Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 25 de enero de 2014

Discusiones parisinas

La noche había caído y estaba próximo el amanecer. La representación había sido todo un éxito y las ovaciones iban encaminadas hacia mí, el gran Leilo, que era tan sólo un personaje secundario. Nicolas, desde el foso, había tocado de forma metódica y apasionada cada tozo de partitura que le correspondía. Él era un hombre entregado a la música, la cual en ocasiones parecía ser su único amor. El público había llenado aquel pequeño teatro y nos sentíamos como si fuéramos grandes artistas con el nombre pintado en dorado en carteles mucho más hermosos, decorativos y caros. No obstante habíamos conseguido cierta fama a pesar de ser tan sólo unos niños intentando tocar la luna.

París se veía hermosa desde el tejado. Nicolas me acompañaba a regañadientes sintiendo la suave brisa veraniega. Ambos teníamos tan sólo la camisa, las calzas y medias. Los zapatos, chaleco y chaqueta habían quedado en nuestra boardilla. Allí sentados, con la hermosa ciudad completamente dormida a nuestros pies, sentía que se me antojaba beber un gran sorbo de vino y cantar a pleno pulmón. Me sentía satisfecho y endiosado, pero él parecía consumido en sus propios pensamientos. Aquellos ojos tristes siempre me torturaban a pesar que su sonrisa, la cual parecía la de un condenado diablo, me seducía.

—Ha sido una noche perfecta. Sin duda alguna hemos logrado que París se postre a nuestros pies—dije aquello con cierta arrogancia, pero me sentía eufórico debido a las rosas y claveles que nos habían lanzado.

—Oh, sí. Ha sido un éxito. Sobre todo como has jugueteado con nuestras compañeras. Sin duda todo un galán dentro y fuera de las tablas—aquello era un reproche desde lo más hondo de su corazón.

Las mujeres de la obra eran jóvenes y lozanas. Algunas de ellas estaban perfectamente maquilladas para aparentar algunos años más. Era la época en la cual una mujer podía subir al escenario aunque hablasen mal de ellas. Las actrices hacían más veraces los movimientos femeninos de sus personajes.

Rose, una de las más jóvenes, interpretaba a una de las criadas de la obra. Una mujer esbelta, de cuello de cisne, negros cabellos rizados que caían en cascada por su pequeña espalda y una cintura encantadora. Realmente era una flor en medio de la noche cuando aparecía en escena. Podía escuchar los piropos de algunos descarados y la envidia que levantaba incluso en la actriz principal. Yo había tenido el descaro de besar sus labios, introducir mis manos bajo la falda de su vestido y tocar su clítoris si importarme la presencia de Nicolas en la sala. Estaba ebrio y no pensaba. Él sin embargo no había bebido lo suficiente.

—Nicolas...

Susurré intentando retenerlo, pero si forcejeábamos en aquel tejado nos mataríamos. Por eso mismo permití que caminara hacia la cuerda que daba a nuestra boardilla. Sin embargo, antes de deslizarse por ella no pudo contener su rabia y soltó con furia una perorata que me molestó profundamente.

—¿Cuándo me vas el espacio que merezco? Vinimos a París a vivir como bohemios desdichados, hundirnos en la miseria y vivir de milagro. No obstante, te empeñas en ser un conquistador arrollador con cuanta fulana se aparece mágicamente frente a ti— su voz fue subiendo de tono hasta resultar ser un fuerte grito desesperado—. ¡Yo no te importo! He llegado a la conclusión que sólo soy un lastre para Lestat de Lioncourt—hizo una pausa y tomó aire con una sonrisa burlona—. Ah, disculpa Lestat de Valois. ¿Qué puedo esperar de alguien que reniega de su origen?

—¡Nicolas! ¡No oculto mis orígenes!—era mentira, pues sí lo hacía. Pero era porque ser noble en la capital no estaba tan bien visto como en nuestro pequeño pueblo.

—Sí que lo haces. Ocultas todo como me ocultas a mí—contestó justo antes de desaparecer hacia el interior del edificio.

Me moví con cuidado, aunque intenté ser rápido, para introducirme en la boardilla y poder seguir la discusión en un lugar menos peligroso.

—No te oculto—dije en un susurro.

—¿Y por qué susurras?—preguntó apretando los puños para contenerse.

Sabía que deseaba golpearme y que estaba completamente decidido a hundirme si era necesario. Me aproximé a él deseando detenerle y obligarle a besarme. Quería que dejara de proferir tales acusaciones y fuese el dócil violinista que había tenido como amante en Auvernia.

—¿Crees que verían bien nuestra relación?—me acerqué a él para tomarlo del rostro e intentar calmarlo y que entrara en razón, pero lo que tuve fue un fuerte empujón.

—¡Eres un miserable!—dijo lleno de rabia.

El rostro de Nicolas era una mezcla perfecta de la masculinidad de cualquier joven de su edad, los veinte años, y ciertos rasgos femeninos como sus labios algo gruesos y sus pobladas pestañas. Tenía un aspecto delicioso y sobrecogedor, sobre todo cuando se enfurecía. Sus cabellos ondulados caían libres por su endiabladamente perfecta figura. Tenía la camisa, la cual tenía algunas manchas de vino que resaltaban en aquel blanco tan pulcro, abierta y mostraba parte de su torso, el cual era menudo y de piel lechosa, dándole un aspecto desaliñado muy seductor.

—No, sólo soy un estúpido que no puede contener sus impulsos—respondí.

—¿Ahora llamas impulsos a ser un mujeriego?—alzó la voz de tal forma que ambos pudimos escuchar como la casera golpeaba con el palo de la escoba el piso.

—¡Callaos malditos borrachos o mañana mismo os echo!—pudimos oír a duras penas mientras nos mirábamos a los ojos intensamente.

Nicolas se giró comenzando a llorar en silencio. Sin embargo, podía ver como sus hombros se bajaban y subían por el ligero temblor. Me aproximé a él abrazándolo mientras apoyaba mi mentón en su cabeza. Me sentía completamente perdido en su belleza y también en el calor que me transmitía su cuerpo. Era algo más joven que yo y tenía un aspecto similar al de un ángel. En aquel momento juraría que me sentía un demonio al tratarlo de aquella forma.

Hice que se girara hacia mí para poder besar sus labios, con la mano derecha intenté secar sus lágrimas y con la izquierda lo tomé de la cintura. Nicolas se dejó arrastrar por el momento y porque sabía que no quería perderme. Él estaba allí, atado a mí, deseando que yo estuviese a su lado por siempre. Sus labios eran suaves, carnosos y cálidos. Podía sentir su lengua diestra batirse conmigo en un duelo enloquecedor y como él notaba la mía del mismo modo.

Rápidamente nuestras prendas volaron por la habitación quedando ambos desnudos. Su cuerpo era delgado y delicado, sus nalgas redondeadas y sus piernas podían ser confundidas por las de una mujer. Tenía unos muslos delicados, unas rodillas perfectas y sus piernas en sí eran largas como las de una bailarina. Poseía una belleza celestial y yo deseaba arrebatar las alas imaginarias al ángel que yacía en mi lecho.

Las sábanas estaban revueltas, pues no habíamos perdido el tiempo en hacerla cuando nos marchamos al teatro, y quedaron aún más desordenadas cuando él se aferró a ellas tirando de éstas hacia abajo y abriendo a su vez sus piernas. Quería que lo hiciera de forma brusca y sin proceder a juegos. Él me necesitaba de forma urgente.

—Hazlo, hazlo por favor—su rostro estaba contraído por el dolor y el deseo como si fuera un mártir y yo terminé siendo el verdugo.

Aproximé mi miembro a su entrada notando que prácticamente era imposible entrar en él sin dilatarlo, pero su mano derecha fue directamente a su entrada y comenzó a estimularse mientras me miraba mordisqueándose el labio inferior. Era una postura sumisa y erótica que no he visto en otro amante. Mi sexo estaba endureciéndose aún más, tomando vigor, mientras mis dedos empezaban a masturbarme sin poder evitarlo. Ni él ni yo estábamos listos, aunque yo prácticamente podía empezar en ese mismo instante.

—Lestat júrame que seré tu única puta—dijo mirándome con aquellos ojos café tan intensos que me hacían arder—. No quiero que visites a mujeres cuando puedo ser mejor que una. Mírate ya estás sudando ¿alguna mujer puede excitarte tanto?—hablaba entrecortado a causa de los jadeos y gemidos. Sus largos dedos de violinista tocaban su próstata y se estimulaba a sí mismo—. Mi amor, mi vida, mi demonio de cabellos rizados ¿me ofreces tu lengua y juramento?

Aquello hubiese vuelto loco a cualquier hombre, por muy amante de las mujeres que fuese, y provocó en mí un efecto que desencadenó en una reacción violenta.

—Lo juro—gruñí apartando sus dedos para acomodar sus piernas en mis hombros y hundir mi lengua en su entrada.

Él gimió como si fuera una puta y se retorció en el colchón de paja. Porque eran de paja amontonada y movida que se rellenaba cada primavera. No era nada cómodo como si hubiese sido actualmente, pero eso no me importaba ni ahora ni en ese momento. Hubiese hecho mío a Nicolas inclusive en el tejado de haber tenido el suficiente equilibrio.

Mi lengua se ahondaba en él y podía notar como serpenteaba. Sus manos se aferraban a mi cabeza hundiéndome en él mientras su espalda se levantaba del colchón. Ambos empezamos a sudar quedando perlados por diminutas gotas, con la piel algo enrojecida y con un temblor que nos agitaba a ambos de pies a cabeza.

Aparté mi boca cuando noté que estaba a punto de llevarlo a un orgasmo. Nicolas era extremadamente sensible y parecía completamente subyugado a mis caricias. Por mucho que me intentara alejar con reproches y peleas siempre se pegaba a mí como un gato ronroneando por el placer, buscando disfrutar de cada segundo y hundiéndose más y más en mis caprichos.

Acomodé sus piernas entorno a mis caderas y le penetré mientras acomodaba mis brazos entorno a su figura, mucho más delicada y delgada que la mía. Su mirada cargada de deseo se fundió con la mía llena de lujuria. Su boca y la mía se enredaron en una fiesta salvaje y comencé a bombear con cierta velocidad. No iba a ser un sexo suave tras una discusión como aquella. Quería marcarlo como mío tanto en cuerpo como en alma.

Nicolas no tardó en gemir mi nombre mientras clavaba sus uñas en mis hombros, buscando poder agarrarse, mientras el colchón se movía junto a nosotros. Cuando dejaba de besarlo tomaba aire y buscaba nuevas zonas erógenas que aún no había despertado. Su cuello, clavículas, los lóbulos de su oreja y su mentón eran atacados con besos y mordidas. El bombeo de mi miembro en su interior se intensificó mientras él me acompañaba moviendo sus caderas de forma contraria. Mi violinista maldito, el hombre que amaba por ese entonces, se deshacía en oraciones quejumbrosas mientras sus ojos quedaban vueltos llegando a un rápido orgasmo. Aquel sexo salvaje y rápido fue el último que tuvimos con París de fondo y siendo tan sólo dos jóvenes mortales.

—Me lo has jurado—dijo riendo bajo mientras acomodaba algunos de mis mechones tras mis orejas—. No quiero trucos Lestat—susurró tocando la punta de mi nariz con el dedo índice de su mano derecha.

Nunca lo he dicho, pero a él le había regalado joyas como si fuera una mujer y en ese dedo llevaba un anillo de plata con una pequeña gema de poco valor. Sin embargo, era una gema hermosa de color verde pálido y a él parecía enloquecerle. Era sin duda mi amante, mi pasión y mi gran esperanza. A pesar de mis juegos con las mujeres parisinas yo era fiel a él, pues mi corazón era suyo en aquellos dulces momentos.

—Lo hice, lo hice—murmuré somnoliento deseando no tener otra estúpida pelea en meses.




Prince de violon bienvenue à mon coeur... pour toujours.
Lestat de Lioncourt

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt