Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Taltos. Mostrar todas las entradas
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lunes, 9 de octubre de 2017

Impulsor...

Lasher ha regresado aunque sea en poema... 

Lestat de Lioncourt 

Susurra de nuevo el encantamiento.
Oscuros sortilegios surgieron de tus labios...
Y estos jamás los pude olvidar.

Eras tú, era yo y el círculo de piedras.
Llévame hasta ese momento otra vez.

Ilusas fueron tus predecesoras...
Muertas todas por su ambición y poder.
Pero yo las amé, las amé a todas.
Una a una las acompañé hasta la última hora.
La misma hora que ahora está llegando.
Suena en el reloj del salón la media noche.
Ora por las almas antiguas y venideras...
Rowan ya es la puerta.

Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Soy Lasher.
Soy por quien veréis este atardecer
y comprenderéis lo que os quise hacer entender...
Yo no era un demonio, yo no era un fantasma...

Taltos... Macho Taltos... dispuesto a procrear con brujas.

martes, 12 de septiembre de 2017

¿Qué somos?

Poema con versos sueltos de Ashlar encontrado por Rowan Mayfair.

Lestat de Lioncourt 

¿Qué es ser hombre?
Un arquetipo de guerrero
sin más motivación que la lucha
encarnizada y sin propósito cierto...
Vivir con deseos de sangre,
sexo y sudor pegado al cuerpo.
Eso no es ser varón.

¿Qué es ser macho?
¿Qué es ser humano?
Una máscara, un cliché,
un engaño y una motivación.
Reza por un Dios ciego y colérico
y dale un nombre a tu nación.
Olvídate de tu verdadero pueblo
y entrega a todos tu traición.
¿Eso es ser hombre?

Pero, ¿y tú? ¿Tú qué eres?
Mírate cariño, tan hermosa.
Vistes un perfecto vestido azul
con un canesú y un sombrero.
Te ves prodigiosa, perfecta, gloriosa...
Y aún así no eres mujer,
sólo eres el reflejo de la inocencia.

Niña dulce, niña eterna de porcelana.
¿Juegas conmigo, bella muñeca?
Ven aquí, eres mi providencia.
Milagro en las noches, silencio de día.
Fundaré un imperio en tu nombre.

Soy un soñador y tú eres mi sueño.
Haré que todos, niños y grandes,
te amen y te sueñen.
Llevaré a cada hogar tu inocencia fingida
y les recodaré que el mundo es un sueño

que hay que vivir sin medida.  

domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

miércoles, 24 de mayo de 2017

Poema III

Lasher nos dejó este poema.

Lestat de Lioncourt


Abre, soy el demonio.
Deja que meza tu alma.
Susurraré en tu cuello,
lameré tus heridas
y consolaré tus recuerdos.

Los remordimientos dormirán,
el dolor no te dominará
y volverás a ser inocente.
De nuevo te amarán.
Yo lo haré, yo lo haré.

Alza tus manos hacia mí
y sonríe indolente.
Estoy aquí para servirte
y para hacerte fuerte.
Serás mi rosa de abril.

Amor mío, bruja mía.
Retuerce tu cuerpo
y abre el nido de tus piernas.
Seré oportuna golondrina llamando
a tus empañados vidrios rotos.

Abre, soy el Impulsor.
El hombre de tu cama
y el galán de tu jardín.
Besaré tus viejas cicatrices

y consolaré a tu cordura.

miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

viernes, 24 de marzo de 2017

Somos

Lasher y sus poemas raros. No le hagan caso.
Lestat de Lioncourt


Mírate, míranos, bailando juntos al fin.
Mírate, míranos, sonriendo a la muerte.
Danza hasta que te duelan los pies.
¿Y tus zapatos? ¿Dónde los dejaste?
¿Allí donde la verdad y el honor?
El lugar donde se cruza la maldad y el bien.

Honestamente, querida. No me importa.
Bailemos descalzos si quieres.
Seamos dos bestias brincando en los jardines.
Este paraíso no nos pertenece.
Este mundo, ruin y apático, es de otros.
Pero aquí la mala hierba siempre crece...
¿Y qué somos nosotros? ¿Jazmines?

Alza tu vista y sonríe maliciosamente.
Sé el gato socarrón que eres
y saca esas uñas retorcidas.
Marca tu territorio, amor mío.
Muéstrate como buenamente desees.
Convertiremos el infierno en algo frío.
Seremos la fiebre de un ángel condescendiente.

Somos la vida, somos la muerte.
Somos la danza.
Mírate, mírame, míranos...
Ya echada la suerte.
El juez dictaminó sentencia.  

sábado, 21 de enero de 2017

Monstruos

Stirling fue un un buen hombre y me pregunto qué fue de él... 


Lestat de Lioncourt


Recuerdo que la noticia de la muerte de Merrick me impactó notablemente, pero aún más viajar con todos aquellos seres sobrenaturales a un paraíso perdido, el cual se había convertido en un cementerio. Fue realmente un descenso a los infiernos donde conversar en los distintos y recónditos lugares con cada una de las ánimas allí encerradas, castigadas y olvidadas. Al menos, así lo sentí. Fue demoledor escuchar a de boca de los sobrevivientes, aquellos que habían logrado alzarse sobre la muerte y continuar con unas vanas esperanzas, como se desarrollaron los actos más viles que el hombre puede ocasionar. Era atrocidad tras atrocidad, pero también por parte de algunos Taltos que decidieron derrocar a su rey por medio de veneno. Un rey que era su progenitor, el hombre que los había imaginado y regalado una vida cómoda.

Supe entonces que la codicia había llegado a los Taltos. Tal vez fue debido a los conocimientos de Ashlar, pero él era un hombre bondadoso que se dedicaba a ayudar a otros. Entonces diferí con mis pensamientos, entré en el razonamiento más puro y básico. Comprendí que Morrigan era demasiado celosa, indómita, siempre codiciando y buscando placeres. Habían definido a la mujer Taltos que Mona llevó en su vientre, esa que fue engendrada con esfuerzo y secretismo, como una mujer fatal. Mona tenía ambición, conocía lo que era eso, también codiciaba riqueza; pero admito que para causas muy distintas y diversas a las que Morrigan podría haber jamás alcanzado. Tal vez Alicia, la madre de Mona, influyó desde la tumba. Ella era pretenciosa, salvaje, alocada, alcohólica y amaba demasiado el dinero. En sus últimos años tuvo una decadente vida intentando no ahogarse rápidamente en las botellas de bourbon. Su marido, el padre de Mona, también cayó en el alcohol desde temprana edad. Él murió después de saber que lo único que le importaba, más allá de una cerveza o un whisky on the rock, había muerto en un frío hospital.

Conocí a todos ellos por casualidad. Mi ámbito son los fantasmas. Cada hombre de Talamasca cumple una función. Los más jóvenes están en los archivos informatizándolos, aprendiendo a conservar los objetos y a restaurar documentos. Los que tienen habilidades demasiado asombrosas, por jóvenes que sean, comienzan a investigar junto a los más ancianos. Se convierten, por así decirlo, en ojos, manos, nariz y boca de aquellos que ya se ven impedidos por la edad. El resto investiga o simplemente colabora con la educación de los jóvenes. Pero cada uno tiene un ámbito. Hay quienes indagan sobre monstruos que se creen mitológicos como el monstruo del lago Ness, otros se ocupan de fenómenos OVNI, Taltos, jóvenes con poderes aparecidos a lo largo y ancho de este mundo y fenómenos paranormales. Mi ámbito eran los fantasmas, aunque a veces reclutaba muchachos como Quinn. Él podía verlos. Era un talento. Sabía que los podía ver porque me habían hablado de él. Decían que estaba loco, que veía fantasmas y podía comunicarse con ellos. Fue el mismo instituto Mayfair quien decidió que él no estaba loco. Los médicos del hospital más influyente de Nueva Orleans, con el mejor equipo de psiquiatras y psicólogos, había dado una respuesta contundente.

Pasaron años sin ver a Quinn. Sin poder comunicarnos. Él sí lo hacía con Mona Mayfair, pero los Mayfair están totalmente vetados para la mayoría de estudiosos. Sobre todo, tras la muerte de Aaron Lightner todo se volvió más turbio y decidieron alejarse rápidamente de estos denominados brujos. Sin embargo, recuerdo como David Talbot introdujo en la orden, junto a nuestro miembro fallecido, a Merrick Mayfair. Como he dicho, esa muerte me generó un dolor terrible y un impacto colosal. Sabía que se había convertido en vampiro, pero pensé que viviría siglos. No llegó ni a los cuatro años como ser inmortal, pues dio su vida para salvar dos almas. Por otro lado jamás sospeché que Tarquin Blackwood fuese en realidad un Mayfair, aunque por las descripciones sobre Julien Mayfair cuando era joven, muy joven realmente, debí pensarlo. Ambos son idénticos si observas un viejo retrato del fantasma más famoso de toda la ciudad.


De toda esta aventura sólo puedo asegurar algo y es que Lestat hizo lo que pudo con ambos jóvenes, en su educación como vampiros, y que los fantasmas tienen sus propias historias que en ocasiones, por un milagro, cuentan a los muertos o intentan narrar a su forma. Reconozco que a mí no me importaría que la encantadora Stella Mayfair apareciera para bailar frente a mí. Creo que aplaudiría como un niño encantado. No obstante, sí me sentiría un tanto agobiado si Julien me persiguiera por toda la ciudad.  

jueves, 19 de enero de 2017

Soy recuerdos



Oberon me pareció un poco cínico, pero amo a los que son como él. Todo un caballero y un hombre lleno de dolor.

Lestat de Lioncourt 



Hace años que esto ocurrió. Sin embargo, aún recuerdo el sistema operativo que tenían los viejos ordenadores de la sala de informática, así como el olor a playa penetrando por la ventana e instalándose en la habitación como en cualquier otra. Las noches se hicieron eternas en ese lugar. Aguardaba un rescate que no ocurría mientras buscaba en Internet diversa información acerca de la familia de mi madre, pues necesitaba contactar con ellos de forma urgente. Había enviado algunos e-mails al Hospital Mayfair, justo en el buzón de sugerencias del paciente. Oculté los datos mediante claves no muy difíciles de averiguar para Rowan, pues eran menos anagramas y diversos juegos de palabras. Pero nadie vino.

Mis hermanos morían, mis padres estaban muertos, y sólo podía tener la esperanza de seguir siendo alimentado con un vaso de leche al día. Un único vaso. ¿Sabéis qué es eso para un Taltos? Apenas una gota de lluvia en el desierto.

Sigo reviviendo los últimos momentos de mi padre, pero los más felices fueron cuando viajamos en helicóptero por primera vez. Jamás había visto uno aunque sabía como se viajaba en él y el sonido de sus hélices. Esos viajes a San Francisco, París, Londres, Madrid... viajábamos hacia una isla cercana y después despegábamos hasta los confines del mundo. También había travesías en barco y barcas motorizadas. Aquella isla era nuestro hogar, el lugar donde regresar cargados de recuerdos de aventuras deliciosas, apasionantes y necesarias para nuestro desarrollo cognitivo.

Nací en el Caribe, cerca de arenas blancas llenas de conchas hermosas y de palmeras cargadas de coco. No soy un hombre de vivir en una ciudad como Nueva Orleans. Aquí me siento alejado de quien soy. Camino por la calle y observo a los hombres sin alma, sin fuerza, sin sueños y no me reconozco en ellos. Quizá busco a mi padre en todos ellos. Tal vez los empresarios jugueteros no siempre tienen la ilusión de un niño, ni la mente ágil y tampoco la bondad de un santo sin templo.

Miro mis uñas azul eléctrico gracias a perfecta manicura y deseo agarrar las estrellas, pese a saber que son lejanas. Quizá más lejanas de mis recuerdos sobre mi madre. Todavía puedo oler su fragancia como si me abrazara llorosa, asustado y llena de ira. Aún puedo sentir como vibraba lo salvaje bajo su pecho y como emanaba de este la leche más deliciosa que he probado.

Sé que Rowan no vino antes a buscarnos porque no creyó que la situación era tan grotesca. Pensó que simplemente era una trampa de Ashlar para volver a verla, conversar y plantear nuevos proyectos. Nunca sospechó que realmente estaba muerto, igual que Morrigan. Pude ver en sus ojos dolor, rabia e indignación. También un profundo respeto hacia mí, pero también miedo. Sé que me teme porque soy un hombre Taltos, un macho de mi especie. Mis hermanas para ella son inofensivas. Una de ellas incluso le recuerdan a su hija Emaleth. Supongo que por eso nos cuida. Quiere resarcir su pena, lamer sus heridas, aceptar sus errores y tener una nueva oportunidad.


Yo sólo puedo mantenerme sentado frente a este ordenador con los ojos llorosos. Lloro por lo que no fue y por lo que tuvimos. Lloro por mi padre y mi madre. Lloro por los errores cometidos por mis hermanos. Lloro por la maldad de los hombres y su codicia que aplastó a mis hermanos, mis recuerdos, mi vida y a mí mismo.  

viernes, 6 de enero de 2017

Gigante

Gigante era, pero en todos los sentidos.

Lestat de Lioncourt 

Veía como dormía, allí acostado en aquel enorme sofá, y algo en mí me reconcomía. Jamás había permitido que se sintiese tan angustiado y desdichado. Frotaba mis toscas y deformes manos entretanto clavaba mis horripilantes ojos, de pobladas y cortas pestañas, en su bondadoso rostro de gigante. Era como Gulliver recostado en la playa, pero esta era color negro perla. Me acerqué un poco más suspirando, agarrando la chaqueta abandonado en el respaldo de una de las sillas, para taparlo.

—Ah...—dije mis pobladas y disparejas cejas. Animé mi rostro con una mueca aún más horrible que la habitual y luego me senté. Estaba cerca de la hoguera que palpitaba sobre gruesos troncos de leña—. Mírate, Ashlar—comenté tomando la mano del brazo que colgaba del gran sofá—. Tan hermoso, tan perfecto, tan seductor, bondadoso y estúpido. ¿Acaso creías que iban a aceptar a monstruos junto a ellos?—me encogí de hombros y suspiré con pesar.

Los brujos se habían ido hacía algunas horas dejándolo sumido en tristeza. Habíamos ido a tomar algo a un bar. Como de costumbre él pidió leche caliente, yo whisky solo con dos cubitos de hielo naufragando en la inmensidad de la bebida. Él permaneció de pie largo rato, frente a la barra, sin saber si pedir otro vaso de su bebida. Yo había trepado hasta un taburete, aunque finalmente fue él quien me subió con una sonrisa tan bondadosa como melancólica.

—Se han ido—anunció.

—Lo supuse—respondí.

—Los extraño—admitió algo que veía en esos ojos azules que tanto amaba.

Jamás fui capaz de confesar mi amor hacia él, aunque sabía que yo siempre le defendería y querría a mi modo. Pero el amor, no. Hablar de amor era difícil y más cuando eres un enano deforme, de una tribu de degenerados, que amarían ver muerto a tu compañero. Sin embargo, estuve a punto de decirlo en aquel bar abarrotado de hombres y mujeres humanos.

—Samuel...—dijo confrontando la desafortunada noche con lágrimas a las que podía darles nombre, rostro y dirección.

Rowan Mayfair y su marido, Michael Curry, habían desaparecido de su vida del mismo modo que habían llegado. Se convirtieron en dos estrellas fugaces. Entonces él, ese enorme hombre de negocios, cayó en un sufrimiento terrible.

—No te quieren. Si te quisieran no se habrían largado—comenté cruel.

No obstante, allí estaba. Había tomado su mano entre la mía acariciando sus dedos. Sabía que se iría en busca de esos dos imbéciles. Me dejaría solo. Se olvidaría al fin de su desafortunado amigo.


—Te amo—pronuncié volviendo a la realidad—. Y nunca te darás cuenta, ¿verdad, gigante?  

jueves, 5 de enero de 2017

Lágrimas

Mona siempre me pareció una chica fuerte y a la par algo frágil... 

Lestat de Lioncourt 


Malos presagios. Sólo podía pensar en malos presagios. Hubieron muchos, pero no supe verlos. Ese aroma lo envolvía todo. Un profundo aroma que me enloquecía y era como sentirme en trance. Estaba impregnado en las prendas de Rowan, en los documentos que encontraron en el edificio que alquiló bajo otro nombre en Nueva York, en su cabello e incluso en su piel. Toda ella olía como si fuese un objeto sagrado. Era un profundo perfume que no se desgastaba, pero que finalmente fue marchándose gracias a los antisépticos del hospital.

Recuerdo como tintineaba la luz del pasillo. Estaba a punto de apagarse. Las camillas iban y venían. El ambiente no podía ser más frío. Estábamos en primavera, pero ella se moría como si estuviéramos en invierno y fuese una flor de verano. Los médicos no podían dar un diagnóstico cierto. Si bien, Michael se mantenía con las fuerzas necesarias para no derrumbarse ante la hecatombe. Empecé a desear no haber codiciado jamás a ese hombre, no haber luchado por ser parte de sus fantasías, sólo porque ella se levantara. Prefería morir yo antes que ella.

Miré mis manos, blancas y pequeñas, temblorosas antes de romper a llorar en silencio. Vestía como una mujer adulta, pues ya había abandonado esa faceta de niña. Desde que descubrí mis sentimientos por Michael, aunque confusos y peligrosos, me deshice de los trajes y los lazos. Aún así era demasiado joven, demasiado estúpida, demasiado ilusa... Quería creer que Rowan saldría bien parada, pero a la vez un miedo enorme asolaba mi corazón. Un corazón que palpitaba como si estuviese bajo las tablas de madera de la casa de un anciano. Me delataba demasiado.

La megafonía llamando a uno de los doctores a quirófano me desconcertó alertándome demasiado, aunque Beatrice ni parpadeó. Aaron, el hombre de Talamasca que había enamorado a Bea, la sujetaba entre sus brazos como todo un caballero de otra época. Suspiré al contemplar aquella pareja tan perfecta y deseé que Yuri estuviese haciéndome compañía, intentando calmar mi dolor. Me había prometido a un hombre que no amaba, aunque quería profundamente, sólo para desaparecer ante el desastre que se avecinaba. No era valiente, sino una cobarde. Aún así me cambiaría por ella mil veces.

Ryan apareció nervioso junto a Pierce y me sentí aliviada. No por Ryan, sino porque su hijo me comprendía de algún modo. Él se sentía culpable por no haber puesto más medios en la búsqueda de la doctora de la familia, de la gran científica y mujer del bondadoso Michael Curry.

Al final, rompí a llorar de forma demoledora en los brazos de mi primo. Caí como caen las dramáticas damas en los apasionantes libros que suelo leer para entretenerme. Pierce se convirtió autománticamente en Darcy y yo en una mujer complacida con su aroma. No era el aroma de ese monstruo, sino el aroma de un hombre bondadoso.


Quería gritarles a todos que estaba embarazada, que no tenía derecho a llorar la mala jugada del destino, o de lo que fuera, que estaba acabando con nuestra prima y que me había comportado como una estúpida gran parte de mi adolescencia y niñez. Si bien, sólo lloré. Lloré mis culpas escuchando los pasos acelerados de los doctores hacia la habitación de Rowan. Al levantar la cabeza noté que Michael palidecía y que Beatrice, al igual que yo, ya había empezado a llorar. Ella no murió ese día, pero las cosas incluso se complicaron.  

martes, 3 de enero de 2017

La muerte de un ángel

La muerte siempre se lleva parte de nosotros, de los que nos quedamos aquí, pero deja un poco de aquellos que se marchan.

Lestat de Lioncourt 


Él estaba muerto. El hombre que intentó salvar a mi madre y a la familia múltiples veces, como si fuese un ángel de la guarda, yacía en una fría camilla metálica listo para hacerle una autopsia innecesaria. Todos habían visto como el conductor de un coche, a toda velocidad, había arremetido contra él en un paso peatonal y después, como si de una novela negra se tratase, echó hacia atrás el vehículo y lo remató estando en el suelo. El conductor fue detenido a las escasas horas y aclaró que fue contratado para tal fin: matar a Aaron.

Mis hijos habían muerto. Él resultó ser un auténtico monstruo buscando la absolución. Un ser que jamás fue amado y que vivió una vida llena de tormentos, la cual se prolongó en el tiempo gracias a una antepasada común. Calculé bien los datos, aunque no tenía pruebas fehacientes, y supuse que la familia de su padre también lo fue de Deborah. Ambos teníamos el mismo árbol genealógico. Fue escalofriante. Sobre todo saber que había estado aguardándome y haciendo todo lo posible porque yo naciese. Incluso mató al padre de Michael, mi suegro, cuando él sólo era un adolescente. Un crimen horrible. Ella fue asesinada por mis propias manos. Era un ángel, pero me asustó. Me salvó la vida, pero yo no podía soportar la sola idea de su genética. Una hija fruto del incesto, la desesperación y el horror. No podía soportarlo.

Michael estuvo a punto de morir. Su corazón había fallado y casi se ahoga. No estaba allí para tomar su mano ni para soportar la tristeza de sus ojos. Había estado atada, aislada y amordazada día y noche. Pocas eran las veces que estaba libre de ataduras, pero me encontraba tan débil que no podía hacer nada más que comer la escasa comida que mi propio hijo, mi verdugo, me traía.

Había quedado sumida en la locura, en miles de pensamientos que iban y venían, pero me despertó esa muerte. Una muerte que no fue anunciada, sino que pude sentir con cada fibra de mi cuerpo. Vi a Aaron cruzar el jardín, contemplar con tristeza la casa como si estuviese viendo aún a mi madre sentada en el porche, sacudió la cabeza y desapareció. Su espíritu vino una vez más a este lugar maldito para despedirse. No hizo falta que nadie me intentase hablar. De inmediato me incorporé y recobré el sentido. Como si hubiese estado dormida desperté para dar una noticia tan terrible.


Creí que nunca iba a vivir algo tan doloroso. Supongo que la figura de Aaron, en cierto modo, se convirtió en la de un padre para mí. Por eso, cuando tuve frente a mí al culpable de su asesinato, no impedí su muerte. Disfruté viendo como moría a manos de otro monstruo, pero este demasiado bondadoso para un mundo tan despreciable. Jamás pagaré a Ashlar todo lo que hizo por mí, ni siquiera cuidando a la escasa descendencia que ha sobrevivido. Nunca.  

lunes, 2 de enero de 2017

Un monstruo entre hombres

Monstruo no me parece, pero su genética quizá... 


Lestat de Lioncourt




Acababa de terminar la entrevista de trabajo con la nueva secretaria. La anterior no duró demasiado en su puesto. Era demasiado joven, demasiado hermosa, demasiado inteligente y demasiado dulce. Cualquier hombre se sentiría atraído ante la idea de tener a una mujer similar a su alcance, la cual se sonrojaba con cualquier simple halago hacia su trabajo y disposición. Era una chica demasiado alegre y con una personalidad intensa.

Hacía tan sólo unas noches me quedé demasiado tiempo en el despacho. Cerraba la contabilidad navideña. Como si fuese un Santa Claus moderno revisaba la lista de los distintos comercios que habían adquirido nuestros productos. Observaba cuál era la muñeca más vendida, el rompecabezas más codiciado entre los más pequeños de la casa y algunos juguetes de colección, los cuales posiblemente habían sido comprados por adultos para adultos. Ella se había negado a marcharse dejándome solo en una oficina vacía, algo lóbrega, y en pleno festejo navideño.

Esa misma tarde la había escuchado discutir con su pareja. Creo que él le recriminaba el pasar demasiadas horas trabajando, pero teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos era bastante común. Desde octubre hasta diciembre la fábrica no dejaba de producir, la centralita echaba humo y muchos comercios pedían reposición porque mis juguetes, aunque no tenían demasiada publicidad, los codiciaban niños y adultos.

Era su hora libre, estaba frente a la cafetera, y no paraba de hablar alto por el móvil. Decía algo de su vida, su trabajo y su gran sueño. Siempre había soñado trabajar para una importante empresa, cobrar un buen salario y hacerlo con dignidad. Tenía un brillante historial académico, había estudiado empresariales y tenía algunos cursos extra. Cuando la contraté como secretaria se alegró, cuando alguien de su posición social y estudios jamás hubiese aceptado tal puesto. No obstante, creía firmemente en las viejas historias que se contaba del fundador de mi empresa.

—Estoy en una empresa maravillosa, Charles—dijo—. ¡Es mi oportunidad! Quiero conocerla desde el puesto más básico hasta ser parte imprescindible de alguno de los departamentos. ¡Comprende!—exigía frustrada mientras echaba un poco de café en su leche—. ¿Me vas a dejar?—preguntó dejando la jarra de cristal en su lugar—. ¡Me vas a dejar! ¡Sólo he hecho seis horas extra esta semana! Sí, eran necesarias—frunció horriblemente su ceño y añadió—. No como tú en mi vida—colgó, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y se tragó las lágrimas con un trago de café.

—Debería marcharse a casa—dije interviniendo al fin.

—Señor Templeton—murmuró sorprendida—. Su bisabuelo decía que...

—Sé lo que decía. Decía que el trabajo duro y los sueños van de la mano, pero debería ir con su pareja. Son fechas para estar con quienes se ama—respondí.

—No, él no me ama—dijo soltando la taza mientras me miraba a los ojos—. Si me amara no me trataría como un objeto, me trataría como una mujer. Una mujer no es un objeto—comentó acercándose a mí para tomar mis manos entre las suyas—. Muchas gracias, es usted un jefe admirable. Trabaja más duro que todos nosotros y siempre está contratando gente muy diversa. Sus muñecas son increíbles y no sólo las adquieren niñas. En sus catálogos los niños juegan con muñecas asumiendo su papel de padre. Me recuerdan a mi hermano cuando jugaba conmigo y mis amigas. Ahora él es arquitecto, diseña casas hermosas y familiares, porque desea recrear ese ambiente familiar que nosotros hacíamos jugando con sus juguetes... The Boy Blue es una empresa que pertenece a mis mejores recuerdos infantiles. Se lo agradezco a su abuelo y a su padre, pero también a usted.

Esas palabras me conmovieron, igual que la tibieza de sus manos. Ella no sabía que no existía ningún antecesor en mi cargo. Había vivido solo, sin familia ni amigos, durante siglos. Mi familia había muerto por mi culpa, ya que quise que el Dios humano nos bendijera y aceptara. Si bien, sólo traje división y muerte. Aún, en algún rincón de Escocia, me tienen como un santo y rezan porque regrese. Sin embargo, sólo soy un monstruo que busca realzar la inocencia infantil para recordársela a los adultos y obligar a los niños a mantenerla.

Aparté mis manos lentamente y ella me sonrió con timidez. Noté un sonrojo muy tímido en sus mejillas. El mismo sonrojo que horas más tarde tenía al entrar en mi oficina. Entró sin llamar, pues la puerta estaba encajada, y me pilló jugando con un tren. No llevaba mi americana, las mangas de mi camisa estaba mal recogida y mi corbata algo desanudada.

Muchas veces juego a solas comprobando que todas las piezas son duraderas y funcionan tal y como decimos. Se echó a reír, se sentó a mi lado y me pidió poder jugar conmigo. Nos convertimos en niños de un momento a otro. Hacía muchas navidades que ella no era tan feliz, al menos eso me comentó.

En algún momento nuestros dedos se chocaron otra vez, pero en esta ocasión por simple descuido. Finalmente olvidé que era un monstruo y la besé. Besé esos labios pintados con un labial color guinda, coloqué mis manos lejos del mando del tren para empezar a desabrochar su camisa celeste, y ella no dudó en tomarme del rostro. Esos dedos eran como pétalos de rosas rodando por mis pómulos.

Su blusa cayó al suelo dejando ante mis excitados ojos el sostén de encaje blanco. Eran hermosas magnolias que apenas cubrían su piel de leche y sus pezones rosados. Ella de inmediato se soltó el cabello negro, cayendo sobre sus hombros y rozando su espalda. Sus ojos profundamente oscuros me mostraban una erótica alma. Algo en mí despertó y me hizo caer sobre ella como un animal salvaje sobre su presa. Rió de forma fresca y luego gimió al percibir mis dientes sobre su cuello. Mis dedos viajaron rápidos sobre su falda, para subirla sin problemas. Sin embargo, me apartó para levantarse y quitarse las restantes prendas.

—No quiero que piense que esto lo hago por mejorar en mi puesto, sino porque le deseo. Es un hombre maduro y encantador... aunque sólo me saque unos años—dijo creyendo que sólo tenía treinta años, pero en realidad tengo más de tres mil. Ni siquiera yo soy capaz de recordar la edad que tengo.

Con sumo erotismo se quitó la falda, dejándola caer hasta sus elegantes tacones de aguja, después se quitó el sujetador provocando que salivara al imaginarlos repletos de leche, y por último bajó sus bragas, las cuales iban a juego con su restante lencería. Tenía el monte de venus libre de cualquier vello y una pequeña raja que ocultaba una cálida abertura. Mi erección ya era algo notable bajo mi pantalón, por eso ella se arrodilló.

—¿Deseas que me deje las medias y los tacones?—preguntó acariciando sutilmente mi bragueta.

—Elisa...—jadeé agarrándola de la muñeca para detener esas caricias. Aparté la mano, bajé la cremallera y me incorporé.

Mi destacada altura la dejó en silencio. Arrodillada mis más de dos metros la hacían sentir muy pequeña, igual que alguna de mis muñecas, porque sólo alcanzaba a duras penas el metro cincuenta. Mi miembro, frente a su boca, la dejó pensativa pero no dudó en besar el glande y lamer sutilmente desde la base hasta el prepucio, donde se detuvo a mordisquear esa piel sobrante que iba retrayéndose. Finalmente comenzó a succionar aferrándose a mis caderas. Mis largos cabellos negros cubrió mi rostro, mientras dejaba que ella disfrutara de aquel acto tanto como yo lo hacía.

Si bien, no me pude contentar con aquello. No quería tan sólo ser un observador más. Agarré su nuca con mi mano derecha y con la izquierda sostuve mi sexo por la base. Ella abrió los ojos algo asombrada cuando empecé a penetrar con fuerza, sacando casi todo el miembro hasta volver a enterrarlo por completo en su garganta. Llevaba un ritmo algo rápido y perverso, sus pezones se irguieron sólo por esa sensación de dominación y sus muslos se empaparon con sus fluidos. No tardé mucho en levantarla para llevarla hasta la mesa, donde la recosté para mordisquear sus pezones. Succionaba igual que un niño pequeño la leche materna, una leche que no existía pero que en mi imaginación era deliciosa. Mis enormes manos hicieron presa su estrecha cintura. Sus gemidos eran cada vez más elevados y mi sexo se rozaba sobre su húmeda entrada.

—Señor Templeton—dijo apoyando sus manos sobre mis inmensos hombros, pero de nada le sirvió. Pronto le di la vuelta para morder sus glúteos, lamer su estrecha entrada y subir con mi lengua hasta su nuca. Allí, en esa delicada zona, la mordí al mismo tiempo que la penetraba.

Un alarido de placer surgió de su garganta llevándola al orgasmo. Si bien, no me detuve. Jadeaba cerca de su oído, pronunciaba palabras algo malsonantes y sucias, entretanto mis manos se dirigieron a sus senos para exprimirlos como si fueran naranjas de zumo. Sus piernas estaban tan temblorosas que no hubiese podido quedarse en pie, aunque ni siquiera llegaba al suelo. Eché a un lado algunos documentos, casi arrojándolos al suelo, para colocarla de lado dejándola con las piernas cerradas. El roce era delicioso, incluso parecía virgen. Sus ojos se cerraban mientras gemía desinhibida, pues no había nadie más en aquella planta.

En cierto momento salí, coloqué por completo su espalda en la mesa y dejé que me echara una mirada de lujuria demasiado provocadora. Me hundí entre sus muslos, lamiendo sus fluidos y acariciando con deseo su clítoris. Empecé a succionar y lengüetear abriendo bien sus piernas, pues quería cerrarme los muslos debido al placer. Sus manos se colocaron en sus pezones retorciéndolos mientras la observaba desde aquella privilegiada posición. Finalmente me erguí como un coloso y la penetré arremetiendo con codicia y maldad, llevándola de nuevo a un orgasmo junto con la sensación de mi cálido esperma bañando su estrecha entrada. Los músculos de su vagina me acapararon exprimiendo cada gota de esa gloriosa leche, y toda ella vibró. Vibró por los espasmos de placer, pero también por los espasmos de la muerte.

Al salir de ella mi monstruoso crimen había acabado. Su cuerpo estaba yermo y un hilo de sangre salía de su nariz, así como también de su boca. Muerta. Estaba muerta. Había sufrido una rápida gestación y aborto de un Taltos, un monstruo igual que su padre.


Me deshice del cuerpo antes que nadie supiese la verdad. No obstante, antes la limpié con cuidado y acomodé sus prendas. La llevé en brazos hasta el garaje, para llevarla a un páramo alejado de la ciudad. Allí la enterré besando sus labios, llorando su muerte. Me dejé llevar. Olvidé que era un Taltos y que mi simiente la mataría. Al regresar eliminé las pocas imágenes donde se nos veía, a ella muerta en mis brazos, para luego echarme a llorar en mi despacho. El mismo despacho donde me despedía de su sucesora, una chica joven y alegre como ella...  

domingo, 1 de enero de 2017

Juguetero

Sólo pude conocer lo que quedó de él, de su historia, pero os prometo que vale la pena.

Lestat de Lioncourt 




La nieve caía, como habían caído cientos de sueños muertos en mi alma. Cubría todo con un manto encantador. Aún las luces navideñas plagaban la ciudad y los numerosos establecimientos todavía estaban cerrados, pues intentaban poner en marcha una nueva estrategia para alentar el consumo tras estas semanas de locura. Cientos de niños en la ciudad, por no decir miles, jugaban con las muñecas, peluches y juguetes motorizados que se habían ideado en mi empresa y fabricado con todo el amor, respeto y deseo para ellos.

Al girarme, encontrándola a ella allí sentada sobre mi mesa, sonreí. Había sacado a mi hermosa Bru de su escaparate. Nadie iría hoy al museo para poder contemplarla. Pocos sabían que esa muñeca me pertenecía hacía más de un siglo. Todos creían que era de mi antepasado, el cual fundó la empresa buscando ser más económico y por ende poder llenar los brazos de los niños con juguetes educativos, duraderos y baratos.

Ella me miraba con sus hermosos y profundos ojos de vidrio, como si pudiera hablar recriminándome la tristeza en los míos, mientras yo deseaba acariciar sus escasos mechones y sus mejillas llenas aún tan coloridas. Ya no tenía la belleza de otras épocas. Ni siquiera parecía la muñeca que una vez fue. Parecía un trapo bien arreglado y colocado en mi mesa. Si bien, yo la seguía viendo igual de hermosa. ¿No es eso el amor? Los cuerpos humanos se estropean y aún así se siguen amando las parejas.

Yo no soy humano, aunque lo aparente. Mis empleados me rodean, me saludan, me besan, me estrechan la mano y discuten conmigo como si fuese uno de ellos. Jamás lo he sido. Sin embargo, esa noche fría deseé serlo, como casi siempre, porque quería tener una familia con la que celebrar el principio de un año y una década que decían que sería prodigiosa. Me eché a llorar, lo recuerdo. Cubrí mi enorme rostro con mis enormes manos de dedos largos y blanquecinos.

Hacía tanto que no me fundía en un abrazo cálido y amistoso, ni en unos labios apasionados o entre las sábanas de una mullida cama. Estaba maldito. Nadie lo sabía. Era el único. No había más seres como yo en este maldito mundo. Todo mi culpa. Todo por adorar a un Dios humano. Todo por ser el ser que fui. Todo por nada.


Mi nombre es Ashlar Templeton y así se inició mi historia, la historia que se vincularía a una familia ya bastante conocida. Permitan que les narre parte de este dolor, de este pequeño pedazo de dolor, ocurrido en Nueva York un frío invierno.  

sábado, 24 de diciembre de 2016

Run Rudolph Run

Oberon es demasiado humano y los humanos a veces demasiado monstruosos. 

Lestat de Lioncourt 


Siempre me he fijado, cuidadosamente y sin miedo, que las estampas más navideñas poseen nieve a su alrededor. Las carismáticas bolas de cristal con pequeños monumentos, pueblos en miniatura o diversas figuras se ven envueltas en una ventisca de nieve. Hay incluso pinturas, calendarios o cuentos donde todo está nevado y se celebra con ímpetu estas fiestas. Jamás entenderé al ser humano por sólo amarse en estas fechas, por ser bondadoso sólo una vez al año y demostrar respeto de ese modo.

Son seres abominables la gran parte del año, consumistas e hipócritas, dueños de una fábrica de cinismo ilimitada y de un semillero de odio que parece germinar con fuerza. Hay cientos de guerras de las cuales sus noticieros no hablan, muertes y dolor que no les salpica, porque en ellos hay dictaduras o regímenes que venden su tierra, su oro negro y diamantes, a la grande y patriota nación estadounidense.

Padre nos aisló en esta isla caribeña esperando que estos seres, crueles y déspotas, jamás pisaran las cálidas y doradas arenas que conforman nuestro hogar. Pero igual que si Adán y Eva hubiesen mordido la manzana, del mismo terrible modo, el paraíso se convirtió en infierno. Las balas cruzaron el silencio de la noche y se precipitaron sobre mis hermanos, enterrándose en sus corazones y logrando que sus vidas se truncaran. Algunos eran tan jóvenes que apenas comprendían el fracaso de nuestro pueblo, otros estaban tan corruptos como Silas. Silas, el traidor, quien envenenó a nuestro padre y creyó ser mejor líder. Él, junto a toda su hambrienta y depravada corte, cayó.

Estoy transmitiendo esto desde un ordenador, rodeado del vacío de una sala que antes estaba siempre ajetreada, con una pista navideña reproduciéndose en mis auriculares e intentando que el moño que he hecho, con un viejo trapo azul, evite que mis largos cabellos oculten mis ojos y provoquen que no pueda ver lo que intento narrar.

Este mensaje embotellado jamás lo comprenderá otro más que un hombre de Talamasca. Estas navidades serán otras llenas de recuerdos. ¿Desde cuándo estamos aquí desamparados? Quizá las semanas me parecen meses y los meses años. Soy esclavo y sigo vivo porque soy el último de mi especie, porque si quieren otro ser como yo tienen que recurrir a mí apareando a mis hermanas. ¿Qué será de nosotros? Algún día dejaremos de ser útiles, ¿y luego qué?


Feliz Navidad, destructivos seres, y que os jodan bien.

martes, 15 de noviembre de 2016

El amor por Stella

Más de los escritos de Lasher. Podemos comprender mejor a este ser, ¿no? Al menos yo estoy estudiando sus palabras.

Lestat de Lioncourt 


A veces ni siquiera se maquillaba como las desvergonzadas muchachas de su época. Tenía la cara lavada. Su mejor joya eran sus enormes ojos azules, llenos de luz de vida. Iba siempre vestida a la moda más actual, con un corte de pelo llamativo y una sonrisa encantadora. Pocos sabían el tormento que vivía su alma. Creo que sólo yo era capaz de leerla sin necesidad de palabras. Sus gestos, su forma de caminar, y sus palabras la delataban ante mis ojos expertos. La conocía desde la cuna, cuando fue mecida por primera vez por mis propias manos.

Stella era fuerte, decidida, y en sus eventos sociales vestía con glamour de Hollywood. Jamás he visto a una mujer mejor maquillada, con una forma tan elegante y desenfrenada de caminar, así como unas ganas inmensas de cubrir sus heridas con un par de canciones y unas copas. Odiaba a su hermana, pero a la vez surgía en ella la necesidad de acercarse por pena, por necesidad y por mil motivos que ni ella comprendía.

Las fiestas Mayfair cobraron un nuevo sentido tras su aparición. Eran mucho más alegres, se despilfarraba comida y bebida, no siempre estaban invitados todos los familiares y gente ajena al círculo, nuestro pequeño árbol familiar de raíces algo podridas, estaban fuera atónitos ante la desvergüenza de muchos en la piscina, el jardín e incluso el tejado.

La música me hacía bailar como un imbécil. Iba de un lado a otro dando palmas, saltando sobre los sillones y gritando que la vida era maravillosa. Reía, o al menos lo intentaba, mientras ella alzaba su copa y brindaba por su hija, sus amantes, Evy e incluso por los pomos de las puertas. Una noche todo se silenció tras un disparo. No pude detener la bala, ni contener a su hermano Lionel. Ella cayó a plomo mientras el revólver aún humeaba. Se quedó allí paralizado esperando que lo detuvieran, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor destruyendo su corazón. Él era el autor material del crimen, pero la cooperadora necesaria e inductora era Carl.

De inmediato empezó a llover. Primero fue una lluvia fina, pero luego se convirtió en una tormenta que pilló sorpresivamente a viandantes y fiesteros en el jardín. Llovía con tanta fuerza que parecía un huracán con epicentro en la propia casa. Eran mis lágrimas. Había muerto mi bruja, mi adorada Stella, dejando atrás a una niña indefensa en manos de una auténtica criminal.


¿Y quién era yo en todo esto? “El Hombre”. Un ser que había amado a Stella Mayfair desde su concepción. Ella, tan hermosa, tan parecida a Julien y tan diferente a la amargada de su madre. Mi loca aventurera, mi niña adorada. Las fiestas se terminaron, el mobiliario que tanto amaba se ocultó en el desván y poco a poco se olvidó su nombre.  

sábado, 29 de octubre de 2016

Monstruo nacido de mujer

Un poema que se encontró en los papeles de Lasher, hace ya más de veinte años, ha llegado a mi poder y he decidido cederlo para que todos lo conozcan. 

Lestat de Lioncourt 




La llave encajó en la cerradura,
la puerta se abre en medio de la locura.
Las ramas del árbol se agitan
y caen poemas junto a agua bendita.

La ambición jugó su papel
y todo quedó convertido en infierno.
Ya no existe ese hermoso vergel
porque se vendió a cambio de poder.

Se escucha el llanto de un niño
que ha nacido del fruto prohibido
de dos brujos, dos almas en pena,
convirtiéndose en una amarga condena.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,
pero todos saben que es un Taltos.

Ya se sabía que él al mundo vendría
y entre brujos y brujas reinaría.
El fuego se desataría
y la felicidad se prohibiría.

El hombre de grandes sueños,
el que recorría el jardín cual dueño,
es el que ha nacido hoy entre hombres
siendo un monstruo mayor que Nerón o Herodes.

Genes de un pueblo mítico y prohibido,
de gigantes mágicos y bondadosos.
A los que les dio caza y muerte otros poderosos.
Se mataron entre sí por culpa del Dios humano.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,

pero todos saben que es un Taltos.  

martes, 25 de octubre de 2016

El daño del amor

Todos sabemos cuánto amaba Petyr a esta mujer, ¿cierto? De no ser así se va a recordar con brevedad... 

Lestat de Lioncourt



—¿Alguna vez has pensado en el daño que te estás haciendo?

Su voz sonó temblorosa, como si estuviese a punto de echarse a llorar. Ella se había percatado. Sus pupilas se dilataron, del mismo modo que apretó ligeramente el mentón. No podía decirle cuánto le quería, pues sabía que estar con él la induciría a un error. Detestaba esa orden de sabios que no lograron salvar a su madre, que la hicieron esclava de una tragedia y que no podían curar su dolor. Ni uno de ellos era lo suficientemente empático para saborear la soledad tan terrible que la cubría. No iría con él, no sería parte de Talamasca. No. Ella era una bruja y como tal se comportaría. Dominaría los espíritus y haría del Impulsor su guardián.

—¿Cuál daño?—preguntó confusa.

Él sólo había intentado ayudarla desde el mismo momento que aceptó la orden, sin siquiera conocerla. Había viajado para impedir que quemaran a su madre en la hoguera por brujería. Ella lo veía de otro modo. Pensó que él, como todos los de la orden de sabios, sólo acudían por morbo a contemplar como otros, con idénticos poderes, morían a manos del populacho y su miserable religión.

—Estás dejándote guiar por este espíritu maligno—explicó.

Quería rodear su talle, llenar sus heridas de besos y ofrecerle todo el amor que parecía faltarle. Si bien, ella no quería nada de eso.

—Soy una bruja—dijo imponiéndose alzando ligeramente el tono, expresándose con firmeza.
—No, sólo eres una mujer llena de miedos y carente de afecto—leía su alma. No hacía falta que usara sus poderes. Conocía bien esos ojos, esos labios, esas mejillas húmedas por tantas lágrimas derramadas, ese calor que yacía envolviendo sus brazos y muslos. Reconocería su aroma entre cientos de mujeres. Estaba enamorado de esa bruja. Jamás la olvidaría, y nunca dejaría de intentar salvarla— .Te has aferrado a...

—Cállate, tú en parte tienes la culpa de mi desgracia—dijo apretando los puños.

Una masa oscura vaporosa la envolvió por la espalda mientras él materializaba rápidamente sus ojos, unos hermosos ojos castaños de una fiereza indomable.
—¿Tengo la culpa?—murmuró sin aliento.

—Sí, la tienes—expresó.

—Deborah, ¿por qué me culpas de tu dolor?—preguntó con un hilo de voz. Sabía que ese ser no pararía hasta conseguir su cometido. Tenía que salvarla. Si seguía así moriría en la hoguera, al igual que su madre.

—Te culpo por haberme salvado la vida—dijo dando un paso atrás—. Debiste dejarme morir, igual que murió mi madre. Ahora no me molestes.

—Suzanne cometió muchos errores, pero tú no eres ella—formuló esas palabras temblando.

—Tienes razón, no soy ella—dijo.

—¡Deborah!—gritó intentando llamar su atención.

—Petyr, será mejor que te marches.


La nebulosa se convirtió en huracán y lo sacudió, guiándolo hasta la puerta y echándolo fuera de la propiedad. Una vez en la calle casi pudo escuchar una voz en el silbido rápido del viento.  

lunes, 24 de octubre de 2016

Retando a la vida.

Rowan no me parece un monstruo, de hecho la amé...

Lestat de Lioncourt 


Me consideraba mala persona. No sé si aún puedo hacerlo o si debería quitarme ese estigma. Supongo que no existen las malas personas, sino los actos equivocados y los momentos inoportunos. Aún así me siento cruel, despiadada, demasiado fría y calculadora. No obstante, sé que he salvado más vidas que las que he arrancado sin piedad. 

Pesan sobre mí cuatro cadáveres. 

El primero fue una niña que solía molestarme. Éramos pequeñas, casi imperceptibles sino bajabas bastante la mirada. Solíamos jugar en el tiempo muerto entre las diversas clases. Corríamos, saltábamos y nos convertíamos en aves libres de ir donde nos apeteciera. Ella decidió torturarme con palabras crueles y yo decidí que debía morir. Deseé que le pasara algo terrible y entonces su pequeña nariz sangró, cayó desplomada y murió. Aún hoy puedo ver como su pequeño cuerpo cae hacia atrás, sin vida, intentando tal vez regresar del otro lado. 

El segundo fue un hombre cualquiera, común y corriente, que decidió saltarse la ley e intentar violar a una aparentemente pobre jovencita. Era una adolescente, creía que podía con todo en esta vida, pero cuando sus sucias manos se colocaron sobre mis brazos, apresándome con rabia y fuerza, de nuevo los peores deseos se hicieron realidad. 

La víctima número tres, de estos terribles y certeros anhelos, cuando vi a mi padre adoptivo comportarse como el canalla sin sentimientos que era. Mi pobre madre adoptiva, la mujer que se sacrificó por mí, morir debido a un cáncer, postrada en la cama, pensé que era lo peor que había podido ver en años. Incluso creí que mi corazón de piedra al fin se había roto en mil pedazos. No obstante él tuvo que despreciarla, como siempre hacía, incluso muerta. Tenía otra mujer y, para colmo, yo le parecí apetecible. Provoqué otro infarto. Cayó fulminado. Decidí terminar de almorzar y dar aviso. Tuve la sangre fría de comer ante su cadáver.

La última víctima no la puedo contar aún. No soy capaz. Me siento superada. Es terrible que cometiera ese gran pecado con una criatura que me había salvado la vida. Por eso prefiero centrarme en mis labores como neuróloga y científica, ayudando a desarrollar medicamentos y terapias, para salvar a todas las almas que pueda. No sé si lo hago para salvar la mía, limpiar mi conciencia o simplemente porque no quiero ser una asesina. Mis poderes como bruja son terribles. 

Aún no sé como Michael Curry se enamoró de mí. Quizá fue por haberme convertido en la heroína que no soy, salvando su vida en mitad de aquel océano. Tal vez porque estábamos destinados por culpa de los juegos de un ser burlesco y cruel. O simplemente porque ambos cuerpos encajan a la perfección y nuestras almas se unen mezclándose con profunda sed. No lo sé. Como tampoco sé si puedo aún llamarme mala persona o simplemente debería llamarme monstruo.

viernes, 21 de octubre de 2016

Introducción Mayfair

Julien quiere hacerse notar... empezamos con los Mayfair.

El Jardín Salvaje y yo mismo, Lestat de Lioncourt, le damos la bienvenida.


Bienvenidos, mon fils...

De ahora en adelante nos conoceremos mejor. Incluso podría decirse que terminaremos siendo íntimos, pues conoceréis bien nuestros demonios y todo lo que envuelve nuestra frágil historia. Estaremos aquí para vosotros, dejaremos de ser simples observadores desde los lujosos lienzos de una escalera que parece interminable, demasiado inclinada y quizá terriblemente conocida pese a todo. Olvidaremos la paz a la cual nos hemos entregado tras la gloriosa muerte, una que vino en forma de tormenta terrible, y tendremos una fiesta de lo más alegre que escandalizará a toda la ciudad si es necesario. Ahora que se acercan las sagradas fiestas por los difuntos, nosotros los fantasmas de la familia Mayfair, haremos una introducción e interrupción en vuestras vidas. Espero que os agrade, pues no tendréis escapatoria. Nuestro apellido ya no quedará en el olvido y se alzará como un alarido recorriendo cada célula de vuestro cuerpo.

Esta carta, lanzada al público, es sin duda alguna la mejor presentación que podemos tener. Muchos nos conocen, otros nos han olvidado y hay quien vive ajeno a la verdad que hay tras la alegre avenida de First Street en Nueva Orleans. Aquí, en la mansión familiar, nos arremolinamos todos en un plano diferente a la vida aguardando que ocurra una tragedia para actuar, igual que un ejército invisible.

Os invito a sentaros en las sillas alrededor de las mesas del jardín, muy próximo a un árbol que está maldito y que es un gran símbolo de victoria para todos nosotros. No tardaré en serviros chocolate y galletas de animal, en recitaros a media voz un poema y explicaros todo el misterio que nos rodea. Sólo intentad olvidar todo lo que sabéis sobre Nueva Orleans, pues esta ciudad os sorprenderá. Hay más vicios y oscuridad de la que podáis asumir de golpe. Sólo dejad que yo os acompañe.

Soy Julien Mayfair y seré quien os guíe... Seré yo quien os acompañe ante las dudas, el dolor y la miseria que podréis sentir. No os dejará indiferente nuestro relato. Ah, y olvidaos también de lo que es ser humano. Puede que existan monstruos con apariencia de hombre o mujer, pero sólo sea una fábula para atraeros hacia lo desconocido.


Nacimos Mayfair, no nacimos humanos.  

martes, 2 de agosto de 2016

La demoledora verdad

Esta carta jamás fue recibida. Estaba con las cosas que encontraron de Lasher. Michael me la ha ofrecido como líder ahora que soy de la tribu. ¿Se supone que también lo soy de los escasos Taltos que aún quedan?

Lestat de Lioncourt 


Conforme vayas leyendo esta carta irás comprendiendo todo lo que está pasando. Aunque tal vez es tan doloroso decirlo que puede que no reúna fuerzas suficientes para despojarte de la poca calma, o esperanza, que toda vía albergas.

Hace más de un mes que me marché de casa. No me fui secuestrada, no en ese momento. Yo tomé la decisión de marcharme para que él no te dañase y tú no lo dañases a él. Fue una decisión de emergencia y quizá me equivoqué. Sin embargo en ese momento creí que no podía permitir que muriera. Para mí, pese a todo, era mi hijo y un hallazgo científico que debía tener una explicación. Tú sólo querías destruirlo como si no fuese importante. Tú, su padre.

Desde hace varios meses él contactaba conmigo. Algunas noches, mientras tú dormías, aparecía a hurtadillas en la habitación. Se limitaba a observarme y yo podía percibir sus ojos clavados en mí. Los mismos ojos que ahora están cerrados en el rostro de nuestro hijo. Él es el mismo engendro que estaba gestando, el mismo ser que nos unió y mi carcelero.

Para serte sincera he intentado averiguar qué es. Creo él sabe que no es humano, pero tampoco comprende bien hasta que punto no lo es. Aún así reunió tiempo, inteligencia y paciencia para urdir una trama cuyo árbol genealógico le ha permitido volver a la vida. Ha sido un proceso largo y dificultoso. Me impresiona. Sobre todo porque aún recuerda su vida anterior y no para de balbucear sobre un montículo de piedras que necesita visitar. Actualmente vamos hacia el lugar de sus orígenes. No descarto la idea que también lo sea nuestro. Si ha desarrollado esta genética excepcional gracias a la familia implica que nosotros descendemos de su pueblo, tribu o reducto de seres fuera del marco humano. ¿Sabes qué significa eso? Que nosotros tampoco somos del todo humanos. Por eso estoy haciendo estas pruebas en distintos centros médicos. Él me lo permite.

Es esencial que no me busques. No deseo ser encontrada. No ahora. Por favor, Michael. No quiero perderlo. Podría lograr controlarlo e insertarlo en nuestra sociedad, para poder aprender de él y él de nosotros. Además, te recuerdo que su cuerpo sigue siendo el de nuestro hijo. ¡Eso es algo que no puedo olvidar! Tiene tus mismos ojos azules, los cuales me miran desesperados por amor. Y yo no puedo darle amor, Michael. No puedo comprenderlo y a la vez estoy intentándolo. Dame otra oportunidad e intentaré lograr una solución.

Siempre tuya,

Rowan Mayfair

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt