Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 20 de septiembre de 2014

Sheol

Memnoch me dio esto. ¿Tengo que tener miedo? ¿Puedo salir corriendo? ¿Puedo gritar llamando a mi madre? ¡Mamá, el coco me persigue!


Maldito demonio...


Lestat de Lioncourt 


Las almas son arrastradas aquí, empujadas hacia mí, mientras contemplo como unos y otros aún se desafían. Parece que fue ayer cuando éste lugar era lóbrego, casi vacío, y las almas que estaban aquí tan sólo lloraban su penosa suerte. El infierno se ha convertido en un lugar concurrido donde todos se acusan con el dedo, señalándose furiosamente, mientras se miran con desprecio. Políticos corruptos y opulentos, banqueros sin escrúpulos, empresarios que amasaron fortuna torturando a sus empleados, jóvenes descreídos enfermos por las drogas, mujeres que decidieron quitarse la vida, hombres que mataron con sus propias manos a sus hijos, mercenarios, asesinos en masa, crueles déspotas y demás despojos. Todos unidos en un grito imposible de soportar.

Dios me dio una misión. Estoy aquí observando a todos intentando decidir las diez almas. No sé aún como elegir siquiera estas. Tal vez por los arrepentidos, los descreídos, aquellos que tuvieron una vida dura y tuvieron que robar las migajas que otros lanzaban a sus caras. No lo sé. Tan sólo observo. Y mientras miro a los ojos a esos condenados, perdiéndome en sus rostros lacerados por el miedo y el dolor, recuerdo los suyos. Él, ahí de pie, intentando ser el príncipe valiente mientra sus piernas temblaban queriendo huir.

Lestat siempre me pareció idóneo para lanzar mi mensaje. Él llegaría a las masas. Cuando él habla es como un Mesías. Todos callan, guardan sus pensamientos, y agitan sus manos hacia el cielo esperando un milagro. Todos. No hay nadie que no crea que él pueda traer un mensaje propicio. Muchos le detestan, pero cientos le veneran. El amor se hizo de odio, o quizás es el odio, cuando él apareció triunfante mostrando su mejor sonrisa. Es un vampiro con corazón de niño, pues aún tiene inocencia y la malicia que desprende, esa que siempre dice tener, no es más que la travesura de un niño. Quiere ser libre y eso lo hace diferente, pues muchos dicen desear la libertad pero la temen. Él no teme a nada, salvo a la soledad. Sin embargo, aprendió a caminar por sus calles y se hizo eco de su voz. Él sabe estar solo, pero no es agradable escuchar sus pensamientos a cual más atrevidos.

Lo elegí a él. Como Dios eligió crear a los hombres, las aves o las plantas. Yo lo decidí. Fue bueno que lo hiciera. Sin embargo, ¿sabía yo que lo amaría? Tal vez ya lo amaba. Sentía una atracción casi magnética cuando deposité mis ojos en él. Siempre sería ese muchacho que cabalgaba entre los bosques, con su escopeta cargada, buscando una nueva pieza de caza para llevar a la mesa. Nunca fue cobarde, salvo en contadas ocasiones porque temió por todos. El miedo fue su jaula, pero pronto fue arrancando barrotes. Ya casi no hay nada que lo retenga, ni siquiera la soledad.

Sentado aquí me compadezco. Amar no es propio de demonios. La obsesión no es aceptable. Mi reino se derrumba entre sollozos y gritos de horror, pero yo sigo siendo el príncipe que se recrea con la visión del mundo, que no es el que se postra ante él, donde Lestat es otro monarca, uno muy distinto, con colmillos y capa.


Lestat, ven a mí una vez más.  

Entrevista al príncipe

Bueno, una entrevista no viene mal ¿no? Recordar buenos momentos con viejos amigos. En vista a la publicación del día 27 de Octubre de "Príncipe Lestat" se ha hecho de nuevo el "milagro". No maten a David con sus preguntas, que ha sido peor que un test de la Cosmopolitan, sino admiren su trabajo.

Lestat de Lioncourt 


Hacía tanto tiempo que no desarrollaba pacíficamente las entrevistas que ya lo había olvidado. Sentado cómodamente en un sillón, rodeado de cámaras y focos, se sentía completamente cegado por la emoción. Eran luces tenues, pero perfectas. Iluminaban el estudio justo en los lugares que se precisaba. La biblioteca, con sus pesados y finos tomos, estaba a las espaldas y bajo sus pies una encantadora, y cara, alfombra persa. La mesa del despacho estaba recogida, tan sólo se hallaba un libro sobre ella. Las sillas, extremadamente cómodas, estilo Luis XVI estaban forradas en color borgoña. Él, allí situado, parecía un perfecto maniquí elegantemente ataviado con un traje gris humo, una corbata en el mismo tono y una camisa blanca de lino. Sus zapatos resplandecían y se movían inquietos.

Era una entrevista sencilla, cómoda y atractiva. De nuevo volvía a estar frente a frente con él, un viejo amigo. Sin embargo, era una puesta en escena meticulosa y elaborada. Nada podía salir mal. Cualquier fallo, por mínimo que fuese, no se lo perdonaría jamás. Volvían a estar juntos, haciendo algo sin mucho peligro pero sí de gran interés. Se trataba de una oportunidad única. Era algo que no podían rechazar. Hablar sin tapujos en un medio como ese y para todo mundo. Saldría en emisión online, todos verían de nuevo a Lestat antes de su fabulosa aparición a través de su nueva novela. El mundo entero debía saber que estaba ahí, igual que cuando dio aquel famoso concierto que fue un auténtico fiasco.

Las cámaras estaban preparadas, los jóvenes de los micrófonos listos y una chica, muy esbelta y de piel cenicienta, terminaba de acomodar unas hermosas flores sobre la mesa. Entonces, de la nada, apareció él. Llevaba tu típica ropa de estrella del rock, con esas gafas de lentes violetas y el pelo suelto completamente enmarañado. Unas botas militares algo desgastadas, unos pantalones de cuero y una levita con camafeos que se hizo famosa gracias a sus anteriores libros. Lestat era sin duda la imagen de la rebeldía. Había rogado que fuese elegante, pero se presentaba inclusive con camisa con chorreras y un aspecto sacado de una revista de variedades.

—Te dije que vinieras bien vestido—chistó bajo sin perder su sonrisa británica, tan cortés y diplomática.

—Oh, por Dios... ¿ya vas a empezar igual que si fuera mi madre?—preguntó bajo con una ligera risilla.

—No es divertido, Lestat. Te pedí encarecidamente que...

—¿Empezamos?—preguntó uno de los jóvenes, el cual llevaba la cámara y parte del peso de la grabación recaería sobre él.

—Sácame tan guapo como soy—dijo lanzándole una sonrisa seductora—. Por cierto, un placer conocerte.

Lestat era irreverente. Si pudiese catalogarse a ese vampiro sería de joven rebelde eterno. Un ser que nunca sería consciente de su poder y habilidades. El chico era alto, de cabello negro y liso, ojos negros y rasgados, uno de tantos que entraban y salían de aquella mansión. Nunca nadie hubiese reparado en él. Talbot se rodeaba de jóvenes con talento y cierto dominio de la tecnología. Ellos eran su equipo para esta serie de entrevistas, así como para filmar algún suceso paranormal que pudiese apreciarse en la zona. El joven se quedó paralizado observando los ojos casi violáceos del vampiro. Su sonrisa era demasiado atractiva y su voz le resultó sugestiva. Conocer a otro vampiro, además del señor Talbot, suponía una experiencia nueva. Tan sólo llevaba un par de semanas en la ciudad y podía decirse que estaba acostumbrándose a la idea. La verdad no tenía límites, el mundo carecía de fronteras y pronto escucharía todo lo que Lestat quisiera desvelar.

—Jackson—pronunció el apellido del muchacho y éste reaccionó—Comienza a filmar, comenzamos—sentenció con severidad, intentando influir cierta seriedad a todo lo que estaba a punto de empezar—. Ya recortaremos lo que creamos necesario.

—No me dejas ser yo mismo—dijo negando suavemente con la cabeza—. Joder, todo está muy limpio. ¿Por qué estamos en Talbot Manor?

—Llevo unas semanas en Londres—confesó con un ligero aire de nostalgia, pero sobre todo con un secretismo al que se aferraba con tenacidad—. Necesitaba finiquitar unos asuntos.

—Has ido a robar cosas a la vieja matriz de Londres—comentó guiñándole un ojo.

—Eso a ti no te incumbe—le reprochó visiblemente molesto.

—Ladrón—chistó—. Ladronzuelo...—susurró con una ligera risa que se convirtió en risotada.

—Lestat, por favor—dijo acomodándose en la silla, que empezaba a resultar incómoda por la actitud de su buen amigo.

—Sí, empieza—se desabotonó la levita y acomodó su camisa. Sin mucho cuidado se acarició el cabello y tomó una pose muy desenfadada. Sus piernas estaban ligeramente encogidas y su cuerpo relajado. Parecía cómodo ante el objetivo.

—Bienvenidos una semana más a ésta serie de entrevistas donde nuestros compañeros inmortales, brujos o vampiros, dan su punto de vista y detalles más profundos a su vida—intervino David Talbot con total naturalidad. Aquello sin duda le fascinaba. Lanzar sus preguntas al aire para que otros la recogieran, sintiendo la emoción y el peligro de saberse perseguido por sus viejos compañeros, y apreciar el momento tal y como era le encantaba—. Hoy, en una excepcional ocasión, tenemos a Lestat de Lioncourt—lo presentó con un ligero ademán de cabeza y prosiguió sin perder el hilo de sus pensamientos—. Uno de los más famosos vampiros que existen, así como mi creador y mi mejor amigo.

—Ese era Aaron, pero desde que murió me tocó ser el primer premio—dijo con una señal de victoria mientras sonreía. Aunque sabía bien que era un tema delicado, Lestat, no podía evitar quitarle un poco de hierro al asunto.

—Lestat, por favor—clavó sus ojos en él como si fueran incisivos. Esos ojos pardos, cargados de una sabiduría casi ancestral. No eran los ojos de un muchacho. La profundidad que tenían eran las del hombre que él bien conoció en sus últimos años de vida.

—Lo siento—murmuró.

—Ya muchos conocen tu nuevo regreso, ¿deseas decir algo al respecto?—la primera pregunta fue colocada sobre la mesa. Era una oportunidad mágica. Todo empezaba de nuevo.

—Sí... ¡Mamá te conseguiré una copia!—gritó señalando la cámara mientras se reía a mandíbula suelta—. ¡Lo siento! Tenía que hacer esta broma—pidió disculpas a su buen amigo, el cual lo observaba con cierta ira contenida. Lestat siempre hacía lo que quería, en el momento que deseaba y a veces era el menos oportuno—. Sólo quería agradecer a todos el estar aquí. Estoy muy satisfecho con la gran acogida que estamos teniendo. Muchos creen ya mis palabras, algunos han pedido que realmente me canonicen como tanto deseaba y ahora estoy aquí. Me siento tentado a ser travieso, a jugar con todos ustedes, reír con unos buenos chistes y olvidar. Quiero sentarme aquí, con las ropas más cómodas que poseo, y lanzar un par de halagos a los que siempre me han apoyado. Sé que ha sido una larga y tensa espera. Muchos ya creían que me había olvidado de ellos, y que no regresaría jamás—sus dedos se movieron mágicamente sobre el reposabrazos de la silla. Sus ojos se movían por toda la habitación. Había escrutado cada detalle, centrándose en el jarrón cargado de flores. Amaba las rosas, pero también las flores silvestres. Parecía estar recordando algo, quizás a Mona o tal vez la muerte fatídica de Morrigan. Nadie podía saberlo allí salvo él. Se quedó callado unos segundos y después habló—. Creyeron mis palabras como buenos amantes de mis descabelladas ocurrencias, pero no podía mantenerme callado—acabó diciendo.

—Ha pasado más de diez años...—Lestat en ese momento no supo si ese murmullo fue un apunte, un reproche o simplemente iba a preguntar algo. Sin embargo, le miró directamente a los ojos y sonrió.

—El tiempo vuela cuando tienes cosas que hacer—explicó brevemente.

—¿Y qué has estado haciendo?—preguntó al fin.

—Resolver misterios, como tú, pero a mi modo—se encogió de hombros y se echó a reír—. Han ocurrido cosas trágicas entre nosotros, hemos visto la violencia más atroz y recuperado del cajón de los recuerdos momentos dolorosos—colocó mejor los codos sobre la silla y reflexionó un breve segundo—. En estos años me he acordado mucho de ella, de Akasha, con su piel de mármol y sus ideas locas sobre una religión basada en los vampiros, la sangre y la sumisión humana.

—¿Y qué has sacado de ello?—la pose de David cada vez era más relajada. Su viejo amigo, su buen amigo, uno de sus mayores amores, ya que a los amigos se les ama por encima inclusive de cualquier problema, al cual mayor lealtad de le había demostrado se estaba colocando en una pose seria y cercana. David amaba escuchar su voz y sus historias. Era en parte el motivo por el cual lo ayudó la primera vez. Lestat era brillante, pero no era algo que acostumbrara a decirle. Temía por sus ocurrencias. Cada locura suya era un riesgo para todos.

—Que somos monstruos, pero que la verdadera monstruosidad que reside en nosotros es aún peor que nuestros actos—sonrió descaradamente a la cámara levantando sus cejas, con una expresión cómica como si le sorprendiera algo de todo lo que había dicho, e hizo un ligero guiño—. Todos entenderán esto al leer Príncipe Lestat.

—¿Qué deseas hacer ahora?—intervino David.

—Seguir escribiendo—afirmó sin meditarlo ni un minuto—. Siempre escribo mis memorias. Puede que en menos de dos años tengamos otra de mis aventuras colocadas en una estantería, con una hermosa encuadernación y mi nombre en letras gigantescas.

La habitación, llena de libros, tenía un hermoso decorado con cortinas borgoña, como las sillas, y un suelo bien pulido. Aquel lugar, que era como un santuario para un hombre como David Talbot, se había convertido en el refugio de dos vampiros que intentaban recordar quienes eran.

—¿Crees en el destino? ¿Aún crees en esas cosas?—dijo inclinándose hacia delante, para crear un clima más cercano a ser posible.

—No lo sé—se encogió de hombros y meneó la cabeza. Sus rizos cayeron sobre su frente y rozaron sus delgadas cejas doradas—. Sé que si no hubiese ido a matar esos lobos, pues estaban acabando con el ganado y la tranquilidad del pueblo, jamás me hubiese escogido Magnus—suspiró—. El sacrificio de esos animales fue más allá del honor y el placer de sabernos a salvo. Aún así, te confieso, que no hay noche que no recuerde el olor a sangre y la sensación de frío que sentí allí solo, impotente y aterrado.

—¿Entonces?—preguntó intrigado.

—Creo que todos tenemos la suerte de tener una vida, más o menos duradera, con unas oportunidades magníficas y sólo hay que descubrir cual es la mejor—frunció el ceño y después relajó el rostro, para seguir hablando como si abriera su alma. Realmente la estaba desnudando—. A veces es por puro instinto, otras simplemente no hay remedio. Siempre quise destacar y lo hice. Nunca me he dejado acobardar.

—Lestat, ¿has creído alguna vez que no debiste hacer algo?—aquello era más bien la confesión de sus pecados. David Talbot sabía que había tenido en su vida muchos fallos, pero no era hora de hablar de ellos. Deseaba que Lestat comulgara los suyos.

—Muchas veces—asintió ligeramente—. Transformé por capricho y necesidad a Claudia. No pensé bien aquello en el momento en el cual se dio. Me comporté de forma muy egoísta. Sin embargo, ¿dejarías morir a una niña de escasos seis años?—aquella pregunta retórica le hizo recordar brevemente a Louis, se notó. Sus ojos parecían humedecerse, pero no lloró. No podía llorar frente a las cámaras. Era inaudito que llorara mostrando su debilidad, su dolor—. Era tan pequeña, David, que prácticamente podía cargarla con un solo brazo. Acepto que no estuvo bien, que soy un asesino que mata todas las noches, pero ella era inocente. Me juré no volver a matar a un inocente. Louis se sentía lleno de remordimientos por todo, y no quería uno más. Pensé que si ella vivía con nosotros, si era parte de nosotros, y formábamos una familia terminaríamos siendo más fuertes y hermosos que cualquier grupo de vampiros. Y así fue, pero ella...

—Intentó matarte—lanzó aquello como un cuchillo, pero Lestat lo esquivó con galantería.

—Durante unas noches así lo creyó—susurró—. Festejó mi muerte y a la vez me maldijo—aquello lo creía a pies puntillas. Él conocía bien a Claudia, mejor que Louis y que cualquier otro, porque era muy similar a él y también a su madre. Era una mujer libre, luchadora y quiso soñar con algo más que muñecas. Él sabía que cometió horribles pecados, que uno de ellos era no permitir que fuera lo que siempre deseó ser—. No había mucho sobre mí en mis pertenencias. Mi pasado era humo, una novela barata de ciencia ficción, y jamás sabría mi verdadera procedencia. Me convertí en un fantasma que me burlaba de ella y la aterraba. La conciencia le pesaba, yo lo sabía. A pesar de todo, en lo profundo de su alma, le reconcomía porque no había conseguido todo lo que quería. Tan caprichosa como siempre.

—¿Aún la amas?

Tras esa pregunta hubo un silencio en la habitación. Los chicos que se movían realizando las tomas, evitando ruidos que pudieran crear mal sonido o simplemente observando los focos que iluminaban todo ligeramente, se quedaron quietos esperando la respuesta de Lestat.

—¿Puede un padre dejar de amar a un hijo?—cuestionó con ligero tono afligido.

—No. Creo que no—dijo—¿Y Nicolas? ¿Sigue en tus pensamientos?

—Sí—afirmó rotundamente sin evitar los ojos pardos que le asechaban, los ojos de un cazador—. Todos los que he amado están en mis pensamientos. Aquellos que he querido y apreciado en ésta vida, o en mi vida mortal, están conmigo—sonrió sin malicia ni sorna. Una sonrisa limpia—. No sé si eso es ser parte de un infierno personal o de un paraíso para privilegiados.

—¿Qué aprendiste de él?—David era directo y Lestat lo agradecía, pues era igualmente directo. Aquello le estaba gustando a ambos.

—Apreciar la melancolía y los minutos que nos dan de felicidad. Él era pura oscuridad, completamente atormentado, y por eso era excelente. Hizo obras para el teatro que deslumbraban por su ingenio.

El teatro de los vampiros que había quemado Louis, el mismo que Nicolas dijo que quemaría si no hacían lo que quería. Un teatro que fue una maldición. El lugar donde Magnus se presentó para señalarlo con su dedo huesudo. La muerte rondaba las tablas de aquel teatro, el mismo que ardió hasta la última viga. Ahora había un edificio de apartamentos allí. Algo menos pomposo que un teatro.

—¿Y Louis? ¿Él no te enseñó la melancolía?—preguntó.

—Y el rencor, la rabia, el dolor, la miseria, ser cínico las veinticuatro horas del día y la filosofía de un mártir—enumeró una serie de defectos que a cualquiera le parecía cruel y desmedida, sobre todo a David. Aquel vampiro amaba los ojos esmeraldas de Louis. Muchos amaban la figura lánguida del filósofo y mártir que una vez decidió abrir la caja de Pandora.

—Eso es cruel—murmuró.

—Sí, pero aún así lo amé—le dijo señalándolo con el dedo índice de la mano derecha, lo hizo sacudiendo ligeramente el brazo—. Amé su lado humano. Siempre he amado a los humanos y tenerlo a él, como castigo por la muerte de Nicolas y como gran pasión por su forma de ser, era sin duda un milagro. Pero ya no es el mismo. Tú mismo has visto que es un asesino sin escrúpulos y se mueve por el mundo con unos deseos insaciables.

—¿Cómo es la relación con tu madre? Ella fue tu primer vampiro—ambos sonrieron cuando se miraron en ese momento. Bien sabían que estaban hablando de una mujer fuerte y rebelde, más fuerte y rebelde que su propio hijo.

—Mi hija, mi compañera, mi hermana, mi amante... pero no mi madre—aclaró—. Ella dejó de serlo. Creo que nunca tuvimos una relación habitual entre una madre y un hijo. Es cierto, que cuando era pequeño me secó algunas lágrimas, me contó hermosas historias y me hizo pensar que podría hacer cualquier cosa—se incorporó y tomó una de las flores del jarrón. Era una rosa roja. Una rosa cargada de un color muy llamativo. En sus manos, ligeramente bronceadas, parecía un corazón a punto de ser despedazado—. Sin embargo, ella más que una madre fue mi confidente. Aún recuerdo los días más fríos cuando su cuerpo temblaba, ya que sus huesos no soportaban el clima, y se acomodaba a mi lado, en la cama, hablando conmigo sobre sus sueños.

—Los sueños son importantes, ¿no es así?—la voz de David era la de un confidente. Parecía un ángel ataviado con ropas de burócrata esperando que un demonio hablara.

—¿Qué sería del mundo sin sueños ni soñadores?—susurró acercándose la rosa a la nariz. La olfateaba y acariciaba suavemente con sus largos dedos—. Los sueños nos hacen avanzar. Imaginar lo imposible a veces hace real cualquier cosa. Fíjate en nosotros, ¿no somos personajes de pesadillas? Y mira, estamos aquí. Quizás porque alguien nos soñó, tal vez porque somos parte de los sueños de éste gran mundo. Damos esperanza, David. Amigo mío, los sueños son importantes. Si le quitas a alguien sus sueños no queda nada, ni siquiera cenizas.

—¿Y a eso te dedicas?—preguntó, aunque sabía que respondería. Él lo conocía bien.

—A soñar y seguir mis sueños. Deseo conocer todo lo que hay en éste mundo y en otros. No quiero dejar preguntas sin responder. Fui a por preguntas una vez, tuve algunas pero no todas. La vida me ha dado muchas, pero aún así no soy lo suficientemente viejo para decir que sé todo.

—¿Alguno de nosotros lo es?—rió casi a carcajadas. David sabía que diría que no lo eran. Nadie lo era.

—No, ni siquiera las Gemelas o Khayman. Todos somos niños jugando en un jardín salvaje lleno de peligros y misterios—se calló y le lanzó la rosa para que la atrapara, cosa que hizo—.Todos.

—¿Cuál crees que ha sido tu mejor aventura?—la rosa estaba ahora en su poder, perfumando sus manos. Podía hacerle mil preguntas si él se lo permitía.

—Todas han merecido la pena.

—¿Qué piensas de aquellos que te desprecian?—ese tema era peliagudo. Sabía que a veces se alteraba, pero otras veces era un ser algo más racional.

—No viven mucho—dirigió una mirada desafiante a la cámara, para luego sonreír como si nada—. Aquellos que se han dedicado a juzgarme, sin siquiera darme la oportunidad, han terminado con vidas insulsas. Yo he puesto la emoción a millones de personas. Soy un ejemplo que no se debe seguir, pero a la vez me he convertido en el héroe de todos. Soy el puto amo, como dicen los jóvenes hoy en día. Me muevo por las calles viviendo, respirando vida. Si alguien no me aprecia no voy a tener cinco minutos para él, ni siquiera me alimentaré de ellos. Pobres diablos, ¿no creen? Con vidas amargadas y sosas.

—¿Y aquellos que ya no te recuerdan?

Muchos decían ahora recordarle, pero había miles que no recordaban o ni siquiera habían oído hablar de él aún. Era un vampiro seductor, arrogante, egocéntrico y amaba ser reconocido. Pasar de la fama al anonimato no debió caerle muy bien.

—Todos me recuerdan ahora—la forma en la cual lo dijo fue maravillosa. Su acento francés se marcó en la última palabra. No solía hacer gala de él, pero a veces se escapaban ciertas palabras que recordaban sus orígenes—. Muchos que habían dejado aparcada la lectura de mis libros se precipitan a leerlos antes que aparezca el nuevo. Muchos se frotan las manos con las nuevas películas y piensan en el merchandaising enorme que tendrán mis novelas, mis historias, mi vida y en definitivamente nuestro mundo.

—¿Tienes miedo a la oposición de otros?—intervino cortando su monólogo sobre las ventas, el carisma y su yoismo.

—Soy el príncipe de los vampiros—de inmediato se incorporó de la silla y extendió los brazos. Parecía decirles a todos que estaba ahí, desarmado, sin intención de irse. Si querían atacar que atacaran—. ¿Miedo? Sí, siempre hay miedo. El miedo nos hace estar alerta, pero yo no siento que ahora pueda estarlo.

—¿Y tu corazón?—fue a un tema más serio, donde Lestat se derrumbó por una milésima de segundo. Sabía que en esos momentos habría cierta fragilidad en él. Si bien, era algo que tenía que preguntar sin rodeos.

—¿Qué hay con él?—una ligera sonrisa llena de amargura se deslizó en sus labios.

—¿Cómo se encuentra?

—¿El real o mi alma?—arqueó su ceja derecha y luego tomó asiento nuevamente, cruzó sus piernas de forma varonil y dejó sus brazos sobre los posabrazos. Estaba ligeramente incómodo y a la defensiva—. El real hace mucho que sólo late cuando bebo sangre, pero mi alma no. Mi alma aún late. Hay algo humano en mí. El hombre que fui es el hombre que soy. No he dejado de ser yo.

—¿Y quién eres tú?—de nuevo ese tono templado que le recordaba que era un amigo, un confidente, un amante y su cazador. David era el cazador de historias.

—Un hombre que aún recuerda a todos y cada uno de los que amó—susurró con en tono quedo—. Como te he dicho ellos perduran en mí—cerró los ojos y al abrirlos la cámara lo enfocaba—. No me gustan las despedidas.

—Pudimos notarlo en Cántico de Sangre.

—Odié decir adiós en ese momento—intervino rompiendo la cadena de preguntas—. Todavía me arrepiento. Me comporté como un crío asustado. No sabía como rechazar esa propuesta.

—¿Y ahora?

—Lo he intentado todo—aseguró dejando que una lágrima surgiera al fin. Ese tema le rompía el corazón—. Sabes que he fallado y me he fallado a mí mismo. He fallado a todos. No he logrado que ella esté ahora a mi lado. Sin embargo, eso no resta ni un ápice de pureza a mis sentimientos. La amo. Jamás he amado con tanta fuerza e insistencia. Te juro que es la primera vez que me siento tan tentado en el amor. La pasión que tengo por ella es imposible. Nunca permitiría que le pasara nada malo—sus manos temblaron, se agitó por unos momentos y después recobró la compostura—. Pero no puedo cuidarla siempre. Es imposible encerrarla en una caja de cristal, como si fuera el ataúd de Blancanieves, y llevarla a lo profundo de un bosque para custodiarla. No, no es un cuento de hadas. La realidad es dura, injusta y cruel. Yo sé que es tener un corazón encadenado a un amor que no se va, no se desvanece, no se irá. Mi vida y la suya están atadas y siempre lo estarán. No voy a dejar de intentarlo—un mechón de pelo cayó sobre su frente, rozando sus cejas, y él lo apartó rápidamente—. ¿Comprendes, David?—susurró—. No voy a permitirlo, pero a la vez algo me dice que debo dejarlo por la paz.

—Hablas de amor, ¿y del odio?

—De él podría escribir varios libros—rió, aunque estaba secándose la lágrima con un pañuelo de seda que llevaba en su bolsillo.

—¿Odias algo?—preguntó.

—Las reglas—otra carcajada, pero esta fue de todo el equipo. Incluso los muchachos no pudieron contener la carcajada. Todos recordaron en ese momento a Marius—. Odio que me impongan algo. Odio que no me digan la verdad. Pero sobre todo odio que algo malo le pase a las personas que amo.

—¿Y Armand?—era su peor enemigo, o al menos quien más veces se había enfrentado a él.

—A ratos lo amo, pero la mayor parte del tiempo no lo soporto. Me gustaría asfixiarlo con mis propias manos, y luego quiero abrazarlo como a un hermano—sí, eso era. Al menos eso se decía para sí. La cámara lo quería, le favorecía aquella luz. Sus ojos parecían más vivos que nunca. Las emociones arrancadas por Rowan y las pequeñas carcajadas le habían dado un toque aún más humano—. Es algo monstruoso y extraño.

—¿Qué aprendiste de los Taltos?—dijo sumamente intrigado.

—Hermosos, inteligentes, inocentes y llenos de misterios.

—¿Y de los fantasmas?—sonrió guiñándole ahora él. Era el chico de los misterios y los fantasmas, el hombre que los perseguía y aún los veía. El sacerdote del candomblé a quienes muchos iban en peregrinación para que los ayudaran.

—Que nunca descansan en paz—tal vez lo dijo por Claudia, quizás por otros que había visto. Pero sin duda lo creía. Creía que no descansaban jamás en paz. David también lo creía así.

—¿Del demonio?—un tic nervioso apareció en el ojo derecho de Lestat, pero era una pregunta que debía hacerle.

—Que un abusón de instituto puede parecerse a él—aquella similitud jamás se le hubiese ocurrido a David y le fascinó—. Te castiga por tu bien, golpeándote donde más duele, pero te fortalece. Creo que salí fortalecido de esa aventura.

—¿Has vuelto recientemente a Auvernia?—él había regresado a la mansión familiar, pero no era algo que todos hacían.

—No y sí. Viajo a Auvernia todos los días cuando recuerdo la nieve cayendo pesadamente, aquí la nieve no es común—explicó aquello con una simplicidad asombrosa. Se podía viajar a través de los recuerdos y él lo estaba haciendo.

—¿Qué sientes por New Orleans?

—Pasión—sonrió como no lo había hecho en toda la entrevista. Eran sus raíces. Si había un hogar para él ese era New Orleans. La ciudad del jazz, el blues, el vudú y los pantanos.

—¿Y la música?—casi era de las últimas preguntas, pero debía hacerla. Todos recordaban su faceta de estrella del rock. Es más, había visitado el lugar como si fuera una de esas estrellas en sus estrafalarios videoclips.

—Bien alta en mi deportivo, a toda velocidad por las autopistas, sin mirar atrás—una honda carcajada surgió de su pecho y arrasó su garganta. Se sentía feliz y satisfecho. La música siempre le acompañaría—. Ya no puedo ser la celebridad de la música que tanto deseaba ser.

—¿Los libros?—dijo tomando el que se encontraba en la mesa, que era uno de los ejemplares de “Príncipe Lestat”.

—Mis mejores amigos y mi legado—confesó.

—Gracias por todo—la expresión del rostro de su amigo era de profundo amor. Amaba a Lestat y le agradecía esa oportunidad, pero no era el único que agradecía todo aquello.

—Gracias a ti—respondió, antes de señalar al cámara para que lo enfocara bien—. Quiero agradecer a Jasmine por su simpatía y su buen trato cuando me hospedé en casa de Quinn. También quiero mandar un saludo a todos aquellos que he amado y un mensaje: chicos, empieza la diversión. He vuelto.


Se acabó. La entrevista se cortó allí. Lestat se incorporó y empezó a pasearse por la biblioteca revisando los libros. Si había alguno que no había leído seguramente se lo pediría. Él era así. No había misterio en sus costumbres. Su amigo quedó a unos pasos, de pie igual que él, observándolo. Ambos sabían que el mundo había estado en peligro, pero de nuevo estaba en paz y esa charla lo demostraba. Finalmente nada de la entrevista se recortaría, Lestat lo hubiese odiado y él no quería molestarlo.  

viernes, 19 de septiembre de 2014

Querida brujita, amada arpía

Quise hacer mi mayor esfuerzo, convertirte en mi logro personal, pero fallé. Fallé en todo. He sido descortés, estúpido e impaciente. Seguramente siempre seré incapaz de reaccionar cuando alguien espera lo mejor de mí. Yo aprendí a golpes desde que era un niño, tratado como un bastardo en el castillo de mi padre y he sentido el aullido del lobo demasiado cerca. La muerte me rondó desde edad temprana, el dolor atenazó mi corazón y la rabia invadió todo. Vi esa rabia en ti y la desesperación. Siempre he tenido el don de reconocer un alma atormentada, porque yo también lo soy. Jamás he dejado de ser un muchacho atormentado. Me he convertido en la viva imagen del sufrimiento, de la desesperación, cuando he visto mis sueños convertirse en humo o papel mojado.

He hecho muchas promesas que no he podido cumplir. Tal vez lo haga porque me creo lo suficientemente listo para bajar la luna con mis propias manos, pero no soy más que un soñador que se queda rozando el aire imaginando que la posee. Acepto que lo soy. Jamás he dicho que no lo sea. Nunca me he permitido el lujo de mentir en ese aspecto. Sin embargo, tú esperabas un héroe de brillante armadura luchando contra dragones y sólo tuviste a éste enclenque que no supo apreciar tu esfuerzo. Por favor, lee atentamente mis palabras y no arrugues el papel. No quiero que me dejes con las palabras en la punta de los dedos, muriendo en cada trazo que marca mi pluma. Mírame, estoy desarmado y sin otra oportunidad.

El sonido de tus tacones por mi apartamento aún es nítido. Puedo escuchar con viveza tus últimas lágrimas. No sé si has sido sincera, si lloras por esto o por cualquier otra cosa, pero te prometo que yo sí lo estoy siendo. Me gustaría abrazarte como un padre y besar tu frente como un Dios protector, pero no soy más que el idiota de siempre luchando contra sí mismo. Mi orgullo es demasiado grueso, tiene muchas capas, y tú has penetrado en ellas llegando a mi corazón. Te juro que es cierto. Yo te amo y aprecio cada palabra que me dices, me haces temblar de rabia y también de emoción. Eres mi hija. Para siempre vas a ser parte de mí quieras o no. ¿Qué puedo decirte? Me desgarra el alma, me hace temblar de pies a cabeza, cuando te miro. Veo mis errores, pero también mis virtudes.

Por favor, perdóname por todos los fallos. No he hecho al mejor de los vampiros, pero sí sé que eres una de las mujeres más tenaces que hay en la faz de la tierra. Eres sensual, provocadora y evidentemente, ya que lo has demostrado en miles de ocasiones, demasiado lista para dejarte engañar por quimeras o sueños demasiado imposibles. Eres lo que se dice una perfecta arma de combate, una bomba de relojería, que camina con unos elegantes tacones y un traje minúsculo. Tan bajita, tan menuda, tan hermosa y tan libre. ¡Has aprendido a volar antes que a caminar! Y yo deseaba estar ahí. Quizás es cierto que sólo estoy frustrado, enamorado de una mujer que no puede ser mía y que tú, mi hermosa niña, eres capaz de amarme. Pero, mírame, soy el príncipe de los vampiros y el rey de los idiotas. Lo acepto. Si bien, en el corazón no se juzga si hay amor posible o no, sólo el sentimiento. Yo sé que él te hará feliz, también sé que yo te amo a mi modo. Discúlpame por no saber apreciarte y darte lo mejor de mí, pero tienes mis brazos siempre abiertos. No importa cuándo o dónde estés, allí iré si me buscas.

Tu padre, amigo y compañero de guerras sin cuartel,

Lestat de Lioncourt  


----

Dedicado a Mona Mayfair... para que luego digas que el "jefe" no te quiere. Te quiero, imbécil. ¿No lo ves? Te quiero. Todo padre quiere a sus hijos. No soy un insensible. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt