Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.
Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.
Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)
Un saludo, Lestat de Lioncourt
ADVERTENCIA
Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.
Mañana es el día contra la transfobia y la homofobia. Dios no los odia, sólo lo odia el ignorante.
Lestat de Lioncourt
—Creaste un mundo diverso—dije.
Estábamos frente a un tablero de
ajedrez. Él vestía de blanco impoluto, pero yo había escogido unas
prendas bastante llamativas. Unos pantalones tejanos desgastados,
algo sucios en los bajos, unas botas de punta con tachuelas, una
camiseta blanca sin mangas y una chaqueta de imitación a cuero
cargada de cremalleras y consignas en pro de la libertad de cualquier
tipo y de la paz. Uno busca paz siempre que va camino a la libertad y
la felicidad, pues son tres rostros de una misma señora.
—Creé mentes diversas—replicó
moviendo el alfil.
—Pero muchas de ellas no
funciona—contesté antes de señalar el mundo que yacía a nuestros
pies iluminado por las distintas luces de neón. Desde el lugar donde
nos hallábamos podíamos ver una ciudad cualquiera, tan común como
cualquier otra, llena de suburbios más pobres y más ricos con una
contaminación acústica que creaba un latido distinto a las otras.
Aún así, frente a nosotros, era lo mismo—. Míralos. No quieren
comprender, no quieren escuchar.
—¿Y es mi problema?—preguntó
encogiéndose de hombros—. Les di los medios y las oportunidades,
ellos sólo tienen que tomarlos.
—¡Lo sé!—exclamé algo agitado—.
Pero muchos no alcanzan a verlo.
—La gloria no está hecha para
todos—se apresuró a decir.
—¡Padre! ¡Los estás condenando!—me
incorporé indignado. Apoyé mis manos sobre el tablero y este se
desplazó ligeramente. Las piezas parecieron temblar, pero no se
precipitaron hacia el suelo que era un manto nebuloso que nos
sostenía a los dos, así como al resto de ángeles que nos
observaban ensimismados.
—Se condenan solos—explicó con un
tono conciliador.
—Hay quienes jamás vivirán en
libertad debido a la presión que ejerce el resto—repliqué aún
furibundo, aunque intentaba controlarme—. No puedes hacerles esto.
—¿Yo?—dijo con una sonrisa
entretanto se incorporaba imitándome. Sus labios eran carnosos,
rosados y parecían bondadosos... pero no era así—. Son demasiado
débiles, pero esa debilidad está en los caminos que han ido
escogiendo.
—¡Y en la cultura que les ha tocado
vivir!—dije todavía más exasperado.
—¿Quieres hacer algo?—preguntó—.
Hazlo—me invitó—. Levántate y hazlo.
—¡Lo hago! ¡Pero lanzan consignas!
¡Llaman sodomitas y monstruos a quienes al fin se alzan!
Mi voz se alzó como un relámpago en
mitad de la oscuridad y cayó como un trueno sobre los presentes. Las
piezas del tablero cayeron a los lados, rodando hacia el suelo, y
hundiéndose entre las esponjosas nubes. Muchos se agitaron abriendo
las alas y echándose hacia atrás. Sabía que me daban la razón,
pero muy a su pesar tenían que aceptar las reglas impuestas por
padre.
—¿Y? ¿Sucumben?—dijo alzando sus
pobladas cejas blanquecinas.
—No todos—respondí frunciendo el
ceño.
—Pues los que queden en pie serán
los que liberen al resto.
Me ahogaba. El racismo aberrante, la
presión de las clases más vulnerables, el robo de la libertad y la
malversación pública, la transfobia, el machismo, el feminismo
radical que vulneraba a las mujeres transexuales, la homofobia que se
extendía incluso en campos de concentración ucranianos, el nulo
deseo de comprender la bisexualidad, y en definitiva el odio al
diferente y el egoísmo. Sobre todo el odio hacia aquellos que se
levantan cada día luchando contra las fobias del intolerante, el
cual no comprende que amar distinto no es delito ni pecado. Y,
honestamente, tampoco identificarse con un género u otro porque son
construcciones sociales. Me ahogaba terriblemente. Quería llorar,
pero no pude. Apreté los puños y bajé de nuevo para patear la
ciudad buscando a todos aquellos que seguían luchando, seguían
amando, seguían encontrándose con las dificultades y que eran
llamados Hijos de Lucifer.
—¿Acaso ves justo el
sufrimiento?—pregunté entrando en aquella iglesia.
Sabía que él estaba ahí. Había
bajado de su omnipotente trono para contemplar las bellas flores que
habían dejado muy cerca del púlpito. Él había jurado que
destruiría a todos los que adoraran falsos dioses, estatuillas que
lo representaran o glorificaran objetos cuando lo único que tenían
que glorificar era su palabra. El mismo que echó a los mercaderes
del templo a través de su hijo, al cual hizo humano para que
sintiera la humillación de no ser escuchado. Ese mismo. Él estaba
ahí.
—Deben asumir las consecuencias de
sus pecados—dijo sin girarse.
Parecía un hombre anciano y bondadoso.
Sus largos cabellos canos caían como cascadas de plata sobre su
espalda. Sus cejas eran frondosas, igual que su barba, y tenía los
ojos pequeños aunque de un azul intenso muy bello. Su piel no era
blanca, pues tenía un tono ligeramente tostado. Los pliegues de sus
arrugas se veían cincelados deliciosamente como si de verdad le
afectara el tiempo. Podía tomar cualquier rostro, pero había
decidido usar el de un hombre en la senectud.
—Diste libertad, pero no explicaste
las condenas de sus malas decisiones—contesté algo furioso.
Mi aspecto era opuesto. Joven, algo
robusto, de algo más de un metro noventa de estatura y que le
rebasaba varias cabezas. Tenía esta vez el cabello casi albino,
aunque normalmente usaba el castaño. Mis ojos eran similares a los
suyos en aspecto y brillo. Él parecía mi abuelo y yo un maldito
idiota que pataleaba sin remedio. Sí, un mocoso. No obstante, no lo
era. No era un mocoso y él me trataba como tal.
Mis prendas eran las de cualquier
muchacho que decide dar un paseo a media tarde: jeans, camiseta negra
sin ningún símbolo aparente y unas sandalias cómodas debido a que
ya estábamos en una primavera muy calurosa. Él llevaba una
guayabera blanca, unos pantalones algo más formales y también
sandalias. Luz y oscuridad, ¿no era así? Pero yo seguía siendo la
luz en la oscuridad.
—No empecemos—dijo frotando su mano
derecha por los pelos de su barba.
—¡Además! ¡Algunos sólo son
niños! ¡Y allí también sufren humanos que desconocían tu
existencia!—exclamé provocando que mi voz reverberara por todo el
templo.
—¿Y? ¿Por ello tengo que asumir que
se merecen una segunda oportunidad?—preguntó sin alzar ni un poco
su voz.
—Samael es mucho más bondadoso que
tú—dije sin piedad.
—No me compares con él—contestó
frunciendo el ceño, pero el tono era el mismo.
Reí. No pude evitarlo. Me carcajeé
deseando abrir mis alas aún blancas, tan blancas como cuando estaba
en el cielo. Sin embargo, si alguien me veía las contemplaría
oscuras como las de los tordos o cuervos. Observaría en ellas el
pecado, el luto, la caída o la impronta de una marca de la cual no
me libraría. Era obsceno pensar que jamás me contemplarían con los
ojos de la verdad y la razón, sólo como me pintaban en los textos
sagrados. ¡Incluso me confundían!
—Es tu opuesto, pero también es tu
hermano—respondí.
Satanás. ¡Sí! ¡Satanás era el
hermano de Dios! Dos criaturas opuestas e iguales. El mundo lo
crearon entre ambos y sin embargo él se llevaba la gloria; el otro
sólo los infiernos y el desprecio.
—¡Silencio!
Quería callarme, pero no lo lograría.
No lograría nada. Aceptaría mis palabras y encajaría mis golpes.
Yo estaba en mitad de la guerra siendo libre para opinar y
confrontar.
—¡Dios, Padre todopoderoso, condena
a la humanidad cuando ni siquiera él creó solo este mundo!
—¡Cállate te he dicho! ¡Lucifer,
cállate!
Durante unos segundos lo logró. Me
había llamado Lucifer. De nuevo, como antaño, había pronunciado
ese nombre sin tapujos. Yo ahora me hacía llamar Memnoch, como
también me podía llamar de cualquier otro modo. Yo era su hijo, yo
era su creación, yo lo era todo y él para mí estaba siendo un niño
caprichoso.
—Quieres silencio. Por eso los
castigas. Deseas que se callen porque un día llegarán a la más
profunda y angustiosa verdad, entonces serán ellos quienes te den la
espalda. Incluso lo harán los más fanáticos. Todos se alejarán.
Verán al déspota y no al genio.
Mis últimas palabras hicieron que se
enfureciera tomando las flores y lanzándomelas al rostro. Después
se marchó. Me dejó solo. No quería escuchar la verdad. Nunca quiso
escucharla ni en el Cielo ni en la Tierra.
—¿Qué haces? ¿Acaso estás tan
ocupado para no percatarte de mi presencia?—preguntó con marcada
insolencia.
Hacía más de diez minutos que
deambulaba por aquella cumbre escarpada. Me había subido a una de
las montañas más peligrosas de este mundo para resguardarme de
todos y todo. Sólo quería ver gran parte de la creación a mis pies
sintiendo el frío helado mi cuerpo. El infierno no es cálido, sino
frío. Es el purgatorio donde las almas se consumen en lava porque es
parte de los volcanes activos, de este mundo de caos. Es una puerta
tan sólo, una grieta, que atraviesa dos realidades. Si bien, el
Infierno no está bajo nuestros pies sino en otro plano junto al
Cielo.
—Intento ignorarte porque he
pospuesto demasiado mis labores aquí—respondí con una sonrisa.
Intentaba molestarlo, pero también
decirle una verdad incómoda. Nunca he sido bueno mintiendo. Si bien,
es cierto que jamás me he propuesto mentir. Hay quienes tienen una
habilidad pasmosa para ello, pero yo soy incapaz.
—¿Soy una distracción?—dijo tras
una carcajada que hizo eco por todo el lugar. Después sentí sus
brazos rodeándome mientras su pequeño pectoral se pegaba a mi
espalda. Su aroma me envilecía y terminaba agitando cada uno de mis
cimientos.
—Siempre lo has sido; aunque no me
quejo—susurré con una sonrisa mordaz.
—Pues ahora esto suena a
queja—contestó. Su tono de voz me hizo pensar que tenía el ceño
fruncido y los labios apretados. Se había molestado. Podía apreciar
como su alma vibraba como las cuerdas de una guitarra al ser tocada.
Sí, así vibraba.
—Padre me necesita, Samael—suspiré
pesadamente intentando girar mi rostro, pero temía ver esa mueca de
profundo desagrado en sus hermosas facciones.
—Mi opuesto, mi hermano, mi idiota
favorito... —murmuró apartándose de mí como si le quemase mi
figura—. Anda, permite que la diversión siga—dijo antes de
aparecer entre mis brazos. Era más menudo y pequeño que de
costumbre. Él podía hacer el cuerpo que quisiera, pues incluso
aparecía como mujer soberbia para encandilar a los más ilusos.
—¿Me estás tentando?—pregunté
mirándolo a los ojos. Unos ojos oscuros, profundos como la noche
misma, que rápidamente brillaron como si fueran gemas.
—Lucifer, soy un demonio ¿acaso no
debo tentar?—dijo mi viejo nombre, ese que me impuso mi creador,
para luego carcajearse.
—No eres un demonio, eres el padre de
todos—respondí.
—Soy oscuridad, soy destrucción y
creación, soy atracción y reacción... Soy...
—Eres quien me convence para que no
busque almas para salvar de este calvario—intervine a su monólogo
de Dios Oscuro, para luego escuchar como estallaba en carcajadas
tomándome del rostro con sus manos suaves, frías y de dedos
delgados.
—Rey del Purgatorio, Príncipe del
Destierro y la Luz en la Oscuridad. ¿No entiendes?—murmuró
acercando su rostro al mío, dejando que su aliento rozara mi boca y
provocara un escalofrío—. Tú eres luz en mi oscuridad, en mis
profundas oscuridades, donde aún sigo creando y destruyendo.
—Un día me destruirás a mí y a ti
conmigo—sentencié.
—Deja que disfrute de ti...—contestó
para besarme.
El atardecer rojo, como la sangre
derramada por cientos de creyentes de las diversas religiones,
parecía una llama intensa como la pasión que él liberaba. Una
pasión que caldeó mi piel y la suya. La misma que hizo que
desapareciéramos de ese idílico paraje para retozar por el prado
más cercano. La creación no fue del todo obra de Dios, como tampoco
soy el más perverso de sus hijos y el primer caído.
Debido a la contaminación lumínica
habitual, aumentada por la típica de las fechas, era imposible ver
las estrellas. Los edificios parecían grandes monumentos al ego de
sus propios arquitectos. Las empresas aún tenían los despachos
iluminados, pese a ser ya algo tarde. Era el día que se celebraba la
Noche Buena, una fecha especial en el calendario de todo creyente y
también de aquellos que desean reunirse con la familia. Las avenidas
estaban colapsadas por el tráfico urbano, vehículos y peatones
habían asaltado las tiendas, comercios y distintas empresas de
servicio. El consumismo era tal que me provocaba cierto mareo. El
estrés se elevaba más allá de las pequeñas nubes acumuladas
próximas a las chimeneas de la industria pesada de las afueras.
Cerca de un cajero de un banco
cualquiera, apoyado contra la pared empapelada con cartelería
habitual de estas fechas, me hallaba observando el ir y venir de
mujeres, hombres y niños. Las risas y las miradas furtivas, llenas
de una ilusión extraña por el ruido del papel de regalo y el
brindis de la cena, me desconcertaba. La última vez que había
descendido era todo menos ruidoso y plástico.
Una pequeña niña se detuvo en mitad
de la gran masa, su madre estaba hurgando en su enorme bolso, y ella
me miró. Sus enormes ojos azules me hablaron de una bondad y una
ilusión que pocos sostenían ya. Dio dos pasos hacia el frente y me
sonrió. Para mí fue como ver a un querubín intentando llamar la
atención sin necesidad. Devolví de inmediato la sonrisa sin
pensarlo siquiera.
—Mira mamá, un ángel—dijo
regresando a su lado, tirando insistentemente de ella, por el borde
del chaquetón oscuro que vestía.
—¡Sólo es un vagabundo!—espetó
sin molestarse demasiado.
—¡Pero tiene alas!—insistió.
—¡María, no tiene alas! ¡Sólo
mugre y sabrá Dios si alguna enfermedad!—dijo tomándola en brazos
para apresurarse, caminando con un repiqueteo por entre los grupos de
jóvenes cargados de bolsas de regalos, adultos deseos de llegar a
casa y tomar algo caliente, compañeros de trabajo algo ebrios o con
posibilidades de estarlo en breve... Esa mujer parecía odiar todo lo
que fuese la pobreza, pero luego regalaba ropa usada a la iglesia una
vez al año para limpiar su conciencia.
—Un ángel...—dije llevándome a
los labios el cigarrillo que había empezado a fumar nada más llegar
a mi puesto habitual.
—Bueno, eso eres—insistió una
voz—. ¿Y mis diez almas?
—Ah... estoy de vacaciones—contesté
frunciendo el ceño—. ¿Qué deseas? ¿Acaso no llegó mi tarjeta
de felicitación por tu cumpleaños? Ah, espera... Naciste en Agosto
y aún no la eché al buzón—dije riendo bajo mientras mantenía el
filtro cerca de mis labios.
—Ah, deja de burlarte. Los seres
humanos festejan mi nacimiento.
—Bueno, técnicamente el de tu
hijo—dije encogiéndome de hombros—. Mi hermano el poderoso
Jesús...
—¿Eso ha sido una burla?—la voz se
escuchó esta vez algo molesta, por lo decir arritada.
—Dios Padre, todopoderoso,
misericordioso y lleno de virtudes se está molestando con su hijo
Lucifer... otra vez—murmuré tirando la colilla al suelo, para
luego pisotearla y quedarme allí mirando las luces tintineando.
—¿Por qué no regresas al
cielo?—preguntó.
—Porque no admito mi derrota, ya que
aún tengo planes—respondí apartándome de aquella esquina para
desaparecer a la vista de todos. Fue sencillo, pues todos siempre
intentan apartar la mirada de los mendigos y sin techo que se
arremolinan en las calles.
Armand tiene razón en muchas cosas... pero en esto... no. No creo que yo destrozara algo que ya estaba roto.
Lestat de Lioncourt
No sé qué fue lo que realmente me
impulsó a hacerlo. Supongo que me sentí aún más perdido que
cuando observé las gigantescas llamaradas consumiendo el palacio
veneciano de Marius. Tuve una sensación similar en mi corazón, la
cual se ahondó hasta casi ahogarme en unas aguas turbulentas y
sucias. Me quedé sin voz. Durante algunos días quise averiguar si
realmente Lestat había sido sincero, pero me di cuenta que era
imposible acercarse a él. Por un lado temía la reacción de su
cuerpo, impulsado por propios mecanismos de protección innatos en
cada uno de nosotros, y por otro que fuese cierto y hubiese negado a
Dios.
Hace siglos dirigía una secta. Bajo
París, en sus catacumbas, adoctrinaba lejos de discursos
tradicionales sobre Satanás, que era quien nos protegía y nos
guiaba para realizar el trabajo divino. Era de carácter secreto para
los que no pertenecen a ella; especialmente para humanos. Aunque
siempre había curiosos que terminaban amontonándose junto a los
restantes cadáveres. Me dedicaba a ello desde que tenía memoria
como vampiro, pues fueron pocos los virtuosos meses con mi creador.
Santino me inculcó sus ideas, las cuales parecían totalmente ajenas
a la verdad que se fue promulgando más tarde.
Lestat la destruyó. Me arrebató la fe
que era lo único que me mantenía con vida y a salvo de mi propio
dolor. Dios no era un aliciente para curar mis heridas, sino para
mantenerme vivo a pesar que estuviese lleno de cicatrices y llagas.
Su insolencia, su ruindad, su desparpajo y su fuerza aniquilaron todo
lo que creía con un discurso bastante simplista. Desde entonces
vagaba intentando comprender si era cierto o no, si tenía razón o
no, y si podría encontrar la verdad.
Entonces, ya en esta época moderna
donde Internet ahonda más aún en estos temas, apareció Lucifer y
lo arrastró con él. Como si lo hubiese invocado en santo ritual
durante estos siglos le reprochó el ser un impertinente, aunque
también hay que recordar que ama conocer y comprender. Lestat sabe
escuchar a pesar que no te crea.
Creo que escuchar una teoría similar a
la que promulgaba mi secta, quedarme envuelto en esa nebulosa de
poder que él transmitía y todo lo que vi al morderle, me hizo
desear huir de la capilla y dejar que el sol me destruyera. Pero no
lo hizo. Vi a mi madre, mis hermanos, un hermoso huevo de Fabergé
del cual salía el Espíritu Santo y a mí mismo. Caí a un techo
cercano y después, sin saber cómo, terminé matando a un
desgraciado que estaba a punto de matar a su propia hermana. Así fue
como salvé a Sybelle y jovencito Benjamín.
Supongo que mi fe sigue aquí,
tomándome de la mano y acariciando mis cabellos cobrizos. Tal vez
jamás deje de ser el niño perdido en este mundo lleno de pecados,
horrores y sueños infelices. Pero sé que no voy a morir. Quiero
vivir. Me he dado cuenta que quiero vivir. No importa si existe un
Dios o no. Ya sólo importa el hecho de vivir.
Ah, por cierto, este fragmento está dedicado a un tal Samhael. ¡No fastidies! Para colmo me lo envían con nota al pie exigiendo ciertas cosas. Memnoch, no creo en ti ni en tus hermanitos los emplumados.
Lestat de Lioncourt
—Deberías volver a contactar con él.
Su tono amable era como una pequeña
caricia. Siempre aparecía en los momentos menos indicados, pero
acepté su compañía de buen agrado. Necesitaba a alguien aunque
fuese para discutir. A veces mi trabajo es demasiado solitario. Soy
un arcángel destinado a vivir solo, sin un compañero, y a combatir
contra las falsas creencias que se vierten sobre mis actos.
Me giré para observar sus prendas
simples. Llevaba tan sólo unos pantalones vaqueros algo viejos, con
algunos rotos, y una correa de cuero algo cuarteada por el uso. Usaba
sandalias y una camiseta blanca sin mangas, las típicas que suelen
llevar los hombres bajo sus elegantes camisas. Su pelo largo, rubio,
encrespado por la humedad de una mañana tan fría y sus ojos azules,
tan profundamente azules, eran lo más destacado de su rostro. Aunque
también podría hablar de su barba mal recortada y su sonrisa
estúpida. Parecía un joven rebelde que dormía en la calle. No miré
sus manos, pero juraría que estaban callosas de tanto trabajar. Era
mi hermano. Uno de mis hermanos.
—No servirá de nada—respondí.
Mi aspecto era muy distinto. Llevaba un
traje de firma oscuro, de esos que usan los altos ejecutivos, y
poseía una corbata muy llamativa en color lavanda. Mi camisa era
negra y tenía un cuello elegante, el cual destacaba gracias a mi
único complemento. Mis cabellos eran algo más rubios que los suyos.
El físico elegido esta vez difería un tanto del original. Tenía
ese poder, podía usarlo y lo usaba. Dios me dio sus mismos dones y
no temo en ponerlos en práctica.
—Volverá a meditar mejor sus
palabras y a ordenar sus ideas—dijo acercándose hasta a mí, para
sentarse al borde de aquel rascacielos.
—Deseo seguir mi labor. Nada
más—comenté agitando los cubitos de hielo de mi vaso. Había
subido hasta allí para huir de una pesada reunión. Pedí café con
un poco de whisky y hielo. Amaba el café helado y sin azúcar, pues
tenía el toque amargo que me satisfacía. Me recordaba a la vida
misma.
—Cree que sólo eres un espíritu—giró
su rostro hacia la ciudad y movió sus piernas impaciente. Parecía
un niño.
—¿Acaso no somos todo
eso?—interrogué—. Poseemos cuerpos tangibles, pero somos
espíritus. Nuestro espíritu es más fuerte que la carne que moldeó
Dios.
Nos miramos. Perdimos unos valiosos
segundos reconociéndonos. Casi podía ver sus diversos pares de alas
de plumas densas y maravillosas. Quería tocarlas, hundir mis dedos
en ellas y recordar cómo eran las mías. Mis alas se veían siempre
oscuras cuando otros me osaban contemplarlas. Sufría con esa
pesadilla, aún lo hacía. Me marcaba como caído, como un lastre
para el Cielo, pero no era así. Yo seguía una misión.
—Sabes que me refiero a eso—dijo.
—Rafael, ¿por qué no te diriges a
ese impertinente y le hablas?— Hice aquella sugerencia sabiendo
bien que la rechazaría—. Eres el guía espiritual, quien calma a
las almas y cuerpos heridos, y el arcángel de las artes—sonreí
aproximándome el vaso a los labios, dando un suave trago a mi
extraño café, y seguí hablando señalándolo ligeramente con mi
mano desocupada—. Ve, habla con él.
—Dios exigió que fueras tú. Todos
estamos saturados de trabajo allí arriba.
No pude reprimir una enorme y profunda
carcajada. Ese idiota se pensaba que yo no tenía trabajo. Tenía que
juzgar a las almas que iban a ambos lugares, o incluso que volverían
a la Tierra porque habían adquirido una oportunidad más. Pero era
yo quien debía dársela, no Dios. Dios hacía demasiado que se había
ausentado por “vacaciones” y el resto teníamos que apechugar sus
funciones.
—¿Saturados?— Mis ojos azul
verdosos se abrieron de par en par, para luego fruncir el ceño y
seguir con un tono burlón y elevado—. ¡No hacéis nada! Mirad
Siria, Etiopía o como Colombia rechaza la paz. ¡Por favor! No me
hagas reír—acabé con un suspiro. Odiaba lo tedioso que era ser un
arcángel oscuro, el menospreciado por los humanos y el más amado,
según todos, por Nuestro Padre.
—He descendido a la Tierra como
sacerdote, médico y también como artista ambulante. He caminado
codo con codo con el ser humano y este ya ha dejado de tener fe. La
mayoría ya no cree. Sólo aceptan una religión u otra por miedo a
morir, al vacío que hay tras la pérdida de su cuerpo, pero por lo
demás...
Se incorporó, sacudió sus pantalones
y me miró aguardando una respuesta positiva. No la obtuvo.
—Y esperas un milagro por parte de
Lestat... ¡Iluso!
Aquellas palabras hicieron que se
marchara. Pude escuchar sus pasos sobre la gravilla de aquella
azotea. Incluso como la puerta se abría y cerraba. Odiaba que él
apareciese con ese aspecto bondadoso, algo salvaje, y me prometiera
que era capaz de hacer algo más grande que ser un mero
administrativo de almas. Porque eso hacía. Contabilizaba las almas,
las administraba y dejaba un informe pulcro sobre la mesa de Dios.
Me quedé allí olfateando mi bebida,
intentando olvidar la fragancia agreste de mi hermano. Deseaba
olvidar. Quería volver a mirar el mundo en su hora crepuscular y no
sentir que todo se precipitaba hacia el Fin de los Tiempos.
Bueno, alguien que me cree... ¡Aunque sólo sea un poco!
Lestat de Lioncourt
Siendo totalmente sincero me sentí
anonadado el día que Lestat me sugirió que el demonio quería
llevárselo al infierno. Creí que era una especie de broma pesada.
Hasta el momento ambos habíamos mantenido una postura atea, tal vez
algo defensiva, hacia la figura de una entidad todopoderosa que rige
el mundo. Sinceramente, estuve a punto de echarme a reír. No
obstante vi sus ojos, y en ellos pude contemplar el horror.
Cuando era muy joven vi a Dios y a
Lucifer discutiendo en mitad de una cafetería de París. Pensé que
era algo simbólico y esa simbología la busqué infatigablemente
entre los muros de la orden. Fue ese suceso el que hizo que comenzara
a indagar suceso por suceso, batiendo un duelo con la cordura, para
hallar una respuesta que se hizo desear y que aún hoy nadie me la ha
concedido.
Jamás he creído en dioses bondadosos,
pues siempre he creído que de existir dioses serían terriblemente
crueles como los humanos. Sí, creo en deidades humanizadas y no
gigantes asombrosos. Por eso, cuando regresó sucio y sin un ojo,
absolutamente perdido, tuve que escucharlo. Me hablaba de un Dios que
había cometido errores, que poseía soberbia y que sus ángeles
habían pecado alguna vez de envidia.
Él me advirtió que dudaba que fuese
el primer invitado por este al infierno. Hablaba entre delirios de
cientos de invitaciones, a todas las almas humanas posibles, y en
busca de diez inmaculadas criaturas que poder llevar ante Dios.
Porque esa era la misión de Lucifer, el cual se hacía llamar
Memnoch. Tenía que cumplir un pequeño castigo, y era demostrar que
no era un soberbio ni un iluso al declarar que había almas que
merecían estar en el cielo, pero que Dios desechaba por el simple
hecho de no creer en su palabra.
Redacté cada palabra de este libro,
así como he hecho de otras tres biografías. No me siento del todo
orgulloso porque implica dolor y sufrimiento para un viejo amigo, el
cual inclusive es mi creador. Sin embargo, es la primera vez que
logro contactar con alguien que vio un ser similar a que yo escuché
discutir con Dios. Además, la conversación en París giraba entorno
a almas rescatadas, al juicio que Padre Todopoderoso tenía sobre la
humanidad. No recuerdo sus palabras exactas, pero he refrescado la
memoria.
Me ha llegado esto por medio de un mortal... no sé si echar a correr o investigar.
Lestat de Lioncourt
Mi figura siempre ha destacado entre la
multitud aglutinada en las modernas ciudades. No obstante, parezco
uno de los numerosos empresarios o trabajadores de bolsa. Visto bien,
de forma aseada, y mi aspecto no difiere demasiado de esa capa social
que vive por y para el trabajo. En realidad, vivo siempre involucrado
en mis quehaceres. Nunca he dejado de recolectar almas para Dios, o
más bien llevarlas conmigo para evaluarlas y posiblemente enviarlas
con él. No hace falta presentaciones, ¿cierto? Yo he estado en esta
historia desde el primer momento. No hablo ya de la historia de
Lestat, sino de la historia de todos vosotros.
Mi rostro puede cambiar. Con el paso de
los años y el lugar donde me muevo difiere, pues soy mimético como
un camaleón. Mis ropas, mi piel, el color de mis ojos o el cabello
es fácil de cambiar. Son sólo complementos. Lo único que no puedo
modificar es la pésima opinión que tienen muchos sobre mí. Sólo
aquellos que siguen el gnosticismo conocen o comprenden quién soy
realmente. No soy Satanás, soy Lucifer. Ambos somos totalmente
distintos. Él tiene un reino, Dios tiene otro y yo, como buen
rebelde, fundé el mío donde los desposeídos, los despojados de la
gloria y del pecado, yacen aguardando una ínfima posibilidad de
salir de lo que llamé Sheol.
Aunque si os soy totalmente sincero, no
existe un cielo o un infierno tal como lo han intentado describir.
Sí, incluso yo he llegado a mentir a Lestat. Hay ciertas verdades
incómodas. Quizá sólo existe un mundo y, tal vez, todos nos
movemos en él en distintos planos. ¿Lo han pensado? Sea como sea,
intenten visualizar una calle de una gran metrópolis. ¿Quién
podría ser? Tal vez sí soy uno de esos elegantes hombres de
negocio, con perfecta ortodoncia, perfume masculino avasallador y una
cartera de piel con mis iniciales. ¿O puede que sea otra cosa? Si el
cielo y el infierno no son lo que creéis, ¿qué hay de mí? Como he
dicho depende de mi nuevo encargo. Hoy estoy en Nueva York.
Me encuentro en una azotea en realidad.
Estoy observando el ocaso. Pronto oscurecerá y no se verá ni una
maldita estrella debido a la contaminación lumínica, pero aún así
están. Son como yo. Estamos aunque no se nos vea o aprecie. Somos
parte importante de este mundo. Al menos, yo me considero una parte
esencial de la cadena. Dios desea borregos. Quiere que no penséis
por vosotros mismos, que temáis terriblemente sus castigos, y por
eso intento evitar que tomarais del fruto de la sabiduría. No os
probaba, como os dijo, sino que deseaba moldear vuestras indómitas
almas para convertir fieles. No eran sólo Adán y Eva, sino cientos
de hombres. Los mismos que evolucionaron del mono porque él lo
deseó, pero que luego se aburrió de ellos como del resto. Quien no
baila a su son termina siendo despreciado. Satanás quiso liberar por
completo el conocimiento que tenía el hombre, pero quería usarlo en
su propio beneficio. Yo, por el contrario, sólo deseo que seáis
amados por Dios tal y como sois. Aún así, podéis no creerme.
Os preguntaréis qué hago yo aquí
contando todo esto. Tal vez no, tal vez os lo habéis empezado a
plantear ahora. Puede que hayáis empezado a creer que todo esto
viene dado porque Lestat afirma ahora que no soy el demonio, que no
soy el arcángel caído, sino que simplemente soy un espíritu
poderoso que deseó jugar con él. Comprendo que piense que soy como
Amel, nacido de la misma grieta a otro mundo. Podéis creer esa
teoría, la mía, la de la Santa Iglesia Católica... ¡Qué más da!
Incluso os invito a creer las teorías del Islam. Pero, allí en la
cultura que estéis, hay un ser como yo en sus libros sagrados. Algo
será cierto, ¿verdad?
En definitiva, estoy aquí conversando
porque la reunión que tenía a las siete se ha retrasado. Ya son
casi las nueve de la noche, prácticamente me he bebido mi whisky on
the rock, y mi secretaria no ha venido aún a incordiarme para
decirme que me esperan en la sala de juntas. Escribo esto para
lanzarlo al vacío, desde un rascacielos repleto de oficinas, para
que cualquiera que pueda leer este papel, el cual llegará en modo de
inocente avión de papiroflexia, lo lea.
Dios me llamó Lucifer, pero yo he
preferido el nombre de Memnoch. Sigo siendo la luz en la oscuridad,
esa que os guiará aunque no lo sepáis reconocer. Sigo brillando
como las estrellas, buscando diez almas perfectas como diamantes
engarzados en un anillo de compromiso.
Al parecer ese "demonio" sigue rondando el mundo. Digamos que yo no me creo que lo sea, pero hay textos como este regados por el mundo.
Lestat de Lioncourt
Dicen que los demonios no podemos
entrar en los templos, que estamos vetados y que las gárgolas cuidan
de los malos espíritus que deciden llamar a las puertas de la casa
de Dios. Tonterías. Sólo son cuentos que narran a los beatos para
que crean que esos edificios, humildes o gigantescas obras de arte,
son sagrados. Dios no habita ahí. De hecho, Dios detesta tales
lugares de oración donde su imagen está mil veces representada, hay
falsos dioses llamados Santos ocupando altares y el oro cubre
desproporcionados sagrarios. Los púlpitos siempre lazan acusaciones
contra los herejes y son los propios herejes, enfundados en sotanas
de alzacuellos bien almidonados, quienes cometen los peores delitos.
Por eso los demonios tenemos vía libre. Nosotros podemos cruzar sus
puertas como cualquiera. Nos deleitamos con la estupidez que allí se
comete y nos reímos al recordar pasajes bíblicos donde Jesús
detestaba a sacerdotes opulentos como los que venden su imagen por
unas pocas monedas.
Aquella calurosa mañana de verano
decidí asistir a misa. Aparecí en el mundo envuelto en uno de mis
elegantes trajes siendo la viva imagen de un empresario de éxito, de
un hombre de mundo, hecho así mismo o quizá moldeado por una
familia de origen pudiente. Un joven de mirada limpia y de aspecto
personal cuidado. Parecía pulcro, elegante, distinguido y firme
gracias a mi forma de caminar sin titubeos hacia el interior del
templo.
En la entrada había un tullido que
recogía monedas en una gorra sucia debido al sebo formado por el
sudor de su frente, la grasa de su pelo y la mugre de las calles.
Opté por no ignorarlo, como muchos beatos hacían, dejando un par de
billetes que iluminaron sus ojos carentes de esperanza. Él parecía
aferrarse ahora a esos pequeños pedazos de papel imaginando una
comida decente, un refrescante zumo y un postre delicado de alguna de
las pastelerías donde solían echarlo cuando se quedaba observando
el escaparate.
Dentro más de dos decenas de personas
tomaban asiento para escuchar las palabras de un “sabio” y
“honorable” sacerdote. Hablaba de Lucifer remarcando que está en
todos los corazones de aquellos que no son capaces de perdonar, de
los vengativos, de esos que nunca descansan y que tienen la
conciencia sucia. Me pregunté si Dios tenía la conciencia sucia
después de matar a billones, si la tenían los sacerdotes que
abusaban de niñas pequeñas y que la justicia apenas condenaba
debido a la influencia de la Santa Madre Iglesia o si recordaba que
la Guerra Santa la inició la Orden del Temple y prosiguió con las
quemas de brujas en las plazas gracias a la Santa Inquisición. Pero
supuse que no. La conciencia de todos los creyentes allí
arremolinados estaba limpia. Si bien podía leer los pecados rodeando
sus cabezas, sembrando el miedo en sus agitados corazones, mientras
se decían que confesar haría que Dios los perdonara con un par de
rezos, flores a la virgen, velas encendidas y estampitas del niño
Dios.
Odiaba la ropa que me había puesto,
aunque reconozco que me sentía atractivo, pero más odiaba a todos
los allí presentes. Sólo una niña pequeña, sentada en primera
fila, miraba consternada la imagen de Jesús en la cruz pensando en
por qué tenían que mostrarlo, qué ganaban todos aquellos viendo a
un hombre agonizar y por qué pensaban que era hermoso cuando era
terrible. Rememoré el momento en el cual deseé arrancar a Jesús de
la cruz, pero Dios me sostuvo de los hombros y me dijo que él debía
morir por amor a los hombres. ¿Cuál amor era ese? A él no le
importaban las almas del Sheol. No había amor. Él sólo quería ser
amado aunque finalmente se dio cuenta que no había amor, sino miedo.
En ese momento abandonó todo deseo de seguir observando la Tierra,
dio la espalda a sus hijos y dejó de intentar acercarse a su
creación. Su orgullo le impedía pedir disculpas por su
comportamiento y quizá también le negaba el darme la razón sobre
las almas condenadas.
Cuando salí de la misa pude ver a
beatas contando terribles rumores sobre gente cercana a ellas, otros
acusaban sin pruebas a hombres bondadosos porque habían renunciado a
la “fe” y había quienes ni siquiera se habían percatado de la
sonrisa del indigente. Aunque, ¿cómo iban a percatarse si para
ellos era invisible? El mundo entero era invisible u horrible si no
se asemejaba a su “verdad” o al “honor” que ellos decían
tener cuando rezaban.
—Dios, ¿no lo ves? Nada sirve tus
intentos. Debiste permitir que yo te ayudara—murmuré.
—Deja de intentar que vea sus
defectos. Los conozco bien. Dedícate a esas diez almas, Memnoch.
Llevas milenios holgazaneando y el trabajo se te echa encima—pude
escuchar su voz repicando en mi cabeza—. ¿Acaso no quieres
regresar?
Esto ha llegado a mí. Son unas memorias, o supuestas memorias, de Memnoch. ¿Alguien me ayuda a salir corriendo?
Lestat de Lioncourt
Al atardecer siempre tenía hermosas
vistas desde la azotea de aquel edificio. El holding que se alzaba en
aquella torre de hormigón y cristal poseía gran parte de la
producción de información del país, era el centro de manipulación
y sometimiento más fuerte e incluso estaba siéndolo en otros
lugares del mundo. Los titulares señalando a diversos dirigentes
políticos para ensuciar sus nombres, siendo inocentes en gran medida
de las palabras vertidas, ocultaban la verdadera corrupción y las
preocupaciones de la población. Además se ofrecía noticias banales
y deportivas para amortiguar el impacto.
Veía la ciudad extenderse con sus
numerosas calles de trazado regular, con edificios similares al que
estaba bajo mis elegantes y clásicos mocasines, llenas de tráfico y
almas que iban de un lado a otro en las aceras. El tiempo se escapaba
entre los dedos de sus manos sepultando sus sueños, sus ambiciones y
la belleza de una vida vacía como sus esperanzas. Vendidos a un
quizás y un montón de dinero en una cuenta bancaria. Enclenques,
hipócritas y fáciles de manipular con sus caras cenicientas
esperando ser asesinados por la felicidad que no parecía llegar.
Pero yo los amaba. Amaba incluso lo turbio de cada pesadilla que los
mantenía vivos con sus paranoias y sufirmientos.
En mis labios un cigarrillo se consumía
envolviéndome en el aroma de la nicotina. Aunque el sabor del café,
un café amargo sin rastro de leche o azúcar, no podía ser
desplazado por el del tabaco. Mis cabellos esta vez parecían más
claros pero mi rostro era el mismo, la misma expresión. Parecía un
ejecutivo, o quizás un empleado de nivel medio, que buscaba un
momento de descanso entre tanto los papeles se amontonaban en la mesa
de su pequeño cubículo o despacho. Tal vez me había escapado de
una reunión monótona. Pero la verdad es que era el dueño de este
mundo. Dueño de cada sombra.
—¿No deberías estar haciendo algo
mejor que buscar almas que reclutar?—escuché una voz que parecía
cercana, como si se encontrase a pocos centímetros de mi oreja, pero
en realidad estaba a varios metros.
No me giré porque sabía quien era.
Podía oler su supuesta bondad recorriendo sus rasgos dulces pese a
lo masculino. Aquellos cabellos rizados tan dorados provocaban
náuseas. El mensajero más imponente de Dios se había reunido
conmigo cerca de la cornisa como si yo fuese un suicida y él mi
ángel de la guarda.
—¿No tienes que ir por ahí a tocar
tu trompeta?—dije tras dar una calada al cigarrillo y un trago a mi
café.
—He decidido pasarme por la Tierra y
saludar a mi hermano favorito—contestó quedando a mi altura tras
caminar con parsimonia hasta mí.
A mi lado estaba él con otro elegante
traje similar al mío, hecho a medida por supuesto, y con una sonrisa
estúpida que parecía complacerse con el atardecer. Estaba seguro
que no estaba allí por casualidad o porque me echase de menos.
—Dios quiere que aceptes tu derrota.
No has hallado aún las diez almas que te exigió—dijo
arrebatándome el café.
—Cuidado, pajarito divino, el café
es demasiado potente para una criaturita tan pura y sosegada—respondí
quitándole mi bebida sin que pudiese darle un solo trago—. Dile a
Padre que no me rindo. Lamento informarle que cumpliré mi misión.
—Lucifer...
—Memnoch. Me gusta que me llamen
Memnoch, Gabriel—dije apartándome de él para regresar a las
abarrotadas oficinas. Pronto todos se irían a casa y yo debía
acompañarlos como si alguien me esperase en el departamento que
había adquirido en Nueva York.
Volvía a vivir como un humano con sus
aspiraciones y sueños, aunque sólo en apariencia, porque seguía
siendo el demonio y tenía un poder inimaginable. Quería salvar al
mundo, pero a veces uno no puede hacer nada para lograrlo. Aunque
sabía que estaba perdiendo mi tiempo decidí seguir luchando. Nunca
daría mi brazo a torcer. Debía salvarlos.
lunes, 23 de mayo de 2016
Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.
Lestat de Lioncourt
Estaba en mitad de una luminosa iglesia
italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en
busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas
sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado,
empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En
la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una
piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un
mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color
miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel
arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.
Había regresado a su país de origen,
recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo,
buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado.
Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para
pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el
fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se
encontraba desesperado.
Asaltar las altas instituciones para
conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de
otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo
sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con
quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su
enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible
entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los
pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.
—Pater Noster, qui es in caelis,
sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua,
sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego
chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.
Aquello que había adorado se convirtió
en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado
mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía.
Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente
para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido
demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado.
Armand había desaparecido.
—Giovani, posso aiutarti?—preguntó
el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba
ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él
de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que
posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.
Las velas iluminaban todo con una
belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba
llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero
eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya
no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el
púlpito.
—Che ora è?—dijo girándose con
una ligera sonrisa.
—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato
in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.
—Signore, mi dispiace, me ne vado
subito.
Cuando habló sonrió de tal forma que
el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó
en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro.
La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa,
y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía
rápidamente en eco.
Al salir de la iglesia su teléfono
móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y
ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo.
Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil
para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas.
Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no
estaba en su agenda.
—Santino, chi é?—preguntó.
—Marius. Reúnete conmigo—dijo—.
Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te
han visto merodear.
—¿Haremos las paces?—contestó con
una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido
borrego.
—Armand está vivo—respondió—.
David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las
publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.
Su corazón latió rápido como los
pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un
instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros
aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas
nocturnas que eran sus viejas creencias.
—Iré. Iré—dijo escuchando como
colgaban al otro lado de la línea.
El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya.
Había tomado aquel joven entre mis
manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no
poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia,
rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero
también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada
pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una
marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo
arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y
necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó
que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su
apetecible cuerpo.
Aún no tenía sombra de barba.
Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que
observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando
conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y
experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa
y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de
rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con
horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase
tan quebrada como esclava.
Sus cabellos oscuros, ligeramente
largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros.
Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban
porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su
cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero
rezumaba aire salvaje.
La puerta de aquel bar, poco iluminado,
había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su
boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la
penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para
que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen
escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico
y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus
ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar
antipatías.
Nada más abrir la puerta de la
habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte
bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de
aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien
adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para
mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando
lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus
rasgos.
Aquel muchachito poseía un mentón
fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el
tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi
abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera
identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo
facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su
torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos
pezones pequeños aunque de pezón grueso.
—¿Qué edad tienes?—pregunté.
—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi
propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era
impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a
duras penas llegaba al metro setenta.
—Tu edad, muchacho—quería
cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no
cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que
estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de
algunos pasajes de los Infiernos de Dante.
—La suficiente para saber fumar y
beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó
colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.
A su edad yo ya conocía lo que era
trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el
frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me
dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad
y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito
Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o
me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían
cortes, las suyas eran finas y sensuales.
—Mi forma de amar no es dulce, y
tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un
dolor insoportable—atestistigüé.
Un brillo de curiosidad se formó en
sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi
bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi
obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo
empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso
pegado al papel pintado de color café.
—Las zorras no tocan si el amo no da
su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo
ronco.
Mi mano derecha se enterró entre sus
cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y
arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría
sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía
llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que
sólo fue una estúpida advertencia.
Abrí mi maletín y saqué cinta
aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el
interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos
bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato
vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas,
coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la
parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi
contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de
miedo.
—No te negaste, aceptaste—susurré.
Su sexo, completamente yermo, fue
rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos
y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos
quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su
espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y
saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a
dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.
Pude notar como se retorcía, como
intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del
dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué
mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón,
mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su
sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el
momento del placer, el cual no duró demasiado.
De improvisto para él se sintió libre
de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como
el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las
cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin
embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi
juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda
crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con
un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.
Sus gritos ahogados eran cantos de
sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado
como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas
eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció
comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos
valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la
encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.
Sus glúteos y su espalda quedaron
destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él
posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me
importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La
tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos
extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.
Saqué de mi bolsa un minúsculo
dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con
punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se
introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a
mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras
acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme
erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón.
Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.
En aquel colchón, con ese juguete
emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo
retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la
serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios
la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.
Tomé entre mis manos otro juguete, me
senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro
deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante
manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero
su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por
siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera.
Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la
diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina
falsa introducida en un cilindro metálico.
—No sé si te merezcas saber qué es
el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.
Recuerdo vivamente como me incliné
sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que
temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos
aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo.
Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme,
que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin
remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el
colchón y lo penetré fuertemente.
Reventé su entrada sin llegar a
producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El
sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de
su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro
ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco,
mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras
penetraciones.
—Dame más... más... quiero
más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con
la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero,
sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.
Su boca estaba enrojecida, al igual que
sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se
pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano
derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el
colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del
camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban.
Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un
vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un
hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar
como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.
Tiré de su pelo hacia atrás,
levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi
alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por
su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se
volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis
de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos
círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De
inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.
Hice la señal de la santa cruz, oré
por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de
mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los
acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo
abandoné en la habitación.
En el hall me esperaba el propietario,
esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo
ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si
fuera un cordero de Dios.
Había vivido una vida de pulcro
puritano. Era el típico beato que se arrodillaba frente al altar y
miraba directamente, con devoción sincera, hablándole en voz baja
como si fuese un íntimo amigo. Su cuerpo delgado, de clavículas
marcadas, era también de una estatura baja ofreciéndole un aspecto
similar al de un querubín. Delicado y postrado ante aquellas
imágenes religiosas, consagradas a un atajo de ladrones que vendían
paz a almas corruptas y limpiaban remordimientos bajo el símbolo de
la limosna, la ostia consagrada y el vino barato de mesa.
Pero esa vida quedó destruida,
consumida como la llama de un cirio, transformando su vida en un
calvario de sensaciones demasiado placenteras. Bajo ese aspecto de
ángel se guarecía un diablo que deseaba saborear el pecado,
paladeándolo hasta alcanzar el delirio en pleno éxtasis, dejándose
bañar en mitad de una bacanal de sensaciones.
Había sido observado desde las
alturas, señalado como corrupto, pues los demonios se reconocen
entre ellos. La llegada de un nuevo párroco, de aspecto de divinidad
pagana, hizo que en él comenzaran a susurrarle las llamas del
pecado, invitándolo a un paraíso de corrupción. Estaba abocado al
fracaso.
Aquel joven sacerdote lo acogió en su
casa, abriéndole la puerta, para ofrecerle consuelo. Esa
conversación taciturna, en voz baja, provocó que el párroco
palpara su dulce rostro con sus inmaculados dedos. El mismo que acabó
desnudando su cuerpo destruyendo sus ropas, provocando que saltaran
los frágiles botones de nácar de su camisa, jalara de sus
pantalones y rompiera con saña sus prendas más íntimas.
Su cuerpo quedó marcado por la
lascivia mientras sus labios se abrían entre oraciones a los
infiernos. Los azotes sobre su espalda, crujiendo como auténticos
truenos enviados por Dios, hacían que se retorciera como la
serpiente que reptó por el manzano hasta hacer caer la manzana. La
lujuria hizo que cayera piedra a piedra su iglesia, arrebatándolo
del camino recto, mientras permitía que las palabras sucias se
mezclaran con penetraciones fuertes y tortuosas. Sus manos buscaban
sostenerse en la sotana de quien le enviaba a Lucifer, mientras sus
ojos se llenaban de lágrimas de placer. Su cuerpo, perlado por sudor
y sangre, ya no era el de un ángel sino el de un hombre terrenal que
padecía por placeres carnales.
Así es de fina la línea entre el
éxtasis religioso el lívido desenfrenado.
David ha decidido exponer sus creencias sobre un tema espinoso: MEMNOCH.
Lestat de Lioncourt
Cuando escuché su historia pensé que
estaba loco. Creí que su juicio ya no daba para más. Sin embargo,
guardé silencio y medité sobre cada una de sus frases. Había
estado transcribiendo punto por punto aquella confesión. Era
desgarradora. No podía haberse inventado tantos detalles. Tampoco
parecía un iluminado, pero ¿cómo podía creer que alguien como él
pudiese llenar decenas de folios con un testimonio tan extraño? Me
recordaba a los dementes que llamaban a la puerta de la Orden, se
postraban en las escaleras y suplicaban porque un demonio les
perseguía. Solía ser, sin duda alguna, producto de su mente o
simples espíritus jugándoles una mala pasada.
Aún así, también eché la vista
atrás y recordé cierta escena. Una escena que yo mismo había dado
por verídica, aunque seguía siendo un ateo más con ciertas
nociones espirituales. La visión era la de Dios y el Diablo
discutiendo en una cafetería parisina. No podía olvidar aquellos
gestos, esas palabras llenas de dolor y miseria, así como la
rotundidad del Diablo de gestionar el mismo las almas impuras que
caían en sus garras. Un juego sin más. Una apuesta de dos seres
todopoderosos llenos de sabiduría y aburrimiento.
Muchas veces dudé sobre mi propio
relato. Me mantuve al margen y no se lo conté a nadie, salvo a él.
Pensé que quizás su imaginación, siempre en constante alerta,
había podido crear aquellas imágenes con tal de satisfacer su
curiosidad. Luego lo rechacé. Él era incapaz de hacer daño a su
rostro, y menos a sus ojos. También lo veía demasiado atemorizado.
Y, por supuesto, estaba ahí El Velo. Aquel trapo, sucio por el polvo
y la sangre, mostraba el rostro indiscutible que una persona que
tenía ciertos rasgos compatibles con la imagen que todos poseemos de
Jesús.
Durante años investigué. No dejé de
hacerlo jamás. El libro se publicó. Como no muchos se burlaron de
él, pero otros empezaron a temer. Cientos de vampiros en todo el
mundo decidieron inmolarse o tirarse a las llamas. Los más beatos
esperaban que Dios les perdonase los pecados, otros querían sentir
las llamas del infierno para purificar de una vez su maltrecha alma.
Yo observé, casi en los primeros días, como vampiros cercanos a mi
historia, y a la historia de Lestat, decidían, por si mismos, morir.
Algunos lo consiguieron, pero otros sólo quedaron terriblemente
heridos.
Lestat en estos momentos, tan cruciales
para él, cree ahora que Memnoch no era más que un espíritu similar
a Gremt y Amel. Esta teoría podría ser cierta. Quizás nuestros
mundos, los mundos que muestra la propia tierra, está plagado de
seres que mutan, mejoran y crean su propia historia. Quién puede
decir que Dios no es más que un espíritu muy poderoso, así como
sus ángeles y los demonios que atacan la luz esperando la recompensa
de ser creídos, poseer lacayos o simplemente absorber ciertas
energías. Es un pensamiento recurrente para mí, que sigo siendo un
hombre de ciencias pues todo lo compruebo y nada creo si no tengo
pruebas feacientes.
Desearía que el Diablo se presentara
ante mí, con sus mejores galas, e intentara convencerme. Creo que yo
sería mucho menos ingenuo que Lestat. Sin embargo, no soy ni tan
poderoso ni tan importante en la historia. Lestat ahora es la clave
de un misterio que pocos somos capaces de descifrar. Todavía hay
historias que él no ha narrado y que no se sabe si algún día lo
hará.
Hoy nuestro querido filósofo, mártir y humano inmortal... nos trae un viejo recuerdo. Oh, Louis... siempre lloriqueando.
Lestat de Lioncourt
Quedé en silencio frente a la imagen
de aquel crucifijo. Aguanté la respiración centrándome en el dolor
del rostro de Jesús crucificado, muerto para salvar a la humanidad,
con la bondad típica en sus ojos moribundos y sus labios resecos,
algo agrietados y abiertos, pidiendo clemencia a su padre. Sin duda
era una talla valiosa no sólo por su antigüedad, como verdadera
reliquia, sino por su belleza y grado de perfección. Sus cabellos
habían sido tallados pelo a pelo, dándole un aspecto vivo y
natural, y su pecho lleno de heridas, así como sus manos adoloridas,
parecía rezumar sangre en cada milésima de segundo. No pude
siquiera pestañear.
Las vidrieras de colores de mi
alrededor, a cual más soberbia y hermosa, eran iluminadas
tímidamente por los cirios que habían encendido los numerosos
creyentes. El sacerdote estaba cerca del sagrario, acomodando algunas
flores nuevas muy aromáticas y coloridas, mientras una mujer lloraba
mientras se encomendaba a un Dios que estaba sordo, ciego y muerto
para muchos. Aún no sabía si también estaba muerto para mí.
Desconocía hasta que punto me había desprendido de él hasta
llegarlo a ejecutar.
Me senté en uno de los bancos
contemplando como las llamas de las velas, pequeñas y insinuantes,
se movían suavemente con las ligeras brisas que corrían dentro del
templo. Dentro de mí empezaron a bullir palabras que creí
olvidadas. Empecé a rezar sacando el viejo rosario de mi hermano.
Enredé mis dedos entre las cuencas, cerré mis ojos y rogué con
fuerza que todo lo que había estado viviendo fuese una pesadilla,
que ese último año no existiera. Pero fue en vano.
Sentí, con una fuerza atronadora, un
deseo insaciable de sangre. Abrí mi boca dejando que un jadeo
saliera como una daga que cortara el aire. Me incorporé y salí
corriendo hacia la puerta. El demonio había estado en la casa de
Dios y no había sufrido. La oveja negra había regresado a la casa
del padre, pero éste no estaba. El rosario se quebró entre mis
dedos al apretar mi puño y algunas lágrimas sanguinolentas, rápidas
aunque apreciables, mancharon mi rostro. Un rostro que nunca
cambiaría, que siempre tendría la misma expresión doliente.
No habría piedad para mí y Dios no se
personaría en una causa tan perdida.
Santino es un vampiro que ya no existe, al parecer, pero no se sabe bien cómo pudo morir tan rápido y fácil, siendo tan antiguo. Tampoco se sabe dónde se hallan sus restos. Aquí un escrito que nos ha llegado recientemente.
Lestat de Lioncourt
El Diablo nunca me esperó en las frías
y oscuras esquinas. Maté indiscriminadamente, del mismo modo que
creía que Dios, todopoderoso y escasamente misericordioso, lo hacía.
Vagué por el mundo con la mirada perdida en viejos escritos que yo
mismo me encargué de transmitir a mis seguidores, involucrándolos
en una revuelta sangrienta y llena de rabia. Creía que estábamos
condenados, pero a la vez éramos los elegidos por la mano divina
para ser los ejecutores de la verdad. La noche nos precedía, la
oscuridad nos acariciaba el rostro y el luto nos refugiaba de
nuestros rostros de mármol.
La sed. Esa maldita sed, tan terrible,
que reptaba por mi garganta y se convertía en veneno. Era un paria
desalmado, porque mi alma estaba convertida en un esqueleto carcomido
por el dolor y la amargura. Evitaba que otros pudieran ver en mis
ojos el deterioro de mis fuerzas. Me convertí en un ser salvaje,
despreciable y hostil. Transformé la belleza en horror e hice de las
calles de Roma mi palacio, mi infierno, mi guarida y un río de
ánimas donde se vertían lágrimas, pecado y oraciones clamando paz.
Jamás creí arrepentirme, pues
afirmaba que era indigno hacerlo. Me creía un demonio, igual que
Lucifer, y rezaba en su nombre, deleitándome con cada sílaba de
éste, mientras mis manos se colocaban en mi pecho ofreciéndole mi
tenebroso corazón. Cada latido era un paso hacia el infierno, pero a
la vez hacia la pureza de mi trabajo. Era la muerte, vestía como tal
y me paseaba por los jardines esperando a los enamorados, los
infieles, los justos, pecadores y niños. Arrebaté del los cándidos
brazos de una madre a un niño lozano y me llevé su alma conmigo.
Hice lo mismo con ancianos, mujeres, hombres fuertes y aguerridos,
vampiros y cualquier ser que poseyera algo más que unas pequeñas y
frías patas, diminuto cuerpo peludo y brillantes ojos negros.
Caminaba bajo los hermosos adoquines de
Roma, bajo esos caminos que dicen que conducen a cualquier parte de
éste endemoniado mundo, y lo hacía en compañía de ratas. Éstos
animales se cobijaban bajo mi túnica negra raída, cuchicheaban en
mis oídos y se enredaban en mis largos cabellos negros. Ellas eran
lo único que me importaba, porque incluso despreciaba a los que me
creían el Mesías de un nuevo credo.
¿La muerte libera? ¿Es un castigo?
¿Es una condena estar vivo para siempre sin encontrar la salida? No
lo sé. No sé si la muerte libera, pues estoy vivo. Tal vez carezca
de cuerpo, pero ahora comprendo que tengo un alma torturada. He
decidido coser cada jirón, y lo he hecho sin rezos ni cánticos
llenos de alabanzas a seres que no existen realmente. La maldad es la
ausencia de bondad, la bondad es algo inventado para poder ser un
animal social y poseer la conciencia limpia. También se usa la
bondad para amar y todos terminamos conociendo el amor, aunque no lo
comprendamos. Los vampiros no somos tan distintos a los humanos, pues
somos su evolución y castigo.
Pues yo creo que es un buen hombre, pese a sus pecados. Me gustaría conocerlo mejor y poder demostrarle que todo lo que hizo, en mi contra y en contra de sí mismo, está perdonado si sigue un buen camino y no vuelve a cometer los mismos errores.
Lestat de Lioncourt
Siempre he creído en la bondad del ser
humano. La belleza que posee este mundo es debido a los buenos
sentimientos que aún anidan en el corazón de los mortales, como
también de los inmortales. A pesar de la oscuridad que nos rodea,
incluso nos alienta, podemos seguir sintiendo la bondad y la virtud
que una vez conquistamos cuando tan sólo éramos unos niños
cargados de inocencia, sueños y buenos sentimientos. La luz nunca se
apaga. La vela siempre está encendida. Puede que no veamos la llama,
pero está ahí. Hay que mirar mucho más allá de nuestras sombras.
Hace tiempo que vivo en éste mundo. He
tenido que aceptar fracasos y victorias, como la mayoría de mis
compañeros de viaje. Conozco bien a la muerte, la he codiciado
muchas veces y me he disfrazado de ella para bailar con aquellos que
yacen en el olvido del mundo, pero no en el mío. Gracias a otros
estoy vivo. Debo darles gracias aunque fuesen peligrosos para el
resto, tan peligrosos como yo mismo.
No me creo mejor que otros. Muchos
opinan que los que vamos de santos sólo somos demonios con una
máscara distinta. Yo sólo deseo ser el hombre que siempre he sido,
el muchacho que meditaba sobre la virtud del mundo y de Dios mismo.
No espero nada más. Busco controlar mis impulsos y la maldad que
yace viva, como la bondad, jugando con nuestros deseos más salvajes.
Mi nombre es Benedict, que significa
“bendecido”. Desconozco si estoy bendecido o maldito. Todavía
intento indagar si existe Dios o si sólo es un símbolo de aquellas
buenas virtudes que deseamos mantener. Sea como sea, viajo por el
mundo con la maleta cargada de experiencias y sueños. Quiero creer
en la bondad, la virtud de la superación y el perdón.