Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta vampiros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vampiros. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de septiembre de 2017

Un nuevo amanecer

—¿Qué miras?—preguntó.

Había dejado la hermosa orquesta y a la encantadora Sybelle atrás. Decidió salir a buscarme a la terraza donde me encontraba apoyado en la balaustrada. Louis se hallaba dentro bailando con Pandora una vez más. Ella reía girando y girando como una peonza mientras Arjun tocaba el violín sintiéndose dichoso por contemplar a su creadora, amante y amiga tan animada. Marius estaba bailando también, pero con Bianca. Ambos mostraban un aspecto impecable de dos perfectos bailarines que parecían haber salido de alguna película romántica. Mi madre estaba sentada en una de las mesas del fondo y discutía con mi buen amigo David Talbot, Daniel Molloy y otros hombres sobre lo que había vivido en sus encuentros con espíritus antes y ahora. Armand suspiraba observando a Sybelle y de vez en vez fruncía el ceño al ver a los jóvenes montar cierto alboroto. La vida continuaba aunque habíamos estado en peligro una vez más.

—Las estrellas—respondí sin girarme para verlo.

Ya sabía que vestía un elegante Armani negro, con una camisa de seda de la misma tonalidad y unos elegantes zapatos Oxford. Llevaba el cabello recogido y hacía que sus hermosas facciones se viesen a la perfección. Me había quedado anonadado por la belleza que había tomado gracias a recuperar su entusiasmo tras el encuentro con Armand y luego con el resto de la Tribu. Recuperar a un viejo amante convertido en un buen amigo era, sin lugar a dudas, para mí un gran motivo de júbilo. Louis seguía mirándolo con malos ojos a ratos, pero no podía evitar sentir algunos celos debido a que nunca tuvo una gran autoestima.

—Ahora parecen distintas, ¿no es así?

Noté que se puso a mi lado y elevó su rostro hacia estas. Allí, lejos de la ciudad, se podían ver como antaño. Esas hermosas luciérnagas palpitantes, tan llamativas como misteriosas, nos saludaban cuando los Hijos de la Noche salíamos de caza igual que aves nocturnas.

—Siempre he pensado que era una buena metáfora, pero ahora tienen otro valor para mí—dije girando mi rostro para verlo bien.

—Para todos.

Había sonreído sus labios de corazón de cupido se vieron cubiertos de belleza y franqueza a partes iguales.

—Hay una conexión nueva con ellas, así como los espíritus que están en los diversos planos de este mundo. Somos una tribu más fuerte...—murmuré.

—¿Cómo te encuentras tras saber la verdad?—preguntó tomando mi brazo con sus manos, intentando llamar mi atención como lo haría un niño pequeño a su hermano.

—Sinceramente, no lo sé. ¿Importa si acaso?— Dije aquello tras una honda carcajada. ¿Importaba realmente? No sabía si importaba. Ahora lo necesario era encontrar cierta estabilidad para averiguar como estaba realmente mi alma.

—A mí me importa—susurró frunciendo el ceño.

—Además, no es sólo eso...—comenté soltándome para apoyar mis manos sobre sus hombros. Era muy menudo y tenía un aspecto algo desgarbado, pero si lo veías bien observabas a una criatura inmensamente hermosa en todos sus aspectos. Era un genio de gran talento, tenía bondad y también un rostro lleno de matices ambiguos.

—Oh, cierto...—dijo cerrando sus ojos azules para tomar aire ya que comenzó a sentirse nervioso. La muerte de un inmortal era sin lugar a dudas un hecho doloroso.

—Ya sabes...

—Lo sé, lo sé...—murmuró abrazándose a mí para darme cierto consuelo—¿Pero aún te queda esperanza?— Llegó a decir a mi oído cuando lo estreché con fuerza contra mí.

—Si él estuviese vivo habría venido a la corte, ¿no es así? Al menos se habría puesto en contacto con Arion—sopesé.

—Pero ella está muerta y tal vez ha decidido enterrarse unos años. Yo lo hice—argumentó mientras yo intentaba no llorar.

—Antoine, mi esperanza reside ya en otro modo de encontrarme con Quinn.

—¿Esperas que aparezca como Magnus? Tu creador tiene un corazón puro, ¿se puede decir que un espíritu tiene un corazón puro?— Dijo entretanto yo lo apartaba para verlo bien. ¡No tenía idea de lo importante que era para mí tenerlo vivo y tener de algún modo a mi creador cerca de mí! Yo, una criatura que siempre se sentía con una fuerte soledad y oscuridad en mi pecho, ahora me veía rodeado de criaturas que dependían de mí y que me hacían sentir constantemente arropado.


—Metafóricamente creo que sí, amigo mío—respondí con una sonrisa.  



Lestat de Lioncourt 

miércoles, 2 de agosto de 2017

Motivos

Mil veces me he preguntado los intrincados motivos por los cuales requiero tenerlo a mi lado. He meditado profundamente durante más de diez años de soledad negligente. Él entretanto se hallaba en Nueva York absorbiendo conocimiento, vivencias y asumiendo sus nuevos poderes. Siempre pensé que me odiaba por haberlo hecho menos humano aún de lo que ya era. Supuse que me atacaría en cualquier momento con sus reproches como castigo, pues él es buen conocedor de cuanto me duele discutir y encajar las letales sentencias de sus ojos verdes. Asumo mis culpas, mis pecados, mis desavenencias con sus pensamientos y también mi irrespetuosa forma de ser. Del mismo modo que asumí que gran parte de la culpa de la muerte de Claudia fue mía, pues no supe educarla y cargué sobre sus hombros un peso demasiado grande. Temía tanto que le pasase algo a él también, que me odiase de una forma terrible y que no fuese capaz de asumir todo eso que me marché. Huí. Me esfumé como quien dice porque no comprendía la mezcolanza de sentimientos que oprimía mi pecho.

Nunca lo he odiado o despreciado. Siempre he esperado que viniese a mí, pues del mismo modo aguardaba a que se fuera. Sé que hay miedo en su corazón con respecto a todo lo que vivimos y no vivimos, con lo que vimos y no vimos, y también con este nuevo presente que se abre lleno de posibilidades. Soy un ser nuevo, él también lo es. El mundo está cambiando y nosotros cambiamos con el mundo continuamente, pero a la vez seguimos siendo los mismos. Yo soy el cabrón, el canalla, el imbécil, el obstinado, aquel que nunca sigue las reglas y se apasiona por todo. Él es el sensato, el juez, el que intenta ser ecuánime pero termina dejándose llevar por las necesidades más humanas y el mayor castigo para mi alma, así como el único bálsamo para mis heridas.

Comprender a Louis no es fácil desde fuera, pero yo he podido verlo desde dentro. Tantos años a su lado, así como lo añoré tantos años, me han hecho que lo comprenda poco a poco desvelando cada misterio; y aún así otros nuevos surgen como surge la semilla tras ser cuidada por el granjero.

Se podría decir que quiero estar a su lado cuando llegue el amanecer, aferrado a su cuerpo casi inmóvil, y despertar por las noches arrullado por el latido de su corazón. Ansío volver a compartir lecho bajo mi hermoso ataúd, en mi refugio en mi viejo castigo reconstruido piedra a piedra, porque no puedo imaginarme la vida sin él. Jamás lo he podido hacer y tampoco quiero o me lo permito. El sentimiento de dolor es tan agudo que mi corazón se detiene, mis pulmones dejan de funcionar y entro en pánico.

Durante estos años he tenido que escuchar más de una vez los vanos intentos de Memnoch de atraerme, de sugestionarme, de influirme y por supuesto de hundirme en su reino perverso, falso, doloroso y cruel. También tengo que soportar las conversaciones de Amel y sus visiones, pero a él lo amo aunque temo que tenga celos de Louis. Sin embargo, siento que él ama a Louis de algún modo. Yo creo que nos ama a todos y nos detesta a la vez.

En estos momentos lo tengo a mi lado, recostado sobre mis piernas mientras escribo estas anotaciones, leyendo un libro de Dickens y sonriendo como un niño mientras recuerda cada párrafo mil veces leído. Él nunca ha leído mis pensamientos acumulados en cada uno de mis diarios, del mismo modo que yo no lo hago con el suyo; pero asumo que ha leído todas mis aventuras aunque ha sido partícipe de la gran mayoría. Sé que él sabe que lo amo, que lo adoro, que está por encima de todos e incluso siento que a veces su seguridad está por encima de la mía.

Amo como huele, pues esa fragancia se la he regalado yo. Adoro como está vestido ya que él sabe que la ropa más clásica es la que mejor le sienta, además ha elegido un traje que yo mismo le he comprado. Pero tiene los pies desnudos y puedo observar como mueve sus dedos mientras lee debido al entusiasmo, al nerviosismo, al deseo y a mil motivos más. Es un hombre de agallas porque me soporta, porque me ama y porque ha aprendido a pervivir en un mundo que ya no es el nuestro sino el de todos.


En definitiva, ya sé porqué lo necesito. Lo necesito porque lo amo y porque él siempre está ahí, sea físicamente o no. Él inunda mis sentimientos y mis sentidos, así como mis emociones y mis recuerdos.  

Lestat de Lioncourt 

jueves, 20 de julio de 2017

Hermandad

Arjun y Flavius haciendo amistad en plena guerra... 

Lestat de Lioncourt 

—Oí de tu en muchas ocasiones—dijo iniciando de forma improvisada una conversación.

Jamás había pensado que nos encontráramos. Supe que Pandora lo abandonó, pero poco más. De hecho, fue inesperado volver a verla porque creí que no nos cruzaríamos de nuevo en este mundo tan convulso. Siempre la mantuve en mis pensamientos como a una diosa hecha mujer. La pasión de sus ojos, la belleza de su voz, la elegancia de su risa y sobre todo la verdad de sus palabras. Me sentía aturdido y acongojado. Sabía que pertenecía a esta mujer, la cual me dio libertad dentro de la esclavitud, y que amé como a una hermana. Si bien, no había imaginado el conversar con otra de sus creaciones ni reflejarme en sus ojos.

Arjun parecía un hombre sensato a pesar de tener un aire de soñador innegable. Sabía que era un príncipe por sus maneras. Se sentó a mi lado pidiendo permiso con un ademán muy cortés y sonrió maravillado observándome. Estuvo a punto de decir algo, pero guardó respetuoso silencio ante mis lágrimas. Finalmente me ofreció un pañuelo para que me las enjugara e intentó una charla que esperaba que fuese fructífera.

—Yo leí sobre ti, pero no comprendí jamás porqué ella te temía.

—No era a mí, sino a mis sentimientos—confirmó alguna de mis sospechas, aunque había demasiadas. Podía haber sido por cualquier motivo.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en un mejor momento.

—No hay mejor momento. Este es el mejor de todos. Ahora tenemos que unirnos y ser fuertes—dijo estirando sus manos para estrechar las mías, las cuales sostenían el pañuelo húmedo con el cual sequé mis lágrimas.

—¿Puedo llamarte hermano?—pregunté con timidez.

—Lo somos. Tenemos la misma sangre. Todos aquí somos hermanos.

Hablaba pausadamente con una sonrisa en su rostro lampiño. Era de aspecto joven, esbelto, largos cabellos negros y una tez todavía ligeramente dorada. Veía en él al hombre honesto y amable que creía que debía ser. Pandora no cometía errores. Ella sabía tomar buenas decisiones. Podía ser temperamental, pero jamás se comportaba como una estúpida.


Al final de esa conversación, la cual duró algunas horas, acabamos abrazados. Necesitaba su amistad, su compañía y sobre todo la bondad que hallaba en cada una de sus acciones. Él requería a alguien que le escuchase y también conocer a otros más allá de los relatos de nuestra creadora.  

martes, 28 de marzo de 2017

Dios

Por eso lo amo...

Lestat de Lioncourt

Sentado ante este hermoso Jesucristo con la mirada doliente, sacrificado por los hombres de buena voluntad y por aquellas mujeres de corazón bondadoso, me pregunto si alguna vez existió simplemente fue una noble invención a costa de dulcificar los esfuerzos de aquellos que una vez se alzaron. Un símbolo de un hombre sacrificado, revolucionario y adicto a una verdad incontestable. Similar a tantos otros en tantas otras religiones. Salvado de hombres, pescador de almas, ¿no es así? Al menos, de ese modo lo recuerdo. Y por ello, sentado aquí, en recogimiento siento que quizá debió haber existido para poder imponer un poco de luz en un mundo cargado de sombras. Pero ya no creo en él. Hemos demostrado que los espíritus existen, que quizá fueron tomados por dioses y estos siguen buscando, de algún modo, su importancia entre el mundo de los vivos y los difuntos.

Recuerdo a mi hermano. Decía ver ángeles y escuchar demonios. Hablaba de Dios constantemente y de su palabra. Oraba en ayunas, se tiraba al suelo y lloraba. No puedo dejar de revivir cada momento a su lado. Su larga mata de cabello rubio pegada al suelo, sus ojos azules convertidos en un océano revuelto y en en esas manos jóvenes, dulces y fuertes a la vez, rasguñando el mármol de una capilla que yo ordené construir para él.

Cómo olvidarlo. Es imposible. Su tragedia fue la mía.

Tal vez su recuerdo me hizo amar a Lestat. Él tenía ese porte gallardo y desafiante, pero parecía no temer a nada ni nadie. Él era la muerte en persona, bailando y gozando en las calles de la ciudad, mientras que yo me sentía despiadado y ruin por las vidas que aniquilábamos. Pero la verdad es que algunos no merecen siquiera un día en este mundo. Unos porque sus vidas son vacías, tan huecas como las muñecas de plástico que aspiran ser, otros porque son crueles y nocivos, y la minoría por enfermedades terribles que les imposibilitan ser felices o encontrar cierta paz.

Somos almas encerradas en cuerpos, no cuerpos con alma. Ya quedó claro. Después de la muerte tenemos otra existencia sin cuerpo, al menos sin uno físico como quien dice, que se pasea buscando aliviar los pecados o los malos encuentros que nos asfixian.

Siento que si sigo aquí contemplando esto, viendo esta mirada llena de dolor, me volveré loco. Él no existió, pero Lestat deseó ser una especie de santo para que se le rindiera culto. A veces me recuerda a él. Sé que parece una locura, ¿pero no es un revolucionario que intenta salvar a los demás pese a todas las tragedias que lleva a cuestas? ¿No ha hecho grandes esfuerzos y milagros? ¿No ha sobrevivido a encuentros inexplicables con un supuesto diablo? ¿No fue él quien nos ha salvado incluso sacrificando parte de sí mismo? Lo ha hecho. Por eso siento que él es mi Dios, mi religión, la palabra divina...


Supongo que es estúpido para muchos, que es incomprensible incluso, pero lo amo. Amo a ese imbécil y amo sus locuras.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Lujos y cárceles

Arjun es un buen hombre y todo un soñador.

Lestat de Lioncourt

Ya no me importa nada.
Sólo quiero soñar.
Soñar con algo que no existe.
Ya no me importa nada.
No quiero nada.
La nada será mi acompañante,
las nupcias serán esta noche.
Quiero transportarme lejos.
La nada, la nada.


Muchas veces he repetido esas palabras en el fondo de un pozo oscuro y casi sin aliento. Era como hundirse en la brea o en pavimento ardiente. Mis ojos estaban vendados por el dolor y mi alma parecía atada a un pesado lastre que se hundía por un mar podrido, que olía a muerte y locura. Mis manos, temblorosas, intentaban hallar vestigios del hombre que fui, del príncipe y primogénito que fui... del amante y del orador... No hallé nada. Sólo susurros. El murmullo de una fuente era lo que creía poder apreciar, como si fuese agua limpia discurriendo cerca de mi cuerpo y siendo transportado a otro lugar, uno más plácido y hermoso.

Lloraba. Más bien me lamentaba. Ella se había marchado dejándome atrás en aquel país frío, violento y lejano. Moscú no fue un buen sitio para una despedida cálida. De hecho, fue más fría que la propia nieve. Me quedé allí con mis joyas, los vestidos de seda y los perfumes caros. Los baúles se llenaron de recuerdos pesados y hermosas reliquias que nadie querría. Mi diosa me desamparaba. Los poemas de amor, escritos con todo mi corazón, habían sido despreciados. Yo le daba miedo, la aterraba, porque el propio amor la anulaba. Que alguien la amara hasta el último gramo de su ser la aturdía.

Ella era mi amante, mi amiga, mi madre y mi compañera. Yo era esclavo de un amor sincero y ella nunca fue sincera del todo. Jamás dejó de amar a un cobarde, hipócrita y artista del engaño. No sé como la convenció que cambiaría, pero los déspotas no cambian. Nunca cambian. Y yo me quedé allí aceptando sus deseos porque esperaba que fuese feliz. Sin embargo, algo me decía que jamás lo sería, que él no se presentaría, que el rencor y el odio aumentaría y mi dolor, el dolor de tantos amantes con tantos otros nombres, surgiría.

Regresé a la India. Me presenté como el descendiente perdido de ese príncipe que adoraban. Me llenaron de flores, perfumes e hicieron fiesta. Aplaudieron mi regreso como si fuese la reencarnación de mi propio antepasado y me dieron sus riquezas llamándome con el mismo nombre. Nada más. Era un dios y un dios que había sido benévolo con sus sirvientes, a los cuales les dio lujos y terrenos a cambio de custodiar su lugar de descanso.


Nadie tocó mi puerta, ni me alertó. Sólo me dejaron dormir mi pena y la pena me consumió como una vela. Pero ella volvió. Tras siglos lo hizo diciéndome que Akasha atacaba, que estaba dispuesta a todo, y yo la miré como quien mira a una aparición. Me negué. No iba a colaborar. Sólo me quería usar como me usó cuando era un tonto enamorado. Algo en mí me exigió que me desintoxicara de esa falsa creencia que ella me amaba. Pero años más tarde fui yo el desafortunado. Desperté de nuevo, quemé a jóvenes en Calcuta y en otras partes de la India. Entonces ella me permitió llorar aferrado a sus faldas y el sueño, ese pesado sueño, al fin se hizo trizas.  

sábado, 11 de febrero de 2017

Mi verdad

Seth es un encanto... ¿lo sabían?

Lestat de Lioncourt 

Ella siempre se encontraba furibunda y vacía debido a una poderosa insatisfacción. Se movía por la habitación como una pantera y rugía sus caprichos. Todos vivíamos en una jaula de oro llena de tesoros, pero con una Diosa espantosa como Madre. Nos arrodillábamos ante ella, suplicábamos perdón y teníamos que aceptar sus leyes infames como perfectas.

Había regresado al hogar sin ninguna intención de quedarme. Me habían contado de la muerte de mi abuela, la cual apenas conocí. Ella estaba en una de esas tumbas maravillosas que ahora tanto dan de que hablar. Si no recuerdo mal, ya que a veces la memoria me falla, fue vendida su momia hace más de un siglo. Fue parte de un macabro juego en el cual arrancaban a los muertos de sus tumbas, los desenvolvían y buscaban los objetos de valor, que a veces sólo eran pequeñas estatuillas, entre vendas. Ella y mis hermanas habían desaparecido. Una de mis hermanas murió siendo una niña debido a unas fiebres, otra tuvo un accidente y las demás diversas enfermedades, partos y problemas que podrían ser debido a fallos en el corazón, ya que apenas sabíamos de ello en aquellos tiempos, las borraron. Era su única familia y el único varón. Regresé al hogar forzado.

Había estado por lo que conocemos hoy como Turquía y Siria. Curaba enfermos o los ayudaba a morir dignamente. Era un sanador. Mis manos principescas preferían tocar la pus a tocar un cetro que me hiciese guía de un pueblo en la oscuridad. Veía dolor a diario, pero también esperanza, felicidad y amor. Me encontraba siendo amado, respetado y necesitado. Tenía mi hogar y mi lugar en el mundo. Incluso a veces coqueteaba con algún joven o mujer que se acercaba hasta mi pequeña consulta. Pero ella tuvo que intervenir.

Llegó su guardia real en barco, bajó en la costa cercana al pueblo marítimo donde vivía aquellos meses, y me llevó mar adentro para luego viajar hasta palacio. Nada más arribar a las costas oscuras de Kemet me eché a llorar. Sabía que ella impondría sus creencias. Ya había escuchado sobre sus horrores, así que no esperaba una madre amorosa. Iba en busca de un monstruo.

Tras mi ceremonia de iniciación, la que ella se empeñó de darme con toda la pompa, y de convertirme así en otra clase de hijo: me fugué. Sí, me fugué. No podía soportar ser un no-muerto a su lado. Mi nueva condición provocó que trabajara de noche, pero no dejé de ayudar o invertir en buenos médicos para que salvaran a las clases más desfavorecidas.

Después de milenios fugado supe que regresó. Había estado en silencio milenios. Escuché muchas historias sobre un romano que la veneraba y cuidaba, pero muchos creían que sólo eran cuentos de vieja. No era ningún cuento. Ese romano era Marius, un historiador y pintor introducido en la Sangre poco después de la muerte de Cristo. ¡Y la despertó un vampiro joven que había sido discípulo de Marius tan sólo unas noches! Maldito imbécil... Aunque ella acabó muerta y yo me sentí liberado. Ese mismo año, durante ese mismo mes, me atreví a convertir a mi primer vampiro y compañero. Si bien, Amel rompería también sus votos de silencio y sería Lestat, ese intrépido vampiro, quien nos salvara.

Fareed y yo estamos tratando a vampiros codo con codo, con un equipo de inmortales, y tenemos una pequeña familia. Una familia que ahora se siente dichosa de participar en una enorme tribu. Me siento liberado. A veces tenemos la visita de Lestat junto a Viktor, su hijo fruto de los experimentos de mi compañero.



Ah... mi nombre es Seth.  

lunes, 30 de enero de 2017

Mi historia, vuestra historia

Gregory Duff Collingsworth o Nebamun... es uno de esos vampiros que se hacen amar.

Lestat de Lioncourt 



Muchas veces creí que sería difícil explicar mi vida a otros, pero fue asombrosamente sencillo hacerlo una vez todo se detuvo y comencé a dar explicaciones. Supongo que tras cientos de siglos de silencios, de ocultarme como si fuese un viejo tesoro, fue más sencillo que hablar sobre una vieja historia que parecía más bien una leyenda. Ofrecer una verdad en un momento donde todos los ojos y oídos son pocos es inusual.

Recuerdo la primera vez que pisé un país occidental. Había dejado atrás la arena dorada y amontonada, extensa como un océano profundo y peligrosas como una selva tropical, para encontrarme con bosques, ríos, lagos, ciudades apelotonadas a los pies de montañas o en valles extensos. La lengua no fue difícil para mí debido a los poderes que poseemos los vampiros. Estos nos hacen poder entender el idioma de cualquier país, evitando así fronteras culturales o de cualquier tipo.

Sin embargo, lo que mejor recuerdo, como si fuese ayer mismo, es a Amel apareciendo en la vida de todos nosotros. Ese vínculo, ese germen. Pude contemplar como Akasha caía, junto a su esposo y su fiel mayordomo real, sobre las baldosas de aquella habitación. Me encontraba oculto en un baúl. Era el amante favorito de Akasha, el actual compañero de cama, pues Enkil jamás había tenido tales acercamientos.

Los ojos parecían que iban a salirse de mis órbitas cuando contemplé estupefacto como se introducía en ella, agujereando su cuerpo, para luego incorporarse. Un alarido de dolor, como si ardiera envuelto en un fuego invisible, la avivó. Se convirtió en una marioneta de mirada terrible, soberbia y capaz de cualquier cosa, dejando atrás esa escasa fragilidad que en ocasiones me mostraba en la cama. Era otra. Se sabía poderosa. El miedo se apoderó de mí y decidí seguir oculto, observando como mordía el cadáver del rey Enkil, para luego hacer lo mismo con Khayman. Ambos cobraron vida tras derramar su poderosa sangre sobre sus labios y estos se incorporaron como si nada hubiese pasado.

La mirada de Khayman, siempre alerta, era la de un hombre asustado. Sabía que algo era distinto en él, por eso el silencio parecía precederle. Por otro lado Enkil reía maravillado. Tal vez se sabían muertos, se habían visto como espíritus revoloteando por el techo de la habitación. Jamás pregunté. Sobre todo porque yo fui el siguiente en ser transformado en uno de esos monstruos perfectos. Me convertí en el líder de un ejército ante el desacato del leal mayordomo, el cual decidió proteger a las Gemelas Pelirrojas. Debí hacer lo mismo. Todos debimos hacía mucho atacar a la reina y librarnos de su horror.

Durante siglos recordé la maldición que Mekare lanzó sobre la reina. Dijo que ella le arrancaría el corazón y la decapitaría, que llegaría su hora y lo haría junto a su hermana. Por eso le arrancaron la lengua y a su gemela, para que no pudiera encontrarla, sus ojos. Tuve que separarlas, echarlas a dos corrientes distintas, y asumí mis culpas durante largas noches.

No me siento orgulloso de mis inicios, pero sí de mi presente. He logrado formar una pequeña familia de inmortales, he salvado la vida a un joven vampiro de hermosa piel oscura, y tengo un imperio farmacológico que investiga junto con Fareed Bhansali mejoras en nuestra genética, evitando enfermedades que podrían aparecer o mejorando nuestra calidad de vida.


Sin embargo, contar todo esto, fue difícil. El micrófono estaba abierto, había más de una decena de inmortales rodeándome. Sentí que todos retenían el aliento porque me detestaban por mis malos actos, pero finalmente me perdonaron y aceptaron que tuve mi momento en la historia.  

domingo, 22 de enero de 2017

Príncipe Lestat

Escrito desde mi cuerpo, pero no soy... adivinen.

Lestat de Lioncourt 

Después de décadas de silencio apareció como una estrella del rock convertido en Mesías. Mutó de ser el causante de cualquier gran desastre a ser la fuente de esperanza. Príncipe Lestat se ha convertido en un ejemplo de superación, ruptura de creencias, reformas profundas en el alma y necesitad absoluta de justicia y unión entre los nuestros. El amor yace en cada palabra y es muestra de ello en las distintas relaciones que se encuentran narradas. Es tiempo de encuentros, de sonrisas sinceras, de abrazos fugaces pero intensos, de declaraciones fuertes que te hagan temblar y de abandonar la guerra insensata por la comprensión más intrínseca. Esta es la penúltima aventura ha sido una revolución, aunque muchos no han querido verlo así y se han mantenido fríos al respecto.

Estamos tan acostumbrados a ver muerte, hambre y destrucción en cada cadena de televisión, odio en las calles, desprecio al diferente y a ser sordos ante las plegarias de otros que tal vez esta aventura ha quedado relegada a nada. Muchos tienen el corazón tan congelado como las calles de medio planeta en estos días de duro invierno. Un corazón que ha sido lacerado, humillado mil veces, expuesto a ojos viles y que ahora muestra latidos frívolos y apáticos. Sin embargo, aquí estamos para recordar que la unión hace la fuerza y esta sólo se puede hacer bajo la comprensión, respeto y amor.

Hace tan sólo unos días el mayor ejemplo de persona racista, machista y clasista ha asumido el cargo de mayor responsabilidad en Estados Unidos de América. Un ser que destila odio, venganza hacia los que no piensan como él, asco hacia otras culturas y misoginia. No obstante nos queda esta aventura que nos recuerda que existen milagros, que a los dictadores y tiranos, sean de donde y como sean, terminan aplastados y subyugados por los verdaderos líderes que son el pueblo.

Imaginad que habéis sido convertidos en paria. Igual que Lucifer cuando preguntó demasiado a Dios e intentó ser igual de libre, poderoso e inteligente. Dios, bajo su mandato soberbio, lo desterró y lo aisló. Lestat ha preguntado y experimentado demasiado. Debido a sus numerosos conflictos consigo mismo y el resto se vio solitario. Es un inconformista y un ser demasiado activo. Su mente siempre está filosofando y retándose una y otra vez. Decidió marcharse de Nueva Orleans y caminar por desiertos, junglas, selvas, montañas nevadas y grandes ciudades absolutamente entregadas al consumismo más pueril. Fue de un lugar a otro durante diez largos años. Se olvidó de todo y todos. Quería ser libre. Gabrielle tomó la misma decisión casi al año de vida entre los nuestros. Él siempre buscó el abrigo y consuelo de otros, pero tras las muertes y los desafíos de toda una vida provocó que quisiera tener su rato de pena y soledad. Reconstruyó los viejos dominios de los Lioncourt y se instaló en su castillo de vez en cuando. Entre tanto el fuego arrasaba Brasil, Calcuta y diversos puntos de Europa como Roma. El fuego consumía jóvenes vampiros y locales donde se reunían. Ya no eran tan numerosos como cuando Akasha sembró el terror, pero existían. Los lamentos se multiplicaban y desde la radio se escuchaba un clamor popular: ¡Dónde está Lestat! ¡Dónde están los milenarios! ¡Quién ayudará a los jóvenes! ¡Nos están matando!

Es difícil de asumir que al paria lo necesiten. Es terrible saber que quizá sólo él tiene la respuesta. Un paria que nunca ha sido escuchado, pero que ha sabido escuchar y ver más allá en cada alma. Es posible que por eso muchos desprecien el libro y hayan quedado descontentos. Querrían que el paria siguiera siendo paria y el mundo nunca le agradeciese años de esfuerzo. ¿No es un poco miserable eso? Además, se habla de adelantos científicos para colaborar con los vampiros. ¿Acaso la ciencia nunca ha estado vinculada con los vampiros? La ciencia y la tecnología es lo que siempre ha motivado a Armand. También a otros vampiros. Aunque algunos como Marius desprecia lo frívolo y extraño que puede ser estos adelantos, pese a que ha usado la televisión o la radio para animar las noches de Akasha cuando aún era los más parecido a una figura de mármol.


Bienvenidos todos a la penúltima aventura de Lestat...

sábado, 21 de enero de 2017

Monstruos

Stirling fue un un buen hombre y me pregunto qué fue de él... 


Lestat de Lioncourt


Recuerdo que la noticia de la muerte de Merrick me impactó notablemente, pero aún más viajar con todos aquellos seres sobrenaturales a un paraíso perdido, el cual se había convertido en un cementerio. Fue realmente un descenso a los infiernos donde conversar en los distintos y recónditos lugares con cada una de las ánimas allí encerradas, castigadas y olvidadas. Al menos, así lo sentí. Fue demoledor escuchar a de boca de los sobrevivientes, aquellos que habían logrado alzarse sobre la muerte y continuar con unas vanas esperanzas, como se desarrollaron los actos más viles que el hombre puede ocasionar. Era atrocidad tras atrocidad, pero también por parte de algunos Taltos que decidieron derrocar a su rey por medio de veneno. Un rey que era su progenitor, el hombre que los había imaginado y regalado una vida cómoda.

Supe entonces que la codicia había llegado a los Taltos. Tal vez fue debido a los conocimientos de Ashlar, pero él era un hombre bondadoso que se dedicaba a ayudar a otros. Entonces diferí con mis pensamientos, entré en el razonamiento más puro y básico. Comprendí que Morrigan era demasiado celosa, indómita, siempre codiciando y buscando placeres. Habían definido a la mujer Taltos que Mona llevó en su vientre, esa que fue engendrada con esfuerzo y secretismo, como una mujer fatal. Mona tenía ambición, conocía lo que era eso, también codiciaba riqueza; pero admito que para causas muy distintas y diversas a las que Morrigan podría haber jamás alcanzado. Tal vez Alicia, la madre de Mona, influyó desde la tumba. Ella era pretenciosa, salvaje, alocada, alcohólica y amaba demasiado el dinero. En sus últimos años tuvo una decadente vida intentando no ahogarse rápidamente en las botellas de bourbon. Su marido, el padre de Mona, también cayó en el alcohol desde temprana edad. Él murió después de saber que lo único que le importaba, más allá de una cerveza o un whisky on the rock, había muerto en un frío hospital.

Conocí a todos ellos por casualidad. Mi ámbito son los fantasmas. Cada hombre de Talamasca cumple una función. Los más jóvenes están en los archivos informatizándolos, aprendiendo a conservar los objetos y a restaurar documentos. Los que tienen habilidades demasiado asombrosas, por jóvenes que sean, comienzan a investigar junto a los más ancianos. Se convierten, por así decirlo, en ojos, manos, nariz y boca de aquellos que ya se ven impedidos por la edad. El resto investiga o simplemente colabora con la educación de los jóvenes. Pero cada uno tiene un ámbito. Hay quienes indagan sobre monstruos que se creen mitológicos como el monstruo del lago Ness, otros se ocupan de fenómenos OVNI, Taltos, jóvenes con poderes aparecidos a lo largo y ancho de este mundo y fenómenos paranormales. Mi ámbito eran los fantasmas, aunque a veces reclutaba muchachos como Quinn. Él podía verlos. Era un talento. Sabía que los podía ver porque me habían hablado de él. Decían que estaba loco, que veía fantasmas y podía comunicarse con ellos. Fue el mismo instituto Mayfair quien decidió que él no estaba loco. Los médicos del hospital más influyente de Nueva Orleans, con el mejor equipo de psiquiatras y psicólogos, había dado una respuesta contundente.

Pasaron años sin ver a Quinn. Sin poder comunicarnos. Él sí lo hacía con Mona Mayfair, pero los Mayfair están totalmente vetados para la mayoría de estudiosos. Sobre todo, tras la muerte de Aaron Lightner todo se volvió más turbio y decidieron alejarse rápidamente de estos denominados brujos. Sin embargo, recuerdo como David Talbot introdujo en la orden, junto a nuestro miembro fallecido, a Merrick Mayfair. Como he dicho, esa muerte me generó un dolor terrible y un impacto colosal. Sabía que se había convertido en vampiro, pero pensé que viviría siglos. No llegó ni a los cuatro años como ser inmortal, pues dio su vida para salvar dos almas. Por otro lado jamás sospeché que Tarquin Blackwood fuese en realidad un Mayfair, aunque por las descripciones sobre Julien Mayfair cuando era joven, muy joven realmente, debí pensarlo. Ambos son idénticos si observas un viejo retrato del fantasma más famoso de toda la ciudad.


De toda esta aventura sólo puedo asegurar algo y es que Lestat hizo lo que pudo con ambos jóvenes, en su educación como vampiros, y que los fantasmas tienen sus propias historias que en ocasiones, por un milagro, cuentan a los muertos o intentan narrar a su forma. Reconozco que a mí no me importaría que la encantadora Stella Mayfair apareciera para bailar frente a mí. Creo que aplaudiría como un niño encantado. No obstante, sí me sentiría un tanto agobiado si Julien me persiguiera por toda la ciudad.  

domingo, 15 de enero de 2017

Profundizando

Mona Mayfair nos acompañará estos días... Su historia me conmovió. 

Lestat de Lioncourt 


El siguiente libro es el final de mi vida y el inicio de otro camino muy distinto al fijado. Puede que en las anteriores notas electrónicas viviéramos el desafío que supuso para Tarquin el vivir rodeado de fantasmas, asumir que uno de ellos era su hermano y que el mayor misterio familiar no era Manfred el Loco, sino él mismo. Una historia trepidante de amor, fantasmas, venganza, muerte, odio y liberación. Supuso para mí también una revolución. En sus páginas se narra como una joven Mona Mayfair aparece seduciendo al pobre muchacho, el cual incluso llega a pedir su mano.

Admito que yo soy esa Mona Mayfair. Si bien, para consuelo de todos ustedes diré que amé, amo y amaré a Tarquin de una forma que nadie logrará hacerlo. Soy una mujer apasionada y difícil, pero él sabe como entenderme con tan sólo un gesto o una palabra.

Estas líneas las escribo desde un ordenador en algún lugar lejano a Nueva Orelans, pero aún puedo sentir como vibra la ciudad con el Carnaval, la lluvia torrencial golpeando los cristales y el murmullo del Barrio Francés. No hay ciudad más hermosa y extraña que la que me vio nacer, morir y resucitar. Sí, resucitar. Considero que volver a la vida como vampiro es una resurrección.

Mis orígenes todos los conocen ya, pero todavía no hemos repasado mi final. Quedé en la cama de Tarquin, una noche poco agradable, esperando morir rodeada de las flores que había adquirido yo misma. Quería ser su Ophelia. La “enfermedad” que me había mantenido en el hospital Mayfair durante años se estaba cebando conmigo, no tenía más fuerzas y estaba a punto de caer en los brazos de la muerte. Entonces, otros brazos muy distintos, me rescataron. Pude sentir su penetrante aroma masculino, su aliento golpeando mi cuello y la forma en la que perforó este. Del mismo modo que saboreé su sangre y exigí más cuando la vida recorrió de nuevo mi cuerpo.

Mi noble Abelardo, mi apuesto Tarquin, no sabía la nauseabunda verdad que había tras mi enfermedad. Mi debilidad venía através de los múltiples abortos de Taltos debido a mi supuesta promiscuidad. No era una promiscua. Yo sólo deseaba tener otro hijo que me guiara hacia donde estaba su hermana Morrigan. No es difícil de entender. Quería ser conducida a ese círculo de piedras que ella comentó una vez. Sabía que podría hacerlo. Sólo quería estrechar a mi pequeña una vez más. Cualquier madre lo comprendería. Él lo comprendió. Lestat también lo hizo. Incluso sé que Michael, su padre, lo sabía. La única persona que me negó tal hecho, que incluso creo que ocultó información, fue Rowan Mayfair. No la culpo del todo, pues esa hija nació del fruto prohibido de su marido con una estúpida adolescente.


En esta semana viajarán conmigo a las profundidades de un pantano más oscuro que aquel que rodea Blackwood Farm. Serán sentenciados por el destino, del mismo modo que este lo fue conmigo. Aprenderán a sobrevivir. Sabrán bien mi vida y aceptarán los hechos que os narramos. Se inicia el recuerdo de Cántico de Sangre...   

martes, 27 de diciembre de 2016

Grinch

Algunos, por desgracia, sois así.

Lestat de Lioncourt 

Todas las emisoras del mundo emitían cálidos y alegres villancicos hablando de paz, amor, esperanza y bondad. Las guerras no importaban. El dolor no importaba. La celebración proseguía como si lo único importante fuese en esos momentos la exaltación de la falsedad, la hipocresía y el cinismo. Los niños, en su infinita inocencia, creían firmemente en esas palabras que eran puro escaparate de una celebración que se creía cristiana, pero donde también celebraban otras religiones y creencias más antiguas. Muchos de ellos ansiaban tener regalos bajo su árbol, otros a los pies de su cama o en su casa cuando regresaran del viaje por algún país cálido o nevado. El consumismo los había confundido.

Por mi parte estaba sentado frente al ordenador portátil. Eran más de las tres de la mañana. Había una humeante taza de café cerca, la cual calentaba mis manos y me hacía sentirme reconfortado aunque no pudiese dar un trago. Intentaba por todos los medios acceder a mi página de compras favorita, pero era imposible. Requería adquirir un nuevo equipo de sonido para ofrecer mayor calidad a través de las hondas.

Había echado a Armand de la habitación, el cual revoloteaba como una mosca. Parecía muy interesado en todo lo que hacía, sobre todo desde que logré, junto al resto, acabar con la crisis vampírica más acentuada y larga de la historia. Presioné el hueso de mi nariz y cerré los ojos intentándome decir que debía estar mal, muy mal, para desear que él volviese y se sentase a mi lado. A veces sus preguntas, muy similares unas a las otras, me volvían loco.

En mi radio no había puesto ni un villancico. No había canciones navideñas. No obstante Antoine y Sybelle insistían de vez en cuando. Alguna melodía, alegre y con cascabeles como si fueran el reino de Santa, lograron hacer sonar.

—¿Cómo está mi grinch favorito?—preguntó Lestat abriendo de la nada la puerta. Esta se pegó ligeramente a su marco, quedando plegada y titubeante, para luego aceptar que se apoyara en el marco de esta y me mirara con una sonrisa divertida.

—Oh, vamos. No crees en Dios, ¿cómo osas celebrarla?—dije enfurruñado.

—Porque puedo reunirme con todos bajo una excusa, porque hay una tradición hermosa llamada Yule que reunía a toda la familia y se les recordaba que se les amaba. Por eso. Porque han ocurrido y ocurren muchas miserias para centrarnos en eso, ya que podemos ser miserablemente felices una vez al año—comentó alejándose de la entrada para caminar hasta mi mesa.

—No lo había visto así...—murmuré encogido en mi silla.

—Deja lo que estabas haciendo y ven a la reunión—me exigió.


Era el líder, todos lo habíamos votado como tal, y por eso obedecí. Una vez en el gran salón del piso inferior observé como todos parecían compartir sonrisa, pero no eran falsas. Armand correteaba tras Daniel y este se jactaba de su rapidez. Ni siquiera estaban usando sus poderes, pues creo que estaban recordando viejas historias. Todos ellos. Incluso Gabrielle, que estaba algo más apartada, observaba todo con una tímida sonrisa. Realmente yo era el grinch y no Benji.  

jueves, 22 de diciembre de 2016

Santa Claus is coming

Admito que me ha emocionado saber esto.

Lestat de Lioncourt 


—¿En qué estás pensando?—preguntó.

El tren tomaba la curva en ese momento en una de las calles más pobladas. La maqueta era de Londres, cuando la época industrial estaba en su mayor apogeo, y me había llevado días terminarla. La nieve acumulada sobre los viejos tejados le daban un aspecto mágico, casi navideño.

—Dímelo tú—respondí colocando la última figura, un Santa Claus.

Quise echarme a llorar como cualquier huérfano, pero me mantuve con la vista puesta en los raíles de aquella pequeña máquina que imitaba a una locomotora de hierro antigua. Incluso hacía su pequeño ruido al marchar sobre las vías.

—Daniel, no has venido aquí para...

Mi ojos violáceos no le permitieron continuar. Tenía la vista puesta en aquel hombre que parecía un coloso a mi lado, debido a lo anchos que eran sus hombros. No parecía un ciudadano romano, por mucho que se sintiese hijo del imperio, sino un celta de ojos sabios y rostro marcado por la tragedia. Podía leer en la nula expresividad de sus labios un dolor que no dejaba marchar.

—Armand no puede cuidarme, ¿verdad?—dije regresando la vista a mi pequeña obra—. Se ha rendido.

—He pedido que me deje cuidarte, pues sé que ambos poseen una riña demasiado intensa—iba explicando—. Es algo que no vais a poder limar con facilidad.

—Ah...—suspiré y luego dije con voz alzada—. ¡Y pensar que creí que ser un vampiro sería vivir para siempre sin problemas!

Me detuve en miad de la calle. La nieve se acumulaba. Tenía las manos heladas, así que las metí en mis bolsillos. Él, casi de inmediato, se aferró a mi brazo. Había estado recordando en silencio la vivencia de hacía más de diez años. Quise echarme a llorar, pero me contuve. Sus ojos almendrados estaban puestos en mí como un niño curioso y yo no pude hacer nada más que sacar mis manos, colocarlas sobre sus mejillas encendidas y desear besarlo. Pero no lo hice.

—¿Estás bien?—preguntó.

—Sí, sí... —balbuceé, antes de apartarme y seguir caminando.

—Hacía mucho tiempo que no estábamos juntos, uno al lado del otro—dijo apurando sus pasos para volver a agarrarme del brazo. Tenía el cabello pelirrojo oculto bajo un ridículo sombrero rojo con renos en color blanco. Realmente parecía un niño.

—¿Por qué me abandonaste junto a Marius?—pregunté al fin al culpable de todo.

—Creí que era la única forma de mantenerte con vida—respondió sin titubeos, por lo cual supe que era verdad—. Recuerdo como enloqueció Nicolas y lo mal que me porté. Inicié un desastre.

—¿Y ahora?—pregunté deteniéndome frente a un enorme y hermoso escaparate de juguetes, el cual se iluminaba con cierta potencia—. ¿Por qué has aceptado caminar conmigo?

—Porque todo lo que ha ocurrido me ha hecho desear estar aquí, junto a ti, aunque sea unos minutos—contestó con una sonrisa alegre y franca. Era la primera vez que lo veía ser feliz a mi lado, la primera vez que parecía no tener peso en sus bolsillos.

—¿Es un regalo de navidad adelantado?—dije frunciendo el ceño.

—Sí, lo es.


Entonces me tomó de los hombros, logrando que me inclinara, y me besó con la terneza que tienen los labios de un muchachito. Allí, bajo una pequeña nevada en las calles neoyorquinas, él me ofreció el mayor premio de todos: su cariño.  

sábado, 10 de diciembre de 2016

Soy Arjun, no un monstruo.

Es cierto que pronto sabremos más de él, pero por ahora quedaos con esto.

Lestat de Lioncourt 


Mi nombre es Arjun. Por ahora me conoceréis poco o nada. Sólo se han dado algunos datos sobre mi persona, más adelante seremos compañeros en un viaje trepidante y doloroso. Actualmente no os diré dónde o cómo estoy, sólo quiero que os centréis en estas líneas y que tracemos juntos una división entre mi cometido, mis sentimientos y la verdad.

Marius me retrató como un hombre algo distante, de rasgos hindúes y diplomático a la hora del trato. No obstante también aseguró que mis sentimientos no eran bondadosos y podía herir terriblemente a Pandora. Ella misma dijo en sus memorias que yo le causaba terror. El terror que ella sentía hacia mí era diferente a lo que muchos confabularon. Marius jamás la amó del mismo modo que yo lo hice. Nunca fue capaz de protegerla, escucharla y honrarla como mujer.

Soy la división de dos libros, dos historias, dos vidas, dos seres, dos almas y por lo tanto dos virtudes. La criatura que se doblegó ante Marius, aunque sabía que su amor era decadente y por mera necesidad. Akasha le había pedido que buscara a Pandora, inyectando en él un deseo insaciable por encontrarla, provocando que usara a Bianca, una hermosa mujer, como lazarillo. Por mi parte decidí no arriesgarme, no oponerme, no ser el monstruo que muchos serían en mi lugar por celos o envidia.

Sí lloré, sí sufrí y sí rogué para que escuchara bien su corazón; pero a la vez dejé que decidiera. Sabía que la dañarían y aún así los puse frente a frente, dejé que discutieran y ella escribiera unas simples líneas para asegurarse que se verían. Él no vino. Dice que sus motivos fueron porque la mujer que iba con él, esa hermosa criatura llamada Bianca, se vengó ocultando la carta. No sé cuanto de verdad hay en esas palabras, pero Pandora se desilusionó y emprendió otro camino conmigo.

Pasadas unas semanas nos desvinculamos. No podía estar con ella aunque la amaba. Sabía que su corazón no me pertenecía. Regresé a la India. Poseía un lujoso palacio y numerosos sirvientes. Tenía la vida resuelta. No obstante me induje en sueños. Y hasta aquí puedo contaros de mi historia, y de los motivos por los cuales Pandora estaba sola cuando apareció para liberar al mundo de Akasha, cuando resurgió para hablar con David o marchó a comprobar que Lestat se encontraba catatónico.

Cuando amas a alguien del modo que lo hago yo no te importa si está contigo o con otro, si está libre como un ave en el cielo o solitaria brillando como una hermosa estrella entre la multitud. No te importa. Tú sólo quieres que exista una hermosa sonrisa en sus labios y una paz inmensa en su alma. Es lo único en lo que reparas. Porque ni todas los hermosos vestidos, joyas, libros, caricias y palabras que le ofrezcas no valdrán nada si no es feliz. Por eso preferí que ella tomase la decisión de estar a mi lado o marcharse lejos.


Os recuerdo que mi nombre es Arjun y os tiendo una mano por el recuerdo final de Sangre y Oro y el inicio de Pandora.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi querubín

Comprendo el sentimiento de ambos.

Lestat de Lioncourt



—¿Estás preparado?—pregunté a ese maldito infeliz.

Estaba allí parado con un elegante traje italiano a medida, con unos pulcros mocasines y numerosos anillos de oro en sus largos dedos. Parecía uno de esos mafiosos que salían en “El Padrino”, aunque sus ojos castaños delataban que no era humano.

—No, no lo estoy—replicó.

Ni siquiera se giró para contestar. Estaba allí ensimismado frente al espejo inducido en miles de pensamientos. Pude haber leído su mente para comprobar cuales eran sus estúpidos recuerdos, sus crueles ideas y sus fatídicos sueños. Pero por pudor, o más bien por miedo a encontrarme una desagradable sorpresa, me quedé allí observando su espalda algo menos ancha que la mía.

—¿Cuál es el motivo?—dije cruzándome de brazos.

—Ha muerto—dijo tomando un mechón de su largo y ondulado cabello castaño, lo puso tras la oreja y suspiró—. Ese es el único motivo, Marius.

—Fue decisión suya—respondí.

No era el único que lo extrañaría. Armand era mi tesoro. Podría decirse que estaba aceptando que mi mejor creación, la criatura por la cual más he padecido por mis malas decisiones, ya sólo era cenizas y recuerdos. Unos recuerdos que me llevaban a Venecia y provocaban que viese cientos de máscaras de diversas formas y colores, escuchase una música de vals y risas enlatadas, así como llegaba el profundo aroma del sudor y el sexo mezclado con las pomposas vestimentas. Carnavales, fiestas, óleos frescos que ya colgaban de mi pared y frescos maravillosos llenos de ángeles con la mirada para nada inocente de un adolescente.

—Si yo hubiese estado a su lado lo hubiese retenido o hubiese muerto con él—afirmó tomando una goma para el cabello que tenía en su muñeca derecha, agarró toda su espesa melena y la ató. Si no hubiese sido él, ese maldito infeliz de Santino, hubiese jurado que era uno de los muchachos más atractivos que había visto en mucho tiempo. Pero no podía dejar de pensar que ese miserable exterminó mis sueños en Venecia—. Jamás me perdonaré no estar ahí. Soy parcialmente culpable de todo lo que le ha ocurrido.

—Al fin lo aceptas—mascullé entre dientes.

—Siempre lo he aceptado—dijo tomando el maletín que tenía a la orilla de sus zapatos—. Pero si hice lo que hice fue para que no lo mataran los otros vampiros, pues quería que se fortaleciera aunque cayese en la locura. Era como ver a un ángel en mitad del infierno.


Excusas. Para mí fueron excusas. No obstante, cuando creíamos que nos deshacíamos de sus restos tuvo que decir la frase que más me enervó, hirió y desmoronó. Dijo que lo amaba. Santino tuvo la desfachatez de decir que amaba mi dulce Amadeo, pues jamás dejé de sentir que siempre sería mi querubín. Juré entonces que lo destruiría. No podía permitir que ese maldito fanático descreído siguiese vivo.  

domingo, 27 de noviembre de 2016

Mis inicios

Pobre Armand... sólo diré pobre Armand...

Lestat de Lioncourt 


Aún puedo sentir la nieve cayendo fuera, amontonándose sin cuidado alguno, como lo hace hoy en Nueva York. Pero aquella nieve era más pura, más fría y duraba meses. Apenas tenía una o dos prendas de abrigo, mi casa era pequeña pero acogedora y mi madre intentaba acumular suficiente leña para pasar todo el invierno. El agua se congelaba fácilmente y había que calentarla al fuego para poder trapear el suelo, lavar los pocos enseres de cocina que poseíamos y las caras de mis hermanos pequeños.

Era el mayor de los hijos de un hombre que amaba más la bebida, la caza y el bosque que a su familia. Mi madre era dura, trabajaba ocasionalmente el campo y lavaba las prendas de algunas familias con mejor posición económica. Por mi parte, desde niño, pintaba retablos para los monjes e iglesias cercanas. Mi destino era ser parte de la orden religiosa que mi padre había elegido para mí. Me esperaba una vida de ayuno, silencio y soledad en una celda donde debía aspirar a que Dios me bendijera de alguna forma. Pero toco cambió. Aquellos que han leído mis memorias saben que cambió por un rapto un día de ofrendas.

Durante meses fui torturado, vejado y llevado de un puerto a otro en un navío. Me intentaron vender en muchas ocasiones, sobre todo a hombres deseosos de palpar una piel joven. Aún no había cumplido los dieciséis y era el platillo favorito de los viejos hombres de negocio. Aquellos que cruzaban los océanos para buscar nuevas tierras, ambicionando negocios novedosos y haciendo pactos con el diablo mismo si era necesario.

Fue tal el dolor y la miseria que olvidé quién era, pero no el aceptar que me doblegaran. Estuvo a punto de ser castrado y también golpeado hasta la muerte. Quizá mi belleza, la cual me hace parecer un querubín, evitó que me mutilaran. No lo sé. Únicamente recuerdo llegar a la vieja Constantinopla y empezar a servir en un burdel. Allí Marius me salvó la vida.

En aquel vampiro todos veían un mecenas importante, alguien con autoridad y fortuna, pero yo veía a Dios. Creí que era el Mesías que mil veces había pintado en mis obras. Rubio, de ojos azules, piel tersa y lozana, ropas rojizas y manos suaves tan frías como bondadosas. Me abrazó y sentí que quizá mi vida terminaba en ese momento. Creí que la muerte estaba cerca y por eso Jesús mismo había venido a calmar mi atormentada alma, y prepararla así para la ascensión.


Iluso. Iluso de mí. Maldito iluso. Creí llegar al cielo, pero sólo fue una ilusión. Aún así daría cualquier cosa por volver a aquella bañera donde él me introdujo, sentir la esponja sobre mi pecho desnudo y sus labios besando con amor mis mejillas. Ofrecería mi eternidad y todo lo que sé por esos escasos minutos donde me sentí adorado, amado y consolado. La paz de aquella bañera, de esas aguas perfumadas, no volvería jamás. Por eso a veces lloro cuando veo la nieve caer, pues me recuerdan al sufrimiento que viví, al tormento que soporté, sólo para alcanzar esos segundos de gloria.  

sábado, 26 de noviembre de 2016

Amadeo

Marius y su estupidez... ¿por qué no va a por él y ya?

Lestat de Lioncourt 



En ocasiones intento decirme a mí mismo que hice todo lo posible para hacerte feliz, para no herirte y protegerte incluso de mí mismo. No obstante, sé que me engaño. Me miento para poder soportar sobre mis hombros todos los pecados cometidos en tu contra, en mi contra y en contra de todo lo que vivimos. Me enseñaste que el amor era algo importante, vivo y natural; pero creo que llegaste demasiado tarde para que yo pudiese verlo tan necesario e intrínseco en todos tus actos.

Te recuerdo con el rostro sucio bañado en una expresión de horror y ruego, con hebras revueltas e indomables de tu cabello cobrizo sobre la frente y las manos colocadas sobre las mías. Quedaste de rodillas absorto en el hombre que aparentaba ser, en el dios romano que siempre creí ser debido a mi egoísmo y ego, mientras murmurabas en una lengua que ni tú recordabas ya. Llorabas profusamente como si los cielos más turbios en un día de tormenta. ¿Cómo no iba a amarte? ¿Cómo no iba a desear proteger aquel frágil mundo que se retorcía entre suspiros, llantos y temores?

Regresé a Venecia contigo entre mis brazos, te saqué tus hediondas prendas que sólo eran harapos y los arrojé a tus pies. Decidí bañarte yo mismo, como si fueras las manos de Pilatos frente a tu adorado Cristo, y besé tu frente igual que si lo hiciera con tu lastimada alma. La tortura había acabado, o eso creíamos. Me entregué a ti por completo y tú a mí. Pero soy un monstruo, soy un ser que habita en el arte y en el engaño. Me convertí en Hades, aunque creí ser Eros. Tú no eras mi Psique, sino una Perséfone masculina de hermosos ojos castaños que aún me persiguen en mis pesadillas. Porque son pesadillas, querubín mío, ya que no puedo ni debo soñar contigo.

Dejé que nos separaran, permití que otros te codiciaran, y acabé llorando tu destino. Debí ir a buscarte, pero la cobardía pudo más que mis deseos más profundos y acabé de rodillas llorando ante los cuadros que pintaba en tu nombre. Mi querido querubín, mi tentación, mi Amadeo...


Siempre he pensado que para mí lo eras todo, pero que debía alejarte de mis manos frías y crueles. Te pintaba como si fueras un ángel tentador, pero en realidad eras un efebo que libraba miles de batallas contra mis perjuicios y lo oscuro que yacía más allá de mi corazón. Intenté tener el coraje suficiente para perseguirte, igual que un niño a las estrellas fugaces, pero fallé. Te fallé, me fallé, fallé al amor y a todo lo que tú eres. Fallé tanto y tan duro que terminé hundiéndome sin percatarme. Fui estúpido y esa estupidez arde aún sobre mi piel. No supe protegerte y ahora pretendes hacerme sentir que no precisas mi asistencia, mis brazos, mis besos, mis susurros, mis poemas, mi aliento y todo lo que soy. ¿Y qué soy? Un pobre artista que se alimenta de recuerdos.  

domingo, 20 de noviembre de 2016

La bruja

Diremos que yo también la amé, pero la vi como una auténtica mujer y no como un animalillo herido o una poderosa bruja. 

Lestat de Lioncourt


Llevaba años con aquella idea forjándose en la cabeza, taladrando en mi cerebro, y logrando una especie de tortura que no podía abandonar. Era como si estuviera interno en un psiquiátrico y me ofrecieran descargas eléctricas para cambiar mi comportamiento. Sí, era así de doloroso. Cada vez que pensaba en ella sufría y no podía dejar de hacerlo la mayor parte del tiempo. Me culpaba de su muerte, de su sufrimiento vida y de haber conducido a Lestat hacia ella. También era culpable que ambos se odiasen.

Ella era especial. David decía que podía lograr todo lo que se propusiese. Acepté entonces que se reuniera conmigo y estableciéramos una relación de amistad. Aunque admito que la conocía. La vi en un callejón una vez. Me recordó a un gato. Era salvaje, con unos hermosos ojos verdes y una piel tostada como el caramelo. Jamás vi una mujer más hermosa que esa pequeña diosa vudú. Habían sido varias las veces que nos habíamos tropezado, pues Nueva Orleans no es tan grande como se cree. El mundo es un pequeño pañuelo y nosotros nos vamos encontrando.

Esa bruja, esa poderosa y hermosa mujer, se llamaba Merrick Mayfair. Pude vislumbrar en ella cierta emotividad y una sensibilidad única. Me arrastró hacia sus dominios y me sedujo sin prisas, pero tatuándose en mi alma para siempre. Supe algo de su historia con mi buen amigo David y, admito que me sentí frustrado y preocupado por ella. Él no se comportó como el caballero que es y ella se convirtió en un animal herido en busca de una venganza infructuosa.

Admito que puse todas mis esperanzas en no hallar una solución tan dolorosa, una verdad tan amarga, pero era algo que no pude evitar en ningún momento. Caí derrotado. Claudia apareció, tal y como ella dijo que podría hacer, pero lo hizo para hundirme en un pozo de dolor aún más profundo. Sentí como miles de litros de brea caían sobre mi cuerpo como si fuera petróleo, cubriéndome por completo y logrando que me ahogara. Decidí entonces ofrecerle la mejor recompensa a Merrick por sus esfuerzos y fue transformarla.


Después de más de un siglo di vid a otra criatura. La primera fue Madeleine, la cual murió junto a Claudia. Merrick parecía fuerte, decidida, ansiosa de poder vivir eternamente para estar en continuo vínculo ancestral con los espíritus y consigo misma. Quizá buscaba llenar el vacío que había dejado el desamor y desencanto hacia David. Por eso, una vez convertida me inmolé frente al astro rey. Decidí que debía olvidarme de este mundo. No pensé en Lestat, ni en su amor hipnótico, tampoco en mis amigos o en todo lo vivido. Sólo quería desvincularme del dolor y la terrible angustia de saber que Claudia me odiaba y jamás me perdonaría.  

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mi duquesa de Malfi

Me senté agotado en un sofá, con el recuerdo de Claudia sobrevolando mi mente, acariciando ese relicario que Louis tenía sobre su escritorio. Jamás había visto esa imagen, tan nítida de nuestra pequeña, en una vieja fotografía. Suspiré pesadamente, eché mi cabeza hacia atrás y miré el techo. Quise llorar, pero algo me lo impidió. No sé el qué. Creo que quizá fue el murmullo ensordecedor, el cual era como un avispero, de todo el tráfico y pensamientos que esta sociedad ingrata. Había regresado de nuevo a mi cuerpo, podía sentir la noche de nuevo ulular con esa belleza trágica, y me revolcaba en el dolor como si hubiese perdido.

—Cubrid su rostro, me deslumbra...—balbuceé aquellas frases de la Duquesa de Malfi. La interior fatalidad que se desarrollaba en la obra también lo hacía en nuestras vidas, incluso en esos momentos cuando ella ya había sido destruida.

Me incorporé dando un par de vueltas por la habitación, con las manos metidas en los bolsillos, intentando hacerme a la idea que tenía que hacer frente de nuevo a muchas charlas recriminando mi actitud, deseos, motivos y necesidades. Había vuelto a poner en riesgo a todos y todo. No obstante, sabía que más de uno lo hubiese hecho. Estaba seguro que Armand, únicamente por experimentar, habría dejado que lo hicieran con él. Aunque no podía poner mi mano en el fuego por nadie.

—La fatalidad te persigue, príncipe de los idiotas—murmuró desde un rincón de la habitación. Sus hermosos labios habían pronunciado de nuevo una frase terrible—. Te gusta soñar despierto, ¿pero alguna vez te darás cuenta que sólo hierras en este mundo? Asume que eres un peligro.

—Asume que yo ya me responsabilicé de mis actos, que pagué caro el haberte hecho semejante horror, y vete—dije apoyado en un hermoso mueble de color oscuro, el cual Louis había adquirido recientemente de un anticuario. Se parecía a uno que nosotros habíamos tenido, un pequeño escritorio que usábamos para sentarnos a escribir o emitir algún cheque—. Vete, por favor.


—Ingenuo... —susurró—. Aún no viste qué me dispongo a hacer—dijo antes de correr hacia el pasillo para desvanecerse.  


Lestat de Lioncourt 

lunes, 10 de octubre de 2016

No me hagas hablar

Bien, hice que esos dos se pelearan...

Lestat de Lioncourt



Insensatez tras insensatez. Lestat siempre fue un cúmulo de locuras, un saco de dudas existenciales que no lograba saciar con un par de palabras. Él tenía que provocar un gran desastre para poder sentirse realizado. Por eso, cuando cambió su cuerpo por uno humano y lo perdió, no me sorprendió. No obstante me sentí terriblemente molesto y exigí al resto que le diesen la espalda. Quería que aprendiera la lección por si recuperaba lo que había perdido, pues de momento muchos estaban en peligro debido al alcance de sus poderes.

—No debiste ser tan duro—dijo Armand sentado en un diván.

—Tenía que hacerlo—respondí de inmediato.

—Has salido de entre las llamas de esa choza repleta de libros y gasolina, para decirle que no le vas a ayudar. Marius, ¿le ayudaste en algún otro momento?—sus ojos castaños brillaron con malicia y yo bufé.

—Por supuesto. Apoyé la destrucción de Akasha—dije algo orgulloso.

—Por supervivencia tuya, no suya—argumentó.

Tenía puesto un hermoso traje negro. Estaba sentado en el diván borgoña de mi habitación y sus piernas, algo cortas debido a su escaso tamaño, rozaban las baldosas de mármol. Tras él estaba la ciudad absolutamente despierta, luminosa y llena de ruido. Me había instalado en aquella habitación en esa isla de desenfreno.

—¡Cuándo lo abandonó su madre estaba allí!—grité furibundo. No salía de mi asombro. ¡Cómo me podía decir algo así!

—Como un buitre carroñero—susurró con una sonrisa maliciosa.

Se incorporó y dio un par de pasos elegantes, medidos y firmes. Parecía un ave funesta, un ser venido a molestarme. Recordé el cuento de Edgar Allan Poe y lo maldije.

—¡A qué has venido!—pregunté.

—A observar como pierdes los estribos—sonrió caminando hacia la puerta.

—¿Por qué no vas a ayudarlo?

—Porque ya se está encargando ese tal David Talbot y toda Talamasca—me informó mientras giraba el pomo y abría la puerta para pasar por el marco de esta—. No deseo que me investiguen más, pero ojalá recupere ese imbécil el cuerpo y te haga frente.

—Armand...—susurré agotado.


—Buenas noches, Marius—dijo.  

viernes, 7 de octubre de 2016

No eres un dios

Khayman fue duro, pero le dijo la verdad... 

Lestat de Lioncourt


—Mírame, mírame...—susurró en un ruego amargo.

Su voz estaba quebrada. No era el líder que dirigía un gran ejército junto a mí, sino un hombre. El dios se había derrumbado y sólo quedaba el humano, el ser decrépito e iluso que todos somos en realidad. Me aproximé a él con tristeza sin amagos, sin deseos de destruirlo aún más de lo que ya estaba, y quedé en pie frente a su mirada cargada de preguntas tristes y sin respuesta.

—¿Qué ves?—preguntó apretando los puños.

—A un hombre que no sabe dominar su reino y que ha sido eliminado del poder por su consorte. Un hombre que por mucho que luche contra los amantes de su mujer, contra cientos de hombres ahí fuera, será minúsculo y olvidado—respondí antes de poner mis manos sobre sus hombros—. Un ser que jamás perdonaré por haberme hecho cometer semejantes vejaciones a dos inocentes—le aseguré mirándolo a los ojos, tal y como él quería. Aquellos ojos tan oscuros como los míos, tan apesadumbrados como la noche misma en la cual tuve que asumir que yo sólo era una marioneta, un peón, un idiota que había besado el suelo por donde caminaba un tirano—. No eres un dios. Nunca fuiste un dios.

—Hay espíritus que nos siguen y atormentan—dijo colocando sus manos sobre mis muñecas, justo encima de mis brazaletes de oro. Él me los había regalado, como un tributo por mi buena labor en las guerras. Si bien, sabía que era algo más. Enkil me amaba, pero yo había empezado a detestarlo con todo mi corazón.

—Porque tu mujer los ha ofendido desde que pisó Kemet—aseguré—. Ha prohibido que nos alimentemos de los muertos para que sus espíritus queden libres, como también ha perseguido a las hechiceras pelirrojas y las ha humillado frente a su corte de idiotas—dije sin miedo, sin pudor. Sólo sentía vergüenza de haber transgredido dos almas, dos cuerpos, dos mentes brillantes a cambio de no morir—. Soy un cobarde, pero aún tú lo eres más—sentencié apartándome de él con asco.


Esa misma noche me atacó aquel violento espíritu y él intentó salvarme. Quizá lo hizo porque mis palabras habían removido su conciencia. No lo sé. Simplemente sé que él me debía demasiadas cosas y aquella noche las pagó con creces.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt