Yo sólo voy a decir que tengo miedo de lo que pueda hacer Armand con todo esto...
Lestat de Lioncourt
La última vez que la había visto fue
para confrontarnos como siempre. Al parecer, no teníamos remedio.
Ella siempre me retaba con su mirada, su forma airada de contestarme
cada impertinencia y esa forma de caminar tan firme que tanto me
provocaba. Insisto que no soy un bendito y tampoco pretendo serlo,
pues sólo intento ser justo aunque en ocasiones peque de ser
intransigente y totalitario. Con independencia de haber convertido en
una guerra nuestro anterior encuentro, estaba extrañándola. No
podía dejar de imaginar todas las calamidades y disquisitudes que
había superado hasta convertirse en una mujer mucho más fuerte,
firme y entregada.
Aquella noche subí a la torre norte
del castillo de Lestat, justo a la sala que acababa de terminar de
pintar. Si lo hacía era porque los muebles para la reunión del
consejo acababan de ser instalados y quería contemplar como había
quedado aquella maravilla. Subí la intrincada escalera de metal que
daba acceso a este recóndito lugar del castillo y entretanto subía
la presencia que se hallaba arriba, situada en el centro de la sala,
la sentía más conocida. Evidentemente había presentido que había
alguien arriba, pero el castillo siempre está lleno de jóvenes y
milenarios en convivencia plena. No obstante, cuando giré el pomo de
la puerta y accedí la vi.
Estaba allí con un encantador vestido
entubado negro como si fuese a ir a una cena de gala. El largo
llegaba hasta sus rodillas y marcaba perfectamente sus caderas.
Poseía un escote en forma de corazón con pequeñas pedrerías que
formaban un dibujo similar a constelaciones, aunque sin su precisión.
Como siempre lucía joyas. Poseía un magnífico collar de perlas
doble que quedaba embriagado por su perfume francés. Los tacones que
realzaban sus piernas eran de aguja y hacían un sonido muy
característico al andar. En sus manos había un bonito abanico de
nácar con elegantes flores silvestres en un fondo blanco en aquella
tela, además parecían estar pintadas a mano. Por supuesto, no podía
faltar las perlas desperdigadas en su recogido y los pendientes a
juego.
—Increíble—murmuré—. Has venido
sin que yo lo supiese, ¿lo sabe Lestat?
—Por supuesto—respondió moviendo
sus labios pintados de un rojo carmín que le daba una expresión
soberbia y decidida.
—Será mejor que me marche—dije—.
Vendré en otro momento más adecuado para admirar los muebles.
—Tonterías—respondió acercándose
a mí de una forma que me resultó muy erótica—. Vistes una túnica
como en los viejos tiempos y del mismo tono que mi labial—. Se
había percatado de ese detalle, pero era algo usual en mí.
Detestaba las prendas que la sociedad ahora imponía, pues los
pantalones para mí eran prendas bárbaras—. No te has cortado el
cabello y lo llevas suelto, así como rizado a partir de la mitad de
tu prodigiosa melena dorada. Ni siquiera recordaba ese detalle y
ahora no puedo dejar de hacerlo—dijo colocando sus manos, pequeñas
y delicadas, sobre mi pecho—. Desde que él murió estoy muy sola.
—¿Tu compañero?—pregunté con el
ceño algo fruncido.
—Ahora Fareed ha logrado que podamos
tener sexo y yo estoy sola.
—Prueba con humanos—respondí
colocando mis manos sobre las suyas con afán de separarla de mí,
pero no pude. Sus hermosos ojos claros se fundían con los míos.
—Quiero que tú seas el primero.
Deseo que vuelvas a ser quien me haga gemir como ningún otro
hombre—dijo con el rostro a pocos centímetros del mío, pues los
tacones eran bastante altos y la elevaban unos quince centímetros,
y, además, yo me había inclinado inconscientemente.
Como un idiota besé sus labios
probando su labial, hundiendo mi lengua y paseando esta por toda la
cavidad de su boca apreciando la suya, luchando con esta y
ofreciéndole mi saliva entrenando sus manos se giraban y llevaban
las mías a sus caderas. Por supuesto las deslicé y apreté sus
glúteos hundiendo sobre la tela el dedo corazón en la pequeña
abertura entre estos. Ella separó su boca y me miró como una
pequeña fiera.
—Llévame a tu cripta,
maestro—susurró.
No dudé. Tomé su cuerpo entre mis
brazos y bajé raudo por la escalera, la cual pareció quejarse por
los golpes de mis sandalias, y después crucé un enorme pasillo
donde afortunadamente no había nadie. Luego descendí hasta la zona
de las criptas y pude sentir a uno de nosotros en la suya, el cual
era Fareed trabajando en su ordenador, pero nada más.
Al llegar a la mía la hice pasar. El
fresco cargado de ángeles y guiños a aquella época que ambos
vivimos era sobrecogedor. Ella descendió de mis brazos, caminó unos
pasos y se giró frente a la cama con dosel cubierta de satén rojo.
Yo poseía cama, pero también ataúd. Había pedido a Lestat ambos
tipos de descanso, pues disfrutaba del lujo de la cama aunque sólo
fuera para recostarme en ella a leer algunos libros. A un lado había
un pequeño despacho con una mesa, una silla y diversos libros
desperdigados; también había un arcón, un pequeño armario oculto
y una silla extra donde dejaba mis prendas perfectamente colocadas.
Su pecho se movía debido a la
respiración entrecortada por la excitación, sobre todo cuando me
vio cerrar la puerta con seguro y acercarme a ella. Ahora era ella la
presa y yo era un cazador muy impaciente.
Coloqué mis manos sobre su escote de
pedrerías y lo bajé sacando sus generosos pechos. Hundí mi rostro
en ellos sintiendo su calidez rozar mis mejillas y lamí el espacio
que se formaba entre ellos, después lamí la aureola de su pezón
derecho y lo mordí sin llegar a perforar. Ella gimió.
Pronto mis manos rasgaron su vestido e
hice jirones con él, así como con su erótica y minúscula ropa
interior. Todo aquello lo hice mordiendo, lamiendo, succionando y
besando sus senos. Sus ojos centelleaban por la lujuria y desbordaban
un deseo que bien recordaba de nuestras noches en Venecia cuando ella
era una mujer mortal, la concubina más deseada, y pocos hombres eran
capaces de hacerla gemir de ese modo.
Me aparté para quitar mi túnica y
demostré que ya estaba algo endurecido. Ella miró mi hombría y
rápidamente se agachó para besar mis testículos, lamer desde la
base a la punta y comenzar a jugar con la pequeña membrana que aún
recubría mi glande. Sonrió, escupió en la punta justo en el centro
donde se halla el meato, y comenzó a succionar deslizando su lengua,
retirando el pellejo hacia atrás y jugando con sus manos sobre mis
testículos y muslos. La derecha jugueteaba con estos y la izquierda
arañaba mis ingles y vientre. Yo la contemplaba extasiado y ayudaba
sus succiones hundiendo bien su cabeza contra mi sexo, así como
también movía rápido mis caderas. Finalmente ella retiró su boca
y usó sus pechos apretando mi miembro entre estos, pero no se detuvo
ahí sino que se fue hacia la cama y se abrió para mí.
Observé sus glúteos y escuché sus
tacones golpear el suelo, entonces yo me saqué las sandalias y dejé
que mis pisadas no se escucharan al seguirla. Cuando estuvo recostada
besé su ombligo, lamí su vientre y abrí sus labios vaginales para
comenzar a besar su clítoris, lamer este y comenzar con movimientos
circulares para luego succionar suavemente. Por último lamí su
orificio, hundí mi lengua y pasé mis manos por sus muslos
acariciándolos. De vez en vez sacaba la lengua y mordisqueaba alguno
de sus labios mientras la miraba. Ella no dejaba de gemir, jadear y
alentarme. Sobre todo cuando decidí meter dos de mis dedos en su
interior, moviéndolos lentamente y abriéndolos como una “V”;
mientras hacía eso, mi boca no dejaba en paz sus otras zonas y sus
piernas cada vez temblaba más con las contracciones bruscas e
involuntarias que sacudían toda su figura. Su respiración aún era
más entrecortada y sus pechos tenían un delicioso vaivén.
Ambos estábamos perlados de sudor
sanguinolento, el cual se veía como diminutas gemas de color
rosáceo. Mis ojos se fundieron en los suyos al incorporarme y ella
sabía que estaba listo para entrar, abriéndome paso en su interior
de una sola penetrada. Ella gritó entre complacida y adolorida, para
luego ofrecerme gemidos largos y angustiosos.
Decidí privarla de respiración y
aumentar el placer usando una técnica que pocos saben usar en la
realidad. Coloqué mi mano derecha sobre su delicado cuello y apreté
su garganta aplastando su tráquea. Ella abrió la boca intentando
encontrar aire, pero no lo halló. Sus ojos también se abrieron por
la sorpresa, pero sus manos no me detuvieron. Ella se aferró a mis
costados, encajando sus uñas como garras, y apretó bien mi cuerpo
contra el suyo al rodear firmemente con sus piernas. Su vagina era
estrecha y parecía la de una muchachita virgen, aquello me
enloqueció.
En ese momento era un guerrero sin
armas, sin ejército y sin honor. Ella me había derrotado. Olvidé
por completo el motivo principal por el cual había ido al castillo y
era porque quería reunirme con Armand. Me estaba comportando de
nuevo como el hombre promiscuo y estúpido que siempre he sido.
Admito mi error, pero disfruté demasiado de ese momento. Sobre todo
cuando solté su cuello y ella acabó llegando al orgasmo tras unas
cuantas arremetidas certeras, profundas y rápidas. Yo sentí fuego
dentro de mi alma y este hizo que me convirtiera en un volcán
llenando sus entrañas.
Recuerdo haber caído desplomado sobre
ella, como si fuese una pesada losa sobre una tumba, y ella decidió
pasar sus manos por mi espalda haciéndome sentir lo filosas que eran
sus uñas. Mis ojos se cerraron al igual que los ojos de un niño
recién traído a este mundo miserable. Busqué su cuello y lo besé,
mordí el lóbulo de su oreja derecha y susurré en italiano que era
demasiado hermosa, seductora y poderosa como para estar sola. Me
había rendido ante sus pies otra vez, o más bien ante sus tacones,
logrando que mi cabeza se perdiera por completo en un abismo lleno de
ingratitud hacia mi adorado y eterno Amadeo. Sin duda era igual que
en aquellos tiempos donde lo hacía salir con alguna excusa y la
visitaba, la llevaba a algún rincón recóndito de la propiedad y la
hacía gemir con mis dedos.
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