Bonsoir mes amis
¡FELIZ NAVIDAD! Espero que estén pasando unas fiestas perfectas con su familia. ¡Y que brinden y canten tanto como puedan! Santa viene esta noche ¿se han portado bien? Yo les daré recuerdos de vuestra parte a él.
Y bien, justo de Santa vengo a contaros algo... del odio de Claudia a Santa en éste fic Navideño llamado Quiero ese maldito pony.
Lestat de Lioncourt
Quiero ese maldito pony
Mucho antes que Clement Clarke Moore
creara su particular homenaje a la navidad y la figura de Santa Claus
ya muchos conocíamos a éste encantador personaje. Un hombre que fue
real y sin duda se logró a pulso ser Santo. Sin embargo, San Nicolás
no es recordado por haber luchado por la peste y colaborado con
enfermos sino por los obsequios y el amor que tenía hacia los más
pequeños. La historia cambio y se popularizó hasta ser el sello de
bebidas refrescantes, telefonía móvil y cualquier objeto que pueda
ser comercializado en las agradables, festivas y entrañables fiestas
navideñas. Por supuesto, siempre ocurre algo similar. ¿No somos los
vampiros usados en caramelos y juguetitos para niños en las fiestas
de Halloween? Eso mismo pasó con el Santo y su historia, sin embargo
permitan que les narre un cuento de Navidad que seguramente
desconocen.
Hacía varios meses que la pequeña
Claudia era parte de nuestra familia. Tres vampiros sueltos en New
Orleans cazando hasta llegar al éxtasis. La pequeña aún era
inocente, dulce y de aspecto frágil. Su alma se endurecía, pero aún
poseía el candor de un alma infantil. A pesar que la peste arrasó
la ciudad, de igual modo que ocurrió con la localidad en la cual
nació Nicolás de Bari, la pequeña deseaba celebrar las fiestas en
la cual se conmemoraba la natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Admito que no era la única emocionada con las fiestas, pues tanto
Louis como yo mismo nos veíamos maravillados con las hermosas
figuras talladas en madera que vendían en algunas tiendas y leíamos
con afán los cuentos navideños que iban publicándose en todo el
mundo.
-¿Podré ver a Santa Claus?-preguntó
acomodando su diminuto trajecito aquella noche de Navidad.
Llevaba un encantador vestido color
turquesa con encaje blanco, su cabello dorado estaba engalanado con
hermosas cintas y tenía unos zapatos diminutos de charol que yo
mismo había comprado la noche anterior. Estaba radiante, hermosa,
con sus ojos iluminados por la fantasía y yo no pude contenerme para
abrazarla.
Louis se hallaba a su lado tomándola
de la mano con un cuidado extremo, como si ella fuera a romperse, y
vestido con aquel chaleco verde con bordados dorados de flores
silvestres y sus pantalones negros impecables. Incluso tenía la
camisa recién almidonada y el pañuelo de su cuello era del mismo
color que el chaleco. Tenía un aspecto impecable y parecía tan
emocionado como la niña.
-No sé si podrás verlo. Piensa que
quizás Santa viene de día cuando tú ya duermes-dije tocando su
nariz con el dedo índice de mi mano diestra.
-¡No! El cuento dice que viene en la
noche-dijo cruzándose de brazos y soltándose del agarre de Louis.
-Claudia tienes que estar dormida para
que pueda llegar Santa- susurré notando como Louis se inclinaba
quedando de rodillas frente a ella, tomándola por los brazos
suavemente y mirándola con aquellos ojos verdes que en aquellos días
eran apacibles y profundos- Díselo.
-Papá tiene razón, mi vida-murmuró
soltando sus brazos para abarcar con ambas manos su rostro redondo de
muñeca.
-¿Y qué sucederá cuando llegue mi
pony y no tenga agua?-en ese momento tanto Louis como yo nos miramos
sorprendidos.
-¿Pony?-pregunté tocando mi mentón-
¿Un pony? ¿Eso pediste en tu carta? Yo pensé que querías muñecas,
vestidos nuevos y algún libro de cuentos.
-Eso lo tengo siempre que quiero.
Necesito un pony. Me gustó el pony de aquel establo donde estuvimos.
¡Quiero un pony!-exigió apartándose de ambos profundamente
molesta- Si no me trae un pony juro que Santa y yo seremos enemigos
eternos.
No sabíamos como detenerla, pero al
menos no huyó a la calle con tan sólo aquellas prendas como abrigo.
Se encerró en su dormitorio dando un portazo que hizo vibrar los
muros de nuestra acogedora casa. Negué con la cabeza una y otra vez
caminando en círculos entorno a Louis. Aquel pony que no dejé que
se llevara sería mi perdición.
Noches atrás habíamos entrado en una
vivienda como invitados y acabamos con parte del servicio y con el
orfebre que allí vivía, su mujer y sus encantadoras hijas de la
edad de Claudia. Era una niña voraz, inquieta y atrevida que no le
importaba arriesgarse por conseguir sangre. Tan hermosa como
mortífera. Pero al fin y al cabo Claudia era una niña y como niña
tenía sus sueños y caprichos. Ella vio aquel pony cuando nos
marchábamos. No podíamos levantar sospechas y por lo tanto no
permití que tomara de las cuadras aquel animal.
-¿De dónde vamos a sacar un
pony?-pregunté alzando los brazos y golpeando el aire enérgicamente.
-Se más discreto-susurró tomándome
de los hombros para luego abrazarme, dejando el lado derecho de su
rostro pegado a mi pecho- Puede oírnos.
-¿De dónde?-mascullé entre dientes
preocupado mientras tomaba a Louis entre mis brazos y deslizaba mis
manos por sus sedosos cabellos negros.
-No lo sé-dijo separándose de mí
para caminar con elegancia hacia uno de los sillones de respaldo
alto, los cuales nunca faltaron en nuestro hogar pese a los diversos
cambios en decoración, cruzó su pierna izquierda sobre la derecha y
colocó sus manos sobre sus rodillas mientras meneaba suavemente su
pie izquierdo, el cual quedó en el aire- Debimos preguntar que era
lo que quería.
-Supusimos que serían libros, ropas y
muñecas- murmuré derrotado.
-Me quedaré esta noche con ella
convenciéndola para que tome sus lecciones de piano, lea conmigo
algún libro sobre las fiestas y entone villancicos- esbozó esa
sonrisa encantadora que no he vuelvo a ver, esa misma que ha ido
desapareciendo para cubrirse de cinismo.
Louis ha ido desvirtuándose, pero en
aquellos momentos era un hermoso ángel piadoso de labios apetecibles
y ojos compasivos. Era como ver una pantera doméstica que podía ser
fiero y salvaje, pero había decidido ronronear con indulgencia
lamiendo mis manos. Deseé despojarlo de su ropa, morder su cuello y
beber de él mientras gemía con cada una de mis arremetidas en sus
deliciosas, redondeadas y firmes nalgas. Sin embargo agité mi cabeza
provocando que mis rizos cayeran sobre mi frente, rozaran mis pómulos
y cayeran en cascada sobre mi levita.
-Ve, amor mío-aquellas palabras me
provocaron un deseo incontrolable por besarlo.
Aquellos labios cálidos de tacto suave
me envenenaban. Había regresado hacía escasos minutos de su salida
diaria. Tenía aún cierto rubor en sus mejillas y su boca estaba
caliente, su lengua estaba húmeda y poseía un sabor metálico que
me electrocutaba. Quise bajar sus pantalones e introducir mis manos
en su ropa interior, pero me apartó.
-Ve-repitió-Es su primera Navidad con
nosotros- la punta de sus dedos estaba fría, pero algo más tibia
que mi piel- Ve y busca un pony.
Me aparté resignado y a regañadientes.
Sin embargo, hacía aquel enorme esfuerzo por nuestra hija. Tomé mi
gabán de paño y una bufanda gruesa, así como mi sombrero de copa y
un bastón para ayudarme a caminar por las aceras heladas. Mis pasos
serían cuidadosos y buscaría en cada establo un pony. Sin embargo,
esos malditos animales no eran muy comunes por la zona.
Primeramente caminé por el barrio
francés dejándome llevar por su animada música, aunque a penas
estaba asfaltada, y llegué al barrio donde se hallaba la vivienda
del orfebre. Si bien, en la casa ya no estaba el susodicho animal y
tampoco recuerdo alguno de su familia. Allí sólo había olor a
muerte, pues su sutil aroma siempre era difícil de percibir pero aún
más complicado era de retirar de una vivienda.
Caminé durante horas, casi hasta la
salida del sol, y aunque me distraje observando a mujercitas dormir
en sus lechos y bailé con alguna que otra mujer en los burdeles, no
cesé en mi empeño. Al llegar lo hice cansado y con las manos
vacías. Sólo pude conseguir otra muñeca para que decorara el árbol
en la mañana siguiente.
Cuando hice girar la cerradura suspiré
pesadamente y sentí que la llave pesaba más que nunca. El cálido
ambiente del interior me abofeteó mientras escuchaba la dulce voz de
Claudia. Cantaba un alegre villancico que ella misma había
compuesto, pues decía que si Santa la escuchaba posiblemente dejaría
más de un Pony.
-Estoy en el ataúd esperando que
llegues tú. Estoy allí, por favor. No olvides lo que te pedí. Te
quiero mucho, eres muy bueno y yo he sido una niña excelente. He
querido a papi, he hecho caso a mami y también te haré caso a ti.
Estoy en el ataúd esperando a que llegues tú. La navidad ya está
aquí, la navidad nos hace vivir emociones increíbles y sueños
imposibles- parecía tan inocente y hermosa, mucho más que como la
puedo describir. Aquella sonrisa enorme con dientes pequeños y
perfectos, su nariz arrugada y sus enormes ojos, me enternecía.
-Bravo-Louis se levantó aplaudiéndola
mientras ella se inclinaba suavemente.
Estaban en medio del salón el cual
estaba ricamente decorado, aunque quizás de forma excesiva. El árbol
estaba repleto de bolas de navidad de miles de colores y formas,
poseía una estrella y entorno a él había cordones de palomitas de
maíz. Bajo éste había una manta roja esperando que fuese llenada
con los regalos que dejaríamos para ella. El sofá donde había
estado Louis sentado era estilo Louis XV y estaba forrado con un
tapizado similar a las cortinas. Había un nacimiento no muy lejos
con la representación en madera de la Virgen María, San José, el
niño Jesús, los animales del portal y un par de pastores ofreciendo
lo poco que tenían.
-¡Papá!-gritó corriendo para que la
tomara en brazos.
Rápidamente tuve el aroma de sus
cabellos contra mi nariz, su pequeño peso en mi brazo izquierdo
mientras la mano derecha la agarraban bien bajo su axila. Ella echó
sus pequeños y blancuzcos brazos de porcelana entorno a mi cuello y
rió. Aquello era magia. Creo que jamás me sentí tan sobrecogido
como en aquel momento. Iba a decepcionar a mi pequeña.
-Ha pedido perdón por su
comportamiento de hace unas horas-susurró acercándose a nosotros
con una sonrisa encantadora, la cual cambió a desagrado-Y veo que tú
vas a tener que pedir perdón también, aunque creo que ya ni te
importa como me sienta.
Había olido el perfume de una de las
mujeres, el cual seguía impregnado en mí. Por ese motivo, y no por
otro, me arrancó a Claudia de mis brazos y decidió irse a dormir
junto a ella. Ni siquiera preguntó si había conseguido aquel
estúpido animal.
Me aproximé al sofá tomé asiento
escuchando como Louis cerraba el ataúd. Giré mi rostro hacia el
armario y suspiré. Decidí que yo podría los regalos y en la caja
de la muñeca escribiría “Penny” diríamos que tal vez leyó mal
y se confundió trayendo una muñeca llamada Penny y no un pony. No
obstante sabía que era un burdo intento de salir bien librado.
Aquella mañana dormí solo en mi ataúd
mientras él tarareaba bajo canciones muy hermosas que me hacían
suspirar. La voz de Louis siempre ha sido magnífica. Deberían
ustedes escuchar como recita. Sin embargo, ya no disfruto de su
compañía y es impensable que quiera leer algo para mí. El amanecer
llegó y la casa quedó en silencio, pero tras unas largas horas
llegó la noche.
Pude percibir el sonido de los pequeños
pies de Claudia corretear hacia el salón y después sus gritos de
decepción. Sabía que yo era el culpable y la mirada severa de Louis
parecía no creer que no pude hallar el pony, pues era imposible,
sino que imaginaba que tan sólo me revolqué con aquellas mujeres.
-¡Es imbécil como tú! ¡Maldita sea!
¡Yo quería un maldito pony! ¡Quiero mi maldito pony! ¡Ese
bastardo! ¡Mataré a todos su elfos ayudantes! ¡Lo haré con sus
renos y quemaré su trineo! ¡Desgraciado!-farfullaba de un lado a
otro con la cabeza de la muñeca en la mano diestra y su cuerpo en la
zurda.
Aquel día juró venganza, pero cuando
creció con quien se molestaba siempre era conmigo y no con aquel
viejo gordo barbudo. Y aunque le compramos nosotros mucho más tarde,
casi dos meses después, un pony jamás sintió respeto y amor hacia
la figura de Santa Claus. Pude comprobarlo años más tarde en una
carta.
“Maldito desgraciado llamado Santa.
Soy yo otra vez. Este año no he podido
atraparte, pero te juro que si lo llego a hacer seré cruel y
retorcida. ¿Cómo se te ocurre no traerme todo lo que te he pedido?
Eres un maldito imbécil. Eres tan imbécil como Lestat y eso es sin
duda ser bastante estúpido.
¡Quería ese maldito pony! ¡Me había
portado bien! ¿A caso no me lo merecía porque mato gente para
vivir? ¡Hay idiotas que matan animales por deporte!
Te odio con todo mi corazón, Claudia.”
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