Santino, pobre Santino. Digamos que quiso enmendar su camino, pero alguien se lo negó. En parte comprendo a Marius, pero por otro lado creo que fue un error.
Lestat de Lioncourt
Rechazo. El mundo es rechazo. Es un
cúmulo de caídas en desgracias. Me sentí apartado del discurrir
habitual de la vida. Deseaba vivir, pero a la vez esto es morir cada
día. Cuando lo contemplé a él, emergiendo de las sombras,
comprendí que conocía algo más que yo no podía adquirir. Quise su
conocimiento, pues lo necesitaba. Sabía que ocultaba algo más que
talento, necesidades impías y un refugio para prominentes artistas.
Se desenvolvía con gracia entre los
mortales. Sonreía ligeramente, mostrándose afable, y era capaz de
entablar relaciones personales más allá de un saludo. Quería
comprender cual era el motivo de ese comportamiento. Yo sabía que él
guardaba un tesoro, algo que iba más allá del entendimiento de
cualquier vampiro joven.
La noche puede ser peligrosa, sobre
todo cuando alguien como él la manipula a su antojo. Vi devastación,
sangre, horror, pintura, oro, debilidad, deseos de grandeza y un
profundo orgullo. Lo vi en su forma de caminar y contemplarme, como
si fuera un insecto al cual arrancarle las alas, cuando sólo rogué
un poco de comprensión y conocimiento. Desconocía porque guardaba
tan celosamente sus secretos, pues de haberlo hecho quizás la
historia de nuestra raza habría cambiado.
Pasé meses hundido en mis
pensamientos, urdiendo un plan apropiado, y años más tarde incendié
todo lo que amaba. El fuego se calma con fuego. Y el fuego de mi alma
quería consumir todo a su paso. Realmente deseaba hacerlo. Ansiaba
hacerlo. Sin embargo, no sentí ninguna satisfacción personal. Años
más tarde me di cuenta que la venganza no trae nada bueno, sólo
coloca lastres a nuestros pasos y nos involucra en circunstancias
catastróficas. Quise pedir disculpas, limpiar mi alma de las heridas
que yo mismo había provocado, pero él no las aceptó. Su orgullo le
impedía doblegarse y aceptar. Ese maldito orgullo que nos condenó a
ambos.
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