La noche había caído y
estaba próximo el amanecer. La representación había sido todo un
éxito y las ovaciones iban encaminadas hacia mí, el gran Leilo, que
era tan sólo un personaje secundario. Nicolas, desde el foso, había
tocado de forma metódica y apasionada cada tozo de partitura que le
correspondía. Él era un hombre entregado a la música, la cual en
ocasiones parecía ser su único amor. El público había llenado
aquel pequeño teatro y nos sentíamos como si fuéramos grandes
artistas con el nombre pintado en dorado en carteles mucho más
hermosos, decorativos y caros. No obstante habíamos conseguido
cierta fama a pesar de ser tan sólo unos niños intentando tocar la
luna.
París se veía hermosa
desde el tejado. Nicolas me acompañaba a regañadientes sintiendo la
suave brisa veraniega. Ambos teníamos tan sólo la camisa, las
calzas y medias. Los zapatos, chaleco y chaqueta habían quedado en
nuestra boardilla. Allí sentados, con la hermosa ciudad
completamente dormida a nuestros pies, sentía que se me antojaba
beber un gran sorbo de vino y cantar a pleno pulmón. Me sentía
satisfecho y endiosado, pero él parecía consumido en sus propios
pensamientos. Aquellos ojos tristes siempre me torturaban a pesar que
su sonrisa, la cual parecía la de un condenado diablo, me seducía.
—Ha sido una noche
perfecta. Sin duda alguna hemos logrado que París se postre a
nuestros pies—dije aquello con cierta arrogancia, pero me sentía
eufórico debido a las rosas y claveles que nos habían lanzado.
—Oh, sí. Ha sido un
éxito. Sobre todo como has jugueteado con nuestras compañeras. Sin
duda todo un galán dentro y fuera de las tablas—aquello era un
reproche desde lo más hondo de su corazón.
Las mujeres de la obra
eran jóvenes y lozanas. Algunas de ellas estaban perfectamente
maquilladas para aparentar algunos años más. Era la época en la
cual una mujer podía subir al escenario aunque hablasen mal de
ellas. Las actrices hacían más veraces los movimientos femeninos de
sus personajes.
Rose, una de las más
jóvenes, interpretaba a una de las criadas de la obra. Una mujer
esbelta, de cuello de cisne, negros cabellos rizados que caían en
cascada por su pequeña espalda y una cintura encantadora. Realmente
era una flor en medio de la noche cuando aparecía en escena. Podía
escuchar los piropos de algunos descarados y la envidia que levantaba
incluso en la actriz principal. Yo había tenido el descaro de besar
sus labios, introducir mis manos bajo la falda de su vestido y tocar
su clítoris si importarme la presencia de Nicolas en la sala. Estaba
ebrio y no pensaba. Él sin embargo no había bebido lo suficiente.
—Nicolas...
Susurré intentando
retenerlo, pero si forcejeábamos en aquel tejado nos mataríamos.
Por eso mismo permití que caminara hacia la cuerda que daba a
nuestra boardilla. Sin embargo, antes de deslizarse por ella no pudo
contener su rabia y soltó con furia una perorata que me molestó
profundamente.
—¿Cuándo me vas el
espacio que merezco? Vinimos a París a vivir como bohemios
desdichados, hundirnos en la miseria y vivir de milagro. No obstante,
te empeñas en ser un conquistador arrollador con cuanta fulana se
aparece mágicamente frente a ti— su voz fue subiendo de tono hasta
resultar ser un fuerte grito desesperado—. ¡Yo no te importo! He
llegado a la conclusión que sólo soy un lastre para Lestat de
Lioncourt—hizo una pausa y tomó aire con una sonrisa burlona—.
Ah, disculpa Lestat de Valois. ¿Qué puedo esperar de alguien que
reniega de su origen?
—¡Nicolas! ¡No oculto
mis orígenes!—era mentira, pues sí lo hacía. Pero era porque ser
noble en la capital no estaba tan bien visto como en nuestro pequeño
pueblo.
—Sí que lo haces.
Ocultas todo como me ocultas a mí—contestó justo antes de
desaparecer hacia el interior del edificio.
Me moví con cuidado,
aunque intenté ser rápido, para introducirme en la boardilla y
poder seguir la discusión en un lugar menos peligroso.
—No te oculto—dije en
un susurro.
—¿Y por qué
susurras?—preguntó apretando los puños para contenerse.
Sabía que deseaba
golpearme y que estaba completamente decidido a hundirme si era
necesario. Me aproximé a él deseando detenerle y obligarle a
besarme. Quería que dejara de proferir tales acusaciones y fuese el
dócil violinista que había tenido como amante en Auvernia.
—¿Crees que verían
bien nuestra relación?—me acerqué a él para tomarlo del rostro e
intentar calmarlo y que entrara en razón, pero lo que tuve fue un
fuerte empujón.
—¡Eres un
miserable!—dijo lleno de rabia.
El rostro de Nicolas era
una mezcla perfecta de la masculinidad de cualquier joven de su edad,
los veinte años, y ciertos rasgos femeninos como sus labios algo
gruesos y sus pobladas pestañas. Tenía un aspecto delicioso y
sobrecogedor, sobre todo cuando se enfurecía. Sus cabellos ondulados
caían libres por su endiabladamente perfecta figura. Tenía la
camisa, la cual tenía algunas manchas de vino que resaltaban en
aquel blanco tan pulcro, abierta y mostraba parte de su torso, el
cual era menudo y de piel lechosa, dándole un aspecto desaliñado
muy seductor.
—No, sólo soy un
estúpido que no puede contener sus impulsos—respondí.
—¿Ahora llamas
impulsos a ser un mujeriego?—alzó la voz de tal forma que ambos
pudimos escuchar como la casera golpeaba con el palo de la escoba el
piso.
—¡Callaos malditos
borrachos o mañana mismo os echo!—pudimos oír a duras penas
mientras nos mirábamos a los ojos intensamente.
Nicolas se giró
comenzando a llorar en silencio. Sin embargo, podía ver como sus
hombros se bajaban y subían por el ligero temblor. Me aproximé a él
abrazándolo mientras apoyaba mi mentón en su cabeza. Me sentía
completamente perdido en su belleza y también en el calor que me
transmitía su cuerpo. Era algo más joven que yo y tenía un aspecto
similar al de un ángel. En aquel momento juraría que me sentía un
demonio al tratarlo de aquella forma.
Hice que se girara hacia
mí para poder besar sus labios, con la mano derecha intenté secar
sus lágrimas y con la izquierda lo tomé de la cintura. Nicolas se
dejó arrastrar por el momento y porque sabía que no quería
perderme. Él estaba allí, atado a mí, deseando que yo estuviese a
su lado por siempre. Sus labios eran suaves, carnosos y cálidos.
Podía sentir su lengua diestra batirse conmigo en un duelo
enloquecedor y como él notaba la mía del mismo modo.
Rápidamente nuestras
prendas volaron por la habitación quedando ambos desnudos. Su cuerpo
era delgado y delicado, sus nalgas redondeadas y sus piernas podían
ser confundidas por las de una mujer. Tenía unos muslos delicados,
unas rodillas perfectas y sus piernas en sí eran largas como las de
una bailarina. Poseía una belleza celestial y yo deseaba arrebatar
las alas imaginarias al ángel que yacía en mi lecho.
Las sábanas estaban
revueltas, pues no habíamos perdido el tiempo en hacerla cuando nos
marchamos al teatro, y quedaron aún más desordenadas cuando él se
aferró a ellas tirando de éstas hacia abajo y abriendo a su vez sus
piernas. Quería que lo hiciera de forma brusca y sin proceder a
juegos. Él me necesitaba de forma urgente.
—Hazlo, hazlo por
favor—su rostro estaba contraído por el dolor y el deseo como si
fuera un mártir y yo terminé siendo el verdugo.
Aproximé mi miembro a su
entrada notando que prácticamente era imposible entrar en él sin
dilatarlo, pero su mano derecha fue directamente a su entrada y
comenzó a estimularse mientras me miraba mordisqueándose el labio
inferior. Era una postura sumisa y erótica que no he visto en otro
amante. Mi sexo estaba endureciéndose aún más, tomando vigor,
mientras mis dedos empezaban a masturbarme sin poder evitarlo. Ni él
ni yo estábamos listos, aunque yo prácticamente podía empezar en
ese mismo instante.
—Lestat júrame que
seré tu única puta—dijo mirándome con aquellos ojos café tan
intensos que me hacían arder—. No quiero que visites a mujeres
cuando puedo ser mejor que una. Mírate ya estás sudando ¿alguna
mujer puede excitarte tanto?—hablaba entrecortado a causa de los
jadeos y gemidos. Sus largos dedos de violinista tocaban su próstata
y se estimulaba a sí mismo—. Mi amor, mi vida, mi demonio de
cabellos rizados ¿me ofreces tu lengua y juramento?
Aquello hubiese vuelto
loco a cualquier hombre, por muy amante de las mujeres que fuese, y
provocó en mí un efecto que desencadenó en una reacción violenta.
—Lo juro—gruñí
apartando sus dedos para acomodar sus piernas en mis hombros y hundir
mi lengua en su entrada.
Él gimió como si fuera
una puta y se retorció en el colchón de paja. Porque eran de paja
amontonada y movida que se rellenaba cada primavera. No era nada
cómodo como si hubiese sido actualmente, pero eso no me importaba ni
ahora ni en ese momento. Hubiese hecho mío a Nicolas inclusive en el
tejado de haber tenido el suficiente equilibrio.
Mi lengua se ahondaba en
él y podía notar como serpenteaba. Sus manos se aferraban a mi
cabeza hundiéndome en él mientras su espalda se levantaba del
colchón. Ambos empezamos a sudar quedando perlados por diminutas
gotas, con la piel algo enrojecida y con un temblor que nos agitaba a
ambos de pies a cabeza.
Aparté mi boca cuando
noté que estaba a punto de llevarlo a un orgasmo. Nicolas era
extremadamente sensible y parecía completamente subyugado a mis
caricias. Por mucho que me intentara alejar con reproches y peleas
siempre se pegaba a mí como un gato ronroneando por el placer,
buscando disfrutar de cada segundo y hundiéndose más y más en mis
caprichos.
Acomodé sus piernas
entorno a mis caderas y le penetré mientras acomodaba mis brazos
entorno a su figura, mucho más delicada y delgada que la mía. Su
mirada cargada de deseo se fundió con la mía llena de lujuria. Su
boca y la mía se enredaron en una fiesta salvaje y comencé a
bombear con cierta velocidad. No iba a ser un sexo suave tras una
discusión como aquella. Quería marcarlo como mío tanto en cuerpo
como en alma.
Nicolas no tardó en
gemir mi nombre mientras clavaba sus uñas en mis hombros, buscando
poder agarrarse, mientras el colchón se movía junto a nosotros.
Cuando dejaba de besarlo tomaba aire y buscaba nuevas zonas erógenas
que aún no había despertado. Su cuello, clavículas, los lóbulos
de su oreja y su mentón eran atacados con besos y mordidas. El
bombeo de mi miembro en su interior se intensificó mientras él me
acompañaba moviendo sus caderas de forma contraria. Mi violinista
maldito, el hombre que amaba por ese entonces, se deshacía en
oraciones quejumbrosas mientras sus ojos quedaban vueltos llegando a
un rápido orgasmo. Aquel sexo salvaje y rápido fue el último que
tuvimos con París de fondo y siendo tan sólo dos jóvenes mortales.
—Me lo has jurado—dijo
riendo bajo mientras acomodaba algunos de mis mechones tras mis
orejas—. No quiero trucos Lestat—susurró tocando la punta de mi
nariz con el dedo índice de su mano derecha.
Nunca lo he dicho, pero a
él le había regalado joyas como si fuera una mujer y en ese dedo
llevaba un anillo de plata con una pequeña gema de poco valor. Sin
embargo, era una gema hermosa de color verde pálido y a él parecía
enloquecerle. Era sin duda mi amante, mi pasión y mi gran esperanza.
A pesar de mis juegos con las mujeres parisinas yo era fiel a él,
pues mi corazón era suyo en aquellos dulces momentos.
—Lo hice, lo
hice—murmuré somnoliento deseando no tener otra estúpida pelea en
meses.
Prince de violon
bienvenue à mon coeur... pour toujours.
Lestat de Lioncourt
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