Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 3 de agosto de 2017

El hombre de los misterios

David y su deseo de saber... ¡Ah! Lo amo.

Lestat de Lioncourt 


En más de una ocasión me he preguntado si hay más criaturas no-humanas además de los dichosos Taltos. Esos hombres y mujeres con corazón de niño, ojos sabios y extraños poderes. Aquellos que una vez se alzaron en el mundo para intentar quedar ocultos, satisfechos con su vieja y pacífica religión hermanada con la naturaleza y el amor mutuo, y que lentamente fueron masacrados, olvidados y sepultados como si fueran viejos santos o monstruos terribles.

Recuerdo vagamente la primera vez que Aaron me habló de los Mayfair y del espíritu que se hallaba rondando la familia. Sopesé largo rato si era factible que esa criatura fuese sólo un fantasma. Yo era el experto en lo paranormal, pero la labor de investigación y la paciencia desmesurada era de mi buen amigo.

Pasados unos años el tema volvió a surgir con fuerza. Él se sentó al otro extremo de la mesa de mi despacho y me habló emocionado por haber hallado algunos documentos más, cartas tan sólo, de Julien Mayfair a algunos empresarios que terminaron desapareciendo o muriendo en penosas circunstancias.

No se me puede olvidar la inquietud que tenía en su alma y la insatisfacción de sentir rondar a la muerte, pues ya iba envejeciendo tanto como yo, sin lograr hallar resultado alguno. Y cuando lo halló fue para encontrar la muerte siendo asesinados por traidores a la patria, nuestra patria, la patria de todo sabio de nuestra orden: Talamasca.

Desde entonces he recorrido el mundo escuchando interesantes historias, conversando con fantasmas y también con espíritus que han logrado tener un cuerpo físico. Durante más de dos décadas me he desplazado a las distintas bibliotecas del mundo, he dormido cerca de las pirámides del Valle de Gizeh y he afrontado el reto de marcharme a climas muy adversos, demasiado fríos y húmedos, sólo para contemplar los distintos núcleos vampíricos. No he hallado más criaturas como las descritas por Lestat en su última aventura en Nueva Orlenas.

Aún así creo firmemente que existen más seres extraños ahí fuera. Mis hermanos y hermanas de Talamasca, pues aún los siento como tales, siguen estudiando dentro de su limitada capacidad humana, debido al poco espacio en el tiempo que logran vivir, los misterios de este mundo. Hay algo más que reencarnaciones, fantasmas, espíritus y fenómenos inexplicables. Tiene que haber más.

Sobre todo estoy muy concentrado ahora en Memnoch. Lestat dice que sigue escuchándolo con sus palabras en un tono seductor, aunque a veces se agita, así como solía escuchar y escucha a Amel día a día. Es un espíritu malvado, ¿pero de dónde proviene? ¿Qué pretende realmente? ¿Cómo es posible que creó su propio infierno basado en las distintas religiones? ¿Qué hay de cierto en estas conjeturas? ¿Cuántas almas caen al día en sus manos? ¿Qué ocurre con las que logran salir como hizo Lestat? Diablos, y nunca mejor dicho, me siento tan perdido y a la vez maravillado que mi corazón palpita como un potente tambor.


Ojalá un día sepa todo lo que hay en este mundo, ¿pero qué me pasará entonces? ¿Qué ocurrirá con David Talbot? El tiempo lo dirá.  

domingo, 12 de marzo de 2017

Fantasmas del pasado

Archivos de Talamasca... ¡De nuevo! 

Lestat de Lioncourt 




El contacto con la muerte para muchos es lejano y desagradable, aunque es algo tan cotidiano como necesario. En nuestro cuerpo hay una continua lucha entre la vida y la muerte. Hay células que mueren cada día y dejan su puesto a otras nuevas. Muchos creen que empezamos a morir desde el momento de la concepción, pues empezamos a restarle tiempo a nuestro reloj biológico. Sencillamente no se puede concebir esta vida sin su contrario. Las apabullantes ciudades llenas de miles de personas tendrán sepelios cada día, las ambulancias recogerán heridos o enfermos cada hora y las funerarias harán caja con el dolor ajeno. Drogas, conducción temeraria, problemas de seguridad en el trabajo, asesinatos o suicidios son tan sólo parte de algunos hijos que posee la muerte.

Nadie quiere morir. Pocos son aquellos que desean realmente que llegue el momento. No obstante, pocos son tan bien los valientes que desean ser inmortales. Hay quienes piensan que se aburrirían y pedirían su exterminio. También están los que sienten que se confundirían terriblemente al verse al espejo sin cambiar ni un ápice. Por eso hay muchos que han rechazado esta idea y han olvidado que la ciencia nos está postergando. Al menos, a los que no son inmortales del mismo modo que nosotros, los vampiros.

Si estoy contándote esto es porque me parece interesante y necesario. Hay cientos de científicos que como Jekyll inyectan y modifican su cuerpo, es decir, experimentan con ellos mismos. Es peligroso, pero a veces la ciencia sólo avanza de este modo. También hay mentes enfermas, o supuestamente enfermas, que pasan años encerrados en centros, que para mí son penitenciarías, para enfermos mentales y da la casualidad que esos monstruos, esos seres terribles y deformes, no son parte de su torturada mente. Son parte de una verdad incómoda y ellos son sensitivos. No siempre es así, pero a veces ocurre.

Hace unos años conocí a un científico al cual se le había tildado de loco. Estaba en su celda rodeado de la nada, del más auténtico vacío, aunque él decía que sus viejos pacientes le visitaban para torturarlo. Había estado experimentando a espaldas de ellos, usando sus cuerpos aún jóvenes y sanos, porque no entendía otra forma de avanzar. Los chimpancés se habían quedado inservibles y las ratas no eran idénticas a los resultados que se podía dar en el cuerpo humano. Ni siquiera los cerdos. Para él era necesario de la confianza y fe ciega de personas enfermas, a las cuales condenó a una muerte más rápida y dolorosa. Los medicamentos probados eran para la tuberculosis y otras afecciones pulmonares serias.

Quería salvar vidas usando el tiempo restante de otras. Condenó a decenas. Y, según él, ellos le visitaban torturándoles. Hablaba en voz baja pidiendo perdón y a veces, que no siempre, gritaba arrepentido por sus malos actos. Sus lágrimas parecían sinceras, igual que sus ojos llenos de miedo. Todos creyeron que su mala conciencia le habían hecho entrar en ese estado. No. No fue su mala conciencia.

Lestat estaba arrojado en la capilla tras el evento con Memnoch y Pandora estaba terminando de escribir sus memorias esa noche. Merodeaba el centro, pues estaba en las afueras de Londres, y escuchaba a los guardias comentar sobre el caso. Si podía inmiscuirme en Talamasca, con una seguridad más elevada, podía rondar los pasillos de la institución como si fuese un joven aprendiz de psiquiatría. Me coloqué una bata blanca y eché a caminar bajo los flexos fluorescentes de los distintos pasillos. Olía a muerte, a insalubridad, pese al aroma predominante de antisépticos.

Al llegar a su celda abrí la ventana y lo vi gimoteando. A su alrededor había varias mujeres, un niño y un muchacho larguirucho. Todos le maldecían y gritaban por su muerte, por la esperanza de vivir algunos años más, por el horror a la hora de llegar el último estertor y este rogaba morirse. Prefería la muerte a seguir vivo.


Los rumores eran ciertos, aunque no como los guardias pretendían creer. Aquel hombre no estaba loco, sino que estaba siendo carne de fantasmas. Se merecía esa tortura y por eso yo no intervine. Sólo observé con mis ojos castaños el dolor y la miseria que habitaban en su alma. Así que se puede decir que la muerte se vengaba de su vida constantemente.  

domingo, 5 de marzo de 2017

De nuevo TALAMASCA

Regresa David y su vinculación con TALAMASCA

Lestat de Lioncourt 


—Ahora vuelves a tener acceso a todos los archivos sin necesidad de inmiscuirte en alguna de las Casas Madre de la Orden—decía de pie junto a mí.

Estaba allí como si fuese un humano más, pero en realidad era un espíritu imponente y hermoso. Su belleza era casi soñada. Podía ver en sus ojos el brillo de la perspicacia y una mente bien elaborada. No tenía miedo, más bien era asombro. Siempre tenía asombro cuando lo veía moverse. Había visto decenas de miles de espíritus y fantasmas, pero ninguno como él.

—¿Y será ilimitado?—pregunté comenzando a pulsar las teclas para acceder a mi cuenta.

La Orden había llevado todos los archivos a una base de datos ingente que se compartía en todo el mundo. La página web era segura, había grandes recursos tras su seguridad y la limitación de los flujos de información, y los archivos estaban completos.

—¿Qué comprendes por ilimitado? —dijo en un tono serio y algo confundido.

—Los archivos donde aparezco—expliqué con brevedad y rotundidad.

—Oh...—una expresión de asombro se formuló en su rostro generando unos rasgos nuevos, algo infantiles, que rápidamente se borraron para dejar paso a una mirada seria y algo imperturbable.

—¿Podré acceder a ellos?—pregunté.

—No, David—dijo.

No iba a darme por vencido. Necesitaba saber qué datos conocían. Además, estábamos en contacto. Si algún dato estaba mal enfocado tendría que advertirlos a todos. Ahora éramos una tribu y en la tribu no debíamos tener secretos. Yo seguía siendo fiel a la orden.

—Sabes que no tocaré la información ni modificaré su veracidad—decía mirando la pantalla mientras cargaba la siguiente sección de la web—. Sólo surge en mí una malsana curiosidad.

—Está bien...

Ante mí tenía el escudo de la orden, así como una breve introducción a la sección que había señalado. Él me desplazó de inmediato y comenzó a teclear a gran velocidad una serie de comandos. Entonces, me permitió el acceso. Había entrado en su cuenta, cambiado mis parámetros y ofreciéndome nuevamente mi ordenador.

—¿Podré tener acceso?—decía no muy seguro.

—Sí, pero los archivos estarán en modo sólo lectura para ti.

—Gracias, Gremt—sonreí eufórico.


Pronto habría nuevos archivos que saldrían a la luz para poder colaborar con la mayoría silenciosa, esa que estaba ahí leyendo cada aventura. Necesitaban saber qué ocurría.  

viernes, 10 de febrero de 2017

Me llamo Gremt

Ese espíritu me fascina... ¿A ustedes no?

Lestat de Lioncourt 



Mirarme al espejo es un pasatiempo que suelo realizar muy a menudo. No me creo Narciso o Adonis, si bien es un placer poder contemplar mi reflejo y poder captar la belleza idílica que una vez quise tener.

No nací. No fui creado. No sé cómo o por qué surgí. No tengo ni la menor idea de dónde proviene mi poder. Desconozco por completo cómo y cuándo comencé a pensar por mí mismo, si esto tiene un motivo o simplemente fue una casualidad. Sé que no soy de este mundo. Surgí de una brecha de la cual salimos disparados los espíritus que conformaron los misterios y creencias del hombre antiguo y del moderno. Fuimos el susurro de las ramas de los bosques, las palabras en el viento de las cuevas y grutas, los compañeros de aquellos viajeros perdidos por el desierto, los que consolaban a los difuntos y festejaban los nacimientos. Traviesos, bondadosos, malignos y ecuánimes. Sí, estábamos ahí. Sí, vinimos. Sin embargo, cada cual se desarrolló de algún modo.

Me llamo Gremt Stryker Knollys. Yo mismo me puse nombre, pues ni siquiera tenía uno. Hace más de mil años que decidí tener voz ante una hermosa mujer, la cual poseía un espíritu indomable. Me enamoré de su arrollador talento para provocarme un impacto formidable. Ella logró que dejase de llorar, lamentándome por la muerte de un viejo poeta que yo admiraba, para que me alzara y buscara el sentido de mi vida, de mi historia, de mi verdad y de mi don.

Me puse metas, retos, deseos, ambiciones que podían ser las de un chiquillo travieso y finalmente comprendí por qué Amel quiso un cuerpo, adoró la sangre y se mezcló entre los hombres y sus almas. Al contrario que él decidí crear mi propio cuerpo, mejorándolo a partir de la maraña que era, para tener un físico apropiado y adaptado a la belleza de aquella época, la cual no difiere demasiado a la moderna. Me di unos ojos prodigiosos, de un color intenso, y una piel clara como la leche para añadir unos cabellos negros algo revueltos y un físico delgado.

Después luché por conseguir compañeros decididos a parar los pies a Amel. Conocí a un sollozante Tesjamen cuya compañera había fallecido ante el horror, la miseria y la mentira de los hombres. Los humanos pueden ser horribles y no comprendían que tras un rostro demacrado, marcado por la fealdad, se halla un alma hermosa. Había conocido el alma de esa mujer y le había ayudado a ser ella misma. Hesketh, una magnífica e ingeniosa germánica, dejó de ser la horrible bruja para convertirse en un espíritu que se asemejaba demasiado a un hermoso ángel.

Para ustedes es tan fácil mirarse al espejo y reconocerse... Si bien, para mí es un maravilloso logro. Seguiré mirándome siempre. Del mismo modo que lucharé con mis amigos, los cuales siento que son como mis hermanos, para que prevalezca la razón, la justicia, la verdad, la pasión, el ingenio y el talento en Talamasca.


Yo soy el más antiguo de sus miembros. Yo soy el espíritu que Pandora ayudó. Yo soy Gremt.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

sábado, 21 de enero de 2017

Monstruos

Stirling fue un un buen hombre y me pregunto qué fue de él... 


Lestat de Lioncourt


Recuerdo que la noticia de la muerte de Merrick me impactó notablemente, pero aún más viajar con todos aquellos seres sobrenaturales a un paraíso perdido, el cual se había convertido en un cementerio. Fue realmente un descenso a los infiernos donde conversar en los distintos y recónditos lugares con cada una de las ánimas allí encerradas, castigadas y olvidadas. Al menos, así lo sentí. Fue demoledor escuchar a de boca de los sobrevivientes, aquellos que habían logrado alzarse sobre la muerte y continuar con unas vanas esperanzas, como se desarrollaron los actos más viles que el hombre puede ocasionar. Era atrocidad tras atrocidad, pero también por parte de algunos Taltos que decidieron derrocar a su rey por medio de veneno. Un rey que era su progenitor, el hombre que los había imaginado y regalado una vida cómoda.

Supe entonces que la codicia había llegado a los Taltos. Tal vez fue debido a los conocimientos de Ashlar, pero él era un hombre bondadoso que se dedicaba a ayudar a otros. Entonces diferí con mis pensamientos, entré en el razonamiento más puro y básico. Comprendí que Morrigan era demasiado celosa, indómita, siempre codiciando y buscando placeres. Habían definido a la mujer Taltos que Mona llevó en su vientre, esa que fue engendrada con esfuerzo y secretismo, como una mujer fatal. Mona tenía ambición, conocía lo que era eso, también codiciaba riqueza; pero admito que para causas muy distintas y diversas a las que Morrigan podría haber jamás alcanzado. Tal vez Alicia, la madre de Mona, influyó desde la tumba. Ella era pretenciosa, salvaje, alocada, alcohólica y amaba demasiado el dinero. En sus últimos años tuvo una decadente vida intentando no ahogarse rápidamente en las botellas de bourbon. Su marido, el padre de Mona, también cayó en el alcohol desde temprana edad. Él murió después de saber que lo único que le importaba, más allá de una cerveza o un whisky on the rock, había muerto en un frío hospital.

Conocí a todos ellos por casualidad. Mi ámbito son los fantasmas. Cada hombre de Talamasca cumple una función. Los más jóvenes están en los archivos informatizándolos, aprendiendo a conservar los objetos y a restaurar documentos. Los que tienen habilidades demasiado asombrosas, por jóvenes que sean, comienzan a investigar junto a los más ancianos. Se convierten, por así decirlo, en ojos, manos, nariz y boca de aquellos que ya se ven impedidos por la edad. El resto investiga o simplemente colabora con la educación de los jóvenes. Pero cada uno tiene un ámbito. Hay quienes indagan sobre monstruos que se creen mitológicos como el monstruo del lago Ness, otros se ocupan de fenómenos OVNI, Taltos, jóvenes con poderes aparecidos a lo largo y ancho de este mundo y fenómenos paranormales. Mi ámbito eran los fantasmas, aunque a veces reclutaba muchachos como Quinn. Él podía verlos. Era un talento. Sabía que los podía ver porque me habían hablado de él. Decían que estaba loco, que veía fantasmas y podía comunicarse con ellos. Fue el mismo instituto Mayfair quien decidió que él no estaba loco. Los médicos del hospital más influyente de Nueva Orleans, con el mejor equipo de psiquiatras y psicólogos, había dado una respuesta contundente.

Pasaron años sin ver a Quinn. Sin poder comunicarnos. Él sí lo hacía con Mona Mayfair, pero los Mayfair están totalmente vetados para la mayoría de estudiosos. Sobre todo, tras la muerte de Aaron Lightner todo se volvió más turbio y decidieron alejarse rápidamente de estos denominados brujos. Sin embargo, recuerdo como David Talbot introdujo en la orden, junto a nuestro miembro fallecido, a Merrick Mayfair. Como he dicho, esa muerte me generó un dolor terrible y un impacto colosal. Sabía que se había convertido en vampiro, pero pensé que viviría siglos. No llegó ni a los cuatro años como ser inmortal, pues dio su vida para salvar dos almas. Por otro lado jamás sospeché que Tarquin Blackwood fuese en realidad un Mayfair, aunque por las descripciones sobre Julien Mayfair cuando era joven, muy joven realmente, debí pensarlo. Ambos son idénticos si observas un viejo retrato del fantasma más famoso de toda la ciudad.


De toda esta aventura sólo puedo asegurar algo y es que Lestat hizo lo que pudo con ambos jóvenes, en su educación como vampiros, y que los fantasmas tienen sus propias historias que en ocasiones, por un milagro, cuentan a los muertos o intentan narrar a su forma. Reconozco que a mí no me importaría que la encantadora Stella Mayfair apareciera para bailar frente a mí. Creo que aplaudiría como un niño encantado. No obstante, sí me sentiría un tanto agobiado si Julien me persiguiera por toda la ciudad.  

viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



martes, 13 de diciembre de 2016

Única

La belleza de Pandora eclipsa. 

Lestat de Lioncourt

Las primeras impresiones pueden hacernos errar y entrar en un conflicto extraño, pero admito que me quedé abrumado por la belleza de Pandora. Una belleza que podía ser tan peligrosa como la navaja más afilada en un mugriento callejón londinense. Habitaba las húmedas y plutónicas calles de una ciudad que yo amaba, admiraba, apreciaba con sus errores y virtudes, pues había nacido allí y mis orígenes siempre estarían vinculados a su hora del té y amor por la Casa Real. Londres, en Gran Bretaña, fue su refugio después que Akasha destruyera parte de este mundo.

La vi matar. Arrebató la vida de una joven sin importarle nada. Arrancó su corazón y bebió directamente de ese hermoso músculo que nos da vida. Se agitó como una jovencita debido a la euforia y luego deparó en mí. Me miró con sus agudos y oscuros ojos, taladrándome con la mirada, antes de hacer que me presentara.

Antes de ir a verla pregunté por sus debilidades. Un viejo espíritu, uno que solía observarla, discretamente me aseguró que tenía una. Así que había adquirido el mejor cuaderno y un par de bolígrafos. Sabía que con aquellos materiales entre mis manos ella se dedicaría a escribir sólo por autocomplacerse. Suena extraño, pero ama tanto el sonido del bolígrafo rasgado las hojas, el olor de la tinta y el papel nuevo, que comprendí que no se negaría.

Los espíritus siempre me han seguido y no fue diferente cuando entré en la cafetería. Había algunos muy débiles, otros eran sólo repeticiones de un hecho que los marcó. No obstante, nada más abandonar el local, con ella redactando su vida, me topé con uno extraordinario. Sus ojos azules casi parecían reales y por un instante me perdí en ellos. Estaba de pie, junto a una farola, con ropa moderna. El abrigo que llevaba no podía tener más de tres o cuatro años, pues lo había visto en una tienda para caballeros hacía un tiempo. Era hermoso. Si bien, nada más acercarme desapareció. El cabello no lo vi bien, pues llevaba un sombrero. No obstante, puedo casi asegurar que era oscuro.


En estos momentos sé que significa, pero no voy a aseguraros nada hasta llegado el momento. Por ahora estamos hablando del legado de Pandora. Un legado que ha conmovido a cientos de miles y que ha logrado mostrar lo hermosa, desafiante y poderosa que puede ser una mujer.  

viernes, 18 de noviembre de 2016

Merrick

Entiendo perfectamente que sintiera eso... ¡Incluso yo me quedé impactado con esa mujer!

Lestat de Lioncourt 




¿Alguna vez amaron? Yo lo hice. Amé con tanta pasión que no me importó perder parte de mi corazón por el camino. Aunque tuve la culpa de haber perdido a la persona amada, a la mujer que conmovió mi alma y la hizo sentir como jamás lo había hecho nadie. Fui un estúpido y un cobarde. Tenía el mundo entre mis manos, y permití que se esfumara como una hoja en mitad de un fuerte huracán.

Recuerdo que ya rozaba los cuarenta cuando ella, enigmática y joven, apareció como un brote de Bella Dona conquistándome, paralizándome y enviándome al infierno. Era apenas una niña y caí a sus pies desnudos. Creo que jamás vi algo tan hermoso, salvaje y delicado a la vez. Parecía un animal asustado, pues sus ojos verdes, como la selva más frondosa, me seguían de igual modo que seguía a los espíritus y las almas en pena. Ella era una bruja, así denominaba su familia a las mujeres fuertes que podían ver el tercer mundo que nos rodea, y yo era un investigador de lo paranormal con poderes similares.

Juro que aún la veo ahí de pie, frente a mí, espigada y llorosa por encontrarse al fin sola, sin familia alguna, con un vestido blanco lleno de flores. Esa piel tostada, casi de ébano, me hizo temblar cuando la toqué al deslizar mis dedos por sus mejillas. Era como una diosa plantada en mitad de aquella mansión sureña en Oak Haven.

Su nombre es Merrick Mayfair. Así se llamaba. Esa flor salvaje en mitad de las ruinas de una familia llena de misterios. Una mujer en el cuerpo de una niña, pues había vivido tantas penalidades que a sus trece años ya era demasiado adulta. No había tiempo para juegos y adivinanzas, sino para hablar con los daguerrotipos donde se mostraban los espíritus burlones con los cuales conversaba.


Ahora dejen que cuente su historia, que es parte de la mía, durante estos días. Regresaré a los días felices, los intensos, los amargos, los dolorosos y los extraños. Haremos un viaje a través de los sueños, los espíritus, la verdad, lo incongruente, el amor y el odio. Veremos como la magia y el pecado se mezclan, como la venganza surge y el perdón sepulta de nuevo todo. Hablaremos de la Orden de Talamasca, la familia Mayfair y otros misterios que nos envolvieron intoxicándonos de amor, desesperación y culpa.  

viernes, 28 de octubre de 2016

Lo que hay en mí

Es normal, ¿verdad? A mí me parece mentira que fuese tan fuerte... Yo me hubiese vuelto loco.

Lestat de Lioncourt 


Todos desean estar a mi lado porque poseo ciertos poderes. Odio tenerlos. Ojalá jamás hubiesen aparecido. Son una molestia. Me pongo en contacto con recuerdos y emociones que me perturban. Desde que escapé de las garras de la muerte, en esa cubierta de barco, están ahí. Aún ni siquiera puedo incorporarme en la cama, pues todavía estoy convaleciente, pero ya varios periódicos hablan de mi milagro y de mis visiones.

Tía Vivian está preocupada, como es lógico, porque yo soy como su hijo. Creo que no tiene a nadie más en este mundo, pese a que sus amigas siempre quedan con ella y toman té con pastas. La única familia soy yo. Crecí sin el cariño de una madre y no puedo compararlo con el de mi tía, pero podría asegurar que esos ojillos me observan con la misma devoción y amor que posee una. Debí pensar en ella cuando conducía mi coche para suicidarme. No obstante no podía vivir con tantos malos recuerdos, y ahora estos terribles sueños y visiones me persiguen.

No puedo dejar de intentar recordar cuál es la misión que me encomendaron esos rostros. Aunque sé que tengo que volver a Nueva Orleans. No sé cómo ni porqué, pero es mi deber. Al menos es lo que siento. Quiero salir del hospital y que las enfermeras dejen de traerme sus décimos de lotería, bolsos, reliquias y demás objetos. Ni siquiera ellas me dejan descansar.

Hoy ha venido una chica. Por un momento creí que era otra enfermera, pero en realidad se trataba de una periodista. Era muy guapa, vestía muy bien y al acercarse comprobé que no llevaba bata. Poseía unos ojos preciosos que parecían los de un gato, por lo vivos y salvajes. Su sonrisa era encantadora. Me dijo que venía del New York Times. Por primera vez un periódico grande, realmente famoso, venía a buscarme. No era la televisión, radio o periódicos locales. Alguien con un fuerte peso en su editorial le había pedido que cubriese mi noticia.

Empezó a preguntarme por los motivos por los cuales estaba flotando en medio del mar. Tuve que hablar brevemente del aborto que realizó la que era mi novia, la cual me abandonó y me dejó sin mis grandes sueños de formar una familia. Expliqué que el resto de mis amantes no podían curar las cicatrices de mi infancia y juventud, pero tampoco mi empresa de construcciones lograba llenarme. Sólo lo hacía la literatura y la música clásica, aunque sólo a ratos. Estaba cansado de beber cerveza fría mientras pasaban “Lo que el viento se llevó” o releía alguna de las novelas de mi autor favorito. Cansado de una vida indigna. Era un hombre joven, pues sólo rondaba los cuarenta, y aún así mi vida, o al menos parte de ella, había sido un camino de desgracias. No obstante reí contando alguna anécdota del hospital, pese a que en su momento me molestó o perturbó. Cuando se fue me sumí en un silencio apabullante incluso para mí. Dormí varias horas, me incorporé y me marché al aseo, cuando regresé me quedé mirando la ventana. Al día siguiente publicarían ese artículo mucho más humano que el resto de noticias.


Cuando llegó a mí, con el desayuno, no pude parar de reír. Había tomado notas de todo y se había centrado en algunas de mis ocurrencias. Sonreí esperanzado y supe que ese día me darían el alta, como así sucedió. Una vez en la calle no pude dejar de pensar en mi rescatador. Me preguntaba todo sobre él o ella. Deseaba saber qué le motivó sacarme del mar como si fuese un gran pez.  

miércoles, 26 de octubre de 2016

La verdad de un tiempo lejano

Aaron era un buen hombre. Al menos a mí me lo parece...

Lestat de Lioncourt 



Metió sus manos en los bolsillos tras depositar las flores sobre la tumba. Eran frescas, rebosantes de aromas, hermosas como lo fue en su día la mujer que descansaba al fin de sus malos días, de los lúgubres tormentos de años de destierro y soledad. Se sentía vacío, culpable y apático. No pudo hacer mucho más, pero algo en él decía que debió mover cielo y tierra. No obstante ya era suficiente con haber aparecido en el momento propicio, justo cuando la nueva era avanzaba inexorablemente.

Cerró los ojos cansados, llenos de arrugas y recuerdo, para oprimir por primera vez contra su pecho ese magnífico recuerdo. Tenía una piel nívea, muy fresca y lozana, con unos enormes ojos desesperados y una mata de pelo negro tan espeso, rizado y hermoso que cualquiera hubiese deseado olerlo. Dicen que murió aún con un aspecto magnífico, muy bella y algo delgada, como si la muerte no hubiese tocado su cuerpo y su alma jamás hubiese sido torturada.

Deseó romper a llorar, pero no era más que un conocido. Fue durante algunos días la esperanza, el ángel mensajero de una palabra nueva y diferente, pero poco más. Estaba seguro que ella se había olvidado del hombre que le entregó aquella curiosa tarjeta, con un teléfono común y corriente, y atrás, anotado en bolígrafo, su nombre. Sí, estaba seguro.

Las margaritas eran las más hermosas y silvestres, pues tenían una presencia predominante con sus hermosos pétalos blancos junto a los restantes colores malva, turquesa, rojo, amarillo o naranja. Pero, ¿podía decir lo mismo de aquella pobre mujer? ¿Ella era la más hermosa de las brujas de la familia? Estaba seguro que su hija era más fuerte, hermosa y decidida. La había visto. Era doctora, neurocirujana en realidad, y tenía capacidades sobrenaturales. Él lo había percibido nada más chocarse con ella. Y, en esos momentos, iba hacia la tumba para dejar sus condolencias de nuevo. Una madre que la amó, pese a la distancia y el tiempo, y que jamás la olvidó del todo. Él lo sabía. Deirdre amaba demasiado al fruto del incesto y el deseo, demasiado.


No sabía cómo presentarse, pero lo haría. Tenía que hablar con aquella mujer. Era posible que estuviese en inminente peligro. Aunque, ¿sabía siquiera él qué clase de peligro era? ¿Cómo enfrentarlo quizá? No. No lo sabía. Sólo estaba seguro que el ahogamiento de Michael Curry, su posterior rescate por Rowan Mayfair y todo lo que le había secuenciado, poco a poco, tenía algo que ver. El destino no existe. Siempre hay alguien que escribe el guión de nuestras vidas.  

martes, 25 de octubre de 2016

El daño del amor

Todos sabemos cuánto amaba Petyr a esta mujer, ¿cierto? De no ser así se va a recordar con brevedad... 

Lestat de Lioncourt



—¿Alguna vez has pensado en el daño que te estás haciendo?

Su voz sonó temblorosa, como si estuviese a punto de echarse a llorar. Ella se había percatado. Sus pupilas se dilataron, del mismo modo que apretó ligeramente el mentón. No podía decirle cuánto le quería, pues sabía que estar con él la induciría a un error. Detestaba esa orden de sabios que no lograron salvar a su madre, que la hicieron esclava de una tragedia y que no podían curar su dolor. Ni uno de ellos era lo suficientemente empático para saborear la soledad tan terrible que la cubría. No iría con él, no sería parte de Talamasca. No. Ella era una bruja y como tal se comportaría. Dominaría los espíritus y haría del Impulsor su guardián.

—¿Cuál daño?—preguntó confusa.

Él sólo había intentado ayudarla desde el mismo momento que aceptó la orden, sin siquiera conocerla. Había viajado para impedir que quemaran a su madre en la hoguera por brujería. Ella lo veía de otro modo. Pensó que él, como todos los de la orden de sabios, sólo acudían por morbo a contemplar como otros, con idénticos poderes, morían a manos del populacho y su miserable religión.

—Estás dejándote guiar por este espíritu maligno—explicó.

Quería rodear su talle, llenar sus heridas de besos y ofrecerle todo el amor que parecía faltarle. Si bien, ella no quería nada de eso.

—Soy una bruja—dijo imponiéndose alzando ligeramente el tono, expresándose con firmeza.
—No, sólo eres una mujer llena de miedos y carente de afecto—leía su alma. No hacía falta que usara sus poderes. Conocía bien esos ojos, esos labios, esas mejillas húmedas por tantas lágrimas derramadas, ese calor que yacía envolviendo sus brazos y muslos. Reconocería su aroma entre cientos de mujeres. Estaba enamorado de esa bruja. Jamás la olvidaría, y nunca dejaría de intentar salvarla— .Te has aferrado a...

—Cállate, tú en parte tienes la culpa de mi desgracia—dijo apretando los puños.

Una masa oscura vaporosa la envolvió por la espalda mientras él materializaba rápidamente sus ojos, unos hermosos ojos castaños de una fiereza indomable.
—¿Tengo la culpa?—murmuró sin aliento.

—Sí, la tienes—expresó.

—Deborah, ¿por qué me culpas de tu dolor?—preguntó con un hilo de voz. Sabía que ese ser no pararía hasta conseguir su cometido. Tenía que salvarla. Si seguía así moriría en la hoguera, al igual que su madre.

—Te culpo por haberme salvado la vida—dijo dando un paso atrás—. Debiste dejarme morir, igual que murió mi madre. Ahora no me molestes.

—Suzanne cometió muchos errores, pero tú no eres ella—formuló esas palabras temblando.

—Tienes razón, no soy ella—dijo.

—¡Deborah!—gritó intentando llamar su atención.

—Petyr, será mejor que te marches.


La nebulosa se convirtió en huracán y lo sacudió, guiándolo hasta la puerta y echándolo fuera de la propiedad. Una vez en la calle casi pudo escuchar una voz en el silbido rápido del viento.  

martes, 18 de octubre de 2016

Para ser sinceros...

Supongo que Daniel tiene razón, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


No hay días perfectos, supongo. Tampoco puede existir entonces una vida hecha a medida. Siempre tomamos alguna decisión con respecto a lo que haga alguien amado, respetado u odiado. Incluso hacemos elecciones influidos por personas que desconocemos. Vivimos en un mundo donde todos estamos conectados. Por eso, cuando el cuerpo de Lestat fue usurpados muchos tomaron decisiones erróneas, imperfectas o poco estudiadas. La mayoría se negó a dar un paso hacia el frente para ayudar, pues tenían miedo. Ese miedo era una respuesta lógica, aunque desmedida tal vez, porque Raglan sólo quería la eternidad y la fortuna que Lestat poseía. No quería destruir a los vampiros.

Con el paso de los días todo fue cobrando forma. Raglan pertenecía a un grupo de sabios y ocultistas, o al menos perteneció en su día hasta que fue expulsado. En la Orden de la Talamasca se suele pagar cara la alta traición, pero tomaron la decisión de sólo expulsarlo. No lo condenaron como se merecía, quizá porque su delito no era demasiado gravoso. Aún así, perdieron un tiempo precioso.

Por mi parte, yo estaba aún perdido en un paraíso extraño entre mi sueño cumplido, de ser eterno, y el miedo atroz que sentía hacia el exterior. Temía que un día cualquiera otro monstruo como Akasha apareciese. No podía dormir de día y de noche tan sólo decoraba pequeñas maquetas, o las ensamblaba, intentando despejar mi mente para poder descansar al menos unas horas. La paciencia de Armand se había desgastado y Marius tomó con entereza una decisión, la cual aún hoy afecta a mi vida.

Admito que no supe de todo lo ocurrido hasta hace unos años, quizá tres a lo sumo, cuando me comentaron la peripecia que había logrado Lestat. Leí los libros que no conocía, me empapé de toda la historia narrada por distintos vampiros, y ahora me encuentro sentado en un diván intentando averiguar cuáles son mis sentimientos sobre todo esto. En unos días se publicará el nuevo libro de Lestat y todos sabrán cómo es su amada Atlántida. No sé qué pensar o sentir. Tal vez debería tener miedo, pero sigo vivo. ¿Por qué debería?


Sólo sé que las consecuencias de Raglan James siguen presentes con la figura de David Talbot. En estos momentos es un hombre de apariencia joven, pero de alma vieja. Es intrépido, aunque sabe dónde pisar. No es atolondrado como Lestat. Es otra clase de vampiro. Hace unos años conversé durante largas horas con él y me quedó claro que nunca se ha convertido a un vampiro como él, que es absolutamente brillante e intuitivo. Además, puede seguir hablando con los espíritus. Tiene los poderes de un “brujo” y de un inmortal. Creo que la consecuencia de esta aventura fue, sin lugar a dudas, positiva.  

sábado, 15 de octubre de 2016

Reportes de las locuras de Lestat

El mundo me ama... bueno piensa que vamos a salir bien librados.

Lestat de Lioncourt 


Supe de su nueva aventura cuando me hallaba en mitad de las selvas del Amazonas. Había decidido aislarme allí unos meses, alejada de toda la resentida y violada sociedad moderna. Tenía cierto conocimiento de dónde se hallaban las Gemelas Pelirrojas, pero no aventuré a ir a buscarlas hasta pasadas unas semanas. Conversé con Maharet, mucho mejor que tiempo atrás en aquella inesperada reunión, y me habló de los proyectos que había decidido emprender para sus descendientes. Fue junto a ella cuando Khayman apareció hablando de las locuras a las que se había prestado mi hijo.

—¡Qué!— Fue lo primero que exclamé, puesto que me sorprendió demasiado que llegase a esos extremos. Quería creer que Khayman había escuchado mal o que simplemente eran de esos rumores estúpidos que se propagaban como una chispa de fuego sobre la paja seca, amontonada y encerrada en un pequeño granero. Eso éramos. Montones de paja en un granero minúsculo llamado Tierra—. ¡Debí darle azotes más duros a ese imbécil!

—Juro por el descanso eterno de mi hija Miriam que no miento—comentó sosegado—. Pero es Lestat. Él puede con todo. Aunque yo no hubiese cedido un cuerpo tan hermoso y fuerte, ¿por qué lo haría?

—Por imbécil—respondí.

—No sea tan dura, la curiosidad es letal en los jóvenes—indicó Maharet mientras se levantaba de su asiento hecho con mimbre. Estaba sentada en una sala fresca y alegre, con numerosas plantas y una enorme puerta al jardín. Era la antesala al patio trasero, por así decirlo, y podía verse todo ese paraíso natural. No estaban lejos unas ruinas de los pueblos primigenios de América, las cuales se veían mal amontonadas entre la maleza y los árboles. Sólo podía verse el techo mal colocado, casi derrumbado, de alguno de los edificios—. Lestat siempre será joven y por eso hará siempre ciertas locuras—dijo.

—Como salir con el engendro ese y decir que lo ama—mascullé.

—¿Con Louis?—preguntó riendo bajo entretanto se acomodaba la falda.

—Sí, con ese que se parece tanto a su primer amor—dije mirándola. Era hermosa. Jamás he visto a una mujer lucir prendas tan sencillas, como una simple túnica de algodón blanco, de una forma tan magnífica. Sus pequeños pechos, casi como los de una niña, abultaban muy poco y su cintura era estrecha. Se asemejaba a uno de esos ángeles misericordiosos que están a punto de besar la frente de un soldado herido, un pobre muchacho enfermo o una anciana en el lecho de muerte—. ¿En qué estaba pensando cuando creó a ese muchacho tan refinado?—murmuré cerrando los ojos al recordarlo. Se movía como una pantera herida por la sala, con esos ojos verdes tan atormentados como intensos, y esos labios carnosos que sólo temblaban ante la fatídica idea de ver a Lestat muerto. Se amaban, pero odiaba que mi hijo tomase amantes tan débiles mentalmente. No sabía porqué lo hacía, con qué afán. Supuse siempre que era porque con ellos podía sacar su lado paternal y decirles, como si fuese un verdadero héroe, que él podía salvar a la humanidad—. Iba a cometer el mismo error y lo hizo.

—Louis lo ama, por lo tanto no hay error alguno—aseguró Khayman que aún estaba en la puerta. Vestía unos jeans desgastados, unas botas descuidadas pero muy bonitas y resistentes, una camisa sin mangas negra y una chaqueta de cuero que se hallaba colgando de su brazo derecho.

—Supongo que, cuando no lo está quemando, lo ama—respondí.

Maharet rió fresca, libre y feliz. Era igual a una chiquilla que aprende a vivir. Así era.

—Marius ha dicho que nadie debe ayudarle—aportó más datos y ambas nos miramos frunciendo el ceño.

—¿Y quién ese imbécil para dar órdenes?—preguntó Maharet—. Él no es el líder de este pueblo.

—Es lo que escuché, Maharet—dijo encogiéndose de hombros, justo después de ir hacia ella para tomarla por la cintura—También oí que un hombre de Talamasca viaja con él y que toda la orden está intentando atrapar a Raglan James, así se llama el susodicho—sus inmensos ojos negros, de largas pestañas y perfectas cejas, estaban fundidos en ella. Maharet llevaba unos ojos verdes lima, los cuales habrían sido arrancados a algún pobre infeliz esa misma noche. Salía a cazar sólo para poderse quedar con los ojos de sus víctimas—. Al parecer estuvo en la orden y lo expulsaron.

—¿Sabes algo más?—colocó sus manos sobre sus pectorales y sonrió con ternura. Quería que él le contara todo, pero que no sintiera que por dentro estaba preocupada. Yo lo notaba. Jamás deseó que aquel gigante egipcio, porque lo era para un ser tan menudo y de apariencia delicada, notara que ella tenía miedo o preocupaciones. Él la cuidaba porque la amaba y protegía todo lo que ella quería.

—Que están en México hablando con un hombre de Talamasca en la zona y que dentro de poco podrán atrapar a Raglan—lo daban por hecho, aunque predecir el futuro es difícil.

—Si no le echan el guante, lo atraparé yo misma—le aseguró, pese a que no era mujer de acción—. No le digas a Jesse lo que está pasando, Khayman.

—Sí, amor mío.



jueves, 13 de octubre de 2016

Siempre nos quedará Talamasca

Espera, espera... ¿ha dicho algo más que amigos? ¡Leed! 

Lestat de Lioncourt 

Hacía algún tiempo que David solía discutir a altas horas de la noche en su despacho. En ocasiones pasaba por la puerta y veía la luz encendida surgiendo bajo la puerta, indicativo que él seguía allí dentro, y de vez en cuando, no siempre, era capaz de sentir a un segundo mientras él hablaba condescendientemente o algo acalorado. No le había dado demasiada importancia pues pensaba que si era algo realmente peligroso contaría conmigo, cosa que acabó haciendo desvelándome el misterio. Aunque ya sabía que había contactado con Lestat dudaba que siguiese conversando con él, sobre todo porque ese vampiro podía ponernos a todos en serio e inminente peligro.

—Me marcho—me dijo—. Confío en ti para que me vigiles el fuerte.

—Espera...—le detuve en mitad del pasillo. Habíamos chocado por casualidad, o eso creía, y necesitaba una explicación.

—No iba a decirte nada en persona, pues sabía que te preocuparías y querrías enjaularme en mi despacho, pero sí estaba por dejarte una nota. No obstante, me estaba arrepintiendo de irme sin decirte adiós—comentó soltándose para luego colocar sus manos sobre mis hombros—. Tengo que hacerlo, ¿sabes? Irme.

—Pero, ¿adónde? ¿Qué se supone que es tan importante?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño, para luego arrugar la nariz—. ¡Ah! ¡No! ¡Tú vas a seguir a ese vampiro a una de las suyas!

—Algo así...—dijo con aquella encantadora sonrisa.

Odiaba ese rostro bondadoso pese a ser un descarado. Siempre lo fue. Recuerdo haber asistido a más de una pelea en un bar. Sonreía, hablaba de forma cortés y la pelea proseguía hasta que se remangaba las mangas, salía fuera con el susodicho y le ofrecía su mejor golpe. David había sido educado como todo un caballero, pero durante años vivió en lugares salvajes e inhóspitos para gente de su distinguida posición. Su padre viajaba demasiado debido a sus empresas y su hijo acabó acompañándolo. Los Talbot eran hombres con corazón aventurero y eso le llevó a caminar, casi en soledad, por las densas selvas y junglas de este dichoso mundo. Había estado en la India, América del Sur y África. Buscaba civilizaciones antiguas, rituales que ya eran parte de la historia de la humanidad y en ocasiones cazaba animales para sobrevivir. Si bien, ya no era un niño. Ninguno de los dos lo era.

—Explícate—dije algo furioso porque me estuviese guardando algunos detalles.

—Lestat ha hecho una mala transacción con Raglan James, ¿lo recuerdas? Ese filibustero que ensució la orden y que no pudimos atrapar. Se marchó un día y vimos el desastre que nos había dejado—comentó haciéndome recordar a ese sinvergüenza.

—¿Qué transacción hizo con esa joya?—pregunté algo sorprendido porque Lestat hubiese dado con él o viceversa.

—Ha cambiado su cuerpo. Un cuerpo humano por otro, aunque no es el físico original de James—respondió dejándome anonadado. Al final ese granuja lo había conseguido—. Debo ayudarlo. Imagina lo peligroso que es para los vampiros y la humanidad, sobre todo para la humanidad, que ese imbécil tenga esos poderes tan destructivos.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Te puedo acompañar?—estaba nervioso. De inmediato me empezaron a sudar las manos. Era un viaje de improvisto, pero iría con él. Dejaría mis indagaciones sobre los Mayfair, enviaría una carta a Merrick que se hallaba investigando para la orden en París y le pediría a un viejo amigo de la sede de México que estuviese en contacto con nosotros continuamente.

—Quiero que estés aquí y vigiles que todo va bien, Aaron—sus ojos brillaban cuando decían mi nombre y eso me emocionaba. En el pasado fue más que un amigo y en el presente era igual que un hermano.


—Lo haré, pero tú debes regresar—me contuve las lágrimas porque sospechaba que quizá lo perdía.

lunes, 10 de octubre de 2016

No me hagas hablar

Bien, hice que esos dos se pelearan...

Lestat de Lioncourt



Insensatez tras insensatez. Lestat siempre fue un cúmulo de locuras, un saco de dudas existenciales que no lograba saciar con un par de palabras. Él tenía que provocar un gran desastre para poder sentirse realizado. Por eso, cuando cambió su cuerpo por uno humano y lo perdió, no me sorprendió. No obstante me sentí terriblemente molesto y exigí al resto que le diesen la espalda. Quería que aprendiera la lección por si recuperaba lo que había perdido, pues de momento muchos estaban en peligro debido al alcance de sus poderes.

—No debiste ser tan duro—dijo Armand sentado en un diván.

—Tenía que hacerlo—respondí de inmediato.

—Has salido de entre las llamas de esa choza repleta de libros y gasolina, para decirle que no le vas a ayudar. Marius, ¿le ayudaste en algún otro momento?—sus ojos castaños brillaron con malicia y yo bufé.

—Por supuesto. Apoyé la destrucción de Akasha—dije algo orgulloso.

—Por supervivencia tuya, no suya—argumentó.

Tenía puesto un hermoso traje negro. Estaba sentado en el diván borgoña de mi habitación y sus piernas, algo cortas debido a su escaso tamaño, rozaban las baldosas de mármol. Tras él estaba la ciudad absolutamente despierta, luminosa y llena de ruido. Me había instalado en aquella habitación en esa isla de desenfreno.

—¡Cuándo lo abandonó su madre estaba allí!—grité furibundo. No salía de mi asombro. ¡Cómo me podía decir algo así!

—Como un buitre carroñero—susurró con una sonrisa maliciosa.

Se incorporó y dio un par de pasos elegantes, medidos y firmes. Parecía un ave funesta, un ser venido a molestarme. Recordé el cuento de Edgar Allan Poe y lo maldije.

—¡A qué has venido!—pregunté.

—A observar como pierdes los estribos—sonrió caminando hacia la puerta.

—¿Por qué no vas a ayudarlo?

—Porque ya se está encargando ese tal David Talbot y toda Talamasca—me informó mientras giraba el pomo y abría la puerta para pasar por el marco de esta—. No deseo que me investiguen más, pero ojalá recupere ese imbécil el cuerpo y te haga frente.

—Armand...—susurré agotado.


—Buenas noches, Marius—dijo.  

jueves, 22 de septiembre de 2016

Lo que yo recuerdo

Ashlar no lo conocí, pero hay documentos suyos para publicar.

Lestat de Lioncourt


En la Cata Magna de Talamasca rezaban numerosas normas, las básicas eran tan sólo diez; sin embargo, como en toda institución, las normas van modificándose y añadiéndose con el paso de los años. Habían pasado siglos desde que los primeros muros de las principales sedes se alzaron, llenaron de información y libros prohibidos, para investigar a los diversos seres que allí podían tener asilo.

Los conocía bien. Sabía que estarían deseando de volver a cruzarse en mi camino; pero decidí esquivarlos todo el tiempo y convertirme, frente a los humanos, en un hombre de negocios con cierto carisma, amor a los inventos y una desmesurada curiosidad hacia la nueva tecnología. No me aislé del mundo, no me oculté como muchos otros seres sobrenaturales hicieron. Detestaba la soledad y era para mí una profunda herida en mi alma.

Acepto que he tenido momentos de gloria, pero también me he derrumbado. Ellos pudieron ayudarme; sin embargo, decidí apartarme corriendo los riesgos de vivir plenamente. Rogar a viejos amigos, cuando la mayoría ni siquiera sabían ya que era un Taltos, era un peligro. Desconocía si la afabilidad de sus viejos miembros, la bondad de sus pasadas acciones, y la aportación que habían realizado a la memoria colectiva seguía ahí.

Cuando recorría las calles de Nueva York, con aquel imponente gabán negro, pensaba en mi fortuna. Las riquezas que había acumulado, como los míticos dragones, y que no disfrutaba porque no tenía descendencia. Imaginaba mi vida como humano, simple y dichoso, trabajando en las oficinas de cualquier empresa. Sí, viviría con estrés, y, posiblemente al borde de un ataque de ansiedad; pero al llegar a casa mi pareja se abrazaría a mí, besaría mis labios y me haría feliz contándome las aventuras que ella, o él, habían tenido por esta jungla de asfalto.

En ciertas ocasiones, como las fiestas más celebradas o cotizadas por todos, me sentía más vacío y solitario. No obstante, cumplía una función hermosa para la mayoría de niños. Era como Santa Claus. Fabricaba hermosos juguetes en mis fábricas, resistentes y baratos, que todo el mundo podía adquirir. Ni siquiera los catalogaba para niños o niñas, adultos o pequeños. Todo el mundo podía jugar con un cochecito, una pequeña y elegante muñeca, un tierno peluche o un rompecabezas inmenso. Quería unir a las familias, hacer felices a los niños, y sentirme querido de algún modo. Si la gente amaba mis proyectos, en cierta medida, me amaba a mí.


Un día, como otro cualquiera, vino a mi mente la frase de Talamasca: Vigilamos, y estamos siempre presentes. Me cuestioné si no había hecho lo mismo. Vigilaba a la sociedad, siempre estaba presente, y no formaba parte de ella como hombre, sólo como empresario. Me carcajeé y sentí que había acondicionado esa frase a mi vida.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Compañía

Se encontró en uno de los despachos de Ashlar Templeton. ¡Disfrutad!

Lestat de Lioncourt 



Dormía. Estaba allí, echado en mi cama y arropado con las mantas que había pedido para él. Sobre una de las sillas del salón estaba su chaqueta, algo desgarrada y manchada de sangre. Samuel negaba una y otra vez mientras nos veía desde el pasillo. Yo no sabía bien por qué estaba ayudando a ese muchacho, aunque en el fondo recordaba todo lo bueno que había hecho Talamasca por mí ,y, por supuesto a los dos brujos que habían cautivado mis pensamientos. Cabía la posibilidad de poder estar en contacto con Taltos. Si había surgido uno del vientre, ya yermo y débil, de esa mujer significaba que podía caber la posibilidad de otro dentro de esa familia. Si bien, sólo podía verlo a él.

Me pregunté por qué tantas pericias había pasado. Cuántos años había vivido bajo el techo de la Orden de Talamasca hasta que le dieron una misión tan suicida; la cual, al parecer, estaba siendo desastrosa y le habían pedido prácticamente que se detuviera. Querían lejos de la familia a Yuri Stefano y su jefe, aquel tal Aaron Lightner.

—Nos estamos metiendo en un lío y nuestras vidas ya son complicadas—dijo desde la sala; sirviéndose un whisky. Pude escuchar el tintineo de los hielos y la botella de cristal abriéndose, para verter su contenido etílico de forma abrupta y desmedida como siempre.

—Tú eres quien le ha salvado la vida—respondí saliendo de la habitación.

—¿Qué querías que hiciera?—contestó tras un largo suspiro—. ¿Dejarlo morir a manos de enanos deformes?—dijo con cierto sarcasmo mirándome a los ojos—. Odio a mi gente. De verdad, los odio. No voy a permitir que maten a un inocente.

—Entonces, ¿cuál es el problema?—dije sin perder detalle a su pequeña mano que aproximaba el vaso a sus labios, algo gruesos y de dientes ligeramente torcidos—. Dime, Samuel—murmuré inquieto.

—Tú lo sabes, Ash—chistó y dio un trago.

—¡Ah! ¡Enano del demonio!—exclamé en voz baja mientras tomaba asiento en aquel sofá.

—¡Ah! ¡Gigante maldito!—respondió.

Ambos nos miramos echándonos a reír. Él me sirvió un vaso de leche fría con hielo, me lo aproximó y se sentó junto al fuego. Se quedó allí mirando como se consumía la leña. No sé en qué pensaba, pero podía ver ciertos celos. Siempre habíamos estado juntos. Éramos él y yo, dos proscritos. Los enanos lo odiaban tanto como a mí. Éramos la cara y la cruz de una misma raza y en medio, como no, los brujos.

Pasada una hora él se marchó. Según me dijo tenía negocios pendientes. Posiblemente era una partida ilegal de cartas. Por mi parte me fui al dormitorio, miré la herida de Yuri y acaricié sus cabellos azabaches. Ese gitano tenía un espíritu tan limpio y libre que me entusiasmaba. Hacía mucho tiempo que no veía una belleza tan exótica y agradable. Era un hombre joven, de unos treinta años, y yo un milenario Taltos que comenzaba a tener canas.


Me recosté al lado del chico, lo abracé por la cintura y aspiré su aroma. Si algo malo pasaba, fuese lo que fuese, no quería morir solo. Deseaba tener contacto con algún brujo poderoso o al menos fallecer amando a ese chico. Porque fueron tan sólo unas horas, pero algo en mí se movió por dentro. Quizá fue un oscuro secreto que llevaba siglos allí formándose y estalló cuando el apareció. Nunca lo olvidaré. No podré olvidar ese olor corporal, esa piel cálida y esa forma de respirar profunda dejándose llevar por el cansancio y la fiebre.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Orígenes de la verdad

David evidencia su desconcierto sobre lo que ha conocido de Talamasca, ¿y vosotros?

Lestat de Lioncourt 

Cuando dedicas toda una vida a la búsqueda del conocimiento no puedes evadirte fácilmente de tu destino, de aquel que han marcado tus pasos día tras día, con sólo mirar hacia otro lado e intentar un nuevo rumbo. Siempre acabas en el punto de partida intentando afrontar las preguntas que jamás tuvieron respuestas. Esas que ni siquiera intentaste aún cuestionar a otros porque sabes que la solución puede perjudicar a tu alma y al juicio de otros. Te sientas frente a un escritorio e intentas escribir tus memorias subrayando los detalles más importantes y entonces, cuando crees que al menos te has desahogado, un nombre te llena de amargura los labios y lo pronuncias cientos de veces, lo rememoras con amargura y crees que vas a morir ahogado en lágrimas. Ese nombre para mí es Aaron, la historia es mi vida entre los muros de Talamasca y el misterio que me ha seguido siempre, como a la mayoría de miembros de la Orden, es su fundación.

Durante algunas décadas logré vivir en la Orden de Talamasca, donde todos éramos detectives de lo paranormal, sin sentirme confundido con sus reglas y normas básicas. Seguía todas estrictamente porque previamente había roto la legalidad vigente en numerosos países y también algunas espirituales. Había viajado a Brasil y recorrido cada rincón de este enorme país conociendo su cultura, las diversas religiones y los rituales más extraordinarios. El peligro me llamaba poderosamente la atención y amaba internarme en las selvas acompañado únicamente con un guía, unas cuantas provisiones y un rifle por si tenía que defenderme de algún animal salvaje.

Maté algunos animales, es cierto, pero fue para sobrevivir. Podíamos comer su carne, usar su piel y salvarnos de ser devorados por ellos. Era la ley del más fuerte. Los espíritus vinculados con esa tierra no nos atacaban por ello y poco a poco fui amando la verdad que me ofrecía el candomblé hasta convertirme en sacerdote. Esta religión basado en culto de los orixás ya ha traspasado las fronteras de Brasil hacia lugares como Argentina, pero antes sólo podías encontrarlo allí.

Cuando acepté el pertenecer a esta organización ya había comprendido ciertos misterios y por eso no me surgían otros más allá de los archivos que lograba devorar. Allí el conocimiento es gratuito, igual que las numerosas salas. Cuanto más conocimiento tenía más inquieto me volvía hasta que llegó el momento álgido. Comencé a cuestionarme todo. Incluso me cuestioné quienes eran los máximos dirigentes de la Orden de Talamasca.

Creo que sólo me calmé durante unos años, los finales de mi vida, pensando que cuando llegase mi muerte, poco antes del Juicio Final, logrará solucionar este enigma porque ellos se presentarían en mi lecho y me hablarían para consolarme. Yo sabía que debía haber algo paranormal o especial en quienes lo fundaron. No podía ser que simplemente el tejido de esta telaraña fuese tan simple como cargos elegidos en reuniones demasiado secretas y místicas.

Al convertirme en vampiro quedé fascinado con mis nuevos poderes y aquellos que ya tenía. Se intensificó mi radar para encontrar fantasmas y hechos inhóspitos, cosa que no solía suceder con todos los vampiros. Recorrí el mundo realizando algunas biografías de vampiros asombrosos e historias increíbles que aún no he puesto en conocimiento de la mayoría. Si bien, la muerte de Aaron, mi mejor amigo, cuando realizaba su labor de Nueva Orleans provocó que algo en mí se quebrara. Deseaba saber quienes estaban tras los Ancianos de la Orden de Talamasca.

Él murió creyendo que había sido despojado de todos los honores por parte de este grupo tan selecto, pero era mentira. Se habían hecho pasar por ellos para evitar que siguiera investigando sobre unas criaturas fascinantes llamadas Taltos y la familia Mayfair, la cual está maldita para aquellos que investigan profundamente su árbol familiar o los misterios que los rodean.


Ahora, tras la revelación de Amel, he sabido la verdad y no sé si sentirme hundido, privilegiado o confundido. Era Gremt Stryker Knollys un espíritu, el cual provenía del mismo mundo que Amel y Memnoch, Hesketh un poderoso fantasma perteneciente a una ingeniosa bruja germánica, aunque fue asesinada tras ser uno de los nuestros, Tesjamen un vampiro tan antiguo como Avicus, el cual fue iniciado en la sangre por los sacerdotes del culto de Akasha aunque no fueron creados por ella. Es un desafío conocer parte de mis raíces, a quienes veneré sin conocer, a los que forman parte ahora de mi familia y de mis conversaciones más profundas.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Atlantida

OOC:

Es cierto que todos nos hemos sorprendido con eso de la aventura acuática de Lestat con la "Atlántida" de por medio. Pero ya avisó Anne Rice que fue por un sueño, por algo que Lestat ya no puede controlar, donde cientos de almas clamaban un poco de paz debido al sufrimiento que vivían. Creo que darle una oportunidad a los espíritus, de indagar qué ocurrió en un lugar comprometido, podría ser interesante y divertido. 

Para lanzar una piedra a su favor, para animar a los Fans que se sienten molestos con esto, hemos decidido hacer un pequeño fic. 

Gracias por todo.

Lestat de Lioncourt, El Jardín Salvaje.


—¿Por qué deseas ir allí?—preguntó David tomando asiento en aquella gigantesca sala de Nueva York.

Todos estábamos de nuevo reunidos, aunque ahora no teníamos una preocupación tan terrible como la última vez. Solía reunirme en pequeños comités, enviar comunicados por carta, telegrama o correo electrónico. Sin embargo, verlos a todos me emocionó. Los había logrado tentar con una carta donde explicaba minuciosamente lo que yo pretendía hacer.

—He tenido un sueño—dije intentando explicarme.

—¿Un sueño? ¡Qué demonios! ¡Yo a veces sueño con monstruos y no voy a ir a mirar bajo las camas y dentro de los armarios de todas las casas de este mundo!—gritó Benji sorprendiéndome. Él amaba las aventuras, pero al parecer le parecía poco sensato todo aquello.

—Benjamín, calma—susurró Sybelle.

—¿Qué? ¡No puedo! Lo admiro demasiado para aceptar esta locura—explicó moviéndose en su asiento bastante inquieto.

—El joven tiene razón—habló al fin Marius—. Lestat, no es algo que debas hacer.

Marius había tomado asiento muy cerca de Armand y Daniel, como si ambos pudieran ser los leones de un Hércules embravecido. Aquellas dos hermosas bestias se rendían a sus pies deseando ser amados. Armand estaba a la derecha y Daniel a la izquierda, pero a la derecha de este se hallaba Pandora y Arjun que intentaba contener una risa nerviosa.

—Vuestra sensatez me agobia...—chisté.

—Hace tiempo leí un libro sobre ese lugar. Es un mito—comentó Avicus sentado a tres asiento a la derecha de Arjun, muy próximo a Flavius y Zenobia.

—Es posible que existiera igual que existió Pompeya—una tímida voz surgió entre todos los presentes. Me sorprendió que él fuese de los pocos que estaban de acuerdo que ese lugar tenía que estar perdido entre las aguas—. De hecho hay quien afirma que ambas ciudades desaparecieron con pocos siglos de diferencia. Eran ciudades de renombre. Durante siglos se olvidó Pompeya, como si jamás hubiese existido y sólo fuese un sueño borroso, pero ahí tenéis los restos. Además... ¿no había una pareja de vampiros milenarios que provenían de esa zona? Vivieron esa tragedia. Lestat conoció a uno de sus creados... ¿Por qué no los buscamos? Es posible que...—argumentó el antiguo esclavo de Pandora jugueteando con su mano derecha entre sus rizos.

—Yo creo que existió—murmuró David.

—¡David, no ayudas de ese modo!—gritó Louis completamente histérico. Sus ojos verdes reverberaban. Su preocupación la conocía bien. Temía que me pasara algo y no era por las consecuencias sobre todos nosotros. Él siempre temía que algo malo me ocurriera porque no sabía vivir sin mí, quisiera reconocerlo o no.

—Louis, por favor... ¡Puede ser una buena aventura!—David insistió.

—¡Véis! ¡Al final sólo David se apunta!—exclamé dando un golpe sobre la mesa.

—Hijo, ¿por qué te gusta hacer siempre el estúpido?—dijo mi madre situada a mi izquierda— ¡Y tú, no le animes!—gritó sermoneando a David que estaba junto a Servaine, la cual se sentaba a la izquierda de esta.

—Padre, ¿podemos ir Rose y yo? ¡Sería como una Luna de Miel!—mi hijo estaba allí emocionado, como cualquier joven vampiro, demostrando que mi sangre era más poderosa que la sensatez que le habían inducido Faared y Seth a lo largo de los años. Estaba frente a mí, con Rose colgada de su brazo derecho y su madre a su izquierda. Ella no había estado en la anterior reunión, pero en esta había decidido invitarla.

—¡Viktor, de eso nada!—gritó Faared sentado al lado de su mejor creación, Flannery Gilman, la mujer con la que tuve a mi hijo.

—¡Viktor!—exclamó de inmediato Seth mirando al muchacho con cierto disgusto. En esa expresión vi a su madre, Akasha, y eso me llenó de nostalgia.

—¡Seth! ¡Faared!—dijo Viktor bastante molesto porque estaban tomando su decisión como si fuese un niño.
—Seth, deja que mi hijo vaya donde quiera. ¡No te comportes como una madre amargada!—al decir aquello su madre se echó a reír, aunque no fue la única. David también se reía junto con Jesse Reeves.

—Yo digo que es mejor que le dejemos hacer el estúpido. Bueno, más bien los estúpidos. Amel está de acuerdo—intervino Landen acomodando los puños de encaje de su elegante camisa de chorreras. ¡Cuánta elegancia! De verdad Marius le había juzgado mal.

Landen no era el desgarbado que él había descrito ni mucho menos. No era feo y el caro perfume francés que usaba llegaba hasta mi nariz. Parecía un hombre de modales comedidos. Junto a él estaba el fantasma de mi creador, Magnus, siendo testigo de todo y como representante de Talamasca, la oculta tras los ancianos y sus misiones más misteriosas, aunque también se encontraba Tesjamen con esos cabellos blancos y esos ojos de mirada tan profunda.

—Gracias, Landen—dije aliviado.

—No es un piropo—me indicó—. Simplemente creo que es mejor que te demos permiso, que alguien te acompañe y vigile.

—Rhosh, ¿podemos ir?—decía Benedict emocionado.

—¡No!—chistó su rubio y amargado creador. Por un momento vi reflejado a Marius en él, el cual tenía la misma expresión entre preocupación y molestia.

—¡Yo sí voy!—dijo Daniel imitando mi anterior gesto, un golpe en la mesa.

—¡Daniel, por favor!—espetaron al unísono Marius y Armand.

—Iré, descubriré lo que hay allí y haré un libro. Puede que parezca una locura pero estoy conectado a los espíritus. Una oportunidad, por favor. Dejad de burlaros, de sentir miedo y de creer que nada se me ha perdido allí. ¿Acaso no pensáis dar un descanso eterno a todos los que allí estarán aún esperando un momento de tranquilidad? ¿Dónde está vuestra humanidad?—todos guardaron silencio hasta que Bianca sonrió y se levantó tomando la palabra.

—Yo te apoyo, vaya o no contigo. Creo que hay que darle paz a los muertos—expresó antes de sentarse junto a Alessandra que comenzó a aplaudirla. Ah, esas dos mujeres me enamoraban.

—Si necesitas ayuda cuenta conmigo y con tu madre—dijo Sevraine provocando que mi progenitora frunciese levemente el ceño.


—Está decidido. Iré.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt