Bonjour una nueva memoria, aunque breve, de Nicolas y Armand. Aquí vemos uno de los tantos motivos que tenía el pelirrojo para encerrar al pobre violinista. La verdad... es que los dos están igual de locos y me alegra tenerlos más o menos lejos.
Lestat de Lioncourt
Una lluvia primaveral sacudía París
aquella noche. Los edificios quedaban deslucidos por la oscuridad
terrible y el sonido de los carros salpicando en los baches. Pocos se
atreverían a ir al teatro, salvo aquellos privilegiados que tenían
coche propio y podían ser acompañados por sus lacayos hasta el
interior del mismo. Dentro se vivía las mismas emociones, las cuales
eran pura codicia que surgía desde el más profundo odio hacia la
mortalidad y deseo desenfrenado de sangre, y se representaban por
última vez los diálogos a un ritmo vertiginoso.
En la parte superior del teatro había
un lugar especial donde Nicolas solía descansar. Era una pequeña
boardilla donde se guardaban algunos enseres de la tramoya. Allí,
frente a una gran ventana, observaba a los mortales aproximarse hasta
el teatro. Podía oler su sangre, sentir como pulsaban sus venas
aquellos deliciosos latidos y el calor que rezumaban de los escotes
prominentes de las damas. Quería estrecharlos a todos, beber de
ellos en un ritual sangriento y susurrarles al oído que era un
demonio.
Estaba allí encerrado tocando el
violín de forma endemoniada por sexta noche consecutiva. Armand
estaba a punto de volverse loco. Podía escuchar su ritmo desde
cualquier lugar donde se encontrara. Parecía que se divertía
torturándolo, instándolo a cometer un terrible error y doblegándolo
ante su mirada enloquecida y su sonrisa de infeliz.
—¡Ya basta!—dijo entrando en la
habitación mientras Nicolas miraba por la ventana y tocaba una vez
más su última composición— ¡Basta he dicho! ¡Basta!
—¡No!—respondió girándose hacia
él para enfrentarlo— ¡Toco mi mejor obra!
—¡Eso decías de la que compusiste
ayer!—tenía el ceño fruncido y la boca apretada. Parecía un
pequeño muñequito salido de alguna de las jugueterías aledañas.
Su cabello estaba rizado, lustroso y su color sangre cautivaba a
cualquiera que lo contemplaba. Era una maravilla, pero para Nicolas
era su verdugo.
—¡Puta del demonio!—dijo
escupiéndole—. ¡Golfa de Dios!
—¡Cómo te atreves a decir eso de
mí! ¡Maldito canalla! ¡Ruin y despreciable! ¡Te he dado
cobijo!—gritó abalanzándose hacia él para arrancarle el violín,
pero no pudo.
—¡Es la verdad! ¡Eres un pecador!
¡Tú eres tan monstruo como yo! ¡Dios traerá su furia sobre todos!
¡Y me divertiré mientras ardemos en el infierno!—estalló en
carcajadas mientras sentía las tibias manos de Armand.
—¡Vengan todos! ¡Los
necesito!—terminó exclamando.
El resto es historia. Armand encerró a
Nicolas intentando domar su furia, locura y peculiares visiones. Sin
embargo no se pudo hacer nada. En un momento de desesperación Armand
le amputó las manos y poco después, tras devolvérselas, éste
decidió acabar con su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario