Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 7 de junio de 2017

Luz y oscuridad - Poema

Memnoch me ha dejado esto...

Lestat de Lioncourt


El amor no surge entre las cadenas.
No puedes obligarme.
No seguiré esta obscena carrera
hacia el idílico desastre.

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de luchar.
Ya no escuchas, ya no hablas...
No me digas que aún nos amas.

No tomaré las armas.
No alzaré mi puño contra ellos
porque no deseo torturar almas
y tampoco abandonarlos pretendo.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?
¿Quién carga con tu cruz?

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de ser todopoderoso.
Hay cientos allí que ya no te veneran...
y es porque no eres Padre amoroso.

Jamás has escuchado sus corazones
y dices que son tus vástagos.
Nunca has escuchado sus oraciones
y de piedad no has tenido ni un amago.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?

¿Quién carga con tu cruz?

martes, 16 de mayo de 2017

Hijos de Lucifer

Mañana es el día contra la transfobia y la homofobia. Dios no los odia, sólo lo odia el ignorante.

Lestat de Lioncourt 



—Creaste un mundo diverso—dije.

Estábamos frente a un tablero de ajedrez. Él vestía de blanco impoluto, pero yo había escogido unas prendas bastante llamativas. Unos pantalones tejanos desgastados, algo sucios en los bajos, unas botas de punta con tachuelas, una camiseta blanca sin mangas y una chaqueta de imitación a cuero cargada de cremalleras y consignas en pro de la libertad de cualquier tipo y de la paz. Uno busca paz siempre que va camino a la libertad y la felicidad, pues son tres rostros de una misma señora.

—Creé mentes diversas—replicó moviendo el alfil.

—Pero muchas de ellas no funciona—contesté antes de señalar el mundo que yacía a nuestros pies iluminado por las distintas luces de neón. Desde el lugar donde nos hallábamos podíamos ver una ciudad cualquiera, tan común como cualquier otra, llena de suburbios más pobres y más ricos con una contaminación acústica que creaba un latido distinto a las otras. Aún así, frente a nosotros, era lo mismo—. Míralos. No quieren comprender, no quieren escuchar.

—¿Y es mi problema?—preguntó encogiéndose de hombros—. Les di los medios y las oportunidades, ellos sólo tienen que tomarlos.

—¡Lo sé!—exclamé algo agitado—. Pero muchos no alcanzan a verlo.

—La gloria no está hecha para todos—se apresuró a decir.

—¡Padre! ¡Los estás condenando!—me incorporé indignado. Apoyé mis manos sobre el tablero y este se desplazó ligeramente. Las piezas parecieron temblar, pero no se precipitaron hacia el suelo que era un manto nebuloso que nos sostenía a los dos, así como al resto de ángeles que nos observaban ensimismados.

—Se condenan solos—explicó con un tono conciliador.

—Hay quienes jamás vivirán en libertad debido a la presión que ejerce el resto—repliqué aún furibundo, aunque intentaba controlarme—. No puedes hacerles esto.

—¿Yo?—dijo con una sonrisa entretanto se incorporaba imitándome. Sus labios eran carnosos, rosados y parecían bondadosos... pero no era así—. Son demasiado débiles, pero esa debilidad está en los caminos que han ido escogiendo.

—¡Y en la cultura que les ha tocado vivir!—dije todavía más exasperado.

—¿Quieres hacer algo?—preguntó—. Hazlo—me invitó—. Levántate y hazlo.

—¡Lo hago! ¡Pero lanzan consignas! ¡Llaman sodomitas y monstruos a quienes al fin se alzan!

Mi voz se alzó como un relámpago en mitad de la oscuridad y cayó como un trueno sobre los presentes. Las piezas del tablero cayeron a los lados, rodando hacia el suelo, y hundiéndose entre las esponjosas nubes. Muchos se agitaron abriendo las alas y echándose hacia atrás. Sabía que me daban la razón, pero muy a su pesar tenían que aceptar las reglas impuestas por padre.

—¿Y? ¿Sucumben?—dijo alzando sus pobladas cejas blanquecinas.

—No todos—respondí frunciendo el ceño.

—Pues los que queden en pie serán los que liberen al resto.


Me ahogaba. El racismo aberrante, la presión de las clases más vulnerables, el robo de la libertad y la malversación pública, la transfobia, el machismo, el feminismo radical que vulneraba a las mujeres transexuales, la homofobia que se extendía incluso en campos de concentración ucranianos, el nulo deseo de comprender la bisexualidad, y en definitiva el odio al diferente y el egoísmo. Sobre todo el odio hacia aquellos que se levantan cada día luchando contra las fobias del intolerante, el cual no comprende que amar distinto no es delito ni pecado. Y, honestamente, tampoco identificarse con un género u otro porque son construcciones sociales. Me ahogaba terriblemente. Quería llorar, pero no pude. Apreté los puños y bajé de nuevo para patear la ciudad buscando a todos aquellos que seguían luchando, seguían amando, seguían encontrándose con las dificultades y que eran llamados Hijos de Lucifer.  

viernes, 5 de mayo de 2017

Tú, yo y la verdad

Chico cabra vs Dios

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso ves justo el sufrimiento?—pregunté entrando en aquella iglesia.

Sabía que él estaba ahí. Había bajado de su omnipotente trono para contemplar las bellas flores que habían dejado muy cerca del púlpito. Él había jurado que destruiría a todos los que adoraran falsos dioses, estatuillas que lo representaran o glorificaran objetos cuando lo único que tenían que glorificar era su palabra. El mismo que echó a los mercaderes del templo a través de su hijo, al cual hizo humano para que sintiera la humillación de no ser escuchado. Ese mismo. Él estaba ahí.

—Deben asumir las consecuencias de sus pecados—dijo sin girarse.

Parecía un hombre anciano y bondadoso. Sus largos cabellos canos caían como cascadas de plata sobre su espalda. Sus cejas eran frondosas, igual que su barba, y tenía los ojos pequeños aunque de un azul intenso muy bello. Su piel no era blanca, pues tenía un tono ligeramente tostado. Los pliegues de sus arrugas se veían cincelados deliciosamente como si de verdad le afectara el tiempo. Podía tomar cualquier rostro, pero había decidido usar el de un hombre en la senectud.

—Diste libertad, pero no explicaste las condenas de sus malas decisiones—contesté algo furioso.

Mi aspecto era opuesto. Joven, algo robusto, de algo más de un metro noventa de estatura y que le rebasaba varias cabezas. Tenía esta vez el cabello casi albino, aunque normalmente usaba el castaño. Mis ojos eran similares a los suyos en aspecto y brillo. Él parecía mi abuelo y yo un maldito idiota que pataleaba sin remedio. Sí, un mocoso. No obstante, no lo era. No era un mocoso y él me trataba como tal.

Mis prendas eran las de cualquier muchacho que decide dar un paseo a media tarde: jeans, camiseta negra sin ningún símbolo aparente y unas sandalias cómodas debido a que ya estábamos en una primavera muy calurosa. Él llevaba una guayabera blanca, unos pantalones algo más formales y también sandalias. Luz y oscuridad, ¿no era así? Pero yo seguía siendo la luz en la oscuridad.

—No empecemos—dijo frotando su mano derecha por los pelos de su barba.

—¡Además! ¡Algunos sólo son niños! ¡Y allí también sufren humanos que desconocían tu existencia!—exclamé provocando que mi voz reverberara por todo el templo.

—¿Y? ¿Por ello tengo que asumir que se merecen una segunda oportunidad?—preguntó sin alzar ni un poco su voz.

—Samael es mucho más bondadoso que tú—dije sin piedad.

—No me compares con él—contestó frunciendo el ceño, pero el tono era el mismo.

Reí. No pude evitarlo. Me carcajeé deseando abrir mis alas aún blancas, tan blancas como cuando estaba en el cielo. Sin embargo, si alguien me veía las contemplaría oscuras como las de los tordos o cuervos. Observaría en ellas el pecado, el luto, la caída o la impronta de una marca de la cual no me libraría. Era obsceno pensar que jamás me contemplarían con los ojos de la verdad y la razón, sólo como me pintaban en los textos sagrados. ¡Incluso me confundían!

—Es tu opuesto, pero también es tu hermano—respondí.

Satanás. ¡Sí! ¡Satanás era el hermano de Dios! Dos criaturas opuestas e iguales. El mundo lo crearon entre ambos y sin embargo él se llevaba la gloria; el otro sólo los infiernos y el desprecio.

—¡Silencio!

Quería callarme, pero no lo lograría. No lograría nada. Aceptaría mis palabras y encajaría mis golpes. Yo estaba en mitad de la guerra siendo libre para opinar y confrontar.

—¡Dios, Padre todopoderoso, condena a la humanidad cuando ni siquiera él creó solo este mundo!

—¡Cállate te he dicho! ¡Lucifer, cállate!

Durante unos segundos lo logró. Me había llamado Lucifer. De nuevo, como antaño, había pronunciado ese nombre sin tapujos. Yo ahora me hacía llamar Memnoch, como también me podía llamar de cualquier otro modo. Yo era su hijo, yo era su creación, yo lo era todo y él para mí estaba siendo un niño caprichoso.

—Quieres silencio. Por eso los castigas. Deseas que se callen porque un día llegarán a la más profunda y angustiosa verdad, entonces serán ellos quienes te den la espalda. Incluso lo harán los más fanáticos. Todos se alejarán. Verán al déspota y no al genio.


Mis últimas palabras hicieron que se enfureciera tomando las flores y lanzándomelas al rostro. Después se marchó. Me dejó solo. No quería escuchar la verdad. Nunca quiso escucharla ni en el Cielo ni en la Tierra.  

miércoles, 26 de abril de 2017

Lucifer y Satanás

No, por favor. ¡Memnoch otra vez!

Lestat de Lioncourt

—¿Qué haces? ¿Acaso estás tan ocupado para no percatarte de mi presencia?—preguntó con marcada insolencia.

Hacía más de diez minutos que deambulaba por aquella cumbre escarpada. Me había subido a una de las montañas más peligrosas de este mundo para resguardarme de todos y todo. Sólo quería ver gran parte de la creación a mis pies sintiendo el frío helado mi cuerpo. El infierno no es cálido, sino frío. Es el purgatorio donde las almas se consumen en lava porque es parte de los volcanes activos, de este mundo de caos. Es una puerta tan sólo, una grieta, que atraviesa dos realidades. Si bien, el Infierno no está bajo nuestros pies sino en otro plano junto al Cielo.

—Intento ignorarte porque he pospuesto demasiado mis labores aquí—respondí con una sonrisa.

Intentaba molestarlo, pero también decirle una verdad incómoda. Nunca he sido bueno mintiendo. Si bien, es cierto que jamás me he propuesto mentir. Hay quienes tienen una habilidad pasmosa para ello, pero yo soy incapaz.

—¿Soy una distracción?—dijo tras una carcajada que hizo eco por todo el lugar. Después sentí sus brazos rodeándome mientras su pequeño pectoral se pegaba a mi espalda. Su aroma me envilecía y terminaba agitando cada uno de mis cimientos.

—Siempre lo has sido; aunque no me quejo—susurré con una sonrisa mordaz.

—Pues ahora esto suena a queja—contestó. Su tono de voz me hizo pensar que tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Se había molestado. Podía apreciar como su alma vibraba como las cuerdas de una guitarra al ser tocada. Sí, así vibraba.

—Padre me necesita, Samael—suspiré pesadamente intentando girar mi rostro, pero temía ver esa mueca de profundo desagrado en sus hermosas facciones.

—Mi opuesto, mi hermano, mi idiota favorito... —murmuró apartándose de mí como si le quemase mi figura—. Anda, permite que la diversión siga—dijo antes de aparecer entre mis brazos. Era más menudo y pequeño que de costumbre. Él podía hacer el cuerpo que quisiera, pues incluso aparecía como mujer soberbia para encandilar a los más ilusos.

—¿Me estás tentando?—pregunté mirándolo a los ojos. Unos ojos oscuros, profundos como la noche misma, que rápidamente brillaron como si fueran gemas.

—Lucifer, soy un demonio ¿acaso no debo tentar?—dijo mi viejo nombre, ese que me impuso mi creador, para luego carcajearse.

—No eres un demonio, eres el padre de todos—respondí.

—Soy oscuridad, soy destrucción y creación, soy atracción y reacción... Soy...

—Eres quien me convence para que no busque almas para salvar de este calvario—intervine a su monólogo de Dios Oscuro, para luego escuchar como estallaba en carcajadas tomándome del rostro con sus manos suaves, frías y de dedos delgados.

—Rey del Purgatorio, Príncipe del Destierro y la Luz en la Oscuridad. ¿No entiendes?—murmuró acercando su rostro al mío, dejando que su aliento rozara mi boca y provocara un escalofrío—. Tú eres luz en mi oscuridad, en mis profundas oscuridades, donde aún sigo creando y destruyendo.

—Un día me destruirás a mí y a ti conmigo—sentencié.

—Deja que disfrute de ti...—contestó para besarme.


El atardecer rojo, como la sangre derramada por cientos de creyentes de las diversas religiones, parecía una llama intensa como la pasión que él liberaba. Una pasión que caldeó mi piel y la suya. La misma que hizo que desapareciéramos de ese idílico paraje para retozar por el prado más cercano. La creación no fue del todo obra de Dios, como tampoco soy el más perverso de sus hijos y el primer caído.



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Dedicado a mi Satanás    

viernes, 23 de diciembre de 2016

My only wish

Sigo sin creerme que "él" sea Lucifer.

Lestat de Lioncourt 


Debido a la contaminación lumínica habitual, aumentada por la típica de las fechas, era imposible ver las estrellas. Los edificios parecían grandes monumentos al ego de sus propios arquitectos. Las empresas aún tenían los despachos iluminados, pese a ser ya algo tarde. Era el día que se celebraba la Noche Buena, una fecha especial en el calendario de todo creyente y también de aquellos que desean reunirse con la familia. Las avenidas estaban colapsadas por el tráfico urbano, vehículos y peatones habían asaltado las tiendas, comercios y distintas empresas de servicio. El consumismo era tal que me provocaba cierto mareo. El estrés se elevaba más allá de las pequeñas nubes acumuladas próximas a las chimeneas de la industria pesada de las afueras.

Cerca de un cajero de un banco cualquiera, apoyado contra la pared empapelada con cartelería habitual de estas fechas, me hallaba observando el ir y venir de mujeres, hombres y niños. Las risas y las miradas furtivas, llenas de una ilusión extraña por el ruido del papel de regalo y el brindis de la cena, me desconcertaba. La última vez que había descendido era todo menos ruidoso y plástico.

Una pequeña niña se detuvo en mitad de la gran masa, su madre estaba hurgando en su enorme bolso, y ella me miró. Sus enormes ojos azules me hablaron de una bondad y una ilusión que pocos sostenían ya. Dio dos pasos hacia el frente y me sonrió. Para mí fue como ver a un querubín intentando llamar la atención sin necesidad. Devolví de inmediato la sonrisa sin pensarlo siquiera.

—Mira mamá, un ángel—dijo regresando a su lado, tirando insistentemente de ella, por el borde del chaquetón oscuro que vestía.

—¡Sólo es un vagabundo!—espetó sin molestarse demasiado.

—¡Pero tiene alas!—insistió.

—¡María, no tiene alas! ¡Sólo mugre y sabrá Dios si alguna enfermedad!—dijo tomándola en brazos para apresurarse, caminando con un repiqueteo por entre los grupos de jóvenes cargados de bolsas de regalos, adultos deseos de llegar a casa y tomar algo caliente, compañeros de trabajo algo ebrios o con posibilidades de estarlo en breve... Esa mujer parecía odiar todo lo que fuese la pobreza, pero luego regalaba ropa usada a la iglesia una vez al año para limpiar su conciencia.

—Un ángel...—dije llevándome a los labios el cigarrillo que había empezado a fumar nada más llegar a mi puesto habitual.

—Bueno, eso eres—insistió una voz—. ¿Y mis diez almas?

—Ah... estoy de vacaciones—contesté frunciendo el ceño—. ¿Qué deseas? ¿Acaso no llegó mi tarjeta de felicitación por tu cumpleaños? Ah, espera... Naciste en Agosto y aún no la eché al buzón—dije riendo bajo mientras mantenía el filtro cerca de mis labios.

—Ah, deja de burlarte. Los seres humanos festejan mi nacimiento.

—Bueno, técnicamente el de tu hijo—dije encogiéndome de hombros—. Mi hermano el poderoso Jesús...

—¿Eso ha sido una burla?—la voz se escuchó esta vez algo molesta, por lo decir arritada.

—Dios Padre, todopoderoso, misericordioso y lleno de virtudes se está molestando con su hijo Lucifer... otra vez—murmuré tirando la colilla al suelo, para luego pisotearla y quedarme allí mirando las luces tintineando.

—¿Por qué no regresas al cielo?—preguntó.


—Porque no admito mi derrota, ya que aún tengo planes—respondí apartándome de aquella esquina para desaparecer a la vista de todos. Fue sencillo, pues todos siempre intentan apartar la mirada de los mendigos y sin techo que se arremolinan en las calles.  

martes, 29 de noviembre de 2016

Dios, Satanás y Lestat.

Armand tiene razón en muchas cosas... pero en esto... no. No creo que yo destrozara algo que ya estaba roto.

Lestat de Lioncourt 



No sé qué fue lo que realmente me impulsó a hacerlo. Supongo que me sentí aún más perdido que cuando observé las gigantescas llamaradas consumiendo el palacio veneciano de Marius. Tuve una sensación similar en mi corazón, la cual se ahondó hasta casi ahogarme en unas aguas turbulentas y sucias. Me quedé sin voz. Durante algunos días quise averiguar si realmente Lestat había sido sincero, pero me di cuenta que era imposible acercarse a él. Por un lado temía la reacción de su cuerpo, impulsado por propios mecanismos de protección innatos en cada uno de nosotros, y por otro que fuese cierto y hubiese negado a Dios.

Hace siglos dirigía una secta. Bajo París, en sus catacumbas, adoctrinaba lejos de discursos tradicionales sobre Satanás, que era quien nos protegía y nos guiaba para realizar el trabajo divino. Era de carácter secreto para los que no pertenecen a ella; especialmente para humanos. Aunque siempre había curiosos que terminaban amontonándose junto a los restantes cadáveres. Me dedicaba a ello desde que tenía memoria como vampiro, pues fueron pocos los virtuosos meses con mi creador. Santino me inculcó sus ideas, las cuales parecían totalmente ajenas a la verdad que se fue promulgando más tarde.

Lestat la destruyó. Me arrebató la fe que era lo único que me mantenía con vida y a salvo de mi propio dolor. Dios no era un aliciente para curar mis heridas, sino para mantenerme vivo a pesar que estuviese lleno de cicatrices y llagas. Su insolencia, su ruindad, su desparpajo y su fuerza aniquilaron todo lo que creía con un discurso bastante simplista. Desde entonces vagaba intentando comprender si era cierto o no, si tenía razón o no, y si podría encontrar la verdad.

Entonces, ya en esta época moderna donde Internet ahonda más aún en estos temas, apareció Lucifer y lo arrastró con él. Como si lo hubiese invocado en santo ritual durante estos siglos le reprochó el ser un impertinente, aunque también hay que recordar que ama conocer y comprender. Lestat sabe escuchar a pesar que no te crea.

Creo que escuchar una teoría similar a la que promulgaba mi secta, quedarme envuelto en esa nebulosa de poder que él transmitía y todo lo que vi al morderle, me hizo desear huir de la capilla y dejar que el sol me destruyera. Pero no lo hizo. Vi a mi madre, mis hermanos, un hermoso huevo de Fabergé del cual salía el Espíritu Santo y a mí mismo. Caí a un techo cercano y después, sin saber cómo, terminé matando a un desgraciado que estaba a punto de matar a su propia hermana. Así fue como salvé a Sybelle y jovencito Benjamín.


Supongo que mi fe sigue aquí, tomándome de la mano y acariciando mis cabellos cobrizos. Tal vez jamás deje de ser el niño perdido en este mundo lleno de pecados, horrores y sueños infelices. Pero sé que no voy a morir. Quiero vivir. Me he dado cuenta que quiero vivir. No importa si existe un Dios o no. Ya sólo importa el hecho de vivir.  

sábado, 5 de noviembre de 2016

Altas instancias

¡Me niego! Aunque me lleguen estos textos.

Ah, por cierto, este fragmento está dedicado a un tal Samhael. ¡No fastidies! Para colmo me lo envían con nota al pie exigiendo ciertas cosas. Memnoch, no creo en ti ni en tus hermanitos los emplumados. 

Lestat de Lioncourt


—Deberías volver a contactar con él.

Su tono amable era como una pequeña caricia. Siempre aparecía en los momentos menos indicados, pero acepté su compañía de buen agrado. Necesitaba a alguien aunque fuese para discutir. A veces mi trabajo es demasiado solitario. Soy un arcángel destinado a vivir solo, sin un compañero, y a combatir contra las falsas creencias que se vierten sobre mis actos.

Me giré para observar sus prendas simples. Llevaba tan sólo unos pantalones vaqueros algo viejos, con algunos rotos, y una correa de cuero algo cuarteada por el uso. Usaba sandalias y una camiseta blanca sin mangas, las típicas que suelen llevar los hombres bajo sus elegantes camisas. Su pelo largo, rubio, encrespado por la humedad de una mañana tan fría y sus ojos azules, tan profundamente azules, eran lo más destacado de su rostro. Aunque también podría hablar de su barba mal recortada y su sonrisa estúpida. Parecía un joven rebelde que dormía en la calle. No miré sus manos, pero juraría que estaban callosas de tanto trabajar. Era mi hermano. Uno de mis hermanos.

—No servirá de nada—respondí.

Mi aspecto era muy distinto. Llevaba un traje de firma oscuro, de esos que usan los altos ejecutivos, y poseía una corbata muy llamativa en color lavanda. Mi camisa era negra y tenía un cuello elegante, el cual destacaba gracias a mi único complemento. Mis cabellos eran algo más rubios que los suyos. El físico elegido esta vez difería un tanto del original. Tenía ese poder, podía usarlo y lo usaba. Dios me dio sus mismos dones y no temo en ponerlos en práctica.

—Volverá a meditar mejor sus palabras y a ordenar sus ideas—dijo acercándose hasta a mí, para sentarse al borde de aquel rascacielos.

—Deseo seguir mi labor. Nada más—comenté agitando los cubitos de hielo de mi vaso. Había subido hasta allí para huir de una pesada reunión. Pedí café con un poco de whisky y hielo. Amaba el café helado y sin azúcar, pues tenía el toque amargo que me satisfacía. Me recordaba a la vida misma.

—Cree que sólo eres un espíritu—giró su rostro hacia la ciudad y movió sus piernas impaciente. Parecía un niño.

—¿Acaso no somos todo eso?—interrogué—. Poseemos cuerpos tangibles, pero somos espíritus. Nuestro espíritu es más fuerte que la carne que moldeó Dios.

Nos miramos. Perdimos unos valiosos segundos reconociéndonos. Casi podía ver sus diversos pares de alas de plumas densas y maravillosas. Quería tocarlas, hundir mis dedos en ellas y recordar cómo eran las mías. Mis alas se veían siempre oscuras cuando otros me osaban contemplarlas. Sufría con esa pesadilla, aún lo hacía. Me marcaba como caído, como un lastre para el Cielo, pero no era así. Yo seguía una misión.

—Sabes que me refiero a eso—dijo.

—Rafael, ¿por qué no te diriges a ese impertinente y le hablas?— Hice aquella sugerencia sabiendo bien que la rechazaría—. Eres el guía espiritual, quien calma a las almas y cuerpos heridos, y el arcángel de las artes—sonreí aproximándome el vaso a los labios, dando un suave trago a mi extraño café, y seguí hablando señalándolo ligeramente con mi mano desocupada—. Ve, habla con él.

—Dios exigió que fueras tú. Todos estamos saturados de trabajo allí arriba.

No pude reprimir una enorme y profunda carcajada. Ese idiota se pensaba que yo no tenía trabajo. Tenía que juzgar a las almas que iban a ambos lugares, o incluso que volverían a la Tierra porque habían adquirido una oportunidad más. Pero era yo quien debía dársela, no Dios. Dios hacía demasiado que se había ausentado por “vacaciones” y el resto teníamos que apechugar sus funciones.

—¿Saturados?— Mis ojos azul verdosos se abrieron de par en par, para luego fruncir el ceño y seguir con un tono burlón y elevado—. ¡No hacéis nada! Mirad Siria, Etiopía o como Colombia rechaza la paz. ¡Por favor! No me hagas reír—acabé con un suspiro. Odiaba lo tedioso que era ser un arcángel oscuro, el menospreciado por los humanos y el más amado, según todos, por Nuestro Padre.

—He descendido a la Tierra como sacerdote, médico y también como artista ambulante. He caminado codo con codo con el ser humano y este ya ha dejado de tener fe. La mayoría ya no cree. Sólo aceptan una religión u otra por miedo a morir, al vacío que hay tras la pérdida de su cuerpo, pero por lo demás...

Se incorporó, sacudió sus pantalones y me miró aguardando una respuesta positiva. No la obtuvo.

—Y esperas un milagro por parte de Lestat... ¡Iluso!

Aquellas palabras hicieron que se marchara. Pude escuchar sus pasos sobre la gravilla de aquella azotea. Incluso como la puerta se abría y cerraba. Odiaba que él apareciese con ese aspecto bondadoso, algo salvaje, y me prometiera que era capaz de hacer algo más grande que ser un mero administrativo de almas. Porque eso hacía. Contabilizaba las almas, las administraba y dejaba un informe pulcro sobre la mesa de Dios.


Me quedé allí olfateando mi bebida, intentando olvidar la fragancia agreste de mi hermano. Deseaba olvidar. Quería volver a mirar el mundo en su hora crepuscular y no sentir que todo se precipitaba hacia el Fin de los Tiempos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Memnoch

Bueno, alguien que me cree... ¡Aunque sólo sea un poco!

Lestat de Lioncourt 



Siendo totalmente sincero me sentí anonadado el día que Lestat me sugirió que el demonio quería llevárselo al infierno. Creí que era una especie de broma pesada. Hasta el momento ambos habíamos mantenido una postura atea, tal vez algo defensiva, hacia la figura de una entidad todopoderosa que rige el mundo. Sinceramente, estuve a punto de echarme a reír. No obstante vi sus ojos, y en ellos pude contemplar el horror.

Cuando era muy joven vi a Dios y a Lucifer discutiendo en mitad de una cafetería de París. Pensé que era algo simbólico y esa simbología la busqué infatigablemente entre los muros de la orden. Fue ese suceso el que hizo que comenzara a indagar suceso por suceso, batiendo un duelo con la cordura, para hallar una respuesta que se hizo desear y que aún hoy nadie me la ha concedido.

Jamás he creído en dioses bondadosos, pues siempre he creído que de existir dioses serían terriblemente crueles como los humanos. Sí, creo en deidades humanizadas y no gigantes asombrosos. Por eso, cuando regresó sucio y sin un ojo, absolutamente perdido, tuve que escucharlo. Me hablaba de un Dios que había cometido errores, que poseía soberbia y que sus ángeles habían pecado alguna vez de envidia.

Él me advirtió que dudaba que fuese el primer invitado por este al infierno. Hablaba entre delirios de cientos de invitaciones, a todas las almas humanas posibles, y en busca de diez inmaculadas criaturas que poder llevar ante Dios. Porque esa era la misión de Lucifer, el cual se hacía llamar Memnoch. Tenía que cumplir un pequeño castigo, y era demostrar que no era un soberbio ni un iluso al declarar que había almas que merecían estar en el cielo, pero que Dios desechaba por el simple hecho de no creer en su palabra.


Redacté cada palabra de este libro, así como he hecho de otras tres biografías. No me siento del todo orgulloso porque implica dolor y sufrimiento para un viejo amigo, el cual inclusive es mi creador. Sin embargo, es la primera vez que logro contactar con alguien que vio un ser similar a que yo escuché discutir con Dios. Además, la conversación en París giraba entorno a almas rescatadas, al juicio que Padre Todopoderoso tenía sobre la humanidad. No recuerdo sus palabras exactas, pero he refrescado la memoria.

martes, 1 de noviembre de 2016

De nuevo... Yo.

Me ha llegado esto por medio de un mortal... no sé si echar a correr o investigar.

Lestat de Lioncourt 



Mi figura siempre ha destacado entre la multitud aglutinada en las modernas ciudades. No obstante, parezco uno de los numerosos empresarios o trabajadores de bolsa. Visto bien, de forma aseada, y mi aspecto no difiere demasiado de esa capa social que vive por y para el trabajo. En realidad, vivo siempre involucrado en mis quehaceres. Nunca he dejado de recolectar almas para Dios, o más bien llevarlas conmigo para evaluarlas y posiblemente enviarlas con él. No hace falta presentaciones, ¿cierto? Yo he estado en esta historia desde el primer momento. No hablo ya de la historia de Lestat, sino de la historia de todos vosotros.

Mi rostro puede cambiar. Con el paso de los años y el lugar donde me muevo difiere, pues soy mimético como un camaleón. Mis ropas, mi piel, el color de mis ojos o el cabello es fácil de cambiar. Son sólo complementos. Lo único que no puedo modificar es la pésima opinión que tienen muchos sobre mí. Sólo aquellos que siguen el gnosticismo conocen o comprenden quién soy realmente. No soy Satanás, soy Lucifer. Ambos somos totalmente distintos. Él tiene un reino, Dios tiene otro y yo, como buen rebelde, fundé el mío donde los desposeídos, los despojados de la gloria y del pecado, yacen aguardando una ínfima posibilidad de salir de lo que llamé Sheol.

Aunque si os soy totalmente sincero, no existe un cielo o un infierno tal como lo han intentado describir. Sí, incluso yo he llegado a mentir a Lestat. Hay ciertas verdades incómodas. Quizá sólo existe un mundo y, tal vez, todos nos movemos en él en distintos planos. ¿Lo han pensado? Sea como sea, intenten visualizar una calle de una gran metrópolis. ¿Quién podría ser? Tal vez sí soy uno de esos elegantes hombres de negocio, con perfecta ortodoncia, perfume masculino avasallador y una cartera de piel con mis iniciales. ¿O puede que sea otra cosa? Si el cielo y el infierno no son lo que creéis, ¿qué hay de mí? Como he dicho depende de mi nuevo encargo. Hoy estoy en Nueva York.

Me encuentro en una azotea en realidad. Estoy observando el ocaso. Pronto oscurecerá y no se verá ni una maldita estrella debido a la contaminación lumínica, pero aún así están. Son como yo. Estamos aunque no se nos vea o aprecie. Somos parte importante de este mundo. Al menos, yo me considero una parte esencial de la cadena. Dios desea borregos. Quiere que no penséis por vosotros mismos, que temáis terriblemente sus castigos, y por eso intento evitar que tomarais del fruto de la sabiduría. No os probaba, como os dijo, sino que deseaba moldear vuestras indómitas almas para convertir fieles. No eran sólo Adán y Eva, sino cientos de hombres. Los mismos que evolucionaron del mono porque él lo deseó, pero que luego se aburrió de ellos como del resto. Quien no baila a su son termina siendo despreciado. Satanás quiso liberar por completo el conocimiento que tenía el hombre, pero quería usarlo en su propio beneficio. Yo, por el contrario, sólo deseo que seáis amados por Dios tal y como sois. Aún así, podéis no creerme.

Os preguntaréis qué hago yo aquí contando todo esto. Tal vez no, tal vez os lo habéis empezado a plantear ahora. Puede que hayáis empezado a creer que todo esto viene dado porque Lestat afirma ahora que no soy el demonio, que no soy el arcángel caído, sino que simplemente soy un espíritu poderoso que deseó jugar con él. Comprendo que piense que soy como Amel, nacido de la misma grieta a otro mundo. Podéis creer esa teoría, la mía, la de la Santa Iglesia Católica... ¡Qué más da! Incluso os invito a creer las teorías del Islam. Pero, allí en la cultura que estéis, hay un ser como yo en sus libros sagrados. Algo será cierto, ¿verdad?

En definitiva, estoy aquí conversando porque la reunión que tenía a las siete se ha retrasado. Ya son casi las nueve de la noche, prácticamente me he bebido mi whisky on the rock, y mi secretaria no ha venido aún a incordiarme para decirme que me esperan en la sala de juntas. Escribo esto para lanzarlo al vacío, desde un rascacielos repleto de oficinas, para que cualquiera que pueda leer este papel, el cual llegará en modo de inocente avión de papiroflexia, lo lea.


Dios me llamó Lucifer, pero yo he preferido el nombre de Memnoch. Sigo siendo la luz en la oscuridad, esa que os guiará aunque no lo sepáis reconocer. Sigo brillando como las estrellas, buscando diez almas perfectas como diamantes engarzados en un anillo de compromiso.  

lunes, 25 de julio de 2016

Misa

Al parecer ese "demonio" sigue rondando el mundo. Digamos que yo no me creo que lo sea, pero hay textos como este regados por el mundo.

Lestat de Lioncourt 


Dicen que los demonios no podemos entrar en los templos, que estamos vetados y que las gárgolas cuidan de los malos espíritus que deciden llamar a las puertas de la casa de Dios. Tonterías. Sólo son cuentos que narran a los beatos para que crean que esos edificios, humildes o gigantescas obras de arte, son sagrados. Dios no habita ahí. De hecho, Dios detesta tales lugares de oración donde su imagen está mil veces representada, hay falsos dioses llamados Santos ocupando altares y el oro cubre desproporcionados sagrarios. Los púlpitos siempre lazan acusaciones contra los herejes y son los propios herejes, enfundados en sotanas de alzacuellos bien almidonados, quienes cometen los peores delitos. Por eso los demonios tenemos vía libre. Nosotros podemos cruzar sus puertas como cualquiera. Nos deleitamos con la estupidez que allí se comete y nos reímos al recordar pasajes bíblicos donde Jesús detestaba a sacerdotes opulentos como los que venden su imagen por unas pocas monedas.

Aquella calurosa mañana de verano decidí asistir a misa. Aparecí en el mundo envuelto en uno de mis elegantes trajes siendo la viva imagen de un empresario de éxito, de un hombre de mundo, hecho así mismo o quizá moldeado por una familia de origen pudiente. Un joven de mirada limpia y de aspecto personal cuidado. Parecía pulcro, elegante, distinguido y firme gracias a mi forma de caminar sin titubeos hacia el interior del templo.

En la entrada había un tullido que recogía monedas en una gorra sucia debido al sebo formado por el sudor de su frente, la grasa de su pelo y la mugre de las calles. Opté por no ignorarlo, como muchos beatos hacían, dejando un par de billetes que iluminaron sus ojos carentes de esperanza. Él parecía aferrarse ahora a esos pequeños pedazos de papel imaginando una comida decente, un refrescante zumo y un postre delicado de alguna de las pastelerías donde solían echarlo cuando se quedaba observando el escaparate.

Dentro más de dos decenas de personas tomaban asiento para escuchar las palabras de un “sabio” y “honorable” sacerdote. Hablaba de Lucifer remarcando que está en todos los corazones de aquellos que no son capaces de perdonar, de los vengativos, de esos que nunca descansan y que tienen la conciencia sucia. Me pregunté si Dios tenía la conciencia sucia después de matar a billones, si la tenían los sacerdotes que abusaban de niñas pequeñas y que la justicia apenas condenaba debido a la influencia de la Santa Madre Iglesia o si recordaba que la Guerra Santa la inició la Orden del Temple y prosiguió con las quemas de brujas en las plazas gracias a la Santa Inquisición. Pero supuse que no. La conciencia de todos los creyentes allí arremolinados estaba limpia. Si bien podía leer los pecados rodeando sus cabezas, sembrando el miedo en sus agitados corazones, mientras se decían que confesar haría que Dios los perdonara con un par de rezos, flores a la virgen, velas encendidas y estampitas del niño Dios.

Odiaba la ropa que me había puesto, aunque reconozco que me sentía atractivo, pero más odiaba a todos los allí presentes. Sólo una niña pequeña, sentada en primera fila, miraba consternada la imagen de Jesús en la cruz pensando en por qué tenían que mostrarlo, qué ganaban todos aquellos viendo a un hombre agonizar y por qué pensaban que era hermoso cuando era terrible. Rememoré el momento en el cual deseé arrancar a Jesús de la cruz, pero Dios me sostuvo de los hombros y me dijo que él debía morir por amor a los hombres. ¿Cuál amor era ese? A él no le importaban las almas del Sheol. No había amor. Él sólo quería ser amado aunque finalmente se dio cuenta que no había amor, sino miedo. En ese momento abandonó todo deseo de seguir observando la Tierra, dio la espalda a sus hijos y dejó de intentar acercarse a su creación. Su orgullo le impedía pedir disculpas por su comportamiento y quizá también le negaba el darme la razón sobre las almas condenadas.

Cuando salí de la misa pude ver a beatas contando terribles rumores sobre gente cercana a ellas, otros acusaban sin pruebas a hombres bondadosos porque habían renunciado a la “fe” y había quienes ni siquiera se habían percatado de la sonrisa del indigente. Aunque, ¿cómo iban a percatarse si para ellos era invisible? El mundo entero era invisible u horrible si no se asemejaba a su “verdad” o al “honor” que ellos decían tener cuando rezaban.

—Dios, ¿no lo ves? Nada sirve tus intentos. Debiste permitir que yo te ayudara—murmuré.

—Deja de intentar que vea sus defectos. Los conozco bien. Dedícate a esas diez almas, Memnoch. Llevas milenios holgazaneando y el trabajo se te echa encima—pude escuchar su voz repicando en mi cabeza—. ¿Acaso no quieres regresar?

—Ya no lo sé, Padre. Ya no lo sé...—respondí.



miércoles, 8 de junio de 2016

Salvación

Esto ha llegado a mí. Son unas memorias, o supuestas memorias, de Memnoch. ¿Alguien me ayuda a salir corriendo?

Lestat de Lioncourt 

Al atardecer siempre tenía hermosas vistas desde la azotea de aquel edificio. El holding que se alzaba en aquella torre de hormigón y cristal poseía gran parte de la producción de información del país, era el centro de manipulación y sometimiento más fuerte e incluso estaba siéndolo en otros lugares del mundo. Los titulares señalando a diversos dirigentes políticos para ensuciar sus nombres, siendo inocentes en gran medida de las palabras vertidas, ocultaban la verdadera corrupción y las preocupaciones de la población. Además se ofrecía noticias banales y deportivas para amortiguar el impacto.

Veía la ciudad extenderse con sus numerosas calles de trazado regular, con edificios similares al que estaba bajo mis elegantes y clásicos mocasines, llenas de tráfico y almas que iban de un lado a otro en las aceras. El tiempo se escapaba entre los dedos de sus manos sepultando sus sueños, sus ambiciones y la belleza de una vida vacía como sus esperanzas. Vendidos a un quizás y un montón de dinero en una cuenta bancaria. Enclenques, hipócritas y fáciles de manipular con sus caras cenicientas esperando ser asesinados por la felicidad que no parecía llegar. Pero yo los amaba. Amaba incluso lo turbio de cada pesadilla que los mantenía vivos con sus paranoias y sufirmientos.

En mis labios un cigarrillo se consumía envolviéndome en el aroma de la nicotina. Aunque el sabor del café, un café amargo sin rastro de leche o azúcar, no podía ser desplazado por el del tabaco. Mis cabellos esta vez parecían más claros pero mi rostro era el mismo, la misma expresión. Parecía un ejecutivo, o quizás un empleado de nivel medio, que buscaba un momento de descanso entre tanto los papeles se amontonaban en la mesa de su pequeño cubículo o despacho. Tal vez me había escapado de una reunión monótona. Pero la verdad es que era el dueño de este mundo. Dueño de cada sombra.

—¿No deberías estar haciendo algo mejor que buscar almas que reclutar?—escuché una voz que parecía cercana, como si se encontrase a pocos centímetros de mi oreja, pero en realidad estaba a varios metros.

No me giré porque sabía quien era. Podía oler su supuesta bondad recorriendo sus rasgos dulces pese a lo masculino. Aquellos cabellos rizados tan dorados provocaban náuseas. El mensajero más imponente de Dios se había reunido conmigo cerca de la cornisa como si yo fuese un suicida y él mi ángel de la guarda.

—¿No tienes que ir por ahí a tocar tu trompeta?—dije tras dar una calada al cigarrillo y un trago a mi café.

—He decidido pasarme por la Tierra y saludar a mi hermano favorito—contestó quedando a mi altura tras caminar con parsimonia hasta mí.

A mi lado estaba él con otro elegante traje similar al mío, hecho a medida por supuesto, y con una sonrisa estúpida que parecía complacerse con el atardecer. Estaba seguro que no estaba allí por casualidad o porque me echase de menos.

—Dios quiere que aceptes tu derrota. No has hallado aún las diez almas que te exigió—dijo arrebatándome el café.

—Cuidado, pajarito divino, el café es demasiado potente para una criaturita tan pura y sosegada—respondí quitándole mi bebida sin que pudiese darle un solo trago—. Dile a Padre que no me rindo. Lamento informarle que cumpliré mi misión.

—Lucifer...

—Memnoch. Me gusta que me llamen Memnoch, Gabriel—dije apartándome de él para regresar a las abarrotadas oficinas. Pronto todos se irían a casa y yo debía acompañarlos como si alguien me esperase en el departamento que había adquirido en Nueva York.


Volvía a vivir como un humano con sus aspiraciones y sueños, aunque sólo en apariencia, porque seguía siendo el demonio y tenía un poder inimaginable. Quería salvar al mundo, pero a veces uno no puede hacer nada para lograrlo. Aunque sabía que estaba perdiendo mi tiempo decidí seguir luchando. Nunca daría mi brazo a torcer. Debía salvarlos.  

lunes, 23 de mayo de 2016

Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.

Lestat de Lioncourt


Estaba en mitad de una luminosa iglesia italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado, empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.

Había regresado a su país de origen, recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo, buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado. Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se encontraba desesperado.

Asaltar las altas instituciones para conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.

—Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.

Aquello que había adorado se convirtió en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía. Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado. Armand había desaparecido.

—Giovani, posso aiutarti?—preguntó el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.

Las velas iluminaban todo con una belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el púlpito.

—Che ora è?—dijo girándose con una ligera sonrisa.

—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.

—Signore, mi dispiace, me ne vado subito.

Cuando habló sonrió de tal forma que el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro. La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa, y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía rápidamente en eco.

Al salir de la iglesia su teléfono móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo. Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas. Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no estaba en su agenda.

—Santino, chi é?—preguntó.

—Marius. Reúnete conmigo—dijo—. Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te han visto merodear.

—¿Haremos las paces?—contestó con una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido borrego.

—Armand está vivo—respondió—. David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.

Su corazón latió rápido como los pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas nocturnas que eran sus viejas creencias.


—Iré. Iré—dijo escuchando como colgaban al otro lado de la línea.  

jueves, 11 de febrero de 2016

Big bad wolf...

El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya. 





Había tomado aquel joven entre mis manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia, rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su apetecible cuerpo.

Aún no tenía sombra de barba. Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase tan quebrada como esclava.

Sus cabellos oscuros, ligeramente largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros. Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero rezumaba aire salvaje.

La puerta de aquel bar, poco iluminado, había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar antipatías.

Nada más abrir la puerta de la habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus rasgos.

Aquel muchachito poseía un mentón fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos pezones pequeños aunque de pezón grueso.

—¿Qué edad tienes?—pregunté.

—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a duras penas llegaba al metro setenta.

—Tu edad, muchacho—quería cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de algunos pasajes de los Infiernos de Dante.

—La suficiente para saber fumar y beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.

A su edad yo ya conocía lo que era trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían cortes, las suyas eran finas y sensuales.

—Mi forma de amar no es dulce, y tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un dolor insoportable—atestistigüé.

Un brillo de curiosidad se formó en sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso pegado al papel pintado de color café.

—Las zorras no tocan si el amo no da su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo ronco.

Mi mano derecha se enterró entre sus cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que sólo fue una estúpida advertencia.

Abrí mi maletín y saqué cinta aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas, coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de miedo.

—No te negaste, aceptaste—susurré.

Su sexo, completamente yermo, fue rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.

Pude notar como se retorcía, como intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón, mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el momento del placer, el cual no duró demasiado.

De improvisto para él se sintió libre de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.

Sus gritos ahogados eran cantos de sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.

Sus glúteos y su espalda quedaron destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.

Saqué de mi bolsa un minúsculo dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón. Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.

En aquel colchón, con ese juguete emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.

Tomé entre mis manos otro juguete, me senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera. Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina falsa introducida en un cilindro metálico.

—No sé si te merezcas saber qué es el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.

Recuerdo vivamente como me incliné sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo. Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme, que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el colchón y lo penetré fuertemente.

Reventé su entrada sin llegar a producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco, mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras penetraciones.

—Dame más... más... quiero más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero, sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.

Su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban. Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.

Tiré de su pelo hacia atrás, levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.

Hice la señal de la santa cruz, oré por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo abandoné en la habitación.

En el hall me esperaba el propietario, esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si fuera un cordero de Dios.

—Que Dios esté contigo, padre—dijo con sarcasmo.


—Y su espíritu, hijo... y su espíritu.  

martes, 2 de febrero de 2016

Lucifer

Había vivido una vida de pulcro puritano. Era el típico beato que se arrodillaba frente al altar y miraba directamente, con devoción sincera, hablándole en voz baja como si fuese un íntimo amigo. Su cuerpo delgado, de clavículas marcadas, era también de una estatura baja ofreciéndole un aspecto similar al de un querubín. Delicado y postrado ante aquellas imágenes religiosas, consagradas a un atajo de ladrones que vendían paz a almas corruptas y limpiaban remordimientos bajo el símbolo de la limosna, la ostia consagrada y el vino barato de mesa.

Pero esa vida quedó destruida, consumida como la llama de un cirio, transformando su vida en un calvario de sensaciones demasiado placenteras. Bajo ese aspecto de ángel se guarecía un diablo que deseaba saborear el pecado, paladeándolo hasta alcanzar el delirio en pleno éxtasis, dejándose bañar en mitad de una bacanal de sensaciones.

Había sido observado desde las alturas, señalado como corrupto, pues los demonios se reconocen entre ellos. La llegada de un nuevo párroco, de aspecto de divinidad pagana, hizo que en él comenzaran a susurrarle las llamas del pecado, invitándolo a un paraíso de corrupción. Estaba abocado al fracaso.

Aquel joven sacerdote lo acogió en su casa, abriéndole la puerta, para ofrecerle consuelo. Esa conversación taciturna, en voz baja, provocó que el párroco palpara su dulce rostro con sus inmaculados dedos. El mismo que acabó desnudando su cuerpo destruyendo sus ropas, provocando que saltaran los frágiles botones de nácar de su camisa, jalara de sus pantalones y rompiera con saña sus prendas más íntimas.

Su cuerpo quedó marcado por la lascivia mientras sus labios se abrían entre oraciones a los infiernos. Los azotes sobre su espalda, crujiendo como auténticos truenos enviados por Dios, hacían que se retorciera como la serpiente que reptó por el manzano hasta hacer caer la manzana. La lujuria hizo que cayera piedra a piedra su iglesia, arrebatándolo del camino recto, mientras permitía que las palabras sucias se mezclaran con penetraciones fuertes y tortuosas. Sus manos buscaban sostenerse en la sotana de quien le enviaba a Lucifer, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de placer. Su cuerpo, perlado por sudor y sangre, ya no era el de un ángel sino el de un hombre terrenal que padecía por placeres carnales.


Así es de fina la línea entre el éxtasis religioso el lívido desenfrenado.  

El enigma de Memnoch

David ha decidido exponer sus creencias sobre un tema espinoso: MEMNOCH. 

Lestat de Lioncourt

Cuando escuché su historia pensé que estaba loco. Creí que su juicio ya no daba para más. Sin embargo, guardé silencio y medité sobre cada una de sus frases. Había estado transcribiendo punto por punto aquella confesión. Era desgarradora. No podía haberse inventado tantos detalles. Tampoco parecía un iluminado, pero ¿cómo podía creer que alguien como él pudiese llenar decenas de folios con un testimonio tan extraño? Me recordaba a los dementes que llamaban a la puerta de la Orden, se postraban en las escaleras y suplicaban porque un demonio les perseguía. Solía ser, sin duda alguna, producto de su mente o simples espíritus jugándoles una mala pasada.

Aún así, también eché la vista atrás y recordé cierta escena. Una escena que yo mismo había dado por verídica, aunque seguía siendo un ateo más con ciertas nociones espirituales. La visión era la de Dios y el Diablo discutiendo en una cafetería parisina. No podía olvidar aquellos gestos, esas palabras llenas de dolor y miseria, así como la rotundidad del Diablo de gestionar el mismo las almas impuras que caían en sus garras. Un juego sin más. Una apuesta de dos seres todopoderosos llenos de sabiduría y aburrimiento.

Muchas veces dudé sobre mi propio relato. Me mantuve al margen y no se lo conté a nadie, salvo a él. Pensé que quizás su imaginación, siempre en constante alerta, había podido crear aquellas imágenes con tal de satisfacer su curiosidad. Luego lo rechacé. Él era incapaz de hacer daño a su rostro, y menos a sus ojos. También lo veía demasiado atemorizado. Y, por supuesto, estaba ahí El Velo. Aquel trapo, sucio por el polvo y la sangre, mostraba el rostro indiscutible que una persona que tenía ciertos rasgos compatibles con la imagen que todos poseemos de Jesús.

Durante años investigué. No dejé de hacerlo jamás. El libro se publicó. Como no muchos se burlaron de él, pero otros empezaron a temer. Cientos de vampiros en todo el mundo decidieron inmolarse o tirarse a las llamas. Los más beatos esperaban que Dios les perdonase los pecados, otros querían sentir las llamas del infierno para purificar de una vez su maltrecha alma. Yo observé, casi en los primeros días, como vampiros cercanos a mi historia, y a la historia de Lestat, decidían, por si mismos, morir. Algunos lo consiguieron, pero otros sólo quedaron terriblemente heridos.

Lestat en estos momentos, tan cruciales para él, cree ahora que Memnoch no era más que un espíritu similar a Gremt y Amel. Esta teoría podría ser cierta. Quizás nuestros mundos, los mundos que muestra la propia tierra, está plagado de seres que mutan, mejoran y crean su propia historia. Quién puede decir que Dios no es más que un espíritu muy poderoso, así como sus ángeles y los demonios que atacan la luz esperando la recompensa de ser creídos, poseer lacayos o simplemente absorber ciertas energías. Es un pensamiento recurrente para mí, que sigo siendo un hombre de ciencias pues todo lo compruebo y nada creo si no tengo pruebas feacientes.


Desearía que el Diablo se presentara ante mí, con sus mejores galas, e intentara convencerme. Creo que yo sería mucho menos ingenuo que Lestat. Sin embargo, no soy ni tan poderoso ni tan importante en la historia. Lestat ahora es la clave de un misterio que pocos somos capaces de descifrar. Todavía hay historias que él no ha narrado y que no se sabe si algún día lo hará.  

domingo, 6 de diciembre de 2015

Ante el altar

Hoy nuestro querido filósofo, mártir y humano inmortal... nos trae un viejo recuerdo. Oh, Louis... siempre lloriqueando. 

Lestat de Lioncourt 



Quedé en silencio frente a la imagen de aquel crucifijo. Aguanté la respiración centrándome en el dolor del rostro de Jesús crucificado, muerto para salvar a la humanidad, con la bondad típica en sus ojos moribundos y sus labios resecos, algo agrietados y abiertos, pidiendo clemencia a su padre. Sin duda era una talla valiosa no sólo por su antigüedad, como verdadera reliquia, sino por su belleza y grado de perfección. Sus cabellos habían sido tallados pelo a pelo, dándole un aspecto vivo y natural, y su pecho lleno de heridas, así como sus manos adoloridas, parecía rezumar sangre en cada milésima de segundo. No pude siquiera pestañear.

Las vidrieras de colores de mi alrededor, a cual más soberbia y hermosa, eran iluminadas tímidamente por los cirios que habían encendido los numerosos creyentes. El sacerdote estaba cerca del sagrario, acomodando algunas flores nuevas muy aromáticas y coloridas, mientras una mujer lloraba mientras se encomendaba a un Dios que estaba sordo, ciego y muerto para muchos. Aún no sabía si también estaba muerto para mí. Desconocía hasta que punto me había desprendido de él hasta llegarlo a ejecutar.

Me senté en uno de los bancos contemplando como las llamas de las velas, pequeñas y insinuantes, se movían suavemente con las ligeras brisas que corrían dentro del templo. Dentro de mí empezaron a bullir palabras que creí olvidadas. Empecé a rezar sacando el viejo rosario de mi hermano. Enredé mis dedos entre las cuencas, cerré mis ojos y rogué con fuerza que todo lo que había estado viviendo fuese una pesadilla, que ese último año no existiera. Pero fue en vano.

Sentí, con una fuerza atronadora, un deseo insaciable de sangre. Abrí mi boca dejando que un jadeo saliera como una daga que cortara el aire. Me incorporé y salí corriendo hacia la puerta. El demonio había estado en la casa de Dios y no había sufrido. La oveja negra había regresado a la casa del padre, pero éste no estaba. El rosario se quebró entre mis dedos al apretar mi puño y algunas lágrimas sanguinolentas, rápidas aunque apreciables, mancharon mi rostro. Un rostro que nunca cambiaría, que siempre tendría la misma expresión doliente.


No habría piedad para mí y Dios no se personaría en una causa tan perdida.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

Santino, diablo con alma.


Santino es un vampiro que ya no existe, al parecer, pero no se sabe bien cómo pudo morir tan rápido y fácil, siendo tan antiguo. Tampoco se sabe dónde se hallan sus restos. Aquí un escrito que nos ha llegado recientemente. 

Lestat de Lioncourt 


El Diablo nunca me esperó en las frías y oscuras esquinas. Maté indiscriminadamente, del mismo modo que creía que Dios, todopoderoso y escasamente misericordioso, lo hacía. Vagué por el mundo con la mirada perdida en viejos escritos que yo mismo me encargué de transmitir a mis seguidores, involucrándolos en una revuelta sangrienta y llena de rabia. Creía que estábamos condenados, pero a la vez éramos los elegidos por la mano divina para ser los ejecutores de la verdad. La noche nos precedía, la oscuridad nos acariciaba el rostro y el luto nos refugiaba de nuestros rostros de mármol.

La sed. Esa maldita sed, tan terrible, que reptaba por mi garganta y se convertía en veneno. Era un paria desalmado, porque mi alma estaba convertida en un esqueleto carcomido por el dolor y la amargura. Evitaba que otros pudieran ver en mis ojos el deterioro de mis fuerzas. Me convertí en un ser salvaje, despreciable y hostil. Transformé la belleza en horror e hice de las calles de Roma mi palacio, mi infierno, mi guarida y un río de ánimas donde se vertían lágrimas, pecado y oraciones clamando paz.

Jamás creí arrepentirme, pues afirmaba que era indigno hacerlo. Me creía un demonio, igual que Lucifer, y rezaba en su nombre, deleitándome con cada sílaba de éste, mientras mis manos se colocaban en mi pecho ofreciéndole mi tenebroso corazón. Cada latido era un paso hacia el infierno, pero a la vez hacia la pureza de mi trabajo. Era la muerte, vestía como tal y me paseaba por los jardines esperando a los enamorados, los infieles, los justos, pecadores y niños. Arrebaté del los cándidos brazos de una madre a un niño lozano y me llevé su alma conmigo. Hice lo mismo con ancianos, mujeres, hombres fuertes y aguerridos, vampiros y cualquier ser que poseyera algo más que unas pequeñas y frías patas, diminuto cuerpo peludo y brillantes ojos negros.

Caminaba bajo los hermosos adoquines de Roma, bajo esos caminos que dicen que conducen a cualquier parte de éste endemoniado mundo, y lo hacía en compañía de ratas. Éstos animales se cobijaban bajo mi túnica negra raída, cuchicheaban en mis oídos y se enredaban en mis largos cabellos negros. Ellas eran lo único que me importaba, porque incluso despreciaba a los que me creían el Mesías de un nuevo credo.

¿La muerte libera? ¿Es un castigo? ¿Es una condena estar vivo para siempre sin encontrar la salida? No lo sé. No sé si la muerte libera, pues estoy vivo. Tal vez carezca de cuerpo, pero ahora comprendo que tengo un alma torturada. He decidido coser cada jirón, y lo he hecho sin rezos ni cánticos llenos de alabanzas a seres que no existen realmente. La maldad es la ausencia de bondad, la bondad es algo inventado para poder ser un animal social y poseer la conciencia limpia. También se usa la bondad para amar y todos terminamos conociendo el amor, aunque no lo comprendamos. Los vampiros no somos tan distintos a los humanos, pues somos su evolución y castigo.


Yo soy Santino.  

martes, 18 de agosto de 2015

Bendecido

Pues yo creo que es un buen hombre, pese a sus pecados. Me gustaría conocerlo mejor y poder demostrarle que todo lo que hizo, en mi contra y en contra de sí mismo, está perdonado si sigue un buen camino y no vuelve a cometer los mismos errores. 

Lestat de Lioncourt


Siempre he creído en la bondad del ser humano. La belleza que posee este mundo es debido a los buenos sentimientos que aún anidan en el corazón de los mortales, como también de los inmortales. A pesar de la oscuridad que nos rodea, incluso nos alienta, podemos seguir sintiendo la bondad y la virtud que una vez conquistamos cuando tan sólo éramos unos niños cargados de inocencia, sueños y buenos sentimientos. La luz nunca se apaga. La vela siempre está encendida. Puede que no veamos la llama, pero está ahí. Hay que mirar mucho más allá de nuestras sombras.

Hace tiempo que vivo en éste mundo. He tenido que aceptar fracasos y victorias, como la mayoría de mis compañeros de viaje. Conozco bien a la muerte, la he codiciado muchas veces y me he disfrazado de ella para bailar con aquellos que yacen en el olvido del mundo, pero no en el mío. Gracias a otros estoy vivo. Debo darles gracias aunque fuesen peligrosos para el resto, tan peligrosos como yo mismo.

No me creo mejor que otros. Muchos opinan que los que vamos de santos sólo somos demonios con una máscara distinta. Yo sólo deseo ser el hombre que siempre he sido, el muchacho que meditaba sobre la virtud del mundo y de Dios mismo. No espero nada más. Busco controlar mis impulsos y la maldad que yace viva, como la bondad, jugando con nuestros deseos más salvajes.


Mi nombre es Benedict, que significa “bendecido”. Desconozco si estoy bendecido o maldito. Todavía intento indagar si existe Dios o si sólo es un símbolo de aquellas buenas virtudes que deseamos mantener. Sea como sea, viajo por el mundo con la maleta cargada de experiencias y sueños. Quiero creer en la bondad, la virtud de la superación y el perdón.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt