solas, él y yo, soportando el paso del tiempo y del silencio. Sus lágrimas manchaban mi camisa blanca, pero eso jamás me preocupó. Intentaba consolarlo, pero no sabía las palabras adecuadas.

Siempre me pareció cautivador, con una mirada profunda más allá de lo que yo podía comprender, y me perdía en él como si fuese un misterio sin resolver. Tomé la decisión de besar su boca. Mis labios rozaron los suyos sin timidez, mi lengua se hundió abriendo sus dientes y se enredó con la suya. Él no opuso resistencia.

Podía notar como sus manos se convertían en puños, apretando las solapas de mi chaqueta. Mi corazón empezó a bombear como el de un adolescente, cosa que siempre seré y que no me importa ser en lo más mínimo. Sin embargo, me asusté cuando me percaté que podía estar pensando en él. Eso me alteró. Decidí cortar el beso y mirarlo con severidad. Él no lo hizo. Sus párpados estaban cerrados, su boca entreabierta y su expresión era dulce. Poseía unas mejillas sonrojadas muy hermosas, como si fueran melocotones maduros, y sus lágrimas le daban un aspecto similar al milagro de un santo. Un ángel. Sí, un ángel. Todos dicen que parece un ángel y es cierto.

—Benji...—susurró en un ligero murmullo, se acomodó en mi pecho y me abrazó con entrega.

—¿Me amas?—pregunté jugando con algunos mechones de su pelirrojo cabello.

—¿Por qué preguntas esa tontería?—dijo hundiendo su rostro en mi cuello, para dejar suaves roces de sus labios y una escueta lamida.

—Me amas, pero ¿por qué no tanto como a él?—lo tomé del rostro, pues quería ver sus ojos cuando me hablase. Necesitaba ver el verdadero efecto de mis palabras.

—Son amores distintos, pero igual de fuertes. No son comparables. Amo a todos, pero de forma distinta. Y, que no te quepa duda Benji, te amo. Te amo desde que te vi. Amo ese rostro ligeramente redondo, algo infantil como el mío y lleno de sabiduría. Cuando te veo a veces veo un niño, por la ilusión que derrochas, pero también al adulto que habita en ti y que sabe ofrecerme una compañía mucho mejor que cualquier otra—sus dedos desabrochaban mi camisa. Eran rápidos, finos y ligeramente fríos. Tenía la piel algo tostada por la exposición al sol de hace unas décadas, pero eso le imprimía una belleza sofisticada—. ¿No te basta?—preguntó justo antes de ofrecerme una lamida de comisura a comisura de mis labios.

Guardé silencio. Decidí que era mejor no reprocharle nada. Sus manos eran seda. No podía detenerlo. Me quitó la chaqueta, la camisa y el sombrero que ocultaba mi cabello revuelto. Sin mucho cuidado me revolvió aún más el pelo mientras se acomodaba sobre mis piernas.

—Tengo algo que me dio Fareed...—balbuceé cuando noté lo que pretendía—. Pero sólo tengo para uno...

—¿Dónde?—dijo apoyándose en mis hombros.

—En el bolsillo de la chaqueta—respondí—. No pensaba usarlo.

—Aja...—susurró impasible.

Veía dolor en sus ojos, pero también deseo. Una idea rondaba su cabeza. De inmediato agarró mi chaqueta, sacó el inyectable y me pinchó. Un delicioso calor me quemaba. Mis pantalones se abultaron. Él decidió bajar la cremallera y sacar mi miembro, de una proporción algo menor que el suyo. Sus dedos se movían suavemente, pero apretaban mi glande. De inmediato eché la cabeza hacia atrás sin saber controlarme. Él me besó en la frente, las mejillas, los labios y el cuello. Cuando quise darme cuenta se había quitado la ropa y se recostaba en el suelo, boca arriba, mirándome insinuante.

No me controlé. De un arrebato caí sobre él metiéndome en aquel estrecho agujero. Sentía la presión y su atenta mirada. Aquello era el paraíso. Era como beber sangre, pero aún más placentero. Era más cálido e íntimo. Mis manos se apoyaron en el suelo. Las suyas se acomodaron en mis costados y sus piernas se abrieron aún más. Levantaba su cadera, la movía al contrario que la mía, y en algún momento, sin yo desearlo, le llené con mi semen. Él sonrió dulcemente volviendo a besar mi rostro.

—Mi hombrecito... —susurró cerca de mi oreja derecha—. Ahora me has marcado como tuyo y puedo considerarte mi hombre. El único—dijo ayudándome a salir de él.


Me recosté a su lado, lo atraje hacia mí y decidió no decir nada. No sabía como tomar aquellas palabras. ¿Me estaba concediendo una nueva categoría? ¿Había ganado a la sombra de Marius? No quise preguntar. Sólo pensé que Fareed debía darme más de esos inyectables de hormonas.  

sábado, 15 de noviembre de 2014

En el aire

Benji y Armand... Armand y Benji... miedo me dan los dos juntos. No se sabe que esperar de ellos. 

Lestat de Lioncourt 



Ya era noche cerrada. La lluvia se precipitaba con violencia en las calles. New York estallaba en otra velada más de diversión nocturna en medio del caos del tráfico, un fuerte aguacero y los locales de moda repletos de jóvenes intentando olvidar el frío que consumía todo ahí fuera. Los mendigos se arrinconaban en los suburbios, los portales más viejos y ruinosos eran su mejor guarida. La vida brotaba por doquier, incluso entre los contenedores de un restaurante de comida rápida. Las ratas corrían como si fueran pequeñas hormigas. Todo olía a nicotina, gasolina y lluvia. Un mundo lleno de escalas de grises y pequeñas luces que iluminaban todo. Los semáforos parecían haberse vuelto locos por tanto tráfico. Había millones de paraguas de distintos colores por las aceras, al igual que pasos apresurados y salpicaduras provenientes de las ruedas de los comunes taxis neoyorquinos.

Había decidido salir de casa. Las dos últimas noches las había pasado conversando con Louis en compañía de Sybelle mientras escuchábamos la radio. Benji se dedicaba a ofrecer diversas conferencias con numerosos expertos sobre la voz. Una voz siniestra que taladraba la mente de los más antiguos. Él quería ahondar en el tema y había llamado a vampiros de todo el mundo, algunos mucho más antiguos que yo, para preguntarles sobre ese ser que se comunicaba desde la oscuridad más profunda, más allá de la noche o el día. Su emisora se había convertido en un hervidero de llamadas de todo tipo. Muchos pedían que dejase de hablar del tema, pues les aterraba pensar que podían morir aunque se creían inmortales, y varios pedían más información que aún no se poseía.

Por mi parte, como por parte de mis más allegados, la voz no era más que un fenómeno que podía explotar. Me recordaba demasiado a Akasha. Los días se convertirían en algo turbio. Me preguntaba si Daniel, Benji y Sybelle estarían a salvo. Eran jóvenes. También me preocupaba Talbot, aunque siempre fue demasiado astuto y viejo para ser un recién nacido. Era obvio que algo estaba ocurriendo, pero también era necesario despejar la mente.

La voz de Benji sonaba seductora. No era la voz de un niño, pues carecía del toque infantil. Su cuerpo era prácticamente de mi tamaño, aunque algo más esbelto, y poseía un acento que aún me resultaba realmente encantador. Sus pequeños y carnosos labios parecían sonreír en cada momento. Y por eso mismo, por sus labios y su sonrisa, viajaba en mitad de una tormenta acompañado únicamente por el chofer.

—Intente atajar por las calles menos concurridas. Quiero llegar esta noche—guardé silencio inclinándome hacia delante, tomando el respaldo con mis blancas manos de mármol, para susurrar cerca de su oído las palabras fundamentales, como si él fuese un genio de la lámpara—. Lo antes posible.

Las diáfanas luces de las farolas proyectaban sombras poco agradables. Los suburbios estaban atestados de basura, indigentes ateridos de frío y viejos departamentos con escasa iluminación. Muchos de ellos se calentaban con bidones repletos de cartón y madera, por supuesto dentro de los viejos edificios. La mayoría estaban enganchados ilegalmente a la luz y muchos no tenían agua potable. Eran lugares inmundos. No solía ir por allí. No me sentía cómodo viendo aquello. Me hacía sentir ridículamente humillado. Puede que aparente que no me importa la vida humana, pero hay algo en mí que se conmueve cuando ve muchachos que a penas levantan un palmo del suelo, niños tan delgados que se les marcan los huesos, viviendo rodeados de excrementos y agujas usadas. Reconozco que en ocasiones hace que me pregunte si Benji hubiese acabado de ese modo, o incluso muerto, de haber seguido Fox vivo. No hay muchos barrios como ese, pero New York es gigantesco y hay lugares que ni la policía desea visitar.

Saqué mi teléfono de última generación y busqué la emisora. Pronto estaba susurrando en mis auriculares sus descabelladas teorías, algo de música rock y otros temas interesantes que ocurrían en el mundo mortal. La economía, sociedad, proyectos de investigación o hallazgos arqueológicos eran la dinámica fundamental a esas horas. Si bien, de vez en cuando hacía un inciso para lanzar nuevas noticias sobre lo que ocurría en todo el mundo. Japón era uno de los lugares donde se estaban dando algunos casos, pero también la India o América. Todo era un caos. Europa parecía sobrecogida por los recientes casos que estaba padeciendo. Vampiros de todo el mundo estaban empezando a estallar en llamas.

Cuando llegué a la emisora había pasado casi una hora. Allí, en una pequeña cabina, se encontraba Benji intentando relajar el ambiente con algo de música. En la zona de sonido se hallaba un muchacho mortal que daba paso a las llamadas y le ayudaba con algunos problemas técnicos que podían aparecer en cualquier momento.

Entré sin hacer ruido y el se dispuso a dejar unas cuantas canciones programadas. Deseaba abrazarme y yo necesitaba sentir su cuerpo contra el mío. De inmediato, se incorporó y extendió sus brazos. Aquella sonrisa amable, tan llena de inteligencia, me recordaba que no era un niño. En sus ojos veía un adulto. Eran los ojos de un treintañero que estaba viviendo un sueño. Algo interesante, aunque peligroso, estaba ocurriendo.

—Deberías volver a casa—dije tomándolo del rostro.

—Y tú deberías ver que hago algo importante—respondió apartándose—. No puedes cuidar siempre de mí. Además, esta radio comunica a todos los vampiros del mundo. Necesito que el mensaje cale hondo. No son casos aislados ni trifulcas. Es algo más importante y peligroso.

—Lo sé—mis labios apenas se movieron cuando pronuncié esas palabras.

—¿Por qué no te quedas conmigo? Así los dos tendremos lo que queremos. Tú estarás protegiéndome, como siempre, y yo estaré haciendo algo que me parece importante—se expresaba con esa elocuencia y seguridad que tanto me enamoró, robándome el corazón por completo, hace veinte años.

—Ven, siéntate—me indicó un asiento al lado del suyo, rodeado de micrófonos y aparatos que no entendía.

Él se sentó de nuevo como si me estuviese invitando a tomar un café en un restaurante. Parecía maravillado con el lugar, la calidez y recogimiento que poseía. Ese lugar no era más que un pequeño refugio. Su pequeño refugio.

Tenía el cabello revuelto, la piel ligeramente fría, y los jeans que yo le había comprado hacía algunas semanas. No llevaba calzado. Supuse que estaba más cómodo con los pies desnudos caminando por aquella moqueta color borgoña. Su camisa blanca de algodón estaba algo arrugada, pero la chaqueta de cuero, que le quedaba algo grande, le daba un aire aún más rebelde y desenfadado. Yo, por el contrario, llevaba un traje azul oscuro y una camisa celeste recién planchada.

—Dybbuk—dijo como en otros tiempos, justo antes de echarse a reír—. ¿Alguna vez pensaste que algo así ocurriría?

Cuando me lanzó esa pregunta me quedé hundido en mis viejos recuerdos. Ya no era mi pequeño beduino. Era un hombre con aspecto angelical. Tenía un atractivo y una madurez que me enloquecían. No veía a un muchacho, sino a un hombre adulto. Un hombre adulto que no llevaría las típicas americanas de los universitarios de éxito. No. Nunca sería así. Benji había venido a mi vida par darme el amor y la lealtad que nunca tuve. Tanto él como Sybelle eran mis dos grandes amores.

—¿Armand?—preguntó inclinándose hacia delante, justo en mi dirección.

De inmediato, como si hubiese un resorte mecánico bajo mi cuerpo, me lancé a besar sus labios. Su tierna boca no lo era tanto. Mi beso, que fue un impulso desesperado, se convirtió en algo firme y apasionado cuando él tomó el control. De un momento a otro, como si no pudiera controlar mi cuerpo, quedé sobre él sentado rozando mi bragueta contra la suya. Que nos estuviese viendo aquel mortal no me importaba en lo más mínimo.

Sus manos se deshicieron con habilidad de mi chaqueta. Las mías acariciaban su torso por encima de su camisa, mientras el cierre de la chaqueta de cuero me rozaba las muñecas. Sus ojos oscuros, igual que los míos, no paraban de mirarme con un deseo adulto y encendido. Mis mejillas rápidamente se ruborizaron al sentirme acorralado, muy a pesar de estar sobre sus piernas.

—Benji, hazme tuyo. Hazlo aquí. Hazlo ahora—dije desabotonando los primeros botones de su camisa—. Por favor—jadeé deteniendo el roce unos segundos, para luego botar sobre él como si me penetrara—. Amor mío, hazlo.

Él rió tomándome de la nuca con su diestra, mientras la otra mano me agarraba de la cadera. Mis cabellos rozaban sus delgados dedos, la presión de éstos me hizo jadear ligeramente, y, cuando me besó el cuello perdí prácticamente el control de mis acciones. Busqué sus labios hundiendo mi lengua en su boca, saboreando la suya, logrando que nos enredáramos ambos con lujuria. La música sonaba en el estudio a todo volumen. El rock de los ochenta era perfecto para aquel encuentro. Def Leppard eran quienes sonaban con una de sus canciones más pegajosas. Para mí la música rock carecía del encanto que otros le encontraban, pero en ese momento mis caderas se movían a ritmo de Pour sugar on me.

—Te amo—gimió recostándose en el respaldo de la silla—. ¿Por qué no me demuestras cuanto me deseas?

Aquello fue un reto. Me estaba retando.

—Sí—dije febril mientras hacía saltar los restantes botones de su camisa—. Te deseo—susurré hundiendo mi rostro en su pecho. De inmediato saboreé su torso con lamidas indecentes. La punta de mi lengua se acercó a su pezón derecho, rodeándolo, antes de morderlo. Quería saborear su piel ligeramente más fría que la mía, pero en un cuerpo menos duro. Los siglos no se habían cebado con él, aún poseía ese aspecto tan humano que me enloquecía.

—Armand—dijo llevando su otra mano a mi nuca, para pegarme más a él.

Estaba encorvado sobre él, con el rostro hundido entre el cuero y la tela de algodón, mis labios arrastrándose por su piel con el excitante aroma de su cuerpo, mientras seguía moviéndome sobre su entrepierna e intentaba aferrarme como podía a los brazos de aquella silla de corte ejecutivo. Podía notar la presión de su miembro contra el mío, tomando forma bajo sus pantalones, mientras los míos empezaban a estorbarme.

—Desnúdate—me ordenó—. Nos sobra la ropa.

Me soltó para que me incorporara. Con rapidez me quité la ropa como si estuviese ardiendo, pero el que ardía era yo. Al quedar desnudo me introduje entre sus piernas, abriéndolas, para bajar su cremallera y sacar su miembro erecto. No era de gran tamaño, como el de Marius, pero en ese momento sólo deseaba el suyo. La sangre que había ingerido esa misma noche, antes de decidir ir a visitarlo, bullía en mis venas. Mis mejillas se veían aún más acaloradas y mis labios se mostraban apetecibles.

Él no dudó en atraerme mientras me ayudaba a subirme sobre su cuerpo. Pronto estaba subido nuevamente sobre sus piernas, acariciando su vientre mientras mi boca se abría para emitir un profundo gemido. Las habilidosas manos de Benji acariciaban mis glúteos, y los dedos índice y corazón de su diestra se habían introducido entre estos. Él había encontrado mi próstata y jugaba con ese delicioso punto de placer.

—Benji, Benji... —mi voz sonaba temblorosa y en un tono extremadamente sensual. Mis ojos estaban cerrados, pero no así mi corazón. Podía ver mis sentimientos. Eran profundos y sinceros. Amaba a ese muchacho más que a mí mismo.

—Tranquilo...—murmuró mordisqueando mis clavículas, deslizando su rostro por mi torso que ya se perlaba de sudor, y permitiendo a sus manos que viajaran por todo mi cuerpo.

Me dio un empellón que no esperaba, para dejarme a sus pies. Mis rodillas quedaron clavadas en aquella suave y gruesa moqueta, mi rostro se convirtió en un bondadoso reflejo de un ángel que implora a Dios, y mis manos se apoyaron en sus caderas. Rápidamente su pantalón cedió, cayendo hasta sus tobillos y dejando que la hebilla del cinturón golpeara el suelo.

—Bebe de mí—dijo con lascivia hundiendo su sexo entre mis labios.

Mi boca lo rodeó saboreando su glande, dejando que llegara hasta el fondo de mi garganta, mientras mis labios apretaban aquel trozo de carne completamente duro. Sus embestidas eran lentas, pero dominantes. Sus manos estaban sobre mi cabeza, tirando de mi pelo, mientras yo le miraba sin perder detalle a sus ojos entrecerrados, casi a punto de quedar en blanco por el placer, mientras desencajaba ligeramente su mandíbula y abría sus labios para gemir ronco.

La música había cambiado un par de veces, pero no me percaté en absoluto que ya no se escuchaba siquiera una mosca. Sólo podía escucharse sus gemidos y jadeos, mi chupeteo y el sonido de sus testículos golpeando suavemente mi mentón.

Benji decidió sentarse y apartarme. Me miraba con soberbia y descaro. Se sabía mi dueño. Mis manos buscaron acariciar sus rodillas, pero él me tomó de las muñecas levantándome. Me sentía preso y eso me excitaba todavía más. Tiró de mí, me subió sobre él y me penetró sin compasión pegando la silla contra la mesa. Mi espalda rozaba el filo, mis cabellos tocaban los micrófonos y mis manos se apoyaron en sus hombros.

Las penetraciones eran lentas, pero bruscas. Podía notar como su glande golpeaba contra mi próstata, del mismo modo como su miembro perforaba mis entrañas dejando un roce placentero. Apretaba mis nalgas mientras botaba. Me movía ansioso por sentirlo aún más apasionado. Abrí mis labios completamente y cerré los ojos con fuerza, me moví a mis caderas aún más rápido y él se descontroló. El sonido de sus testículos golpeándome me enloquecía, mis gemidos aumentaban y él me mordía. Mis uñas se anclaron en su torso rasguñando.

—¡Más! ¡Amor mío!—grité sin saber siquiera donde me encontraba. Había perdido por completo la conciencia y el pudor. Aunque no sabía si en algún momento le mostré pudor.

Se despojó de su chaqueta y camisa, tirándola a un lado, mientras mis brazos rodeaban su cuello. Mis muslos comenzaban a doler de apretar su figura contra la mía, por el ritmo violento que estábamos llevando. Los dedos de mis pies se encogieron, mis manos se fueron a su espalda arañándolo y finalmente, con deseo lo besé ahogando mis gemidos.

Llegué al final. Él poco después también lo hizo. Tenía los labios enrojecidos por los besos, además de una sonrisa de satisfacción. Durante segundos no lo comprendí, pero luego lo supe. Estábamos en el aire. Cientos nos habían escuchado. No me molesté, sólo me sorprendí. Cierto pudor se adueñó de mí encogiéndome en sus brazos, como si él pudiera ocultarme.


—Benji...—murmuré permitiendo que me callara al instante con un beso.  

martes, 2 de septiembre de 2014

Promesa de amor

Yo no digo nada, pero creo que a alguien le bajaron el pupilo. Marius, no creo que vuelvas a ver a Armand. Aunque ¿eso será problema?

Lestat de Lioncourt 


Habíamos regresado a toda prisa a la Isla Nocturna. Aún tenía propiedades diseminadas por allí, varios apartamentos de lujo, un par de casinos y tiendas especializadas en joyas, ropa de caballero y algunos locales de copas en los cuales había música en directo. Me gustaba poseer negocios que aún tuviesen cierto valor, para personas que se deleitan con lo exclusivo y el derroche. Era agradable pasear por las calles entre mortales, sabiendo que algunos no eran lo que decían ser. Talamasca había estado allí, como también cientos de vampiros. Sabía que no estaba solo, pero me sentía menos vulnerable que en New Orleans. Marius sabía la dirección de todas mis viviendas, lo cual era algo incómodo para mí. No quería tropezarme con él. No después de lo ocurrido. Aún tenía secuelas en mi alma de nuestras dos últimas peleas. Quería estar lejos de él.

Sybelle se había marchado a uno de mis mejores locales. Allí había un piano maravilloso que le fascinaba. Podía tocar horas cientos de melodías, aunque siempre tenía su predilecta. Hice que la llevaran primero a una de las tiendas de lujo de la zona, quería que tuviese el mejor traje de noche y lo tuvo. Se veía hermosa. Tenía un peinado a lo Grace Kelly muy favorecedor, su cuello era largo y le daba un aspecto sofisticado. Cualquier mujer la envidiaría y cientos la amarían sólo con una caída de párpados.

No la acompañé. Me sentía aún turbado por la situación. Decidí quedarme en el apartamento que conducía al de Daniel. Él estaba allí, con la mente dispersa, construyendo con afán una maqueta de la torre de Londres. Deseaba visitarlo, acariciar sus cabellos dorados y besar su sien. Pero, por una extraña razón, me sentía cobarde. Tenía miedo de su reacción, pues el silencio es el mayor de sus desprecios.

Sin embargo, aunque no salí, decidí vestirme adecuadamente. Tenía una americana recién estrenada en color negro, llevaba una de mis mejores camisas celestes y tenía unos jeans de vestir negros, que combinaban bien con mis elegantes zapatos. Cualquiera que me viese pensaría que tenía pensado ir a una cena en alguno de los restaurantes de la zona, coquetear en los casinos o tentar a las musas en los diversos bares. No. Nada por el estilo. Sólo lo había hecho para salir más tarde, tal vez a buscar algo de sangre, y despejarme así sacándome de la cabeza sus palabras llenas de ira, desprecio y odio. Marius no me amaba, pues eso que me demostraba jamás sería amor.

Benji estaba en el apartamento, en aparente calma, con sus ojos pardos clavados en mí. Me miraba de forma que sentía como perforaba mi alma. Sentía que lo sabía. No cabía otra posibilidad. Había hecho una promesa pero la cumplí, dejando que me doblegara. Él estaba allí sentado, con una camisa blanca que resaltaba el tono dorado de su piel y unos jeans similares a los míos. No tenía zapatos, tenía los pies completamente desnudos.

—¿Cuándo me lo vas a decir?—preguntó, rompiendo el silencio que se había instalado entre los dos. Era un muro pesado, de los más gruesos que había visto entre nosotros hasta el momento, y él lo había derrumbado de un plumazo.

—No lo provoqué yo—dije acomodando un mechón de pelo tras mi oreja derecha—. Te equivocas si piensas que lo hice.

—Así que tenía razón, siempre la he tenido—se incorporó del sofá negro de cuero en el que estaba, caminó un par de pasos hacia mí, pero luego se giró y se llevó las manos a la cabeza. Sus dedos largos se enredaron en sus mechones azabaches. Su delgada figura me pareció más madura y masculina que nunca. Tenía un aspecto mucho más adulto con ropa como aquella, menos desenfadada. Además, no era precisamente bajito para la edad en la cual había quedado estancado. Deseaba abrazarlo, consolar su rabia y rogarle que me perdonara, pero se giró rápidamente y me miró furioso—. Siempre eres su ramera. No dudas ni un instante en abrirte de piernas si consigues un par de palabras baratas, ¿qué te prometió ésta vez? ¿La luna y las estrellas? Porque eso es lo único que no te ha prometido.

—¡Cállate!—grité al borde de las lágrimas. Ni siquiera sabía como había ocurrido, pero ya me juzgaba. No tenía derecho a elaborar un juicio precipitado, aunque comprendía bien que se sintiera traicionado—. Vino cuando me encontraba solo en una de las propiedades, aprovechó el momento y me hizo suyo en mitad del porche. ¿Crees que deseaba ser usado de ese modo? No lo hizo por amor o deseo.

—¿Y por qué lo hizo? Dímelo, quiero oírlo.

—Pandora y él tuvieron una discusión fuerte en uno de los locales más concurridos de New York. David me comentó que ambos se tropezaron un par de horas después y conversaron algunos minutos, aunque no supo bien los motivos. Arjun estaba muy molesto por el trato abusivo de Marius, él decidió solventarlo como cualquier hombre con el corazón herido y vino a mí. Había sido la noche anterior y aún así seguía tenso, ciego de ira y desesperado—las lágrimas finalmente aparecieron. Comencé a llorar en silencio mientras le miraba allí de pie, con el rostro contraído y la mirada ardiendo de rabia.

—¿Sólo pasó eso?—sus ojos seguían siendo severos, aunque parecía estar molesto únicamente con Marius.

—Acabé gimiendo deseando que se quedara a mi lado, con el cuerpo ardiendo por sus bruscas caricias y mis piernas temblaron—mi tono de voz se apagaba mientras notaba el nudo en la garganta. Prácticamente no podía hablar. Me encontraba perdido en medio de ese monólogo que me hería. Él ni siquiera se percataba que me estaba humillando al narrarle aquello, pero merecía saber la verdad—. No podía siquiera moverme por el placer y la confusión. Me había golpeado, destrozado la ropa y humillado sin compasión. Él abusó de mí, pero yo acabé alcanzando el paraíso, buscando su amor o las migajas que quisiera ofrecerme. Me sentí sucio, rastrero y pensé en ti. Te prometí que no cedería, pero lo hice. Así que decidí que todo eso se acabaría, por eso estamos aquí.

—¿Crees que puedo perdonar todo eso?—su lengua era la de un hombre herido. No sabía como calmar a un hombre, pero sí a un niño. Él ya no era tan inocente en ese aspecto como cuando lo encontré, ya sabía enfrentarse a los problemas de un modo adulto.

—Sí—mi boca temblaba y mis ojos rogaban, pero su actitud no.

—Estás equivocado—contestó rápido y cortante.

—Yo no le busqué—me incorporé tembloroso, casi tambaleante, y le tomé de la chaqueta. Necesitaba que dejara a un lado todo y me abrazara. Quería su afecto, no su rechazo.

—¡Pero gozaste como la fulana que eres!—gritó apartándome de un leve empujón.

—Deberías tenerme más respeto, ¿qué ha sido del niño tierno que conocí?—volví a colocar mis manos sobre él, pero esta vez en sus mejillas. Sus ojos eran tan intensos que me hacía arder. Necesitaba que se calmara y pensara.

Había roto mi promesa en mil pedazos aceptando que Marius me tocara, pero él me derrotaba. A pesar de todo no podía con su presencia, sino con la rotundidad de sus actos. Sabía bien mis puntos débiles y Benji los estaba conociendo para mi desgracia.

—Se convirtió en adulto—dijo, colocando sus manos sobre las mías—. Un adulto cansado de ver como te desprecian y no te das a valer—bajó mis manos y las retuvo entre las suyas, para mirarlas del mismo modo que yo miraba las suyas—. Estoy harto de tus palabras amables, tus sonrisas tristes y de como corres a sus brazos cuando te chasquea los dedos. ¿Has pensado en mis sentimientos?—cuando cruzó de nuevo sus ojos con los míos noté un cambio. No había rabia, ni desprecio, sólo dolor. El dolor de un hombre que ama y no es correspondido. La tragedia griega de siempre. Algo que conocía bien—. Ya no soy un niño. Te he dicho muchas veces que no soy un niño. ¿Cuántas veces tendré que reprochar tu actitud y recordarte que ante ti tienes un hombre? No confías en mí. Me ocultas cosas para no hacerme daño. ¿Y sabes que consigues? Justo todo lo contrario.

—Perdóname—mis manos temblaban igual que el resto de mi cuerpo, pero él las sujetaba con firmeza. No supe que más decir, sólo busqué sus mejillas y las besé. Deseaba que ese gesto, casi inocente, lo comprendiera de algún modo. Yo le quería, aunque a veces pareciera que me desprendía del amor que me regalaban porque no sabía asimilarlo.

—Haz algo para que te perdones—susurró, llevando mi mano derecha a su bragueta. No dudé en apretar suavemente su pequeño bulto, que comenzaba a crecer, mientras la mano que tenía libre me agarraba de la nuca.

Empezamos a besarnos, o más bien él me besaba. Su boca era dominante y su lengua entregada. No podía siquiera creer que fuera tan dominante conmigo. Mis dedos apretaron su sexo por encima del pantalón y deseé llevarlo a mi boca. La forma que actuaba era la de un hombre tan adulto como desesperado. Estaba jugando sus últimas cartas y yo estaba perdiendo la cabeza. Quería gemir, pero él me besaba con tanta intensidad que no reaccionaba. Me excitaba su forma brusca. Tenía el vello de la nuca de punta, ya que sentí un delicioso latigazo recorrerme de pies a cabeza. En ese momento reaccioné apartándome de sus labios, para arrodillarme frente a él.

Nuestras miradas se cruzaron una vez más, pero en la suya sólo vi deseo. Yo estaba algo más confuso, pero no por ello perdí el tiempo. Acaricié su vientre por encima del pantalón, después toqué el cinturón de cuero marrón que llevaba y lo abrí. Aquel pequeño complemento cayó al suelo, el botón del pantalón se abrió y el cierre bajó rápidamente. En segundos tenía su sexo, algo duro, frente a mí. No dudé ni por un instante en lamer su glande, y, besar lentamente desde la punta a la base.

Soltó mi mano izquierda y colocó las suyas sobre mi cabeza. Sus dedos acariciaron mi frente despejando mi rostro de cualquier mechón, para hacer lo mismo con las sienes. Sin perder tiempo me recogió el pelo en una coleta y tiró de ésta para que echara el rostro hacia atrás.

—Voy a demostrarte que puedo arrancarte mejores gemidos que ese vejestorio—su mano derecha me tomó del mentón, mientras la izquierda seguía tirando de mi pelo—. Ya ni siquiera lo vas a desear cuando lo veas.

Quería creer que eso sería así, pero no estaba seguro. Había sido mi único y gran amor. Él me había salvado y venía a mí en mis sueños siendo el hombre gentil, amable y generoso de otros tiempos. Pero ya no era así, ni siquiera lo fue en su momento.

El tiempo de conversar acabó, me introdujo su sexo entre mis labios y escuché un delicioso jadeo. Le complacía la suavidad de mis labios, la humedad de mi boca y mi lengua que rápidamente lo atrapó apretándolo. Mi cabeza se movía al ritmo que él marcaba, cosa que me causaba una terrible erección. Realmente ante mí tenía a un hombre, no a un niño. Notaba su fuerza y deseo, el mismo deseo que crecía en mí. Podía sentir oleadas de calor recorrerme y comencé a sudar.

De un empellón caí de espaldas y él se subió sobre mí. Mis manos recorrieron su pecho por encima de su camisa blanca y él comenzó a desabrochar la mía celeste. Teníamos las piernas enredadas, pero no así nuestros sentimientos. Yo sabía lo que estaba creciendo en mí y él conocía bien ya ese sentimiento. Busqué sus labios y lo besé. Quería perderme en su boca de nuevo y él no me rechazó, me besó con la misma intensidad mientras rompía su camisa. Lo quería dentro de mí, necesitaba tocar todo su cuerpo desnudo y gritar su nombre.

—Te quiero ya, te necesito—el tono de mi voz era quebradizo, pero esta vez no porque sintiera dolor. Mi necesidad era tan fuerte, el placer me corroía, y no era capaz de hilar bien las palabras—. Ya... ya...

Él tenía unos dedos hábiles y fríos, pero muy suaves, que desabrocharon cada botón de mi camisa sin romper siquiera uno. Se tomaba su tiempo para hacerse desear. Sus labios rozaron mis pezones y sus dientes se clavaron cerca de mi ombligo. Finalmente mis zapatos volaron, igual que mis calcetines, pantalones y ropa interior. Terminé desnudo debajo de él, pero él llevaba tan sólo el pantalón desabrochado.

—Voy a dominarte, por lo tanto no tendrás todo cuando tú quieras—sentí que no me hablaba él, sino el hombre que había estado asechando durante años. Un hombre adulto. Su voz dejó de tener los matices de un niño, casi adolescente, para ser por completo la de un hombre joven y apasionado.

—Por favor, por favor...—dije al notar sus manos en mis caderas, las cuales viajaban hacia mis nalgas—. Por favor...

—Calla, zorra—esas palabras me hicieron guardar silencio y mirarlo bien—. Vas a dejar de ser su fulana, serás mi zorra, mi puta y mi amante dentro de la cama. Fuera de la cama también vas a obedecer. No te quiero cerca de Marius. Ahora me perteneces, ¿comprendes? No voy a dejar que otro te toque, ni siquiera el chico de las maquetas. Nadie.

No sabía que creer de todo aquello, pero yo sólo pude gemir. Dos de sus dedos, el índice y corazón, se hundieron en mi entrada y mis piernas temblaron. Tenía una erección considerable, la cual rozaba su vientre y también la suya. Hundió su rostro en mi cuello y me mordió, pero no rasguñó la piel. Él sólo me mordió como lo haría un amante entregado. Si bien, se apartó y me giró.

No dudé en alzar mis caderas y rozar su sexo con mis nalgas. Necesitaba tenerlo y era mi momento. Él colocó sus manos en mi cintura, tirando de mí, para luego poner una sobre mi cabeza, enredando sus dedos con varios mechones, mientras la diestra guiaba su sexo dentro de mí. De una sola vez. Arremetió con fuerza y me penetró. Grité de placer. Mis pezones estaban duros y rozaban el frío suelo de mármol, mi rostro estaba girado y lo miraba por encima del hombro, y él se movía destrozándome. No podía dejar de gemir. Tenía un buen tamaño y grosor, pero era su forma de moverse lo que me enloquecía.

Gemía como puta, como lo que realmente era cuando me tocaban de ese modo. Hacía mucho tiempo que no sentía algo como aquello, una conexión total. Mi ritmo se acopló al suyo y ambos jadeábamos y sentíamos un placer que jamás hubiese dado por cierto. Aquello era inconcebible.

Podía ver su rostro concentrado, sus labios abriéndose para dejar escapar un jadeo, un pequeño gemido o un gruñido. Tenía las cejas fruncidas y sus enormes ojos árabes no perdían detalle de mi cuerpo meciéndose para él. Mis manos estaban sobre el suelo, intentando apoyarme, pero mis brazos habían cedido casi desde el principio. A ratos me daba fuertes nalgadas que arrancaban de mi garganta los gemidos más sensuales que conocía.

Entonces, lo noté. Percibí como todo mi cuerpo se preparaba para un terrible orgasmo. Los dedos de mis pies se cerraron, los de mis manos apretaron las baldosas de mármol empujándolas con las palmas, mi boca se abrió y un escalofrío recorrió como un rayo todo mi cuerpo, centrándose en mi vientre que comenzó a tirar y hormiguear. Eyaculé contra el suelo, manchándolo, mientras él seguía moviéndose con fuerza hasta que, debido a como lo apretaba dentro de mí, lo hice llegar. Aquel torrente cálido y espeso me llenó. Al terminar pensé que me apartaría, pero no lo hizo. Me tomó del cuello y me incorporó.

—Limpia todo, zorra—susurró inclinado sobre mí—. Limpia.

Miré la baldosa con mi semen y no dudé en lamerla. Sentía como se escurría entre mis piernas el suyo, cosa que me excitó nuevamente. Me sentía arder en el infierno todavía, como si sus manos no se hubieran separado de mis caderas o mis nalgas. Cuando acabé con el suelo comencé a succionarlo otra vez. Lavaba su sexo con mi lengua, retirando los escasos restos que quedaban de semen en su glande.

—¿Me perdonas?—pregunté asustado porque no lo hiciera, que aquello sólo fuese un capricho. Yo sentía que lo amaba y que no me apartaría de él si él así lo deseaba.

—Sí, pero es condicional—respondió arrodillándose para quedar a mi altura, aunque debido a su constitución quedó un par de centímetros más bajo—. Lo haré si no vuelves a mentirme y no regresas a él.


Me abracé a su cuerpo, algo más cálido que el mío, y sentí sus brazos rodeándome. Lloré de nuevo, pero esta vez no por el dolor. Lloré liberándome de todo. Él me había dado nuevas alas y ésta vez volaría lejos.  

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un nuevo hombre

Bonsoir mes amis les dejo este encantador fic de Armand y Benji. Espero que sepan apreciarlo.

Lestat de Lioncourt

Desde hacía algunas semanas había decidido realizar ciertos experimentos basándome en libros que había adquirido recientemente. Internet me aportaba una base increíble de información y en ocasiones también era un buen lugar para comprar productos. Decidí hacer algunas compras con la tarjeta, hundirme en el consumismo que rodea la sociedad moderna y adquirir varios libros sobre experimentos fáciles que podría realizar. Uno de los libros era en realidad un regalo para Benji. Pensé que podría promover en él ese deseo de comprender el mundo a través de las letras y los experimentos caseros.

El libro llegó una noche de lluvia. Esas noches en las cuales uno desea permanecer en casa, escuchar el sonido del aguacero y sentir la calefacción envolviéndote mientras la televisión te atonta el cerebro. Sin embargo el mensajero había llegado casi al borde de las ocho de la tarde. La noche ya era cerrada al ser invierno y también por la tormenta.

—Dybbuk ha llegado un paquete para ti—dijo con una ancha sonrisa entrando en el salón.

—¿Has firmado por mí?—pregunté rogando porque así hubiese sido. El libro ya estaba pagado con tarjeta y sólo tendría que pagar el recibo de su llegada. No quería moverme del salón porque estaba demasiado cómodo bajo las mantas.

Sybelle se hallaba sentada ante el piano tocando con excelente precisión y pasión aquella pieza. Sus dedos se movían rápidos y su mirada relampagueaban. Tanto Benji como yo la habíamos vestido. Tenía un hermoso vestido de gasa blanco que caía lánguidamente sobre su cuerpo, realzaba su busto y dejaba ocultas sus piernas. Era como ver tocar a un ángel. De fondo estaba la televisión prendida en un canal de documentales sobre el canto de las distintas aves. Ella a veces era para mí un ave exótica que tenía su propio canto en silencio.

Si no me había movido hacia la puerta al sonar el timbre es porque pensé que algunos de mis criados, personas con años de servicio bajo mi techo y protección, iría. Pero fue él. Su curiosidad siempre le incitaba a moverse con cierta desenvoltura. Sus enormes ojos oscuros y sus labios en forma de corazón le ofrecía a su rostro algo redondeado, de finos rasgos árabes, una belleza cautivadora. Sus mechones negros algo ondulados, de un cabello tan negro y espeso, eran una maravilla. Y aunque vestía ropas simples se veía que la educación que yo le había dado, y que esperaba que nunca se perdiera en su memoria, hacía efecto en él.

—Sí—respondió asintiendo suavemente con su cabeza mientras se acercaba abriendo el sobre—. ¿Qué es?

—Un libro de ciencia para niños. He pensado que sería adecuado que comenzaras a mostrar interés desplegando tu curiosidad en algo más allá que el hurto. Además podríamos hacer cosas juntos— su mirada no me gustó. No parecía molesto pero sí algo entristecido—. Ven aquí mi amor— dije abriendo los brazos esperando que se aproximara un poco más—. Dime que sucede.

El papel había caído a sus pies, los cuales estaban descalzos y sólo ocultos tras unos calcetines algo gruesos que yo le había comprado. La ropa, el calzado y cualquier cosa que necesitase terminaba siendo adquirida por mí ya fuera por medio de webs de ropa infantil o compradas en grandes almacenes. Me sabía su talla de memoria y me gustaba observarlo con mis obsequios. Sin embargo poco a poco dejaba ver sus gustos hacia ropa más sobria. Parecía haber crecido ante mis ojos sin percatarme. Aún así ese libro era para niños y poseía instrucciones para hacer jabón, pequeños filtros de agua o volcanes que escupieran lava que no era más que un compuesto químico.

—Es para niños—susurró intentando acomodar una sonrisa en sus labios, pero se vio tan entristecida y falsa que mi corazón sufrió un vuelco.

Se aproximó a mí quedándose sobre mis piernas, apoyando su cabeza en mi pecho, mientras el libro caía al suelo. Mis manos rápidamente fueron a dejar suaves caricias en sus mejillas, pasando mis dedos por sus cabellos, mientras dejaba tiernos besos en su frente despejada. Sabía que ese momento podía llegar. En ocasiones me preguntaba como sería yo si hubiese crecido unos años más, tan sólo unos años, convirtiéndome en un hombre de verdad con barba y la voz varonil. Él debía estar en esa etapa. Actualmente tendría algo más de treinta años, un aspecto mucho más masculino y una estatura envidiable. No obstante él lo deseó. En un principio no parecía dolido ni molesto por su decisión. Pero son niños y los niños a veces son inconscientes.

—Es meramente introductorio. Son cosas divertidas que podemos hacer. No creo que quieras diseccionar cuerpos y torturar a otros vampiros por el mero hecho que yo lo hago—susurré rodeándolo con mis brazos como haría un padre o una madre—. Amor mío... cariño mío...—no sabía que decirle o como enmendar mi error.

—Si...—musitó mirándome con esos enormes ojos que me torturaban con cierta tristeza—. Si fuera un hombre, más allá de mis sentimientos y los años que han pasado, podría tal vez ser parte de tus amantes ¿podría?—aquello me hizo quedar atónito.

Sybelle debió escucharlo pero ella no dejaba de tocar. Estaba embelesada con la melodía hasta un punto de no retorno. Él se aferró a mí y yo lo estreché firmemente conteniendo el aliento y las palabras. Era un comentario anómalo en él. Sin embargo había visto claras muestras de su deseo por ser un hombre, comportarse como tal y tener los privilegios de uno. Quería entrar en locales que estaban vetados para muchachos y por supuesto no podía hacer todo lo que un hombre quisiera. Su escaso tamaño le traía grandes ventajas a la hora de cazar, pero también dificultades para ser del todo feliz.

—Amor mío—susurré agachando mi rostro para apoyar frente con frente. Sonreí con cierto dolor por mis siguientes palabras, pues sabía que harían mella en él—. Tú siempre serás un hombre y un niño. Niño en apariencia y hombre por tu comportamiento. Te has mostrado tierno y dulce, pero eres listo y sincero. La sinceridad la pierden los adultos al igual que la ternura y la dulzura que a veces me ofreces. Tu mente es rápida, más que la de cualquier otro que he conocido, y eso te hace ser alguien muy especial para mí. Pero sobre todo no dudes jamás que eres uno de mis grandes amores. Tú has hecho que deje de pensar que el mundo está lleno de oscuridad— deposité un beso en cada una de sus mejillas y lo tomé del rostro presionando con mis pulgares sus rasgos, dejando caricias suaves similares a las de una madre—. ¿Crees que amo a otros más que a ti? Eso es una infamia.

—¡Con ellos gozas en la cama y gimes como fulana! ¡Para mí sólo hay migajas!—dijo incorporándose molesto—. Ya no quiero ser un niño. Estoy harto de ser un niño a tus ojos. Ni siquiera soy un niño a ojos de Sybelle o Marius. Tú sigues viéndome como un niño. Te burlabas de Louis y Lestat por ver a Claudia como su pequeña damita, su muñeca... ¿y yo que soy? Me vistes como tú quieres y me ofreces regalos para niños. ¡Soy un adulto!—jamás se había portado de ese modo y eso me asustó—. Has permitido que tu viejo verdugo volviese de los infiernos, se quedase a tu lado y te maltratara. Caes ante cualquier varón que pueda hacerte gozar en la cama, pero a mí no me permites siquiera que vea otros pechos que no sean los de Sybelle. ¡Quiero ser adulto aunque tenga este cuerpo!

Sybelle paró de tocar mirándonos a ambos. Tenía cierto aire de preocupación en su mirada y sus labios se habían abierto suavemente. Estaba sorprendida por ese cambio de actitud. Sin embargo él agachó el rostro y apretó los puños quedando frente a mí. No se movió para huir a su habitación, sino que quedó ahí esperando quizás que lo abrazara.

—Cariño mío—dije con una leve sonrisa intentando mitigar los golpes de sus palabras. Era cierto que me entregaba a hombres que me dañaban, entre ellos estaba Marius y el otro era Santino, y por ello él estaba de ese modo. Verme tirado en el suelo como si fuera un vulgar objeto de deseo le había dañado—. Escúchame pequeño.

—No quiero más mentiras o cuentos—susurró con la voz entrecortada.

De inmediato me arrodillé ante él tomándolo de las manos. Las mantas cayeron mostrando mi pijama. A penas me había cambiado debido al deseo de estar cómodo con ellos, con los dos grandes amores de mi vida. Besé sus dedos y las llevé a mi cuello, rozando así el borde de la camisa de pijama, para luego levantarme con él entre mis brazos.

—Sybelle permite que calme a Benji—mi voz se escuchó firme aunque temblaba.

Él no me apartó, pero sentí que no deseaba estar entre mis brazos. Era como si me apuñalaran el corazón mil veces. Sentía una impotencia que entumecía mis brazos y hacía flaquear mis piernas. Sus cabellos rozaban mi nariz mientras me desplazaba con él cargado entre mis brazos, aferrado a mí como si fuera el santo grial que fuese a salvar al mundo. Él no era una reliquia, pero salvaba mi vida y era más importante que cualquier objeto material, por caro o único que fuese.

Entramos en mi dormitorio, donde ocasionalmente dormía Sybelle junto a mí y también el pequeño que tenía entre mis brazos. Para mí era un niño aunque con la inteligencia de un adulto. Su cara redondeada y sus travesuras me alejaban de la verdad. Él era un hombre, con necesidades y derechos. Estaba rompiendo sus privilegios como tal impidiéndole crecer frente a mí.

Acomodé su cuerpo junto al mío en aquel lecho de sábanas revueltas. Las hermosas esculturas que decoraban la esquinas de la habitación tenían un aspecto amenazador, debido a la tormenta y la luz que penetraba por la ventana, pero aún así eran hermosas. Estaba rodeado de electrodomésticos y tecnología avanzada, así como de muebles sacados del mejor anticuario pero con un toque moderno, muy sutil pero notable para mí. Benji en aquella cama, rodeado de aquel lujo y confort, parecía un niño perdido en una isla desierta.

—Deseas ser un hombre frente a mí—dije apartando algunos mechones de su flequillo—. Deseas serlo antes que sientas una cólera inmensa y quieras destruirme. Porque fue mi amor por ti el motivo por el cual decidiste hacer esto—giró su rostro hacia la ventana intentando evitar mis ojos puestos en él.

Me había sentado en el borde de la cama y tocaba su rostro, cabellos y cuello con delicadeza. Tenía una piel sedosa, igual que su cabello, y un cuerpo duro debido a la sangre de Marius. A pesar de haber parado de crecer era esbelto y tenía cierta musculatura. Era un adolescente que encerraba a un hombre con una belleza arrolladora, pues su alma era tan hermosa que a veces ganaba la batalla y me perdía en el deseo de estrecharlo entre mis brazos y amarlo. Quería amarlo como él me amaba en ese instante. Deseaba darle mi amor como hacía ocasionalmente con Sybelle y aún hoy hago con Marius pese a todo.

—Está bien—susurré levantándome para quitarme la parte superior del pijama.

Él me miró desabrochar cada botón con seguridad y algo de violencia, aunque intentaba no romperlos ya que era un regalo suyo. Aquel pijama cómodo y caliente lo había conseguido él para mí. No pregunté su procedencia porque temí la respuesta. Benji era como una pequeña urraca que todo lo que veía hermoso, o de valor, terminaba en sus manos.

—¿Qué estás haciendo?—dijo frunciendo suavemente su ceño.

—Entregarme a un hombre—susurré deshaciéndome de la parte de arriba para tirarla al suelo, a un rincón, y hacer lo mismo con los pantalones y la ropa interior.

Mi cuerpo desnudo no era un misterio para él. Me había visto cientos de veces desnudo en la bañera, a su lado, permitiendo que me enjabonara y acariciara la espalda dibujando líneas sobre mis omóplatos. Del mismo modo que el suyo no era en absoluto un misterio.

—¿No te importa que físicamente siga siendo un niño?—murmuró mientras me sentaba de nuevo a su lado.

—Adolescente del mismo modo que yo lo soy—respondí recostándome mientras deslizaba mi mano por su camiseta.

Aproximé con calma mi rostro al suyo y besé suavemente sus labios. Él abrió su boca y permitió que mi lengua se colara acariciando la suya. Eran besos suaves y mesurados. Jamás había besado a alguien con tanta ternura y sosiego. Me sentía perdido en un mundo de miles de dudas, pero sus manos tomaron mi rostro acariciándome con aquel cariño que nunca me demostraban. Sybelle me daba su amor, pero era un amor femenino. Su pasión era desmesurada y en ocasiones completamente inesperada. El tierno amor que él sentía hacia mí, como yo hacia él, era firme e intenso pero se mostraba de momento menos sensual y eso me confundía.

Lentamente fui quitando su ropa, aunque él colaboró porque parecía haber tomado la decisión de dejarse llevar como yo lo hacía, y ambos comenzamos a besarnos dejando caricias por nuestros torsos, piernas, brazos y espalda. Mis dedos jugaron por su nuca provocando que tuviese algunos escalofríos. Aquellos cabellos cortos que tenía, tan suaves y algo rizados, me encantaban. Mis labios se posaron en su pecho y rozaron sus pezones.

Tenía un pequeño torso que aún se estaba formando en el momento en el cual se paró su crecimiento. Las costillas se marcaban, como sus clavículas, y poseía unos escasos mechones alborotados bajo su ombligo. No era el cuerpo de un niño y tampoco el de un adulto. Poseía unos pezones color canela, algo más oscuros que su piel, y estaban endureciéndose debido a mis juegos. La punta de mi lengua dibujaba el círculo de la areola que poseía cada uno, para luego posar mis labios con tímidos besos y mordiscos más arriesgados. Él suspiraba abriendo sus piernas para enredarlas con las mías.

No dudó en buscar mi boca en más de una ocasión, como si mis besos insuflaran un poco de valor para lo que estábamos dispuestos a cometer. Las caricias eran suaves, lentas, llenas de respeto y sobre todo sorprendentemente agradables. Mis dedos se deshacían en caminos sinuosos por sus caderas hasta sus muslos y él cerraba sus ojos, abría suavemente sus labios y jadeaba.

—Te mostraré todos los tipos de placer que existen—dije apoyando mi mentón en la cruz de su pecho.

Él me miró con los ojos entrecerrados y las mejillas coloreadas. Tenía los labios algo rojos por los besos que nos habíamos regalado y sus manos se perdían por mis mechones. Sabía que amaba mi cabello por el color tan extraño que poseía, así como jugar con sus dedos por mis mejillas y tomarme de las manos para que bailara a su ritmo. Conocía bien su amor y la ternura que él rezumaba, esa misma que era posible que yo le arrancara para siempre y que por ello temía todo lo que estábamos haciendo.

Hundí entonces mi cabeza entre sus piernas y tomé su sexo con mis labios. Primero besé su glande y dejé una pequeña lamida. Él suspiró incorporándose con aquellos ojos llenos de curiosidad, los mismos que pronto me mirarían con deseo. Cuando sintió que me llevaba todo su miembro a la boca, presionándolo y humedeciéndolo, se dejó caer en la cama y empezó a gemir.

—Quiero estar dentro de ti—dijo sorprendiéndome—. Quiero hacerte mío.

Me aparté para verle a los ojos mientras me sentaba en la cama. Su rostro estaba perlado de gotas sanguinolentas, las cuales caían como pequeñas lágrimas hacia al almohada y cuello. Tenía también zonas algo coloreadas en sus hombros o caderas. Estaba emanando un calor delicioso y dándole un aspecto vulnerable. Él quería ser quien me conquistara y por lo tanto tomar el lugar de Marius, o cualquier otro, para quizás hacerme olvidar que ellos existían.

Sonreí aproximándome a sus labios, cayendo sobre su cuerpo y buscando como sentarme en sus caderas. Él me miró confuso tomándome de las manos y yo me eché a reír. Liberé la mano derecha para acariciar sus cabellos, echando a un lado varios mechones, y empezar entonces a penetrarme. Hice que entrara en mí arrancando de sus labios un fuerte gemido, muy similar al que yo le ofrecí, mientras mis manos se alojaban en su pecho y caminaban hacia sus frágiles hombros.

—¡Benji!—gemí sintiendo su mirada enfocada en mí, sin perder detalle de mi rostro completamente enrojecido y mi cuerpo encendido—. Así, mi amor... así... así cariño.

Sentí como sus caderas se movían suavemente mientras le iba guiando. Por instinto me había tomado de la cintura, pero su ritmo era suave y estaba nervioso como cualquier hombre en su primera vez.

—Te amo Armand—mi nombre entre sus labios sonó extremadamente erótico. Su tono era sensual y aquellos largos gemidos eran como los de un hombre adulto. Sus manos acariciaban mis caderas y las apretaban con deseo, viajando estas hasta mis nalgas para apretarlas y poder sentir aún más estrecho—. Te amo.

—Y yo—balbuceé—. Te amo Benji. Te amo—mis ojos se habían llenado de lágrimas por el placer y la emoción que sentía.

Amaba a Benji desde que él me abrazó por primera vez, pues su ternura me había conquistado desmoronándose por completo mi insensible máscara. La rudeza con la cual me había tratado la vida se vio recompensada por su sonrisa, el calor de sus manos contra mi rostro y sus pequeños labios apretándose en mi mejilla. Amaba a ese pequeño diablo que corría descalzo por la casa, me perseguía a cualquier fiesta y a veces dormitaba aferrado a uno de los libros que yo le compraba.

Sybelle y Marius también estaban en mi corazón, pero el amor que sentía por él era más dulce y menos contaminado por la crueldad humana. Sybelle había vivido episodios de terrible dolor y Marius contenía una ira tremebunda que incluso explotaba contra mí. Él parecía ser el bálsamo de mis heridas.

—Benji... —dije temblando sobre él cuando su pequeño miembro tocó aquel delicado punto—. Ahí, ahí...

Comencé a moverme rápido y desesperado. Gemíamos al unísono mientras nuestras manos se buscaban, entrelazándose. Mis dedos se fundían con su manos y los suyos en las mías. Botaba sobre él y me movía en círculos mientras él agitaba su pelvis. Tenía la cabeza echada hacia atrás, mi cabello caía en cascada rojiza sobre mis hombros y contra mi columna vertebral. Estaba completamente empapado en sudor y sentía ciertos calambres en mi vientre. Ese suave cosquilleo me decía que eyacularía pronto.

—Más... más... —dije ahogado saliendo de él para bajar al suelo y gatear hacia la alfombra.

Allí, acariciando aquella obra de arte con cientos de flores bordadas, abrí mis piernas y alcé mis nalgas. Mi torso quedó pegado al suelo, mis rodillas clavadas y mis brazos desde la muñeca hasta el codo también apoyados contra la alfombra.

—Dame como todo un hombre. Párteme en dos—susurré de forma lasciva mirándole por encima de mi hombro derecho, ya que había girado suavemente mi rostro. Mis cabellos estaban algo enmarañados pero se veían mis ojos café centelleando—. Benji...—jadeé mordiéndome el labio inferior para soltar aquel erótico gemido.

Él se levantó algo aturdido, pero listo para tomarme y hacerme suyo como le rogaba. De inmediato se puso en mi espalda tomándome de las caderas y mirándome como lo haría un hombre. Sus ojos no eran los de un niño, sino los de un adulto que me recorría con gula y satisfacción. Me penetró provocando que temblara y empecé a moverme igual que una casquivana. Era su puta en esos momentos y lo era con una satisfacción brutal.

—Dime cosas sucias amor mío. Dime lo más sucio que conozcas—dije pegando mi rostro al suelo, pues mis hombros rozaban justo el borde de la tela—. Dime lo puta que soy.

—No puedo—murmuró temblando mientras me clavaba las uñas en las caderas.

—Sí puedes y debes—respondí con la vista nublada.

—Eres una zorra y voy a domesticarte—balbuceó mientras yo reía entre gemidos.

Ni siquiera podía evitar tener un tono dulce en medio de ese tormento de palabras llenas del pecado de la carne. Él era lujurioso, pero su voz aniñada y su respeto hacia mí le impedían parecer sincero con aquella simple oración.

—Algo más fuerte mi amor—dije antes de notar como me daba un fuerte azote que me hizo gemir igual que si lo hubiese hecho Marius.

—No eres más que una puta—gruñó—. Gime fuerte para tu hombre. Soy tu hombre y quiero escuchar tus gemidos de zorra.

Esa frase era de Marius, pero en ese momento no me percaté. Sin embargo, reflexionando más tarde razoné que él nos escuchaba, y posiblemente observaba, cuando venía a buscar un poco de calor entre mis piernas. Un calor que pocas veces le ofrecía Pandora y que yo siempre estaba dispuesto a regalarle.

Entonces, mientras gemía gozando de sus palabras, él llegó derramándose por completo en mi interior. Yo aún no había llegado, pero nada más sentir aquel cálido torrente me dejé llevar. Caí arrastrado por una fuerte corriente de placer que me hizo caer de bruces por completo. Al incorporarme hice que él me se apartara y me mirara. Sus ojos eran seductores y tiernos. Tenía el rostro completamente rojo por la sangre y el esfuerzo.

—¿Me deseas?—pregunté girándome para abrirme de piernas para él—. Benjamín ¿me deseas?—él miró el espeso líquido, el cual salía de mi entrada y que no era más que su semen, completamente absorto.

Decidí que merecía algo más que una sola vez, así que me arrodillé y empecé a lamer su miembro manchado por aquel salada y espesa leche que él tuvo para mí. Mis ojos se fijaron en los suyos mientras sus pequeñas manos se apoyaron en mi cabeza. Él podía notar como mi lengua se enroscaba por todo su sexo, así como mis labios llegaban a la base acariciando su escroto. También tuve tiempo para sus testículos, acariciándolos con mis manos y sintiendo su pecho. Me llevé primero uno a la boca y después los dos, succionándolos mientras lo masturbaba. Benji volvió a estar erecto y decidido.

—No lo hagas dentro—susurré estirando mis brazos hacia él, tomándolo de las muñecas con mis manos y recostándome en el suelo la espalda contra este—. Ámame como aman los hombres.

Él sonrió arrodillándose y apoyándose en mis rodillas. Abrió bien mis piernas y entró jadeando, pero con fuerza y un ritmo suave que me arrancó varios suspiros. Pronto estábamos gimiendo de nuevo, mi cabeza se movía de un lado a otro y mis manos estaban aferradas a sus brazos. Él tenía las manos apoyadas a ambos lados de mis caderas y mis rodillas apretaban su cuerpo contra mí. Aparté mis manos de sus brazos con suaves caricias, tentando su pecho y dejando leves arañazos en su vientre, para colocarlas en sus glúteos y clavarlas. Pegaba a mi pequeño contra mí sintiendo su cuerpo estremecerse. No me importaba que mi miembro estuviese desatendido, pues un virgen siempre olvidaba en esos momentos pequeños detalles.

—Me vengo—dijo tras un largo rato de silencio sólo roto por la respiración agitada, los gemidos y gruñidos que ambos nos regalábamos.

—Sal—le ordené.

Él me obedeció mirándome confuso y excitado, pero entonces tuvo que cerrar los ojos al notar como engullía su miembro. Liberó aquel torbellino de esencias en mi boca mientras le miraba. Me abrazó la cabeza con sus manos y agachó la suya. Sus ojos estaban cerrados y sus labios bien abiertos en un grito silenciado por un jadeo.

Me aparté de él bebiendo todo su esperma mientras le miraba sin pestañear. Cuando me levanté lo arrodillé frente a mí e introduje entre sus labios el mío. Su boca se abrió mientras sus enormes ojos se clavaban en los míos. Sonreí con ternura apartando sus cabellos y comencé a moverme entre sus labios.

—Sólo oculta tus dientes tras sus labios—indiqué tomándole bien de su pequeña cabeza.

Mi sexo era algo mayor en proporciones, pero no era tanta la diferencia como podría ser a simple vista. Su lengua acariciaba con timidez la piel y sentía como sus labios hacían una agradable presión. Tomé sus manos para llevarlas a mis caderas y sonreí al escuchar que gemía ahogado.

—Quiero estar en ti—dije en un murmullo provocando que se apartara.

—Hazlo, por favor—rogó recostándose en la alfombra.

Su pecho pecho subía y bajaba como acto reflejo, pues aún estando muertos y sin necesidad de aire seguíamos respirando y aceptando que nuestros pulmones se llenaran, mientras sus piernas temblaban por lo que iba a ocurrir.

Jamás había hecho algo así con otro hombre. Siempre había estado del otro lado de la cama. Sin embargo me invadía la necesidad de ofrecerle a Benji todo el placer que a mí me había dado. Necesitaba que él comprendiera hasta que punto era deseable estar en mi lugar. No había acomodado su entrada, pero al introducir dos de mis dedos él gimoteó.

—Tranquilo, tranquilo mi amor—susurré decidiéndome aún.

No obstante entré en él y gritó con cierta carga de dolor dentro de aquel universo de placer. Sus brazos, delgados y morenos, fueron a rodear mi cuello mientras yo lo besaba. Aquellos besos tiernos iniciales habían dado a otros llenos de lujuria. No eran lentos sino rápidos y furiosos, tan furiosos como puede estar un hombre en mitad del sexo. El sentirme tan aprisionado provocó que gimiera aún más fuerte que cuando me penetraban. Él jadeaba con el rostro hacia el lado derecho y con el ceño fruncido.

Duré relativamente poco, pues había contenido el momento para ofrecerle aquel instante. Él volvió a llegar, pero sin a penas liberar un poco de esperma, pero yo lo bañé a él ofreciéndole a su rugoso interior, el cual era estrecho y muy húmedo, un cálido recuerdo.


Esa mañana dormimos juntos, sin la compañía de Sybele, completamente agotados y enredados. Su cabello se mezclaba con el mío, nuestras piernas se encontraban entrelazadas y nuestras manos cerradas en como si estuviésemos jurándonos una promesa de amor eterno. Para mí no hacía falta esa promesa pues hacía décadas que había decidido amarlo. Él era gran parte de mi corazón y felicidad. Se había convertido en un excelente ladrón pues había robado mi corazón sin sospecharlo, sin echar en falta éste y sobre todo deseando que siga entre sus manos.   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt