Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 12 de marzo de 2015

Tú y yo

Octubre del 2013

Permanecía inmóvil, con sus enormes ojos tristes clavados en aquella desafiante mirada. Parecía aturdida, como si estuviese despertando de un terrible sueño. Sus manos fueron directamente a su vientre, las cuales temblaban visiblemente. Sus cabellos estaban sueltos, algo más largo que la última vez en la cual se vieron frente a frente, y algunos mechones rozaban sus perfectas cejas rubias, algo más oscuras que su pelo. Tenía los pómulos marcados, los labios carnosos y escasas arrugas. Parecía mucho más joven que la edad real que poseía, como si los genes de los brujos Mayfair hiciesen un remedio natural ante el envejecimiento, y los años le habían dado un semblante menos frágil. Tenía los rasgos más endurecidos, pero frente a él parecía una hoja vibrando en una rama a punto de ser arrancada por el viento. Su bata cubría su ropa, la cual se limitaba a unos jeans oscuros y una blusa malva.

Él estaba allí, frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus impecables pantalones de vestir. No parecía un muchacho rebelde y extraño, pero tenía la misma estúpida sonrisa que hacía más de una década. Sus colmillos se veían a través de sus carnosos labios, muy rosados, de una boca grande pero perfecta para su rostro. El cabello lo tenía alborotado. Sobre su cabeza, como si fuera una corona, estaban sus gafas de cristales violáceos. Sus ojos, salvajes y fieros, parecían brillar con una luz imposible, como si procediera de una divinidad, y las tonalidades azules y violetas restaban belleza a su color natural, el gris. La cabeza de lino blanco estaba algo arrugada, pero bien colocada y destacaba en su americana oscura. Tenía unos mocasines perfectos.

—Te preguntarás cual es el motivo de mi visita—dijo—. Dentro de poco sabrás porqué te abandoné a tu suerte, alejándote de mí y de todo lo que me rodeaba en esos momentos—susurró, intentando acercarse a ella, pero no lo consiguió.

Rowan se alejó pegándose a los archivadores metálicos que tenía tras ella, casi arrinconándose como un gato herido, y cambió la mirada. Una ira súbita recorrió todo su cuerpo y la electrocutó con un poder salvaje. Al fin tuvo agallas de aceptar la realidad.

—¿Y qué cuento me contarás? Dime—su voz sonó ronca, pero sensual. Era la voz de una mujer con experiencia y dolor en las venas. Alguien que había visto tanto como sentido demasiado. No era una chiquilla estúpida que se conformaría con cualquier triquiñuela. Él lo sabía—. ¡Dime!

—En unos meses saldrá a la luz un libro... en aproximadamente un año. Pues aún no puedo asegurar la seguridad de su publicación—se llevó la mano derecha a la cabeza, echando hacia atrás algunos mechones y mirando de arriba hacia abajo a la bruja, la doctora, su amante... Rowan.

—Un libro...—sonrió amargamente y con tiento agarró un jarrón cercano, el cual envió en dirección a su cabeza. Él no dudó en apartarse a tiempo, provocando que estallara contra la pared tras sus espaldas.

—Rowan...

En sus sueños ella había corrido a sus brazos, besado sus labios y permitido que le abriese la blusa. Sus pechos, llenos y cálidos, se verían envueltos en un sutil sujetador de algodón blanco, o quizás negro, llenándolo a la perfección. Su aroma de mujer lo enloquecería, igual que la sangre pulsando en las venas de su cuello. Sus manos, suaves y calientes, se moverían por su chaqueta, acariciando las solapas de ésta, para luego meterlas bajo la prenda y ayudarle a quitársela. Había imaginado sus besos salvajes, su lengua hundiéndose en sus apetecibles labios y los ligeros suspiros de boca en boca. En sus fábulas se veía desnudándola lentamente, como si fuese un maravilloso regalo, mientras ella parecía impaciente, fuerte y femenina. Él la tiraría sobre su mesa, arrojando parte de los papeles al suelo, mientras quitaba sus pantalones y acariciaba ligeramente sus bragas de algodón.

Sí, la deseaba. Había imaginado como era besar sus ingles y muslos, también su vientre y el estrecho canal entre sus senos. Podía incluso sentir entre sus dientes sus pezones, pues los mordisquearía después de arrancarle el sujetador; y, por supuesto, había fantaseado con el sabor de su sexo húmedo, su lengua jugando con su clítoris y sus largos dedos, tan impacientes y marmóreos, jugando a provocar largos lamentos de placer.

No podía imaginar que no yacería entre sus piernas, no sentiría las suyas cansadas, ni sus brazos la rodearían o sus caderas se moverían con desesperación. Ni siquiera había permitido que se acercara. Sin embargo, en sus pensamientos estaban tenerla entre sus brazos, besarla apasionadamente y reconciliarse con su piel cálida. Quería clavar sus colmillos en su cuerpo, perforar su piel y beber de su sangre.

—Vete—dijo seria, aunque por dentro se quebraba.

—Volveré cuando te encuentres más tranquila—susurró, se encogió de hombros y se marchó.


Meses más tarde logró hablar con ella, tenerla cerca... el resto es historia.  

domingo, 8 de febrero de 2015

Mi corazón es tuyo

Desconozco realmente cuantas veces he intentado pasar página. Olvidar por completo sus caricias, aislar de mi corazón el sentimiento que se propaga por mi alma y enterrar el cadáver de las palabras que no dije. Aún mantengo la promesa, pese a ser un recuerdo insensato. La mantengo porque sigo amándola. Pese a todo, ante todo, la mantengo. Sé que ella sigue viva, con su corazón intacto y la mente llena de recuerdos que comienzan a desvanecerse.

No puedo regresar con las manos vacías, agachar la cabeza y negar mi amor. No puedo, pues no quiero. No quiero porque no deseo decir la verdad. Y esa verdad, tan dolorosa como una herida que no cicatriza, es que tras “La voz” el mundo es inseguro. No puedo exponerla. Deseo verla viva, con esos labios suculentos con una sonrisa fría, y sus ojos, tan grises como las tormentas más virulentas, posándose lentamente en los archivos de sus pacientes. Necesito saber que está a salvo de todos, incluso de mí. Soy un monstruo y temo romperla.

Negar mis brazos, a esa mujer tan fuerte e intensa, provoca en mí una insatisfacción inmensa. Quiero correr hacia ella, abrazarla y rogar que me ame una vez más. Ansío recitarle los versos más prohibidos, intensos y cálidos que jamás ha escuchado. Mis falsas promesas se quiebran, convirtiéndose en cristales frágiles y diseminados bajo mis pies, pero no el amor que tengo. Quiero cumplir lo que prometí, por una vez; sin embargo, el miedo me aleja.

Pedir que me esperara fue cruel. Fue terrible para mí y para ella. Sigue siendo horrible. Tengo la esperanza de cumplir cada una de mis palabras, rozar sus labios y arrodillarme ante ella declarando una vez más mi amor. Porque ella es como un ángel. Es un verso suelto que me ha conmovido. Se ha convertido en la brisa fresca en mitad del desierto.

“No te marchites, amor mío, porque tú siempre tendrás el corazón de este monstruo. Poseerás por siempre, entre tus hermosas manos de bruja, el hechizo que me ata a ti. He caído seducido y mi condena será amarte durante toda la eternidad. Volveré a por ti, sin saber bien cómo o cuándo, pero lo haré.”

Amar no es pecado, pero a veces es un reto. Y, la verdad, me encantan los retos. Deseo tenerla porque me fascina, agita y envuelve en miles de caricias. Soy el superviviente del dolor, la rabia y la guerra abierta entre los míos. Me llaman príncipe y a ella la llaman bruja.


Rowan, seré por siempre tuyo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 25 de enero de 2015

El ser que conocí

Por eso la amo, pues se da cuenta que pese a la distancia la sigo buscando y sigo pensando en ella. 

Lestat de Lioncourt


Muchos se preguntan cómo es posible que una mujer seria, casada y distinta a las habituales conquistas de Lestat, osease yo, cayera en sus brazos. A decir verdad ni siquiera yo lo comprendo todavía. Intento matizar mis errores, pero este no lo fue. Creo que él despertó en mí a la mujer que creía dormida, o quizás muerta y enterrada en el jardín junto a mis hijos, y que ahora intenta seguir despierta pese a todo. Él juró venir a por mí, pero no lo ha hecho. No le guardo rencor, pues sé que ha sucedido.

En su última crónica veo a un guerrero, un hombre hecho así mismo, y no sólo al muchacho de ojos enormes que me susurraba que todo iría bien, aún cuando ni él podía asegurar que a la noche siguiente todo marcharía como él esperaba. Tengo el libro entre mis manos, lo acaricio como si fuera su propio rostro e imagino su furia al teclear cada palabra. Unas memorias fascinantes, pero prefiero revivir las nuestras. Esas memorias que aún me duelen y me hacen suspirar.

El humo del cigarrillo se acentúa, difuminándose en la habitación, mientras miro el vaso de agua que me he servido como si fuese whisky barato. No muy lejos de la barra de la cocina está el lugar donde nos vimos una vez, aquella entrada, donde tuvimos esas conversaciones mientras íbamos hacia el jardín. Allí, entre los árboles y la hierva crecida, todavía puedo descubrir su figura esbelta y perfecta invitándome a su lado.

Tengo un esposo, una vida pulcra y digna, un trabajo duro y unos poderes de incalculable valor... pero... también tengo unos recuerdos que no puedo cavilar si son aceptables o no. Debería dejar de esperarlo, anhelarlo y quererlo. Sin embargo, yo sé que él no me ha dejado de amar. A veces encuentro flores en honor a mi nombre, pequeños ramilletes, en lugares insospechados. Sé que es él. No hay otro que pueda tener esos detalles tan extraños.

Arriba, en una pequeña cama, hay un ángel de cabellos dorados. Soy experta en genética, he aprendido de los mejores y más eficientes doctores, tengo a varios Taltos que obran milagros para mí y el equipo adecuado para tener lo que tanto soñé. He sido madre. Él es el padre. Michael lo sabe pero no dice nada. He usado sus genes, así como el amor que le profesaba, para tener a esa niña gracias al vientre de otra mujer. No es lo que yo esperaba de él, pero es más que suficiente. Siempre estará conmigo, como prometió, y no hace falta que me haga inmortal. Si muero de vieja que así sea, pero que algo de nosotros viva.


No estoy de acuerdo con todo lo que se ha publicado sobre nosotros. Ni siquiera puedo afirmar que todo sea correcto. Hay cosas que no se han contado y otras que se han quedado a medias. Me guardo muchas cosas en el tintero, o más bien en mi corazón, porque necesito que sean únicamente mías. Deseo que sean especiales para siempre. Llevarme pequeños secretos a mi tumba puede que sea la única forma de morir tranquila. Aún así, todavía espero el milagro de volverlo a ver cerca de los dondiegos esperando que vaya hacia él.  

miércoles, 11 de junio de 2014

We were made for loving you



Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos. 

WE WERE MADE FOR LOVING YOU


Habíamos discutido los tres, o más bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.

—Basta...—dijo rompiendo en lágrimas y eso nos hizo parar.

Los ojos azules de Michael se posaron en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí, matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.

—Cariño, ¿qué puedo hacer para que no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar que eso no era precisamente lo que él deseaba.

—Cherie, deberías decirnos cómo podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él quería.

—Dejad de discutir—murmuró—, pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se pelean.

Ambos nos miramos perdiéndonos uno en el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael. Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar, abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.

—No estamos discutiendo ya—respondió Michael.

Los ojos de Rowan se fijaron en él, perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía acorralada, dolida y posiblemente aturdida.

—Cuéntanos que sucede—dije tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.

Quedó allí, sentada, mirándonos a ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano. Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.

—No comprendéis nada—dijo al fin—. Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—. Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me falta él.

—Ménage à trois—respondí cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—. Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.

—No lo sé...—murmuró atormentado.

—Michael, está llorando y detesto que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—. Comprende.

—Ven cariño—dijo aproximándose a ella para tomarla en brazos—. Sígueme.

Aquella ancha espalda, con músculos marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros de Julien.

Cuando entramos en el dormitorio principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco. Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.

—Cherie—susurré acercándome a la cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.

Él se aproximó a nosotros sentándose junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos. Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y ásperos de su esposo.

Los senos de Rowan quedaron liberados, con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros, excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.

Sus dedos temblaban contra nuestro glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa, oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle, pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo, aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.

Nuestras manos se habían quedado en la ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella estimulándola.

En algún momento hicimos un pacto secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella. Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y arrodillé frente a ambos.

—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré hundiéndome en ella.

Michael se aproximó quedando a sus espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.

—No, no puedo ser egoísta—murmuré tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.

Hacíamos un buen equipo cargados de perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas. Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón, ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico, que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación increíble.

Ambos hacíamos aquello por amor a una misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de sujeción para aquel desenfreno.

—Rowan, Rowan...—le escuché decir casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó, girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un poco hacia mí, viendo su rostro.

Ella se sentó sobre mis caderas gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos mientras su boca emitía un largo gemido.

Rowan había llegado a un orgasmo tan fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña, mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.

—Hazlo tú primero—me dijo Michael apartándose.

Tomé a Rowan entonces entre mis brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final, eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino pude ver como Rowan volvía a hacerlo.

Al separarse, como yo mismo había hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.

—Lo he hecho por amor—dijo al fin Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.

—Yo también, Michael, yo también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio, placer y deseo.


Minutos más tarde los tres compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres completamente entregados a ella.  

Lestat de Lioncourt 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Recuerdos imposibles de olvidar

Aquellos días ¿qué quedan de aquellos días querida mía? Mi amada ¿queda algo que pueda rescatar de las llamas que incendian los troncos de mi chimenea? ¿Hay algo positivo en esa experiencia además del recuerdo? ¡Oh! ¡Y qué recuerdo!

Recuerdo que quería ser santo y que todos me contemplaran en los altares, sin embargo soy un condenado y siempre termino arrastrando conmigo otra alma mortal. Siempre fui un egoísta, insensato, patán, estúpido y sobre todo un derrochador de sonrisas que jamás había tenido demasiado firmes los pies en el suelo. Y sin embargo cometí una estupidez mayor siendo bondadoso, noble y piadoso. Te dejé ir con el único gesto que no derrochaba egoísmo, sino un amor puro.

Sin embargo, tal y como prometí fui tuyo para siempre. Me convertí en un ser atormentado por un amor que lo derrotaba, unos fantasmas que lo perseguían y un mundo que aún intentaba comprender. Taltos, brujas, maldiciones, fantasmas y monstruos que aún llamaban a mi puerta para burlarse de mi dolor. ¡Qué intenso era todo! Y que estúpido fui...

Cometí grandes errores en mi vida, pero ninguno tan grande como el haber permitido que te fueras. Ahora lo sé. ¿Cómo lo sé? ¿Cómo he llegado a esa conclusión? Fueron diez años apartado de tu camino, hundido en preguntas y evitando acercarme demasiado a First Street. Sin embargo, sabía de ti y anhelaba que tú aún me recordaras. Cuando regresaste a mí, entre mis brazos, supe que era el lugar al cual pertenecías igual que yo pertenecía al hueco de los tuyos.


¡Y aquí estoy otra vez! ¡Estoy frente a ti! Mírame, estoy llorando por la emoción de ésta noche. Estamos a punto de cumplir un año de nuestra reconciliación. Esas sonrisas amargas se han borrado de tus labios y hay una esperanza especial en tu mirada. ¡Y yo! ¡Mírame! Tan irresponsable como siempre, pero totalmente entregado a que seas la única mujer de mis sueños y la única que pueda tildar de reina en mi vida.  

viernes, 11 de octubre de 2013

El amor, nuestra locura

Deseo besar tus labios hasta quedarme sin fuerzas. Quiero bañarme en tus ojos y contemplar sus grises mareas. Eres la mujer más hermosa que he visto. Sin duda te has vuelto mi musa en cada una de las largas noches donde nos hemos comido a besos.

Tú me seduces con tu sonrisa tímida, tus caricias suaves que calientan mi corazón y me hace caer rendido. Quiero bailar contigo ésta noche hasta caer rendidos en nuestro revuelto colchón con ropas de seda. No hay límites en el amor porque la eternidad se alza más allá del cielo nocturno, las estrellas iluminan nuestro rostro. No temas, no te dejaré caer de mis brazos. Bésame una vez más, tócame como sabes hacerlo, provoca una reacción en cadena y deja que el placer nos invada.

Ésta noche se ha convertido en la revolución. El frío se ha alejado al fin y empezamos una eterna primavera en una tierra cálida. El mapa de tu piel susurra que viaje precipitadamente hacia el sur mientras, en él note, tus ojos vigilan la travesía. La constelación de las escasas pecas de tu vientre me ha conquistado en medio de la batalla. Mis dedos se hunden en los bosques de trigo de tu cabello, el cual cae en ondas hechas por un antiguo mar de rayos de sol.

Tan hermosa, seductora y lasciva como fría, consecuente e intuitiva. Quiero besar tu rostro hasta desgastarlo. Has venido de otro mundo pues me has atrapado sin que me percatara. Dicen que eres veneno para cualquier mortal e inmortal, pero para mí no eres más que el antídoto a mi locura. Mírame postrado a tus pies, besándolos con ternura y acariciando tus delicados tobillos.


Eres mi esposa, mi compañera eterna y mi ángel guía para la salvación de mi alma.  

jueves, 10 de octubre de 2013

La belleza de tu mirada

Jardín salvaje de plata fría y dorado trigo,
nieves cálidas, suaves, hermosas y perpetuas
corazón palpitante de mujer con destino
de pasión firme, silenciosa y seductora.

¿Por qué, mi amor, aún estás tan callada?
Tus carnosos labios apenas se mueven
y tu rostro de porcelana acaricia la almohada.
¿Por qué no quieres despertar aún?

Mírate, escucha el enorme estruendo
está tronando con fuerza allá fuera.
Las palmeras se agitan con un viento tremendo
y los dondiegos desperdician su aroma.

Me ves tras el cristal de tu balcón
como si fuera un vulgar ratero
que te alienta, te desea con desesperación
porque Cupido al fin ha sido certero.

Sé que cuando me mires al fin
tú y yo seremos un alma libre entre flores,
pero también entre enormes árboles frutales
donde nos embriagaremos en sus olores.


miércoles, 2 de octubre de 2013

Dulces labios los tuyos
tan dulces como las caricias de una madre
y tan cálidos como el fuego.

Tú hembra desenfrenada que me besa,
me acaricia y me destroza con sus ruegos
haces que te ame con desconsuelo.

Firmes tus ojos grises
que asechan como lobo
el atacarme provocando que caiga.

Tú, mujer que viniste al mundo
como bruja y no como humana
te has convertido en mi compañera eterna.

Tersa la piel de que te envuelve
tan blanca como las últimas nieves en primavera
y tan perfecta como tus palabras más honestas.

Tú eres la libertad y el hogar en la noche
que para siempre será eterna como nosotros

y viviremos el uno para el otro.  

lunes, 30 de septiembre de 2013

Je t'aime a mourir

La sinfonía ejercía su poderoso magnetismo y se alzaba rozando el encantador papel pintado. El vitrola tocaba el vals de Violeta y el fantasma de Julien Mayfair bailaba en aquella habitación. Ya no existía la pequeña biblioteca, la hermosa mesa de caoba de Michael ni ninguno de los muebles modernos. La cama de hierro volvía a estar próxima a la ventana y ésta estaba abierta dejando que la brisa nocturna penetrara en su interior. Las cortinas se movían de forma espectral como si el fantasma jugara con ellas.

Lestat subió precipitadamente los escalones de la vivienda Mayfair. La barandilla temblaba como si cientos de personas se encontraran en la sala divirtiéndose como en la época de Stella. Al borde de ésta se hallaba la figura menuda de cabellos negros y ojos firmes. Era la nieta e hija de Julien Mayfair. Junto a ella se hallaba Julien tomándola por los hombros con una sonrisa desafiante.

-Bonsoir mon fils- no había visto que moviera sus labios.

Sin embargo, el sonido de la puerta principal al cerrarse provocó que la casa volviera a su estado habitual. Los espíritus que estuvieron atormentándolo se esfumaron como el humo de un cigarrillo. Él tenía el rostro congestionado. Sus ojos violetas se clavaron en el pequeño pasillo hacia la entrada. Su figura atlética parecía menuda porque se hallaba algo encogido. Aquellas presencias siempre le perturbaban.

-Lestat

La voz de su esposa, la doctora Rowan Mayfair, le arrancó cualquier atisbo de miedo. Pues, más que miedo era inquietud y sobrecogimiento. Aquellas almas sin cuerpo por siempre atrapadas en New Orleans viviendo a ratos cerca de la luz y en otros momentos en medio de la pétrea oscuridad.

Llevaba un traje blanco impecable, pese a las gotitas de sudor que habían resbalado por su cutis de mármol, y lo lucía con sencilla elegancia. Sus pasos bajando los primeros peldaños fueron calmados mientras meditaba si confesar su visión. Rowan le miraba con sus ojos grises centelleantes desde el inicio de la escalera.

-Rowan- murmuró abriendo sus brazos para recogerla entre estos y cerrar los ojos aspirando su aroma- Je t'aime ma cherie. Je t'aime a mourir.


Ella sonrió acariciando sus cabellos dorados enredando sus largos y finos dedos en los mechones de su amado. Ambos sabían que su amor se había convertido en un revuelo en la familia, ya fueran los vivos o los muertos. Había dejado a Michael aunque seguía manteniendo una relación cordial y formal, sin embargo él sí era un Mayfair y Lestat no. Él era un intruso en los planes de la familia. Sin embargo, se amaban y no importaba las trabas.  

domingo, 29 de septiembre de 2013

Notas de piano y versos sueltos

Sus dedos pulsaban con gracia y pasión cada tecla del piano hundiéndose en sus pensamientos. Llevaba puesta una camisa con el viejo corte que una vez tanto apreció. Era de chorreras, con el torso descubierto al no tenerla abrochada, sus elegantes mangas terminaban con un encaje similar al que solían tener aquellas que con gusto mandaba confeccionar. La ropa y su estilo siempre fue una de sus preocupaciones pues deseaba lucir con cierto encanto y cadencia que le recordara tiempos en los cuales era más estúpido pero no más alocado. Sus pantalones también poseían el corte de otra época y sus medias blancas cubrían sus piernas torneándolas y resaltando cada músculo de éstas. Los zapatos que tenía podía haberlos lucido Louis XVI antes de su decapitación. Tenía los cabellos sueltos y caían en cascada de rizos dorados, tan dorados como el oro, sobre sus hombros rozando su cuello y pómulos así como de forma graciosa, y desordenada, se precipitaban algunos mechones sobre su frente.

La melodía que sonaba era una obra de Haydn. Apreciaba a ese autor tanto como otros genios destacables y pequeños músicos que casi han sido desterrados de la memoria colectiva. Sus labios tenían una dulce mueca de felicidad y su mirada parecía sobrecogida por la fascinación. Era increíblemente hermoso verlo tocar, pero a la vez sabías que no era humano y tampoco un disfraz aquellas ropas que cubrían su piel de mármol. Era el monstruo, el héroe, el seductor, el elegante, alocado y estúpido ocasional de Lestat de Lioncourt.

Junto a él había un cesto donde yacía cómodamente adormilada una pequeña de rizos dorados, sonrojadas mejillas y labios diminutos pero carnosos. Sus pequeñas manos estaban cerradas en diminutos puños que parecían proclamar mayor ritmo y entrega. Era un cómodo y cálido lugar para estar, donde nada ni nadie la haría daño. La chimenea estaba encendida desde hacía horas, la habitación era cálida y la pequeña se había adormecido nada más entrar cargada por el vampiro.

Ella se llamaba Hazel y poseía una historia peculiar. Los genes de Lestat habían sido extraído de su piel, la cual tenía una composición tan asombrosa como la de un Taltos. Él, un vampiro, que había moldeado gracias a los siglos de cacería, sus peripecias y tomar sangre de los antiguos su cuerpo, sus poderes y por supuesto sus genes habían cambiado. Sin embargo, esos genes pudieron aislarse y tomarse en cuenta para modificar genéticamente el esperma de un donante. De ese modo, y con óvulos congelados de la doctora Rowan Mayfair, lograron el milagro. Al menos, esa era la historia que Lestat conocía casi con precisión matemática. Los ojos de Hazel eran violetas, de un violeta intenso, pero estaban resguardados por sus párpados que terminaban en hermosas pestañas doradas. La niña era casi una replica de Rowan y de él mismo.

La puerta se abrió aunque él estaba tan involucrado en la pieza que tocaba para la pequeña que no cesó. Los brazos algo fríos, delicados y a la vez firmes, de Rowan lo rodearon. Pronto sintió sus pechos rozar sus hombros y como ésta se inclinaba para besar su mejilla. El aroma de Rowan siempre le despertaba el amor que germinaba como enredadera en su corazón. Estaba atrapado y sin embargo le restaba importancia.

-Os estaba buscando-dijo con su aterciopelada voz dejando que le hiciera estremecerse- Pronto será hora que pida alimento y tú la has secuestrado para ofrecerle un concierto- era un regaño hacia él, pues solía llevarse a la niña sin decir nada. Le fascinaba como aquella pequeña criatura se parecía tanto a él y ofrecía un aspecto saludable. Su pequeña mente infantil parecía desear tan sólo leche, cuidados y colores que llamaran su atención de forma inconfundible- Lestat... -colocó su mano derecha sobre la derecha de su esposo y la acaició provocando que parara.

Ella no era ya de aquel hombre noble de aspecto grecoromano, ese que tenía el cabello negro y rizado con algunas betas de canas que le daban cierto encanto, sino de aquel vampiro con aspecto de muchacho terrible y sonrisa encantadora que deslumbraba a todos como a ella lo había deslumbrado. Tampoco era humana, aunque siendo Mayfair el título de humana era tan sólo una metáfora para entender que podía morir de igual modo que estuvo a punto de hacerlo cuando Lasher la retuvo. Pensar en aquellos días la estremecía y la hundía en la locura, pero Lestat estaba ahí tocando con pasión el piano para ella y su hija. Una hija que no había nacido Taltos pero sí con poderes de bruja, como ella.


-Sonarán las campanas en la torre del edén, verá Babilonia un nuevo amanecer, y los ángeles cantarán sin decoro canciones de amor. Tú y yo sumidos en el deseo y la locura caminaremos por los prados, seremos las sombras más brillantes y las más oscuras, convirtiéndonos en almas con vuelo de paloma mensajera. Nuestro mensaje será de pasión desmedida y sueños conseguidos en medio de la oscuridad de ésta ciudad inmortal y humana que es New Orleans- recitó un poema que había hecho para ella noches atrás y que aún no le había ofrecido- Rowan- ella se estremeció apartándose mientras él se erguía para caminar hacia ella, rodearla por la cintura y besar sus mejillas mientras ella se aferraba a él comprendiendo que la noche tan sólo había empezado.  

sábado, 14 de septiembre de 2013

Me seduces en la libertad

Me seduces sin pretenderlo desde que te conocí
dejando que cayera a plomo a tus pies
mientras rogaba que no fueras ilusión
porque realmente quedé hechizado desde que te vi.

Quiero volar por los aires junto a ti
y poder ver las estrellas bajo nosotros
convirtiéndonos en una frente a todos
por eso está noche viajaremos al fin.

Atrás quedará el dolor, las lágrimas y sufrimiento...
enterraremos la maldad de otros tiempos
y ensalzaremos la felicidad que nos da estar juntos
sin importarnos en absoluto lo que puedan decir.

Ésta estrellada noche cantaremos a la verdad
con hermosas y sinfónicas voces en coro
que serán fruto de las musas de la libertad
y que al final nos darán su bendición.

Nos olvidaremos absolutamente de todo el pasado
y viviremos en el fabuloso presente sin límites
donde podamos besarnos sin fronteras o barreras
mientras la suerte está a nuestro lado.



lunes, 2 de septiembre de 2013

Viviendo en la eternidad




Cartas amarillas y manchadas
por las lágrimas no derramadas.
Rogando al tiempo y sin aliento
buscando en la mentira lo cierto.

Buscándote en la vida nuestro camino
donde los robles no tapen la esperanza,
porque sé que está en nuestro destino
amarnos hasta perder la cabeza.

Sentimientos refugiados en ruinas
donde nadie los encuentre en esta vida.
Atesorado porque son el mapa
hacia la ciudad de nuestras almas.

Llegó el día para poderte amar
sin remedio y dejándonos caer en el deseo
donde no seremos capaces de calmar

el ardiente sabor de mi eterno beso.  






Te amo
Gracias por ser todo lo que una vez deseé tener. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt