Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Rowan Mayfair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rowan Mayfair. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

martes, 28 de febrero de 2017

Mardi Gras

Ryan Mayfair es un hombre recto y aún así también sufrido, sensible y honesto. Desearía que leyerais esto.

Lestat de Lioncourt


Martes de Carnaval... martes de perdición y crespones negros en mi corazón. Eso es todo. Han pasado algunos años, incluso más de una década, y revivo cada carnaval el mismo calvario. No importa realmente el tiempo que haga que se fue, como si no importase nada, sino lo que dejó atrás. Dejó un corazón roto, una incógnita, un hijo desecho y una familia hundiéndose en el fango. Murió a manos de un monstruo mientras todos intentaban atrapar collares de perlas de plástico con diferentes colores.

Me marcho a la casa en la playa, lejos de una ciudad llena también de recuerdos, para sentir la arena bajo mis pies y observar como las olas vienen y van. Pienso que está todavía ahí. Ella recorre esas arenas perfectas observando el horizonte, llenando sus pulmones de sal y dejando que sus cabellos los agite la brisa. Puedo incluso verla. Con esa blusa blanca, algo ancha, y unos jeans ligeramente ajustados. Amaba su sonrisa, aunque en los últimos años parecía forzada. Gifford tenía cuarenta y seis años y me dio gran parte de su vida, más de treinta años, con la firme intención de ser feliz y hacerme feliz.

En ocasiones me pregunto cómo se sentiría al saber que Alicia, su hermana, también murió aguardando salvarse en un hospital. Igual que murió su marido, pero este fue por la bebida. Ambos fueron presas de sus malos actos, aunque Alicia tuvo el mismo verdugo que Gifford. Las hijas de Laura Lee, nietas de Evelyn Mayfair, les fue tan mal como a la pobre Stella Mayfair. Muertas jóvenes, con grandes sueños y personas que las amaban.

Antes no creía en fantasmas. Era el hombre más recto de la familia. Jamás pensé que pudiese creer en criaturas extrañas, como lo son los Taltos, y los espíritus, como es el de mi propio ascendiente llamado Julien. Tío Julien recorre aún First Street con la elegancia que le corresponde. He podido ver en sus ojos un mar de penas que me engulle, aunque luego sonríe y parece estar en paz. Quiero creer que ella está en paz. Deseo pensar que algún día aparecerá por esta playa antes que yo cometa una locura. Llevo años soportando un dolor terrible y estoy vivo es porque deseo ver los nietos que me dará Pierce, nuestro hijo. Se casó hace unos años y aún no he tenido la suerte de cargar un bebé. También me ata Mona. Quiero volver a verla. Dicen que volvería, pero a la vez sé que me mintieron. Ella no regresará.


La vida parece un mal sueño con música de fiesta, de fiesta de carnaval donde el dios Momo se burla de mi desgracia.   

miércoles, 18 de enero de 2017

Volverla a ver sus esperanzas

Palabras elegantes y apasionadas de Michael 


Lestat de Lioncourt

Tuve que aceptar que no era el mejor hombre, ni el mejor padre, ni el mejor marido y ni mucho menos el mejor amigo. Me habían catalogado con altas expectativas debido a mis aptitudes, al carácter bondadoso superfluo y a la paciencia que transmitían mis caricias. Pero también pierdo los estribos y me convierto en un monstruo. Prueba de ello eran las tumbas bajo el roble. Unas tumbas que habían marcado un antes y un después en nuestra apacible vida de casados. Las ilusiones, las cuales se marchitaron como flores tras una helada en plena primavera, se desvanecieron. Todo aquello que teníamos acordado debido a nuestros sueños se dilapidaron convirtiéndose en borrones bajo un millar de lágrimas, las cuales eran tormenta peores que cualquier aguacero golpeando la costa de esta ciudad o de San Francisco.

Me he sentado más de una vez observando el roble mientras Mona estaba en el hospital. Me decía a mí mismo que Morrigan estaría libre, viva y sana. Juraba que posiblemente ya habría sido madre en brazos de un solitario bendecido con su risa, sus hermosas canicas de cristal verdáceo y la poderosa mujer que se agitaba tras cada peca. Era mi hija. Ella, esa mujer Taltos, era mi niña. El único fruto que pude dar a este mundo, la simiente de una equivocación. Mi mujer aún lloraba la muerte de Emaleth, fruto de otro error peligroso, cuando la vio danzar sobre la hierba crecida cerca de las tumbas de otras gentes como ella.

Ocultamos el nombre de Ashlar Templeton a Mona. No queríamos que supiéramos que ese talentoso juguetero, que de un día para otro desapareció en los confines del mundo, era apuesto caballero que atrapó entre sus grandes brazos, temblorosos y firmes, a nuestra hija. Ella palidecía en el hospital por los intentos vanos de encontrarla, cuando sabíamos que ambos habían huido para no ser hallados. Debíamos respetar su decisión, pero la chiquilla que adoraba se moría.

Nunca me sentí más aliviado que en el momento que apareció triunfante, con la mirada llena de vida, aferrada a Tarquin, su prometido en contra de todo y todos, y aquel joven de espesa cabellera rubia. Ya no era sólo una bruja ni una niña. Era una mujer de dieciocho años convencida de todo y todos. Se había convertido en algo más también: un vampiro.

Quedé impactado, pero todo lo que fuese salvarla significaba un avance. Reconozco que Rowan se volcó con ella y en ocasiones llegaba a casa culpabilizándose, fatigada, somnolienta y harta de esforzarse para nada. Rodeada de sondas, cables, aparatos para medir su presión y otros artilugios que la mantenían con vida la hacía caer en el deseo de matarla. Quería que muriera plácidamente, sin dolores y sin preocupaciones, antes que verla marchitarse. Si bien, ella no tomó aquel avance como algo bueno. Aún recuerdo sus gritos diciendo que estaba muerta y debíamos enterrarla.


Han pasado muchos años y aún recuerdo vivamente esos ojos verdes. Ojalá pueda volver a verlos. Se marcharon, como niños tras ser descubiertos en una travesura, y no han regresado. Comprendo que saber que su hija no sobrevivió a sus sueños, similares a los suyos, hizo que se sintiera destrozada. Ella es la protagonista de una historia amarga, pero magnífica si en algún momento, lejos de nosotros, ha logrado ser feliz.

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

miércoles, 4 de enero de 2017

Fortaleza

Michael siempre me parecerá un hombre sensato, bondadoso y fuerte pese a todo. 

Lestat de Lioncourt 


Todo lo que sueñas se puede convertir en tu gran enemigo. Un hermoso sueño puede reflejar una terrible historia y convertirse en una truculenta película de terror demasiado real, angustiosa y peligrosa para toda la familia. Jamás creí que sería un hombre aterrado, igual que un niño, mientras intentaba aparentar fortaleza porque las mujeres de mi vida, sobre todo las mujeres, necesitaban de mi apoyo.

Tía Vivian jamás pensó que mi vida se fuese a tirar por la borda de ese modo, aunque se sintió aliviada cuando dejé de compadecerme e intentar conquistar a la mujer que me salvó la vida. Ella obedecía al más puro instinto maternal, algo que incluso poseen las más despiadadas criaturas de la naturaleza. Para mí siempre ha sido mi madre, pues la mía era desnaturalizada y adicta a la bebida como única solución para sobrevivir. Mi padre era un bombero irlandés, no podía darle la vida acomodada y de lujos que ella pretendía tener, y por eso mismo se hundió. No le importó el amor que el profesaba día a día. Cuando quedé huérfano, pues primero murió él en acto de servicio y después ella debido a sus enfermedades, mi tía Vivian se convirtió en la mujer más importante de mi vida hasta la irrupción de Rowan.

Mi mujer, Rowan Mayfair, me necesitaba. Había sido secuestrada por un monstruo terrible que ambos habíamos engendrados. Un ser cuya procedencia desconocíamos. Tenía una genética asombrosa, una capacidad absurda para crecer y desarrollar su cerebro. Si bien, eso no le sirvió de nada. Ni su alma torturada, ni su prodigiosa mente o su belleza lograron evitar no ser asesinado por mis propias manos.

Mona Mayfair, prima de mi mujer y demasiado joven, era tierna pero no inocente. Tierna porque aún creía firmemente en un mundo mejor, en un futuro más digno. Si bien, tenía una forma arrolladora de conquistar aquello que deseaba con las armas de una mujer atractiva, poderosa e inteligente. Era muy precavida, pero como todos cometió un fallo. El fallo fue enternecerse demasiado entre mis brazos, permitir que cayera en la infidelidad entre sus jóvenes muslos y aceptar mi simiente como semilla de una vida igual de grotesca que la que introduje en Rowan. Ella me necesitaba. Necesitaba consolarla y asegurarle que el monstruo que venía no sería igual que Lasher.

Después estaba Beatrice Mayfair, también pariente de ambas, que perdió el nuevo amor de su vida horas después de su boda. Fue horrible. La mujer quedó destrozada al enviudar por segunda vez y de ese modo. Aaron era un hombre de una organización secreta de profesionales dedicado al estudio e investigación de fenómenos parapsicológicos. Una organización que estaba tras los pasos del monstruo que engendramos en su anterior vida, paso por la muerte y segunda oportunidad truncada por mi martillo.

Ryan, Pierce y el resto de hombres de la familia tomaban las noticias con mayor entereza. Estaban más familiarizados de algún modo con la muerte, sobre todo desde que la mujer de Ryan, madre de Pierce, feneciera a manos del animal salvaje que surgió de entre las piernas de mi mujer. Ese dichoso Taltos, porque así se llamaban realmente, destruyó sus vidas pero se aferraron a sus negocios.

Quedé como guardián de la familia. Quizá me convertí, sin quererlo, en el nuevo hombre del jardín. Paseaba en bata por este, observaba las flores y el césped crecido. Si bien, la noticia de un ser similar a mi hijo, muy antiguo, que quería conocernos, o al menos lo requería, me impactó. Sin embargo lo más impactante del suceso fue observar sus modales privilegiados, su sonrisa amable y escuchar su historia. Apoyé moralmente a ese hombre durante algunos días, comprendí su ansia de tener una familia porque yo también quería tener una. Por eso cuando apareció poco después en mi jardín, conociendo de improviso a mi hija Morrigan nacida del vientre de Mona, permití que se la llevara. Decidí que nadie mejor que él comprendería a esa mujer agreste y decidida, perfumada con las hormonas y la belleza de una mujer de su pueblo, su tribu, su raza... Merecía conocer sus orígenes y bailar junto a él eternamente.


Me convertí en un padre que dejaba irse a su hija, en un marido que no podía consolar del todo a su mujer, en un tío que tan sólo podía asegurar a su sobrina que todo saldría bien de algún modo, y en un hombre en una familia cuyas mujeres son fuertes, persistentes, autónomas y a la vez están derrumbadas porque el amor, la salud o simplemente sus sueños se esfuman demasiadas veces.  

martes, 3 de enero de 2017

La muerte de un ángel

La muerte siempre se lleva parte de nosotros, de los que nos quedamos aquí, pero deja un poco de aquellos que se marchan.

Lestat de Lioncourt 


Él estaba muerto. El hombre que intentó salvar a mi madre y a la familia múltiples veces, como si fuese un ángel de la guarda, yacía en una fría camilla metálica listo para hacerle una autopsia innecesaria. Todos habían visto como el conductor de un coche, a toda velocidad, había arremetido contra él en un paso peatonal y después, como si de una novela negra se tratase, echó hacia atrás el vehículo y lo remató estando en el suelo. El conductor fue detenido a las escasas horas y aclaró que fue contratado para tal fin: matar a Aaron.

Mis hijos habían muerto. Él resultó ser un auténtico monstruo buscando la absolución. Un ser que jamás fue amado y que vivió una vida llena de tormentos, la cual se prolongó en el tiempo gracias a una antepasada común. Calculé bien los datos, aunque no tenía pruebas fehacientes, y supuse que la familia de su padre también lo fue de Deborah. Ambos teníamos el mismo árbol genealógico. Fue escalofriante. Sobre todo saber que había estado aguardándome y haciendo todo lo posible porque yo naciese. Incluso mató al padre de Michael, mi suegro, cuando él sólo era un adolescente. Un crimen horrible. Ella fue asesinada por mis propias manos. Era un ángel, pero me asustó. Me salvó la vida, pero yo no podía soportar la sola idea de su genética. Una hija fruto del incesto, la desesperación y el horror. No podía soportarlo.

Michael estuvo a punto de morir. Su corazón había fallado y casi se ahoga. No estaba allí para tomar su mano ni para soportar la tristeza de sus ojos. Había estado atada, aislada y amordazada día y noche. Pocas eran las veces que estaba libre de ataduras, pero me encontraba tan débil que no podía hacer nada más que comer la escasa comida que mi propio hijo, mi verdugo, me traía.

Había quedado sumida en la locura, en miles de pensamientos que iban y venían, pero me despertó esa muerte. Una muerte que no fue anunciada, sino que pude sentir con cada fibra de mi cuerpo. Vi a Aaron cruzar el jardín, contemplar con tristeza la casa como si estuviese viendo aún a mi madre sentada en el porche, sacudió la cabeza y desapareció. Su espíritu vino una vez más a este lugar maldito para despedirse. No hizo falta que nadie me intentase hablar. De inmediato me incorporé y recobré el sentido. Como si hubiese estado dormida desperté para dar una noticia tan terrible.


Creí que nunca iba a vivir algo tan doloroso. Supongo que la figura de Aaron, en cierto modo, se convirtió en la de un padre para mí. Por eso, cuando tuve frente a mí al culpable de su asesinato, no impedí su muerte. Disfruté viendo como moría a manos de otro monstruo, pero este demasiado bondadoso para un mundo tan despreciable. Jamás pagaré a Ashlar todo lo que hizo por mí, ni siquiera cuidando a la escasa descendencia que ha sobrevivido. Nunca.  

domingo, 25 de diciembre de 2016

Winter Things

Feliz cumpleaños Lasher...
Lestat de Lioncourt


—Todo ha acabado.

Su voz taladró mi cabeza, perforando con fuerza mi cerebro, mientras me decía que eso significaba que quizá la muerte venía a buscarme. Deseaba morir. Sentía un dolor horrible en las caderas y un vacío horrible en mi alma. Algo había salido mal. Aún recordaba los alaridos, el parto frente a la puerta en el hall de entrada y los golpes de Michael intentando que abriese. Como si fuese una pesadilla. Todo parecía haber venido de una de esas torturas bíblicas de Dios a los hombres, de esas que nadie cree.

—Rowan....

El trino de las aves denotaba que había finalizado la noche. Me preguntaba si realmente seguía con vida o me había convertido en un fantasma, como la mayoría de nuestros familiares. Los pasos sobre la madera hacían vibrar mi cuerpo, así como mi alma. Sabía que había un peligro ahí fuera, pero no era capaz de abrir los ojos.

Podía percibir presión en mis senos de vez en vez, unas manos enormes acariciando mi vientre y el calor que desprendía otro cuerpo. No obstante, no era capaz de averiguar qué era. Gemí, creo que lo hice, entre el dolor y el placer. Mis piernas se agitaron como unos pobres peces fuera del agua y mis dedos acariciaron la rugosidad del suelo.

Al final, algo me incorporó y me llevó hasta el sofá. Pude aspirar bien el aroma de su cuerpo, el cual me brindó un deseo que corrompió cualquier otra sensación o sentimiento. Quise palpar esa figura con la misma pasión que lo había hecho hacía meses a mi reciente esposo. Mis ojos se abrieron cuando noté el mullido asiento del mueble.

—Madre, madre...—decía con una sonrisa tan similar a la suya, pero con una boca idéntica a la mía. Sus ojos tenían la belleza de los de Michael, pero la suspicacia de los mismos que veía cada mañana al mirarme al espejo.

—¡Quién eres tú!—grité aturdida—. ¡Mi bebé!—chillé palpando mi vientre mientras notaba que estaba desnudo, así como yo tenía mal acomodada la ropa. No estaba mi hijo en mi vientre, lo cual me decía que había parido—. ¡Dónde está mi hijo!

—Yo soy tu hijo—advirtió—. Soy tu regalo de Navidad, madre.

El resto de la historia ya es vieja y conocida. Han pasado más de dos décadas y sigo sintiendo miedo, preocupación y un deseo extraño de proteger todo lo que él era. Sabía que era un monstruo, sabía quién fue en otro momento, comprendí entonces que Lasher, el ser que estaba frente a mí, había ocupado el cuerpo de mi hijo. Si bien, no dejaba de ser mi hijo. Era mi criatura. No tenía mucho más en este mundo. Pensé que si dejaba que el resto de la familia, la comunidad científica y el mundo entero se enteraba de este suceso, quienes podrían señalarlo de milagro o maldición, podría acabar con él y conmigo en alguna institución. Sería usada como si fuera un alienígena y él, él podría ser convertido en objeto de laboratorio y vivisección.

Reconozco que quedé impresionada, pero no iba a permitir que lo destruyeran. Conservaría a mi hijo, del mismo modo que le permitiría vivir. Sería yo quien lo investigara, yo quien lo protegiera, yo quien hiciera de madre y compañera. Además, su aroma me confundía. Parecía un ángel, su perfume era atractivo y el deseo me envolvía por completo.  

jueves, 17 de noviembre de 2016

Revólver

Comprendo su dolor, lo comparto. Perder a un hijo o alguien querido es horrible.
Lestat de Lioncourt 




Un disparo directo. Sin titubeos. Un disparo que destruyó a ese ángel puro y bondadoso del poema que la anciana Evy recitó una y otra vez cuando era una niña, recostada en la cama de Julien y esperando que el gramófono siguiera funcionando para que Lasher, ni ningún otro espíritu, pudiese escuchar tal información. El edén se salvó, ¿pero a qué precio? Lloré amargamente abrazada al cuerpo sin vida de mi hija, la rodeé como quien rodea una tabla en medio del océano helado con el fin de salvarse, y rogué porque me mirase de nuevo, con aquellos profundos ojos de cielo, y me hablase dulcemente como lo había hecho durante todo nuestro cautiverio.

Parecía una muchacha más, pero con unos rasgos tan similares a mí que me dolía. No obstante, esos ojos eran los de Michael, los mismos que heredó ese maldito desgraciado, y que permanecieron abiertos como si aún pudiese verme. Era una muñeca rota, un ángel caído, yo era la asesina que había disparado destruyendo el único brote tierno y bondadoso que pude dar a este mundo.

Me había salvado la vida dos veces, en aquel bosque y en esa cama con su leche de mujer Taltos, y yo se la había arrebatado. Yo, su madre. Era un monstruo y debí haberme pegado un tiro de inmediato, pero Michael me rodeó con sus brazos gentiles y sus manos curativas. Decidió alejarme del cuero con cuidado y después, con solemnidad y algo de ternura, la tomó a ella evitando llorar. Algo le decía a él que debía hacerlo porque se merecía amor y virtudes provenientes de esta miserable vida.

Su historia terminó con capas de tierra y abono, en nuestro jardín, y junto a su padre, hermano y verdugo. Me arrodillé frente a la tierra removida y tarareé una canción infantil. Sentí que podían escucharme y deseé que ambos estuviesen en paz, tal y como decía el poema, mientras todo mi cuerpo temblaba por un frío extraño.

Al girarme, hacia el porche, vi a Julien de pie observando todo. Tenía su característico mil rayas azul, el cabello rizado canoso bien despejado de su frente, esos poderosos ojos azules similares a los de mi marido, los míos y los de tantos Mayfair, y con una sonrisa de alivio. Parecía aliviado, pero sinceramente sabía que parte de él seguía preguntándose qué eran realmente esas criaturas. Lasher sólo había contado su historia, pero no la clase de criatura que era. No sabía lo que era.


Entramos dentro, nos sentamos en la mesa de la cocina y él me hizo té. Hablamos. Él sonreía igual de aliviado que el fantasma que nos rondaba, el cual incluso se sentó en la mesa sin decir palabra, y después quedamos a solas. Durante horas, hasta el amanecer, permanecimos conversando y luego me apagué. ¿Por cuánto tiempo me apagué? ¿Por cuántos días? Sólo sé que vi el espíritu de Aaron aferrado a las verjas, despidiéndose y sonriendo amablemente como siempre, como si aún siguiese vivo. Nunca lo he confesado, ¿cómo podría? Ahora me atrevo tras décadas de aquello. Soy una mujer que camina hacia la senectud, pero aparento aún cierta juventud debido a tejidos obtenidos de los Taltos... ¡Ah! ¡Pero esa es otra historia!  

domingo, 13 de noviembre de 2016

Emaleth

Aquí el motivo por el cual Lasher llamó Emaleth a su hija. 

Lestat de Lioncourt 



No recuerdo cuantos abortos tuvo, aunque creo que carece de importancia en nuestro relato. Sólo sé que ella logró sobrevivir y hacer importantes preguntas aún sin salir del confortable hueco en el vientre de Rowan. Era mi hija, pero también mi hermana. Tal vez esto escandalice a más de uno, pero los animales copulan de ese modo, engendran y nacen nuevas descendencias sin sentirse atados a una extraña moralidad. Inclusive es algo común, casi como una vulgar tradición, que ocurre en la familia.

Decidí llamarla Emaleth. Es un nombre con significado. Una vez tuve una hermana, la única que lloró mi muerte y sufrió terriblemente porque yo fuese expuesto como un monstruo. Era una bruja poderosa, pero no tenía ni voz ni voto en una familia de miserables. Me enviaron al sacrificio creyendo que me darían amor, besarían mi alma llena de heridas y me llamarían hijo, nieto, sobrino...

Nunca conocí a mi hija. Aunque soñaba con ella. Ella fue el propósito por el cual secuestré a mi propia madre, permití que hiciese algunas pruebas científicas y médicas, y me odiase para siempre. Su odio iba envuelto en dolor, miseria y asco. No obstante yo buscaba ese amor puro que una vez tuve. Quería tener una mujer de mi propia especie y marcharnos lejos. Sólo quería ser el santo que vio mi hermana, no el monstruo envuelto en llamas.

Solía cantar para ella en profundos y rápidos silbidos, los cuales parecían ser el viento moviendo las ramas. Era hermoso, glorioso, maravilloso... ¡Una sinfonía sin fin! Ambos nos uníamos, aunque ella estuviese todavía en el vientre materno, y Rowan me miraba desencajada. Mi voz era la voz del Diablo y así tituló mis memorias mi madre, mi inusual compañera y la madre de mi hija.


No soy un diablo, sólo soy un pobre niño perdido...  

jueves, 10 de noviembre de 2016

Mi historia, mi momento.

Lasher aparece de nuevo para recordarnos todos los pecados que cometemos.

Lestat de Lioncourt 



Llegó mi momento. Ese momento que siempre aguardé. Realmente tenía razón. Volví a la vida mientras otros sólo eran olvido, huesos en un ataúd o simplemente cenizas. Nadie pudo esperar que yo me detuviese. No importó el tiempo, tampoco los caprichos que tuve que cumplir a modo de genio de la lámpara maravillosa. Nada importó en realidad. Pude hacerlo, y eso es lo único que merece cierta relevancia.

Elegí metódicamente cada pedacito del árbol familiar, planté la semilla del orgullo y la traición, hice que se regara con pasión libidinosa e incestuosa, podé lo podrido o insignificante, y dejé mi huella en el árbol tallando mi apodo: Impulsor.

Cuando me marché de First Street, siendo la oveja negra de un rebaño cuidadosamente seleccionado, sentí que mis pies volaban sobre el asfalto y que mis monstruosas manos eran hermosas, pues sostenían a mi madre. Ella era la bruja elegida. No se comportó como la primera, aquella que me tuvo entre terribles dolores hacía siglos. No me apartó, no me rechazó. Ella me abrazó pensando en lo portentoso que era, en las posibilidades que le traería a la ciencia y en un amor irracional. Yo era su verdadera familia, a quien debía proteger. Ilusa.

Ambicionaba volver al lugar donde fui destruido, pero a la vez invocado. Sabía que ese círculo siempre estaría en mi código de ADN. Era como un lugar especial que todo ser como yo conocía. No era un secreto para mí, pero quizá sí para los humanos. Donnelaith silbaba en mis recuerdos y se agitaba como las grandes ramas de un fresno.


Pero no es sólo mi historia, aunque soy el protagonista. Debo abrir paso a todos aquellos que quisieron detenerme, al amor peligroso que se vivió en distintos puntos de este país miserable, a las canciones y poemas que envolvieron mis escasos días y, como no, a la orden de sabios que se condenaron unos a otros. Es el tiempo de gozar de una verdad pútrida.  

Soy la sombra que al final ofreció luz a vuestra oscuridad...

sábado, 29 de octubre de 2016

Monstruo nacido de mujer

Un poema que se encontró en los papeles de Lasher, hace ya más de veinte años, ha llegado a mi poder y he decidido cederlo para que todos lo conozcan. 

Lestat de Lioncourt 




La llave encajó en la cerradura,
la puerta se abre en medio de la locura.
Las ramas del árbol se agitan
y caen poemas junto a agua bendita.

La ambición jugó su papel
y todo quedó convertido en infierno.
Ya no existe ese hermoso vergel
porque se vendió a cambio de poder.

Se escucha el llanto de un niño
que ha nacido del fruto prohibido
de dos brujos, dos almas en pena,
convirtiéndose en una amarga condena.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,
pero todos saben que es un Taltos.

Ya se sabía que él al mundo vendría
y entre brujos y brujas reinaría.
El fuego se desataría
y la felicidad se prohibiría.

El hombre de grandes sueños,
el que recorría el jardín cual dueño,
es el que ha nacido hoy entre hombres
siendo un monstruo mayor que Nerón o Herodes.

Genes de un pueblo mítico y prohibido,
de gigantes mágicos y bondadosos.
A los que les dio caza y muerte otros poderosos.
Se mataron entre sí por culpa del Dios humano.

Tiene el rostro de un santo,
pero todos saben que es un demonio.
Tiene el rostro de un ángel,

pero todos saben que es un Taltos.  

viernes, 28 de octubre de 2016

Lo que hay en mí

Es normal, ¿verdad? A mí me parece mentira que fuese tan fuerte... Yo me hubiese vuelto loco.

Lestat de Lioncourt 


Todos desean estar a mi lado porque poseo ciertos poderes. Odio tenerlos. Ojalá jamás hubiesen aparecido. Son una molestia. Me pongo en contacto con recuerdos y emociones que me perturban. Desde que escapé de las garras de la muerte, en esa cubierta de barco, están ahí. Aún ni siquiera puedo incorporarme en la cama, pues todavía estoy convaleciente, pero ya varios periódicos hablan de mi milagro y de mis visiones.

Tía Vivian está preocupada, como es lógico, porque yo soy como su hijo. Creo que no tiene a nadie más en este mundo, pese a que sus amigas siempre quedan con ella y toman té con pastas. La única familia soy yo. Crecí sin el cariño de una madre y no puedo compararlo con el de mi tía, pero podría asegurar que esos ojillos me observan con la misma devoción y amor que posee una. Debí pensar en ella cuando conducía mi coche para suicidarme. No obstante no podía vivir con tantos malos recuerdos, y ahora estos terribles sueños y visiones me persiguen.

No puedo dejar de intentar recordar cuál es la misión que me encomendaron esos rostros. Aunque sé que tengo que volver a Nueva Orleans. No sé cómo ni porqué, pero es mi deber. Al menos es lo que siento. Quiero salir del hospital y que las enfermeras dejen de traerme sus décimos de lotería, bolsos, reliquias y demás objetos. Ni siquiera ellas me dejan descansar.

Hoy ha venido una chica. Por un momento creí que era otra enfermera, pero en realidad se trataba de una periodista. Era muy guapa, vestía muy bien y al acercarse comprobé que no llevaba bata. Poseía unos ojos preciosos que parecían los de un gato, por lo vivos y salvajes. Su sonrisa era encantadora. Me dijo que venía del New York Times. Por primera vez un periódico grande, realmente famoso, venía a buscarme. No era la televisión, radio o periódicos locales. Alguien con un fuerte peso en su editorial le había pedido que cubriese mi noticia.

Empezó a preguntarme por los motivos por los cuales estaba flotando en medio del mar. Tuve que hablar brevemente del aborto que realizó la que era mi novia, la cual me abandonó y me dejó sin mis grandes sueños de formar una familia. Expliqué que el resto de mis amantes no podían curar las cicatrices de mi infancia y juventud, pero tampoco mi empresa de construcciones lograba llenarme. Sólo lo hacía la literatura y la música clásica, aunque sólo a ratos. Estaba cansado de beber cerveza fría mientras pasaban “Lo que el viento se llevó” o releía alguna de las novelas de mi autor favorito. Cansado de una vida indigna. Era un hombre joven, pues sólo rondaba los cuarenta, y aún así mi vida, o al menos parte de ella, había sido un camino de desgracias. No obstante reí contando alguna anécdota del hospital, pese a que en su momento me molestó o perturbó. Cuando se fue me sumí en un silencio apabullante incluso para mí. Dormí varias horas, me incorporé y me marché al aseo, cuando regresé me quedé mirando la ventana. Al día siguiente publicarían ese artículo mucho más humano que el resto de noticias.


Cuando llegó a mí, con el desayuno, no pude parar de reír. Había tomado notas de todo y se había centrado en algunas de mis ocurrencias. Sonreí esperanzado y supe que ese día me darían el alta, como así sucedió. Una vez en la calle no pude dejar de pensar en mi rescatador. Me preguntaba todo sobre él o ella. Deseaba saber qué le motivó sacarme del mar como si fuese un gran pez.  

jueves, 27 de octubre de 2016

El Jardín Prohibido

Este poema se encontró entre los bártulos de Lasher...


Lestat de Lioncourt


El Jardín Prohibido.

Pétalos sobre tu piel de nieve,
pétalos cubriendo el camino
que tanta maldad tiene.
Tu cuerpo es pecado divino
que me provoca fiebre.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

El pasado no se puede negar
al igual que las puertas oscuras
jamás se podrán cerrar.
Deja que con mis caricias te cubra
mientras hago al viento hablar.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

El legado cuelga de tu cuello
y no puedes huir otro lugar.
En tu vientre está el sello
que es entrada fugaz.
No, amor no es un atropello.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

Fruto prohibido, canción de cuna.
Dolor, trampa, desesperación y amor.
Deja que te cubra la luna...
admite tu pavoroso error.

Bienvenida al terrible horror

miércoles, 26 de octubre de 2016

La verdad de un tiempo lejano

Aaron era un buen hombre. Al menos a mí me lo parece...

Lestat de Lioncourt 



Metió sus manos en los bolsillos tras depositar las flores sobre la tumba. Eran frescas, rebosantes de aromas, hermosas como lo fue en su día la mujer que descansaba al fin de sus malos días, de los lúgubres tormentos de años de destierro y soledad. Se sentía vacío, culpable y apático. No pudo hacer mucho más, pero algo en él decía que debió mover cielo y tierra. No obstante ya era suficiente con haber aparecido en el momento propicio, justo cuando la nueva era avanzaba inexorablemente.

Cerró los ojos cansados, llenos de arrugas y recuerdo, para oprimir por primera vez contra su pecho ese magnífico recuerdo. Tenía una piel nívea, muy fresca y lozana, con unos enormes ojos desesperados y una mata de pelo negro tan espeso, rizado y hermoso que cualquiera hubiese deseado olerlo. Dicen que murió aún con un aspecto magnífico, muy bella y algo delgada, como si la muerte no hubiese tocado su cuerpo y su alma jamás hubiese sido torturada.

Deseó romper a llorar, pero no era más que un conocido. Fue durante algunos días la esperanza, el ángel mensajero de una palabra nueva y diferente, pero poco más. Estaba seguro que ella se había olvidado del hombre que le entregó aquella curiosa tarjeta, con un teléfono común y corriente, y atrás, anotado en bolígrafo, su nombre. Sí, estaba seguro.

Las margaritas eran las más hermosas y silvestres, pues tenían una presencia predominante con sus hermosos pétalos blancos junto a los restantes colores malva, turquesa, rojo, amarillo o naranja. Pero, ¿podía decir lo mismo de aquella pobre mujer? ¿Ella era la más hermosa de las brujas de la familia? Estaba seguro que su hija era más fuerte, hermosa y decidida. La había visto. Era doctora, neurocirujana en realidad, y tenía capacidades sobrenaturales. Él lo había percibido nada más chocarse con ella. Y, en esos momentos, iba hacia la tumba para dejar sus condolencias de nuevo. Una madre que la amó, pese a la distancia y el tiempo, y que jamás la olvidó del todo. Él lo sabía. Deirdre amaba demasiado al fruto del incesto y el deseo, demasiado.


No sabía cómo presentarse, pero lo haría. Tenía que hablar con aquella mujer. Era posible que estuviese en inminente peligro. Aunque, ¿sabía siquiera él qué clase de peligro era? ¿Cómo enfrentarlo quizá? No. No lo sabía. Sólo estaba seguro que el ahogamiento de Michael Curry, su posterior rescate por Rowan Mayfair y todo lo que le había secuenciado, poco a poco, tenía algo que ver. El destino no existe. Siempre hay alguien que escribe el guión de nuestras vidas.  

sábado, 22 de octubre de 2016

Deirdre, mi Deirdre

Lasher fue un nombre que conocí, pero no vi su cuerpo. Comprendí más o menos su historia, pues aprendí muchas cosas de esta familia. 

Lestat de Lioncourt 


Para ellos soy un monstruo, pero sé que fui la esperanza de una mujer torturada y atada a una vida insípida. Ella, Deirdre, yacía sentada en un porche mirando la nada esperando ser rescatada. Aunque yo no pude hacer nada más que ofrecerle una mentira, un jardín florido, palabras hermosas, caricias delicadas sobre sus mejillas gracias a mis besos y aliento, por lo menos hice algo más que drogarla y vejarla como mujer. La amaba. Amaba a esa criatura desde su concepción. Odié a Cortland Mayfair por dejar allí abandonada a quien fue su amante, por no hacer frente a la verdad, y permitir que le arrebataran el fruto prohibido que llevaba en su frente. Admito que disfruté arrojándolo por las escaleras.

Mi nombre es Lasher, no obstante puedes llamarme Impulsor, El Hombre... Diablo. Soy el guardián de una verdad de raíz amarga y fruto venenoso. Me alzo en mitad de la nada con una sonrisa y unos ojos peligrosos. Vine a este mundo entre las sombras y el viento. Estoy aquí para salvar el recuerdo. Soy la oveja negra que bala y pasta cerca del paraíso triste de una muñeca rota.

Escucha mi verdad. Ella estaba enferma de dolor y tristeza, pero no estaba loca. Jamás mereció estar absolutamente envenenada con Thorazine. Esta medicina trabaja cambiando las acciones de químicos del cerebro, y se usa para los psicóticos. ¡Ella no estaba loca! ¡Ella sabía con quien hablaba! ¡Y Carlotta también lo sabía! Pero la trataron como una esquizofrénica. Jamás lo perdonaré. Nunca aceptaré que permitieran esa dosis casi letal que la mantenían convertida en un guiñapo. ¿Y yo soy el culpable del dolor de esta familia? ¡Injusticia!

Recuerdo nuestras conversaciones en esa fábula que creé para ella. La envolvía con amor, abrazándola como si mis brazos pudieran sanar todas sus heridas, entretanto recitaba poemas llenos de belleza. Mi hermosa bruja, eso era. Una hermosa bruja que parecía bailar entorno a la vida, pero en realidad sólo se pudría demasiado pronto. Murió joven y yo lloré por ella. La tormenta cruzó Nueva Orleans hasta San Francisco en busca de su hija, la cual desconocía el rostro de su madre.


Soy tempestad. Soy el viento meciéndose en las ramas. Soy la luz de la luna penetrando en tu ventana. Soy el hombre que camina con elegante traje de fiesta por tu jardín. Soy la mirada llena de amor. Soy muerte y vida. Mi nombre es Lasher, recuérdalo.  

martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


martes, 2 de agosto de 2016

La demoledora verdad

Esta carta jamás fue recibida. Estaba con las cosas que encontraron de Lasher. Michael me la ha ofrecido como líder ahora que soy de la tribu. ¿Se supone que también lo soy de los escasos Taltos que aún quedan?

Lestat de Lioncourt 


Conforme vayas leyendo esta carta irás comprendiendo todo lo que está pasando. Aunque tal vez es tan doloroso decirlo que puede que no reúna fuerzas suficientes para despojarte de la poca calma, o esperanza, que toda vía albergas.

Hace más de un mes que me marché de casa. No me fui secuestrada, no en ese momento. Yo tomé la decisión de marcharme para que él no te dañase y tú no lo dañases a él. Fue una decisión de emergencia y quizá me equivoqué. Sin embargo en ese momento creí que no podía permitir que muriera. Para mí, pese a todo, era mi hijo y un hallazgo científico que debía tener una explicación. Tú sólo querías destruirlo como si no fuese importante. Tú, su padre.

Desde hace varios meses él contactaba conmigo. Algunas noches, mientras tú dormías, aparecía a hurtadillas en la habitación. Se limitaba a observarme y yo podía percibir sus ojos clavados en mí. Los mismos ojos que ahora están cerrados en el rostro de nuestro hijo. Él es el mismo engendro que estaba gestando, el mismo ser que nos unió y mi carcelero.

Para serte sincera he intentado averiguar qué es. Creo él sabe que no es humano, pero tampoco comprende bien hasta que punto no lo es. Aún así reunió tiempo, inteligencia y paciencia para urdir una trama cuyo árbol genealógico le ha permitido volver a la vida. Ha sido un proceso largo y dificultoso. Me impresiona. Sobre todo porque aún recuerda su vida anterior y no para de balbucear sobre un montículo de piedras que necesita visitar. Actualmente vamos hacia el lugar de sus orígenes. No descarto la idea que también lo sea nuestro. Si ha desarrollado esta genética excepcional gracias a la familia implica que nosotros descendemos de su pueblo, tribu o reducto de seres fuera del marco humano. ¿Sabes qué significa eso? Que nosotros tampoco somos del todo humanos. Por eso estoy haciendo estas pruebas en distintos centros médicos. Él me lo permite.

Es esencial que no me busques. No deseo ser encontrada. No ahora. Por favor, Michael. No quiero perderlo. Podría lograr controlarlo e insertarlo en nuestra sociedad, para poder aprender de él y él de nosotros. Además, te recuerdo que su cuerpo sigue siendo el de nuestro hijo. ¡Eso es algo que no puedo olvidar! Tiene tus mismos ojos azules, los cuales me miran desesperados por amor. Y yo no puedo darle amor, Michael. No puedo comprenderlo y a la vez estoy intentándolo. Dame otra oportunidad e intentaré lograr una solución.

Siempre tuya,

Rowan Mayfair

jueves, 28 de julio de 2016

La libertad de un condenado

Espero que Oberon no regrese nunca. Me parece cruel lo que están haciendo con él.

Lestat de Lioncourt 



Hacía varios meses que no venía por aquí y su peculiar olor golpeó mi nariz. Olfateé el aire como un gran danés sacando mis ojos de la pantalla del ordenador portátil que tanto me entretenía. Acabé levantándome apartando mis largos dedos del teclado y mi cuerpo de la mesa. Caminé por toda la habitación intentando calmarme, pero al final la fiera corrió hacia el pasillo del apartamento.

—¡Qué haces aquí! ¿Qué deseas?—pregunté algo furioso—. Dijiste que no le permitirías que nos tratara como animales enjaulados y mírame—dije golpeando la puerta de grueso cristal blindado que nos separaba. Mostraba los dientes como si fuese a saltar a su yugular—. Dime, ¿acaso tienes miedo de enfrentarte con la verdad?—susurré con una pequeña sonrisa descarada.

—Oberon, lamento haberte fallado—contestó colocando sus grandes y ásperas manos contra el cristal—. Os han trasladado algo lejos y yo todavía tengo asuntos pendientes por mi trabajo.

—¿Sabes por qué la perra de tu mujer nos ha traído aquí? ¿Sabes por qué cada uno está en una planta siendo tratado como conejillos de indias? ¿Lo sabes? ¿Te haces una idea de qué es tener que dar tu sangre cada semana, donar esperma cada mes o simplemente tener que soportar que te miren los dientes como si fueras un caballo de carreras?—aquellas preguntas le hirieron. Yo no dejaba de ser un hombre joven que merecía recorrer el mundo, país a país, para disfrutar de una vida de lujos similar a la de mi padre.

—Vi tus planos. Tienes talento como arquitecto—dijo desviándose del tema.

—¿Por qué no me contestas, Michael?—mi rostro tenía una pátina de dolor similar al duelo que había vivido hacía algunos años—. Tú envejeces viendo como yo no. Aunque tu mujer está buscando como ser eternamente joven gracias a mis genes—derramé una lágrimas apoyando la frente contra la puerta acristalada y temblé—. Y veo que surte efecto.

—Ha logrado mejorar mi salud y parar mi envejecimiento, es cierto—dijo introduciendo la clave para poder traspasar la zona.

—¿Te haces una idea de lo duro que es estar aquí?—pregunté—. Nos ha encerrado tras decirnos que seríamos sus ayudantes en un nuevo centro en Nueva York... Mintió.

La puerta se abrió y yo me separé con el rostro lleno de lágrimas, pero él acabó aferrándose a mí sin importar parecer algo menudo y bajito. Mis enormes manos se colocaron sobre sus hombros y después se deslizaron por su ancha espalda. Él hundió su rostro en mi torso para luego hacerlo en mi cuello. Me olfateaba igual que lo haría alguien del Pueblo Secreto. Su cabello era rizado y espeso, tan grueso como sedoso, y ya tenía canas demasiado visibles. Todavía usaba esa barba que le daba un toque muy masculino. En comparación conmigo era todo un hombre y yo seguía pareciendo un hombre joven, igual que el primer día, y lo sería hasta mi muerte al igual que mi padre. Por unos instantes lo recordé tumbado en la camilla descongelándose.

—Padre no hubiese permitido esto—susurré ahogado—. Él nunca hubiese permitido esto.

—Vete—dijo—Vete...—repitió apartándose de mí—. Vete ahora mismo.

—Si me voy...

—Regresa cuando lo creas conveniente. Diré que fue un fallo en la seguridad—sonrió de aquella forma tan bondadosa y yo me marché sin decir adiós.

Vestía una azul eléctrico a juego con mi laca de uñas, un pantalón vaquero ajustado y unas sandalias de cuero muy cómodas. El pelo estaba suelto, algo enmarañado, y parecía un loco acabado de salir de un psiquiátrico. Cuando logré alcanzar la calle tras bajar precipitadamente por las escaleras, casi saltando cada tramo de escalón, sentí que mi corazón palpitaba tanto como el día en el que lo vi por primera vez. Dejaba atrás a mi abuelo, al hombre que amé de una forma grotesca y pura, para al fin hallarme en libertad en mitad de Nueva York. Era el nuevo Tarzán de un mundo de asfalto.

Ahora me encuentro en la India. He viajado como tanto deseaba. Empecé sin tener siquiera unos cuantos dólares en los bolsillos, pero he trabajado duro y he conseguido dinero de mil formas distintas. Es curioso que sea un hombre rico y que no pueda acceder a mis cuentas. Rowan Mayfair sigue buscándome, pero no volveré hasta pasados unos años. Y sólo volveré porque Michael está siendo señalado como el culpable de haber tenido humanidad con un Taltos.


Vivo apasionadamente cada día, desde el amanecer hasta el atardecer, y también muchas noches bailando con gentes de miles de lugares. Comunico mis sueños y recuerdos alrededor de las hogueras. He reído aprendiendo varios idiomas y leyendas de diversas culturas. Pero sobre todo he conocido nuevos poemas, canciones, costumbres y mil oportunidades. En estos momentos entiendo a mi padre cuando él nos hacía viajar algunas semanas para que conociéramos diversas ciudades. Él y Mich siempre están en mis pensamientos.  

martes, 24 de mayo de 2016

Cuestión de fe.

Oberon Mayfair es un macho Taltos, ¿qué supone ser un macho Taltos? Son prácticamente eternos aunque mueren, como cualquier humano, pero tardan miles de años. Pueden verse afectados por alguna enfermedad y heridos por cualquier arma, aunque si su salud es buena y se ocultan bien de brujos, y de otros Taltos o enanos que deseen destruirlos, pueden llegar a contar con más de dos mil o tres mil años. El joven Oberon sólo tenía unos años cuando lo conocí. 

Los Taltos crecen rápido. Nada más nacer se aferran a los pechos de su madre y crecen durante las primeras horas hasta alcanzar su etapa "adulta". Aparentan tener unos veinte o treinta años, pero en realidad son bebés que pueden caminar, hablar, comunicarse en lenguaje similar al del viento silbando entre las ramas o mentalmente, mientras logran ciertos "prodigios" que aún no están del todo determinado. Llegan a medir más de dos metros de altura y tienen los conocimientos de sus ancestros. Conocí a esta forma de vida, por así llamarlo, gracias a mi aventura junto a Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. 

Aquí una de sus memorias. 


Lestat de Lioncourt 

CUESTIÓN DE FE

—Deberías estar más feliz—dijo sentándose a mi lado.

—¿Por qué?—pregunté con sinceridad dejando el cinismo y el sarcasmo aparcado a un lado.

—Estás vivo y tus hermanas se encuentran bien de salud. Todos estáis a salvo—explicó con frialdad mientras dejaba una bandeja metálica junto a mí.

Aquella enfermería era aséptica, como todas, pero tenía un punto macabro. Sabía que en las neveras del fondo del pasillo, cerca de la sala de espera de familiares de difuntos, se hallaban muestras de los cadáveres de mis padres. Prácticamente podía alcanzarlos y volver a llorar como un recién nacido, pero me contuve mirándola con la misma frialdad que ella me mostraba.

—La vida no tiene mucho valor para ti—respondí con crueldad—. ¿No fuiste tú quien mató a tu propia hija? Sólo porque era un Taltos como yo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y ella se echó hacia atrás intentando guardar la calma.

—Oberon, estoy intentando controlarme frente a ti—dijo—. Me recuerdas tanto a él y me siento tan avergonzada por no haber hablado con claridad aquellos días...

—Ahórrate el sentimentalismo barato porque no va conmigo—respondí notando que tomaba mi brazo, pasando un algodón húmedo por la parte baja de mi bicep, para recoger una muestra de mi sangre.

—¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte para que me dejes tranquila? No puedo verte así—murmuró concentrada.

Estaba allí, en una camilla en mitad de una enfermería de un hospital vinculado a mi historia familiar, prácticamente desnudo y con un sólo pensamiento. Quería huir de allí, arrancarme la ropa y corretear por el círculo de piedras. Sólo quería hacer lo que cualquier Taltos desea hacer al menos una vez en la vida, igual que un musulmán quiere viajar a la Meca o un cristiano hace el Camino de Santiago como una promesa y prueba de fe. Deseaba hacerlo. Pero no podía decírselo a ella. Era mi perro guardián, alguien en quien confiaba ciegamente mi padre, y no quería provocar que me enjaulara con tal de evitar posibles peligros.

—Quisiera hablar con un sacerdote—dije—. No creo en Dios, pero al menos saben escuchar.

—El padre Kevin está en la capilla. Si lo deseas puedo hacer que pase a verte en una hora.

—Estaría bien.

Los tubos se llenaron rápido y después tuve la recompensa de helado de yogur, un vaso enorme de leche y un poco de queso fresco. Mis alimentos seguían siendo los de un Taltos y así sería por siempre. No podría disimular que era un joven normal, pues además tan sólo tenía dos años. Mi aspecto era el de un muchacho de unos veinte años de profundos ojos claros, boca carnosa y amable, con una piel suave debido a una genética especial. Mi tamaño era perfecto para jugar a ciertos deportes típicamente norteamericanos o incluidos en su cultura como propios de una forma de vida, pero no me interesaban en lo más mínimo.

En mí despertaba la curiosidad siempre viva de mi padre, quería investigar nuevos medicamentos o quizás explorar negocios más allá de los cauces habituales. Me llamaba poderosamente la atención las nuevas redes sociales y quería verme involucrado en esa vorágine de información que era Internet. Reconozco que siempre he sido un adicto a las nuevas tecnologías y aunque eso se debe a la herencia de mi abuela.

Ella me dejó descansar devorando las “golosinas” que me había preparado mientras el padre Kevin Mayfair se preparaba para lo que iba a ver. Era un acto insólito para mí. Jamás había visto un sacerdote en persona. Había escuchado de ellos, sabía sobre sus ideas y la forma de profesar su fe, pero no estaba seguro de cómo iba a enfrentar él a un ser como yo. Supuestamente era hijo de Dios, como todas las criaturas sobre la Tierra, pero hasta ahora su Dios jamás habló de nuestro pueblo y nosotros posiblemente habíamos surgido incluso antes que el hombre. Éramos un vestigio antiguo y él tendría que asumirlo.

—Buenas noches, Oberon—por primera vez supe que era de noche, pues llevaba días sin saber siquiera un detalle mínimo de los horarios que estaba cumpliendo casi a raja tabla. Su voz era suave y amable, su aspecto atractivo y el olor que desprendía era terriblemente llamativo—. Soy el padre Kevin.

—Brujo—respondí—. No hace falta que te hagan pruebas genéticas para saber que tienes los genes de un Taltos. Bajo esa túnica negra y ese alzacuellos almidonado, tras esos espesos cabellos rojizos y esas pecas salpicando tu nariz, late el poder de un brujo poderoso. ¿Por qué llevas hábitos? Los religiosos quemaban a los que eran como tú y como yo.

Guardó respetuoso silencio y tomó asiento a mi lado en la camilla. Tal vez no sabía qué decir, pero no hurgué en su mente revuelta. No iba a leer sus pensamientos porque me parecía ofensivo para un primer encuentro. Él podía percatarse y provocar que se marchara. Su aroma era mucho más tentador que el de las brujas que había conocido. Rowan era atractiva, al igual que mi abuela, aunque ya no eran fértiles. Michael era codiciado por cualquier mujer, pero sobre todo por mis hermanas. Sin embargo yo no había conocido a alguien que me llamase tanto la atención. Me recordaba a alguno de mis hermanos por sus rasgos finos pero masculinos, esos ojos verdes tan llamativos y su sonrisa temerosa de mis acusaciones.

—Dios debe perdonarlos igual que a nosotros. Los pecados de los hombres son perdonados por Dios en su infinita bondad—dijo.

Apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo y coloqué mi mano derecha sobre su muslo. Era inquietante que un sacerdote tan joven llevase una túnica como aquella. Las sotanas ya no eran cotizadas entre los curas más jóvenes. Tendría una edad aproximada a los treinta años o quizá la sobrepasaba por un par. Mis dedos apretaron su muslo justo por encima de la rodilla pero él no se sobresaltó.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó.

—Compañía. Detesto a todos aquí—respondí—. No creo en Dios.

—De eso me he percatado muy pronto, Oberon.

Giré mi rostro hacia el suyo y no controlé mis impulsos más primarios. Mis labios saborearon los suyos y mi lengua invadió su boca como un soldado aliado en la batalla de Normandía. Él no me detuvo. Sus manos suaves se colocaron bajo mi mentón sujetándome mientras mi cuerpo se inclinaba con deseo sobre el suyo. Mis dedos no dudaron en desabrochar su sotana obligándole a mostrarme su desnudez.

Con pocas acciones, y todas de ellas precipitadas y fieras, estábamos desnudos en mitad de aquella habitación. Recliné su cuerpo sobre la camilla, abrí sus piernas y penetré su entrada quedándome allí encerrado en aquel estrecho paraíso. Él jadeó entre el dolor y el placer mientras que yo mordía sus hombros y la cruz de su espalda.

—Consagrarás tu cuerpo a mis deseos—jadeé cerca de su oreja derecha antes de lamerla y morderla—. Gozaré de tu compañía siempre que lo desee—dije moviendo mi cadera hacia atrás provocando cierta fricción de mi miembro dentro de él—. Tu cuerpo para otros permanecerá sin tacha, pero frente a mí serás quien calme mis primarios instintos. A cambio te ofreceré algo más sagrado que el cuerpo y la sangre de tu Dios muerto—empujé entonces hacia dentro pegando mi pelvis a sus glúteos redondos, blancos y duros.

Él sólo gemía mi nombre como si fuese una oración a un dios pagano. Sus manos se aferraron al borde de la camilla y las mías a sus caderas, pero suavemente acabé atrapando su miembro con mi diestra. Pellizcaba su glande, masturbaba con rabia o sosiego, mientras mis movimientos de cadera eran lentos. Quería que implorara que lo hiciese mío, cosa que logré a los pocos minutos entre sollozos y gemidos. La pelvis golpeaba con furia su trasero, su espalda se arqueaba como la de un gato asustado y mi lengua se paseaba por su columna vertebral hasta las tetillas de sus orejas. Gemidos, jadeos, murmullos y súplicas indecentes junto a golpes de mi glande en su próstata. Tan sensible, tan necesitado, tan virgen y tan mío. Aquella experiencia lo convirtió en la concubina del hijo de un Santo que había dado la espalda a una religión absurda, terrible y sangrienta.

Acabó llegando pronto a la cúspide del placer, tocando el paraíso con sus propios dedos u dejando que su garganta emitieran un gemido bastante sonoro. Su semilla cayó sobre las pulcras baldosas del suelo y yo salí de él aún erecto. De inmediato me buscó deseando saborear mi boca pero yo lo arrodillé frente a mí, introduje mi gloriosa espada que mataría su fe y fortaleza en su boca, y le regalé la leche pastosa de los machos Taltos. Llené su boca de mi sabor e hice que corriera ese río caliente y blancuzco por su garganta. Sus ojos se cerraron saboreando cada gota y los míos se quedaron fijos en el suelo.

—¿Aún crees en Dios?—pregunté agarrándolo de su flequillo revuelto, húmedo y pelirrojo.

—Ah...—fue lo único que dijo completamente perdido en el sabor que le había ofrecido.

—¿Aún crees en Dios o ya asumiste que eres un brujo?—dije pasando el pulgar de mi mano izquierda por sus labios, recogiendo las gotas que se habían escabullido, para introducirlo en ellos y dejar que lo chupeteara—. ¿Por qué no me demuestras tu nueva fe lamiendo tu propia semilla? ¿Acaso vas a permitir que se desperdicie?—comenté dando un par de pasos hacia atrás.

Kevin se inclinó suavemente sobre aquel frío suelo y lamió el pequeño charco provocado por su eyaculación. Después se aproximó hasta mí, se aferró a mis piernas y guardó silencio. Sus ojos parecían perdidos en miles de salmos y escritos bíblicos intentando asumir que todo era falso, que no existía Dios alguno salvo el que estaba a su lado, y, por supuesto, no dejaba de preguntarse cómo asumir ahora su cargo frente a cientos de devotos que esperaban sus intensos discursos llenos de fe.



viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad para todos.

Regalos y bondad... a veces nos olvidamos de ello. Algo que  me ha hecho llegar los Mayfair.

FELIZ DÍA DE NAVIDAD.

Lestat de Lioncourt


El hospital estaba silencioso. La mañana de Navidad era como otra cualquiera. El único murmullo que se escuchaba era el metálico de los distintos utensilios, carros de limpieza y montacargas. Las enfermeras se hallaban en su lugar de descanso, algo adormiladas con un café en la mano, mientras los vigilantes de seguridad mantenían sus ojos fijos en las diversas cámaras de seguridad. Los pacientes aún no se habían incorporado, pero algunos empleados comenzaban a trabajar en su nuevo turno, y otros tomaban duchas calientes para salir de allí hacia sus hogares.

Los niños de la planta de pediatría dormían en sus camas, las cuales tenían colores divertidos y se hallaban en habitaciones cargadas de fantasía. Sin embargo, un hospital era un hospital aunque el Mayfair pareciese más un hotel, un spa o una sala de juegos. Aquellos niños estaban allí, privados de celebrar las fiestas como merecían, y soñaban con despertar en sus cómodas camas junto a sus familiares.

Una furgoneta llegó aparcando en la acera aledaña al hospital. Un joven, de unos veinte años, bajó con sus impresionantes dos metros de altura. El joven vestía un impecable traje hecho a medida en color gris humo, pero su camisa era de un rojo llamativo y su corbata verde abeto, colores indiscutibles de la navidad. Junto a él aparecieron dos mujeres, una rubia e impresionante enfundada en un traje de elfa, y otra una sofisticada mujer de negocios con un traje oscuro aunque con algunos detalles festivos en su cabello, como apliques, en su cabello rojo fuego, con forma de muérdago.

Ellos eran los descendientes de Ashlar y Morrigan, los Taltos que revolucionaron a la familia Mayfair. Solían trabajar y vivir en aquellas instalaciones, aunque poco a poco habían retomado el legado paterno. Oberon amaba los negocios, pero también la diversión. Miravelle disfrutaba de comprobar los juguetes que su hermano diseñaba con los diversos expertos en la materia, con los numerosos jugueteros que eran como elfos de Santa Claus para ella, y Lorkyn disfrutaba de contabilizar las ventas y beneficios.

Habían regresado a su hogar, donde todavía vivían gran parte del tiempo, con un camión repleto de juguetes que ni siquiera podían encontrarse en las tiendas. Tecnología de vanguardia mezclado con la fabricación artesanal. Los niños disfrutaban de aquellas muñecas, osos de peluche y juguetes para el aprendizaje.

—Señor Templenton, ¿desea que descarguemos el camión ya?—preguntó uno de sus trabajadores, que había manejado el vehículo hasta la puerta del hospital desde la fábrica.

—Haga bajar a sus compañeros y descarguen—dijo mirando el edificio con las manos metidas en los bolsillos.

¿Cuántas veces había hecho eso su padre? Muchas veces. Él lo sabía porque los recuerdos de su padre vivirían en su corazón, agitaban su alma y le perseguían en las noches. La bondad de Ashlar siempre estaba presente y le provocaba cierta congoja. Deseaba ser como él. Ansiaba tener su magnetismo en los negocios, su inteligencia y bondad. Ellas también deseaban tener algo de su madre y su padre. Querían tener la fuerza necesaria para mantenerse unidos, pues era el mayor sueño de ambos.

No tendrían una isla caribeña, pero Nueva York podía ser su isla y Nueva Orleans un oasis. La empresa estaba siendo todo un éxito y pronto tendrían diversas sucursales. Si habían ido al hospital era para agradecer a la familia su apoyo, así como demostrarle a los niños que Santa Claus puede venir aunque sea en un camión.

Rápidamente los empleados desfilaron junto a ellos hasta las diversas habitaciones, dejando los regalos con sus tarjetas correspondientes. Era sólo las siete de la mañana. Todavía el cielo estaba oscuro. Los pequeños intentaban descansar, aunque el nerviosismo lo tenían alerta. Por ello no tardaron demasiado en despertar, abrir los regalos como auténticos salvajes y gritar de emoción.


Rowan acudió rápidamente ante el revuelto de los empleados y niños, pero no riñó a los tres jóvenes Taltos. Simplemente sonrió satisfecha. Era Navidad y aquella travesura era algo lleno de amor y bondad. La oscuridad del jardín se había despejado y ahora brillaba el sol de un invierno distinto a los demás.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt