Recuerdo como gritabas aquella noche
cuando tu cabello comenzó a crecer. Querías huir del lugar
desesperada por la cruel realidad. Ya no eras dueña de tu vida, pues
ya no había vida que pudieses manejar. La eternidad era un mundo
distinto y yo te lo había brindado. No podía controlar tu horrible
llanto y como tus manos se acariciaban el cabello buscando una
solución desesperada. Aquello ocurriría siempre. No importaba como
te cortaras el pelo y que decidieras hacer. Siempre serías la mujer
de cabello rizado, largo y dorado. Nunca envejecerías más de los
algo más de cuarenta años, no podrías añadir ni una arruga más a
tu rostro y tampoco un centímetro menos a tu figura.
Me preguntaste si no tenía miedo o
como no me había vuelto loco. Sí, recuerdo que lo hiciste. Me
mirabas completamente desencajada e intentando serenarte. Te pedí
que me dejaras peinarte como cuando era pequeño. Era tu único hijo,
pues el resto no importaba demasiado. Tu orgullo era yo, pues era el
único que había sacado tus rasgos físicos y también tu forma de
encajar cada golpe. Era fuerte y tú también lo eras, pero quizás
lo habías olvidado en ese momento de debilidad.
Nada te ata a mí. Creo que huyes
porque sabes bien que soy el único hombre al que has logrado amar
desde la cuna. Soy la figura encarnada del amor y el amor te provoca
pánico porque jamás lo has sentido realmente. Una mujer que tuvo
que crecer rápido y firme para ser madre, dejándote llevar de la
mano de un cerdo francés que ni siquiera sabía el tesoro que le
habían concedido. Detesto a mi padre igual que tú lo detesta porque
jamás encontraste consuelo en sus brazos, sino una burla y una cruel
mirada que se fue enturbiando hasta quedar ciego. Tal vez lo
hechizaste con un mal de ojo gracias a tu belleza. Pero bien sabes
que él no fue tu amor, ni tus restantes hijos o tu antigua familia.
Sólo yo he logrado ablandar tu corazón. Soy tu hijo, tu amor y el
hombre que te creó dándote una nueva oportunidad. Huyes de mí,
pero regresas para acunarme entre tus brazos cuando el pánico o el
peligro me persiguen.
No importa donde estés porque sé que
en algún momento piensas en mí como yo lo hago contigo, madre.
Siempre estaré en deuda contigo y siempre pensaré que cuando
aparezcas la próxima vez intentaré mostrarte mi agradecimiento.
Jamás dejaré de amarte y de pensar que la libertad que ahora posees
es lo que realmente te hace feliz.
Lestat de Lioncourt
No hay comentarios:
Publicar un comentario