Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 1 de enero de 2017

Juguetero

Sólo pude conocer lo que quedó de él, de su historia, pero os prometo que vale la pena.

Lestat de Lioncourt 




La nieve caía, como habían caído cientos de sueños muertos en mi alma. Cubría todo con un manto encantador. Aún las luces navideñas plagaban la ciudad y los numerosos establecimientos todavía estaban cerrados, pues intentaban poner en marcha una nueva estrategia para alentar el consumo tras estas semanas de locura. Cientos de niños en la ciudad, por no decir miles, jugaban con las muñecas, peluches y juguetes motorizados que se habían ideado en mi empresa y fabricado con todo el amor, respeto y deseo para ellos.

Al girarme, encontrándola a ella allí sentada sobre mi mesa, sonreí. Había sacado a mi hermosa Bru de su escaparate. Nadie iría hoy al museo para poder contemplarla. Pocos sabían que esa muñeca me pertenecía hacía más de un siglo. Todos creían que era de mi antepasado, el cual fundó la empresa buscando ser más económico y por ende poder llenar los brazos de los niños con juguetes educativos, duraderos y baratos.

Ella me miraba con sus hermosos y profundos ojos de vidrio, como si pudiera hablar recriminándome la tristeza en los míos, mientras yo deseaba acariciar sus escasos mechones y sus mejillas llenas aún tan coloridas. Ya no tenía la belleza de otras épocas. Ni siquiera parecía la muñeca que una vez fue. Parecía un trapo bien arreglado y colocado en mi mesa. Si bien, yo la seguía viendo igual de hermosa. ¿No es eso el amor? Los cuerpos humanos se estropean y aún así se siguen amando las parejas.

Yo no soy humano, aunque lo aparente. Mis empleados me rodean, me saludan, me besan, me estrechan la mano y discuten conmigo como si fuese uno de ellos. Jamás lo he sido. Sin embargo, esa noche fría deseé serlo, como casi siempre, porque quería tener una familia con la que celebrar el principio de un año y una década que decían que sería prodigiosa. Me eché a llorar, lo recuerdo. Cubrí mi enorme rostro con mis enormes manos de dedos largos y blanquecinos.

Hacía tanto que no me fundía en un abrazo cálido y amistoso, ni en unos labios apasionados o entre las sábanas de una mullida cama. Estaba maldito. Nadie lo sabía. Era el único. No había más seres como yo en este maldito mundo. Todo mi culpa. Todo por adorar a un Dios humano. Todo por ser el ser que fui. Todo por nada.


Mi nombre es Ashlar Templeton y así se inició mi historia, la historia que se vincularía a una familia ya bastante conocida. Permitan que les narre parte de este dolor, de este pequeño pedazo de dolor, ocurrido en Nueva York un frío invierno.  

viernes, 17 de julio de 2015

Amor a la inocencia

La inocencia la perdemos poco a poco y es buena recordarla. Un texto de Ashlar donde nos recuerda que debemos recuperarla. 

Lestat de Lioncourt


Ella era todo lo que tenía. Su cara de porcelana cobraba vida si yo lo imaginaba. Podía contemplar aquellas mejillas llenas, esa boca dulce, esa mirada encantadora y sus cabellos dorados como si fuera una amiga. La sostenía entre mis brazos y susurraba todo mi cariño, mi corazón y mis deseos. Era una especie de pacto secreto con el mundo, pues guardaba en ella la añoranza y la escasa ilusión que poseía por la vida.

Aquella muñeca me recordó que existe la inocencia en los más débiles. No hay nada más débil que un niño, al cual hay que proteger y cuidar hasta que alcanza la mayoría de edad. En nuestro pueblo eso es impensable. Nacemos para convertirnos en adultos muy rápido, sin necesidad de juegos y aprendizaje previo. Venimos programados como los grandes ordenadores de hoy en día y alcanzamos la madurez con una celeridad asombrosa, pero aún así guardamos la llama de la inocencia y los juegos siguen ofreciéndonos satisfacción hasta llegar a la tumba.

Vi a muchos morir jóvenes. Algunos eran mis hijos. Recuerdo todos sus nombres. No puedo olvidarme de sus miradas, sus sonrisas, el tono peculiar de sus voces cuando se unían en canciones hermosas que hablaban de grandes inventos, momentos de paz y también de miedo. Eran mis hijos. Ellos se convirtieron en mi orgullo y mi más preciada pertenencia. Y con ellos el valle se tiñó de rojo, de un rojo espeso como terrible.

Puse a las muñecas que fui adquiriendo, que yo mismo ayudé a diseñar, el nombre de mis hijos. Eran pequeños tributos a su inocencia, al amor incondicional que tenían hacia mi y la fe que depositó mi pueblo. La misma fe y amor que destruí al dividirlos convirtiéndolos en feroces enemigos.


Por ello cuando conocí a la bruja comprendí que ambos siempre tendríamos algo que nos uniría: el dolor. Ella había visto a sus hijos morir. Sabía que era verse privada de abrazar aquello que germina a tu alrededor. Padecía por Emaleth, su hija asesinada con sus propias manos debido al miedo que nuestro pueblo le despertaba, y también por Lasher, el Taltos macho que estuvo a punto de destruirla. Lamentaba que la historia hubiese sido tan cruel para los cuatro, incluyendo a su esposo Michael, pues hubiese deseado algo distinto mucho más pacífico, con proezas científicas y un amor incondicional por la vida. Pues ella siempre odió que se experimentara con la vida si no era para rescatarla de la muerte. Se sentía semilla del mal y fuente seca. Por eso mismo le ofrecí a Bru para que no olvidara que era inocente y que mi amor siempre sería puro hacia ella. Tan puro como el amor de un hijo hacia una madre.  

sábado, 28 de junio de 2014

Entrevista con el Rey Taltos

David dio con alguien especial y ha decidido traernos a todos la entrevista. Es una información que deberían apreciar. 

Lestat de Lioncourt 


Una pequeña y coqueta tienda de encantadoras muñecas había abierto sus puertas en New Orleans. Eran productos realmente maravillosos, casi sacados de otro tiempo, con unos rostros que parecían observarte allá donde estuvieras con sus impactantes ojos de vidrio. Aquellas muñecas, todas vestidas para la ocasión, hacían las delicias de todo aquel que pasaba y se fijaba en sus precios, para nada desorbitados comparándolos con la calidad, así como en toda la decoración que las realzaba con sus bonitas pelucas recién peinadas y sus cuellos almidonados. Eran dignas muestras de la sociedad, pues no sólo eran hermosas sino que poseían diversos colores de piel, ojos y estilos.

Se aproximaba la hora del cierre, el atardecer ya había caído y las luces de la tienda comenzaban a disminuir. Ya no quedaba ni un cliente, pero se estaba terminando de arreglar algunos paquetes para regalo. Las pequeñas descansaban en sus respectivas cajas, aunque algunas habían sido sustraídas de éstas para cobrar, aparentemente vida, en el mostrador y diversas secciones de complementos.

La puerta se abrió y una alegre música de pequeñas campanas sonó. Era una puerta fina, como la de esos viejos negocios, con una vidriera colorida que tenía el logotipo de la tienda con sus letras negras en relieve. La tienda era “El paraíso de Bru” y pocos sabían quién era Bru, pero él sí. Él sabía perfectamente quien era esa jovencita. David quedó asombrado cuando escuchó por primera vez sobre la tienda y más aún cuando la pudo contemplar con sus propios ojos una noche.

Bru era el nombre de la primera muñeca de Ashlar Templeton, un Taltos que se camuflaba ante los humanos como un carismático empresario. León Casimir Bru era el creador de la muñeca. Había surgido en la época de oro de las muñecas de porcelana tras una demanda de cientos de niñas, las cuales querían verse reflejadas en sus compañeras de juego. Fue la madre de todas las épocas para ser juguetero y vender encantadoras muñecas de porcelana. Se mostraba el esplendor de la época victoriana con sus encajes, bordados, estampados de cientos de colores y hermosos tocados. No sólo se compraban por parte de las familias adineradas para sus pequeñas, sino por modistos y personas adultas que las encontraban fascinantes. Ashlar la encontró en una fría noche, reconoció su belleza y la adoptó para que aliviara su soledad. Observando al muñeca comprendió que quería llevar esa magia a otros y fundó su fábrica de muñecas. Ver ese nombre, Bru, hizo que sus temores infundados tomaran mayor viveza.

Cuando pudo entrar en la tienda, vestido de forma impecable con un traje de sastre color chocolate y una camisa blanca de lino italiano, pudo ver como los dos únicos empleados estaban rodeando a un gigantesco hombre, cuyos rasgos eran los de un Taltos nada más ver sus enormes manos sosteniendo la delicada muñeca, junto a ellos.

—¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó enmarcando sus cejas con una amable sonrisa maquillando cualquier pensamiento grotesco en él—. ¿Desea algo de la tienda? Estamos a punto de cerrar—comentó dejando la muñeca en el mostrador—. Si desea alguna novedad tendrá que venir mañana, pues justo ahora estaba explicándole a mis empleados que...

—Ashlar—pronunció su nombre dejándolo callado—, conociste a Yuri que fue discípulo mío y de Aaron Lightner—dijo dando un par de pasos hacia el frente.

Los profundos ojos azules de Ashlar se enturbiaron al recordar cada detalle de Yuri, la historia que hubo antes y después de su aparición, y posiblemente también los sentimientos que todo eso le transmitían. Tenía el cabello más corto de como lo describió Lestat, pero era negro y tenía algunas canas que habían sido intentadas camuflar con tinte. Sus rasgos eran fascinantes, pues tenía una belleza masculina muy atractiva con unos labios no muy finos, unos dientes perfectos y blancos, una piel que parecía elástica a pesar de no ser un Taltos joven. Poseía unas manos enormes, pero cuidadas. Y su traje era perfecto, por supuesto de sastre, en color negro con una camisa blanca de algodón sin corbata.

—Por favor, caballeros, espero que me disculpen—comentó con una tímida sonrisa—. Tendré que marcharme, pero en la nota que les proporciono tienen el nombre y precio de las nuevas muñecas—dijo alejándose de ellos para aproximarse a David, al cual tomó del brazo derecho, justo por encima del codo, para presionar suavemente sus dedos y finalmente hablarle mirándole a los ojos—. Si desea hablar de algo relacionado con mi pasado, sea lo que sea, estaré dispuesto sólo si lo hacemos con discreción.

—Por supuesto, conozco el sitio perfecto—aseguró David sin apartarse, como si lo desafiara.

Por primera vez en mucho tiempo el antiguo director de Talamasca, David Talbot, se sintió pequeño e insignificante. Estaba frente a un hombre, o mejor dicho ser, que le rebasaba en estatura y conocimiento más allá de lo que cualquier vampiro, o sabio humano, podría tolerar.

Ambos salieron de la tienda, David el primero, para bajar por la calle en silencio. La noche tenía una deliciosa brisa veraniega, los vehículos circulaban a sus anchas por las calles, había luces de neón regadas por toda la calle que daba a la Avenida Saint Charles.

—Hay una cafetería que abren hasta altas horas de la noche, sirven un buen chocolate y diversos pastelillos. Aunque, conociéndolo, con leche sola y fría tendrá suficiente—aquellas palabras sonrojaron a Ashlar e hicieron que mirara hacia las fachadas que se alzaban a su lado derecho—. Le creía bajo el hielo, acompañado de su reina y de pétalos de flores diseminados sobre sus cuerpos.

—Es una larga historia—susurró—, pero puedo contársela si tiene tiempo.

—Cuando era mortal podía decir que le escucharía hasta que el cansancio me venciera, ahora soy un vampiro y tengo toda la noche, así como toda la eternidad, para hablar con usted—dijo clavando sus orbes cafés en su gigantesco acompañante.

Templeton bajó el ritmo de sus zancadas cuando notó que David lo hacía, para detenerse finalmente y entrar en una cafetería pequeña, pero muy hermosa. Aún no era el momento álgido y los empleados se encontraban tranquilos. Dentro de unas horas, casi hacia la media noche, tendrían numerosos jóvenes disfrutando de algún aperitivo dulce antes de continuar sus fechorías, varios insomnes buscando un descafeinado y románticos empedernidos que deseaban escribir sus memorias frente a una taza humeante de té, chocolate o café.

Las mesas tenían patas de hierro, pero una estructura muy hermosa. No eran las típicas mesas de cafeterías modernas que poseían todas, absolutamente todas, el mismo diseño. Las sillas eran cómodas y también había pequeños sillones muy agradables y acogedores. Ellos decidieron tomar asiento en una de las mesas más apartadas, cerca de una de las gigantescas ventanas y de los servicios.

—Tome asiento, por favor—indicó David, tomando asiento a su vez.

—No me ha dicho su nombre ni qué pretende—comentó sentándose frente al vampiro.

—Mi nombre es David Talbot. Fui director de Talamasca durante varias décadas, ostenté mi cargo con amor y eficiencia. Amor a la sabiduría, los misterios y cualquier miembro de mi orden. Bajo mi tutela estuvo Yuri Stefano, al cual conoció bien, e hice amistad, desde mi época de novicio, con Aaron Lightner, el cual fue asesinado—explicó desabrochando el único botón de su chaqueta que tenía cerrado, el central, para luego aproximar un poco más la silla hasta su acompañante—. Soy un vampiro creado por el mismo vampiro que creó a Mona.

—Fascinante, pero usted es... —dijo arrugando la frente y frunciendo el ceño.

—Joven de aspecto por azares del destino, pero era ya un anciano cuando Lestat me transformó—los vivaces ojos de Ashlar se fijaron en la estructura ósea de David. Aquellos ojos profundos, tan oscuros como el café más amargo, denotaban que su alma no era joven y que no pertenecía al de un vampiro que vivió una vida corta. Sus rasgos no eran del todo ingleses, su piel tenía un ligero tostado y sus labios formaban una sonrisa casi felina. Sin duda, era un hombre atractivo e interesante por lo que contaba. Ashlar quería hablar, pero no sabía bien qué decir y además David continuaba hablando—. Perdí mi cuerpo original, mi alma se enjauló en éste recipiente mucho más joven y él le dio la vida eterna. No se preocupe por éste misterio, pues el de su regreso de entre los muertos es mucho más...

—Interesante—susurró fascinado, como cuando le presentaban una nueva muñeca y deseaba estrecharla entre sus brazos—. Tuvo suerte.

—Correcto, mucha suerte—respondió con un ligero ademán de cabeza.

—¿Y qué quiere de mí?—dijo aún sobresaltado— ¿Qué desea que le explique?

—¿Cómo volvió?—preguntó—. Es decir, usted estaba muerto.

—No lo sé—sus palabras sonaron francas, pues aquel Taltos tenía esa peculiaridad. Era incapaz de mentir. Sin duda, era uno de esos hombres acostumbrados a dar la cara por todo lo que hacía o sabía. Podía ocultar la verdad, pero jamás mentir descaradamente—. Una mañana desperté en uno de mis viejos apartamentos, el mismo que se había mantenido desocupado durante años, recostado en mi cama y rodeado de algunos brujos.

—¿Quienes?

David había cambiado su postura relajada por una más tensa. Había bajado la guardia durante unos segundos, pues Ashlar propiciaba ese estado. Sin embargo, nada más oír esa breve historia se sobresaltó.

—No lo sé, eran todos Mayfairs—explicó.

—¿Qué querían de usted?—dijo rápidamente intentando averiguar las intenciones de la familia, las cuales no estaban aún nada claras.

—Me contaron que uno de mis hijos me envenenó, así como Oberon y mis dos hijas Miravelle y Lorkyn dieron la noticia de mi muerte a Mona, su compañero y otras personas cercanas a la familia—relajó su mente para que el vampiro la leyera si lo deseaba, cosa que no hizo porque sentía que no era necesario—. También me hablaron de un conjuro especial que me había devuelto la vida y restaurado mi cuerpo—hizo un breve inciso y se acomodó en la silla—. Nada más. Se lo aseguro.

—¿Y qué pretende ahora? ¿Qué desea hacer? ¿Por qué esa tienda?—eran muchas preguntas, pero todas tenían un objetivo. David sentía que New Orleans era ahora su hogar, porque fuese donde fuese sólo se sentía cómodo en sus calles llenas de turistas, artistas de todo tipo y delincuencia. Sí, era el aroma distinto del aire y el ritmo desenfrenado de algunos locales lo que le daban vida, y esa vida no la quería perder. Había cierta quietud en la ciudad y quería que así permaneciera, lejos de malas influencias y juegos macabros de un brujo con demasiados deseos de triunfo.

—Soy empresario—se apresuró a decir—. Siempre he tenido grandes sueños—encogió sus hombros y observó por el rabillo del ojo a las camareras. Ellas estaban allí situadas, a corta distancia, murmurando sobre ellos—. Creo en la justicia y en la igualdad—comentó llevándose la mano izquierda al torso inclinándose suavemente hacia delante—. Deseo tener aún mis viejos sueños, si me lo permite, y por supuesto quiero hacerlos realidad junto a mi frágil, pero fuerte, Morrigan—su mano dejó de estar abierta, para convertirse en un puño y caer suavemente sobre la mesa—. Aún no sé nada de ella y el sólo pensar que está lejos de mí, aterrada o padeciendo Dios sabe qué...

Una de las camareras se aventuró y caminó hacia ellos. Tenía un movimiento sensual y atractivo, con unos pechos que llamaron poderosamente la atención del Taltos. La leche que surgía de los pezones de las mujeres después del embarazo, y que en su raza podía continuar ofreciéndose durante años, le hacía desear beber como lo habría hecho un niño. Podía notar que ella era madre y sus senos contenían leche, por la forma y porque había una ligera mancha en la camisa, justo cerca del pezón, que ella no había sabido ocultar.

—¿Qué desean tomar?—dijo con la pequeña libreta entre sus encantadoras manos.

Ashlar quedó mudo imaginándola junto a él, ofreciéndole esa leche que tanto le excitaba y entusiasmaba, y recordó entonces a su hermosa Morrigan con sus pechos llenos de leche y el sabor de ésta. Estaba por volverse loco, pero contuvo sus impulsos y mantuvo cierta distancia con la joven.

—Yo no deseo nada, pero mi amigo necesita un buen vaso de leche fría—David pidió por él, de forma cortés y atenta, cosa que hizo que se ahorrara algún comentario sobre la joven. El vampiro había notado esa alteración, pero no dijo nada.

—¿Desea galletas que acompañen a la leche?—preguntó escribiendo en el papel el simple pedido.

—No, gracias—respondió Ashlar bajando sus ojos azules por la figura de la joven, cosa que provocó en ella cierto escalofrío acompañado con un calor sofocante y cierto enrojecimiento de sus mejillas.

—Ahora mismo traigo su pedido—susurró.

—Gracias—dijo el Taltos con una sonrisa bondadosa antes de ver como ella se giraba, encaminaba sus pasos y se acercaba al mostrador.

—No sé si Morrigan está viva, pero conociendo a Julien habrá pedido que se resucite del mismo modo que lo han hecho con él y con otros—afirmó—. Ésto es una maldita locura—murmuró sorprendido por tantos acontecimientos que le hacían sentir mareado.

—Juro por todo lo que he amado y perdido, así como puedo jurarle que aún siendo un profundo respeto y amor por Janet, que jamás he pretendido hacer daño al mundo—sus grandes manos estaban sobre la mesa, casi tocando el servilletero de metal—. Se lo juro—llevó su mano derecha al brazo de David y lo apretó.

—Le creo—dijo colocando su mano derecha sobre la del Taltos y éste se relajó de nuevo.

—Sólo quiero vender mis muñecas a un precio módico, restablecer mis franquicias, vivir una vida plena y reconquistar el corazón de mi hermosa pelirroja—regresó a su posición inicial y suspiró—. Nada más.

—Comprendo, pero ¿no le han dado órdenes de algún tipo?—precisaba más datos, pero desconocía si Ashlar podría ofrecérselos.

—No, sólo me dijeron que pronto podría reunirme con ella si Michael accedía—le miró a los ojos, cosa que no le extrañó, y parecía rogar que él tuviese alguna respuesta a esa orden que le habían dado. Una orden de esperar a un milagro, prácticamente.

—¿Michael Curry?—preguntó.

—Sí, Michael.

—Michael ésta implicado...—todo comenzaba a cuadrar, aunque no sabía hasta que punto podía afirmarse que estuviese o no implicado. Al menos, tenía ciertos conocimientos y debía arriesgarse a conocerlos.

—No lo sé—negó suave—. No sé nada—añadió sintiéndose perdido, pues hasta el momento al menos tenía ciertas convicciones y esperanzas. Sin embargo, lo que más le molestaba es que David parecía acusarlo de tener una información valiosa, ser cómplice de algo, que él ni siquiera llegaba a comprender—. Está usted acusándome con el dedo de algo que ni siquiera sé bien qué es.

—No se altere, por favor, no estoy intentando agredirle—imploró.

El ligero golpe de tacón bajo de la camarera les hizo recordar dónde se encontraban. Ella se aproximó con la bandeja y en ella, colocado sobre un plato de postre, un vaso de tubo con leche fría y un pequeño sobre con azúcar junto a una cucharilla y una servilleta doblada.

—Aquí tiene—dijo colocando la bebida sobre la mesa, justo frente al Taltos.

—Muchas gracias, es usted encantadora—la voz de Ashlar sonó sedosa y tranquila, aunque quizás era sólo para demostrar cierta calma frente a ella. Tal vez no deseaba que se apreciara que ambos discutían.

—Y usted un hombre muy caballeroso—respondió antes de marcharse.

—Ahslar—David le llamó la atención, para que no siguiera con la mirada a la camarera y se perdiera en sus pensamientos.

—Dígame—dijo tomando el vaso con su mano derecha para aproximarlo a sus labios.

—¿Sabe Talamasca de su regreso?—preguntó.

—No lo sé—se encogió de hombros y dio un largo trago a la leche.

—Entiendo, creo que debo retirarme—comentó poniéndose de pie.

—Disculpe—Ashlar dejó el vaso en la mesa, justo en el plato al lado de la bolsita de azúcar que no usó y la cuchara—. Si consigue hablar con Michael, pues para mí ha sido imposible, ¿podría decirle que no fue mi intención que Morrigan terminara muerta? Morrigan significó el fin de la soledad, un punto de luz en mi vida y por supuesto un sueño—sus ojos se adueñaron de una tristeza profunda y sus labios soltaron un último ruego—. Necesito volver a verla.

—Y yo necesito respuestas, pero le haré llegar el mensaje—le explicó—. Buenas noches, Ashlar Templeton.

—Buenas noches, David Talbot—respondió quedando allí con la leche fría y la única compañía del murmullo de las camareras, la suave radio del local y las luces diáfanas de la ciudad a lo lejos, tras el cristal de la ventana.


David se marchó cabizbajo, pero con cierto optimismo. Si lograba dar con Michael y hablar cinco minutos con él, aunque fuese cinco minutos, tendría una información suculenta. Debía regresar a su despacho, describir todo lo que había ocurrido y archivar aquella pequeña entrevista. La vida de Ashlar era larga, pudo preguntarle sobre mil cuestiones que quedaron en el tintero, pero de momento quería centrarse en el presente y éste era escueto.  

miércoles, 2 de abril de 2014

A mi querida Bru

Ashlar ha querido colaborar al fin con todos nosotros con un poema a su muñeca. No olviden que tenía un imperio juguetero que vendió, así como colecciones de muñecas y otros juguetes.

Lestat de Lioncourt

Vestida elegante, con la sonrisa pintada,
observas el mundo desde tu estante.
Has visto tanto y a la vez no sabes nada.
¿Algún día pronunciarás alguna palabra?

Bru, mi hermosa Bru.
La muñeca expresiva.
La joya de mi colección.
La primera siempre para mí.

Tan hermosa y coqueta, tan fría y material.
Podría jurar que un día te vi andar.
¿Has movido tus labios de niña feliz?
Posiblemente lo has hecho desde que te vi.

Bru, mi adorada Bru.
La niña de mis ojos.
La diosa de mi imperio.
Este rey se inclina ante ti.

Quiero tomarte entre mis brazos
pues quiero bailar canciones románticas.
Así que ponte bien esos coquetos lazos
y deja que bese tus mejillas de cerámica.


Bru... Bru... ¡Bru!  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt