Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 30 de marzo de 2015

La libertad divina

Aja... dice Memnoch que él da libertad, pero a mí me quería atar a él.

Lestat de Lioncourt


Muchos buscan el consuelo en el amor de Dios, pero Dios no está dispuesto a ofrecer su corazón a cualquiera que se postre ante Él, implore su perdón y posea un corazón puro. Puedes ser siervo de ti mismo o siervo de Dios, pero no tienes elección alguna. Nos da libre albedrío para acabar aceptando su dominio como única solución. Me impuse a sus reglas, decidí que debía pensar por mí mismo y en estos momentos, en la penumbra de éste terrible mundo, me hallo observando el mismo error en todos y cada uno de vosotros.

Ese error, ese germen de libertad, es algo que no debéis perder. Vosotros tenéis la última decisión. Debéis tomar vuestro camino, equivocaros y volver al inicio. No sirve de nada ser un borrego de Dios con temor a la muerte, pues vuestra vida carecerá de sentido y se convertirá en un lastre. Vivid vuestros sueños, intentad que vuestros corazones se sientan en paz con vuestra mente, pero jamás aceptéis las jaulas que os impone Dios por doradas y placenteras que parezcan. El paraíso no está al otro lado de las cancelas del Cielo, sino al otro lado de vuestras decisiones. Podéis tocar el cielo con tan sólo sentir el amor del prójimo.

Los sacerdotes en sus púlpitos os acusan con sus dedos, señalan vuestros pecados y ocultan los suyos bajo las lustrosas túnicas blancas. Imparten su ley, juzgan vuestros errores y se santiguan en honor de Dios. Un Dios que ya no cree en ellos. Un ser que no ordenó crear leyes injustas y abominables que ellos han custodiado con ferocidad. Dios quiere que te equivoques para que aprendas de tus errores, no quiere un amor incondicional y a la vez desea que lo ames. Debes comprender que la palabra divina a veces es la palabra de un hombre, que ni es Santo ni es bondadoso.

Dios es un monstruo que se alimenta de vuestros miedos y les da mi forma. Os obliga a soñar menos y a ser esclavos de vuestro dolor. Intentad buscar vuestras propias alas, seguir el camino y aprended cuales son las correctas. La libertad no es pecado. Dios os engaña del mismo modo que yo lo hago. Estáis frente a una eterna partida de ajedrez. Debéis aprended a no ser peones. Si queréis el amor de Dios debéis desafiarlo con la verdad en la mano, mostrando que queréis ser justos sin doblegaros.


Sigo tocando las puertas del Cielo, contemplando la luz de Dios y viendo en mi reflejo el ángel que fui. La oscuridad me envuelve sólo cuando bajo a los denominados Infiernos, allí donde están todos los que ni siquiera supieron vivir su libertad. Algo debo de hacer bien a pesar que confronto con sus deseos...  

La danza de la Muerte

Santino y Armand conversando... Bueno comprendemos ahora el motivo de Santino, por el cual él,  como muchos otros, decidieron ser parte de la Secta de la Serpiente.

Lestat de Lioncourt


—Las escurridizas ratas corrían por las calles como una jauría, dándose un festín y propagando la muerte allá donde podías alzar la vista. El hedor era intenso. Intentaba cubrir mi boca con un pañuelo mientras rezaba. Sabía que íbamos a morir. Dios había enviado de nuevo una de sus plagas para castigarnos sin piedad. No habíamos tenido escrúpulos. La vida había sido vivida opípara para él, por ello nos castigaba. Los ángeles danzaban sobre nuestras cabezas juzgándonos a todos, y el demonio codiciaba las almas impías cuyos cuerpos yacían en las numerosas fosas. Muerte por doquier—hizo un inciso, mientras se acomodaba en la silla, para mirarme a los ojos como si tuviese algo de bondad aún en su corazón—. Tan sólo muerte.

Había pedido, o más bien implorado, que me contase sus motivos. Jamás lo habría hecho cuando nos conocimos, pero él había cambiado. Ya no éramos maestro y pupilo, sino dos inmortales que decidieron compartir una partida de ajedrez.

—Mis ojos oscuros se ennegrecían aún más—cerró sus ojos, se echó en la silla y colocó sus manos juntas bajo su mentón. Parecía rezar, con esos dedos largos rozando los escasos vellos de su barba—. Me dolían los pies y tenía ampollas—prosiguió, para tomar una pose relajada—. Había caminado por diversas ciudades contemplando la muerte, rezando por todos ellos y rogando piedad. Dios no escuchaba. No había motivos para escucharnos. Sabía que nos odiaba por todos los pecados que habíamos cometido, como el orgullo y la traición a la verdad que él nos había concedido.

Él había vivido en una época distinta a la mía. Yo había contemplado los vicios y la virtud de una vida ostentosa, llena de joyas y lujos. Él contempló las ratas consumiendo cadáveres, la muerte en las calles, los niños llorando por sus madres difuntas, la fiebre, los vómitos y la tragedia.

—Mi túnica negra, tan oscura como pesada, cubría todo mi cuerpo. Roma entera se llenaba de frailes y monjes, los cuales rogábamos a Dios y curábamos a los enfermos—afirmó inclinándose hacia delante, para ejecutar un jaque mate perfecto—. Muchos fueron catalogados de santos, otros pasábamos desapercibidos. En las fondas pocos bebían y festejaban, pues la mayoría tan sólo podía beber para olvidar. Ni siquiera se escuchaban las risas joviales de los niños. Las ratas eran las únicas felices. Las ratas que iban y venían y prácticamente me acompañaban allá donde iba.

Recordé entonces esas ratas, las que solían acompañarlo. Comprendí que por ese motivo eran su único consuelo. Ellas le recordaban la virtud y la tragedia que había vivido.

—Algo ocurrió—murmuró sombrío mirándome a los ojos—. Una noche cambié—dijo—. Mi vida se truncó y tomé una nueva fe. La sangre se consagró de forma distinta, Satanás era una serpiente tentadora y las ratas comenzaron a parecerme compañeras agradables. Seguí rezando, pero de forma distinta. Sería el azote de Dios y el pecado, como Dios así lo deseaba. Un inmortal, un vampiro, un monstruo...—su voz se endureció, así como sus rasgos—. Hijo de las Tinieblas—sentenció.

—Santino...—susurré inquieto.


—Dios me mostró grandes horrores y yo decidí creer que sería parte de éstos—dijo, incorporándose—. Armand, hice lo que hice porque era mejor que endurecieras tu alma. Parecías un ángel y por ello te salvé. Me recordaste la virtud que una vez creí cierta, pero esa virtud debía endurecerse. Si no lo hacías, por las causas o motivos que fuesen, morirías.  

domingo, 29 de marzo de 2015

Egoísmo

El diablo tiene un mensaje, aunque yo sigo sin creerlo... Éste es su mensaje. Allá tú si lo quieres leer o simplemente buscar un lugar donde huir. 

Lestat de Lioncourt


El mayor pecado de Dios es su orgullo. Un orgullo que ha transmitido a todas sus criaturas. Todos pecamos mordiendo la misma manzana. Intentamos negar que poseemos esa impronta. En nuestro código genético está el terrible placer de saborear éste pecado. Las discusiones, las cuales pueden acabar en grandes y temibles guerras, se inician por un orgullo que crece y se extiende por nuestras almas, como si fuera un virus, y que nos evita poder disfrutar de la vida.

He contemplado el orgullo de Dios con mis propios ojos. He visto su paraíso, pero también he descubierto que tras su luz hay oscuridad. Una oscuridad cegadora, temible y fría. Los querubines pueden cantar alabanzas, los ángeles aplaudir los sermones inspiradores que él emite, y los arcángeles ser sus mejores guerreros. Sin embargo, en ese territorio ensombrecido, donde la esperanza parece que jamás germina, he visto las semillas del verdadero hombre. Las almas están ahí, alimentándose de su desdicha y recuerdos, ansiando tocar la luz que emana su creador.

Permití que mi orgullo negase la grandeza del hombre, pero cuando contemplé su belleza, el calor que poseían sus acciones, y la verdad intrínseca en su semilla supe que debía salvarlos. Pero yo no era el pescador de hombres, tampoco era el pastor que llevaría el rebaño, sino el ángel caído en desgracia, el mentiroso y el testigo apócrifo, que con su hipocresía sembraría terror entre los creyentes.

Me condenó a llevar un disfraz y ser la bestia de las peores pesadillas. Hizo que reptara como una serpiente. Señaló mis lágrimas como si fueran burla. Hirió mi corazón. Me olvidó y luego me pidió ser testigo de sus asesinatos. Él ha matado a millones de humanos, ha dejado atrás la huella de la sangre y el dolor, pero ha sido por una justicia sagrada, pues su mano jamás se equivoca. Yo, sin embargo, me mantengo con las manos ligeramente limpias y la vista alzada hacia los cielos. Quiero tocar sus puertas, llorar nuevamente sobre su luminoso territorio y rogar la absolución de todos los que lamentan su dolor en los valles oscuros donde la muerte no fue el final.


Y aquí estoy, contemplando los altares cargados de velas y flores. Escucho los rezos. Observo a los creyentes. Rezan por sus almas, pero los rezos no serán escuchados jamás. Cualquier tacha, por mínima que sea, será señal de condena. Ellos no lo saben. Creen en una vida cerca de Dios, pero lo único que hallarán será un sendero de espinas. Todos los que niegan a Dios, todos los que creen en él pero han tomado decisiones indebidas, aquellos que alguna vez soltaron su mano y se perdieron durante décadas, irán a las sombras y allí llorarán conmigo.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt