Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 6 de octubre de 2017

Amores

Yo no lo entiendo... ¿de acuerdo? Lo de estos dos no lo entiendo.
Lestat de Lioncourt


No le había escuchado llegar. Antoine estaba allí vestido con un maravilloso traje color hueso con una elegante camisa azul celeste y una pajarita un tono más oscura. Llevaba el cabello suelto y parecía más distinguido que la última vez que lo había visto, pero seguía siendo un poco desgarbado al caminar.

—Te imploro una explicación decente.

Había estado solo frente a aquel lujoso piano gran parte de la noche. La mayoría de vampiros habían decidido abandonar la corte tras los últimos acontecimientos. Todos deseaban respirar de nuevo el aire pacífico que transportaban las noches parisinas. La mayoría había decidido ir a París a ver un par de obras, otros se alzaron por las nubes buscando Italia, Alemania o Irlanda. Incluso había algún que otro vampiro que optó por el maldito Brasil, maldito debido a ser el origen de tanta muerte hacía tan sólo unos meses atrás, o el colorido México. David fue uno de los primeros en marcharse, pero antes decidió bailar una vez más conmigo mientras seguía diciendo que jamás olvidaría mi dolorosa historia. Si bien, me había quedado solo en aquella enorme sala. Los chicos de Notker se habían ido con él a su lugar de descanso y los que quedaban allí, los habituales, estaban en sus criptas o jugando a las cartas en otra de las salas más concurridas. Lestat y Louis habían decidido salir a caminar por el bosque como si fueran Hansel y Gretel.

—¿Con qué motivo? ¿Por qué?—pregunté.

—¡Cómo puedes haber abierto tus brazos de nuevo a ese cretino!—su voz se alzó como un trueno en mitad de la noche y sus ojos se encendieron como dos bolas de fuego.

—Le he abierto algo más que mis brazos, ¿y qué? ¿Quién eres tú para impedírmelo?—. Había sido cruel al contestar, ¿pero acaso no era cierto? Daniel y yo habíamos practicado el sexo gracias a los inventos revolucionarios de Fareed. Gocé como cuando era un adolescente humano y él pareció recordar como era sentirse apretado entre dos muslos cálidos.

—¡El hombre que te ama!— Exclamó aún más exasperado.

—Suena muy bien ese título, pero es tan falso...—respondí.

—¡Armand!

Mi nombre en sus labios siempre sonó distinto, como más quejumbroso. Siempre pensé que los músicos eran muy dramáticos y él era la muestra de ello.

—Antoine, ¿qué creías que haría cuando te fueses detrás de las discretas faldas de Sybelle?—pregunté alzándome del asiento adjunto al piano para caminar hasta donde se encontraba.

No odiaba a Sybelle por ello. Ella era libre de estar con quien quisiera. Incluso era libre de no estar con otro vampiro, sino con humanos o esas réplicas de humanos que habían sido una amenaza estas últimas semanas. Ella tomaba las decisiones y yo las respetaba. Amaba a Sybelle a mi modo y ella a mí. Cada vez que nos veíamos nos estrechábamos sintiéndonos en paz. ¿Cómo no amarla? Tan bonita por fuera como fuerte y hermosa por dentro, aunque seguía siendo demasiado sensible a las tragedias.

—Si me marché fue para mejorar como músico con Notker—decía con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. ¿Tanta furia para terminar llorando como un niño? Al parecer, sí.

—Siempre la has admirado y amado, Antoine. — Le recordé aquello por si se le había olvidado.

—¿Y? Eso no me hace querer ser su amante.

—Os vi besándoos—. Mi confesión hizo que él se quedase con los ojos abiertos. No esperaba que le dijese aquello y, por lo tanto, no tuvo excusa salvo negar la mayor.

—Imposible.

—Posible. Por eso mismo decidí aceptar a Daniel. Él ha cambiado y yo también. Creo que merecemos una oportunidad—dije.

—Es una locura...

—¿Ahora vas a llorar?— Reconozco que puedo ser tan despreciable como atractivo y en esos momentos me estaba jactando de su dolor.

—¿Acaso no llorarías tú ante Cupido porque se niega a ofrecerte una de sus flechas?

Fue muy poético lo que dijo, pero innecesario. No podía creer nada de sus labios.

—¡Oh, por favor!—exclamé alejándome de él, dándole la espalda e intentando marcharme de allí. Si lo escuchaba demasiado tiempo iba a caer en sus brazos.

—¡Te amo!

Al fin esa maldita frase que me arrugó el corazón y casi rompe el muro de hormigón en el cual lo había dejado encerrado. Mis manos se cerraron convirtiéndose en puños y mi rostro se llenó de una pesadumbre insólita. Intenté no mirarme en los espejos de las paredes o en cualquier objeto que me reflejase.

—Aja, pero me tienes el mismo respeto que tu creador hacia Louis—dije con desprecio, aunque por dentro estaba roto.

—¡No mezcles a Lestat en esto!—gritó.

—Yo te amaba...

De inmediato se acercó girándome para abarcar mi rostro entre sus manos. Sus malditos ojos azules me perforaron el alma y yo rompí a llorar. Lloré como un niño. Realmente lloraba como un niño.

—Dime al menos que aún lo haces—susurró.

Rápidamente me aferré a las solapas de su traje y comencé a besarlo. Aquella noche yo no llevaba nada llamativo. Mis elegantes Armani se habían quedado en la percha. Parecía un adolescente cualquiera, de esos que van a los parques a jugar con el skate. Mis jeans estaban algo deslucidos, mis zapatillas tenían barro de haber estado correteando por los campos aledaños y mi camiseta olía a contaminación. No me había cambiado la mañana anterior antes de dormir. La noche anterior había estado en París con Daniel, en barrios poco agradecidos.

Mi cerebro se desconectó y lo siguiente que recuerdo era mi figura sobre la suya, arañando su torso y sintiendo su miembro invadiendo mis glúteos. Literalmente estaba cabalgando sobre Antoine. No me importó nada. Sólo quería encontrar el placer reflejado en sus ojos. Aquella noche hice una locura tras otra y mi alma lo terminó pagando.


lunes, 28 de agosto de 2017

Descubrimientos

Daniel es un lechado de virtudes... ¡Qué paciencia! 

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo una noche despertar por el ruido de los muebles y electrodomésticos de la cocina. Escuchaba como las puertas se abrían y cerraban, los cajones deslizaban, se escuchaba el movimiento de los cubiertos, el golpe rápido de los cuchillos, el ruido típico de la batidora y licuadora, el timbre del microondas y, por supuesto, el tarareo de aquel mocoso inmortal que parecía gozar de uno de sus terribles experimentos.

No quería imaginar qué clase de horrores estaba creando en mi cocina, el santo lugar donde calentaba las pizzas congeladas del supermercado o creaba emparedados poco sanos a media noche. Ese lugar donde mi nevera antes estaba cargada de cerveza, agua y huevos a lo sumo y ahora parecía el frigorífico de un laboratorio de drogas o del mismísimo Doctor Jekyll.

Miré mi despertador anunciaba que eran las dos y cinco de la madrugada. De repente una risa incontrolable surgió de la nada, lo cual me provocó un escalofrío y un mal presentimiento. Desconcertado busqué las gafas por la mesilla de noche adjunta a mi cama, salí de esta y busqué mis zapatillas. Al no encontrarlas, pues estaba aún demasiado somnoliento, decidí aventurarme por la casa sintiendo que era una pésima idea ir a ver qué diantres estaba pasando en el ala opuesta a esta.

Tragué saliva, me sequé el sudor frío que empezaba a deslizarse por mi frente y me acomodé mejor las gafas. Me temblaban las piernas porque la risa seguía y seguía, pero una vez llegado a la cocina mi espanto se convirtió en sorpresa mayúscula e incredulidad.

En mitad de la cocina estaba Armand sentado en la mesa, después de haber puesto todo patas arriba, con la camiseta manchada de lo que pude intuir moras, un bol de gusanos triturados, o tal vez sesos, y diversos utensilios con restos de plastas verdes, marrones e incluso azuladas. No quería siquiera pensar qué diantres era cada cosa o si provenían de algo animal, vegetal o mixto. De verdad, no quería. Pero lo que me dejó en shock fue lo que él estaba haciendo.

Se hallaba, como he dicho, sentado en el borde de la mesa donde solía desayunar. Cabe decir que era una mesa robusta, aunque no muy grande, de picos redondeados y con unas patas de hierro forjado bastante pesadas. Se encontraba de espaldas y estaba dándose masajes en la nuca, así como en el cuello y en los omóplatos, con un vibrador estilo bala. Sí, de esos metálicos de cilindro con borde redondeado. ¡Los más simples y comunes! ¡Eso mismo! Y era de color chicle.

—¡Qué demonios estás haciendo!—dije sin saber qué carajos hacía con esa cosa y por qué la había traído a mi apartamento.

—Me doy un masaje con un masajeador que encontré en la casa de una de mis víctimas. ¿Por qué nunca me hablaste de esto?—dijo deteniéndose para girarse con su encantador ceño fruncido. Sus enormes ojos almendrados se clavaron como dagas y su boca se torció—. ¿Qué otros inventos me escondes?

—¡Eso no es una máquina de masajes, imbécil!

No podía creer que fuese tan inocente y a la vez un auténtico criminal. Él miró el aparato, el cual apagó, y luego me observó con suspicacia alzando su ceja derecha. No me creía. Estaba seguro que no me creía.

—¿Y qué es? Dime. Yo sé que me vas a mentir.

—Un vibrador—respondí al instante—. ¡Se da placer con eso las mujeres y algunos hombres!

—Los masajes son placenteros, así que no me engañes. He descubierto solo para que sirve—dijo el muy imbécil todo orgulloso por su proeza.

—¡Eso se mete en la vagina o en el ano! ¡Es para darse placer sexual!

Odiaba gritar, odiaba gritarle, odiaba todo... ¡Pero no tenía otra!

Su cara se descompuso, miró el aparato con cierto asco y lo soltó arrojándolo en el suelo. Se bajó caminando torpe hacia mí porque llevaba mis zapatillas de estar por casa, las cuales no encontraba antes en el dormitorio, y se aferró a mí.

—Eres cruel... ¿por qué no me has dicho que había cosas así? He estado masejeándome y dándome cosquillas con ese aparato—sus brazos estaban alrededor de mis caderas y el lado derecho de su rostro pegado a mi torso.

Era bajito. No demasiado bajito, pero sí bajito. No alcanza el metro setenta de estatura, ni siquiera lo roza. Su cabello alborotado de color castaño rojizo siempre me ha resultado similar al pelo de un caniche, pero con mayor suavidad y con un olor característico similar al mío pues usaba el mismo champú que yo usaba. Creo que aún lo usa, pero no estoy seguro. Repentinamente se echó a llorar.

—Oh, basta...—dije a regañadientes—. ¿Qué tripa se te ha roto ahora?

—Debo parecerte estúpido—susurró.

—Un poco, pero digamos que todos podemos llegar a serlo de algún modo u otro—comenté acariciando sus cabellos, enredando mis dedos por sus mechones, mientras pensaba en cómo educar a un vampiro de más de cinco siglos en el mundo moderno.

—Es cierto... Tú también lo eres cuando prefieres dormir a estar conmigo.

—No empecemos—dije tras un largo suspiro—. Tengo que llevarte a un Sex Shop y a tiendas de electrodomésticos para que sepas toda la tecnología, pero si tienes alguna duda... ¿qué debes hacer?

—Preguntar al dependiente y no molestarte a ti—dijo echando sus brazos a mi cuello mientras se colocaba de puntillas e intentaba calzarme un beso. Al final, lo consiguió pese a que yo era reacio.


Su boca se pegó a la mía y su lengua se transformó en la de una serpiente. Pronto tuve mi dosis de sangre, la droga más deliciosa que jamás he probado, y al separarse me miró como lo haría un niño entusiasmado. Jamás he podido averiguar cómo puede tener esa doble perspectiva. Por un lado es el asesino cruel e implacable, el adulto serio e intransigente que no le tiembla la mano a la hora de castigar a sus enemigos, y por otro es como un adolescente que quiere experimentar, ser amado y disfrutar de lo emocionante de esta vida.  

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

lunes, 10 de julio de 2017

El amor es de dos

Armand a veces me da ternura. Sólo a veces.

Lestat de Lioncourt 


—¿Te encuentras bien?—preguntó apoyado en la baranda de metal que daba acceso a la escalera contra incendios.

Había subido a lo alto del edificio, justo donde las palomas solían estar durante el día, para poder contemplar la ciudad como lo hacían ellas. Mis ojos pardos se mantenían en un estado de alerta y agitación permanente convirtiéndome en un ser inestable. Apenas llevaba algo de abrigo. Tan sólo una chaqueta vaquera a juego con los jeans desgastados por el dobladillo. Incluso estaba descalzo. Sentía bajo mis pies las pequeñas piedrecitas que allí se habían regado.

Detestaba la sensación de desasosiego desacompasado que ofrecía mi corazón. Mi mente estaba revuelta y los fantasmas del pasado se habían conectado una vez más conmigo. El mar de polución impedía ver las estrellas, pero sabía que la mayoría que allí brillaba las había visto en los cielos nocturnos de Roma cuando esperaba que él apareciera.

—Armand, te estoy hablando—indicó colocando sus manos sobre mis hombros. Eran manos delicadas de un hombre que jamás había usado estas para trabajos pesados. Las manos de un burgués cuya vida se había detenido hacía siglos—. He subido aquí porque me ha llamado poderosamente la atención que no desearas acudir a la ópera con nosotros.

—Vete, Louis—respondí—. Vete y déjame a solas.

—¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?

Él insistía en saber qué me pasaba. Yo sólo quería estar a solas con mi dolor. Soñarlo era un martirio, pero jamás lo verbalizaba. Él sí lo hacía en ocasiones. Levantaba el teléfono y me comentaba cuanto me echaba de menos. Por mi parte sólo podía cerrar los ojos y desear que el dolor menguara como mengua la luna. Pero no. Sólo crecía y se convertía en una daga que retorcía cada una de las arterias de mi corazón.

—Deberías olvidarlo de una buena vez. Han pasado siglos y se ha demostrado que es imposible que podáis estar juntos. Su orgullo y su falta de tacto son un referente para no codiciarlo como lo haces—decía involucrándose en la situación y dejando a un lado el simple apoyo.

—Louis, no quiero consejos—dije—. Me conformo con un abrazo sincero. No quiero que me digas lo que tengo que hacer o como debo vivir mi vida.

—Haces público tu dolor y por ende me veo en la necesidad...

—No—recalqué arrugando la nariz y apartándome de él—. Vete a la ópera y déjame aquí. Necesito mi espacio, mi momento de angustia, para ofrecerme una posibilidad u otra—dije mirándolo a los ojos, pues me había girado hacia su rostro. Él se veía preocupado, pero sabía que no entendería nada.


Afortunadamente se marchó de inmediato. Nada más escuchar mi petición la acató. Nadie podía saber lo que yo estaba viviendo porque nadie era yo. Habían vivido amores y desilusiones, pero ninguna como la mía. Nadie vive de igual modo el fracaso de un amor. Sobre todo porque sé que ese amor sigue ahí postergado en el tiempo esperando el momento de revivir. Y yo sigo aquí aguardando aunque él no lo crea. Sigo soñando, aunque él decida que sólo le ocurre a su persona. Sigo manteniendo mis manos atadas a un amor que puede que no merezca la pena para los demás, pero que para mí sigue siendo mi gran pasión.  

miércoles, 28 de junio de 2017

Perdida de fe

Marius y Armand de nuevo... Estos breves detalles de sus conversaciones me dejan pensando siempre.

Lestat de Lioncourt

—He perdido la fe—dijo de improviso.

Estaba sentado en uno de los divanes de la sala. Parecía un muñeco de tarta de bodas, pero era demasiado joven. Bien vestido con esos trajes oscuros tan elegantes que muchos hombres ansían adquirir, posiblemente hecho a medida, con una elegante pajarita azul celeste y una camisa blanca que parecía realzar su palidez y el fuego de sus cabellos.

—¿En Dios?—respondí deteniendo mis pasos por la sala.

Había entrado en esta buscando un libro que me calmase. La situación había sido terrible. Lestat permanecía arrojado en el suelo de aquella capilla y todos parecían velarlo como si estuviese muerto. Pero en sí, la situación estaba siendo absolutamente terrible. Sentía que el mundo entero se había fracturado. La verdad con la cual él había aparecido, con un aspecto desastroso, me llenó de dudas y miedos.

—En ti—confesó.

Sin embargo, esas palabras, tan simples y sobrias, me llenaron de un miedo aún más atroz. Las dudas y las viejas miserias se apoderaron de mi corazón. Me quedé de pie con los brazos caídos hacia ambos lados y los ojos fijos en él. Unos ojos llenos de dolor.

—Tal vez no he sido el hombre que esperabas, pero recuerdo bien que jamás te mentí durante nuestra relación—empecé a decir, pero no me permitió seguir demasiado.

—¿Cuál relación?

—Tuvimos un hermoso idilio en Venecia—dije.

—Del cual me arrepiento en ocasiones—sentenció destruyéndome—. Preferiría haber muerto en aquel prostíbulo de Constantinopla.

—¿Cómo puedes decir eso?

Fruncí el ceño contrariado. No podía creer que él dijese algo así. Era asombroso que hubiese preferido morir a vivir estos años. Al menos había logrado cierto conocimiento que le había permitido alzarse por encima de cualquier hombre.

—¿Tienes una mínima idea de cuánto he sufrido?—preguntó con voz queda.

No supe responder. Simplemente guardé silencio y di dos pasos hacia atrás. Me hallaba demasiado perturbado ante su breve discurso. Y, finalmente, de forma cobarde me fui. Decidí marcharme y dejarlo allí. Poco después se inmolaría. Fui un estúpido. Agradezco al destino haberlo hecho demasiado fuerte, pues de haberlo perdido realmente gran parte de mí habría muerto con él.  

miércoles, 8 de marzo de 2017

Ayer y hoy

Daniel era un hombre abandonado de sí mismo y Armand alguien que fue abandonado demasiadas veces.

Lestat de Lioncourt

Saqué el brazo de debajo de las numerosas mantas que el duro invierno me hacía utilizar. Manoteé por encima de la mesa de noche para tomar las gafas y colocarlas mientras maldecía, después apagué el despertador que vibraba con ímpetu y me senté en el borde izquierdo de la cama. Sólo penetraba la luz de la marquesina de neón del hotel adyacente al cuchitril que llamaba hogar. Busqué mis viejas zapatillas y eché a caminar por la habitación en dirección a la cocina.

La luz del pasillo se encontraba encendida y al entrar el salón lo vi. Estaba en mi cocina sentado frente al frutero mientras jugaba a rodar una naranja por la mesa. Intenté ignorarlo. Detestaba que me hiciese esas visitas. Tenerlo allí era tener un grano en el culo.

Decidí hacer café, busqué por entre los muebles la botella que aún quedaba de whisky y la de bourbon. Encendí un cigarrillo, de la cajetilla que estaba en la encimera cerca de la tostadora, y comencé a fumar profusamente mientras me decía que mi vida se había ido al infierno. Aquello tenía que ser el purgatorio y sentía que me lo merecía.

Él no dijo nada. Sólo hacía rodar la puñetera fruta y de vez en cuando, con cierto cuidado y en silencio, me miraba con el rabillo del ojo intentando averiguar si iba a decirle algún improperio o no. Por supuesto que quería insultarlo, amedrentarlo y ponerlo de patitas en la calle. Sin embargo, guardaba las energías hasta que hiciese alguna pregunta estúpida mientras fumaba. Y cuando el cigarrillo se acabó me encendí otro.

Agarré el cuenco de cereales, lo llené con galletas rotas, boubon y dulce leche que había calentado en el microondas entretanto. Luego acabé dejándolo todo en la mesa y me serví café humeante con lo que quedaba de whisky. ¡Y ya estaba preparado para intoxicarme con un enérgico desayuno! Sin olvidar, claro está, el periódico que él había adquirido para mí y que yacía enrollado sobre la mesa.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con timidez.

—¿Y qué carajo quieres que diga?—dije apagando el cigarro en un cenicero atestado de colillas.

—No sé. ¿Buenos días?—comentó con una sonrisa estúpida.

—Son las ocho de la noche, ¿qué coño buenos días?—dije arqueando una de mis cejas, para luego fruncir el ceño y abrir el periódico tapando mi cara. No quería verlo.

—Bueno, te acabas de levantar...—murmuró incorporándose para arrastrar sus zapatillas deportivas, con pequeñas luces en los laterales, hasta mí.

—Y tú acabas de llegar para incordiarme—contesté bajando el periódico para luego dar un trago enorme al café y comenzar a comer mis galletas empapadas en ese mejunje similar al Manhattan Milk.

Se rascó su alborotada cabeza pelirroja, colocó sus codos sobre la mesa y apoyó su mentón bajo sus puños cerrados. Me miraba como un gato curioso con sus enormes ojos castaños. Creo que me volvía loco. No podía soportar que me viese de ese modo.

—¿Cómo se supone que vas a hacer una columna sobre lo que ocurre en la ciudad si no has salido de casa?

—Imaginación—dije.

—Oh...—masculló y añadió—, pero la gente quiere la verdad.

—Mi columna es sobre...—empecé a decir, pero luego me callé—. ¡No lo entenderías!— Exclamé.

—Tengo cinco siglos, ¿no crees que tengo capacidad para ello?—decía eso moviendo su nariz como un conejo. Supongo que estaba algo confuso. Además se irguió e intentó tocarme, aunque afortunadamente se lo impedí.

—Armand, aún me pides ayuda con el mando a distancia del televisor—chisté dejando el periódico a un lado—. ¿Qué demonios quieres hoy?

—No lo sé—susurró encogiéndose de hombros—. Tal vez un abrazo—dijo agachando la mirada.

En ese momento dejé todo mi mal humor, retiré unos centímetros mi silla de la mesa y lo coloqué sobre mis piernas. Tenía el aspecto de un adolescente y en ocasiones se comportaba como un niño, pero no dejaba de ser un adulto en busca del amor, respeto y admiración que todos requeríamos. Era un ser milenario al que nunca habían amado realmente, provocando que nunca comprendiese lo que era el amor.


Escuché entonces un gimoteo y me percaté que lloraba. Su corazón seguía lacerado. Creo que aún tiene el corazón hecho trizas. Su comportamiento distante conmigo en estos momentos se debe a que se percató que tengo nula capacidad para amar, al menos para hacerlo como él pretende. A veces echo de menos estos gestos cómplices que creía tan innecesarios en mi vida.   

miércoles, 22 de febrero de 2017

Amor egoísta

Maldito romano...

Lestat de Lioncourt 


Armand.

Su nombre en mis labios sonaba como una vieja plegaria que quebraba todas mis emociones. Estaba a punto de precipitarme frente a él rogando perdón, pero este no llegaría a rozar siquiera la superficie. Había herido demasiado aquel ángel, el cual permanecía de pie con la mirada quebrada y las manos temblorosas. Quería estrecharlo contra mi cuerpo, besar sus tibias mejillas y fundirme en sus ardientes labios. Deseaba tanto, pero se podía tan poco, que llegaba a sentirme perdido en una montaña de caos.

Armand, yo...

No digas algo que no sientas—dijo regresando su mirada a la ciudad.

Estaba mirando a través de esta el paisaje pluvioso de Nueva York. Las tormentas se arremolinaban poco más allá de la Gran Manzana. Las nubes eran oscuras, muy densas, y parecía el principio del fin de los tiempos. Él jugaba con sus dedos sobre el vaho que dejaba su aliento. Sólo hacía pequeñas margaritas que iba destruyendo, palabras comunes y simples líneas. Era como ver a un niño, pero sabía que bajo esa capa de ternura se hallaba un monstruo similar al mío.

Armand, no sabes por qué he venido hoy—intenté parecer sosegado, pero estaba perdiendo la paciencia.

Has venido a limpiar tu conciencia—contestó con una sonrisa amarga—. Nunca sientes tus disculpas. Me tratas como si fuese un objeto de tu propiedad y crees amarme porque soy valioso. Sólo me retienes entre tus manos como un niño caprichoso, uno de tantos, que no quiere soltar un juguete porque teme que otros jueguen con él. Un juguete que ni siquiera desea, sólo retiene—sus ojos se enterraron en los míos como fieras garras. Su cuerpo se desplazó por la habitación con una elegancia inusitada y su tono de voz era cómplice. Parecía querer que sólo nosotros pudiéramos escuchar nuestra desdicha—. Ojalá tú me amaras...

Te amo—dije acercándome, para destruir los pocos metros que nos separaban.

No sabes amar—murmuró perdido entre mis brazos.

Sí te amo.

¡Claro que le amaba! ¡Le amaba profundamente! Era un amor ciego hacia sus ojos castaños, su piel de leche, sus cabellos de fuego y su alma siempre torturada. Me había convertido en su peor verdugo, lo acepto; sin embargo, no podía dejar de suspirar su nombre y de buscarlo entre las sábanas de mi cama. Me sentía tan perdido, tan hundido...

El amor no puede ser egoísta—dijo con la voz quebrada. Mi aroma le había hecho recordar otros tiempos, igual que yo recordaba esa inocencia que él había perdido entre mis brazos. El mundo se convirtió en oscuridad, sangre y oro junto a mí.

Entonces se retiró de mi lado, aproximándose hasta una pequeña caja sobre la mesa aledaña a la ventana. Era una caja de música con hermosas florituras talladas en la tapa. Al abrirla una vieja canción rusa llamada Kazachok sonaba en sus acordes. Metió su mano en esta y luego la cerró. Entre sus dedos había un par de inyectables. Enterró una en su muslo y luego me miró, con las mejillas sonrojadas, para que hiciese lo mismo.

Entendí a la perfección que deseaba sentir ese amor mío, ardiente y terrible, más allá de las palabras que solía ofrecerle. Nada más enterrar la aguja sentí como mi virilidad comenzaba a palpitar, por eso me lancé a sus labios tomándolo del rostro. Mis largos dedos se deslizaron hacia su nuca y cabellos, enredando sus mechones de fuego entre estos, mientras él bajaba la cremallera de mis prendas bárbaras. Había deambulado por las calles desde mi llegada, por eso aún vestía un traje negro y una camisa carmín, prendas que acabaron rápidamente esparcidas en el suelo con las suyas menos formales y mucho más juveniles. Nuestros cuerpos quedaron desnudos, a la vista de todos, y su boca se enredó en mi sexo.

Amadeo...—murmuré echando la cabeza hacia atrás. Mis largos cabellos color cebada rozaban mi espalda y hombros, mi vientre se encogía mientras mis caderas se movían y mis ojos se cerraban—. Amadeo...—decía buscando apoyo en algún mueble. Estaba tomando mi miembro de forma insaciable. Su lengua abarcaba toda la extensión de mi hombría, desde el glande hasta la base. La punta de esta, libertina y diestra, se introdujo bajo mi prepucio y sus dientes acabó tirando de este. Gemí como gimen los hombres cuando el ardor del placer los aviva, calienta y agita.

Sus ojos parecían los de un animal salvaje y parecía sonreír con satisfacción. Mi cuerpo tembló de pies a cabeza cuando al fin alcancé una mesa, muy cercana a una enorme estantería llena de libros clásicos que yo mismo le había regalado, y me doblé hacia delante hundiendo su cabeza entre mis piernas. Sus manos, pequeñas y suaves, parecían garras que arañaban, como si fuese un felino, mi vientre, muslos y costados.

Finalmente lo lancé contra la mesa que me sirvió de apoyo, mordí la cruz de su espalda y deslicé mi lengua por su columna hasta la abertura de sus glúteos. Él no tardó en tomar sus manos y colocarlas en ambas cachas, del mismo modo que yo hundí mi lengua, al igual que una daga, en su orificio. Hice que gimiera como una puta desesperada y comprobé que sus piernas estuvieron a punto de fallar.

Entonces, me incorporé y lo hice.

El fundirme con su cuerpo fue algo que jamás había logrado hasta el momento. Apreciaba como mi masculinidad se habría paso en su cuerpo, ahondando en los oscuros pasillos del placer, me hizo sentir más libre. Era una sensación extraña, pero no me impidió agarrarlo de sus caderas y notar como este se aferraba a la mesa, arañando con sus poderosas garras la superficie.

Maestro, maestro, maestro...—murmuraba en una plegaria llena de placer, para luego dejarse ir del mismo modo que yo lo hice.


Llené su cuerpo con algo más que cicatrices. Mostré cuánto le amaba con algo más que palabras. Cubrí el hueco vacío de nuestra existencia con un acto pueril como satisfactorio. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ni olvido ni perdón.

Cagada nivel Marius...

Lestat de Lioncourt 


—No debiste—dije furioso apretando los puños.

Benjamín dormía ya. Las fuerzas se habían dilapidado entre largas horas a la luz de un candil leyendo las viejas historias que yo acumulaba. Aquellos libros viejos, de hojas amarillas y letras manuscritas, habían sido su mejor regalo para su nueva andanza en este mundo. Ya no era mi niño, no era mi ángel de rostro redondo y negros cabellos rizados. Era un vampiro. Un inmortal que caminaría por este mundo hasta el fin de los tiempos.

—Ya te he dicho que lo hice por amor. El mismo amor que tú me enseñaste—respondió taimado. Parecía envuelto en un aura celestial, por no decir divina.

Lestat estaba catatónico aún. La rabia me carcomía desde hacía semanas. Las palabras de Santino retumbaban en mi memoria como una explicación cruel a su modo de salvarme. Me aferré a mis brazos, entregándome a un abrazo sincero y personal, mientras él permanecía de pie frente a mí con aquel arrogante porte. Parecía uno de esos empresarios de mundo, uno de esos hombres que caminan por las ciudades mirando a todos por encima del hombro. Yo incluso me encontraba descalzo, con unos pantalones deslavados y llenos de barro, observándolo igual que una fiera a punto de salvar a la yugular.

—No te hagas el digno—comenté tras una ligera risotada. No creía nada.

—Amadeo...—dijo dando un paso hacia mí.

—¡Armand!—exclamé.

—Siempre serás mi Amadeo.

Sé que quería apelar a lo que fuimos y ya no éramos. Deseaba ablandar mi corazón, enterneciendo mi alma y sofocando así mi furia. No. No iba a lograrlo. Recordaba la noche densa y oscura en el paseo marítimo después que Akasha feneciera. No iba a permitirle salirse airoso.

—¿Tu Amadeo?—alcé ambas cejas y luego fruncí el ceño—. Ese muchacho murió tras ser torturado peor que a un animal que acude al matadero—prácticamente siseé—. El mismo que tú no te dignaste a salvar.

—He cambiado—llegó a decir de nuevo.

No podía creer. De nuevo apelaba al sentimentalismo barato. Quería que creyera que alguien como él, que no había cambiado en más de cinco siglos, lo haría en tan sólo unas décadas. No era aquel niño estúpido rescatado de un burdel. Ya no.

—Los que son como tú no cambian—le escupí con rabia—. No te mientas.

—Benji y Sybelle eran demasiado frágiles para este mundo.

Benji había soportado ser adquirido como si fuera un objeto de bazar en un país exótico. Era un esclavo para el comercio de drogas y el robo de carteras en el metro y las calles de New York. Ante todos era un niño perdido, pero la verdad es que ya caminaba hacia un adulto astuto imposible de detener. Sybelle se hizo fuerte y libre cuando maté a Fox, su hermano y carcelero, logrando que así ambos supieran que era respirar un aire que no estuviera viciado de odio, violencia y horror. ¿Cuál fragilidad? Sólo quería poner una línea divisoria entre ambos.

—¿Te has planteado que podría ocurrir lo mismo que con Daniel?—pregunté intentando no perder las formas. Mis largas uñas se enterraban con fuerza en mis brazos. Me sentía rabioso.

—Daniel es una excepción. Además estoy cuidándolo por ti.

¿Una excepción? Perdió el poco juicio. Aquel hermoso periodista cayó en la locura súbitamente tras convertirlo. No sé qué vio en mi sangre o si mi sangre era tan tóxica y perversa que lo magulló. Ansiaba ser un vampiro y tras serlo quedó encerrado en una marejada de miedo, odio, violencia y jucios insanos.

—Es curioso que cuides a mi creación, pero no tuviste agallas de hacerlo conmigo—chisté.

No eran celos. O quizá sí lo eran. No lo sé. Simplemente recuerdo que quería que él sufriera por todo lo que había hecho. Deseaba que llorara frente a mí como frente a la caída de su magnífico Imperio Romano. Necesitaba verlo como un cristiano a punto de ser devorado por los leones del circo.

—Ya no se puede cambiar el pasado—murmuré destensando mis músculos y tomando asiento junto al cuerpo de Benji. Él seguía dormido, hundido en un sueño profundo, que le hacía verse aún más hermoso. Era mi pequeño y él lo había mancillado.

—No, ya no—dijo rindiéndose al fin ante mis palabras con un ademán extraño. Su rostro parecía cubierto de un dolor intenso. Me sentí Marco Junio Bruto clavando el puñal que acabó con Julio Cesar. Como si hubiese comprendido que no había motivos para el engaño. Nadie allí le iba a creer—. Ni siquiera aunque pidas tantas disculpas como granos de arena hay en la playa más cercana.

—Querubín...


—No, diablo—dije apoyando mi mano sobre los sedosos cabellos de Benjamín.   

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Dios y su querubín.

Marius la cagó de nuevo. ¡Quiero decir! Armand no se merecía sufrir así.

Lestat de Lioncourt 




—Todavía permanece a tu lado la ira y el desasosiego—comentó de pie.

Había ido a verme. Aquello que había soñado durante siglos estaba ocurriendo. Él estaba ahí, como un hermoso príncipe cuando rescata a la princesa en los dulcificados cuentos actuales, aguardando que me incorporara y me lanzara a sus brazos. Ya era tarde. Cenicienta no deseaba colocarse su zapato de cristal, Aurora descartó levantarse de la cama y Capertucita prefería al lobo.

—Sí, como en ti un ego tan poderoso que ciega y desconoce que es el arrepentimiento por tus malos actos—dije sin siquiera dignarme a girarme hacia su figura.

—¿Ya no me amas?—preguntó con aquella voz profunda que lograba desmoronarme.

—He contado a las estrellas cada promesa que me hiciste, detallado mis sueños y pensado en ti como un dios bondadoso que me salvaría. Pero no me salvaste. No cumpliste ni una de tus míseras promesas...—murmuré abrazándome a mí mismo entretanto recargaba al espalda contra el banco de aquel paseo marítimo, muy cerca de la cabaña donde nos encontrábamos y de la playa.

Las olas golpeaban la fuerza de Poseidón las rocas, las gaviotas chillaban intentando encontrar algo de alimento y el cielo se confundía con las aguas oscuras, tan nocturnas como mi alma, debido a su terrible negrura. No obstante, se podían ver las estrellas y una intensa luna llena.

—No pude—se excusó de forma simple, lo cual me envenenaba el alma.

—No quisiste—dije—. Corrígete— añadí.

—Eres un insolente—dijo de inmediato.

Comenzaba a crisparse. Pude sentir como la ira lo consumía igual que el fuego a un pequeño cerillo. Ni siquiera me había incorporado, girado y observado su hermoso rostro. Me negaba a verlo porque caería en sus trucos. Estaba molesto y cansado de ser el idiota que lloraba por él, que lo esperaba cargado de fábulas y amor. No. Ya no sería mi Eros, pues más bien siempre fue Hades y yo un pobre iluso viajando por el inframundo.

—Soy un insolente...—mascullé sonriendo con algo de esfuerzo.

Me levanté para acercarme a la barandilla que daba al paseo. Coloqué mis manos sintiendo como el hierro estaba húmedo por las inclemencias del tiempo. El mar estaba subido y bravo, se mostraba desafiante, y golpeaba el mundo como lo hacía la fúrica alma de mi creador, mi padre, mi amante y mi mentiroso dios. Un dios ciego que sólo veía la virtud de su obra, pero no las cicatrices que dejaba a su paso.

—No podía rescatarte, pues estaba herido—se acercó a mí, quizá templando demasiado sus nervios y usando una de sus tantas máscaras.

Recordé aquella noche donde se encerró dejándome atrás, rogándome que no me acercara a él porque no era el culpable de haber incendiado su ira. Incluso pude sentir el peso del hacha entre mis manos y como la enterraba en la madera. Él no era el único atacado por la rabia y la indignación.

—¿Cómo es posible, que tanta belleza oculte un corazón duro y lacerado? ¿Por qué le amo, por qué me apoyo, cansado, en su irresistible e indómita fortaleza? ¿Acaso no es el espíritu marchito y fúnebre de un hombre muerto vestido con la ropa de un niño?—cité aquellas palabras que una vez vi escritas en un papel sobre su escritorio.

De inmediato se abalanzó sobre mí agarrándome de los hombros, para luego estrecharme con una ansiedad desconocida. Me pegó a él y pude sentir su cuerpo duro, algo frío y el aroma a pinturas que siempre le envolvía. Por un momento me sentí un niño extraviado en un palacio en Venecia. Quise llorar, pero al ver las estrellas recordé las torturas en Roma y me separé. Me revolví entre sus fornidos brazos de hombre terco y estúpido, le ofrecí un empellón y le miré rabioso.

Entonces él me abofeteó como un padre molesto por una travesura, me agarró del cuello y me colocó contra la barandilla. Pude sentir el hierro rozando mi lumbar mientras percibía en sus ojos azules, habitualmente fríos como un glaciar, un fuego similar al magma que escupían los volcanes. Abrí mis labios carnosos y trémulos, para de inmediato dejar escapar un par de mis lágrimas. Coloqué mis manos sobre su muñeca, pero no me soltaba. Era igual que un perro que atrapa una presa.

—Tú tampoco eres un santo... —chistó.

—No, pero yo sí te amé en cada anochecer. Sufría cuando te marchabas sintiéndome vacío y humillado. Tú me destruiste más que Santino y su secta de vampiros enloquecidos—susurré casi sin aliento.

—Amadeo...—murmuró soltando mi cuello mientras aproximaba su boca para besarme.

Dejé que lo hiciera. Permití que mi verdugo de nuevo depositara una cantidad exacta y dolorosa de veneno. Me aferré de inmediato a las solapas de su elegante chaqueta borgoña y permití que me dominara con su lengua, su ímpetu, su rabia, su odio y sus deseos más primarios.

Cualquiera que nos vio en aquellos momentos vería a un niño, porque así me siento en ocasiones, avasallado por un hombre de negocios algo corpulento, de hermosos rasgos grecorromanos y con una espesa cabellera tan rubia y salvaje como la de un celta. Tenía ante mí a un hermoso asesino de sueños y promesas, pero cualquiera vería a Dios mismo besando a uno de sus querubines.

Deseé que me arrancara aquellas simples y vulgares prendas. Desde la cazadora de cuero negra que había robado a mi última víctima, dos tallas mayor a las que requería, así como la camisa de aquel fastidioso concierto en el cual me colé para conseguir un par de presas fáciles. Incluso ansié verme desnudo, como lo había estado muchas veces en su estudio en aquel lecho que consideraba nuestro, bajo su sofocante presencia, siendo invadido por aquel duro miembro y mordido como si fuese una bestia salvaje. Me hizo su esclavo más allá de la bolsa de monedas que pagó por mí y mi destino. Era reo de un salvaje amor que ardía aún en mi pecho, aunque lo negaba y aislaba para no hacerme daño.

Él estaba abalanzado sobre mí acariciando mi cintura con sus manos. Esas manos que podían hacerte alcanzar el cielo, que deseaba besar y lamer mientras las veneraba igual que a una reliquia divina, así como hacerte cruzar cada uno de los círculos del infierno hasta escavar, con pecaminosa lujuria, crear uno apropiado para ti.

En aquel salvaje beso mordió mi labio inferior, tirando de él como un adolescente salvaje, y después coló su lengua herida para ofrecerme tan sólo unas gotas de su sangre. Mis piernas temblaron como las de un adolescente y comencé a llorar en silencio. Sabía que en algún momento perdería el conocimiento debido a las fugaces emociones de ese codiciado momento. Noté como mis dedos soltaban las solapas de la chaqueta y como mi cuerpo cedía. Miré con los ojos embarrados en lágrimas y profundos sentimientos su rostro. Era el rostro de un hombre satisfecho con la traición que acaba de cometer. Me había ofrecido el beso de Judas y no el de un Mesías bondadoso. Lo supe.

—Aunque lo niegues, hermoso mío, siempre serás mi Amadeo. Jamás dejarás de ser mi esclavo—musitó.

Logré escucharlo, como si fuese en un sueño o estuviésemos bajo las agitadas aguas que golpeaban aún tras mi espalda, justo antes de caer al suelo y quedar inconsciente algunos minutos. Al despertar él no estaba, pero sí Santino. Allí de pie, con aquel traje oscuro y elegante, apoyado en un bastón, con mango formado por una calavera de plata, parecía la Parca misma. Él se acercó a mí y yo me eché a llorar, mientras intentaba protegerme de mis propios y estúpidos sentimientos.

—Debiste arrojarme a las llamas...

—No, pues tú me enseñaste lo que es el amor—susurró cerca del lado derecho de mi cuello, pues había hundido su rostro en aquel pequeño recoveco.


Siempre esperé que él me salvara, pero el único que logró hacerlo fue el apasionado líder de una secta maldita.  

martes, 29 de noviembre de 2016

Dios, Satanás y Lestat.

Armand tiene razón en muchas cosas... pero en esto... no. No creo que yo destrozara algo que ya estaba roto.

Lestat de Lioncourt 



No sé qué fue lo que realmente me impulsó a hacerlo. Supongo que me sentí aún más perdido que cuando observé las gigantescas llamaradas consumiendo el palacio veneciano de Marius. Tuve una sensación similar en mi corazón, la cual se ahondó hasta casi ahogarme en unas aguas turbulentas y sucias. Me quedé sin voz. Durante algunos días quise averiguar si realmente Lestat había sido sincero, pero me di cuenta que era imposible acercarse a él. Por un lado temía la reacción de su cuerpo, impulsado por propios mecanismos de protección innatos en cada uno de nosotros, y por otro que fuese cierto y hubiese negado a Dios.

Hace siglos dirigía una secta. Bajo París, en sus catacumbas, adoctrinaba lejos de discursos tradicionales sobre Satanás, que era quien nos protegía y nos guiaba para realizar el trabajo divino. Era de carácter secreto para los que no pertenecen a ella; especialmente para humanos. Aunque siempre había curiosos que terminaban amontonándose junto a los restantes cadáveres. Me dedicaba a ello desde que tenía memoria como vampiro, pues fueron pocos los virtuosos meses con mi creador. Santino me inculcó sus ideas, las cuales parecían totalmente ajenas a la verdad que se fue promulgando más tarde.

Lestat la destruyó. Me arrebató la fe que era lo único que me mantenía con vida y a salvo de mi propio dolor. Dios no era un aliciente para curar mis heridas, sino para mantenerme vivo a pesar que estuviese lleno de cicatrices y llagas. Su insolencia, su ruindad, su desparpajo y su fuerza aniquilaron todo lo que creía con un discurso bastante simplista. Desde entonces vagaba intentando comprender si era cierto o no, si tenía razón o no, y si podría encontrar la verdad.

Entonces, ya en esta época moderna donde Internet ahonda más aún en estos temas, apareció Lucifer y lo arrastró con él. Como si lo hubiese invocado en santo ritual durante estos siglos le reprochó el ser un impertinente, aunque también hay que recordar que ama conocer y comprender. Lestat sabe escuchar a pesar que no te crea.

Creo que escuchar una teoría similar a la que promulgaba mi secta, quedarme envuelto en esa nebulosa de poder que él transmitía y todo lo que vi al morderle, me hizo desear huir de la capilla y dejar que el sol me destruyera. Pero no lo hizo. Vi a mi madre, mis hermanos, un hermoso huevo de Fabergé del cual salía el Espíritu Santo y a mí mismo. Caí a un techo cercano y después, sin saber cómo, terminé matando a un desgraciado que estaba a punto de matar a su propia hermana. Así fue como salvé a Sybelle y jovencito Benjamín.


Supongo que mi fe sigue aquí, tomándome de la mano y acariciando mis cabellos cobrizos. Tal vez jamás deje de ser el niño perdido en este mundo lleno de pecados, horrores y sueños infelices. Pero sé que no voy a morir. Quiero vivir. Me he dado cuenta que quiero vivir. No importa si existe un Dios o no. Ya sólo importa el hecho de vivir.  

domingo, 27 de noviembre de 2016

Mis inicios

Pobre Armand... sólo diré pobre Armand...

Lestat de Lioncourt 


Aún puedo sentir la nieve cayendo fuera, amontonándose sin cuidado alguno, como lo hace hoy en Nueva York. Pero aquella nieve era más pura, más fría y duraba meses. Apenas tenía una o dos prendas de abrigo, mi casa era pequeña pero acogedora y mi madre intentaba acumular suficiente leña para pasar todo el invierno. El agua se congelaba fácilmente y había que calentarla al fuego para poder trapear el suelo, lavar los pocos enseres de cocina que poseíamos y las caras de mis hermanos pequeños.

Era el mayor de los hijos de un hombre que amaba más la bebida, la caza y el bosque que a su familia. Mi madre era dura, trabajaba ocasionalmente el campo y lavaba las prendas de algunas familias con mejor posición económica. Por mi parte, desde niño, pintaba retablos para los monjes e iglesias cercanas. Mi destino era ser parte de la orden religiosa que mi padre había elegido para mí. Me esperaba una vida de ayuno, silencio y soledad en una celda donde debía aspirar a que Dios me bendijera de alguna forma. Pero toco cambió. Aquellos que han leído mis memorias saben que cambió por un rapto un día de ofrendas.

Durante meses fui torturado, vejado y llevado de un puerto a otro en un navío. Me intentaron vender en muchas ocasiones, sobre todo a hombres deseosos de palpar una piel joven. Aún no había cumplido los dieciséis y era el platillo favorito de los viejos hombres de negocio. Aquellos que cruzaban los océanos para buscar nuevas tierras, ambicionando negocios novedosos y haciendo pactos con el diablo mismo si era necesario.

Fue tal el dolor y la miseria que olvidé quién era, pero no el aceptar que me doblegaran. Estuvo a punto de ser castrado y también golpeado hasta la muerte. Quizá mi belleza, la cual me hace parecer un querubín, evitó que me mutilaran. No lo sé. Únicamente recuerdo llegar a la vieja Constantinopla y empezar a servir en un burdel. Allí Marius me salvó la vida.

En aquel vampiro todos veían un mecenas importante, alguien con autoridad y fortuna, pero yo veía a Dios. Creí que era el Mesías que mil veces había pintado en mis obras. Rubio, de ojos azules, piel tersa y lozana, ropas rojizas y manos suaves tan frías como bondadosas. Me abrazó y sentí que quizá mi vida terminaba en ese momento. Creí que la muerte estaba cerca y por eso Jesús mismo había venido a calmar mi atormentada alma, y prepararla así para la ascensión.


Iluso. Iluso de mí. Maldito iluso. Creí llegar al cielo, pero sólo fue una ilusión. Aún así daría cualquier cosa por volver a aquella bañera donde él me introdujo, sentir la esponja sobre mi pecho desnudo y sus labios besando con amor mis mejillas. Ofrecería mi eternidad y todo lo que sé por esos escasos minutos donde me sentí adorado, amado y consolado. La paz de aquella bañera, de esas aguas perfumadas, no volvería jamás. Por eso a veces lloro cuando veo la nieve caer, pues me recuerdan al sufrimiento que viví, al tormento que soporté, sólo para alcanzar esos segundos de gloria.  

viernes, 25 de noviembre de 2016

Ese querubín...

Iniciamos el recuerdo de "Armand el vampiro"... ¡De lo que uno se pierde cuando cae catatónico! 


Lestat de Lioncourt

La primera vez que tuve el honor de conocer a Armand fue como si viese nuevamente aquel hermoso lienzo. El cuadro parecía haber cobrado vida, descendido de la fría pared de Talamasca y decidido caminar por el mundo hasta tropezar conmigo en mitad de una capilla. Allí, bajo la luz nebulosa de viejas vidrieras y cirios encendidos, contemplé la belleza indómita de un muchacho por siempre atrapado en este mundo. La fascinación que sentí hacia él fue intensa, pero tuve que controlarme de sobremanera.

Desconozco porqué fui a aquella iglesia, pero lo vi días antes que Lestat nos presentara formalmente. Después ocurrió el misterio de Memnoch. Sí, lo llamo misterio. Aún no he logrado averiguar qué ocurrió exactamente, aunque él afirma que se presentó como el demonio y todas las características parecen apuntar a un ser sobrenatural. No obstante, dudo que sea quien dice ser.

De nuevo, en una capilla olvidada y polvorienta llena de humedales, lo contemplé. Allí en pie, junto a los demás, observaba la desgracia de nuestro héroe caído. Aunque podría decir que Lestat fuese realmente un héroe, pero sí era un ser decidido a esclarecer las sombras que cubren este mundo. Se alzó una y otra vez. Mostró la fuerza formidable que tenía para darnos y explicó lo que sucedió.

—Armand, quiero...

—Ahora no, David—susurró apretando los puños y también los dientes. Noté que quería gritar. Deseaba tomarlo de los hombros y agitarlo con violencia. Odiaba verlo de ese modo, absolutamente perdido en la oscuridad. Lestat tenía una luz propia que nos amparaba al resto. Él lo sabía y él la necesitaba como cualquier niño perdido. Pues, eso somos a veces los vampiros.

Se había inmolado hacía unos días y estaba ahí, de una pieza, llorando las miserias de aquel hombre condenado a conocer una historia terrible, fuesen ciertas o no. Marius ya había llegado horas atrás, se encontraba reclinado en las bancas con sus suaves y grandes manos sobre su rostro. Gabrielle, como si fuese “La Piedad” de Miguel Ángel, tomó a su hijo suspirando amargamente e intentando comprender lo que había sucedido. A nuestro alrededor se fueron aproximando vampiros de toda índole, viejos amigos y jóvenes conocidos, así como Louis que lloraba amargamente aferrado a una joven humana llamada Sybelle, la cual observaba a todos como si fueran ángeles pese a su monstruosidad.


—Ahora es el momento... debemos hablar...  

sábado, 9 de julio de 2016

Guardando mi secreto

Hermoso, sin duda alguna, ver como se derrumba y admite la verdad: necesita a Armand.

Me pregunto si algún día tendrá agallas de decírselo a la cara.

Lestat de Lioncourt 

Había logrado recuperar mi viejo palacio en mitad de aquella ciudad que me secuestró el corazón cautivando por siempre mi alma. Tuve que restaurar los frescos del techo junto al pan de oro de las vigas y el estuco del techo. Los frescos estaban perdidos pero fui resucitándolos como si llamara a los fantasmas que aún rondaban sus gruesos muros. Las columnas de mármol fueron restauradas hacía más de diez años pero no había puesto mis pies sobre aquel lugar. Temía encontrarme a mí mismo luchando contra aquellos demonios, escuchar de nuevo los gritos de los muchachos que tanto amaba y ver como perdía de nuevo a mi adorado ángel de cabellos de fuego. Y el fuego, purificador de pecados y enemigo del arte, quien consumió mis libros, mis pinturas y mi cuerpo.

Una de las salas, la que solía usar para mis fiestas, poseía una enorme puerta de doble hoja con hermosos y ricos detalles tallados en su madera. Los animales mitológicos que salían de aquella majestuosa entrada ya no estaban pero había logrado encontrar una magnífica para la sala. Me acerqué a ella para contemplarla bien y entonces sentí su presencia. Había estado tan ensimismado con mis demonios que no sentí al ángel de mis sueños.

Entonces pude notar sus manos tirar de la puerta y aparecer vestido con las prendas de antaño. Esos leotardos celestes con esas ropas de príncipe veneciano me hicieron romper a llorar. Por el contrario yo me había desnudado para poder pintar sin problemas los escasos muros que quedaban por recuperar su valioso tesoro artístico.

—Amadeo—dije en un suspiro y él sólo sonrió—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué vistes así?

—Tengo ojos en todo el mundo que me dicen donde estas. Un par de ellos me dijo que llevabas aquí días y decidí venir—explicó—. Hacía siglos que no me atrevía a volver. Supongo que Venecia no es lo mismo sin ti—dijo entrando en la sala mientras echaba sus manos tras la espalda caminando con elegancia por toda la sala—. Has hecho un gran trabajo...

—Amadeo... ¿realmente estás aquí o deliro porque no he ventilado bien la habitación y el olor a pintura me está jugando una mala pasada?—pregunté visiblemente desesperado porque fuese cierta esa visión.

Él sólo se echó a reír jugueteando con su mano derecha sus rizos cobrizos. Deseé tocar esos cabellos una vez más para sentir la suavidad de sus mechones. Corrí a atraparlo y lo sostuve como quien toma entre sus brazos un gran tesoro. Él era mi vida. Durante mucho tiempo fue mi único pensamiento. Me equivoqué al decir que no necesitaba mi compañía porque yo no quería depender de un jovencito de ojos almendrados y boca carnosa. Entonces, mientras lo estrechaba con necesidad imperiosa, me di cuenta que se desvanecía.


—Oh, señor...—balbuceé—. Cuánto te odio Santino... cuánto te odio...—dije rompiendo a llorar cayendo de rodillas mientras me abrazaba a mí mismo—. Algún día volverá la belleza de Venecia y yo no tendré que ocultar esta estúpida debilidad.  

martes, 5 de julio de 2016

Ira

No quiero decirlo pero... ¡Santa madre! La ira no es buena, Marius.

Lestat de Lioncourt 


Me había sentado en una de las mesas de la terraza de aquel hotel. Podía contemplar a lo lejos a un grupo de jóvenes que permanecía algo disperso, centrados en la estruendosa música moderna que salía como alaridos de perro enfermo de la radio, mientras un hombre decidía chapotear en la piscina vigilado por el socorrista. Podía decirse que estaba en medio de una isla cargada de placeres y no me motivaba ni uno solo.

—¿Qué desea tomar?—preguntó interrumpiendo mis pensamientos el camarero.

—Agua mineral sin gas—respondí sólo para que me dejase en paz.

Mis ojos castaños se paseaban de un lado a otro sintiendo cierta agonía y la pesada carga de la soledad. Ese resort turístico que había estado de moda durante algunos años estaba decayendo. Ya no era el lugar predilecto para las reuniones de altos ejecutivos que no eran ni más ni menos que vampiros como yo, compañeros y amigos que una vez deseé retener por siempre a mi lado, convirtiéndose en un lugar para familias, jóvenes descerebrados y ancianos paseando sus arrugas por las orillas de la playa.

Me sentía olvidado. Tan olvidado como siempre.

—Aquí tiene—dijo el camarero haciéndome notar su presencia aunque era innecesario. El olor a sangre fresca lo delataba igual que el cambio de temperatura a mi alrededor. Incluso la fragancia suave y fresca de su crema de afeitar era bastante delatadora. Por lo demás olía a suavizante y almidón para el cuello de su camisa. El uniforme era el común en cualquier hotel de cinco estrellas y parecía incómodo para una noche tan tórrida—. ¿Desea algo más?

—Sí... que la noche pase rápido—murmuré.

—Ah, pero ¿por qué? Los jóvenes supuestamente disfrutáis de la noche ¿no?—sonrió amable y yo le miré perdido ante esa respuesta.

A veces olvidaba que mis más de cinco siglos no eran nada cuando se fijaban en mi escueto tamaño, mi rostro de niño de coral eclesiástica y mi juvenil tono de voz. Era peligroso parecer un anciano encerrado en un cuerpo tan tentador. Supongo que era ese el motivo por el cual espantaba a Marius. Yo no era el joven resuelto que estaba. Jamás tendría la ambición que poseía Lestat ni sus ansias de llamar la atención conquistando imposibles.

—No soy tan joven—respondí.

—Es cierto, uno es tan adulto como desee. Puede que existan por ahí ancianos con mentalidad de niños pequeños llamando a los timbres, correteando por los pasillos de un supermercado o vistiendo una camiseta alegre que para nada corresponde con su edad. Como también deben existir los jóvenes que se sienten hundidos, acorralados e insatisfechos tras vivir experiencias duras e insondables—explicó encogiéndose de hombros mientras bajaba la charola metálica y tomaba una pose más relajada.

—No intentes comprenderme ni consolarme...—susurré deseando que se fuera y a la vez rogando que se quedara.

—Ah... no es un consuelo—dijo guiñándome un ojo—. Es algo cierto—añadió antes de mirar hacia el fondo de la terraza y ver su silueta.

Marius estaba allí. Sabía que había acudido a mi Isla Nocturna buscando sabrá Dios qué. Nunca pregunté por qué estaba allí. Quizá no lo hice esperanzado porque estuviese buscándome y no sólo deseando cazar a un par de muchachitos para capturarlos para siempre en sugestivos lienzos.

—No te vayas—dije agarrando el brazo del camarero.

—¿Es tu padre?—preguntó a media voz—. ¿Temes que te castigue?

—Es...—no podía hablar porque lo veía avanzar furibundo hasta mi mesa.

Cuando llegó hasta donde estábamos no tardó en mirarme lleno de rabia. Contuvo sus modales porque el mortal podía escucharnos y él quería guardar las apariencias, como siempre, y no quedar como un maldito loco enfermo de celos y de otros defectos.

—¿Por qué?—dijo— Sé que tu nuevo amante ha enloquecido y lo tienes escondido por aquí. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué eres así? ¿Acaso no te cuidé cuando más lo necesitabas?

—¿Acaso eso importa ya?—interrogué—. No viniste a buscarme en su momento y ahora te presentas en mi isla absolutamente agitado y confuso... ¿Por qué?—alcé mi ceja derecha mientras notaba las diversas emociones de aquel elegante y apuesto camarero. Ese hombre que tenía algo más de treinta años estaba asombrado. Yo, el mocoso que intentaba animar, era su jefe y el dueño de todo lo que veía—. Si me disculpas, Marius, he decidido disfrutar de la compañía de este amable camarero. No necesito de viejos amantes para consolarme.

—Eres un maldito bastardo. Te arrepentirás...

—Ya no estamos en Venecia para que me amenaces. No temo a tu látigo ni tampoco que me dejes abandonado cuando despunta el sol—expliqué soltando a mi empleado por si deseaba marcharse.

—¿Desea que le acompañe a la puerta o podrá encontrarla solo?—preguntó con diplomacia el camarero provocando que soltara una risilla.


Tres noches después encontré el cadáver de aquel chico arrojado en la playa. Parecía que se había ahogado pero en realidad estaba muerto por el ataque de un pretencioso y cobarde que nunca logró pedirme disculpas como merecía.  

lunes, 4 de julio de 2016

Armand es como un perro abandonado... pobre...
Lestat de Lioncourt 


—¿Qué haces?—preguntó interrumpiendo mis pensamientos.

Estaba frente a mi ordenador investigando como cada noche. El programa de radio estaba a punto de emitirse para todos aquellos que necesitaban un bálsamo para sus heridas, un abrazo a distancia o simplemente explicar una noticia que les mantenían inquietos. Ellos eran mis aliados en la oscuridad. Podían ver más allá de una simple discusión porque sus oídos eran tan magníficos como los míos. Yo me encontraba en Nueva York pero tenía incluso noticias de Nueva Delhi o Melburne.

—Mi trabajo—respondí.

Tenía justamente los correos electrónicos que me habían llegado horas atrás. Se repetía una pregunta constantemente. Era como si me enviaran una cadena de plegarias llenas de desesperación y llanos o abnegación ante el mundo que les rodeaba.

—¿Han vuelto a llegar correos extraños?—dijo acercándose a la mesa.

En ese momento alcé la vista para contemplar un hermoso lienzo en movimiento. Ante mí tenía lo que parecía un muchachito desarrapado con el cabello cobrizo revuelto y sucio, sus ojos de almendras de color castaños brillaban por una mezcla de emociones que aún hoy no sé explicar, su ropa estaba mal colocada y llevaba una de esas típicas camisetas de con el logotipo de Batman. Me fijé que no llevaba zapatos y que sus pies estaban sucios de barro.

—¿Dónde demonios te has metido?—pregunté molesto. Odiaba que tuviese esa imagen de niño extraviado porque me recordaba demasiado a mí. Al niño desesperado y hambriento que robaba para comer en esta enorme metrópolis de almas corruptas y corazones de piedra.

—Eso no interesa—susurró sin apenas voz—. ¿Han vuelto a contactar contigo? Benjamín realmente son problemas serios. No son atentados terroristas como están haciendo creer a los humanos...

—Sí, son vampiros descontrolados por varios países—dije incorporándome mientras la silla sonaba contra el mármol—. Báñate. Hablaremos luego, Armand.

—¿Por qué nadie me quiere?—esa pregunta me destruyó. Deseaba abrazarle y jurarle que yo aún le amaba, que le quería por encima de todo e incluso por encima de la fama que estaba ganando gracias a mi esfuerzo, pero no fui capaz. Sólo le miré en silencio mientras rompía a llorar.

—Ve a bañarte. ¿Acaso quieres que Sybelle te vea así?—pregunté.

—A veces estoy demasiado hundido y te arrastro... Arrastro a todo el mundo a la locura—dijo aquello provocando que recordara la mirada violeta y enloquecida de Daniel. Me pregunté como estaría aquel enfermizo periodista que fue introducido en la sangre en mitad del caos. Hacía meses que no preguntaba por el al amo. Necesitaba verlo porque quizás aún tenía instinto—. Benji...

—Te amo, Armand—respondí saliendo de detrás de la mesa para estrecharlo—. Ahora debes reponerte. Deja de estar perdido por esta ciudad. Deja de perseguir a otros vampiros. Deja de consumirte en sus miedos.


Horas más tarde Armand era un ser calculador y ensimismado en sus alocados pensamientos. Redactaba cartas, firmaba informes y vigilaba la bolsa. Era un lado completamente distinto a los momentos de depresión y ansiedad que tenía. Poco a poco comprendí que cuando Marius venía él se convertía de nuevo en el niño de Venecia, en el jovencito que él adoraba, y cuando se marchaba caía en una espiral de desesperación de la cual no sabía salir.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt