Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta brujas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta brujas. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de noviembre de 2016

La bruja

Diremos que yo también la amé, pero la vi como una auténtica mujer y no como un animalillo herido o una poderosa bruja. 

Lestat de Lioncourt


Llevaba años con aquella idea forjándose en la cabeza, taladrando en mi cerebro, y logrando una especie de tortura que no podía abandonar. Era como si estuviera interno en un psiquiátrico y me ofrecieran descargas eléctricas para cambiar mi comportamiento. Sí, era así de doloroso. Cada vez que pensaba en ella sufría y no podía dejar de hacerlo la mayor parte del tiempo. Me culpaba de su muerte, de su sufrimiento vida y de haber conducido a Lestat hacia ella. También era culpable que ambos se odiasen.

Ella era especial. David decía que podía lograr todo lo que se propusiese. Acepté entonces que se reuniera conmigo y estableciéramos una relación de amistad. Aunque admito que la conocía. La vi en un callejón una vez. Me recordó a un gato. Era salvaje, con unos hermosos ojos verdes y una piel tostada como el caramelo. Jamás vi una mujer más hermosa que esa pequeña diosa vudú. Habían sido varias las veces que nos habíamos tropezado, pues Nueva Orleans no es tan grande como se cree. El mundo es un pequeño pañuelo y nosotros nos vamos encontrando.

Esa bruja, esa poderosa y hermosa mujer, se llamaba Merrick Mayfair. Pude vislumbrar en ella cierta emotividad y una sensibilidad única. Me arrastró hacia sus dominios y me sedujo sin prisas, pero tatuándose en mi alma para siempre. Supe algo de su historia con mi buen amigo David y, admito que me sentí frustrado y preocupado por ella. Él no se comportó como el caballero que es y ella se convirtió en un animal herido en busca de una venganza infructuosa.

Admito que puse todas mis esperanzas en no hallar una solución tan dolorosa, una verdad tan amarga, pero era algo que no pude evitar en ningún momento. Caí derrotado. Claudia apareció, tal y como ella dijo que podría hacer, pero lo hizo para hundirme en un pozo de dolor aún más profundo. Sentí como miles de litros de brea caían sobre mi cuerpo como si fuera petróleo, cubriéndome por completo y logrando que me ahogara. Decidí entonces ofrecerle la mejor recompensa a Merrick por sus esfuerzos y fue transformarla.


Después de más de un siglo di vid a otra criatura. La primera fue Madeleine, la cual murió junto a Claudia. Merrick parecía fuerte, decidida, ansiosa de poder vivir eternamente para estar en continuo vínculo ancestral con los espíritus y consigo misma. Quizá buscaba llenar el vacío que había dejado el desamor y desencanto hacia David. Por eso, una vez convertida me inmolé frente al astro rey. Decidí que debía olvidarme de este mundo. No pensé en Lestat, ni en su amor hipnótico, tampoco en mis amigos o en todo lo vivido. Sólo quería desvincularme del dolor y la terrible angustia de saber que Claudia me odiaba y jamás me perdonaría.  

domingo, 13 de noviembre de 2016

Emaleth

Aquí el motivo por el cual Lasher llamó Emaleth a su hija. 

Lestat de Lioncourt 



No recuerdo cuantos abortos tuvo, aunque creo que carece de importancia en nuestro relato. Sólo sé que ella logró sobrevivir y hacer importantes preguntas aún sin salir del confortable hueco en el vientre de Rowan. Era mi hija, pero también mi hermana. Tal vez esto escandalice a más de uno, pero los animales copulan de ese modo, engendran y nacen nuevas descendencias sin sentirse atados a una extraña moralidad. Inclusive es algo común, casi como una vulgar tradición, que ocurre en la familia.

Decidí llamarla Emaleth. Es un nombre con significado. Una vez tuve una hermana, la única que lloró mi muerte y sufrió terriblemente porque yo fuese expuesto como un monstruo. Era una bruja poderosa, pero no tenía ni voz ni voto en una familia de miserables. Me enviaron al sacrificio creyendo que me darían amor, besarían mi alma llena de heridas y me llamarían hijo, nieto, sobrino...

Nunca conocí a mi hija. Aunque soñaba con ella. Ella fue el propósito por el cual secuestré a mi propia madre, permití que hiciese algunas pruebas científicas y médicas, y me odiase para siempre. Su odio iba envuelto en dolor, miseria y asco. No obstante yo buscaba ese amor puro que una vez tuve. Quería tener una mujer de mi propia especie y marcharnos lejos. Sólo quería ser el santo que vio mi hermana, no el monstruo envuelto en llamas.

Solía cantar para ella en profundos y rápidos silbidos, los cuales parecían ser el viento moviendo las ramas. Era hermoso, glorioso, maravilloso... ¡Una sinfonía sin fin! Ambos nos uníamos, aunque ella estuviese todavía en el vientre materno, y Rowan me miraba desencajada. Mi voz era la voz del Diablo y así tituló mis memorias mi madre, mi inusual compañera y la madre de mi hija.


No soy un diablo, sólo soy un pobre niño perdido...  

sábado, 29 de octubre de 2016

Monstruo nacido de mujer

Un poema que se encontró en los papeles de Lasher, hace ya más de veinte años, ha llegado a mi poder y he decidido cederlo para que todos lo conozcan. 

Lestat de Lioncourt 




La llave encajó en la cerradura,
la puerta se abre en medio de la locura.
Las ramas del árbol se agitan
y caen poemas junto a agua bendita.

La ambición jugó su papel
y todo quedó convertido en infierno.
Ya no existe ese hermoso vergel
porque se vendió a cambio de poder.

Se escucha el llanto de un niño
que ha nacido del fruto prohibido
de dos brujos, dos almas en pena,
convirtiéndose en una amarga condena.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,
pero todos saben que es un Taltos.

Ya se sabía que él al mundo vendría
y entre brujos y brujas reinaría.
El fuego se desataría
y la felicidad se prohibiría.

El hombre de grandes sueños,
el que recorría el jardín cual dueño,
es el que ha nacido hoy entre hombres
siendo un monstruo mayor que Nerón o Herodes.

Genes de un pueblo mítico y prohibido,
de gigantes mágicos y bondadosos.
A los que les dio caza y muerte otros poderosos.
Se mataron entre sí por culpa del Dios humano.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,

pero todos saben que es un Taltos.  

martes, 25 de octubre de 2016

El daño del amor

Todos sabemos cuánto amaba Petyr a esta mujer, ¿cierto? De no ser así se va a recordar con brevedad... 

Lestat de Lioncourt



—¿Alguna vez has pensado en el daño que te estás haciendo?

Su voz sonó temblorosa, como si estuviese a punto de echarse a llorar. Ella se había percatado. Sus pupilas se dilataron, del mismo modo que apretó ligeramente el mentón. No podía decirle cuánto le quería, pues sabía que estar con él la induciría a un error. Detestaba esa orden de sabios que no lograron salvar a su madre, que la hicieron esclava de una tragedia y que no podían curar su dolor. Ni uno de ellos era lo suficientemente empático para saborear la soledad tan terrible que la cubría. No iría con él, no sería parte de Talamasca. No. Ella era una bruja y como tal se comportaría. Dominaría los espíritus y haría del Impulsor su guardián.

—¿Cuál daño?—preguntó confusa.

Él sólo había intentado ayudarla desde el mismo momento que aceptó la orden, sin siquiera conocerla. Había viajado para impedir que quemaran a su madre en la hoguera por brujería. Ella lo veía de otro modo. Pensó que él, como todos los de la orden de sabios, sólo acudían por morbo a contemplar como otros, con idénticos poderes, morían a manos del populacho y su miserable religión.

—Estás dejándote guiar por este espíritu maligno—explicó.

Quería rodear su talle, llenar sus heridas de besos y ofrecerle todo el amor que parecía faltarle. Si bien, ella no quería nada de eso.

—Soy una bruja—dijo imponiéndose alzando ligeramente el tono, expresándose con firmeza.
—No, sólo eres una mujer llena de miedos y carente de afecto—leía su alma. No hacía falta que usara sus poderes. Conocía bien esos ojos, esos labios, esas mejillas húmedas por tantas lágrimas derramadas, ese calor que yacía envolviendo sus brazos y muslos. Reconocería su aroma entre cientos de mujeres. Estaba enamorado de esa bruja. Jamás la olvidaría, y nunca dejaría de intentar salvarla— .Te has aferrado a...

—Cállate, tú en parte tienes la culpa de mi desgracia—dijo apretando los puños.

Una masa oscura vaporosa la envolvió por la espalda mientras él materializaba rápidamente sus ojos, unos hermosos ojos castaños de una fiereza indomable.
—¿Tengo la culpa?—murmuró sin aliento.

—Sí, la tienes—expresó.

—Deborah, ¿por qué me culpas de tu dolor?—preguntó con un hilo de voz. Sabía que ese ser no pararía hasta conseguir su cometido. Tenía que salvarla. Si seguía así moriría en la hoguera, al igual que su madre.

—Te culpo por haberme salvado la vida—dijo dando un paso atrás—. Debiste dejarme morir, igual que murió mi madre. Ahora no me molestes.

—Suzanne cometió muchos errores, pero tú no eres ella—formuló esas palabras temblando.

—Tienes razón, no soy ella—dijo.

—¡Deborah!—gritó intentando llamar su atención.

—Petyr, será mejor que te marches.


La nebulosa se convirtió en huracán y lo sacudió, guiándolo hasta la puerta y echándolo fuera de la propiedad. Una vez en la calle casi pudo escuchar una voz en el silbido rápido del viento.  

viernes, 21 de octubre de 2016

Introducción Mayfair

Julien quiere hacerse notar... empezamos con los Mayfair.

El Jardín Salvaje y yo mismo, Lestat de Lioncourt, le damos la bienvenida.


Bienvenidos, mon fils...

De ahora en adelante nos conoceremos mejor. Incluso podría decirse que terminaremos siendo íntimos, pues conoceréis bien nuestros demonios y todo lo que envuelve nuestra frágil historia. Estaremos aquí para vosotros, dejaremos de ser simples observadores desde los lujosos lienzos de una escalera que parece interminable, demasiado inclinada y quizá terriblemente conocida pese a todo. Olvidaremos la paz a la cual nos hemos entregado tras la gloriosa muerte, una que vino en forma de tormenta terrible, y tendremos una fiesta de lo más alegre que escandalizará a toda la ciudad si es necesario. Ahora que se acercan las sagradas fiestas por los difuntos, nosotros los fantasmas de la familia Mayfair, haremos una introducción e interrupción en vuestras vidas. Espero que os agrade, pues no tendréis escapatoria. Nuestro apellido ya no quedará en el olvido y se alzará como un alarido recorriendo cada célula de vuestro cuerpo.

Esta carta, lanzada al público, es sin duda alguna la mejor presentación que podemos tener. Muchos nos conocen, otros nos han olvidado y hay quien vive ajeno a la verdad que hay tras la alegre avenida de First Street en Nueva Orleans. Aquí, en la mansión familiar, nos arremolinamos todos en un plano diferente a la vida aguardando que ocurra una tragedia para actuar, igual que un ejército invisible.

Os invito a sentaros en las sillas alrededor de las mesas del jardín, muy próximo a un árbol que está maldito y que es un gran símbolo de victoria para todos nosotros. No tardaré en serviros chocolate y galletas de animal, en recitaros a media voz un poema y explicaros todo el misterio que nos rodea. Sólo intentad olvidar todo lo que sabéis sobre Nueva Orleans, pues esta ciudad os sorprenderá. Hay más vicios y oscuridad de la que podáis asumir de golpe. Sólo dejad que yo os acompañe.

Soy Julien Mayfair y seré quien os guíe... Seré yo quien os acompañe ante las dudas, el dolor y la miseria que podréis sentir. No os dejará indiferente nuestro relato. Ah, y olvidaos también de lo que es ser humano. Puede que existan monstruos con apariencia de hombre o mujer, pero sólo sea una fábula para atraeros hacia lo desconocido.


Nacimos Mayfair, no nacimos humanos.  

miércoles, 18 de mayo de 2016

Café para dos

Este escrito se ha encontrado en un diario de uno de los Mayfair más conocidos: Cortland Mayfair. Cortland era hijo de Julien, padre de Evelyn (Evy) Mayfair y amante ocasional de Stella Mayfair que a su vez era hermana por parte de padre. 

Hoy sale a la luz como regalo atrasado del día contra la homofobia y transfobia. Mañana habrá otro texto para conmemorar este hecho. Porque no importa como seas porque siempre encontrarás a alguien que valga la pena para compartir tu vida. 

Lestat de Lioncourt


La cafetería estaba prácticamente desierta. Era aún demasiado temprano para tomar café solo y un croissant, pero muchos proletarios ya se habían bajado de sus camas y caminado por las calles hasta las fábricas y campos cercanos. Ella estaba allí sentada con su magnífico carmín rojo embelesando a todos con una sonrisa suave e indecente. Sus cortos y negros cabellos rozaban ligeramente sus pómulos empolvados, igual que sus terribles ojeras ocultas gracias al maquillaje, provocaban que su cuello pareciera aún más largo y hermoso. Aún no había pegado ojo y todavía sentía como la música vibraba en su cuerpo.

Por un momento su sonrisa se esfumó volviendo serio su rostro de ángel. Sus largas pestañas negras descendieron y sus ojos azules se aguaron ligeramente. Pensó en él. No podía dejar de pensar en él. Siempre la había acompañado de algún modo en sus pensamientos y en las escasas oraciones que conocía. Su tío Julien, su verdadero padre, había desaparecido hacía ya algunos años pero lo sentía cerca en cada fiesta, cada timba ilegal en el salón con la excusa de tomar un té con leche o limonada, y también en aquella inmensa biblioteca que fue su habitación y despacho en la casa. Recordó cuando la quiso y protegió. Ahora era madre y sabía bien qué era preocuparse por el bienestar de una niña que iba a crecer rodeada del mismo ambiente podrido, turbio y extraño que ella. No quería que aquel fantasma se acercara a ella con las mismas palabras con las cuales la engatusó siendo una niña. Julien apartó a Lasher siempre de su camino, pero cuando murió fue imposible detenerlo.

El tintineo de la campanilla de la entrada a la cafetería la sacó de sus pensamientos y la arrojó a la realidad. En la puerta estaba ella apoyada ligeramente buscando la mesa donde se había sentado. Su traje blanco con flores pequeñas azules le daba un toque infantil. Tenía las mejillas rojas y frescas, nada de maquillaje, y se notaba que había dormido plácidamente en su cama. Hacía más de dos días que no la veía, pero sentía lo mismo que la primera vez que se cruzó con ella. Adoraba a Evy del mismo modo que Julien la adoró hasta el mismo día de su muerte. Aquella chica voluptuosa, de cintura de avispa y caderas suaves tenía una mirada suspicaz pero inocente. Ella aún guardaba una inocencia casi pura y fresca como el rocío en mitad de una mañana de primavera.

Ambas acabaron frente a frente consolándose con la mirada. Stella vestía de negro, como aún fuese de luto por Julien, pero con una falda demasiado descarada para aquella época y unos tacones muy llamativos. Evy no llevaba tacones y siempre vestía algo puritana. Esas dos chicas eran distintas por completo, pero se necesitaban y no podían vivir la una sin la otra.

—¿Cómo está tu hija?—preguntó—. Ya casi debe ser una jovencita.

—Está empezando a hacer demasiadas preguntas y ya no sé controlarla. Tengo miedo que cometa un error tras otro—dijo bajando la mirada hacia sus manos pequeñas y finas.

—Ah... la mía apenas anda y ya me está dando dolores de cabeza—respondió echándose a reír mientras le tomaba de las manos—. Los hijos son complicados porque los padres lo somos. No somos santas, Evy.

Quien las viera vería a dos chicas de rasgos algo similares consolándose como buenas amigas. En realidad eran dos primas, con vínculos demasiado mezclados como un cóctel explosivo, que jugaban a algo más que a caricias cuando nadie las veía. Sus ojos hablaban de amor pero no de uno simple, sino tan complicado como ellas. Se deseaban, se amaban y se necesitaban.

—¿Vendrás hoy a casa? Necesito que vengas—dijo Stella.

—Claro. Hoy posiblemente podamos contarnos algo más que penas—murmuró con una sonrisa coqueta mientras sus mejillas se ruborizaban aún más.

El olor del café, los pasteles y la primavera endulzaban el ambiente en aquella coqueta cafetería que fue llenándose poco a poco. Las camareras sonreían sirviendo café, leche y té a quienes deseaban comenzar la mañana con un pequeño desayuno en mitad de una ciudad cargada de misterio e historias singulares. Ellas se comían con la mirada mientras mantenían pequeñas charlas aparentemente simples o vacías. Sin embargo, esa noche las sábanas darían buena cuenta de la pasión y la entrega de otras conversaciones llenas de gemidos y placeres.



lunes, 8 de febrero de 2016

Archivo Talamasca: Cuentos marinos

Este Archivo de Talamasca está dedicado a un tritón que ha decidido cantar para nosotros... Un tritón que ha inspirado el vivo recuerdo de este momento.



Lestat de Lioncourt





Permití que empaquetara conmigo algunos documentos importantes. Desde que todo salió a la luz, como si un faro al fin enfocara el rumbo de la Organización de Talamasca, comenzaron los acuerdos entre investigadores, vampiros y otros seres que iniciaron trámite de escribir su historia, fuese cual fuese, inscribiéndola en los numerosos archivos. La informatización había sido todo un éxito desde hacía varias décadas. Durante años muchos investigadores jóvenes se dedicaron a recuperar vieja documentación, carpetas que estaban perdidas en los cajones del olvido, e incluirlas en casos abiertos, cerrados o dudosos. Daniel no pertenecía a la Orden, pero en realidad yo tampoco era partícipe. Aún así ambos estábamos en mi viejo despacho, tomando mis apuntes olvidados e inútiles.

Allí había documentación referente a casos que ya se habían solucionado, algunos con un final bastante mediocre y para nada paranormal. También existían joyas que habían sido pasados por alto, pues no pertenecían ni a fantasmas, ni a Taltos y ni mucho menos a vampiros. Eran monstruos de leyendas que poco o nada se creían como reales. Sin embargo, ahí estaban sobre mi mesa.

Un viejo miembro de la orden, que era sin duda bastante joven cuando desaparecí, nos observaba desde el marco de la impresionante puerta de entrada al despacho. Sus cabellos eran canos, su rostro parecía cansado y sus manos temblaban ligeramente por el parkinson. Sin embargo, en sus ojos veía interés y fascinación hacia nosotros, criaturas oscuras y terribles.

Recordaba bien la primera vez que lo vi. Se personó en mi despacho con una sonrisa radiante, el cabello negro revuelto y unos ojos azules muy intensos. Decía que se llamaba Jack, sólo Jack. No le gustaba cargar con un apellido de un padre que no le aceptaba, pues no era el típico niño modélico y no sería el joven neurocirujano que tanto ambicionaba su familia. Él quería poner al servicio de Talamasca todos sus poderes metales. Admiré su confianza y empatía, así como su valor y paciencia.

—¿Sirenas?—dijo el joven Molloy. Prácticamente se carcajeó al leer el título, con mi estilizada caligrafía, provocando que me girara rápidamente hacia él y se lo arrebatara—. ¿Crees en sirenas?

—¿Cómo puedes no creer en sirenas cuando sabes que existen fantasmas, espíritus más antiguos que este maldito mundo, Taltos y vampiros? Inclusive tú eres un vampiro—respondí mirándolo a los ojos.

—Un vampiro muy incrédulo—murmuró el anciano.

—No lo soy. Las sirenas son de cuentos de hadas...—susurró francamente sorprendido porque ambos creyéramos en esos cuentos de marineros.

Sin embargo, algo en él surgió como una llamarada que lo terminó quemando. Abrió la carpeta y se sentó en una de las simples, y algo incómodas, sillas de mi viejo despacho. Sus ojos violáceos se hundieron en las líneas como si fuese un mar revuelto y comenzó a leer.

La historia era simple. Era algo común y vulgar. Sin embargo, era real. Los datos podía buscarlos en las hemerotecas de cualquier biblioteca de Escocia. Al menos, la primera de todas; pues solíamos colocar las noticias desde la más reciente a la más antigua.

Corría el invierno del año 1973. Era un enero frío, lluvioso y desapacible. Sin embargo, una mañana el tiempo pareció amainar y permitir la pesca en la costa. Un marinero de Thurso salió con su bote para poder conseguir algunos peces, aunque fuese para la, simple y mediocre, cena tras semanas sin poder llevar nada a la mesa. El cielo estaba despejado, no se avecinaba tormenta, y los días siguientes permanecieron igualmente tranquilos. Sin embargo, el bote no regresó. Sólo algunos tablones pudieron hallarse una semana después en la costa contigua, la costa de Kirwall.

Durante semanas se pensó que había podido haber un hundimiento del bote por causas desconocidas, no naturales, pero no se esperaba que casi un mes después el mar escupiera su cadáver en avanzado estado de descomposición, casi sin ropa y con gran parte de los intestinos, miembros y rostro mordidos por una criatura marina. Se encontraron en la misma playa donde solía pasear con su esposa y su hijo pequeño.

La autopsia que se realizó al marinero, para saber qué clase de animal había sido, reveló algo escalofriante. Los dientes eran muy similares a los de cualquier humano. No eran de un pez, ni de otra criatura que pudiese encontrarse en los fondos marinos. Aquello provocó que cundiera el pánico y las televisiones locales, así como muchos periódicos, se personaron en la playa, así como en la vivienda del marinero, para informarse de cómo era la historia.

Algunos medios, no todos, se hicieron eco de historias similares que venían ocurriendo en toda Escocia desde hacía más de cinco siglos. También había algunas de otras partes de Reino Unido, Noruega, Suecia, Finlandia, Francia o Irlanda. Cientos de cuerpos, con miles de historias similares o dispares, habían sido escupidos en las diversas costas con dentelladas similares. Por supuesto, también había ocurrido en el Mediterráneo y no sólo en el océano Atlántico. Poco a poco se desvelaron historias en todo el mundo. El pánico cundió. Sin embargo, cientos de voces, sobre todo políticas, llamaron a la calma y empezaron a pagar a periodistas para que olvidaran la noticia. Y así sucedió. La noticia cayó en el olvido.

No obstante, si preguntaban a los marineros, los más ancianos, podrían decirte con una sonrisa amarga en los labios, y con los ojos llenos de horror, que podían ser las hermosas criaturas del mar. Esas hermosas criaturas que endulzan tu oído con su voz, de indistinto sexo y de gran belleza, que llamamos sirenas o tritones.


Daniel cuando acabó de leer me miró sorprendido, cerró la carpeta y la colocó junto a las demás. Estaba seguro que su corazón empezaría agitarse aún más cuando caminara cerca de una playa, al observar una puesta de sol en las numerosas películas que todavía decide ir a ver, o cuando decide salir a navegar con alguna de las embarcaciones que posee Armand. Sí, ya no sería igual. Algo en él había cambiado. Las sirenas podían existir, era un hecho. Los Cuentos de Hadas, la mitología más clásica, puede ser real pues los océanos y mares son a día de hoy todo un misterio.  

jueves, 17 de septiembre de 2015

Yo soy Julien

El libro se destruyó, pero algunos documentos no se consumieron del todo. Stella los guardó y Michael los ha encontrado.

Lestat de Lioncourt


Cada arruga de mi cara tiene un significado, aunque son pocas y bien disimuladas. Al mirarme al espejo me pregunto si realmente se nota el paso de los años. Mi cabello ya está cano, y por lo tanto nadie podría averiguar el color oscuro que una vez poseyó. Esos ojos, tan intensos, siguen siendo vivaces y buscando nuevas lecturas para entretenerme. Puedo recordar cada uno de los libros que he leído, frases sueltas que me han llegado a lo profundo de mi corazón y que me hace sentir que realmente tengo alma. Un alma condenada, pero dentro de mi cuerpo dándole vida. ¡Y qué vida! Creo que he vivido la vida de diez hombres, aunque en realidad sólo he jugado con dos barajas.

Sentado aquí, frente a mis numerosos documentos, medito ante el humo de mi cacao caliente y el de mi pipa. Dejo que la música flote y convierta a mi enemigo en un niño divertido. A mis espaldas están los libros que he atesorado, como hombre refinado y de letras, junto a un ser que pocos pueden ver con exactitud. Es un hombre joven, apuesto, de bello en el rostro y ojos azules que parece haber surgido de la nada. ¡Ja!

Llevo años averiguando todo sobre la familia y el misterio de éste ser, el cual parece enloquecerse por cualquier tipo de música. Aún recuerdo la horripilante charanga que llevaba siempre mi abuela, la cual necesitaba para descansar de sus estúpidos comentarios y necesidades. Ella fue la que descubrió para mí ese hermoso secreto, el cual he cedido a mi hermosa Stella y a todas las brujas que han sido concedidas con el don de escucharlo. Mi hermana era una negada. Ella nunca pudo escuchar al Hombre, lo cual le frustraba cada día más a éste estúpido que muchos admiran. Diplomáticamente hablando él me ha salvado la vida, ha hecho que sea cómoda y placentera. Si bien, hubiese preferido vivir en la inmundicia a verme doblegado a sus deseos y ruines intenciones.

Me roba el cuerpo. Camina por ahí con mi aspecto y seduce a las mujeres más hermosas de la ciudad. Desconozco cuánta descendencia puedo tener. He perdido la cuenta a las mañanas terribles en las cuales despierto con una desconocida, oliendo a alcohol y sexo. Mi gran amor, Richard, está a salvo de todo mal y pecado. Si bien, desconozco a ciencia cierta si él también juega con su mente.

Ésta es mi historia. Aquí comienza mi testimonio. Soy Julien Mayfair. Soy el líder en las sombras. Yo soy quien debería llevar esa funesta esmeralda, pero no soy una mujer. No poseo los atributos sexuales de una bruja, pero sí el poder de muchas de ellas. Lasher no es un demonio. Lasher es un fantasma. Él está vinculado a San Ashlar, el cual...




martes, 31 de marzo de 2015

El bien y el mal

La oscuridad nos rodeaba, como si quisiera estrangularnos, mientras las estrellas palpitaban en el firmamento. Lejos, aunque no demasiado, sólo se veían un par de luces de parte de la taberna. Allí muchos estaban bebiendo hasta perder la conciencia, para ahogar así sus penas, y olvidar, aunque fuese unos instantes, que eran tan mediocres como los campos que labraban.

—Mi madre pronto morirá y caerá en un vacío terrible—murmuré mirando a la nada. Las lágrimas aún salían sin remedio. La tristeza atrapaba entre sus dedos mi corazón.

Aún la música del violín, tan excitante como magnífica, seguía danzando en mis oídos. Nicolas ya había parado. Decidió sentarse a mi lado rodeándome, pegando mi cabeza a su pecho. Pude notar su ondas castañas sobre mi frente. Había soltado su cabello, permitiendo que el aire le peinase desastradamente, dándole una imagen enigmática y salvaje. Sus ojos castaños me miraban con desasosiego. Mi confesión de hacía algunos minutos temblaba en su garganta y golpeaba su corazón. Sabía que él sufría conmigo, pues me amaba y su amor provocaba que percibiera mi desgracia de forma distinta a la de cualquier otro.

—Yo sigo creyendo en Dios—susurró—. Pues creo en el mal y el mal tiene su opuesto que...

—El bien y el mal sólo son palabras, creencias, y no seres—dije tomándolo de una de sus manos, pues con la otra sujetaba el violín.

No muy lejos, a pocos metros, los árboles retorcidos y negros yacían sobre un terreno destrozado. Allí solían quemar a las brujas. Las gentes del pueblo señalaba a pobres infelices, las llevaban a juicio y disfrutaban prendiéndoles fuego. Un fuego que consumía sus largos camisones, sus piernas largas y carnosas, sus cabellos sueltos al viento y sus rostro, feos o hermosos, mientras gritaban que eran inocentes. Los restos se consumían hasta no quedar casi nada, después los echaban en una fosa y se olvidaban del excitante sacrificio a sus mentiras y miedos.

Nosotros éramos los monstruos. No creía en nada más. Dios y el Diablo no tenían poder sobre mí, mi camino y mis sentidos. Había aprendido que todo lo que éramos se concedía por las experiencias y sentimientos. Éramos libres. Debíamos decidir. Mi madre moriría y la oscuridad la absorbería, salvo por los recuerdos que taladrarían por siempre mi corazón. Eso me enloquecía. Quería morir en ese mismo instante. La angustia se clavaba en mi garganta.


—Yo estaré aquí, a tu lado, y mi violín tocará siempre para ti—dijo como un ángel bondadoso. Besó mis labios y se posicionó para tocar el violín. Lo hizo frente a mí permitiendo que lo contemplara bailando, retorciéndose como los árboles, mientras emitía esas notas tan apreciadas por mi alma.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 8 de febrero de 2015

Mi corazón es tuyo

Desconozco realmente cuantas veces he intentado pasar página. Olvidar por completo sus caricias, aislar de mi corazón el sentimiento que se propaga por mi alma y enterrar el cadáver de las palabras que no dije. Aún mantengo la promesa, pese a ser un recuerdo insensato. La mantengo porque sigo amándola. Pese a todo, ante todo, la mantengo. Sé que ella sigue viva, con su corazón intacto y la mente llena de recuerdos que comienzan a desvanecerse.

No puedo regresar con las manos vacías, agachar la cabeza y negar mi amor. No puedo, pues no quiero. No quiero porque no deseo decir la verdad. Y esa verdad, tan dolorosa como una herida que no cicatriza, es que tras “La voz” el mundo es inseguro. No puedo exponerla. Deseo verla viva, con esos labios suculentos con una sonrisa fría, y sus ojos, tan grises como las tormentas más virulentas, posándose lentamente en los archivos de sus pacientes. Necesito saber que está a salvo de todos, incluso de mí. Soy un monstruo y temo romperla.

Negar mis brazos, a esa mujer tan fuerte e intensa, provoca en mí una insatisfacción inmensa. Quiero correr hacia ella, abrazarla y rogar que me ame una vez más. Ansío recitarle los versos más prohibidos, intensos y cálidos que jamás ha escuchado. Mis falsas promesas se quiebran, convirtiéndose en cristales frágiles y diseminados bajo mis pies, pero no el amor que tengo. Quiero cumplir lo que prometí, por una vez; sin embargo, el miedo me aleja.

Pedir que me esperara fue cruel. Fue terrible para mí y para ella. Sigue siendo horrible. Tengo la esperanza de cumplir cada una de mis palabras, rozar sus labios y arrodillarme ante ella declarando una vez más mi amor. Porque ella es como un ángel. Es un verso suelto que me ha conmovido. Se ha convertido en la brisa fresca en mitad del desierto.

“No te marchites, amor mío, porque tú siempre tendrás el corazón de este monstruo. Poseerás por siempre, entre tus hermosas manos de bruja, el hechizo que me ata a ti. He caído seducido y mi condena será amarte durante toda la eternidad. Volveré a por ti, sin saber bien cómo o cuándo, pero lo haré.”

Amar no es pecado, pero a veces es un reto. Y, la verdad, me encantan los retos. Deseo tenerla porque me fascina, agita y envuelve en miles de caricias. Soy el superviviente del dolor, la rabia y la guerra abierta entre los míos. Me llaman príncipe y a ella la llaman bruja.


Rowan, seré por siempre tuyo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mi única bruja

Julien Mayfair está jugando bien sus cartas. Va ganando. ¿Seguirá haciéndolo? Yo voy a plantarle cara... ¡Esto no puede ser!

Lestat de Lioncourt 


Hay amores intensos, amores que te derrumban lentamente, amores fugaces, amores de toda una vida y amores eternos. El amor puede cambiar todo lo que se ha vivido, restaurar el daño que se ha sufrido o simplemente ser la excusa para vivir. No se conoce hombre que no haya sentido amor. Desgraciadamente yo sólo conocía el amor y honor familiar, así como el amor a la ambición y los apasionados libros que custodiaban las firmes paredes de mi hogar. Nací en una familia cuyos orígenes eran retorcidos, igual que las viejas encinas, y yo crecí del mismo modo. Aprecié el poder y la ambición como única fuente de alimentación, aunque realmente quise a mi familia. Mi abuela, madre y hermana formaron mi carácter. La ambición, la locura y la inocencia se mezclaban turbiamente con mi astucia a la hora de elegir ciertos momentos, libros o frases al azar para Lasher, el espíritu que gobernaba a todos.

Amé de forma egoísta a mi esposa. Era un amor egoísta porque la deseaba, la necesitaba y la quería a mi modo, pero jamás la amé de forma romántica. La quería, pero no la idolatraba como una mujer. Tal vez, era demasiado joven o quizás había probado demasiadas camas, todas de una noche, en los lugares más turbios de la ciudad. Bebía, fumaba y me dejaba llevar entre las piernas de hombres y mujeres. En la mayoría de los casos ni siquiera era consciente, pues era él, Lasher, quien me dominaba.

Mis hijos, dentro y fuera de mi matrimonio, fueron mi orgullo y mi necesidad de protegerlos fue aumentando con el paso de los años. Cuanto más envejecía más reacio era a permitir que ellos conocieran la verdad, el poder oculto, la maldición y mis negocios turbios. Quise proteger mi imagen ante ellos, dejando tan sólo una sombra borrosa de todo lo que fui. Sin embargo, ella apareció como una nueva corriente de aire que insufló un poco de vida.

Evelyn era de mi sangre, la hija de mi hijo Cortland y de los Mayfairs situados en la calle Amelia. He hecho cosas terribles en mi vida, pero matar a mi primo no fue la peor. Sin embargo, tras ese homicidio, que quedó en accidente, las rencillas empezaron y quedamos divididos. Yo sólo era un muchacho delgado, de ojos casi inocentes y sonrisa tímida. Pero, cuando entré en aquella casa, no era ya ese niño sino un anciano. Estaba a punto de morir, la vida se me escapaba, y ella me dio esperanzas.

Siempre pensé que era muy similar a Stella. Tenía el cabello negro y espeso, unas cejas finas bien definidas, y sus ojos eran muy profundos. Parecía una muñeca, pero estaba sucia y mal alimentada. Tomé a la niña de allí, llevándomela para darle libertad y luego supe que era una jovencita de trece años. Me sentí tentado desde el primer momento. Su voz era dulce y recitaba unos siniestros poemas. Uno de ellos, el más terrible de todos, se convirtió en nuestro mutuo legado. Y, entre victrolas y poemas, desnudé su cuerpo y la hice mía sintiendo la vida emanar con calidez de entre sus muslos.

Mi muerte fue la caída de la familia. El poder fue disgregándose. La vida continuó, pero no la grandeza que una vez tuvimos. La fortaleza fue debilitándose y por eso no supieron dominar a Lasher. Cuando he regresado, de entre los muertos, he jurado volver a restaurar el orden primigenio. Bajo mi mando los Taltos se alzarían de forma distinta, el Pueblo Oculto caminaría a la vista de todos, los negocios de la familia se fortalecerían y crearía otros nuevos. Tenía una visión de los negocios más amplia que la de cualquier otro. Siempre me agradó experimentar y podía hacerlo, la ciudad me lo permitía. Sin embargo, algo faltaba en mi vida. El dinero puede llenar tus bolsillos, hacerte muy feliz, y a la vez provocar que exista un punto indeterminado, ahí donde uno ni siquiera lo cree posible, que te grita que falta algo. Ella faltaba. No era Stella, que momentáneamente se negaba a regresar de entre los muertos, sino Evy.

Evelyn Mayfair murió como una anciana común. Falleció arrugada, con sus cabellos completamente blancos y sus manos temblorosas. Dejó atrás una vida dura, llena de arrugas y golpes. Aprendió a vivir y soñar a la vez, pues había sueños imposibles que la llenaban de alegría. Siguió siendo callada, concentrada en sus pensamientos y olvidadiza cuando pretendía serlo. Sus restos habían llegado al viejo sepulcro. Muchos la habían llorado y despedido como se suele hacer a una gran dama, una santa, una mujer digna de confianza y amor. Decidí que ella volvería a mi lado, disfrutaría de su compañía como no pude hacerlo cuando era tan sólo una niña.

—Hazlo—dije tras invocarlo—. Tráela a sus tiernos años.

—¿Los mismos en los cuales la conociste?—murmuró con una sonrisa lasciva.

—Quizás la edad de Mona, la eterna edad de Mona, estaría bien—comenté moviendo la mano derecha con desdén. En la izquierda tenía una vieja fotografía de Evy. Tan hermosa, con ese vestido blanco y ese lazo en su cabello. Era realmente una belleza. Me partía el corazón saber que seguía en aquel oscuro sepulcro, quizás esperándome—. Aunque no importa si es algo mayor o menor de los dieciocho años. Simplemente sé que la quiero. Necesito besar sus mejillas, acariciar sus manos y jurarle respeto.

—La tendrás en unas noches. Disfruta de tu condena. Acabas de aumentar el trato, Julien— no era advertencia, era algo real. Había hecho un trato y lo cumpliría.

La primera noche fue terrible. Una lluvia huracanada agitaba las plataneras, encinas y robles del jardín. El dondiego parecía venirse abajo junto a la cancela. El viento silbaba. Volvía a tener un dormitorio propio en aquella casa, aunque me odiaban y detestaban que allí descansara. Michael y Rowan me aborrecían, pero no comprendían que hacía todo por amor. La segunda fue tranquila, aunque desierta. Podía imaginar a Evelyn moviéndose por la habitación, con aquella tímida sonrisa, mientras recitaba. Fue en la tercera, igual que Jesucristo resucitado, cuando noté que alguien descansaba a mi lado.

Era ella.

Tenía a mi hermosa Evelyn recostada a mi lado, con unos pechos llenos de pezones cafés y unos labios seductores que pedían ser besados. Estaba desnuda y la habitación en penumbra gracias a una lámpara de escasa iluminación. Estaba allí, como si fuese la ofrenda a un demonio, esperando que la tomara entre mis brazos y la deseara. Mi corazón latió acelerado y mis manos palparon su desnudez. Parecía una recién nacida, como si el mundo la hubiese expulsado del líquido amniótico.

—Julien—pronunció mi nombre antes de besarme.

Su cuerpo ya no era el de una niña, sino el de una mujer joven. Aún así, la diferencia seguía siendo un abismo. Mi apariencia era la de un hombre que había entrado en los cuarenta, pues era la apariencia física que más me agradaba y mi época de esplendor, y la suya era la de una mujer que se abría paso al mundo igual que una rosa recién abierta.

Me perdí en sus labios mientras alargaba el brazo hacia el interruptor. La luz se hizo y pude contemplarla con su piel de leche fresca, sus pezones cafés, su pelo negro revuelto sobre la almohada y sus ojos de un intenso azul que me electrocutaron. Ella estiró sus manos hacia mis cabellos, con más mechones blancos que negros, y sonrió traviesa. Me reconocía del mismo modo que yo la reconocía a ella. Sus dedos no tardaron en actuar desabotonando mi pijama, retirándolo con caricias y besos típicos de una sirena, mientras me hechizaba con su voz recitando nuevos poemas.

Sentí fiebre, como si delirara. Mis piernas temblaron al notar el roce de sus muslos contra mis caderas. Sus pechos eran perfectos para sostenerlos entre mis manos, aunque no podía abarcarlos por completo. Los labios, esos con los cuales me había besado, se abrían provocativos. Quería que la hiciese suya. Una vez más sería mía, para siempre mía. El mar de sábanas blancas parecían espuma marina y ella, como bien la había comparado metafóricamente antes, parecía una sirena.

Mis manos palparon sus senos y finalmente mi boca acorralaron sus pezones, rodeándolos con mis labios y dejando que mi lengua jugara, humedeciera y acariciara eróticamente cada uno. Su diestra fue a buscar el bulto que yacía oculto bajo mi ropa interior, pero la zurda quedó en mi nuca guiándome por su torso. Su rostro, que siempre era un fragmento de inocencia cargado de emotividad, se coloreaba con un rubor muy atractivo. Sus labios parecían frutas rojas, sus ojos gemas azules y su nariz se arrugaba ligeramente.

Sabía que podía dejarla de nuevo embarazada. Aquello era aún más tentador. Ambos podíamos ser padres de una nueva bruja. Una bruja que podía ser parte del legado y llevar los negocios, aunque nuestra hija fue un desastre que murió joven dejando dos hijas de personalidad dispar. Ella no era díscola, pero yo sí. Su inocencia jugaba con el demonio que surgía de mis grandes apetitos carnales. Me atraían terriblemente los hombres, sobre todo los jóvenes y tiernos, pero ella era mi gran pasión y locura.

Me dejé sumergir por su aroma, ya que llevaba un fresco perfume de jazmín y violetas, dejando que mis dedos se hundieran ligeramente en sus firmes carnes. Sus muslos se abrieron dándome acceso a un lugar que siempre me perteneció, un pequeño territorio de placer que desbordaba calor. Parecía un volcán, aunque quien estallaba era yo.

Lamí sus ingles y permití que mi respiración dejara caricias en su vientre, mi lengua se hundió entre sus labios vaginales y saboreó su clítoris arrancándole un gemido bajo, aunque largo y tentador. Sus manos fueron al cabezal de hierro, el cual agarró con firmeza, mientras sus piernas se abrían un poco más dándome acceso. Cada lamida era rozar el cielo. Mis dedos, algo ásperos y largos, se hundieron en ella masturbándola. El poema que recitaba cambió, su cabeza negaba y asentía, bajó sus párpados y dejó caer una plegaria: hazlo.

Giré su cuerpo, dejándola de lado hacia el costado derecho, y elevé su pierna izquierda. Con cuidado, aunque alivio, saqué mi miembro de entre la tela de la ropa interior, ya que estaba empezando a sentir dolor. Cuando intenté entrar noté que aún no estaba preparada, era su primera vez. Iba a romper el lazo de virginidad de su sexo. Pero entonces, como si tomara ella el control, me miró incitándome.

La penetré con fuerza llevando un ritmo rápido. Ella se aferraba al cabezal que golpeaba drásticamente la pared. Su ceño se fruncía y su nariz se arrugaba, pero su boca se abría buscando aire. Quería liberar sus alaridos de placer. Ella se retorcía junto a mí. Todo mi cuerpo vibraba. No podía siquiera imaginar que un día saldría del sepulcro y podría retomar mi último gran amor. Último y único. Jamás amé a nadie como a ella. Nunca amé a nadie como a Evelyn.

—Evy, Evy, mi tierna Evy... —jadeaba y gemía.

—Julien...

Era mi nieta, mi amante, mi compañera, la madre de una de mis más desafortunadas hijas, la mujer del poema, la niña que encerraron para que no viera la luz del día y sin duda una poderosa bruja que me cautivaba en cada segundo. No obstante, no aumenté el ritmo sino que paré quedando dentro. Ella gimió echándose hacia atrás, prácticamente retorciéndose, mientras mis dedos apartaban algunos mechones de su rostro y pellizcaba sus pezones.

—Retuércelos, muérdelos, lámenos y haz con ellos lo que quieras. Me rindo ante ti, ante tu poder y belleza. No he conocido a otro hombre que pueda igualarte. Tú eres el hombre de mi vida, sabes de orgullo, honor y arte. El arte del sexo—dijo haciendo que desviara la vista de las gotas de sangre de la cama. Había desvirgado de nuevo su cuerpo, rompiéndolo para siempre.

Di la vuelta a su cuerpo, otra vez, y la dejé de espaldas a mí para movernos rápidamente. Sus manos se aferraron a ambos garrotes y su rostro se pegó a la almohada. No podía dejar de gemir. Mis penetraciones eran exactas y me movía de una forma que a ella, a mi Evy, le gustaba. Cuando paré por tercera vez la bajé al suelo y le ofrecí mi miembro húmedo por nuestros fluidos. Ella no tuvo reparo en aceptarlo en su boca, abarcándolo lentamente cada milímetro, mientras parecía sonreírme con la mirada. No dudé en tomarla por detrás de la cabeza, hundiendo mis dedos entre sus mechones negros, para mover mis caderas con fuerza y ritmo constante. Sus pechos no quedaron desatendidos, pues ella misma los acariciaba y torturaba con pequeños pellizcos.

—Te he deseado y amado siempre, siempre—le confié en un jadeo.

Me sentía generoso y quise compartir mi gran verdad. El motivo por el cual yo amaba a Mona por encima de todos mis descendientes. Ella era igual que su abuela, la mujer que tenía arrodillada frente a mí, usando sus seis dedos, de cada mano, para acariciar sus pechos.

Cuando liberé mi miembro de sus carnosos labios, los cuales habían secuestrado toda su longitud, la arrojé a la cama y azoté un par de veces sus glúteos, redondos y duros, antes de penetrarla otra vez, pero ésta vez fue aún más rudo y decadente. Miles de palabras sucias rugieron evocando su menudo cuerpo mientras echaba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, y la boca libre para amar, castigar y seducir.

Atraje bien su cuerpo, tirando de sus caderas, para luego incorporarla del colchón. Sus rodillas estaban clavadas en la orilla del cabezal, sus dedos perdían parcialmente la circulación al agarrarse con firmeza a los hierros del cabezal, y sus pezones se endurecían más con el frío del metal. La penetraba contra el cabeza, en aquella elegante y gigantesca cama.

—Quiero ser la ramera que dirija contigo la familia, por favor. Lo he visto en mis visiones ésta noche, lo veo claro—dijo con la voz jadeosa. Pero, rápidamente, la callé aplastando su garganta con la mano derecha, casi asfixiándola, en un tentador juego de dominación.

—Gime—dije parando otra vez le penetración. Sin embargo, ésta vez no me quedé quieto. Salía y entraba embistiendo, para luego salir de nuevo y hacer lo mismo. Ella chillaba mi nombre y movía ligeramente la cabeza—. Eres mi pequeña puta consentida—murmuré entre gruñidos bajos y una pequeña risilla.

—Te amo, Julien—balbuceó con los ojos llenos de lágrimas.

En ese instante, aparté el pelo de su espalda y lamí la cruz de ésta. Aquello le produjo un escalofrío, pero aún tembló más cuando la tiré de nuevo al colchón, mirándola cara a cara, para penetrarla con furia. El colchón se desplazó de la cama y la cama también del rincón donde se encontraba. El chirrido de las patas de hierro fue terrible, pero casi quedó mudo con sus gritos de placer. Mi nombre en su boca, el suyo en el mío, como si jamás hubiésemos estado alejados.

Al derramarme allí, en aquel hueco tan cálido, húmedo y estrecho, sonreí complacido. Besé su boca y noté que estaba perlada en sudor, aún más que yo, y que sus pómulos marcados estaban coloreados. Parecía un ángel que acababa de conocer el pecado capital.

—Mi consorte—dije entre carcajadas—. Seremos los reyes de ésta ciudad, dioses del vudú. Tú y yo, Evy.

—Tú y yo, Julien—besó mis labios con ternura y cerró sus ojos agotada. Tras un ligero suspiro quedó dormida.

Si concebía una hija, o un hijo, sería el líder de la familia y vigilaría a los Taltos. En parte deseaba un chico, pues quería un varón para que contrajera futuras nupcias con el engendro de probeta que había logrado Rowan, esa niña de ojos despampanantes ojos violetas.



miércoles, 30 de julio de 2014

El demonio del violín

Este texto de Nicolas dice que se lo dedica a su musa, esa que viene y le susurra todo lo que debe sentir. Aunque yo digo que es un golpe magistral al demonio y un regalo a la vez. No sé, no sé. ¿Por qué a mí nunca me escribió algo así?

Lestat de Lioncourt 


La chispa de la vida surgió, la magia nació y la vida floreció a mis pies. El mundo se iluminó como si fuera un fósforo encendido en medio de la oscuridad. Las formas tomaron color, el alma vibró y se convirtió en violín, mi corazón se convirtió en válvula de pasión y mis dedos recorrían cada cuerda como si le hiciera el amor. ¿Y no es hacer el amor tocar un instrumento? ¿No es crear nuevos mundos con cada nota? Toca la melodía adecuada y abrirás mentes, las cuales pueden haber sido encerradas en gloriosas prisiones de piel y hueso.

Mírame soy un poderoso demonio encerrado en una caja musical, la cual ya has abierto como si fuera la caja de Pandora. Admira mi poderosa magia que despierta lo dormido, agita lo despierto y ofrece la sensación de lluvia en pleno desierto. Siente los infiernos encendiendo tu vibrante deseo. Has conjurado a las brujas en el círculo, ¿no lo ves? Ellas están aquí abriendo amorosamente tus brazos, alzando sus faldas y mostrando sus largas piernas lechosas para iniciar la danza. ¡Qué hermosos cabellos rojos y dorados! Ellas son la ilusión más hermosa que el mundo ha creado, hadas humanas con sonrisa de sirena. Danza en el círculo y alegra tu alma sin pensar en el mañana. ¡Hoy es hoy!

¿Has sentido la pasión arder en ti? Es la locura más deliciosa y placentera, te hace mover las caderas y buscas entre las partituras, convertidas en húmedas sábanas, el orgasmo final. Ven conmigo, me verás hacer el amor a tu alma. ¿No me crees? Ven conmigo, serás mi bruja en el círculo y te convertirás en doncella cuando acabe la noche. Quizás no exista zapatos de cristal, ni reloj que marque la media noche, manzana en tus labios o canciones en tu nombre... pero siempre estará el demonio observándote con una sonrisa de placer, los ojos en llamas y las manos sobre el violín esperando tocar una melodía con tu nombre.


¡Alza el telón! Agita las cuerdas y poleas, por favor. ¡Alza el telón! Quiero que vean el escenario de éste mundo tal cual es, con su polvo y su atrezo, sus piratas y fantasmas... Permite que las emociones te bañen y secuestren tu aliento. Pero por favor, llora y ríe a la vez. Quiero verte en el círculo de las brujas, olvida el hollín y ensalza la belleza de las encinas. ¡No derrames lágrimas! Hazlo en honor a ellas, al fuego y a la libertad. Si no bailas la muerte llegará antes, sin emoción ni alegría. Demuestra que has vivido y no eres marioneta... demuestra que amas y que puedes elegir ser poeta, genio o mendigo con buenas ropas.  

viernes, 23 de mayo de 2014

El valle de Donnelaith

Bonjour 

Ahslar escribió un pema para Rowan, sus raíces y su historia. Aquí lo tienen, espero que lo disfruten. 

Lestat de Lioncourt 


Se alzó el círculo de piedras,
entre ellas la magia y la verdad.
El murmullo de las voces
cantan y juegan con la realidad.

Mira, el fuego ya consume todo.
El reino que se alzó quedó en cenizas
y pronto el mundo dará la espalda
a los gigantes, sus juegos y risas.

¿Dónde está él, el Santo?
Pues frente a ti con las manos abiertas,
el corazón roto y lágrimas en los ojos.
Yo te contaré la historia más cierta.

Se alzarán en el círculo de nuevo
con las caricias, los besos y los nacimientos...
Las brujas volverán con la esencia
y robarán la tristeza de mis pensamientos.

En la catedral, bajo los vidrios tintados,
llora un ser que no era humano.
Por favor, reza por mí desde First Street
y no me niegues jamás tu mano.

¿Dónde está ella, la bruja?
Pues está frente a mí con el jardín edén
y los ojos llenos de lágrimas que desean salir.
Por favor, llévate mi tesoro y no olvides que te amé.





Dedicado a la historia de Donnelaith, el pueblo Taltos y Rowan.  

jueves, 24 de abril de 2014

No nacimos humanos, nacimos Mayfair

Memorias Mayfair y Crónicas vampíricas juntas. 

¡Atención! El poder ciega, contamina el alma y te lleva a elecciones arriesgadas. El amor también. 

En éstas memorias conoceremos el motivo por el cual Rowan Mayfair tuvo que dejarme, los planes que tiene Julien y los deseos de Mona. 

Lestat de Lioncourt 

PRIMERA PARTE: MEMORIAS DEL HORROR 



Lunes 21 de Marzo del 2014, New Orleans.

El golpeteo de sus zapatos de tacón corto había sido el único ruido que se había escuchado en horas por aquel pasillo, como si ella fuese un fantasma y decidiese que aquel lugar laberíntico sería su última morada. Se ajustaba la bata con elegancia mientras acomodaba sus suaves, ondulados y algo largos cabellos de oro. Parecía una muñeca perfecta escapada de una tienda de modas. Llevaba un traje sobrio de pantalón algo ajustado, pero cómodo, y una camisa tan blanca, y pulcra, como su bata. En el bolsillo derecho superior de la bata se hallaba una pluma, la misma con la cual había firmado horas atrás un documento de Mayfair and Mayfair, y su nombre en un placa simple, pero elegante, en la cual se podía leer “Doctora Rowan Mayfair”.

Se encontraba atada de pies y manos, pues la familia le había hecho elegir entre la destrucción de todo lo que amaba o acceder a una burda triquiñuela. Todo había comenzado meses antes cuando Oberon interrumpió en su despacho, algo agitado, mientras que sus hermanas revisaban algunos documentos en la planta superior de Mayfair Medics.

—Julien ha vuelto—dijo mirándola con aquellos profundos ojos, de una profundidad similar a la de Ashlar—. No estoy bromeando.

—Los fantasmas siempre vuelven—susurró con frialdad abriendo uno de los archivos de su dispositivo usb.

—¡No! ¡No entiendes!—entró en la habitación sin siquiera pedir permiso, cerró de un portazo y se precipitó sobre la mesa—. Carne y hueso.

Oberon era descendiente de Ashlar y Morrigan. Rowan aún recordaba a ese enorme gigante de cabello negro, canas en sus patillas y rostro bondadoso. Podía sentir aún sus manos sobre las suyas, la mirada cándida al contemplar sus hermosas muñecas y el dolor que podía apreciarse en sus palabras. Él sufría en soledad mientras Morrigan se desarrollaba en el vientre de Mona. Aquella mujer Taltos, tan idéntica a su madre, que había surgido de una relación fogosa con su esposo Michael Curry. Contemplar a Oberon era contemplar la inteligencia de Mona en un envase similar al de aquel hombre atento, apuesto y desesperado por ocultar la tragedia de su pueblo.

Julien había rogado destrozar a Lasher y le había encomendado a Michael el trabajo, pero él era tan sólo un fantasma. El mismo fantasma que reinaba en la propiedad principal de los Mayfair, la casa de First Street, y que de vez en cuando se paseaba por New Orleans como si siguiese vivo. Sin embargo, Oberon decía que Julien estaba vivo y sin duda debía creerlo. Últimamente los muertos parecían cobrar su fuerza.

—Explícate—dijo seria observándolo con aquellos enormes ojos grises—. Habla.

—Viene hacia el despacho. Lo he visto en el hall—comentó alejándose de la mesa para mirar las paredes, los libros y las pinturas—. Hay peligro.

Oberon podía ser cínico, en ocasiones cruel, pero sin duda era leal y había aceptado aprender de su mano. Ella controlaba a las dos hembras, Lorkyn y Miravelle, así como a su hermano Oberon. Ellos eran los únicos descendientes de Ashlar que quedaban vivos.

En esos momentos aún sentía como su cabeza daba vueltas. Desde hacía meses había ocultado a Lestat su nueva dirección, olvidado todo lo que con él había vivido y enterrado cualquier esperanza. Su pasado la había perseguido de nuevo con la sonrisa gentil, abierta e inteligente de Julien. Julien Mayfair había regresado gracias a un trato perverso con el demonio y ella se encontraba allí, con sus peores miedos a flor de piel.

Durante toda la noche había deseado huir del hospital y adentrarse en los pantanos. Quería ser libre, pero Hazel necesitaba a su madre y sabía que la dañarían, al igual que dañarían a Michael, si no colaboraba. Tenía sentimientos encontrados pues aquello a lo cual asistiría era un milagro, pero también una abominación. Pronto habría otro Taltos en el mundo hijo genéticamente de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair, pero nacido de las entrañas fértiles y delicadas de una mujer Mayfair.

Liliana Mayfair siempre fue una niña sana físicamente, pero sus facultades intelectuales estaban mermadas. Contaba con veinte años, si bien no tenía más de unos diez años mentales. Sus poderes la habían truncado convirtiéndola en un ser tan bobo como Belle Mayfair. Era una bruja poderosa, pero su cerebro no se desarrollaba. Sin duda era el conejillo de indias perfecto para Julien. Él la había escogido.

—Rowan... Rowan... ¿qué demonios estás haciendo?—se dijo mirando el reloj antes de entrar en el paritorio.

Allí, en uno de los paritorios del hospital que ella misma había decidido construir, se encontraba la muchacha visiblemente nerviosa, asustada y adolorida. En la ansiéptica habitación se hallaban tres reconocibles figuras. Julien Mayfair, sentado en una silla de ejecutivo, Tarquin Blackwood y Mona Mayfair.

—Querida, llegas justo a tiempo—susurró con una sonrisa maliciosa, aunque sin duda atractiva, mientras se acomodaba en la silla apoyando sus codos sobre los apoyabrazos.

Julien llevaba un elegante traje blanco, con una bonita corbata roja en tono burdeos y un magnífico pañuelo del mismo tono en su ojal. Tenía el cabello cano bien peinado, las arrugas de su rostro le daban un aspecto bondadoso y sus ojos centellaban. No era humano, aunque nunca lo fue realmente, pero tampoco podía considerarse un simple brujo. Memnoch le había conferido nuevos poderes cuando le transmitió la nueva vida, pero no era un demonio como se esperaba. Julien era en esos momentos, sin duda alguna, uno de los brujos más importantes e imponentes.

Tarquin se encontraba a su lado derecho, de pie, con un aspecto elegante pero visiblemente nervioso. Sus cabellos negros y rizados caían sobre su frente. Tenía sus hermosos ojos azules clavados en la camilla. Llevaba un elegante traje de firma italiana, negro y sobrio, con una camisa blanca y una corbata del mismo tono que su mirada. Mona estaba colgada de su brazo, con su cabeza pegada a su pecho y de igual modo miraba a la joven. Tenía sus ojos bien atentos, abiertos y desesperados porque todo fuese bien.

Rowan estaba horrorizada. Sabía que aquello era el inicio de un terrible problema. Los Mayfair tendrían mayor control que nunca sobre ella; pero también tendrían dominio sobre su hospital, el cual era uno de los más importantes de todo el país, y su familia. Si bien, pronto la habitación se llenó de un dulce aroma y pronto comprendió que no se hallaría sola enfrentándose a un parto tan terrible.

Los cabellos rubios de Liliana estaban pegados a su frente sudorosa, así como a su cuello y sus pechos. Estaba desnuda, con sus piernas puestas en el potro del paritorio y sus muñecas, así como sus tobillos, se encontraban atadas con grilletes. Su vientre se movía pues el Taltos estaba a punto de nacer.

—¿Quieres que te ayude?—preguntó Miravelle con su dulce voz mientras se recogía el cabello rubio en una coleta.

—¿A ti te ayudaron a nacer? No seas boba—respondió Lorkyn con su despampanante mirada, su elegancia y astucia, dejándose ver incluso en su forma de moverse. Aquella pelirroja fuerte y deslumbrante parecía una réplica de Mona, aunque mucho más alta y con algunos rasgos de Ashlar.

—Esto me recuerda al círculo de piedras que decía Ashlar—Oberon alzó sus cejas oscuras y se aproximó a la muchacha justo en el momento que el Taltos salía.

Sus pequeñas manos aparecieron ayudándose a él mismo en el parto. Aquel bebé comenzaría a caminar y hablar en breves minutos. Tarquin miraba aquello atónito, casi a punto de desmayarse, mientras que Mona recordaba, casi entre lágrimas, el parto que tuvo en aquella destartalada donde Dolly Jean llamó a la criatura “bebé que anda y camina”. Los gritos de Liliana eran terribles, casi igual que terrible que la cara de fascinación de Julien. Él había pedido que destrozaran a Lasher, pero ahora estaba empeñado en hacer más fuerte y extensa la familia.

La muchacha cedió al dolor y el desgaste quedando exhausta, perdida en el mundo de los sueños, mientras aquel horripilante ser se enganchaba a sus senos y bebía su leche. Mona se apartó de su noble Abelardo, el cual aún temblaba, para acariciar suavemente sus cabellos negros. Aquel ser sería sin duda alguna el heredero legítimo de su sangre. Sus nietos la observaban confusos pero alegres, pues era el nacimiento de un nuevo ser como ellos. Tarquin aún temblaba y prácticamente se apoyaba en algunas máquinas que eran parte del material médico.

Rowan sentía que se iba a desplomar. Quería gritar, pero sólo podía abrir los labios y contemplar aquel horror. Recordó a su pobre hija, una mujer alta y hermosa que jamás hizo daño a nadie, naciendo de ese modo mientras recordaba que debía buscar a Michael. Aquello la destrozó de nuevo. El fantasma de Emaleth se precipitó sobre ella, sobre todo cuando Miravelle la tomó del brazo. Su cabello rubio, abundante y hermoso, con aquellos ojos deslumbrantes y su piel infantil suave rozándola. Casi estuvo a punto de chillar, pero volvió a controlarse recobrando la compostura. Aquella mujer ya había cumplido más de una década a su lado, era la dulce Miravelle y estaba preocupada.

—Déjala o terminará gritando—dijo Lorkyn agitando sus cabellos pelirrojos mientras miraba como si nada al nuevo Taltos.

—Padre no estaría de acuerdo—susurró provocando que inclusive Julien la mirara—. Pero... no tengo voz ni voto en ésto.

—Es mejor que guardes silencio—dijo Oberon—. Me pregunto si me dejará tomar algo de leche...

—Oberon la leche es para él—respondió Lorkyn acercándose a él para apartarlo.

Los tres comenzaron a cantar aceleradamente y sólo se escuchaba un silbido extraño. Lasher también lo hacía, cantaba así para la hija que esperaba. Rowan se llevó las manos a la cabeza y dio dos pasos hacia atrás, sin embargo chocó con una imponente figura. Era un ser alto, hermoso y para nada humano pero tampoco un Taltos. Rápidamente se alejó al recordar como Lestat, a quien pertenecía gran parte de su corazón y pensamientos, había descrito en un millón de ocasiones a uno de sus más terribles enemigos.

—Oh, Memnoch—susurró Julien antes de dejar escapar una carcajada—. Mon fils, acércate y disfruta del espectáculo.

—Precisamente vengo a celebrar tu victoria, Julien—su voz era varonil, oscura y claramente maliciosa.

¿Dónde estaba Michael para sostenerla? ¿Por qué no se encontraba allí? Al menos él mantendría la calma y la obligaría a no volverse loca. No había escapatoria. La pesadilla había regresado. El mundo conocería un nuevo Taltos hijo de Mona Mayfair y Tarquin Blackwood. ¡Y ella había colaborado! ¡Qué desastre!


Martes 22 de Marzo del 2014, New Orleans

Escogió el nombre de Alvar Mayfair y una ropa muy elegante para hacer su presentación. Se encontraba frenético, alegre y elocuente. Decía recordar cada calle como si ya la hubiese pisado. Su padre lo observaba entre aterrado, fascinado y orgulloso. Mona, su madre, simplemente apretaba suavemente el brazo de Tarquin esperando que comprendiera que no era sólo un capricho. Ver muerta a Morrigan fue terrible y aún más terrible saber toda la epopeya que ella había sufrido. Pudo vivir un milenio, incluso dos, pero el mundo la había sepultado en hielo fruto de terribles encuentros con el narcotráfico y sus propios hijos.

—¿Podre conocer a Lestat?—preguntó provocando que Julien se girara en la limusina para verlo— ¡Seguro que es tan divertido y heroico como dice papá!

—Es sólo un payaso. Un charlatán más—dijo el líder de los Mayfair visiblemente molesto.

—Pero...

—Tesoro no es momento de molestar al tío Julien—susurró Mona con tono condescendiente—. ¿Quieres un vaso de leche fresca? Tenemos varios botellines en la nevera.

—Sí, tengo sed.

Alvar tenía la belleza de Tarquin y Mona, una elegancia arrolladora y una caballerosidad que sólo podía señalarse como típicamente Blackwood. También era muy emocional y terriblemente seductor. Justo esa noche había intentado coquetear con varias mujeres que se habían interpuesto en su camino, también con un muchacho que a penas tendría los veinte años. Disfrutaba siendo elegante, caminando igual que Tarquin sin parecer desgarbado y acomodándose la chaqueta como lo hacía Julien.

Viajaban hacia Mayfair and Mayfair para solicitar que él entrara en los planes Mayfair. Pronto desarrollaría ideas, haría negocio en la ciudad y se convertiría en uno de los jóvenes más brillantes de la familia. No, Julien no desaprovecharía la oportunidad. Ese Taltos no se pudriría en un hospital llevando informes, atendiendo pacientes y sonriendo mecánicamente. No. La medicina no era para él. Aquel brujo había visto en aquel muchacho un diamante en bruto.

—Memnoch hará un preciado regalo a todos los Mayfair. Serán mortales, pero rejuvenecerán y tendrán mayores poderes. Claro está, sólo los brujos y brujas—aquella confesión provocó que ambos vampiros lo miraran sorprendido—. Ahora está de nuestra parte.

Hazel había cambiado de nombre, Rowan había marchado junto a Michael nuevamente hacia San Francisco, y los Mayfair de New Orleans vivirían una época dorada que jamás creyeron conocer. Pronto el mundo sabría que era ser un Mayfair. Un nuevo monopolio empresarial comenzaría.

Las oficinas Mayfair and Mayfair se hallaban completamente iluminadas. No solían trabajar hasta tan tarde, pero había sido una petición expresa de Mona y de Julien. Nadie podía creer en la familia que un milagro como aquel ocurriera, pero inclusive Pierce no había tenido reparos de comentarlo en más de una ocasión con su futura esposa. La limusina aparcó en la cera contigua y todos los ocupantes descendieron.

Mona tomó a Alvar de la mano, como si fuera un niño, e intentó que no se dejara llevar por las luces eléctricas de los locales de comida cercanos al edificio. La música jazz, soul y r&b sonaba sin cesar junto a un rock ciertamente atractivo. Para un Taltos la música es vida y él se echó a reír mientras ella lo contenía. Tarquin vestía igual de elegante que su joven prodigio, pero Mona había decidido ser más desenfadada y enfundarse en un traje rojo despampanante y llevar unos tacones de infarto. Julien seguía llevando un traje blanco, aunque con un corte más clásico que la noche anterior, junto con unos lustrosos mocasines del mismo color. Todos parecían dispuestos a entrar en la firma de abogados e imponer sus deseos.

El primero en acercarse a ellos, saliendo de las oficinas, fue Ryan que había recobrado el color de sus cabellos y ya no lucían tan blancos. Tenía menos arrugas, estaba algo más delgado y parecía un maniquí en aquel traje azul marino, camisa de algodón blanco y corbata carmesí. Sin duda alguna Julien había hecho un pacto terrible y la familia volvía a estar maldita, aunque de una forma distinta.

—Bienvenidos, el contrato está listo.

—¿Qué contrato?—preguntó Alvar con aquella voz seductora, casi idéntica a la de Tarquin—. Papá ¿qué contrato? ¿De qué habla?

—Hijo, pronto tendrás parte de mi fortuna y la fortuna de tu madre. Nunca te faltará de nada. Además, Julien hará que aprendas a dirigir ciertos negocios— lo miraba con orgullo y amor, como un padre mira a su hijo, y en parte comprendió porque Mona deseaba tener un pequeño propio. Él ya había sido padre con Jerome, un chico que ya era espigado y listo, pero ella había perdido a su hija y esto era algo más que un capricho. Alvar era inteligente y educado, cosa que le enorgullecía, y que pronto daría sus frutos.

—Así es—dijo Julien antes de echar a caminar hacia el interior.

Los documentos pronto se firmaron, Alvar quedó inscrito como Mayfair, y Julien, una vez más, se salió con la suya.


lunes, 31 de marzo de 2014

Pasión y pactos

Estas memorias son de Louis y David actualmente en las cuales David logra hacer entender el comportamiento de su compañero y amigo. 

Lestat de Lioncourt 

Pasión y Pactos


Durante gran parte de mi vida me había dedicado a los grandes misterios que asolaban el mundo. Allí donde se descubría un nuevo enigma me movilizaba con mi equipo habitual, que usualmente era mi maletín y mi propia soledad. Dentro del maletín solía encontrarse cintas vírgenes, una grabadora, libretas, lapiceros y un par de plumas. Ocasionalmente llevaba un revolver, balas y cámaras fotográficas. A veces Aaron me acompañaba. Solía decir que los misterios que yo tenía eran los mejores, los más arriesgados y por lo tanto emocionantes. Desde mi conversión en vampiro he vivido historias que jamás pude soñar y el mayor misterio se concentra personificado en Louis.

He sido, sin duda alguna, uno de los mejores compañeros que ha poseído Lestat. Durante décadas he permanecido a su lado con total lealtad. Muchos afirman que gracias a mí él sigue siendo uno de los vampiros más fuertes y hermosos que existen. Tal vez tienen razón debido a nuestra aventura en la cual casi pierde su cuerpo. Aquel ladrón de cadáveres de Raglan James no logró su fechoría más atroz. No obstante también creo haber sido leal a Louis hasta extremos insospechados para muchos. Posiblemente me he sobrepasado en mi celo con él. Quizás todo comenzó tras su intento de suicidio, frustrado por mí, Merrick y Lestat, o tal vez desde que tuve la dicha de conocerlo. A decir verdad desconozco cuando comencé a ser su compañero, ofrecerle mi lealtad y servicios, así como permanecer a su lado en silencio rogando porque su actitud vuelva a ser sufrida, paciente y entregada al dolor antes que a la habitual violencia que ya nos ha acostumbrado.

Escuché por primera vez su nombre cuando aún era humano y a penas tenía treinta años. Había entrado en la orden hacía varios años y me encargaron, como era habitual por aquellas fechas, añadir a los archivos fotografías o nuevas pruebas de la existencia de ciertos seres sobrenaturales. En la orden siempre ha mantenido un riguroso orden y se ha cumplimentado cada paso con cuidado. Cuando me pidieron que tomara una crónica, una de tantas, que había realizado un compañero y la añadiera a la carpeta “Lestat de Lioncourt” pregunté de qué ser se trataba y cuando mi superior sonrió supe instintivamente que era un vampiro.

Tuve la fortuna de leer los archivos sobre Lestat durante varios días. Decidí que debía pasar la documentación a mano, transcrita desde hacía siglos, a mecanografía para adjuntar cada folio a la vieja historia. Nadie me dijo que no debía hacerlo y como no tenía misión alguna, no había prisas y era un trabajo metódico jamás pensaron que me interesaría de tal forma con los vampiros. Creo que me obsesioné. La historia de Lestat era francamente divertida, trágica y grotesca. El nombre de Louis aparecía asiduamente en los primeros años de vida del vampiro, pero después se volatilizó. Muchos afirmaban que había muerto, pero otros aseguraban que estaba vivo. Yo era de la opinión que sólo puedo juzgar algo que sé a ciencia cierta, mientras tanto es un misterio sin resolver al cual no daré jamás carpetazo.

La primera vez que vi a Louis quedé atónito. Su expresión doliente, su frente despejada, aquellos cabellos negros y ondulados recogidos metódicamente en una coleta, su camisa blanca y chaleco verde realzando sus ojos que parecían esmeraldas, la belleza de su mentón y la pulcritud de cada una de sus prendas me sobrecogió. Creo que me enamoré de él al instante. Cualquiera se hubiese enamorado de él. Me dije a mí mismo que si seguía mirándolo así, tan enamorado, caería en una especie de sopor y jamás despertaría. Era como ver un santo compadeciendo al mundo a sabiendas que el mundo jamás se compadecería de su tristeza.

Me siento en deuda con él, y también con Lestat, por todo lo que ocurrió tras el suceso de Merrick, e incluso mucho antes. Cuando mi buen amigo Lestat, al cual le debo mi nueva vida, quedó catatónico tuve ciertos sentimientos encontrados con Louis. Él estaba convertido en una escultura hermosa, que ni sentía ni padecía aparentemente, pues se encontraba en un estado perturbado por un espíritu, o demonio, que decía quererlo a su lado. Louis, ese vampiro atractivo de ojos verdes y perfectos modales, se antojaba apetecible cuando se arrojaba con amor hacia su creador, el vampiro que a ratos odiaba y en otros momentos adoraba, provocando en mí unos sentimientos intensos y dolorosos. Reconozco que me enamoré de él y mi amor aún perdura, aunque desconozco cual es la fuerza de estos o el sentido de mantenerlos después de todo lo vivido. Cuando Merrick apareció yo lo amaba, con una intensidad que no podía ocultar, y ella lo supo. Se vengó de mí, en cierta forma, y también consiguió algo que deseaba profundamente y era un poder mayor al de una bruja. Louis se convirtió en un muñeco en sus manos y finalmente salió lastimado. A su regreso del mundo de los muertos, pues estuvo a punto de conseguir lo que tanto parecía ansiar, se convirtió en un ser frío, distante y cruel.

A pesar de todo, después de más de dos décadas, sigo custodiando a Louis aunque a cierta distancia. Hace escasamente un año tuve una fuerte discusión con Mona Mayfair, la última vampiro hembra que Lestat logró crear como pupila, en la cual me rompió el corazón en mil pedazos convirtiéndome en un hombre hundido en su miseria. Talamasca siempre estuvo relacionada de alguna forma con los Mayfair, pues uno de nuestros hombres dio sus genes y su vida por la familia. Sin embargo yo había llegado tan lejos como Aaron, Petyr y otros tantos. Me había enamorado perdidamente de Mona cuando Lestat tuvo la oportunidad de presentarnos. Recuerdo aún su fragilidad y belleza, tan arrolladoras como su fuerza y carácter, pero lo que más recuerdo fueron sus palabras hacia Louis. Cuando ella descubrió que aún tenía ciertos sentimientos hacia él, los cuales eran admiración y lástima, me dejó. Seguía siendo fiel a la figura de ambos inmortales, los más conocidos entre los nuestros por sus aventuras y pasión, y ella no lo toleró.

Hace varias noches, cuando me encontraba en el pequeño despacho que poseo en la nueva vivienda de Lestat, tuve una visita inesperada. Louis apareció como una sombra que emerge de la nada, con aquella mirada propia de un felino y una sonrisa suculenta. Si me lo permiten, pues yo aún no puedo aceptarlo, tuve miedo. Tenía un aspecto fiero y se movía deambulando como si fuera un animal a punto de atacarme. Su cabello estaba suelto y libre, algunos mechones caían sobre su frente, tenía el ceño fruncido y la boca torcida. Hacía semanas que no tenía el placer de verlo frente a mí y siempre que aparecía sentía que ocurriría una desgracia.

Mi despacho es una habitación pequeña, pues no necesito de algo más que unos muebles ya que uso la biblioteca de la planta baja, con tan sólo un par de escritorios y unas sillas así como varios archivadores gris de metal. La lámpara de pie tintineó, así como la del techo, cuando apareció y yo suspiré pesadamente cerrando una de mis numerosas carpetas. Con cuidado dejé la pluma sobre el soporte de cuero que usaba para escribir, alcé la vista y me recliné sobre la silla giratoria de oficina que poseo. El crujido de la silla sonó, igual que el murmullo que hace un papel al doblarse y guardarse en un sobre, el cual pareció alterarle aún más.

—¡Por qué!—gritó furioso con los puños cerrados—. ¡Dime!

Con meticulosa calma me incorporé de mi asiento y cerré el segundo botón de mi chaqueta. Mis cabellos estaban perfectamente peinados y perfumados, así como todo mi aspecto era el de un hombre que se había pasado horas acicalándose para nada. Ni siquiera me había movido de la mesa durante la noche. Sin embargo amaba la pulcritud y también la meticulosidad de mi aspecto. Si bien Louis tenía el cabello sucio, el cuello de la camisa tenía gotitas de sangre que podía apreciar a pesar de la distancia y rezumaba olor a cementerio.

—No sé a qué te refieres—me encogí de hombros ligeramente mientras salía de detrás de la mesa—. Por favor toma asiento, relájate y habla sin trabas. No puedo comprender qué ocurre si no te explicas—intentaba sosegar su irascibilidad, pero eso era algo digno de un titán y yo era únicamente un viejo amigo buscando las palabras exactas. Aunque, posiblemente, me hubiese conformado con las idóneas.

—¡Quieres que me calme! ¡Cómo te atreves a pedir que me calme!—elevó aún más la voz y eso me crispó, aunque no lo aparenté en ningún momento.

—Sí—dije acompañando la afirmación con un sutil ademán de mi cabeza—. No sé que está pasando y por lo tanto te sugiero que te sosiegues. Te invito a contarme todo al respecto de tu problema, pero si no comienzas por el inicio de...

—¡El inicio tiene fecha y hora!—exclamó con ira.

—Adelante, dímelo—me acerqué a él tomándolo por el brazo derecho, tirando suavemente de éste y sentándolo para que me hablase sosegadamente.

—¡Es su culpa! ¡Su culpa!—dijo soltándose de mí como si mis manos le quemaran.

—¿De quién?—pregunté con un tono de voz monocorde.

—¡Lestat!—obviamente supuse que era una nueva discusión con nuestro rubio, descerebrado pero encantador amigo. No obstante no era así—. ¿Por qué me transformó en esto que soy? ¡Habría sido más sencillo para amos que me matara!—dijo abriendo los brazos en cruz para luego dejarlos caer a ambos lados de su figura—. Muerto el perro se acabó la rabia.

—Louis...—fruncí suavemente mi ceño e intenté que observara que me había molestado notablemente ese comentario. ¿Por qué me molestó? Alguien como él no merecía morir de esa forma y posiblemente muchos de nosotros le debíamos su existencia. De no haber existido Lestat no se hubiese atrevido a tomar ciertos riesgos, no nos habríamos conocido y no estaría en esa habitación.

—¿Por qué?—su tono de voz se escuchó quebradizo—. Aceptó esa bruja a su lado y no ha sido capaz de venir a buscarme cuando lo ha dejado.

—Así que son celos—sonreí con cierta diversión, pero rápidamente borré la sonrisa—. ¿Qué ocurre? ¿A caso pensabas que te buscaría? ¿Para qué? Louis has cambiado tanto que asustas. Incluso yo te temo. Siempre te he admirado y amado, pero te temo—expresé tomándolo nuevamente del brazo, apretando suavemente éste, para hacerle sentar en la silla frente a mi despacho.

—Se nota que tú no tienes que cargar un corazón destrozado como el mío—aquello era falso, tan falso que me provocó deseos de golpearlo. Estaba mintiendo o viviendo su propia realidad donde sólo él sufría o tenía derecho a ello—. ¡Se nota que él sólo piensa con la bragueta!—tal vez en otros tiempos hubiese creído sus palabras, pero conociendo a Lestat lo dudaba. Sus ojos se empequeñecían y sus pupilas se dilataban. Él mentía, pero quizás ni se percataba de hacerlo. Sus pobladas y largas pestañas le conferían a su mirada una belleza hipnótica. Su mentón se apretaba en cada estallido y sus manos parecían querer cortar el aire como cuchillas. A veces las lanzaba hacia mí, luego se acomodaba el pelo y volvía a cerrarlas en puño— ¡Nunca le he importado yo o Claudia! Ahora que ella ha regresado gracias al poder de Memnoch ni ha sido capaz de ir a buscarla. ¿Por qué?

—¡Te quiere destruir y a él el primero!—respondí furioso— ¡Cómo va a querer buscarla!—dije.

Claudia siempre buscaba instintivamente como destruir a sus padres inmortales. Una vez había pronunciado cuan egoísta era Lestat y lo hice lanzando mis verdades a su rostro. Aquel rostro hermoso, enigmático e hierático que parecía haber sido esculpido en mármol. Sus doradas cejas, tan doradas como sus rizados cabellos, junto con sus pestañas le daban un toque inhumano a su rostro más allá del color de su piel porque aún poseía algo del dorado adquirido por su exposición al sol. Sí, había creído que no quería regresar por egoísmo y luego supimos que era un miedo atroz. Él se incorporó de su sueño y corrió hacia Louis. No era egoísta, sino temeroso.

—¡Mentira! Ella no sería capaz—otra mentira más. Se había empeñado en mentirse a sí mismo con tanta gracia y descaro que me asombraba.

—¿Recuerdas sus palabras?—pregunté en un murmullo—. Te odia, te maldice, te desprecia y te cree inferior por ser maleable.

Di varios pasos hacia atrás y me apoyé en la mesa. Mis manos fueron al borde, acariciando su rugosidad, mientras suspiraba profundamente. Louis estaba dejándose engañar nuevamente. El regreso de Claudia era sin duda una grieta más para su alma, un pedazo de espina enterrándose en su corazón y convirtiéndose en estaca, o simplemente el veneno en el cáliz más dulce, allí donde sólo debe existir agua fresca o vino. Estaba a punto de caer tropezando con la misma piedra, yo lo estaba viendo y él ni siquiera había comenzado a notar como su cuerpo se movía.

—¡Ya no lo soy! ¡Mírame!—dijo abriendo sus brazos y yo negué sumamente.

—¿Por eso vas de chico malo?—mis palabras provocaron que su cuerpo se empequeñeciera por unos segundos, sus hombros se achicaron y sus brazos se cerraron rodeándose a sí mismo— ¿Por eso quieres ser cruel? ¿Por eso te ciegas tanto que no ves como sufrimos todos? Te encierras en tu dolor pero ¿qué hay del dolor de los demás?—guardé silencio por unos segundos mientras veía su rostro congestionado por las dudas. Quería que apartara esa ceguera que cargaba y volviese a ver los colores del mundo gris que él describía, tan apocaliptico e infame—. Tachas a Lestat de egoísta pero aquí el único egoísta eres tú—sentencié.

El rostro de Louis se avivó como si una vela lo hubiese prendido. Sus mejillas se colorearon y sus labios se abrieron por la sorpresa. No esperaba que le llamase egoísta, pero lo había hecho. Me creía incapaz de soltar una verdad tan incómoda, pero él la había escuchado de forma directa. Siempre he sido directo, no he querido guardar ninguna bala en la recámara y por supuesto que con él lo estaba siendo. No podía ser falso, pues entonces no me consideraría su amigo.

—¡Cómo te atreves a decirme algo así!—dijo enérgicamente con el tono de voz cargado de matices.

—¡Tienes razón!—exclamé— ¡Debí ser franco contigo hace mucho tiempo!

—¡Haré que pagues por estas palabras!—se aproximó hacia mí y me tomó de las solapas permitiendo que viese su rostro cubierto por la furia, desesperación y dolor. Se dejaba arrastrar por los peores sentimientos, mucho peor que el odio.

—¿Qué harás? ¿Prenderme fuego? ¿Provocar mi muerte? ¿Qué harás dime?—pregunté frunciendo suavemente mis cejas mientras colocaba mis manos sobre las suyas—. Yo que te he dado tanto.

—¡Tú no me has dado nada!—dijo soltándome para echar a caminar de nuevo como animal en una jaula. Daba giros sobre sí mismo completamente furioso.

—¡Te he cuidado durante años! ¡He perdido la única oportunidad de ser feliz por ti!—no era tiempo de reproches, pues eso podría empeorar la situación, pero no pude contener más mi dolor. Si él me mostraba el suyo por supuesto que yo podía hacer lo mismo.

—¿De qué estás hablando?—susurró.

—¿Es que no te has dado cuenta? ¿Tan ciego estás?—dije sereno, o al menos lo intentaba, porque no era cuestión que ambos nos alteráramos.

—No sé de qué me hablas—se detuvo y me miró con profunda preocupación y visiblemente afectado. No se había percatado que yo sufría, pues como decía se estaba comportando de forma egoísta, si bien su pose volvió a ser la de antes y tomó un semblante sereno y perturbador.

—Mona regresó con Quinn harta, molesta y dolida porque siempre me preocupaba por tu situación—le expliqué.

—¡Mentira! ¡Esa es tan puta o más que Rowan!—aquello me molestó de sobremanera.

—¡Cállate!—dije dolido para acercarme a él y abofetearle.

Creo que era la primera vez que le cruzaba el rostro, aunque no estoy seguro. Mi primera agresión contra Louis y era una bofetada. Él, mi hermano inmortal, había encajado mi furia con mi mano abierta directa a su rostro de muñeco perverso y atractivo.

—¿Me has abofeteado?—preguntó con cierta sorpresa y con la voz arrullada por el desconcierto.

—Sí—afirmé sin vergüenza—. Algo que debió hacer Lestat y no yo—añadí—. No me siento orgulloso por haberlo hecho, pero estás histérico.

—¡No!—me empujó provocando que trastabillara y golpeara la mesa, quedando de nuevo apoyado en ella mientras intentaba no volcarla con el portátil, los documentos y los distintos objetos que en ella se hallaban.

—¿Quieres escucharme de una buena vez?—pregunté con rabia. No obstante, intenté ser delicado. Me negué a darle a mi voz un tono grotesco y cruel, así que fue un susurro suave a la espera que él accediera.

Ambos encerrados, aunque la puerta estaba encajada, en aquella habitación me recordaba a ciertas vivencias del pasado. Él lloraba porque Lestat se había marchado de juerga nocturna, temblaba casi en mis brazos y me pedía que lo consolara. Sus cabellos negros rozaban la punta de mi nariz, pues su estatura a penas lograba rozar el metro setenta y cinco, sus ojos verdes eran tan maravillosos que me provocaban escalofríos. Muchas veces lo besé cubriendo su rostro con mis labios, dejando que mi boca apretara su dura piel y me dejara sin aliento su aroma. En ocasiones me vi tentado por sus labios gruesos, perfectos y entreabiertos que pedían que los domesticara como una fiera.

Antes de Merrick, semanas antes, había sido al fin mío. Podía rememorar a la perfección su cuerpo desnudo en la cama, agitado y con las piernas temblorosas. Incluso en mi mente se alojaban sus altos y claros gemidos, añadiéndose al chispazo que me provocaba el recordar el tacto de sus manos tocando mi torso como si fuera una divinidad y el aroma que poseía su sudor.

—¿Por qué debería?—susurró.

—Porque yo nunca te he mentido—argumenté con franqueza.

—Adelante—dijo entonces tomando asiento en una de las sillas, quedando a pocos centímetros de mí, con su rostro alzado hacia el mío.

—Lestat te ha amado de una forma incondicional, sincera y apasionada—aquellas primeras palabras de mi discurso hizo que él agachara la cabeza y que sus ojos rodaran por el suelo—. Tú te convertiste en un monstruo egoísta que piensa que sólo sufre su corazón, pero muchos de nosotros hemos visto y vivido cosas terribles. He perdido a Merrick, aunque no me hizo feliz el saber como te había manipulado, y también a Aaron—y eso no era todo, pues tenía más desgracias en mi vida humana. Si bien no iba a ser tan duro y cruel con él y sacaría a la luz sólo lo que había sucedido desde que era un inmortal—. Mi carrera en la Talamasca se vio hundida—añadí aquello aunque había dicho que no me importaba y lo había dejado atrás, no obstante seguía buscando a seres como nosotros para que me confiaran sus secretos. Me comportaba como el viejo investigador y no como el vampiro—. Mi mundo se ha reducido a noches eternas en las cuales divago sobre sucesos paranormales, observo espectros caminar entre nosotros y me compadezco de ti. Sí, me compadezco. Me duele verte así—admití como alegato final.

—¿Y cómo me veo?—su tono de voz ya no era desafiante, sino hundido en sus pensamientos.

—Despechado porque Lestat no ha acudido aún a ti—afirmé tajantemente—. Creías que iría como siempre, pero no lo ha hecho. Se ha evitado el mal trago de ver en tus ojos el odio más puro y sincero.

—No es cierto—balbuceó mientras estiraba mi brazo derecho y elevaba con mi dedo índice y corazón su mentón. Los ojos que vi no eran los de aquel monstruo, sino algo similares a los que una vez amé.

—¿No? ¿Y qué ha sido este derroche de palabras hirientes y golpes en el aire?—susurré inclinándose suavemente hacia él para que nuestros ojos cruzasen sus miradas.

—Yo...—se había quedado atónito y sin palabras. Buscaba argumentos pero sabía que no los había, por mucho que rogara hallar uno.

—Lo quieres a tu lado y cuando lo tienes lo desprecias—dije con una sonrisa amarga—. Sólo te das cuenta de su importancia cuando se aleja—sentencié con calma mientras él dejaba escapar una lágrima que me torturó profundamente—. Ahora que está lejos, que no quiere saber de ti, deseas atraparlo aunque sea para carbonizar su cuerpo.

—Yo...—las lágrimas ya eran visibles, tenía varias a punto de salir y un par que cruzaban su rostro creando dos ríos de innegable trágica belleza.

—Hablas de dolor por la pérdida de una hija ¿te has planteado alguna vez que yo eduqué a Merrick desde sus tiernos trece años?—pues a veces sentía que él lo había olvidado. Ella era una niña que me seducía por su inteligencia y belleza, pero una niña. Si bien caí en sus juegos cuando tenía dieciocho años, saboreé su tierna piel y sus pezones café, mientras que sus piernas se abrían como mariposas que me traicionaron con su calor y juventud. Pero era una niña. Yo había educado a una discípula y había muerto. Ya no quedaba nada de ella.

—Pero...—se incorporó tembloroso y apartó mi mano de él.

—¿Alguna vez te has parado a pensar cuales son mis sentimientos reales?—dije colocando mis manos sobre sus hombros.

—No...—susurró sin aliento llorando en silencio.

—Aún recuerdo como me usaste para no pensar en Lestat catatónico, inmóvil por completo, mientras los días pasaban—aquello fue un golpe bajo, pero él pareció encajar a la perfección.

—Yo...—se abrazó a mí con fuerza y sentí su cuerpo contra el mío. Su figura era más delicada, poseía incluso una ligera cintura, y sus manos eran mucho más suaves. Mis dedos se enredaron en sus cabellos sucios, enredados y con aroma a flores marchitas. Él sin embargo hundía su rostro en mi torso y empapaba mi camisa blanca con sus lágrimas, dejando sucia y destrozada ésta.

—Louis, tú eres el ser más egoísta y rastrero que jamás he visto—eso lo hizo temblequear hasta casi caer, pero yo lo sostenía entre mis brazos—. Sin embargo te entiendo. Sé que te mueve a ser así y acepto que tengas estas debilidades.

Alzó su rostro entonces con las mejillas sonrosadas, cubiertas de lágrimas y con una expresión tortuosa en su rostro. Besé entonces sus labios que pedían ser besados y él pasó sus manos por encima de mis caderas, para estrecharme contra él. Mis dedos acariciaban suavemente sus pómulos y mi lengua se hundía en su boca. En aquel momento pude notar como su cuerpo se liberaba del lastre que había soportado durante tanto tiempo. El murmullo de la tela siendo acariciada por nuestros dedos mientras aumentaba el impulso de ambos.

Noté como el escritorio se pegaba más a mí, justo por la zona de los muslos y acababa sentado en él. Louis se deslizó entre mis brazos y acarició mi torso mientras abría mi chaqueta y chaleco, dejando tan sólo cerrada la camisa. Se arrodilló rápidamente y me sacó el cinturón, abrió el broche del pantalón y bajó el cierre. Introdujo entonces su mano derecha dentro de mi bragueta y de entre mi ropa interior, la cual aún no molestaba, sacó mi miembro aún flácido. Sus ojos centellearon antes de dedicar besos sutiles sobre mi sexo. Con cuidado sus dedos sacaban mi camisa, bajaban un poco más mis pantalones y se perdían por mi vientre acariciando mi musculatura marcada. Mis dedos se hundían su cráneo despejando su flequillo, peinando su melena y dejando su pelo recogido en una coleta atada a mi diestra. Mi zurda rozó sus labios con el dedo corazón y pulgar, bajó hacia su mentón y acarició su nuez mientras él seguía rozando con su boca mi miembro y testículos. Su aliento frío erizaba mi vello púbico y provocaba cierto cosquilleo en mi vientre que se elevaba hasta mi torso, punzando en mis pezones y recorriendo mi nuca. Dejé escapar un jadeo justo cuando recogió entre sus, gruesos y suculentos, labios mi glande. La punta de su lengua acarició el prepucio que comenzó a retirarse dejando la piel sensible del glande al descubierto.

Juro que nunca vi a un ser tan espectacular como Louis en ese momento. Parecía un ángel dispuesto a enfrentar sus pecados solucionándolo con otro mayor. Su lengua humedecía el inicio de mi sexo y se dirigía hasta la base, enroscándose y tirando de la piel, mientras yo tan sólo era mero espectador de ello. Sus ojos se cerraron y suspiró con mi miembro en su boca, relajando su mandíbula y engullendo todo mi ser hasta rozar con sus húmedos labios mis testículos. De improvisto agarré su rostro entre mis manos y me incorporé de la mesa, para luego sostener su cráneo con firmeza y comenzar a penetrar su boca. El ritmo era suave y él parecía aceptarlo de buena gana. Su lengua rozaba cada centímetro de mi ser y sus manos se aferraron a mi pantalón para tirar de él junto a mi ropa interior; después, sin vergüenza alguna, agarró mis glúteos y los masajeó para anclase a ellos mientras penetraba su boca llevando un ritmo más violento. Él succionaba con aquel rostro compungido entre el placer y el dolor, iniciando en mí un calor terrible que provocó que empezara a sudar del mismo modo que él ya lo hacía.

Mi mano izquierda agarró la base de mi sexo mientras lo sacaba, para luego restregarlo por su rostro y azotarlo con él en la comisura de su boca. Él me miró ardiendo por la pasión y noté entonces como abultaba su pantalón negro. De inmediato me aparté para arrancarle la ropa sucia, descuidada y demasiado clásica incluso para mí. Su cuerpo quedó al desnudo mientras los botones aún tintineaban al caer en cascada al suelo, del mismo modo que el sonido de los jirones y la ropa amontonándose.

—Se mi dueño—dijo aproximándose a mí, quedándose pegado a mi pelvis mientras la punta de su lengua acariciaba mis testículos—. Dame tu sabor.

Aparté su pelo y dejé que cayera sobre sus hombros. Su aspecto era especialmente tentador, sobre todo cuando lo arrojé al suelo y lo coloqué en aquella deliciosa posición conocida como el perro. A cuatro, con sus nalgas levemente alzadas y su miembro erecto entre sus piernas. De inmediato, sin mediar palabra alguna, me introduje en él sintiendo la presión de sus músculos y el calor libidinoso de su cuerpo. En ese instante uno de mis empleados, al cual le había pedido un informe de una de las mansiones cercanas a las propiedades de Lestat, entró en la habitación quedando boquiabierto por la situación que ambos vivíamos.

—Déjalo en la mesa—fue lo único que dije, pero el chico lo lanzó al suelo y salió corriendo completamente sonrojado.

—David...—balbuceó mi nombre entre gemidos roncos.

—Tranquilo, todo irá bien—susurré moviéndome con deseo, apoyando mis manos en la parte baja de su cuerpo y agitándome dentro de él.

Sí todo iría bien, pues podía sentir como vibraba. Su vientre tiraba de su sexo para erectarlo aún más, pues el cosquilleo que percibía era el mismo que yo notaba. Su cabeza se agachó y terminó encogido sobre el suelo. Sus pezones rozaban el frío mármol, sus codos estaban apoyados sobre las losas del mismo modo que sus rodillas, y sus nalgas sentían como lo perforaba. Cada vena, trozo de piel y vello de mi sexo lo tenía bien presente así como el golpeteo rítmico de mis testículos.

—Soy... quiero... mon dieu—decía apoyando su rostro contra el frío suelo buscando refugio para el fuego que sentía.

—¿Quieres?—pregunté con una leve sonrisa en mis labios mientras me inclinaba para besar sus hombros. Me detuve en las arremetidas sólo para escuchar mejor su petición.

—Ser tuyo. Ser tu amante. Ser tu puta. Ser todo lo que quieras. Arráncame esa furia y domestica mis impulsos destructivos. Tú podrías—dijo buscando con su mano derecha su propio sexo para acariciarse tirando de él, con la misma gracia que un pastor ordeña una cabra. Era impulsos rítmicos, con la muñeca, y presión suave con sus dedos.

—No te acerques más a Claudia y lo serás—sus ojos se abrieron confusos—. Nunca me iré de tu lado si la abandonas.

—Es... es... Claudia—dijo temblequeando para intentar verme por encima del hombro.

—Ella no te puede dar amor ni placer, pero yo sí—susurré besando su sien antes de incorporarme para seguir penetrándolo con un ritmo contante, fuerte y profundo.

—¡Sí! ¡Sí!—gritó entre largos gemidos— ¡Sí! ¡Sí! ¡Seré tuyo! ¡Sólo tuyo! ¡Ni siquiera fui así con Lestat! ¡Sí! ¡Hazme arder! ¡Quiero combustionar de placer!

Golpeaba enérgicamente su próstata e hice que llegara a correrse sin resistencia. Su miembro eyaculó toda la carga de sus testículos contra el suelo de mármol, para finalmente apretar el mío en aquel interior rugoso y cálido. Sin embargo yo no llegué al orgasmo final, pues decidí apartarme de él y girarlo adentrándome en su boca.

—Entonces—dije antes de venirme— ahora eres mío y harás lo que yo te ordene—susurré moviéndome suavemente entre sus labios, para luego apartarme y masturbarme frente a su rostro. Él abrió su boca y yo llené ésta con mi semen— Te amo Louis— no era una mentira piadosa, pues realmente lo amaba de forma entregada y a mi modo. Seguía amando a Mona, pero ella era un amor imposible. Me incliné antes que tragara mi esencia y pedí compartirla con un beso blanco. Echó sus brazos entorno a mi cuello y yo cerré los ojos sintiendo que había hecho un buen trato.


Desconozco si Louis cumplirá su promesa, pero en cuanto la rompa yo lo sabré. Claudia debe ser eliminada nuevamente y permitir así que tanto Lestat como Louis descansen. Ellos tienen derecho a no pensar más en una niña que nunca les amó.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt