Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

sábado, 21 de mayo de 2016

Recordando

La niña descansaba recostada en un sofá arropada con mi chaqueta. Acababa de perder a su madre y sus abuelos no querían saber nada de ella. ¿Qué podía hacer? No sabía cómo actuar en ese momento. Ella no era un cachorro que me encontraba en mitad de una nevada. No podía ponerle un collar y fingir que era humano ante sus hermosos ojos azules. Me encontraba debatiéndome entre dejarla en un orfanato o buscar algún lugar donde pudiera cuidarla. Pero mis dudas cambiaron en tan sólo segundos. Recordé las veces que he ido de visita a uno de esos lugares tan sombríos y vacíos de amor.

Rápidamente pensé en Claudia. Ella tenía una edad similar cuando la arranqué de una cama hospicio prácticamente moribunda. Rose estaba sana y parecía una niña que había vivido pequeñas aventuras junto a su madre. Posiblemente no hubiese tenido una gran infancia con una mujer que perdía la cabeza muy seguido. Sin embargo la había amado, alimentado y protegido hasta ese día. Ella necesitaba amor porque sabía que era eso. No quería cometer la estupidez de convertirla porque fue un fallo imperdonable, además la niña no iba a morir.

—Voy a quedarme contigo. No eres un cachorro perdido, pero me necesitas tanto como dicen que el mundo necesita mi torpeza—sonreí arrodillándome frente al sofá mientras despejaba su frente. Era hermosa y parecía hecha con los mejores pinceles de Marius. Estaba viva y refugiada en sus sueños.

Pensé en varias personas que podían cuidarla y caí en la cuenta que conocía a las indicadas. Hacía tiempo unas mujeres se sentaron cerca de mi mesa favorita en un pequeño y coqueto café. Suelo ir a los cafés como cuando era tan sólo un humano y escucho las conversaciones, discuto sobre temas intranscendentales y me río de la política llena de sinvergüenzas que ya no ocultan su desfachatez. Ellas se quedaron horas conversando conmigo y noté el amor que poseían. De vez en cuando solía ir y ellas están allí.

Muchos creerían que dejar una niña al cargo de dos mujeres es una locura. Hay quienes están en contra de los matrimonios del mismo género. La sexualidad nunca ha sido un tabú o un problema para mí. Tal vez siempre he sido un hombre adelantado a mi tiempo y que ha optado por no clasificar a otros según su sexo, género o sexualidad. Sería un error clasificar a las personas como productos del supermercado dejándolos a cada uno en una estantería. Es un error que alguien le importe más con quien te acuestas que el poder el amor que puedas ofrecer. Al igual que es un error el racismo cuando todos somos una mezcla poderosa y extraña. Las familias son diferentes y siempre lo han sido pero no se ha tenido la posibilidad de mostrar un abanico tan amplio. Las madres solteras, viudas y divorciadas son un hecho en nuestra sociedad desde hace algunas generaciones. Las familias “convencionales” no siempre te ofrecen el amor que deberían. Mi padre era un tipo bastante mediocre y mi madre se veía hundida en una depresión terrible. Los padres solteros también son un hecho debido a la viudez de estos o por otras razones más complicadas. Así que dejar una niña en brazos de dos mujeres para mí no era problema, pero debía saber si ellas querrían a la pequeña.

Siempre había escuchado su amor por los niños, los animales, los jardines llenos de flores y sus respectivos trabajos. Hablaban de lo hermoso que sería tener a alguien en sus vidas a quien cuidar y al contemplarla a ella, al ver su dulce rostro, pensé que era el milagro que necesitaban. Decidí llamarlas de inmediato y se personaron en la oficina de mi abogado, donde me encontraba, para hacerse cargo de la menor.


Ahora Rose es una mujer adulta que puede valerse por sí sola. Es una joven llena de inteligencia y vitalidad. Desearía retenerla por siempre en mis brazos sintiendo su perfume y escuchando sus palabras llenas de cariño, respeto y orgullo. Pero ella es como un pequeño pájaro que es mejor ver en libertad. Me siento orgulloso como un padre aunque para ella sólo soy su tío Lestan. Me pregunto si alguna vez tendré agallas para contarle la verdad o simplemente desapareceré del mismo modo que llegué a su vida...

Lestat de Lioncourt

martes, 3 de mayo de 2016

El precio del saber

Una hoja que hemos encontrado entre las ruinas de la biblioteca de Maharet. Espero que os guste y que os haga recordar el final del penúltimo libro en el que yo tuve importancia, como también la tuvo dos jóvenes vampiros que hoy están desaparecidos.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántos siglos tienes?—preguntó Mona quedando a su altura.

Era un hombre extraño de piel similar al mármol. Sus cabellos oscuros endurecían aún más las facciones delicadas de su rostro. Posiblemente fue creado cuando contaba con algo más de veinte años. Llevaba un suéter negro de cuello de cisne y un gabán negro que llegaba hasta algo más de las rodillas. Sus botas estaban manchadas de barro y tenía algún hierbajo pegado, igual que el borde de los tejanos desgastados y oscuros. Parecía un hombre bondadoso porque sonreía a cada paso que daba, aunque las apariencias siempre engañan.

—Hablemos mejor de milenios—dijo echándose a reír.

—Mona, Khayman es el vampiro más antiguo que existe—contesté—. He leído todos los libros de Lestat y sé que eres un guerrero poderoso, pero también alguien que busca la paz continuamente. Me parece increíble la forma en la cual te sublevaste buscando la verdad y haciendo caso a tu corazón—expliqué con las manos en mis pantalones mientras caminábamos por aquella jungla.

—Pues dime cuántos milenios. Tengo curiosidad y quiero saber todo lo posible sobre lo que somos—comentó agarrándose a su brazo—. Lestat ha hablado maravillas sobre Maharet y dice que ella nos puede ayudar, ¿es cierto?

—Maharet es mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi amante y la mujer más bondadosa que conozco. No he tenido la suerte de cruzarme a otra como ella aunque su hermana también era fuerte y bondadosa, pero ahora parece no estar en este mundo aunque siempre la acompaña—sus ojos se entristecieron igual que sus labios y pude comprobar que se sentía culpable—. Quizá podáis hablar con David Talbot y mi descendiente Jesse... ¡A veces vienen! Es fabuloso tener visitas. Thorne estará encantado de hablar con vosotros. Es un buen hombre, ¿sabéis? Fue un guerrero vikingo que...

Entonces se detuvo apartando a Mona de su brazo y a mí de su lado. Se adentró en silencio por la densa jungla perdiéndose de nuestra vista en cuestión de segundos. Entonces apareció como de la nada, del mismo modo que se había marchado, con una mujer de ojos azules colgada de su brazo. Tenía su hermoso cabello pelirrojo cubierto de hojarasca, la piel sumamente blanca y una boca rosácea muy carnosa.

—Mekare, Mekare... no debes escaparte—decía pasando su brazo entorno a sus hombros—. Mekare, escúchame. Por favor, Mekare—ella estaba absorta con algunas luciérnagas e insectos que se movían a nuestro alrededor.

Sentí miedo. Ella era la “Reina” de todos los vampiros, quien supuestamente debía dirigirnos, y estaba en otro mundo. Khayman no había mentido y Lestat no nos había confirmado lo que sospeché tras leer una y otra vez “La Reina de los Condenados”. ¿Así quedábamos tras cinco o seis milenios? Porque en ese momento no recordaba con exactitud la fecha de inicio de esta bendición terrible y preciada a la vez.


Quise volver a casa igual que Dorothy pero el suelo no tenía baldosas amarillas para seguir, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata parecían querer perdernos aún más por aquella jungla hasta llegar a casa de la bruja... la cual no era otra que una mujer rodeada de libros, recuerdos y tristeza. Sabía que allí comprendería bien lo que éramos, pero hasta ese momento no supe el precio al pecado del conocimiento. Entendí por qué Lestat no quería aprender a su lado pues era ver la miseria de una venganza cruel, el dolor que había causado en una familia y la verdad más amarga sobre lo que éramos y seríamos.  

sábado, 27 de febrero de 2016

Arte

Miró al muchacho a los ojos sintiendo que su alma al fin reaccionaba, pero era incapaz de mostrar sus extraños y fuertes sentimientos. Observaba su rostro como quien contempla una de las séptimas maravillas del mundo. Él conocía bien sus sentimientos, pues realmente  sólo era capaz de amar el arte y su pupilo se lo había dicho. Aquel tritón estaba hecho para crear arte y él lo amaba. Su piel podía ser un lienzo perfecto en el cual dibujar sinuosas caricias. El joven estaba hecho para tentarle e incitarle a crear las fantasías más irresistibles. Él estaba lleno de belleza que evocaba por sí mismo una paleta de sensaciones. Se proyectaba como un ser nuevo nacido para ser torturado provocando una melodía deliciosa que haría llorar a los ángeles.

Deseaba alimentarse de esa obra infinita desenfrenado durante el sexo hasta llevarlo al borde de la muerte, pero jamás le mataría. No podía acabar con aquella maravilla pese a ser un demonio que se alimentaba del placer y del dolor ajeno, consumiendo así las almas de sus víctimas. Sin embargo le haría conocer el filo de la muerte y en esa muerte anunciada, en ese asesinato, también habría arte aunque sería un arte terrible, grotesco y sangriento.

Abarcó su cara con ambas manos y le miró acariciando con los pulgares la comisura de sus labios. Pensó en sus gemidos, igual que en el silencio de su boca amordazada. Su cuerpo retorcido y marcado por miles de injustas caricias sería arte. Y arte terminaría siendo si pintara sobre la espalda con el pincel de su látigo, cincelando marcas terribles que nadie podría borrar. Arte era y sería por siempre.


Su miembro quedó erecto entre sus manos, siendo acariciado como se acaricia el barro para darle forma. Porque el sexo para él era arte y más cuando se hace con una criatura digna para ser contemplada en su estado más salvaje. Tomó su mano derecha del muchacho entre las suyas y la llevó a su miembro. Arte también era atender a un hombre tan anciano, a un demonio que conoce bien los placeres hedonistas, con sólo mostrar ese rubor en sus mejillas. El sexo es arte, profundo y sincero, cuando se tienen sentimientos hacia la obra. Él ansiaba que su pupilo fuese su mejor obra.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Fetiche y mascota

Fetiche y mascota. 

Contemplaba al muchacho como si fuera una obra de arte. Allí arrojado sobre las sábanas revueltas de su propio lecho. Su cuerpo joven, esbelto y desnudo de ropa y vello se presentaba como el de un silfo recién arrancado del bosque. Parecía una criatura de otro mundo encerrada en una jaula de oro, satén negro y elegante mobiliario de roble. Sus muslos estaban ligeramente abiertos y sus caderas suavemente levantadas. Invitaba a ser tocado como un animal salvaje que ya ha sido torturado y amaestrado, arrebatándole su instinto pero no su belleza, para convertirse en un sutil juguete a manos de cualquiera.

Se aproximó a él con una copa de coñac en una de sus manos, la izquierda, mientras la otra se dirigía a sus labios carnosos y húmedos. Palpó sus dientes blancos y perfectos, hundió su dedo corazón e índice en aquella pequeña boca y acarició su lengua provocando que su víctima contrajera sus labios atrapándolos. Lamía aquellos dedos con cierto deseo, el mismo que mostraba en sus hermosos ojos claros.

Era una mascota para él. Un tierno muchacho al cual torturar hasta convertirlo en polvo. Podía abrir aquellas piernas y hacerlo suyo repetidas veces, mostrarlo incluso frente a un público entregado y ofrecerlo como ofrenda a todas las manos que quisieran tocarlo. Una mascota acepta lo que su amo ordena ya que esa es la virtud que ofrece la lujuria mezclada con locura, curiosidad insaciable y necesidad.

La frialdad de los ojos azules de aquel demonio era terrible, igual que la forma de tocar la piel que recubría aquella figura menuda. Tan sólo tenía diecisiete años, aunque aparentaba algunos menos. Su rostro dulce rogaba ser besado y sus mejillas sonrosadas se empapaban con sus lágrimas. Lloraba deseando ser amado, anhelando un trato que no tendría.

Los dedos salieron de su boca y se deslizaron por su torso hasta su vientre plano. Allí abajo, bajo un suave nido de vello suave, yacía una flecha que indicaba el ascenso de los infiernos hacia el cielo. Aquella mano se convirtió en el arco que tensó aún más la flecha, mostrando un ángulo aún más elevado. Sus oraciones eran cánticos blasfemos a un dios oscuro y la semilla de un placer insaciable. Pero las caricias se acabaron y aquel monstruo se apartó dejándolo allí recostado mostrando sus vergüenzas.


Él no quería destruir aún la inocencia y la virtud de aquel ser perdido en una ciudad sin nombre, en un cuarto de un frívolo demonio, porque todavía no era el momento de hacerlo caer hasta perder el alma por unos cuantos besos vacíos de cualquier entusiasmo. 

martes, 23 de febrero de 2016

Honestidad

Este texto lo he hecho al rememorar mi pasado y darme cuenta de lo que he vivido. Muchas veces confundimos amor con necesidad, amor con crueldad, amor con mentiras o simplemente amor con no estar solos. No fue literalmente así como sucedió, ni mucho menos, pero he querido reflejar esto en un texto que muchos pueden darse por aludidos. Ahora me doy cuenta de mi error gracias a la persona que tengo a mi lado.

HONESTIDAD

La honestidad cayó como un disparo que hirió sus frágiles oídos. Cayó de espalas precipitándose sobre la cama, pero sintió que era una caída de varios pisos como si el pavimento, en vez de un mullido colchón, le esperara. La crueldad de aquel mensaje fue fatal. Su corazón se quebró en mil pedazos. Jamás pensó que su felicidad era tan frágil.

Ese momento, el cual fue el inicio y el final de su vida, se convirtió en un recuerdo recurrente. Solía entrelazar sus dedos y arrodillarse a los pies de su cama, mirar el crucifijo sobre el cabecero y rezar con la pasión de un beato por no creer lo que había sucedido.  Él se había marchado dejando al ave libre, pero la jaula siempre le pareció acogedora. No sabía volar. Sus alas habían sido cercenadas y su canto sólo se escuchaba bajo esas inquietantes caricias. Era esclavo del deseo y del dolor. Se había convertido en un juguete abandonado y ahora se sentía sentado sobre un montón de desechos.

Por eso no podía creer que el amor había llamado de nuevo a sus puertas. Un amor puro y complaciente. Necesitaba quizá sufrir para poder sentirse amado. Algo en él estaba roto. El mecanismo de su alma se había vuelto disfuncional. El mundo se había derrumbado y él seguía aplastado bajo los cascotes.


Algún día se daría cuenta de lo estúpido que estaba siendo. Pronto comprendería que el amor no es dolor, ni pecado y no era sólo carne. El amor era alma pura encendida por una sola caricia. El amor era lo que el otro joven, de aspecto brusco pero corazón tierno, le ofrecía. Un muchacho que siempre parecía frío, pero que a su lado se convertía en verano. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Arte

Daniel muestra sus inquietudes.

Lestat de Lioncourt

La vida moderna ha creado diversas influencias en los vampiros. Lentamente ha generado cierto interés en los más antiguos como en aquellos que todavía pueden señalarse como jóvenes. No obstante la forma de vestir sigue teniendo gustos muy personales y provoca ciertas disputas con la moda actual. Hemos podido leer en numerosas ocasiones las discusiones internas que tienen algunos inmortales.

La ropa es algo muy personal así como los perfumes, joyas o libros. Cada época tiene un estilo y cada vampiro ha logrado plasmar en algún complemento lo que fue y seguirá siendo. Para Marius es aberrante llevar pantalones porque para él es algo “bárbaro”. Posiblemente jamás encuentre cómoda esa prenda pese a que suele usarlos. Algunos vampiros tienen mayor fortuna y logran encontrar prendas que se adaptan a su forma de ser, sentir y ver la vida. Lestat es quien mejor ha sabido adaptarse a los tiempos modernos usando chaquetas de cuero con tachuelas o gafas de sol bastante llamativas. Sin embargo, incluso él ha llegado a añorar las camisas de chorreras con elegantes encajes.

Pero, si no les importa, en ésta ocasión nos centraremos en la literatura. Para todo inmortal los libros son una fuente de cultura, información y ocio. Muchos de ellos suelen vivir aislados por algún tiempo, debido a problemas con el resto de la sociedad o porque se encuentran heridos. Hay autores que siempre les traerá grandes recuerdos y evocará a épocas en las que ellos eran humanos. Flavius, al igual que Pandora, sigue leyendo a Ovidio y dejándose arrastrar por  su concepto de amor. Por el contrario, Armand ha optado por probar autores que no habían sido próximos a él o que han influido en otros inmortales, así como en la cultura social, como es el caso de Shakespeare que es nombrado en sus memorias. Lestat ama la novela de acción e intriga quizás por su forma de ser tan intrépida e irresponsable, pero termina leyendo cualquier obra que tenga un estilo cultivado y pueda sacarle beneficios.

Si preguntas a un inmortal, sea cual sea, sobre literatura moderna verás que tuerce ligeramente el rostro. Estamos viviendo en un tiempo en que el dicho “cualquiera puede escribir un libro” es un hecho. Sin embargo que se pueda escribir no implica que el contenido sea agradable, importante o simplemente interesante para un ser que ha visto el mundo cambiar con sus propios ojos. Hay autores reverenciados que doblegan a nuestros compañeros, pero también hay otros que provocan la ira de muchos de ellos.

La música es también muy importante, por no decir imprescindible. Hemos podido presenciar el auge de la radio para vampiros, aunque los mortales piensan que sólo es ficción y una hermosa performance que los mantiene en vilo. Si bien ahí tenemos el piano de Sybelle y el violín de Antoine, así como las voces de los coros de “El Sabio”. Ya se sabe que “la música amansa a las fieras” y “calma las heridas del guerrero”. Pero no toda la música es apta para nuestros oídos. El rock no es apreciado para los más antiguos, salvo si es música proveniente de los aullidos de Lestat porque narran la historia que todos conocemos a la perfección. Todavía se recuerda y tararea las estrofas que animaron a Akasha y la hicieron despertar para convertir el mundo en un infierno aún más terrible.

Los gustos no cambian porque nosotros no cambiamos. Nos sentimos cómodos en lo conocido por mucho que capte nuestra atención. Terminamos rodeados de objetos que nos recuerdan a los buenos tiempos. Armand ha decorado su refugio en Nueva York como si fuese un palazzo veneciano. En cada habitación hay un pasadizo al pasado y al arte que predominaba aquellos tiempos, también posee dos hermosas bibliotecas plagadas de libros que ha leído en más de una ocasión. Es el vampiro que mejor se ha adaptado aunque cuando lo conoció Lestat era torpe, vestía casi como un cadáver recién salido de la tumba y era incapaz de relacionarse correctamente. Es un caso excepcional. Gregory también lo es pues ha logrado crear un imperio farmacológico y envolverse en un halo de misterio, lujo y paz. Sin embargo, el caso más llamativo será como el líder de una secta oscura y abominable, como era Armand, ha logrado cambiar hasta llegar a ser un empresario de éxito envuelto en viejos recuerdos que sosiegan sus heridas.


El ser humano no da la importancia necesaria a vestir como uno desea, como uno es realmente, porque desean ser aceptado en una sociedad que necesita gente que no piense por sí mismo, que no sea diferente, y que premia lo común. Las grandes empresas roban la imaginación a los jóvenes desde edades tempranas ayudados por una educación poco flexible. La literatura, la música y el arte en general se están convirtiendo también en puntos útiles para la uniformidad de la sociedad. En ocasiones el autor más vanguardista, aquel que es criticado hasta la saciedad, es mucho mejor que un autor de éxito que sólo crea libros para ser comercializados. El arte, pese al paso de los siglos, sigue siendo más puro cuanto más hambre y miseria pasa el artista. Tal vez es cierto que para ser amado, usado incluso por los inmortales, se precisa haber sufrido. 

Dead World

Gracias a él he podido terminar el texto que estaba haciendo. Me ha pasado este tema y ha salido solo.

Dead World 

Copo a copo se forma un manto de nieve. Cada poco es distinto como distintos somos los seres que habitamos este mundo. Uno a uno formamos grupos primarios como las familias o grandes ciudades llenas de siniestra tecnología. Lentamente nos hemos convertido en ciudadanos que no precisan usar siquiera su intelecto, pues las grandes empresas han puesto a nuestro servicio eficientes robots que lo hacen todo e incluso pueden tener sentimientos semejantes a los nuestros.

Ellos, dentro de su impresionante amalgama de microchips y cables, se han fundido con un alma intangible llena de recuerdos que nosotros manipulamos como si fuese un videojuego. Hemos intentado que cada modelo sea distinto y cercano. Algunos usan estos nuevos miembros de la sociedad, cada vez más perdida y confusa, como parte imprescindible de la familia. Hay quienes dicen que han dado nueva vida a personas fallecidas, otorgándoles su voz y su aspecto físico. Sin embargo, no les ofrecemos el mismo trato. Cada cierto tiempo nos dejamos deslumbrar por un nuevo modelo y perdemos lo poco que nos queda de humanos reemplazándolos sin miedo.

En mitad de las grises y desoladas ciudades, entre los numerosos gases tóxicos, viajan sin rumbo la “chatarra” que nadie quiere. Algunos son capturados, separados en piezas y vendidos por trozos. Otros, los más modernos, pueden ser reparados encontrando un hogar poco estable, pues saben que pronto serán lanzados al contenedor de basura.

No importa lo nuevos o viejos que sean, ellos son distintos. Parecen poseer algo que nosotros hemos olvidado y es la humanidad. Aunque no pueden reproducirse, supuestamente sus sentimientos son generados gracias a un gran banco de datos, y lo aprendido no es más que archivos procesados tienen algo que nosotros ya no tenemos. Pueden pensar casi por sí somos mientras que nosotros nos fundimos con el sofá, la televisión por cable y el murmullo de las distintas redes sociales.

Nuestros antepasados luchaban en las calles por sus derechos, labraban la tierra manchándose las manos, lloraban frente a las tumbas a quienes amaban, salían a los parques para escuchar el murmullo del agua de las fuentes, hacían volar cometas en un día de viento, observaban a las gaviotas picoteando los desechos que dejaban atrás los rudos hombres del mar, corrían a través de los bosques, olían flores de las macetas que con esfuerzo cuidaban, jugaban con los perros cerca de la orilla del mar, adoraban la belleza de los andares de un gato callejero, reían lanzando globos de agua, reflexionaban ante un tablero de ajedrez, se frotaban las manos heladas y adoloridas tras un día en la fábrica, recogían a sus hijos del colegio y hacían que el mundo tuviese vida. Pero ahora la vida sale de mentes metálicas. Nos hemos aislado en cuartos oscuros ligeramente iluminados por una pantalla. Ni siquiera tenemos que salir a realizar algún encargo.

¿Y esto es lo que traía la maravillosa época de la tecnología? ¿Esto? Robots más humanos y humanos más robotizados. Un mundo terrible que se destruye ahí fuera y nos da igual. ¿Eso era? Prefería ser un cavernícola rascándome los piojos de mi mugrosa cabeza.

Mi padre era escritor e imaginó este mundo mucho antes que yo siquiera fuese un proyecto, una idea, un concepto o simplemente lograse que abriera los ojos una mañana. Él me hizo por amor. Soy el hijo de la genética más maravillosa que dicen que han ideado. Poseo los recuerdos de mis padres, tengo sus mejores genes, y sin embargo me siento igual a todos. A mis cuarenta años sólo quiero echarme a llorar porque no he logrado encontrar algo que sea mío, que otro no hubiese elegido. Esta vida es absurda cuando está tan bien programada. Entonces lo contemplo a él y deseo besar sus fríos labios.

Convivo con un hombre de aspecto humano que posee los recuerdos de alguien que amé profundamente. Sus manos se colocan entre las mías y entrelazamos los dedos. Siento que él reza por mi alma a un Dios que no existe. En estos días finales en los cuales el mundo cae en la extremaunción de su alma siento que tengo esperanza. Él hace que las flores de mi jardín crezcan y no hablo de un jardín con geranios, madreselvas y coloridos rosales. Hablo de un jardín que creía yermo y que es mi propia alma, la cual estuvo en estado de coma durante más de diez años.


Algún día las máquinas se alzarán y será el final de nuestros días. Pero mientras ese día llega viviré con éste joven metálico, hecho con cables y lenguaje informático, que nunca envejecerá y que posee el nombre del amante que abandonó este pútrido mundo para ser libre.

viernes, 19 de febrero de 2016

La misión

Otro de esos textos que me gustan escribir lejos de Crónicas, con personajes propios y una historia que no tiene principio ni fin. Lo he basado en un sueño que he tenido con la persona que me inspira en muchas ocasiones (ya sea con su conversación, con la música que comparte conmigo o simplemente ofreciéndome cierto consuelo en malos momentos) 



La misión


Habíamos llegado al valle. La nieve nos rodeaba con un manto denso y limpio. Tan limpio como las sábanas blancas recién lavadas. Era sin duda el blanco más puro que podía existir. En aquella pátina blanca no había ni una mota de barro o hierba que destacara. El camino estaba más o menos marcado. Había abetos a los lados, posiblemente dispuestos de ese modo para evitar que el sendero se llenase de hierba alta u otro árbol, o arbusto, que pudiese entorpecer el camino. A lo lejos se veían montañas, ligeramente sombreadas por unas nubes oscuras y tupidas, así como el poblado que nacía justo en el valle.

Las casas, con sus tejados cubiertos de nieve, parecían despertar después de una terrible y angustiosa noche de ventisca. Los copos se amontonaban aún más, como si hubiese decidido no darse por vencido aquel maldito clima.

Habíamos decidido viajar a lomos de dos hermosos ejemplares. Aquellos elegantes caballos negros poseían unas bellas monturas; eran tan hermosas que incluso poseían bordados y apliques en plata. Aunque, por desgracia o fortuna, quedaban cubiertas por las gruesas capas que nos arreciaban de aquel duro ambiente. Los cuellos altos, bien subidos, rozaban nuestras mejillas heladas y heridas. Si bien, no era lo único que nos ofrecía cierto consuelo, pues las capas tenían gruesas capuchas que ocultaban parcialmente nuestras cabezas. Sólo nuestros ojos, y algo de nuestras mejillas, eran visibles a los demás viajeros con los cuales nos cruzábamos.

Íbamos uno al lado del otro sin hablar demasiado. Sólo viajábamos en solemne compañía. Sabíamos que todavía no llegaríamos al fondo del asunto, y que teníamos días duros y arduos en aquellas tierras. La bolsa del dinero la llevábamos bien pegada a nuestra piel, bajo las numerosas capas de ropa, del mismo modo que el cinto y nuestras espadas y escopetas de cañón corto.

Olíamos a animal, pues habíamos convivido con ellos durante más de una semana refugiados en cuevas, en un hostal moribundo y en dos cuadras mal acondicionadas. No había tiempo para la higiene. La carta debía llegar a manos del maese Mateo, el cual aguardaba orando en la iglesia que tanto amaba y visitaba.

La humedad hacía casi imposible que nos moviésemos con facilidad, pero me reconfortó el olor de la leña en las chimeneas de las numerosas casas, apretadas unas contra otras, así como el del pan recién hecho. Mis huesos dolían, como dolía la herida de navaja de una refriega, el día anterior, con dos bandoleros que terminaron peor parados. Tenía fiebre y náuseas, pero sólo de imaginar una rebanada de pan recién hecho, junto a un cuenco de leche con miel, mi ánimo remontaba.

—Aguanta, en unas horas podrás descansar en una cama. ¡Y tal vez de colchón de lana!—dijiste echándote a reír, como si aquello fuese el paraíso. Y, para ser sincero, sonaba como tal.

—Me conformo con un lugar cerca de un buen fuego y un cuenco de caldo recién servido—confesé aferrándome a las riendas.


Evitaba decirte la verdad. El dolor era agudo. La fiebre era cada vez más alta. El frío no ayudaba. Sin embargo, aquella misión la cumpliríamos. No dejaríamos en evidencia a nuestra orden, ni nuestras palabras juradas una a una. Había vendido mi orgullo y mi honor en esa misión. Era compleja, podría hacer derrumbar los cimientos de la corona y de ciertos obispos que cometían atroces tropelías. Necesitaba que tú creyeras en mí para que yo pudiese confiar en que todo iba a salir como habíamos acordado.

lunes, 8 de febrero de 2016

Little disaster

Nuevamente dejo algo que me ha inspirado cierto rol y ciertos personajes. Desde aquí le quiero dar las gracias al conejo/liebre. Dos son personajes suyos y uno es mío. He querido hacerle este regalo, sin más. La música es un tema que a él le gusta y que si se quedan con la letra, si la observan con atención, podrán encontrar el porqué lo he añadido al texto. 

Dos de los personajes son demonios, uno es un demonio antiguo y el otro uno bastante joven, y otro es un tritón. Sí, son criaturas mitológicas. Lo comparto porque quiero, pues en realidad es un regalo que he hecho intentando tener especial cuidado. 





Estaba allí, arrojado a sus pies, con los ojos clavados en aquellos tan temibles. Era como un animal salvaje en mitad de una jungla terrible, y él estaba desnudo, sin armas ni posibilidad, esperando que clavaran sus garras y arrancaran cada pedazo de su piel y carne hasta convertirlo en huesos lacerados. Su flequillo caía rozando la punta de su nariz, dándole un aspecto aún más desvalido, mientras que su cuerpo temblaba aún adolorido por el último golpe que le había propinado aquel coloso.

Ese maldito demonio no tenía piedad. No existía la compasión en su vocabulario. En realidad, en él sólo había crueldad. Era pura oscuridad concentrada en aquellas enormes manos que le tocaban sin permiso, que apretaban sus carnes y lo convertía en un pobre imbécil sin escapatoria. Ya sabía bien lo que ocurría cuando llegaba a ese punto de no retorno, cuando lograba doblegarlo hasta tenerlo cerca de sus formidables botas. Tocaba una patada en sus costados, que le hacían revolcarse hacia el lado contrario, dejando a la vista su espalda. Y entonces, como no, el látigo crujía contra él.

El sonido silbante le recordaba ya a una nana. Era lo menos doloroso que podía sentir, sobre todo porque luego los gemidos de placer, sus propios gemidos, le desconcertaban. Aquel monstruo sabía como palpar entre sus piernas, asir su sexo y manipularlo de forma que sentía un placentero tirón y un deseo insaciable de ser dominado. También conocía como penetrar en él, hundiendo sus dedos y diversos objetos, en su pequeña y estrecha entrada, la cual acababa dilatada y adolorida. Sin embargo, esa noche el sonido finalizó.

Alguien había entrado en la habitación donde se encontraban. Dudó en levantar la vista, pero al hacerlo se llevó una terrible y decepcionante sorpresa. Su enloquecido amo había conseguido otro nuevo juguete, el cual se le estaba entregando como quien entrega una nueva mascota. Frente a él, y sin pudor alguno, observó al muchacho de delgada figura, ojos zafiros y piel lechosa como era examinado igual que a un animal.

Algo dentro de él rogó que se alegrara, pues pasaría a ser parte del cajón de juguetes rotos de aquel bastardo. Podría al fin salir de aquel agujero y encontrarse con la libertad perdida. Pero no podía. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando comprobó que su amo, el que creía suyo por completo, ofrecía su beneplácito al desdichado que sollozaba sin consuelo, como un niño perdido, frente a las tocas caricias y golpes que ya le propinaba.

Se giró sobre sí mismo y contempló como los dedos, gruesos y crueles, de su amo se colaban en los sedosos cabellos de trigo de su nueva mascota. Observó como lo arrojaba al suelo, tiraba de su cabello y le hacía gritar igual que si le quebraran los huesos al ser tomado por las caderas. Cuando comprobó que lo penetraba, viendo como la virilidad de aquel sucio traidor entraba y salía, cayó de bruces y comenzó a llorar amargamente. Había perdido. Se había enamorado. Se había entregado y lo habían dejado como una colilla pisoteada.


Jamás se lo perdonaría, pero no a su amo. Nunca se lo perdonaría a ese miserable. No aceptaría que otro gozara con esa maravillosa crueldad, con ese cinismo e hipócrita amor. No se rendiría. Demostraría que él todavía no estaba roto y que era útil para ser tratado como un juguete, como un animal... como un amante.  

viernes, 5 de febrero de 2016

Mad Hatter

—En ocasiones estallo demasiado rápido. Es un estallido que destruye todo a su paso, incluso lo que una vez había sostenido con cuidado. Son explosiones de rabia, pero también de incesante felicidad. No me había percatado hasta ahora que cuanto más feliz soy, o más nervioso me encuentro, más deseo conversar con otros y contar todo lo que no he podido hablar en años. Quizás parezca egocéntrico, pero no es ese el caso. Sólo quiero que otros me conozcan, que intenten unirse a mi explosión de júbilo y se unan a la fiesta. Puede incluso parecer repetitivo, cansado o simplemente poco agradable. Pero no impido que otros discutan, que me digan lo que sienten, piensan, desean, sueñan para un futuro o necesitan irremediablemente. No me había percatado de eso hasta que tú me callaste. Fue un bofetón aún más sonoro que mis estúpidas palabras, dichas una tras otras, sin pensar aunque sí sentidas. Cosas que surgen desde el volcán interior de mi alma y que explotan como si fuese el Vesubio. Y tú te enfrentaste a la destrucción de Pompeya saliendo airoso—sentado al borde de la cama, observando su cuerpo frágil y desnudo sobre las sábanas, con el cabello revuelto y el cansancio acumulado en cada fibra de su cuerpo. Allí de pie, como un coloso en mitad de una tragedia, contemplaba su mirada somnolienta y sus insaciables deseos de no decir nada.

Quiso decir algo más, pero no se atrevió. Simplemente quedó allí sin saber bien donde poner las manos, si cruzar sus brazos o si darse media vuelta y salir corriendo. Pero correr es de cobardes, o al menos siempre lo había escuchado. Tenía que quedarse allí, estoico como una perfecta escultura, esperando no ser derribado por un golpe bajo de unas palabras demasiado sinceras.

Había estado durante más de dos años aislado, consumido en una relación que le resultaba insufrible e insatisfactoria. La vida era insípida al lado de su anterior pareja. Se convirtió en una monotonía demasiado forzada. Los “te amo” ya no se pronunciaban igual, no había sonrisas al hablar y tampoco se sentía extrañamente eufórico. De hecho, él nunca lo estuvo. Sin embargo, allí estaba deseando que él se diese cuenta de su existencia como si fuese un niño pequeño intentando llamar la atención de un adulto.

Muchas veces había jugado al amor y había perdido. Apostaba por personas que no encajaban en su vida, no comprendían sus problemas o simplemente no escuchaban. Estaba harto de ser quien tenía que asumir el riesgo de sentarse, con un café entre sus enormes manos, y dejar que una serie de temas, mil veces usados, cayeran sobre él como basura sin reciclar. A veces terminaba llorando, por la frustración de ese momento, y otras sólo se tumbaba en la cama a meditar todos los “problemas” que eran “culpa suya”.

Pero con él era distinto. Se sentía libre, quizás demasiado libre. Y estaba cometiendo un terrible error tras otro. Ya no sabía qué hacer para hacer que se incorporara de la cama y se lanzara a sus brazos. Sabía que no podía arrancar sonrisas, pues serían forzadas. También conocía bien esos ojos, unos ojos que le recordaban a los suyos hacía años. Se vio reflejado en la desesperación. No era él el motivo, ni los segundos que habían ocurrido desde su última palabra hasta ese preciso instante, sino otra cosa que le carcomía. Conocía bien ese dolor, esa miseria, pero pocas veces la mostraba. Nunca decía que tenía problemas serios, viejas heridas que no cicatrizaban del todo, pero se mantenía ajeno al dolor porque a veces hay que sufrir, aunque sea un poco, para poder seguir hacia delante con esperanza.

Se quitó la camiseta, tirándola a un lado de la habitación, e hizo lo mismo con los pantalones y zapatillas deportivas. Descalzo, en ropa interior, y sin pudor alguno se recostó a su lado. Sus brazos rodearon la frágil cintura de su amante, sus labios rozaron la nuca de éste y respiró su aroma. Necesitaba abrazarlo y sabía que él también lo necesitaba.

Era un estúpido sin remedio, quizás demasiado testarudo, con unos ideales que ya no se tenían y no eran tal vez tan necesarios. Pero él era todo. No sabía hasta que punto podría ser amado, pero se sentía recompensado con unas tímidas sonrisas, unas palabras de ánimo y unas canciones que le hacían vibrar hasta estallar de nuevo en una explosión similar a la de unos fuegos artificiales. Deseaba conocerlo más íntimamente, aunque se hiciera un hueco en la cama y buscara dejar que el tiempo pasara. Lo necesitaba porque era su mayor apuesta y sabía que él también lo había hecho. Si ambos habían dado el paso hacia delante era por algo, si los dos se habían tomado de la mano significaba algo más que un juego de cartas, porque tenían algo. Era algo que deseaba que fuese como esa explosión que él sentía a fuego vivo en la piel de su alma.

—Aunque a veces hable todo por ti, porque tú no tengas ánimos, yo estaré aquí hasta que tú decidas echarme de tu lado—susurró besando con ternura la cruz de su espalda, dejando que su cuerpo se mezclara con el suyo—Lo mejor será que bailemos—añadió.

—¿Y que nos juzguen por locos?—dijo en un murmullo.

—¿Usted conoce cuerdos felices?—deslizó su mano derecha por su vientre, dejándola bajo su cuerpo y el colchón. Lo rodeaba como rodea una enredadera a un árbol o una verja.

—...—suspiró.


—Bailemos, conejo—susurró mordiendo su oreja, justo bajo un pequeño pendiente del as de picas. 

martes, 2 de febrero de 2016

No muerdas la mano que te da de comer

Imagen encontrada en google y editada por mí para la ocasión. 
Nuevamente viene a mí, en mitad de la madrugada, la inspiración. He decidido acompañar el escrito con una canción que siempre me ha acompañado... me parece erótica y explícita... toda una carta de intenciones.



El azotó el látigo contra el suelo, provocando que la madera crujiera bajo la presión. El siseo rompió el aire con gran impacto e hizo que el muchacho abriera sus adormilados ojos. Tenía el cuerpo marcado por caricias frívolas, pero tortuosas. Cada marca era una medalla, o al menos así debía lucirlas, por su gran actuación. Su alma tembló cuando un nuevo latigazo sonó cerca de su cuerpo, rozando una de sus larguiruchas piernas. Era nieve cubierta de surcos rojizos, como si hermosas flores carmesí brotaran buscando la libertad de llorar sus miserias.

Deseó gritar, pero el miedo le paralizaba. Sintió la garganta seca, adolorida por los anteriores gritos y gemidos, mientras comprobaba que aquel hombre perfectamente vestido, con uno de esos trajes elegantes a medida, se aproximaba. Tragó saliva y apretó los dientes cuando estiró su mano izquierda, para levantar su rostro apretando con sus dedos, gruesos aunque suaves, su mentón. Aquel monstruo era hermoso y él se había convertido en su juguete favorito.

El dedo pulgar de aquel perverso amante acarició la comisura de sus labios, los deslizó por estos y lo introdujo en su boca abriendo la mandíbula. Palmó sus dientes, algo pequeños y blancos, y lo coló hasta su lengua para acariciarla sutilmente. Él lo miró con curiosidad y miedo, y la respuesta de su dueño fue escupir en su rostro, delgado y marcado por la sospecha del inicio de un nuevo juego aún más perverso, y arrojarlo de un sólo golpe al suelo.

El sonido de la cremallera hizo que intentase incorporarse para huir a un rincón, como si eso pudiese liberarlo de aquel agujero oscuro, con hedor a sudor y sangre, cuya única luz era una bombilla que tintineaba y se movía como el camarote de un barco. Estaba asustado, como un animal herido y perdido lejos de su hábitat.

Una honda carcajada surgió de los finos, aunque atractivos, labios de su torturador. El miembro surgió de entre su ropa interior y pantalones. Apareció con su glande grueso y rosáceo, con su cuerpo hinchado y marcado por sus numerosas venas. Recordó el sabor de su semen, espeso y cálido, recorriendo su garganta. Igual que pudo rememorar el momento en el que otros hombres, que lo acompañó la noche anterior, eyacularon sobre él y en su temblorosa boca.

Se acercó a él con rapidez, sin darle tiempo a nada, para acabar de rodillas con el cabello entre los dedos de la mano izquierda de esa mala bestia. El látigo se alzó y comenzó a sentirlo por sus glúteos, hombros, espalda, torso y piernas. Después notó el mango acariciando los pómulos, deslizándose con cuidado como si fuese una sutil caricia, para luego introducirlo entre sus labios. Hizo que lo succionara como si fuese su propio miembro, que deslizara su lengua y se imaginase aquella piel húmeda, caliente y sabor salado.

Comprendió entonces que era adicto y quería ser su mascota, su juguete, su puta y, por supuesto, el elegido para sus sueños de dominio y castigo. Lo hizo mientras apartaba el mango del látigo e introducía su miembro. El muchacho de inmediato se aferró a los pantalones, pero el látigo golpeó sus dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió que se asfixiaba y que sus labios rozaban prácticamente su vientre. El sonido de los testículos golpeando su mandíbula era placentero y sintió como su miembro se erguía.

En mitad de aquel éxtasis, casi religioso, sintió la explosión de aquella esencia masculina que tanto le satisfacía. Bebió sediento tragando hasta la última gota, lamió el glande y apartó los restos de aquella tortuosa arma de placer. Su amo no esperó a que él acabase, ni siquiera lo tocó, sino que lo tiró al suelo y se apartó.


Las suelas de los mocasines oscuros, pulcros y cuidados, sonaron por las quejumbrosas maderas, la luz se apagó y el se tocó pensando a un nuevo juego. Un juego que alimentara más sus más bajos instintos. Se había convertido en un adicto de aquel sexo bárbaro y ni siquiera conocía el nombre del hombre que podía calificar como su amo, su Alfa y Omega.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobrevivir

Tenía miedo a la muerte. Todos tenemos miedo a la muerte. Es un miedo natural, instintivo, que nos hace luchar por aferrarnos a la vida. Pobre de aquel que ya no teme a la muerte, pues posiblemente su alma y sus instintos están muertos. El frío de la nieve me helaba, la humedad calaba hasta los huesos, y empecé a sentir que mi corazón bombeaba con fuerza. Mi vida se perdía en medio de aquel bosque, perdido entre los senderos, donde nadie me encontraría. El caballo relinchaba con fuerza mientras los lobos atacaban y mis perros, ellos tan nobles e inteligentes, atacaron con rabia intentando protegerme. El primer disparo fue fallido, sobre todo porque acabé cayendo del caballo.

Mi yegua sufría terribles heridas, las destelladas la iban destrozando y mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin embargo, no había tiempo para llorar a mi animal. Decidí ponerme en pie, disparar de nuevo y sentir como uno de ellos se lanzaba sobre mí. Como pude lo esquivé, pero me rasgó la gruesa chaqueta. El cabello caía sobre mi rostro, empapado por la nieve y el sudor frío. Los perros aullaban. Uno de los lobos caía abatido. Mi escopeta volvió a sonar después de recargarla.

Algunas aves salieron de entre los árboles, las pocas que eran capaces de sobrevivir en un invierno tan crudo. La nieve volvía a caer. Mis pisadas se hundían, intentaba moverme ágil hacia las rocas para refugiarme y así matarlos a todos. No quería matarlos. No deseaba ser un asesino tan cruel. Sólo había cazado para alimentarme, pero aquello era distinto. ¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué me eligieron a mí y no a mis dos hermanos mayores? Los dos únicos hermanos que habían sobrevivido después de muertes infantiles terribles que destrozaron el corazón de mi madre, hundiéndola aún más en un desconsuelo y soledad insoportable. Ella me esperaba. Sabía que era su único apoyo en aquel castillo húmedo, lóbrego y vacío de amor.

Mis pensamientos eran de supervivencia. Quería regresar a ver a mi madre, escuchar su voz una vez más y morir si era necesario. Ellos me perseguían. Sólo quedaban cuatro, la otra mitad yacían moribundos por las dentelladas de mis mastines o mis disparos. ¡Pobres de mis perros! Ellos también estaban muertos. Todos muertos. Parecían ángeles que habían sido enviados con Dios para salvarme a mí. ¿Por qué yo debía sobrevivir? Mis únicos amigos, los que amaba con todo mi corazón, habían caído.


Sin embargo, logré abatir al resto cuando alcancé una posición privilegiada. Disparé con destreza y los maté. Después, agotado y febril, caí al suelo, sobre la fría nieve. Horas más tarde desperté y lloré. Lloré como cuando era un niño, aunque ya era un hombre adulto. Agarré uno de los lobos tras acariciar el hocico frío de mis perros, de despedirme de mi yegua y de recoger la montura. Caminé hacia el hogar muerto y vivo. Algo en mí moría, pero ese deseo de vivir, fuese como fuese, había germinado. Me convertí en “Matalobos”... y cambié mi vida absolutamente.

Lestat de Lioncourt   

viernes, 30 de octubre de 2015

Tú eres todo

Michael y Rowan, Rowan y Michael... ¡Ah! ¡Los amo! Me gustaría volver a verlos. Aquí un trozo de las confesiones de éste gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Allí estábamos frente a frente en un inmenso mar de silencio. Era unmar más profundo y oscuro que aquel del cual recuperó mi cuerpo, salvando mi vida y mi alma. Ella, como siempre, parecía estar sobre el bien y el mal. Una mujer única, excepcional, y adicta a la tragedia aunque no lo supiera. Sus labios carnosos parecían amargos, como el humo del tabaco que exhalaba, y sus ojos demasiado tristes. Estábamos allí, en aquella sala, aguardando que alguno de los dos hiriera los segundos sin respuesta.

Estiré mi brazo derecho hacia ella, intentando tocar su mano con la mía, pero ella apartó las suyas dejándolas bajo la mesa. Una lágrima surgió como una puñalada, recorriendo su fino rostro, mientras sostenía su cuerpo a duras penas. Sabía que un dolor terrible la quebraba convirtiéndola en pedazos y éstos, como no, en polvo. La mujer que había conocido se desvanecía y dejaba escombros de su pasado. Era sólo un reflejo infiel de un hermoso retrato. Sin embargo, mi amor era ahora más fuerte que nunca. Estaba decidido a recuperar a la mujer que había llevado al altar, jurado amor eterno y cansado entre las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

—Rowan...—dije.

Ella sólo me miró cansada, inapetente, mientras hacía el intento de sonreír. Pocas veces la había visto sonreír, pero sabía reconocer sus sonrisas y esa, sin duda alguna, era un reflejo de dolor y un intento, prácticamente nulo, de consolarme como si fuese un niño pequeño al que puede mentir. Quería hacerme creer que todo estaba bien, que dentro de ella no había un mundo devorándose a otro. Las sombras de la tragedia la atrapaban del mismo modo que la sedujo, atrapó y destrozó aquel maldito fantasma. Ahora mi mujer era sólo un envoltorio, una cáscara, un muro de piel recubriendo un alma atormentada y eso no podía soportarlo.

Me lancé a la nevera y agarré una cerveza que bebí impunemente frente a ella. Me había regañado miles de veces por mi adicción al alcohol como medio para fugarme de una realidad terrible, pero era lo que había vivido y visto en mi humilde casa del barrio irlandés de la ciudad. Ni siquiera me había planteado cuántos años habían pasado desde la última vez que había pisado esa casa, pero en ese momento me pregunté cómo pude abandonar la ciudad sin sentir un profundo aguijonazo. Mi padre había muerto, no me quedaban demasiadas buenas cosas en la ciudad y mi futuro esperaba a la vuelta de la esquina. Decidí tomar mi oportunidad, mi camino, mi lugar en la vida y había regresado a la mansión que siempre había codiciado para ser su propietario, pues la heredera me había elegido entre todos los hombres del mundo. Pero, ¿había sido ella? Mientras daba un trago de cerveza, paladeando su amargura, me eché a reír percatándome que éramos marionetas de aquel indeseable. Sin embargo, ¿no era amor lo que sentía por ella? Claro que sí. La amaba profundamente y no podía evitarlo. Nadie podría evitarlo.

—Rowan, no importa lo que ha sucedido—comenté apoyándome en la nevera—. Podemos salir de ésta.

—No podré darte hijos y tú quieres hijos, Michael. He matado la única oportunidad para ofrecerte algo dulce en la vida—hablaba, por supuesto, de aquella mujer tan dócil que había dado muerte. Una mujer que había sido fruto de la violación de nuestro propio hijo, que no era más que el fantasma que siempre había tirado de los hilos del destino de la familia. Emaleth estaba muerta, enterrada junto a su padre y hermano, convirtiéndose en abono para el árbol que había presenciado tantas desgracias y carnavales.


—No importa—respondí encogiéndome de hombros—. Sólo quiero estar contigo. No importa que no seamos padres—dejé la lata sobre la mesa y me acerqué a ella, tomándola del rostro con mis grandes y ásperas manos, para entonces decirle con toda la dulzura que pude que la amaba—. Te amo. Te amo a ti, no tu fertilidad. Amo tus breves sonrisas y tu rostro serio, amo tu profesionalidad, tu temeridad, tus deseos de superarte y amo que estés viva porque sin ti, Rowan, yo me moriría. Te has convertido en los latidos de mi corazón.  

miércoles, 8 de abril de 2015

Viktor

Impacto. Fue un impacto. Como un chasquido de dedos. Fue algo que no puedo comprender todavía. Podría catalogarlo de milagro, pero quizás es demasiado precipitado. Al fin podía tener un instinto sexual depravado, como el de cualquier muchacho, con tan sólo unas inyecciones de testosterona. Simplemente me dejé impresionar. No me importó. Decidí que debía hacerlo, pues quería probar mis límites. Soy yo, el príncipe malcriado, el idiota irresponsable, el genio oscuro, la estrella del rock que aún cree que puede subirse a un escenario igual que Bon Jovi y no alguien responsable, comedido y razonable. No soy ningún inadaptado que tiene miedo a comprender la ciencia, aunque para mí sigue siendo un misterio. Quiero saber, comprender hasta la última palabra, pero mi entendimiento en ese ámbito es limitado. Puedo comprender sus maravillas, aceptar sus errores, ver con cierta ilusión la magia de la evolución de sus estudios y lo precipitado que puede llegar a ser todo. Disfrutar del contacto, la piel contra la otra, el calor, los fluidos mezclándose, los besos intensos y esos ojos llenos de deseo. Sí, extrañaba el aroma del sexo impregnando mi ropa. Por eso accedí.

Recuerdo que quise ofrecerles algo más que unas muestras. Ellos se sintieron halagados porque yo había aceptado ese juego. Desconocía por completo que un hijo mío iba a nacer. Que mi esperma iba a ser válido y que realmente no estamos muertos. ¿Cómo íbamos a estarlo? Yo era un estúpido. Creo que todos lo fuimos. Creíamos que éramos simplemente muertos que volvían a la vida y no se nos podía matar con facilidad. Mentira. Estaba equivocado. Sólo somos mutantes. Igual, tal vez, que los Taltos. Unas criaturas que conocí en otras de mis aventuras. Seres distintos, pero similares a los humanos. Eso éramos. Y todos formamos parte de una tribu, de un todo, y ese todo es un ser vivo que se unía a través de los siglos.

Podría hablar sobre ésto durante mucho tiempo. Quizás susurraría el nombre de Viktor una y otra vez. Mi hijo, mi heredero biológico, que ya posee mi propia estatura, sonrisa y ciertos sentimientos similares a los míos. Puedo decir que tengo un clon, otro ser igual a mí. Un ser que podría ser temido si se convierte a la sangre, ¿por qué? ¿Imaginan a otro irresponsable jugando con sus posibilidades, el arte, la ciencia y todos sus privilegios? ¡Sería peligroso! Pero éste hecho, y no otro, ha logrado sin duda alguna sacarme de mi depresión y hacerme despertar.

El peligro no ha pasado. Las aventuras no han finiquitado. El mundo no está del todo a salvo. Hay muchas cosas que decir. Tengo mucho que contar.


Sólo puedo decir que sigo amando, sigo deseando, sigo soñando y sigo vivo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 22 de marzo de 2015

Mi reina

Guardando silencio y gritando en él. Gritaba desesperadamente. Sus secretos estaban bajo una tumba pesada, tal vez su propio dolor y el castigo de un mundo que desconocían ya. La contemplé durante unos instantes, pero no pude contenerme. Tenía que besar su fría mejilla y observar en sus ojos el dolor que sentía. Era magnífica. No era una escultura, pues podía sentir la vida llenando cada recoveco de su cuerpo.

Deseé despertarla como si fuese la Bella Durmiente, pero siglos más tarde descubriría que hubiese sido mejor dejar que estuviese aislada, cuidada y admirada aún por los pocos que la recordábamos. Tuve que ver lo equivocada que estaba, el miedo en sus ojos, los sueños rotos convertidos en heridas y finalmente su cabeza arrancada en el suelo, manchando el mármol, mientras acababan con su vida. Quise gritar, pero no pude. Deseé llorar, pero las lágrimas no podían salir. Quedé en un estado en el cual no sabía como reaccionar.

La vida se desvaneció de su delicada figura, sus ojos quedaron vidriosos, las lágrimas estallaron en mi corazón y mi amor permaneció intacto. Comprendí que debí detenerla mucho antes de llegar a ellos. Tuve miedo. No pude defender sus ideales, pues no eran los míos. Estaba tan equivocada, tan asustada y desprotegida...

Muchos dicen odiarla y, sin embargo, yo no puedo hacerlo. Aún tengo amor en mi corazón para ella. Sé que el mundo no la comprendió, pero a veces no hay que comprender para amar. El amor en sí es un sentimiento que rompe cualquier frontera, cualquier entendimiento, seca las lágrimas de dolor por otras distintas y la complicidad aparece con esperanza. También hay quienes la aman. Sé que Marius jamás dejó de amarla. Ambos quedamos afectados con su marcha.


Ahora, tras décadas, estoy deseando saber dónde están sus restos. Quiero estar frente a su tumba y jurarle amor eterno. Fui leal a ella, aunque no era sólo por miedo. Fui leal porque sabía que me necesitaba. Sé que ella estaba aquejada de un terrible mal, el cual ha regresado y quiere acabar con todos nosotros.

Lestat de Lioncourt   

martes, 10 de marzo de 2015

Soy mal alumno y peor maestro, pero tú sigues vigilando mis pasos.

Aún no sé porqué decidí llenar los muros de medio mundo con mensajes absurdos a Marius. Se suponía que estaba muerto, pero al saber que Armand no tenía certeza alguna de su terrible final... me dio alas. Fue como una revelación. Pensé que debía buscar a ese vampiro tan antiguo porque tendría historias que podría usar, cierta experiencia y verdad que yo no conocería jamás de no sentarme junto a él. Deseaba ver con mis propios ojos un ser tan antiguo, que ha visto tanto y conoce el mundo como la palma de su mano. Necesitaba hundirme en su verdad, bucear en su alma y tocar los preciados tesoros que escondía en ella. Quizás era una imprudencia, pues podía destruirme, pero mi curiosidad era tal que no podía contenerme.

Jamás he sido muy responsable en mis actos. Creo que nunca he medido la fuerza y el valor de estos. He caminado por la senda oscura a tientas, sin luz alguna, y esperando que todo saliese como esperaba. No sé que prendía. Tampoco sé si prendía algo. Sólo quería gozar del momento, de ese instante maravilloso que puede ser hiel y miel a la vez. Me sentía en pleno derecho a saber. Los libros pueden contarte muchas historias, pero no es lo mismo si te lo cuenta alguien que las ha vivido. La experiencia es una materia que se aprende caminando, deshaciendo los pasos y volviendo la vista atrás para continuar de nuevo. Él había vivido historias que deseaba prácticamente palpar en sus palabras.

En sus brazos me sentí protegido. Debí tener miedo, pero sólo me recordó a mi hogar. Quizás fue algo demasiado estúpido por mi parte. Sabía bien que él no me destruiría, aunque su verdad podía volverme loco. Estaba impaciente. Me sentía tan nervioso que no era capaz de centrarme todos su mensajes. Olvidé por completo mis modales, me adentré en un jardín prohibido lleno de maravillas, y toqué con la punta de mis dedos la verdad más antigua. Pude ver con mis ojos las maravillas de la eternidad, lo terrible que es el poder y la inmortalidad. Vi el misterio deshacerse ante mí, como si fuese un tupido velo que caía de mis ojos. Estaba ciego, pero entonces pude ver. Oh, y lo que vi fue fascinante y aterrador.

Por mi imprudencia, por hacer algo indebido, provoqué un gran desastre y él me echó de su lado. Sin embargo, jamás lo olvidé. Nunca pude olvidar sus ojos sabios, algo fríos, y sus labios finos junto a su espesa cabellera rubia. Parecía un Dios. Un Dios benévolo que se apiadó de su único discípulo, pues nuestra única noche fue un desastre.

Llevé conmigo el silencio, pero terminé rompiéndolo ante el reto de Louis. ¿Por qué Louis? ¿No había otro vampiro que rompiese las reglas del silencio? No. Tuvo que ser él. Sentí aquello como un reto. Me llamó mentiroso, pero nunca mentí. No tenía derecho a llamarme mentiroso cuando en realidad ocultaba un secreto terrible. Y entonces todo explotó. Fue como unos maravillosos fuegos artificiales. Primero ves un murmullo, pero luego todo estalla. Fue un momento. Un instante en la vida. Un concierto terrible, muertos, fuego, destrucción, carreras, un secuestro, más muerte y un ruego de amor y poder que quedó en nada.


Marius volvió a abrazarme. Sentí sus brazos rodeándome, pegándome a su cuerpo, y noté que nuevamente estaba en casa. Sin embargo, ese no era mi hogar. Mi hogar es romper las normas que tanto ama. Disfruto siendo yo. No puedo ser lo que él pretende que sea. No soy un santo. No soy bueno. Tal vez sí soy un mentiroso. ¡Quién sabe! Sólo sé que muchos me llamáis héroe y millones pronto me llamarán Príncipe de los Vampiros.

Lestat de Lioncourt  

jueves, 26 de febrero de 2015

Felicidad

Benji habla de la felicidad. Me parece correcto. Él ha conseguido ser feliz pese a todo, lo cual es loable teniendo en cuenta de donde viene. 

Lestat de Lioncourt


Mi vida estaba vendida. Era como una mascota bien entrenada. Tenía que hacer todo lo que él dijera. Sin embargo, yo seguía siendo humano y no un robot. Podía pensar por mí mismo y sabía que jamás dejaría aquella esclavitud. En mis pequeñas manos no había futuro, sino un negro y turbio negocio de drogas y prostitución. No conseguía nada, salvo llegar ileso a la cama. Aunque, ileso es sólo un eufemismo. Mi alma estaba rota, dividida en miles de pedazos y esparcida por todas las grandes avenidas de New York. Era una rata callejera, un ladrón y un maldito estúpido que debía sonreír cuando quería llorar.

Siendo sinceros me sentía dichoso nada más cuando la veía. Ella estaba allí para secar esas lágrimas invisibles, acariciar mis mejillas y susurrarme que me quería. Sí, ella me quería. Era el único ser humano loable en toda la ciudad. Todos ocultan mentiras y podredumbre tras sus perfectas máscaras. Pero ella no. Tenía ojos de niño, aunque era una mujer adulta, y me miraba con la ilusión de escapar de allí. Era un ave metido en una enorme y lujosa jaula. Aquel apartamento era para nosotros una celda limpia y con bonitas vistas. Su nombre lo conocen bien, pues tanto ella como yo ahora caminamos al lado de Armand y otros inmortales. El nombre de esa hermosa joven, la cual tocaba el piano con su alma y no con sus dedos, era Sybelle.

Los ángeles tienen que tener su aspecto. Lo juro. Sus enormes ojos azules te hacen preguntarte si el cielo, en las mañanas de verano, es tan hermoso como ellos. Poseía una melena rubia, sedosa y brillante que yo solía cepillar. Aún lo hago. Pese a todo, lo hago. Aunque ya no es para olvidar el dolor, ni para sentir un poco de afecto, lo hacemos. Es un ritual. Yo cepillo sus cabellos y ella me besa el rostro, hunde su nariz en mi cuello y susurra algunos versos en mi oído. Sigo siendo su niño, aunque tan sólo lo sea en apariencia. No me importa. El amor que ella me profesa es tan puro y mágico, tan importante para mí, que se ha convertido en mi nueva adicción. Ya no es el cigarrillo lo que me importa, sino esa risa cristalina que aún posee.

Podrían decir que es gratitud lo que siento, pero la gratitud no está llena de complicidad y sonrisas. La gratitud no tiene nada que ver con esto. Yo la amo a mi modo. Soy un hombre adulto, aunque posea la apariencia de un niño de doce años bien desarrollado. Tengo cierta estatura, por eso puedo parecer un hombre delgado y bajito. Pero al fin y al cabo ¿no soy eso? ¿No soy un hombre? Amo a Sybelle como lo haría cualquier otro. La deseo a mi lado, beso sutilmente sus labios y me pierdo en la profunda sensación de placer, y deseo, de su música. Ella es libre, yo soy libre y Armand también.

Hemos compartido mucho tiempo los tres, e incluso lo hemos hecho con otros que han ido y venido. Pero somos quienes continuamos juntos pese a todo. Mi prodigiosa inteligencia, suspicacia o llámalo como quieras, no impide que siga siendo parcialmente inocente y quiera creer en los espíritus bondadosos. Esos espíritus que se pusieron en nuestro camino e hicieron que nos conociéramos.


No sé que sería sin mis compañeros... pero sí sé lo que soy. Soy un hombre feliz, con una radio en Internet donde gasto mi tiempo para otros y un vampiro. Sí, un vampiro. Soy eterno, más o menos, y veré el fin de los tiempos si no muero antes a manos de otros. Pero eso no me importa. Sólo quiero ser feliz, cosa que no fui siendo un niño real. Y la felicidad, eso que dicen que no existe, suele caminar a mi lado y sonreírme.  

martes, 17 de febrero de 2015

El príncipe

Sé que imitadores baratos hay cientos. Todos son el clásico cliché de estúpidos engreídos con gafas de sol y melena al viento. Hay quienes ni siquiera son capaces de enumerar mi lista de cualidades, apreciar mi maldad o comprender básicamente porque hago lo que hago. Soy un ser que necesita amor, comprensión y diversión. Me convertí en un hombre de acción nada más tener cierta conciencia de mí mismo. Entiendo que es divertido ser yo, pues jugar a los vampiros puede ser inclusive gratificante. Pero ustedes, pequeñuelos, no son siquiera la sombra del muchacho irresponsable que llegué a ser.

El paso de los siglos ha convertido en pétreo mi corazón. He matado, codiciado, provocado y creado mis propias reglas que, con aire triunfante, después he derrumbado. Sin duda, soy único. No necesito que todos me adoren para saberlo, pero es gratificante y divertido. Soy carismático, adulador ocasional y egoísta. He caminado por el cielo y el infierno. Me gusta pensar que he corrido las aventuras más extrañas que un inmortal puede codiciar, pero, pese a ello, me siento vacío. Ese vacío lo llenan los aullidos de los fanáticos que viajan en peregrinación hacia los lugares donde me encuentro. Sí, como en el concierto. Aún lo hacen. Me llevan rosas amarillas y me piden que regrese. ¡Ja! Y cuando lo hago, señores míos, destrozo a los timadores de poca monta.

No soy egocéntrico, pues sólo aprecio que no soy tan débil como pensaba en un principio y, por suerte o desgracia, he sobrevivido al odio, venganza y desprecio del destino. Me he arrojado a los brazos de la muerte riéndome a carcajadas, y ella, con total dignidad, se ha dado media vuelta. Soy prácticamente inmortal, pues pocas cosas lograrían matarme. Y, sin embargo, siempre está el deshonesto que cree, en su simpleza, que puedo a llegar a ser bueno y convertirme en su héroe.

Yo sólo disfruto del momento, sin importar las consecuencias, y desprecio a todos aquellos que se jactan de mi poder.


El príncipe ha vuelto y trae una historia nueva para narraros...  

Lestat de Lioncourt 

viernes, 30 de enero de 2015

Peligro llama a peligro

David tiene razón en muchos aspectos, pero en otros no. Digamos que le mejoré la vida.

Lestat de Lioncourt


Muchos desean ser inmortales. A lo largo de la historia el hombre ha hecho miles de intentos para sobrevivir en el tiempo breve que tienen de vida. Hay quienes han inmortalizado su nombre, su talento o simplemente la crueldad de sus actos. Nadie escapa de ese imposible deseo de perdurar más que otro ser humano. La muerte nos causa miedo y nos perturba casi desde el mismo momento que tenemos capacidad para comprender que todo lo que nace, sea lo que sea, acabará muriendo.

Cuando era un niño tenía la capacidad de ver espíritus. Con el tiempo esa capacidad fue mejorando. Aprendí a escuchar, sentir y diseccionar la verdad que había a mi alrededor. Nunca creí en Dios. No en el Dios al que muchos rezan. No puedo creer en él. Pero a la vez tengo esa esperanza. Pues la esperanza jamás se pierde, ¿no es así? Una vez creí ver a Dios y al Diablo discutiendo en una cafetería, pero terminé diciéndome a mí mismo que eso era una auténtica locura. Nunca se lo dije a nadie, sin embargo terminé confesándoselo a un vampiro.

La inmortalidad existe y yo soy la prueba de ello. Mi nombre es David Talbot y el cuerpo que habito no es el mío. Es el cuerpo de un joven que tomó el camino incorrecto, tropezó con el “lobo” y éste acabó con su cuento sin un final feliz. Yo era un anciano cuando conocí a Lestat, ese vampiro del que todos han oído hablar, y por su imprudencia acabamos en una aventura que muchos conocerán.

Talamasca es una organización conocida entre aquellos que estudian a los muertos, los sucesos paranormales y las diversas criaturas que conviven con nosotros. Una persona normal jamás sería miembro o creería fielmente en nosotros. Hay quienes pensarían que estamos locos si supieran quienes somos y nuestros métodos. Hemos estado observando el mundo y aprendiendo. Yo fui director de esta orden. En parte aún me siento ligado sentimentalmente a mis recuerdos como director, pero en estos momentos no tengo contacto alguno con nadie que esté involucrado todavía en la orden.

Lestat, después de ser advertido por Marius en varias ocasiones, decidió venir a verme. Entró en mi despacho, se paseó por él y me miró como quien codicia un pequeño tesoro. Sus doradas cejas, su cabello rubio y espeso cayendo por sus hombros algo anchos, esa pose descarada de joven rebelde y esa ropa, esa maldita ropa de adolescente sin remedio adicto al rock y la mala vida, me hizo reír internamente, aunque me fascinó. Me reí porque jamás vi un vampiro con tanta elocuencia, aunque personalmente no había tenido contacto con ninguno. Había leído sobre ellos, escuchado a compañeros hablar sobre los jóvenes vampiros que se reunían en todo el mundo, y para mí fue un impacto verlo en mi despacho. Decidí atenderle, responder a sus preguntas y hacer amistad. Ustedes también habrían pecado de ese modo, estoy seguro, pues es una oportunidad única en la vida.

Poco después de conocernos vino con una disparatada propuesta. Según él le habían asegurado que podía cambiar su cuerpo inmortal por el de un joven mortal. Un joven apuesto. Él quería comer de nuevo paladeando la comida, beber vino, tener sexo hasta el amanecer y disfrutar del sol. Cosas que como vampiro uno no suele disfrutar.

Acabaron robándole el cuerpo, su fortuna y su poder. Sufrió mucho por esa estúpida idea. Me rogó que lo ayudara y decidí hacerlo. Conocía al ladrón. Era un antiguo miembro de la orden que cayó en desgracia. Alguien que no me agradaba. Pensé que si luchaba contra él y lo vencía ayudaría a la orden y a un amigo. Por ayudar, por el simple hecho de ayudar, acabé sin mi cuerpo. Lestat recuperó el suyo, pero yo acabé en el cuerpo del muchacho que Lestat había tomado.

Después Lestat me transformó. Como anciano no quería ser inmortal. Me negaba a ser viejo y decrépito para siempre. Prefería morir. Pero como hombre joven medio una nueva vida, rompí vínculos con todo y tuve que decir adiós a Aaron, Merrick y al joven Yuri. Creo que eso, y los enormes volúmenes de Talamasca, fue lo único que eché de menos de mi vida mortal. Pues he seguido viendo espíritus y sigo coleccionando historias.


Yo soy David Talbot y estoy dispuesto a escucharte.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt