Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.
Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.
Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)
Un saludo, Lestat de Lioncourt
ADVERTENCIA
Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.
Permanecía inmóvil, con sus enormes
ojos tristes clavados en aquella desafiante mirada. Parecía
aturdida, como si estuviese despertando de un terrible sueño. Sus
manos fueron directamente a su vientre, las cuales temblaban
visiblemente. Sus cabellos estaban sueltos, algo más largo que la
última vez en la cual se vieron frente a frente, y algunos mechones
rozaban sus perfectas cejas rubias, algo más oscuras que su pelo.
Tenía los pómulos marcados, los labios carnosos y escasas arrugas.
Parecía mucho más joven que la edad real que poseía, como si los
genes de los brujos Mayfair hiciesen un remedio natural ante el
envejecimiento, y los años le habían dado un semblante menos
frágil. Tenía los rasgos más endurecidos, pero frente a él
parecía una hoja vibrando en una rama a punto de ser arrancada por
el viento. Su bata cubría su ropa, la cual se limitaba a unos jeans
oscuros y una blusa malva.
Él estaba allí, frente a ella, con
las manos metidas en los bolsillos de sus impecables pantalones de
vestir. No parecía un muchacho rebelde y extraño, pero tenía la
misma estúpida sonrisa que hacía más de una década. Sus colmillos
se veían a través de sus carnosos labios, muy rosados, de una boca
grande pero perfecta para su rostro. El cabello lo tenía alborotado.
Sobre su cabeza, como si fuera una corona, estaban sus gafas de
cristales violáceos. Sus ojos, salvajes y fieros, parecían brillar
con una luz imposible, como si procediera de una divinidad, y las
tonalidades azules y violetas restaban belleza a su color natural, el
gris. La cabeza de lino blanco estaba algo arrugada, pero bien
colocada y destacaba en su americana oscura. Tenía unos mocasines
perfectos.
—Te preguntarás cual es el motivo de
mi visita—dijo—. Dentro de poco sabrás porqué te abandoné a tu
suerte, alejándote de mí y de todo lo que me rodeaba en esos
momentos—susurró, intentando acercarse a ella, pero no lo
consiguió.
Rowan se alejó pegándose a los
archivadores metálicos que tenía tras ella, casi arrinconándose
como un gato herido, y cambió la mirada. Una ira súbita recorrió
todo su cuerpo y la electrocutó con un poder salvaje. Al fin tuvo
agallas de aceptar la realidad.
—¿Y qué cuento me contarás?
Dime—su voz sonó ronca, pero sensual. Era la voz de una mujer con
experiencia y dolor en las venas. Alguien que había visto tanto como
sentido demasiado. No era una chiquilla estúpida que se conformaría
con cualquier triquiñuela. Él lo sabía—. ¡Dime!
—En unos meses saldrá a la luz un
libro... en aproximadamente un año. Pues aún no puedo asegurar la
seguridad de su publicación—se llevó la mano derecha a la cabeza,
echando hacia atrás algunos mechones y mirando de arriba hacia abajo
a la bruja, la doctora, su amante... Rowan.
—Un libro...—sonrió amargamente y
con tiento agarró un jarrón cercano, el cual envió en dirección a
su cabeza. Él no dudó en apartarse a tiempo, provocando que
estallara contra la pared tras sus espaldas.
—Rowan...
En sus sueños ella había corrido a
sus brazos, besado sus labios y permitido que le abriese la blusa.
Sus pechos, llenos y cálidos, se verían envueltos en un sutil
sujetador de algodón blanco, o quizás negro, llenándolo a la
perfección. Su aroma de mujer lo enloquecería, igual que la sangre
pulsando en las venas de su cuello. Sus manos, suaves y calientes, se
moverían por su chaqueta, acariciando las solapas de ésta, para
luego meterlas bajo la prenda y ayudarle a quitársela. Había
imaginado sus besos salvajes, su lengua hundiéndose en sus
apetecibles labios y los ligeros suspiros de boca en boca. En sus
fábulas se veía desnudándola lentamente, como si fuese un
maravilloso regalo, mientras ella parecía impaciente, fuerte y
femenina. Él la tiraría sobre su mesa, arrojando parte de los
papeles al suelo, mientras quitaba sus pantalones y acariciaba
ligeramente sus bragas de algodón.
Sí, la deseaba. Había imaginado como
era besar sus ingles y muslos, también su vientre y el estrecho
canal entre sus senos. Podía incluso sentir entre sus dientes sus
pezones, pues los mordisquearía después de arrancarle el sujetador;
y, por supuesto, había fantaseado con el sabor de su sexo húmedo,
su lengua jugando con su clítoris y sus largos dedos, tan
impacientes y marmóreos, jugando a provocar largos lamentos de
placer.
No podía imaginar que no yacería
entre sus piernas, no sentiría las suyas cansadas, ni sus brazos la
rodearían o sus caderas se moverían con desesperación. Ni siquiera
había permitido que se acercara. Sin embargo, en sus pensamientos
estaban tenerla entre sus brazos, besarla apasionadamente y
reconciliarse con su piel cálida. Quería clavar sus colmillos en su
cuerpo, perforar su piel y beber de su sangre.
—Vete—dijo seria, aunque por dentro
se quebraba.
—Volveré cuando te encuentres más
tranquila—susurró, se encogió de hombros y se marchó.
Meses más tarde logró hablar con
ella, tenerla cerca... el resto es historia.
Desconozco realmente cuantas veces he
intentado pasar página. Olvidar por completo sus caricias, aislar de
mi corazón el sentimiento que se propaga por mi alma y enterrar el
cadáver de las palabras que no dije. Aún mantengo la promesa, pese
a ser un recuerdo insensato. La mantengo porque sigo amándola. Pese
a todo, ante todo, la mantengo. Sé que ella sigue viva, con su
corazón intacto y la mente llena de recuerdos que comienzan a
desvanecerse.
No puedo regresar con las manos vacías,
agachar la cabeza y negar mi amor. No puedo, pues no quiero. No
quiero porque no deseo decir la verdad. Y esa verdad, tan dolorosa
como una herida que no cicatriza, es que tras “La voz” el mundo
es inseguro. No puedo exponerla. Deseo verla viva, con esos labios
suculentos con una sonrisa fría, y sus ojos, tan grises como las
tormentas más virulentas, posándose lentamente en los archivos de
sus pacientes. Necesito saber que está a salvo de todos, incluso de
mí. Soy un monstruo y temo romperla.
Negar mis brazos, a esa mujer tan
fuerte e intensa, provoca en mí una insatisfacción inmensa. Quiero
correr hacia ella, abrazarla y rogar que me ame una vez más. Ansío
recitarle los versos más prohibidos, intensos y cálidos que jamás
ha escuchado. Mis falsas promesas se quiebran, convirtiéndose en
cristales frágiles y diseminados bajo mis pies, pero no el amor que
tengo. Quiero cumplir lo que prometí, por una vez; sin embargo, el
miedo me aleja.
Pedir que me esperara fue cruel. Fue
terrible para mí y para ella. Sigue siendo horrible. Tengo la
esperanza de cumplir cada una de mis palabras, rozar sus labios y
arrodillarme ante ella declarando una vez más mi amor. Porque ella
es como un ángel. Es un verso suelto que me ha conmovido. Se ha
convertido en la brisa fresca en mitad del desierto.
“No te marchites, amor mío, porque
tú siempre tendrás el corazón de este monstruo. Poseerás por
siempre, entre tus hermosas manos de bruja, el hechizo que me ata a
ti. He caído seducido y mi condena será amarte durante toda la
eternidad. Volveré a por ti, sin saber bien cómo o cuándo, pero lo
haré.”
Amar no es pecado, pero a veces es un
reto. Y, la verdad, me encantan los retos. Deseo tenerla porque me
fascina, agita y envuelve en miles de caricias. Soy el superviviente
del dolor, la rabia y la guerra abierta entre los míos. Me llaman
príncipe y a ella la llaman bruja.
Por eso la amo, pues se da cuenta que pese a la distancia la sigo buscando y sigo pensando en ella.
Lestat de Lioncourt
Muchos se preguntan cómo es posible
que una mujer seria, casada y distinta a las habituales conquistas de
Lestat, osease yo, cayera en sus brazos. A decir verdad ni siquiera
yo lo comprendo todavía. Intento matizar mis errores, pero este no
lo fue. Creo que él despertó en mí a la mujer que creía dormida,
o quizás muerta y enterrada en el jardín junto a mis hijos, y que
ahora intenta seguir despierta pese a todo. Él juró venir a por mí,
pero no lo ha hecho. No le guardo rencor, pues sé que ha sucedido.
En su última crónica veo a un
guerrero, un hombre hecho así mismo, y no sólo al muchacho de ojos
enormes que me susurraba que todo iría bien, aún cuando ni él
podía asegurar que a la noche siguiente todo marcharía como él
esperaba. Tengo el libro entre mis manos, lo acaricio como si fuera
su propio rostro e imagino su furia al teclear cada palabra. Unas
memorias fascinantes, pero prefiero revivir las nuestras. Esas
memorias que aún me duelen y me hacen suspirar.
El humo del cigarrillo se acentúa,
difuminándose en la habitación, mientras miro el vaso de agua que
me he servido como si fuese whisky barato. No muy lejos de la barra
de la cocina está el lugar donde nos vimos una vez, aquella entrada,
donde tuvimos esas conversaciones mientras íbamos hacia el jardín.
Allí, entre los árboles y la hierva crecida, todavía puedo
descubrir su figura esbelta y perfecta invitándome a su lado.
Tengo un esposo, una vida pulcra y
digna, un trabajo duro y unos poderes de incalculable valor...
pero... también tengo unos recuerdos que no puedo cavilar si son
aceptables o no. Debería dejar de esperarlo, anhelarlo y quererlo.
Sin embargo, yo sé que él no me ha dejado de amar. A veces
encuentro flores en honor a mi nombre, pequeños ramilletes, en
lugares insospechados. Sé que es él. No hay otro que pueda tener
esos detalles tan extraños.
Arriba, en una pequeña cama, hay un
ángel de cabellos dorados. Soy experta en genética, he aprendido de
los mejores y más eficientes doctores, tengo a varios Taltos que
obran milagros para mí y el equipo adecuado para tener lo que tanto
soñé. He sido madre. Él es el padre. Michael lo sabe pero no dice
nada. He usado sus genes, así como el amor que le profesaba, para
tener a esa niña gracias al vientre de otra mujer. No es lo que yo
esperaba de él, pero es más que suficiente. Siempre estará
conmigo, como prometió, y no hace falta que me haga inmortal. Si
muero de vieja que así sea, pero que algo de nosotros viva.
No estoy de acuerdo con todo lo que se
ha publicado sobre nosotros. Ni siquiera puedo afirmar que todo sea
correcto. Hay cosas que no se han contado y otras que se han quedado
a medias. Me guardo muchas cosas en el tintero, o más bien en mi
corazón, porque necesito que sean únicamente mías. Deseo que sean
especiales para siempre. Llevarme pequeños secretos a mi tumba puede
que sea la única forma de morir tranquila. Aún así, todavía
espero el milagro de volverlo a ver cerca de los dondiegos esperando
que vaya hacia él.
Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos.
WE WERE MADE FOR LOVING YOU
Habíamos discutido los tres, o más
bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos
aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y
molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando
una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta
haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de
comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.
—Basta...—dijo rompiendo en
lágrimas y eso nos hizo parar.
Los ojos azules de Michael se posaron
en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas
terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí,
matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de
ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su
ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus
rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en
aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda
de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.
—Cariño, ¿qué puedo hacer para que
no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía
siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar
que eso no era precisamente lo que él deseaba.
—Cherie, deberías decirnos cómo
podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me
mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y
decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él
quería.
—Dejad de discutir—murmuró—,
pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se
pelean.
Ambos nos miramos perdiéndonos uno en
el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael.
Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla
en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar,
abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo
era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos
hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales
podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar
que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera
llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún
reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.
—No estamos discutiendo ya—respondió
Michael.
Los ojos de Rowan se fijaron en él,
perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a
mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal
asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco
antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan
incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo
que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de
parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella
salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una
tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un
asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a
luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda
alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los
aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña
adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se
volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era
el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su
propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a
su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones
machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía
acorralada, dolida y posiblemente aturdida.
—Cuéntanos que sucede—dije
tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que
se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.
Quedó allí, sentada, mirándonos a
ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano.
Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más
calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.
—No comprendéis nada—dijo al fin—.
Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que
no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y
completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires
de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón
se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo
parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia
y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y
necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me
convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta
libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma
indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—.
Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra
necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no
sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar
esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me
falta él.
—Ménage à trois—respondí
cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—.
Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría
odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que
has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo
sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.
—No lo sé...—murmuró atormentado.
—Michael, está llorando y detesto
que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me
miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—.
Comprende.
—Ven cariño—dijo aproximándose a
ella para tomarla en brazos—. Sígueme.
Aquella ancha espalda, con músculos
marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le
pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto
era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del
Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros
de Julien.
Cuando entramos en el dormitorio
principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco.
Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía
tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la
chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había
accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida
por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.
—Cherie—susurré acercándome a la
cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado
izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.
Él se aproximó a nosotros sentándose
junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos.
Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella
cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el
fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello
lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y
dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y
ásperos de su esposo.
Los senos de Rowan quedaron liberados,
con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos
hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la
lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos
como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las
cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo
suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras
manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras
alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros
vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros,
excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.
Sus dedos temblaban contra nuestro
glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía
suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos
centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía
decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa,
oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle,
pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo,
aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas
caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus
pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó
la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que
desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella
comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.
Nuestras manos se habían quedado en la
ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar
ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris
comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos
que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la
perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan
proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo
rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris
mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella
estimulándola.
En algún momento hicimos un pacto
secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en
la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido
en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su
vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra
entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas
hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas
temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones
conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella.
Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y
arrodillé frente a ambos.
—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije
tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me
apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré
hundiéndome en ella.
Michael se aproximó quedando a sus
espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras
quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron
a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran
algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.
—No, no puedo ser egoísta—murmuré
tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar
por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No
puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza
para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.
Hacíamos un buen equipo cargados de
perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un
universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie
de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No
supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la
cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en
el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas.
Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de
Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi
rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón,
ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros
miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico,
que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y
buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el
placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada
desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación
increíble.
Ambos hacíamos aquello por amor a una
misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció
un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a
un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida
que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba
escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus
pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y
jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el
aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de
sujeción para aquel desenfreno.
—Rowan, Rowan...—le escuché decir
casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó,
girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no
podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un
poco hacia mí, viendo su rostro.
Ella se sentó sobre mis caderas
gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en
la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó
lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y
final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola
desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos
mientras su boca emitía un largo gemido.
Rowan había llegado a un orgasmo tan
fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña,
mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no
llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la
arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un
instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de
ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro
y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.
—Hazlo tú primero—me dijo Michael
apartándose.
Tomé a Rowan entonces entre mis
brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a
penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda
y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y
sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus
muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final,
eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael
se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más
candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba
cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían
abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino
pude ver como Rowan volvía a hacerlo.
Al separarse, como yo mismo había
hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia
ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como
dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las
sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos
mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez
ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada
bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.
—Lo he hecho por amor—dijo al fin
Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.
—Yo también, Michael, yo
también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio,
placer y deseo.
Minutos más tarde los tres
compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña
al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de
costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a
su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres
completamente entregados a ella.
Aquellos días ¿qué
quedan de aquellos días querida mía? Mi amada ¿queda algo que
pueda rescatar de las llamas que incendian los troncos de mi
chimenea? ¿Hay algo positivo en esa experiencia además del
recuerdo? ¡Oh! ¡Y qué recuerdo!
Recuerdo que quería ser
santo y que todos me contemplaran en los altares, sin embargo soy un
condenado y siempre termino arrastrando conmigo otra alma mortal.
Siempre fui un egoísta, insensato, patán, estúpido y sobre todo un
derrochador de sonrisas que jamás había tenido demasiado firmes los
pies en el suelo. Y sin embargo cometí una estupidez mayor siendo
bondadoso, noble y piadoso. Te dejé ir con el único gesto que no
derrochaba egoísmo, sino un amor puro.
Sin embargo, tal y como
prometí fui tuyo para siempre. Me convertí en un ser atormentado
por un amor que lo derrotaba, unos fantasmas que lo perseguían y un
mundo que aún intentaba comprender. Taltos, brujas, maldiciones,
fantasmas y monstruos que aún llamaban a mi puerta para burlarse de
mi dolor. ¡Qué intenso era todo! Y que estúpido fui...
Cometí grandes errores
en mi vida, pero ninguno tan grande como el haber permitido que te
fueras. Ahora lo sé. ¿Cómo lo sé? ¿Cómo he llegado a esa
conclusión? Fueron diez años apartado de tu camino, hundido en
preguntas y evitando acercarme demasiado a First Street. Sin embargo,
sabía de ti y anhelaba que tú aún me recordaras. Cuando regresaste
a mí, entre mis brazos, supe que era el lugar al cual pertenecías
igual que yo pertenecía al hueco de los tuyos.
¡Y aquí estoy otra vez!
¡Estoy frente a ti! Mírame, estoy llorando por la emoción de ésta
noche. Estamos a punto de cumplir un año de nuestra reconciliación.
Esas sonrisas amargas se han borrado de tus labios y hay una
esperanza especial en tu mirada. ¡Y yo! ¡Mírame! Tan irresponsable
como siempre, pero totalmente entregado a que seas la única mujer de
mis sueños y la única que pueda tildar de reina en mi vida.
Deseo besar tus labios hasta quedarme
sin fuerzas. Quiero bañarme en tus ojos y contemplar sus grises
mareas. Eres la mujer más hermosa que he visto. Sin duda te has
vuelto mi musa en cada una de las largas noches donde nos hemos
comido a besos.
Tú me seduces con tu sonrisa tímida,
tus caricias suaves que calientan mi corazón y me hace caer rendido.
Quiero bailar contigo ésta noche hasta caer rendidos en nuestro
revuelto colchón con ropas de seda. No hay límites en el amor
porque la eternidad se alza más allá del cielo nocturno, las
estrellas iluminan nuestro rostro. No temas, no te dejaré caer de
mis brazos. Bésame una vez más, tócame como sabes hacerlo, provoca
una reacción en cadena y deja que el placer nos invada.
Ésta noche se ha convertido en la
revolución. El frío se ha alejado al fin y empezamos una eterna
primavera en una tierra cálida. El mapa de tu piel susurra que viaje
precipitadamente hacia el sur mientras, en él note, tus ojos vigilan
la travesía. La constelación de las escasas pecas de tu vientre me
ha conquistado en medio de la batalla. Mis dedos se hunden en los
bosques de trigo de tu cabello, el cual cae en ondas hechas por un
antiguo mar de rayos de sol.
Tan hermosa, seductora y lasciva como
fría, consecuente e intuitiva. Quiero besar tu rostro hasta
desgastarlo. Has venido de otro mundo pues me has atrapado sin que me
percatara. Dicen que eres veneno para cualquier mortal e inmortal,
pero para mí no eres más que el antídoto a mi locura. Mírame
postrado a tus pies, besándolos con ternura y acariciando tus
delicados tobillos.
Eres mi esposa, mi compañera eterna y
mi ángel guía para la salvación de mi alma.
La sinfonía ejercía su poderoso
magnetismo y se alzaba rozando el encantador papel pintado. El
vitrola tocaba el vals de Violeta y el fantasma de Julien Mayfair
bailaba en aquella habitación. Ya no existía la pequeña
biblioteca, la hermosa mesa de caoba de Michael ni ninguno de los
muebles modernos. La cama de hierro volvía a estar próxima a la
ventana y ésta estaba abierta dejando que la brisa nocturna
penetrara en su interior. Las cortinas se movían de forma espectral
como si el fantasma jugara con ellas.
Lestat subió precipitadamente los
escalones de la vivienda Mayfair. La barandilla temblaba como si
cientos de personas se encontraran en la sala divirtiéndose como en
la época de Stella. Al borde de ésta se hallaba la figura menuda de
cabellos negros y ojos firmes. Era la nieta e hija de Julien Mayfair.
Junto a ella se hallaba Julien tomándola por los hombros con una
sonrisa desafiante.
-Bonsoir mon fils- no había visto que
moviera sus labios.
Sin embargo, el sonido de la puerta
principal al cerrarse provocó que la casa volviera a su estado
habitual. Los espíritus que estuvieron atormentándolo se esfumaron
como el humo de un cigarrillo. Él tenía el rostro congestionado.
Sus ojos violetas se clavaron en el pequeño pasillo hacia la
entrada. Su figura atlética parecía menuda porque se hallaba algo
encogido. Aquellas presencias siempre le perturbaban.
-Lestat
La voz de su esposa, la doctora Rowan
Mayfair, le arrancó cualquier atisbo de miedo. Pues, más que miedo
era inquietud y sobrecogimiento. Aquellas almas sin cuerpo por
siempre atrapadas en New Orleans viviendo a ratos cerca de la luz y
en otros momentos en medio de la pétrea oscuridad.
Llevaba un traje blanco impecable, pese
a las gotitas de sudor que habían resbalado por su cutis de mármol,
y lo lucía con sencilla elegancia. Sus pasos bajando los primeros
peldaños fueron calmados mientras meditaba si confesar su visión.
Rowan le miraba con sus ojos grises centelleantes desde el inicio de
la escalera.
-Rowan- murmuró abriendo sus brazos
para recogerla entre estos y cerrar los ojos aspirando su aroma- Je
t'aime ma cherie. Je t'aime a mourir.
Ella sonrió acariciando sus cabellos
dorados enredando sus largos y finos dedos en los mechones de su
amado. Ambos sabían que su amor se había convertido en un revuelo
en la familia, ya fueran los vivos o los muertos. Había dejado a
Michael aunque seguía manteniendo una relación cordial y formal,
sin embargo él sí era un Mayfair y Lestat no. Él era un intruso en
los planes de la familia. Sin embargo, se amaban y no importaba las
trabas.
Sus dedos pulsaban con gracia y pasión
cada tecla del piano hundiéndose en sus pensamientos. Llevaba puesta
una camisa con el viejo corte que una vez tanto apreció. Era de
chorreras, con el torso descubierto al no tenerla abrochada, sus
elegantes mangas terminaban con un encaje similar al que solían
tener aquellas que con gusto mandaba confeccionar. La ropa y su
estilo siempre fue una de sus preocupaciones pues deseaba lucir con
cierto encanto y cadencia que le recordara tiempos en los cuales era
más estúpido pero no más alocado. Sus pantalones también poseían
el corte de otra época y sus medias blancas cubrían sus piernas
torneándolas y resaltando cada músculo de éstas. Los zapatos que
tenía podía haberlos lucido Louis XVI antes de su decapitación.
Tenía los cabellos sueltos y caían en cascada de rizos dorados, tan
dorados como el oro, sobre sus hombros rozando su cuello y pómulos
así como de forma graciosa, y desordenada, se precipitaban algunos
mechones sobre su frente.
La melodía que sonaba era una obra de
Haydn. Apreciaba a ese autor tanto como otros genios destacables y
pequeños músicos que casi han sido desterrados de la memoria
colectiva. Sus labios tenían una dulce mueca de felicidad y su
mirada parecía sobrecogida por la fascinación. Era increíblemente
hermoso verlo tocar, pero a la vez sabías que no era humano y
tampoco un disfraz aquellas ropas que cubrían su piel de mármol.
Era el monstruo, el héroe, el seductor, el elegante, alocado y
estúpido ocasional de Lestat de Lioncourt.
Junto a él había un cesto donde yacía
cómodamente adormilada una pequeña de rizos dorados, sonrojadas
mejillas y labios diminutos pero carnosos. Sus pequeñas manos
estaban cerradas en diminutos puños que parecían proclamar mayor
ritmo y entrega. Era un cómodo y cálido lugar para estar, donde
nada ni nadie la haría daño. La chimenea estaba encendida desde
hacía horas, la habitación era cálida y la pequeña se había
adormecido nada más entrar cargada por el vampiro.
Ella se llamaba Hazel y poseía una
historia peculiar. Los genes de Lestat habían sido extraído de su
piel, la cual tenía una composición tan asombrosa como la de un
Taltos. Él, un vampiro, que había moldeado gracias a los siglos de
cacería, sus peripecias y tomar sangre de los antiguos su cuerpo,
sus poderes y por supuesto sus genes habían cambiado. Sin embargo,
esos genes pudieron aislarse y tomarse en cuenta para modificar
genéticamente el esperma de un donante. De ese modo, y con óvulos
congelados de la doctora Rowan Mayfair, lograron el milagro. Al
menos, esa era la historia que Lestat conocía casi con precisión
matemática. Los ojos de Hazel eran violetas, de un violeta intenso,
pero estaban resguardados por sus párpados que terminaban en
hermosas pestañas doradas. La niña era casi una replica de Rowan y
de él mismo.
La puerta se abrió aunque él estaba
tan involucrado en la pieza que tocaba para la pequeña que no cesó.
Los brazos algo fríos, delicados y a la vez firmes, de Rowan lo
rodearon. Pronto sintió sus pechos rozar sus hombros y como ésta se
inclinaba para besar su mejilla. El aroma de Rowan siempre le
despertaba el amor que germinaba como enredadera en su corazón.
Estaba atrapado y sin embargo le restaba importancia.
-Os estaba buscando-dijo con su
aterciopelada voz dejando que le hiciera estremecerse- Pronto será
hora que pida alimento y tú la has secuestrado para ofrecerle un
concierto- era un regaño hacia él, pues solía llevarse a la niña
sin decir nada. Le fascinaba como aquella pequeña criatura se
parecía tanto a él y ofrecía un aspecto saludable. Su pequeña
mente infantil parecía desear tan sólo leche, cuidados y colores
que llamaran su atención de forma inconfundible- Lestat... -colocó
su mano derecha sobre la derecha de su esposo y la acaició
provocando que parara.
Ella no era ya de aquel hombre noble de
aspecto grecoromano, ese que tenía el cabello negro y rizado con
algunas betas de canas que le daban cierto encanto, sino de aquel
vampiro con aspecto de muchacho terrible y sonrisa encantadora que
deslumbraba a todos como a ella lo había deslumbrado. Tampoco era
humana, aunque siendo Mayfair el título de humana era tan sólo una
metáfora para entender que podía morir de igual modo que estuvo a
punto de hacerlo cuando Lasher la retuvo. Pensar en aquellos días la
estremecía y la hundía en la locura, pero Lestat estaba ahí
tocando con pasión el piano para ella y su hija. Una hija que no
había nacido Taltos pero sí con poderes de bruja, como ella.
-Sonarán las campanas en la torre del
edén, verá Babilonia un nuevo amanecer, y los ángeles cantarán
sin decoro canciones de amor. Tú y yo sumidos en el deseo y la
locura caminaremos por los prados, seremos las sombras más
brillantes y las más oscuras, convirtiéndonos en almas con vuelo de
paloma mensajera. Nuestro mensaje será de pasión desmedida y sueños
conseguidos en medio de la oscuridad de ésta ciudad inmortal y
humana que es New Orleans- recitó un poema que había hecho para
ella noches atrás y que aún no le había ofrecido- Rowan- ella se
estremeció apartándose mientras él se erguía para caminar hacia
ella, rodearla por la cintura y besar sus mejillas mientras ella se
aferraba a él comprendiendo que la noche tan sólo había empezado.