La verdad... se extraña.
Lestat de Lioncourt
—Hoy en día todos los jóvenes creen
que las fastuosas fiestas de los ricos y poderosos son las más
descomunales. Estúpidos—balbuceaba.
De fondo se podía escuchar como en sus
auriculares aullaba la voz de Lestat. Se había quitado uno para
poder escucharme. Tenía los ojos puestos en el techo y los labios
mostraban una sonrisa pícara poco común. Aún así era él. Llevaba
una chaqueta de cuero llena de tachuelas, cremalleras y apliques
metálicos así como unos pantalones del mismo material, muy ceñidos,
otorgándole un aspecto de lo más rockero. Sus largos, lisos y
sedosos cabellos caían sobre su pecho. Creo que llevaba una vieja
camiseta del concierto de Lestat, la cual quizás adquirió sólo por
ser un sobrevenir de una tragedia que estaba a punto de estallar.
Últimamente revivía esos momentos y tarareaba cada canción como si
estuviese frente al escenario.
Siempre supuse que competía con Lestat
por su belleza. Aunque para mí, como para otros muchos, él poseía
una belleza que era icono de un pasado y un presente. Su genética,
así como la genética de Maharet, se hallaba en cientos de personas
que a veces desconocían sus lazos de sangre. Él se sentía
orgulloso de su familia, al igual que ella. Hablaba de una Gran
Familia y soñaba con reunirla aún día y explicarles lo difíciles
que fueron cada época.
—¿Por qué dices eso?—pregunté.
—El sexo, las drogas y el alcohol era
algo habitual—dijo cruzando sus largas piernas para dejar que sus
botas, de puntera puntiaguda y metálica, se alzaran unos segundos—.
De hecho, muchos creían que estar ebrio era una forma de encontrarse
con los dioses.
Pude escuchar su risa profunda y viril.
Era un muchacho cuando fue convertido. ¿Qué edad tendría? No
rozaba la treintena y dudo que llegase a haber vivido más de
veinticinco años. Era joven, apuesto, de piel dorada ahora marmórea
y de unos profundos ojos negros que parecían arrancarte el alma. Era
pura bondad, pero aún así imponía respeto su tamaño, su
musculatura, su antigüedad y la paciencia que mostraba.
—Pero sólo era para los
reyes—respondí como una niña tonta que no sabe nada.
—No—dijo incorporándose con los
codos para luego mirarme—. Había celebraciones donde todo el
pueblo se reunía, se mezclaba entre ricos y muchedumbre más
harapienta, y disfrutaban del sexo.
—Pero teníais esclavos—arrugué la
nariz sintiéndome un tanto cruel, pues él no se merecía que le
dijese tal cosa. Él no había hecho nada malo.
—Bien remunerados e incluso con
acceso a prostitutas—comentó carcajeándose para levantarse,
caminar unos pasos hacia mí y tomarme del rostro.
—Khayman...—susurré.
—Dime—contestó deslizando sus
dedos por mis mejillas.
—¿Por qué rechazaste esa vida de
opulencia y derroche?—pregunté absorta en su belleza.
—Porque prefería a una bruja que me
enseñó que descalza, sin peinar y con las manos vacías era mucho
más rica que una reina que no le importaba derrochar el oro. Aunque
el oro era tan común como la arena en nuestro antiguo imperio.
Preferí ser un hombre amado y respetado por su familia que un
sirviente adorado por un rey.
Él era mi ancestro. Podía ver sus
grandes cualidades y también una culpa que jamás expiaría. Un
hombre con corazón inquieto y siempre una sonrisa en el rostro.
Hecho de menos que haga alguna broma o corretee por la selva casi
desnudo porque desea fundirse en la naturaleza. Incluso extraño al
salvaje que de la nada te estrecha, besa el rostro y te dice que te
adora.
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