Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 6 de octubre de 2017

Amores

Yo no lo entiendo... ¿de acuerdo? Lo de estos dos no lo entiendo.
Lestat de Lioncourt


No le había escuchado llegar. Antoine estaba allí vestido con un maravilloso traje color hueso con una elegante camisa azul celeste y una pajarita un tono más oscura. Llevaba el cabello suelto y parecía más distinguido que la última vez que lo había visto, pero seguía siendo un poco desgarbado al caminar.

—Te imploro una explicación decente.

Había estado solo frente a aquel lujoso piano gran parte de la noche. La mayoría de vampiros habían decidido abandonar la corte tras los últimos acontecimientos. Todos deseaban respirar de nuevo el aire pacífico que transportaban las noches parisinas. La mayoría había decidido ir a París a ver un par de obras, otros se alzaron por las nubes buscando Italia, Alemania o Irlanda. Incluso había algún que otro vampiro que optó por el maldito Brasil, maldito debido a ser el origen de tanta muerte hacía tan sólo unos meses atrás, o el colorido México. David fue uno de los primeros en marcharse, pero antes decidió bailar una vez más conmigo mientras seguía diciendo que jamás olvidaría mi dolorosa historia. Si bien, me había quedado solo en aquella enorme sala. Los chicos de Notker se habían ido con él a su lugar de descanso y los que quedaban allí, los habituales, estaban en sus criptas o jugando a las cartas en otra de las salas más concurridas. Lestat y Louis habían decidido salir a caminar por el bosque como si fueran Hansel y Gretel.

—¿Con qué motivo? ¿Por qué?—pregunté.

—¡Cómo puedes haber abierto tus brazos de nuevo a ese cretino!—su voz se alzó como un trueno en mitad de la noche y sus ojos se encendieron como dos bolas de fuego.

—Le he abierto algo más que mis brazos, ¿y qué? ¿Quién eres tú para impedírmelo?—. Había sido cruel al contestar, ¿pero acaso no era cierto? Daniel y yo habíamos practicado el sexo gracias a los inventos revolucionarios de Fareed. Gocé como cuando era un adolescente humano y él pareció recordar como era sentirse apretado entre dos muslos cálidos.

—¡El hombre que te ama!— Exclamó aún más exasperado.

—Suena muy bien ese título, pero es tan falso...—respondí.

—¡Armand!

Mi nombre en sus labios siempre sonó distinto, como más quejumbroso. Siempre pensé que los músicos eran muy dramáticos y él era la muestra de ello.

—Antoine, ¿qué creías que haría cuando te fueses detrás de las discretas faldas de Sybelle?—pregunté alzándome del asiento adjunto al piano para caminar hasta donde se encontraba.

No odiaba a Sybelle por ello. Ella era libre de estar con quien quisiera. Incluso era libre de no estar con otro vampiro, sino con humanos o esas réplicas de humanos que habían sido una amenaza estas últimas semanas. Ella tomaba las decisiones y yo las respetaba. Amaba a Sybelle a mi modo y ella a mí. Cada vez que nos veíamos nos estrechábamos sintiéndonos en paz. ¿Cómo no amarla? Tan bonita por fuera como fuerte y hermosa por dentro, aunque seguía siendo demasiado sensible a las tragedias.

—Si me marché fue para mejorar como músico con Notker—decía con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. ¿Tanta furia para terminar llorando como un niño? Al parecer, sí.

—Siempre la has admirado y amado, Antoine. — Le recordé aquello por si se le había olvidado.

—¿Y? Eso no me hace querer ser su amante.

—Os vi besándoos—. Mi confesión hizo que él se quedase con los ojos abiertos. No esperaba que le dijese aquello y, por lo tanto, no tuvo excusa salvo negar la mayor.

—Imposible.

—Posible. Por eso mismo decidí aceptar a Daniel. Él ha cambiado y yo también. Creo que merecemos una oportunidad—dije.

—Es una locura...

—¿Ahora vas a llorar?— Reconozco que puedo ser tan despreciable como atractivo y en esos momentos me estaba jactando de su dolor.

—¿Acaso no llorarías tú ante Cupido porque se niega a ofrecerte una de sus flechas?

Fue muy poético lo que dijo, pero innecesario. No podía creer nada de sus labios.

—¡Oh, por favor!—exclamé alejándome de él, dándole la espalda e intentando marcharme de allí. Si lo escuchaba demasiado tiempo iba a caer en sus brazos.

—¡Te amo!

Al fin esa maldita frase que me arrugó el corazón y casi rompe el muro de hormigón en el cual lo había dejado encerrado. Mis manos se cerraron convirtiéndose en puños y mi rostro se llenó de una pesadumbre insólita. Intenté no mirarme en los espejos de las paredes o en cualquier objeto que me reflejase.

—Aja, pero me tienes el mismo respeto que tu creador hacia Louis—dije con desprecio, aunque por dentro estaba roto.

—¡No mezcles a Lestat en esto!—gritó.

—Yo te amaba...

De inmediato se acercó girándome para abarcar mi rostro entre sus manos. Sus malditos ojos azules me perforaron el alma y yo rompí a llorar. Lloré como un niño. Realmente lloraba como un niño.

—Dime al menos que aún lo haces—susurró.

Rápidamente me aferré a las solapas de su traje y comencé a besarlo. Aquella noche yo no llevaba nada llamativo. Mis elegantes Armani se habían quedado en la percha. Parecía un adolescente cualquiera, de esos que van a los parques a jugar con el skate. Mis jeans estaban algo deslucidos, mis zapatillas tenían barro de haber estado correteando por los campos aledaños y mi camiseta olía a contaminación. No me había cambiado la mañana anterior antes de dormir. La noche anterior había estado en París con Daniel, en barrios poco agradecidos.

Mi cerebro se desconectó y lo siguiente que recuerdo era mi figura sobre la suya, arañando su torso y sintiendo su miembro invadiendo mis glúteos. Literalmente estaba cabalgando sobre Antoine. No me importó nada. Sólo quería encontrar el placer reflejado en sus ojos. Aquella noche hice una locura tras otra y mi alma lo terminó pagando.


domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

lunes, 28 de agosto de 2017

Descubrimientos

Daniel es un lechado de virtudes... ¡Qué paciencia! 

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo una noche despertar por el ruido de los muebles y electrodomésticos de la cocina. Escuchaba como las puertas se abrían y cerraban, los cajones deslizaban, se escuchaba el movimiento de los cubiertos, el golpe rápido de los cuchillos, el ruido típico de la batidora y licuadora, el timbre del microondas y, por supuesto, el tarareo de aquel mocoso inmortal que parecía gozar de uno de sus terribles experimentos.

No quería imaginar qué clase de horrores estaba creando en mi cocina, el santo lugar donde calentaba las pizzas congeladas del supermercado o creaba emparedados poco sanos a media noche. Ese lugar donde mi nevera antes estaba cargada de cerveza, agua y huevos a lo sumo y ahora parecía el frigorífico de un laboratorio de drogas o del mismísimo Doctor Jekyll.

Miré mi despertador anunciaba que eran las dos y cinco de la madrugada. De repente una risa incontrolable surgió de la nada, lo cual me provocó un escalofrío y un mal presentimiento. Desconcertado busqué las gafas por la mesilla de noche adjunta a mi cama, salí de esta y busqué mis zapatillas. Al no encontrarlas, pues estaba aún demasiado somnoliento, decidí aventurarme por la casa sintiendo que era una pésima idea ir a ver qué diantres estaba pasando en el ala opuesta a esta.

Tragué saliva, me sequé el sudor frío que empezaba a deslizarse por mi frente y me acomodé mejor las gafas. Me temblaban las piernas porque la risa seguía y seguía, pero una vez llegado a la cocina mi espanto se convirtió en sorpresa mayúscula e incredulidad.

En mitad de la cocina estaba Armand sentado en la mesa, después de haber puesto todo patas arriba, con la camiseta manchada de lo que pude intuir moras, un bol de gusanos triturados, o tal vez sesos, y diversos utensilios con restos de plastas verdes, marrones e incluso azuladas. No quería siquiera pensar qué diantres era cada cosa o si provenían de algo animal, vegetal o mixto. De verdad, no quería. Pero lo que me dejó en shock fue lo que él estaba haciendo.

Se hallaba, como he dicho, sentado en el borde de la mesa donde solía desayunar. Cabe decir que era una mesa robusta, aunque no muy grande, de picos redondeados y con unas patas de hierro forjado bastante pesadas. Se encontraba de espaldas y estaba dándose masajes en la nuca, así como en el cuello y en los omóplatos, con un vibrador estilo bala. Sí, de esos metálicos de cilindro con borde redondeado. ¡Los más simples y comunes! ¡Eso mismo! Y era de color chicle.

—¡Qué demonios estás haciendo!—dije sin saber qué carajos hacía con esa cosa y por qué la había traído a mi apartamento.

—Me doy un masaje con un masajeador que encontré en la casa de una de mis víctimas. ¿Por qué nunca me hablaste de esto?—dijo deteniéndose para girarse con su encantador ceño fruncido. Sus enormes ojos almendrados se clavaron como dagas y su boca se torció—. ¿Qué otros inventos me escondes?

—¡Eso no es una máquina de masajes, imbécil!

No podía creer que fuese tan inocente y a la vez un auténtico criminal. Él miró el aparato, el cual apagó, y luego me observó con suspicacia alzando su ceja derecha. No me creía. Estaba seguro que no me creía.

—¿Y qué es? Dime. Yo sé que me vas a mentir.

—Un vibrador—respondí al instante—. ¡Se da placer con eso las mujeres y algunos hombres!

—Los masajes son placenteros, así que no me engañes. He descubierto solo para que sirve—dijo el muy imbécil todo orgulloso por su proeza.

—¡Eso se mete en la vagina o en el ano! ¡Es para darse placer sexual!

Odiaba gritar, odiaba gritarle, odiaba todo... ¡Pero no tenía otra!

Su cara se descompuso, miró el aparato con cierto asco y lo soltó arrojándolo en el suelo. Se bajó caminando torpe hacia mí porque llevaba mis zapatillas de estar por casa, las cuales no encontraba antes en el dormitorio, y se aferró a mí.

—Eres cruel... ¿por qué no me has dicho que había cosas así? He estado masejeándome y dándome cosquillas con ese aparato—sus brazos estaban alrededor de mis caderas y el lado derecho de su rostro pegado a mi torso.

Era bajito. No demasiado bajito, pero sí bajito. No alcanza el metro setenta de estatura, ni siquiera lo roza. Su cabello alborotado de color castaño rojizo siempre me ha resultado similar al pelo de un caniche, pero con mayor suavidad y con un olor característico similar al mío pues usaba el mismo champú que yo usaba. Creo que aún lo usa, pero no estoy seguro. Repentinamente se echó a llorar.

—Oh, basta...—dije a regañadientes—. ¿Qué tripa se te ha roto ahora?

—Debo parecerte estúpido—susurró.

—Un poco, pero digamos que todos podemos llegar a serlo de algún modo u otro—comenté acariciando sus cabellos, enredando mis dedos por sus mechones, mientras pensaba en cómo educar a un vampiro de más de cinco siglos en el mundo moderno.

—Es cierto... Tú también lo eres cuando prefieres dormir a estar conmigo.

—No empecemos—dije tras un largo suspiro—. Tengo que llevarte a un Sex Shop y a tiendas de electrodomésticos para que sepas toda la tecnología, pero si tienes alguna duda... ¿qué debes hacer?

—Preguntar al dependiente y no molestarte a ti—dijo echando sus brazos a mi cuello mientras se colocaba de puntillas e intentaba calzarme un beso. Al final, lo consiguió pese a que yo era reacio.


Su boca se pegó a la mía y su lengua se transformó en la de una serpiente. Pronto tuve mi dosis de sangre, la droga más deliciosa que jamás he probado, y al separarse me miró como lo haría un niño entusiasmado. Jamás he podido averiguar cómo puede tener esa doble perspectiva. Por un lado es el asesino cruel e implacable, el adulto serio e intransigente que no le tiembla la mano a la hora de castigar a sus enemigos, y por otro es como un adolescente que quiere experimentar, ser amado y disfrutar de lo emocionante de esta vida.  

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

martes, 1 de agosto de 2017

Nuestro amor

Ojalá esto les dure.

Lestat de Lioncourt 


Terminaba de colocar el cuadro entretanto pensaba en él. Habíamos separado nuestros caminos y el tiempo acabó por colocar un muro demasiado alto entre los dos. Sentía como el peso de mis acciones caían sobre mi conciencia y me hallaba desesperado por poder tenerlo una vez más entre mis brazos como aquellas noches que parecían eternas, con las estrellas mucho más brillantes en el firmamento y con una sensación de euforia propia de un hombre esclavo de sus pasiones. Él fue durante años mi gran sueño y generó en mí un fervor similar al religioso. Hizo que me sintiera Dios entre los hombres y él mi propio querubín, el cual cantaba hermosas tonadas de amor cargado de dicha y lujuria.

Gremt había mediado junto a mi hacedor para que Talamasca me regresara todas mis obras. Realmente no las necesitaba todas, pues me conformaba con recuperar esta pieza en concreto. Era el cuadro de “La tentación de Amadeo”. En el marco de madera, algo envejecido pero sin rastro de alguna enfermedad propicia por el mal cuidado o insectos, había una pequeña chapa dorada donde se podía leer el título. Mi corazón palpitaba enérgico ante la profunda mirada de aquellos juveniles ojos. Todavía era humano cuando decidí crear tan magnífica obra. Tenerla conmigo era como recuperar parte de lo que perdí. No obstante, no podía ser crédulo y dejarme llevar por la extraña y cálida sensación que calentaba mi alma. Esos tiempos no volverían porque nosotros no podíamos volver a ser los que fuimos. Todo cambia, todo evoluciona y nosotros cambiamos de igual modo. Somos criaturas vivas que se van llenando de experiencia aunque muchos mantengan que somos muertos entre los vivos.

Di un par de pasos hacia atrás para comprobar que estaba recto y caí de rodillas. Las lágrimas comenzaron a brotar sin pudor, pues me creía solo. Mis manos se colocaron sobre mi pecho como si mi corazón fuese a estallar. Era el llanto más amargo que jamás he ofrecido a este mundo enfermo de rabia, contaminado por la crueldad y la desdicha, hambriento de verdades y adorador de mentiras. Podría decirse que cada lágrima sanguinolenta que caía al piso de mármol era una palabra de amor no dicha, un secreto no revelado y un recuerdo que no fue vivido. Había hecho demasiadas promesas a mi Amadeo y no supe cumplir ni una de ellas. Ni siquiera tuve agallas de enfrentarme a Santino. Sí lo fui para pedir clemencia a Maharet para que lo juzgara y me permitiera acabar con su vida con el beneplácito de quien era nuestra líder, pero ella se negaba a ser líder o juez de algo semejante. Finalmente fue Thorne quien tomó la iniciativa y este fue destruido, al menos su cuerpo lo fue. Pero eso no me hizo recuperar a Amadeo, sino que creó una brecha mayor entre los dos y nos convertimos en dos islas a la deriva.

Armand ahora incluso reniega de ostentar mi apodo como su nombre, sino que ha tomado el suyo propio. Del mismo modo que yo tomé Roma por mi vínculo sentimental hacia el imperio que tanto me dio, que fue mi cuna y mi tumba, él lo ha hecho con Rusia. Todavía sigue siendo el muchacho de Kiev. Yo lo sé. No sé la razón por la cual reniega de su pasado entre los canales, en mis brazos y en mi cama. Jamás comprenderé los motivos que posee entre sus delicadas manos para no ofrecerme el consuelo de tenerlo conmigo.

Cuando el llanto se hacía más agudo e imposible de frenar pude sentir que un bebedor de sangre cruzaba el hall de la entrada, ascendía por la elegante escalera de mármol jugando con sus dedos por el pasador y acceder al pasillo que daba a la elegante habitación donde me hallaba. Reconocí los latidos de su corazón, pues era el suyo.

Armand se personó frente a mí sin reparo alguno y como un ángel que se compadece de un pobre miserable, de uno de esos fanáticos hijos de Dios que van a rezar a sus templos, colocó sus eternas manos jóvenes, tan delicadas y perfectas como en otras épocas, sobre mis hombros para luego besar amorosamente mi coronilla. Pude escuchar como suspiró nervioso, así como el sonido del colgante de cruz de plata que chocó con los botones de su camisa.

Alcé la vista y lo vi. Quedé anonadado ante la belleza de la expresión de su rostro. Parecía en paz, pero había una guerra abierta en sus ojos castaños de hermosas y largas pestañas. Allí en la profundidad de esos mares oscuros había una tempestad de emociones. Tenía su atractivo cabello castaño sin cortar y este caía sobre sus hombros rozando el cuello de su camisa de lino celeste. Todo en conjunto era idílico. Sus pantalones de vestir blancos, su correa de cuero negro trenzada y sus zapatos Oxford negros con pespunteado doble a lo largo de su puntera. No había joyas en sus manos, sólo la cruz al cuello. Su boca, carnosa y rosácea, se veía tan tentadora como en aquellos tiempos. Realmente era mi perdición, mi tentación.

—Creí que no vestirías más prendas bárbaras—dijo con sorna por mi atuendo.

Llevaba un traje Armani en tono borgoña, sin chaleco, y de corte clásico con una camisa blanca que resaltaba mi tono de piel casi humano. Me había expuesto al sol recientemente y el olor a carne quemada se mezclaba con el del perfume que intentaba camuflar dicho acontecimiento. Aún me dolía el roce de la ropa, pero debía vestir de ese modo para no llamar la atención en las abarrotadas avenidas de las distintas ciudades. Había salido esa noche para calmar mi sed, aunque no lo requería. Supongo que es como una vieja costumbre, un ritual sagrado o una adicción que no puedo reprimir así como sucede a los ludopatas que son tentados a despilfarrar su vida, tiempo y dinero.

—Yo asumí que no volverías a buscarme.

—Asumiste mal—contestó con una sonrisa dulce en sus labios—. Siempre serás mi maestro, aunque los tiempos cambien y nos destruyan.

—¿Te han destruido?—pregunté.

—Miles de veces, pero he vuelto a construirme por la mera necesidad de seguir vivo.

—¿Me perdonarás alguna vez?

Ni siquiera sé los motivos que me llevaron a arrojar esa pregunta tan destructiva. Sabía que podía ser renuente a perdonar, pues era un ser que pecaba del mismo problema que yo poseía. Ambos éramos tercos y reacios a disculpar los errores de otros. La ira nos envenenaba y el rencor nos aislaba, lo sé. Aunque yo he cambiado e intentado disciplinar a mi alma para que comprenda que hay que perdonar para seguir avanzando.

—¿Sabrás perdonarte primero?— Se incorporó mostrándose con una mirada vacilante y las manos temblorosas. Ante mí tenía a mi chiquillo, mi muchacho, mi querubín y el joven que estaba pintado en el cuadro que colgaba a unos metros tras su espalda en la pared.

Me levanté y coloqué mis manos sobre sus hombros, después las subí hasta sus mejillas llenas y palpé sus labios. Justo entonces empezó a llorar en silencio. Sus lágrimas eran muy similares a las mías, pues veía el mismo dolor.

Tenía razón. Primero debía perdonarme por no haber ido a buscarlo, por convertirme en silencio y misterio alrededor de sus sueños y fantasías. No tuve agallas y cuando las tuve él no era el muchacho que yo conocía. Ni siquiera ahora era el muchacho que terminé encontrando tras buscarlo en las mentes de los distintos bebedores de sangre. Su apariencia frágil, casi infantil, ocultaba a un hombre muy antiguo con un alma que ha sufrido terriblemente. Creé un monstruo perfecto y me asusté. Por eso me alejé, por eso no lo deseé a mi lado. Me asustaba la perfección que había obrado y lo imperfecto que podía ser yo ante su presencia.

Me acabé fundiendo en un abrazo intenso con su cuerpo, su alma, su historia y en definitiva con sus lágrimas. Ambos buscamos la forma de unirnos convirtiéndonos en uno mientras nuestras bocas se buscaban. Pude apreciar como sus pies se quedaron de puntillas mientras yo me inclinaba, pues nuestra diferencia de tamaño siempre había sido más que evidente. Sus brazos se echaron a mi cuello y sus manos acariciaron mi nuca jugueteando con mis cabellos, los míos abarcaban el ancho minúsculo de su cintura y lo pegaba a mí.

Él se cortó la lengua y yo hice lo mismo. El beso de sangre nos unió en un desenfrenado juego que nos consumía como lo hace el fuego con la leña. De inmediato dejamos de llorar para permitir a nuestras manos acariciarnos y a nuestras almas fundirse. Sus mejillas se encendieron debido al calor que sentía por las emociones vividas y las que estaban por nacer. Por mi parte también. Comencé a arder por la lujuria de ese hilo sagrado que sólo los amantes nos regalábamos.


Esa noche nos perdonamos en silencio. No nos fundimos en un momento glorioso como podríamos gracias a los avances de Freed, pero tampoco lo necesitábamos. Requeríamos tiempo para conversar, para caminar por las calles cercanas a la vivienda y por sentirnos orgullosos el uno del otro.  

lunes, 10 de julio de 2017

El amor es de dos

Armand a veces me da ternura. Sólo a veces.

Lestat de Lioncourt 


—¿Te encuentras bien?—preguntó apoyado en la baranda de metal que daba acceso a la escalera contra incendios.

Había subido a lo alto del edificio, justo donde las palomas solían estar durante el día, para poder contemplar la ciudad como lo hacían ellas. Mis ojos pardos se mantenían en un estado de alerta y agitación permanente convirtiéndome en un ser inestable. Apenas llevaba algo de abrigo. Tan sólo una chaqueta vaquera a juego con los jeans desgastados por el dobladillo. Incluso estaba descalzo. Sentía bajo mis pies las pequeñas piedrecitas que allí se habían regado.

Detestaba la sensación de desasosiego desacompasado que ofrecía mi corazón. Mi mente estaba revuelta y los fantasmas del pasado se habían conectado una vez más conmigo. El mar de polución impedía ver las estrellas, pero sabía que la mayoría que allí brillaba las había visto en los cielos nocturnos de Roma cuando esperaba que él apareciera.

—Armand, te estoy hablando—indicó colocando sus manos sobre mis hombros. Eran manos delicadas de un hombre que jamás había usado estas para trabajos pesados. Las manos de un burgués cuya vida se había detenido hacía siglos—. He subido aquí porque me ha llamado poderosamente la atención que no desearas acudir a la ópera con nosotros.

—Vete, Louis—respondí—. Vete y déjame a solas.

—¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?

Él insistía en saber qué me pasaba. Yo sólo quería estar a solas con mi dolor. Soñarlo era un martirio, pero jamás lo verbalizaba. Él sí lo hacía en ocasiones. Levantaba el teléfono y me comentaba cuanto me echaba de menos. Por mi parte sólo podía cerrar los ojos y desear que el dolor menguara como mengua la luna. Pero no. Sólo crecía y se convertía en una daga que retorcía cada una de las arterias de mi corazón.

—Deberías olvidarlo de una buena vez. Han pasado siglos y se ha demostrado que es imposible que podáis estar juntos. Su orgullo y su falta de tacto son un referente para no codiciarlo como lo haces—decía involucrándose en la situación y dejando a un lado el simple apoyo.

—Louis, no quiero consejos—dije—. Me conformo con un abrazo sincero. No quiero que me digas lo que tengo que hacer o como debo vivir mi vida.

—Haces público tu dolor y por ende me veo en la necesidad...

—No—recalqué arrugando la nariz y apartándome de él—. Vete a la ópera y déjame aquí. Necesito mi espacio, mi momento de angustia, para ofrecerme una posibilidad u otra—dije mirándolo a los ojos, pues me había girado hacia su rostro. Él se veía preocupado, pero sabía que no entendería nada.


Afortunadamente se marchó de inmediato. Nada más escuchar mi petición la acató. Nadie podía saber lo que yo estaba viviendo porque nadie era yo. Habían vivido amores y desilusiones, pero ninguna como la mía. Nadie vive de igual modo el fracaso de un amor. Sobre todo porque sé que ese amor sigue ahí postergado en el tiempo esperando el momento de revivir. Y yo sigo aquí aguardando aunque él no lo crea. Sigo soñando, aunque él decida que sólo le ocurre a su persona. Sigo manteniendo mis manos atadas a un amor que puede que no merezca la pena para los demás, pero que para mí sigue siendo mi gran pasión.  

lunes, 3 de julio de 2017

Querubín infernal

Daniel tuvo un poco de su medicina o quizá todavía se puede solventar todo. ¡Yo qué sé!

Lestat de Lioncourt 


—Ya ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que tuve un momento de paz y libertad auténtica, es decir, de felicidad. Tal vez fue aquella noche en la playa tras el último día de vacaciones. Había dejado atrás mi vida estudiantil y ahora tenía que enfrentarme al mundo real, ese que me causaba nerviosismo y desvelos. Estaba emocionado y aterrado al mismo tiempo, pero sin duda alguna creo que fue el último día que fui auténticamente feliz. Encendí mi cigarrillo y dejé que la brisa de aquel agosto tardío me revolviera un poco el cabello—dije con la vista cansada y un terrible sentimiento de vacío. Era tan profundo que sentía como los dedos de una mano invisible aprisionaban mi corazón, lo estrujaban con fuerza y sonreían con una malicia propia de un gigante dispuesto a aplastar el mundo entero conocido.

Pensé en aquellos momentos que nada me impidió seguir soñando allí, como si no hubiese un amanecer a punto de eclipsar mi última noche de salvaje libertad universitaria.

Lentamente, él recogió el tazón que había colocado frente a mí y miró su contenido. Estaba vacío. Me había tomado aquel café con cereales como si fuese lo más habitual como cena tardía. Sus ojos chocaron con los míos y después suspiró largamente.

En ese momento pestañeé sorprendido, como si no me hubiese dado cuenta que él estaba allí. Sin embargo fue él quien me hizo perderme en el pasado y en mis sentimientos.

Aparentemente era un muchacho bajo, menudo, de cintura muy ajustada y caderas muy amplias para ser un hombre, sin sombra de barba, nariz recta, pómulos llenos, de carnosos labios rosáceos y mirada lacónica. Tenía un cabello rojizo muy alborotado y caía sobre sus estrechos hombros. No sé porqué pero lo deseé desnudo. Era como si me hubiese convertido en el peor de los demonios ansiando pecar con el más hermoso de los querubines de Dios.

Quedó quieto, miró a su alrededor, mientras sostenía con firmeza, entre sus manos delicadas y pequeñas, la pieza de cerámica de color azul marino que parecía querer estallar en mil pedazos. Finalmente dio dos pasos hacia atrás para darse media vuelta y dejar el tazón en el fregadero, junto al otro centenar de platos sucios acumulado desde hacía varias noches. Parecía respirar hondamente, con aire satisfecho. Sin embargo, sus ojos parecían intranquilos como las estrellas fugaces dibujadas en el cielo más despejado.

Instintivamente me incorporé y lo busqué. Fue un impulso sin mesura ni razón. Sólo lo hice. Era como si un resorte mecánico se hubiese activado. Él quedó quieto permitiendo que me aproximara. Mis manos cubrieron sus mejillas y mis labios se aferraron a los suyos. Él, abrazándome, parecía rogar que no me detuviese. Entonces, dejando que toda la adrenalina subiera decidí dar rienda suelta a mis deseos.

Su camiseta celeste se rasgó cayendo a jirones al suelo. Su blanco y pequeño torso deslumbró bajo el foco fluorescente de la cocina. Mis dedos parecían garras mientras que sus manos se extendían hacia mis hombros, intentando anclarse para no trastabillar y caer. El bombeo intenso de su corazón me hacía pensar que no estaba muerto, que nunca lo estuvo realmente y que el monstruo que tenía ante mí era un verdadero adolescente.

Cuando quise darme cuenta él estaba de rodillas con su rostro hundido en mi bragueta. Ni siquiera recuerdo los pasos previos. Su boca acaparaba mi virilidad mientras esta palpitaba en su interior húmedo, caliente y profundo como su garganta. Me miró con su mirada que me recordó al café recién hecho, pues me calentó y aceleró. Mis testículos chocaban con sus labios. El glande estaba descapullado y húmedo cuando salió de aquellas fauces que me devoraban.

Recuerdo todo como si hubiese sido ayer mismo, pero hace más de veinte años. Hoy ya no tenemos nada que nos vincule salvo dolor, miseria, recuerdos hundidos en la hecatombe y un extraño sentimiento de pertenencia que no logramos separar. He ido a buscarlo a una de las bibliotecas de este laberíntico edificio y lo he hallado.

Estaba colocado sobre la mesa de escritorio de la biblioteca francesa. Así llama a una de las bibliotecas que posee. La mesa es robusta y tiene las patas talladas de tal forma que parecen garras de una bestia sacada de libros de fantasía. Parecía un ángel puesto ante el altar para que Dios mismo lo contemplara como un milagro. Desnudo, perlado de sudor y con los ojos tan intenso como en aquella ocasión. Sin embargo, sus gemidos no me pertenecían. Sus piernas estaban abiertas y temblorosas, sus caderas se movían en círculos ayudando al impulso de la pelvis de su amante y sus manos rasguñaban la parte superior de la mesa.

Estuvo esperándole siglos y al fin pudo culminar su sueño. Quien estaba arrebatando su aliento, provocando disturbios y alarmas en su mente, era su amor eterno. El hombre que lo convirtió en el monstruo perfecto y decadente que es. Casi podría jurarse de un milagro tan tanto dolor ofrecido por parte de ambos. Él era Marius.

Había estado viviendo con ese imponente vampiro durante varios años. Me creía su nuevo discípulo y gran amor, pero no podía compararme con el tesoro que hallaba siempre entre sus tiernas y formidables piernas. Sus glúteos aceptaban el castigo de la distancia y el orgullo herido. Él me miraba, pero nuestro maestro ignoraba mi presencia.

Si habían logrado estar de ese modo era gracias a la ciencia moderna. Las inyecciones de hormonas avivaban el deseo carnal más allá de los pocos segundos que uno siente antes de enterar los colmillos, beber un par de tragos y separarse de inmediato. Aunque no importa como lo habían conseguido, sino que lo lograron.

En cierto momento un largo gemido de respiración agitada e incendiaria necesidad dio paso a un orgasmo, para luego echar un caliente chorro en su interior para que continuara el fuego en el perverso pelirrojo que desbordó de igual modo. Al llegar su miembro ya expulsaba gruesas gotitas de semen sobre su pequeño ombligo, pero en ese momento fue un chorro cálido y abundante contra su vientre plano y el abdomen marcado de su amante, padre, maestro y dueño eterno.


Me miró como si fuese una muñeca carente de vida, pero esos ojos reían a carcajadas. Había gozado de su venganza. Ni podía ser mío y ni permitiría que otro fuese para mí. Recuperó a su viejo amante, su honor, su orgullo y también la felicidad que yo le había arrebatado. Porque esa noche fui feliz y en esos momentos me convertí en el hombre más desgraciado, odiando ese pequeño recuerdo y desafiándome a mí mismo para poder olvidarlo.  

jueves, 6 de abril de 2017

Motivos

Hay cosas que él escribió en un diario y Eleni lo posee...

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué lo hiciste?—preguntó.

Había desafiado a Armand. Me juró y perjuró que si tocaba una nota más en mi violín me amputaría las manos, del mismo modo que lo quiso hacer mi padre. Aquello no me detuvo. Simplemente hizo que me irguiera y comenzara a tocar con tesón. Si bien, ella no preguntaba por ello. Ella me cuestionaba el motivo por el cual eché a Lestat del local exigiendo que me abandonara.

—Quería que sintiera el mismo desprecio que él me había hecho sentir—respondí.

Un desprecio a sus deseos, sus necesidades, su silencio de mortuorio como si todo el mundo debiese estar ante un féretro...

—Y ahora te vuelve loco que no esté aquí. Has perdido el juicio y sólo lograrás que Armand te mate—me recriminó.

—Que me destruya si quiere, pues mi alma ya salió ardiendo como Roma a manos de Nerón—dije alzando el rostro, aunque no la miré. No podía ver el rostro de Eleni. Ese rostro me torturaba. Sus expresiones amables y dulces, como las de una madre bondadosa, me hacían recordar que la mía jamás me amó y que siempre fui un paria entre los parias.

—Nicolas...

—Fui criado para ser una bendición, pero me convertí en la oveja negra de la familia cuando dejé mis estudios de derecho—confesé—. Sólo quería ser libre, hallar mi lugar en este mundo, y lo encontré junto a un violín—cerré los ojos echando la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente y con ritmo la pared recubierta de madera de mi jaula. Estaba allí, en una especie de celda que Armand había hecho especialmente para mí, y nadie podía sacarme porque se arriesgaban a ser quemados—. ¡Qué despreciable! Ni siquiera añadí un bastardo a la familia venido del vientre de una puta pueblerina como hizo él. ¡No! Sólo quise tocar el violín y aquí me tienes. Ni siquiera el violín sofoca mi dolor.

—Vete, búscalo.

—¿De qué me servirá?—pregunté mirando mis muñones—. Eleni, aunque Armand me regrese las manos, no solucionará el desasosiego de mi pecho. A pesar que él regrese o yo lo encuentre, tras liberarme de esta carga que me ata al teatro, no lograré nada. Es absurdo.

—¿Por qué?—se acercó a los barrotes y los agarró. Nuestros ojos se encontraron y yo suspiré.


—Porque no puedes obligar a nadie a que te ame—respondí—. No puedo obligar a que él lo haga.  

lunes, 3 de abril de 2017

Palabras

¡No, Armand! ¡No le creas! Hasta yo sé que es un truco...

Lestat de Lioncourt


—Sinceramente, jamás podré olvidar todo lo que no hice por ti.

Al fin lo dijo. Dijo aquello mientras yo caminaba por el borde de la azotea como un niño cualquiera lo hace por el borde de la acera imaginando que es un trapecista, uno de esos hombres ágiles del circo, arriesgando su vida más allá de un esguince de tobillo. Miré las luces de la ciudad desplegándose bajo nuestros pies y suspiré. Quise decirle algo cruel, pero guardé mis energías. No deseaba empezar una nueva guerra que ya olía a vieja derrota.

—Ahora hablas de eso como si tuviese solución todo aquello...—respondí.

—Siempre serás mi Amadeo—dijo con rotundidad arrancándome por un instante el aliento y provocando que me detuviese. Logró que me girara suavemente hacia él y lo mirara allí de pie, con ese elegante traje oscuro de empresario de altos vuelos y esa camisa roja de seda—. Jamás dejarás de ser ese joven al que yo le entregué todo.

Busqué las palabras idóneas para dañar su autoestima y evitar que siguiese de ese modo. No quería que me enamorara nuevamente para abandonarme como un juguete roto. Yo no quería ser esa criatura estúpida que cae con facilidad en sus brazos. Me negaba.

—Todo excepto respeto—aseguré.

—Te he respetado siempre—me contradijo.

—No—dije saltando hacia el interior de la azotea para caminar hasta él. Vestía con las prendas de un muchacho común y corriente. Llevaba uno de esos pantalones vaqueros ajustados, unas botas bajas con correas de cierre en vez de cordones, una camisa con la cara estampada de Morrison y un sombrero que guardaba mis cabellos rojos revueltos—. Quisiste ver en mí algo que no había y cuando no lo hallaste no te importó que me arrancaran de tus brazos.

—Para—dijo en un tono de voz que parecía rogarme por su corazón hecho cenizas.

—Has empezado tú—comenté condenando sus anteriores palabras.


Entonces sentí deseos de desaparecer. Pude ver como una lágrima surcaba su perfecto rostro y algo en mí se quebró. Rápidamente busqué sus brazos y él me rodeó. Ambos nos echamos a llorar. La herida seguía abierta, el amor seguía ardiendo y yo continuaría cayendo en una trampa terrible.  

sábado, 18 de marzo de 2017

Mentiroso

Las cosas claras, según Armand.

Lestat de Lioncourt


Querido Maestro:

¿Por dónde comienzo la carta? ¿Por el principio o por el final? ¿Por las lágrimas amargas o aquellas que saben a libertad? ¿Lo hago en el punto aquel lleno de esperanza antes que la pisotearas? ¿Dónde comienzo? ¿Dónde caigo? ¿Cuál es el motivo o la necesidad que me lleva a esto? No lo sé. Quizá porque he vuelto a verte hace unos meses y he vuelto a sentir como me ignorabas. De nuevo he esperado demasiado de ti. Tu virilidad impuesta por ti mismo, esa que llevas con garbo frente a los demás, nos ha separado y dividido en dos continentes opuestos. Llámame dramático, hazlo. Ten la poca vergüenza y hombría de hacerlo.

Cuéntales a todos que tu querido Amadeo te ha enviado una carta para decirte que se avergüenza de ti, que te rechaza e implora respeto que tú ya le ofreces. Diles a todos que soy un maldito niño caprichoso. Explícale que sólo me lamento, pero que no hago esfuerzo alguno por levantarme. Pero también diles como me dejaste abandonado siglos aguardando tu llegada. Coméntales que me viste rezar por ti, a un Dios que nadie conocía, rogando que llegaras a mi encuentro con vida y me arrancaras de la tremenda soledad, oscuridad y pánico que me envolvía. Grítales a todos con energía, con esa que tienes cuando la desfachatez provoca que caiga tu divina máscara, para que comprendan la clase de bestia que eres. Tú, el hombre. Yo, el niño. ¿No es así? Un niño vestido con divinos ropajes pero con una mente demasiado adulta, oscura y formada para que tú, mediocre y astuto a la vez, puedas manejarme como si fuera tu jodida marioneta.

No soy tu puta, ni tu esclavo, ni tu niño perdido... No soy el muchacho que compraste por unas monedas, ya que estaba febril y moribundo. Ni soy el que complaciente te abría las piernas en aquella mansión veneciana. Tampoco el que vestiste con las mejores sedas y engarzaste sus dedos con joyas creyendo, o al menos pretendiendo, que con eso tuviese todo. Una jaula bonita de oro para el ave más exótica, ¿no es así? Tu pelirrojo, tu niño encantador, ese que obediente besaba tus manos y lloraba cuando te marchabas. No lo soy. No debí serlo. Ahora lo sé y me lamento. Me frustra saber que fui tan estúpido y despreciable. Si bien, no llegué al punto que tú has alcanzado. Te alzas como rey de la ofensa cuando te digo la verdad a la cara. Debería escupirte y que esa saliva fuese ácido para que corroyera lo único que posees de hermoso.

Marius Romanus, ¿verdad? Pues yo he dejado de ser Armand de Romanus. Me libero de ti. Olvido tus grilletes. Y ni siquiera te das cuenta que me he ido, que he abierto las alas que tú creías cercenadas y me he impuesto ser feliz. Mírame. Soy Armand el Ruso. Soy el niño que fue arrancado de su familia. Soy el joven pintor que iba a ser recluido como monje. Soy el esclavo de mis creencias, las cuales no sé si son ahora tan absurdas como lo eran antes. Prefiero ser eso. Prefiero convertirme en la bestia negra que asola Nueva York cuando un joven vampiro entra en mi territorio. Asumo el poder y la maldad, me deleito con mi pequeña corte, y me alzo entre las ruinas. Tú, que has matado a Santino por venganza, no te mereces ser llamado maestro. Sólo me has enseñado ira, rabia, mentira, desprecio y como se rompen las promesas sin importar nada ni pedir siquiera disculpas falsas.


No pises de nuevo mi casa. No ensucies mi suelo. Aléjate. Serás recibido como cualquier otro cuando Lestat lo crea oportuno, pero mientras ni se te ocurra acercarte a mí o a los míos. Querido maestro... ojalá sufras lo mismo que yo.  

miércoles, 8 de marzo de 2017

Ayer y hoy

Daniel era un hombre abandonado de sí mismo y Armand alguien que fue abandonado demasiadas veces.

Lestat de Lioncourt

Saqué el brazo de debajo de las numerosas mantas que el duro invierno me hacía utilizar. Manoteé por encima de la mesa de noche para tomar las gafas y colocarlas mientras maldecía, después apagué el despertador que vibraba con ímpetu y me senté en el borde izquierdo de la cama. Sólo penetraba la luz de la marquesina de neón del hotel adyacente al cuchitril que llamaba hogar. Busqué mis viejas zapatillas y eché a caminar por la habitación en dirección a la cocina.

La luz del pasillo se encontraba encendida y al entrar el salón lo vi. Estaba en mi cocina sentado frente al frutero mientras jugaba a rodar una naranja por la mesa. Intenté ignorarlo. Detestaba que me hiciese esas visitas. Tenerlo allí era tener un grano en el culo.

Decidí hacer café, busqué por entre los muebles la botella que aún quedaba de whisky y la de bourbon. Encendí un cigarrillo, de la cajetilla que estaba en la encimera cerca de la tostadora, y comencé a fumar profusamente mientras me decía que mi vida se había ido al infierno. Aquello tenía que ser el purgatorio y sentía que me lo merecía.

Él no dijo nada. Sólo hacía rodar la puñetera fruta y de vez en cuando, con cierto cuidado y en silencio, me miraba con el rabillo del ojo intentando averiguar si iba a decirle algún improperio o no. Por supuesto que quería insultarlo, amedrentarlo y ponerlo de patitas en la calle. Sin embargo, guardaba las energías hasta que hiciese alguna pregunta estúpida mientras fumaba. Y cuando el cigarrillo se acabó me encendí otro.

Agarré el cuenco de cereales, lo llené con galletas rotas, boubon y dulce leche que había calentado en el microondas entretanto. Luego acabé dejándolo todo en la mesa y me serví café humeante con lo que quedaba de whisky. ¡Y ya estaba preparado para intoxicarme con un enérgico desayuno! Sin olvidar, claro está, el periódico que él había adquirido para mí y que yacía enrollado sobre la mesa.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con timidez.

—¿Y qué carajo quieres que diga?—dije apagando el cigarro en un cenicero atestado de colillas.

—No sé. ¿Buenos días?—comentó con una sonrisa estúpida.

—Son las ocho de la noche, ¿qué coño buenos días?—dije arqueando una de mis cejas, para luego fruncir el ceño y abrir el periódico tapando mi cara. No quería verlo.

—Bueno, te acabas de levantar...—murmuró incorporándose para arrastrar sus zapatillas deportivas, con pequeñas luces en los laterales, hasta mí.

—Y tú acabas de llegar para incordiarme—contesté bajando el periódico para luego dar un trago enorme al café y comenzar a comer mis galletas empapadas en ese mejunje similar al Manhattan Milk.

Se rascó su alborotada cabeza pelirroja, colocó sus codos sobre la mesa y apoyó su mentón bajo sus puños cerrados. Me miraba como un gato curioso con sus enormes ojos castaños. Creo que me volvía loco. No podía soportar que me viese de ese modo.

—¿Cómo se supone que vas a hacer una columna sobre lo que ocurre en la ciudad si no has salido de casa?

—Imaginación—dije.

—Oh...—masculló y añadió—, pero la gente quiere la verdad.

—Mi columna es sobre...—empecé a decir, pero luego me callé—. ¡No lo entenderías!— Exclamé.

—Tengo cinco siglos, ¿no crees que tengo capacidad para ello?—decía eso moviendo su nariz como un conejo. Supongo que estaba algo confuso. Además se irguió e intentó tocarme, aunque afortunadamente se lo impedí.

—Armand, aún me pides ayuda con el mando a distancia del televisor—chisté dejando el periódico a un lado—. ¿Qué demonios quieres hoy?

—No lo sé—susurró encogiéndose de hombros—. Tal vez un abrazo—dijo agachando la mirada.

En ese momento dejé todo mi mal humor, retiré unos centímetros mi silla de la mesa y lo coloqué sobre mis piernas. Tenía el aspecto de un adolescente y en ocasiones se comportaba como un niño, pero no dejaba de ser un adulto en busca del amor, respeto y admiración que todos requeríamos. Era un ser milenario al que nunca habían amado realmente, provocando que nunca comprendiese lo que era el amor.


Escuché entonces un gimoteo y me percaté que lloraba. Su corazón seguía lacerado. Creo que aún tiene el corazón hecho trizas. Su comportamiento distante conmigo en estos momentos se debe a que se percató que tengo nula capacidad para amar, al menos para hacerlo como él pretende. A veces echo de menos estos gestos cómplices que creía tan innecesarios en mi vida.   

miércoles, 22 de febrero de 2017

Amor egoísta

Maldito romano...

Lestat de Lioncourt 


Armand.

Su nombre en mis labios sonaba como una vieja plegaria que quebraba todas mis emociones. Estaba a punto de precipitarme frente a él rogando perdón, pero este no llegaría a rozar siquiera la superficie. Había herido demasiado aquel ángel, el cual permanecía de pie con la mirada quebrada y las manos temblorosas. Quería estrecharlo contra mi cuerpo, besar sus tibias mejillas y fundirme en sus ardientes labios. Deseaba tanto, pero se podía tan poco, que llegaba a sentirme perdido en una montaña de caos.

Armand, yo...

No digas algo que no sientas—dijo regresando su mirada a la ciudad.

Estaba mirando a través de esta el paisaje pluvioso de Nueva York. Las tormentas se arremolinaban poco más allá de la Gran Manzana. Las nubes eran oscuras, muy densas, y parecía el principio del fin de los tiempos. Él jugaba con sus dedos sobre el vaho que dejaba su aliento. Sólo hacía pequeñas margaritas que iba destruyendo, palabras comunes y simples líneas. Era como ver a un niño, pero sabía que bajo esa capa de ternura se hallaba un monstruo similar al mío.

Armand, no sabes por qué he venido hoy—intenté parecer sosegado, pero estaba perdiendo la paciencia.

Has venido a limpiar tu conciencia—contestó con una sonrisa amarga—. Nunca sientes tus disculpas. Me tratas como si fuese un objeto de tu propiedad y crees amarme porque soy valioso. Sólo me retienes entre tus manos como un niño caprichoso, uno de tantos, que no quiere soltar un juguete porque teme que otros jueguen con él. Un juguete que ni siquiera desea, sólo retiene—sus ojos se enterraron en los míos como fieras garras. Su cuerpo se desplazó por la habitación con una elegancia inusitada y su tono de voz era cómplice. Parecía querer que sólo nosotros pudiéramos escuchar nuestra desdicha—. Ojalá tú me amaras...

Te amo—dije acercándome, para destruir los pocos metros que nos separaban.

No sabes amar—murmuró perdido entre mis brazos.

Sí te amo.

¡Claro que le amaba! ¡Le amaba profundamente! Era un amor ciego hacia sus ojos castaños, su piel de leche, sus cabellos de fuego y su alma siempre torturada. Me había convertido en su peor verdugo, lo acepto; sin embargo, no podía dejar de suspirar su nombre y de buscarlo entre las sábanas de mi cama. Me sentía tan perdido, tan hundido...

El amor no puede ser egoísta—dijo con la voz quebrada. Mi aroma le había hecho recordar otros tiempos, igual que yo recordaba esa inocencia que él había perdido entre mis brazos. El mundo se convirtió en oscuridad, sangre y oro junto a mí.

Entonces se retiró de mi lado, aproximándose hasta una pequeña caja sobre la mesa aledaña a la ventana. Era una caja de música con hermosas florituras talladas en la tapa. Al abrirla una vieja canción rusa llamada Kazachok sonaba en sus acordes. Metió su mano en esta y luego la cerró. Entre sus dedos había un par de inyectables. Enterró una en su muslo y luego me miró, con las mejillas sonrojadas, para que hiciese lo mismo.

Entendí a la perfección que deseaba sentir ese amor mío, ardiente y terrible, más allá de las palabras que solía ofrecerle. Nada más enterrar la aguja sentí como mi virilidad comenzaba a palpitar, por eso me lancé a sus labios tomándolo del rostro. Mis largos dedos se deslizaron hacia su nuca y cabellos, enredando sus mechones de fuego entre estos, mientras él bajaba la cremallera de mis prendas bárbaras. Había deambulado por las calles desde mi llegada, por eso aún vestía un traje negro y una camisa carmín, prendas que acabaron rápidamente esparcidas en el suelo con las suyas menos formales y mucho más juveniles. Nuestros cuerpos quedaron desnudos, a la vista de todos, y su boca se enredó en mi sexo.

Amadeo...—murmuré echando la cabeza hacia atrás. Mis largos cabellos color cebada rozaban mi espalda y hombros, mi vientre se encogía mientras mis caderas se movían y mis ojos se cerraban—. Amadeo...—decía buscando apoyo en algún mueble. Estaba tomando mi miembro de forma insaciable. Su lengua abarcaba toda la extensión de mi hombría, desde el glande hasta la base. La punta de esta, libertina y diestra, se introdujo bajo mi prepucio y sus dientes acabó tirando de este. Gemí como gimen los hombres cuando el ardor del placer los aviva, calienta y agita.

Sus ojos parecían los de un animal salvaje y parecía sonreír con satisfacción. Mi cuerpo tembló de pies a cabeza cuando al fin alcancé una mesa, muy cercana a una enorme estantería llena de libros clásicos que yo mismo le había regalado, y me doblé hacia delante hundiendo su cabeza entre mis piernas. Sus manos, pequeñas y suaves, parecían garras que arañaban, como si fuese un felino, mi vientre, muslos y costados.

Finalmente lo lancé contra la mesa que me sirvió de apoyo, mordí la cruz de su espalda y deslicé mi lengua por su columna hasta la abertura de sus glúteos. Él no tardó en tomar sus manos y colocarlas en ambas cachas, del mismo modo que yo hundí mi lengua, al igual que una daga, en su orificio. Hice que gimiera como una puta desesperada y comprobé que sus piernas estuvieron a punto de fallar.

Entonces, me incorporé y lo hice.

El fundirme con su cuerpo fue algo que jamás había logrado hasta el momento. Apreciaba como mi masculinidad se habría paso en su cuerpo, ahondando en los oscuros pasillos del placer, me hizo sentir más libre. Era una sensación extraña, pero no me impidió agarrarlo de sus caderas y notar como este se aferraba a la mesa, arañando con sus poderosas garras la superficie.

Maestro, maestro, maestro...—murmuraba en una plegaria llena de placer, para luego dejarse ir del mismo modo que yo lo hice.


Llené su cuerpo con algo más que cicatrices. Mostré cuánto le amaba con algo más que palabras. Cubrí el hueco vacío de nuestra existencia con un acto pueril como satisfactorio. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Mi momento

No me da pena Marius, pero le entiendo.

Lestat de Lioncourt 



Estaba acorralado. Sus ojos almendrados intentaban buscar refugio en algún punto inexacto de la habitación, pero mis manos acariciaban sus mejillas como si fuese la primera vez. Pude sentir su aliento cerca de mis labios mientras me inclinaba hacia delante, sosteniéndolo con cierta firmeza. Era interesante poder perderme de ese modo en esa mirada tan llena de emociones y recuerdos. Comencé a pensar en qué me había retenido para no tenerlo antes de ese modo, pero luego eché cuenta a mi cobardía y al deseo insano de creer que estaría mejor sin mi persona, la cual solía subyugar su alma.

—¿Qué crees que estás haciendo?—dijo apoyando sus manos, finas y algo pequeñas, sobre mi pecho.

—No hay tiempo que perder, pues hemos perdido demasiado en discusiones...—susurré.

—¿Hemos?

Arqueó una de sus cejas y luego frunció el ceño. Las pequeñas arrugas en su rostro le dieron una expresividad injusta. Era muy hermoso cuando mostraba reacciones, fuesen o no de mi agrado, porque avivaba al monstruo hermoso que yo mismo había creado. A su lado me sentía Dios y él el querubín más amado.

—Deseo estar a tu lado—respondí de inmediato.

—Ya es muy tarde—sentenció intentando apartarme, pues no cesaba en mi empeño. Deseaba palpar sus carnosos labios con los míos. Tenía que besar a mi hermoso querubín, ese muchacho que yo había salvado de las garras de la muerte en dos ocasiones. Aunque admito que él me salvó a mí.

—Nunca lo es—susurré—. Nunca es lo suficientemente tarde.

Entonces rió descarado. Sentí que su risa era tan natural como cruel. Ese pequeño ángel era realmente un demonio seductor, el cual siempre había estado ahí en mis mejores recuerdos. Cuando deseaba avivar el sentimiento de paz, alcanzar al menos la satisfacción de haberme sentido amado, recurría a él y a su pequeño cuerpo recostado sobre mi lecho de mares de sábanas rojas.

—No sé quién te habrá mentido al respecto, pero hay momentos que no pueden vivirse después de ciertos siglos—dijo.

—Deja los comentarios hirientes a un lado—rogué agarrándolo de la cintura, para de inmediato tomarlo por las muñecas y obligarle a quedarse a mi lado. Pero el forcejo seguía. Se resistía. Así que simplemente aproveché el momento para poder besarlo.

—¿Qué haces?—murmuró trémulo tras el simple roce de mis labios con los suyos.

—¡No!—exclamé.

Si bien, unos pasos nos detuvo. Las botas de aquel violinista sonaron por las baldosas de mármol y sus ojos azules, los cuales parecían salirse de las órbitas, se clavaron en mí. Él logró zafarse y correr a sus brazos. En ese momento quise morirme. La ira me consumió, pero comprendí que tal vez mi momento había pasado.

Tuve que contener mis lágrimas ante aquella escena. Guardé mi orgullo, en lo más profundo de mi endemoniada alma, y me marché dando un portazo. Quizá lo merezca. Es muy posible que alguno se alegre ante mis palabras, pero a veces hay que perder lo que uno ama para comprender cuánto se necesita, ama y desea.



domingo, 12 de febrero de 2017

En la lluvia

En fin, que se aclaren estos dos...

Lestat de Lioncourt 


—Todo ha ocurrido de nuevo.

Escuché sus palabras sorprendiéndome de su presencia. Había escuchado sus pasos, así como el latido de su corazón, por toda la avenida. Estaba desierta. La lluvia y el frío nocturno, de este otoño pluvioso y cruel, estaba logrando encerrar en sus jaulas de hormigón y cemento a todos los humanos. Se ocultaban en los nichos modernos que eran los altos y grises apartamentos, los cuales cada vez se asemejaban más unos a otros.

—Pero no del mismo modo—respondí.

Mis enormes ojos castaños se perdieron en los suyos. Me había girado hacia él para verlo bien. Tenía un aspecto juvenil, algo desaliñado, en comparación conmigo. Él seguía usando los pantalones algo amplios, casi caídos, y desgastados por los bajos. Tenía una sudadera cualquiera, algo gruesa, de color gris plomizo y una chaqueta tejana de solapas forradas en lana. Faltaban sus enormes gafas de pasta para volver a ser mi Daniel, pero eso no importaba. Estaban esos impresionantes ojos violáceos recorriendo mi rostro.

—Aún así, volvemos a tener la culpa por desinteresarnos por el pasado, el cual tiene proyección en este presente y en cualquier futuro—dijo metiendo sus grandes manos en los bolsillos de los pantalones.

—Sí, tienes razón—susurré.

—Debí investigar—me sorprendió esa afirmación. Parecía seguro de sí mismo. Quizá creía que él podía haber dado con la clave del problema, pero ni siquiera Talamasca logró hacerlo. ¿Cómo lo iba a hacer él?—. Siempre he amado saber qué hay más allá de la punta de mi nariz.

—Has estado ocupado—dije—. No te fustigues más.

—¿Ocupado?—murmuró antes de echarse a reír a carcajadas.

—Perdiste algo más que el tiempo, Daniel—coloqué mis manos enguatadas en cuero negro sobre las solapas de su chaqueta. Yo vestía un traje formal de Armani con un elegante chaquetón de paño negro. Era como ver a un joven empresario con insuflas de dios sabe qué—. Dejaste de ser tú—mi voz se quebró unos segundos y carraspeé—. Te convertiste en un ser decrépito lleno de miedos.

—Precisamente, esos miedos debieron impulsarme a encontrar la verdad, a investigar—frunció el ceño y me tomó de las caderas. Amaba que lo hiciera, pero no iba a ser estúpido y decírselo a viva voz.

—El miedo coacciona siempre—aseguré.

—A Lestat no—dijo.

—Lestat es distinto—dije riendo disimuladamente—. Se vuelve valiente cuanto más miedo tiene pues busca la forma de escapar del aplastante problema, saliendo airoso y logrando a su vez, aunque parezca imposible, salvar a los que ama.

Lo había visto actuar decenas de veces. Podía palpar su miedo, pero era un miedo distinto al de los demás. Un miedo que le llevaba a enfrentarse a todos porque su mayor miedo era el fracaso y el desconocimiento.

—Supongo que tienes razón—susurró dando un paso hacia mí, pegándose más a mi figura.

Llovía. No llevábamos paraguas. Estábamos empapándonos. ¿Importaba? No. En ese momento no importaba nada excepto su fragancia. Olía a bar, a sudor de discoteca, pero no me interesaba saber dónde había estado. Tenía las mejillas sonrosadas, así que se había alimentado. Era mi Daniel. Volvía a ser parte de mi historia, ¿pero hasta cuándo?

—Daniel, ¿por qué has venido a pasear conmigo?—pregunté asombrándome por decir algo como aquello.

—No lo sé—dijo encogiéndose de hombros—. Tal vez no hay motivo.

—Siempre hay un motivo—sentencié.

—¿Eso crees?

Una risa nerviosa se escapó de sus labios y me dio la impresión de estar frente a un adolescente. Daniel era muy joven, aunque no tanto como yo, cuando le di mi sangre tras empeñarse en que debía ser inmortal. Estaba obsesionado. Sin embargo, una vez se la ofrecí todo desencadenó en una tragedia tras otra.

—Por supuesto—murmuré.


Me había quedado perdido en sus ojos, pero cuando aprecié que se inclinaba a besarme bajé los párpados. Acabé aferrándome a las solapas de su chaqueta, asiéndolo hacia mí, entretanto abría la boca para recibir un beso cálido de su parte. Un beso que acabó con su lengua palpando la mía, mezclando su sabor con el de mi saliva, provocando que un calor sofocante recorriera todo mi cuerpo. Se cortó la lengua, pude apreciarlo, y me ofreció su sangre. La lluvia seguía cayendo, el murmullo de las gotas salpicando era la mejor canción romántica de todos los tiempos, y por un instante me olvidé de todo lo que habíamos vivido. Volvíamos a ser Armand el vampiro que perseguía por distintas ciudades, de distintos países, al periodista que tuvo la oportunidad de entrevistar a un viejo amigo, compañero y amante.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt