Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

jueves, 27 de abril de 2017

Sigo vivo

Carta de Quinn...

Lestat de Lioncourt 


Hace tiempo que no me pongo en contacto con un folio en blanco y decido escribir de la forma más natural posible. He usado demasiado la tecnología y creo que es un medio demasiado frío. No puedo volcar en una hoja de word las dudas existenciales que aún carcomen mi alma. Son como termitas terribles que me dejan exhausto y sin esperanzas.

Dicen que tras la tormenta brilla el sol y hay una nueva esperanza, pues el agua se filtra en la tierra y germinan las plantas a la llegada del buen tiempo. Nuestras almas son un huerto, jardín o prado donde las semillas aguardan que paremos de llorar para florecer nuevas verdades. Aprendemos gracias a experiencias que hacen mella en nosotros, pero no todas son válidas y no siempre aceptamos lo que quieren enseñarnos. Sí, somos malos alumnos. Tal vez por eso hoy he ido a una de esas pequeñas tiendas de materiales de oficina, justo cuando estaban a punto de cerrar, y he pedido un cuaderno sencillo, un bolígrafo barato y un sobre para enviar por correo ordinario esta carta.

Sí, es una carta. Si te ha llegado es porque al fin he tenido agallas. Últimamente me faltan. Quizá debería buscarte y poder sentarnos ante una taza de café, té o chocolate bien caliente. Qué más da la bebida, ¿cierto? Somos dioses oscuros, seres inmortales, que no requerimos de alimento alguno más allá que la propia sangre de nuestras víctimas. ¡Pero sienta tan bien ese aroma! Al menos a mí me transporta y el calor que desprende la bebida humeante me hace sentir humano. Incluso un poco infantil. También recuerdo la conversación aquella que tuve con Julien Mayfair, ¿recuerdas? Te la conté.

En fin, sólo quería decirte que he decidido volver a escribir. No usaré el ordenador. No quiero algo tan frío en mis manos. Sé que Mona siempre ha amado esos trastos y para mí han sido muy útiles, pero para ti es más complicado. Eres un hombre chapado a la antigua. Detestas que la tecnología se involucre demasiado contigo. Vives libre de ella. A veces te envidio. Viviste una época donde realmente se sufría, se amaba, se hacía el sexo y se bebía con pasión. Incluso se discutía con vehemencia hasta llegar a los puños, los duelos y el resentimiento eterno. Pero no se discutía por cualquier estupidez que hubiésemos leído en un periódico sensacionalista -si bien, ¿qué periódico hoy no lo es?- o escuchado de boca en boca. Se discutía por filosofía, política o creencias religiosas en un pequeño café o bistró parisino.

Hoy suenan más que nunca ecos de guerra. Una guerra distinta a la vivida hace unos años. Sí, sobrevivimos. No obstante, no estamos en las mejores condiciones. Ni tú, ni yo y tampoco nadie. Aún así vamos a observar como los humanos se masacran unos contra otros. Por eso hoy me he sentado en el alfeizar de mi ventana, he visto las luces de la ciudad que son las nuevas estrellas en mitad de la noche, y me he preguntado si realmente la Segunda Guerra Mundial acabó o sólo tuvo un pequeño momento de silencio en occidente, pues oriente siguió padeciendo. Somos, o más bien fuimos afortunados, pero no lo sabíamos hasta ahora.

Me gustaría volver a ser humano para poder fundirme con la tierra, pero a la vez deseo hacer tantas cosas... Es como una duda constante. A veces me pregunto qué hubiese pasado de no ir tras el misterio de aquella pequeña isla en mitad del pantano. ¿Qué hubiese pasado, Lestat? Dime. ¿Habría conocido finalmente a Petronia o esta hubiese desviado su mirada hacia otro lado? Posiblemente jamás hubiese conocido a Mona, ni hubiese tenido relaciones sexuales con Jasmine, y por lo tanto no habría conocido el amor de dos mujeres intensas y deseables. Tampoco habría tenido el apoyo de Nash, ni habría comprendido el porqué del odio de mi madre y del dolor de mi hermano. Habría sido un ignorante. Si bien, deseé ir más allá de lo conocido y posible.

Somos motas de polvo en el universo, granos de arena perdidos en un reloj que marca el cambio de tercio con la muerte de cada uno de nosotros o quizá con nuestro nacimiento, pequeñas manchas sin forma que terminamos teniendo conciencia por mera suerte y que aceptamos este mundo porque creemos que nos pertenece. No nos pertenece nada. Ni siquiera nuestro tiempo de vida. Todo es parte de un caos perfecto donde se nos ha situado y deberíamos vivir el momento, vivir el ahora, disfrutar de cada sensación y sólo nos dejamos llevar por la ambición de acaparar más cosas de las que podemos usar.


Ya no sé qué digo, Lestat. Tal vez sólo divago. Necesito divagar, ¿entiendes? Necesito poder contarte todo lo que llena mi cabeza y golpetea como el corazón bajo la madera, como el cuervo picoteando en el cristal, como el monstruo que sube por las escaleras sediento de venganza y belleza juvenil... Como la enredadera que trepa por la fachada de este caserón perdido en la nada, en una tierra cuyo nombre no te confesaré. Sólo quiero decirte que quisiera verte, pero a la vez creo que no es necesario. Sólo espero tener agallas algún día para echar esto al correo y poderte decir que sigo “vivo”.  

viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



domingo, 15 de enero de 2017

Profundizando

Mona Mayfair nos acompañará estos días... Su historia me conmovió. 

Lestat de Lioncourt 


El siguiente libro es el final de mi vida y el inicio de otro camino muy distinto al fijado. Puede que en las anteriores notas electrónicas viviéramos el desafío que supuso para Tarquin el vivir rodeado de fantasmas, asumir que uno de ellos era su hermano y que el mayor misterio familiar no era Manfred el Loco, sino él mismo. Una historia trepidante de amor, fantasmas, venganza, muerte, odio y liberación. Supuso para mí también una revolución. En sus páginas se narra como una joven Mona Mayfair aparece seduciendo al pobre muchacho, el cual incluso llega a pedir su mano.

Admito que yo soy esa Mona Mayfair. Si bien, para consuelo de todos ustedes diré que amé, amo y amaré a Tarquin de una forma que nadie logrará hacerlo. Soy una mujer apasionada y difícil, pero él sabe como entenderme con tan sólo un gesto o una palabra.

Estas líneas las escribo desde un ordenador en algún lugar lejano a Nueva Orelans, pero aún puedo sentir como vibra la ciudad con el Carnaval, la lluvia torrencial golpeando los cristales y el murmullo del Barrio Francés. No hay ciudad más hermosa y extraña que la que me vio nacer, morir y resucitar. Sí, resucitar. Considero que volver a la vida como vampiro es una resurrección.

Mis orígenes todos los conocen ya, pero todavía no hemos repasado mi final. Quedé en la cama de Tarquin, una noche poco agradable, esperando morir rodeada de las flores que había adquirido yo misma. Quería ser su Ophelia. La “enfermedad” que me había mantenido en el hospital Mayfair durante años se estaba cebando conmigo, no tenía más fuerzas y estaba a punto de caer en los brazos de la muerte. Entonces, otros brazos muy distintos, me rescataron. Pude sentir su penetrante aroma masculino, su aliento golpeando mi cuello y la forma en la que perforó este. Del mismo modo que saboreé su sangre y exigí más cuando la vida recorrió de nuevo mi cuerpo.

Mi noble Abelardo, mi apuesto Tarquin, no sabía la nauseabunda verdad que había tras mi enfermedad. Mi debilidad venía através de los múltiples abortos de Taltos debido a mi supuesta promiscuidad. No era una promiscua. Yo sólo deseaba tener otro hijo que me guiara hacia donde estaba su hermana Morrigan. No es difícil de entender. Quería ser conducida a ese círculo de piedras que ella comentó una vez. Sabía que podría hacerlo. Sólo quería estrechar a mi pequeña una vez más. Cualquier madre lo comprendería. Él lo comprendió. Lestat también lo hizo. Incluso sé que Michael, su padre, lo sabía. La única persona que me negó tal hecho, que incluso creo que ocultó información, fue Rowan Mayfair. No la culpo del todo, pues esa hija nació del fruto prohibido de su marido con una estúpida adolescente.


En esta semana viajarán conmigo a las profundidades de un pantano más oscuro que aquel que rodea Blackwood Farm. Serán sentenciados por el destino, del mismo modo que este lo fue conmigo. Aprenderán a sobrevivir. Sabrán bien mi vida y aceptarán los hechos que os narramos. Se inicia el recuerdo de Cántico de Sangre...   

viernes, 13 de enero de 2017

Soledad

Este chico era diferente a todo... desde siempre.

Lestat de Lioncourt 


Nunca me sentí del todo solo. Siempre hubo alguien a mi alrededor. Aunque no puedo catalogarlo como alguien pese a conocer el cruel destino que tuvo desde su nacimiento. Creo que en mi interior, en el fondo de mi corazón, sabía que ese fantasma, tan parecido y a la vez diferente a mí, tenía que ver con mi historia y no con la vivienda en sí. Nadie recordaba a ningún familiar con mi aspecto, ni otras muertes rondando la vivienda. Al menos, eso decían. Todo falso, por supuesto. Tan falso como ser hijo único, tener problemas mentales y de comportamiento, así como vivir aislado por mi propio bien. Igual de falso que creer que mis abuelos eran mis padres, porque así fue hasta que cuando contaba alrededor de cinco años la verdad, cruel y detestable, se impuso frente a mí explicándome que aquella mujer, la que creía mi hermana, que usualmente me despreciaba y siempre estaba alcoholizada, pues parecía que eso era lo único que sabía hacer además de cantar, era mi madre.

Pero como he dicho... jamás me sentí verdaderamente solo. Ahora es distinto. Él se ha ido para siempre. Puedo decirlo. Es un hecho que Goblin, mi hermano Garwain, no va a regresar. Sus restos, los escasos huesos que quedan, no sé como calificarlos. Observo su pequeño cráneo en la hoguera, donde Merrick decidió morir para salvarme y salvarlo, y nada más pienso que podría haber sido yo. En aquel vientre cualquiera de los dos, en una lucha básica y natural, me impuse siendo el más fuerte. Él sólo vio la luz del hospital, las lámparas palpitantes que yacían sobre las incubadoras y las lágrimas de mi madre. Ella sí lo amó y lo lloró, y por el mismo motivo a mí me condenó.

Desde hace algunos meses visito con frecuencia el panteón familiar. Sigo pudiendo ponerme en contacto con los fantasmas de la vivienda. No he vuelto a ver a Rebeca, pero sí a Virginia que parece haber entrado en calma. La veo pasear cerca de su propio cuadro, para luego girar su rostro hacia el de su esposo. Añora a Manfred, pues quizá ni siquiera sabe que él está vivo. No obstante, desconozco si es un fantasma que puede pensar o sólo es un reflejo de la mujer que una vez fue. He conocido todo tipo de fantasmas. Incluso he conversado con una taza de chocolate y galletas frente al más importante después de Goblin. El tío Julien Mayfair todavía retumba en mis recuerdos. Se ha convertido en mi mayor adversario. Cuando visito la tumba de mi hermano, así como la del resto de la familia, puedo sentirlo.


Puedo decir que no me siento solo, pero no es la misma situación ni sensación. Tal vez hice mal en pedir a Merrick que calmara a mi hermano hasta hacerlo desaparecer, sin embargo vivir con él era incompatible. Él mató a tía Queen, aunque sé que lo hizo debido a que siempre negó su existencia. Comprendo demasiadas cosas tras el calor del momento. Tantas cosas que siento pena por la historia de un hermano que sólo deseó vivir. 

sábado, 7 de enero de 2017

Aventura

Ah... Quinn... ¡Este chico era dinamita!

Lestat de Lioncourt 


La siguiente historia comenzó con una carta llena de esperanzas y decepciones, algunas conmigo mismo, debido a que no podía enfrentar a un viejo compañero de la niñez. Había crecido rodeado de amor, respeto y misterio. Aquel que creí que sólo era fruto de mi imaginación, se convirtió en un prodigio peligroso. Un poderoso fantasma amenazaba mi vida cada anochecer, perforando mi piel y atrapando la sangre que ingería para mantenerme vivo. Había leído sobre algo semejante, se llamaba Amel y había caído como una maldición sobre una reina y su corte.

En un intento desesperado decidí recurrir al héroe de muchos vampiros, el antagonista de los sensatos y el verdadero dolor de cabeza para un puñado de los nuestros. Lestat de Lioncourt parecía lo suficientemente temerario para enfrentarse a semejante peligro y salir victorioso. Quería alejarme de ese suplicio y continuar mi vida, aunque fuese sin todo el amor y la esperanza depositada en mi futuro.

Aunque a decir verdad mi historia comienza algunas décadas atrás, por no decir hace más de un siglo. Mi familia, o el hombre más importante de esta, se instaló en Nueva Orleans. Aún no se sabe su procedencia, sólo que Manfred Blackwood ordenó construir una casa cerca de las oscuras aguas de un pantano. Nada le detuvo. Llamaban a mi antepasado: El loco. Si bien, creo que era el ser más cabal de toda la familia. Con el paso de los años he aprendido que llaman loco a muchos soñadores, a seres que impulsados por el deseo de prosperar son señalados y se burlan todos de su intelecto. No iba a ser otro caso común, como tantos, sino que había un trasfondo incluso más turbio.

Podría decirse que esto comienza con una enorme aventura que tiene una consecuencia inesperada. La pieza de dominó que Manfred cayó provocó un auténtico terremoto en mi vida. Fue el batir de las alas de una mariposa para Tarquin Blackwood, su heredero.


En las próximas semanas nos encontraremos. Mi historia dio fruto a dos libros. Primero os contaré mi vida, después os contaré como fue retener mi verdadero amor entre los vivos, en la eternidad, gracias a una acción llena de bondad y malicia. Nos embarcaremos en aquella pequeña lancha y cruzaremos un pantano infestado de mosquitos y caimanes, admiraremos camafeos, sentiremos golpes intensos en nuestro cuerpo y nuestra alma, sufriremos el beso de la muerte y una vida nueva. Aprenderás conmigo el significado del amor en toda su complejidad.  

lunes, 19 de septiembre de 2016

Todo está claro

Pobre Goblin y pobre Quinn.

Lestat de Lioncourt 

Aún puedo escuchar las historias que contaba la Gran Ramona sobre la locura de Manfred Blackwood, el loco, cuando era tan sólo un niño. Me sentaba en sus faldas y me hacía prometer que jamás cruzaría el pantano, pues había innumerables peligros, para confirmarlo. Mi abuela, Sweetheart, me miraba con ojos amorosos mientras terminaba de hornear alguna de sus tartas de manzanas, arándanos o peras. Mi abuelo Pops estaba fuera, con la azada, haciendo su trabajo habitual para plantar los limoneros o arar los huertos, junto con los muchachos que eran descendientes de los viejos esclavos. Jasmine era también muy joven, una adolescente, y solía estar por la cocina hablando de su sueño de ir a la mejor universidad.

Todavía puedo. Es algo que no me arrancará jamás el tiempo. Mi dulce y típica vida de chico de campo, el cual era incorregible para llevar al colegio. El motivo, el único y especial motivo, que existía era que yo poseía un “amigo imaginario”. Él se parecía a mí, pero sus actos eran menos bondadosos con el resto de la familia; pues para mí los empleados de la granja eran familia.

Tenía diez años cuando correteaba por el pasto persiguiendo luciérnagas. Era una noche de verano muy tórrida. Mi madre había llegado tras meses sin dar señales de vida. Mi abuelo lloraba en su habitación y mi abuela, que siempre estaba atenta a mí, contenía sus ganas de llorar sentada en la terraza junto a mi tía Queen. Tía Queen era una mujer muy fuerte, aunque era mayor que todos en la casa, y siempre aparecía para tomarse unas merecidas vacaciones.

Ese día noté algo distinto. Ella decidió que viviría con nosotros para siempre, porque estaba cansada de viajar. Debí hacer caso a mi instinto y a todo lo que pude ver en su aura; pero yo era un niño. Goblin, como así llamaba a ese amigo imaginario, no paraba de saludarla e intentar que lo mimara igual que a mí. Ella lo ignoraba, como no. Todos lo ignoraban como si no existiese. En las primeras ocasiones se ponía a llorar, pero con el paso de los años sólo sentía rabia, ira, impotencia y dolor. Podía ver esos sentimientos reflejados en sus ojos tan similares a los míos. Él se parecía a mí en todo, salvo que yo era un niño y él un fantasma.

Años más tarde he comprendido todo lo que ocurría. Goblin era mi hermano gemelo muerto a las pocas horas de nacer. Él tomaba más fuerza con las visitas de mi madre. Todos en la casa, incluyendo a varias personas del servicio, podían verlo. El motivo era evidente. La mayoría de nosotros descendíamos de los Mayfair, una poderosa familia de brujos. Manfred Blackwood no era mi antepasado, sino su amigo de juergas llamado Julien Mayfair. Ambos hicieron un pacto para que Julien tuviese relaciones con la nuera de Manfred, pues su hijo era incapaz de mantener relaciones, y por ende descendencia. Ambos hijos eran fruto de un engaño a la pobre mujer, la cual jamás supo que no era su marido quien se disfrazaba, con máscaras y ropa estrafalaria, para la concepción. Los antiguos esclavos tuvieron vínculos con los Mayfair, pues hay una rama negra en la familia, y estos tuvieron contacto con nosotros porque Manfred los contrataba como hombres libres. Finalmente todo fue encajando. Incluso encajó el hecho de poder oler a los Taltos, unas criaturas similares físicamente a los humanos.

Siempre creí que imaginaba las miradas de tía Queen, miradas de miedo y odio, hacia Gawain, como realmente se llama mi hermano. Esas miradas que un día se convirtieron en motivo, más que suficiente, para matarla por parte de ese espíritu burlesco que, con el paso de los años, acabó siendo cruel.


martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


miércoles, 13 de julio de 2016

Hermano

Tarquin me da pena. Esta carta la han encontrado en la tumba de Goblin, de su hermano Garwain, sólo la he tomado para reproducirla. Os la dejo aquí.

Lestat de Lioncourt 

Realmente pocas personas entenderían el motivo por el cual escribo estas líneas. No me importa. Únicamente lo hago porque creo que es necesario. Detesto pensar que te has marchado creyendo que el odio que hay en mi corazón es para ti. No. Ese odio no lo causaste tú. Me he dado cuenta que eras tan inocente como yo. Creo que incluso más. Estoy seguro que todas tus acciones fueron motivadas por el amor y también por unos celos bastante comprensibles.

Hemos estado juntos desde el primer segundo de nuestras vidas. Ese chispazo que originó un hombre cuyo rostro jamás conocimos. Siempre supuse que me parecía a él físicamente, pero estaba equivocado. No era a él a quien nos parecíamos. Igual que estuve equivocado contigo, Garwain.

Durante estos años he sabido la verdad sobre varios asuntos. Desconozco si tú pudiste saberlo observándome o leyendo dentro de las profundidades de mi alma. No somos Blackwood. No tenemos ni una gota de su sangre. Aún así llevamos con honor su apellido. “El Loco” decidió que un amigo suyo, Julien Mayfair, copulara, por decirlo de alguna forma suave, a su nuera para que al fin pudiese quedarse embarazada. Nosotros nos parecemos físicamente a él y tenemos una genética especial. Somos brujos, Garwain.

Madre no te odia. Madre siempre te amó. No sé si sentir celos por ello o lástima. Me odiaba porque creía que yo te había matado en su vientre quitándote el alimento. Te juro, hermano, que yo habría hecho cualquier cosa porque tú vivieses del mismo modo que yo. Habría sido fabuloso tener un hermano en el que apoyarme cuando tuviese miedo o sintiese rabia.

Has matado a tía Queen. No le quedaban muchos días de vida. Al principio estaba molesto con ella por haber negado que te veía y sentía, pero ahora sólo siento dolor por su pérdida. Desconozco la discusión que habríais tenido que provocó que fueses tan violento. ¿Por qué lo fuiste? Tú me salvaste la vida y me defendiste ante muchas otras personas y seres. ¿Tan consumido por la desesperación estabas? Querías ser como yo. Siempre quisiste que fuéramos iguales. Pero jamás te diste cuenta que lo éramos. Los dos a nuestro modo éramos solitarios y estábamos perdidos.


Te escribo esta carta para dejarla en la tumba junto a tus cenizas. Madre ha muerto. La he matado. No vendrá a molestarte. Sólo espero que ahora al fin descanses. Perdóname por no haber sabido antes la verdad. Discúlpame por haberte odiado una vez.  

domingo, 26 de junio de 2016

Tu boca y la mía

Esto es... ¿pasó? ¿En serio? ¡Estas memorias me dejan en shock! 

Lestat de Lioncourt


—Hacía tiempo que no te veía por aquí—dije mientras podaba aquel enorme seto.

Hacía algunos años que Tarquin Blackwood había desaparecido de la ciudad acompañado con Mona. Ambos se habían esfumado como el humo de uno de mis cigarrillos dejando tan sólo el pérfido perfume de la muerte en los cadáveres que habían sido devorados por los caimanes, enterrados en parcelas vacías del cementerio o simplemente abandonados en callejones en posturas indecentes. Yo sabía que eran dos vampiros jóvenes con poderes superiores a los que cualquier chiquillo en las sombras y una sed insaciable. Sin embargo también quería creer que era imposible que desaparecieran para siempre. Tenía fe en volver a verlos.

Aquella noche él apareció de improvisto con las manos metidas en los bolsillos de su elegante pantalón negro. Llevaba las mangas de su blanca camisa de algodón remangadas hasta el codo y dejaba ver su piel suave y blanquecina sin apenas vello, pero con unas venas marcadas debido a la sed. Sus ojos azules, tan profundos como los océanos, recorrían mi figura esperando que dijese algo más que un simple saludo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—respondió.

—¿Y Mona?—pregunté agachándome para hundir mis dedos en la tierra removida intentando comprobar que el sistema de regadío estaba funcionando.

—No lo sé. Hace unos meses nos separamos—dijo.

—¿Y cuál fue el motivo?—me incorporé sacudiendo mis manos para girarme y verlo al fin cara a cara, sin miedo al peligro, porque sentí que necesitábamos tener claras nuestras posiciones al respeto de su fuga—. ¿Te cansaste de ella?

—Ella se cansó de mí—explicó—. Necesitaba cambiar de aires y yo quería quedarme por siempre en Japón. Decidimos recorrer Asia tras las quemas. Queríamos ver algunos países y disfrutar del choque cultural, pero al parecer quería ir a Europa de nuevo e investigar los lugares donde se originó la historia de nuestra familia.

—Claro...

—También es mi familia, Mich. Soy tan Mayfair como el resto de vosotros—comentó sacando las manos de los bolsillos para dejarlas a ambos lados de su cuerpo. Era el mismo muchacho delgado de aspecto celestial y bondadoso que yo había conocido. Sentí que mi corazón daba un vuelco. Yo había envejecido esos años y ya no era un hombre de cuarenta años, sino que estaba alcanzando una época dorada. Estaba a punto de alcanzar la edad de la jubilación, pero detestaba sentirme un trasto viejo y sin alma. Él seguía siendo joven.

—Michael, ¿cómo está Rowan?—preguntó.

—Bien, trabajando—respondí sin muchos ánimos. Nuestro matrimonio era casi una condena para mi mujer. Ella me quería, pero no había pasión. Hacía años que no teníamos relaciones aunque yo me consolaba con poder estrecharla contra mi cuerpo las pocas horas que compartíamos en la cama—. Yo también sigo trabajando.

—¿Y Nash?—murmuró muy bajo.

—Sigue vivo pero es muy viejo—dije—. Tu tío y tu hijo han sido educados por él, como bien sabes, y son unos jóvenes excepcionales. Ambos tienen unas notas excelentes. Jermone hará un máster el próximo año—coloqué mis manos sobre las caderas y esperé que él respondiera.

—Algo de eso sé—contestó—. ¿Podemos hablar dentro?

—Sí, claro—carraspeé—. Ya es tarde para seguir con el jardín, pero no tengo mucho tiempo de hacerlo por las mañanas.

La casa seguía siendo nuestra. Aunque habíamos encontrado una nueva heredera esta no deseaba aquella mansión debido a todo lo que había ocurrido tras sus muros. Todos pensaban que estaba maldita. Supongo que tienen bases sólidas debido a los múltiples fantasmas y asesinatos cometidos bajo su techo. Él la contempló antes de entrar como si intentara averiguar el motivo por el cual no nos mudábamos y después entró conmigo hasta el salón.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté dirigiéndome hacia la cocina para sacar una cerveza fría de la nevera.

Seguía siendo adicto a un trago o dos por las noches, para templar los ánimos. Ese sabor amargo electrocutaba mis neuronas y me hacía olvidar por un instante todo el dolor que tenía que soportar. Supongo que así somos algunos hombres, ¿no? Somos tercos para aceptar que estamos dañados, hundidos y desesperados.

—Quería verte—respondió—. Necesitaba a alguien conocido.

—¿Y ese vampiro amigo tuyo?—dije tomando asiento en el mismo sofá donde él se había acomodado.

—Ocupado—dijo.

—Vaya...

—Siempre me has parecido un hombre atractivo—aquella frase me sorprendió—. Las canas te han aportado una belleza casi idílica muy masculina, seria y curtida—expuso entretanto paseaba sus ojos por toda mi figura—. Yo nunca llegaré a ser un hombre adulto.

—No, no lo serás—respondí sin saber si agradecer o no el halago.

—¿Te siguen atrayendo los cuerpos jóvenes?—preguntó provocando que soltara la lata de cerveza y la dejara en la mesilla aledaña al sofá—. ¿Te atrajeron alguna vez los hombres?

—¿Qué estás intentando?—mascullé confuso. No sabía adónde demonios quería llegar.

—Los vampiros ahora podemos tener relaciones sexuales satisfactorias—comenzó a explicar dejándome atónito—. Mona ya no está en mi vida y no puedo experimentar con ella. Ella es una mujer, Mich. Siempre me he considerado bisexual y jamás he podido tener a un hombre sometiéndome a sus caprichos—su mano derecha se colocó sobre mi torso comenzando a juguetear con el segundo botón de mi camisa, el cual era el primero que cerraba la prenda—. Pensé en ti. Pensé en ti cuando tuve esas hormonas en un pequeño estuche. Supuse que tú podrías satisfacerme debido a tu historial...

—No pienso ser infiel a mi mujer—dije alterado.

—¿Y si te digo que sé que has estado jugando con cierto macho Taltos?—murmuró soltando el botón para comenzar a subirse sobre mis piernas.

Su boca se pegó a la mía y mi lengua se delató sola. Acepté ese beso como si fuese un pérfido encantamiento. Mis manos ásperas comenzaron a desnudar su suave piel. Él jadeó cerca de mis labios cuando detuvo el beso para mirarme absolutamente desvergonzado. Yo me excité tanto que mi miembro empezó a tener forma y él aprovechó eso para abrir mi camisa de un sólo jalón. Hundió su rostro en mi torso y comenzó a deslizar su lengua por mis sensibles pezones, mi abdomen y finalmente la zona baja de mi ombligo. Al final dejé que me sacara el cinturón y bajara mis vaqueros para sacar mi sexo de entre la ropa interior. Pude sentir su aliento golpeando el glande mientras me miraba a los ojos. Me perdí en su mirada llena de lujuria cuando decidió iniciar una masturbación deliciosa con su boca. Como todo hombre sabía como hacerlo para que otro se revolcara de placer bajo ese magnífico toque de su lengua.

Frente a mí estaba una enorme librería y en ella había fotografías de mi mujer recogiendo diversos premios sobre avances en neurocirugía y medicina, los cuales se los concedieron por la prevención de ciertas enfermedades neuronales, así como otras conmigo en nuestra boda o diversas reuniones familiares. Podría haberme detenido cuando miré la estantería repleta de recuerdos pero sólo hundí aquella cabeza con rizos espesos. Dejé que mis dedos se colaran entre sus cabellos y comencé a mover sutilmente la pelvis.

Noté como el vello que coronaba mi pene rozaba su nariz y su aliento ligeramente cálido lo acariciaba. Mi cabeza se echó hacia atrás sintiéndome perversamente desesperado. Él logró apartarse entonces para desnudarse frente a mí. Su cuerpo era delicado para ser el de un hombre. Aunque por supuesto él no podía considerarse un hombre adulto ya que sólo era un muchacho de veinte años cuando fue transformado en un vampiro.

—Ven aquí...—ordené.

—Espera—respondió sacando de uno de sus bolsillos un pequeño paquete. Ahí había una inyección de un líquido espeso que no dudó en inyectar en su brazo derecho, para luego acercarse a mí jadeante. Se subió a mis piernas y rozó su entrada contra mi miembro. Pude percibir con mi glande su estrecha entrada. Entonces lo supe. Comprendí que tenía que penetrarlo. Agarré mi pene desde la base y acerqué la punta a su ano. Él en un pequeño movimiento, similar a un salto, acabó penetrado moviendo sutilmente sus caderas para que yo le ofreciese el placer que tanto ansiaba. No gritó, pero sí gimió afeándose a mí pasando sus brazos por mis hombros.

—Voy a ser tu puta—susurró jadeante cerca de mi boca para lamer mis labios de comisura a comisura—. Tu deliciosa puta—añadió mientras emprendía un ritmo desesperado con sus caderas.

Por mi parte lo agarraba de los glúteos intentando seguir su ritmo. Mi boca se pegaba a su cuello y deslizaba sutilmente mi lengua por este hasta las clavículas. Aquel sofá una vez más estaba siendo usado para un acto impuro. Pronto noté la presencia de Julien Mayfair, nuestro antepasado, paseándose por la estancia. Él ni se inmutó y yo decidí continuar pero con un arranque de pasión. Un impulso nos llevó al suelo y en ese momento salí de él, lo dejé de espaldas y comencé a penetrarlo aferrado a sus caderas. Tarquin gemía mi nombre como una plegaria con su rostro girado hacia mí deseando ver mi rostro bañado por el placer. Las penetraciones cada vez eran más bruscas y mis gruñidos más seguidos. Finalmente eyaculé dentro de él sintiéndome satisfecho y deseado. Él nada más cumplir su objetivo y recibir su premio se abalanzó sobre mí besándome.

—Deja que te convierta en vampiro... —balbuceó.

—No lo sé, Quinn. Dame algún tiempo para pensarlo—susurré abarcando con mis manos su rostro—. Por favor...


De eso hace una semana. Todavía estoy pensándolo. Él ha vuelto a venir esta noche y hemos acabado teniendo sexo en la cama de matrimonio. Jamás había llegado tan lejos con un amante. Ella ya no me ama, estoy seguro, pero yo aún la atesoro porque no puedo vivir sin su aroma... aunque esta sensación se está diluyendo. Quizás es el momento de pasar página.  

domingo, 5 de junio de 2016

Fantasma

Lo de Goblin es algo que no puedo comprender del todo... bueno sí. Amaba a su hermano de muchas formas, pero que Quinn no se diese cuenta que era su hermano...

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que mi abuelo había fallecido y no podía olvidar los momentos previos a conocer la noticia. Esas manos fantasmales recorrían mi cuerpo y mi figura se doblegaba ante sus deseos. Aún podía escuchar el sonido de la ducha golpeando los azulejos, baldosas y la cerámica la bañera. Incluso sentía el vapor del agua calentando mi piel ascendiendo hacia el techo mientras el espejo se enturbiaba. Todo era un sueño vívido demasiado terrible porque la tristeza de la muerte de mi abuelo se mezclaba con la excitación extraña de esos momentos.

Desde que tengo memoria él ha estado junto a mí. Jamás ha hecho algo como aquello. Fue horrible saber que conocía con detalle mis bajos instintos. Hizo que me pegara a la pared del baño y abriese las piernas sin pudor igual que una fulana bien entrenada. El agua empapaba mis rizos provocando que se pegaran a mi rostro y nuca, mientras él me agarraba de las caderas y me hacía sentir su miembro invisible. Me hizo gemir. Logró que gimiera su dichoso nombre.

Tumbado en aquella cama completamente desnudo, sofocado por el calor y los recuerdos, noté su presencia. Siempre estaba ahí, pero a veces incluso percibía donde miraba. Sus ojos se clavaron en los míos mientras se hacía ver tomando forma. Su piel lechosa, sus ojos azules y su cabello negro era tan idéntico a mí como el resto de sus rasgos. Era como ver a un gemelo perverso buscando en su igual a un amante. Pero, ¿yo que era? Yo era la fulana de ese hermano, amante de un incesto, que necesitaba ser correspondido.

Sin pensarlo mucho abrí mis piernas invitándole en silencio. Mi mano derecha comenzó a deslizarse de mi torso hasta mi vientre y de mi vientre hasta mi pene. Agarré con fuerza mi miembro y comencé a estimularme sintiendo el extraño peso de Goblin, como así lo he llamado siempre, sobre el colchón y luego sobre mí.

Se personó vestido pero en un pestañeo estaba desnudo impulsándose fuerte entre mis piernas. Notaba como esa energía pavorosa pulsaba con fuerza mi próstata. Su lengua viscosa e invisible se hundía en mi boca y prácticamente me arrebataba el aliento. La cama se movía suavemente por cada impulso. Mis piernas se abrían cada vez más y pronto mi espalda se arqueó dejando que sólo me apoyara en el colchón por mis hombros y talones. Él me levantaba de aquellas sábanas revueltas, de ese colchón vencido y de una cama que jamás había creído que la usaría para un acto tan ruin.

Dejé de masturbarme para aferrarme a las sábanas, pero él me liberó para girarme de un solo golpe. Noté como me pegaba el rostro a la almohada y me penetraba de nuevo con una furia increíble. Parecía querer marcarme a fuego como de su propiedad. Incluso notaba sus dedos fantasmales envolviendo mi sexo con deseo. Finalmente cerré los ojos dejándome llevar como cualquier puta y grité algunos gemidos porque el placer me cegaba. Cuando llegué a la eyaculación escuché su risa jactándose de lo que había provocado mientras se desvanecía.


¿Qué era yo? ¿Un divertimento? Posiblemente. Él se divertía haciéndome experimentar aquello.  

martes, 3 de mayo de 2016

El precio del saber

Una hoja que hemos encontrado entre las ruinas de la biblioteca de Maharet. Espero que os guste y que os haga recordar el final del penúltimo libro en el que yo tuve importancia, como también la tuvo dos jóvenes vampiros que hoy están desaparecidos.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántos siglos tienes?—preguntó Mona quedando a su altura.

Era un hombre extraño de piel similar al mármol. Sus cabellos oscuros endurecían aún más las facciones delicadas de su rostro. Posiblemente fue creado cuando contaba con algo más de veinte años. Llevaba un suéter negro de cuello de cisne y un gabán negro que llegaba hasta algo más de las rodillas. Sus botas estaban manchadas de barro y tenía algún hierbajo pegado, igual que el borde de los tejanos desgastados y oscuros. Parecía un hombre bondadoso porque sonreía a cada paso que daba, aunque las apariencias siempre engañan.

—Hablemos mejor de milenios—dijo echándose a reír.

—Mona, Khayman es el vampiro más antiguo que existe—contesté—. He leído todos los libros de Lestat y sé que eres un guerrero poderoso, pero también alguien que busca la paz continuamente. Me parece increíble la forma en la cual te sublevaste buscando la verdad y haciendo caso a tu corazón—expliqué con las manos en mis pantalones mientras caminábamos por aquella jungla.

—Pues dime cuántos milenios. Tengo curiosidad y quiero saber todo lo posible sobre lo que somos—comentó agarrándose a su brazo—. Lestat ha hablado maravillas sobre Maharet y dice que ella nos puede ayudar, ¿es cierto?

—Maharet es mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi amante y la mujer más bondadosa que conozco. No he tenido la suerte de cruzarme a otra como ella aunque su hermana también era fuerte y bondadosa, pero ahora parece no estar en este mundo aunque siempre la acompaña—sus ojos se entristecieron igual que sus labios y pude comprobar que se sentía culpable—. Quizá podáis hablar con David Talbot y mi descendiente Jesse... ¡A veces vienen! Es fabuloso tener visitas. Thorne estará encantado de hablar con vosotros. Es un buen hombre, ¿sabéis? Fue un guerrero vikingo que...

Entonces se detuvo apartando a Mona de su brazo y a mí de su lado. Se adentró en silencio por la densa jungla perdiéndose de nuestra vista en cuestión de segundos. Entonces apareció como de la nada, del mismo modo que se había marchado, con una mujer de ojos azules colgada de su brazo. Tenía su hermoso cabello pelirrojo cubierto de hojarasca, la piel sumamente blanca y una boca rosácea muy carnosa.

—Mekare, Mekare... no debes escaparte—decía pasando su brazo entorno a sus hombros—. Mekare, escúchame. Por favor, Mekare—ella estaba absorta con algunas luciérnagas e insectos que se movían a nuestro alrededor.

Sentí miedo. Ella era la “Reina” de todos los vampiros, quien supuestamente debía dirigirnos, y estaba en otro mundo. Khayman no había mentido y Lestat no nos había confirmado lo que sospeché tras leer una y otra vez “La Reina de los Condenados”. ¿Así quedábamos tras cinco o seis milenios? Porque en ese momento no recordaba con exactitud la fecha de inicio de esta bendición terrible y preciada a la vez.


Quise volver a casa igual que Dorothy pero el suelo no tenía baldosas amarillas para seguir, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata parecían querer perdernos aún más por aquella jungla hasta llegar a casa de la bruja... la cual no era otra que una mujer rodeada de libros, recuerdos y tristeza. Sabía que allí comprendería bien lo que éramos, pero hasta ese momento no supe el precio al pecado del conocimiento. Entendí por qué Lestat no quería aprender a su lado pues era ver la miseria de una venganza cruel, el dolor que había causado en una familia y la verdad más amarga sobre lo que éramos y seríamos.  

domingo, 1 de mayo de 2016

Día de las Madres

Daniel Molloy ha intentado hacer un resumen de todas las madres y las relaciones con sus hijos mortales o inmortales. 

Lestat de Lioncourt 

Hay algo que indudablemente jamás cambiará en este mundo y es la forma de relacionarnos con las personas más cercanas. No importa que existan grandes fórmulas para comunicarnos a larga distancia, pues el cuerpo a cuerpo sigue siendo primordial. Es cierto que Internet ha sofocado en cierta medida problemas de aislamiento y soledad de cientos de personas, pues es una gran oportunidad para conocer a otros o poder mantener conversaciones fluidas con viejos amigos que están demasiado lejos. Sin embargo el cara a cara en un café sigue aportando cierta paz a estados de intranquilidad que no lograría una videollamada.

La unión es necesaria. Debemos desprendernos de venganzas absurdas por comentarios que quizá ni siquiera se sentían. Tenemos que abandonar por completo el hacha de guerra y centrarnos en si realmente importa esa persona en nuestras vidas. Podemos perdonar y debemos hacerlo. La vida es breve incluso si eres un vampiro porque puede venir otro y destruirla. El tiempo se escapa de nuestros dedos y nos deja sin poder realizar nuestros sueños, pero sobre todo perdemos el tiempo alejados de quienes realmente merecen la pena.

No hay relación más estrecha que la familia. Tengamos una gran familia o no poseemos algo valioso que en ocasiones es un terrible lastre. Sin embargo siempre habrá alguien en la familia que nos comprende, que tenemos ahí cuando necesitamos algo y que jamás se rinde. Mayormente son nuestros padres o hermanos, pero también están tíos o primos que no dudan en acudir cuando estamos con el agua al cuello.

Pronto será el día de las madres en numerosos países. El primer domingo de Mayo puede considerarse un día cualquiera para muchos, pero importante para otros. Hay quienes no tienen relación alguna con sus madres y prefieren olvidar la fecha. Al igual que existen personas que las perdieron y sólo pueden recordarlas. También existen personas que han sido adoptadas y no saben sus orígenes, gente que posiblemente aún están buscando un nexo de unión con quien realmente los trajo a este mundo aunque no dejen de amar a la familia que les ha dado hogar, estabilidad, felicidad y estudios.

Por mi parte perdí a mis padres hace tiempo. Me encuentro, por así decirlo, sólo en este mundo de Dios. Poseo grandes recuerdos de ambos e intento no defraudarlos. Si bien jamás supieron qué era yo. Decidí alejarme de ellos antes que pudieran siquiera saber en los líos que me estaba metiendo. A ellos jamás les hubiese gustado verme en peligro o arriesgando mi “vida” por una noticia o un poco de emoción.

Sin embargo hay inmortales cuyas madres siguen vivas y que han tenido que abandonarlas definitivamente porque ellos no envejecían, no maduraban frente a sus ojos, y ellas empezaban a consumirse. Lestat era el único vampiro hasta la fecha cuya madre era inmortal como él, pero ahora su hijo Viktor goza de tener a ambos padres vivos e inmortales. La doctora que se prestó al experimento sigue viva y tiene colmillos, como la mayoría del laboratorio donde el ADN vampírico está siendo aún investigado por parte de cientos de científicos.

También existe la posibilidad que la relación fuera tan nefasta que el inmortal acabara con su madre. Tarquin destruyó a su madre tras unos meses como vampiro. Había alcanzado más de un año como inmortal cuando supo la verdad de su historia, del monstruo que le perseguía y aterraba desde pequeño, y esto provocó cierta indignación y rabia. El fantasma que siempre le había acompañado era su hermano gemelo, el cual falleció porque hubo una lucha de ambos por sobrevivir en el vientre materno y Garwain Blackwood murió a las pocas horas de nacer. Su madre rechazó al vivo y convirtió al bebé muerto en un fantasma por culpa de su idolatría. Patsy trató mal a su hijo, se involucró en drogas y prácticamente se prostituía teniendo varios abortos. El joven no soportó la verdad, la cual era más cruel de lo que él jamás pudo imaginar, y la mató para arrojarla después a los caimanes del pantano donde vivía.

Por supuesto hay inmortales que jamás conocieron a sus madres como es el caso de Marius. Marius, mi maestro y compañero, nació de una esclava y su padre lo apartó de ella para criarlo como un romano. Intentó que su hijo bastardo fuese como el hijo que había tenido con su esposa, pero él rechazó las armas porque amaba la historia y recorrer el mundo narrando lo que veía. Él carece de recuerdos de su madre aunque intentó buscar a su familia y seguir su rastro durante siglos, pero finalmente terminó alejándose de ella como hacemos todos salvo Maharet y Khayman.



jueves, 7 de abril de 2016

Amsterdam ciudad de vampiros.

Mona y Tarquin no dan señales de vida, pero este escrito ha llegado a mi poder ¿por qué? ¿Para qué? ¿A cuenta de qué?

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué lo has hecho?—preguntó entrando de improvisto en la zona de mi despacho.

Habíamos comprado un pequeño loft en Amsterdam cuando las quemas se propagaron por todo el mundo. Durante algunos días estuvimos caminando por el campo, tal y como pedía el vampiro llamado Benjamín. Para mí no había problema en caminar sin rumbo por caminos polvorientos, enfangados o llenos de maleza. Recordé el zumbido de los insectos cerca de mis oídos, intentando apoderarse de mi sangre y de mi paciencia, en Sugar Devil Island mientras merodeaba aquellas tierras pantanosas y me dejaba guiar por sus misterios, tesoros y fantasmas.

Quise volver a mi vieja granja y recorrer los pasillos de la mansión, observar el retrato de Virginia Lee y acariciar los camafeos de mi tía Queen por última vez. No sabíamos si íbamos a vivir o morir, pero quería recordar todo aquello como si hubiese sido ayer mismo. Necesitaba estrechar a mi hijo, que ya es un adolescente, y decirle que lamento ser un padre ausente que sólo sabe enviar dinero a través de fondos de inversión difíciles de seguir porque se encuentran en paraísos fiscales.

Ella, por el contrario, sólo se quejaba. No quería volver a Nueva Orleans a buscar a Lestat ni a ninguno de sus vampiros más cercanos. Pero yo sé que no era por nuestro viejo amigo, sino porque no quería enfrentarse a Julien Mayfair tras todo lo ocurrido. Había un saco de huesos diseminado por un campo santo y los huesos llevaban el nombre de cada una de nuestras heridas, recuerdos, esperanzas rotas, malos consejos y fallidos intentos de adolescentes rebeldes. ¿Para qué volver allí? Pues por nostalgia como si fuéramos ya unos ancianos deseando llegar al hogar para descansar al fin en una tumba sin nombre, pero ella no se sentía de ese modo. Noté entonces lo distintos que éramos ella y yo y di gracias a Lestat por haberla convertido. Me gustaba apreciar esas diferencias y degustarlas cada noche como si fueran nuevas.

—Ha estado llamando a varias agencias y he tenido que matar a uno de sus espías, ¿tú qué crees?—dije girándome para verla.

Ese rostro dulce parecía sosegado pero su mente elocubraba alguna locura. Sabía que era inquieta y lo supe nada más hablar unas horas. Del mismo modo supe que quería casarme con ella y vivir por siempre atado a su cintura. Estaba preciosa como el primer día que nos vimos y como cualquier otro día. Sus labios tenían un llamativo tono carmesí similar al de su vestido de fiesta. Seductora a más no poder y yo un idiota rendido a al borde de sus tacones.

—Lo dices como si te importara matar ahora—murmuró dando un par de pasos hasta mi silla, para colocarse a horcajadas sobre mí tras subir sutilmente su estrecho vestido.

—No me gusta matar inocentes porque siento mis manos manchadas de sangre—respondí tomándola por la cintura perdido en sus ojos verdes. Podía notar sus manos jugando con la solapa de mi traje, con la punta de mis rizos y con mi pómulos algo marcados. Ella me erizaba la piel como si fuese la presencia del mismísimo Diablo.

—Quinn, no te preocupes más—dijo tomándome del rostro—. No quiero volver, no quiero ataduras, no quiero reglas, no quiero dar explicaciones y sobre todo no quiero verle.

—Mona, cálmate—dije de inmediato—. No te he pedido que vayas a verle ni hagas una visita conmigo a Nueva Orleans.

—¿Vas a volver? ¡Quinn!—se exasperó e incorporó de inmediato dando un par de fuertes taconazos sobre el parquet.

—No te pongas histérica, por favor—me recosté en aquella cómoda silla de cuero, como si fuese un ejecutivo a punto de enviar a la quiebra a la competencia, y la miré como si fuese un regalo divino. Me recreaba en sus curvas y en su forma de agitarse por todo y por nada.

—No estoy histérica...—mintió—. Sé que quieres ver a tu hijo y saber cómo está todo. Desaparecimos sin más y posiblemente algunos no vivan más de unos años más...—bajó sus párpados pensando en Michael, Nash y otros tantos que queríamos. Pero sobre todo lo decía por mí porque yo no toleraba demasiado los funerales ni las despedidas.

—Lo dices por Nash—susurré.

—Sé que él te ama y que tú le quieres a tu modo. Estás muy agradecido con ese hombre.

No se equivocaba. Durante años jamás creí que él me amara, pero ahora cuando ves todo desde fuera, con otra perspectiva, puedes notar el amor fluyendo en sus palabras y en cada uno de sus abrazos. Me deseaba, me codiciaba, me protegía y me dejó libre para que estuviera con la mujer que me arrebató el corazón desde el primer segundo. Nos comportamos como Taltos salvajes en mitad de un ritual de apareamiento y no nos importó en absoluto. No hubo pudor ni tabúes porque no son bienvenidos a un mundo efímero y poco práctico como el que vivíamos. Pero ahora he tenido tiempo de releer mis memorias, de plantearme muchas situaciones y tener muchísimos “Y sí...” en mis labios, en mi mente y en mi corazón.

—Por supuesto que lo estoy. Él ha estado cuidando de Tommy—respondí.

—¿Y qué harás? Dime. ¿Volver? ¿Hacerle saber al monstruo de Petronia que estás vivo?—sus ojos se fijaron en los míos con cierto pavor, ¿o tal vez el pavor provenía de mí?

—No sé si ese monstruo sigue vivo... ¿has visto cuántos están muertos? Dios... salimos vivos por puro milagro—susurré agitándome.

Recordé aquella noche terrible. Habíamos viajado para visitar a Maharet a lo profundo del Amazonas. Durante algunos años estuvimos encerrados en la biblioteca. Sólo salíamos a divertirnos algunas noches, pero la mayoría de ellas las pasábamos leyendo y redactando información para mantenerla a salvo más allá de los libros. Nosotros queríamos una copia de todo lo que allí había y Maharet aceptó si le ofrecíamos parte de la historia que teníamos en nuestro linaje.

Era una mujer comprensiva y deseosa de escuchar buenos relatos que la mantuvieran cerca del mundo real. Khayman solía pasar las noches en silencio escuchando nuestros relatos, riendo de vez en cuando o caminando junto a ella completamente embelesado.

Thorne aplaudía como un niño cada vez que llegábamos al final de una historia y pedía más como el público más entregado. Estaba ciego aún cuando llegamos y al recuperar la vista pudimos contemplar que tenía mirada de niño pese a su tamaño, su inteligencia y su fuerza bruta. Era demasiado inocente.

Mekare no hablaba y de vez en cuando recibía visitas de dos viejos miembros de Talamasca. Quise acercarme a David Talbot, pero había muchos jóvenes en la sala y decir en alto el nombre de Lestat, aunque sólo fuese mentalmente, provocaría una avalancha que no quería. Allí quería ser uno más, un chico cualquiera deseoso de tener información de primera mano.

Una noche nos quedamos a solas con todos vigilado únicamente por Khayman. Los últimos días había estado con los auriculares puestos escuchando viejas canciones de rock. Pude notar que el cantante tenía un tono similar al de Lestat, pero no me atreví a preguntar si era él. Mantuve la distancia hacia el gran guerrero y guardián de Kemet hasta aquel día en el cual le dije que vendríamos pronto, que nos marchábamos a comprar algunas prendas y artículos de artesanía. Él sólo asintió. Horas más tarde una columna de humo surgía de la espesura del Amazonas cuando nos acercábamos, los gritos de horror y contemplar a Mekare en movimiento por la jungla quemando a jóvenes, igual que Khayman, provocó que no descendiéramos ni a recoger nuestras cosas. Huimos de allí.

—¿Ahora llamas milagro a comprarme zapatos?—preguntó echándose a reír mientras se quitaba los zapatos y los dejaba sobre la mesa.

—Ah... eres incorregible—murmuré.

—Admite que acepto usar estos tacones porque son tu fetiche—dijo apoyándose en la mesa dejando que sus pechos se vieran turgentes e insinuantes en aquel escote en forma de gran V. Su piel era tersa y parecía hecha de seda con un aroma dulzón similar al que pude oler en su jardín. Ella era pícara y atrevida, con una inteligencia demasiado viva y una mirada que te ahogaba en miles de emociones.

—Y el tuyo—susurró colocándose junto a mí, sentándose en la mesa dejando sus piernas suavemente abiertas y tomando mi mano derecha para colarla entre ambas. Palpé sus muslos cálidos y el borde de su prenda íntima. Ya no era igual a ser humano, no me excitaba de ese modo, pero jamás negué a tocarla como si fuese un objeto valioso e imposible de ser igualado.

—Estamos hablando de ti y no de mí, mi noble Abelardo—murmuró colocando su frente sobre la mía para luego reír como una niña que hace una travesura.

—¿Crees que debería llamar a casa?—pregunté.

—No—dijo sacando mi mano de entre sus faldas para luego sentarse en mis rodillas—. Si llamas sabrán donde estamos. El dinero ya les dice que estamos vivos, aunque tú mismo has preferido que sólo lo sepa Jasmine y ella sabe cerrar su mente a cualquiera.

—Lestat sufre...

—Lestat sólo sufre realmente si le pasa algo a su rostro, a su madre o a Louis—aseguró tras darme un beso en la mejilla—. ¿Me acompañas? Deseo caminar por la ciudad y olvidarme de esta conversación absurda—se incorporó y tiró de mí provocando que me levantara—. Ah, por cierto, he estado jugando en La Bolsa y hemos ganado unos cuantos millones que me encantaría derrochar en algo lujoso, ¿qué tal un descapotable? Creo que será divertido disfrutar de la velocidad en un coche como ese.

Deseé decirle que no necesitaba un vehículo así para divertirme a su lado, pero sólo me encogí de hombros y decidí escuchar a mi delicioso demonio de cuerpo de mujer y rostro aniñado. Dos jóvenes, casi adolescentes, correteando por una ciudad tan inmensa resultábamos insignificantes y por lo tanto la magia surgía efecto. ¿Y cuál era la magia? Desaparecer ante la mirada de cualquiera.




jueves, 21 de enero de 2016

Carta de un maestro

Carta de Nash para Tarquin. 

Lestat de Lioncourt

Querido muchacho:

Hace tiempo que debería haber escrito estas líneas. Quizás ya no son necesarias. Es posible que ni siquiera te parezcan agradables, pero son consejos que me siento tentado a recordarte. Ya has llegado a una edad en la cual vuelas por ti mismo, piensas y respondes con habilidad. Me siento muy orgulloso de haberte dado algunos consejos importantes a la hora de comportarte ante diversas circunstancias, pero he sido incapaz de ofrecerte todo el consuelo que necesitabas. Tampoco he sabido encajar la verdad de tus sentimientos.

La noche en la cual nos conocimos, en aquel agradable y elegante restaurante del Centro Hospitalario Mayfair, debí ser más recto y menos adulador. Tal vez se debió a la belleza de tu rostro, la bondad que despertaba tu alma y la necesidad de cariño tan abrumador que despertabas en todos, incluyéndome. Querías ser amado, comprendido, y escuchado. Sin embargo, nosotros sólo éramos capaces de decirte qué era lo mejor para ti, sin escuchar los gritos incesantes de tu alma. Te pido perdón por ello.

Has vivido una época dura de constantes cambios, intrincadas aventuras e intrigas de una familia demasiado extensa. Tus ojos han tenido que observar como el paso del tiempo se aceleraba y tu juventud se convertía en pasado. Todos hemos vivido años así de precipitados, los cuales nos han asfixiado. La adolescencia es terrible, pero aún más la juventud en la cual te convierten en adulto en un pestañeo.

Debí decirte que me enamoré de ti. Aunque quizás no fue de ti, sino de esa alma dulce y amable que se entrega con pasión a todo lo que haces, dices o piensas. Eres afortunado, Tarquin. Posees una belleza que despierta admiración y cariño. Quizás no te comprendan demasiado, tal vez no encuentres la paz que buscas, pero te aseguro que muchos te contemplarán como un ser hermoso similar a un ángel.

Los consejos que vengo a darte es que los días no se repiten. La magia de la vida es que no hay días iguales, que todos tienen matices nuevos y que te van moldeando. Intenta que te moldeen de forma sensata y bondadosa. No me gustaría ver tu alma llena de oscuridad. No odies, no intentes ponerte metas inalcanzables y se feliz. Es fácil ser feliz si te concentras en experimentar, comprender, amar y sentir.

También quiero darte las gracias por tu amistad, compañía y respeto.
Siempre tuyo,

Nash

lunes, 14 de diciembre de 2015

Venus salida de la muerte

Tarquin y Mona forman una pareja especial. Viktor y Rose me recuerdan mucho a ellos.

Lestat de Lioncourt 


—¿Estás molesto?—preguntó tomando asiento a mi lado.

Algunas pequeñas gotas de agua se escurrían por su frente, mejillas y comisura de sus labios. Sus cabellos aún estaban húmedos y olían a mi champú. Sus ojos verdes estaban inquietos y podía leer su alma en ellos. Un alma que parecía satisfecha, orgullosa y feliz. Deseaba atraparla entre mis brazos y llenarla de besos, sin importarme que estuviera desnuda y empapada. Acababa de salir de la ducha, después de relajarse y limpiar los últimos desechos que su cuerpo había producido.

—No—susurré.

Temía llenarla de miedos injustificados, pero tan presentes para mí como las palabras de Petronia y los consejos de Nash. A lo largo de mi vida había tenido varias personas que me habían ayudado, animado o desaconsejado. Monstruos tan humanos como mi creadora, que era de las que creían que las lecciones entran con sangre y dolor.

—Pues estás muy callado—dijo apoyando su pequeña cabeza sobre mi brazo derecho.

—Me preocupa—murmuré.

—¿Qué te preocupa?—interrogó.

—Muchas cosas, Mona—dije rodeándola para sostenerla entre mis brazos. Aún llevaba el traje que había llevado en el velatorio del cuerpo de mi tía Queen, la cual ya yacía en la cripta familiar.

—Podrías decirme qué te ocurre. Soy tu pareja y deberías...

—Me preocupa que algo malo pueda ocurrirte—respondí solventando sus dudas. La tomé del rostro y la miré con cariño.

La amaba. No había duda. Desde que la conocí lo supe. Era como una de esas historias de los libros y películas que solía ver con mi tía, Jasmine y la Gran Ramona. Un chico conocía a la chica de sus sueños y la música sonaba distinta, el mundo poseía un color nuevo y el corazón latía acelerado a su lado. Incluso podía notar que mi vida había cambiado sin moverme del sitio.

—Mi noble Abelardo, ¿qué cosas malas podrían suceder? Mírame. Me habéis salvado la vida, ofreciéndome una oportunidad de oro, y no pienso desaprovecharla. Quizás sea difícil de explicar para mi familia, pero ¿crees que no se alegrarán de saber que ya no estoy enferma y no tienen que estar pendiente de mí?

—Ah... Ophelia—susurré recostándola en la cama, para abrir su toalla y acariciar la espesa, aunque pequeña, mata de vello púbico.

Sus piernas se abrieron, su vientre templó y sus pechos se erguían turgentes. Tenía una figura distinta, mucho más exquisita y femenina que la que yo recordaba. Comencé a besar su vientre, cerca de su ombligo, y deslicé mi lengua hasta sus muslos e ingles. Ella suspiraba, reía y se movía inquieta. Mi lengua retiraba las pequeñas gotas de agua, mientras mis labios rozaban con cuidado cada pedacito de piel.


En aquella cama volvió a la vida, cubierta de pétalos, surgiendo como la Venus de la espuma del mar. Ella, mi compañera, que me hizo ver el mundo desvelando misterios que me aterraban y que acabaron fascinándome.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt