Había decidido quedarme a solas con
él. Tenía que hacer frente a mis obligaciones. Permití que quedase
solo y desamparado. Durante algún tiempo pensé que no había
logrado sobrevivir. Eran demasiado terribles sus heridas. Recordaba
su rostro chamuscado, las cicatrices profundas y ese amargo dolor en
sus ojos. Casi no podía mover sus dedos. La ropa, al igual que a mí,
era una tortura. Incluso el viento acariciando nuestra piel era una
horrible tortura.
—Lestat...—dijo con un requiebro.
Estaba a punto de romper a llorar otra vez.
Vestía una elegante camisa blanca de
algodón con puños de encaje. Armand se había encargado de
convertirlo en lo que fue. Decidió ofrecerle el apoyo y el cariño
que necesitaba. Podía sentir el amor que caía sobre él en cada
instante. Debí buscarlo mucho antes, pero tuve miedo de conocer que
había muerto. Quise llevarlo conmigo, pero decidió quedarse. Cuando
regresé ya no estaba y yo no podía hacer nada por él. Me sentía
desolado, pero allí estaba con sus perfectos pantalones negros, sus
botas de cuero impecables y esa camisa abierta. Llevaba el violín
entre sus trémulas manos y poseía un aire erótico, muy atractivo,
al llevar el cabello suelto y algo revuelto. Veía en él el muchacho
que fue. Tenía miedo de vivir porque la vida le trató mal. Su
hermano le hizo una mala jugada y provocó que se viese en una
pocilga a miles de kilómetros de casa.
—Lo sé—extendí mis brazos
invitándolo a unirse a mí en un abrazo.
Llevaba esa chaqueta que tanto me
gusta. El color rojo me sienta muy bien. Los pantalones eran de cuero
y las botas similares a las suyas. También había sido un regalo de
Armand. Apreciaba su buen gusto y que me conociese tan bien.
Antoine se acercó a mí, dejando sobre
la mesa de reunión el violín, para abrazarme. Lloraba. Acaricié
sus cabellos con cariño, olí su champú y la ligera colonia que
había vertido sobre el cuello de la camisa. Era él. Al fin volvía
a mí. Besé su frente, sus mejillas y su cuello. Él me rodeaba con
insistencia. Parecía querer permanecer a mi lado, pegado a mí,
durante horas. Entonces empecé a llorar yo. Lloraba de felicidad.
Las emociones embargaban mi alma. Él me había perdonado y yo me
estaba perdonando.
—Cuidaré de ti—dije.
—Sé cuidarme solo—susurró en un
sollozo—. Sólo deseo tu amor. Quiero que volvamos a ser aquellos
amigos que se confiaban sueños y tragedias—aquello me hizo reír.
A veces me recordaba a Nicolas. Creo que lo salvé del arrollo porque
vi en él la pasión por la música de mi viejo amante—. Aunque me
conformo con que me escuches tocar.
—Te escucho cada noche—admití—.
Tu violín hace una pareja excepcional para el piano de Sybelle.
Al separarlos decidí tomarlo del
rostro. Enmarqué su cara con mis manos, acaricié sus delicadas
facciones y me concentré en su boca carnosa. Él suspiró intentando
calmar sus emociones. Amel murmuró algo sobre su belleza, su
perfección y mi gran labor al salvarlo de la muerte. Mi boca se pegó
a la suya, mis labios rozaron con cariño aquellas líneas carnosas y
mi lengua se introdujo acariciando cada trozo de su boca. Un ligero
suspiro murió entre nuestros labios. Mis manos fueron a sus caderas
y él tembló. Con cuidado corté mi lengua y le di un poco de
sangre. Él se aferró a mí y durante unos minutos aquel beso se
alargó. Cuando me aparté ya no lloraba, sino que sonreía con
nerviosismo. Besé su frente de nuevo y me aparté permitiendo que
comenzara a tocar para mí. De nuevo los dos y la música.
Lestat de Lioncourt
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