Demandaré a todo aquel que me plagie o acose en mi blog. La homosexualidad no es delito, tampoco es expresar este sentimiento y me parece deprorable que alguien lo use para insultar. También lo haré a todo aquel que tome mis textos o novelas sin permiso para uso publico o para sacar dinero con mi esfuerzo.

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 24 de abril de 2014

No nacimos humanos, nacimos Mayfair

Memorias Mayfair y Crónicas vampíricas juntas. 

¡Atención! El poder ciega, contamina el alma y te lleva a elecciones arriesgadas. El amor también. 

En éstas memorias conoceremos el motivo por el cual Rowan Mayfair tuvo que dejarme, los planes que tiene Julien y los deseos de Mona. 

Lestat de Lioncourt 

PRIMERA PARTE: MEMORIAS DEL HORROR 



Lunes 21 de Marzo del 2014, New Orleans.

El golpeteo de sus zapatos de tacón corto había sido el único ruido que se había escuchado en horas por aquel pasillo, como si ella fuese un fantasma y decidiese que aquel lugar laberíntico sería su última morada. Se ajustaba la bata con elegancia mientras acomodaba sus suaves, ondulados y algo largos cabellos de oro. Parecía una muñeca perfecta escapada de una tienda de modas. Llevaba un traje sobrio de pantalón algo ajustado, pero cómodo, y una camisa tan blanca, y pulcra, como su bata. En el bolsillo derecho superior de la bata se hallaba una pluma, la misma con la cual había firmado horas atrás un documento de Mayfair and Mayfair, y su nombre en un placa simple, pero elegante, en la cual se podía leer “Doctora Rowan Mayfair”.

Se encontraba atada de pies y manos, pues la familia le había hecho elegir entre la destrucción de todo lo que amaba o acceder a una burda triquiñuela. Todo había comenzado meses antes cuando Oberon interrumpió en su despacho, algo agitado, mientras que sus hermanas revisaban algunos documentos en la planta superior de Mayfair Medics.

—Julien ha vuelto—dijo mirándola con aquellos profundos ojos, de una profundidad similar a la de Ashlar—. No estoy bromeando.

—Los fantasmas siempre vuelven—susurró con frialdad abriendo uno de los archivos de su dispositivo usb.

—¡No! ¡No entiendes!—entró en la habitación sin siquiera pedir permiso, cerró de un portazo y se precipitó sobre la mesa—. Carne y hueso.

Oberon era descendiente de Ashlar y Morrigan. Rowan aún recordaba a ese enorme gigante de cabello negro, canas en sus patillas y rostro bondadoso. Podía sentir aún sus manos sobre las suyas, la mirada cándida al contemplar sus hermosas muñecas y el dolor que podía apreciarse en sus palabras. Él sufría en soledad mientras Morrigan se desarrollaba en el vientre de Mona. Aquella mujer Taltos, tan idéntica a su madre, que había surgido de una relación fogosa con su esposo Michael Curry. Contemplar a Oberon era contemplar la inteligencia de Mona en un envase similar al de aquel hombre atento, apuesto y desesperado por ocultar la tragedia de su pueblo.

Julien había rogado destrozar a Lasher y le había encomendado a Michael el trabajo, pero él era tan sólo un fantasma. El mismo fantasma que reinaba en la propiedad principal de los Mayfair, la casa de First Street, y que de vez en cuando se paseaba por New Orleans como si siguiese vivo. Sin embargo, Oberon decía que Julien estaba vivo y sin duda debía creerlo. Últimamente los muertos parecían cobrar su fuerza.

—Explícate—dijo seria observándolo con aquellos enormes ojos grises—. Habla.

—Viene hacia el despacho. Lo he visto en el hall—comentó alejándose de la mesa para mirar las paredes, los libros y las pinturas—. Hay peligro.

Oberon podía ser cínico, en ocasiones cruel, pero sin duda era leal y había aceptado aprender de su mano. Ella controlaba a las dos hembras, Lorkyn y Miravelle, así como a su hermano Oberon. Ellos eran los únicos descendientes de Ashlar que quedaban vivos.

En esos momentos aún sentía como su cabeza daba vueltas. Desde hacía meses había ocultado a Lestat su nueva dirección, olvidado todo lo que con él había vivido y enterrado cualquier esperanza. Su pasado la había perseguido de nuevo con la sonrisa gentil, abierta e inteligente de Julien. Julien Mayfair había regresado gracias a un trato perverso con el demonio y ella se encontraba allí, con sus peores miedos a flor de piel.

Durante toda la noche había deseado huir del hospital y adentrarse en los pantanos. Quería ser libre, pero Hazel necesitaba a su madre y sabía que la dañarían, al igual que dañarían a Michael, si no colaboraba. Tenía sentimientos encontrados pues aquello a lo cual asistiría era un milagro, pero también una abominación. Pronto habría otro Taltos en el mundo hijo genéticamente de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair, pero nacido de las entrañas fértiles y delicadas de una mujer Mayfair.

Liliana Mayfair siempre fue una niña sana físicamente, pero sus facultades intelectuales estaban mermadas. Contaba con veinte años, si bien no tenía más de unos diez años mentales. Sus poderes la habían truncado convirtiéndola en un ser tan bobo como Belle Mayfair. Era una bruja poderosa, pero su cerebro no se desarrollaba. Sin duda era el conejillo de indias perfecto para Julien. Él la había escogido.

—Rowan... Rowan... ¿qué demonios estás haciendo?—se dijo mirando el reloj antes de entrar en el paritorio.

Allí, en uno de los paritorios del hospital que ella misma había decidido construir, se encontraba la muchacha visiblemente nerviosa, asustada y adolorida. En la ansiéptica habitación se hallaban tres reconocibles figuras. Julien Mayfair, sentado en una silla de ejecutivo, Tarquin Blackwood y Mona Mayfair.

—Querida, llegas justo a tiempo—susurró con una sonrisa maliciosa, aunque sin duda atractiva, mientras se acomodaba en la silla apoyando sus codos sobre los apoyabrazos.

Julien llevaba un elegante traje blanco, con una bonita corbata roja en tono burdeos y un magnífico pañuelo del mismo tono en su ojal. Tenía el cabello cano bien peinado, las arrugas de su rostro le daban un aspecto bondadoso y sus ojos centellaban. No era humano, aunque nunca lo fue realmente, pero tampoco podía considerarse un simple brujo. Memnoch le había conferido nuevos poderes cuando le transmitió la nueva vida, pero no era un demonio como se esperaba. Julien era en esos momentos, sin duda alguna, uno de los brujos más importantes e imponentes.

Tarquin se encontraba a su lado derecho, de pie, con un aspecto elegante pero visiblemente nervioso. Sus cabellos negros y rizados caían sobre su frente. Tenía sus hermosos ojos azules clavados en la camilla. Llevaba un elegante traje de firma italiana, negro y sobrio, con una camisa blanca y una corbata del mismo tono que su mirada. Mona estaba colgada de su brazo, con su cabeza pegada a su pecho y de igual modo miraba a la joven. Tenía sus ojos bien atentos, abiertos y desesperados porque todo fuese bien.

Rowan estaba horrorizada. Sabía que aquello era el inicio de un terrible problema. Los Mayfair tendrían mayor control que nunca sobre ella; pero también tendrían dominio sobre su hospital, el cual era uno de los más importantes de todo el país, y su familia. Si bien, pronto la habitación se llenó de un dulce aroma y pronto comprendió que no se hallaría sola enfrentándose a un parto tan terrible.

Los cabellos rubios de Liliana estaban pegados a su frente sudorosa, así como a su cuello y sus pechos. Estaba desnuda, con sus piernas puestas en el potro del paritorio y sus muñecas, así como sus tobillos, se encontraban atadas con grilletes. Su vientre se movía pues el Taltos estaba a punto de nacer.

—¿Quieres que te ayude?—preguntó Miravelle con su dulce voz mientras se recogía el cabello rubio en una coleta.

—¿A ti te ayudaron a nacer? No seas boba—respondió Lorkyn con su despampanante mirada, su elegancia y astucia, dejándose ver incluso en su forma de moverse. Aquella pelirroja fuerte y deslumbrante parecía una réplica de Mona, aunque mucho más alta y con algunos rasgos de Ashlar.

—Esto me recuerda al círculo de piedras que decía Ashlar—Oberon alzó sus cejas oscuras y se aproximó a la muchacha justo en el momento que el Taltos salía.

Sus pequeñas manos aparecieron ayudándose a él mismo en el parto. Aquel bebé comenzaría a caminar y hablar en breves minutos. Tarquin miraba aquello atónito, casi a punto de desmayarse, mientras que Mona recordaba, casi entre lágrimas, el parto que tuvo en aquella destartalada donde Dolly Jean llamó a la criatura “bebé que anda y camina”. Los gritos de Liliana eran terribles, casi igual que terrible que la cara de fascinación de Julien. Él había pedido que destrozaran a Lasher, pero ahora estaba empeñado en hacer más fuerte y extensa la familia.

La muchacha cedió al dolor y el desgaste quedando exhausta, perdida en el mundo de los sueños, mientras aquel horripilante ser se enganchaba a sus senos y bebía su leche. Mona se apartó de su noble Abelardo, el cual aún temblaba, para acariciar suavemente sus cabellos negros. Aquel ser sería sin duda alguna el heredero legítimo de su sangre. Sus nietos la observaban confusos pero alegres, pues era el nacimiento de un nuevo ser como ellos. Tarquin aún temblaba y prácticamente se apoyaba en algunas máquinas que eran parte del material médico.

Rowan sentía que se iba a desplomar. Quería gritar, pero sólo podía abrir los labios y contemplar aquel horror. Recordó a su pobre hija, una mujer alta y hermosa que jamás hizo daño a nadie, naciendo de ese modo mientras recordaba que debía buscar a Michael. Aquello la destrozó de nuevo. El fantasma de Emaleth se precipitó sobre ella, sobre todo cuando Miravelle la tomó del brazo. Su cabello rubio, abundante y hermoso, con aquellos ojos deslumbrantes y su piel infantil suave rozándola. Casi estuvo a punto de chillar, pero volvió a controlarse recobrando la compostura. Aquella mujer ya había cumplido más de una década a su lado, era la dulce Miravelle y estaba preocupada.

—Déjala o terminará gritando—dijo Lorkyn agitando sus cabellos pelirrojos mientras miraba como si nada al nuevo Taltos.

—Padre no estaría de acuerdo—susurró provocando que inclusive Julien la mirara—. Pero... no tengo voz ni voto en ésto.

—Es mejor que guardes silencio—dijo Oberon—. Me pregunto si me dejará tomar algo de leche...

—Oberon la leche es para él—respondió Lorkyn acercándose a él para apartarlo.

Los tres comenzaron a cantar aceleradamente y sólo se escuchaba un silbido extraño. Lasher también lo hacía, cantaba así para la hija que esperaba. Rowan se llevó las manos a la cabeza y dio dos pasos hacia atrás, sin embargo chocó con una imponente figura. Era un ser alto, hermoso y para nada humano pero tampoco un Taltos. Rápidamente se alejó al recordar como Lestat, a quien pertenecía gran parte de su corazón y pensamientos, había descrito en un millón de ocasiones a uno de sus más terribles enemigos.

—Oh, Memnoch—susurró Julien antes de dejar escapar una carcajada—. Mon fils, acércate y disfruta del espectáculo.

—Precisamente vengo a celebrar tu victoria, Julien—su voz era varonil, oscura y claramente maliciosa.

¿Dónde estaba Michael para sostenerla? ¿Por qué no se encontraba allí? Al menos él mantendría la calma y la obligaría a no volverse loca. No había escapatoria. La pesadilla había regresado. El mundo conocería un nuevo Taltos hijo de Mona Mayfair y Tarquin Blackwood. ¡Y ella había colaborado! ¡Qué desastre!


Martes 22 de Marzo del 2014, New Orleans

Escogió el nombre de Alvar Mayfair y una ropa muy elegante para hacer su presentación. Se encontraba frenético, alegre y elocuente. Decía recordar cada calle como si ya la hubiese pisado. Su padre lo observaba entre aterrado, fascinado y orgulloso. Mona, su madre, simplemente apretaba suavemente el brazo de Tarquin esperando que comprendiera que no era sólo un capricho. Ver muerta a Morrigan fue terrible y aún más terrible saber toda la epopeya que ella había sufrido. Pudo vivir un milenio, incluso dos, pero el mundo la había sepultado en hielo fruto de terribles encuentros con el narcotráfico y sus propios hijos.

—¿Podre conocer a Lestat?—preguntó provocando que Julien se girara en la limusina para verlo— ¡Seguro que es tan divertido y heroico como dice papá!

—Es sólo un payaso. Un charlatán más—dijo el líder de los Mayfair visiblemente molesto.

—Pero...

—Tesoro no es momento de molestar al tío Julien—susurró Mona con tono condescendiente—. ¿Quieres un vaso de leche fresca? Tenemos varios botellines en la nevera.

—Sí, tengo sed.

Alvar tenía la belleza de Tarquin y Mona, una elegancia arrolladora y una caballerosidad que sólo podía señalarse como típicamente Blackwood. También era muy emocional y terriblemente seductor. Justo esa noche había intentado coquetear con varias mujeres que se habían interpuesto en su camino, también con un muchacho que a penas tendría los veinte años. Disfrutaba siendo elegante, caminando igual que Tarquin sin parecer desgarbado y acomodándose la chaqueta como lo hacía Julien.

Viajaban hacia Mayfair and Mayfair para solicitar que él entrara en los planes Mayfair. Pronto desarrollaría ideas, haría negocio en la ciudad y se convertiría en uno de los jóvenes más brillantes de la familia. No, Julien no desaprovecharía la oportunidad. Ese Taltos no se pudriría en un hospital llevando informes, atendiendo pacientes y sonriendo mecánicamente. No. La medicina no era para él. Aquel brujo había visto en aquel muchacho un diamante en bruto.

—Memnoch hará un preciado regalo a todos los Mayfair. Serán mortales, pero rejuvenecerán y tendrán mayores poderes. Claro está, sólo los brujos y brujas—aquella confesión provocó que ambos vampiros lo miraran sorprendido—. Ahora está de nuestra parte.

Hazel había cambiado de nombre, Rowan había marchado junto a Michael nuevamente hacia San Francisco, y los Mayfair de New Orleans vivirían una época dorada que jamás creyeron conocer. Pronto el mundo sabría que era ser un Mayfair. Un nuevo monopolio empresarial comenzaría.

Las oficinas Mayfair and Mayfair se hallaban completamente iluminadas. No solían trabajar hasta tan tarde, pero había sido una petición expresa de Mona y de Julien. Nadie podía creer en la familia que un milagro como aquel ocurriera, pero inclusive Pierce no había tenido reparos de comentarlo en más de una ocasión con su futura esposa. La limusina aparcó en la cera contigua y todos los ocupantes descendieron.

Mona tomó a Alvar de la mano, como si fuera un niño, e intentó que no se dejara llevar por las luces eléctricas de los locales de comida cercanos al edificio. La música jazz, soul y r&b sonaba sin cesar junto a un rock ciertamente atractivo. Para un Taltos la música es vida y él se echó a reír mientras ella lo contenía. Tarquin vestía igual de elegante que su joven prodigio, pero Mona había decidido ser más desenfadada y enfundarse en un traje rojo despampanante y llevar unos tacones de infarto. Julien seguía llevando un traje blanco, aunque con un corte más clásico que la noche anterior, junto con unos lustrosos mocasines del mismo color. Todos parecían dispuestos a entrar en la firma de abogados e imponer sus deseos.

El primero en acercarse a ellos, saliendo de las oficinas, fue Ryan que había recobrado el color de sus cabellos y ya no lucían tan blancos. Tenía menos arrugas, estaba algo más delgado y parecía un maniquí en aquel traje azul marino, camisa de algodón blanco y corbata carmesí. Sin duda alguna Julien había hecho un pacto terrible y la familia volvía a estar maldita, aunque de una forma distinta.

—Bienvenidos, el contrato está listo.

—¿Qué contrato?—preguntó Alvar con aquella voz seductora, casi idéntica a la de Tarquin—. Papá ¿qué contrato? ¿De qué habla?

—Hijo, pronto tendrás parte de mi fortuna y la fortuna de tu madre. Nunca te faltará de nada. Además, Julien hará que aprendas a dirigir ciertos negocios— lo miraba con orgullo y amor, como un padre mira a su hijo, y en parte comprendió porque Mona deseaba tener un pequeño propio. Él ya había sido padre con Jerome, un chico que ya era espigado y listo, pero ella había perdido a su hija y esto era algo más que un capricho. Alvar era inteligente y educado, cosa que le enorgullecía, y que pronto daría sus frutos.

—Así es—dijo Julien antes de echar a caminar hacia el interior.

Los documentos pronto se firmaron, Alvar quedó inscrito como Mayfair, y Julien, una vez más, se salió con la suya.


miércoles, 23 de abril de 2014

El Paraíso perdido

Bonsoir mes amis

Tarquin Blackwood nos ha dejado su lado más oscuro para dedicarle a mona un texto muy llamativo. ¡Lean!

Lestat de Lioncourt

Aún puedes navegar por las contaminadas aguas de mi oscura mente, allí donde la oscuridad se convierte en petróleo y el púrpura se confunde con el horizonte. Mis ojos pueden confundirte, así como mi aspecto gentil y mi sonrisa estúpida. Mírame bien, obsérvame una vez más, pues soy un pequeño monstruo de tratos elegantes y ojos cargados de delicioso pecado color zafiro. En mi pantano podrás encontrar la muerte, mi querida niña, pero para ti construiré un palacio alzándose en las viejas ruinas de una tumba sin nombre. 

Mi aspecto frágil es sólo una estrategia, mis dedos largos penetrarán tu alma y buscarán el amor que me profesas. Seré tu noble Abelardo y tú serás Ophelia Inmortal nadando por siempre entre las aguas infectadas de caimanes. Ven, acompáñame. La maldad también anida en la belleza y en una simple sonrisa. Puedo ser gentil, pero también una bestia. Tú conoces mi doble juego, comprendes mi alma y eres la compañera que hicieron para mí y para el edén que te muestro. 

Ven conmigo mi hermosa muchacha de cabellos de fuego, desata aquí tu imponente fuerza y muestra a todos que la noche es eterna en New Orleans. Los dos nos contemplaremos, observaremos la muerte y sonreiremos siendo igual que Dorian Gray. Eternamente atractivos, con las almas hundiéndose en la pétrea oscuridad de las aguas que besan el Santuario. 

Derramaré lágrimas para regar el jardín salvaje que nos han cedido... un pantano, millones de dólares y la libertad de ser jóvenes. ¿Alguien dijo miedo a la muerte y al futuro? La libertad que gozamos será plena. Mona, se mi Eva.

Roja pasión desbordada 
allá donde el mundo ya no nos aguarda.
Roja pasión en tus labios de lirio 
bañémonos en éste maldito delirio. 

Tú y yo, pecado inmortal. 
Más allá de la realidad. 
Tú y yo, pecado de sangre... 
entre las calles de la ciudad. 

Sensaciones, sentimientos y un pantano

Memorias de Avicus y Mael, ¿qué será lo que están sintiendo? ¿Qué ocurre? ¡Lean!

Lestat de Lioncourt 


Mael era un enigma aún a día de hoy. Cuando su sangre llenó mi boca y pude absorber algunos de sus recuerdos, aquellos que marcaron su vida y por lo tanto fortalecieron un carácter explosivo, los cuales aún porto en mi memoria siendo parte de mí. La vida humana que le arrebaté fue pagada con creces con la inmortalidad, sin embargo él en ocasiones parecía reticente a valorarla del mismo modo que otros lo hacían. Solía quedarse en silencio observando el fuego de la hoguera, dejando que sus pensamientos le hundieran en un arrebatador y sobrecogedor momento en el cual la leña quedaba reducida a cenizas. Contemplarlo de esa forma, tan concentrado, era un pequeño placer que otros no poseían.

Los siglos nos habían separado, dividido, doblegado, hundido, despreciado y colocado cada uno en su lugar. Como si fuéramos dos peones de un enorme tablero de ajedrez, o simplemente dos muñecos desgastados, nos colocábamos frente a frente con la malsana idea de recobrar el tiempo perdido. Los meses en su compañía se habían convertido en algo más de un año y ese año en una vida intensa, pero a la vez sobria y acogedora.

Aquella noche nos habíamos adentrado en el pantano. Las aguas turbias parecían alquitrán recién asfaltado, los árboles recogían el canto del viento agitando sus ramas y la luna se alzaba distante, frívola y terrible. La belleza que poseía aquel lugar era extraña, pero Mael parecía sentirse tan cómodo como en los bosques que en otras épocas habíamos recorrido. Su aspecto delgado le daba un toque desgarbado cuando se agachaba, brincaba de orilla en orilla y buscaba entre las luciérnagas un lugar para descansar. Tenía el cabello suelto y largo, tan lacio como siempre, ofreciéndole una belleza indómita a sus rasgos suaves pero varoniles. Su nariz no era tan aguileña como Marius solía afirmar, sino algo más suave, sus labios eran carnosos y tenían una sonrisa distinta a la habitual. Buscaba algo, pero no sabía que era realmente.

—Mael, detente—dije tomándolo del brazo derecho para que parara sus pies—. Mael ¿dónde vas?

—Quiero alejarme de todos—respondió apartándome sin suavidad alguna—. Inclusive de ti, pero veo que me sigues allá donde voy.

—Mael, no es tiempo para discusiones—comenté tomándolo de los brazos, pero se revolvió zafándose de mí. Sus ojos centelleaban como dos glaciales fríos y perversos. Tenía un aspecto intenso, espectral y prácticamente parecía hecho de cera. A pesar que había salido ardiendo años atrás, debido a su exposición al sol, él había recuperado su piel lechosa.

—Quiero mi soledad—sus ojos se vieron fieros, desgarradores y desafiantes. Sus labios parecían quebrarse en una amarga mueca mientras se veían sus colmillos.

—Me iré, pero si me voy no volveré—reconozco que amenazarle no estuvo bien, pero era una forma de controlar la situación.

Algo ocurría y él no quería hacerme partícipe. Podía sentir como sus sentimientos afloraban, pero la comunicación entre ambos siempre había sido nula debido a la unión de sangre que ambos poseíamos.

—¡Por qué eres tan terco! ¡Simplemente necesito estar a solas!—gritó.

—¿Ya no te agrada mi compañía?—pregunté tomándolo del rostro mientras apoyaba mi frente en la suya.

—Avicus, necesito hundirme en...—balbuceó antes de quedar silenciado por un beso.

Sus labios siempre eran suaves a pesar de las palabras que siempre profería. Por brusco que fuese por dentro era distinto. En la caverna donde se hallaban sus sentimientos, aquellos que realmente secuestraban la verdad y la hundían para mi deleite, mostraba a un hombre mucho más cercano, tierno y en ocasiones desconcertante. Era sabio e indomable. Sin duda era un guerrero que no soportaba los momentos lacónicos de Marius, al cual apreciaba a su modo.

—¡Avicus!—dijo apartándome para mirarme igual que una fiera—Algo ocurre...

—¿Qué ocurre?—pregunté mirándolo con cierta inquietud.

—No lo sé.

Una ráfaga de aire movió su cabello dejando que su rostro quedara oculto sin mechón alguno. Su ceño estaba fruncido y su aspecto era delicado a pesar de todo. Era un guerrero, un hombre curtido en batallas y sacrificios, pero sin duda alguna era un vampiro intuitivo que presentía que algo estaba a punto de suceder. Tan sólo llevábamos unas camisetas negras y unos jeans. Él tenía botas, las cuales estaban llenas de fango, pero yo iba descalzo. Habíamos salido del refugio que compartíamos precipitadamente. Él no me había pedido que no le siguiera ni había rogado que le acompañara.

—Algo ocurre y por primera vez siento pánico. Ni siquiera me sentía tan confuso con los últimos ataques que han ocurrido—comentó aproximándose a mí para hundirse en mis brazos.

Buscó acomodarse contra mi pecho, apoyó la cabeza cerca de mi hombro y permitió que le rodeara mientras mis manos acariciaban sus largos cabellos dorados. Tenía un aspecto delicado y terrible. Parecía perdido, quizás por las sensaciones que podían vibrar en cada uno de nosotros. A decir verdad yo también lo había sentido, pero había decidido negar la sensación y proseguir con mi historia.

Cuando alzó su rostro nos miramos sin decir nada. Ambos sabíamos que el dolor del pasado persistiría y que la sensación que nos acuchillaba no se calmaría; pero estábamos juntos, ilesos y desafiando a nuestra propia historia. Mael colocó sus manos sobre mi torso y las movió hacia mi cuello, subiendo por mi mandíbula hasta mis mejillas y dejando, al fin, sus dedos fríos sobre mis labios.

No dudé ni por un instante el arrojarlo contra el suelo. Fue algo violento, pero él conocía mis instintos más primarios. Podía parecer sosegado, pero siempre la tormenta tiene un momento de calma entre la destrucción.

Allí arrojados le arranqué la ropa, así como destrocé la mía, para caer sobre él mordiendo su cuello y clavículas. Mi boca se perdía por su figura mucho más frágil y de complexión delgada. Su piel era suave, tentadora y poseía un aroma agradable. Sus pezones rosados comenzaron a endurecerse mientras mis labios los rodeaban. Mael se dejaba hacer como si fuera una mujer desesperada por sentir la semilla que le brindara la magia de la vida, pero él era un hombre y ambos vampiros desesperados por tener contacto más allá del vínculo de sangre.

Sus manos se perdían en mis cabellos negros, algo largos y ondulados, mientras las mías iban a su cadera deslizándome hacia sus ingles y muslos. Las piernas de Mael se flexionaron y su espalda quedó encorvada mientras tiritaba. La noche era agradable, pero húmeda, y nos hacía sudar algo más de lo normal; pronto estábamos perlados de sudor y él susurraba mi nombre entre jadeos.

Nuestras miradas chocaron como si fueran dos espadas y él giró su rostro con sus mejillas arrobadas. Tenía los labios abiertos dejando escapar algunos jadeos y suspiros de amor, mientras que sus piernas temblaban sintiendo mis manos, mis labios, mi lengua y mi aliento. Mordí su cadera y abrí mejor sus piernas colocándolas alrededor de las mías. Entonces, sin preámbulo alguno, le penetré arrancándole un gemido ronco que provocó que sus brazos temblaran, sus dedos se cerraran y tirara de varios de mis oscuros mechones.

Confieso que mis primeros movimientos dentro de él eran suaves, sin embargo no tardé en moverme fuerte, rápido y profundo. Mis jadeos estaban mezcladas con palabras que él únicamente entendía. Mi afecto se desbordaba mientras él me juraba amor. Podía ver el amor yacer en sus pupilas, como si fueran un enorme glacial cálido, y también crecer en sus gemidos y lamentos. Sus piernas se apretaban con firmeza, sus brazos me rodearon rápidamente por debajo de las axilas y sus manos jugaban con las puntas de mis mechones. En cada beso dejábamos nuestras almas, o al menos un buen pedazo de ella, para luego ofrecernos unas miradas ciegas por la lujuria.

El ruido de la naturaleza era agradable, pues en medio de ésta jamás había silencio. El chapoteo de algún animal, el zumbido de los insectos, la maleza aplastarse bajo el cuerpo de Mael, el sonido de las ramas o simplemente las ranas croando eran parte de aquel lugar, pero sobre todo era parte de nosotros. Siempre seríamos salvajes adictos a la naturaleza.

Se retorcía igual que una víbora, pero sobre todo se agitaba. Pronto llegó al orgasmo final y yo le acompañé poco después. Habían sido unos deliciosos segundos de diferencia, pero había merecido la pena. Él se mostraba exhausto, perlado en sudor y sin pensar en aquellas sensaciones. Momentáneamente habíamos alejado nuestros demonios encerrándonos en un paraíso convertido en infierno.

—Lo lamento—murmuré sin arrepentimiento real, pero debía decirlo. Mi boca buscó la suya una vez más y quedé recostado sobre su pecho, mucho menos robusto—. Yo también lo siento.

—Algo sucederá... pronto... pero me alegro tenerte cerca ésta vez—dijo con el rostro serio, pero los ojos con un brillo intenso—. Te amo.


—Yo también te amo y respeto, Mael—dije cerrando los ojos para perderme en la agradable sensación de estar en un mundo natural, casi perdido, junto a él.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt