Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 5 de junio de 2016

Fantasma

Lo de Goblin es algo que no puedo comprender del todo... bueno sí. Amaba a su hermano de muchas formas, pero que Quinn no se diese cuenta que era su hermano...

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que mi abuelo había fallecido y no podía olvidar los momentos previos a conocer la noticia. Esas manos fantasmales recorrían mi cuerpo y mi figura se doblegaba ante sus deseos. Aún podía escuchar el sonido de la ducha golpeando los azulejos, baldosas y la cerámica la bañera. Incluso sentía el vapor del agua calentando mi piel ascendiendo hacia el techo mientras el espejo se enturbiaba. Todo era un sueño vívido demasiado terrible porque la tristeza de la muerte de mi abuelo se mezclaba con la excitación extraña de esos momentos.

Desde que tengo memoria él ha estado junto a mí. Jamás ha hecho algo como aquello. Fue horrible saber que conocía con detalle mis bajos instintos. Hizo que me pegara a la pared del baño y abriese las piernas sin pudor igual que una fulana bien entrenada. El agua empapaba mis rizos provocando que se pegaran a mi rostro y nuca, mientras él me agarraba de las caderas y me hacía sentir su miembro invisible. Me hizo gemir. Logró que gimiera su dichoso nombre.

Tumbado en aquella cama completamente desnudo, sofocado por el calor y los recuerdos, noté su presencia. Siempre estaba ahí, pero a veces incluso percibía donde miraba. Sus ojos se clavaron en los míos mientras se hacía ver tomando forma. Su piel lechosa, sus ojos azules y su cabello negro era tan idéntico a mí como el resto de sus rasgos. Era como ver a un gemelo perverso buscando en su igual a un amante. Pero, ¿yo que era? Yo era la fulana de ese hermano, amante de un incesto, que necesitaba ser correspondido.

Sin pensarlo mucho abrí mis piernas invitándole en silencio. Mi mano derecha comenzó a deslizarse de mi torso hasta mi vientre y de mi vientre hasta mi pene. Agarré con fuerza mi miembro y comencé a estimularme sintiendo el extraño peso de Goblin, como así lo he llamado siempre, sobre el colchón y luego sobre mí.

Se personó vestido pero en un pestañeo estaba desnudo impulsándose fuerte entre mis piernas. Notaba como esa energía pavorosa pulsaba con fuerza mi próstata. Su lengua viscosa e invisible se hundía en mi boca y prácticamente me arrebataba el aliento. La cama se movía suavemente por cada impulso. Mis piernas se abrían cada vez más y pronto mi espalda se arqueó dejando que sólo me apoyara en el colchón por mis hombros y talones. Él me levantaba de aquellas sábanas revueltas, de ese colchón vencido y de una cama que jamás había creído que la usaría para un acto tan ruin.

Dejé de masturbarme para aferrarme a las sábanas, pero él me liberó para girarme de un solo golpe. Noté como me pegaba el rostro a la almohada y me penetraba de nuevo con una furia increíble. Parecía querer marcarme a fuego como de su propiedad. Incluso notaba sus dedos fantasmales envolviendo mi sexo con deseo. Finalmente cerré los ojos dejándome llevar como cualquier puta y grité algunos gemidos porque el placer me cegaba. Cuando llegué a la eyaculación escuché su risa jactándose de lo que había provocado mientras se desvanecía.


¿Qué era yo? ¿Un divertimento? Posiblemente. Él se divertía haciéndome experimentar aquello.  

sábado, 4 de junio de 2016

Shake it out

Los siguientes párrafos son de un encuentro entre Michael y Oberon. Los Mayfair no sé como verán esto, pero es algo habitual el incesto y los juegos de cama. Aunque el corazón de Michael es de Rowan su cuerpo precisa caricias que no le ofrecen y Oberon es un macho Taltos demasiado joven como para contenerse. 

Recordemos que Michael habla de llevarse mejor con los hombres que con las mujeres cuando son pareja. Hay quizás una clara intención de este en desvelar su sexualidad ¿o sólo es una forma de decir que las relaciones sentimentales nunca fueron su fuerte? ¡Qué se yo! ¡Sólo soy un vampiro! 

He decidido que este tema puede mezclarse bien con estas memorias. De hecho, esta artista es considerada por algunos de mis compañeros como la perfecta para los Mayfair. 


Lestat de Lioncourt





—¿Acaso creías que iba a ser fácil tratarme?—dijo en aquella inmaculada habitación. Él parecía sumido en una paz fría pero todo era una fachada. Había decidido pintar cada muro de su alma con una práctica frialdad porque no quería que viesen que seguía siendo un niño. Sus padres habían muerto en penosas circunstancias y el mundo parecía haber caído sobre él. Ahora tenía la responsabilidad de ser el único macho de su Pueblo Secreto, de una raza de seres superiores aplastadas por guerras internas y la ambición del hombre.

Había escuchado algunas habladurías sobre lo ocurrido con el Padre Kevin. Este había pedido encarecidamente no volver a visitarlo. Cada vez que lo hacía salía agitado y perdido murmurando que iría al infierno. Desconocía los motivos que le llevaban a Oberon a tratar mal a las personas, pero sospechaba que no era un trato cruel el que experimentaba aquel joven sacerdote de cabellos rojizos, ojos de esmeralda y nariz salpicada de pequeñas pecas.

—No, no esperaba menos—contesté sacando un cigarrillo—. ¿Te importa?

—Sí, porque podemos vivir casi eternamente pero también podemos morir de cáncer. No quiero morir, ¿sabes? Y menos pegado a cientos de máquinas. No, gracias—respondió.

—Bien, bien... —dije guardando el cigarrillo y el mechero.

—Abuelito dime tú... —comentó a cantar de forma cínica—. No, dime de verdad ¿qué esperas?—preguntó incorporándose de la cama.

No me impresionaban sus más de dos metros de estatura porque conocía a su padre. Admito que cuando lo veo observo a ese hombre culto, sosegado, lleno de una soledad que le destruía a pasos agigantados y con una chispa de vida grandiosa. Sus ojos claros eran los de Ashlar. Tenía la misma mirada y una sonrisa que podía doblegar a cualquiera. Pero él no era Ashlar. Mi hija Morrigan era salvaje y no tenía escrúpulos a la hora de decirte todo lo que sentía. Se convirtió en una verdadera carga cuando comprendí que era indomable, sin embargo jamás hubiese deseado que muriera y menos congelada. Él estaba ahí como una mezcla perfecta de ambos intentando averiguar qué esperaba de él.

—Que seas como tu padre—respondí—. Ojalá seas un emprendedor amable y carismático. Alguien que pese al dolor no culpa a todos de sus problemas y sabe escuchar—dije.

—Como mi padre...—aquello hizo que su juvenil rostro de hombre casi adulto se consternara. Rápidamente se aferró al cabezal de la cama y tembló como un junco movido por una suave brisa. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas y su boca sonrosada se apretó intentando contener un par de suspiros, los cuales se terminaron escapando mientras buscaba donde ocultarse.

Rápidamente me incorporé tomándolo entre mis brazos aunque él rebasaba mi altura. Abracé aquel cuerpo como si fuese el de un niño antes de notar como se arrodillaba y rodeaba mis caderas con sus largos brazos. Impuse mis manos sobre sus cabellos oliendo sus hormonas desatadas. Era un buen hombre, aunque en realidad no dejaba de ser un niño sin infancia, y yo le había hecho llorar. Había logrado que llorara con sólo mencionar a su figura paterna. Él no tenía padre y yo no tenía hijos.

—Estoy aquí porque eres el hijo de mi hija con un buen hombre. Tal vez no fue sensato que desaparecieran del mundo conocido, pero no me arrepiento de haberla dejado marchar. Ahora tengo un nieto que desearía que fuese mi hijo—musité antes de pasar mis dedos por su cuero cabelludo con suaves círculos y caricias. Hundía mis dedos en sus ondulados cabellos, lograba que se perdieran hasta su nuca y luego nuevamente empezaba con la raíz de los mechones próximos a la frente. Era mi forma de calmarlo porque no sabía qué hacer o decir.

El aroma de sus hormonas me golpeaban la nariz continuamente. Controlaba mis impulsos de oler su piel y palpar sus mejillas igual que lo hacía con su padre, madre y sus hermanas. Él temblaba colocando sus manos en mi espalda baja mientras se lamentaba en un silbido. Esas palabras rápidas como un canto ancestral golpeaba mis oídos. No lograba entender qué decía pero pronto me di cuenta que suplicaba.

—¿Quieres que te ame y respete?—pregunté abarcando su rostro con mis manos.

—Quiero amor—dijo antes de colocar su boca contra mi bragueta.

No me había percatado de lo excitado que estaba por su aroma. Siempre intentaba ignorar ese dulzón perfume que lo envolvía haciéndolo tan cálido, apetecible y extraño. Sólo los brujos y otros Taltos podrían sentir ese aroma golpeando una y otra vez las fosas nasales. Oberon también olfateaba, pero lo hacía de forma distinta y vulgar. Abría con fuerza sus fosas nasales contra el cierre de mis pantalones. Definitivamente él no dudó ni un segundo en bajar la bragueta con sus propios dientes para oler mi entrepierna.

Me sorprendí ayudando a bajar mis pantalones hasta mis tobillos junto a mi ropa interior. Sus ojos azules se clavaron en los míos, tan parecidos y distintos, mientras agarraba mis testículos con la mano izquierda mientras con la diestra levantaba mi pene. Con sensual provocación besó mi glande deslizando la piel sobrante con sus dedos. Su lengua acarició el meato sin dejar de mirarme con esas lágrimas salpicando sus ruborizadas mejillas. Por un instante me dije a mí mismo qué hacía. Yo amaba a Rowan y ella era mi vida. Ya le había sido infiel una vez y provoqué un desastre, pero hacía tanto tiempo que un hombre no se arrodillaba ante mí para complacerme que me dejé llevar.

Un tierno beso sobre la punta de mi miembro fue el inicio de seductora caricias con los labios y la lengua. Lengüeteaba mi glande como si fuese un helado y su mano se movía con soltura por toda su extensión. Las venas comenzaban a contener la dureza de ese pedazo de músculo que cobraba vida. Sentía como palpitaba mientras él gozaba con esas miradas llenas de lujuria. No dudó en engullirlo por completo para luego cerrar los ojos como una jovencita virginal. La mano zurda apretó mis testículos con cierta rabia y las mías le agarraron con fuerza ambos lados de la cabeza. En un momento estaba clavándome dentro de él con furia. Sus manos se apartaron de mi sexo y se colocaron en mis caderas, casi clavando sus uñas, permitiéndome que me moviera con rabia dentro de aquella húmeda cavidad.

Cada estocada era más firme y rabiosa que la anterior. Él temblaba mientras soportaba esos terribles juegos. Sin embargo no tardó en liberarse a duras penas y tirarse al suelo mientras se quitaba aquellos simples pantalones de pijama. Su sexo estaba despierto y era ligeramente mayor que el mío, pero lo que él deseaba de mí no era penetrarme. Me miraba como las furcias baratas de un local de alterne. Tenía los ojos nublados por la necesidad.

Aquel gigante estaba pidiéndome que lo sometiera. Sus piernas estaban abiertas mientras su mano derecha hundía dos dedos en su entrada. Él me decía que estaba listo, aunque yo tenía mis dudas. Finalmente aparté su mano, abrí mejor sus piernas y levanté sus caderas para penetrarlo. Sus tobillos quedaron en mis anchos hombros y mis manos se colocaron sobre su pelvis. Rápidamente escuché sus largos y escandalosos gemidos mientras su respiración se volvía dificultosa como la mía.

Sus manos fueron a la parte superior de su pijama para tirar de la obertura, haciendo saltar cada uno de los botones de nácar, y mostrarme así sus pezones cafés tan duros como su miembro. Él estaba allí tocándose por completo. Se masturbaba con la derecha y con la izquierda pellizcaba sus pezones o llevaba un par de dedos a su boca y los mordía sutilmente. Me provocaba. Quería alentarme alimentando así al monstruo que contenía a diario. Me di cuenta que di rápido con su próstata porque temblaba con cada arremetida.

Él llegó antes al orgasmo apretándome con rabia en su interior, pero no tardó en incorporarse y colocar su boca alrededor de mi glande. Con una sola mirada y ese gesto hizo que me viniera en su boca. Él succionó con apetito bebiendo cada gota. Yo acabé recostado en el suelo y él se colocó sobre mí lamiendo mi cuello, acariciando mis pectorales por debajo de mi camiseta y dejando que sus labios silbaran una melodía que parecía un canto al amor, la lujuria y el desenfreno.

—Reconozco que espanté a Kevin con sexo sólo para que tú vinieras a castigarme—dijo como terrible confesión—. Abuelo Michael, mi llave, ¿me abrirás cada anochecer? ¿Alimentarás a este hambriento Taltos?—preguntó antes de girarme el rostro para que le contestara.

—¿Y mi mujer?—susurré casi sin aliento.

—¿Ella te busca entre las sábanas frías de tu cama?


Esa pregunta hizo que me diera cuenta que hacía meses que Rowan y yo no teníamos intimidad. Aquello me preocupó, pero él hizo que perdiera el hilo de cualquier pensamiento cuando mordió una de mis orejas, silbó suave cerca de ella y me ofreció una calma que creí haber perdido. Desde entonces, cada noche, visito a Oberon y lo alimento de esa forma tan erótica y sexual.  

viernes, 3 de junio de 2016

Dolce vita

Armand y Marius... o lo que es lo mismo esclavo y amo... vuelven a demostrar que el amor es algo más que palabras románticas.

Lestat de Lioncourt 





Sus manos recorrían mis mejillas dejando que un intenso rubor se formara en ellas. Quise echar a correr, pero permanecí en el mismo lugar perdiéndome en aquellos ojos azules tan gélidos. Parecía una escultura tallada con gran perfección y detalle. Era majestuoso debido al color dorado de esos cabellos que caían sobre sus hombros y se perdían en la cruz de su espalda. Podía considerar a ese hombre el más hermoso que había alcanzado a ver. Imaginé su figura en mitad de una iglesia siendo adorado como Dios hecho hombre. Sin embargo, era otra clase de ser inmortal y todopoderoso. Un ser que amaba el arte y apreciaba la belleza.

—Deja que pinte sobre tu cuerpo como antaño—dijo rompiendo la poca calma que había logrado sostener.

Habían pasado siglos desde que ese maestro de las pinturas decidió hacerme su tentación, su musa, su querubín y, por lo tanto, eterna pasión. Al menos, así quería creerlo. Deseaba creer que era su pasión, su ilusión, su deseo y lo que provocaba que aún estuviese ahí deseando arrancarme la ropa para hacerme vibrar como un cristal ante una nota musical.

No dije nada. Él tomó la decisión gracias a mi silenciosa respuesta. Me quitó la camisa lentamente despojándome de ella hundiendo su imperturbable rostro en mi cuello, deslizó su lengua por mis clavículas y succionó mis pezones mientras se arrodillaba para quitarme los pantalones y zapatos. Yo jadeaba nervioso. Sus manos eran expertas en encontrar mis zonas más erógenas. Su aliento contra mi piel ya provocaba ciertas emociones.

Cuando me tuvo desnudo deslizó sus manos suavemente por cada músculo y rasgo. Luego, con la misma parsimonia, agarró el paquete de hormonas y sin pensarlo una vez clavó en mí la aguja. Un picotazo simple creó en mí un desenlace fatal. Mi miembro cobró forma y mi boca sintió sed, pero él decidió atarme las muñecas y colgarme de un gancho que ya tenía preparado en aquel hermoso taller. De inmediato sacó el látigo y comencé a sentir como sus siete colas rozaban mi torso, glúteos, espalda, piernas e incluso mis hombros y caderas. Cada marca que hacía se iba eliminando suavemente gracias a las células mutadas por La Sangre. Sin embargo, el agradable dolor me excitaba y provocaba que mis pezones se endurecieran buscando ser pellizcados, mordidos y tocados mientras su duro miembro me llenase como tanto ansiaba. Pero no sucedió de ese modo. Sólo pude aullar su nombre una y otra vez hasta ofrecerme el consuelo de sus dedos en mi entrada.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas sanguinolentas, mi piel tenía pequeñas gotas rojizas sobre mi figura y mis cabellos se pegaban sobre mi frente completamente arremolinados. Deseaba ser tomado. Quería que él me hiciese suyo de una vez. Mis ojos ardían ante la belleza y el poder que él desprendía. Supliqué un beso, una caricia o simplemente una palabra que me mantuviese cuerdo dentro de ese infierno. Pero no ocurrió. Únicamente introdujo un tercer dedo palpando mi próstata con más diligencia mientras mis piernas de redondos, suaves y trémulos muslos se abrían. Sentí que eyacularía, que derramaría mi semen manchando mi vientre y el suelo del taller, pero él se apresuró a colocar un anillo alrededor de la base de mi sexo, por debajo de mis testículos y el cuerpo de mi miembro, mientras mordía mi sensible y rosado glande. Sus dedos no estaban ya en mi culo, pero los sentía. Sentía esa deliciosa presión y entonces me di cuenta que había introducido un pequeño vibrador que se encendió arrancándome gemidos largos y tortuosos.

Aún teniéndome así me inyectó una segunda dosis para ofrecerme nuevamente dolorosos golpes, aunque esta vez usó una vara de bambú y una pala de maderas con rugosidades de metal. Mi piel ardía. Sobre todo ardía la de mis glúteos donde se concentraba completamente eufórico. El vibrador cedió a la dilatación de mi entrada y cayó al suelo. En ese momento creí que sería al fin satisfecho, pero él decidió que otro mayor debía ocupar su lugar.

Antes de proseguir con esos sucios juegos me vendó los ojos, tapó mis oídos con unos audífonos sin cables especiales para aislarse del mundo con los decibelios de un buen equipo de música, y me soltó provocando que cayera al suelo. Allí noté varias manos atándome a lo que sentí como un potro de tortura como si fuese un paquete. Mis piernas quedaron completamente abiertas y mis brazos pegados a las patas de aquel extraño mueble. Alguien me tomó del pelo y me introdujo su glande en la boca, para luego golpear con esta en una fuerte embestida mi campanilla, mientras otro hacía lo mismo en mi adolorida y dilatada entrada. Me usaron de forma violenta hasta derramar su semen como si fuese una puta barata y dócil, ¿pero no era eso? ¿No me había convertido en eso? Mientras lo hacía podía sentir los latigazos de mi maestro, de mi amo, haciendo vibrar cada célula de mi piel.

Aquellas penetraciones no fueron las únicas. Paré de contar cuando la cuarta pareja entró en mí disfrutando mientras apreciaba otra descarga de hormonas, aunque ellos no eyacularon. Sólo me mancharon los primeros como si quisieran marcar primero el territorio para que el resto supiera que ya había sido conquistado. Era un vampiro y podía soportar tanto sufrimiento, pero ansiaba su cuerpo junto al mío y no el de sus nuevos discípulos humanos.

En algún momento, entre la conciencia y la oscuridad de aquel placentero infierno, me quitaron la venda y permitieron que viera sus rostros. Eran jóvenes. Parecían muchachos de no más de veinte años. Todos ellos me ofrecieron su semen como regalo pues eyacularon en mi rostro o en mi boca. Llevaba el sabor de todos en mis labios pero no el suyo. Él sólo miraba mientras tomaba una dosis de hormonas masculinas y las introducía en sus milenarias venas.

Nada más terminar esos muchachos se marcharon dejándonos a solas. Él me penetró con rabia haciendo rebotar con fuerza sus testículos en mis glúteos. Podía percibir el cosquilleo de su suave pero grueso vello púbico sobre las marcas de su látigo. Ya no podía regenerarme como deseaba. No me concentraba en las heridas, no podía hundirme en cada trozo de mi cuerpo y ayudarlo a sanar, porque él seguía haciéndome daño. Su látigo golpeaba mi espalda hasta que un joven trajo un cirio grueso y lo derramó contra las muescas de mi espalda. Él se quedó allí mirándonos mientras yo sufría ese cruel trato vejatorio. No lo había visto antes y parecía de tiernos dieciséis años, los mismos que yo tuve una vez, pero su rostro era aún más aniñado debido a las pecas que salpicaban su nariz y los tirabuzones rojizos que caían sobre su frente.

En el momento que creí que Marius me daría su simiente recordándome que era suyo se fue hacia el chico, se colocaron ambos frente a mi rostro y le dio a beber su semen. Él no dudó en succionar con gozo cada gota. Luego el mismo chico me desató y me quitó el aro de mi miembro, lo tomó entre sus labios y dejó que su lengua me incitara a derramar toda aquella leche cálida que había logrado retener. Eyaculé en la boca de un muchachito mientras él llenaba un cubo de agua en la pila que allí tenía instalada. Al apartarse el joven para irse y no volver él me tiró agua y me ofreció nuevos latigazos. Me golpeó hasta que caí agotado, inconsciente y algo insatisfecho.


Nunca olvidaré esa lección.  

viernes, 20 de mayo de 2016

Represión

La soledad de otras épocas... y de algunos países actualmente provoca que aquellos que aman distinto vivan con miedo.

Lestat de Lioncourt


Una vez más estoy aquí frente a mi viejo escritorio. No sé por qué he conseguido estos folios acabando al fin con la calderilla que llevaba en mis bolsillos, lo poco que me quedaba de mis correrías por París. He vuelto a casa pero no como el hijo pródigo. Mi padre me ha torturado durante días con golpes y horribles amenazas. Ya no soy el hijo que adoraba. Me he convertido ante él en un gusano que debe aplastar porque su honor está en entredicho. No importa mi felicidad, tampoco que soy lo único que le queda junto con su negocio. Para él soy escoria.

Llevo varios días pensando en acabar con mi vida, pero soy demasiado cobarde para enfrentarme al juicio de la muerte. Sé que cuando desaparezca no quedará nada de mí. Todos mis sueños, si alguna vez los tuve, se quedarán en nada. Ya no tengo ilusiones. Soy pura oscuridad en mitad de un delirio de música e insatisfacción.

Cuando me marché de este pueblo lo hice pensando que sería un hombre culto y entregado a mi deber, pero las leyes algunas leyes me parecieron absurdas y decadentes. Ser abogado no era lo que mi alma esperaba. Si tenía que ir al infierno que fuese de otro modo. Busqué por las calles algún tugurio donde dejarme llevar y encontré un violinista que cambió mi vida. Vivía atormentado, pero cuando tocaba ascendía a un paraíso que él sólo podía ver. Parecía elevarse por encima de las congeladas y sucias aceras aunque sólo brincaba, se contorsionaba y sonreía hasta que sus mejillas dolían. Dejé todo para ser como él. Busqué los mejores profesores e intenté motivarme. La oscuridad estaba ahí, pero era placentera. Ahora la oscuridad me atrapa asfixiándome y recordándome que en cualquier momento mi padre puede atraparme, amputarme las manos y jactarse de ello ante todo el pueblo.

Si soy sincero no me siento tan hundido sólo porque no encontraba mi camino profesional, si se puede llamar de alguna forma a estas decisiones, sino porque sé que hay algo en mí que Dios desaprueba y que los sacerdotes señalan desde su púlpito. He intentado cambiar, pero no he podido. Incluso me he refugiado en el amor de Dios hacia todos sus hijos, sin importarle sus pecados, pero no puedo. Simplemente no puedo. Sé que me espera la mayor de las torturas debido a mi desviación.

Me gustan los hombres. Amo el tacto de otro cuerpo, como cualquier joven de mi edad, pero debe ser masculino. Desfallezco en mitad de las revueltas camas de hombres casados que jamás confesarían tales actos a sus mujeres. Me dejo guiar por mis bajos instintos sin importar quien salga dañado. Aunque normalmente quien más se daña soy yo. Pero para colmo de mis males hay alguien que está agitando todos mis pensamientos y de quien huí en busca de la dichosa felicidad.

Cuando era sólo un niño conocí al hijo menor del marqués del pueblo. Si tengo que describirlo posiblemente diría que es uno de los típicos querubines que hay en las iglesias. Sus mejillas siempre estaban ligeramente sonrosadas y sus ojos tenían una luz que penetraba en mi corazón con fuerza. Siendo tan joven desconocía que eso podía ser atracción o amor. Sólo éramos niños. Unos niños asustados por las historias del sacerdote sobre brujas quemadas y condenación eterna. Ahora es un joven apuesto que logra cautivar a todas las mujeres del pueblo sin tener en cuenta su edad. Todas suspiran por el joven hijo del marqués. Es el mejor cazador de la zona y hoy llegó a mis oídos que logró matar ocho lobos que estaban destruyendo el miserable sustento de cazadores y ganaderos.

En unos días tengo que enfrentarme a él. Mi padre irá a por las piezas de los lobos para curtir sus pieles. Desea regalarle al muchacho una capa y un par de botas para que ambos podamos congeniar. Ni siquiera sabe que para mí eso será una tortura. Él cree que debo seguir el camino familiar si no voy a progresar como abogado. Si no estudio trabajaré y debo empezar a demostrar a otros que valgo para ello.


Me encuentro entre la espada y la pared. Siento el filo de esa hoja pegada a mi cuello. No quiero estar frente a él. Si estoy a su lado desearé que ocurra algo que es imposible. Pero esa luz que él posee, esa entrega hacia lo desconocido, hace que desee estar cerca. Me siento miserable y culpable de desear a un hombre y más cuando son de ese tipo. Es el héroe y yo soy sólo el bufón que camina por las calles soñando con poder tocar día y noche su violín. Soy horrible.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

sábado, 20 de febrero de 2016

Maldito




Recostado en la cama parecía un ángel al cual le habían arrebatado cada una de sus plumas. Sus cabellos negros caían sobre su frente revueltos y salvajes rozando sus finas y proporcionadas cejas oscuras. Tenía los ojos cerrados, pero cuando se hallaban abiertos eran dos almendras caobas muy llamativas. Poseía unos labios carnosos, bien definidos y de una boca no excesivamente grande para un mentón algo fino. Sus rasgos eran suaves, aunque masculinos. Podía decirse que su rostro era dulce, pero no así su alma. Era una fiera que debía ser domesticada en cada encuentro. La rebeldía yacía en él como un virus mortal, el cual se reproducía y se hacía fuerte.

Su cuerpo, delgado y escasamente marcado, estaba sobre diversos y mullidos cojines. Se hallaba ligeramente inclinado hacia la rivera de aquel río de brea, formado por sábanas de seda, que realzaba su piel lechosa sutilmente salpicada por algunas diminutas pecas. Tenía las piernas sutilmente abiertas, incitando a quien lo contemplase con aquellos muslos de aspecto suave, pues carecía de vello alguno. Su sexo yacía dormido y manchado por los pecaminosos juegos en los que había participado. Sobre su delicado torso había profundas marcas del cinturón que descansaba en el suelo, justo a los pies de ese nido de lujuria desatada. Marcas similares, en proporción e intensidad, tenía alrededor de su cuello. Los brazos delgados y de aspecto frágil estaban por encima de su cabeza.

Todo él era un incensario que rezumaba el perfume típico de una noche de placeres ocultos, los cuales son los que realmente gobiernan las almas y manejan éste extraño mundo. Cientos de gotas de sudor aún resbalaban por sus torturadas caderas, pecho y rostro. Su boca aún temblaba. Deseaba hablar, pero sabía que su voz carecía de voz y voto.

Frente a él estaba el culpable mayor, aunque no el único, contemplándolo indiferente. Ya olía a jabón y colonia masculina. Su rostro no tenía marca alguna de esa depravada sesión. La camisa de algodón se ajustaba perfectamente a sus anchos hombros y sus dedos, ágiles y rápidos, cerraban ya los puños de esta. Sólo quedaba la corbata, el chaleco y la americana para ser el hombre decente que todos conocían. Fuera de aquella habitación, la número 126, era gran héroe de las finanzas, un hombre digno y limpio de cualquier mancha. Allí fuera, en el enjambre cotidiano, era padre orgulloso y amante fiel a una mujer florero. Era despreciable. Al menos para el lastimado ángel que rogaba que se marchara, pero a la vez soñaba con ser algo más que un plato más en una bacanal.

Hoy le habían acompañado varios hombres. La lección había sido más terrible. Sintió sobre él una tormenta de golpes, mordiscos, insultos y brutales vejaciones. Su espalda baja daba buena cuenta de ello. Había descendido a los infiernos y tocado cada rincón. A ciegas, sin siquiera saber qué ocurría, fue conducido y arrastrado por la lascivia. Sus gritos y lloros quedaron ahogados en gemidos y clamores. Dios mismo lloró la pérdida de aquel ángel, el cual quedó maldito el mismo día que aceptó ser todo, y a la vez nada, por unos cuantos billetes.


jueves, 11 de febrero de 2016

Big bad wolf...

El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya. 





Había tomado aquel joven entre mis manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia, rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su apetecible cuerpo.

Aún no tenía sombra de barba. Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase tan quebrada como esclava.

Sus cabellos oscuros, ligeramente largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros. Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero rezumaba aire salvaje.

La puerta de aquel bar, poco iluminado, había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar antipatías.

Nada más abrir la puerta de la habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus rasgos.

Aquel muchachito poseía un mentón fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos pezones pequeños aunque de pezón grueso.

—¿Qué edad tienes?—pregunté.

—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a duras penas llegaba al metro setenta.

—Tu edad, muchacho—quería cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de algunos pasajes de los Infiernos de Dante.

—La suficiente para saber fumar y beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.

A su edad yo ya conocía lo que era trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían cortes, las suyas eran finas y sensuales.

—Mi forma de amar no es dulce, y tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un dolor insoportable—atestistigüé.

Un brillo de curiosidad se formó en sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso pegado al papel pintado de color café.

—Las zorras no tocan si el amo no da su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo ronco.

Mi mano derecha se enterró entre sus cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que sólo fue una estúpida advertencia.

Abrí mi maletín y saqué cinta aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas, coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de miedo.

—No te negaste, aceptaste—susurré.

Su sexo, completamente yermo, fue rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.

Pude notar como se retorcía, como intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón, mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el momento del placer, el cual no duró demasiado.

De improvisto para él se sintió libre de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.

Sus gritos ahogados eran cantos de sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.

Sus glúteos y su espalda quedaron destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.

Saqué de mi bolsa un minúsculo dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón. Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.

En aquel colchón, con ese juguete emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.

Tomé entre mis manos otro juguete, me senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera. Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina falsa introducida en un cilindro metálico.

—No sé si te merezcas saber qué es el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.

Recuerdo vivamente como me incliné sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo. Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme, que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el colchón y lo penetré fuertemente.

Reventé su entrada sin llegar a producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco, mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras penetraciones.

—Dame más... más... quiero más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero, sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.

Su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban. Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.

Tiré de su pelo hacia atrás, levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.

Hice la señal de la santa cruz, oré por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo abandoné en la habitación.

En el hall me esperaba el propietario, esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si fuera un cordero de Dios.

—Que Dios esté contigo, padre—dijo con sarcasmo.


—Y su espíritu, hijo... y su espíritu.  

miércoles, 3 de febrero de 2016

El amor de un demonio

Otro texto dedicado a la persona que se está ganando el cielo por soportarme. Y así sucede... las cosas mueren y nacen. Aunque hay veces que nacen para mostrarte cuan equivocado estabas.





Siempre pensó que el amor era para perdedores, para aquellos que terminan atando sus acciones y menguando sus pasiones. Opinaba que el amor mataba la razón y pudría el juicio. Sin embargo, sentado al borde de aquella cama, cerca de aquel cuerpo mancillado mil veces por sus sucias caricias, sintió un vuelco en su corazón.

Sus cortos cabellos negros caían revueltos sobre su frente, rozando sus perfectas cejas negras, y su rostro, que aún permanecía perlado de sudor, poseía unas facciones dignas de un santo. Pero ninguno de ellos lo era. Se convertían en demonios salvajes en mitad de la oscuridad, aunque tan frágiles como cualquier humano. Y ese cuerpo humano, esbelto y masculino, se había convertido en un paraíso muy distinto al que cualquier otro conoce.

El humo del cigarrillo calmaba el nerviosismo de esas estúpidas mariposas, pero no las mataba. No lograba asfixiarlas. La nicotina no ahogaría ninguna de esas sensaciones, ni esos pensamientos tan nefastos y menos la palabra que paladeaba desde hacía más de cinco noches. Percatarse de todo lo que sentía no fue sencillo, asumirlo fue aún más difícil y ahora quedaba el amargo trance de pronunciar, con cierto temor, esa simple frase.

El mayor de los demonios, el más cínico e hipócrita, había caído en las redes de un muchacho que rogaba por sus maliciosas atenciones. Se sentía condenado. Quería huir. Sin embargo, allí estaba mirando a la nada e intentando decir lo que sentía.


—Te amo—llegó a decir en un murmullo que su pobre víctima, el ser que le había robado su corazón, no pudo escuchar porque aún dormía.  

viernes, 6 de junio de 2008


The_Seventh_Archangel by cinquain

Ángel Caído

This Corrosion - The Sisters of Mercy

Dedicado a mi Romanus, espero que sea como querías...



No era un día común, la oscuridad empezaba a despertar y, con ella, yo de mi letargo. Miré al techo y a mi alrededor tan sólo encontraba calma. La noche anterior fue ajetreada, tuve que huir de varios vampiros juveniles que me aclamaban. Maldije el día que decidí emular a Lestat y escribir mis memorias. Miré a ambos lados agitado, entré en mi cripta y me recosté en mi cama de sábanas de satén. Allí, recostado, como si fuera la mismísima bella durmiente, me dejé adentrar en mis ardientes fantasías. Al despertar, eufórico aunque con cierta melancolía, fui hacia el escritorio.

Era una mesa de madera maciza, tenía dos candelabros de plata con dos velas, que encendí mentalmente, y varios folios diseminados por el lugar. Entre toda esa marabunta encontré algo nuevo, algo que no estaba en la noche anterior, o es me juraba. Me levanté y caminé pesadamente. Al ver el sello sonreí, era una L engarzada con rosas. Últimamente a Lestat le daba por hacer una firma constante en sus cartas lacradas. La abrí sin más y encontré una nota.

Bonne Nuit mon amie

Mon Cher Amadeo, deseo verte hoy y tener una conversación amena contigo, junto con el Maestro. Ambos hemos acordado que deberíamos vernos. Estaremos esperándote en Nuestra Señora de París, a pocos metros de tu residencia en mi país. Te estaremos esperando, ven solo.

Lestat

Le Petite Prince

No dudé en reír, una carcajada brotó de mi garganta meditando sobre lo que tramaba. Era imposible saberlo, su mente era un misterio y sabía que algún plan urdido en la locura. Poco o nada conocía a qué venía todo aquello. Sopesé la idea de ver a Lestat y a Marius. Marius siempre era un caballero, me respetaba, sin embargo Lestat siempre estaba con sus malditas carcajadas ante todo lo que pensaba, dejándome por los suelos.

Últimamente estaba solo, Daniel no se quedaba a mi lado. Iba en búsqueda de locuras, de nuevos conocimientos y volvía eufórico. Me hacía el amor y se volvía a marchar. Me sentía como Penélope, lo que sucedía es que mi guerrero me trataba como una puta de carretera.

¿Qué tenía de malo conversar? A ambos los amaba profundamente, de ambos tenía celos incesantes y además ambicionaba su poderío. Tenían una presencia impactante en mí, a pesar de que Lestat era mucho más joven que yo. Seguramente era cierto, sus raíces parecidas, ambos tenían orígenes celtas y romanos, me atraían como la miel a las mocas.

Me di un baño de sales, relajé mi blanca piel en aquel aroma tan embriagador, y me vestí con una blusa de seda negra. También con unos vaqueros, un abrigo y una pequeña gorra de pana oscura. Mis cabellos caobas de tonos rojizos caían sobre los hombros, tan rizados y bien peinados como los de la desgraciada de Claudia.

-Eres hermoso.-susurré mirándome al espejo, totalmente perdido en mis ojos. Mi rostro seguía siendo infantil, era joven eternamente y eso me encantaba. Tenía diecisiete años, como mucho dieciocho, para cientos de mortales.-Y siempre lo serás.-apagué la luz y salí de casa tras acariciar a mi gato. Lo llamé Santino, a pesar de los aspavientos de mi maestro. Era negro, de ojos verdes y diabólicamente encantador.

Cuando llegué frente al templo lo observé. En la barandilla junto a los ángeles centrales, estaba Lestat recostado mientras palpaba sus rostros con malicia. Marius me observaba entre las columnas del último piso, las cercanas a los campanarios.

-¡Dobry vecher! ¿Kak dela?-dije con un ademán de mi cabeza. Sonreí observando como bajaban hacia donde estaba.

-Bonne nuit mon petit garçon.-aquel idioma, el francés, una de las lenguas del amor y que me apasionaba. Caí en su encanto, mientras me tomaba de la cintura, y Marius se posicionaba a mis espaldas.

-Bouna notte il mio angelo.-sus labios se posaron en mi cuello, eso aceleró mi pulso y algo me decía que conversar no era lo que precisaban.

Las manos del malcriado fueron a mis nalgas atrapándome hacia él, besando mis labios y haciéndome perder los papeles. Mis brazos lánguidos, hasta ese instante, se colocaron alrededor de su cuello apoderándome de él. El maestro acariciaba lentamente mi vientre, había abierto mi abrigo y también mi camisa. Pronto las manos de Marius pasaron a mi entrepierna. Estaba siendo devorado por dos rubios imponentes. Cuando mis labios lograban estar liberados gemía.

-¿No veníamos a conversar?-pregunté excitado de sobremanera.

-Sí, ante la imagen de Dios.-rió levemente aquel maldito, ese que tiré desde una torre y maté a su hija. Al fin caía a mis pies y yo deseaba fenecer con un ritmo frenético de caderas.

-No, no sólo la de Dios.-reprendió mi creador.-También ante la de los ángeles.-seguirle el juego a Lestat era ir al infierno y volver ileso, no sabía como lo hacía pero siempre salía impune y esa locura era especial.

Me llevaron levitando hasta el centro de la iglesia. Las vidrieras parecían apagadas, pero las velas y el incienso estaban prendidas para el rito. Comenzaron a desnudarme lentamente, mientras ellos lo hacían a velocidad vertiginosa. Mi cabeza daba vueltas y mi mirada se perdía.

-Ven pequeño.-dijo Marius sentándome en la mesa donde se oficiaba la misa.

-Hoy estamos aquí, hermanos, para honrar el cuerpo de este hermoso niño eterno.-dijo en tono burlón Lestat, era un experto en jugar con fuego.

Mi pecho se elevaba lentamente, se marcaban mis costillas y me hicieron un corte en la muñeca, mientras Romanus me besaba con sangre. Lestat jugueteaba con la copa, era la de la misa, y tarareaba el aleluya. Al final notaba sus finos dedos manchados de mi sangre, espesa y caliente como la de cualquier vampiro, jugueteando a hacer pequeños dibujos bíblicos. Mi sexo se irguió con rapidez, sin embargo no estaba en su total extensión y les miraba atónito. Lestat abrió mis nalgas e introdujo sus dedos manchados en mis entrañas, lentamente hasta tocar la próstata.

-Aquí está.-musitó el condenado eufórico, Marius lo miró y sonrió lamiendo la sangre sobre mi piel.-Dime, ¿sigues siendo tan puta como siempre?-aquello no sabía contestarlo con palabras, tan solo con actos. Me abrí de piernas y le dejé mi entrada a su entera disposición.

-Eso es un sí, príncipe.-susurró bajo mi maestro, ahogándome con su miembro en mi boca.-Lame mi pequeño muchacho, lame.-agarró mi cabeza y movió sus caderas. Pronto sentiría una segunda daga, la de Lestat entre mis nalgas.

Los movimientos de ambos eran rítmicos, profundos y con la misma maestría. Ambos gemían, se complacían con mi cuerpo y Jesús tenía una visión de todo. Mis manos acariciaban las manos de Lestat sobre mis caderas, también los testículos de Marius. Intentaba que todo aquello fuera especial para ambos, tenía que demostrarles cuanto amor hacia ellos habitaba en mí. Ellos se besaban, sus lenguas se pasaban por sus labios y se los mordían. Mis ojos estaban atónitos, aquellos cuerpos tan perfectos estaban bañándose de lujuria con mi cuerpo. Entonces, cuando creí que me vertería, cambiaron las posiciones, Lestat ahora se felaba con mis labios y Marius con mis entrañas. Los testículos de ambos golpeaban mi piel, se veían llenos de placer para ser vertido en mí. Sin embargo, yo ya no pude esperar y liberé mi esencia.

No se mediaron palabra, tan sólo sonrieron y acariciaron mi rostro. Me llevaron al suelo, Marius se tumbó a mi lado y me recostó de espaldas a su pecho. Alzó mis piernas encogiendo las suyas, abriéndolas, y entró en mí. Lestat hizo lo mismo pegando su pecho al mío. No podía creerlo, no podía. Ambos hombres estaban surcando mis ardientes carnes.

-Más.-logré decir arañando la espalda de mi amigo, mi maestro tan sólo pasaba su lengua por mi oreja derecha y la mordía. Cuando estaba colmado, y pensando que mi mente se iba a quebrar, ellos eyacularon.

Lestat se movió rápido, fue hasta el sagrario y tomó una ostia sagrada. Sonrió mirándome y la bendijo, recogiendo las esencias de ambos, para ponérmelo bajo la lengua.

-El cuerpo de Cristo.-susurró Marius.-Tu cuerpo de ángel, para dos demonios.-besó mis hombros y me guió de nuevo hasta la mesa.

Me dejaron con el pecho sobre la mesa, el mantel se pegaba a mi piel, y mis jadeos, junto a mis súplicas eran audibles en todo el templo.

-¡No me dejéis así!-grité ardiendo en necesidad.

-No lo haremos.-Romanus respondió introduciéndome un cirio grueso en mi trasero. Eso me hizo irme de nuevo, manché el suelo una vez más y miré de nuevo a la cruz.

Mientras los movían a turnos, ellos se masturbaban mutuamente. Sus besos, de los que no era partícipe, me hacían envidiarlos. Sin embargo, terminaron besándome con lujuria. Ardía en los infiernos de la desesperación. Cuando sacaron aquello de mí sumergieron sus miembros, duros por completo, y creí ver el cielo. Lloraba y gritaba que me abrazaran, que me llenaran de ellos y de su placer carnal. Terminaron arrastrándome hacia el centro de Notre Dame. Allí, se masturbaron frente a mi rostro dejándolo con un velo blanquecido y caliente. Me relamí los labios y después desaparecieron entre risas. Caí desfallecido, al levantarme me vestí y corrí hasta mi refugio, aún olía a sexo y el sol despuntaba cuando las sábanas acariciaron mi figura sudada.

Desde aquel despertar rezo al diablo porque vuelvan a querer conversar. Daniel no sabe nada, mejor que viva en su ignorancia. Todo está bien así, de momento.

sábado, 31 de mayo de 2008

Miedos


Iwaki...the men! the boss!
Adoro a Iwaki de una forma que no puedo expresar de ninguna forma.

Sleepwalking Past Hope - HIM





Sentir su cuerpo bajo el mío fue una sensación demasiado placentera. Lo tenía desnudo frente a mí, sus ojos parecían pedir clemencia y mis caricias eran cada vez más certeras. Había sido una noche típica, en un bar conocido, junto a un grupo de amigos y el amor de mi vida. Siempre lo oculté pero aquellas dos copas de más las agradeceré para siempre, fui capaz de decir lo que sentía y cuando tuve capacidad para recapacitar ya era tarde. Sus labios estaban sobre los míos, mis amigos no podían creerse lo que veían ante ellos y acabamos por marcharnos a mi casa. En nada estábamos desnudos, en mi cama, observándonos sin saber muy bien porque hacíamos todo eso. Los impulsos animales son superiores a los racionales, supongo.

Mis manos rozaron su cintura, después sus muslos y luego hacia sus costillas. Sus piernas estaban abiertas, rodeando mi cuerpo, mientras las mías se pegaban al colchón y temblaban.

-¿Lo has hecho alguna vez?-su voz era totalmente sensual, fuera del tono habitual, y sus labios parecían provocarme en cada susurro.

-No, con un hombre nunca.-respondí siendo sincero. Sí lo había hecho con una mujer, mi última chica con la cual estuve dos años.

-Yo sí, he tenido varias parejas. Pero antes, busca un condón.-tras aquellas palabras un beso, uno pasional y necesitado. Mordió mi labio inferior y tiró de él, para luego sumergirse otra vez en mi boca.

-Sí.-temblé separándome, estirando la mano hacia la mesilla de noche, donde guardaba el último par de una cajetilla, que compré para Lucía y apenas usé.

-Túmbate, te lo pondré yo.-hice lo que me pidió y se colocó de rodillas frente a mí. Abrió con delicadeza el plástico mientras me miraba. Se mordió el labio cuando observó mi miembro excitado, totalmente dispuesto para él.-Es más grande de lo que pensé.-dijo tumbándose sobre mí, mordiendo mi cuello.-Me va a doler, pero luego voy a gozar más. Te haré querer repetir.-volvió a besarme y lentamente noté como sus manos se colocaban sobre mi sexo. Sus dedos se deslizaron veloces por toda la extensión, desde el glande hasta la base. Después percibí como colocaba el preservativo. Todo aquello con un derroche de besos, caricias y mis gemidos. Ella nunca me lo hubiese hecho de esa forma.

-Vas a hacer que me de un infarto.-mordí uno de sus pezones, en el cual tenía un pendiente y él se dejó llevar por el placer. Sus manos se aferraron a mis hombros, clavando sus uñas algo largas, y sus ojos se fundieron en los míos.

-Te quiero dentro.-jadeó separándose, para apoyar su pecho en el colchón. Alzó un poco sus nalgas, las abrió con sus manos y las dejó dispuestas para mí.-Pero pon algo que te deslice.-y ese algo fue un poco de crema de manos. Todo era improvisado y aquello estaba allí de milagro. Tomé un poco con mis dedos y lo puse en su interior. Meter allí dos de mis dedos me resultó extraño, pero me alentó notar que sentía placer con ello.-Deja ya eso, entra.-suplicó agarrándose bien a una de las almohadas.

Lo hice, entré y aunque me costó meterla hasta el fondo. Sin embargo, cuando lo hice no pude controlar mi gemido. Él mordió la almohada, fui algo brusco, pero no dijo nada. Inicié entonces un movimiento pélvico, algo suave, que luego se volvió descontrolado. Él también se movía buscando más contacto. Yo jadeaba y él gritaba mi nombre, dejaba claro a quién quería dentro. Terminamos por dejar liberado el deseo, la necesidad más baja y más humana. Lo hice dentro de él, todo lo profundo que pude a pesar de tener preservativo, quería que me notara dominándole hasta el último segundo, y él simplemente dejó que saliera sobre su torso. Nuestras miradas estaban llenas de interrogantes, pero ya sería en otro momento cuando disipáramos dudas.

A la mañana siguiente no estaba, se había ido. Durante dos semanas me dio esquinazo, estaba preocupado porque yo le golpeara pensando que se aprovechó. Yo acaba de dejarlo con Lucía, estaba vulnerable y él se metió por medio. También he obviado que ambos son hermanos y que la noticia cayó como una bomba en su casa. No sé como mis amigos contaron todo a sus novias, sus novias a mi ex y mi ex montó en cólera contra Héctor. Ahora voy hacia su casa, hemos quedado para hablar y esto quizás lo escribo para darme ánimos a mi mismo.

domingo, 18 de mayo de 2008

Día contra la Homofobia


Saito Takumi actor japonés, hace unos años filmó Boys Love está subtitulada en Youtube, por si la desean ver.



Miedo, frustración, rechazo, odio, dolor, inseguridad, desigualdad, caos…Apocalipsis. En tu mirada encuentro esto, no sé que me puede decir alguien con estos sentimientos. Quiero abrazarte, ayudarte y formar contigo parte de la sociedad. No te escondas, sal, y deja de ser gárgola de piedra. Guarda silencio, no digas nada y deja que mis manos acaricien tu rostro para secar tus lágrimas. Todos sabemos como te sientes, podemos ayudarte y mostrarte la verdad.

Coge tu antorcha, vamos a buscar a los miedos y espantarlos. Vamos, no son tan fieros. Vamos, podemos lograrlo.

¿Por qué me temes? No entiendo porqué me temes.

¿Por qué me odias? No puedo comprenderlo, jamás te hice nada.

Esa inseguridad y ese dolor que expresas, pareces un animal herido.

La desigualdad, el muro que creas entre ambos, es tan fuerte y a la vez tan fácil de saltar. Es como el Muro de Berlín, y fíjate pudieron derruirlo dejando en la memoria que el pasado no tuvo que ser mejor. Deja la nostalgia de aquellos instantes en la infancia, déjalos. En ese instante yo ya existía, yo ya sabía lo que sentía y tú me tratabas como un igual.

¿Has olvidado la guerra de caballeros andantes? ¿Recuerdas cuando éramos superhéroes? ¿Cómo era esa canción que silbábamos imaginando que éramos elfos? ¿Y las sonrisas? Maldita sea, esas sonrisas y festejos que hacíamos tras marcar un gol.

Dime que ha cambiado, qué ha sucedido, para que yo ya no sea tu amigo, sino tu enemigo. Yo jamás he levantado una mano contra ti, sino para ayudarte. ¿Recuerdas ese matón? Ese que le pegué un puñetazo para que te dejara en paz…ahora eres como él. Me has golpeado, me has arrojado al suelo y te has largado. Has dicho que te doy asco, que te avergüenza haberme llamado amigo y ahora temes que te busque.

¿Dónde está ese chico que yo adoraba? ¿Dónde? ¿Dónde quedó mi mejor amigo?

Yo te lo diré, quedó encarcelado en la jaula de la ignorancia donde reina la homofobia y el racismo. Ahora ya no somos amigos porque amo a otros hombres, porque deseo el cuerpo masculino y porque te he confesado que una vez llegué a amarte. ¿Soy tan repulsivo? Dímelo, te lo ruego. Necesito saber porqué soy tan horrible.

La homosexualidad ha existido desde que el mundo es mundo, jamás se ha rechazado y es esta absurda ética de algunas religiones lo que nos separa. Pero yo pensaba, o más bien creía fervientemente, que el amor es más importante que las diferencias y que estas se podían salvar tendiendo una mano amiga. Sin embargo, siempre me equivoco y ahora estoy ante ti. Estas llorando de rabia, quieres golpearme y no entiendes el porqué. Ven, toma mi mano, yo te ayudaré. Porque tu enfermedad, tu fobia, tiene cura. Deja que te abrace y te consuele, yo sigo siendo tu amigo y sigo siendo un guerrero que teme perder un aliado.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt