Nunca me he preocupado por los
acontecimientos que fueron siguiendo a mi marcha de Francia.
Únicamente sé que la Revolución se llevó a buen puerto, la sangre
noble bañó las calles y con violencia se llegó a la República. El
sentimiento de libertad recorría la nación como un escalofrío y la
pólvora aún se podía oler en el aire. Sin embargo no era algo que
a mí, especialmente a mí, me interesara. Había dejado la vida
atrás y me encaminaba por un sendero mucho más complaciente. La
muerte me rodeaba, abrazaba y besaba mi frente como si fuera un niño
bendecido por la aparición de la Virgen u otro santo.
Sin embargo a veces vienen a mi mente
recuerdos que me hacen preguntarme por mi descendencia. No una
descendencia inmortal como la que poseo, pues soy padre de numerosos
vampiros y de algunos que no he hablado aún. Muchos conocen a mi
propia madre como una hija, pero desconocen su labor de madre. He
hablado pocas veces de como era ella cuando mortal, en sus años
donde parecía casi acabada y con un pie en la tumba. Sinceramente yo
no quería ver ese retrato dantesco, brutal y turbio que ella podía
mostrarme con sus labios perdiendo el color, su piel cenicienta y su
cabello rubio cobrizo. No, no quería verlo. Deseaba creer que seguía
siendo firme, desafiante y apasionada a pesar de los golpes de bastón
de mi padre, los insultos de mis hermanos y las burlas que ella misma
hacía cuando comprobaba que la vejez llegaba inevitablemente.
Tenía dieciséis años cuando ocurrió
la primera vez. Había estado todo el día en el bosque cazando
conejos. Recuerdo la sangre en mis guantes, como pesaba las presas en
el saco y la sensación de victoria. La escopeta estaba en mi hombro,
aún cargada con la munición de una presa que sí logró escapar. Al
entrar, con las botas llenas de fango y el pelo revuelto, creí que
mi madre me iba a mirar con coraje y a la vez orgullo. Coraje porque
estaba ensuciando todo y orgullo por las presas que había atrapado.
Sin embargo cuando la vi, rodeada del molinero y su hija, sus ojos
reflejaban una decepción profunda.
—¡Tiene que casarse con mi
hija!—gritó molesto.
Aquel hombre orondo, de cabello negro y
escaso, con la papada cubriendo el cuello de su camisa y sus manos
agrietadas por el trabajo duro me provocó un temor jamás sentido.
Habían hablado de boda y con su hija, una muchacha lozana pero común
y corriente sin encanto alguno. Rose, así se llamaba, tenía buen
busto y un cabello rubio rizado muy bonito pero su cara era simple,
común y corriente, y sus ojos pardos no tenían siquiera el brillo
de la inteligencia. Ella era más joven en edad, pero parecía más
ajada que cualquier mujer con sus años. La razón por esa vejez,
tanto en su padre como en ella, no eran sólo la genética sino la
vida dura en el campo y en el molino.
—¿Es cierto?—preguntó mi madre
con sus manos sobre los pliegues de su falda—. Contesta Lestat. ¿Es
cierto que te acostaste con ella y está embarazada?
—Conmigo se acostó, pero no puedo
negar que también se acostó con el hijo del cabrero y con mi propio
hermano mayor—repliqué sin mover ni un músculo para acercarme.
—¡Cómo te atreves a calumniar a mi
hija! ¡Lleva un hijo tuyo en su vientre!—exclamó su padre.
—O del cabrero—repuse provocando
que se levantara para intentar golpearme.
—Le daré una bolsa de monedas si se
marchan de inmediato. Olvidaremos el asunto. La joven tendrá el hijo
y lo entregará en algún hospicio—dijo mi madre levantándose
mientras se aproximaba a la puerta que daba al largo pasillo donde se
encontraba la biblioteca—. Pasen a la biblioteca y hablaremos más
sosegada del asunto—ella me miró fijamente y pude observar su
dolor—. Es mejor que te quedes aquí.
Tanto el molinero como su hija se
marcharon y yo sentí que mi alma regresaba a mi cuerpo. Corrí a la
cocina dejando los conejos en la mesa para que la cocinera se hiciese
cargo y después fui a lavarme a mi alcoba. Allí, dentro de la
bañera de agua cristalina ya turbia por la sangre y la suciedad que
arrastraba del monte, medité sobre la noche en la cual fue mía. No
era virgen, no había sido el primero en tenerla en mi cama y no
sería el último. Si el niño resultaba ser mío habría un bastardo
rondando las calles de Francia que me pertenecía, pero eso no me
quitaría el sueño jamás.
Ella no fue la única que vino a pedir
cuentas, pues era noble y aunque algo arruinado tenía apellidos.
Muchas mujeres se inventaban embarazos, o simplemente me endosaban
sus errores, así como me traían el fruto de nuestro amor en sus
brazos para que no pudiese negarme. No tenía espíritu paternal pues
era un muchacho, a penas estaba conociendo los placeres de la carne,
pero sin duda alguna mi madre se alivió al ver que Nicolas entraba
en mi vida.
—Ese amigo músico, ese con el que
jugabas de niño y ahora vas a la taberna, ¿es tu amante?—me
preguntó una noche cuando ya habíamos terminado de cenar. Se había
colado en mi habitación sigilosamente mientras me cambiaba.
—Madre...
—Responde—dijo con sus manos
colocadas sobre su vientre.
—Sí. Sus carnes son mejores que las
muchachas del pueblo y además puedo decir sin vergüenza que sus
manos son hábiles—aquellas palabras, lejos de ser usadas para
propinarme una bofetada, lo fueron para abrazarme con un suspiro de
alivio—. Y lo amo.
—Calla, no digas eso—murmuró
tomándome del rostro—. Eres joven para eso.
Desconozco si lo era realmente, pero en aquella época mi corazón sí era de Nicolas.
Lestat de Lioncourt
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