Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 23 de noviembre de 2014

Dolor

Armand empieza a intentar dejar a Marius, pero dudo que lo logre. 

Lestat de Lioncourt 


—Debería olvidarme de ti, de mis sueños y todo lo que una vez quise tener. Mi vida se ha convertido en un terrible enjambre de dolor y decepciones. Sin embargo, siento que me fundo en ti lentamente cuando me tocas. Mi alma tiembla mientras me mientes, besas y juras que me amas. Quiero creerte, pero sé que debería huir antes de sentir tu rabia—dije apretando los puños.

—Olvidar es terriblemente complicado—contestó sin bajar el pincel. Sus ojos fríos y azules se concentraban en las numerosas pinceladas de su nueva obra. Parecía una estatua de mármol, pero sus elegantes movimientos le conferían una vida extremadamente sensual. Sus labios parecían cincelados, al igual que sus pómulos y su mentón. Tenía el cabello suelto y rozaba su pecho por encima de su túnica borgoña.

—Aún lo es más amarte—respondí.

Dejó el pincel sobre un pequeño soporte, se apartó del caballete y se aproximó a mí. De inmediato di un par de pasos hacia atrás, mirándole con cierto temor. No quería que me tocara, besara y susurrara palabras tan falsas como las estrellas del fresco que estaba sobre nuestras cabezas.

—Te amo, querubín—dijo tomando mi rostro entre sus manos, abarcándolo con una delicadeza inusitada en un gigante como él.

—Mientes—chisté a punto del llanto. Contenía mis lágrimas intentando ser todo lo fuerte que jamás había sido. Una fuerza que se debilitaba con su sola presencia. Quería sentir sus brazos rodeándome. Si bien, quería convencerme a mí mismo que ya no había nada por lo que luchar.

—No. No dudes de mi palabra—musitó inclinándose hacia mí, pero retrocedí. No acepté su beso. No podía aceptar que me besara.

Podía sentir sus labios rodando por mis mejillas, igual que mis lágrimas. Si bien, me alejé. Sabía que él amaba a otros, que tenía el corazón dividido mil veces. El mío, mi frágil corazón, se estaba quebrando. Esperaba aún que me buscara, pero sólo se alejaba aún más. El mundo nos había dividido. El amor que teníamos se estaba esfumando.

—Dudo de tu amor—susurré—. No dudo sólo de tus palabras, sino del amor que alguna vez me tuviste.

—¡Cómo te atreves! ¡Te lo di todo!—gritó furioso.

—No—dije tembloroso. Temía su ira, pero a la vez deseaba sentir que se molestaba ante mí. Necesitaba creer que me amaba y que le molestaba saber que me alejaba.

—¡Te di el mundo entero! ¡Te salvé y coloqué mis sentimientos a tus pies!—me agarró de los brazos sacudiéndome con fuerza, provocando que mis largos cabellos pelirrojos cayeran sobre mi rostro.


Rompí a llorar quejumbroso. Me dolía. Era terriblemente doloroso. Como pude me aparté de él y huí. Corrí por el palazzo buscando la salida, pues no deseaba escuchar ni una mentira más. Estaba tomando una terrible decisión. Sabía que su ira me alcanzaría y me torturaría durante años. Si bien, necesitaba huir. Al encontrar la puerta principal, tomando el pomo para abrirla de un empujón, y sentí la liberación final en el aire turbio de los canales. Pronto noté que mi alma se hundía en la miseria, del mismo modo que una barca que se pudría tras años de olvido. Amarlo siempre me había condenado, pero después de todo lo ocurrido ya ni siquiera era capaz de mantenerme en pie aceptando la verdad.  

Sangre, oro y pasión

Antes que se traumen les recuerdo que Marius es el amo del BDSM. Marius y Pandora derrochando pasión, amigos mío.

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado unas pocas semanas. Tan pocas que la vida parecía ser demasiado acelerada. Era como si se escapara de entre sus dedos, aunque ya no debía temer a la muerte ni a padecer enfermedad alguna. Nada podría tocarla. El perfume de los cementerios no se pegaría a su cuerpo y la eternidad esperaba abriendo sus brazos como una Diosa. Si bien siempre hay un pero y ese pero era Marius. La vida social de Marius seguía existiendo y exigiendo que se paseara por la ciudad como si fuese un magnífico mecenas, un hombre con unas virtudes increíbles y mucho dinero en la bolsa.

Había escuchado numerosos rumores. Según él iba a matar vampiros de la Secta de la Serpiente, quienes consideraba como una plaga. Para Marius, ellos eran peores que ratas y transmitían una enfermedad que atrofiaba la sensatez de cualquier otro vampiro. Sin embargo, no eran sólo esos sus quehaceres en la ciudad. En medio de la noche se encontraba con senadores, filósofos y hombres de la alta sociedad que lo invitaban a probar los manjares de los lupanares más lujosos. Él era un mecenas y muchos de ellos lo tenían en alta consideración.

Era la quinta noche sin aparecer por la vivienda. El altar que ambos habían ordenado construir estaba repleto de flores frescas, nuevas velas de cera blanca de abeja iluminaban todo, y había cierto aroma a mirra que surgía de dos enormes platos de oro situados a ambos lados de Los Que Deben Ser Guardados. Él no lo había hecho, tampoco sus sirvientes. Flavius no era capaz de aparecer por aquella sala, pues los temía. Para él eran monstruos terribles y silenciosos. No había sido otro que ella.

Pandora estaba allí recitando poemas mientras colocaba los últimos ornamentos de flores. Akasha miraba al frente, al igual que Enkil, como si sólo fueran estatuas. Tenían ropas nuevas, de lino, con unos llamativos bordados de oro y unos elegantes brazaletes que habían sido limpiados con esmero. Las gemas de sus anillos brillaban gracias a la luz de las velas que incidían en ellos. Ambos estaban descalzos aguardando que ella colocara nuevamente sus sandalias. Los había lavado, como siempre hacía, y colocado aquellas ropas con cariño y cuidado. Él no estaba realizando sus ocupaciones, pero ella jamás incumplía con sus visitas diarias.

Interrumpió en la sala pensando que tendría que hacer el trabajo de las anteriores noches, pero quedó fascinado por la belleza y el perfume que flotaba en el aire. Era como si la naturaleza misma se hubiese adentrado en la lúgubre, aunque hermosa, sala donde se encontraban ambos tronos. Los frescos de aquel paradisíaco jardín parecían cobrar vida gracias a las flores. Las aves, de hermosos plumajes, daban la sensación de intentar emprender el vuelo.

—Vaya, veo que alguien al menos recuerda servir a los padres—dijo ella, al percatarse que se había dignado a aparecer—. ¿Regresaste de tus correrías por Roma?

—Siempre, que tú lo olvidaras no significa que yo lo hiciera—maldecía el haber estado fuera, pues únicamente había ganado nuevas excusas para increparlo. Deseaba doblegarla en ese mismo instante arrancándole la ligera túnica que cubría su delgado cuerpo—. ¿Mis correrías? Estuve intentando librar al mundo de esa plaga.

—Oh, sí—movió ligeramente la cabeza en tono afirmativo y lo encaró con unos terribles ojos acusadores—. En los burdeles, ¿no es así?—deseaba abofetearle, empujarlo y huir de su presencia. Estaba terriblemente dolida y decepcionada. Su vida en común no era como ella esperaba. Nada era como ella esperaba—. Se que vas a revolcarte con otros Marius. No me tomes por estúpida.

—No, no es así—mintió—.Y aunque así fuera, ¿no estoy aquí? Te he venido a buscar, Pandora—frunció sus cejas y mostró una severa mirada llena de desaprovación—. No empieces una discusión que no podrás ganar.
—O que tú no podrás soportar—dijo, nuevamente acomodando las flores junto al trono de Los Padres ignorando por completo a su creador.

—¿Eso crees?—sonrió escuetamente intentando dominar la molestia que comenzaba a sentir—. Sabes que he terminado sumándome al desastre —dijo recorriendo su espalda con sus ojos claros, casi del color del hielo—. He perseguido a seres terribles, regreso a casa y me encuentro a mi mujer echándome las culpas de todo y nada.

—¿Tú mujer? ¡Sí, claro!—exclamó furiosa mientras continuaba acomodando todo. Los hermosos lírios parecían querer troncharse en sus finos dedos. Deseaba arrojar el jarrón a su cabeza, la cual parecía hueca en esos momentos, porque se sentía engañada—. Supe que estuviste esta noche, y toda la semana, en un burdel Marius. Tus amigos del senado hablan de tus hazañas con las esclavas, que las dejas exhaustas—pero lo que más le dolía eran sus comentarios sobre el delicioso placer que ejercía sobre los varones. Se sentía tentada a escupir cada una de las palabras que ella había logrado leer en sus mentes—. Oh... sí.

—Si tanto he disfrutado en el burdel, ¿por qué estoy aquí?— preguntó acercándose a ella conteniendo la furia—. Dímelo, ¿eso también te lo han contado mis amigos senadores?

De inmediato se alejó del jarrón dejando los lirios caer al suelo, pues quería apartarse de él y su cínica presencia. Al pasar por su lado lo empujó apartándolo de la puerta de acceso al templo, intentando ignorar sus comentarios. Marius contuvo su rabia tan sólo unos segundos, pero no se controló demasiado. Fue tras ella agarrándola del brazo derecho, tirando de su cuerpo para pegarlo al suyo, y la miró a los ojos. Esos ojos oscuros que parecían perlas negras en mitad de un océano de espuma blanca. Eran ojos castaños, casi negros, que derrochaban una vida que él quería aprisionar entre sus garras. Era el monstruo que la había condenado, su creador, y merecía un respeto, cierta pletiesía, como si fuese un Dios.

—No aceptaré tus reclamos esta vez—murmuró forcejeando con ella—. He venido y aceptarás mi compañía—ella lo miró con rabia y él le regresó la mirada—. Aún así, para que te quedes tranquila, te diré que te perdono por todas tus ofensas.

Rápidamente Pandora llevó su mano a su cuello tocando con el índice el carmín que aun prevalecía en éste, se lo mostró y propinó una fuerte bofetada.

—¡Perdonarme? ¡Tú eres quien se va de burdel en burdel y si yo oso pasar unas horas con Flavius en la biblioteca leyendo te enfureces!—gritó provocando que algunos de los esclavos se giraran dejando sus obligaciones. Algunos estaban limpiando y acomodando la sala cercana, la biblioteca, donde ésta se dirigía posiblemente a calmar su dolor con algunos poemas de Ovidio. Flavius estaba allí, sentado, esperando que la discusión no generara más daños. Hacía tan sólo unos días que había logrado restaurar parte de una de las salas donde los jarrones habían volado, el fuego había alcanzado las cortinas de seda y la cama se había convertido en un montón de cenizas—. ¿Es justo acaso vivir bajo tus órdenes sin que tú sigas tus reglas? ¡Es justo acaso!—su voz sonaba firme, dominante, y completamente entregada a la furia que en ella se avivaba como una poderosa llama. Como pudo se deshizo de su agarre y entró al fin en la biblioteca. Los sirvientes huyeron, salvo Flavius que permaneció allí observando a su querida señora.

—¡Pides justicia cuando te regalas a sus brazos!—gritó furioso sintiendo una ira casi incontrolable. Señaló al pobre sirviente que tan sólo soltó la pluma y se incorporó. Su pesada prótesis de mármol, tan perfecta como dolorosa para un hombre que fue un valiente cazador, sonó sobre el piso y provocó que lo mirara con mayor rabia. Si bien, enfocó su mirada nuevamente en Pandora para gritar sus convicciones. En ese momento Flavius alcanzó la puerta. Deseaba huir antes de ser destruido. Sabía que debía preparar un carruaje en caso que su señora quisiera huir, aunque fuese unos días, del hogar que compartían— ¡Eres mía! ¡Yo te creé! ¡Me perteneces!—dijo golpeando la puerta al cerrarla tras de sí— ¡Me perteneces y no deberías alzarme la voz! ¡Cómo te atreves a gritarme y a golpearme!

—¿Tuya?—gritó furiosa— ¡Ni que fuera tu esposa, Marius!

—¡Eso me pediste cuando te creé!—estaba furioso, tanto que la agarró de ambos brazos y la empujó contra una pared cercana—¡Eres mía desde que te hice mi compañera! Es un vínculo más sagrado que el de un papel que nunca cumples. ¿Con cuántos hombres te casaste? ¡Si incluso perdiste la cuenta! ¡Estoy seguro!—sus colmillos asomaban, sus ojos estaban cargados de furia—Eres mía...—susurró con rabia— Y si quieres puedo demostrártelo.

—¿Y a ti qué te importa? —gritó furiosa empujando a este con el poder de la mente— Soy igual de fuerte que tú así que no intentes manipularme o dominarme Marius —dijo con rabia arrugando la nariz y el entrecejo mostrando de igual forma sus colmillos— no inicies una pelea que no ganarás, no aquí. ¡No ahora!

—¡Puedo ganarla! ¡De hecho ya la gané! ¡Soy un hombre y tú sólo una mujer!—dijo elevando aún más la voz. Se acercó a ella de nuevo con una fuerza superior a la suya, intentando dominarla. Tenía sus manos aprisionando sus brazos, prácticamente rompiendo sus huesos, mientras clavaba sus ojos como dagas en los suyos— ¡Eres mía!—gritó antes de inclinarme robándole un beso. Al apartar sus labios de ella la soltó y la tomó del rostro, intentando controlar su ira pues podía hacer arder todos los libros de la sala si se descontrolaba. Y eso, sin duda, sería un desastre—. Amor mío, hermosa mía, ¿no ves que no tienes razón? Evita esta pelea absurda.

—¡Marius!—lo nombró llena de ira lanzándolo por los aires, haciendo se estampara contra una repisa, y al verlo tendido se lanzó sobre éste tomándole del cuello, hundiendo sus uñas, destrozando su traquea con una sola mano completamente desencajada por la ira— ¡Jamás! pero... ¡Jamás me subestimes!

Deseó gritar, pero le fue imposible. Su boca se llenó de sangre. Se incorporó apartándola de un empellón mientras se recuperaba, mirándola con furia, y provocando que su ira, la ira que intentaba contener de forma torpe, incendiara parte de los libros que tanto ella como él acumulaban. El fuego a sus espaldas se alzaba consumiéndolo todo mientras daba pasos firmes y terribles hacia ella. La madera crujía cediendo, los libros caían de la repisa envueltos en llamas y la seda de las cortinas se consumía con rapidez. El tintero y los documentos de Flavius empezaban a consumirse, convirtiéndose sólo en un manchurrón negro que eran engullido por las llamas.

—Debería destruirte, pero te amo demasiado—susurró con cierto esfuerzo—. ¿Cómo te atreves? ¡Cómo!—gritó furioso lanzándose contra ella.

—Dos podemos jugar el mis juego—dijo incendiando sus ropas, viéndolo de forma altiva y triunfal, llamando a los sirvientes para que apagasen el fuego. Ella acabó saliendo de esa habitación, mientras el revuelo se iniciaba en el pasillo y los cubos de agua, desde el pozo del jardín, se iban acumulando—. Diviértete con tu fuego —comentó tomando la capa de las manos de Flavius, el cual había regresado dispuesto a llevarla lejos de la vivienda, cubriéndose con ésta bajando a pasos apresurados la escalera cercana, la que daba acceso al pasillo donde se hallaba la cuadra.

Él como pudo apagó sus ropas. Si bien, tenía algunas heridas, aunque leves, y aún sentía en la boca su propia sangre. Ese sabor metálico que tanto le entusiasmaba cuando era de sus víctimas, pero que siendo suya le llenaba de rabia. Se movió rápidamente tras ella, para atraparla empujando a Flavius lejos de ella.

—¡Te he dicho que eres mía!

—¡Flavius! —gritó corriendo hacia él— ¿Estás bien? —dijo ayudando a levantarse. Aunque ella no fue la única. El esclavo era adorado por sus compañeros debido a su amabilidad y respeto, así como la dulzura que despertaba en todos al recitar los poemas más hermosos de cientos de poetas griegos y romanos. Todos lo ayudaban, pero Flavius se sentía herido más allá del golpe. Sentía un terrible dolor en su pecho al ver de ese modo a su señora. Quería consolar a la mujer que tanto admiraba, pero sabía que le arrancarían los brazos si lo hacía. Pandora se volteó hacia Marius llena de dolor y decepción por sus salvajes actos.

—¡No me mires así!—sus ojos estaban cegados por la rabia— ¡No te atrevas a juzgarme cuando tú tienes la culpa!

De inmediato se incorporó propinando una fuerte bofetada frente a todos. El silencio se hizo presente y audible unos segundos. Los ojos fieros de Marius eran dos poderosas bolas gélidas cargadas de rabia, los de Pandora estaban a la par.

—Llévenlo a su habitación—dijo sin girarse hacia ellos—. Ahora mismo estaré con él—declaró.

Marius se dio la vuelta marchándose de la habitación. No había dado la pelea por perdida, simplemente se marchaba para no terminar destrozándola de la forma que él deseaba. Ella, por el contrario, sí lo había hecho. La molestia ardía aún en su pecho, pero era mayor la preocupación que sentía por Flavius. El esclavo se recuperaba de sus heridas, las cuales eran meras magulladuras, y cuando éste se quedó dormido decidió marcharse a la cámara de Los Padres a continuar con sus deberes.

ÉL decidió quedarse en el jardín, contemplando las estrellas en un mar oscuro y terrible. La ira lo consumía. El olor a pergamino quemado se alzaba por encima de las flores. La brisa arrastraba cierto frescor a sus heridas, las cuales ya estaban prácticamente sanadas. Su orgullo había sido herido, tan profundamente que podía sentir cada marca, y ella lo pagaría. Intentaba pensar cómo y cuándo.

Pandora lo vio desde la ventana. Él estaba tan sólo a unos metros contemplando las ramas de los árboles, disfrutando de la hierba entre sus pies desnudos y permitiendo que la brisa lo sosegara. Pensó que debía hablar las cosas con seriedad y calma, sin excesos, pero estaba equivocada. Al llegar a su encuentro notó que seguía tan furioso como hacía unas horas. Podía percibirlo.

Marius —dijo entrando en el jardín. Le habló con seriedad intentando que se percatara que había ido a terminar con la pelea como dos personas adultas, y no como dos monstruos.

Él obvió sus palabras. Hizo como si no la escuchara. Permaneció de pie mirando el horizonte como si eso fuera lo único que pudiese y debiese hacer. Ella, por el contrario, respingó enojada por su actitud.

—Bien, entonces me marcho—sentenció.

—No, hermosa mía, quien se marcha soy yo— dijo con severidad en su voz, pero cierta calma. La calma que venía tras la tempestad. El ojo del huracán—. Me iré a recorrer esos burdeles tan magníficos que dices que visito. Dejaré que otras mujeres me den lo que tú no puedes.

—¿Es una amenaza Marius? —dijo cruzándose de brazos evidenciando aún más su pronunciado escote, a la vez que levantaba sus pechos con delicadeza. Deseaba que se concentrara en ella y finalizar con un encuentro carnal. Quería olvidar lo que había ocurrido, como si sólo fuera un borrón en su historia.

—Es una certeza—respondió girándose para contemplarla—.Vine aquí buscando tu amor, el calor de tus brazos y la pasión de tus labios, pero decidiste increparme injustamente. Si bien, yo te perdono.

—Vaya qué generoso eres —dijo acercándose quedando frente a él. En la mano derecha llevaba una cuerda, la misma que usaba para poder mover con una polea a los padres mientras los cambiaba de ropas—. Dime que te vas ahora—se amordazó con un pañuelo de seda, uno de tantos que él le había regalado, y entregó la cuerda, clavando la mirada una vez más, para echar caminar hacia dentro.

Apretó su mandíbula observándola. Ella sabía encontrar sus debilidades, enterrando su ira en el deseo. Acarició la tosca cuerda trenzada, la contempló unos segundos y luego alzó la vista hacia su figura. Sus ojos se pasearon por sus caderas que se movían insinuantes y sus hermosos brazos desnudos. Deseaba oprimirla contra él, destrozarla y besar sus labios con la boca manchada de sucias palabras de amor.

—¿Es una invitación o una trampa?—preguntó caminando tras ella.

Ella entró a aquel corredor oscuro que conducía a la cámara de los padres, deshaciéndose por el camino de sus ropas y joyas. Los brazaletes quedaron en un pequeño pedestal en la entrada, al igual que sus pendientes, su toga de seda cayó a pocos pasos de la entrada.

Él podía haberlo recogido para oler su aroma, un aroma único que le excitaba, pero estaba concentrado en sus pensamientos. Sus pasos eran tan lentos como precisos. Sabía bien hasta donde lo conducía. Era el lugar de los padres, donde descansaban ambos como si fueran hermosas esculturas de mármol. No se acercó a ella hasta que se deshizo de sus ropas y joyas, tirándolas a un lado y abandonándolas antes de insinuarse frente a él. De inmediato se acomodó a su lado acariciando sus brazos y costados, dejando un suave beso en su hombro derecho, junto antes de colocarla de rodillas mientras ataba su cuello con la soga. Tiró de la cuerda provocando que echase hacia atrás su cabeza provocando que riera bajo. Iba a pagar todo lo que había hecho. Lo haría con creces. Pandora de inmediato dejó escapar un gemido de sus labios, y, sumisa se dejó hacer. Los suyos, los labios de Marius, se arquearon con una sonrisa cargada de sorna, disfrutando de aquella sumisión. Él, al contrario que ella, permaneció con su túnica y cama destrozada. Con la zurda tiraba de la cuerda, dejando marcas de roce y asfixie en su cuello, mientras buscaba con la otra el látigo que llevaba en su cintura. Antes que ella siquiera pudiese imaginarlo la aplastó contra el suelo colocando su cuerpo prácticamente alineado contra la fría superficie de mármol oscuro. Dejó que la cuerda estuviese menos tirante, pero fue porque deseaba tener cierta distancia para lo que iba a hacer. Sin pensarlo dos veces comenzó a azotarla con el látigo. Las siete colas de éste rozaban la suave y blanca piel de Pandora. Con cada latigazo una marca rosada surgía, igual que pequeñas gotas carmesí que brotaba de la herida que se cerraba demasiado rápido para poder contemplarla.

Ella sabía que él disfrutaba de azotar a otros. Había escuchado cientos de historias sobre sus artes crueles y vejatorias. Con ella aún no se había osado a cometer semejante delito. Pero allí estaba, arrojada en el suelo con la espalda llena de pequeñas lágrimas de sangre. El látigo golpeaba con furia y ella gemía entre el dolor y el placer. Sus piernas se abrieron como si le invitara a disfrutar de unas maravillosas vistas, mucho más hermosas que los Campos Elíseos. Su pubis, con aquel vello púbico arremolinado y negro, era tentador. Podía notar como comenzaba a sentir cierto calor entre sus piernas, pero él no cedía. Golpeaba con fuerza y destreza, justo en los puntos que quería. Cuando pudo percatarse de la lengua de Marius ya era tarde. Él había dejado de azotarla, inclinándose sobre ella para pasar su lengua por el rastro de sangre. Gota a gota se derramaba por su piel de leche y él la recogía. Aquello la excitó de sobremanera. El olor de la sangre, la lengua suave y húmeda, las manos firmes agarrándola de la cadera. Se sentía perdida en un mar de caricias, pero su voz profunda surgió de la nada susurrando como un espíritu maligno en el lado izquierdo de su cuello.

—Esto sólo es el principio. Pagarás caro tu osadía—dijo apoyando su barbilla sobre su hombro—. Mi orgullo está herido, querida mía, y tendrás que pagar el precio de tus actos—sentenció apartando hacia un lado sus largos y negros cabellos—. Aguarda.

Ella pensó que se desnudaría al fin, pues su túnica y capa estaban chamuscadas, manchadas con cenizas y sangre. Pero no. Él tan sólo se acercó a uno de los recipientes que contenían las velas, unos candelabros dorados que surgían como manos abiertas de las paredes, para sin aviso alguno derramar la cera derretida sobre su espalda. Ella se sintió extrañamente excitada notando como su sexo palpitaba. Él no podía dejar de pensar en como sacar toda esa rabia que tanto mal le causaba.

Agarró la soga y tiró de ella oprimiendo un poco más su largo cuello. Ella gimió y jadeó. La rozadura se borró rápidamente, pero verla durante unos segundos lo excitó. Colocó su pie sobre su espalda, pegándola contra el suelo, y sonrió perversamente. Miró a su alrededor la cientos de velas que iluminaban dándole a aquel lugar luz y gloria.

—Veo que te gusta la tortura—dijo apartándose para ir hacia otro de los recipientes, tomó la vela y al llegar hasta ella la giró.

Los ojos de Pandora estaban entreabiertos, como sus labios y sus piernas. Él decidió verter la cera sobre sus duros pezones de color café. Estos, tan hermosos y tentadores, destacaban en sus voluptuosos senos. La cera blanca fue salpicando estos, su vientre y parte de sus muslos. Ella gemía moviendo insinuante su cadera, pero eso no la ayudó. Muy al contrario, avivó al monstruo.

Marius apagó la vela y la tiró al suelo, lejos de ellos, para luego tomar su látigo nuevamente. La punta, de siete colas, rozó las salpicaduras de cera mientras con su zurda, la mano que tenía libre, tomó la soga y tiró de ella una vez más. Cuando se irguió por completo azotó sus muslos con el látigo y dio directamente en su palpitante clítoris. Ella lo miró confusa. Quizás no comprendía porque se sentía tan excitada y sumisa, pero pronto comprendería que fue un error.

Su amante, su compañero, al que amaba a pesar de todo tenía unas ideas retorcidas para aquella noche. La miraba con un odio ciego y un libertinaje que hacía tiempo no veía en un hombre. El amor que solía surgir de su mirada, ese que tanto la encandilaba, a penas era visible. Él se inclinó y ella esperó un beso, una caricia o unas simples palabras sugestivas. Sin embargo, le dio la vuelta e introdujo el mango de su látigo en su interior.

Marius usaría el látigo como un glorioso juguete. Deseaba dejarla dolida, sumisa y completamente humillada. Los Que Deben Ser Guardados custodiaban el momento en silencio. Parecían tan sólo la el hermoso envase vacío de dos almas. No carecían de vida. Ninguno hacía nada por los chillidos de Pandora. Ella gritaba ante aquel grueso objeto introducido en su vagina. No era lo suficientemente ancha para soportar el grueso mango, el cual se movía con firmeza y cierta cadencia por parte de su amante.

—¡Marius! ¡No!—dijo deshaciéndose de las ataduras, para intentar huir—. ¡No!

—¡Cállate, mujer! ¡No te di derecho alguno a levantar la voz si no es para gemir como las putas que dices que tanto disfruto!—gritó con un tono de voz que la asustó.

La voz de Marius era distinta a la habitual. Parecía haber caído preso de una maldición o de un poderoso espíritu, el cual se enredaba en sus cuerdas vocales y echaba raíces en su alma. Envenenado por la ira, el odio y el orgullo herido no pensaba en algo más que una noche de disciplina para su mujer, la cual debía obedecerlo como la mejor de las esclavas.

Ella no desistía en su empeño de buscar refugio en Akasha, pues sabía que ella quizás podía interceder. Si bien, Padre y Madre no movían ni un músculo. Eran dos figuras de piedra con los ojos que parecían gemas perfectas. Sus pelucas cepilladas, sus magníficas vestiduras y sus manos enjoyadas les daban una imagen irreal. Parecían ser parte del fresco del muro tras sus tronos. Marius ejercía una fuerza jamás vista ni usada con ella. No podía doblegarse. La mano izquierda de su esposo inmortal atenazaba su cuello, apretando sus cuerdas vocales impidiendo que pudiese hablar. En el forcejeo habían acabado en la hilera de alfombras de seda que se dirigían al altar, allí donde los tronos hacían descansar aquellos dos gigantescos monstruos silenciosos.

—¡Marius!—logró gritar con un tono lastimero, lleno de dolor.

—¡Cállate, he dicho!—gritó tirando de la soga para arrastrarla con furia hacia los escasos peldaños del trono—. Hoy te ofrezco a nuestros Padres Inmortales en sacrificio. Ellos disfrutarán de tus lágrimas y gritos, apreciarás mis órdenes y verás que ellos las aprueban. Verán en ti la sumisión y el respeto que merezco—dijo con rabia incorporándola mientras seguía moviendo el látigo en su sexo.

Pandora lloraba. Algunas lágrimas habían surgido bañando sus mejillas. Sentía dolor y desprecio. Quería huir. Necesitaba ayuda, pero ellos no movían un solo músculo. Forcejeaba aún, intentaba marcharse, pero él la mordió en el cuello para drenar parte de su sangre y dejarla sin energías. Sacó el látigo de su vagina dejándolo a los pies de ambos, húmedo por sus fluidos, y de inmediato introdujo el dedo índice y anular en su interior. Movía los dedos de una forma que la hizo gemir, momento en el cual la soga dejó de apretar. Sus pezones estaban tan duros que parecían diamantes que lograrían cortar cualquier cristal. Él la empujaba lentamente para que caminara hacia el trono, en dirección a Akasha.

Marius quería que la contemplara completamente hundida en sus deseos. Por eso mismo la arrojó a los pies de Madre y continuó masturbándola. Hacía aquello con tanta precisión que ella no podía hilar ya pensamiento alguno. Llegó a ensancharla tanto que le cabía la mano por completo, cosa que aprovechó para meterla y estimularla de ese modo. Los largos cabellos de Pandora caían sobre su espalda, rostro, hombros y pecho como una cascada de aguas nocturnas.

Finalmente, Marius se detuvo para quitarse sus destrozadas prendas. Las arrojó a sus pies, al igual que la arrojaría a ella. Su presa cayó de rodillas, a pocos metros de la Reina, frente a su miembro duro y desafiante. No había pensamiento racional en aquella mujer llena de fuerza y entereza, pues lo único que buscaba era saciar el calor que ardía sofocándola. Si bien, sus gemidos quedaron ahogados porque él decidió disfrutar de un oral tan magnífico que ni siquiera las mujeres, y ocasionalmente hombres, de los burdeles habían logrado ofrecerle. Ella era una bestia que buscaba recorrer cada pedazo de piel como si fuera el más delicioso néctar.

Durante varios minutos sólo se escuchaban los gemidos y jadeos de Marius, así como unos terribles gruñidos y el golpeteo de sus testículos contra el mentón de Pandora. Akasha permanecía inmóvil, al igual que Enkil. Ambos tenían sus ojos al frente, pintados con una delgada línea negra que acentuaban sus rasgos, y la boca cerrada. No habían mostrado su beneplácito, pero tampoco su disgusto.

El miembro de Marius tenía gran tamaño, pero más bien era su grosor el que la ahogaba. Su nariz golpeaba el vello dorado que coronaba éste, sus testículos se movían inflamados y golpeaban rítmicamente a la pobre de Pandora. Ella sólo apretaba sus labios y dejaba que su lengua se convirtiera en un látigo húmedo, diestro y cálido. Él acabó echando la cabeza hacia atrás sintiendo como el calor lo consumía. Ambos estaban perlados en sudor sanguinolento dándoles un aspecto dantesco.

Cuando se cansó de aquello, y sintió que era el momento, la apartó subiéndola al regazo de Akasha, como si fuera una hermosa muñeca, y la penetró mirando a ambas a la cara. La reina la rodeó con sus poderosos brazos, aunque no la lastimaba, y él tomó impulso apoyándose en los reposabrazos de la silla cubierta con pan de oro. Las piernas de Pandora se abrían como las alas de una mariposa, lo rodeaban como la soga y empezaban a enrojecerse sus ingles por apretarlo contra ella. Las manos de su amante acariciaban su torso y pellizcaban sus pezones, una muestra lejana a la sumisión que él aceptó por el hondo placer que sentía. Arremetía cada vez con mayor fuerza, provocando que el cuerpo de ella se moviera sobre el de Akasha. Las prendas de lino blanco que llevaba la Reina quedaron sucias, prácticamente destrozadas, y las joyas se clavaban en la espalda Pandora, además de enredarse en sus largos y sedosos cabellos.

—¡Oh, Lydia!—gritó el verdadero nombre de su amante, haciendo que ella entrara en una vorágine de placer.

Pocos eran los que sabían su verdadero nombre, pues lo había cambiado por su seguridad. Pandora era sólo un mito, una fachada, pero quien estaba allí aceptando aquel trato cruel era Lydia. La misma Lydia que le recitó poemas de Ovidio cuando sólo tenía nueve años y él se deleitaba con su elocuencia. Esa misma mujer que con su mayoría de edad le proclamaba su amor y entrega, rogando ser casada con él. Una hembra de vampiro que él había creado y que en esos momentos obedecía gimiendo para él ante la absorta mirada de aquellos que habían jurado proteger.

Marius acabó derramándose dentro de su esposa inmortal, como así se declaró ella cuando el vínculo de la sangre los unió y separó a la vez, y ella alcanzó la cima del Monte Elíseos al fin. Pudo ver el paraíso con sus propios ojos, los saboreó y tentó con sus dedos. Él la besó y Akasha la soltó. Con cuidado Pandora se giró hacia Madre y bebió un ligero trago de su cuello. La Reina pudo apartarla, pero esta se lo concedió.

Después de ese momento cómplice ambos se miraron en silencio durante largos minutos. Él la bajó del trono y la recostó en la alfombra, a su lado, mientras recorría su cuerpo con besos y caricias lejanos a la brusquedad y tortura. Notó entonces que había roto algunas costillas en el forcejeo, las cuales se reconstruían mientras ella miraba el techo plagado de pinturas. Las aves parecían trinar, el sol pintado entre las nubes quemaba más que la cera de la cual aún tenía restos, y los pétalos de flores eran una fragancia similar al del amor más puro. Los dos quedaron allí arrojados largo rato, justo antes de cerrar bien las ventanas y decidir descansar bajo la atenta mirada de Los Que Deben Ser Guardados.  

sábado, 22 de noviembre de 2014

Amor

Avicus dejando algo romántico a Zenobia. Alguien puede ser golpeado y tirado al fuego por un druida. 

Lestat de Lioncourt 

Tu mirada dulce e insondable hizo mella en mi corazón. Te convertiste en una de mis mayores preocupaciones. Introdujiste tu amor como si fuera veneno en mi sangre y decidiste hacerte parte de mi alma. No me arrepiento de haberme quedado como tu guardián, protector de tus secretos y ángel de tus pesadillas. He intentado por todos los medios luchar contra todos monstruos que sentías a tu alrededor. Propago mi voz oscura, en ocasiones, y con una cadencia especial, típica del lugar donde pertenezco, leyendo tus poemas favoritos. Nuestra vida es sencilla, pero también es compleja.

La inmortalidad nos hizo ser terribles demonios frente a la gran multitud. El amor que nos profesamos ha sido fuerte, nos ha mantenido unidos, pero a la vez nos ha aislado. Aunque no me importa haberme quedado a un lado. En ocasiones, es mejor apartarse y vivir en tu propio mundo. Un mundo de entregadas caricias, besos robados, miradas cómplices y conversaciones que se alargan durante meses.

Decía un poema que por una mirada él daba un mundo, pero yo doy toda mi vida a cambio de mi nombre en tus labios. Sabes que es cierto. Soy un guerrero y los guerreros hemos nacido con la virtud de ser apasionados, sinceros y diestros con la espada. No hay mejor espada que la palabra y con la palabra lucho cada noche en contra del desamor, la tragedia griega de la apatía y el desconsuelo. Intento demostrar el amor que siento en mi pecho, palpitando con fuerza y extendiéndose a toda mi alma.

Nuestro amor es como un roble, pues tiene profundas raíces y ofrece una agradable sombra en un tiempo donde todo deslumbra. Te he acogido mil veces entre mis brazos, he besado tu frente tras despejarla de tus largos mechones negros y te he dicho al oído que te amo. He hecho todo lo que un hombre enamorado hace, pero también lo que un amigo entrega. Te he entregado mis secretos, mi consuelo y mi conocimiento. He permitido que el tiempo no nos mate ni aleje. Decidí hace mucho que sería el gigante que te ofrecería sus manos, terribles y ásperas, si tú lo necesitabas.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt