Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Morrigan Mayfair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Morrigan Mayfair. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de junio de 2016

Reproches.

Michael transcribió esto hace unas noches recordando a Mona y yo lo comparto. Me pregunto dónde estará.

Lestat de Lioncourt 



—Hace tiempo que no hablamos—dije sentándome en el borde de los pies de su cama.

Un aparato controlaba sus constantes vitales y otro la alimentaba. Llevaba algunos días en el hospital y yo no había tenido tiempo para poder verla. Mi trabajo me absorbía demasiado y me encontraba en mitad de cinco proyectos importantes en la ciudad. La restauración de mansiones y edificios antiguos era algo arduo pero gratificante. Yo necesitaba tener la cabeza despejada tras todo lo ocurrido en mi matrimonio, mis amigos y mi familia.

—¿Acaso importa?—preguntó.

Tenía los ojos turbios de haber llorado. Sus mejillas aún estaban manchadas por sus lágrimas. Quise besarla estrechándola contra mí, pero sabía que podía ser rechazado.

—Sé que aún estás molesta por el desenlace que tuvo tu maternidad—susurré apartando un mechón de sus cobrizos cabellos.

—Bonitas palabras para decir que ese hombre se llevó a mi hija—respondió sin rodeos en un tono lleno de rabia.

—Ella quiso irse—aseguré—. Nadie podía ni debía retenerla—añadí.

—¿No?—dijo incorporándose mientras me miraba con furia contenida—. Pudiste—dijo arrugando su nariz salpicada de pequeñas pecas—. Él te pidió permiso con la mirada. ¿Quién era?

—Un hombre de su misma raza—contesté—. Él era un Taltos.

Él era Ashlar Templeton, un empresario de éxito que vivía en Nueva York, y que poseía más de dos mil años. Su pueblo se había visto mermado por la estupidez humana. Estábamos de algún modo estrechamente vinculados con su pueblo, o más bien con sus descendientes, porque teníamos sus genes. Provenía de una isla que había desaparecido, pero lograron sobrevivir y viajar hasta tierras de Irlanda donde vivieron en paz algunos siglos hasta la aparición del hombre. El hombre lo cambió todo. Ellos eran pacíficos y bondadosos, pero los seres humanos desean destruir lo diferente. Aún así hubo brujas que tuvieron hijos con Taltos aunque algunas perecieron en el parto. Había seres humanos que los amaban, cuidaban y protegían pero también aquellos que los cazaban para sacrificios a un Dios indolente.

Nuestra hija, Morrigan, era un Taltos. Había nacido fuera de mi matrimonio y ella la había ocultado durante algunos días para que Rowan, mi mujer, no entera en pánico. El primer contacto que tuvimos con una criatura como esa fue con nuestro hijo, el cual era la reencarnación de un fantasma de un Taltos asesinado en sacrificio. Lasher no era Ashlar, como tampoco era Morrigan o Tessa, un Taltos hembra que conocí poco antes de su muerte.

—¿Quieres decir que estará mejor con un Taltos que con su madre?—preguntó.

—Se comprenderán y no se sentirán solos—respondí.

—Claro...—masculló.

—Posiblemente tendrán descendencia y terminarán regresando para confesarte que son felices—era mi esperanza.

Ashlar había desaparecido. Su empresa había cerrado tras dejar una cuantiosa suma a sus empleados. Su edificio y todos los demás vienes habían sido vendidos. Él desapareció sin dejar rastro en días.


—Michael, los Cuentos de Hadas no existen—susurró cansada—. Quiero dormir, vete.  

martes, 24 de mayo de 2016

Cuestión de fe.

Oberon Mayfair es un macho Taltos, ¿qué supone ser un macho Taltos? Son prácticamente eternos aunque mueren, como cualquier humano, pero tardan miles de años. Pueden verse afectados por alguna enfermedad y heridos por cualquier arma, aunque si su salud es buena y se ocultan bien de brujos, y de otros Taltos o enanos que deseen destruirlos, pueden llegar a contar con más de dos mil o tres mil años. El joven Oberon sólo tenía unos años cuando lo conocí. 

Los Taltos crecen rápido. Nada más nacer se aferran a los pechos de su madre y crecen durante las primeras horas hasta alcanzar su etapa "adulta". Aparentan tener unos veinte o treinta años, pero en realidad son bebés que pueden caminar, hablar, comunicarse en lenguaje similar al del viento silbando entre las ramas o mentalmente, mientras logran ciertos "prodigios" que aún no están del todo determinado. Llegan a medir más de dos metros de altura y tienen los conocimientos de sus ancestros. Conocí a esta forma de vida, por así llamarlo, gracias a mi aventura junto a Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. 

Aquí una de sus memorias. 


Lestat de Lioncourt 

CUESTIÓN DE FE

—Deberías estar más feliz—dijo sentándose a mi lado.

—¿Por qué?—pregunté con sinceridad dejando el cinismo y el sarcasmo aparcado a un lado.

—Estás vivo y tus hermanas se encuentran bien de salud. Todos estáis a salvo—explicó con frialdad mientras dejaba una bandeja metálica junto a mí.

Aquella enfermería era aséptica, como todas, pero tenía un punto macabro. Sabía que en las neveras del fondo del pasillo, cerca de la sala de espera de familiares de difuntos, se hallaban muestras de los cadáveres de mis padres. Prácticamente podía alcanzarlos y volver a llorar como un recién nacido, pero me contuve mirándola con la misma frialdad que ella me mostraba.

—La vida no tiene mucho valor para ti—respondí con crueldad—. ¿No fuiste tú quien mató a tu propia hija? Sólo porque era un Taltos como yo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y ella se echó hacia atrás intentando guardar la calma.

—Oberon, estoy intentando controlarme frente a ti—dijo—. Me recuerdas tanto a él y me siento tan avergonzada por no haber hablado con claridad aquellos días...

—Ahórrate el sentimentalismo barato porque no va conmigo—respondí notando que tomaba mi brazo, pasando un algodón húmedo por la parte baja de mi bicep, para recoger una muestra de mi sangre.

—¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte para que me dejes tranquila? No puedo verte así—murmuró concentrada.

Estaba allí, en una camilla en mitad de una enfermería de un hospital vinculado a mi historia familiar, prácticamente desnudo y con un sólo pensamiento. Quería huir de allí, arrancarme la ropa y corretear por el círculo de piedras. Sólo quería hacer lo que cualquier Taltos desea hacer al menos una vez en la vida, igual que un musulmán quiere viajar a la Meca o un cristiano hace el Camino de Santiago como una promesa y prueba de fe. Deseaba hacerlo. Pero no podía decírselo a ella. Era mi perro guardián, alguien en quien confiaba ciegamente mi padre, y no quería provocar que me enjaulara con tal de evitar posibles peligros.

—Quisiera hablar con un sacerdote—dije—. No creo en Dios, pero al menos saben escuchar.

—El padre Kevin está en la capilla. Si lo deseas puedo hacer que pase a verte en una hora.

—Estaría bien.

Los tubos se llenaron rápido y después tuve la recompensa de helado de yogur, un vaso enorme de leche y un poco de queso fresco. Mis alimentos seguían siendo los de un Taltos y así sería por siempre. No podría disimular que era un joven normal, pues además tan sólo tenía dos años. Mi aspecto era el de un muchacho de unos veinte años de profundos ojos claros, boca carnosa y amable, con una piel suave debido a una genética especial. Mi tamaño era perfecto para jugar a ciertos deportes típicamente norteamericanos o incluidos en su cultura como propios de una forma de vida, pero no me interesaban en lo más mínimo.

En mí despertaba la curiosidad siempre viva de mi padre, quería investigar nuevos medicamentos o quizás explorar negocios más allá de los cauces habituales. Me llamaba poderosamente la atención las nuevas redes sociales y quería verme involucrado en esa vorágine de información que era Internet. Reconozco que siempre he sido un adicto a las nuevas tecnologías y aunque eso se debe a la herencia de mi abuela.

Ella me dejó descansar devorando las “golosinas” que me había preparado mientras el padre Kevin Mayfair se preparaba para lo que iba a ver. Era un acto insólito para mí. Jamás había visto un sacerdote en persona. Había escuchado de ellos, sabía sobre sus ideas y la forma de profesar su fe, pero no estaba seguro de cómo iba a enfrentar él a un ser como yo. Supuestamente era hijo de Dios, como todas las criaturas sobre la Tierra, pero hasta ahora su Dios jamás habló de nuestro pueblo y nosotros posiblemente habíamos surgido incluso antes que el hombre. Éramos un vestigio antiguo y él tendría que asumirlo.

—Buenas noches, Oberon—por primera vez supe que era de noche, pues llevaba días sin saber siquiera un detalle mínimo de los horarios que estaba cumpliendo casi a raja tabla. Su voz era suave y amable, su aspecto atractivo y el olor que desprendía era terriblemente llamativo—. Soy el padre Kevin.

—Brujo—respondí—. No hace falta que te hagan pruebas genéticas para saber que tienes los genes de un Taltos. Bajo esa túnica negra y ese alzacuellos almidonado, tras esos espesos cabellos rojizos y esas pecas salpicando tu nariz, late el poder de un brujo poderoso. ¿Por qué llevas hábitos? Los religiosos quemaban a los que eran como tú y como yo.

Guardó respetuoso silencio y tomó asiento a mi lado en la camilla. Tal vez no sabía qué decir, pero no hurgué en su mente revuelta. No iba a leer sus pensamientos porque me parecía ofensivo para un primer encuentro. Él podía percatarse y provocar que se marchara. Su aroma era mucho más tentador que el de las brujas que había conocido. Rowan era atractiva, al igual que mi abuela, aunque ya no eran fértiles. Michael era codiciado por cualquier mujer, pero sobre todo por mis hermanas. Sin embargo yo no había conocido a alguien que me llamase tanto la atención. Me recordaba a alguno de mis hermanos por sus rasgos finos pero masculinos, esos ojos verdes tan llamativos y su sonrisa temerosa de mis acusaciones.

—Dios debe perdonarlos igual que a nosotros. Los pecados de los hombres son perdonados por Dios en su infinita bondad—dijo.

Apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo y coloqué mi mano derecha sobre su muslo. Era inquietante que un sacerdote tan joven llevase una túnica como aquella. Las sotanas ya no eran cotizadas entre los curas más jóvenes. Tendría una edad aproximada a los treinta años o quizá la sobrepasaba por un par. Mis dedos apretaron su muslo justo por encima de la rodilla pero él no se sobresaltó.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó.

—Compañía. Detesto a todos aquí—respondí—. No creo en Dios.

—De eso me he percatado muy pronto, Oberon.

Giré mi rostro hacia el suyo y no controlé mis impulsos más primarios. Mis labios saborearon los suyos y mi lengua invadió su boca como un soldado aliado en la batalla de Normandía. Él no me detuvo. Sus manos suaves se colocaron bajo mi mentón sujetándome mientras mi cuerpo se inclinaba con deseo sobre el suyo. Mis dedos no dudaron en desabrochar su sotana obligándole a mostrarme su desnudez.

Con pocas acciones, y todas de ellas precipitadas y fieras, estábamos desnudos en mitad de aquella habitación. Recliné su cuerpo sobre la camilla, abrí sus piernas y penetré su entrada quedándome allí encerrado en aquel estrecho paraíso. Él jadeó entre el dolor y el placer mientras que yo mordía sus hombros y la cruz de su espalda.

—Consagrarás tu cuerpo a mis deseos—jadeé cerca de su oreja derecha antes de lamerla y morderla—. Gozaré de tu compañía siempre que lo desee—dije moviendo mi cadera hacia atrás provocando cierta fricción de mi miembro dentro de él—. Tu cuerpo para otros permanecerá sin tacha, pero frente a mí serás quien calme mis primarios instintos. A cambio te ofreceré algo más sagrado que el cuerpo y la sangre de tu Dios muerto—empujé entonces hacia dentro pegando mi pelvis a sus glúteos redondos, blancos y duros.

Él sólo gemía mi nombre como si fuese una oración a un dios pagano. Sus manos se aferraron al borde de la camilla y las mías a sus caderas, pero suavemente acabé atrapando su miembro con mi diestra. Pellizcaba su glande, masturbaba con rabia o sosiego, mientras mis movimientos de cadera eran lentos. Quería que implorara que lo hiciese mío, cosa que logré a los pocos minutos entre sollozos y gemidos. La pelvis golpeaba con furia su trasero, su espalda se arqueaba como la de un gato asustado y mi lengua se paseaba por su columna vertebral hasta las tetillas de sus orejas. Gemidos, jadeos, murmullos y súplicas indecentes junto a golpes de mi glande en su próstata. Tan sensible, tan necesitado, tan virgen y tan mío. Aquella experiencia lo convirtió en la concubina del hijo de un Santo que había dado la espalda a una religión absurda, terrible y sangrienta.

Acabó llegando pronto a la cúspide del placer, tocando el paraíso con sus propios dedos u dejando que su garganta emitieran un gemido bastante sonoro. Su semilla cayó sobre las pulcras baldosas del suelo y yo salí de él aún erecto. De inmediato me buscó deseando saborear mi boca pero yo lo arrodillé frente a mí, introduje mi gloriosa espada que mataría su fe y fortaleza en su boca, y le regalé la leche pastosa de los machos Taltos. Llené su boca de mi sabor e hice que corriera ese río caliente y blancuzco por su garganta. Sus ojos se cerraron saboreando cada gota y los míos se quedaron fijos en el suelo.

—¿Aún crees en Dios?—pregunté agarrándolo de su flequillo revuelto, húmedo y pelirrojo.

—Ah...—fue lo único que dijo completamente perdido en el sabor que le había ofrecido.

—¿Aún crees en Dios o ya asumiste que eres un brujo?—dije pasando el pulgar de mi mano izquierda por sus labios, recogiendo las gotas que se habían escabullido, para introducirlo en ellos y dejar que lo chupeteara—. ¿Por qué no me demuestras tu nueva fe lamiendo tu propia semilla? ¿Acaso vas a permitir que se desperdicie?—comenté dando un par de pasos hacia atrás.

Kevin se inclinó suavemente sobre aquel frío suelo y lamió el pequeño charco provocado por su eyaculación. Después se aproximó hasta mí, se aferró a mis piernas y guardó silencio. Sus ojos parecían perdidos en miles de salmos y escritos bíblicos intentando asumir que todo era falso, que no existía Dios alguno salvo el que estaba a su lado, y, por supuesto, no dejaba de preguntarse cómo asumir ahora su cargo frente a cientos de devotos que esperaban sus intensos discursos llenos de fe.



lunes, 28 de marzo de 2016

Bitácora de una bruja.

Este documento lo he tomado del ordenador de Mona Mayfair. He ido a buscar datos sobre ella, pero lo que aquí viene escrito es poco más de lo que ya sabía. Son sus impresiones antes de desaparecer su pista.

Lestat de Lioncourt


No sé todavía el motivo por el cual estoy escribiendo estas líneas. Creo que ya nada importa. No hay motivo fundamental para que esté tecleando frente a esta minúscula pantalla. Quizás es sólo nostalgia o puede que esté deseando ordenar mis pensamientos. No lo sé. Pero estoy aquí en plena oscuridad intentando hacer memoria de todo lo que ha ocurrido en los últimos dos años. Me he asegurado de estar en completa soledad, pues incluso he revisado cada cerradura como si los monstruos de mis pesadillas pudiesen colarse bajo la rendija de mi puerta o llamar al cristal de la ventana. No quiero que nadie me interrumpa.

Es extraño saber que tu pasado ha sido manipulado incluso mucho antes de ser siquiera un proyecto de vida, si alguna vez lo fui para mis padres, porque alguien así lo decidió moviendo los hilos de la historia para jugar con ellos como un niño travieso. Sé que los espíritus pueden ser terribles y que son capaces de cualquier cosa, pero él fue demasiado lejos. Manipuló la genética de toda una familia durante siglos para lograr volver a la vida. No quería volver como un ser común, como un humano vulgar, y se entrometió en los asuntos de nuestra “estirpe”. Ha generado una genética temible donde hay familiares enfermos, personas que jamás tendrán un aspecto común, pero también ha logrado crear monstruos hermosos y poderosos que se han alzado contra cualquier penuria. No somos seres normales. Celebramos la muerte como si fuese un banquete de bodas, cantamos en mitad de las misas de difuntos y aplaudimos las gracias de los espíritus. Llueve sobre mojado cuando un Mayfair muere. Hacía años que no lo hacía. Creo que es la primera vez que llueve de ese modo después que él perdiera nuevamente su cuerpo... ¿Quién? El mismo cretino que mató a mi tía, mi madre y otras brujas: Lasher.

Tenía trece años cuando me di cuenta que el árbol genealógico era demasiado extraño, las raíces eran profundas y las ramas se mezclaban unas con otras. Nadie me hacía caso siquiera en los negocios más sencillos, en los juegos del azar de la bolsa de Nueva York o Japón, ¿cómo iban a creer lo que una niña insolente, de una rama familiar de alcohólicos y filibusteros, decía? Sólo me tenía a mí misma y el silencio de mi bisabuela Evelyn.

En mis indagaciones jamás sospeché que “El hombre”, como así se le llamaba al espíritu benefactor de los Mayfair, que ya era una leyenda, un mito más, existía realmente y era el culpable de todo el caos que proporcionaba cuantiosos beneficios a las empresas del grupo familiar, así como a diversas inversiones y fondos en los que se había ido manejando la familia. Tampoco creí que ese ser fuese capaz de manipular a decenas de generaciones para encontrar la genética perdida. Nosotros jamás fuimos del todo humanos y él despertó lo que la mezcla con los “normales” había sepultado. Él era un antepasado familiar y había sido invocado por la primera Mayfair clara en la historia de nuestro árbol genealógico. Inconscientemente despertó a “El Impulsor” como se llamó en un primer momento, “El hombre” en tiempos más modernos y “Lasher” como hizo saber a Rowan Mayfair, quien fue la que lo trajo de regreso gestándolo en su vientre.

La genética de la cual estoy hablando es la genética “Taltos”. Yo poseo esos genes, también Michael Curry y nuestra hija a la cual llamé Morrigan. Michael Curry contrajo nupcias con mi prima Rowan sin saber siquiera que era un Mayfair. Lasher había logrado que Julien Mayfair, nuestro familiar más célebre y el único brujo con unos dotes tan soberbios, tuviese relaciones con una monja y esta diese a luz a una rama familiar nueva. Cuando Lasher nació secuestró a su madre, pues los Taltos son capaces de llegar a su “etapa adulta” en cuestión de horas y pueden reproducirse casi de inmediato. Los Taltos pueden tener hijos con brujas fuertes, pero la mayoría mueren en mitad de la gestación debido a que el cuerpo humano no está adaptado para un embarazo tan rápido y un parto tan complicado, o hembras de su propia especie. Él secuestró a Rowan para conseguir una hija a la cual tener como compañera... El incesto no es algo que sea novedoso en la familia, pues Julien tuvo hijas incluso con sus propias nietas que a su vez eran hijas suyas. ¡Nada fuera de lo común! Pues la primera hija de Julien, su primogénita, fue con su propia hermana. Así que no me asusté por saber que ese ser se había llevado a Rowan con ese fin, pero en aquellos días sólo vi a una mujer que dejaba a un hombre desecho y yo me entregué a él. Realmente lo hice porque lo deseaba, ya que él me hacía sentir querida y apreciada, y porque Julien me aconsejó que debía tener una bruja fuerte para la próxima generación. ¡Error! Por primera vez Julien Mayfair se equivocó y lo que tuve no fue una bruja.

Desde el parto he tenido complicaciones y varios abortos. Siempre he buscado tener más hijos para que el legado no se perdiera ni me arrebataran el dinero de la herencia. Yo deseaba ser adulta y tener dinero para buscar a mi Morrigan, pero todo ha concluido al fin. Pasé penurias durante años hasta que conocí a Tarquin Blackwood y poco después volví a tener un aborto. Desde entonces y hasta hace unos meses me he encontrado atada a un hospital. Durante dos largos años he estado escribiéndome con él y luego se cortó la comunicación por un año más. Él se fue de viaje unas semanas que terminaron siendo años. Se marchó aterrado por un ser extraño que lo perseguía y un fantasma que no lograba alejar. El ser resultó ser un vampiro sin género ni sexo definido y el fantasma su gemelo fallecido a las pocas horas de nacer. Quinn, mi hermoso Tarquin y caballeroso Abelardo, tenía miedo de ser acusado por los poderosos brujos que me custodiaban pero logré escapar.

Como he dicho en líneas superiores hacía años que no llovía de este modo. Allí donde mi coche se movía llovía, el suelo se empapaba y el cielo parecía quebrarse sobre mi cabeza. Sé que Lasher está vivo, es un fantasma que sigue presente, aunque Michael acabara destruyéndolo y enterrándolo en el jardín bajo el árbol que tenía tallada su firma “Impulsor”. Sé que lo está. Yo era una bruja fuerte y formidable y estaba a punto de morir, pero un poderoso vampiro me convirtió: Lestat de Lioncourt.


De Lestat no hablaré demasiado porque existen numerosos libros donde él aparece narrando su biografía y sus siguientes aventuras. Sólo diré que gracias a él, y su determinación, así como a Tarquin y mis ansias de saber sé que mi hija está muerta y el hombre que se la llevó también. Ambos eran Taltos, ambos tuvieron una isla llena de hijos y acabaron asesinados por la ambición de su descendencia y del propio ser humano. Tengo tres nietos... suena extraño ¿verdad? Sólo tengo dieciocho años y poseo tres nietos, pero también es extraño decir que soy vampiro y que viviré para siempre.  

Esta noche me largaré lejos con Quinn. Nos vamos a buscar mayor información ofrecida por los vampiros más antiguos que existen. 

lunes, 18 de enero de 2016

Inocencia del Pueblo

Ashlar dejó muchos mensajes antes de morir. Mensajes de audio en su mayoría. Oberon los está rescatando.

Lestat de Lioncourt 

El mundo cayó. Cayó como si fuera una torre inmensa de naipes, piezas amontonadas de dominó o un rompecabezas que no pudo resistir a no estar completo. Los sueños volaron para no volver, igual que el humo de las poderosas industrias. Sin embargo, quedó la contaminación de la libertad, de las alas que una vez impuse a cada uno de mis hijos, y por ese motivo muchos que se volvieron en mi contra también lo hicieron contra los intrusos.

No pudimos ser los héroes que pretendíamos. Nos convertimos en seres grotescos. Volvimos a sentir el terror. Regresó el pánico extremo. Nuestros huesos se congelaron junto a nuestra verdad. El mundo se convirtió en un desierto de arenas movedizas, cuando nosotros queríamos un paraíso. Quizás ese poema también hablaba de nosotros. Tal vez debimos ser violentos por una vez, actuar en la raíz del problema, y no ser tan flexibles. El mundo se cubrió de lágrimas.

Mi amor, mi ángel pelirrojo, te vi yaciendo junto a mí. Sentí el frío helando mi cuerpo y el veneno paralizando mi corazón. El mundo caía. Todo se volvía oscuro, amor mío. Todo se convertía en vacío. Ruinas. Ruinas éramos y seremos. Un pasado glorioso que se convirtió de nuevo en una leyenda que se cuenta a los niños para meterles miedo. Horror y tragedia, Romeo y Julieta, para una epopeya demasiado breve. Sólo tuvimos dos actos... tan corta fue la historia...

Inocencia interrumpida, sueños de libertad, ¿eres tú?
Meces mi vieja cuna, enloqueces por completo mis manos
y termino escuchando el rechinar de las olas como un violín.

Delicadas hojas de otoño, flores de invierno y tierra cuarteada
¿Esperas las terribles lluvias de mis amargas lágrimas?
No, no soy yo. No, no soy quien está en la noche sin fin.


Taltos, hijos míos, Pueblo secreto... ¿dónde está nuestra luz?

viernes, 6 de noviembre de 2015

Dos mundos

Ashlar dejó ésto en el cuerpo de su mujer, minutos antes de morir.

Lestat de Lioncourt


Con un simple gesto, un beso, me enamoré de ti y te hice tantas promesas como las estrellas del firmamento. Me dejé llevar por tu erótico perfume de mujer. Puede que haya tenido otras mujeres entre mis brazos, sólo tú eres la que decidí tener para llegar al fin de mis días. Las olas de la playa acariciaron nuestros cuerpos y la arena cubrió la desnudez. Nos calentamos en un mundo frío, inhóspito y culpable de tantas plagas. Eras tan inocente, bella y salvaje como un animal en mitad de la naturaleza, imposible de retenerte demasiado tiempo y de contentar tu alma libre con cualquier palabra vacía. En mi corazón había un vacío terrible, pues la soledad me estaba matando cada esperanza y tú lograste reanimarlas con tus dulces ojos verdes.

Mi seriedad, palabras tajantes y la forma estricta de llevar algunos hábitos de mi vida te destruían. Me mirabas cansada y harta de tantas miserias, secretos y silencios. Pedías respuestas a tus celos y yo sólo sabía besar tu frente, pegarte contra mi pecho e intentaba con todas mis fuerzas ofrecerte el consuelo que ni siquiera yo podía tener. Había amado a otras, era cierto, pero decidí quedarme contigo. Me encendía con tu rabia y te convertías en fuego junto a mí. No puedo olvidar tus besos apasionados bajo la llovizna. Eras salvaje tempestad, y yo tormenta eléctrica. Pero no queda nada. Permitimos que nos asesinaran por salvar lo mejor de ambos mundos, de tu pasión y mi sinceridad, que eran nuestros hijos.

Miles de sueños se enterraron en aquella arena, como si fueran huevos de tortuga que esperan el momento adecuado para ofrecer una oportunidad al mundo. Las olas acariciaron nuestros cuerpos hasta convertirse en golpes, tan terribles como la realidad que terminó arrebatándonos las noches, amaneceres y mañanas cálidas. En la playa aún pueden escucharse el eco de las conchas, pero no de nuestras voces. Es como si jamás hubiésemos estado allí. Nos hemos convertido en polvo de estrellas, esas mismas que podía contar sobre tu piel y que se convirtieron en metáfora absoluta de mis estúpidas esperanzas.

Ahora quiero llorar junto a ti, abrazarte para que no sufras la soledad de éste frío invierno que nos destroza. Ésta es la última carta. Te ves tan débil, ya casi te apagas, y yo estoy empezando a dejar de notar mis dedos. Dejaré éste papel entre los bolsillos de tu falda, acariciaré tus cabellos una vez más y te convertirás en mi muñeca mágica, en esa que podía sonreírme cuando hablaba de esperanza. Tú, mi niña dormida, te llevas un pedazo terrible de mi corazón y mi alma.


Siempre me recordarás a mi tierra natal, a la vida que una vez quise volver a tener, y a la que nunca quise rechazar. Te secuestré porque no podía fingir mis deseos de vivir junto a ti, de tenerte en mi cama y en mi corazón. Tus ojos siempre serán la esperanza que nuestros hijos llevarán en sus apasionadas venas de soñadores, inventores de historias y amantes de la verdad. Amor mío, lo hicimos bien. Creo que lo hicimos bien.  

viernes, 11 de septiembre de 2015

Rey de Nueva York

Al parecer cuando un Taltos muere no va al cielo, sino que se convierte en fantasma. Al menos, eso parece. Ashlar, convertido en fantasma, busca a Morrigan.

Lestat de Lioncourt

Quiero caminar contigo descalzo por las doradas arenas de aquella costa, ¿la recuerdas? El mar apenas tenía oleaje, sus aguas se confundían con el cielo y el sol brillaba con fuerza. Podíamos tomar leche de coco, pero preferíamos alimentarnos el uno del otro. Mi cariño era sincero, por eso robaba cada beso como un colegial. Había perseguido ésta sensación durante décadas y, finalmente, lo logré contigo. Tu mataste a la soledad y la enterraste bajo una palmera, pero fui incapaz de hacerte ver lo importante que eras para mí.

Eras deliciosa como fruta madura. Tu piel se doró bajo el sol y tus pecas, las cuales cubrían tu delicado y joven cuerpo, se borraban por el bronceado. Te convertiste en la mujer de mi vida. Fuiste la señal que esperaba, el triunfo de mi larga espera, pero también mi último recuerdo.

Mi alma viaja por otros mundos, se desplaza entre los cosmopolitas, mientras imagino lo que fue para ti, y para mí, aquellos días. Quiero encontrarte. Llevo varios años buscándote. Te persigo como un loco persigue a sus amigos imaginarios. Me sobra tiempo, pero me falta tranquilidad. Necesito encontrarte. No quiero ser El Hombre que camina entre el tráfico de Nueva York. Nuestra historia fue triste, lamentable y terrible, pero podemos volver a estar juntos. ¿No has escuchado la radio? Hay miles como nosotros. Almas en pena buscando ser comprendidos. Dime que tú me estás buscando. Quiero volver a retenerte entre mis brazos una vez más.



domingo, 16 de agosto de 2015

Crazy angel

Michael y Mona tuvieron ciertos encuentros sexuales, los cuales quedaron reflejados en la historia que se narró sobre los Mayfair. De hecho la hija de Mona, Morrigan, era hija de Michael. Admito que saber eso me da una idea sobre el cariño y deseo que pudo tener Michael hacia ella durante un tiempo.

Lestat de Lioncourt


En aquella biblioteca, la cual rezumaba aún el murmullo de una historia que jamás sería contada correctamente, podía sentir que mi vida discurría con dificultad. Encontraba una ligera mejoría, pero aún así me sentía aturdido y cansado. Mi corazón había sufrido físicamente, pero también el corazón sentimental estaba siendo torturado con su marcha sin despedida. Cada noche tenía que marcharme de la biblioteca para recostarme en una cama vacía, fría y sin su aroma. Había decidido pasar la tarde entre viejos documentos, nuevos proyectos para mi empresa de restauración y ciertas carpetas con archivos que debía enviar urgentemente al correo. El trabajo me aislaba de la soledad, pero también su joven presencia.

Se veía tan tierna recostada en aquel sofá, con aquellas mejillas sonrosadas y llenas. Poseía una boca pecaminosa, pese a su edad, y una mirada salvaje como desesperanzada. Sus largos cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros desnudos. El vestido que llevaba ya no era tan infantil como los que usualmente decía elegir de su armario. Parecía algo más adulta, pero seguía siendo prácticamente una niña. Sus pequeños pechos se abultaban bajo la suave tela de algodón blanco. Tenía unas piernas largas y torneadas para su edad y su estatura. Se encontraba descalza, con el cabello revuelto y somnolienta. Una adolescente que florecía como una azucena salvaje.

Me quedé contemplando su nariz salpicada por infinidad de pecas, así como sus mejillas y sus delicados brazos. La observaba con calma y sin preocupación alguna. Ella dormía, disfrutaba de un mundo onírico mucho más placentero que la cruel realidad reinante. Por mi parte intentaba desvanecer mis miedos y preocupaciones contemplando su descanso. No obstante me incorporé para aproximarme a ella. Parecía un ángel que desconocía el pecado y el dolor, pero no era así. Aquella criatura de delicadas proporciones era un pequeño demonio con una inteligencia poderosa, unas artes de seducción demasiado tentadoras y un cuerpo que llamaba la atención a cualquier hombre.

Acabé de pie frente a ella, deslizando mis manos ásperas por sus cabellos, para viajar hasta su escote y palpar sus pequeños pechos. Ella se despertó mirándome ligeramente somonolienta, pero poseía una sonrisa traviesa que iluminaba por entero su rostro. Sin importarle nada, como si ya lo hubiese previsto, remangó ligeramente su vestido mostrándome su sexo desprovisto de ropa interior. A penas tenía algo de vello, y éste era tan pelirrojo como los mechones de su cabeza.

Dudé durante unos instantes qué hacer, pero acabé llevando un dedo hasta el borde de aquel pequeño volcán. Tenía los labios cálidos, pero aún más cálido era su clítoris que acabé tocando. Ella abrió mucho mejor sus piernas recostándose de espaldas en el sofá. Sus caderas se alzaron y yo acabé entre sus muslos.

Besaba su vientre, sus muslos e inglés. Lamía su monte de Venus y la abertura cálida de aquel pequeño tesoro. Terminé por introducir mi lengua y acairiciar, en círculos suaves, su clítoris. También lo lamía rápido y desesperado, pero volvía a los movimientos pausados concentrándome en su respiración agitada. No tardó en llevar sus manos a sus pechos, apretándoslos uno contra otros, mientras sus pezones se endurecían dejándose ver bajo la tela.

Me había jurado que no ocurriría otra vez, pero allí estaba bajándome la cremallera de la bragueta. Podía notar su deseo, del mismo modo que ella notaba el mío. La atraje hasta mí metiendo mis fuertes bazos bajo su cuerpo, pegando así su trasero a mi entrepierna y sus muslos quedaron rodeando mis caderas. Ella sonrió perversa moviendo su pelvis y jadeando suave, muy bajo, como si fuese el ronroneo de un gato. Por mi parte, como no, ejercí cierta violencia girándola contra el sofá, llevándola al borde de ésta y penetrándola con deseo.

Mi miembro era demasiado grueso y ella no estaba acostumbrada. Mis venas rozaban su estrecha vagina, la cual me daba libre acceso. Gemía y lloraba de placer. Su vestido quedó arrugado entorno a su cintura; el cual usaba para sujetarla con la mano izquierda, pues con la diestra la agarraba del pelo tirando de ella hacia atrás. Sus labios, canosos y seductores, se abrían emitiendo largos gemidos que tan sólo me animaban a dominarla con más ahínco.

Al derramarme en su interior ella apretó con fuerza sus piernas, cerrándolas. Me aprisionaba con fuerza, la misma con la que se había agarrado al sofá clavando sus uñas. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, pero su lengua se pasaba por sus labios como si pudiese saborear mi semen. Cuando permitió soltarme mi miembro ya estaba flácido. La solté dejándola sobre el sofá, pero decidió arrodillarse, como si implorara ante un altar, para lamer los restos del semen que aún coronaba mi glande. Percibí entonces como resbalaba de sus muslos unos pequeños hilos de mi esencia, igual que ella estaba terriblemente empapada por haber llegado a un orgasmo extremadamente placentero.

—Yo nunca te hubiese dejado, tío Michael—dijo, apartando de sus labios mi miembro—. Amo tus ásperas caricias—murmuró mirándome a los ojos comenzando a masturbarme.

Reconozco que me erizó los vellos de la nuca y permití que acariciara aquella piel sensible con sus manos, sus labios, su lengua y sus pequeños pechos hasta que nuevamente tuve una lógica erección. Si bien, aquella vez ella decidió que su boca sería suficiente. Cuando la leche cayó en su lengua, llenando aquella diminuta y carnosa boca, ella no dudó en tragarlo mientras jugueteaba con el vello que coronaba mi sexo.

Quedé allí, de pie frente a ella, sin saber qué hacer o decir. Me sentía perdido. Ella tomó una decisión por ambos, pues se colocó bien el vestido y me sonrió como si fuese un dulce ángel. Yo la agarré por la cintura, rodeándola y pegándola a mi torso, pero ella decidió escabullirse hasta la habitación que le había preparado.


Mona fue la única tentación que he tenido y que, a día de hoy, sigue siéndolo. A veces la recuerdo entre mis brazos, completamente dominaba por el placer y la lujuria, pidiendo que moviese mis caderas con un ritmo duro y terrible. Ella siempre será el único capricho que he permitido ofrecerme.  

viernes, 14 de agosto de 2015

Danzando en la eternidad

Ashlar y yo no nos conocimos. Bueno, yo lo conocí pero de cuerpo presente. Recuerdo las lágrimas de Mona frente al cuerpo de su hija y del hombre que se la llevó, aquel gigante tan similar y distinto a Lasher que condenó a los Mayfair.

Lestat de Lioncourt


Recuerdo nuestro primer abrazo como si fuese hoy mismo. Tan salvaje, como un animal en plena naturaleza, esperando alcanzar la plenitud de un valle nuevo. Conquisté tus tiernos labios demasiado pronto y te arranqué del mundo guardándote entre mis brazos. Desnudé mi alma junto a la tuya, bañé de caricias cada recoveco de tu cuerpo y tú cediste tan rápido a mis deseos que la locura nos convirtió en dos monstruos hambrientos. Teníamos hambre de amor y sed de lujuria. Tu cuerpo me alimentó como yo alimenté el tuyo.

No olvido la primera vez que besé tus rosados pezones, deslizando mi lengua con cuidado y deseo, mientras apretaba con fuerza mis labios. Tus piernas cedieron rápidamente, abriéndose húmedas bajo los pliegues de la falda de aquel vestido primaveral. Mis manos, suaves y grandes, se deslizaron por tus rodillas hasta tus muslos, de tus muslos a tus ingles y de éstas a la cálida vagina que tanto codiciaba. Mi dedo índice estimulaba tu clítoris mientras tú temblabas. Inexperta, pero conocedora de miles de pecados, decidiste gemir buscando mi sexo.

Bajé mi cremallera y te ofrecí mi miembro, para alimentar tu boca con mi cálida leche. Gemiste, temblaste, bebiste y te convertiste así en mi amante. Pero no fue la primera vez que probaste de mi manantial, ni yo me quedé atrás. En aquellos cómodos asientos, de esa limusina tintada, te hice mía repetidamente. Te permití ser mi amazona, que cabalgaras sobre mi sexo, y despeinaras mis largos cabellos negros. Tú, salvaje pelirroja, te convertiste en un animal seductor con unos ojos enormes e insaciables.


Y allí, en aquel lugar pequeño y confortable, tuvimos a nuestro primer hijo mucho antes de llegar a las ruinas donde conmemoramos nuestro amor. Esas piedras en círculo, alzándose en silencio, nos contemplaron y bendijeron. Después el aeropuerto, los océanos, la playa, los hijos, los celos y el desastre. Ahora sólo queda silencio. Un silencio terrible mientras siento el frío que nos congela y nos mata.   

jueves, 30 de julio de 2015

Libertad

Oberon es uno de esos Taltos que conocí. Lamento que esté así.

Lestat de Lioncourt


Aún lloro a escondidas. Cuando pienso en todo lo que pudimos tener, en lo que se logró y se perdió, me siento un inútil. Quizás pude haber muerto, pero debí ser más rebelde y fuerte. Dejé que mi mundo se derrumbara y que mis padres, aquellos a los que le debo la vida, quedaran enterrados en hielo. Puedo escuchar la voz seria y amable de mi padre, observar sus ojos bondadosos y su sonrisa calmada, mientras intentaba inculcarme los valores de un hombre de negocios serio, inteligente y con deseos de progresar en un mundo salvaje.

Todo lo que nos ofreció se desvaneció. Muchos de mis hermanos eran codiciosos. Ellos deseaban el trono. Querían ser los dioses de una isla perdida en medio del Caribe. Yo sólo deseaba nadar en sus aguas cálidas, caminar bajo el sol y tomar leche fresca. Era algo que mi padre solía hacer. Él lloraba en las noches, como yo, junto a mi madre. Deseaba que ella comprendiera que el pecado que habían cometido era por amor, no sólo por un deseo insano de salvar una estirpe condenada. Sin embargo, en las mañanas podías verlo pasear por aquella larga lengua de arena dorada. Yo salía a su encuentro, caminaba a su lado, mientras él me narraba miles de historias y cantaba conmigo dejando que el viento soplara con fuerza creando pequeñas olas bravas, libres y únicas.

Quiero volver a ser libre lejos de los muros de éste frío edificio. Me conozco cada cuadro, cada sala, cada espacio en la estantería y las insufribles vistas a los hermosos jardines que hay para los pacientes. Detesto la bata de médico. Odio tener que estudiar sobre los avances científicos. Me amarga tener que llevar un control extremo sobre mi crecimiento, mis conocimientos y mi genética. Estoy harto de ser un Mayfair de segunda clase. Soy un experimento genético para Rowan. Me mira con frialdad, pero a la vez me muestra un amor extraño. No logro comprenderla. Creo que no deseo comprender nada de lo que ella pueda decirme. No quiero sentir afecto, pero a la vez sé que los quiero a mi modo. Sólo deseo volver a casa, a la larga lengua de arena, y contemplar un nuevo atardecer junto a mi padre.


Hubiese deseado que viese que éste maldito idiota, un cínico joven y estúpido, se ha convertido en un milagro para muchos pacientes. Gracias a los conocimientos adquiridos he salvado vidas, pero la mía está todavía destruida. Jamás seré libre de nuevo. Nunca podré volver. Jamás podré hablar con mis padres. Mis hermanas no me entienden. Me siento solo.  

viernes, 12 de junio de 2015

Esperanza

Ashlar Templeton era un hombre de negocios. Como he dicho muchas veces no lo conocí, pero para mí era un hombre. No hace falta ser humano para ser humano, hombre y testigo de la humildad. Para mí, como para muchos, la humanidad es un sentimiento y no sólo un envase. 

Lestat de Lioncourt


La nieve se acumulaba en las calles y el frío parecía instalarse en el corazón de aquellos que, sin piedad, veían a los mendigos aterirse en las aceras. Los grises y firmes edificios se lazaban como gigantescas prisiones de sueños, esperanzas y decisiones erróneas. El fuego de la chimenea crepitaba y mi taza de leche caliente calentaba ligeramente mis largos dedos. Mis ojos, siempre soñadores e inquietos, observaba la miseria con desesperación. Con un impulso irresistible fui hacia el interfono y pedí, casi de inmediato, que repartieran mantas y café caliente entre los mendigos de la zona.

Mi traje impecable negro y mi sobria corbata color borgoña me daban un aire ilustre, digno y severo. Sin embargo, en mi corazón había ilusiones similares a las de un niño. Traje que no echo en falta, pero reconozco que no puedo olvidar los días fríos y la soledad que me aislaba en aquel despacho gigantesco y lóbrego para un ser como yo.

Las palmeras se alzan ahora frente a mí, la arena dorada y fina lo cubre todo, el rugir de las olas del mar contra las rocas es incesante y el sol calienta mi piel otorgándome un bronceado que hacía siglos no recordaba tener. Camino por la orilla casi desnudo, tan sólo vestido con un pantalón blanco de algodón y una camisa de lino abierta. Mi pelo largo y negro, pese a mis patillas blancas como la nieve de Nueva York, se mueve salvaje. Tengo una mirada distinta, sueños distintos, esperanzas distintas y un amor que calienta mi corazón provocando que me sienta afortunado.

Frente a mí ella recoge conchas y las contempla con curiosidad. Las conoce, sabe que son, pero jamás había tenido unas en sus manos. Es una niña, pero a la vez una mujer que ya me ha dado varios hijos. Intento que deje atrás el dolor y la culpa, así como sus terribles celos cuyos motivos son demasiado firmes. Es cierto que amé a Rowan Mayfair, pero ella fue elegida por el destino para que la amara y protegiera.

Puedo ver el cielo azul, tan intenso como mis propios ojos, mezclarse con el verde frondoso de la selva cercana, tan similar a su mirada. Dos de nuestros hijos nadan entre las olas salvajes y ríen sintiendo la libertad del paraíso. Pero, ¿durará el paraíso? Espero que sí. No quiero temer más. No deseo sufrir. He dado todo, he abandonado mi poder y mi moderno trono, por una vida nueva más sencilla.


No importa los bienes que poseas, sino el amor que obtengas. Deseo amar y ser amado. Quiero soñar de nuevo como si fuese un niño. Necesito dormir entre los brazos de una mujer que me ame. Necesito que nuestra taza prospere lejos del horror y la barbarie de otras razas cuya humanidad está en entredicho.   

sábado, 14 de febrero de 2015

El amor de un Taltos

Ashlar estará congelado, pero Morrigan sigue siendo su amor.

Lestat de Lioncourt


El tiempo no logró derrumbar mis escasas fantasías. Viví en una condena que parecía no tener principio ni final. Me merecía los besos y caricias de la soledad, el frío de las sábanas en la cama vacía y el dolor incesante de saber que era el último. Lloraba contemplando los copos de nieve cayendo sobre las heladas aceras. Observaba el rostro de ajada porcelana, tan frágil, de aquella muñeca. Hablaba con ella de mi tortura, el juego cruel del destino y la desdicha de mil años sin compañía.

Pero, entonces, se obró el milagro. Un milagro que hizo que el mundo volviese a girar sin miedo. Las viejas costumbres empezaron nuevamente, como si fuese una obra de teatro mil veces ensayadas, y creí morir en sus brazos junto a su tierno y joven cuerpo. Aquellas pestañas se abrieron como las alas de una mariposa, tan tupidas como rojizas, mientras sus ojos, de un verde profundo, me ahogaron.

Fue hermoso conocerla, pues era como ver caer una estrella fugaz. Su cuerpo de mujer era atractivo y parecía vestido de lujuria salvaje. Sus manos se movían inquietas y mi boca se convirtió en la mejor arma para desnudar sus pechos. La contemplé como quien contempla una diosa. Decidí huir mientras nuestras bocas se mezclaban, nuestro ardía en mitad de un paraíso con nombre de infierno y la ropa sobraba. Un estallido de sensaciones, hormonas y recuerdos nos cubrieron provocando que el amor surgiera uniendo nuestros corazones. ¿Quién nos hubiese dicho que se helarían?

Los pétalos de flores cayeron sobre nuestras cabeza en una boda salvaje. La celebración más extraña y solitaria, pero llena de simbolismo. Nuestros hijos vinieron pronto. Nos sentimos dichosos. Vimos como caminaban y bailaban a nuestro alrededor. La leche de tus pechos se derramaba. ¡Y pensar que ellos serían nuestro mayor delito! Una familia convertida en polvo, recuerdos y tinta.


El amor que te profesé era eterno, como eternos seremos en los recuerdos guardados en el corazón de los que nos amaron. Nuestras manos por siempre estarán unidas. Jamás nos separaremos. Te amé con la humildad de un hombre solitario y con la bendición de un santo.  

viernes, 6 de febrero de 2015

¿Por qué, hija?

Mona padeció mucho la muerte de su hija, aunque más padeció la huida y el no saber si estaba bien o no. La comprendo, pues algo así viví con Claudia. 

Lestat de Lioncourt

Muchos hablan de dolor, injusticia o sufrimiento. Miles claman al cielo como si alguien pudiese responder, pero yo sé que no existe un Dios bondadoso que todo lo ve y te da la justicia que mereces. Si deseas justicia tendrás que buscarla tú, lográndola con esfuerzo, y consiguiendo que todos te escuchen. Sin embargo, ese es mi mayor problema. A mí nadie me escuchó jamás.

Hay quien puede pensar que soy una afortunada, pero estoy segura que jamás meditaron con calma mi pasado. Nunca he juzgado precipitadamente a nadie, aunque estoy acostumbrada que lo hagan conmigo de la peor de las formas. Mi dolor no merece ser escuchado, mis lágrimas no son sosegadas y mis palabras caen en saco roto. Sí, así sucede. No me hago la víctima, pues no lo soy. Y de ser víctima, si es que alguna vez me considerara una, sería de mis propias circunstancias y del mismísimo destino. Quizás debí gritar con mayor fuerza, entereza y deseo. Tal vez cometí un error al dar un paso hacia delante. Es posible que amara demasiado rápido y consumiera mi vida de una forma impropia. Los deseos, la carne, la fascinación por ser atendida con amor, un amor vacío y sexual, me calmaban.

Era una niña que jamás fue contentada. No tuve los privilegios de muchas otras. Las muñecas dejaron de interesarme. Los negocios, o la posibilidad de salir del hoyo donde me hallaba, era mucho más apetecible. Quizás puedo considerarme ambiciosa, porque lo fui siempre, y terca. Jamás he visto a una chica tan terca como yo. Pero no fui libre, ni me quisieron escuchar cuando tuvieron tiempo de hacerlo y ni mucho menos se culparon por ello. ¿Por qué iba a culparlos yo? Me niego. No voy a hacer un drama innecesario, aunque podría hacerlo y sé como lograr que todos se sientan tan culpables, miserables y maltratados como me he sentido yo. Creo que eso es un don. Un don muy retorcido que a vece uso, pero no es el momento. No quiero usarlo aquí.

Quiero hablar de ti. Hoy no merece la pena hablar de mí. Para hablar de mí están los archivos de Talamasca, los cuales pueden conseguir con facilidad pues fueron transcritos para todo el mundo. Una historia familiar que vio la luz y se convirtió en la comidilla de toda la ciudad. No. No quiero hablar de mí, pero sí de las lágrimas que derramé por ti.

¿Te has imaginado alguna vez cuánto he sufrido por ti? ¿Has podido tan sólo imaginarlo? Deseaba ser madre de nuevo para tener un ser como tú, otro monstruo, para que me llevase donde te encontraras. Pensé que él, o ella, podría rastrear tu aroma y encontrarte. Expuse mi frágil vida para conseguir abrazarte de nuevo. Morrigan... ¿por qué fuiste más valiente que yo? ¿Qué te dio valor? ¿Ese amor? ¿La lujuria que sentiste en sus brazos? ¿La comprensión con otros que tenían tu mismo destino? Dímelo, mi niña. Eras mi pequeña. Hice cientos de planes. ¡Tantos planes! Y todos fueron enviados al infierno sin retorno. Todos.

Mi dulce ángel de cabello rojizo, ojos enormes y labios de niña. ¿Qué hiciste? ¿Por qué? Dímelo. Quiero que me lo digas. Te veo ahí, muerta, completamente congelada sin siquiera poder mover tus dedos, esos tan largos y suaves, para atraparme, como una vez lo hiciste. Te veo ahí. Ahí en esa camilla donde tus hijos te lloran. ¡Tus hijos! Hijos tan similares a él y a ti. ¿Sabes cómo me siento al verte muerta junto a él? ¡Veros a los dos! Como si fueseis Romeo y Julieta. Y, sin embargo, no puedo decir nada. Sólo sé llorar a mi modo. No soy capaz de mirarte mucho rato. No soy capaz de admitir que estás muerta. Tan muerta como todos los sueños que yo tuve una vez. Muerta. Mi niña, estás muerta. Y él también lo está. Se ha librado de mis golpes, malas palabras, lágrimas y gritos. Se ha librado del drama de una madre. Te llevó con él, a un lugar recóndito, y no fue capaz de enviar siquiera una carta. Morrigan... ¿qué tenía este imbécil con nombre de santo que no tuviese tu familia? ¿Qué tenían sus besos que olvidaste el dolor de tu madre? ¿No fuiste madre? ¿Por qué no pensaste ni un sólo segundo en la tuya? ¿Tan caprichosa eras? ¿Tan cruel te volvieron los deseos de grandeza? Salvaje... eso decían de ti... que eras salvaje... ¿Y lo eres? ¿Lo eras? Dime. Dime que puedes aún escuchar mi ruego. ¡Escucha mi alma! Morrigan...


lunes, 10 de noviembre de 2014

Sueños de hielo

Ashlar y yo no nos conocimos. Él estaba congelado ya. No fue agradable ver a ese gigante de buen corazón convertido en un trozo de hielo. Sus hijos lo lloraron. Su esposa yacía a su lado, en el mismo estado de sueño gélido, y todos guardamos cierto silencio por respeto. Esta es su voz. 


Lestat de Lioncourt 



El tiempo se paró. Las agujas quedaron fijas en una hora, sumergidas en la frialdad de una fecha y arrinconadas por siempre en un pasado que parecía ser un paraíso. La verdad quedó cubierta de escarcha, congelándose en lo más profundo de nuestros corazones, mientras nuestras manos se entrelazaban por última vez.

La verdad quedó sellada en nuestros labios, convertida en un sueño eterno que parecía desvanecerse, mientras el nuevo amanecer surgía bañando las doradas playas de nuestra isla tropical. Morir congelados en medio del paraíso, de un lugar donde debería ser el oasis prometido, es un símbolo de la derrota de nuestra especie. Sin duda, no me equivocaba al pensar que estábamos condenados.

No habrá más canciones surgiendo en rápidos lamentos, ni leche derramándose sobre nosotros, tampoco el sonido del tambor golpeará con ritmo mientras las leyendas se alzan. El círculo quedará roto. Las piedras perderán su poder. No habrá verdes mares de hierba fresca. Nada será igual.

El frío dejó escarcha sobre nuestra piel sonrosada. Mis largos cabellos negros, teñidos de espesas canas, no volverán a ser acariciados por tus largos dedos. Quedaremos por siempre unidos como Romeo y Julieta. Seremos un canto alegre y amargo para los amantes de las historias de Shakespeare. El rey y la reina del Pueblo Secreto se quedaron sin aliento, sin fuerzas... sin vida.

No esperaba que alguien llorara nuestra muerte, pero aún nos recuerdan. Somos los frágiles gigantes en busca del calor bondadoso de un sol extinto, de una bondad muerta, de la sangre envenenada que recorría nuestras venas hasta llegar al corazón. Moríamos. No importaba si quedábamos congelados. Íbamos a morir a manos de nuestros hijos.

Aún así no me arrepiento de nada. Por terrible que haya sido nuestro recorrido. No me arrepiento del amor que te he tenido. No. No me arrepiento de haber conocido de nuevo la dicha de ser amado. Aunque la pesadilla vino con sus alas oscuras, graznando las malas noticias, secuestrando así la dicha, breve y amarga, acepto que fueron los días más dorados de mi existencia. Volvería a ofrecer la soledad de tantos siglos a cambio de un nuevo beso de tus labios.



domingo, 26 de octubre de 2014

Debí...

Esta vieja carta de Ashlar me ha conmovido. Los celos de Morrigan, el dolor, la soledad, y su muerte. Ese gigantesco hombre de corazón de niño y mirada de anciano... ese que murió antes que yo pudiera siquiera cruzar unas palabras con él... sigue vivo. 
Lestat de Lioncourt


Encontrarte ahuyentó mi soledad. Una soledad que cargaba en brazos como la vieja espada en mi cinto. Había cabalgado y caminado por senderos oscuros, viajado entre épocas y soportado la presión de saberme único. Buscaba en otros los rasgos de aquellos que amé. Deseaba con cierta ansiedad encontrar un igual, hundirme en sus ojos y aspirar su aroma. Me concentré en la elaboración de muñecas porque ellas me recordaba a la inocencia que había visto entre los nuestros.

Sus ojos intensos, grandes y brillantes en aquellas máscaras de porcelana, talladas con esmero, me recordaban a las miradas que todos poseíamos cuando nos reuníamos en el valle. Ellas estaban conmigo, podían escuchar mis viejas historias sin mostrar cansancio, y dormía abrazado a la esperanza de encontrar al fin el paraíso donde hallar los blancos pechos de una hembra, la calidez de sus brazos y el aroma de su cabello.

Me había hecho a la idea que moriría sin conocer los tiernos labios de una mujer, de una de mi especie. Pero tú apareciste salvaje, distinta, llena de vida, tan joven e inexperta que me cambiaste. Mi corazón había comenzado a latir cuando conocí a los brujos, quedando anonadado por la belleza de ambos y la bondad que llevaban en sus manos manchadas de sangre, pero tú hiciste que mi mundo derritiera las nieves frías de Nueva York.

Dejé atrás los fríos y grises edificios, las sucias calles, la miseria en las almas de aquellos que recorrían las avenidas desesperados, sin sueños ni bondad, esperando encontrar el amor que yo había hallado. Me dejé llevar por tus labios carnosos y me olvidé del dolor al fundir tu cuerpo con el mío. Comencé a amarte nada más tenerte entre mis brazos, pero quizás era demasiado viejo. Tan viejo que desconocía la jovialidad, la fuerza, que tú poseías. Me centré en educarte como si fueras mi hija, a peinarte como si fueras una de mis muñecas y a contemplarte como si fueras la Bella Durmiente.

Mi error fue no decirte cuanto te amaba desde el primer momento. Ese fue mi mayor error.  

jueves, 17 de julio de 2014

Cuando sonríes

Este relato son unas nuevas memorias que les traemos. Pronto, más tarde posiblemente, tendrán otras breves e intensas. 

Lestat de Lioncourt 



Se había vuelto completamente loco debido al aroma. No había duda. Frente a su pequeña y coqueta tienda, a la cual entraban cientos de mujeres y hombres, había llegado ella. Ese aroma la delataba. Era una hembra Taltos. Su sólo recuerdo despertó en él una tristeza insólita, pero también esperanza y deseo. Provocó que una oleada refrescante y salvaje, la cual lo agitó, le despertara del todo.

Su mirada al fin cobraba la chispa de la vida, una llamarada cargada de amor y compasión, que poco a poco se envolvió de cierta furia. Bajo aquel elegante traje gris hecho a medida había un alma que se retorcía, un Taltos macho que buscaba concentrarse para seguir el rastro y confirmar sus sospechas. Habían despertado a Morrigan, su Morrigan, y no habían tenido la decencia siquiera de informarle. Quería volver a tenerla entre sus brazos, besar su largo cuello y enterrar los recuerdos de aquel oscuro pasado. Ella debía regresar a su lado.

Entró tembloroso en la tienda sin reparar en las numerosas niñas que insistentemente pedían replicas de su muñeca estrella, una pelirroja de mirada seductora y cierta inocencia. Aquella muñeca era Morrigan, la Morrigan que él recordaba. Su pecho dolía, sus manos temblaban y su boca se secaba. A penas recordaba como andar y respirar sin caer en una vorágine de recuerdos, sensaciones y deseos.

Al entrar en su pequeño despacho, decorado de forma simple y acogedora, acarició el teléfono intentando recordar el número de First Street, el cual le había ofrecido Julien por si deseaba ponerse en contacto con Michael y Rowan. Sin embargo, jamás le confesó que tenía pensado rescatar a su amada del Tártaro. Ellos eran los Titanes que habían enterrado en un abismo de hielo y pétalos de flores, como si fueran dos amantes perfectos que se conservarían unidos para la eternidad.

Sin embargo, lo único que hizo fue tomar el teléfono entre sus manos y arrojarlo contra el suelo. Corrió hacia la salida, como un niño asustado, y pidió un taxi.

—¡Lléveme a First Sreet! ¡Ahora mismo! Yo le diré en qué casa parar, por favor—dijo aferrado al asiento del piloto—. Por favor, por favor...

—Sí, comprendo—respondió con una risotada—. Tranquilo, llegaremos rápido aunque no creo que vaya a apagar un incendio.

—No, voy a rescatar mi vida—musitó con nerviosismo.

La radio emitía una de las famosas canciones de Louis Amstrong, en la cual había creído tiempo atrás. Sin embargo, el mundo no le parecía tan hermoso ni perfecto. Tampoco había cielos azules de nubes blancas como el algodón, ni valles cargados de flores en plena primavera, pues había conocido la maldad humana en todo su esplendor. No obstante se relajó en el asiento trasero mientras, debido a la emoción, comenzó a llorar observando las diversas construcciones de New Orleans.

Era todo tan distinto a la primera vez. Como si fuese un sueño en mitad de sus últimos dulces momentos de vida, en los cuales desconocía por completo que moriría asesinado a mano de uno de sus hijos. Pensó en Oberon, Mirvelle y Lorkyn. Pensó en ellos tres. Vivos, dispuestos a luchar, y que no podía ver porque no se lo permitían aún. Sus hijos. Su descendencia. La descendencia de San Ashlar, Ashlar el maldito.

—¡Es esa!—exclamó—. Para el taxi—dijo llevándose la mano a la cartera para soltar un buen fajo de billetes, los cuales cubrían demasiado bien aquel viaje relámpago.

Bajo con las piernas temblorosas, pero lo que sí tenía temblorosa era el alma. Corrió hacia la cancela y la rebasó. No esperó a ser atendido. Como un furtivo, igual que aquella vez, se aproximó a la ventana y vio allí dentro, de pie y con un libro en la mano, a Michael Curry. Sus miradas se cruzaron llenas de dolor, comprensión y miedo. Michael tenía miedo, igual que él lo tenía de Michael.

La puerta se abrió, salió el brujo y se quedó en silencio esperando que Ashlar hablara.

—Sé que está viva, como yo estoy vivo—dijo—. Antes era sólo un rumor. Me habían dicho que era posible, pero que no se sabía cuándo o cómo se podría. Me dijiste que no me dejarías verla, no aún. Pero... ahora sé que no es un sueño. Sé que es real. Mi Morrigan ha ido a buscarme y yo no estaba en mi tienda. ¡Exijo que me des a mi hembra!

—No me puedes exigir que te entregue a mi hija—comentó con tranquilidad, aunque en su voz había un quiebro de emoción—. Menos ahora, hay algo que puede...

—¿Qué? Seguro que habéis devuelto a la vida a Lasher—aquellas palabras consternaron a Michael—. Tú no, pero sí alguien con mayor ambición. Alguien que nos está sacando de la tumba y nos coloca en el mundo como si pudiéramos volver sin recordar, sin desear o soñar. Yo he soñado con ella cada día. Michael, no hay día que me arrepienta de no haberla protegido.

—Me sucede lo mismo—explicó—. Y sí, ha sido la codicia y ambición de Julien—comentó mirándolo a los ojos con cierta melancolía.

Aquel hombre parecía haber recuperado la juventud. Ashlar se percató que incluso sus músculos estaban más definidos. La ropa que llevaba era cómoda, como si hubiese estado reforzando la vivienda o restaurando partes de ella. Una camiseta de algodón blanca, sin mangas, y unos tejanos deslavados. Había sudado y aún tenía la frente con algunas gotitas deslizándose hacia sus sienes.

—Quiero protegerla de él—dijo—Entrégamela, por favor.

—No puedo, mi deber como padre...

—¡Yo soy su pareja!—gritó nervioso, como jamás lo había hecho frente a él. Había alzado la voz. Era ese aroma que lo volvía loco. Estaba nervioso y le sobraba ropa. Se ahogaba en aquella húmeda ciudad cargada de recuerdos. Aún podía sentir el cuero de la limusina, el aroma de la leche y los pechos suaves de Morrigan entre sus manos. Podía recordar como saltaron, el crujido de la ropa y la dulce voz de aquella gigantesca pelirroja. Su pelirroja—. Sé que murió en aquella isla, después de ser torturada. Encontró la paz con una bala certera. Sin embargo, está más segura conmigo que contigo.

—No está aquí—explicó—. Ya no. Sin embargo, puedo reuniros a todos en el Hospital Mayfair. Allí estará Oberon, Miravelle y Lorkyn. Creo que un reencuentro familiar será lo apropiado—comentó derrumbado. Ashlar tenía razón.

—Amas a Rowan, harías todo por ella. Yo amo a Morrigan y a mis hijos, haría todo por ellos—dijo algo más calmado. Llevó su gigantesca mano derecha a su cabeza, echando hacia atrás los largos mechones que caían sobre su frente. Él también tenía el cabello negro, sin recuerdo de aquellas viejas canas. Aquel cuerpo era distinto al original, sus mismos genes pero tan mágicamente joven como el de un recién nacido. Su piel era suave, fresca y hermosa como la de un bebé.

—Lo sé... —susurró apoyándose en el marco de la puerta—. Pasa, tengo algo que es tuyo. Te lo daré y aclararemos cuándo podrás verla... posiblemente mañana.


Entró dentro con los ojos llenos de lágrimas que al fin se liberaron. Recordó por un momento “When you are smiling” que popularizó Amstrong, como la canción que había escuchado en aquel achacoso taxi. Una hermosa fotografía de Morrigan, en el jardín, presidía una mesa cargada de cuadros de diversos actos de la familia. Se aproximó a ella en silencio y se juró volver a ver esa sonrisa, del mismo modo que estaba seguro que volvería a sentir los cuerpos de sus hijos estrechados contra el suyo.  

martes, 1 de julio de 2014

Sin despedidas

Mona ha decidido arrancar una página de su diario personal para dejarlo aquí, entre nosotros. Es la primera vez que lo hace y espero que no sea la última.

Lestat de Lioncourt 


Todo había ocurrido demasiado rápido. El silencio se había hecho presente en su mundo. Encerrada en su vieja habitación, con sus antiguas cosas recordándole que no hacía mucho era todo distinto, sintió el deseo de huir. Michael le había pedido que empaquetara sus pertenencias, pues como heredera al legado debía vivir en First Street.

Aún no podía aceptar el hecho que todo hubiese ocurrido así. Sentía como el mundo le pesaba demasiado y que lo poco que había vivido, fuera de los muros de la vivienda de la calle Amelia, era un sueño. Pronto se despertaría, bajaría las escaleras y se encontraría con el perturbador mundo que tan bien conocía. Su madre, Alicia, estaría ebria ya a las nueve de la mañana; su padre posiblemente dormido, en uno de los incómodos sofás; su abuela, la dulce anciana Evelyn, estaría observando en silencio la calle, sentada en una de sus sillas mientras se apoyaba en el bastón. Todo estaría tal y como había estado siempre. Su tía llamaría, Ryan se escucharía murmurar no muy lejos del aparato y el bocinazo del coche de Pierce a lo lejos la alertaría.

Pero no. No era así. Y no, no era eso lo que le dolía. A ella le dolía la desaparición completa de su escasa inocencia. La crueldad con la cual Lasher había hecho su aparición y sobre todo, por encima de cualquier cosa, el saber que había sido madre y no tenía siquiera una cuna vacía que observar para recordarlo. No, no había nada. Se sentía vacía. Había convivido con aquella criatura semanas, se había desarrollado en su vientre completamente sana y había venido al mundo para llenarla de dudas, preguntas misteriosas y una luz distinta a todo. Morrigan había desaparecido.

Muchos decían que era como un animal, pues siempre estaba buscando el rastro que la llevaría hasta su triunfo final. Sí, aguardaba el momento. Ella quería ser coronada como la reina del mundo. Ella, que era tan parecida a su madre, ambicionaba poder y ansiaba triunfar más allá de New Orleans. Y entonces, como de la nada, la chispa se encendió, sonaron los cristales y ni siquiera un beso de despedida. Morrigan se había esfumado del mundo, su mundo, pero no de su corazón.

Cuando miraban a Mona veían a una niña, pero ella hacía mucho que se sentía mujer. Hacía tanto tiempo que había dejado de ser lo que todos creían que ni siquiera ella misma sabía la fecha exacta, pero aún así había conservado las cintas en su cabello y algunos trajes inocentes. Sin embargo, ya no vestía siquiera esos trajes. Estaba convertida en una mujer, sin pasar por la previa adolescencia, recordando amargamente en aquel lugar cada tecla que había pulsado en su ordenador, sensación y sueños sobre su almohada. Había sido madre, pero ni siquiera podía contárselo a nadie lejos de la familia. ¿Quién creería que el parto tuvo lugar en una casa destartalada? ¿Cómo podría explicar que su hija se había fugado para formar su propia tribu? Ni siquiera era humana. ¿Y ella? ¿Era humana ella?

Se descalzó de sus bailarinas, dejándolas a un lado, para luego sentarse en la cama subiendo los pies. Su rostro parecía el de una muñeca de porcelana, como la que había llegado para Rowan y que necesitaba una peluca urgente, a punto de desquebrajarse. Su labio inferior tembló, sus ojos verdes se aguaron y soltó un terrible alarido que recorrió toda la casa como si fuera un gran sismo. Michael, que se hallaba en el piso inferior recogiendo algunas pertenencias, la escuchó. Quiso correr hacia ella, pero Rowan le había pedido que la dejara sola para que se desahogara. Él era el detonante, si se acercaba demasiado recordaba aún más aquella niña. Jamás se lo perdonaría. Nadie nunca se perdonaría nada y ese era el mayor regalo que había dejado la aventura que habían pasado. Sí, un regalo trágico.


10:30 de la mañana del 12 de julio de 1993

sábado, 28 de junio de 2014

Entrevista con el Rey Taltos

David dio con alguien especial y ha decidido traernos a todos la entrevista. Es una información que deberían apreciar. 

Lestat de Lioncourt 


Una pequeña y coqueta tienda de encantadoras muñecas había abierto sus puertas en New Orleans. Eran productos realmente maravillosos, casi sacados de otro tiempo, con unos rostros que parecían observarte allá donde estuvieras con sus impactantes ojos de vidrio. Aquellas muñecas, todas vestidas para la ocasión, hacían las delicias de todo aquel que pasaba y se fijaba en sus precios, para nada desorbitados comparándolos con la calidad, así como en toda la decoración que las realzaba con sus bonitas pelucas recién peinadas y sus cuellos almidonados. Eran dignas muestras de la sociedad, pues no sólo eran hermosas sino que poseían diversos colores de piel, ojos y estilos.

Se aproximaba la hora del cierre, el atardecer ya había caído y las luces de la tienda comenzaban a disminuir. Ya no quedaba ni un cliente, pero se estaba terminando de arreglar algunos paquetes para regalo. Las pequeñas descansaban en sus respectivas cajas, aunque algunas habían sido sustraídas de éstas para cobrar, aparentemente vida, en el mostrador y diversas secciones de complementos.

La puerta se abrió y una alegre música de pequeñas campanas sonó. Era una puerta fina, como la de esos viejos negocios, con una vidriera colorida que tenía el logotipo de la tienda con sus letras negras en relieve. La tienda era “El paraíso de Bru” y pocos sabían quién era Bru, pero él sí. Él sabía perfectamente quien era esa jovencita. David quedó asombrado cuando escuchó por primera vez sobre la tienda y más aún cuando la pudo contemplar con sus propios ojos una noche.

Bru era el nombre de la primera muñeca de Ashlar Templeton, un Taltos que se camuflaba ante los humanos como un carismático empresario. León Casimir Bru era el creador de la muñeca. Había surgido en la época de oro de las muñecas de porcelana tras una demanda de cientos de niñas, las cuales querían verse reflejadas en sus compañeras de juego. Fue la madre de todas las épocas para ser juguetero y vender encantadoras muñecas de porcelana. Se mostraba el esplendor de la época victoriana con sus encajes, bordados, estampados de cientos de colores y hermosos tocados. No sólo se compraban por parte de las familias adineradas para sus pequeñas, sino por modistos y personas adultas que las encontraban fascinantes. Ashlar la encontró en una fría noche, reconoció su belleza y la adoptó para que aliviara su soledad. Observando al muñeca comprendió que quería llevar esa magia a otros y fundó su fábrica de muñecas. Ver ese nombre, Bru, hizo que sus temores infundados tomaran mayor viveza.

Cuando pudo entrar en la tienda, vestido de forma impecable con un traje de sastre color chocolate y una camisa blanca de lino italiano, pudo ver como los dos únicos empleados estaban rodeando a un gigantesco hombre, cuyos rasgos eran los de un Taltos nada más ver sus enormes manos sosteniendo la delicada muñeca, junto a ellos.

—¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó enmarcando sus cejas con una amable sonrisa maquillando cualquier pensamiento grotesco en él—. ¿Desea algo de la tienda? Estamos a punto de cerrar—comentó dejando la muñeca en el mostrador—. Si desea alguna novedad tendrá que venir mañana, pues justo ahora estaba explicándole a mis empleados que...

—Ashlar—pronunció su nombre dejándolo callado—, conociste a Yuri que fue discípulo mío y de Aaron Lightner—dijo dando un par de pasos hacia el frente.

Los profundos ojos azules de Ashlar se enturbiaron al recordar cada detalle de Yuri, la historia que hubo antes y después de su aparición, y posiblemente también los sentimientos que todo eso le transmitían. Tenía el cabello más corto de como lo describió Lestat, pero era negro y tenía algunas canas que habían sido intentadas camuflar con tinte. Sus rasgos eran fascinantes, pues tenía una belleza masculina muy atractiva con unos labios no muy finos, unos dientes perfectos y blancos, una piel que parecía elástica a pesar de no ser un Taltos joven. Poseía unas manos enormes, pero cuidadas. Y su traje era perfecto, por supuesto de sastre, en color negro con una camisa blanca de algodón sin corbata.

—Por favor, caballeros, espero que me disculpen—comentó con una tímida sonrisa—. Tendré que marcharme, pero en la nota que les proporciono tienen el nombre y precio de las nuevas muñecas—dijo alejándose de ellos para aproximarse a David, al cual tomó del brazo derecho, justo por encima del codo, para presionar suavemente sus dedos y finalmente hablarle mirándole a los ojos—. Si desea hablar de algo relacionado con mi pasado, sea lo que sea, estaré dispuesto sólo si lo hacemos con discreción.

—Por supuesto, conozco el sitio perfecto—aseguró David sin apartarse, como si lo desafiara.

Por primera vez en mucho tiempo el antiguo director de Talamasca, David Talbot, se sintió pequeño e insignificante. Estaba frente a un hombre, o mejor dicho ser, que le rebasaba en estatura y conocimiento más allá de lo que cualquier vampiro, o sabio humano, podría tolerar.

Ambos salieron de la tienda, David el primero, para bajar por la calle en silencio. La noche tenía una deliciosa brisa veraniega, los vehículos circulaban a sus anchas por las calles, había luces de neón regadas por toda la calle que daba a la Avenida Saint Charles.

—Hay una cafetería que abren hasta altas horas de la noche, sirven un buen chocolate y diversos pastelillos. Aunque, conociéndolo, con leche sola y fría tendrá suficiente—aquellas palabras sonrojaron a Ashlar e hicieron que mirara hacia las fachadas que se alzaban a su lado derecho—. Le creía bajo el hielo, acompañado de su reina y de pétalos de flores diseminados sobre sus cuerpos.

—Es una larga historia—susurró—, pero puedo contársela si tiene tiempo.

—Cuando era mortal podía decir que le escucharía hasta que el cansancio me venciera, ahora soy un vampiro y tengo toda la noche, así como toda la eternidad, para hablar con usted—dijo clavando sus orbes cafés en su gigantesco acompañante.

Templeton bajó el ritmo de sus zancadas cuando notó que David lo hacía, para detenerse finalmente y entrar en una cafetería pequeña, pero muy hermosa. Aún no era el momento álgido y los empleados se encontraban tranquilos. Dentro de unas horas, casi hacia la media noche, tendrían numerosos jóvenes disfrutando de algún aperitivo dulce antes de continuar sus fechorías, varios insomnes buscando un descafeinado y románticos empedernidos que deseaban escribir sus memorias frente a una taza humeante de té, chocolate o café.

Las mesas tenían patas de hierro, pero una estructura muy hermosa. No eran las típicas mesas de cafeterías modernas que poseían todas, absolutamente todas, el mismo diseño. Las sillas eran cómodas y también había pequeños sillones muy agradables y acogedores. Ellos decidieron tomar asiento en una de las mesas más apartadas, cerca de una de las gigantescas ventanas y de los servicios.

—Tome asiento, por favor—indicó David, tomando asiento a su vez.

—No me ha dicho su nombre ni qué pretende—comentó sentándose frente al vampiro.

—Mi nombre es David Talbot. Fui director de Talamasca durante varias décadas, ostenté mi cargo con amor y eficiencia. Amor a la sabiduría, los misterios y cualquier miembro de mi orden. Bajo mi tutela estuvo Yuri Stefano, al cual conoció bien, e hice amistad, desde mi época de novicio, con Aaron Lightner, el cual fue asesinado—explicó desabrochando el único botón de su chaqueta que tenía cerrado, el central, para luego aproximar un poco más la silla hasta su acompañante—. Soy un vampiro creado por el mismo vampiro que creó a Mona.

—Fascinante, pero usted es... —dijo arrugando la frente y frunciendo el ceño.

—Joven de aspecto por azares del destino, pero era ya un anciano cuando Lestat me transformó—los vivaces ojos de Ashlar se fijaron en la estructura ósea de David. Aquellos ojos profundos, tan oscuros como el café más amargo, denotaban que su alma no era joven y que no pertenecía al de un vampiro que vivió una vida corta. Sus rasgos no eran del todo ingleses, su piel tenía un ligero tostado y sus labios formaban una sonrisa casi felina. Sin duda, era un hombre atractivo e interesante por lo que contaba. Ashlar quería hablar, pero no sabía bien qué decir y además David continuaba hablando—. Perdí mi cuerpo original, mi alma se enjauló en éste recipiente mucho más joven y él le dio la vida eterna. No se preocupe por éste misterio, pues el de su regreso de entre los muertos es mucho más...

—Interesante—susurró fascinado, como cuando le presentaban una nueva muñeca y deseaba estrecharla entre sus brazos—. Tuvo suerte.

—Correcto, mucha suerte—respondió con un ligero ademán de cabeza.

—¿Y qué quiere de mí?—dijo aún sobresaltado— ¿Qué desea que le explique?

—¿Cómo volvió?—preguntó—. Es decir, usted estaba muerto.

—No lo sé—sus palabras sonaron francas, pues aquel Taltos tenía esa peculiaridad. Era incapaz de mentir. Sin duda, era uno de esos hombres acostumbrados a dar la cara por todo lo que hacía o sabía. Podía ocultar la verdad, pero jamás mentir descaradamente—. Una mañana desperté en uno de mis viejos apartamentos, el mismo que se había mantenido desocupado durante años, recostado en mi cama y rodeado de algunos brujos.

—¿Quienes?

David había cambiado su postura relajada por una más tensa. Había bajado la guardia durante unos segundos, pues Ashlar propiciaba ese estado. Sin embargo, nada más oír esa breve historia se sobresaltó.

—No lo sé, eran todos Mayfairs—explicó.

—¿Qué querían de usted?—dijo rápidamente intentando averiguar las intenciones de la familia, las cuales no estaban aún nada claras.

—Me contaron que uno de mis hijos me envenenó, así como Oberon y mis dos hijas Miravelle y Lorkyn dieron la noticia de mi muerte a Mona, su compañero y otras personas cercanas a la familia—relajó su mente para que el vampiro la leyera si lo deseaba, cosa que no hizo porque sentía que no era necesario—. También me hablaron de un conjuro especial que me había devuelto la vida y restaurado mi cuerpo—hizo un breve inciso y se acomodó en la silla—. Nada más. Se lo aseguro.

—¿Y qué pretende ahora? ¿Qué desea hacer? ¿Por qué esa tienda?—eran muchas preguntas, pero todas tenían un objetivo. David sentía que New Orleans era ahora su hogar, porque fuese donde fuese sólo se sentía cómodo en sus calles llenas de turistas, artistas de todo tipo y delincuencia. Sí, era el aroma distinto del aire y el ritmo desenfrenado de algunos locales lo que le daban vida, y esa vida no la quería perder. Había cierta quietud en la ciudad y quería que así permaneciera, lejos de malas influencias y juegos macabros de un brujo con demasiados deseos de triunfo.

—Soy empresario—se apresuró a decir—. Siempre he tenido grandes sueños—encogió sus hombros y observó por el rabillo del ojo a las camareras. Ellas estaban allí situadas, a corta distancia, murmurando sobre ellos—. Creo en la justicia y en la igualdad—comentó llevándose la mano izquierda al torso inclinándose suavemente hacia delante—. Deseo tener aún mis viejos sueños, si me lo permite, y por supuesto quiero hacerlos realidad junto a mi frágil, pero fuerte, Morrigan—su mano dejó de estar abierta, para convertirse en un puño y caer suavemente sobre la mesa—. Aún no sé nada de ella y el sólo pensar que está lejos de mí, aterrada o padeciendo Dios sabe qué...

Una de las camareras se aventuró y caminó hacia ellos. Tenía un movimiento sensual y atractivo, con unos pechos que llamaron poderosamente la atención del Taltos. La leche que surgía de los pezones de las mujeres después del embarazo, y que en su raza podía continuar ofreciéndose durante años, le hacía desear beber como lo habría hecho un niño. Podía notar que ella era madre y sus senos contenían leche, por la forma y porque había una ligera mancha en la camisa, justo cerca del pezón, que ella no había sabido ocultar.

—¿Qué desean tomar?—dijo con la pequeña libreta entre sus encantadoras manos.

Ashlar quedó mudo imaginándola junto a él, ofreciéndole esa leche que tanto le excitaba y entusiasmaba, y recordó entonces a su hermosa Morrigan con sus pechos llenos de leche y el sabor de ésta. Estaba por volverse loco, pero contuvo sus impulsos y mantuvo cierta distancia con la joven.

—Yo no deseo nada, pero mi amigo necesita un buen vaso de leche fría—David pidió por él, de forma cortés y atenta, cosa que hizo que se ahorrara algún comentario sobre la joven. El vampiro había notado esa alteración, pero no dijo nada.

—¿Desea galletas que acompañen a la leche?—preguntó escribiendo en el papel el simple pedido.

—No, gracias—respondió Ashlar bajando sus ojos azules por la figura de la joven, cosa que provocó en ella cierto escalofrío acompañado con un calor sofocante y cierto enrojecimiento de sus mejillas.

—Ahora mismo traigo su pedido—susurró.

—Gracias—dijo el Taltos con una sonrisa bondadosa antes de ver como ella se giraba, encaminaba sus pasos y se acercaba al mostrador.

—No sé si Morrigan está viva, pero conociendo a Julien habrá pedido que se resucite del mismo modo que lo han hecho con él y con otros—afirmó—. Ésto es una maldita locura—murmuró sorprendido por tantos acontecimientos que le hacían sentir mareado.

—Juro por todo lo que he amado y perdido, así como puedo jurarle que aún siendo un profundo respeto y amor por Janet, que jamás he pretendido hacer daño al mundo—sus grandes manos estaban sobre la mesa, casi tocando el servilletero de metal—. Se lo juro—llevó su mano derecha al brazo de David y lo apretó.

—Le creo—dijo colocando su mano derecha sobre la del Taltos y éste se relajó de nuevo.

—Sólo quiero vender mis muñecas a un precio módico, restablecer mis franquicias, vivir una vida plena y reconquistar el corazón de mi hermosa pelirroja—regresó a su posición inicial y suspiró—. Nada más.

—Comprendo, pero ¿no le han dado órdenes de algún tipo?—precisaba más datos, pero desconocía si Ashlar podría ofrecérselos.

—No, sólo me dijeron que pronto podría reunirme con ella si Michael accedía—le miró a los ojos, cosa que no le extrañó, y parecía rogar que él tuviese alguna respuesta a esa orden que le habían dado. Una orden de esperar a un milagro, prácticamente.

—¿Michael Curry?—preguntó.

—Sí, Michael.

—Michael ésta implicado...—todo comenzaba a cuadrar, aunque no sabía hasta que punto podía afirmarse que estuviese o no implicado. Al menos, tenía ciertos conocimientos y debía arriesgarse a conocerlos.

—No lo sé—negó suave—. No sé nada—añadió sintiéndose perdido, pues hasta el momento al menos tenía ciertas convicciones y esperanzas. Sin embargo, lo que más le molestaba es que David parecía acusarlo de tener una información valiosa, ser cómplice de algo, que él ni siquiera llegaba a comprender—. Está usted acusándome con el dedo de algo que ni siquiera sé bien qué es.

—No se altere, por favor, no estoy intentando agredirle—imploró.

El ligero golpe de tacón bajo de la camarera les hizo recordar dónde se encontraban. Ella se aproximó con la bandeja y en ella, colocado sobre un plato de postre, un vaso de tubo con leche fría y un pequeño sobre con azúcar junto a una cucharilla y una servilleta doblada.

—Aquí tiene—dijo colocando la bebida sobre la mesa, justo frente al Taltos.

—Muchas gracias, es usted encantadora—la voz de Ashlar sonó sedosa y tranquila, aunque quizás era sólo para demostrar cierta calma frente a ella. Tal vez no deseaba que se apreciara que ambos discutían.

—Y usted un hombre muy caballeroso—respondió antes de marcharse.

—Ahslar—David le llamó la atención, para que no siguiera con la mirada a la camarera y se perdiera en sus pensamientos.

—Dígame—dijo tomando el vaso con su mano derecha para aproximarlo a sus labios.

—¿Sabe Talamasca de su regreso?—preguntó.

—No lo sé—se encogió de hombros y dio un largo trago a la leche.

—Entiendo, creo que debo retirarme—comentó poniéndose de pie.

—Disculpe—Ashlar dejó el vaso en la mesa, justo en el plato al lado de la bolsita de azúcar que no usó y la cuchara—. Si consigue hablar con Michael, pues para mí ha sido imposible, ¿podría decirle que no fue mi intención que Morrigan terminara muerta? Morrigan significó el fin de la soledad, un punto de luz en mi vida y por supuesto un sueño—sus ojos se adueñaron de una tristeza profunda y sus labios soltaron un último ruego—. Necesito volver a verla.

—Y yo necesito respuestas, pero le haré llegar el mensaje—le explicó—. Buenas noches, Ashlar Templeton.

—Buenas noches, David Talbot—respondió quedando allí con la leche fría y la única compañía del murmullo de las camareras, la suave radio del local y las luces diáfanas de la ciudad a lo lejos, tras el cristal de la ventana.


David se marchó cabizbajo, pero con cierto optimismo. Si lograba dar con Michael y hablar cinco minutos con él, aunque fuese cinco minutos, tendría una información suculenta. Debía regresar a su despacho, describir todo lo que había ocurrido y archivar aquella pequeña entrevista. La vida de Ashlar era larga, pudo preguntarle sobre mil cuestiones que quedaron en el tintero, pero de momento quería centrarse en el presente y éste era escueto.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt