Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 1 de abril de 2014

Preocupaciones de una madre

Nunca me he preocupado por los acontecimientos que fueron siguiendo a mi marcha de Francia. Únicamente sé que la Revolución se llevó a buen puerto, la sangre noble bañó las calles y con violencia se llegó a la República. El sentimiento de libertad recorría la nación como un escalofrío y la pólvora aún se podía oler en el aire. Sin embargo no era algo que a mí, especialmente a mí, me interesara. Había dejado la vida atrás y me encaminaba por un sendero mucho más complaciente. La muerte me rodeaba, abrazaba y besaba mi frente como si fuera un niño bendecido por la aparición de la Virgen u otro santo.

Sin embargo a veces vienen a mi mente recuerdos que me hacen preguntarme por mi descendencia. No una descendencia inmortal como la que poseo, pues soy padre de numerosos vampiros y de algunos que no he hablado aún. Muchos conocen a mi propia madre como una hija, pero desconocen su labor de madre. He hablado pocas veces de como era ella cuando mortal, en sus años donde parecía casi acabada y con un pie en la tumba. Sinceramente yo no quería ver ese retrato dantesco, brutal y turbio que ella podía mostrarme con sus labios perdiendo el color, su piel cenicienta y su cabello rubio cobrizo. No, no quería verlo. Deseaba creer que seguía siendo firme, desafiante y apasionada a pesar de los golpes de bastón de mi padre, los insultos de mis hermanos y las burlas que ella misma hacía cuando comprobaba que la vejez llegaba inevitablemente.

Tenía dieciséis años cuando ocurrió la primera vez. Había estado todo el día en el bosque cazando conejos. Recuerdo la sangre en mis guantes, como pesaba las presas en el saco y la sensación de victoria. La escopeta estaba en mi hombro, aún cargada con la munición de una presa que sí logró escapar. Al entrar, con las botas llenas de fango y el pelo revuelto, creí que mi madre me iba a mirar con coraje y a la vez orgullo. Coraje porque estaba ensuciando todo y orgullo por las presas que había atrapado. Sin embargo cuando la vi, rodeada del molinero y su hija, sus ojos reflejaban una decepción profunda.

—¡Tiene que casarse con mi hija!—gritó molesto.

Aquel hombre orondo, de cabello negro y escaso, con la papada cubriendo el cuello de su camisa y sus manos agrietadas por el trabajo duro me provocó un temor jamás sentido. Habían hablado de boda y con su hija, una muchacha lozana pero común y corriente sin encanto alguno. Rose, así se llamaba, tenía buen busto y un cabello rubio rizado muy bonito pero su cara era simple, común y corriente, y sus ojos pardos no tenían siquiera el brillo de la inteligencia. Ella era más joven en edad, pero parecía más ajada que cualquier mujer con sus años. La razón por esa vejez, tanto en su padre como en ella, no eran sólo la genética sino la vida dura en el campo y en el molino.

—¿Es cierto?—preguntó mi madre con sus manos sobre los pliegues de su falda—. Contesta Lestat. ¿Es cierto que te acostaste con ella y está embarazada?

—Conmigo se acostó, pero no puedo negar que también se acostó con el hijo del cabrero y con mi propio hermano mayor—repliqué sin mover ni un músculo para acercarme.

—¡Cómo te atreves a calumniar a mi hija! ¡Lleva un hijo tuyo en su vientre!—exclamó su padre.

—O del cabrero—repuse provocando que se levantara para intentar golpearme.

—Le daré una bolsa de monedas si se marchan de inmediato. Olvidaremos el asunto. La joven tendrá el hijo y lo entregará en algún hospicio—dijo mi madre levantándose mientras se aproximaba a la puerta que daba al largo pasillo donde se encontraba la biblioteca—. Pasen a la biblioteca y hablaremos más sosegada del asunto—ella me miró fijamente y pude observar su dolor—. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto el molinero como su hija se marcharon y yo sentí que mi alma regresaba a mi cuerpo. Corrí a la cocina dejando los conejos en la mesa para que la cocinera se hiciese cargo y después fui a lavarme a mi alcoba. Allí, dentro de la bañera de agua cristalina ya turbia por la sangre y la suciedad que arrastraba del monte, medité sobre la noche en la cual fue mía. No era virgen, no había sido el primero en tenerla en mi cama y no sería el último. Si el niño resultaba ser mío habría un bastardo rondando las calles de Francia que me pertenecía, pero eso no me quitaría el sueño jamás.

Ella no fue la única que vino a pedir cuentas, pues era noble y aunque algo arruinado tenía apellidos. Muchas mujeres se inventaban embarazos, o simplemente me endosaban sus errores, así como me traían el fruto de nuestro amor en sus brazos para que no pudiese negarme. No tenía espíritu paternal pues era un muchacho, a penas estaba conociendo los placeres de la carne, pero sin duda alguna mi madre se alivió al ver que Nicolas entraba en mi vida.

—Ese amigo músico, ese con el que jugabas de niño y ahora vas a la taberna, ¿es tu amante?—me preguntó una noche cuando ya habíamos terminado de cenar. Se había colado en mi habitación sigilosamente mientras me cambiaba.

—Madre...

—Responde—dijo con sus manos colocadas sobre su vientre.

—Sí. Sus carnes son mejores que las muchachas del pueblo y además puedo decir sin vergüenza que sus manos son hábiles—aquellas palabras, lejos de ser usadas para propinarme una bofetada, lo fueron para abrazarme con un suspiro de alivio—. Y lo amo.


—Calla, no digas eso—murmuró tomándome del rostro—. Eres joven para eso.

Desconozco si lo era realmente, pero en aquella época mi corazón sí era de Nicolas. 

Lestat de Lioncourt  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt