Hermosa, desafiante y desafío, única
e impactante, ligeramente masculina, piel tersa, labios gruesos,
esperanza en medio de la locura, sensaciones en la oscuridad, cabello
dorado y ligeramente ondulado, firme, neurocirugía, libertad y
ataduras, tacones lejanos, jeans desgastados, manos suaves, un abrazo
intenso y unos besos demasiado ardientes. Eres todo eso y mucho más.
Como si fueras un paraíso que se descubre cada anochecer. Una
pequeña isla perdida en medio de la ciudad más ruidosa y desastrosa
del mundo.
Me convertí en una muralla llena de
dolor y sentí como se derrumbaba tras mis últimas aventuras, sin
embargo al contemplarte creí ver a un ángel y volvió a construirse
con fuerza. Me alejé porque no estaba preparado y tu momento no
había llegado. Tú y yo emprendimos caminos separados.
Durante ese camino supe que era la
tremenda soledad. A pesar que siempre he estado rodeado de amigos
había un hueco en mi pecho, pues un trozo de mi alma quedó en la
tuya. Dejé que mi coche se deslizara por las calles de New Orleans,
San Francisco, Las Vegas, New York o California. Mi deportivo rugía
bajo las luces de neón, la soledad árida del desierto, la oscuridad
más absoluta de carreteras mal asfaltadas y cerca de los pantanos.
En mi locura dejé que me acompañaran cientos de estrellas, tanto en
el cielo como en la radio. Escuchaba, cantaba y respiraba rock.
Aprendí a no ser tan estúpido y a
tomar la vida de forma más intensa, mucho más. Si antes la vivía
al límite ahora lo hacía de una forma más alocada. Cuando regresé
a ti tras algunos años te vi como antes, radiante y firme. Tu voz
ligeramente masculina por tu firmeza y fiereza, tus ojos intensos,
tus labios ligeramente torcidos por una sonrisa que parecía borrarse
para ser mueca de llanto y un par de lágrimas por tus hermosas
mejillas sonrosadas. ¡Dios mío! ¡Dios santo! ¡Qué sensación más
maravillosa cuando te abracé!
Admito que durante esos años abracé a
otras para decirme a mí mismo que eras tú, sólo tú. Sabía que
Michael sufriría porque te arrancaría de su lado, pero era el
momento y el lugar. Ambos habíais envejecido ligeramente, pero los
años por ti habían pasado de una forma distinta. Te veías tan
atractiva que quise besarte hasta perder el juicio.
Ahora eres inmortal, más o menos, y
tienes una fuerza que supera a la de muchos recién nacidos. Eres la
criatura más hermosa que jamás he contemplado y jamás permitiría
que te pasara nada malo. Sé que la vida no nos ha dado todo lo que
deseábamos, pero tenemos siglos para recuperar todo lo que perdimos.
Lestat de Lioncourt
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