Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 15 de noviembre de 2016

El amor por Stella

Más de los escritos de Lasher. Podemos comprender mejor a este ser, ¿no? Al menos yo estoy estudiando sus palabras.

Lestat de Lioncourt 


A veces ni siquiera se maquillaba como las desvergonzadas muchachas de su época. Tenía la cara lavada. Su mejor joya eran sus enormes ojos azules, llenos de luz de vida. Iba siempre vestida a la moda más actual, con un corte de pelo llamativo y una sonrisa encantadora. Pocos sabían el tormento que vivía su alma. Creo que sólo yo era capaz de leerla sin necesidad de palabras. Sus gestos, su forma de caminar, y sus palabras la delataban ante mis ojos expertos. La conocía desde la cuna, cuando fue mecida por primera vez por mis propias manos.

Stella era fuerte, decidida, y en sus eventos sociales vestía con glamour de Hollywood. Jamás he visto a una mujer mejor maquillada, con una forma tan elegante y desenfrenada de caminar, así como unas ganas inmensas de cubrir sus heridas con un par de canciones y unas copas. Odiaba a su hermana, pero a la vez surgía en ella la necesidad de acercarse por pena, por necesidad y por mil motivos que ni ella comprendía.

Las fiestas Mayfair cobraron un nuevo sentido tras su aparición. Eran mucho más alegres, se despilfarraba comida y bebida, no siempre estaban invitados todos los familiares y gente ajena al círculo, nuestro pequeño árbol familiar de raíces algo podridas, estaban fuera atónitos ante la desvergüenza de muchos en la piscina, el jardín e incluso el tejado.

La música me hacía bailar como un imbécil. Iba de un lado a otro dando palmas, saltando sobre los sillones y gritando que la vida era maravillosa. Reía, o al menos lo intentaba, mientras ella alzaba su copa y brindaba por su hija, sus amantes, Evy e incluso por los pomos de las puertas. Una noche todo se silenció tras un disparo. No pude detener la bala, ni contener a su hermano Lionel. Ella cayó a plomo mientras el revólver aún humeaba. Se quedó allí paralizado esperando que lo detuvieran, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor destruyendo su corazón. Él era el autor material del crimen, pero la cooperadora necesaria e inductora era Carl.

De inmediato empezó a llover. Primero fue una lluvia fina, pero luego se convirtió en una tormenta que pilló sorpresivamente a viandantes y fiesteros en el jardín. Llovía con tanta fuerza que parecía un huracán con epicentro en la propia casa. Eran mis lágrimas. Había muerto mi bruja, mi adorada Stella, dejando atrás a una niña indefensa en manos de una auténtica criminal.


¿Y quién era yo en todo esto? “El Hombre”. Un ser que había amado a Stella Mayfair desde su concepción. Ella, tan hermosa, tan parecida a Julien y tan diferente a la amargada de su madre. Mi loca aventurera, mi niña adorada. Las fiestas se terminaron, el mobiliario que tanto amaba se ocultó en el desván y poco a poco se olvidó su nombre.  

domingo, 5 de junio de 2016

Fantasma

Lo de Goblin es algo que no puedo comprender del todo... bueno sí. Amaba a su hermano de muchas formas, pero que Quinn no se diese cuenta que era su hermano...

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que mi abuelo había fallecido y no podía olvidar los momentos previos a conocer la noticia. Esas manos fantasmales recorrían mi cuerpo y mi figura se doblegaba ante sus deseos. Aún podía escuchar el sonido de la ducha golpeando los azulejos, baldosas y la cerámica la bañera. Incluso sentía el vapor del agua calentando mi piel ascendiendo hacia el techo mientras el espejo se enturbiaba. Todo era un sueño vívido demasiado terrible porque la tristeza de la muerte de mi abuelo se mezclaba con la excitación extraña de esos momentos.

Desde que tengo memoria él ha estado junto a mí. Jamás ha hecho algo como aquello. Fue horrible saber que conocía con detalle mis bajos instintos. Hizo que me pegara a la pared del baño y abriese las piernas sin pudor igual que una fulana bien entrenada. El agua empapaba mis rizos provocando que se pegaran a mi rostro y nuca, mientras él me agarraba de las caderas y me hacía sentir su miembro invisible. Me hizo gemir. Logró que gimiera su dichoso nombre.

Tumbado en aquella cama completamente desnudo, sofocado por el calor y los recuerdos, noté su presencia. Siempre estaba ahí, pero a veces incluso percibía donde miraba. Sus ojos se clavaron en los míos mientras se hacía ver tomando forma. Su piel lechosa, sus ojos azules y su cabello negro era tan idéntico a mí como el resto de sus rasgos. Era como ver a un gemelo perverso buscando en su igual a un amante. Pero, ¿yo que era? Yo era la fulana de ese hermano, amante de un incesto, que necesitaba ser correspondido.

Sin pensarlo mucho abrí mis piernas invitándole en silencio. Mi mano derecha comenzó a deslizarse de mi torso hasta mi vientre y de mi vientre hasta mi pene. Agarré con fuerza mi miembro y comencé a estimularme sintiendo el extraño peso de Goblin, como así lo he llamado siempre, sobre el colchón y luego sobre mí.

Se personó vestido pero en un pestañeo estaba desnudo impulsándose fuerte entre mis piernas. Notaba como esa energía pavorosa pulsaba con fuerza mi próstata. Su lengua viscosa e invisible se hundía en mi boca y prácticamente me arrebataba el aliento. La cama se movía suavemente por cada impulso. Mis piernas se abrían cada vez más y pronto mi espalda se arqueó dejando que sólo me apoyara en el colchón por mis hombros y talones. Él me levantaba de aquellas sábanas revueltas, de ese colchón vencido y de una cama que jamás había creído que la usaría para un acto tan ruin.

Dejé de masturbarme para aferrarme a las sábanas, pero él me liberó para girarme de un solo golpe. Noté como me pegaba el rostro a la almohada y me penetraba de nuevo con una furia increíble. Parecía querer marcarme a fuego como de su propiedad. Incluso notaba sus dedos fantasmales envolviendo mi sexo con deseo. Finalmente cerré los ojos dejándome llevar como cualquier puta y grité algunos gemidos porque el placer me cegaba. Cuando llegué a la eyaculación escuché su risa jactándose de lo que había provocado mientras se desvanecía.


¿Qué era yo? ¿Un divertimento? Posiblemente. Él se divertía haciéndome experimentar aquello.  

domingo, 8 de mayo de 2016

Silencio en la oscuridad

Este Archivo no ha sido revelado por David ni por Daniel, sino por un tercero. Aún desconocemos quién ha podido filtrarlo pero me han asegurado ambos que es cierto.

Lestat de Lioncourt




La tormenta arrasaba la ciudad y el fuerte viento estaba destruyendo algunos árboles que se doblaban con facilidad. Las ramas caían a los pies de los gruesos troncos y los vehículos empezaban a hacer sonar sus alarmas porque algunas caían sobre ellos. El sonido de los cristales rotos, las tejas levantadas y las sirenas de los bomberos se repetía una y otra vez. Él estaba refugiado en el interior de aquella vieja vivienda vacía hacía tantos años. Las ventanas estaban selladas por gruesos tablones de madera tanto en el interior como en el exterior.

Se cubría a duras penas con una manta vieja y sucia que había encontrado dentro. Su ropa, que estaba empapada, la había dejado sobre un par de sillas que aún aguardaban a sus dueños. Era una de esas casas que han sido arrancadas de manos de sus dueños para quedar en manos de los bancos, tan miserables como ruines tras estafar con los créditos de las hipotecas. Fuera la tormenta seguía, pero dentro todo parecía demasiado sosegado. Su cabello rubio estaba revuelto sobre su frente y sus ojos violetas perdidos en mitad de la nada.

El sonido de la puerta le alertó y prestó atención al sonido de los pasos, al corazón de la bestia que se aproximaba y al aroma de su perfume masculino. Cuando atravesó la primera estancia sonrió para sí y cerró los ojos agotado. Sabía que era él y que había ido hasta allí en busca de su “discípulos” de estos asuntos tan peculiares.

—David, no tienes por qué hacer de mi niñera todo el tiempo—dijo relajando su cuerpo que hasta el momento se había mantenido en una tensión insufrible.

—Si algo malo te pasara tendría muchos problemas—explicó.

—No me pasará nada malo, David—abrió los ojos y lo miró aguantándose la risa.

Su carísimo traje Armani estaba hecho un desastre, tenía el pelo encrespado y revuelto, los zapatos estaba llenos de fango y goteaba formando un pequeño charco donde se había detenido.

—Has empezado a investigar en una zona que puede comprometer tu vida—dijo sacándose la chaqueta para dejarla contra el respaldo de una de las sillas.

La camisa blanca transparentaba ligeramente y dejaba ver su cuerpo marcado por un entrenamiento que él no había realizado. Aquel cuerpo esculpido con detalles de Adonis no era suyo, pero al no encontrar dueño y perder el propio decidió obsequiarse con esa musculatura casi perfecta.

—Ya empezamos con las reglas, ¿verdad? El genio de los fantasmas, el playboy de Talamasca, viene a salvarme el culo porque cree que voy a morir. He salido de cosas peores—respondió abrigándose mejor con aquella manta que olía a polvo y humedad.

—Memnoch era un espíritu, estoy seguro, y ese acaba casi con la vida de Lestat—le reprendió sacándose la corbata.

—Ah, pero yo no voy a dejarme engañar de ese modo—susurró antes de notar algo extraño en el ambiente.

—Daniel, no eres el más listo ni el más entrenado—dijo percatándose él también que algo los observaba.

—¿Y tú sí?—preguntó.

—Yo tampoco, Daniel—musitó en tono bajo.


La vivienda había tenido problemas de venta porque el padre de la familia se había suicidado días antes del desalojo. Decidió quitarse la vida tras tomar una gran cantidad de pastillas, que en un primer momento no le hicieron efecto, y colgarse del techo en aquella estancia en la que todos compartían horas de televisión, lectura o conversación en terribles días de lluvia mientras los niños correteaban de habitación en habitación. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Esas conversaciones...

—¿En qué piensas?—preguntó rompiendo el silencio que había entre ambos.

El sello se había roto liberándome de la soledad que persistía desde hacía más de dos días. Decidí salir de mi castillo y recorrer las junglas como lo hizo una vez Mekare. Quería sentir el peso que ella había arrastrado durante siglos hasta el aislamiento para luego regresar a mi castillo, sentarme en mi cómodo sillón de orejas y quitarme las botas llenas de fango mientras el fuego crepitara a mi lado. De algún modo él comprendió que necesitaba dejar “nuestra conversación” para tener la mía propia.

—Han aparecido cientos de espíritus y fantasmas en estos últimos meses—dije.

—Sí, ¿tienes alguna pregunta al respecto?—dijo como si fuese mi viejo amigo David Talbot. Prácticamente pude sentir sus manos apoyándose en mis hombros y sus labios rozando mi oreja derecha. Sin embargo sólo fue un delicioso cosquilleo por mi columna vertebral que me animaba a confesar.

—Louis dice que él ha aparecido aquí, en mi castillo y en las calles más bulliciosas de París, pero yo no lo he visto. No he podido verlo—apreté los brazos del sillón y eché la cabeza hacia atrás dejando que mis rizos se esparcieran sobre el respaldo.

—Hablas de tu primer amor—susurró tras un largo suspiro.

—He recorrido el mundo entero y no he hallado nada. No hay respuesta a no haberlo encontrado en los lugares donde ese supuesto demonio me llevó, ni en los diversos lugares donde juramos lealtad y tampoco en otros que ni siquiera sospechamos de su existencia—me llevé las manos al rostro para frotarlo y luego volví a dejarlos lánguidos a ambos lados de mi cuerpo—. Amel... tú sabes algo... tienes que saberlo.

—No tengo toda la información de este mundo, ¿sabes?—respondió—. ¿Acaso crees que Louis miente? No miente. Vio un fantasma y decía que era Nicolas. Ese fantasma le atacó, Lestat. No es un fantasma amigable y si aparece ante ti lo hará del mismo modo. Dudo que se permita el lujo de no aparecer para incordiarte. Creo que sólo espera el momento adecuado—dijo provocando que me incorporara—. Puedes sentir presencias. Sé que aquí hay varias y las notas, ¿no es así? Quién dice que no sea él...

Deseaba volver a ver a Nicolas por el simple hecho de pedirle perdón por mi torpeza. Quería perderme en sus ojos oscuros tomándolo de sus fantasmagóricas manos y aceptar su rabia. Aceptaría todo su dolor y su rabia a cambio de poder decirle todo lo que me callé aquellos días.


sábado, 16 de enero de 2016

Duelo

Nicolas y Antoine... ésto es terrible y mágico a la vez.

Lestat de Lioncourt 



Estaba de pie, frente al piano, con el violín entre sus brazos. Parecía soñar con tiempos convulsos, tan revueltos, que se sentía zozobrar. Sus ojos brillaban en plena oscuridad. Tan sólo la luz de la chimenea, por la lumbre encendida, iluminaba tenuemente aquella sala. Era un lugar sobrio, pero elegante. Los frescos del techo parecían espiarlo desde cualquier punto, el dibujo de la gran alfombra turca parecía emerger de entre los hilos y crear un auténtico jardín, y los diversos muebles, distribuidos por la habitación parecían rogarle que tomase asiento. Sin embargo, él estaba allí, cerca de una de las grandes y espléndidas cristaleras que daban al jardín interior, contemplando la lluvia torrencial que invadía Nueva York desde hacía días.

La luz se había ido. El generador podía encenderse en cualquier momento, pero prefería la oscuridad. Siempre había disfrutado de esos momentos a solas, de esa serenidad que le ofrecía aquel mundo al cual pertenecería por siempre. El resto no estaba en el edificio. Todos habían decidido salir a buscar alguna víctima, pasear entre las grandes manzanas o visitar algún café abarrotado de estúpidos modernos sin valores reales.

Algo le había pedido que se quedase allí componiendo, pero el apagón le hizo detenerse y meditar. Intentaba refugiarse en el dolor, pues quería rememorar los terribles días de su vida para poder compadecerse de aquellos que aún sufrían. Aquello fue, sin duda alguna, una señal. El fuego de la chimenea le recordó a las ascuas infernales que caminaron por su cuerpo en diversas ocasiones, las mismas que creyó perder el juicio.

Entonces, en medio de aquella solmemne soledad y diálogo consigo mismo, unos pasos sonaron cerca de la puerta. Eran pasos de botas. Las pudo escuchar con claridad. Cuando se giró para ver el rostro del visitante descubrió con asombro que los rasgos eran familiares, pero a la vez no creía haberlo visto jamás.

El muchacho que estaba en la puerta tenía aproximadamente unos vente o veinticinco años. No era humano, pero tampoco era vampiro. Quizás en otro tiempo estuvo vivo, aunque en esos instantes era un fantasma. ¡Pero qué fantasma tan espléndido! Llevaba un violín similar al suyo, aunque algo más antiguo. No era una de las mejores firmas de violines, pero sin duda alguna era viejo y parecía estar en buen estado. Sus ojos eran castaños, aunque poseía una ligera chispa color miel, y su piel, blanca como la leche, resaltaba con aquellos cabellos rizados y oscuros. Llevaba ropa que bien pudo pertenecer a un burgués del siglo XVII. Rápidamente su corazón se detuvo unos segundos y su rostro, joven para siempre, se tornó en una mueca de asombro y preocupación.

—Sabía que algún día te vería—dijo Antoine.

—Lamento la espera—contestó inclinando suavemente su cabeza—. Pero la locura, la demencia, el placer pecaminoso de reírse del diablo y danzar con él, de forma seductora y entregada, a veces se hace esperar—dicho aquello se echó a reír y comenzó a tocar, girando sobre sí mismo, bailando como lo haría un hechizado y, el joven vampiro, le siguió.

Estuvieron bailando, desafiándose mutuamente, durante más de dos horas. Antoine cayó agotado en el suelo, mirando el fresco del techo. Los ángeles regordetes, aquellos de cabellos dorados y ojos tan maduros como los de un anciano, le contemplaban sin pudor. Sentía la furia de Dios en cada nube de algodón, y en la representación misma de los apóstoles. Aquella estampa, tan de otra época, le reconfortaba. Recordaba los lugares que nunca había visitado, pero que Armand se empeñaba que imaginara. El mundo de Armand se había anclado en su corazón, atrapándolo con fuerza, mientras que el suyo estaba desvaneciéndose salvo por el violín y el piano. Seguía siendo un músico lleno de estigmas y, el que había venido a visitarle, le había recordado quién era.


El fantasma no se detuvo. La música se elevaba mareándolo, confundiéndolo, abriéndole el alma en dos e inyectando su locura en cada vena. Sus dedos parecían moverse frenéticos, con un temblor propio de un adicto a una sustancia terrible y mortal, mientras sus labios murmuraban poemas que nunca se habían escritos. Estaba sufriendo, pero a la vez se deleitaba. Nicolas de Lenfent le estaba llenando el alma con su historia, sus recuerdos... su dolor.  

sábado, 7 de noviembre de 2015

Conversaciones de otro mundo

Nicolas y sus ganas de fastidiar vuelven a la carga. Ahora padece éste castigo Louis. 

Lestat de Lioncourt 



Regresé junto a quien siempre será mi calvario, pero también la tormenta agradable que agita mi ser. Él es el único que comprende cada fibra de mi alma y que retuerce mis sueños convirtiéndolos en deseos apasionados, libres y temibles. Intento tener paciencia y no dejarme llevar por el corazón, pero es inútil. Realmente él provoca que sea un hombre distinto y luche contra la fiera que duerme callada esperando sus caricias. Me he convertido en mendigo de sus discursos improvisados, palabras elocuentes aunque llenas de sueños imposibles y de recuerdos. Esos mismos recuerdos que compartimos pese a querer alejarnos el uno del otro, pero es imposible.

Si he vuelto a su lado es porque creo que es mi lugar. Sin embargo, cuando llegué aquella noche a ese castillo, el cual parecía desértico, escuché las bellas notas de un entregado violín. Supuse que podría ser él, pues en alguna ocasión había tocado aquel glorioso instrumento de locos, bohemios y perdidos. Caminé por diversos pasillos, adentrándome en la penumbra más absoluta, y giré el pomo de la biblioteca. No era su corazón el que latía tras aquellos gruesos muros, levantados con arduo esfuerzo, y tampoco era su aroma el presente en aquella sala, sino alguien distinto.

Frente a mí se apareció una figura menuda, de caderas suaves y proporcinadas, cintura estrecha, espalda delicada y largos cabellos ondulados de un tono similar al mío. Tenía el pelo suelto, cayendo en cascada, rozando su hermosa camisa de chorreras cuyas mangas eran de encaje. Esas prendas ya no se hacen como antes, no tienen el poder que poseían en nuestra época. Poco a poco se convirtieron en disfraces y ropa de coleccionista. Sin embargo, él la lucía como si estuviese adherida a su piel. Sus dedos eran largos, como las patas de una araña, y se movían rápidos pellizcando las cuerdas y, en ocasiones, rasgando el arco contra éstas. Sus piernas estaban envueltas en unos pantalones antiguos, que ni siquiera yo había usado alguna vez, y unas botas similares a las que tanto amaba Lestat. Sin duda, era la moda clásica que él había vestido mucho antes de conocernos, antes de la Revolución Francesa, y en éstas tierras inhóspitas donde el viento es el único que clama.

Se giró rápido, provocando que un golpe de aire cerrara la pesada puerta que había detrás de mí, y entonces pude ver su rostro. Esos ojos café oscuro, con esos hilos dorados, tenían un marcado odio hacia mí, hacia el lugar donde se hallaba, pero también una amargura insondable. Sus finos rasgos, pese a ser masculinos, le daban un toque de muñeco perfecto. Parecía una de las marionetas de un teatro de pesadilla, pues poseía la belleza de un ángel y la presencia terrible de un demonio. Noté una energía pesada, oscura y tan densa que me oprimía el pecho. Su sonrisa era cruel, pero sus dientes parecían perlas. Tenía la frente ligeramente despejada, pues algunos mechones habían caído con gracia sobre ésta. Sus perfectas cejas castañas, casi negras, parecían haber sido cinceladas pelo por pelo.

El violín seguía sonando y él se movía hacia mí. Sus pasos no sonaban al principio, pero luego escuché a la perfección el tacón de la bota repicando como las campanas del infierno. Tuve miedo. Sabía quién era y qué era en ese momento. Él era Nicolas de Lenfent, un fantasma enloquecido, sediento quizás de una venganza que no tuvo en su momento. Me miraba furioso y yo fruncí el ceño, me abracé a mí mismo y rogué a un Dios en el que ya no creía. Quise gritar el nombre de Lestat, pero no salían mis palabras. Me sentí impactado por su demoníaca presencia.

—Dile que he venido y vendré cada noche. Tenemos una conversación pendiente desde hace siglos—dijo—. Dile que ésta vez no huya.

Quería hablar, pero no podía. Me lo impedía el miedo, aunque hice un esfuerzo atroz tragando saliva e intentando responder.

—¿Ésta vez?—pregunté al fin.

—Sí, a los dos—contestó justo antes de desvanecerse.

Sin embargo, la música seguía sonando. Una música terrible. El violín se movía frenético y giraba a mi alrededor, pero entonces, como si nada hubiese ocurrido, cesó y también se evaporó. Todo, incluso sus ropas, eran pura ilusión. Creí haberme vuelto loco, hasta que escuché los gritos de Lestat al otro extremo del pasillo, sus rápidas pisadas y sus palabras de preocupación.

—¡Louis! ¡Louis! ¡Dime que no te ha hecho nada! ¡Louis! ¡El castillo está infectado con su presencia! ¡Louis!—dijo abriendo la puerta, para atravesar la habitación y estrecharme.

Los libros cayeron de sus estantes, como si desearan sepultarnos, y entonces noté que ese aroma, denso y extraño, desapareció. Era olor a hollín y tierra mojada, como si un demonio hubiese estado llorando junto a una hoguera. De inmediato recordé un lugar del cual había escuchado por boca y palabras escritas de Lestat: El lugar de las brujas.

—No te separes de mí... abrázame fuerte... —fue lo último que dije antes de desplomarme.



lunes, 3 de agosto de 2015

Archivo Talamasca: Raglan

Los misterios se unen. David y Daniel están unidos en ésta ocasión a desvelar los misterios que hay en el mundo. La próxima semana Gremt estará en la radio.

Lestat de Lioncourt

Por primera vez escuchaba las voces de fantasmas y espíritus. Jamás había tenido la posibilidad de encontrarme con uno de ellos. Nunca había podido conversar con seres tan extraordinarios como temibles. Otros compañeros habían logrado hacerlo, por eso mismo me sentía tan entusiasmado. David se hallaba a mi lado, manteniendo una ligera, aunque tensa, sonrisa. Podía notar en él cierta expectación, aunque también dudas y deseos. Creo que jamás he visto a un hombre tan apiadado por el sufrimiento que contemplaba. Aquel ser se lamentaba en un extremo de la vieja biblioteca de la antiquísima mansión de los Talbot en el norte de Inglaterra.

—Ocurrió todo tan rápido...—murmuró abrazado así mismo,

No podía ver bien su rostro, pero escuchaba con nitidez su voz. Apenas apreciaba su boca, pues la oscuridad era persistente. Tan sólo estaba encendida la lámpara de metal del escritorio, la cual iluminaba una serie de documentos escritos con una rubrica frenética y poco más. La pluma estaba en el suelo, apenas era apreciable pese al poder de mis ojos vampíricos. Aquel ser me turbaba, provocando que no pudiese concentrarme en los detalles.

—Es inquietante encontrarte aquí—respondió David, apartándome del campo visual de aquel ente.

Quedé tras los anchos hombros de mi compañero, el cual me rebasaba en altura por escasos centímetros. Observé por encima de su hombro derecho la imagen desvirtuada de aquel delgaducho espectro. Poco a poco tomó mayor fuerza y apareció ante nosotros como un hombre de unos sesenta años, cabello cano, ojos verdes oscuros y rostro arrugado. Caminaba algo desgarbado, pero con una elegancia típica de hombres que han vivido una vida plena y han adquirido cierta notoriedad en sus círculos.

—Raglan, ¿qué quieres? No permitiré que hagas trucos sucios—expresó con rotundidad.

Ese nombre me sonaba, pero no eché cuenta de quién podía ser hasta que aquel espectro volvió a llorar. Él había sido quien robó el cuerpo de Lestat. Aquel ser delgado, pálido y lleno de arrugas era quien intentó, por todos los medios, quedarse con los poderes y privilegios del cuerpo de quien ahora era nuestro líder.

—Piedad...—murmuró lanzando los papeles a los pies de David—. Quiero pertenecer a la orden otra vez, deseo que dejen de perseguirme los otros espíritus y encontrar la paz. Quiero encontrar la paz...—temblaba horriblemente y se convirtió en un borrón que acabó desapareciendo.

En los papeles se hablaba de otros espíritus, menos amistosos que los conocidos, que estaban intentando atacar para dominar las sombras, esas mismas sombras donde nosotros nos movíamos, para lograr alcanzar un cuerpo y escuchar al huésped, o mejor dicho al propietario, lejos de su cárcel de huesos, piel y carne.

El viejo director de la Talamasca no dijo nada. Tan sólo recuperó los documentos y los dobló. Habíamos ido a su vieja biblioteca porque había sido invitado, por el actual mayordomo, a viajar insistiendo que algo, o alguien, visitaba la mansión sin levantar sospechas ni hacer sonar alarma alguna.

—Hablaremos con Gremt—susurró.

—¿Cuándo?—hablé al fin.


—Él será nuestro próximo entrevistado...  

miércoles, 25 de febrero de 2015

Odio, rencor...

Claudia sufría y yo lo sabía, sin embargo intentaba negarlo. Louis y yo... siempre lo negamos. 

Lestat de Lioncourt 

París es hermosa cuando las flores aparecen en sus vistosos balcones, provocando una sensación extraña y encantadora. Es como una mujer recién perfumada. Puedes ver como coquetean cada rosa, jazmín o violetas. No importa cual sea la flor, pues deslumbran incluso bajo la luz de las lunas y las farolas. Recuerdo bien cada rincón como si hoy mismo pusiese mis pequeños pies sobre las baldosas. Siento el frescor de la madrugada acariciando mis cálidas mejillas. El rubor sutil de mis carrillos se difuminan quizás para él, en sus recuerdos, pero no para mí.

Me tomaba de la mano como si fuese una niña. Se inclinaba para besar mi frente, acariciar mis largos y dorados rizos, y me decía que me amaba. Sí, amor. Yo lo detestaba. Tanto amor barato, lleno de la sutil fragancia de la culpabilidad, disparaba mi rencor. Quería destruirlo, pero a la vez me veía con miles de impedimentos. Aún lo necesitaba. Él era mi Louis, mi pobre diablo de ojos verdes.

Una noche me escapé de su lado. De ese tormento. Me sentía hundida. Siempre estuve perdida. Jamás logré encontrar un camino entre tantas sombras. El dolor se anquilosaba en mi corazón. Nunca sería como las dulces criaturas de ojos soñadores, frágiles cuellos y elegantes piernas. Envidiaba sus vestidos, los gantes hasta el codo, las perlas que decoraban sus escotes y sus suculentos pechos a punto de salir del corsé. Tenían los labios de un carmín tan intenso como las fresas o las manzanas. Parecían pequeñas muñecas caprichosas salidas de cuentos de hadas. Las detestaba. Verlas a mi alrededor provocaban que me hundiera. Siempre sería una niña frente a todos, jamás una mujer. Nunca sabría que es ser amada, hacer el amor o escuchar a un joven susurrar lo encantadora que era mi risa. ¿Yo reía? No lo recuerdo.


Los cafés estaban llenos de jóvenes revolucionarios, tan apasionados como hermosos, y los artistas hablaban de lo sufrido que era no ser comprendidos. Los observaba. No importaba sus edades. Deseaba ser estrechada de forma carnal, amada como una mujer, y olvidarme de mi pequeño tamaño, diminutas manos y encantadora mirada infantil. Quise llorar, pero me aguanté las lágrimas. Decidí escuchar atentamente los pensamientos de todos y cada uno, disfrutando de cada instante, y cuando regresé junto a Louis lo contemplé con asco. Odiaba su presencia, la virtud de mirarme como un cordero y su cínicas palabras de amor.  

sábado, 13 de diciembre de 2014

Deirdre, escúchame

Una vieja carta de Lasher, de esas que escribió recordando sus memorias. La he encontrado entre los viejos documentos que posee Rowan. Sí, he ido a verla. Sólo quería verla, pero he acabado curioseando todo lo que está en su biblioteca. 

Lestat de Lioncourt


Disfruta del silencio que te envenena y mi voz que pronto se propagará libremente. Escucha mi voz. Intento seducirte dulcemente. Soy el monstruo que te espera en la oscuridad. Estoy ahí cuando crees estar solo. Soy solícito, elocuente y hago lo que deseas. No hace falta que frotes la lámpara. No. Sólo llámame cantando mi nombre al viento. Invoca mi furia. Haz que la lluvia arrase las calles, provocando las lágrimas de los ángeles y los embravecidos vientos provenientes de sus alas. Seré el monstruo que acaricie tu nuca y coloque en tu cuello la cadena. Esa esmeralda es mi vínculo. Un trato. Es un trato, amor mío.

Bailaremos hasta el cansancio y algún día brindaré por los recuerdo que tuvimos. Beberé hasta saciar mi sed. Saborearé el sabor frutal de un vino joven, degustaré el sabor a madera de un Rioja Gran Reserva y derramaré sobre tu lápida unas gotas de whisky para que no olvides lo dura que puede ser la vida. Te llevaré flores, pues arrastraré miles de pétalos en el aire hasta postrar uno a uno a tus pies. Seguramente cantaré en tu entierro y alabaré tu belleza.

Amor mío. Disfruta del silencio que te ofrezco hoy, pues en unas horas la habitación se llenará de gemidos. Deirdre. Tú eres mi Deirdre. Producto cruel de perfume mortal. Llevaré tus pies por el paraíso, te mostraré hermosos atardeceres que durarán para siempre y lo haré besando tus mejillas. Sí, seremos una dualidad que no podrá dividirse. Amor mío, vida mía, cariño... ¡Tú eres mi prisionera! Prisionera entre mis brazos y la felicidad que te ofrezco. Todo es efímero menos mi amor. Siempre te amaré. Siempre.

Quiero alzar tu delicado cuerpo entre mis brazos, hacerte vibrar como a toda mujer y hacerte sentir entregada al Diablo que pertenece a las paredes de este hogar. Llámame, por favor. Dibuja en el aire, con tus delgados dedos, mi nombre. Que esos fármacos que te inyectan y entumecen, casi anulando tus sentidos, no sean la causa de un amor que se pierde. Tú, tan hermosa. Con ese cabello negro enamorarías a cualquier hombre, sobre todo por el aroma dulzón que corona tu cabeza. Me encantan tus hombros pequeños y tu cuerpo delicado. Por favor, dile a tu alma que no se muera. Deseo jugar contigo por siempre, como si fueras mi muñeca.


El silencio nos domina, pero gritamos bajo la fina cáscara que nos divide.  

domingo, 2 de noviembre de 2014

La fuente del mal

Julien aquí dando lecciones de moral... Digo, una vieja carta que se escapó de la quema que hizo su hija en el jardín. 

Lestat de Lioncourt 


La maldad no es sólo un punto de vista, es una forma de vida. Hay que aprender a realizar pequeños actos de maldad en beneficio de aquellos que se aprecian. Una sonrisa tímida puede esconder un cuchillo afilado que se enterrará en tu corazón, destrozará tus sueños en mil pedazos y ahogará en lágrimas las esperanzas más simples. Se debe apreciar el mundo dentro y fuera de la oscuridad. Ocurren cosas que no se pueden medir. Sobre todo, los amigos que vienen del más allá y envuelven nuestras vidas en un misterio único. La maldad no es un punto de vista; al menos, no lo es para un Mayfair.

Nací en una época donde la esclavitud aún estaba bien considerada. Muchos maltrataban a sus esclavos. Yo prefería tratarlos como iguales, pues así su confianza era ciega y su trabajo era más productivo. Jamás golpeé el rostro de uno de mis muchachos. Nunca insulté o humillé a una de mis criadas. Las plantaciones daban beneficios tan prósperos que podía invertirlos en negocios locales. La vida era plácida. Si bien, todos me temían por los trucos con un diablo. Pero no era un diablo, era sólo Lasher. Era un fantasma, aunque no uno común.

Esta página de mis memorias, las cuales no sé si alguien llegará a comprender o leer, no es tan terrible como se pueda imaginar. Sólo deseo dejar por escrito algunos pensamientos. Pensamientos que quizás puedan ser terribles para mis descendientes. Pero alguien tiene que hacerlo. Me encuentro sin fuerzas. Sé que en unos meses mi vida se apagará como la llama de una vela. Yo lo sé. Estoy a punto de sufrir el trance más terrible. En estos momentos, sólo puedo confiar que sea dulce y que la lluvia caiga del mismo modo que cayó sobre cada uno de los ataúdes de las brujas de la familia.

Tenía tres años cuando Lasher finalmente se aproximó a mí, y, desde entonces se convirtió en mi sombra. Una sombra alargada con una voz profunda y unos ojos demasiado hermosos. Comprendo que pueda sonar terrible, pero se transformó en mi amante y en el beneficiario de mi cuerpo. He permitido durante décadas que entre en mi cuerpo, haga lo que quiera y se divierta. El trato es que no haga daño a la gente que amo. Él dice amarme. Me toca en las noches, besa mis labios y arremete contra mi cuerpo con el vigor de un muchacho joven. Hace décadas todo era placentero, olvidé por completo el pavor que tenía hacia él, pero ahora que el tiempo corre, y que Stella demuestra tener mayores poderes que su madre, siento pánico. No quiero la misma vida para ella, ni para otro de mis descendientes. Hice pactos terribles, acepté dinero sucio y maté. Tengo las manos manchadas de sangre y el arma, casi siempre, es Lasher. Es ese monstruo que todos llaman “El hombre” y algunos conocemos como “Impulsor”.

Estoy contemplando como baila frente a mí. Se mueve lentamente con la música que he puesto para él. Si hay música él no se entera de nada. Es como un niño. A veces, creo que es demasiado inocente y después caigo que ha hecho una compleja tela de araña. Puede ver el futuro, tiene una capacidad destructiva terrible y puede modificar la climatología. No es un ser simple. Él es terrible. Me incita a ser igual de terrible que él. Mi hermana se volvió loca por nuestros juegos. Mi madre murió loca por su murmullo. Muchas de mis antepasadas murieron jóvenes, y en la hoguera, por sus negocios. Lasher es sinónimo de muerte.

Pero esta noche, como las anteriores, él a venido con besos dulces y caricias íntimas. Sus dedos se han escurrido bajo mi pijama de franela. Su lengua acarició la mía con la ternura de un hombre sabio y la impetuosidad de un joven. Sus abrazos eran terribles, como si fueran cuerdas, igual que el balanceo de sus caderas. Se comportó conmigo como si fuera un amante entregado, pero sé que ya tiene su objetivo. Yo sólo soy un viejo recuerdo. No seré su último amor. Nunca lo he creído. Ya no podré proteger a la familia. Tampoco podré ambicionar mayor poder.

Me he parado a leer unos segundos, tan sólo unos segundos, todo lo que he escrito y me percato que cada línea habla de amor y odio hacia el fantasma que nos persigue. Un ser que parece atrapado en una casa, encadenado a la esmeralda y a cada uno de nosotros. Algo que aún no he descifrado. El tiempo se echa encima, las agujas se mueven solas y yo sigo esperando un milagro.


1918, Nueva Orleans

Julien Mayfair

sábado, 11 de octubre de 2014

El espectro de mi vida - ARCHIVO TALAMASCA

"El espectro de mi vida" es un texto de terror de nuestro compañero David. Es su infancia. No es sólo un texto más. También es un enigma. 

Lestat de Lioncourt 


Tan sólo tenía diez años. El cuerpo era menudo, algo pequeño para su edad, y sus enormes ojos tenían una vida especial. Siempre estaba enfermo. Había visto muchas cosas, escuchado cientos de palabras susurradas cerca de sus pequeñas orejas y sentido como el vello se erizaba. Era un niño especial. La mansión donde vivía, la cual pertenecía a su familia desde su construcción, era formidable. Sin embargo, sabía bien que era un lugar donde muchos aparecían de la nada, le llamaban y esperaban que pudieran calmar sus miedos.

Él no sabía lo que era tener miedo. Vivía todo como un juego. Pequeñas visiones de otros mundos, unos más hermosos que otros, en los cuales se inmiscuía con total naturalidad. Sonreía a los ancianos, jugaba con los niños y tranquilizaba a las mujeres más afligidas. Nunca había ocultado sus conversaciones, ni sus visiones. Su padre temía que la muerte rondara al pequeño, pues David parecía vivir entre la vida y la muerte.

Aquel día de otoño, próximo al día de los Santos Difuntos, se despertó debido al golpeteo insistente de las ramas torcidas del roble del jardín contra su ventana. Las sombras que generaba no le eran preocupantes. Nada le preocupaba. Sin embargo, escuchó murmullos. La habitación estaba fría, la humedad había desaparecido y sentía como algo estaba sentado junto a él. El peso de aquel volumen de energía hundía ligeramente el colchón y provocaba que él mirara insistentemente hacia la nada, hacia el vacío que dejaba, pues deseaba darle forma.

—¿Qué deseas?—preguntó incorporándose—. No son horas.

No hubo respuesta.

—Necesito dormir—explicó.

El pequeño se recostó de nuevo, quedando tumbado boca arriba. Sus mejillas se enfriaban, igual que la punta de sus dedos, mientras aquel ser permanecía a su lado custodiándolo. Albergaba la esperanza que le hablara. Pero él estaba realmente agotado. Se sentía con sus defensas bajas, casi al límite, y con las energías al límite de la extenuación. Sus pequeños párpados se bajaban, su respiración se apaciguaba y volvía mínima. Pronto quedó dormido. Parecía un ángel con el pelo revuelto.

La noche continuó como si nada. Fuera la lluvia apareció con una terrible tormenta. La casa crujía. Las viejas construcciones siempre tienen ruidos, pues parecen tener vida propia, y las ramas seguían golpeando fuertemente la ventana. Tan fuerte golpeó la rama que terminó rompiéndose uno de los cristales. Aquello provocó que volviera a despertarse.

La presencia persistía. El frío era aún más intenso. Casi congelaba sus pequeños pulmones. Sentía como le vigilaban en plena noche, igual que una pantera esperando saltar sobre ti en plena jungla. Esta vez no tenía energía para incorporarse. Tan sólo buscó el bulto en su cama y clavó sus ojos en el vacío.

—¿Qué deseas?—preguntó agotado y tembloroso por el frío.

Percibió entonces como le tocaban el pelo, acariciaban sus mejillas y tomaban sus manos. Él simplemente esperaba ver el rostro de aquel espíritu. Quería ayudar. Su único deseo era que parara. No tenía miedo, pero estaba sintiéndose fatigado.

—Te amo—escuchó la voz de una mujer—. Volveré a por ti.

No comprendió ese mensaje hasta años más tarde. Ya era un anciano, con sus terribles achaques. Había vivido por y para los espíritus, casos sin resolver y seres extraños. Estaba tirado en el suelo, con un cuerpo que no era el suyo, y aquella presencia regresó. Ésta vez tenía cuerpo y un rostro aniñado. Se aproximó a él, se arrodilló y besó sus labios.

David jamás comprendió realmente el mensaje, y aún desea averiguar porque tanto misterio. A veces, cree que es el propio destino encarnado en un espectro. Si bien, eso no tiene sentido. Aunque sí una vieja historia de la mansión Talbot. Una mujer que vivió allí mucho antes, que era bruja, y terminó ahorcada y quemada. Era una doncella humilde, trabajaba lavando y remendando prendas. Fue asesinada porque decían que había matado a su hijo. Poco después supo que era parte del legado de la familia, que por ello se compraron los terrenos y se hizo la mansión. Es la única explicación que él puede llegar a aceptar.


La mansión siempre ha estado allí. La recuperó como gran parte de su patrimonio. Las viejas habitaciones acumulaban soledad. La mayor parte del tiempo se encontraba en otros lugares, sumergido en nuevas y desafiantes historias. Talamasca había quedado atrás. Aquellos sabios que desearon tenerlo junto a él, y adorarlo cual Dios, debido a su poder, habían desaparecido de su vida. Podía ir y venir de un lado a otro sin dar explicaciones. Sus padres habían muerto. Muchos de sus familiares ya eran polvo en los cementerios. Los viejos guardeses habían sido cambiado por otros. El mundo seguía. Pero la mansión se mantenía inalterable, con sus ruidos y siniestras sombras. Aún se escuchan pasos, frases incompletas y proféticas palabras. Si bien, no hay rastro de ella. Nada de esa mujer. Es absurdo que realmente se crea la segunda teoría, pero es la más sensata.  

domingo, 28 de septiembre de 2014

Di mi nombre

Aquí tenemos a Lasher. Ya saben. Texto del viejo fantasma. Digamos que está dedicado a Julien. Oh, Julien ¿por qué eres tan vulnerable? Aunque te terminó haciendo fuerte. 

Lestat de Lioncourt

Se derrama sobre la alfombra el carmín cálido de tus víctimas. Son ríos maltrechos que empapan la madera infectando la habitación con el último aliento. Puedes ver su mirada vacía, sus ojos fríos y las rosas floreciendo en su camisa de pureza invernal. Contempla tu crimen, la liberación del pecado y el mal. El demonio cantará para ti, bailará a tu lado. Por favor, coloca esa melodía que tanto nos gusta para que pueda entonar la dulce canción en tu nombre y en el suyo. El sueño se hará profundo. Esto sólo será una pesadilla. Enterraremos sus restos en el jardín, aunque siempre está en pantano. ¡Aún huele a pólvora!

El disparo fue perfecto. Fue un trueno en mitad de la apacible noche veraniega.

Esta es la sinfonía del pecado por poder. Ya has lanzado tus cartas del tarot. La muerte sonríe invitándote a seguirla. Las muñecas hechas de paja, cabellos y dientes humanos, sonríen aplaudiendo tu arrojo. Te has convertido en el príncipe del averno, ¿no te gusta? Tan hermoso, tan delicado, tan atractivo...

Provocas con tus ojos de niño huérfano. La locura de tu madre no pudrió tu sensibilidad. Tú eres mejor que ella.

Toma los hilos de las marionetas y danza con ellas. Todos harán lo que tú deseas. El cochero está ahí abajo, esperándote, para deshacerte de ese pobre infeliz. ¡Vamos! Las cortinas se mecen como si fueran fantasmas, el espectro desea huir, ¿puedes escuchar sus lamentos? ¡Míralo! ¡Está muerto! Nosotros lo hicimos juntos. Nosotros decidimos por el bien de la familia. Es el bien de la familia. Has hecho lo correcto. Nadie te juzgará. La sangre de tus dedos sólo será un mal presagio.

Envuelve su cuerpo como si fuera una oruga, tómalo entre tus tiernos y fuertes brazos, pues hoy tenemos que ir a un funeral. Lleva tu sombrero favorito, hay que ir elegante.

¡Me amas! Sé que me amas tanto como me odias. Me necesitas. Sé que me llamas en las noches para que te susurre palabras de amor. Nadie te ama como yo. Nadie podría amar a un monstruo de bellas facciones. Tus cabellos ondulados son suaves, tu mentón es fuerte y tus ojos de diablo son pecado de diamantes azules. ¡Te quiero! Que risa. He dicho que te quiero.

Escúchame. Nunca podrás liberarte de tu carga.

En mis brazos lo hallarás todo. Podrás seguir impune de cada uno de los delitos que ocurren en ésta casa. Tus negocios sucios jamás se descubrirán. Para todos eres un héroe. No hay maldición más hermosa que ser amado. Y yo te amo. Eres especial. Tú eres mi bruja favorita. Eres el hombre que todas desean en sus noches de placer, en sus días soleados y en el altar. Pero, yo sé tu verdadero ser. Tienes el corazón negro. Has perdido hace mucho la lucha contra mí. Harás lo que yo precise, pues sabes que la familia agradecerá nuestros servicios.

Te amo. ¡Te amo! Te amo...


¡Di mi nombre! ¡Di mi nombre otra vez! ¡Invócame!

martes, 26 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Ella - Parte 2

David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre. 

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado tantos años que las pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar, como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los aparatos de rastreo, medios de información más eficientes, microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes, desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.

David Talbot tenía ante sí una caja llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron recursos en librarse de él.

Después, con cierta desilusión, abrió el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y que podía ser su hombre.

Por supuesto, tomó los datos y llamó por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas, mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia. Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz somnolienta habló a David con cierta molestia.

—¿Qué demonios es?—preguntó—. Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede contármelo por la mañana.

—Es sobre su hermano. Conocí a un muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente, el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.

—Mi hermano era Richard Anderson.

—Lo sé, pero hay varios Anderson y pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.

—Recuerdo una chica de cabellos negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres. Yo les dije que se lo llevó esa cosa...

—Nos reuniremos en la dirección que usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es nocturno. Soy investigador.

—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva a buscar datos?

—Ya le dije que conocí a su hermano.


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

jueves, 29 de mayo de 2014

Fantasmas en el Santuario

Tarquin y Mona quieren hablarnos de algo importante, aunque ella intenta que él no crea en lo que ve.

Lestat de Lioncourt 

Fantasmas en el Santuario.

Caminaba de un lado a otro, con el semblante serio y sus enormes ojos azules clavados en cada una de las estrellas que desde allí se podían ver. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, como en un gran abrazo para perder el miedo, y sus cabellos negros se movían por la suave brisa que se movía entre las ramas. Los zapatos rozaban la hierba que comenzaba a crecer sin impedimento alguno y lejos, aunque no demasiado, el chapoteo de un caimán despertaba su curiosidad.

—Te lo he dicho—dijo mirando las aguas negras—. Te lo he dicho...

—Puede que sean sólo alucinaciones—comentó Mona, que se encontraba tras él con un minúsculo traje blanco con lentejuelas, esperando que se tranquilizara—. Cálmate, no pasará nada.

—Puedo sentirla, puedo... verla—susurró girándose suavemente hacia ella dejando caer los brazos, sintiendo como sus hombros se hundían y sus lágrimas querían salir.

—Patsy está muerta y como mucho, por si quieres calmarte, lo único que podrías encontrar algún día son sus huesos diseminados por el fondo del pantano—explicó abriendo sus brazos para que se acercara—. Abrázame Quinn, abrázame. Tenemos cosas más importantes en las que pensar.

Pero él no se movió. Tras ella estaba su madre, mirándolo como aquella noche y sintiendo su odio, desprecio y rabia. Comenzó a llorar amargamente como cuando era un niño y quería ser abrazado por aquella siniestra figura. Recordó en su cabeza la voz de Patsy, sus canciones y el ímpetu que ponía en ser una estrella; pero Patsy jamás fue nada más que Patsy la loca, la que despilfarraba su fortuna y se negaba a comportarse como una señorita decente.

—¿Quinn?—preguntó acercándose a él para tomarlo del rostro, aunque fue sólo con la punta de sus dedos debido a la estatura, mientras sentía bajo sus pies desnudos la hierba. No muy lejos estaban sus elegantes tacones, su bolso y el fantasma que hacía palidecer a su amante y compañero—. Quinn...

El fantasma desapareció esfumándose, como lo hizo Rebeca tiempo atrás, y entonces se abrazó a ella oliendo sus cabellos, sintiendo que estaba a salvo en los brazos de su bruja pelirroja. Había visto el rostro del odio de nuevo, como si fuese una vieja fotografía que tomaba forma, olvidando por completo el amor que Mona le profesaba. Un amor intenso como el fuego del infierno.


Mona podía sentirla, pero si no se había girado o dado importancia era por él. Debía olvidarla, no enfrentarla. Cuanto más obviase aquella presencia, la cual se anclaba a la tierra por odio y sed de venganza, antes podrían seguir con sus vidas. Había cosas más importantes que viejas rencillas familiares con una mujer que siempre lo despreció.  

lunes, 21 de abril de 2014

Conciertos del viejo victrola

Conciertos del viejo victrola, es un poema que hice hace algún tiempo dedicado a Julien Mayfair. Un poema que está bajo derechos de autor y que por supuesto se lo he regalado al maldito fantasma que hacía mis noches amargas, frustrantes y en ocasiones divertidas. Fantasma muy vivo en éstos momentos. 

Lestat de Lioncourt

Chillidos glorificados en la oscuridad
alimentados de forma insana por un foco
y el ruido enigmático y transcendental
de un trueno que fue relámpago.

Deja que su voz se diluya
y que pueda entrar en éxtasis.
Puedes ver como cae la lluvia
mientras los cuerpos se contonean.

Ha empezado el ritual de la música
y los brazos se alzan buscando la salvación.
Danzas de antaño, tan rústicas,
buscando quitar las vendas del corazón.

La guitarra se lamenta y el bajo prosigue,
mientras sus palabras llegan al alma.
¿Nadie allí lo intuye? Son demonios.
Demonios con aspectos de ángeles en calma.

Estamos vendidos a sus sueños,
doblegados por la belleza de sus historias.
¿Puede un demonio amar lo bello?
No tengo respuesta, pero mira sus acciones.

En sus manos he puesto mis sentidos
y éstos no se pueden equivocar tanto.
En sus labios he puesto mi dolor

y ya no siento las heridas desde hace rato.  

viernes, 14 de marzo de 2014

Aquel frío

David nos comparte una de sus más terror

Lestat de Lioncourt 

Aquel frío


Hacía unos años que había regresado de Brasil. La orden me había vuelto a brindar su apoyo. Ya no era un novicio ni era tratado como tal. Las noches en la biblioteca eran habituales. Podía escuchar crujir cada mueble debido a la humedad, las distintas pisadas por el pasillo y el murmullo de mis pensamientos recordándome que el lugar donde estaba sería mi hogar, país y vida. Había aceptado por completo ser uno de ellos y olvidarme de mis investigaciones arriesgadas, salvo que la orden las aceptara y me indicara diversas directrices a seguir. Acepté por lo tanto ser un santo entre condenados. Iba a ser un detective de almas, nada más y nada menos. Cumpliría con el protocolo y estudiaría noche tras noche entre los viejos volúmenes.

Sin embargo algo llamó mi atención. La sala poseía varias chimeneas, un cuidadoso suelo de madera y diversas ventanas de doble hoja para evitar corrientes de aire o frío. No obstante la temperatura descendía a un ritmo alarmante. Mi jersey de gruesa lana era insuficiente y podía sentir, justo a mi espalda, una presión continua. Me giré suavemente volteando la cabeza primero, para luego seguir con mi tronco y quedar con medio cuerpo hacia el fondo de la galería. Sólo había libros, libros y más libros.

Observaba cada ejemplar, algunos polvorientos y ajados, en sus pequeños pedestales de madera. El silencio era intenso y no se escuchaba el pasillo. Podía detectar en cada rincón la huella del pasado, viejos cuadros recopilaban la historia de la orden y un estandarte de tiempos de los Templarios recordaban que sus tesoros eran ahora nuestros. Tragué saliva, miré las numerosas lámparas y entonces lo escuché.

Un libro cayó de una de sus estanterías y se abrió por la mitad, las páginas comenzaron a pasar de un lado a otro. Después de ese cayó otro, luego otro y así hasta caer por completo una estantería. Varios libros se precipitaban hacia mí y yo decidí saltar la mesa, girarla y usarla de escudo. Allí agazapado podía sentir aún más el frío en la madera que hasta hacía unos minutos estaba cálida.

—Miren la Cruz del Señor; y sean dispersos los poderes enemigos—dije comenzando a realizar la señal de la cruz—El León de la tribu de Judá ha conquistado la raíz de David. Qué tu misericordia esté sobre nosotros, oh Señor. Así como hemos tenido esperanza en Ti. Oh Señor, escucha nuestra oración— no era mi religión, en la cual era sacerdote, pero sí la religión que había profesado mi madre. Recordaba aquel rezo cuando ella misma hacía frente con algunos fenómenos en nuestro hogar. Me llevé una mano al pecho sintiendo mi corazón—Y deja que mi llanto llegue a Ti—¡Oremos!—los libros dejaron de caer pero sentía aún más fuerte la presencia, como si alguien librara una batalla entre sus intereses y los de otros.

Fuera todo estaba en silencio, es más parecía un silencio sospechoso. Habían escuchado posiblemente el alboroto, pero nadie había movido un dedo. El frío me hacía tiritar y castañear mis dientes. Incluso se habían apagado las chimeneas y las luces tintineaban. No tenía miedo, pero si deseos de acabar con todo de una buena vez.

—Oh Dios, Padre nuestro, señor Jesucristo, invocamos a tu Santo Nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia, para que por la intercesión de la siempre Virgen María, Inmaculada Madre nuestra, y por el glorioso San Miguel Arcángel, Tú te dignes ayudarnos contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos, que andan por el mundo para hacer daño a la raza humana y para arruinar a las almas—me incorporé temblando de frío, pero no de miedo, y aquella cosa apareció ante mí.

Era como una enorme sombra. Un hombre gigantesco que golpeaba el aire y creaba un remolino de hojas, libros y trozos de madera. Parecía haber destrozado aquel lugar, pero sin embargo no me causaba daño. Lo miré a su rostro desdibujado y abrí mis brazos en forma de cruz.

—¡Si quieres alimentarte de mi poder no lo harás!—grité abriendo mis manos dejando los dedos bien estirados, comencé a rezar en la lengua de mi religión. Después, sin pretenderlo, dejé que mi alma se despegara de mi cuerpo y observé el fenómeno de cerca.


Era un alma que provenía de las mismas profundidades de la orden. Un ser que había nacido allí, por así decirlo, y logré espantarlo casi amedrantándolo con mi poder y testimonio. Mis cánticos en varias religiones lograron apaciguarlo y finalmente el despliegue de mi fuerza. Cuando regresé a mi cuerpo quedé agotado, aterido de frío y escuchando el escándalo que se había precipitado por toda la orden. Las campanas sonaban. Sí, eran las campanas de alerta de la Talamasca.  

viernes, 11 de octubre de 2013

A mí mismo

Escrito: A mí mismo
Autor: Nicolas de Lenfent

¿Qué soy? ¿Quién soy realmente? ¿Me pertenece volver aquí? ¿Debería llorar? ¿Puedo llorar? ¿La voz que escucho es un eco de mi alma? ¿Por qué la oscuridad? ¿Por qué aún siento las llamas lamiendo mi piel? ¿Y mis ojos? ¿Puedo ver con mis ojos o tan sólo percibir con mi alma? ¿Qué hay más cruel que el destino y las consecuencias de nuestros actos? ¿Es la crueldad aquello que tanto deseaba? ¿Qué hay de verdad en mis palabras? ¿Y la oscuridad será siempre espesa? ¿Quién me recuerda? ¿Hay mayor tormento que no saber si te escuchan? ¿Por qué la vida se acabó así? ¿Qué me impulsó a tocar el cielo danzando sobre las ascuas? ¿Hubo algún gesto de dolor ante mis gritos? ¿Quién vio mis ojos por última vez? ¿Se predijo mi destino cuando nací o yo mismo lo elaboré? ¿Y Lestat? ¿Qué sienten los demás cuando les hablo en sueños? ¿Soy como el humo? ¿Alguna vez amé algo más que mi violín? ¿Y las partituras? ¿Dónde quedó el teatro? ¿Por qué no estoy en París? ¿El recuerdo me hace sentir vivo o estoy vivo porque soy un recuerdo? ¿Conoció mi horrible destino alguien de mi familia? ¿Qué fue de las obras que creé? ¿Hubo otro violinista tan desgraciado? ¿Dónde se encuentra Armand? ¿Y mis manos? ¿Podré tocar de nuevo mi rostro? ¿Por qué tanto silencio? ¡No puedo con el silencio! ¡No pertenezco al silencio! ¡Me ahogo en éste mar frío! ¡La oscuridad me tienta pero no quiero guarecerme en ella! ¡No quiero mentiras! ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!

Te amé con ternura, locura y desencanto. Besé tus párpados cuando dormías como si fueran tus labios. Oculté mis lágrimas alejándote. Hundí mi miseria en los tablones del teatro. Canté, bailé y toqué para que tú brillaras en mis perpetuas noches. Te extrañé deseando que me hicieras el amor una vez más, olvidándome que no eras mío sino de todos. Decías que me amabas, pero tus caricias eran similares a las que ofrecías a las putas de los burdeles que tanto te gustaba visitar. Tan hermoso, divino y pecaminoso. Tú eras la luz, la llama de la vida, el desenfreno, el canto hecho carcajada y encarnado en un joven de cabellos dorados... ¿qué era yo para ti? Tal vez un medio y un fin. Me conformaba en tus brazos creyendo que siempre volverías. Me había acostumbrado a la miseria y tú me ofrecías un paraíso. Cuando me acostumbré me abandonaste, engañaste, ocultaste la verdad y luego me tendiste todos los horrores por tu necedad y estupidez. Ni me preguntaste si estaba asustado porque sólo pensaste en ti, como siempre. Nunca pensaste en aquello que yo deseaba y que era únicamente la verdad sin trucos, sin palabras elegantes y movimientos sutiles. Jamás me ofreciste una verdad pura y cuando yo te escupí las mías, esas que te torturaron, me miraste con odio, te ofendiste, lloraste y me dejaste.


¿Por qué he vuelto de nuevo? ¿A caso te odio y te extraño? ¿Hubieses regresado a mí si hubiese permanecido con vida? ¿Lo hubieses hecho? O tal vez nos hubiésemos vuelto de piedra, transformados por la sangre y el olvido. Nunca me dijiste que me amabas... tal vez si lo hubieses dicho... si tu orgullo no fuera tan grande... si tu estupidez no fuese tan sincera y caprichosa... si... si yo hubiese sido más fuerte y más listo... si no me hubiese enamorado de ti. Sí, sin duda todo hubiese sido distinto.  

viernes, 4 de octubre de 2013

Fantasma de cuerdas

El hollín miserable de las chimeneas
es el gris de éste anochecer tormentoso
tan polvoriento, frío y doloroso.
En las partituras que queman está mi alma...
esa que aún late en medio de la nada.

Recuerdo las llamas lacerar mi cuerpo con sus intensas lamidas. Igual que recuerdo mis gritos alzándose hacia el cielo igual que mis brazos de manos cercenadas. El violín fue uno de los testigos. El dolor se hizo presente pero la absolución de mi alma, como el alma de las brujas que aún quemaban por capricho la turba, existió realmente. Me fui a otro mundo lleno de oscuridad y miseria. Aparecí frente a la más negra nada donde el sonido de mi violín retumbaba, como si fuera un viejo canto.


Y las astillas de mi instrumento, las partituras que no se quemaron, las viejas obras que yo compuse, y un mechón de mi cabello oscuro hicieron que volviera. Como si se tratara de un ritual vudú donde todo vale, inclusive la sangre que manchaba mi vieja camisa blanca. Volví para ti, para volver a verte y sentir que la mentira seguía taladrando tu alma. Eras tan mentiroso y a la vez tan hermoso, como hoy lo sigues siendo pero ahora hablas verdades a cual más grotescas y miserables para aquellos que ven más encantadoras las mentiras. La luz ¿quién quiere tu luz? Aprendí a vivir en la oscuridad nuevamente y de ella me alimento.  


Nicolas de Lenfent
El Jardín Salvaje

lunes, 30 de septiembre de 2013

Danza Macabra

Danza macabra
Nicolas de Lenfent
Jardín Salvaje


¡Y se alzó el telón!
Y surgió de este la muerte.
Danza el fantasmagórico esqueleto
sin nada de piel, corazón ni sesos.
Danza señalando al próximo.

¡Y la muerte te atrapa!
Corre torpemente detrás de ti
mientras las notas del violín gimen
lamentos que tú no puedes exhalar ya.
Danza como gran bailarín.

¡Y ahí estaba la Parca!
Te llevará con ella a la laguna
te hará beber de sus aguas pantanosas
y terminarás llorando por tu vida.
¿Y no es la muerte su gemela?
No llores, sólo danza con ella.

¡Abran los balcones colmados de flores!
Jóvenes enamorados despierten
que el tiempo pasa.
Piensen que el amor es hermoso
y por ello dejen que los consuma.
Hagan el amor en los balcones
porque sino llegará la muerte.

¡Dejen las puertas abiertas!
Niños y ancianos dejen de soñar
unos son demasiado inocentes
y otros han comenzado a olvidar.
La muerte asecha a todos
y es implacable, ¡es implacable!


domingo, 5 de mayo de 2013

Momentos ante las llamas


Nada se sabe de los pensamientos de Nicolas frente al fuego pero ¿podrían ser así? Ya que era un ser sin luz propia y con terribles sufrimientos. ¿Serían así? ¿Volvería como fantasma? Un texto en homenaje a Anne Rice y su personaje Nicolas de Lenfent. 




¿Por qué? ¿Por qué la lluvia no cesa?

El dolor, ese estremecimiento que recorre mi alma, es como una vibración que me golpea de pies a cabeza. Puedo sentirlo, como el primer día. La lluvia empapando mis cabellos, mis manos colocadas a duras penas y atadas con vendas maltrechas, la calle solitaria y el sonido de mis botas sobre los peldaños. Después silencio. Un silencio conmovedor que habría hecho llorar a cualquier persona. No había nada, tan sólo palabras inconexas. Él no estaba allí.

Miré a mi alrededor y no había luces, tan sólo la de los candiles. En las casas algunas personas apagaban sus velas, otros las encendían para intentar rezar encomendándose a un Dios demasiado cruel y piadoso a la vez. Nosotros éramos sus mensajeros ¿o tan sólo parte de la oscuridad que proyectaba el demonio? No lo sabía. Tan sólo sé que me sentía miserable y cansado. Tenía sed, mis colmillos apretaban mis labios. De repente, como de la nada, la lluvia fue calmándose y mis pasos fueron conducidos por aquellos extraños que decían ser mis hermanos.

Nos sentamos frente al fuego y pensé. Pensé en todo lo que sabía y las cosas que jamás podría saber. Lestat me había abandonado tras aquella discusión. Recordé las burlas, esas tan crueles que se quedaban anudadas en mi cuello con fuerza. Mis manos temblaban mientras recogían entre mis lánguidos brazos mi violín, el cual aún tenía sangre. Mi ropa, mi cuerpo, mi alma incluso, estaba hecha añicos.

De repente, sentí impulsos de bailar en el fuego. Quise ser como las brujas junto a la encina. Sentir el fuego en mi cuerpo. ¿No era así como el mal se extinguía? Y brinqué con fuerzas, comencé a bailar sintiendo como mi cuerpo se consumía y sonreí creyendo que así finalmente encontraría la luz que nunca tuve.

Por no encontrarla regresé, porque todo en lo que creía era falso y todo lo que me ofreció él también. Es su culpa mi estado, como también es culpa de Armand. Nadie me ha dado nada en este mundo, por ello no le debo nada a nadie y el único vínculo que tengo con él son mis deseos de conseguir algo que no tuve. No lo he tenido como humano, ni como vampiro y tampoco como ánima en el purgatorio. Ahora, lejos del limbo estoy frente a ustedes, como si fuese un ser de carne y hueso, buscando la verdad con un tímido tintineo de una luz similar a una luciérnaga.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt