Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Quiero ese maldito pony

Bonsoir mes amis

¡FELIZ NAVIDAD! Espero que estén pasando unas fiestas perfectas con su familia. ¡Y que brinden y canten tanto como puedan! Santa viene esta noche ¿se han portado bien? Yo les daré recuerdos de vuestra parte a él. 

Y bien, justo de Santa vengo a contaros algo... del odio de Claudia a Santa en éste fic Navideño llamado Quiero ese maldito pony.

Lestat de Lioncourt

Quiero ese maldito pony


Mucho antes que Clement Clarke Moore creara su particular homenaje a la navidad y la figura de Santa Claus ya muchos conocíamos a éste encantador personaje. Un hombre que fue real y sin duda se logró a pulso ser Santo. Sin embargo, San Nicolás no es recordado por haber luchado por la peste y colaborado con enfermos sino por los obsequios y el amor que tenía hacia los más pequeños. La historia cambio y se popularizó hasta ser el sello de bebidas refrescantes, telefonía móvil y cualquier objeto que pueda ser comercializado en las agradables, festivas y entrañables fiestas navideñas. Por supuesto, siempre ocurre algo similar. ¿No somos los vampiros usados en caramelos y juguetitos para niños en las fiestas de Halloween? Eso mismo pasó con el Santo y su historia, sin embargo permitan que les narre un cuento de Navidad que seguramente desconocen.

Hacía varios meses que la pequeña Claudia era parte de nuestra familia. Tres vampiros sueltos en New Orleans cazando hasta llegar al éxtasis. La pequeña aún era inocente, dulce y de aspecto frágil. Su alma se endurecía, pero aún poseía el candor de un alma infantil. A pesar que la peste arrasó la ciudad, de igual modo que ocurrió con la localidad en la cual nació Nicolás de Bari, la pequeña deseaba celebrar las fiestas en la cual se conmemoraba la natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Admito que no era la única emocionada con las fiestas, pues tanto Louis como yo mismo nos veíamos maravillados con las hermosas figuras talladas en madera que vendían en algunas tiendas y leíamos con afán los cuentos navideños que iban publicándose en todo el mundo.

-¿Podré ver a Santa Claus?-preguntó acomodando su diminuto trajecito aquella noche de Navidad.

Llevaba un encantador vestido color turquesa con encaje blanco, su cabello dorado estaba engalanado con hermosas cintas y tenía unos zapatos diminutos de charol que yo mismo había comprado la noche anterior. Estaba radiante, hermosa, con sus ojos iluminados por la fantasía y yo no pude contenerme para abrazarla.

Louis se hallaba a su lado tomándola de la mano con un cuidado extremo, como si ella fuera a romperse, y vestido con aquel chaleco verde con bordados dorados de flores silvestres y sus pantalones negros impecables. Incluso tenía la camisa recién almidonada y el pañuelo de su cuello era del mismo color que el chaleco. Tenía un aspecto impecable y parecía tan emocionado como la niña.

-No sé si podrás verlo. Piensa que quizás Santa viene de día cuando tú ya duermes-dije tocando su nariz con el dedo índice de mi mano diestra.

-¡No! El cuento dice que viene en la noche-dijo cruzándose de brazos y soltándose del agarre de Louis.

-Claudia tienes que estar dormida para que pueda llegar Santa- susurré notando como Louis se inclinaba quedando de rodillas frente a ella, tomándola por los brazos suavemente y mirándola con aquellos ojos verdes que en aquellos días eran apacibles y profundos- Díselo.

-Papá tiene razón, mi vida-murmuró soltando sus brazos para abarcar con ambas manos su rostro redondo de muñeca.

-¿Y qué sucederá cuando llegue mi pony y no tenga agua?-en ese momento tanto Louis como yo nos miramos sorprendidos.

-¿Pony?-pregunté tocando mi mentón- ¿Un pony? ¿Eso pediste en tu carta? Yo pensé que querías muñecas, vestidos nuevos y algún libro de cuentos.

-Eso lo tengo siempre que quiero. Necesito un pony. Me gustó el pony de aquel establo donde estuvimos. ¡Quiero un pony!-exigió apartándose de ambos profundamente molesta- Si no me trae un pony juro que Santa y yo seremos enemigos eternos.

No sabíamos como detenerla, pero al menos no huyó a la calle con tan sólo aquellas prendas como abrigo. Se encerró en su dormitorio dando un portazo que hizo vibrar los muros de nuestra acogedora casa. Negué con la cabeza una y otra vez caminando en círculos entorno a Louis. Aquel pony que no dejé que se llevara sería mi perdición.

Noches atrás habíamos entrado en una vivienda como invitados y acabamos con parte del servicio y con el orfebre que allí vivía, su mujer y sus encantadoras hijas de la edad de Claudia. Era una niña voraz, inquieta y atrevida que no le importaba arriesgarse por conseguir sangre. Tan hermosa como mortífera. Pero al fin y al cabo Claudia era una niña y como niña tenía sus sueños y caprichos. Ella vio aquel pony cuando nos marchábamos. No podíamos levantar sospechas y por lo tanto no permití que tomara de las cuadras aquel animal.

-¿De dónde vamos a sacar un pony?-pregunté alzando los brazos y golpeando el aire enérgicamente.

-Se más discreto-susurró tomándome de los hombros para luego abrazarme, dejando el lado derecho de su rostro pegado a mi pecho- Puede oírnos.

-¿De dónde?-mascullé entre dientes preocupado mientras tomaba a Louis entre mis brazos y deslizaba mis manos por sus sedosos cabellos negros.

-No lo sé-dijo separándose de mí para caminar con elegancia hacia uno de los sillones de respaldo alto, los cuales nunca faltaron en nuestro hogar pese a los diversos cambios en decoración, cruzó su pierna izquierda sobre la derecha y colocó sus manos sobre sus rodillas mientras meneaba suavemente su pie izquierdo, el cual quedó en el aire- Debimos preguntar que era lo que quería.

-Supusimos que serían libros, ropas y muñecas- murmuré derrotado.

-Me quedaré esta noche con ella convenciéndola para que tome sus lecciones de piano, lea conmigo algún libro sobre las fiestas y entone villancicos- esbozó esa sonrisa encantadora que no he vuelvo a ver, esa misma que ha ido desapareciendo para cubrirse de cinismo.

Louis ha ido desvirtuándose, pero en aquellos momentos era un hermoso ángel piadoso de labios apetecibles y ojos compasivos. Era como ver una pantera doméstica que podía ser fiero y salvaje, pero había decidido ronronear con indulgencia lamiendo mis manos. Deseé despojarlo de su ropa, morder su cuello y beber de él mientras gemía con cada una de mis arremetidas en sus deliciosas, redondeadas y firmes nalgas. Sin embargo agité mi cabeza provocando que mis rizos cayeran sobre mi frente, rozaran mis pómulos y cayeran en cascada sobre mi levita.

-Ve, amor mío-aquellas palabras me provocaron un deseo incontrolable por besarlo.

Aquellos labios cálidos de tacto suave me envenenaban. Había regresado hacía escasos minutos de su salida diaria. Tenía aún cierto rubor en sus mejillas y su boca estaba caliente, su lengua estaba húmeda y poseía un sabor metálico que me electrocutaba. Quise bajar sus pantalones e introducir mis manos en su ropa interior, pero me apartó.

-Ve-repitió-Es su primera Navidad con nosotros- la punta de sus dedos estaba fría, pero algo más tibia que mi piel- Ve y busca un pony.

Me aparté resignado y a regañadientes. Sin embargo, hacía aquel enorme esfuerzo por nuestra hija. Tomé mi gabán de paño y una bufanda gruesa, así como mi sombrero de copa y un bastón para ayudarme a caminar por las aceras heladas. Mis pasos serían cuidadosos y buscaría en cada establo un pony. Sin embargo, esos malditos animales no eran muy comunes por la zona.

Primeramente caminé por el barrio francés dejándome llevar por su animada música, aunque a penas estaba asfaltada, y llegué al barrio donde se hallaba la vivienda del orfebre. Si bien, en la casa ya no estaba el susodicho animal y tampoco recuerdo alguno de su familia. Allí sólo había olor a muerte, pues su sutil aroma siempre era difícil de percibir pero aún más complicado era de retirar de una vivienda.

Caminé durante horas, casi hasta la salida del sol, y aunque me distraje observando a mujercitas dormir en sus lechos y bailé con alguna que otra mujer en los burdeles, no cesé en mi empeño. Al llegar lo hice cansado y con las manos vacías. Sólo pude conseguir otra muñeca para que decorara el árbol en la mañana siguiente.

Cuando hice girar la cerradura suspiré pesadamente y sentí que la llave pesaba más que nunca. El cálido ambiente del interior me abofeteó mientras escuchaba la dulce voz de Claudia. Cantaba un alegre villancico que ella misma había compuesto, pues decía que si Santa la escuchaba posiblemente dejaría más de un Pony.

-Estoy en el ataúd esperando que llegues tú. Estoy allí, por favor. No olvides lo que te pedí. Te quiero mucho, eres muy bueno y yo he sido una niña excelente. He querido a papi, he hecho caso a mami y también te haré caso a ti. Estoy en el ataúd esperando a que llegues tú. La navidad ya está aquí, la navidad nos hace vivir emociones increíbles y sueños imposibles- parecía tan inocente y hermosa, mucho más que como la puedo describir. Aquella sonrisa enorme con dientes pequeños y perfectos, su nariz arrugada y sus enormes ojos, me enternecía.

-Bravo-Louis se levantó aplaudiéndola mientras ella se inclinaba suavemente.

Estaban en medio del salón el cual estaba ricamente decorado, aunque quizás de forma excesiva. El árbol estaba repleto de bolas de navidad de miles de colores y formas, poseía una estrella y entorno a él había cordones de palomitas de maíz. Bajo éste había una manta roja esperando que fuese llenada con los regalos que dejaríamos para ella. El sofá donde había estado Louis sentado era estilo Louis XV y estaba forrado con un tapizado similar a las cortinas. Había un nacimiento no muy lejos con la representación en madera de la Virgen María, San José, el niño Jesús, los animales del portal y un par de pastores ofreciendo lo poco que tenían.

-¡Papá!-gritó corriendo para que la tomara en brazos.

Rápidamente tuve el aroma de sus cabellos contra mi nariz, su pequeño peso en mi brazo izquierdo mientras la mano derecha la agarraban bien bajo su axila. Ella echó sus pequeños y blancuzcos brazos de porcelana entorno a mi cuello y rió. Aquello era magia. Creo que jamás me sentí tan sobrecogido como en aquel momento. Iba a decepcionar a mi pequeña.

-Ha pedido perdón por su comportamiento de hace unas horas-susurró acercándose a nosotros con una sonrisa encantadora, la cual cambió a desagrado-Y veo que tú vas a tener que pedir perdón también, aunque creo que ya ni te importa como me sienta.

Había olido el perfume de una de las mujeres, el cual seguía impregnado en mí. Por ese motivo, y no por otro, me arrancó a Claudia de mis brazos y decidió irse a dormir junto a ella. Ni siquiera preguntó si había conseguido aquel estúpido animal.

Me aproximé al sofá tomé asiento escuchando como Louis cerraba el ataúd. Giré mi rostro hacia el armario y suspiré. Decidí que yo podría los regalos y en la caja de la muñeca escribiría “Penny” diríamos que tal vez leyó mal y se confundió trayendo una muñeca llamada Penny y no un pony. No obstante sabía que era un burdo intento de salir bien librado.

Aquella mañana dormí solo en mi ataúd mientras él tarareaba bajo canciones muy hermosas que me hacían suspirar. La voz de Louis siempre ha sido magnífica. Deberían ustedes escuchar como recita. Sin embargo, ya no disfruto de su compañía y es impensable que quiera leer algo para mí. El amanecer llegó y la casa quedó en silencio, pero tras unas largas horas llegó la noche.

Pude percibir el sonido de los pequeños pies de Claudia corretear hacia el salón y después sus gritos de decepción. Sabía que yo era el culpable y la mirada severa de Louis parecía no creer que no pude hallar el pony, pues era imposible, sino que imaginaba que tan sólo me revolqué con aquellas mujeres.

-¡Es imbécil como tú! ¡Maldita sea! ¡Yo quería un maldito pony! ¡Quiero mi maldito pony! ¡Ese bastardo! ¡Mataré a todos su elfos ayudantes! ¡Lo haré con sus renos y quemaré su trineo! ¡Desgraciado!-farfullaba de un lado a otro con la cabeza de la muñeca en la mano diestra y su cuerpo en la zurda.

Aquel día juró venganza, pero cuando creció con quien se molestaba siempre era conmigo y no con aquel viejo gordo barbudo. Y aunque le compramos nosotros mucho más tarde, casi dos meses después, un pony jamás sintió respeto y amor hacia la figura de Santa Claus. Pude comprobarlo años más tarde en una carta.

“Maldito desgraciado llamado Santa.

Soy yo otra vez. Este año no he podido atraparte, pero te juro que si lo llego a hacer seré cruel y retorcida. ¿Cómo se te ocurre no traerme todo lo que te he pedido? Eres un maldito imbécil. Eres tan imbécil como Lestat y eso es sin duda ser bastante estúpido.

¡Quería ese maldito pony! ¡Me había portado bien! ¿A caso no me lo merecía porque mato gente para vivir? ¡Hay idiotas que matan animales por deporte!


Te odio con todo mi corazón, Claudia.”

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt