Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 29 de enero de 2015

Akasha...

Aquella música me despertó como si fuese una tormenta que comienza salvaje y te cala hasta los huesos. Mis dedos rascaron la tierra removiéndola. Podía sentir como la tierra, y algunos insectos, penetraban en mi boca. Podía ver a los jóvenes que a pocas calles ensayaban, las luces eléctricas, el asfalto derramándose como una lengua negra y perversa, las motocicletas rugiendo a gran velocidad y, en definitiva, lo distinta que estaba mi hermosa New Orleans. Aquel jardín ruinoso seguía en su sitio, con su hierba crecida y su casa a punto de venirse a bajo debido al deterioro. Casi no podía sostenerme, pues era piel y huesos. Los pequeños animales que pude atrapar fueron los primeros en caer, pero luego corrí por la avenida buscando una víctima que me diese su sangre, para que así pudiese seguir viviendo para siempre.

Tras un minucioso aseo y unas compras especiales, las cuales me produjeron una enorme satisfacción, puse en orden mi vida y decidí provocar con aquella minúscula banda. Quería comprender la música que hacían, pero para mi sorpresa ellos me conocían a mí. Conocían a la perfección parte de mi vida, aunque estaba llena de mentiras suculentas. Louis había hablado. Rompió una regla tras otra. ¿Por qué no lo haría yo? Pensé que era un “ahora o nunca” y decidí que debía ser “ahora”. Antes que pudiese asimilarlo me habían aceptado, habían visto en mí a un tipo excéntrico que podría hacerlos grandes. Nosotros seríamos “La Noche Libre de Satán.”

Estaba obsesionado con sus ojos negros, que parecían estar ciegos, y sus carnosos labios de mármol. Ella, la Diosa silenciosa, aún permanecía en su trono junto a su consorte. Ambos convertidos en un grito desesperado de verdades inconfesables. Rompería mi silencio porque estaba harto. Muchos tropiezos en mi vida, los malos juicios de mis discípulos, y el dolor que había sentido era por haber silenciado mis labios. Todos tenían que saber quienes éramos. Era necesario. Pero del mismo modo que yo quería llegar a todos, otros querían llegar a mí para destruirme.

Iniciaríamos una gira en San Franciso. Iniciaríamos un nuevo mundo. Algo grande iba a suceder.

Nada malo me pasó. No a mí. Yo siempre he sido un hombre afortunado. Logré que ella despertara de su sueño, se moviera por el mundo y destruyera parte de éste. El fuego y las explosiones llegaron hasta el borde del escenario. Todos sabían que era el protegido de algo mucho mayor que todos ellos. Pude salir de allí gracias a mi madre y a Louis. Los tres nos fuimos a las afueras. Allí quedó San Francisco, el lugar donde quise dar mi primer y único concierto. El vampiro Lestat huía, pero no fue muy lejos.

La reina, la Diosa, apareció súbitamente y me llevó con ella. Comencé a ser el Príncipe de los Cielos, un ángel rubio de ojos claros que la acompañaba en sus brazos. Podía ver el mundo bajo nuestros pies. Veía las luces eléctricas chisporroteando. Comprendí que ella tenía una misión suicida. Nadie parecía detenerla, pero sabía que lo harían.

Hace tiempo de todo eso. Aunque no han pasado tantos años, ¿no es así? Tan sólo unas tres décadas. Aún puedo escuchar el suelo rugir bajo mis pies, las luces dándome en la cara hasta casi cegarme y mi voz proyectándose por todo el lugar. Sí, aún. ¿Y ella está en algún lugar? ¿Puedo decir que está en un lugar mejor? Un lugar mejor... Ojalá creyera en el Paraíso, pero ni siquiera mis siguientes aventuras me dieron fe en ello.


Akasha... su nombre jamás podré olvidarlo. Jamás podré dejar de amarla. Ella estaba equivocada, estaba siendo manipulada por un insaciable deseo de ser amada. Nunca se dio cuenta que yo ya la amaba, que muchos lo hacían, y no era necesario ese alarde de poder y destrucción. Mi pobre Diosa, mi pobre mujer. Temí por mi vida, temí por todos, pero a la vez no pude dejar de llorar su muerte y amarla como todavía la amo.

Lestat de Lioncourt   

Desesperación de una reina

Akasha... desearía saber qué hicieron con su cuerpo. Yo sí la amaba. Sí la amé con todas mis fuerzas, aunque me asustaba.

Lestat de Lioncourt


Sentada e inmóvil. Parecía una escultura. Era adorada como una diosa. No podía mover siquiera mis ojos para observar el mundo. Allí, en mi trono, era atendida igual que a un maniquí de una tienda de modas. Mis cabellos, mis uñas, mis pies y mi cuerpo por entero eran tocados con cariño, devoción y nula capacidad de hacerme sentir ciertas emociones.

Él apareció con aquella sonrisa burlona, esos ojos intensos que parecían ser los propios cielos y sus dorados cabellos. Jamás creí que vería a un ser tan despierto. Su inteligencia emocional me devastó, así como la inocencia y candor de sus actos. Creí que sería para mí, pero desapareció. Me dejó sumida en mi silencio, en la oscuridad, en una compañía que era una carga y un guardián que era más bien carcelero.

Desesperé. Lloré de forma silenciosa y rogué por volver a verlo. Entonces, como si fuera un sueño, apareció frente a mí en aquel aparato moderno. Habían pasado varios siglos, pero seguía siendo tan aprisionado. Los focos del escenario le daban un toque erótico y llamativo. No dudé en alzarme. No, no pude.

Aquella voz, que solía susurrarme sus pensamientos y necesidades, se cayó por un instante y deseé que él fuese el único que me hablara. Me liberé, me vengué del silencio a mi modo, y quise ser libre. Pero no pude serlo. Nunca fui libre. Siempre estuve atada a ese espíritu. Ese maldito demonio me consumía. Quería pensar por mí misma. Necesitaba ser amada. Él me juró que sería amada por ese joven y por todos. Pero mentía. Mentía. Fue mentira.


miércoles, 28 de enero de 2015

Nunca lo pude olvidar

Aquí vamos de nuevo... Armand echándome la culpa de todo.

Lestat de Lioncourt 


Aparecí ante él como si fuera el ángel de la redención. La luz de la iglesia iluminaba mis cabellos rojizos dándoles el aspecto de una llamarada divina, mis ropas raídas parecían las de un niño perdido y la fuerza de mis ojos era, sin duda alguna, lo único que podía temer. Él sólo era un vampiro joven, alocado, sin leyes ni rumbo. Había elegido una vida indigna, según las normas que yo había aprendido, y decidí que él diese el ejemplo frente a todos. Era un problema para mí y para la supervivencia de algo en lo que ya no creía, y, que era muy probable, que jamás hubiese creído tan fervientemente como Santino.

Admito que él me recordó la esperanza que brilló en mí. Una esperanza dorada, como el sol de pan de oro de algunas iglesias, y cálida como los días de verano en Venecia. Pude sentir el vino de nuevo rodando por mis carnosos labios, la grasa de los pollos ensuciando mis enjoyados dedos y los besos incitantes de mi maestro. La música sonaba de nuevo a mi alrededor. Podía escuchar a las mujeres riendo y agitando sus pechos en sus despampanantes escotes. Sí, volvía al mundo del que surgí como un ángel y que terminó reducido en cenizas. Mi maestro, mi Dios, estaba allí vestido con su túnica roja y con esos mismos ojos, tan similares a los de Lestat. Deseé ser amado de nuevo. Quise que me abrazara en ese instante y así soportar mi derrota. Yo sabía que no saldría indemne de aquel encuentro. Sabía que él podía destruirme. Y aún así, pese a todo, estaba allí enfrentándome al peor de mis monstruos.

Quise vengarme por recordarme esa época. Deseé arrancarle esos hermosos ojos, quitarle el corazón de su cálido pecho y robarle todo lo que él tenía. Necesitaba destruirle. Sin embargo, me di cuenta que destruyéndole rompería todo lazo con la esperanza. Él me dio la vida y la muerte. De nuevo volví a ser aquel ángel, el hermoso querubín de alas negras, que observaba desde su privilegiada posición al mundo.


Cuando él me dejó decidí esperarlo, del mismo modo que esperé a Marius. Busqué en mí la firmeza que siempre quise tener. Me mantuve atado al teatro, vinculado a sus propiedades y a la promesa que él me había hecho. Nunca dijo que regresaría, pero pensé que volvería cansado de buscar respuestas. Y, cuando lo hizo, fue buscando a sus hermosas creaciones. No vino a por mí, sino a por mi ayuda. Creí volverme loco. Le odié, pero a la vez le deseé más que nunca.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt