Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 10 de diciembre de 2016

Soy Arjun, no un monstruo.

Es cierto que pronto sabremos más de él, pero por ahora quedaos con esto.

Lestat de Lioncourt 


Mi nombre es Arjun. Por ahora me conoceréis poco o nada. Sólo se han dado algunos datos sobre mi persona, más adelante seremos compañeros en un viaje trepidante y doloroso. Actualmente no os diré dónde o cómo estoy, sólo quiero que os centréis en estas líneas y que tracemos juntos una división entre mi cometido, mis sentimientos y la verdad.

Marius me retrató como un hombre algo distante, de rasgos hindúes y diplomático a la hora del trato. No obstante también aseguró que mis sentimientos no eran bondadosos y podía herir terriblemente a Pandora. Ella misma dijo en sus memorias que yo le causaba terror. El terror que ella sentía hacia mí era diferente a lo que muchos confabularon. Marius jamás la amó del mismo modo que yo lo hice. Nunca fue capaz de protegerla, escucharla y honrarla como mujer.

Soy la división de dos libros, dos historias, dos vidas, dos seres, dos almas y por lo tanto dos virtudes. La criatura que se doblegó ante Marius, aunque sabía que su amor era decadente y por mera necesidad. Akasha le había pedido que buscara a Pandora, inyectando en él un deseo insaciable por encontrarla, provocando que usara a Bianca, una hermosa mujer, como lazarillo. Por mi parte decidí no arriesgarme, no oponerme, no ser el monstruo que muchos serían en mi lugar por celos o envidia.

Sí lloré, sí sufrí y sí rogué para que escuchara bien su corazón; pero a la vez dejé que decidiera. Sabía que la dañarían y aún así los puse frente a frente, dejé que discutieran y ella escribiera unas simples líneas para asegurarse que se verían. Él no vino. Dice que sus motivos fueron porque la mujer que iba con él, esa hermosa criatura llamada Bianca, se vengó ocultando la carta. No sé cuanto de verdad hay en esas palabras, pero Pandora se desilusionó y emprendió otro camino conmigo.

Pasadas unas semanas nos desvinculamos. No podía estar con ella aunque la amaba. Sabía que su corazón no me pertenecía. Regresé a la India. Poseía un lujoso palacio y numerosos sirvientes. Tenía la vida resuelta. No obstante me induje en sueños. Y hasta aquí puedo contaros de mi historia, y de los motivos por los cuales Pandora estaba sola cuando apareció para liberar al mundo de Akasha, cuando resurgió para hablar con David o marchó a comprobar que Lestat se encontraba catatónico.

Cuando amas a alguien del modo que lo hago yo no te importa si está contigo o con otro, si está libre como un ave en el cielo o solitaria brillando como una hermosa estrella entre la multitud. No te importa. Tú sólo quieres que exista una hermosa sonrisa en sus labios y una paz inmensa en su alma. Es lo único en lo que reparas. Porque ni todas los hermosos vestidos, joyas, libros, caricias y palabras que le ofrezcas no valdrán nada si no es feliz. Por eso preferí que ella tomase la decisión de estar a mi lado o marcharse lejos.


Os recuerdo que mi nombre es Arjun y os tiendo una mano por el recuerdo final de Sangre y Oro y el inicio de Pandora.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Cobarde!

Todos sabemos lo que ocurrió, pero no qué pasó después. ¡Ahora sí!

Lestat de Lioncourt 




—Cobarde—pronunció indignada.

Maharet se había marchado con los restos de Santino, así como con Thorne absolutamente ciego. El vikingo le había donado sus hermosos ojos a su creadora, la cual los aceptó como castigo por obrar en contra de su voluntad. Había matado a mi enemigo de forma sorpresiva, aunque ella había dictaminado que no se podía sentenciar a un hombre que ahora era justo. Nosotros comenzamos a discutir mientras Armand seguía sollozando observando el suelo negruzco donde había estado de pie, esperando sentencia, su “maestro” y “sacerdote”.

—¿Por qué?—pregunté asombrado por juzgarme de ese modo. No comprendía porqué se giraba como una fiera hacia mí.

—Has tenido que influenciar en un pobre desgraciado para que cometa el crimen que deseabas desde hace tiempo—contestó apretando los puños.

Volvía a demostrar su carácter. Quien diga que las mujeres carecen de ira, rabia o carácter explosivo no ha visto a Pandora en sus peores momentos. Sus ojos reverberaban una luz que los convertía en un fuego castaño que se lanzaba sobre mí como mil dagas. Sufría al verla así de nuevo y en mi contra. Era amar al enemigo y el enemigo lo sabía. Podía aplastarme si quería.

—¡Santino merecía morir!—Exclamé ahogado por la rabia— ¿Sabes cuántos de los nuestros murieron bajo su mandato?— La pregunta era retórica. Nadie sabía bien cuántos vampiros habían muertos achicharrados en aquellas hogueras mientras el resto danzaba, cantaba y aplaudía.

—Los mismos que con Armand y no te veo pidiendo su cabeza—dijo señalándolo. Él sólo se giró aseverando la mirada.

Sabía que era un ritual. Si había exceso de vampiros en la colonia aquellos que estaban empezando a perder el juicio, los que ya estaban cansados de vivir o simplemente el creador de dichos seres moría. Magnus lo hizo cuando creó a Lestat según la tradición de la dichosa Secta de la Serpiente. Pero una cosa es la realidad y otra cosa es mi sincera opinión. Armand lo hizo para sobrevivir, Santino por convicción y horror.

—¡Mató a mis pupilos, incendió mis obras y a mí mismo!— No salía de mi asombro. Ella debía saberlo y aún así lo defendía. Aquello me hería terriblemente. Era como si estuviese reviviendo el hecho una y otra vez. Debía pagarlo con su vida, con su existencia, con su preciado tiempo en este mundo...

—Tú matas cada noche porque el sabor de la sangre es delicioso, aunque no lo necesites más de una o dos veces al mes; y has quemado a otros dejándolos huérfanos de vida, sueños y verdad—su tono de voz era alto, pero aún no había gritado lo suficiente.

Tenerla allí, con el cabello suelto y esas prendas que parecía haber comprendido que pronto estaría de riguroso luto, me hacía daño. Me dañaba verla de ese modo. Se exaltaba como una fiera y en sí era una. Estaba a punto de echarme las manos encima para arañarme el rostro.

—¡Mentira!— Grité.

—¡Lo hiciste con pobres vampiros que estaban ciegos! ¡Los cuales no quisiste iluminar con la verdad, pero sí con el fuego! ¡Cretino!—se abalanzó hacía mí y me abofeteó con fuerza. Sus uñas rozaron mi piel y logró cortarme, aunque debido a mi poder y antigüedad se cerraron con un leve pestañeo.

—Pandora...—suspiré casi sin aire.

—Y me dejaste abandonada para ir en busca de conquistas y batallas. Las mismas batallas que acabaron con cientos de vampiros carbonizados. ¿Quién eres tú para juzgar a Santino? ¡Él al menos pidió disculpas y te salvó la vida! ¡Estás vivo gracias a él!

Esas palabras eran dagas directas a mi honor, orgullo y hombría. Incluso eran directas a mi fe en la justicia. Me hacía ver como un sinvergüenza que sólo buscaba venganza.

—¡Cállate, mujer!—mis ojos eran fuego, como los suyos. Estaba a punto de llorar por ira y desesperación, pero me mantuve allí en pie sin atacarla y sin responder a ese bofetón que me había ofrecido.

—¡No pienso hacerlo! ¡No pienso callarme! ¡Tú no eres nadie para callarme!

Nada más pronunció esas palabras se marchó dando un fuerte portazo. Cruzó la vivienda y salió a la nieve. La vi caminar por aquel bosque nevado antes de alzarse. Armand se incorporó suspirando pesadamente, secándose las lágrimas e ignorándome. Los dos me reprobaban.



jueves, 8 de diciembre de 2016

La mujer que no supe amar.

Yo también me hubiese ido.

Lestat de Lioncourt


Radiante como un sol al amanecer, hermosa y perfumada como las flores de un jardín en primavera, delicada igual que las caricias que ofrecía a sus amantes y fuerte... eso era Bianca. Una mujer dura y desafiante. Si bien ella sabía hacer negocios mejor que cualquier otra dama de la sociedad. Aquella época en la cual la mujer era meramente un objeto decorativo, un florero hermoso para deslumbrar a las visitas, ella hacía tratos con la nobleza y artistas indeterminados que acababan siendo codiciados. Era la musa de poetas, pintores, escritores y filósofos. Mujer de miles, pero sólo abierta de par en par para unos pocos. Se dejaba amar, adorar y halagar; pero ella no era fémina que vendiera barato su corazón ni el yacer entre sus sedosas sábanas.

La amé a mi modo. Aunque mis modos son siempre egoístas. Adoraba ir a su palacio, recorrer sus salones, conversa con otros hombres, degustar las conversaciones poéticas y las de simple política. Escuchaba historias sobre naufragios, pero también sobre asaltos en los caminos y grandes eventos que iban ocurriendo a lo largo y ancho de Italia. Estaba en casa, pero a la vez me hallaba fuera de tiempo. Mientras me movía entre los hombres con aquellos trajes tan estrafalarios, con pelucas empolvadas y zapatos de tacón echaba en falta mis túnicas simples, mis sandalias de cuero cómodas y el hablar de guerra. Ya nadie hablaba de Alejandro Magno, pero sí de rutas de comercio.

Fui cruel. Admito que la usé. Usé a la mujer que me salvó de aquel monstruoso incendio, la que rezó día y noche por la salud de nuestro Amadeo, esa que se desvivía en atenciones y que me besó cientos de veces los labios llamándome maestro. Hice su cuerpo mi templo, de sus muslos surgieron los mejores versos y entre sus pechos recordé como olía una mujer. Su piel pálida, como la nieve o las azucenas, me recobró la esperanza y a la vez fue lienzo de caricias indecentes. Sus ojos, que eran hermosas gemas, se clavaban profundamente en mi corazón hablándome sugestiva y excitante. Fue un revulsivo. Durante algunos años me apoyé tanto en ella, en la mujer a la que le di la oscuridad e hice hija mía, que se convirtió en mi lazarillo. Se lo pagué mal. No le dije el motivo por el cual buscábamos a Pandora y ella se sintió herida. Realmente me amaba. Me amó tanto como Amadeo, como Pandora y como yo mismo me mamo. Mi ego, mi orgullo insano y mis mentiras me hicieron volver a estar solo.


A veces me pregunto qué fue de ella, pero no se deja buscar. Tampoco me he puesto a remover los cielos y la tierra. Se fue porque me odiaba, porque no soportaba lo que yo era realmente, ya que se vio desencantada. Si no quería quedarse, ¿para qué buscarla? ¿Con qué fin? Con ninguno. Por eso guardé silencio y rogué a este que me perdonara.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt