Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 16 de agosto de 2015

Crazy angel

Michael y Mona tuvieron ciertos encuentros sexuales, los cuales quedaron reflejados en la historia que se narró sobre los Mayfair. De hecho la hija de Mona, Morrigan, era hija de Michael. Admito que saber eso me da una idea sobre el cariño y deseo que pudo tener Michael hacia ella durante un tiempo.

Lestat de Lioncourt


En aquella biblioteca, la cual rezumaba aún el murmullo de una historia que jamás sería contada correctamente, podía sentir que mi vida discurría con dificultad. Encontraba una ligera mejoría, pero aún así me sentía aturdido y cansado. Mi corazón había sufrido físicamente, pero también el corazón sentimental estaba siendo torturado con su marcha sin despedida. Cada noche tenía que marcharme de la biblioteca para recostarme en una cama vacía, fría y sin su aroma. Había decidido pasar la tarde entre viejos documentos, nuevos proyectos para mi empresa de restauración y ciertas carpetas con archivos que debía enviar urgentemente al correo. El trabajo me aislaba de la soledad, pero también su joven presencia.

Se veía tan tierna recostada en aquel sofá, con aquellas mejillas sonrosadas y llenas. Poseía una boca pecaminosa, pese a su edad, y una mirada salvaje como desesperanzada. Sus largos cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros desnudos. El vestido que llevaba ya no era tan infantil como los que usualmente decía elegir de su armario. Parecía algo más adulta, pero seguía siendo prácticamente una niña. Sus pequeños pechos se abultaban bajo la suave tela de algodón blanco. Tenía unas piernas largas y torneadas para su edad y su estatura. Se encontraba descalza, con el cabello revuelto y somnolienta. Una adolescente que florecía como una azucena salvaje.

Me quedé contemplando su nariz salpicada por infinidad de pecas, así como sus mejillas y sus delicados brazos. La observaba con calma y sin preocupación alguna. Ella dormía, disfrutaba de un mundo onírico mucho más placentero que la cruel realidad reinante. Por mi parte intentaba desvanecer mis miedos y preocupaciones contemplando su descanso. No obstante me incorporé para aproximarme a ella. Parecía un ángel que desconocía el pecado y el dolor, pero no era así. Aquella criatura de delicadas proporciones era un pequeño demonio con una inteligencia poderosa, unas artes de seducción demasiado tentadoras y un cuerpo que llamaba la atención a cualquier hombre.

Acabé de pie frente a ella, deslizando mis manos ásperas por sus cabellos, para viajar hasta su escote y palpar sus pequeños pechos. Ella se despertó mirándome ligeramente somonolienta, pero poseía una sonrisa traviesa que iluminaba por entero su rostro. Sin importarle nada, como si ya lo hubiese previsto, remangó ligeramente su vestido mostrándome su sexo desprovisto de ropa interior. A penas tenía algo de vello, y éste era tan pelirrojo como los mechones de su cabeza.

Dudé durante unos instantes qué hacer, pero acabé llevando un dedo hasta el borde de aquel pequeño volcán. Tenía los labios cálidos, pero aún más cálido era su clítoris que acabé tocando. Ella abrió mucho mejor sus piernas recostándose de espaldas en el sofá. Sus caderas se alzaron y yo acabé entre sus muslos.

Besaba su vientre, sus muslos e inglés. Lamía su monte de Venus y la abertura cálida de aquel pequeño tesoro. Terminé por introducir mi lengua y acairiciar, en círculos suaves, su clítoris. También lo lamía rápido y desesperado, pero volvía a los movimientos pausados concentrándome en su respiración agitada. No tardó en llevar sus manos a sus pechos, apretándoslos uno contra otros, mientras sus pezones se endurecían dejándose ver bajo la tela.

Me había jurado que no ocurriría otra vez, pero allí estaba bajándome la cremallera de la bragueta. Podía notar su deseo, del mismo modo que ella notaba el mío. La atraje hasta mí metiendo mis fuertes bazos bajo su cuerpo, pegando así su trasero a mi entrepierna y sus muslos quedaron rodeando mis caderas. Ella sonrió perversa moviendo su pelvis y jadeando suave, muy bajo, como si fuese el ronroneo de un gato. Por mi parte, como no, ejercí cierta violencia girándola contra el sofá, llevándola al borde de ésta y penetrándola con deseo.

Mi miembro era demasiado grueso y ella no estaba acostumbrada. Mis venas rozaban su estrecha vagina, la cual me daba libre acceso. Gemía y lloraba de placer. Su vestido quedó arrugado entorno a su cintura; el cual usaba para sujetarla con la mano izquierda, pues con la diestra la agarraba del pelo tirando de ella hacia atrás. Sus labios, canosos y seductores, se abrían emitiendo largos gemidos que tan sólo me animaban a dominarla con más ahínco.

Al derramarme en su interior ella apretó con fuerza sus piernas, cerrándolas. Me aprisionaba con fuerza, la misma con la que se había agarrado al sofá clavando sus uñas. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, pero su lengua se pasaba por sus labios como si pudiese saborear mi semen. Cuando permitió soltarme mi miembro ya estaba flácido. La solté dejándola sobre el sofá, pero decidió arrodillarse, como si implorara ante un altar, para lamer los restos del semen que aún coronaba mi glande. Percibí entonces como resbalaba de sus muslos unos pequeños hilos de mi esencia, igual que ella estaba terriblemente empapada por haber llegado a un orgasmo extremadamente placentero.

—Yo nunca te hubiese dejado, tío Michael—dijo, apartando de sus labios mi miembro—. Amo tus ásperas caricias—murmuró mirándome a los ojos comenzando a masturbarme.

Reconozco que me erizó los vellos de la nuca y permití que acariciara aquella piel sensible con sus manos, sus labios, su lengua y sus pequeños pechos hasta que nuevamente tuve una lógica erección. Si bien, aquella vez ella decidió que su boca sería suficiente. Cuando la leche cayó en su lengua, llenando aquella diminuta y carnosa boca, ella no dudó en tragarlo mientras jugueteaba con el vello que coronaba mi sexo.

Quedé allí, de pie frente a ella, sin saber qué hacer o decir. Me sentía perdido. Ella tomó una decisión por ambos, pues se colocó bien el vestido y me sonrió como si fuese un dulce ángel. Yo la agarré por la cintura, rodeándola y pegándola a mi torso, pero ella decidió escabullirse hasta la habitación que le había preparado.


Mona fue la única tentación que he tenido y que, a día de hoy, sigue siéndolo. A veces la recuerdo entre mis brazos, completamente dominaba por el placer y la lujuria, pidiendo que moviese mis caderas con un ritmo duro y terrible. Ella siempre será el único capricho que he permitido ofrecerme.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt