Me había marchado durante algunas
noches recorriendo las calles de New Orleans. Mojo había
desaparecido y me preocupaba donde podía estar mi mascota, también
los repentinos cambios que se avecinaban en mi pequeño mundo y los
ojos fríos de Louis mientras me amenazaba, y en ocasiones tan sólo
se burlaba, continuamente por mi estúpido amor por Rowan.
Rowan, mi dulce y frágil bruja que
tenía mi corazón en sus manos mirándolo enigmática con una
sonrisa suave pintada en sus carnosos labios. Mi Rowan, la mujer que
amaba del mismo modo que a Louis. Era un duelo de miradas, palabras
descaradas, excusas, sábanas húmedas y arañazos profundos
enterrando sus uñas en mi cuerpo por parte de ambos. Sangre, sudor y
lágrimas para los tres mientras los espectadores brindaban
aplaudiendo desde el más allá, y en especial oncle Julien.
Encontré a Mojo en un callejón algo
sucio, flaco y en compañía de la perra de la vecina. Ella no se
veía desmejorada, pero sí muy sucia. Al inspeccionarla mejor me
percaté que volvía a estar gestando. Sin duda era mi perro. Él era
un fiel y noble descendiente del perro que adopté en mi aventura en
El Ladrón de Cuerpos. Aún sentía escalofríos cuando recordaba
como tuve que narrar para todos el desgraciado momento en el cual me
vi despojado de todo, arrojado a la miseria humana y sentí los
delirios de la fiebre. Mojo significaba mi lealtad hacia su abuelo,
la misma que le tendí a su padre y que en éstos momentos le tendía
a él con una enorme sonrisa mientras colocaba alrededor de su cuello
su correa.
Tardé en regresar a la mansión
aproximadamente una hora, pues decidí pasear entes por el barrio
francés sintiendo el aroma del café recién hecho en las máquinas
de las cafeterías más elegantes. Eran pasadas las doce, pero en
verano siempre se llenaban las terrazas hasta bien entrada la
madrugada y todos paseaban como si el mundo no se fuese acabar nunca.
Los ojos de unos y de otros estaban bañados en la elegancia,
soberbia, diversión impura y seducción. Con una taza de café, unos
poemas recitados en un escenario vanguardista y buena compañía
muchos jóvenes pasaban las horas de verano como buenamente podían.
Si bien, no podía quedarme
contemplando aquello mucho tiempo y regresé al hogar. Al cruzar la
cancela uno de mis empleados se aproximó para tomar los canes. Era
un muchacho no muy delgado, sino algo esbelto de rasgos marcados y
ojos enormes color achocolatado. Tenía una enorme boca que se
encajaba bien en su mandíbula y en el contorno de su rostro. Sobre
su piel excesivamente blanca, casi marmórea, tenía salpicadas
algunas pecas y sus dientes blancos siempre asomaban mientras sus
ojos se entrecerraban mientras sonreía.
-Buenas noches Lestat ¿le baño a los
perros?-preguntó sin denotar para nada el lugar de origen. Miles de
veces me preguntaba donde estaba ese popular acento sureño de
España.
-Sí, por favor- respondí recordando
que debía subirle el sueldo, ya que a escondidas siempre se estaba
quejando.
No reparé más en él, aunque
escuchaba sus carcajadas y los ladridos de mi perro mientras
alborotaba por el jardín. Algunos jóvenes de hoy en día no eran
muy distintos a los que yo una vez conocí, aunque eso eran los menos
pues el resto estaban echado a perder y a veces, a la larga, pudrían
el resto.
Pasé por el vestíbulo, caminé por el
salón y subí por las escaleras encontrándome a Louis recostado
sobre nuestro lecho completamente desnudo. Sus cabellos lacios y
negros caían esparcidos por la cama, sus nalgas redondas y blancas
se alzaban suavemente mientras sus brazos parecían rodear mi
almohadón. Cerré la puerta sin hacer ruido y desabroché mi
cinturón dejando caer el pantalón al suelo. Caminé hacia la cama
acariciando las cortinas del dosel que se movía suavemente por la
brisa agradable que entraba por la ventana del balcón.
-Louis... -murmuré con una sonrisa
descarada mientras me deshacía de mi camiseta algo sucia gracias a
las patas delanteras de Mojo.
-Estoy molesto contigo- respondió con
los ojos cerrados-. Seguro que hueles a furcia barata a la cual has
seducido con tu poderoso acento francés. Y ella, húmeda y
agradecida te dejó dormir en su cuchitril hasta que descubriste que
tenía cinco hijos y lo único que le movía es que tú los
mantuvieses.
-¿Por qué tan
desagradable?-interrogué sentándome en el borde de la cama mientras
él estaba dándome la espalda.
-Porque es cierto- musitó girándose
para verme allí.
Sabía que recorrían sus ojos. Mi
cabello algo sucio y alborotado, mi cuerpo desnudo inclinado hacia
él, la sonrisa descarada y mi miembro algo erecto con tan sólo
contemplarlo de aquella forma. Estiró su mano derecha hacia mi
rostro y me acarició suavemente.
-Y aunque aparentemente ya no soy tan
estúpido parte de esa estupidez se revela y deseo llorar- dijo
apartando la mano mientras yo me iba inclinando.
-Louis, ¿por qué no lloras mejor
mientras nos revolcamos?-susurré rozando sus labios con una mirada
pisada y violácea golpeando sus pupilas verdes, las cuales se
enterraban en el dolor-. No he ido con putas Louis, no he ido. No
podía dejar a Mojo mucho tiempo en su aventura, así que ahora por
favor ábrete de piernas o te las abro yo.
-¡Mientes!-gritó intentando
apartarme, pero no lo logró y acabé agarrándole de las muñecas.
Continuará.
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