Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

lunes, 24 de julio de 2017

Adiós

Lasher y Julien eran compañeros inseparables porque el primero era parásito del otro.

Lestat de Lioncourt

—Nunca pensé que todo pudiese acabar así.

Su voz sonó ensombrecida por la medicación que le ofrecían para los agudos dolores en sus huesos. Llevaba en la cama algunos días sin siquiera moverse para poder asearse correctamente. Sus ojos azules se veían apagados y sus cabellos canos no resaltaban tanto, pues su piel estaba más pálida e incluso fría. Sin embargo, tuvo que hablar.

—¿Así como?—pregunté.

—De este modo.

Intentaba de forma absurda incorporarse en la cama, pero no era capaz. Estaba demasiado débil. Sus manos tenían ya manchas en la piel debido a la edad, aunque no me había fijado en eso hasta ese momento. Parecían más huesudas y débiles, pues incluso temblaban. Había perdido demasiado peso y parecía un cadáver en comparación con el hombre elegante, sofisticado, soberbio y digno que siempre se paseaba por las calles de Nueva Orleans sintiéndose dueño de este pedazo de tierra. Ya no había poder, pero seguía su belleza en algunos gestos y también en su forma suave de hablar.

—Te mueres.

Sentencié con congoja. Las nubes comenzaron a unirse entorno a la avenida, subiendo hacia la calle y quedándose sobre la vivienda. Pronto se fueron convirtiendo en un mar tumultuoso y agitado. El viento empezó a mecer las ramas de los árboles. Las palmeras cercanas a la piscina se movieron descontroladas por la ventisca y los arbustos empezaron a perder sus flores.

—Me muero. Ya me libraré de ti y de todo este tormento—sentenció.

—No puedes morirte—negué.

Si él se moría, ¿qué sería de mí? ¿Qué sería de la familia? No podía morirse. Si se marchaba parte del legado se dilapidaría convirtiéndose en sólo recuerdos.

—No soy eterno. Todos tenemos un tiempo limitado en este mundo.

—No puedes.

Seguía negando su partida, aunque tenía razón. Eran ya más de ochenta años. Había vivido un siglo extraño de grandes cambios y progresos. Todavía lo recordaba en la vieja vivienda familiar observando los enormes tomos y deseando alcanzar las distintas baldas. Ya no estaba ese niño inquieto, ni el joven atractivo o el maduro hombre de negocios. Sólo quedaba un pobre viejo aquejado por la enfermedad del tiempo.

—No seas terco. Ya déjame en paz—dijo con amargura.

—¡No puedes! ¡No puedes!—vociferé.

—Llévame hasta la ventana.

—¡No!


Al final lo hice. Llevé su cuerpo a la ventana para que pudiese contemplar como la lluvia comenzaba caer en un aguacero intenso. Después soltó su último aliento mientras los pasos rápidos y preocupados de Mary Beth sonaban por la escalera.  

domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt