Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 22 de febrero de 2017

Amor egoísta

Maldito romano...

Lestat de Lioncourt 


Armand.

Su nombre en mis labios sonaba como una vieja plegaria que quebraba todas mis emociones. Estaba a punto de precipitarme frente a él rogando perdón, pero este no llegaría a rozar siquiera la superficie. Había herido demasiado aquel ángel, el cual permanecía de pie con la mirada quebrada y las manos temblorosas. Quería estrecharlo contra mi cuerpo, besar sus tibias mejillas y fundirme en sus ardientes labios. Deseaba tanto, pero se podía tan poco, que llegaba a sentirme perdido en una montaña de caos.

Armand, yo...

No digas algo que no sientas—dijo regresando su mirada a la ciudad.

Estaba mirando a través de esta el paisaje pluvioso de Nueva York. Las tormentas se arremolinaban poco más allá de la Gran Manzana. Las nubes eran oscuras, muy densas, y parecía el principio del fin de los tiempos. Él jugaba con sus dedos sobre el vaho que dejaba su aliento. Sólo hacía pequeñas margaritas que iba destruyendo, palabras comunes y simples líneas. Era como ver a un niño, pero sabía que bajo esa capa de ternura se hallaba un monstruo similar al mío.

Armand, no sabes por qué he venido hoy—intenté parecer sosegado, pero estaba perdiendo la paciencia.

Has venido a limpiar tu conciencia—contestó con una sonrisa amarga—. Nunca sientes tus disculpas. Me tratas como si fuese un objeto de tu propiedad y crees amarme porque soy valioso. Sólo me retienes entre tus manos como un niño caprichoso, uno de tantos, que no quiere soltar un juguete porque teme que otros jueguen con él. Un juguete que ni siquiera desea, sólo retiene—sus ojos se enterraron en los míos como fieras garras. Su cuerpo se desplazó por la habitación con una elegancia inusitada y su tono de voz era cómplice. Parecía querer que sólo nosotros pudiéramos escuchar nuestra desdicha—. Ojalá tú me amaras...

Te amo—dije acercándome, para destruir los pocos metros que nos separaban.

No sabes amar—murmuró perdido entre mis brazos.

Sí te amo.

¡Claro que le amaba! ¡Le amaba profundamente! Era un amor ciego hacia sus ojos castaños, su piel de leche, sus cabellos de fuego y su alma siempre torturada. Me había convertido en su peor verdugo, lo acepto; sin embargo, no podía dejar de suspirar su nombre y de buscarlo entre las sábanas de mi cama. Me sentía tan perdido, tan hundido...

El amor no puede ser egoísta—dijo con la voz quebrada. Mi aroma le había hecho recordar otros tiempos, igual que yo recordaba esa inocencia que él había perdido entre mis brazos. El mundo se convirtió en oscuridad, sangre y oro junto a mí.

Entonces se retiró de mi lado, aproximándose hasta una pequeña caja sobre la mesa aledaña a la ventana. Era una caja de música con hermosas florituras talladas en la tapa. Al abrirla una vieja canción rusa llamada Kazachok sonaba en sus acordes. Metió su mano en esta y luego la cerró. Entre sus dedos había un par de inyectables. Enterró una en su muslo y luego me miró, con las mejillas sonrojadas, para que hiciese lo mismo.

Entendí a la perfección que deseaba sentir ese amor mío, ardiente y terrible, más allá de las palabras que solía ofrecerle. Nada más enterrar la aguja sentí como mi virilidad comenzaba a palpitar, por eso me lancé a sus labios tomándolo del rostro. Mis largos dedos se deslizaron hacia su nuca y cabellos, enredando sus mechones de fuego entre estos, mientras él bajaba la cremallera de mis prendas bárbaras. Había deambulado por las calles desde mi llegada, por eso aún vestía un traje negro y una camisa carmín, prendas que acabaron rápidamente esparcidas en el suelo con las suyas menos formales y mucho más juveniles. Nuestros cuerpos quedaron desnudos, a la vista de todos, y su boca se enredó en mi sexo.

Amadeo...—murmuré echando la cabeza hacia atrás. Mis largos cabellos color cebada rozaban mi espalda y hombros, mi vientre se encogía mientras mis caderas se movían y mis ojos se cerraban—. Amadeo...—decía buscando apoyo en algún mueble. Estaba tomando mi miembro de forma insaciable. Su lengua abarcaba toda la extensión de mi hombría, desde el glande hasta la base. La punta de esta, libertina y diestra, se introdujo bajo mi prepucio y sus dientes acabó tirando de este. Gemí como gimen los hombres cuando el ardor del placer los aviva, calienta y agita.

Sus ojos parecían los de un animal salvaje y parecía sonreír con satisfacción. Mi cuerpo tembló de pies a cabeza cuando al fin alcancé una mesa, muy cercana a una enorme estantería llena de libros clásicos que yo mismo le había regalado, y me doblé hacia delante hundiendo su cabeza entre mis piernas. Sus manos, pequeñas y suaves, parecían garras que arañaban, como si fuese un felino, mi vientre, muslos y costados.

Finalmente lo lancé contra la mesa que me sirvió de apoyo, mordí la cruz de su espalda y deslicé mi lengua por su columna hasta la abertura de sus glúteos. Él no tardó en tomar sus manos y colocarlas en ambas cachas, del mismo modo que yo hundí mi lengua, al igual que una daga, en su orificio. Hice que gimiera como una puta desesperada y comprobé que sus piernas estuvieron a punto de fallar.

Entonces, me incorporé y lo hice.

El fundirme con su cuerpo fue algo que jamás había logrado hasta el momento. Apreciaba como mi masculinidad se habría paso en su cuerpo, ahondando en los oscuros pasillos del placer, me hizo sentir más libre. Era una sensación extraña, pero no me impidió agarrarlo de sus caderas y notar como este se aferraba a la mesa, arañando con sus poderosas garras la superficie.

Maestro, maestro, maestro...—murmuraba en una plegaria llena de placer, para luego dejarse ir del mismo modo que yo lo hice.


Llené su cuerpo con algo más que cicatrices. Mostré cuánto le amaba con algo más que palabras. Cubrí el hueco vacío de nuestra existencia con un acto pueril como satisfactorio. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Ruinas

Si fuese Armand le hubiese dado con mayor brío el portazo pero en las narices.

Lestat de Lioncourt

—Ruinas. La vida son ruinas que se apilan como libros gruesos en mis recuerdos. Navego en cada una de ellas recordando cada palabra dicha y las malditas, las más malditas de todas, que son las que no dije por miedo u orgullo. Eso es todo—dije mirándole a los ojos.

Esos ojos castaños e inmensos se tragaban mi alma arrastrándola a su infierno personal. Tenía el cabello cobrizo cayendo por encima de sus hombros desnudos. Ante mí tenía un hermoso efebo de cintura estrecha y delicada piel ligeramente sonrosada. Había aceptado volver a permitirme pintarlo al natural. Sin embargo, la expresión de su rostro era distinta.

—¿Así te sientes?—preguntó indiferente.

—Sí, ruinas.

—Pues como has dicho es tu culpa—respondió.

Me sentí como si me hubiese lanzado una fuerte pedrada o dejado que la espada de Damocles cayese sobre mí, decapitándome.

—Armand...—contuve mi rabia y dolor sólo porque no quería que se marchase.

—Debiste venir a buscarme—dijo moviéndose con gracia por la habitación recogiendo las prendas que yo mismo le había quitado sin esfuerzo alguno. Eran prendas simples, pero elegantes. Aquel pulcro traje Armani, esa camisa de algodón celeste y la corbata negra.

—Akasha me pidió que buscara a Pandora—sintiéndome morir.

¿Por qué se empeñaba en complicar tanto las cosas? ¿Por qué no veía que estaba desesperado? No me merecía ser feliz, pero deseaba tener un poco de belleza en mis oscuras noches. Daniel se había marchado hacía variar y necesitaba matar cada segundo, pues los recuerdos me aplastaban. Seguía amando a ese maldito mocoso.

—Porque Pandora creía que ella era una diosa—dijo abotonando rápidamente su camisa—. Deseaba cerca a mujeres tan ciegas como ella, que se arrodillaran ante tu belleza y besaran sus pies—afirmó subiendo sus pantalones—. No te quería a ti para adularla porque se había cansado de lo viril, lo masculino, eso que tú representas tan bien.

—¡Demonios!—exclamé—. Deja de comportarte tan frío.

No iba a rogarle para que volviese a posar para mí; pero sí decidí exigirle, con muy malos modos, que dejase de juzgarme.

—¿Y cómo quieres que me comporte?—sus ojos se clavaron de forma seductora, para luego poner un expresión terrible en su rostro—. No soy lo que tú quieres.

—No, lo eres.

No era un querubín. Él era un demonio maldito, al menos así se sentía. Sabía que no resultó como yo esperaba y que me sentí defraudado, cuando en realidad debí sentirme dichoso. Siempre hablo de libertad, pese a mis normas, pero a él deseé moldearlo como si fuese una escultura que tallaba al fin con mis estúpidas manos.

—Ni pienso serlo, Marius— dijo acercándose a la puerta girando el pomo, para luego abrir la puerta con cierta rabia—. He decidido no ser tu esclavo.

Fueron sus últimas palabras antes de un estruendoso portazo.


—¡Armand!

lunes, 29 de febrero de 2016

Visitando ángeles

Amar es peligroso y más cuando ya no hay excusas para poder regresar. Marius gastó todos sus cartuchos y Armand ya no quiere quemarse más.

Lestat de Lioncourt 

Me miraba como si fuese el culpable de toda la perversidad que cubría la faz de la Tierra. Sus ojos castaños no perdían detalle a mis facciones frías que eran casi las de una escultura perfecta, pues el color marmoleo y las escasas arrugas de expresión ofrecía esa sensación, y los míos intentaban no enfocarse en el suyo porque temblaba de deseos. Quería sostenerlo como aquella vez. No hay nada más puro como el primer encuentro en el cual ofreces lo mejor de ti, mostrando sólo parte del monstruo que realmente eres, para poder así seducir al alma contraria.

Por unos instantes trasladé mi mente a Venecia. Estábamos en mi palacio veneciano con las luces tenues de los numerosos candelabros. Las delicadas telas de los cortinajes de mi dosel caían lánguidas a los lados, el satén de mi cama estaba arrugado y el fresco del techo de mi habitación era un clamor de querubines y serafines batallando unos contra otros por su hermosura y divinidad. Él estaba allí de pie, apoyado en el pomo dorado de mi puerta, esperando a ser invitado a entrar y desplegar su encanto.

Pude tocar por un instante su estrecha cintura y sus delicadas caderas. Mis manos abarcaban su espalda, mientras mis labios rodeaban su cuello aspirando el aroma de sus cabellos de sangre y fuego. Podía incluso sentir la textura suave de su sonrosada y cálida piel. Era como haber regresado al pasado sin dejar de recordar los malos momentos vividos bajo ese techo, el dolor de la distancia y la muerte de nuestra relación.

—Amadeo—dije aún entre ensoñaciones.

—Armand—rectificó rompiendo con el pasado y trayéndome al futuro sin piedad alguna.

—Para mí siempre serás el chiquillo que salvé y cobijé en mi palacio.

Un palacio que fue destruido junto con todo lo que amaba. Mis proyectos  fueron consumidos por las llamas, igual que mi amor y mi cuerpo. Todas mis propiedades se convirtieron en humo, ceniza y trozos de madera que no servían ni para leña. Aquello que había levantado con esfuerzo cayó con la velocidad que pierde el equilibrio un castillo de naipes.

—Y tú para mí el monstruo que pinta ángeles pero que no posee agallas para salvarlos de sus enemigos—aquella puñalada gratuita me destruyó por completo. Quedé en silencio mientras se movía con gracia por la habitación—. ¿Qué deseas? No hay reunión hoy.

—Verte, ¿acaso no puedo verte?—pregunté arrogante dispuesto a combatir aquellos ojos encendidos de rabia y dolor.

—Ya me has visto. Ahora, por favor, puedes agarrar tu orgullo e irte—dijo invitándome a la salida con un simple gesto de sus manos.

—¡Armand!—grité molesto.

—Marius, estoy cansado que vengas aquí rompiendo mi alma sin importarte nada. ¿Te propones destruirme? Porque lo estás logrando—afirmó con molestia, sin embargo su voz seguía siendo dulce y pausada. Por su físico el tiempo no pasaba, como ocurría conmigo, pero su espíritu había sido retorcido mil veces. Ya no era el ser inocente que me enviaba a los abismos de la perversidad, sino un monstruo que se alimentaba de tiempo y dolorosos recuerdos.

—Pretendo no herirte—dije acercándome a él.

Él se echó a reír apoyándose en el escritorio que tenía a pocos metros. Sus cabellos ondulados rozaron sus mejillas mientras sus carcajadas se hundían como dagas en mi alma. Vestía como cualquier muchachito de hoy en día. No había traje pomposo ni elegante. Sólo había una camiseta de superhéroes de Marvel, unas deportivas desgastadas y unos pantalones vaqueros rotos por las rodillas. Vestía como cualquier adolescente porque posiblemente había salido a cazar y usaba prendas que no llamasen la atención. Aún así, aunque no hubiese traje de seda, veía al ángel que yo mismo había tallado y conservado entre mis manos.

—Hace tiempo que me heriste, Marius—respondió retomando la compostura. Sus ojos tomaron apagados matices y su boca se torció ligeramente. La tristeza había enjaulado de nuevo al ave más hermosa de mi paraíso y yo no tenía la llave—. Quieres rescatarme pero hace tiempo que me salvé por mí mismo. Ya no soy el niño que pueda creer tus mentiras—se apartó de la mesa y se acercó a mí. Colocó sus manos pequeñas sobre mi torso y las subió hasta mis hombros, para apoyarse quedando de puntillas y besar mis frías mejillas con sus cálidos y carnosos labios. —Vete, amor mío, yo te libero de la pesada carga.

—No es pesada, Armand—dije tomándolo por la cintura con ambas manos—Sólo quiero amarte.

—Ya es tarde para amar ángeles—dejó un suave beso en mis labios y se marchó de la habitación.


Me quedé allí trastornado por el dolor y la ira. Me sentía impotente y estúpido. Había ido a tocar a su puerta sin una buena excusa para que regresara a mi lado. Yo ya no era quien debía salvarlo a él, sino él era quien tenía que salvarme a mí y había decidido, claro está, no hacerlo. 

sábado, 15 de agosto de 2015

Pesadilla del pasado

Amadeo y Marius eran el uno para el otro, pero el fuego lo consumió todo. Reconozco que debí escuchar mejor la historia de aquel vampiro que me hizo la vida imposible...

Lestat de Lioncourt


—Estoy cansado de ti, de mí y de todo—dijo de pie sosteniendo la máscara que yo le había obsequiado.

Vestía con unas prendas encantadoras, hechas a medida para él, en tono celeste con bordados dorados. Parecía un ángel con aquellas medias blancas, esos zapatos de tacón azul con hebillas resplandecientes y esa pequeña capa elegante, en un tono un poco más oscuro que el celeste de sus restantes pendas. El pañuelo blanco de su cuello realzaba éste, así como le daba un poder mágico, como el fuego de una cálida hoguera, a su pelo. Venecia derramaba su encanto en un carnaval demasiado pecaminoso, las calles estaban a rebosar de almas que arderían en sus infiernos personales y bajas pasiones, y se podía vislumbras tras los arcos de piedra que había tras él. Era mi palazzo, el lugar donde lo hice mío mil veces y susurré cientos de veces que le amaba. Ese encantador lugar. Volví a mis recuerdos.

—Siempre me decepcionas... —susurró trémulo con lágrimas en los ojos. Oh, aquellos ojos. Eran ojos humanos. Las lágrimas eran translúcidas y saladas. Podía oler su cálida sangre bombeando en su tierno y joven corazón. Deseaban envolverlo entre mis brazos y decirle que le amaba.

—¡Yo te amo, Amadeo!—grité despertándome en mi gigantesca cama de satén rojo, envuelto entre mis sábanas y mi soledad.


Era una pesadilla recurrente. Daniel estaba ya levantado, pese a su juventud, construyendo alguna de sus maquetas. La nieve se acumulaba fuera. El mundo parecía un cementerio frío y terrible. Mi mundo, el mundo que conocí entre pinturas y cálidas conversaciones, se había convertido en fuego y olvido hacía mucho tiempo. Odiaba a Santino. Necesitaba vengarme de él. Quizás, al encontrar aquel día a Thorne, por eso terminé provocando que aquel amable vikingo lo destruyera.  

viernes, 24 de julio de 2015

Dolor

Marius y su dolor... ¿Por qué no piensa que Armand también sufre? En fin...

Lestat de Lioncourt


Debería sorprenderme por todo lo que he dejado de sentir con el paso de los años, pero más bien me sorprendo por aquello que no puedo borrar de mi alma. Es como una mancha indeleble con el paso del tiempo. Se extiende ese dolor, se aferra a mí y soy incapaz de erradicarlo. Ya forma parte de mis recuerdos, de mis largas noches y mis bajas pasiones. Se ha convertido en la raíz de una mandrágona que envenena induciéndome a pintar cuadros cargados de lirios, tan hermosos y como terribles. Lirios que posan a los pies de un ángel de rostro dulce, aunque de una mirada castaña enturbiada por la soledad y el dolor, únicamente arropado por unas tupidas alas negras que envuelven su piel de mármol. Sus largos cabellos de fuego rozan sus hombros, sus mejillas y se arremolinan silvestres en su frente. Él es ese recuerdo que no logro apartar.

Durante siglos Pandora fue mi motivación. Era el único recurso que poseía para seguir cuerdo. Pintaba su rostro en cada Venus que lograba alzar entre los muros de mi mansión. Pintaba sus ojos en las ninfas de los arroyos. Decoraba muros inmensos con su recuerdo. Sin embargo, no es su recuerdo el que ahora me pesa. Ella y yo hemos decidido que nuestro amor es un vínculo que siempre estará ahí, que no desaparecerá, pero que jamás podremos tener porque es imposible dejar las discusiones a un lado y centrarnos en el silencio de nuestras miradas apasionadas.

Convivo con el joven Daniel Molloy, creación de ese siniestro ángel de hermosos y carnosos labios, pero no me llena. Su compañía me calma, disfruto de sus palabras y admiro su tenacidad. Estoy completamente a sus pies. Sin embargo, él aparece como una siniestra y alargada sombra recordándome todo el mal que he hecho. Me siento terriblemente hundido en mi mundo de miseria.


Necesito enfrentarme a él, pero sé que tendré que soportar demasiados reproches. Vivo una vida tranquila y digna lejos de su manipulador encanto. Deseo olvidar su estrecha cintura, sus delicadas manos, sus muslos cálidos y su encantadora boca con lengua de serpiente. Una lengua que reptaba y reptará siempre con las palabras adecuadas para condenarme, del mismo modo que se condena él.  

martes, 21 de julio de 2015

Folios para pensar

Pandora es una gran mujer, aunque siempre está en un segundo plano. Es formidable. Si vas y hablas con ella descubres muchas cosas... tantas que te harán dudar del mundo. 

Lestat de Lioncourt


Todavía intento asimilar lo ocurrido. Hay muchas cosas que ahora tienen sentido y encajan como pequeñas piezas de un gigantesco rompecabezas. Estoy sentada frente a un montón de papeles en blanco, he sacado del cajón del olvido la pluma que me regaló David y me dispongo a escribir todo lo que siento en unas resumidas líneas. Unas líneas tan breves como intensas. Mi historia ya la conté. No tengo nada que aportar a ésta. Sin embargo, hay cosas que ahora cobran un especial sentido y confieren una forma distinta.

Hace mucho tiempo encontré a un ser que se lamentaba y mi temperamento, como mis palabras, le ofrecieron un deseo manifiesto de superarse. Jamás pensé que pudiese influir de ese modo en otro ser. Si bien, él era Gremt y acabó formando la Orden de la Talamasca que ha estado vigilando el mundo gracias a él y sus dos compañeros. Mi historia está unida a esa orden, del mismo modo que me siento obligad a unirla a Maharet.

Conocía a esa mujer. Una mujer poderosa, pero con gestos amables y sencillos. Tan sólo deseaba ver prosperar a los que había dado la vida, aunque fuese con la simiente de su pequeña hija a la cual jamás pudo volver a tener entre sus brazos. Maharet era admirable. Respetaba sus palabras y admiraba su sed de conocimiento. Lamento mucho su pérdida. No pude hacer nada para salvarla, pese a ser ella quien nos salvó de Akasha.

Hace tiempo que no poseo sueños extraños como los que me sobrecogían cando era tan sólo una mortal. Tampoco siento la necesidad insaciable de dar respuesta a todo lo soñado. Pero hoy, como hace mucho tiempo, he dormido rodeada por los fuertes brazos de Flavius mientras Arjun recitaba un viejo poema en su idioma natal. Me siento como una niña tonta que llora por el dolor ajeno, pero ese dolor ajeno lo siento como propio. No he podido evitar derramar más de una lágrima por aquellos que ya no están, ni sentirme decepcionada por mi escaso papel en ésta nueva debacle. Sólo he podido perdonar, aceptar, sufrir y mirar con esperanza los nuevos tiempos que caminan hacia nosotros.

Me siento afortunada de estar viva y de conocer la verdad que aún estaba oculta. Todavía, a día de hoy, me cuestiono tantas cosas y deseo comprender tantas otras que se me hace impensable imaginar qué hubiese sido de mi alma al perecer a temprana edad. Agradezco de sobremanera que Marius me diese la vida, pero que él me la diese no significa que yo deba rendir cuentas de mis actos. Aún así, él espera que me persone frente a él y pida disculpas por las discusiones que hemos tenido, muchas de ellas iniciadas por él debido a su deseo de no doblegar su hombría. Jamás aceptaré sus preceptos, aunque conozco bien sus virtudes y talentos.


Si escribo estas líneas es porque necesitaba contarle a alguien mis emociones. Desde que me encontré con David, el cual para mí es un extraño y formidable vampiro pese a su juventud, no he dejado de escribir. Ahora es algo que necesito. Pero escribo para mí, para ordenar mis ideas y no olvidar quien soy.  

sábado, 2 de mayo de 2015

Ira y amor

Ahora es cuando yo grito: PELEA, PELEAAAAA...

Una discusión tras otra es lo que ocurre entre esos dos. Jamás se pondrán de acuerdo. Yo no habría perdonado jamás a Marius su abandono, así que comprendo los sentimientos encontrados de Armand.

Lestat de Lioncourt


—Tus ojos recorrían mi cuerpo como si fuese un magnífico cuadro. Parecía un lienzo y tu le insuflabas la magia de la cual carecía. Mis mejillas se ruborizaban y me sentía abocado al deseo. Quería ser poseído por tu magnífico y duro cuerpo, tocado por esas manos manchadas de óleo y perderme en tu boca como si fuese la manzana del Edén—dijo acomodando su chaqueta celeste, así como la camisa de chorreras con encaje. Se veía magnífico. Parecía uno de esos vampiros sacado de las series más destacadas de la parrilla televisiva. Era más que un vampiro de época, él era el querubín que yo había conjurado en un acto atroz y desesperado—. Fui un estúpido—añadió.

Era terrible. Hacía algunos años que él había decidido deslindarse de cualquier sentimiento romántico hacia mí. Mi imagen de Mesías, o de héroe, se había desvanecido y desdibujado en la lejanía. Me había convertido en papel mojado. Nuestra historia era sólo un trozo de su herido corazón.

—Estás herido—dije aproximándome hacia él.

Armand dio dos pasos hacia atrás, esquivando mis manos, para mirarme como un animal herido. Sus manos tocaban las estanterías llenas de decenas de libros. En aquel edificio aguardaban en otras habitaciones nuestra presencia. Podía notar la impaciencia del joven músico, como si se sintiera intimidado por mí. Era la primera vez que notaba en él aquella profunda molestia.

—Ve con Daniel. Él te necesita. Yo no soy el amante que deseabas. No soy el compañero que querías. Haz feliz a alguien. A mí sólo me ofreces migajas y rabia contenida en cada movimiento de tus manos sobre mi cuerpo. Márchate a bailar, disfruta de la compañía de jóvenes y antiguos, conversa con Gregory y discute con tu viejo amigo Avicus. Aquí, en ésta estancia, no hay nada que merezca la pena. Sólo hay un ser herido que necesita curarse por sí mismo—sus palabras eran un discurso que ya conocía. Había escuchado esas palabras en otra ocasión. Eran terribles para mí. La furia y la rabia encendían en mí una ira que no era capaz de dominar. Deseaba estrecharlo contra mí, recordar con palabras simples el amor tan inmenso que tenía hacia él y deseaba hacerle entender que Daniel era un asunto delicado. Realmente amaba a Daniel, pero también lo amaba a él—. Sé que estás pensando. No necesito leer tu mente. No puedo hacerlo, como bien sabes, pero te conozco demasiado bien. Vete. No intentes consolarme.

La puerta se abrió entonces. Había sentido su proximidad y nerviosismo. Cuando entró, sin llamar, comprobé que Armand le miró como me solía mirar a mí. De inmediato se escaburlló hasta sus brazos, mucho más jóvenes y tiernos que los de mi viejo pupilo, y éste lo rodeó con firmeza. Antoine, el músico creado por Lestat hacia tan sólo unos cuantos siglos, era el amor que mi dulce Amadeo siempre suplicó. Había hallado en otro lo que yo no le había ofrecido jamás. Sentí cólera. Quise hacer estallar los cristales de la vivienda. Me enfurecí con ellos y conmigo. Sobre todo conmigo.

—Ven conmigo—susurró hundiendo su rostro en el largo cuello de Armand—. Tocaré para ti. Sybelle y yo tocaremos la melodía que tú quieras—dijo deslizando sus dedos por los duros brazos de mi creado—. Marius, será mejor que la conversación finalice. Por favor, se lo ruego encarecidamente...

—¿Y quién eres tú para darme órdenes?—pregunté furioso.

—Alguien que se ha preocupado en preguntar lo que deseaba. No me ha impuesto sus normas, ni sus caprichos y tampoco me ha vestido con mentiras. Él ha sido sincero, cosa que tú jamás has hecho. Desconoces que es abrir tu corazón. Ahora hablas de amor, pero en realidad sigues siendo el mismo cínico que cree que sus leyes, sus deseos y sus órdenes deben ser lo primordial—sus ojos castaños eran dos infiernos que me herían.


Supe entonces que debía irme. Me marché al salón y me senté junto al piano. Esa música alivió mi corazón, pero no mi ira. Él había abierto una brecha terrible. Aunque admito que yo tenía algo de culpa.  

martes, 21 de abril de 2015

Mi última carta

Ya lo hizo. El despechado... digo... Armand... ha tomado papel y pluma. 

Lestat de Lioncourt 


Quisiera decirte todo lo que siento, pero me reservo las palabras más duras para cuando podamos retomar nuestra última conversación. Es un misterio esto del amor. Todo parecía haber regresado al punto en el cual todo se quebró, pero al parecer jamás me quisiste tanto como proclamaba. Sólo fui un parche en tu corazón. Me convertí en una página en tu memoria. Contemplaste mis ojos castaños, esos que tanto decías amar, y sólo me mostraste la frialdad que le ofrecías a otros. Tal vez fue un error creer que podríamos resucitar el pasado. No hay ni una pizca de felicidad en tu rostro cuando me contemplas. Soy un fracaso.

Sin embargo, no te escribo para decirte todo lo que ya sabes. Si hago ésto es porque creo que es razonable decirte que espero que logres ser feliz. Por mi parte estoy logrando tocar las estrellas, esas que parecían lejanas y perdidas. He encontrado una pequeña isla de felicidad en mi corazón, allí donde no estás tú y jamás has estado. Tengo un nuevo principio que escribir y tú no vas a ensuciarlo. Definitivamente has perdido toda oportunidad y yo no tengo la paciencia necesaria para aceptar tus absurdos tratos.

He visto en ti a un hombre derrotado que se deja llevar por sus estrafalarios deseos y por las extrañas inquietudes de su nuevo amante. Espero que seáis felices. El resto lo estamos logrando. Me gustaría desearte lo mejor, pero creo que no te mereces siquiera la escasa felicidad que estás logrando. Espero matar del todo esos últimos deseos de volver a encontrarnos, hacerme un hueco entre tus brazos y rogarte que me lleves contigo al fin del mundo. Ya no soy un niño y tú no eres el ángel redentor que creí que serías. Me diste todo, para luego negarme una vida a tu lado. Yo no era lo que tú esperabas, pero tú jamás fuiste del todo el hombre que yo admiraba. Necesito un héroe real, un ser que me aprecie con mis defectos y virtudes, y lamento confesarte que hay miles que encajan mejor que tú en el perfil.

Armand



martes, 14 de abril de 2015

Tu compañía: mi felicidad

No sé que sienta Armand... pero a mí me trae malos momentos. ¡Con él tuvo paciencia! En fin, texto de Daniel para Marius.


Lestat de Lioncourt


Tal vez nos cuesta en exceso resignarnos. Quizás es eso lo que, mágicamente por impulso, nos mantiene vivos. No recuerdo demasiado bien mi infancia, pero creo que siempre tuve ciertos sueños que alcanzar. Cuando no levantaba más de unos palmos del suelo, con mis cabellos revueltos y el tazón del desayuno, veía a los periodistas en los lugares más peligrosos e increíbles. Pensaba que eran los verdaderos héroes, pues transmitían la verdad al mundo y les arrebataban las vendas de los ojos a quienes creían que la guerra, el hombre o la miseria acumulada en los años de conflictos, eran, sin duda alguna, beneficioso para alguna nación.

Creo que decidí estudiar periodismo por los viejos sueños infantiles. Pensé que eran capaces de encontrar luz entre los escombros del mundo. Sin embargo, me percaté que sólo eran alimañas en busca de pedazos de un cadáver maltrecho. Tomé un camino distinto. Me arriesgué a ser otro tipo de periodista. Buscaba historias reales, aunque no terriblemente dramáticas, para mostrarle al mundo que hay historias que merecen la pena, pese a no ser un cruento combate o un niño moribundo picoteado por un buitre.

Fue así como le conocí. Todo empezó por un deseo insondable de saber la verdad y conocer el dolor que yace en otros corazones. Ingenuo. Ahora todo resulta muy ingenuo. Jamás pensé que perdería la cabeza, que vería desastres terribles y comprendería lo aguda que puede ser la sangre, el dolor y la tragedia. Vi más muerte a mi alrededor que cualquier periodista de guerra. Pude quedar marcado por siempre, pero sus brazos me salvaron.

Sentí como él me rodeaba apretándome contra su pecho, dándome algún que otro entretenimiento y escuchando mis escasas palabras. Mis ojos se cruzaban con los suyos, en los cuales veía paciencia y bondad. Su voz, masculina y seductora, se convirtió en el hilo que me mantenía vivo. Otros lo han tachado de ingrato, cruel y destructivo. Sin embargo, yo he visto en Marius el ser bondadoso que puede llegar a ser. Arrepentido, hambriento de compañía y necesitado de amor me entregó su tiempo y esfuerzo. A cambio, por supuesto, tiene mi lealtad y mi amor absoluto. Jamás he amado tanto. Creo que nunca me vi amando a otro ser como lo hago en estos momentos.


Iré donde él vaya. Seré fiel a sus deseos. Aunque él busca mi felicidad. Pero, sin duda alguna, no se puede ser feliz alejándonos de la verdad. Es tiempo de lucha. Es tiempo de sacar a la luz lo que somos realmente. Tenemos que experimentar, creer y aceptar. Es hora de despertar.  

domingo, 1 de febrero de 2015

Camino del odio

Santino, pobre Santino. Digamos que quiso enmendar su camino, pero alguien se lo negó. En parte comprendo a Marius, pero por otro lado creo que fue un error.

Lestat de Lioncourt


Rechazo. El mundo es rechazo. Es un cúmulo de caídas en desgracias. Me sentí apartado del discurrir habitual de la vida. Deseaba vivir, pero a la vez esto es morir cada día. Cuando lo contemplé a él, emergiendo de las sombras, comprendí que conocía algo más que yo no podía adquirir. Quise su conocimiento, pues lo necesitaba. Sabía que ocultaba algo más que talento, necesidades impías y un refugio para prominentes artistas.

Se desenvolvía con gracia entre los mortales. Sonreía ligeramente, mostrándose afable, y era capaz de entablar relaciones personales más allá de un saludo. Quería comprender cual era el motivo de ese comportamiento. Yo sabía que él guardaba un tesoro, algo que iba más allá del entendimiento de cualquier vampiro joven.

La noche puede ser peligrosa, sobre todo cuando alguien como él la manipula a su antojo. Vi devastación, sangre, horror, pintura, oro, debilidad, deseos de grandeza y un profundo orgullo. Lo vi en su forma de caminar y contemplarme, como si fuera un insecto al cual arrancarle las alas, cuando sólo rogué un poco de comprensión y conocimiento. Desconocía porque guardaba tan celosamente sus secretos, pues de haberlo hecho quizás la historia de nuestra raza habría cambiado.


Pasé meses hundido en mis pensamientos, urdiendo un plan apropiado, y años más tarde incendié todo lo que amaba. El fuego se calma con fuego. Y el fuego de mi alma quería consumir todo a su paso. Realmente deseaba hacerlo. Ansiaba hacerlo. Sin embargo, no sentí ninguna satisfacción personal. Años más tarde me di cuenta que la venganza no trae nada bueno, sólo coloca lastres a nuestros pasos y nos involucra en circunstancias catastróficas. Quise pedir disculpas, limpiar mi alma de las heridas que yo mismo había provocado, pero él no las aceptó. Su orgullo le impedía doblegarse y aceptar. Ese maldito orgullo que nos condenó a ambos.  

domingo, 23 de noviembre de 2014

Dolor

Armand empieza a intentar dejar a Marius, pero dudo que lo logre. 

Lestat de Lioncourt 


—Debería olvidarme de ti, de mis sueños y todo lo que una vez quise tener. Mi vida se ha convertido en un terrible enjambre de dolor y decepciones. Sin embargo, siento que me fundo en ti lentamente cuando me tocas. Mi alma tiembla mientras me mientes, besas y juras que me amas. Quiero creerte, pero sé que debería huir antes de sentir tu rabia—dije apretando los puños.

—Olvidar es terriblemente complicado—contestó sin bajar el pincel. Sus ojos fríos y azules se concentraban en las numerosas pinceladas de su nueva obra. Parecía una estatua de mármol, pero sus elegantes movimientos le conferían una vida extremadamente sensual. Sus labios parecían cincelados, al igual que sus pómulos y su mentón. Tenía el cabello suelto y rozaba su pecho por encima de su túnica borgoña.

—Aún lo es más amarte—respondí.

Dejó el pincel sobre un pequeño soporte, se apartó del caballete y se aproximó a mí. De inmediato di un par de pasos hacia atrás, mirándole con cierto temor. No quería que me tocara, besara y susurrara palabras tan falsas como las estrellas del fresco que estaba sobre nuestras cabezas.

—Te amo, querubín—dijo tomando mi rostro entre sus manos, abarcándolo con una delicadeza inusitada en un gigante como él.

—Mientes—chisté a punto del llanto. Contenía mis lágrimas intentando ser todo lo fuerte que jamás había sido. Una fuerza que se debilitaba con su sola presencia. Quería sentir sus brazos rodeándome. Si bien, quería convencerme a mí mismo que ya no había nada por lo que luchar.

—No. No dudes de mi palabra—musitó inclinándose hacia mí, pero retrocedí. No acepté su beso. No podía aceptar que me besara.

Podía sentir sus labios rodando por mis mejillas, igual que mis lágrimas. Si bien, me alejé. Sabía que él amaba a otros, que tenía el corazón dividido mil veces. El mío, mi frágil corazón, se estaba quebrando. Esperaba aún que me buscara, pero sólo se alejaba aún más. El mundo nos había dividido. El amor que teníamos se estaba esfumando.

—Dudo de tu amor—susurré—. No dudo sólo de tus palabras, sino del amor que alguna vez me tuviste.

—¡Cómo te atreves! ¡Te lo di todo!—gritó furioso.

—No—dije tembloroso. Temía su ira, pero a la vez deseaba sentir que se molestaba ante mí. Necesitaba creer que me amaba y que le molestaba saber que me alejaba.

—¡Te di el mundo entero! ¡Te salvé y coloqué mis sentimientos a tus pies!—me agarró de los brazos sacudiéndome con fuerza, provocando que mis largos cabellos pelirrojos cayeran sobre mi rostro.


Rompí a llorar quejumbroso. Me dolía. Era terriblemente doloroso. Como pude me aparté de él y huí. Corrí por el palazzo buscando la salida, pues no deseaba escuchar ni una mentira más. Estaba tomando una terrible decisión. Sabía que su ira me alcanzaría y me torturaría durante años. Si bien, necesitaba huir. Al encontrar la puerta principal, tomando el pomo para abrirla de un empujón, y sentí la liberación final en el aire turbio de los canales. Pronto noté que mi alma se hundía en la miseria, del mismo modo que una barca que se pudría tras años de olvido. Amarlo siempre me había condenado, pero después de todo lo ocurrido ya ni siquiera era capaz de mantenerme en pie aceptando la verdad.  

Sangre, oro y pasión

Antes que se traumen les recuerdo que Marius es el amo del BDSM. Marius y Pandora derrochando pasión, amigos mío.

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado unas pocas semanas. Tan pocas que la vida parecía ser demasiado acelerada. Era como si se escapara de entre sus dedos, aunque ya no debía temer a la muerte ni a padecer enfermedad alguna. Nada podría tocarla. El perfume de los cementerios no se pegaría a su cuerpo y la eternidad esperaba abriendo sus brazos como una Diosa. Si bien siempre hay un pero y ese pero era Marius. La vida social de Marius seguía existiendo y exigiendo que se paseara por la ciudad como si fuese un magnífico mecenas, un hombre con unas virtudes increíbles y mucho dinero en la bolsa.

Había escuchado numerosos rumores. Según él iba a matar vampiros de la Secta de la Serpiente, quienes consideraba como una plaga. Para Marius, ellos eran peores que ratas y transmitían una enfermedad que atrofiaba la sensatez de cualquier otro vampiro. Sin embargo, no eran sólo esos sus quehaceres en la ciudad. En medio de la noche se encontraba con senadores, filósofos y hombres de la alta sociedad que lo invitaban a probar los manjares de los lupanares más lujosos. Él era un mecenas y muchos de ellos lo tenían en alta consideración.

Era la quinta noche sin aparecer por la vivienda. El altar que ambos habían ordenado construir estaba repleto de flores frescas, nuevas velas de cera blanca de abeja iluminaban todo, y había cierto aroma a mirra que surgía de dos enormes platos de oro situados a ambos lados de Los Que Deben Ser Guardados. Él no lo había hecho, tampoco sus sirvientes. Flavius no era capaz de aparecer por aquella sala, pues los temía. Para él eran monstruos terribles y silenciosos. No había sido otro que ella.

Pandora estaba allí recitando poemas mientras colocaba los últimos ornamentos de flores. Akasha miraba al frente, al igual que Enkil, como si sólo fueran estatuas. Tenían ropas nuevas, de lino, con unos llamativos bordados de oro y unos elegantes brazaletes que habían sido limpiados con esmero. Las gemas de sus anillos brillaban gracias a la luz de las velas que incidían en ellos. Ambos estaban descalzos aguardando que ella colocara nuevamente sus sandalias. Los había lavado, como siempre hacía, y colocado aquellas ropas con cariño y cuidado. Él no estaba realizando sus ocupaciones, pero ella jamás incumplía con sus visitas diarias.

Interrumpió en la sala pensando que tendría que hacer el trabajo de las anteriores noches, pero quedó fascinado por la belleza y el perfume que flotaba en el aire. Era como si la naturaleza misma se hubiese adentrado en la lúgubre, aunque hermosa, sala donde se encontraban ambos tronos. Los frescos de aquel paradisíaco jardín parecían cobrar vida gracias a las flores. Las aves, de hermosos plumajes, daban la sensación de intentar emprender el vuelo.

—Vaya, veo que alguien al menos recuerda servir a los padres—dijo ella, al percatarse que se había dignado a aparecer—. ¿Regresaste de tus correrías por Roma?

—Siempre, que tú lo olvidaras no significa que yo lo hiciera—maldecía el haber estado fuera, pues únicamente había ganado nuevas excusas para increparlo. Deseaba doblegarla en ese mismo instante arrancándole la ligera túnica que cubría su delgado cuerpo—. ¿Mis correrías? Estuve intentando librar al mundo de esa plaga.

—Oh, sí—movió ligeramente la cabeza en tono afirmativo y lo encaró con unos terribles ojos acusadores—. En los burdeles, ¿no es así?—deseaba abofetearle, empujarlo y huir de su presencia. Estaba terriblemente dolida y decepcionada. Su vida en común no era como ella esperaba. Nada era como ella esperaba—. Se que vas a revolcarte con otros Marius. No me tomes por estúpida.

—No, no es así—mintió—.Y aunque así fuera, ¿no estoy aquí? Te he venido a buscar, Pandora—frunció sus cejas y mostró una severa mirada llena de desaprovación—. No empieces una discusión que no podrás ganar.
—O que tú no podrás soportar—dijo, nuevamente acomodando las flores junto al trono de Los Padres ignorando por completo a su creador.

—¿Eso crees?—sonrió escuetamente intentando dominar la molestia que comenzaba a sentir—. Sabes que he terminado sumándome al desastre —dijo recorriendo su espalda con sus ojos claros, casi del color del hielo—. He perseguido a seres terribles, regreso a casa y me encuentro a mi mujer echándome las culpas de todo y nada.

—¿Tú mujer? ¡Sí, claro!—exclamó furiosa mientras continuaba acomodando todo. Los hermosos lírios parecían querer troncharse en sus finos dedos. Deseaba arrojar el jarrón a su cabeza, la cual parecía hueca en esos momentos, porque se sentía engañada—. Supe que estuviste esta noche, y toda la semana, en un burdel Marius. Tus amigos del senado hablan de tus hazañas con las esclavas, que las dejas exhaustas—pero lo que más le dolía eran sus comentarios sobre el delicioso placer que ejercía sobre los varones. Se sentía tentada a escupir cada una de las palabras que ella había logrado leer en sus mentes—. Oh... sí.

—Si tanto he disfrutado en el burdel, ¿por qué estoy aquí?— preguntó acercándose a ella conteniendo la furia—. Dímelo, ¿eso también te lo han contado mis amigos senadores?

De inmediato se alejó del jarrón dejando los lirios caer al suelo, pues quería apartarse de él y su cínica presencia. Al pasar por su lado lo empujó apartándolo de la puerta de acceso al templo, intentando ignorar sus comentarios. Marius contuvo su rabia tan sólo unos segundos, pero no se controló demasiado. Fue tras ella agarrándola del brazo derecho, tirando de su cuerpo para pegarlo al suyo, y la miró a los ojos. Esos ojos oscuros que parecían perlas negras en mitad de un océano de espuma blanca. Eran ojos castaños, casi negros, que derrochaban una vida que él quería aprisionar entre sus garras. Era el monstruo que la había condenado, su creador, y merecía un respeto, cierta pletiesía, como si fuese un Dios.

—No aceptaré tus reclamos esta vez—murmuró forcejeando con ella—. He venido y aceptarás mi compañía—ella lo miró con rabia y él le regresó la mirada—. Aún así, para que te quedes tranquila, te diré que te perdono por todas tus ofensas.

Rápidamente Pandora llevó su mano a su cuello tocando con el índice el carmín que aun prevalecía en éste, se lo mostró y propinó una fuerte bofetada.

—¡Perdonarme? ¡Tú eres quien se va de burdel en burdel y si yo oso pasar unas horas con Flavius en la biblioteca leyendo te enfureces!—gritó provocando que algunos de los esclavos se giraran dejando sus obligaciones. Algunos estaban limpiando y acomodando la sala cercana, la biblioteca, donde ésta se dirigía posiblemente a calmar su dolor con algunos poemas de Ovidio. Flavius estaba allí, sentado, esperando que la discusión no generara más daños. Hacía tan sólo unos días que había logrado restaurar parte de una de las salas donde los jarrones habían volado, el fuego había alcanzado las cortinas de seda y la cama se había convertido en un montón de cenizas—. ¿Es justo acaso vivir bajo tus órdenes sin que tú sigas tus reglas? ¡Es justo acaso!—su voz sonaba firme, dominante, y completamente entregada a la furia que en ella se avivaba como una poderosa llama. Como pudo se deshizo de su agarre y entró al fin en la biblioteca. Los sirvientes huyeron, salvo Flavius que permaneció allí observando a su querida señora.

—¡Pides justicia cuando te regalas a sus brazos!—gritó furioso sintiendo una ira casi incontrolable. Señaló al pobre sirviente que tan sólo soltó la pluma y se incorporó. Su pesada prótesis de mármol, tan perfecta como dolorosa para un hombre que fue un valiente cazador, sonó sobre el piso y provocó que lo mirara con mayor rabia. Si bien, enfocó su mirada nuevamente en Pandora para gritar sus convicciones. En ese momento Flavius alcanzó la puerta. Deseaba huir antes de ser destruido. Sabía que debía preparar un carruaje en caso que su señora quisiera huir, aunque fuese unos días, del hogar que compartían— ¡Eres mía! ¡Yo te creé! ¡Me perteneces!—dijo golpeando la puerta al cerrarla tras de sí— ¡Me perteneces y no deberías alzarme la voz! ¡Cómo te atreves a gritarme y a golpearme!

—¿Tuya?—gritó furiosa— ¡Ni que fuera tu esposa, Marius!

—¡Eso me pediste cuando te creé!—estaba furioso, tanto que la agarró de ambos brazos y la empujó contra una pared cercana—¡Eres mía desde que te hice mi compañera! Es un vínculo más sagrado que el de un papel que nunca cumples. ¿Con cuántos hombres te casaste? ¡Si incluso perdiste la cuenta! ¡Estoy seguro!—sus colmillos asomaban, sus ojos estaban cargados de furia—Eres mía...—susurró con rabia— Y si quieres puedo demostrártelo.

—¿Y a ti qué te importa? —gritó furiosa empujando a este con el poder de la mente— Soy igual de fuerte que tú así que no intentes manipularme o dominarme Marius —dijo con rabia arrugando la nariz y el entrecejo mostrando de igual forma sus colmillos— no inicies una pelea que no ganarás, no aquí. ¡No ahora!

—¡Puedo ganarla! ¡De hecho ya la gané! ¡Soy un hombre y tú sólo una mujer!—dijo elevando aún más la voz. Se acercó a ella de nuevo con una fuerza superior a la suya, intentando dominarla. Tenía sus manos aprisionando sus brazos, prácticamente rompiendo sus huesos, mientras clavaba sus ojos como dagas en los suyos— ¡Eres mía!—gritó antes de inclinarme robándole un beso. Al apartar sus labios de ella la soltó y la tomó del rostro, intentando controlar su ira pues podía hacer arder todos los libros de la sala si se descontrolaba. Y eso, sin duda, sería un desastre—. Amor mío, hermosa mía, ¿no ves que no tienes razón? Evita esta pelea absurda.

—¡Marius!—lo nombró llena de ira lanzándolo por los aires, haciendo se estampara contra una repisa, y al verlo tendido se lanzó sobre éste tomándole del cuello, hundiendo sus uñas, destrozando su traquea con una sola mano completamente desencajada por la ira— ¡Jamás! pero... ¡Jamás me subestimes!

Deseó gritar, pero le fue imposible. Su boca se llenó de sangre. Se incorporó apartándola de un empellón mientras se recuperaba, mirándola con furia, y provocando que su ira, la ira que intentaba contener de forma torpe, incendiara parte de los libros que tanto ella como él acumulaban. El fuego a sus espaldas se alzaba consumiéndolo todo mientras daba pasos firmes y terribles hacia ella. La madera crujía cediendo, los libros caían de la repisa envueltos en llamas y la seda de las cortinas se consumía con rapidez. El tintero y los documentos de Flavius empezaban a consumirse, convirtiéndose sólo en un manchurrón negro que eran engullido por las llamas.

—Debería destruirte, pero te amo demasiado—susurró con cierto esfuerzo—. ¿Cómo te atreves? ¡Cómo!—gritó furioso lanzándose contra ella.

—Dos podemos jugar el mis juego—dijo incendiando sus ropas, viéndolo de forma altiva y triunfal, llamando a los sirvientes para que apagasen el fuego. Ella acabó saliendo de esa habitación, mientras el revuelo se iniciaba en el pasillo y los cubos de agua, desde el pozo del jardín, se iban acumulando—. Diviértete con tu fuego —comentó tomando la capa de las manos de Flavius, el cual había regresado dispuesto a llevarla lejos de la vivienda, cubriéndose con ésta bajando a pasos apresurados la escalera cercana, la que daba acceso al pasillo donde se hallaba la cuadra.

Él como pudo apagó sus ropas. Si bien, tenía algunas heridas, aunque leves, y aún sentía en la boca su propia sangre. Ese sabor metálico que tanto le entusiasmaba cuando era de sus víctimas, pero que siendo suya le llenaba de rabia. Se movió rápidamente tras ella, para atraparla empujando a Flavius lejos de ella.

—¡Te he dicho que eres mía!

—¡Flavius! —gritó corriendo hacia él— ¿Estás bien? —dijo ayudando a levantarse. Aunque ella no fue la única. El esclavo era adorado por sus compañeros debido a su amabilidad y respeto, así como la dulzura que despertaba en todos al recitar los poemas más hermosos de cientos de poetas griegos y romanos. Todos lo ayudaban, pero Flavius se sentía herido más allá del golpe. Sentía un terrible dolor en su pecho al ver de ese modo a su señora. Quería consolar a la mujer que tanto admiraba, pero sabía que le arrancarían los brazos si lo hacía. Pandora se volteó hacia Marius llena de dolor y decepción por sus salvajes actos.

—¡No me mires así!—sus ojos estaban cegados por la rabia— ¡No te atrevas a juzgarme cuando tú tienes la culpa!

De inmediato se incorporó propinando una fuerte bofetada frente a todos. El silencio se hizo presente y audible unos segundos. Los ojos fieros de Marius eran dos poderosas bolas gélidas cargadas de rabia, los de Pandora estaban a la par.

—Llévenlo a su habitación—dijo sin girarse hacia ellos—. Ahora mismo estaré con él—declaró.

Marius se dio la vuelta marchándose de la habitación. No había dado la pelea por perdida, simplemente se marchaba para no terminar destrozándola de la forma que él deseaba. Ella, por el contrario, sí lo había hecho. La molestia ardía aún en su pecho, pero era mayor la preocupación que sentía por Flavius. El esclavo se recuperaba de sus heridas, las cuales eran meras magulladuras, y cuando éste se quedó dormido decidió marcharse a la cámara de Los Padres a continuar con sus deberes.

ÉL decidió quedarse en el jardín, contemplando las estrellas en un mar oscuro y terrible. La ira lo consumía. El olor a pergamino quemado se alzaba por encima de las flores. La brisa arrastraba cierto frescor a sus heridas, las cuales ya estaban prácticamente sanadas. Su orgullo había sido herido, tan profundamente que podía sentir cada marca, y ella lo pagaría. Intentaba pensar cómo y cuándo.

Pandora lo vio desde la ventana. Él estaba tan sólo a unos metros contemplando las ramas de los árboles, disfrutando de la hierba entre sus pies desnudos y permitiendo que la brisa lo sosegara. Pensó que debía hablar las cosas con seriedad y calma, sin excesos, pero estaba equivocada. Al llegar a su encuentro notó que seguía tan furioso como hacía unas horas. Podía percibirlo.

Marius —dijo entrando en el jardín. Le habló con seriedad intentando que se percatara que había ido a terminar con la pelea como dos personas adultas, y no como dos monstruos.

Él obvió sus palabras. Hizo como si no la escuchara. Permaneció de pie mirando el horizonte como si eso fuera lo único que pudiese y debiese hacer. Ella, por el contrario, respingó enojada por su actitud.

—Bien, entonces me marcho—sentenció.

—No, hermosa mía, quien se marcha soy yo— dijo con severidad en su voz, pero cierta calma. La calma que venía tras la tempestad. El ojo del huracán—. Me iré a recorrer esos burdeles tan magníficos que dices que visito. Dejaré que otras mujeres me den lo que tú no puedes.

—¿Es una amenaza Marius? —dijo cruzándose de brazos evidenciando aún más su pronunciado escote, a la vez que levantaba sus pechos con delicadeza. Deseaba que se concentrara en ella y finalizar con un encuentro carnal. Quería olvidar lo que había ocurrido, como si sólo fuera un borrón en su historia.

—Es una certeza—respondió girándose para contemplarla—.Vine aquí buscando tu amor, el calor de tus brazos y la pasión de tus labios, pero decidiste increparme injustamente. Si bien, yo te perdono.

—Vaya qué generoso eres —dijo acercándose quedando frente a él. En la mano derecha llevaba una cuerda, la misma que usaba para poder mover con una polea a los padres mientras los cambiaba de ropas—. Dime que te vas ahora—se amordazó con un pañuelo de seda, uno de tantos que él le había regalado, y entregó la cuerda, clavando la mirada una vez más, para echar caminar hacia dentro.

Apretó su mandíbula observándola. Ella sabía encontrar sus debilidades, enterrando su ira en el deseo. Acarició la tosca cuerda trenzada, la contempló unos segundos y luego alzó la vista hacia su figura. Sus ojos se pasearon por sus caderas que se movían insinuantes y sus hermosos brazos desnudos. Deseaba oprimirla contra él, destrozarla y besar sus labios con la boca manchada de sucias palabras de amor.

—¿Es una invitación o una trampa?—preguntó caminando tras ella.

Ella entró a aquel corredor oscuro que conducía a la cámara de los padres, deshaciéndose por el camino de sus ropas y joyas. Los brazaletes quedaron en un pequeño pedestal en la entrada, al igual que sus pendientes, su toga de seda cayó a pocos pasos de la entrada.

Él podía haberlo recogido para oler su aroma, un aroma único que le excitaba, pero estaba concentrado en sus pensamientos. Sus pasos eran tan lentos como precisos. Sabía bien hasta donde lo conducía. Era el lugar de los padres, donde descansaban ambos como si fueran hermosas esculturas de mármol. No se acercó a ella hasta que se deshizo de sus ropas y joyas, tirándolas a un lado y abandonándolas antes de insinuarse frente a él. De inmediato se acomodó a su lado acariciando sus brazos y costados, dejando un suave beso en su hombro derecho, junto antes de colocarla de rodillas mientras ataba su cuello con la soga. Tiró de la cuerda provocando que echase hacia atrás su cabeza provocando que riera bajo. Iba a pagar todo lo que había hecho. Lo haría con creces. Pandora de inmediato dejó escapar un gemido de sus labios, y, sumisa se dejó hacer. Los suyos, los labios de Marius, se arquearon con una sonrisa cargada de sorna, disfrutando de aquella sumisión. Él, al contrario que ella, permaneció con su túnica y cama destrozada. Con la zurda tiraba de la cuerda, dejando marcas de roce y asfixie en su cuello, mientras buscaba con la otra el látigo que llevaba en su cintura. Antes que ella siquiera pudiese imaginarlo la aplastó contra el suelo colocando su cuerpo prácticamente alineado contra la fría superficie de mármol oscuro. Dejó que la cuerda estuviese menos tirante, pero fue porque deseaba tener cierta distancia para lo que iba a hacer. Sin pensarlo dos veces comenzó a azotarla con el látigo. Las siete colas de éste rozaban la suave y blanca piel de Pandora. Con cada latigazo una marca rosada surgía, igual que pequeñas gotas carmesí que brotaba de la herida que se cerraba demasiado rápido para poder contemplarla.

Ella sabía que él disfrutaba de azotar a otros. Había escuchado cientos de historias sobre sus artes crueles y vejatorias. Con ella aún no se había osado a cometer semejante delito. Pero allí estaba, arrojada en el suelo con la espalda llena de pequeñas lágrimas de sangre. El látigo golpeaba con furia y ella gemía entre el dolor y el placer. Sus piernas se abrieron como si le invitara a disfrutar de unas maravillosas vistas, mucho más hermosas que los Campos Elíseos. Su pubis, con aquel vello púbico arremolinado y negro, era tentador. Podía notar como comenzaba a sentir cierto calor entre sus piernas, pero él no cedía. Golpeaba con fuerza y destreza, justo en los puntos que quería. Cuando pudo percatarse de la lengua de Marius ya era tarde. Él había dejado de azotarla, inclinándose sobre ella para pasar su lengua por el rastro de sangre. Gota a gota se derramaba por su piel de leche y él la recogía. Aquello la excitó de sobremanera. El olor de la sangre, la lengua suave y húmeda, las manos firmes agarrándola de la cadera. Se sentía perdida en un mar de caricias, pero su voz profunda surgió de la nada susurrando como un espíritu maligno en el lado izquierdo de su cuello.

—Esto sólo es el principio. Pagarás caro tu osadía—dijo apoyando su barbilla sobre su hombro—. Mi orgullo está herido, querida mía, y tendrás que pagar el precio de tus actos—sentenció apartando hacia un lado sus largos y negros cabellos—. Aguarda.

Ella pensó que se desnudaría al fin, pues su túnica y capa estaban chamuscadas, manchadas con cenizas y sangre. Pero no. Él tan sólo se acercó a uno de los recipientes que contenían las velas, unos candelabros dorados que surgían como manos abiertas de las paredes, para sin aviso alguno derramar la cera derretida sobre su espalda. Ella se sintió extrañamente excitada notando como su sexo palpitaba. Él no podía dejar de pensar en como sacar toda esa rabia que tanto mal le causaba.

Agarró la soga y tiró de ella oprimiendo un poco más su largo cuello. Ella gimió y jadeó. La rozadura se borró rápidamente, pero verla durante unos segundos lo excitó. Colocó su pie sobre su espalda, pegándola contra el suelo, y sonrió perversamente. Miró a su alrededor la cientos de velas que iluminaban dándole a aquel lugar luz y gloria.

—Veo que te gusta la tortura—dijo apartándose para ir hacia otro de los recipientes, tomó la vela y al llegar hasta ella la giró.

Los ojos de Pandora estaban entreabiertos, como sus labios y sus piernas. Él decidió verter la cera sobre sus duros pezones de color café. Estos, tan hermosos y tentadores, destacaban en sus voluptuosos senos. La cera blanca fue salpicando estos, su vientre y parte de sus muslos. Ella gemía moviendo insinuante su cadera, pero eso no la ayudó. Muy al contrario, avivó al monstruo.

Marius apagó la vela y la tiró al suelo, lejos de ellos, para luego tomar su látigo nuevamente. La punta, de siete colas, rozó las salpicaduras de cera mientras con su zurda, la mano que tenía libre, tomó la soga y tiró de ella una vez más. Cuando se irguió por completo azotó sus muslos con el látigo y dio directamente en su palpitante clítoris. Ella lo miró confusa. Quizás no comprendía porque se sentía tan excitada y sumisa, pero pronto comprendería que fue un error.

Su amante, su compañero, al que amaba a pesar de todo tenía unas ideas retorcidas para aquella noche. La miraba con un odio ciego y un libertinaje que hacía tiempo no veía en un hombre. El amor que solía surgir de su mirada, ese que tanto la encandilaba, a penas era visible. Él se inclinó y ella esperó un beso, una caricia o unas simples palabras sugestivas. Sin embargo, le dio la vuelta e introdujo el mango de su látigo en su interior.

Marius usaría el látigo como un glorioso juguete. Deseaba dejarla dolida, sumisa y completamente humillada. Los Que Deben Ser Guardados custodiaban el momento en silencio. Parecían tan sólo la el hermoso envase vacío de dos almas. No carecían de vida. Ninguno hacía nada por los chillidos de Pandora. Ella gritaba ante aquel grueso objeto introducido en su vagina. No era lo suficientemente ancha para soportar el grueso mango, el cual se movía con firmeza y cierta cadencia por parte de su amante.

—¡Marius! ¡No!—dijo deshaciéndose de las ataduras, para intentar huir—. ¡No!

—¡Cállate, mujer! ¡No te di derecho alguno a levantar la voz si no es para gemir como las putas que dices que tanto disfruto!—gritó con un tono de voz que la asustó.

La voz de Marius era distinta a la habitual. Parecía haber caído preso de una maldición o de un poderoso espíritu, el cual se enredaba en sus cuerdas vocales y echaba raíces en su alma. Envenenado por la ira, el odio y el orgullo herido no pensaba en algo más que una noche de disciplina para su mujer, la cual debía obedecerlo como la mejor de las esclavas.

Ella no desistía en su empeño de buscar refugio en Akasha, pues sabía que ella quizás podía interceder. Si bien, Padre y Madre no movían ni un músculo. Eran dos figuras de piedra con los ojos que parecían gemas perfectas. Sus pelucas cepilladas, sus magníficas vestiduras y sus manos enjoyadas les daban una imagen irreal. Parecían ser parte del fresco del muro tras sus tronos. Marius ejercía una fuerza jamás vista ni usada con ella. No podía doblegarse. La mano izquierda de su esposo inmortal atenazaba su cuello, apretando sus cuerdas vocales impidiendo que pudiese hablar. En el forcejeo habían acabado en la hilera de alfombras de seda que se dirigían al altar, allí donde los tronos hacían descansar aquellos dos gigantescos monstruos silenciosos.

—¡Marius!—logró gritar con un tono lastimero, lleno de dolor.

—¡Cállate, he dicho!—gritó tirando de la soga para arrastrarla con furia hacia los escasos peldaños del trono—. Hoy te ofrezco a nuestros Padres Inmortales en sacrificio. Ellos disfrutarán de tus lágrimas y gritos, apreciarás mis órdenes y verás que ellos las aprueban. Verán en ti la sumisión y el respeto que merezco—dijo con rabia incorporándola mientras seguía moviendo el látigo en su sexo.

Pandora lloraba. Algunas lágrimas habían surgido bañando sus mejillas. Sentía dolor y desprecio. Quería huir. Necesitaba ayuda, pero ellos no movían un solo músculo. Forcejeaba aún, intentaba marcharse, pero él la mordió en el cuello para drenar parte de su sangre y dejarla sin energías. Sacó el látigo de su vagina dejándolo a los pies de ambos, húmedo por sus fluidos, y de inmediato introdujo el dedo índice y anular en su interior. Movía los dedos de una forma que la hizo gemir, momento en el cual la soga dejó de apretar. Sus pezones estaban tan duros que parecían diamantes que lograrían cortar cualquier cristal. Él la empujaba lentamente para que caminara hacia el trono, en dirección a Akasha.

Marius quería que la contemplara completamente hundida en sus deseos. Por eso mismo la arrojó a los pies de Madre y continuó masturbándola. Hacía aquello con tanta precisión que ella no podía hilar ya pensamiento alguno. Llegó a ensancharla tanto que le cabía la mano por completo, cosa que aprovechó para meterla y estimularla de ese modo. Los largos cabellos de Pandora caían sobre su espalda, rostro, hombros y pecho como una cascada de aguas nocturnas.

Finalmente, Marius se detuvo para quitarse sus destrozadas prendas. Las arrojó a sus pies, al igual que la arrojaría a ella. Su presa cayó de rodillas, a pocos metros de la Reina, frente a su miembro duro y desafiante. No había pensamiento racional en aquella mujer llena de fuerza y entereza, pues lo único que buscaba era saciar el calor que ardía sofocándola. Si bien, sus gemidos quedaron ahogados porque él decidió disfrutar de un oral tan magnífico que ni siquiera las mujeres, y ocasionalmente hombres, de los burdeles habían logrado ofrecerle. Ella era una bestia que buscaba recorrer cada pedazo de piel como si fuera el más delicioso néctar.

Durante varios minutos sólo se escuchaban los gemidos y jadeos de Marius, así como unos terribles gruñidos y el golpeteo de sus testículos contra el mentón de Pandora. Akasha permanecía inmóvil, al igual que Enkil. Ambos tenían sus ojos al frente, pintados con una delgada línea negra que acentuaban sus rasgos, y la boca cerrada. No habían mostrado su beneplácito, pero tampoco su disgusto.

El miembro de Marius tenía gran tamaño, pero más bien era su grosor el que la ahogaba. Su nariz golpeaba el vello dorado que coronaba éste, sus testículos se movían inflamados y golpeaban rítmicamente a la pobre de Pandora. Ella sólo apretaba sus labios y dejaba que su lengua se convirtiera en un látigo húmedo, diestro y cálido. Él acabó echando la cabeza hacia atrás sintiendo como el calor lo consumía. Ambos estaban perlados en sudor sanguinolento dándoles un aspecto dantesco.

Cuando se cansó de aquello, y sintió que era el momento, la apartó subiéndola al regazo de Akasha, como si fuera una hermosa muñeca, y la penetró mirando a ambas a la cara. La reina la rodeó con sus poderosos brazos, aunque no la lastimaba, y él tomó impulso apoyándose en los reposabrazos de la silla cubierta con pan de oro. Las piernas de Pandora se abrían como las alas de una mariposa, lo rodeaban como la soga y empezaban a enrojecerse sus ingles por apretarlo contra ella. Las manos de su amante acariciaban su torso y pellizcaban sus pezones, una muestra lejana a la sumisión que él aceptó por el hondo placer que sentía. Arremetía cada vez con mayor fuerza, provocando que el cuerpo de ella se moviera sobre el de Akasha. Las prendas de lino blanco que llevaba la Reina quedaron sucias, prácticamente destrozadas, y las joyas se clavaban en la espalda Pandora, además de enredarse en sus largos y sedosos cabellos.

—¡Oh, Lydia!—gritó el verdadero nombre de su amante, haciendo que ella entrara en una vorágine de placer.

Pocos eran los que sabían su verdadero nombre, pues lo había cambiado por su seguridad. Pandora era sólo un mito, una fachada, pero quien estaba allí aceptando aquel trato cruel era Lydia. La misma Lydia que le recitó poemas de Ovidio cuando sólo tenía nueve años y él se deleitaba con su elocuencia. Esa misma mujer que con su mayoría de edad le proclamaba su amor y entrega, rogando ser casada con él. Una hembra de vampiro que él había creado y que en esos momentos obedecía gimiendo para él ante la absorta mirada de aquellos que habían jurado proteger.

Marius acabó derramándose dentro de su esposa inmortal, como así se declaró ella cuando el vínculo de la sangre los unió y separó a la vez, y ella alcanzó la cima del Monte Elíseos al fin. Pudo ver el paraíso con sus propios ojos, los saboreó y tentó con sus dedos. Él la besó y Akasha la soltó. Con cuidado Pandora se giró hacia Madre y bebió un ligero trago de su cuello. La Reina pudo apartarla, pero esta se lo concedió.

Después de ese momento cómplice ambos se miraron en silencio durante largos minutos. Él la bajó del trono y la recostó en la alfombra, a su lado, mientras recorría su cuerpo con besos y caricias lejanos a la brusquedad y tortura. Notó entonces que había roto algunas costillas en el forcejeo, las cuales se reconstruían mientras ella miraba el techo plagado de pinturas. Las aves parecían trinar, el sol pintado entre las nubes quemaba más que la cera de la cual aún tenía restos, y los pétalos de flores eran una fragancia similar al del amor más puro. Los dos quedaron allí arrojados largo rato, justo antes de cerrar bien las ventanas y decidir descansar bajo la atenta mirada de Los Que Deben Ser Guardados.  

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una página más en nuestras vidas. Memorias que se suman.

Bueno, creo que alguien tendrá que correr frente a un hacha por tocar al "angelito bizantino" de Armand. 

Lestat de Lioncourt 


—Era cierto lo que decías—sus enormes ojos azabaches recorrían cada rincón de mi extensa biblioteca. Él era Benjamín Mahmoud, una de las ultimas criaturas que había tenido la dicha de ser creada por el poderoso y milenario Marius.

En apariencia era un muchacho de unos doce años, aunque aparentaba unos dieciséis por la vida dura que había llevado. Ese pequeño receptáculo de hermosa y cándida belleza, de mejillas llenas y boca carnosa, escondía a un hombre de aproximadamente treinta y tres años. Era un hombre adulto que jamás crecería, ni desarrollaría su cuerpo más allá del metro sesenta y pocos centímetros que llegaba a alcanzar. Era unos centímetros más bajo que Armand, poseía un cuerpo delgado y unas manos muy hábiles. Se había dedicado a robar carteras y subsistir en un mundo terrible, pero el vampiro no lo permitió. Cuando conoció a Benjamín, el pequeño Benji para él, sintió que su corazón quedó secuestrado por su inteligencia y dulzura. Armand comenzó a amarlo sin evitarlo y Marius lo transformó declarando que lo hizo porque creyó era lo que debía hacer en ese momento.

Pronto, Benji, demostró que era un chico hábil e inteligente. Siempre se interesó por la literatura. Después de la gran aventura en la cual Amel susurraba insistentemente en la mente de los poderosos y antiguos milenarios, una aventura que ha quedado reflejada en el libro «Prince Lestat», prometí que conocería mi biblioteca personal.

—Te dije que te recompensaría tu gran ayuda—dije guiándolo por las numerosas hileras de los numerosos, y en ocasiones pesados ejemplares, que poseía.

—Tienes cientos de libros—susurró asombrado.

—Muchos los he escrito yo—expliqué señalando una de las altas estanterías. Tenía un pequeño título en la parte superior donde se podía leer «TALAMASCA» en una placa metálica y dorada con letras en negro—. He decidido recopilar las historias que he ido viviendo, amontonándolas en esos gruesos volúmenes que posiblemente nadie lea.

—Yo lo haré—dijo decidido—. Necesito leer todo lo que tienes aquí.

—Tu ímpetu me recuerda al hombre que fui cuando era sólo un joven mortal.

Era una necesidad insaciable de saber. El conocimiento era algo importante entre los nuestros. Cuanto más sabíamos más peligrosos éramos, pero a la vez más vacíos podíamos sentirnos. Algunos buscaban una respuesta que no se hallaba en ningún libro, la cual terminaba siendo encontrada en su propia destrucción. Cuando ocurrió la aventura del velo de la Verónica muchos se lanzaron a las calles en pleno día, entre ellos Armand, porque creían haber hallado la verdad definitiva.

—¡Oh! ¡Algunos son muy antiguos!—exclamó correteando hacia el fondo de la sala.

Allí, amontonados con cuidado, se hallaban los ejemplares más antiguos. Algunos de ellos tenían tal antigüedad que era casi una osadía tocarlos demasiado. Poseía algunos metidos en una urna, intentando protegerlo, para que no les pasase nada.

—Varios tienen más de tres siglos—expliqué—. Son libros que pertenecieron a mis antepasados. Muchos cuentan la historia familiar, otros sólo son ejemplares de la literatura inglesa que tanto amo.

—Normal, los británicos siempre amaréis vuestra cultura por encima de cualquier otra—no lo dijo con mala intención, pues realmente era así. Nosotros nos sentíamos orgullosos de nuestra cultura.

—Me hace feliz que estés aquí—dije colocando mis manos sobre sus menudos hombros.

—Sinceramente, yo también lo estoy—giró su rostro, me miró pausadamente y esbozó una sincera sonrisa que me cautivó. Seguía siendo un ladronzuelo, pero en esta ocasión de sentimientos. Me había arrebatado el corazón con tan sólo una ligera y cándida sonrisa.

Me sentí preso en esos momentos de la tentación. Quise inclinarme y besar su boca arrebatando un candente beso, hundiendo mi lengua entre sus labios, para hacerlo sentir preso de mis brazos. Pero no lo hice, ya que rápidamente deseché la idea por completo.

—No tanto como yo—dije apartando mis manos de él—. La soledad es dura cuando la admites finalmente, abrazándola con fuerza y dejando que el dolor se clave en tu pecho.

—Soledad...—murmuró girándose del todo hacia mí.

—Así es—mi voz tenía un tono suave, casi como si estuviésemos en una biblioteca común donde el silencio es importante.

—Yo en ocasiones la he sentido—dijo llevando su mano derecha a su corazón, como si aún le doliera cargar con esa terrible maldición.

—Es terrible, pero dudo que un ser con tu rostro de ángel pueda sufrir tal desdicha—dije tomándolo del rostro con ambas manos—.Todos te aman Benji.

—David la soledad puede venir incluso rodeado de miles de personas, lo sabes—su mirada dejó de tener cierto brillo, desprendiéndose por completo de la inocencia y desnudando, al fin, el alma adulta que contenía.

—Benji...—balbuceé inclinándome hacia él.

Mi boca se apoderó de la suya y sus pequeñas manos, tan suaves y agradables, se aferraron a la solapa de mi chaqueta. Sus dedos aprisionaban la cara tela que yo vestía con cierta elegancia clásica. Mis dedos, tan rápidos y desesperados, levantaron su suéter beige palpando su vientre plano y el borde de su pantalón. Sólo tenía unos jeans que marcaban sus redondas nalgas, las cuales quería hacer mías en ese mismo instante.

Me sentí como el maestro que antepone el deseo a su oficio. Un hombre adulto frente a lo que parecía un adolescente dispuesto a todo. Absolutamente todo. Era la tentación viva. Me recordó poderosamente a Merrick cuando nos conocimos. Era una niña avispada, con una destacada inteligencia y una madurez terrible.

—David... —dijo al sentirse libre de mi boca—. David... —jadeó de inmediato al notar mis labios en el lado derecho de su cuello.

Su diestra abrió su cremallera y condujo a la mía al interior de su pantalón. Su pequeño miembro empezaba a estar duro y palpitante. Aquellos pequeños labios se abrían como flores nocturnas. La suavidad de su piel dorada me desesperaba y arrancaba mi aliento. Presionaba su glande mientras le acariciaba lentamente, por otro lado él se bajaba del todo los pantalones y me rodeaba con sus pequeños brazos echándolos al cuello.

Buscó mi boca y me besó de una forma tan posesiva que olvidé por completo donde estábamos. Sólo existía ese beso. Cuando se apartó se arrodilló frente a mí, me sacó el cinturón y con un par de jalones bajó mi pantalón de vestir hasta los tobillos. Mi ropa interior acompañó a mis pantalones en un pestañeo.

—Déjame complacerte—dijo besando mi vientre, por debajo de mi ombligo, mientras sus manos acariciaban mis muslos y buscaban excitarme.

—Sí... sí... —jadeé agarrándolo de la nuca con mi mano izquierda y con la derecha, que hasta ese momento lo acariciaba a él, acabé guiando mi miembro hasta sus cálidos, carnosos y húmedos labios.

Al atravesar la suave barrera de sus labios, sin sentir siquiera un ligero roce de sus labios, me liberé. Acabé tomándolo de ambos lados de su cabeza mientras movía mi pelvis, de forma incontrolable, sintiendo como mis testículos golpeaban duramente su mentón. Su lengua acariciaba humedeciendo cada pedazo de mi miembro, pero también apretaba. Aquello era un momento demencial, demasiado increíble para no creer que era una mera fantasía.

—Benji... —dije sacando mi pene de su pequeña boca, para luego rozar mi glande por sus labios. Tenía una mirada llena de lujuria que me calentó aún más. Podía percibir como ambos nos perlábamos de sudor. Yo empezaba a sentirme preso de la camisa, chaleco, corbata y chaqueta que aún llevaba. Posiblemente a él le pasaba lo mismo con el suéter—. Benji...—jadeé masturbándome cerca de su cara. Él sacó su lengua y abrió su boca esperando que me metiera de nuevo, teniendo así un sexo oral que hacía tiempo no me ofrecían, pero no lo hice. Tan sólo coloqué mis testículos en su boca y él los aceptó con sumo gusto.

Finalmente lo aparté pegándolo contra un escritorio cercano. Di gracias a que estaba despejado. Sólo lo usaba de vez en cuando para dejar algunos volúmenes antes de prepararlos para llevarlos a otra biblioteca, mucho más pequeña, en New York. Allí, pegado contra el mueble, le arranqué literalmente la ropa. Mis poderosas y filosas uñas de vampiro rasgaron la ropa dejándolo desnudo.

Sin miramientos lo penetré, quedándome dentro de él sin moverme ni un milímetro. Después, me quité la ropa que me sobraba y la arrojé al suelo con rapidez. Él chilló al ser penetrado, pero luego se movía inquieto al notarme ya en su interior. No pude controlar mis manos y azoté sus nalgas que empezaron a quedar rojas, pero que pronto perdían su rubor. Agarré al muchacho por la cadera y presioné con mis dedos sobre sus huesos, para luego moverme con un ritmo candente. Era rápido y profundo, intentando que sintiera cada milímetro de mi miembro.

Sus gemidos eran altos, gritaba mi nombre y gruñía bajo palabras en su idioma natal. Por el contrario yo respiraba fuerte, aunque era un mero recuerdo humano, mientras gemía disfrutando de aquel oasis estrecho y cálido que era su interior.

—Benji, Benji... —decía inclinándome sobre él, para besar la cruz de su perlada espalda.

Cientos de gotitas carmesí brotaban de cada uno de nuestros poros. Sus delgados brazos estaban apoyados sobre la mesa y sus uñas rasguñaban la madera. Era como ver a un gato afilando sus garras. Por el contrario yo me encontraba de pie, arremetiendo contra él y echando de vez en cuando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, disfrutando del momento.

Él acabó manchando la mesa tras un largo gemido. Su interior me apretó deseando que yo me corriera. Pocas estocadas después, rápidas y desesperadas, me hicieron correrme en su interior. Lo bañé con mi cálido esperma y salí de él tambaleante. Acabé sentado en la silla del escritorio mirándolo y acariciándolo. Tras unos largos minutos en silencio él se movió, caminó tembloroso hacia mí y se subió a mis piernas para abrazarme ocultándose en mi pecho.


Tomé conciencia de todo. Era cierto. Había ocurrido. Esperaba y deseaba que Armand jamás lo supiera.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt