Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 19 de agosto de 2015

Te recuerdo

Este es uno de los documentos escritos por Lasher, los cuales terminaron en manos de Mona Mayfair y así supo parte de la verdad. Rowan los tenía en su poder. ¿Los recuerdan? Éste es uno de esos documentos.


Lestat de Lioncourt


Te recuerdo. Recuerdo bien tu sonrisa. Recuerdo esa pose seductora. Oh, recuerdo todo. Puedo recordarte, pero los recuerdos se borran y se convierten en borrones amargos. Lloramos juntos, pero también reímos durante horas. Disfruté mucho de tu compañía. Esa sonrisa era la del diablo. Todas las mujeres te amaban, los hombres te admiraban y muchos caían seducidos por tu coquetería. Oh, el humo de tu pipa. ¿Te es familiar ese aroma dulzón? Creo que es el chocolate humeante junto a tus viejos documentos. Tan inteligente, tan desesperado por conocer y viajar. ¡Te odio y te amo! Te recuerdo y te olvido... Olvido demasiado rápido. Mi mente a penas puede pronunciar tu nombre. ¿Cuándo nos conocimos? ¿En qué siglo? ¿Moriste ya? Creo que me odiabas, temías y despreciabas. Pero también me necesitabas y amabas a tu modo, muy a tu modo.

Vi como tu cabello negro y rizado, tan espeso y suave, se convertía en un nido de canas que acabó siendo blanco, como la nieve que nunca viste. Tenías los ojos azules, tan azules como los míos. ¿Tal vez yo los tengo azules porque tú los tenías? Oh, sí. Ahora soy tu descendiente. Ahora soy parte de tu linaje. La puerta y la llave, mis padres, son tus descendientes. ¡Qué lástima! No podemos vernos frente a frente, sonreírnos amargamente como antes, y confesarnos nuestras correrías.

Contemplé tus victorias, pero también tus fracasos. ¡Cuántos sueños! ¡Cuántos ideales! ¡Y qué inteligente! Oh, sí. Te amaba. Amaba mirarte al espejo. Codiciaba tu cuerpo. Elegí tu cuerpo muchas veces. Pude sentir a través de tus manos, escuchar gracias a tus oídos y sonreír al fin gracias a tus labios. Todo era tan real. El mundo era tan hermoso y fascinante... ¡Muy interesante!

Extraño tus camisas de lino, tus sombreros elegantes, ese bastón sofisticado que usabas para añadir a tu pose de caballero, y de seductor de cine, un aire más interesante. Te amé. No sabes cuánto te amé. Jamás supiste cuánto te lloré. Te lloré un día entero, Julien. Viviste más que nadie. Tantos años... ¿cuántos fueron? ¿Setenta? ¿Ochenta? ¿Noventa? No lo recuerdo. Ya no lo recuerdo.

Estoy escribiendo esto para no olvidarte. El gentil, elegante, malévolo, inteligente, cruel y seductor Julien Mayfair. El brujo de los Mayfair. El único patriarca de entre tantas brujas. ¡Tú también fuiste mío! ¿Y yo fui tuyo? Fui tuyo. Era el demonio que te servía, susurraba a tus oídos y reía tus chistes malos. Oh, Julien. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cien años? Casi cien años...


Te estoy llorando, Julien. Te estoy llorando...  

domingo, 16 de agosto de 2015

Crazy angel

Michael y Mona tuvieron ciertos encuentros sexuales, los cuales quedaron reflejados en la historia que se narró sobre los Mayfair. De hecho la hija de Mona, Morrigan, era hija de Michael. Admito que saber eso me da una idea sobre el cariño y deseo que pudo tener Michael hacia ella durante un tiempo.

Lestat de Lioncourt


En aquella biblioteca, la cual rezumaba aún el murmullo de una historia que jamás sería contada correctamente, podía sentir que mi vida discurría con dificultad. Encontraba una ligera mejoría, pero aún así me sentía aturdido y cansado. Mi corazón había sufrido físicamente, pero también el corazón sentimental estaba siendo torturado con su marcha sin despedida. Cada noche tenía que marcharme de la biblioteca para recostarme en una cama vacía, fría y sin su aroma. Había decidido pasar la tarde entre viejos documentos, nuevos proyectos para mi empresa de restauración y ciertas carpetas con archivos que debía enviar urgentemente al correo. El trabajo me aislaba de la soledad, pero también su joven presencia.

Se veía tan tierna recostada en aquel sofá, con aquellas mejillas sonrosadas y llenas. Poseía una boca pecaminosa, pese a su edad, y una mirada salvaje como desesperanzada. Sus largos cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros desnudos. El vestido que llevaba ya no era tan infantil como los que usualmente decía elegir de su armario. Parecía algo más adulta, pero seguía siendo prácticamente una niña. Sus pequeños pechos se abultaban bajo la suave tela de algodón blanco. Tenía unas piernas largas y torneadas para su edad y su estatura. Se encontraba descalza, con el cabello revuelto y somnolienta. Una adolescente que florecía como una azucena salvaje.

Me quedé contemplando su nariz salpicada por infinidad de pecas, así como sus mejillas y sus delicados brazos. La observaba con calma y sin preocupación alguna. Ella dormía, disfrutaba de un mundo onírico mucho más placentero que la cruel realidad reinante. Por mi parte intentaba desvanecer mis miedos y preocupaciones contemplando su descanso. No obstante me incorporé para aproximarme a ella. Parecía un ángel que desconocía el pecado y el dolor, pero no era así. Aquella criatura de delicadas proporciones era un pequeño demonio con una inteligencia poderosa, unas artes de seducción demasiado tentadoras y un cuerpo que llamaba la atención a cualquier hombre.

Acabé de pie frente a ella, deslizando mis manos ásperas por sus cabellos, para viajar hasta su escote y palpar sus pequeños pechos. Ella se despertó mirándome ligeramente somonolienta, pero poseía una sonrisa traviesa que iluminaba por entero su rostro. Sin importarle nada, como si ya lo hubiese previsto, remangó ligeramente su vestido mostrándome su sexo desprovisto de ropa interior. A penas tenía algo de vello, y éste era tan pelirrojo como los mechones de su cabeza.

Dudé durante unos instantes qué hacer, pero acabé llevando un dedo hasta el borde de aquel pequeño volcán. Tenía los labios cálidos, pero aún más cálido era su clítoris que acabé tocando. Ella abrió mucho mejor sus piernas recostándose de espaldas en el sofá. Sus caderas se alzaron y yo acabé entre sus muslos.

Besaba su vientre, sus muslos e inglés. Lamía su monte de Venus y la abertura cálida de aquel pequeño tesoro. Terminé por introducir mi lengua y acairiciar, en círculos suaves, su clítoris. También lo lamía rápido y desesperado, pero volvía a los movimientos pausados concentrándome en su respiración agitada. No tardó en llevar sus manos a sus pechos, apretándoslos uno contra otros, mientras sus pezones se endurecían dejándose ver bajo la tela.

Me había jurado que no ocurriría otra vez, pero allí estaba bajándome la cremallera de la bragueta. Podía notar su deseo, del mismo modo que ella notaba el mío. La atraje hasta mí metiendo mis fuertes bazos bajo su cuerpo, pegando así su trasero a mi entrepierna y sus muslos quedaron rodeando mis caderas. Ella sonrió perversa moviendo su pelvis y jadeando suave, muy bajo, como si fuese el ronroneo de un gato. Por mi parte, como no, ejercí cierta violencia girándola contra el sofá, llevándola al borde de ésta y penetrándola con deseo.

Mi miembro era demasiado grueso y ella no estaba acostumbrada. Mis venas rozaban su estrecha vagina, la cual me daba libre acceso. Gemía y lloraba de placer. Su vestido quedó arrugado entorno a su cintura; el cual usaba para sujetarla con la mano izquierda, pues con la diestra la agarraba del pelo tirando de ella hacia atrás. Sus labios, canosos y seductores, se abrían emitiendo largos gemidos que tan sólo me animaban a dominarla con más ahínco.

Al derramarme en su interior ella apretó con fuerza sus piernas, cerrándolas. Me aprisionaba con fuerza, la misma con la que se había agarrado al sofá clavando sus uñas. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, pero su lengua se pasaba por sus labios como si pudiese saborear mi semen. Cuando permitió soltarme mi miembro ya estaba flácido. La solté dejándola sobre el sofá, pero decidió arrodillarse, como si implorara ante un altar, para lamer los restos del semen que aún coronaba mi glande. Percibí entonces como resbalaba de sus muslos unos pequeños hilos de mi esencia, igual que ella estaba terriblemente empapada por haber llegado a un orgasmo extremadamente placentero.

—Yo nunca te hubiese dejado, tío Michael—dijo, apartando de sus labios mi miembro—. Amo tus ásperas caricias—murmuró mirándome a los ojos comenzando a masturbarme.

Reconozco que me erizó los vellos de la nuca y permití que acariciara aquella piel sensible con sus manos, sus labios, su lengua y sus pequeños pechos hasta que nuevamente tuve una lógica erección. Si bien, aquella vez ella decidió que su boca sería suficiente. Cuando la leche cayó en su lengua, llenando aquella diminuta y carnosa boca, ella no dudó en tragarlo mientras jugueteaba con el vello que coronaba mi sexo.

Quedé allí, de pie frente a ella, sin saber qué hacer o decir. Me sentía perdido. Ella tomó una decisión por ambos, pues se colocó bien el vestido y me sonrió como si fuese un dulce ángel. Yo la agarré por la cintura, rodeándola y pegándola a mi torso, pero ella decidió escabullirse hasta la habitación que le había preparado.


Mona fue la única tentación que he tenido y que, a día de hoy, sigue siéndolo. A veces la recuerdo entre mis brazos, completamente dominaba por el placer y la lujuria, pidiendo que moviese mis caderas con un ritmo duro y terrible. Ella siempre será el único capricho que he permitido ofrecerme.  

viernes, 14 de agosto de 2015

Danzando en la eternidad

Ashlar y yo no nos conocimos. Bueno, yo lo conocí pero de cuerpo presente. Recuerdo las lágrimas de Mona frente al cuerpo de su hija y del hombre que se la llevó, aquel gigante tan similar y distinto a Lasher que condenó a los Mayfair.

Lestat de Lioncourt


Recuerdo nuestro primer abrazo como si fuese hoy mismo. Tan salvaje, como un animal en plena naturaleza, esperando alcanzar la plenitud de un valle nuevo. Conquisté tus tiernos labios demasiado pronto y te arranqué del mundo guardándote entre mis brazos. Desnudé mi alma junto a la tuya, bañé de caricias cada recoveco de tu cuerpo y tú cediste tan rápido a mis deseos que la locura nos convirtió en dos monstruos hambrientos. Teníamos hambre de amor y sed de lujuria. Tu cuerpo me alimentó como yo alimenté el tuyo.

No olvido la primera vez que besé tus rosados pezones, deslizando mi lengua con cuidado y deseo, mientras apretaba con fuerza mis labios. Tus piernas cedieron rápidamente, abriéndose húmedas bajo los pliegues de la falda de aquel vestido primaveral. Mis manos, suaves y grandes, se deslizaron por tus rodillas hasta tus muslos, de tus muslos a tus ingles y de éstas a la cálida vagina que tanto codiciaba. Mi dedo índice estimulaba tu clítoris mientras tú temblabas. Inexperta, pero conocedora de miles de pecados, decidiste gemir buscando mi sexo.

Bajé mi cremallera y te ofrecí mi miembro, para alimentar tu boca con mi cálida leche. Gemiste, temblaste, bebiste y te convertiste así en mi amante. Pero no fue la primera vez que probaste de mi manantial, ni yo me quedé atrás. En aquellos cómodos asientos, de esa limusina tintada, te hice mía repetidamente. Te permití ser mi amazona, que cabalgaras sobre mi sexo, y despeinaras mis largos cabellos negros. Tú, salvaje pelirroja, te convertiste en un animal seductor con unos ojos enormes e insaciables.


Y allí, en aquel lugar pequeño y confortable, tuvimos a nuestro primer hijo mucho antes de llegar a las ruinas donde conmemoramos nuestro amor. Esas piedras en círculo, alzándose en silencio, nos contemplaron y bendijeron. Después el aeropuerto, los océanos, la playa, los hijos, los celos y el desastre. Ahora sólo queda silencio. Un silencio terrible mientras siento el frío que nos congela y nos mata.   

miércoles, 20 de mayo de 2015

Luchando por la vida

Creo que hay que tomar el ejemplo de Michael y luchar siempre. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo el sonido de la pala clavándose en la tierra, levantándola y arrojándola a los pies de las raíces del árbol. Las ramas se agitaban por el viento y la lluvia. Mi camisa estaba empapada de sangre, sudor y agua. Aquella noche parecía más salvaje y desapacible que nunca. Ahora comprendo que él lloraba. Lloraba por su miserable destino, por el dolor que había causado y la miseria que nos había arrojado con la codicia y el egoísmo que demostró. Su cuerpo cayó como si fuese un muñeco, su cabeza rodó hasta la fosa quedando lejos de sus hombros y le quité la esmeralda que llevaba prendida en el collar.

Maté y enterré a mi hijo de la forma más criminal y bruta posible. El martillo quedó en el sendero cercano a la casa. Dentro estaba ella arrojada en la cama, como si fuese la Bella Durmiente, esperando un milagro. También había otros cuerpos, pero el único que quería enterrar era el suyo. No sé porque me empeñé en tenerlo cerca. Quizás parte de mí sentía lástima por su miserable destino. Tal vez llegué a perdonarlo, pues soy un hombre cristiano y creo en la redención de las almas. Sin embargo, sé que su alma sigue torturándose buscando la felicidad que no halló en sus escasas vidas.

Con el rencor no se puede vivir. Tampoco con el miedo y el odio. Debemos deshacernos de esas cargas y aceptar el dolor que nos causaron otros, ese que nos dejó terribles cicatrices, como una experiencia que nos hizo más fuertes, valientes y sabios. Debemos aprender del fracaso y el horror. Tenemos que mantenernos en pie librando un pulso con la vida. Eso es lo único que puedo decir cuando echo la vista atrás, miro por la ventana y observo la fosa donde yacen sus huesos. En más de una ocasión he dejado alguna flor, aunque no sé si en mi nombre o en nombre de Rowan. Lo desconozco.

El jardín ya ha florecido hace varias semanas. La primavera ronda cada rincón. El césped está crecido y pronto tendré que hacerme cargo. La casa sigue en nuestro poder. Es como un símbolo de nuestro dolor, pero también de la felicidad que yace entre los fuertes muros de nuestro hogar. Pues puedo llamar hogar a la casa que ambicioné y amé cuando era un niño. Puedo hacerlo. Llevo viviendo casi dos décadas en éste lugar, observando más allá de la verja que una vez fue un terrible impedimento.


Hemos superado grandes tragedias. Ambos hemos enterrado a nuestra propia sangre. Pero en estos momentos todo parece ser más firme. Sólo hay que luchar y no decaer.  

sábado, 28 de febrero de 2015

Perdón imposible

Lasher de nuevo con vida, Rowan huyendo, la casa de San Francisco... horror. 

Lestat de Lioncourt 


Estaba de nuevo en un momento crítico en su vida. Observaba las viejas habitaciones que habían aguardado celosamente su regreso. Miles de recuerdos se agolpaban, igual que el polvo sobre los escasos muebles que aún permanecían en la vivienda. La mudanza había sido sencilla. Sólo había recogido lo imprescindible. Algunos muebles se quedarían para el próximo propietario, el resto posiblemente se los ofrecería a alguna organización no gubernamental de la zona. No lo había meditado aún. Pues el miedo la había paralizado. Los recuerdos azotaban con violencia, igual que el mar contra su barco. Su viejo e inseparable barco también sería vendido, como si parte de ella hubiese muerto y decidiera enterrarlo más allá de las profundidades de su corazón.

Estaba en mitad del salón, justo frente a las cristaleras que daban al pequeño muelle, el barco se mecía y parecía querer hundirse antes de ser abandonado por Rowan. Ella estaba de pie, con las manos juntas como si rezara a un Dios bondadoso, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y tristeza. El horror volvía. Era como si todo lo que hubiese vivido se trasladara al presente. ¿Y no era así? Su familia seguía vinculada a tratos oscuros, muy turbios, como para enumerarlos con facilidad. Julien había regresado a la vida gracias a sus argucias con el demonio, muchos Mayfair estaban pactando nuevos y terribles tratos, mientras que ella se hundía con cada nueva noticia. Michael no era capaz de secar todas sus lágrimas y calmar definitivamente sus demonios. Sobre todo en ese momento. Estaba sola en esa casa, pero el cristal volvía a tener la huella de una mano cálida que acababa de apartarse. Una mano enorme, de dedos finos y palma ancha. Sí, era la mano de un Taltos. La última vez que vio esa marca su vida cambió, su madre biológica había muerto y ella comenzaba su peregrinaje por un mundo lleno de oscuridad, muerte y destrucción que estuvo a punto de matarla.

Quería gritar, pero no pudo. Tenía un nudo enorme en su garganta. No podía siquiera respirar. Todo parecía demasiado pesado. Sus manos temblaban mientras sus dedos apretaban el dorso de estas. Quería llorar, y tampoco lo hacía. Simplemente optó por intentar ser racional y creer, al menos creer, que sólo eran sus viejos recuerdos jugando una mala pasada. Sin embargo, lejos del olor a polvo y mar, olfateó en el ambiente su aroma. Era el aroma de un macho Taltos. Sin duda, una fragancia que ella no podía olvidar. Un mal presagio. Eso era. Debía huir, pero sus piernas no obedecían. Su cuerpo estaba rígido y sus músculos se contraían. Abrió sus labios, aunque no emitió ruido alguno, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas.

Sólo un pensamiento, o más bien un nombre, se agolpaba en su cabeza rebotando una y otra vez: Lasher. Él estaba allí. Había regresado como bien sabía. Lasher estaba cerca. Casi podía sentir sus manos sobre su cuerpo y su respiración contra su cuello. Su hijo, su amante, su carcelero, su enemigo y el padre de Emaleth.

—Sigues siendo tan hermosa como siempre. Es como si los años no hubiesen pasado por ti—su voz sonaba calmada. No parecía siquiera el monstruo que perdía el juicio, olvidaba ocasionalmente quien era y se perdía en medio de estúpidas canciones infantiles.

«Aléjate» pensó, pero no podía hablar. Sólo desear que ese momento fuese una pesadilla. Quería despertar en brazos de su marido. Él era un hombre justo y comprensivo, que siempre aceptó sin ningún reparo los problemas que agrietaron su matrimonio.

—Madre...—murmuró—... me alegra que no me olvidaras, pues yo no pude hacerlo. Lamento muchísimo todo el daño que te hice—sus pasos sonaban próximos y sabía que la alcanzaría. De improvisto, ella logró moverse, pero al girarse lo vio frente a frente. Esos ojos azules, tan similares a los de su amado Michael Curry, ese mentón, idéntico al suyo, sus labios carnosos y esa pose tan resuelta en la vida. Era masculino, pero tenía el cutis de un niño. Seguía siendo hermoso, como un ángel, pero terrible, como cualquier pesadilla. La dualidad perfecta de Michael y suya. Un monstruo, como cualquier otro. Ella había visto como Lasher regresaba, pero quiso creer que era sólo un sueño. Un terrible y trágico sueño. Incluso su marido le dijo que era mejor olvidarlo, enterrarlo junto con los viejos huesos que pertenecieron al fantasma que regresó y ocupó de nuevo un cuerpo idéntico—. Madre, por favor. Rowan, vine a pedir disculpas—sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los de ella. Sería fácil creerlo y pensar que la pesadilla no volvería, pero eso es únicamente en las fantasías de un ser enfermo como lo era él.

—Si te acercas juro por Dios, Lasher, que llamaré a Michael y volverá a destrozarte el cráneo como la última vez—amenazó apretando más sus manos.

—Rowan...

Su mente se hundió en la esclavitud del dolor. Por unos instantes recordó todo lo que había vivido. La cama sucia, las ataduras, el hedor, los abortos, la comida insípida, el dolor de su cuerpo y como la esperanza se marchaba para no regresar. Empezó a perder la vista, sintiendo como el aroma de Lasher inundaba sus pulmones, su cuerpo se relajó y cayó desplomada al suelo. Allí, recostada sobre el pulimentado suelo de madera, con sus hermosos cabellos rizados rozando sus mejillas y cuello, tan delgada y vestida de riguroso blanco, parecía un ángel recién caído de un cielo descolorido de esperanza.

Lasher se arrodilló frente a ella, tomándola entre sus brazos, mientras dejaba suaves besos por su cuello. No era fértil, pero seguía siendo su bruja y su madre. Un amor extraño provocaba en él un vínculo extraordinario. Había cuidado a todas las brujas para dar con ella, hilado cada hebra y cosido un mapa de cromosomas único. Él era como el propio Dios. Había creado un mundo y buscado un Adán y una Eva. Ella era Eva. Él podía ser ahora Adán, aunque este fuese su padre y posiblemente no tardaría demasiado en telefonear para saber dónde se encontraba su mujer.

La pegó contra sí. Llorando de nuevo como lo había hecho el día que creyó que moriría. Él había provocado su dolor, su pronta muerte, y ni siquiera era capaz de aceptarlo. Pero allí, junto a ella, lo aceptó. Comprendió que todo lo que hizo, su fatídico deseo, fue cruel para ella. Aún así él seguía pensando era lo correcto. Las gigantescas manos apartaban los mechones de la frente de su madre, rozaban sus carnosos labios y se perdían por su cuello largo.

Ella logró recuperar la conciencia. Estaba en brazos de Lasher y recordó que podía intentar matarlo, aunque no serviría de nada. Una vez lo intentó y no logró nada más allá de su furia. Sin embargo, odiaba que la tocara. Sin embargo, notó que él parecía terriblemente afectado. No era una máscara, ni una estratagema. Las manos suaves de aquel monstruo la consolaban y su aroma la atraía.

Entonces, sin siquiera saber como ocurrió, sus labios se rozaron y sus lenguas se unieron. Un beso largo, lento y profundo. Como si ella fuese Blanca Nieves y él, por supuesto, el apuesto Príncipe Azul. Los ojos de Rowan se cerraron y su cuerpo se relajó aún más en aquellos brazos, tan similares a los de su marido. Él la besaba presionándola contra su marcado torso. Los dedos irrespetuosos, e impacientes, de Lasher rompieron la camisa de algodón blanca y se deshicieron del cómodo sujetador que ella llevaba. Pronto sus pantalones, así como las demás prendas, quedaron esparcidas a su alrededor. Él la deseaba y ella no se lo impedía. Era ese aroma dulce, penetrante y pegajoso.

—¡Lasher!—gritó, al separar su boca de la suya.

La tomó en brazos, como si no pesara nada, y la llevó a la habitación principal. En aquella cama, justo en ese colchón, Rowan y Michael tuvieron sus primeros momentos de lujuriosa intimidad. No había sábanas blancas, ni colchas cómodas, y ni mucho menos era una jovencita encandilada por un hombre extraño, maduro y lleno de luz en sus ojos tristes. No. Allí sólo había un somier, un colchón polvoriento y un monstruo que deseaba eyacular entre sus piernas.

Los besos empezaron a ser salvajes, sus dientes mordisqueaban la cálida piel de su madre, y su aliento rozaba sus pezones. Las piernas de Rowan se abrieron, cálidas y apetecibles, pero él estaba fascinado con sus pechos. Sabía que carecían de leche, pero no pudo controlarse. Él empezó a succionar salvajemente, mordisqueó y lamió cada pezón. La punta de su lengua hacía pequeños círculos alrededor de su pezón, para luego morderlo tirando de él. Ella gemía descontrolada y sus manos acariciaban la ancha espalda de Lasher, aunque no llegaba a ser tan amplia como la de Michael. Las uñas se enterraban bajo sus omóplatos y arañaban entre sus costillas.

Cuando la penetró ella quedó desconectada del mundo. Cualquier recuerdo, por mínimo que fuese, quedó abandonado de nuevo. Su mente quedó en blanco. Ella sólo sabía gemir y mover sus caderas. El movimiento de pelvis de Lasher era magnífico. El sudor impregnaba el cuerpo de Rowan, volviéndolo pegajoso, igual que el suyo. Ambos se frotaban con deseo. Las gigantescas manos de Lasher acariciaban el rostro de su madre, para luego deslizarlas por su cuello y presionar su tráquea. Ella boqueaba aire, pues intentaba respirar, pero no podía. Sólo atinaba a gemir. Él, afortunadamente, la soltó cuando comprobó que se asfixiaba. Su miembro, mientras tanto, seguía penetrándola cada vez más fuerte, rápido y profundo. Sus testículos hacían un sonido ensordecedor para los sentidos más primarios, mientras que ella no dejaba de atraparlo entre sus piernas.

El Taltos podía sentir la humedad, calor y presión de la vagina de la bruja. Ella, si bien, podía notar el portentoso tamaño que poseía el miembro de Lasher. Sin duda alguna, la taladraba. Se sentía atravesada y torturada por él. Sin embargo, era un delicioso momento que le provocaba un ardor que bien conocía. Toda ella estaba caliente y se sentía arder en las fraguas del infierno, sin importarle nada ni pensar siquiera en las consecuencias.

Las manos de Rowan bajaron de la espalda a los costados, después a los brazos y por último a sus glúteos. Quería obligar a su hijo, amante y monstruo a permanecer dentro, lo más profundo posible, porque ella se moría literalmente de placer.

La cama se movía, crujía quejándose, y sabía que podía romperse. Pero no lo hizo. Él tan sólo se levantó, la agarró del cabello con rabia y la puso de rodillas. Se tocaba con infinito placer. Ella, sin embargo, esperaba el momento con los labios abiertos. Lasher llegó a su momento final ofreciéndole el sabor de su leche, la cual según Ashlar era nutritiva.

—Estamos perdonados, madre—dijo apartando sus manos de ella, así como todo su cuerpo—. Yo te amo.


Ella cayó desplomada al suelo, con el sabor del esperma en la boca corriendo por su garganta, perdiéndose por su estómago y por sí misma. Aquellas palabras le sonaron extrañas. Intentó comprender cómo la amaba, y si realmente era un acto de perdón, pero cayó exhausta y a la mañana siguiente Michael la descubrió desnuda tirada en el suelo. No había rastro alguno de Lasher, salvo su aroma.  

jueves, 5 de febrero de 2015

Chocolate y galletas

Julien tiene una forma peculiar de enterarse de las cosas, ¿no creen?

Lestat de Lioncourt 


Chocolate y galletas. Siempre fue mi comida predilecta. Un chocolate caliente, un cigarrillo en mis labios y una buena lectura en mi despacho. Aquello era una tentación, un manjar de dioses, una sensación única que me enloquecía y me hacía sentir feliz. La dicha de ese momento, con el cacao humeando, era sin duda un placer digno de ser elogiado y recordado.

Aquel día, uno soleado y común en apariencia, sentí que él venía a la mansión. La verja estaba abierta, pues yo así lo había dispuesto, y el jardín parecía rezumar en la fragancia de los Taltos enterrados bajo el gran árbol central de nuestro edén. Aquello era el paraíso. En la zona trasera, donde se solían colocar las mesas para el almuerzo o un tentempié, ya estaban colocadas las sillas para nuestra pequeña entrevista.

Él me siguió, como quien sigue a un guía turístico, y se adentró en el misterio de aquella perturbadora mansión que ha sido obsesión de muchos, codiciada por algunos y el terror nocturno de varios. El cielo estaba despejado, con algunas dispersas nubes de algodón, y los árboles nos daban una sombra fresca y agradable.

Pedí que tomara asiento, lo cual hizo con esa encantadora sonrisa en sus labios, y yo me senté frente a él. Llené las tazas de cacao, dispuse las galletas y él recitó conmigo unos viejos versos de un poema que saboreaba como el chocolate. Ah, tan ingenuo y con un corazón tan limpio, aunque cargado de ciertas preocupaciones y un ligero rencor, parecía apropiado para mi adorada Mona. Sin embargo, su fino olfato, lo delató.

—¿Puedes oler la fragancia del jardín?—pregunté clavando mis ojos azules en los suyos.
—Por supuesto.

Una trágica respuesta. Él, descendiente mío, con un apellido que no era propio para uno de mis bisnietos, era un pretendiente ideal hasta ese momento. Mona no podía tener más sobresaltos, ni más Taltos y por supuesto él no era el acertado. Si ella quedaba embarazada de nuevo moriría.


Sin embargo, tuvieron que venir Rowan y Michael a interrumpir. Desaparecí como desaparecieron las galletas, el juego de tazas y el chocolate caliente. Sí, todo desapareció. Quedó asombrado y aterrado. Él había conocido al patriarca, a la verdadera voz de mando, de la familia Mayfair.  

martes, 30 de diciembre de 2014

La niña de Julien

Stella es especial. Ya lo he dicho mil veces. Ella es única. 

Lestat de Lioncourt


Si tuviera que elegir un momento de mi vida sería posiblemente en mitad de una fiesta, un lugar donde correría champán y la música llenaría cada rincón de la mansión. El jardín se encontraría repletos de rostros conocidos. Los más jóvenes bailarían desenfrenados por todo el salón. En la biblioteca habría algunos besos indecentes, caricias y miradas impropias de nuestra posición. Sabría como embaucar a los agentes de la ley y el orden para que no hiciesen caso al ruido. Los vecinos serían invitados para que no clamara al cielo. El chocolate se repartiría del mismo modo que los canapés más serios. Sin duda, sería una gran fiesta.

Ser madre no me cambió. Nunca fui demasiada apegada a ese sentimiento, aunque quería a mi hija. Ella me recordaba un poco a mí. Antha era adorable. Su padre estaba tan ocupado con los asuntos de la familia y su mujer que era imposible tenerlo presente. Y no me importaba. A quien más amaba era a mi adorable Evelyn. Ella había sido madre, tenía los mismos problemas por los que yo pasaba, y odiaba tanto a mi hermana como yo. Recuerdo que una vez nos escapamos a Europa con mi hermano Lionel y las niñas. Fue algo fabuloso.

Creo que jamás me sentí tan desdichada como el día que murió mi tío. Julien estaba recostado sobre el marco de la ventana, con su pijama de franela y sus brazos colgando hacia el jardín. Su funeral fue multitudinario. Sin embargo, siempre pensé que no cruzó del todo la línea. Cuando yo terminé contra el suelo, con ese agujero de bala en mi cráneo, supe que era cierto. Nos encontramos como se reencuentran las familias el día de Navidad.

¡Lloré! Sabía que estaba muerta, pero lloré de felicidad. La única preocupación era la educación de Antha en manos de mi hermana. Pronto se reuniría conmigo. Tan joven, tan hermosa, y muerta por culpa de esa vieja bruja. Deirdre estaba en la cuna cuando a la alargada sombra de Lasher sonreía. Tanto Julien como yo pudimos verlo. Jamás nos fuimos de la casa. Comprendíamos que era nuestro lugar. Siempre alerta, siempre intentando proteger sin remedio.

Acepto que me gusta aparecer con la imagen de una niña. Quizás porque mi niñez fue el único momento feliz. Un tiempo especial donde la inocencia se mezclaba con la picaresca. Días de pasteles, paseos por la ciudad y bonitos vestidos. Horas a su lado, tomando su mano, y mirándolo a esos enormes ojos azules. ¿Quién no ama a Julien? Todos amamos a Julien. Siempre amaré a mi padre, mi abuelo y mi tío. Él era el verdadero patriarca. Él ha sido el único. Creo que es por eso. Quiero seguir siendo la niñita de Julien.



viernes, 28 de noviembre de 2014

Esclavos de la pasión

Michael no sólo cuida a Rowan, sino que hace que ella sepa disfrutar de la vida. Esto es de tiempo antes de conocernos ella y yo. Por eso mismo he permitido que él la cuide. Él la necesita y sé que en el fondo ella también a él.

Lestat de Lioncourt 


La terrible aventura había terminado con nuestras almas hechas jirones. El dolor nos había consumido como la llama de una vela, sin embargo aún quedaba luz. Siempre queda una pequeña luz de esperanza en medio de una devastadora tragedia. La esperanza no se puede apagar, pues entonces nosotros mismos nos apagaríamos quedando a solas. Es triste pensar que nuestra inocencia, tan simple y frágil, se convirtió en polvo. En el jardín se hallaban sus cuerpos y el dulzón aroma de la muerte trepaba hasta nuestra ventana. Las cortinas no eran suficiente, pues no dividían del todo el dolor, los recuerdos y los invisibles lazos, que aún teníamos con los muertos que eran consumidos ya por el tiempo y la tierra, pero aún así intentábamos soportarlo.

Dicen que las tragedias pueden hacernos fuertes y firmes. Si bien, ella parecía más frágil. Sus ojos grises parecían palidecer en su brillo. No había esperanzas a pesar de la mínima ilusión hacia su trabajo. Quería salvar vidas por todas las que había sesgado. La pala del garaje ya amontonaba polvo, pero ella parecía sostenerla aún con firmeza entre sus manos. No se sentía mujer. Había dado dos terribles frutos, demonios de hermoso rostro, que se marchitaban. Un ser ambicioso, terrible y de manos gigantescas la atrapó y el otro, de dulces palabras y sentimientos, taladraba su alma como un clavo ardiente. Culpable. Ese era el veredicto que se daba: culpable.

El delicado camisón rosado la envolvía como si fueran pétalos de rosa. Sus cabellos dorados habían sido recientemente cepillados, dejando que sus rizos cayeran sobre su frente y rozaran su nuca. Tenía el pelo corto, aunque no tanto como cuando nos conocimos. Quizás deseaba empezar a ser una mujer distinta, a pesar de no sentirse ya parte de un género concreto. Sus carnosos labios temblaban mientras sus mejillas se sonrojaban. Estaba frustrada y a punto de llorar. Sabía que estallaría en llanto de un momento a otro.

Aguardaba apoyado en el marco de la puerta, observándola, en completo silencio. Dejaba que la música sepulcral de nuestros labios hablasen por nosotros mismos. Saqué la cajetilla de tabaco de mi bolsillo derecho, me llevé un cigarrillo a los labios y lo encendí con mi mechero favorito. El aroma del tabaco llegaba hasta ella, ascendía por la habitación e intoxicaba todo a nuestro alrededor. Ella se había percatado, pero no me decía nada.

—¿Vas a mirar mucho tiempo por esa ventana?—pregunté con el cigarro cerca de mi boca.

—No—dijo aferrada a las cortinas, arrugándolas entre sus dedos, mientras intentaba mantenerse fuerte—. Michael, los cigarrillos... —se giró hacia mí y me miró ligeramente molesta, aunque intentaba no reprenderme tras todo lo que habíamos soportado—. Tu corazón.

—Mi corazón está bien desde que tú estás conmigo—respondí.

—¿No te importa que no pueda darte hijos?—preguntó encarándome.

Siempre había deseado ser padre, pero quizás no estaba destinado a serlo. Quizás sólo podría ver desde lejos los hijos de otros crecer, convertirse en hombres y ser parte de un futuro aún demasiado lejano para comprenderlo. No me importaba ser o no ser padre. Mi único deseo era permanecer a su lado, pues la amaba demasiado. Tener hijos era sólo un pequeño sueño que se podía olvidar, enterrándolo en el jardín junto a nuestro único hijo, a cambio de ser felices juntos.

Apagué el cigarrillo en un cenicero que teníamos sobre la cómoda. Aquella habitación había sido reformada. Toda la casa parecía haber emergido de un sueño. Estaba a punto de hundirse en ruinas, pero en esos momentos la vida continuaba. El humo del cigarrillo se disipó, la nicotina dejó un pequeño perfume sobre el papel pintado y las cortinas, y mis pasos, sigilosos, a penas los escuchó cuando al fin sintió mis manos sobre su rostro.

Ella había cambiado. Las relaciones sexuales se habían vuelto violentas. Lasher la había transformado en un ser radicalmente distinto a la trémula jovencita que se desvivía en atenciones. Ella deseaba algo fiero, apasionado y para nada romántico. Podía ver en sus labios cierto deseo callado, sus ojos brillaban con necesidad y su cuerpo temblaba. Quería ser dominada, como si el demonio aún susurrara en su oído, con tal de arrancar de su alma cada trocito de dolor que se había anclado en ella.

La tomé del rostro deslizando mis dedos gruesos y grandes, de yemas ásperas, sobre sus pómulos mientras desviaba cada uno de estos por su cuello. Sus enormes ojos se cerraron confiriéndole un aspecto sensual en sus rasgos. Esas largas pestañas, tan espesas, parecían recién delineadas y pintadas, pero no era así. Tenía los párpados sin una arruga. Ella aún era joven, yo ya llegaba a la mediana edad próximo a la edad dorada, los cincuenta, donde las canas llenarían mis espesos y negros cabellos. Entreabrió sus labios esperando un beso, pero no se lo ofrecí. Mis manos pasaron a sus hombros, mis dedos acaricaron las finas tiras que sostenían su camisón y finalmente, como si fuese el mismísimo demonio, le arranqué el camisón con varios tirones.

Su cuerpo, delgado y erótico, se movió como un junco frente a una gran ráfaga de aire. Sus pechos surgieron tras la delgada lámina de satén. El ruido de la tela rasgándose me excitó. Ella gritó asustada, pero era parte del juego. Me miró con los ojos trémulos, aunque encendidos todavía por la necesidad. Quedó frente a mí con sus pezones ligeramente cafés, gruesos y algo duros. Tenía unos pechos blancos, rellenos y ligeramente caídos debido a su maternidad. Era una belleza natural. No necesitaba ni un ápice de cirugía. Sus marcadas clavículas hacían juego con su angulosos rasgos suavizados por su feminidad. Sus labios carnosos quisieron decir algo, pero guardó silencio. Metí la mano dentro de sus pequeñas bragas, las cuales no eran de lencería sino de blanco algodón. Pude notar que estaba depilada y que comenzaba a humedecerse.

La giré apartando sus intensos ojos de mí, permitiendo así que su delgada espalda quedara contra mi ancho torso y que sus nalgas rozaran mi bragueta. Mis manos acariciaban su vientre, plano y de piel sedosa, mientras sus piernas se abrían ligeramente. Mi mano diestra volvió a introducirse entre sus bragas, haciéndose paso entre la comodidad de esa prenda de algodón, para hundir el anular y el corazón. No perdí el tiempo y comencé a moverlos dentro de ella, penetrándola. Con la zurda agarré su pecho izquierdo, apretándolo entre mis dedos y pellizcando sus pezones, casi tirando de ellos hasta arrancárselos.

—¿Quieres ser dominada?—pregunté apoyando mi mentón en su hombro derecho—. Más bien lo necesitas.

—Mich...—dijo sin aliento.

Dejé de agarrar su pecho, bajé la bragueta de mis pantalones vaqueros, y acabé agarrando su brazo derecho, por la muñeca, para meter su mano dentro del pantalón. Ella de inmediato tentó mi miembro despertándose dentro de mis ajustados calzoncillos. Sus dedos recorrieron cada pedazo de tela abultada y permitió que sus cuerdas vocales vibraran en un ligero gemido. El pulgar, de la mano que tenía dentro de su vagina, comenzó a estimular con destreza su clítoris. La mano de su muñeca se soltó y fue a su cuello, presionando su garganta con fuerza, mientras mi boca mordía sus hombros y los lóbulos de sus orejas. Aquello era el paraíso, pero me cansé de tan sólo tocar.

Aparté mis manos de ella y la arrodillé frente a mí, bajándome los pantalones y ofreciéndole mi pene erecto. El glande rozó sus húmedos labios, sus pequeños dientes blancos y por último su húmeda lengua. Antes que ella pudiese siquiera reaccionar enterré mi miembro en su boca, dejando que su nariz rozara mi vientre con su respiración y sus labios la base de éste. Mis testículos golpearon su mentón y mis manos agarraron sus cortos cabellos rizados. Sabía que sentía cierta asfixia, pero no podía evitarlo. Cada movimiento que hacía dentro de ella era brusco. Unas pequeñas lágrimas bordearon sus mejillas, dándole un aspecto casi celestial, mientras gemía moviendo mi pelvis desesperado. Sus manos estaban sobre mis caderas, en el borde con mis costados, y allí enterraba sus uñas en un alarde fiereza.

Mis dedos se enterraban entre sus mechones, apretaba su cráneo y hundía su rostro en mi bajo vientre. Sin embargo, mi mano derecha se deslizó hacia su nuca y finalmente agarró la base de mi pene, para luego ayudarme a dirigir este dentro de ella. Cada estocada provocaba que sus ojos quedaran literalmente en blanco. Sabía que la seguía ahogando, pero no podía detenerme. Si bien, en cierto momento la tiré contra el suelo, eché a un lado sus bragas de algodón y la penetré con fuerza.

Ella chilló abriendo sus piernas, retorciéndose bajo mi cuerpo y triando del cuello de mi camisa. Los botones estallaron cuando jaló con rabia, pero una bofetada certera la calmó. Volvió a ser sumisa, gimiendo bajo mi nombre mientras me rodeaba con sus largas piernas. Sentía cierto placer cuando la golpeaba, como si un golpe significara caricia, y yo estaba necesitado de sentir como ella se abría a los sentidos. Mi ancha figura, mucho más pesada que la suya, la aplastaba hasta casi sacarle el aliento. Mis músculos estaban en tensión, igual que sus muslos, mientras notaba como su vagina se convertía en una funda perfecta que envolvía mi miembro con humedad y presión. Los músculos de su sexo apretaban con fuerza, intentando que no me fuese demasiado lejos. El ritmo de mis arremetidas era candente y se elevaba más y más. Podía sentir sus pechos moviéndose contra mi torso. Sus pezones estaban terriblemente duros. No dudé ni un instante en agachar mi cabeza, quedando encorvado, para morderlos y tenerlos en mi boca durante un rato.

Ella serpenteaba bajo mi cuerpo, su cuerpo se contorsionaba, pero aquello era demasiado fácil. Por eso, cuando sentí que llegaría al límite, me aparté. Ella quedó en el suelo jadeando aún, mirándome como un pez recién pescado, mientras boqueaba aire. Sus manos estaban a ambos lados de su rostro, su cabello estaba pegado sobre su frente y sus pechos se movían debido a la respiración agitada. Las braguitas seguían en su lugar, aunque manchadas por sus fluidos.

Me incliné sobre ella hundiendo tres dedos en su sexo. Estaba ardiendo, enrojecido por las penetraciones y húmedo. Ella gimió consolándose por el roce, pero pronto hubo un cuarto dedo y la presión aumentó. Gritó cuando mi puño entró por completo. Era una mano grande y áspera, su pequeña vagina a penas podía contenerme. Sus muslos blancos y lechosos se cerraron, sus piernas se cruzaron y ella empezó a gemir. Me costó mucho abrirle de nuevo las piernas y mantenerla con cierto sosiego.

Cuando saqué el puño me acerqué a la cómoda. Era hermosa, muy lujosa, y la había restaurado con la ayuda de un conocido. Dentro ocultaba algunos juguetes que usábamos en ocasiones especiales. Busqué un pequeño vibrador, el cual tenía varios niveles de intensidad y se podía controlar con un pequeño mando. Miré a mi mujer en el suelo, con sus piernas abiertas y aquella pose desesperada por sentir ciertas atenciones. Sonreí para mí y agarré el aparato poniéndolo en funcionamiento.

Al arrodillarme frente a ella, sintiendo de nuevo las perfectas tablas de madera que cubrían el suelo, sentí unos terribles deseos de besarla, pero no lo hice. Introduje el aparato, coloqué bien su ropa interior y la levanté arrojándola a la cama con cierta violencia medida. No quería lastimarla, sólo hacerle sentir cierta dominación.

Su rostro quedó contra las almohadas, las cuales abrazó mientras gemía, y sus nalgas quedaron sutilmente elevadas. Me acerqué a ella, clavando mi rodilla derecha en el colchón, para meter mis manos entre ella y el colchón, y acaricié sus pezones que empecé a pellizcar y retorcer. El pliegue bajo su tierna carne, recubierta de una piel tan suave, era tentador. Quería morder sus pechos, engullir sus pezones y olvidarme del mundo ahogado en su perfume. Mi pelvis se movía mientras mi sexo se rozaba sobre sus nalgas cubiertas por la agradable tela de algodón.

—Michael, Michael...

Recitaba mi nombre como si fueran salmos, cosa que me encendió aún más. Fui de inmediato a la cómoda y busqué unas esposas. Se las coloqué en sus pequeñas muñecas, ajustándolas rápidamente, para luego sacar una pequeña fusta.

Dejé a Rowan girada hacia mí, con su rostro perlado de lágrimas de placer y gotitas de sudor. Sus mejillas estaban muy rosadas, sus labios rojos y húmedos, mientras que su cuerpo parecía retorcerse. Deslizaba la punta de la fusta por sus senos, para luego golpearlos. Después, con destreza, acaricié todo su cuerpo con aquel objeto. Ella tenía pequeños orgasmos con aquellas acciones, las mismas que iban acompañadas por el placer del pequeño vibrador. En cierto momento, cuando ella creía que podría librarse de todo y sentirme dentro, pues me incliné para lamer su mentón, empecé a golpearla con la fusta entre sus muslos, justo en su vagina. Bajé sus bragas rompiéndolas. Con rabia, y deseo, empecé a golpear su clítoris.

Había colocado las esposas de tal forma que sus brazos estaban tras su espalda, sin posibilidad alguna de poder apartarme, así que sólo podía patalear y gemir. Por eso cuando la giré, dejándola de lado, y alcé su pierna derecha apoyando su tobillo en uno de mis hombros, ella se iba hacia delante. Mi miembro volvió a penetrarla, pero esta vez fueron sus nalgas. Rápidamente la puse a cuatro en la cama, agarré sus caderas y la penetré con fuerza. Cada embestida era un mundo. Sus piernas temblaban. Su espalda se arqueaba. Mi pelvis se descontrolaba. Mis manos arañaban, pellizcaban y apretaban con fuerza gran parte de sus atributos. Finalmente la tomé de la cintura y la empotré contra el cabezal del la cama. Ella quería sujetarse, pero las manos seguían en su espalda. Giró su rostro hacia mí con los labios color cereza y completamente abiertos. En ese momento lo supe, estábamos a punto de llegar ambos al orgasmo final.

Ella cerró sus ojos y se dejó llevar. Sus dedos se cerraron creando puños, al igual que los dedos de sus pies. Su espalda se arqueó aún más, igual que alzó su cadera. Fue una imagen tentadora. Sobre todo porque sus fluidos salieron manchando las sábanas.

Por mi lado no cerré los ojos. Quería ver ese espectáculo. Mis caderas se quedaron enganchadas en su interior. No podía moverme. Un dulce cosquilleo recorrió mis testículos, aunque era muy intenso, y finalmente me vine. Rellené a Rowan con mi esperma, el cual no la fecundaría. Si bien, no importaba. Lo importante era disfrutar de ese modo.

Después de todo el descontrol la liberé, me acosté a su lado y la abracé. No dijimos nada. El silencio es la mejor opción cuando las caricias existen. Nuestros labios al fin se fundieron en un apasionado beso y nuestro aliento fue normalizándose.


La amaba. No importaba cuantas cosas tuviese que hacer por ella. Disfrutaba viéndola de ese modo, como también amaba verla sosegada en pleno papeleo. No importaban los monstruos del jardín. Ni siquiera si el viento mecía fuertemente las ramas. Sólo importaba el placer que habíamos sentido y el deseo que aún nos bañaba. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un sueño tras la pesadilla

Ojalá sea así. Ojalá jamás vuelva una pesadilla a molestarla. Sólo deseo que ambos estén bien. 

Lestat de Lioncourt



Mi alma se unió a la suya nada más conocerla. Quedé encadenado a mis sentimientos, pero a la vez fui preso de una libertad absoluta. Creo que jamás he sido tan libre. Amo sin remedio. No hay fronteras para ese sentimiento. Siempre pensé que en este mundo moderno estaba vacío, a pesar de ser feliz. Se puede ser feliz y sentir que algo falla, por mínimo que sea, que nos devora parcialmente el alma. La frialdad y meticulosidad de algunos es asombrosa, buscan algo práctico y nada complejo. A decir verdad, ¿no es así el amor? Complejo.

Siempre he estado rodeado de mujeres. Las mujeres suelen comprenderme mejor que los hombres. Quizás debido a mi oficio tengo cierta sensibilidad de la que otros carecen. Reconstruyo casas, les vuelvo a dar vida, y tengo que elegir la decoración exacta y los materiales que se usaron desde un principio. No sé. Tal vez puedo hablar con el alma de las viviendas y esa sensibilidad pueden verla en mis ojos azules.

Seamos sinceros. Las mujeres son para mí una bendición. He amado a muchas mujeres en mi vida, pero ninguna como a ella. Tía Viv siempre fue uno de mis grandes amores. Ella siempre me dio una pauta a seguir, unas manos suaves sobre mis mejillas y un corazón preocupado. Si bien, hay alguien que ocupó todo mi corazón cuando la conocí. Ella arrastró los pequeños fracasos tirándolos al mar.

Recuerdo a la perfección el día de nuestra boda. Era más joven, más inocente pese a todo, y tenía una hermosa sonrisa que pocas veces he vuelto a ver. Parecía una muñeca de escaparate. Sus enormes ojos grises me enloquecieron. Creo que muchos dieron fe de ese sentimiento. Fue como una explosión incontrolable de felicidad. Quise reír a carcajadas, llorar de felicidad y dar las gracias a Dios, los ángeles y todo el santoral presente en la iglesia en forma de hermosas figuras.


Mientras escribo estas líneas ella duerme. Ha trabajado tan duro que nada más llegar a casa se ha desplomado. Su cuerpo tirado en el sofá parece el de una sirena. Sus cabellos rubios rozan sus mejillas y su largo cuello de cisne. Debería despertarla, pero no lo haré. Posiblemente tan sólo la tome entre mis brazos, como el día de nuestras nupcias, y la suba hasta nuestro dormitorio para acomodarla en la cama. Si bien, en estos momentos, deseo mirarla como se mira a una obra de arte. Quiero capturar este dulce momento de tranquilidad y tregua con el mundo. Hemos vivido grandes y terribles pesadillas, así que ahora merecemos tener un sueño dulce y prácticamente eterno.  

viernes, 7 de noviembre de 2014

Tus ojos grises

Michael Curry deja esto para Rowan. Es un recordatorio de quien es y será su esposa. Yo también la adoro. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo el tiempo parado en la esquina de tus ojos. Esa sonrisa fría, casi congelada, porque en tu infancia no hubo muchos momentos felices. No fuiste una niña que jugó en las aceras, tampoco acunaste una muñeca, y ni mucho menos te sentiste distinta al resto. Siempre fuiste la extraña. Te acusaron con el dedo índice muchas veces, te dieron la espalda y tú caminaste desgarbada hasta un lado del jardín. Allí, con esos ojos enormes y grises, mirabas las nubes pasar tan esponjosas, hermosas y radiantes que querías ser como ellas. Deseabas ser vapor de agua, concentrándote a millones de pies de la Tierra, para caer precipitadamente contra el duro asfalto en forma de gota de lluvia. Deseabas llorar. Muchas veces lo deseabas. Tus pequeñas piernas temblaban, tus bracitos se aferraban con determinación a tu mochila y esperabas que algún día esa soledad, ese hueco, se llenara.

Sí, eras así. Por eso te hiciste fuerte. No tuviste otra alternativa. Era ser fuerte o dejar que todos te mataran. Buscaste la forma de levantarte de tu rincón, dar un par de pasos y tomar las riendas. Te dijiste a ti misma que nadie te haría daño. Aceptaste tus dotes, esos que tanto temían y envidiaban otros, como algo imaginario y te transformaste en una mujer decidida. Eras una excelente alumna, una gran hija que apoyó hasta el último aliento de su madre y a la vez, sin pretenderlo, la asesina de varias personas que intentaron atentar contra tu vida y salud. Te convertiste en tu heroína. Tú, tan salvaje y fría, eras la mujer distinta que esperó un hombre durante más de cuarenta años.

Sólo querías salvar una vida. Ese era tu vida. Salvar las vidas de otros. Intentar mejorar el mundo que no te quiso. Sabías que algo faltaba, pero no escuchabas. Al tenerlo a él, empapado y medio muerto, viste una conexión terrible. Cuando sus ojos se clavaron en los tuyos tu corazón latió. Parecía que siempre estuvo parado. El tiempo comenzó. Las agujas iniciaron su trayecto. Te convertiste en una mujer viva llena de deseos y ambiciones carnales. Y cuando lo tuviste a tu lado, frente a frente, semanas después viste en él lo que buscaba. Tenía unos brazos fuertes para abrazarte, unas manos ásperas deseando dar suaves caricias y unos ojos azules intensos, tan intensos como el mar que tanto amabas. La lluvia cayó, pero en forma de amor. Y eso que tú, mi querida heroína, sólo querías salvar una vida.


De su mano aprendiste a desvelar misterios. Supiste la verdad que atormentó a la mujer que llamaste madre. Apreciaste al fin el cálido aroma de New Orleans. Te fuiste en la oscuridad y saliste viva, aunque casi termina contigo. El sonido de un disparo y de una pala cavando fue el final de tu historia. La historia de una mujer luchadora. Enterrados en el jardín están los dos monstruos, uno cargado de ambición y otro de bondad, que tú misma amantaste. Dos monstruos que caminaron pocas horas después de nacer, que contaron su historia y cantaron para ti la canción perdida en un valle irlandés.  

domingo, 2 de noviembre de 2014

La fuente del mal

Julien aquí dando lecciones de moral... Digo, una vieja carta que se escapó de la quema que hizo su hija en el jardín. 

Lestat de Lioncourt 


La maldad no es sólo un punto de vista, es una forma de vida. Hay que aprender a realizar pequeños actos de maldad en beneficio de aquellos que se aprecian. Una sonrisa tímida puede esconder un cuchillo afilado que se enterrará en tu corazón, destrozará tus sueños en mil pedazos y ahogará en lágrimas las esperanzas más simples. Se debe apreciar el mundo dentro y fuera de la oscuridad. Ocurren cosas que no se pueden medir. Sobre todo, los amigos que vienen del más allá y envuelven nuestras vidas en un misterio único. La maldad no es un punto de vista; al menos, no lo es para un Mayfair.

Nací en una época donde la esclavitud aún estaba bien considerada. Muchos maltrataban a sus esclavos. Yo prefería tratarlos como iguales, pues así su confianza era ciega y su trabajo era más productivo. Jamás golpeé el rostro de uno de mis muchachos. Nunca insulté o humillé a una de mis criadas. Las plantaciones daban beneficios tan prósperos que podía invertirlos en negocios locales. La vida era plácida. Si bien, todos me temían por los trucos con un diablo. Pero no era un diablo, era sólo Lasher. Era un fantasma, aunque no uno común.

Esta página de mis memorias, las cuales no sé si alguien llegará a comprender o leer, no es tan terrible como se pueda imaginar. Sólo deseo dejar por escrito algunos pensamientos. Pensamientos que quizás puedan ser terribles para mis descendientes. Pero alguien tiene que hacerlo. Me encuentro sin fuerzas. Sé que en unos meses mi vida se apagará como la llama de una vela. Yo lo sé. Estoy a punto de sufrir el trance más terrible. En estos momentos, sólo puedo confiar que sea dulce y que la lluvia caiga del mismo modo que cayó sobre cada uno de los ataúdes de las brujas de la familia.

Tenía tres años cuando Lasher finalmente se aproximó a mí, y, desde entonces se convirtió en mi sombra. Una sombra alargada con una voz profunda y unos ojos demasiado hermosos. Comprendo que pueda sonar terrible, pero se transformó en mi amante y en el beneficiario de mi cuerpo. He permitido durante décadas que entre en mi cuerpo, haga lo que quiera y se divierta. El trato es que no haga daño a la gente que amo. Él dice amarme. Me toca en las noches, besa mis labios y arremete contra mi cuerpo con el vigor de un muchacho joven. Hace décadas todo era placentero, olvidé por completo el pavor que tenía hacia él, pero ahora que el tiempo corre, y que Stella demuestra tener mayores poderes que su madre, siento pánico. No quiero la misma vida para ella, ni para otro de mis descendientes. Hice pactos terribles, acepté dinero sucio y maté. Tengo las manos manchadas de sangre y el arma, casi siempre, es Lasher. Es ese monstruo que todos llaman “El hombre” y algunos conocemos como “Impulsor”.

Estoy contemplando como baila frente a mí. Se mueve lentamente con la música que he puesto para él. Si hay música él no se entera de nada. Es como un niño. A veces, creo que es demasiado inocente y después caigo que ha hecho una compleja tela de araña. Puede ver el futuro, tiene una capacidad destructiva terrible y puede modificar la climatología. No es un ser simple. Él es terrible. Me incita a ser igual de terrible que él. Mi hermana se volvió loca por nuestros juegos. Mi madre murió loca por su murmullo. Muchas de mis antepasadas murieron jóvenes, y en la hoguera, por sus negocios. Lasher es sinónimo de muerte.

Pero esta noche, como las anteriores, él a venido con besos dulces y caricias íntimas. Sus dedos se han escurrido bajo mi pijama de franela. Su lengua acarició la mía con la ternura de un hombre sabio y la impetuosidad de un joven. Sus abrazos eran terribles, como si fueran cuerdas, igual que el balanceo de sus caderas. Se comportó conmigo como si fuera un amante entregado, pero sé que ya tiene su objetivo. Yo sólo soy un viejo recuerdo. No seré su último amor. Nunca lo he creído. Ya no podré proteger a la familia. Tampoco podré ambicionar mayor poder.

Me he parado a leer unos segundos, tan sólo unos segundos, todo lo que he escrito y me percato que cada línea habla de amor y odio hacia el fantasma que nos persigue. Un ser que parece atrapado en una casa, encadenado a la esmeralda y a cada uno de nosotros. Algo que aún no he descifrado. El tiempo se echa encima, las agujas se mueven solas y yo sigo esperando un milagro.


1918, Nueva Orleans

Julien Mayfair

lunes, 20 de octubre de 2014

Oscuridad

Ya está el Macho Taltos viola brujas aquí. Digo, Lasher. Ha decidido aparecerse otra vez. ¿Por qué? Maldito enfermo. Que la deje en paz. 

Lestat de Lioncourt


Los ríos de agua bendita ya no pueden salvar tu alma, el cuerpo de cristo se pudre en tus entrañas y su sangre en la mía. Presta atención al silencio, yo bailo junto a tus oraciones. Las mentiras se posarán en tus labios y coserán tu boca como si fueran firmes costuras. El demonio está en la casa.

Golpea la puerta y abre la cerradura, eso hace su voz. El canto se alza, ¿no es así? Soy el demonio. Estoy contigo. Allá donde quieras que vayas me encontrarás. Búscame e intenta palparme. No podrás huir de mí, así que ven hacia donde estoy. Te estoy esperando. No llores. Te enseñaré el paraíso en la sinfonía de mis crueles caricias. Mi amor será tóxico, cruel, depravado y sensual. Podrás sentir tus piernas cansadas, tu cuerpo se retorcerá y tu cabeza caerá hacia atrás. Llorarás en las pulcras sábanas de seda que te he regalado, llevarás la esmeralda en tu cuello y serás marcada con el honor de ser mi amante.

Me temes. Sé que me temes. Pero soy lo único que tienes. He pertenecido a la familia desde que la primera piedra se construyo. Provengo del valle de las tinieblas, allá donde las canciones parecían compuestas por hadas salvajes. La leche llenará el cuenco, el pan será servido y tú engendrarás la semilla del mal.

Te abrazaré con ternura y te ataré con crueldad. Besaré tus labios de muñeca, acomodaré tu cabello de ninfa y palparé tu cuello de cisne con la punta de mi lengua. Haré que llores y rías. Te ofreceré canciones silbadas como el viento que mece las lejanas ramas del roble. Serás presa y a la vez sentirás una liberación terrible de todo lo humano. Tú no eres humana. Yo no soy humano. Mírame y mírate. Somos perfectos. La crueldad nace en tu vientre, se enredará en tu interior y ofrecerá frutos.

Tierna, pecaminosa y fría criatura. Tus ojos suplicarán una piadosa sinfonía. Yo no la escucharé. Sólo quiero atarte y hacerte mía una vez más. Necesito beber la leche que me ofreces y crecer fuerte para hacer que vuelva a surgir de ti el milagro.


La oscuridad ya viene. Ya viene, madre. 

jueves, 16 de octubre de 2014

Nuestro amor

Michael le ha hecho una bonita carta a Rowan. Espero que la acepte y comprenda que debe ser feliz. Quiero que ambos lo sean. 

Lestat de Lioncourt


Me pregunto si alguna vez has sido feliz. Tus ojos grises se han llenado siempre de lágrimas que parecen eternas. Desearía robarte los malos recuerdos, que desaparecieran como el humo de mi cigarrillo, y poder besar tu frente limpia de cualquier dolor. Pero sé que eres fuerte y no lo aceptarías. No aceptarías mi trato. Sería algo perverso y cruel. El dolor te hizo mella, pero también te obligó a luchar contra lo desconocido. Lograste vencer y esa victoria no puedo arrebatártela.

Jamás podría robarte los recuerdos. Desearlo no es poder. Jamás lo haría.

He visto en ti la fuerza que otros no hemos tenido. Me he derrumbado tantas veces, en tantas ocasiones, y de tantas formas que he olvidado que lo único que me ha hecho levantarme, incorporándome con el rostro lloroso, eras tú. Tu recuerdo, tu verdad, tu sonrisa y sobre todo esa virtud tuya de demostrar que podemos alcanzar el cielo si así deseamos.

Sabemos como es el infierno. Hemos estado rodeado de su fuego. Conocemos el susurro del diablo, de ojos azules y sonrisa gentil, que caminó por la tierra arrasando los muros de nuestra familia. Destrozó a tantos, rompió tantas vidas y secuestró la felicidad del jardín del Edén. Y, sin embargo, nosotros nos tomamos de la mano enfrentando el reto de ser quienes libráramos a todos de semejante ser: nuestro propio hijo.

Libramos una batalla sin más armas que nuestro ingenio y toscas herramientas. Destrozamos sus planes. Salvamos a la familia. Unimos la fuerza de un coloso. Derribamos al fin la puerta y su cerradura. Pero lo hicimos a un alto precio. Nuestra familia se resintió. Las mentiras proliferaron. El dolor se aferró a tu corazón. La oscuridad no cesó. Por ello, te ruego que me tomes de la mano y aceptes mis palabras. Quiero abrazarte fuertemente, hundir mi rostro en tu cabello y aspirar tu aroma. Necesito olvidar, igual que tú. Aunque sea por unos segundos. Por favor, olvidemos. No seremos Michael y Rowan, sólo dos almas que se necesitan.


Siempre estaré a tu lado. Te amo.

Michael.  

domingo, 28 de septiembre de 2014

Di mi nombre

Aquí tenemos a Lasher. Ya saben. Texto del viejo fantasma. Digamos que está dedicado a Julien. Oh, Julien ¿por qué eres tan vulnerable? Aunque te terminó haciendo fuerte. 

Lestat de Lioncourt

Se derrama sobre la alfombra el carmín cálido de tus víctimas. Son ríos maltrechos que empapan la madera infectando la habitación con el último aliento. Puedes ver su mirada vacía, sus ojos fríos y las rosas floreciendo en su camisa de pureza invernal. Contempla tu crimen, la liberación del pecado y el mal. El demonio cantará para ti, bailará a tu lado. Por favor, coloca esa melodía que tanto nos gusta para que pueda entonar la dulce canción en tu nombre y en el suyo. El sueño se hará profundo. Esto sólo será una pesadilla. Enterraremos sus restos en el jardín, aunque siempre está en pantano. ¡Aún huele a pólvora!

El disparo fue perfecto. Fue un trueno en mitad de la apacible noche veraniega.

Esta es la sinfonía del pecado por poder. Ya has lanzado tus cartas del tarot. La muerte sonríe invitándote a seguirla. Las muñecas hechas de paja, cabellos y dientes humanos, sonríen aplaudiendo tu arrojo. Te has convertido en el príncipe del averno, ¿no te gusta? Tan hermoso, tan delicado, tan atractivo...

Provocas con tus ojos de niño huérfano. La locura de tu madre no pudrió tu sensibilidad. Tú eres mejor que ella.

Toma los hilos de las marionetas y danza con ellas. Todos harán lo que tú deseas. El cochero está ahí abajo, esperándote, para deshacerte de ese pobre infeliz. ¡Vamos! Las cortinas se mecen como si fueran fantasmas, el espectro desea huir, ¿puedes escuchar sus lamentos? ¡Míralo! ¡Está muerto! Nosotros lo hicimos juntos. Nosotros decidimos por el bien de la familia. Es el bien de la familia. Has hecho lo correcto. Nadie te juzgará. La sangre de tus dedos sólo será un mal presagio.

Envuelve su cuerpo como si fuera una oruga, tómalo entre tus tiernos y fuertes brazos, pues hoy tenemos que ir a un funeral. Lleva tu sombrero favorito, hay que ir elegante.

¡Me amas! Sé que me amas tanto como me odias. Me necesitas. Sé que me llamas en las noches para que te susurre palabras de amor. Nadie te ama como yo. Nadie podría amar a un monstruo de bellas facciones. Tus cabellos ondulados son suaves, tu mentón es fuerte y tus ojos de diablo son pecado de diamantes azules. ¡Te quiero! Que risa. He dicho que te quiero.

Escúchame. Nunca podrás liberarte de tu carga.

En mis brazos lo hallarás todo. Podrás seguir impune de cada uno de los delitos que ocurren en ésta casa. Tus negocios sucios jamás se descubrirán. Para todos eres un héroe. No hay maldición más hermosa que ser amado. Y yo te amo. Eres especial. Tú eres mi bruja favorita. Eres el hombre que todas desean en sus noches de placer, en sus días soleados y en el altar. Pero, yo sé tu verdadero ser. Tienes el corazón negro. Has perdido hace mucho la lucha contra mí. Harás lo que yo precise, pues sabes que la familia agradecerá nuestros servicios.

Te amo. ¡Te amo! Te amo...


¡Di mi nombre! ¡Di mi nombre otra vez! ¡Invócame!

viernes, 26 de septiembre de 2014

Stella, mi pequeña Stella.

Julien Mayfair se pone blandito cuando habla de Stella. Es que de tal palo tal astilla. No olvidemos de quien es nieta/hija... Julien, que pillo eres. Hay que aceptar que este brujo fabricaba mujeres hermosas. Bueno, acepto que además de ser un bastardo (y mucho) tenía un buen físico. Ahora, amputen mis manos como sucedió con Nico. 

Lestat de Lioncourt


Aún creo escuchar tu encantadora voz en el jardín. Puedo imaginar que estás ahí, con los pies descalzos, mientras intentas cazar mariposas únicamente para verlas de cerca. Tenías el cabello negro, ondulado, espeso y caía sobre tus hombros. Eras una niña preciosa. Te consentía en todo e intenté protegerte de cualquier pequeño retazo de oscuridad, pero fue en vano. Todo lo que yo esperaba de la vida, aquello que deseaba con fuerza, quedó desterrado y como si fuera una maldición, tan terrible como efectiva, quedaste atrapada entre los largos dedos de la mayor bestia que podías imaginar.

La oscuridad de las suaves sobras del jardín se hicieron intensas, el paraíso se convirtió en infierno, y un día cualquiera, en tu infancia, yo me desvanecí. Las flores dejaron un aroma distinto en tus cabellos y las calles quedaron empapadas. Mi espíritu quedó atrapado, se asomaba a la ventana y podía verte crecer entre el dondiego y los jazmines. La tenue luz de la adolescencia hizo estragos en ti, del mismo modo que tus poderes. Rogué que fueras libre, pero caíste presa de un don peligroso. La esmeralda comenzó a lucir en tus pronunciados escotes, tu largo cabello quedó tirado en el suelo de alguna peluquería y tu sonrisa empezó a ser distinta.

Hija mía, eras mi corazón. Hiciste que este monstruo se ablandara de tal forma que quedé irreconocible. Mis manos arrugadas, tan viejas como mis ojos, te contemplaron de forma tierna y pura. Jamás pensé que pudiera amar tanto a alguien. Te amé desde el día de tu nacimiento, cuando te dejaron envuelta en mis brazos. Mi último fruto. Mi última hija. Una bruja más para la cuenta final. Un enigma.

Tal vez debí decirte cuánto te quería en aquellos momentos, pero hay amores que no necesitan ser dichos para ser conocidos. Creo que siempre supiste la verdad, que el ser que te abrazaba no era más que un hombre al que no podías llamar padre. No importa. Fui padre de muchos, pero pocos tuvieron siquiera el honor de ser apreciados por mí. Quise que conocieras la verdad de esta ciudad, tan llena de misterios y pecado, para que nada te sorprendiera. Intenté ser el mejor ejemplo. Deseé mi fuerza y entereza para ti. 

Siempre te amaré mi pequeña Stella.



domingo, 7 de septiembre de 2014

Mi única bruja

Julien Mayfair está jugando bien sus cartas. Va ganando. ¿Seguirá haciéndolo? Yo voy a plantarle cara... ¡Esto no puede ser!

Lestat de Lioncourt 


Hay amores intensos, amores que te derrumban lentamente, amores fugaces, amores de toda una vida y amores eternos. El amor puede cambiar todo lo que se ha vivido, restaurar el daño que se ha sufrido o simplemente ser la excusa para vivir. No se conoce hombre que no haya sentido amor. Desgraciadamente yo sólo conocía el amor y honor familiar, así como el amor a la ambición y los apasionados libros que custodiaban las firmes paredes de mi hogar. Nací en una familia cuyos orígenes eran retorcidos, igual que las viejas encinas, y yo crecí del mismo modo. Aprecié el poder y la ambición como única fuente de alimentación, aunque realmente quise a mi familia. Mi abuela, madre y hermana formaron mi carácter. La ambición, la locura y la inocencia se mezclaban turbiamente con mi astucia a la hora de elegir ciertos momentos, libros o frases al azar para Lasher, el espíritu que gobernaba a todos.

Amé de forma egoísta a mi esposa. Era un amor egoísta porque la deseaba, la necesitaba y la quería a mi modo, pero jamás la amé de forma romántica. La quería, pero no la idolatraba como una mujer. Tal vez, era demasiado joven o quizás había probado demasiadas camas, todas de una noche, en los lugares más turbios de la ciudad. Bebía, fumaba y me dejaba llevar entre las piernas de hombres y mujeres. En la mayoría de los casos ni siquiera era consciente, pues era él, Lasher, quien me dominaba.

Mis hijos, dentro y fuera de mi matrimonio, fueron mi orgullo y mi necesidad de protegerlos fue aumentando con el paso de los años. Cuanto más envejecía más reacio era a permitir que ellos conocieran la verdad, el poder oculto, la maldición y mis negocios turbios. Quise proteger mi imagen ante ellos, dejando tan sólo una sombra borrosa de todo lo que fui. Sin embargo, ella apareció como una nueva corriente de aire que insufló un poco de vida.

Evelyn era de mi sangre, la hija de mi hijo Cortland y de los Mayfairs situados en la calle Amelia. He hecho cosas terribles en mi vida, pero matar a mi primo no fue la peor. Sin embargo, tras ese homicidio, que quedó en accidente, las rencillas empezaron y quedamos divididos. Yo sólo era un muchacho delgado, de ojos casi inocentes y sonrisa tímida. Pero, cuando entré en aquella casa, no era ya ese niño sino un anciano. Estaba a punto de morir, la vida se me escapaba, y ella me dio esperanzas.

Siempre pensé que era muy similar a Stella. Tenía el cabello negro y espeso, unas cejas finas bien definidas, y sus ojos eran muy profundos. Parecía una muñeca, pero estaba sucia y mal alimentada. Tomé a la niña de allí, llevándomela para darle libertad y luego supe que era una jovencita de trece años. Me sentí tentado desde el primer momento. Su voz era dulce y recitaba unos siniestros poemas. Uno de ellos, el más terrible de todos, se convirtió en nuestro mutuo legado. Y, entre victrolas y poemas, desnudé su cuerpo y la hice mía sintiendo la vida emanar con calidez de entre sus muslos.

Mi muerte fue la caída de la familia. El poder fue disgregándose. La vida continuó, pero no la grandeza que una vez tuvimos. La fortaleza fue debilitándose y por eso no supieron dominar a Lasher. Cuando he regresado, de entre los muertos, he jurado volver a restaurar el orden primigenio. Bajo mi mando los Taltos se alzarían de forma distinta, el Pueblo Oculto caminaría a la vista de todos, los negocios de la familia se fortalecerían y crearía otros nuevos. Tenía una visión de los negocios más amplia que la de cualquier otro. Siempre me agradó experimentar y podía hacerlo, la ciudad me lo permitía. Sin embargo, algo faltaba en mi vida. El dinero puede llenar tus bolsillos, hacerte muy feliz, y a la vez provocar que exista un punto indeterminado, ahí donde uno ni siquiera lo cree posible, que te grita que falta algo. Ella faltaba. No era Stella, que momentáneamente se negaba a regresar de entre los muertos, sino Evy.

Evelyn Mayfair murió como una anciana común. Falleció arrugada, con sus cabellos completamente blancos y sus manos temblorosas. Dejó atrás una vida dura, llena de arrugas y golpes. Aprendió a vivir y soñar a la vez, pues había sueños imposibles que la llenaban de alegría. Siguió siendo callada, concentrada en sus pensamientos y olvidadiza cuando pretendía serlo. Sus restos habían llegado al viejo sepulcro. Muchos la habían llorado y despedido como se suele hacer a una gran dama, una santa, una mujer digna de confianza y amor. Decidí que ella volvería a mi lado, disfrutaría de su compañía como no pude hacerlo cuando era tan sólo una niña.

—Hazlo—dije tras invocarlo—. Tráela a sus tiernos años.

—¿Los mismos en los cuales la conociste?—murmuró con una sonrisa lasciva.

—Quizás la edad de Mona, la eterna edad de Mona, estaría bien—comenté moviendo la mano derecha con desdén. En la izquierda tenía una vieja fotografía de Evy. Tan hermosa, con ese vestido blanco y ese lazo en su cabello. Era realmente una belleza. Me partía el corazón saber que seguía en aquel oscuro sepulcro, quizás esperándome—. Aunque no importa si es algo mayor o menor de los dieciocho años. Simplemente sé que la quiero. Necesito besar sus mejillas, acariciar sus manos y jurarle respeto.

—La tendrás en unas noches. Disfruta de tu condena. Acabas de aumentar el trato, Julien— no era advertencia, era algo real. Había hecho un trato y lo cumpliría.

La primera noche fue terrible. Una lluvia huracanada agitaba las plataneras, encinas y robles del jardín. El dondiego parecía venirse abajo junto a la cancela. El viento silbaba. Volvía a tener un dormitorio propio en aquella casa, aunque me odiaban y detestaban que allí descansara. Michael y Rowan me aborrecían, pero no comprendían que hacía todo por amor. La segunda fue tranquila, aunque desierta. Podía imaginar a Evelyn moviéndose por la habitación, con aquella tímida sonrisa, mientras recitaba. Fue en la tercera, igual que Jesucristo resucitado, cuando noté que alguien descansaba a mi lado.

Era ella.

Tenía a mi hermosa Evelyn recostada a mi lado, con unos pechos llenos de pezones cafés y unos labios seductores que pedían ser besados. Estaba desnuda y la habitación en penumbra gracias a una lámpara de escasa iluminación. Estaba allí, como si fuese la ofrenda a un demonio, esperando que la tomara entre mis brazos y la deseara. Mi corazón latió acelerado y mis manos palparon su desnudez. Parecía una recién nacida, como si el mundo la hubiese expulsado del líquido amniótico.

—Julien—pronunció mi nombre antes de besarme.

Su cuerpo ya no era el de una niña, sino el de una mujer joven. Aún así, la diferencia seguía siendo un abismo. Mi apariencia era la de un hombre que había entrado en los cuarenta, pues era la apariencia física que más me agradaba y mi época de esplendor, y la suya era la de una mujer que se abría paso al mundo igual que una rosa recién abierta.

Me perdí en sus labios mientras alargaba el brazo hacia el interruptor. La luz se hizo y pude contemplarla con su piel de leche fresca, sus pezones cafés, su pelo negro revuelto sobre la almohada y sus ojos de un intenso azul que me electrocutaron. Ella estiró sus manos hacia mis cabellos, con más mechones blancos que negros, y sonrió traviesa. Me reconocía del mismo modo que yo la reconocía a ella. Sus dedos no tardaron en actuar desabotonando mi pijama, retirándolo con caricias y besos típicos de una sirena, mientras me hechizaba con su voz recitando nuevos poemas.

Sentí fiebre, como si delirara. Mis piernas temblaron al notar el roce de sus muslos contra mis caderas. Sus pechos eran perfectos para sostenerlos entre mis manos, aunque no podía abarcarlos por completo. Los labios, esos con los cuales me había besado, se abrían provocativos. Quería que la hiciese suya. Una vez más sería mía, para siempre mía. El mar de sábanas blancas parecían espuma marina y ella, como bien la había comparado metafóricamente antes, parecía una sirena.

Mis manos palparon sus senos y finalmente mi boca acorralaron sus pezones, rodeándolos con mis labios y dejando que mi lengua jugara, humedeciera y acariciara eróticamente cada uno. Su diestra fue a buscar el bulto que yacía oculto bajo mi ropa interior, pero la zurda quedó en mi nuca guiándome por su torso. Su rostro, que siempre era un fragmento de inocencia cargado de emotividad, se coloreaba con un rubor muy atractivo. Sus labios parecían frutas rojas, sus ojos gemas azules y su nariz se arrugaba ligeramente.

Sabía que podía dejarla de nuevo embarazada. Aquello era aún más tentador. Ambos podíamos ser padres de una nueva bruja. Una bruja que podía ser parte del legado y llevar los negocios, aunque nuestra hija fue un desastre que murió joven dejando dos hijas de personalidad dispar. Ella no era díscola, pero yo sí. Su inocencia jugaba con el demonio que surgía de mis grandes apetitos carnales. Me atraían terriblemente los hombres, sobre todo los jóvenes y tiernos, pero ella era mi gran pasión y locura.

Me dejé sumergir por su aroma, ya que llevaba un fresco perfume de jazmín y violetas, dejando que mis dedos se hundieran ligeramente en sus firmes carnes. Sus muslos se abrieron dándome acceso a un lugar que siempre me perteneció, un pequeño territorio de placer que desbordaba calor. Parecía un volcán, aunque quien estallaba era yo.

Lamí sus ingles y permití que mi respiración dejara caricias en su vientre, mi lengua se hundió entre sus labios vaginales y saboreó su clítoris arrancándole un gemido bajo, aunque largo y tentador. Sus manos fueron al cabezal de hierro, el cual agarró con firmeza, mientras sus piernas se abrían un poco más dándome acceso. Cada lamida era rozar el cielo. Mis dedos, algo ásperos y largos, se hundieron en ella masturbándola. El poema que recitaba cambió, su cabeza negaba y asentía, bajó sus párpados y dejó caer una plegaria: hazlo.

Giré su cuerpo, dejándola de lado hacia el costado derecho, y elevé su pierna izquierda. Con cuidado, aunque alivio, saqué mi miembro de entre la tela de la ropa interior, ya que estaba empezando a sentir dolor. Cuando intenté entrar noté que aún no estaba preparada, era su primera vez. Iba a romper el lazo de virginidad de su sexo. Pero entonces, como si tomara ella el control, me miró incitándome.

La penetré con fuerza llevando un ritmo rápido. Ella se aferraba al cabezal que golpeaba drásticamente la pared. Su ceño se fruncía y su nariz se arrugaba, pero su boca se abría buscando aire. Quería liberar sus alaridos de placer. Ella se retorcía junto a mí. Todo mi cuerpo vibraba. No podía siquiera imaginar que un día saldría del sepulcro y podría retomar mi último gran amor. Último y único. Jamás amé a nadie como a ella. Nunca amé a nadie como a Evelyn.

—Evy, Evy, mi tierna Evy... —jadeaba y gemía.

—Julien...

Era mi nieta, mi amante, mi compañera, la madre de una de mis más desafortunadas hijas, la mujer del poema, la niña que encerraron para que no viera la luz del día y sin duda una poderosa bruja que me cautivaba en cada segundo. No obstante, no aumenté el ritmo sino que paré quedando dentro. Ella gimió echándose hacia atrás, prácticamente retorciéndose, mientras mis dedos apartaban algunos mechones de su rostro y pellizcaba sus pezones.

—Retuércelos, muérdelos, lámenos y haz con ellos lo que quieras. Me rindo ante ti, ante tu poder y belleza. No he conocido a otro hombre que pueda igualarte. Tú eres el hombre de mi vida, sabes de orgullo, honor y arte. El arte del sexo—dijo haciendo que desviara la vista de las gotas de sangre de la cama. Había desvirgado de nuevo su cuerpo, rompiéndolo para siempre.

Di la vuelta a su cuerpo, otra vez, y la dejé de espaldas a mí para movernos rápidamente. Sus manos se aferraron a ambos garrotes y su rostro se pegó a la almohada. No podía dejar de gemir. Mis penetraciones eran exactas y me movía de una forma que a ella, a mi Evy, le gustaba. Cuando paré por tercera vez la bajé al suelo y le ofrecí mi miembro húmedo por nuestros fluidos. Ella no tuvo reparo en aceptarlo en su boca, abarcándolo lentamente cada milímetro, mientras parecía sonreírme con la mirada. No dudé en tomarla por detrás de la cabeza, hundiendo mis dedos entre sus mechones negros, para mover mis caderas con fuerza y ritmo constante. Sus pechos no quedaron desatendidos, pues ella misma los acariciaba y torturaba con pequeños pellizcos.

—Te he deseado y amado siempre, siempre—le confié en un jadeo.

Me sentía generoso y quise compartir mi gran verdad. El motivo por el cual yo amaba a Mona por encima de todos mis descendientes. Ella era igual que su abuela, la mujer que tenía arrodillada frente a mí, usando sus seis dedos, de cada mano, para acariciar sus pechos.

Cuando liberé mi miembro de sus carnosos labios, los cuales habían secuestrado toda su longitud, la arrojé a la cama y azoté un par de veces sus glúteos, redondos y duros, antes de penetrarla otra vez, pero ésta vez fue aún más rudo y decadente. Miles de palabras sucias rugieron evocando su menudo cuerpo mientras echaba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, y la boca libre para amar, castigar y seducir.

Atraje bien su cuerpo, tirando de sus caderas, para luego incorporarla del colchón. Sus rodillas estaban clavadas en la orilla del cabezal, sus dedos perdían parcialmente la circulación al agarrarse con firmeza a los hierros del cabezal, y sus pezones se endurecían más con el frío del metal. La penetraba contra el cabeza, en aquella elegante y gigantesca cama.

—Quiero ser la ramera que dirija contigo la familia, por favor. Lo he visto en mis visiones ésta noche, lo veo claro—dijo con la voz jadeosa. Pero, rápidamente, la callé aplastando su garganta con la mano derecha, casi asfixiándola, en un tentador juego de dominación.

—Gime—dije parando otra vez le penetración. Sin embargo, ésta vez no me quedé quieto. Salía y entraba embistiendo, para luego salir de nuevo y hacer lo mismo. Ella chillaba mi nombre y movía ligeramente la cabeza—. Eres mi pequeña puta consentida—murmuré entre gruñidos bajos y una pequeña risilla.

—Te amo, Julien—balbuceó con los ojos llenos de lágrimas.

En ese instante, aparté el pelo de su espalda y lamí la cruz de ésta. Aquello le produjo un escalofrío, pero aún tembló más cuando la tiré de nuevo al colchón, mirándola cara a cara, para penetrarla con furia. El colchón se desplazó de la cama y la cama también del rincón donde se encontraba. El chirrido de las patas de hierro fue terrible, pero casi quedó mudo con sus gritos de placer. Mi nombre en su boca, el suyo en el mío, como si jamás hubiésemos estado alejados.

Al derramarme allí, en aquel hueco tan cálido, húmedo y estrecho, sonreí complacido. Besé su boca y noté que estaba perlada en sudor, aún más que yo, y que sus pómulos marcados estaban coloreados. Parecía un ángel que acababa de conocer el pecado capital.

—Mi consorte—dije entre carcajadas—. Seremos los reyes de ésta ciudad, dioses del vudú. Tú y yo, Evy.

—Tú y yo, Julien—besó mis labios con ternura y cerró sus ojos agotada. Tras un ligero suspiro quedó dormida.

Si concebía una hija, o un hijo, sería el líder de la familia y vigilaría a los Taltos. En parte deseaba un chico, pues quería un varón para que contrajera futuras nupcias con el engendro de probeta que había logrado Rowan, esa niña de ojos despampanantes ojos violetas.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt