Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 26 de julio de 2014

El secreto del faraón

El secreto del faraón es una de las memorias más antiguas que existen actualmente, procede de Khayman y si ha querido contarla es porque cree que ya es tiempo. Espero que les interese, pues comprenderán mejor quizás el motivo de su lealtad. 

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo los soleados días en los cuales la felicidad no parecía pasajera, sino instalada en cada uno de nuestros corazones. A pesar de todo mi dolor estaba ahí, como una profunda brecha que rompía mi corazón. El calor sofocante del medio día era ya parte de nuestro pasado y el futuro era la noche. El palacio se hallaba en penumbras, iluminado sutilmente en algunos puntos debido a las lámparas de aceite y las diversas antorchas. Las diversas columnas palmiformes que se elevaban en la sala del trono parecían ser mis únicas compañeras esa noche, como casi todas las noches, mientras dejaba que mis pensamientos se evadieran más allá de lo terrenal.

Pensaba en mi padre. Su muerte me había consternado. El no haber podido celebrar el ritual que bien conocían mis ancestros, ese tan abominable para Akasha, me preocupaba. Había contemplado como embalsamaban su cuerpo, colocaban los aceites sobre su dorada piel y cepillaban sus largos cabellos. Había muerto joven aún para ser un escriba, pues poseían mayor y mejor vida que cualquier sirviente o guerrero. Cuando introducimos su cadáver en el sepulcro me eché a llorar, igual que un niño, buscando desconsoladamente los brazos de mi madre. Ella los abrió igual que un ave abre sus alas, me rodeó con ellos y me aseguró que encontraría la luz perdida.

Habían pasado dos semanas desde el fallecimiento de éste, las mismas que Enkil y yo habíamos permanecido en silencio. Ocasionalmente nos observábamos, igual que cuando éramos unos muchachos, y después morían nuestras palabras fruto del desconsuelo. Necesitaba su apoyo, pero él no podía mostrarse benévolo con un sirviente. Yo sólo era su leal compañero de armas, un buen guerrero, que cuidaba la seguridad interna en palacio con un pequeño grupo de hombres fuertemente armados.

—Sabía que te encontraría aquí—su voz reverberó en aquella gigantesca sala.

Los dos tronos, hechos de oro y piedras preciosas, se alzaban magníficos sobre la pequeña elevación de la sala. La alfombra de lino teñido de rojo, con distintos entramados dorados y blancos, creaba un magnífico camino hacia ambos asientos. Las plantas interiores parecían crear un pequeño oasis verde, lleno de vida, que evocaba el poder sobre la naturaleza. Todo estaba medido. La luz de la luna penetraba débil, como si estuviera muriendo, y las antorchas vibraban en la oscuridad como si fueran espíritus atormentados.

—Mi señor—dije con una leve reverencia—. Le hacía dormido.

—Sabes bien que mi lecho es incómodo—susurró aproximándose a mí—, y muy frío a pesar de ser una noche tan cálida.

—Es extraño, pues el cuerpo de Akasha parece tibio—respondí dando un paso hacia atrás—. Debo revisar la habitación de su primogénito, pues toda seguridad es escasa cuando el futuro rey de Kemet se halla indefenso.

—Bien sabes que no es mi primogénito, sino el tuyo—sus ojos oscuros y almendrados, tan parecidos a los míos, se fijaron en mí con dolor y resignación—. Soy incapaz de hacer gozar a mi esposa, envié a mi sirviente para que copulara con ella hasta concederme un hijo y permití que el hombre que amaba me rompiera el corazón alejándose de mí. Hice todo eso con sólo aparecer ante ti aquella noche y formularte mi petición. ¿En qué clase de hombre me he convertido? ¿Qué clase de dirigente seré?—preguntó con la voz quebrada—. Khayman, ¿por qué no me has dirigido la palabra?

—Por el mismo motivo que tú no lo has hecho conmigo—respondí tajante y frío—. Hace ya más de cinco años que el niño nació, ¿a caso necesitas recordarme a quién se parecerá cuando llegue a la edad adulta?—mis ojos se volvieron gélidos, aunque mi corazón latía apasionadamente—. A ti no te reprocho nada, pero sí a tu esposa.

—¿Se puede considerar esposa a una mujer con la cual no se ha consumado?—se precipitó hacia mí y con un par de zancadas me atrapó. Sus manos ásperas se colocaron en mi rostro, sus dedos tocaron mis pómulos y bordearon la comisura de mis labios—. Si debo considerar compañero alguno es a ti, que siempre has estado en mi vida de un modo u otro.

—Pero a ella le das el poder de cambiar nuestras creencias, ceremonias y pensamientos. ¿Qué será lo próximo?—dije tomando sus brazos por las muñecas, las cuales tenía llenas de brazaletes de oro como todo hombre de su posición. Eran las joyas heredadas por su padre, las cuales debía portar un gobernante. Su padre, el hombre más bondadoso que había conocido, murió mucho antes de observar como su hijo destrozaba su legado para satisfacer a una mujer extranjera.

—Khayman, ¿estás celoso?—preguntó perplejo, pero pronto se echó a reír acercando sus labios a los míos.

Aquel beso, en plena penumbra y en mitad del trono, me hizo bajar la guardia. Mis manos se colocaron en su cintura, atraiéndolo hacia mí, mientras nuestras lenguas se convertían en serpientes y nuestros cuerpos se encendían. Las suyas, mucho más hábiles y urgidas, buscaron levantar mi falda y finalmente acariciaron entre mis muslos. No era la primera vez que intimábamos de ese modo, más bien habíamos dado por terminada nuestra relación hacía años y aún así había noches furtivas, las mismas en las cuales nos buscábamos sin siquiera pensarlo, para ser dueños de nuestros deseos.

—Quítame mi falda real, tira al suelo la fina tela cargada de bordados sobre mi valentía, y domina mis sentidos... Khayman—murmuró con los labios temblorosos, y algo rojos, mientras se apartaba a penas unos centímetros de mi rostro—. Hazlo.

Él podía sentir como le acariciaba los músculos de su espalda y recorriendo caminos diversos, buscando erizar el vello de su nuca, pero deseaba algo más intenso. Los dedos de su mano derecha ya tiraban de mi miembro, sin un ápice de pudor, pero pronto se arrodilló frente a mí, como si fuese mi siervo y me quitó la única prenda que cubría mi figura. Mi falda de lino cayó sobre la alfombra y mi sexo se mostró despierto, buscando quizás las caricias apropiadas de su lengua y el calor de su aliento.

Sus ojos eran dos esferas negras que brillaban con luz propia, como si en las sombras se pudiese encontrar nuevas estrellas más magníficas que las ya conocidas, y en los míos se reflejaba su hermoso rostro ovalado. En aquellos días amaba a Enkil y me sometía a sus caprichos, pues a pesar de todo mi amistad y mi pasión llevaban su nombre.

—Es todo tuyo—dije tomándolo desde la base con mi mano derecha, para acariciar su boca con mi glande e introducir éste entre sus labios. Su lengua salió al encuentro lamiendo el meatro arrancándome el primer gemido.

Mi sexo entró en aquel cálido espacio, tan húmedo como confortable, provocando que se hinchara por el placer. Tuve que echar mi cabeza hacia atrás mientras le tomaba de la suya, hundiendo mis dedos entre los largos mechones de su cabello. Mis caderas no tuvieron piedad y comenzaron a moverse suave en un principio, pero pasados algunos segundos el ritmo fue tortuoso. El sonido de mis testículos golpeando su mentón, junto con el chupeteo de su boca y mis jadeos, se precipitaba contra las columnas y los altos muros, extendiéndose por los pasillos próximos y saliendo al jardín esfumándose hacia las estrellas.

Mis dedos presionaban su sien cuando decidió entrecerrar eróticamente sus ojos. Aquellos párpados terminados en espesas y largas pestañas, tan perfectos, se echaban casi al completo y su mirada se volvía turbia, como si el placer lo matara por dentro. Sus manos habían levantado su falda, mostrando así sus rodillas clavadas en el piso y su sexo endurecido.

Olvidé quienes éramos y que hacíamos allí, como si todo aquello pudiese ser un perverso sueño de los dioses. Su nariz rozaba mi vientre y su aliento acariciaba mis húmedos vellos púbicos. En ningún momento sequé mi frente, sino que permití que mi cabello se pegara a mi cuello y a mis hombros, así como a mi rostro.

Cuando prácticamente alcanzaba la cima del placer, él se apartó. Como si fuese una mujer se recostó en el fresco suelo, rozando con sus brazos la alfombra, y abrió sus piernas. La primera vez que lo hice mío fue en medio de una contienda, éramos a penas unos niños y la necesidad nos hizo buscarnos en medio de la noche. Habían pasado más de quince años desde aquel momento. En ese privilegiado instante ya éramos hombres adultos, comprendíamos el poder de la palabra y el motivo de cada una de nuestras acciones. Su figura temblaba, al igual que su boca carnosa.

—Te amo—llegó a confesar una vez más, después de tantas semanas odiándonos en silencio.

—Yo también a ti, Enkil. Sin embargo, jamás perdonaré tus malas decisiones—respondí inclinándome hacia él.

Mi colgante de escarabajo rozó su pecho, igual que la punta de mis mechones, mientras mis manos tomaban sus caderas y las atraía hacia mí. Cuando mi glande empujó hacia el interior de su cuerpo, abriendo y dilatando de forma tosca su entrada, gemí y sollocé. Él, rápidamente, echó sus brazos sobre mis hombros desnudos, apretó con la yema de sus dedos y clavó sus uñas en mi carne. Nuestras bocas se buscaron una vez más, las lenguas comenzaron a dialogar entre jadeos y ambas caderas comenzaron a llevar una danza erótica y rítmica.

Los dos tronos eran testigos de aquel momento, tan mudos como fastuosos, mientras que los distintos símbolos impresos en los muros narraban la historia de Kemet, la misma que se estaba escribiendo aún esa noche. Él gemía igual que una mujer, con el mismo tono, en forma de lamento. Sus largos cabellos negros, tan largos como los míos, tenían pequeños hilos de oro trenzado en pequeños mechones. Algunos de esos mechones caían sobre su torso, algo marcado y de pezones color caramelo, moviéndose como si fuera Apofis, el mismo que impedía que la barca solar de Ra defendida por Seth nos diera una nueva mañana.

—Khayman... —jadeó apartando su boca de la mía, para echar su cabeza hacia atrás y moverla de un lado a otro como si estuviera en trance. Sus cejas se fruncían como si estuviesen torturándolo, sin embargo sus labios se abrían para liberar gemidos cada vez más intensos.

—Enkil, amor mío—dije hundiéndome en su pecho para besarlo—, deseo que tu corazón siempre sea mío—murmuré entre jadeos mientras mis manos se deslizaban hacia la alfombra, para aferrarme a ella y poder tener mayor impulso.

—Te juro por Hathor que siempre lo será—su voz era cada vez más quebradiza, casi inaudible, pero su mirada se intensificaba como si fueran los rayos más ardientes del sol.

Nuestras caderas chocaban con furia y nuestras bocas se volvieron hambrientas. Llegué a morder su cuello mientras él se ocupaba de uno de mis hombros, atacándolo con lametones similares a los de un gato. El momento crucial llegó, mis manos se despegaron de la alfombra y se cruzaron con las suyas, enredando nuestros dedos. Él eyaculó primero, apretando sus nalgas y logrando que yo no pudiera soportar más aquella tortura. Me miró suplicante, perlado de sudor y con los labios color carmín.

—Tú eres los ojos de la luna y el sol, tú eres Horus que ilumina mis senderos. Me has hecho vibrar como hacía años. Khayman, nunca te alejes de mí—dijo aquello con esfuerzo mientras sus piernas caían agotadas y su pecho se movía agitado, pues a penas podía respirar—. He sentido como el Nilo se desbordaba entre mis piernas...—murmuró riendo bajo mientras me rodeaba con sus brazos, llevando sus manos a mi cabeza y obligándome a recostarme sobre su torso. Podía escuchar su corazón acelerado y eso me hizo ver lo importante que era aquel instante—. Tengo miedo.

—No tengas miedo, pues siempre estaré a tu lado.


Si hubiese sabido que Akasha me enviaría a buscar a esas pobres hechiceras y que todo cambiaría, absolutamente todo, hubiese aprovechado esa noche con mayor intensidad. Siempre creí que ella no nos dividiría, pero nos mató a los dos y nos alzó hacia la eternidad. Jamás quise estar en su contra, pero no tuve elección. Jamás dejé de sentir amor y respeto por Enkil, pues jamás dejaría de ser mi primer amor.  

viernes, 25 de julio de 2014

Golpe en la puerta

Golpe en la puerta... es una llamada de Lasher. A veces recordamos el pasado como si fuera hoy y a veces el pasado es hoy. Tal vez, para aquellos que no estén familiarizados con la descendencia Mayfair jamás comprendan éstas palabras, pero sólo les diré que el demonio ha cruzado de nuevo la puerta y pretende quedarse en el templo con sus sumas sacerdotisas. Ya está aquí. Reza. 

Lestat de Lioncourt 


Deja la puerta abierta, pues el cerrojo necesitará otra llave. Por favor, no cierres la puerta. Podré entrar por la ventana, pero prefiero ser recibido en tus brazos como el hijo que regresó a casa del padre. Soy la oveja negra, cuya lana a sido usada para tejer la telaraña que cuelga de las ramas del árbol familiar, y la luz que incide en la esmeralda, ofreciendo la esperanza y el camino al poder. Búscame en el último suspiro, correteando entre las faldas de la muerte y en la fría porcelana de la piel de las brujas que yacen en sus aterciopelados ataúdes.

Soy el hombre del jardín. Te escuché recitar la canción que animaba mi corazón, provocando que bailara entre las altas hierbas y el dondiego. Tranquila, mis labios están sellados. La bondad crecerá torcida. La sangre que salpica la entrada la ocultará el musgo. El diario del pecado saldrá ardiendo. Todo se consumirá. He visto como el fuego se alzaba con el cántico de ángeles puros que creyeron en mí, en mi doctrina y mi amor. Mírame, tomarás la eucaristía conmigo mientras las muchachas danzan en mi nombre. ¿Sabes mi nombre? Soy el Impulsor de todo, la chispa adecuada que prendió la antorcha, y el Santo que bajó de nuevo para tocar las cabezas impías.

Las abejas están llegando, ¿no escuchas su zumbido? Es el canto de la primavera. Ven a la colmena, ven a mi colmena. Se parte de mi reino. Acepta la miel que te ofrezco, saborea la dulzura excitante y olvida el concepto de bondad que te han enseñado. Trabaja en la colmena, se la colmena. La puerta estará abierta de par en par. La voz del Diablo canta de corazón dispersando su voz en el aire, girando suavemente su cuerpo y alzando sus brazos. ¿No lo hueles? Es el aroma de la primavera anidando en mi pecho, seduciendo mi aliento y confundiendo tus sentidos. Ven a mí, te daré miel y brotará de ti un nuevo panal.


Yo estaba allí cuando te despertaste ésta mañana... estaba muerto, pero tú me diste la vida.  

Me porté como Dios contigo

El siguiente texto es un lamento de Armand, aunque siempre se lamenta, sobre la situación con Daniel. Espero que lo comprendan y les agrade.

Lestat de Lioncourt 


Siento las manos cansadas, igual que mi espíritu. A veces, cuando toco mis anotaciones percibo la fuerza que ya no tengo. Me he convertido en un joven eterno con ojos de anciano. He visto tanto, he sentido demasiado y finalmente me he dejado arrastrar por la corriente. Sin embargo, cuando lo miro noto algo cálido en mi corazón. Creo que vuelve a latir firme y desafiante. Él es un misterio más profundo de todo lo inimaginable. Ni sé cuantas veces lo he negado, como se niega a Dios cuando la soledad te ataca y no quieres pensar que otro, que sabes que padeces, tan sólo contempla tu desgracia.

—Daniel, ¿podemos hablar hoy?—pregunté nada más llegar, sin siquiera atreverme a quitarme la chaqueta—. Daniel, querido, he traído a Benji para que puedas explicarle lo maravillosa que es tu nueva maqueta.

—¿Sigue loco?—susurró apretándome la mano derecha con las suyas—. Dybbuk, me da escalofríos.

—No está loco, mi amor, sólo evade su atormentada mente de éste plano—respondí—. ¿Por qué no vas al dormitorio y me traes unas cómodas zapatillas? Tengo los pies cansados a causa de éstos mocasines—solté mi mano de las suyas, lo tomé del rostro con ambas y besé su frente inclinándome suavemente hacia él. Si había un ángel ese era él, no yo. Un ángel de rizos negros, pestañas pobladas y ojos llenos de pureza. Mi ángel bizantino.

—Sí...—murmuró con tristeza, pues sabe que la esperanza aún está conmigo.

Me aproximé a Daniel con cuidado, quedando a sus espaldas y observando que sus manos se movían elegantes en la mesa. Construía una pequeña casa, de esas que suelen dibujar los niños con un sol a un lado y un enorme jardín. Techo de tejas rojas, fachada encalada de blanco y ventanas de madera. Era un pequeño pueblo de casas blancas, perfectas, como si un milagro las hubiese puesto sobre la ladera de una montaña.

—Daniel—dije alzando mis manos—. Yo...—balbuceé rozando el cuello de su camisa, justo antes de apretar sus hombros con mis dedos—. Yo aún te amo—rompí a llorar sintiendo como él se levantaba, me apartaba y me miraba angustiado—. Daniel, por el amor del Señor, háblame sin miedo ni tapujos. Por favor.

—Te desprecio—su voz sonó ronca, quizás por la sed de los días de ayuno. Sus ojos violetas se clavaron en los míos y me atravesaron el alma—. Vienes aquí esperando que te ame, buscando un amor que nunca me quisiste dar, y te atreves a traer a ese engendro tuyo. Largo de mi vista. No te quiero aquí. No te necesito.

Un mecanismo en mí se activó, me acerqué a él y lo abofeteé provocando que cayera al suelo. Benji apareció correteando al escuchar el golpe seco contra las losas, al verlo a él allí arrojado se acercó a mí y me abrazó.

—Vámonos, Benji, hice mal en venir. Aquí sólo hay un loco que se merece nuestras burlas, no nuestra compasión—susurré lleno de cólera, pero no era cierta ni una de mis palabras.

Ahora, en el confort de mi cama, mientras me rodea Benji con sus pequeños bracitos, esos que a veces son los únicos que desean abrazarme, pienso en él. Pienso en todas las cosas maravillosas que pude haberle mostrado. Me equivoqué. No debí hacerlo, pero a la vez soy incapaz de prenderle fuego. El Armand de otros tiempos, aquel de la Asamblea de París, no lo hubiese pensado ni un segundo. Daniel ardería como una antorcha si mis sentimientos no fueran puros y sinceros.


—No hay criatura más parecida a Dios que todos nosotros... podemos despreciar y amar al mismo tiempo, ocultando nuestros planes y dejando que nuestras manos construyan proyectos fallidos.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt