Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 6 de junio de 2017

Víctima de la soledad

Víctima de la soledad

Lestat de Lioncourt 


Había desistido. Decidí abandonar todo. Arrojé al infierno cada sentimiento. Arruiné mis esperanzas regándolas con un buen trago de alcohol, libros de Dickens, viejas películas en blanco y negro y un poco de música clásica. Vivía con mis viejos gustos en una era moderna, acelerada, insufrible en ocasiones y que carecía de magia. Los sueños que había alcanzado no me llenaban. Tal vez eran metas muy pequeñas, o muy simples, porque era como si no hubiese logrado nada.

Estaba acostumbrado a la soledad. Me había hecho a ella. Sin embargo, tras conocer a mi primera pareja seria, una mujer que pasó conmigo varios años, pensaba que desconocería de nuevo lo que era sentirme abandonado. Todo se empeoró cuando el momento de la separación se produjo después de un aborto. Ella decidió deshacerse del hijo que esperábamos sin contar con mi opinión. Admito que es demasiado duro para una mujer hacer algo así, que es meditado y en ocasiones no surge de un capricho. Sin embargo, pudo haberme escuchado. Sólo pedía que entendiese mi punto de vista.

Por eso había desistido. Quería una familia. Era un hombre sensible lleno de esperanzas en un futuro que no llegaría. Imaginaba a mi hijo en un futuro siendo fuerte, sano, robusto ante los problemas cotidianos, e inteligente. Sobre todo inteligente. Un chico lleno de felicidad que deslumbraba a todos con su encanto y sus modales. El típico atleta con buen corazón. Incluso podía imaginarlo convertido en bombero, como su abuelo, o estudiando arquitectura, como hice yo. También podía verlo frente a un ordenador, pues en esta época muchos jóvenes terminan uniendo o vinculando sus vidas a la tecnología.

No se puede decir que no decidiera suicidarme. Creo que ni lo pensé. Me monté en mi coche, conduje algunas horas y me arrojé al mar. Comencé a nadar con la ropa puesta hasta que esta me pesaba demasiado, mis brazos ya no podían moverse y mi cuerpo quedó a la deriva. Poco a poco dejé que el sueño me envolviese y la sensación de la dulce muerte fuese mi canto de sirena. Permití que mi vida se volviese oscura y dramática, como el luto de mi tía Vivian de haber muerto.

De ese modo encontré otra esperanza. Conocí a mi mujer. La mujer que ahora me mira desde el otro lado de la cocina mientras bebe agua. Han pasado algunos años desde aquello. Creo que hace más de veinte años, pero no quiero contarlos ahora. Sólo deseo contemplarla. Sigue pareciéndome tan guapa y fuerte como en aquellos días. Sus ojos grises parecen querer destrozarme y amarme a la vez. Me gustaría saber qué está pensando en este mismo instante, pero prefiero imaginarlo.


No me siento vacío. No estoy solo. No estamos hechos para estar solos. Es cierto que me tengo a mí mismo, pero también me gusta pensar que la tengo a ella allí donde vaya. Tal vez no hemos podido ser padres como quisiéramos, pero nosotros dos también somos una familia.  

domingo, 21 de mayo de 2017

Extraño

Sí, supongo que la palabra "Extraño" podríamos abarcar todo lo sucedido aquí.

Lestat de Lioncourt 



—Vine a ver a Mona.

Estaba en el jardín cortando leña. Ya no iba a hacer falta que cortara más durante unos cuantos meses, pero me gustaba tenerla preparada para cuando llegase nuevamente el otoño. Prácticamente estábamos en verano y la humedad era cada vez más pegajosa. Sentía como la camiseta se pegaba a mi torso y mi rostro se empapaba en sudor.

Él había llegado bajándose de un deportivo. Era uno de esos coches que tenían más de veinte años pero seguían funcionando. No soy muy fanático del motor, pero tenía unas líneas sinuosas y un color muy llamativo. Vestía uno de esos elegantes trajes de firma y una de esas camisas de algodón bien almidonadas en el cuello. Llevaba entre sus manos un magnífico ramo de rosas. Sabía que eran para ella porque todos los días decidía que tenía que insistir. Llevaba así una semana y esperaba que se cansara pronto de preguntar por una muchacha enfermiza a la cual teníamos que cuidar. No podía tener una relación con ella pues la mataría, pues si terminaban teniendo relaciones sin precaución el hijo que tendría sería un monstruo llamado Taltos.

—No está—respondí.

—Ya veo...—murmuró.

—Decidió salir de compras con Rowan—mentí.

Mi mentira era piadosa. Sí se había marchado con mi mujer, pero iban a realizar nuevas pruebas para mejorar su calidad de vida. Tras el parto de Morrigan tuvo varios abortos fruto del incesto con algunos primos. Ella quería repetir el hecho y poder tener un hijo que la condujera hacia su primogénita, la cual era la verdadera heredera de los Mayfair según su testamento en vida.

—Deseo volver a verla, pero vosotros parecéis demasiado herméticos. Parece como si me negaseis poder estar con ella—dijo mirándome a los ojos e intentando averiguar si estaba en lo cierto.

—Es posible—dije dejando el hacha a un lado—. Hay cosas que no comprenderías.

—Entiendo...

—¿Alguna vez has trabajado con tus manos?—pregunté tomando un pañuelo de tela que llevaba enganchado en el cinto y me sequé el sudor del rostro, el cuello y las manos.

Él me miró duditativo, frunció el ceño y negó suavemente. Sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo de tal forma que sentía que se iban a caer las flores al pasto recién cortado. Eran hermosas y lucían como si acabasen de ser recogidas. Suponía que las había adquirido en algunas de las floristerías cercanas a la mansión, pero eso era acertar demasiado.

—Se nota—dije tras una carcajada bastante profunda.

—A ti parece gustarte—respondió con una sonrisa gentil.

Sus ojos eran muy similares a los míos. Ambos habíamos descubierto recientemente que teníamos el mismo antepasado común: Julien Mayfair. Yo me parecía más al padre de este, pero Quinn era un calco milimétrico del único brujo que logró ejercer presión en una familia matriarcal.

—Es algo que libera mi mente—aseguré quitándome la camiseta empapada en sudor.

Desconocía a cuántos grados estábamos, pero al menos hacía treinta. El sol apretaba porque todavía no era ni medio día. Él me miró algo nervioso y giró su rostro hacia el lado opuesto del sendero.

—¿Realmente debería irme?—preguntó en un murmullo—. Sí, creo que...

—Sí, pero te invito a una limonada antes de marcharme. No acostumbro a ser descortés con quienes nos visitan—dije entretanto le quitaba las flores—. También hay que meterlas en agua o se morirán demasiado pronto.

Entré primero y le hice pasar. Ambos caminamos en silencio hacia la cocina y mientras servía la limonada él puso las flores en un jarrón en el salón. Ella las vería, por supuesto. Agradecería el detalle de inmediato, pero todavía debía estar alejada de ese joven con insuflas de caballero de otra época.

—Toma, la limonada—dije girándome sin pensar que él podría estar aguardando detrás con una sonrisa gentil y demasiado perfecta. Esa misma sonrisa que rápidamente borró cuando la bebida cayó sobre su cara chaqueta y un gesto de frustración cruzó su aniñado rostro.

Rápidamente ambos dejamos todo lo que hacíamos. Solté la jarra en la encimera junto al vaso y él decidió quitarse la chaqueta. Justo en ese momento nos quedamos mirándonos y riéndonos pensando que era una situación absurda. La música del victrola comenzó a sonar haciendo entender que Julien se hallaba jugueteando por la parte superior de la vivienda. Su fantasma seguía con nosotros y él había revelado la terrible verdad.

Tarquin Blackwood en realidad era un Mayfair y yo también lo era. Fui la descendencia de un acto demasiado común entre las monjas de cualquier época y un desdichado que disfrutaba con el sexo más de lo habitual. Una verdad que no nos había acercado demasiado salvo para comprender lo difícil que era saber los verdaderos orígenes.

Entonces ocurrió. La risa dio paso a besos tan intensos como el propio fuego. Ambos ardíamos. Mis manos acariciaban sus caderas y se deslizaban hasta sus glúteos, los cuales apreté con hambre. Él gimió cerca de mi boca y acabó pegándose a la encimera contraria. En pocos minutos estábamos desnudos mordisqueando nuestros cuellos, acariciando las facciones con nuestros labios y manos, entretanto sus piernas se abrían como flores nocturnas.

No era la primera vez que un hombre me ofrecía tal espectáculo, pero sí era la primera vez para él. Pude notar su nerviosismo exacerbado, sus manos torpes al colocarse sobre mis anchos hombros y sus ojos entrecerrados por el miedo, el placer y la necesidad. Mordí uno de sus pezones y lamí su vientre antes de atrapar su sexo. No dudé en succionar. Mi lengua se deslizaba desde la punta hasta la base de su miembro mientras este abría mejor sus piernas. Podía apreciar como temblequeaba y jadeaba hasta llegar a gemir desinhibido. Su pelvis se movía zarandeándose mientras su virilidad llenaba mi boca y se dejaba rozar por mi lengua. Mis labios apretaron la zona cercana sus testículos y él entonces clavó sus uñas. Ahí supe que debía girarlo y pegarlo a mí.

No era tiempo para pensar si estaba haciendo lo correcto o no, si era infiel o realmente estaba pagando el distanciamiento de Rowan en mi vida, y ni mucho menos si él me había atraído desde el primer momento. Sólo sé que bajé mi cremallera liberando mi miembro y rocé con mi glande, aún envuelto en mi prepucio, su entrada. Él dio un respingo y me miró por encima del hombro.

En ese preciso instante lo giré y lo coloqué de rodillas mientras me incorporaba. Él se abalanzó a mi hombría y no dudó en jugar con la fina capa de piel que recubría la punta de este, después mordisqueó el meato y escupió para comenzar a succionar como todo un profesional. Sus mejillas estaban arrobadas y sus labios se enrojecieron pronto. Tenía los ojos llenos de lágrimas por el placer y eso me hizo empujarlo hacia atrás, colocarlo de nuevo a cuatro y penetrarlo sin más juegos. Él gritó de dolor, pero cada embestida adormecía esa sensación para calmarlo ofreciéndole un placer demasiado intenso.

—Eres mío—susurré con la boca pegada a su nuca.

Sentía demasiada presión en mi miembro y mis manos viajaban por su cintura hasta sus costados, de sus costados a su cintura y de esta a sus glúteos para ofrecerle fuertes golpes que enrojecieron su piel. Cada vez iba más rápido con el paso de los minutos y en cierto momento no pude más. Me dejé llevar por la perversidad y lo marqué como mío. La música del victrola no dejó de sonar en ningún momento, aunque mis jadeos y gruñidos junto a sus gemidos lo acallaban momentáneamente.

Al final él también llegó con la última estocada. Sus piernas temblaron y sus brazos fallaron, quedando con el torso pegado a las baldosas del suelo. Por mi parte no me moví. Quedé quieto disfrutando de la sensación de su entrada apretada, pero él decidió apartarme e intentar incorporarse.


Minutos más tarde salía de la mansión con las piernas temblorosas y dejando atrás mi conciencia revuelta. Él todavía era un hombre libre, ¿pero y qué había de mí?

sábado, 29 de octubre de 2016

Monstruo nacido de mujer

Un poema que se encontró en los papeles de Lasher, hace ya más de veinte años, ha llegado a mi poder y he decidido cederlo para que todos lo conozcan. 

Lestat de Lioncourt 




La llave encajó en la cerradura,
la puerta se abre en medio de la locura.
Las ramas del árbol se agitan
y caen poemas junto a agua bendita.

La ambición jugó su papel
y todo quedó convertido en infierno.
Ya no existe ese hermoso vergel
porque se vendió a cambio de poder.

Se escucha el llanto de un niño
que ha nacido del fruto prohibido
de dos brujos, dos almas en pena,
convirtiéndose en una amarga condena.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,
pero todos saben que es un Taltos.

Ya se sabía que él al mundo vendría
y entre brujos y brujas reinaría.
El fuego se desataría
y la felicidad se prohibiría.

El hombre de grandes sueños,
el que recorría el jardín cual dueño,
es el que ha nacido hoy entre hombres
siendo un monstruo mayor que Nerón o Herodes.

Genes de un pueblo mítico y prohibido,
de gigantes mágicos y bondadosos.
A los que les dio caza y muerte otros poderosos.
Se mataron entre sí por culpa del Dios humano.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,

pero todos saben que es un Taltos.  

martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


martes, 2 de agosto de 2016

La demoledora verdad

Esta carta jamás fue recibida. Estaba con las cosas que encontraron de Lasher. Michael me la ha ofrecido como líder ahora que soy de la tribu. ¿Se supone que también lo soy de los escasos Taltos que aún quedan?

Lestat de Lioncourt 


Conforme vayas leyendo esta carta irás comprendiendo todo lo que está pasando. Aunque tal vez es tan doloroso decirlo que puede que no reúna fuerzas suficientes para despojarte de la poca calma, o esperanza, que toda vía albergas.

Hace más de un mes que me marché de casa. No me fui secuestrada, no en ese momento. Yo tomé la decisión de marcharme para que él no te dañase y tú no lo dañases a él. Fue una decisión de emergencia y quizá me equivoqué. Sin embargo en ese momento creí que no podía permitir que muriera. Para mí, pese a todo, era mi hijo y un hallazgo científico que debía tener una explicación. Tú sólo querías destruirlo como si no fuese importante. Tú, su padre.

Desde hace varios meses él contactaba conmigo. Algunas noches, mientras tú dormías, aparecía a hurtadillas en la habitación. Se limitaba a observarme y yo podía percibir sus ojos clavados en mí. Los mismos ojos que ahora están cerrados en el rostro de nuestro hijo. Él es el mismo engendro que estaba gestando, el mismo ser que nos unió y mi carcelero.

Para serte sincera he intentado averiguar qué es. Creo él sabe que no es humano, pero tampoco comprende bien hasta que punto no lo es. Aún así reunió tiempo, inteligencia y paciencia para urdir una trama cuyo árbol genealógico le ha permitido volver a la vida. Ha sido un proceso largo y dificultoso. Me impresiona. Sobre todo porque aún recuerda su vida anterior y no para de balbucear sobre un montículo de piedras que necesita visitar. Actualmente vamos hacia el lugar de sus orígenes. No descarto la idea que también lo sea nuestro. Si ha desarrollado esta genética excepcional gracias a la familia implica que nosotros descendemos de su pueblo, tribu o reducto de seres fuera del marco humano. ¿Sabes qué significa eso? Que nosotros tampoco somos del todo humanos. Por eso estoy haciendo estas pruebas en distintos centros médicos. Él me lo permite.

Es esencial que no me busques. No deseo ser encontrada. No ahora. Por favor, Michael. No quiero perderlo. Podría lograr controlarlo e insertarlo en nuestra sociedad, para poder aprender de él y él de nosotros. Además, te recuerdo que su cuerpo sigue siendo el de nuestro hijo. ¡Eso es algo que no puedo olvidar! Tiene tus mismos ojos azules, los cuales me miran desesperados por amor. Y yo no puedo darle amor, Michael. No puedo comprenderlo y a la vez estoy intentándolo. Dame otra oportunidad e intentaré lograr una solución.

Siempre tuya,

Rowan Mayfair

jueves, 24 de diciembre de 2015

Leche derramada en el jardín del Edén

Lasher regresa... señores.

Lestat de Lioncourt 


Las luces de la casa estaban encendidas. La vida parecía haber regresado al hogar, con una calidez que hacía tiempo que no se sentía y con unas risas tan fuertes que parecían mover los viejos cimientos, y el jardín estaba iluminado tímidamente con algunas luces de colores esparcidas cerca de los arbustos. La noche no era demasiado fría, pero sí húmeda y algo ventosa. Los árboles movían sus copas ligeramente vacías y la hojarasca hacía tiempo que se había convertido en un habitual de la acera próxima. El tráfico era nimio y las casas colindantes parecían festejar del mismo modo el nacimiento de Jesucristo.

La vieja cancela, gruesa y de cerradura profunda, estaba ligeramente abierta. Parecía una vieja señal, un recuerdo, a lo que había sido él y toda su historia. De vez en cuando una ráfaga de aire la movía haciéndola sonar como en una película de ciencia ficción. Sin embargo, nadie salía a cerrarla porque nadie notaba su crujido. La música era demasiado alta, así como las conversaciones aceleradas y bañadas en alcohol, como para poder percatarse de aquel murmullo incesante.

Bajo el roble se hallaba aquel pequeño montículo, ya cubierto de una espesa capa de césped, donde nadie había dejado siquiera una rosa en su nombre. La fecha era la clave. La hora pronto iba a darse en el reloj del salón y él, como no, estaba a punto de echarse a llorar. Algunas nubes se acercaban al techo de la vivienda, revueltas y oscuras, deseando descargar la lluvia que se precipitaría como un alivio para su alma.

Metió sus grandes y suaves manos, tan suaves como las de un niño y tan manchadas de sangre como las del criminal que era, en los bolsillos de su elegante pantalón. Vestía de smoking, igual que cualquier invitado de la gran fiesta de la familia Mayfair, y poseía unos elegantes zapatos italianos que le daban el toque idóneo a su aspecto aseado. Sus enormes ojos azules mostraban el dolor, la amargura y las esperanzas rotas que se acumulaban en cada rincón de su alma. Suspiró pesadamente y echó a caminar por el sendero, para luego entrar a la parte trasera del jardín.

Allí, a un lado, estaba la piscina donde Stella Mayfair solía nadar y donde ahora lo hacía Rowan Mayfair, la que fue su madre. Con cierto temor, aunque también curiosidad, se aproximó al borde para contemplar sus rasgos tan similares a sus padres. Era una mezcla genética excepcional que le hizo desear reír, pero sólo sonrió amargamente apartándose del borde y contemplando las estrellas.

Era noche cerrada. Quedaban unos minutos para las doce. Dentro todos parecían haberle olvidado. El nombre de Lasher se había desvanecido, el Hombre era un cuento para que los niños no pudieran dormir de noche y el Impulsor era sólo una vieja creencia que ya se había devaluado con el paso del tiempo.

Echó la vista atrás, en sus recuerdos, y sintió vértigo. Tuvo que apoyarse en uno de los muros de la mansión mientras venían a él las frases con voces distorsionadas, imágenes cargadas de aromas y sentimientos mezclados, que le embriagaban más que una copa de ponche. Se humedeció los labios con la punta de su lengua y tembló. Parecía confuso, como cuando tuvo que escribir su historia porque perdía el hilo de los acontecimientos, aunque recobró la compostura.

—Mis brujas...—murmuró—. Suzanne, Deborah, Charlotte, Jeanne Louise, Angelique, Marie Claudette, Margerite, Julien, Mary Beth, Stella, Antha, Deirdre y Rowan... Trece brujas y una puerta... trece amantes y una madre—dijo abrazándose a sí mismo.

Entonces escuchó a su padre, brindando por su nueva familia, y sintió que su corazón se oprimía. Un corazón que no latía realmente, pero que ahí estaba. Se acercó a la ventana y observó a la joven de ojos profundos y azules, piel de mármol y labios carnosos entonar una carcajada fresca. Ella era una hembra de su raza, una mujer que ya conocía porque su espíritu le era familiar.

El olor de las hembras podía sentirlo como si fuese una jauría de perros lanzándose a su yugular. Era inquietante poder reconocerlo pese a ser un espectro, a volver a ser un ente sin cuerpo. Entonces trazó un plan. Decidió quedarse allí, aguardando, mientras todos iban adulando a la joven y hermosa hija de Michel Curry y Rowan Mayfair. Una hija engendrada gracias a otra hembra Taltos que bailaba girando como una niña, completamente absorta, por la música que sonaba. Un joven y robusto joven, también un macho como él lo había sido, guardaba silencio con una taza de leche caliente en la mano. Había otra hembra, pero mucho más seria y desafiante, que no parecía querer participar en la fiesta aunque seguía el ritmo moviendo su pie derecho insistentemente.

Allí quedó contemplando la vida, una vida que ya no era suya. Lasher había regresado. Un día de navidad. Otro día como aquella noche. Había vuelto para quedarse. Deseaba esa mujer, la mujer Taltos que poco a poco fue reconociendo.

—Eres hermoso incluso como mujer—dijo con un brillo melancólico en sus ojos.


Sí, sin duda era el viejo brujo. Él había vuelto a la vida y había ocupado el cuerpo de la que iba a ser la heredera. Al fin había logrado ocupar el lugar que siempre le correspondió y llevar la pesada esmeralda entorno a su delicado cuello de cisne.

“Regresará el cordero al rebaño con los ojos tristes, el alma rota y los deseos renovados. Volverá con un sueño cruel agitando su corazón, con la venganza en sus labios y las manos heladas como su alma. Querrá hacerse con el poder y lo hará con calma. Será la oveja blanca entre las demás, siendo negra como sus intenciones, porque sólo la maldad acaba venciendo. La bondad no dura demasiado. La pureza sólo debe hallarse en la leche materna y en las sábanas donde el pecado queda plasmado.”  

jueves, 12 de noviembre de 2015

Oportunidades de amar y desear.

Michael y Rowan son dos seres opuestos que se han convertido en uno mismo. No pueden estar el uno sin el otro. Yo lo sabía cuando la conocí. Acepté eso. 

Lestat de Lioncourt


El aroma de su perfume le perseguía. Era como si estuviese intoxicado por la sensación, fresca y agradable, de su cuerpo desnudo contra el suyo. Cada vez que cerraba los ojos se amontonaban en su mente pequeñas fracciones de segundos, algunas demasiado excitantes, que le decían continuamente que debía volver a encontrarla, yacer una vez más en aquella cama y olvidarse de los demonios que le perseguían. Sin embargo, continuaba su viaje como si fuese un náufrago a la deriva.

Debía regresar a casa, aunque no existiese ya nada que le vinculara con aquella ciudad llena de edificios destruidos por el tiempo, la dejadez y los pesados recuerdos que siempre, siempre, formaban griegas ante sus ojos. La luz parecía diferente, incluso el aire era distinto, cuando paseabas por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. No importaba donde miraras. Era una ciudad de mezcla, historia y secretos. Uno de esos secretos era el misterioso sentimiento que tenía hacia una de las viviendas más reconocibles de First Street.

Michael no podía dejar de rememorar el hermoso jardín descuidado, aunque gigantesco y frondoso, donde solía vislumbrar a un hombre que le contemplaba, sonreía y animaba a seguirlo con la mirada. Cuando era niño jamás sospechó que fuese un fantasma, incluso en esos momentos desconocía que era una fuerte presencia que pertenecía a la familia desde hacía siglos.

Cuando salió del taxi y se abalanzó contra la cancela, cayendo a los pies de aquel ser inmutable y maravillosamente vestido, se percató que había hecho quizás el último viaje de su vida. Si tenía que morir sería en aquella ciudad, en ese mismo jardín y comprendiendo al fin la verdad que tantos años había permanecido enterrada, igual que las raíces del gigantesco roble que presidía el camino de la entrada.

Durante los días siguientes aprendió y comprendió mejor a los Mayfair que muchos de ellos. Supo entonces que quizás no fue sólo el destino, sino una mano oculta quien movió los hilos de su vida. Rowan, la doctora Mayfair, no había aparecido por arte de magia. Ella era parte del rompecabezas que le provocaba un terrible dolor en su pecho y en su alma. Había codiciado a esa mujer desde que abrió la puerta de su vivienda en San Francisco. Fue un flechazo directo, sin tapujos, que desnudó su alma dejándola a merced de sus finas manos femeninas.

Había momentos en los que descansaba sus terribles lecturas, dejando a un lado los archivos que habían llegado a sus manos gracias a Aaron Lightner, y cuando lo hacía la imaginaba desnuda, con sus pequeños pezones duros y su escaso vello púbico de color dorado, como su ondulado cabello rubio. La codiciaba bajo su cuerpo, mucho más voluminoso y de piel ligeramente tostada debido a su duro oficio, gimiendo su nombre, enterrando sus uñas en sus omóplatos y moviendo sus caderas con lujuria. Recordaba perfectamente su estrecha vagina conteniendo su miembro viril, completamente henchido y recubierto de gruesas venas que le ofrecían vigor, en un cubículo húmedo, cálido e idóneo para el placer. Incluso podía verse así mismo saliendo de ella, para inclinarse sobre su vientre y bajar hasta aquella boca húmeda que contenía su preciado clítoris. Su lengua se movía en pequeños círculos, retirando la fina piel de aquel punto de placer femenino, para luego introducirse lentamente en su delicioso orificio. Ella estiraba sus manos, metía sus dedos entre sus espesos rizos negros y tiraba de su cabello con fuerza para pegarlo contra ella. Incluso podía escuchar los gemidos, jadeos y palabras sucias que ambos pronunciaban. No dudó en rememorar sus carnosos labios contra su glande, rodeándolo y ansiándolo, del mismo modo que no pudo dejar atrás la imagen de aquella lengua que azotaba con seductoras caricias desde la punta hasta la base de sus testículos. Michael la deseaba como los antiguos griegos deseaban a Afrodita.


Sabía que la próxima vez que la viera tendría que contenerse, pero que en cuanto tuviese ocasión la haría de nuevo suya marcándola con su boca, torturándola con sus manos y apretando sus pechos contra su torso. Deseaba sentir el calor de sus muslos, tan ardientes como acogedores, mientras se impulsaba dentro de ella. Quería escuchar clamar su nombre entre gemidos, jadeos y tortuosos suspiros. Ella debía volver a estar bajo sus dominios, pero también libre subida sobre él provocándole con sus senos al aire, mostrándose decidida y complaciente.  

sábado, 31 de octubre de 2015

Abran la puerta

Lasher ha regresado, como no, en éstos días tan señalados...

Lestat de Lioncourt


El viento aúlla murmullos olvidados, palabras cuyo significado han caído en el recuerdo apolillado de un victrola sepultado por mentiras, codicia y sangre, que son el testimonio ciego y sordo de una historia terrible. Los árboles arrastran cada silbido como si los emitiera el diablo. Bajo el tronco, grueso, derecho y limpio de ramificaciones de un viejo roble, tan viejo como los cimientos de la casa que vigila desde sus altas copas. El dondiego alimenta el perfume de la muerte y lo alza hasta los jazmines de la entrada. El camino, sinuoso como el reptar de una serpiente, te lleva hasta los blancos peldaños de la boca del lobo. El demonio quizás está en la casa bailando con una sonrisa vacía y los ojos azul zafiro. Deja que el momento te seduzca y haga temblar su alma con la emoción tóxica de una prostituta.

Siete demonios caminan con ramos de olvidos, clavel chino y laurel entre sus manos. Un cortejo que danza frente a la vivienda, un cortejo que puedes imaginar. La celebración de la muerte y la vida, la cancela abierta y la puerta cerrada esperando ser tocada con sus huesudos nudillos. Cantan para los brujos, los cuales ya estaban seguros que vendrían como cada año, una balada terrible y unísona.

«Demonios. Somos demonios. Abridnos, somos demonios. Demonios que son recuerdos. Seres de otro mundo donde habitan los sentimientos y los pecados capitales que cada generación ha tomado como emblema.»

Demonios convertidos en lluvia, viento y relámpagos. Espíritus que son el viento moviendo las ramas quejumbrosas, agitando las flores del jardín y mostrando la figura enigmática de un hombre joven, apuesto y de mirada desconsolada. Él recuerda su vida, su muerte y la crueldad de su existencia. Aún pide perdón y clemencia. Desea volver.

Yo soy ese hombre. Soy ese hombre. Soy el Impulsor. Soy Lasher. Deseo volver. Quiero ser el santo, el niño del pesebre, el hombre bondadoso, el sacerdote célibe y el hijo pródigo. Soy la oveja negra que desea mudar su piel y dejar de ser el lobo que grita en la oscuridad. Madre, padre... ¡Brujos! Dejad que vuestro hijo vuelva a la vida. Aceptadme en vuestros corazones. Por favor, recordad que os amo. Yo siempre os he amado. He querido a todos y cada uno de vosotros. Madre, madre... ¡Madre!


«Soy el demonio que llora tormentas que lavan tu rostro. Festejo mi dolor, pero no sé manifestar felicidad. Jamás he sido feliz. Compadece a éste pobre miserable y acéptalo como un hijo. Soy tu hijo. Tú me llevaste en el vientre, fuiste la puerta y él la llave.»

viernes, 30 de octubre de 2015

Tú eres todo

Michael y Rowan, Rowan y Michael... ¡Ah! ¡Los amo! Me gustaría volver a verlos. Aquí un trozo de las confesiones de éste gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Allí estábamos frente a frente en un inmenso mar de silencio. Era unmar más profundo y oscuro que aquel del cual recuperó mi cuerpo, salvando mi vida y mi alma. Ella, como siempre, parecía estar sobre el bien y el mal. Una mujer única, excepcional, y adicta a la tragedia aunque no lo supiera. Sus labios carnosos parecían amargos, como el humo del tabaco que exhalaba, y sus ojos demasiado tristes. Estábamos allí, en aquella sala, aguardando que alguno de los dos hiriera los segundos sin respuesta.

Estiré mi brazo derecho hacia ella, intentando tocar su mano con la mía, pero ella apartó las suyas dejándolas bajo la mesa. Una lágrima surgió como una puñalada, recorriendo su fino rostro, mientras sostenía su cuerpo a duras penas. Sabía que un dolor terrible la quebraba convirtiéndola en pedazos y éstos, como no, en polvo. La mujer que había conocido se desvanecía y dejaba escombros de su pasado. Era sólo un reflejo infiel de un hermoso retrato. Sin embargo, mi amor era ahora más fuerte que nunca. Estaba decidido a recuperar a la mujer que había llevado al altar, jurado amor eterno y cansado entre las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

—Rowan...—dije.

Ella sólo me miró cansada, inapetente, mientras hacía el intento de sonreír. Pocas veces la había visto sonreír, pero sabía reconocer sus sonrisas y esa, sin duda alguna, era un reflejo de dolor y un intento, prácticamente nulo, de consolarme como si fuese un niño pequeño al que puede mentir. Quería hacerme creer que todo estaba bien, que dentro de ella no había un mundo devorándose a otro. Las sombras de la tragedia la atrapaban del mismo modo que la sedujo, atrapó y destrozó aquel maldito fantasma. Ahora mi mujer era sólo un envoltorio, una cáscara, un muro de piel recubriendo un alma atormentada y eso no podía soportarlo.

Me lancé a la nevera y agarré una cerveza que bebí impunemente frente a ella. Me había regañado miles de veces por mi adicción al alcohol como medio para fugarme de una realidad terrible, pero era lo que había vivido y visto en mi humilde casa del barrio irlandés de la ciudad. Ni siquiera me había planteado cuántos años habían pasado desde la última vez que había pisado esa casa, pero en ese momento me pregunté cómo pude abandonar la ciudad sin sentir un profundo aguijonazo. Mi padre había muerto, no me quedaban demasiadas buenas cosas en la ciudad y mi futuro esperaba a la vuelta de la esquina. Decidí tomar mi oportunidad, mi camino, mi lugar en la vida y había regresado a la mansión que siempre había codiciado para ser su propietario, pues la heredera me había elegido entre todos los hombres del mundo. Pero, ¿había sido ella? Mientras daba un trago de cerveza, paladeando su amargura, me eché a reír percatándome que éramos marionetas de aquel indeseable. Sin embargo, ¿no era amor lo que sentía por ella? Claro que sí. La amaba profundamente y no podía evitarlo. Nadie podría evitarlo.

—Rowan, no importa lo que ha sucedido—comenté apoyándome en la nevera—. Podemos salir de ésta.

—No podré darte hijos y tú quieres hijos, Michael. He matado la única oportunidad para ofrecerte algo dulce en la vida—hablaba, por supuesto, de aquella mujer tan dócil que había dado muerte. Una mujer que había sido fruto de la violación de nuestro propio hijo, que no era más que el fantasma que siempre había tirado de los hilos del destino de la familia. Emaleth estaba muerta, enterrada junto a su padre y hermano, convirtiéndose en abono para el árbol que había presenciado tantas desgracias y carnavales.


—No importa—respondí encogiéndome de hombros—. Sólo quiero estar contigo. No importa que no seamos padres—dejé la lata sobre la mesa y me acerqué a ella, tomándola del rostro con mis grandes y ásperas manos, para entonces decirle con toda la dulzura que pude que la amaba—. Te amo. Te amo a ti, no tu fertilidad. Amo tus breves sonrisas y tu rostro serio, amo tu profesionalidad, tu temeridad, tus deseos de superarte y amo que estés viva porque sin ti, Rowan, yo me moriría. Te has convertido en los latidos de mi corazón.  

martes, 13 de octubre de 2015

Volver

¿Va a volver? Ha dicho puerta... Quiere volver.

Lestat de Lioncourt


—Nos hemos convertido en adictos a las mentiras. Vivimos en un mundo basado en mentiras que creemos absolutas verdades. Palpamos la codicia y creemos que todo merece la pena. Sufrimos la soledad, el desconcierto de una vida vacía, y alimentamos nuestro sufrimiento llenando el hueco de nuestro pecho, de nuestros brazos y hogar, con productos que no necesitamos, información que olvidaremos pronto y alimentos innecesarios. Permitimos que nos envenenen el agua, los alimentos, el aire e incluso los medicamentos. Asumimos que estamos protegidos porque hay esclavos de la patria desplegados por el mundo, tenemos fronteras con serpentinas que atraviesan nuestra piel y aplaudimos la mentira de guerras por dinero, recursos y territorio. El ego de nuestros dirigentes es una sombra alargada, casi tanto como su ineficacia y sus ansias de poder. Permitimos que nos roben el alma, el dinero de nuestros bolsillos y los sueños—metió sus manos en sus impecables bolsillos, mientras yo seguía sentado tras la mesa de mi despacho—. En eso nos hemos convertido—. Entonces giró suavemente su rostro, iluminando parcialmente éste con la luz tenue del escritorio, para luego sonreír amargamente—. Somos monstruos perfectos, armas de destrucción masiva, y aún así jugamos nuestras mejores cartas para conseguir nuestras mayores ambiciones. Os eduqué bien a todos, os inyecté el deseo de introducir cambios y ser miembros destacados de éste mundo. No quiero que seáis vasallos, como yo lo fui de un monstruo sin piel ni huesos, porque deseo que al menos, si vais a destruir el mundo, quiero que seáis vosotros quien pulse el botón.

Mi corazón palpitó rápido y fuerte. Me sentí intranquilo. Recordé los héroes de la patria, aquellos que tenían rostro común y manos callosas, que vivían aislados de las grandes medallas. No eran los grandes economistas, ni los ingeniosos políticos de discurso preestablecido y ni mucho menos los elegantes banqueros en sus deportivos. Tampoco eran los héroes de las grandes hazañas deportivas. Recordé la miseria de muchos de ellos, del silencio a sus espaldas y de las noches intranquilas. Vino a mí la viva imagen de mi padre, con sus heridas de guerra y sus viejos recuerdos calentados al fuego de los numerosos incendios que aplacó. Cerré los ojos echándome hacia atrás, pensando en la realidad que nos envolvía y asfixiaba. Él tenía razón. Lo importante no eran los hechos conmemorables, sino la verdad que ocurría en las aceras y que ignorábamos. En realidad, ignoramos todo.

Hemos dejado atrás todo lo que amamos, los sueños de infancia y el deseo ansioso de verdad. Bebemos las mentiras de los periódicos con una sed terrible, pues queremos creer lo que nos cuentan. No miramos más allá. Ya no se piensa, no se siente, no se busca y fingimos que nos preocupamos de otros porque eso nos hace buenos ante los demás. Sin embargo, la realidad es triste y decadente.

Él había vivido una época distinta donde trabajar con las manos te hacía honrado, pero más aún si lograbas amasar gran cantidad de bienes gracias a tu astucia, trabajo duro y noches en vela. No era sólo un hombre de taberna, putas y puros. Ni siquiera era un hombre que dejara que las cartas, los dados y las apuestas de carreras de caballos fuese su oficio. Él durante muchos años luchó por dejar un mundo mejor, un legado más grande e inmenso, pero estaba viendo despilfarro y estupidez. El mismo despilfarro, estupidez y limitaciones de otros que no llevaban su sangre. Siempre quiso ser un ejemplo, aunque no fuese el mejor, porque ansiaba salvarnos y mantenernos a flote. Éste era su jardín, su paraíso, y estaba lleno de vagos que vivían a base de los beneficios que él impulsó, pero que no dejaban legado alguno para el futuro. El apellido Mayfair pronto quedaría sepultado en polvo, ruinas y unas acciones que poco o nada valdrían en un futuro.

—¿Y qué harás?—pregunté—. Al menos, si te sirve de consuelo, Rowan está logrando grandes avances en el tratamiento de pacientes con daños cerebrales, así como reproducción asistida. Pronto tendremos un hijo, aislando el gen Taltos, y podremos empezar de cero. Posiblemente sea una niña—expliqué mirándolo una vez más. Parecía real, de carne y hueso, y así lo sentía. No importaba que fuese un espectro.


—Ya lo verás... quizás hay una puerta abierta para mí—sonrió desvaneciéndose y dejándome con la duda.  

sábado, 3 de octubre de 2015

Príncipe de los idiotas

Me merezco su rencor, pero ella se merecía ser feliz. Yo no sabría como hacer que lo fuese.

Lestat de Lioncourt


Era incomprensible. Durante algunos meses había estado escuchando rumores sobre un programa de radio que causaba sensación entre los más jóvenes, pero también entre adultos de toda índole. Había escépticos que disfrutaban de las historias de un diverso grupo de vampiros que transmitían normas, vivencias y música a través de un portal online de radio. Era un programa que poseía incluso una aplicación para móviles de última generación y otros dispositivos. Se podía acceder con total normalidad a la web desde cualquier punto del mundo, se escuchaba en varios idiomas y se podía entender sus voces, de forma nítida, como si cuchichearan en nuestro oído. También estaban los típicos creyentes que adoraban a éstas criaturas, soñaban con ser uno de ellos y rogaban por tener la suerte de toparse con uno de éstos inmortales.

Tardé varios meses en armarme de valor. Fue difícil para mí. Era duro admitir que había conocido a varios de éstas criaturas e incluso, tenía que aceptar, que Mona, esa chica desafiante a la par de inquieta, se había transformado en lo que siempre creí que era la muerte en vida. Los vampiros existían y yo lo sabía. Temía encender la radio y escucharlo a él. Ahora lo llamaban Príncipe de los Vamprios. Yo había conseguido todos sus libros y leído su historia. Hace años no lo conocía, no lo comprendía y aún así lo amaba. En esos momentos sentía que ya no era un amor platónico, tentador y ligeramente peligroso, sino algo más importante.

Escuché durante horas a un adolescente de unos doce o trece años, su voz era dulce aunque se notaba ciertos cambios que quizás la sangre, así como la vida en las sombras, le había proporcionado. Hablaba de las tragedias que habían acontecido a espaldas del mundo. Leía e-mails y cartas de los fans del programa, pero sobre todo aceptaba llamadas e información del mundo de las tinieblas. Los vampiros estaban ahí. Se podía apreciar que no era un mero truco.

Entonces, como si el destino hubiese jugado nuevamente conmigo, lo escuché a él. Era un comunicado enviado en audio. Hablaba de su hijo, del cual desconocía por completo su existencia, como su sucesor en muchos aspectos. Se vanagloriaba de la última reunión junto a sus amados compañeros. De entre esos compañeros citó a Louis. Los celos se apoderaron de mí y busqué un cigarrillo en mi bolso.

Había estado sin fumar por más de dos meses, pero ahí estaba buscando el último que había dejado en mi pitillera. Era como el recuerdo de no fumar. Estúpida de mí. Llené mis pulmones de humo y recosté mi espalda en el sillón giratorio de mi despacho. El café humeante no me calmaba, sino que me incitaba a chillar. No lo hice. Igual que no estampé la taza contra el suelo, algo que habría hecho liberar cierta tensión que sentía como una culebra corriendo por mis venas.

En ese momento Michael entró en mi despacho. La puerta estaba abierta y él decidió entrar sin llamar. No esperaba importunarme ni encontrarme en ese estado. Me miró con sus enormes, hermosos y amables ojos azules y se sentó en una de las sillas que había frente a mi escritorio. No dijo nada.

Me quité los auriculares y apagué el cigarrillo hundiéndolo en la taza de café. Después me acomodé el cabello, pues empecé a llevarlo largo poco después de sentirme abandonada por Lestat, y le miré intentando parecer serena. Él lo supo. No tuve nada que decir.

Allí sentado, con la calma y la paciencia que te dan los años, pude observar que tenía aún más canas en sus patillas. Su barba estaba salpicada por algunos pelillos blancos. Sus ojos azules eran muy llamativos. Tenía la piel algo más oscura debido a todo un verano trabajando en diversas obras, codo con codo con sus empleados, mientras que yo asistía a diversas reuniones de neurociencia en varios Estados del país. Era un hombre atractivo, al cual amaba, y aún así sentía celos por un dichoso vampiro que no tuvo la educación de decirme adiós sin rodeos, de forma directa y atenta.


Me sentí estúpida. Tenía todo. Poseía éxito, poderes, una hija nacida en un vientre de alquiler y un hombre maravilloso que deseaba estrecharme entre sus fuertes brazos, sin importarle nada, y no era capaz de calmar mis celos. Rompí a llorar y él se levantó, me abrazó y besó en el cuello rodeándome allí mismo, sentada en mi sillón ejecutivo, mientras dejaba que la ira se fuera con cada lágrima.  

miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

jueves, 12 de marzo de 2015

Tú y yo

Octubre del 2013

Permanecía inmóvil, con sus enormes ojos tristes clavados en aquella desafiante mirada. Parecía aturdida, como si estuviese despertando de un terrible sueño. Sus manos fueron directamente a su vientre, las cuales temblaban visiblemente. Sus cabellos estaban sueltos, algo más largo que la última vez en la cual se vieron frente a frente, y algunos mechones rozaban sus perfectas cejas rubias, algo más oscuras que su pelo. Tenía los pómulos marcados, los labios carnosos y escasas arrugas. Parecía mucho más joven que la edad real que poseía, como si los genes de los brujos Mayfair hiciesen un remedio natural ante el envejecimiento, y los años le habían dado un semblante menos frágil. Tenía los rasgos más endurecidos, pero frente a él parecía una hoja vibrando en una rama a punto de ser arrancada por el viento. Su bata cubría su ropa, la cual se limitaba a unos jeans oscuros y una blusa malva.

Él estaba allí, frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus impecables pantalones de vestir. No parecía un muchacho rebelde y extraño, pero tenía la misma estúpida sonrisa que hacía más de una década. Sus colmillos se veían a través de sus carnosos labios, muy rosados, de una boca grande pero perfecta para su rostro. El cabello lo tenía alborotado. Sobre su cabeza, como si fuera una corona, estaban sus gafas de cristales violáceos. Sus ojos, salvajes y fieros, parecían brillar con una luz imposible, como si procediera de una divinidad, y las tonalidades azules y violetas restaban belleza a su color natural, el gris. La cabeza de lino blanco estaba algo arrugada, pero bien colocada y destacaba en su americana oscura. Tenía unos mocasines perfectos.

—Te preguntarás cual es el motivo de mi visita—dijo—. Dentro de poco sabrás porqué te abandoné a tu suerte, alejándote de mí y de todo lo que me rodeaba en esos momentos—susurró, intentando acercarse a ella, pero no lo consiguió.

Rowan se alejó pegándose a los archivadores metálicos que tenía tras ella, casi arrinconándose como un gato herido, y cambió la mirada. Una ira súbita recorrió todo su cuerpo y la electrocutó con un poder salvaje. Al fin tuvo agallas de aceptar la realidad.

—¿Y qué cuento me contarás? Dime—su voz sonó ronca, pero sensual. Era la voz de una mujer con experiencia y dolor en las venas. Alguien que había visto tanto como sentido demasiado. No era una chiquilla estúpida que se conformaría con cualquier triquiñuela. Él lo sabía—. ¡Dime!

—En unos meses saldrá a la luz un libro... en aproximadamente un año. Pues aún no puedo asegurar la seguridad de su publicación—se llevó la mano derecha a la cabeza, echando hacia atrás algunos mechones y mirando de arriba hacia abajo a la bruja, la doctora, su amante... Rowan.

—Un libro...—sonrió amargamente y con tiento agarró un jarrón cercano, el cual envió en dirección a su cabeza. Él no dudó en apartarse a tiempo, provocando que estallara contra la pared tras sus espaldas.

—Rowan...

En sus sueños ella había corrido a sus brazos, besado sus labios y permitido que le abriese la blusa. Sus pechos, llenos y cálidos, se verían envueltos en un sutil sujetador de algodón blanco, o quizás negro, llenándolo a la perfección. Su aroma de mujer lo enloquecería, igual que la sangre pulsando en las venas de su cuello. Sus manos, suaves y calientes, se moverían por su chaqueta, acariciando las solapas de ésta, para luego meterlas bajo la prenda y ayudarle a quitársela. Había imaginado sus besos salvajes, su lengua hundiéndose en sus apetecibles labios y los ligeros suspiros de boca en boca. En sus fábulas se veía desnudándola lentamente, como si fuese un maravilloso regalo, mientras ella parecía impaciente, fuerte y femenina. Él la tiraría sobre su mesa, arrojando parte de los papeles al suelo, mientras quitaba sus pantalones y acariciaba ligeramente sus bragas de algodón.

Sí, la deseaba. Había imaginado como era besar sus ingles y muslos, también su vientre y el estrecho canal entre sus senos. Podía incluso sentir entre sus dientes sus pezones, pues los mordisquearía después de arrancarle el sujetador; y, por supuesto, había fantaseado con el sabor de su sexo húmedo, su lengua jugando con su clítoris y sus largos dedos, tan impacientes y marmóreos, jugando a provocar largos lamentos de placer.

No podía imaginar que no yacería entre sus piernas, no sentiría las suyas cansadas, ni sus brazos la rodearían o sus caderas se moverían con desesperación. Ni siquiera había permitido que se acercara. Sin embargo, en sus pensamientos estaban tenerla entre sus brazos, besarla apasionadamente y reconciliarse con su piel cálida. Quería clavar sus colmillos en su cuerpo, perforar su piel y beber de su sangre.

—Vete—dijo seria, aunque por dentro se quebraba.

—Volveré cuando te encuentres más tranquila—susurró, se encogió de hombros y se marchó.


Meses más tarde logró hablar con ella, tenerla cerca... el resto es historia.  

Te amo y te amaré siempre

Aprecias en la distancia aquello que fue para ti más que una aventura. La emoción del momento pudo nublarte la vista, no ver lo magnífico que era cada segundo que pasabas a su lado, y cuando se acaba sólo queda en la memoria los recuerdos. Amarla no fue un error, conocerla fue un milagro. Aprendí a dejar el egoísmo a un lado, tirado en una cuneta. Mis aventuras siempre habían sido descabelladas, absurdas, estúpidas e innecesarias. He sobrevivido a miles de catástrofes, confesiones imposibles de olvidar y odios intensos, como el café que toman algunos mortales a las seis de la mañana para despejarse.

Hoy camino por First Street. Busco una mansión en concreto. La acera tiene que estar algo destrozada por las raíces del árbol cercano a la verja. La puerta tiene que estar cerrada, pero la luz de la entrada continuará encendida. Dentro, en ese acogedor hogar, ella estará revisando informes. No sospecha nada. Ni siquiera sabe que he regresado a la ciudad. Huí de todo, incluso de mí mismo, cuando la voz empezó a introducirse en mi cerebro, a hundirme en mis miserias y recordarme lo estúpido que fui. Jamás fui un santo, pero frente a ella subí a los altares y bendije su amor por la pureza.

Creo que nadie me ha amado como ella. Nadie. Estaba dispuesta a perder el amor de su vida, aquello en lo que creía, una familia que la respetaba y la necesitaba de guía, quizás su poderes telequinéticos y todo el beneficio de ser una Mayfair. Dejaría de ser una bruja con dotes para la neurocirugía y se convertiría en esclava de la sangre. Arrojaría a una mujer destrozada, por un pasado trágico, que seguía en pie por propia voluntad, pues se había propuesto no caer, a un mundo que la podía enloquecer.

He errado muchas veces. El precio de mis errores es ver a quienes amo sufriendo. Aún me persigue los ojos de Nicolas, su silencio, las risas estruendosas que parecían truenos en medio del teatro y su dedo acusador. Me odiaba. Me odiaba tanto como a él mismo. Odiaba la maldad que yacía en mi pecho y que vio por medio de la sangre. Me detestaba por cobarde. Lanzó tantos improperios como pudo. Y desapareció del mundo dándome una de las lecciones más duras, trágicas y terribles. Todavía siento los brazos de Claudia, de piel suave y rechonchos, que rodeaban mi cuello. Tan frágil, tan hermosa, con esos labios de muñeca y esos dientes pequeños. Ella sonreía, pero por dentro lloraba. Buscaba ser algo que no podría llegar a ser. Mi niña, mi dama, mi eterna muñeca... Y Louis. ¿Cuánto daño he hecho a Louis? Sin embargo, perdona mis pecados como si fuera un Dios bondadoso, viene a mí con sus palabras más cínicas, me besa como Judas y me mira a los ojos demostrándome que pese a todo, a la estupidez y egoísmo que poseo, me ama. Él es el único que ha logrado superarse. Mi madre sigue errando por el mundo, libre de toda carga. Creo que ella está hecha de un material diferente, uno muy siniestro y formidable. David es un cuento único. Estoy seguro que podría calificarlo de leyenda entre los nuestros. Y Mona... ¿cuánto daño he hecho a Mona? Jamás me va a perdonar. Nunca lo hará. Por eso no quería dañar a Rowan con un amor tan salvaje y siniestro, con una sangre espesa y gloriosa, porque mi maldad se incrustraría en su corazón y mi desesperación la haría sufrir. Podría terminar como mi madre o Mona, deseando que esté lejos de ellas. Pero también muerta.

Preferí que viviera. Deseé que viviera. Aún quiero que viva. Y, sin embargo, me torturo aferrándome a los hierros de la cancela mientras sollozo por mi cobardía. Es la primera vez que dejo atrás a un amor tan importante. Quiero decirle que la amo, que no hay mujer que haya conquistado mi corazón y que aún tiempo cuando recuerdo sus eróticas caricias. Necesito sus labios, sus abrazos, su aliento acariciando mi nuez de Adán... Deseo gritar: ¡Rowan! ¡Amor mío! ¡Rowan!


Sin embargo, ¿no soy un fantasma para ella? ¿Me recordará? ¿Seré parte de un sueño? ¿Habrá superado mi amor por ella? ¿Seguirá amándome? Y entonces, como cobarde que soy, tiemblo y caigo de bruces empezando a llorar. Lo hago todas las noches. Julien me observa con una taza de chocolate en la mano, una sonrisa sarcástica y sus ojos azules bailoteando en plena oscuridad. Aún la amo. Nunca dejaré de amarla, siempre voy a cuidarla desde la distancia y puede, que algún día, deje de ser tan cobarde y rompa todos mis miedos.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 26 de febrero de 2015

Temor

Pronto habrá algo más de Lasher, pero de momento dejaremos este texto. Esto es un aperitivo para lo que podrán leer el sábado/domingo.

Lestat de Lioncourt 


No concibo el deseo sin ti. No comprendo la vida sin ti. Eres la cerradura que hizo girar la llave, abriendo la puerta y logrando que yo pasara. No comprendo el mundo sin ti. No quiero ver nuevos días sabiendo que me odias. El odio surge del resentimiento, del desafecto, del dolor, la rabia y la ira. No quiero que tú me odies. No deseo que mueras, pero a la vez sé que quizás sea necesario. Soy el monstruo que no has logrado llamar hijo, el amante que te ata la cama y te observa, el carcelero piadoso que canta canciones para que duermas y el hombre que llora aún por todos sus pecados. No quiero el tormento para ti. No quiero morir. Sólo quiero un igual que nazca de tu vientre, otro ser idéntico, que me haga sostener todavía la esperanza. Si yo vine, ella vendrá. Si yo camino, ella caminará. Si yo crecí, ella crecerá. La esperanza se propagará y la felicidad al fin llegará a mi vida. Aprenderé a reír, madre. Seré libre al fin, Rowan.

Esta noche estoy a tu lado. Te he dejado por tres días en esa pestilente cama. He logrado limpiar tu cuerpo, cambiar las sábanas y dar la vuelta al colchón. Podría libertarte y confiar en que no te irás, pero veo en tus ojos el odio y el dolor. La rabia te alimenta, madre. Veo como tus pechos aún tienen leche, pero tu piel me rechaza. Quisiera abrazarte, rogarte que me amaras como a cualquier hijo, pero sé que me odias tanto como a cualquier hombre. No dejas de pensar en él, en Michael. Ruegas porque él venga a salvarte de las garras del monstruo, y, sin embargo, cuando me miras aún quieres creer que puedo cambiar y ser algo distinto. ¿Es un acto de fe?

Quería reír, pero ahora estoy llorando. Lloro porque al recostarme a tu lado siento frío. No está el amor que creí merecer durante años. Lloro como siempre he llorado. Jamás me libraré de las canciones amargas que hacen un nudo en mi garganta. Me lastima saber que nadie en este mundo me extrañará si vuelvo a desaparecer. Quiero tener una hija y que esa hija camine conmigo hacia el valle. Rowan, el valle. Las piedras del círculo. Allí donde los Taltos bailan. Madre, comprende. Necesito una hembra. Necesito tener una hembra.


Mis lágrimas manchan tu pálida piel. Mis manos se deslizan por tu vientre plano y sin vida. De nuevo ocurrió otra desgracia. Madre, ¿algún día podré tener lo que deseo? ¿Y si estamos condenados a esta situación? Recuerdo como Deirdre sollozaba en cada madrugada buscándote, pero pronto las medicinas la dejaron en un estado de limbo. Yo allí fui su consuelo, su dulce recuerdo, el paraíso y la vida misma. Deseo ser tu consuelo y tu vida. Madre, por favor... el cordero ha regresado al rebaño y quiere que le guíes. Guíame hacia la felicidad y dame de tu vientre el fruto que deseo.  

domingo, 22 de febrero de 2015

El verdadero amor

Michael también tenía algo especial para Rowan... Y he aquí quedando como imbécil de nuevo.

Lestat de Lioncourt 

Amar. Ese verbo.

Amar es un verbo terrible que impulsa a dar lo mejor de ti, pero también a ofrecer lo peor. Por amor he matado, pero no me siento traicionado ni herido. Maté por el amor que tengo hacia ella, por su seguridad, por seguir unido a su cuerpo y que ella, todavía hoy, siga viva. Amor por cuidar de paraíso, el jardín del edén, que es First Street. Eso, sin duda alguna, es amor.

Hundí mi martillo en su cráneo. La sangre salpicó mi rostro, empapó mis manos e hirió de muerte la sagrada inocencia que aún poseía. Mi humanidad se disolvió como un terrón de azúcar en una taza de té. Me perdí en el calor del momento, igual que si fuese metal en una fragua, mientras él, fruto de nuestro amor, chillaba intentando sosegar al monstruo que había desatado. Él, mi hijo, era un ser grotesco que había vestido de duelo la familia en más de cinco ocasiones. Un hijo que rebasó al padre en maldad mucho antes de nacer. Un viejo conocido, un fantasma, en una cadena genética que debía ser distinta.

Maté a Lasher en nombre de Rowan, nuestro hijo Chris y en el mío propio. Dejé que su cuerpo se hundiera en la tierra removida del jardín. Arranqué el collar con la esmeralda, la contemplé unos instantes y sentí que ya no le odiaba. Tan sólo sentía lástima. Una lástima que todavía hoy perdura.


Y ella, Rowan, observa cada día el lugar donde yacen los dos hijos que concibió. No sé si deba preguntar por sus pensamientos, pero sé que toda su columna vertebral se agita y que sus manos tiemblan. He visto el dolor en sus ojos, así como la tristeza y la amargura. Sin embargo, cuando contempla los míos puedo ver amor. Un amor que no se ha ido. Es un amor que perdura. Porque en los malos momentos el amor se fortalece.  

domingo, 8 de febrero de 2015

Mi corazón es tuyo

Desconozco realmente cuantas veces he intentado pasar página. Olvidar por completo sus caricias, aislar de mi corazón el sentimiento que se propaga por mi alma y enterrar el cadáver de las palabras que no dije. Aún mantengo la promesa, pese a ser un recuerdo insensato. La mantengo porque sigo amándola. Pese a todo, ante todo, la mantengo. Sé que ella sigue viva, con su corazón intacto y la mente llena de recuerdos que comienzan a desvanecerse.

No puedo regresar con las manos vacías, agachar la cabeza y negar mi amor. No puedo, pues no quiero. No quiero porque no deseo decir la verdad. Y esa verdad, tan dolorosa como una herida que no cicatriza, es que tras “La voz” el mundo es inseguro. No puedo exponerla. Deseo verla viva, con esos labios suculentos con una sonrisa fría, y sus ojos, tan grises como las tormentas más virulentas, posándose lentamente en los archivos de sus pacientes. Necesito saber que está a salvo de todos, incluso de mí. Soy un monstruo y temo romperla.

Negar mis brazos, a esa mujer tan fuerte e intensa, provoca en mí una insatisfacción inmensa. Quiero correr hacia ella, abrazarla y rogar que me ame una vez más. Ansío recitarle los versos más prohibidos, intensos y cálidos que jamás ha escuchado. Mis falsas promesas se quiebran, convirtiéndose en cristales frágiles y diseminados bajo mis pies, pero no el amor que tengo. Quiero cumplir lo que prometí, por una vez; sin embargo, el miedo me aleja.

Pedir que me esperara fue cruel. Fue terrible para mí y para ella. Sigue siendo horrible. Tengo la esperanza de cumplir cada una de mis palabras, rozar sus labios y arrodillarme ante ella declarando una vez más mi amor. Porque ella es como un ángel. Es un verso suelto que me ha conmovido. Se ha convertido en la brisa fresca en mitad del desierto.

“No te marchites, amor mío, porque tú siempre tendrás el corazón de este monstruo. Poseerás por siempre, entre tus hermosas manos de bruja, el hechizo que me ata a ti. He caído seducido y mi condena será amarte durante toda la eternidad. Volveré a por ti, sin saber bien cómo o cuándo, pero lo haré.”

Amar no es pecado, pero a veces es un reto. Y, la verdad, me encantan los retos. Deseo tenerla porque me fascina, agita y envuelve en miles de caricias. Soy el superviviente del dolor, la rabia y la guerra abierta entre los míos. Me llaman príncipe y a ella la llaman bruja.


Rowan, seré por siempre tuyo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 25 de enero de 2015

El ser que conocí

Por eso la amo, pues se da cuenta que pese a la distancia la sigo buscando y sigo pensando en ella. 

Lestat de Lioncourt


Muchos se preguntan cómo es posible que una mujer seria, casada y distinta a las habituales conquistas de Lestat, osease yo, cayera en sus brazos. A decir verdad ni siquiera yo lo comprendo todavía. Intento matizar mis errores, pero este no lo fue. Creo que él despertó en mí a la mujer que creía dormida, o quizás muerta y enterrada en el jardín junto a mis hijos, y que ahora intenta seguir despierta pese a todo. Él juró venir a por mí, pero no lo ha hecho. No le guardo rencor, pues sé que ha sucedido.

En su última crónica veo a un guerrero, un hombre hecho así mismo, y no sólo al muchacho de ojos enormes que me susurraba que todo iría bien, aún cuando ni él podía asegurar que a la noche siguiente todo marcharía como él esperaba. Tengo el libro entre mis manos, lo acaricio como si fuera su propio rostro e imagino su furia al teclear cada palabra. Unas memorias fascinantes, pero prefiero revivir las nuestras. Esas memorias que aún me duelen y me hacen suspirar.

El humo del cigarrillo se acentúa, difuminándose en la habitación, mientras miro el vaso de agua que me he servido como si fuese whisky barato. No muy lejos de la barra de la cocina está el lugar donde nos vimos una vez, aquella entrada, donde tuvimos esas conversaciones mientras íbamos hacia el jardín. Allí, entre los árboles y la hierva crecida, todavía puedo descubrir su figura esbelta y perfecta invitándome a su lado.

Tengo un esposo, una vida pulcra y digna, un trabajo duro y unos poderes de incalculable valor... pero... también tengo unos recuerdos que no puedo cavilar si son aceptables o no. Debería dejar de esperarlo, anhelarlo y quererlo. Sin embargo, yo sé que él no me ha dejado de amar. A veces encuentro flores en honor a mi nombre, pequeños ramilletes, en lugares insospechados. Sé que es él. No hay otro que pueda tener esos detalles tan extraños.

Arriba, en una pequeña cama, hay un ángel de cabellos dorados. Soy experta en genética, he aprendido de los mejores y más eficientes doctores, tengo a varios Taltos que obran milagros para mí y el equipo adecuado para tener lo que tanto soñé. He sido madre. Él es el padre. Michael lo sabe pero no dice nada. He usado sus genes, así como el amor que le profesaba, para tener a esa niña gracias al vientre de otra mujer. No es lo que yo esperaba de él, pero es más que suficiente. Siempre estará conmigo, como prometió, y no hace falta que me haga inmortal. Si muero de vieja que así sea, pero que algo de nosotros viva.


No estoy de acuerdo con todo lo que se ha publicado sobre nosotros. Ni siquiera puedo afirmar que todo sea correcto. Hay cosas que no se han contado y otras que se han quedado a medias. Me guardo muchas cosas en el tintero, o más bien en mi corazón, porque necesito que sean únicamente mías. Deseo que sean especiales para siempre. Llevarme pequeños secretos a mi tumba puede que sea la única forma de morir tranquila. Aún así, todavía espero el milagro de volverlo a ver cerca de los dondiegos esperando que vaya hacia él.  

jueves, 25 de diciembre de 2014

Redención

Lasher ha preparado algo especial: unas memorias. 


En fin, ¿feliz cumpleaños?

Lestat de Lioncourt

¿Cuántos siglos de esclavitud tuve que tener para que al fin se lograran mis sueños? ¿Cuántas veces debí obedecer pese a todo? ¿A cuántos amé? Mi mente comenzó a quedar desterrada de cualquier recuerdo. Poco a poco empezaba a olvidar a todos los que serví como si fuera el genio de la lámpara, el mismísimo Lucifer, o un recaudador de impuestos. El brillo verdáceo de la esmeralda colgaba de mi cuello. Podía sentir su peso, la ambición concentrada en la gema y el frío de la cadena rozando mi nuca. Al fin podía comer y beber. Saboreaba la leche materna como si fuera un exquisito manantial. La primera vez, en mi primer nacimiento, sólo pude saborearla unas horas. Fue terrible ver el asco que mi madre sentía hacia mí. El mismo asco y miedo que pude ver en los ojos de Rowan.

Estaba olvidando a Julien, uno de mis grandes amores, y sus ojos me perseguían en sueños mientras su rostro se disolvía. A penas podía contener las lágrimas. Mis manos temblaban. Sabía que algo estaba fallando. El cerebro que poseía se llenaba de recuerdos de mis padres, pero los míos se perdían. Comprendí que era algo habitual en los nuestros, aunque no lo aceptaba. Por ello empecé a escribir mi diario. Me concentraba en ser lo más exacto que pudiese. Necesitaba un vínculo con mi historia, con la verdad que siempre tuve entre mis dedos translúcidos.

Ella se encontraba en la cama. Casi no comía. Sus cabellos parecían perder su brillo dorado. Sus ojos grises parecían cubiertos de una pátina de dolor y pecado sobrecogedor. Tenía los labios heridos, quizás porque le había dado fiebre. Las sábanas las había cambiado hacía sólo unas horas y ahora olía a flores la habitación. Incluso le había dado la vuelta al colchón. Su cuerpo frágil, de cintura estrecha, era muy apetecible. Sin embargo, lo más suculento eran sus pechos repletos de leche para mí. Era mi alimento vital. Estaba obsesionado con ellos como cualquier Taltos que se preciara.

Recordé la huida en avión. Tan sólo tenía unas horas de vida. Aquel 25 de Diciembre lleno de luz y oscuridad. El viento aullaba penetrando en los motores del avión, las hélices se movían rápidamente, el ligero zumbido que se sentía bajo nuestros pies dejó de ser emocionante y el agradable ambiente de la primera clase era sin duda atractivo. Ella tenía el rostro de una mujer condenada a muerte. Creo que quería llorar, pero lo evitaba. Sus pechos estaban llenos, ofreciéndose suculentos bajo su suéter. Sus largas y torneadas piernas estaban cruzadas y enfundadas en un cómodo jean deslavado. Las botas estaban sucias, pero eran elegantes. Me miró de reojo en un par de ocasiones y pareció crucificarse en secreto. El dolor era la sinfonía de sus latidos. Era el demonio sentado a su lado, el que rondó las paredes de la habitación de su desdichada madre, el mismo que había visto cuando era un niño el que ahora era mi padre, el pecado capital de cualquier bruja y el monstruo que arrebataba vidas en mitad de las sombras por orden del único patriarca.

Hubiese cruzado montañas y desiertos, pasado calamidades, rogado a Dios en una cruz similar a Cristo, bebido el veneno más amargo y sacrificado mi propia sangre si al fin mi sueño continuara sin detenerse. Sin embargo, sabía que no sería fácil. Allí en el avión estábamos a salvo. Tan a salvo que sentí deseos de tomar leche sin escrúpulos alguno.

—Tengo hambre—dije notando ciertos cambios en mi voz. Quizás era más profunda que cuando al fin alcancé a la vida tras la muerte.

—Lasher, quedan tres horas de vuelo—respondió sin siquiera girar su rostro hacia mí.

—Tengo hambre—repetí.

—Pídele algo a la azafata cuando regrese—explicó.

—Ella no tiene leche en sus pechos—susurré apoyando mi cabeza en su pequeño hombro—. Mamá, tengo hambre.

—No me llames así—me apartó con rabia, asco y miedo.

Ella me veía como un experimento fallido, pero en su interior no dejaba de repetirse que era su hijo. Una niña que había vivido en un mundo sin muñecas, sin juegos típicamente infantiles, había sido madre. Una madre que jamás meció a una pequeña entre sus brazos ni tuvo el afán de saber que era eso. Era un portento. Su cerebro era interesante, pero sus pensamientos eran oscuros. Podía ver en ella el dolor lacerante que cortaba cada uno de sus sueños. Ella quería ser madre para que Michael estuviese orgulloso y feliz. Deseaba esa semilla en su interior, pero fue usada para mí. Aquello la aterraba y destrozaba, pero a la vez quería ser la madre que siempre quiso ser. ¿No era yo su hijo? Era un debate entre la mujer racional y los sentimientos que fluían pese a todo.

—Voy a ir al baño. Cuando pasen unos minutos sígueme—me tomó del rostro con sus largos y suaves dedos. Ella me miraba sosegada, pero a la vez ligeramente perdida en mundos tenebrosos y terribles.

—Sí, Rowan—susurré, en el mismo tono en el cual ella me había hablado.

Se incorporó dejándome atrás. Sus pisadas no eran firmes. Dudaba. Tenía miedo. Sin embargo, tomó con decisión el pomo y entró en el baño. De inmediato la seguí. No esperé tanto tiempo como hubiese sido lo oportuno. Tenía hambre. Hacía mucho que no conocía esa sensación. Hambre y sed. Como si aprender a caminar y hablar fuese lo normal, pero el apetito se convirtiera en un descubrimiento importante. Saboreé los segundos de indecisión frente al pomo. Sabía que ella se molestaría por no haber aguardado, pero al abrir la encontré más atractiva que nunca.

La puerta se cerró. Creo que fue ella. No lo recuerdo. Tan sólo podía ver su torso desnudo. Se había desecho de su blusa y suéter. Tampoco tenía el cómodo sujetador que guardaba el manantial de mis oscuros e infantiles deseos. Caí encima de ella, aplastándola contra una de las paredes. Era un espacio minúsculo. Mi cabeza prácticamente rozaba el techo. Mis labios apretaron su pezón derecho mientras mis manos abarcaban ambos senos con ansiedad.

Ella gimió mientras hundía sus dedos en mis espesos cabellos negros, tan similares a los de Michael, mientras sentía el chorro caliente de leche llenando mi boca. Varias lágrimas cayeron por sus hermosas mejillas, resbalándose hasta más allá de su mentón. Parecía un ángel envuelto en fracaso y dolor. Tal vez lo era, pues era el ángel que custodiaba a un demonio que había rondado el edén de la vida.

Mi aroma la envenenaba. Su cuerpo temblaba ligeramente. Ella me atraía como una mosca a la miel. Era mi madre, pero también era la única hembra que podía hallar en medio del paraíso. Era mi Eva, yo era Adán. Dios aceptaría el pecado como lo aceptó la primera vez. No morderíamos la manzana, sólo nos reproduciríamos como él pidió. ¿No era ella parte de mi especie? ¿No poseía los genes adormecidos de un Taltos?

Desnudé su cuerpo mientras ella parecía completamente ensimismada. El placer latía entre sus piernas, calentaba su sexo y provocaba que la humedad aumentara. Sus jadeos eran gemidos prolongados con tan sólo sentir mis labios presionando sus sensibles pezones. Me aparté para verla, completamente expuesta y esperando una respuesta válida a todo lo que sentía. No dudé en acariciar su cintura justo antes de sentir como sus dedos, largos y ágiles, bajaban el cierre de mi pantalón y me sentaba sobre la tapa del inodoro.

Era ella quien esperaba ser fecundada. Ella quien necesitaba mi miembro duro clavándose en su interior, abriéndose paso con fuerza y energía, mientras mis manos acariciaban sus pechos completamente embelesado. Mis jadeos no tardaron en escucharse muy próximos a su cuello. Podía sentir la incipiente barba que ya se formaba en mis mejillas desnudas. Su mejilla derecha se pegó a mi izquierda rozándose como una gata en celo. Sus uñas se enterraron en mis anchos hombros, mientras mis brazos la sostenían sintiendo el vaivén de sus caderas. Ese delicioso movimiento me recordó al placer que sentía entre las piernas de las mujeres, aunque se murieran en mis brazos tras aquel delicioso estallido.

Atrapé su pezón izquierdo entre mis dientes, tirando de él, y un chorro cálido fue directo a mi garganta. Ella gimió con rabia mientras sus caderas se movían insatisfechas. De repente me incorporé, con ella aferrada a mí, para subirla al lavabo con las piernas abiertas. Su espalda perlada en sudor quedó pegada al espejo, mientras sus ojos de leona me devoraban atravesándome el alma. Besé su boca aún con la leche derramándose por la comisura de mis labios, saboreando todavía ese delicioso sabor materno, mientras ella pedía más atrayéndome hacia su cuerpo.

Había furia en nuestras pupilas, perversión en nuestras lenguas y reyes rotas deshaciéndose en un mar profundo. A más de mil pies de altura, encerrados en un lugar minúsculo, hacíamos algo prohibido no sólo por la legislación. Madre e hijo, bruja y Taltos... en mitad de la celebración más pura del año. El advenimiento de Cristo se convirtió en mi renacer de entre el dolor, la demencia y el poder acumulado en los viejos cimientos de una mansión sureña. El sueño había terminado y empezaba a estar despierto.

Mi pelvis se movía libre. Empujaba con deseo contra ella. Su cuerpo se deshacía entre mis manos. Mis dientes se convertían en tenazas. No importaba si nos escuchaban. El orgasmo fue alto y especial. De nuevo podía disfrutar de mujeres. Al fin podía ser parte de la vida. Mi esperma bañó el lugar donde mi cuerpo había descansado durante algunos meses, fecundándose tan sólo por unos segundos. No se logró embarazar en ese primer encuentro, pero no importaba. Estaba satisfecho. La leche era cálida y aún emanaba de sus pezones. Ella se convulsionaba entre el dolor y el placer. Su mente era un caos y no podía pensar racionalmente. Yo sólo reí. Al fin reí. Aprendí a reír al fin.

—Te amo, Rowan—musité.


—Dios, salva mi alma... sálvame si aún hay redención...  

El oscuro cordero regresó al redil. La miel se convirtió en hiedra venenosa y las flores cantaban alabanzas en medio de un nido de pecado. El valle me llamaba con fuerza. Ella me seducía. La vida tenía una paleta de pinturas nueva y yo quería palpar cada color con la inocencia de un niño, el placer de un adulto y la desesperación de un anciano que pierde la vista. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt