Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi padre

Recuerdo la emoción que surgió en mí como un chispazo en mitad de la más terrible y compleja oscuridad. Fue una luz al final de un largo túnel donde podía vislumbrar al fin una verdad que creí que jamás iba a encontrar. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez el sentirnos perdidos, rotos o incompletos porque desconocemos datos, verdades o simplemente hemos olvidado nuestros sueños por el camino. En mi caso era algo mucho más difícil, pues había sido forzado a ser una criatura nocturna, un ladrón de tiempo y recuerdos, que se llenaba los bolsillos con el dinero de sus víctimas y recorría París intentando olvidar quien era. Como todos ya sabéis fui convertido en vampiro por Magnus, el mismo que decidió inmolarse intentando alcanzar a Satanás y poder confrontarlo. Sabía muy poco de este viejo alquimista el cual nació deforme y a pesar de ello logró ser una criatura atractiva a mis ojos, pues podía ver en él una sabiduría y un salvajismo que siglos más tardes corroboré.

En definitiva, estaba perdido y hallé la luz. Sin embargo, no fue gracias a mis correrías sino a la información ofrecida por Armand. Existía un vampiro antiguo, uno de los más antiguos de los que se tenía referencia, llamado Marius. Esta criatura calificada de demonio era un excelso pintor y un mecenas bastante próspero, pues había logrado ayudar a grandes artistas de los cuales aprendió técnicas y la pasión por una época que poco a poco parecía enterrada, adormecida o simplemente abandonada en un pequeño rincón de la grandeza que hoy ensalzamos como arte renacentista y barroco.

Marius se convirtió para mí en una peligrosa obsesión. Decidí viajar acompañado de mi madre, como todos recordarán, leyendo viejas historias en los numerosos museos europeos como de lugares tan recónditos para mí, y para muchos hombres y mujeres de mi época, como era el Cairo. Justo allí fui abandonado por Gabrielle, mi madre y compañera a la cual le entregué la vida eterna, para que ambos, según ella, pudiésemos progresar como criaturas. Ella quería libertad, la libertad que mi padre y mis hermanos siempre le negaron. Y yo estaba roto. Había leído noticias horribles sobre mi familia, la cual había sido asesinada casi en su totalidad. Para Gabrielle esto no supuso un desafío, una losa cayendo sobre sus espaldas, sino que asumió que tarde o temprano morirían al ser nosotros vampiros y ellos simples mortales. Pero no lo fue así para mí, como tampoco superé el hecho que mi amante Nicolas se suicidara arrojándose al fuego.

Él me salvó. Hizo que dejase atrás el dolor y me ofreció la información que tanto ansiaba, así como una compañía bastante agradable. Me quedé a su lado una sola noche, pero jamás olvidé todo lo que aprendí. Una de las grandes cosas que comprendí era que existían dos criaturas de las cuales descendíamos y la segunda es que debía seguir sus reglas si quería seguir viviendo, pues él mismo me daría caza. No obstante pocos meses después la quebranté creando a Claudia y negué a mis creados a saber de estas normas, aunque siempre intenté que bebieran del malvado.

Ahora mismo lo estoy observando. Él está situado frente a mí en la sala del consejo en mitad de una nueva crisis. Ha dejado que su cabello, largo y ondulado, esté suelto y se muestre como un campo de trigo que llega hasta casi su cintura. Lleva ropa cómoda que le recuerda a su pasado como romano, pues proviene como muchos ya saben de la Antigua Roma, y, por supuesto, es roja. Marius y el color rojo... es un símbolo, igual que mi hermosa levita roja que ahora ostento de vez en cuando.


Él sería mejor líder que yo, pues no le temblaría la mano a la hora de condenar a uno u otro. Sin embargo, ha optado por ser mi mano derecha y ponerse en contra de mis deseos. Yo, por supuesto, lo entiendo. Entiendo que no esté de acuerdo con que sea tan benévolo, pero yo creo en las segundas oportunidades aunque Rhosh esté desobedeciendo una vez más. Si bien, a pesar de todo, le amo. Él es para mí mi padre, el padre que no tuve y siempre quise. Podremos discutir, pero eso evita que a veces corra a su lado a por consejos o simplemente por un fuerte abrazo.  

domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

martes, 18 de julio de 2017

Indecencia

Marius acaba de jugarle al verga con Daniel. Un minuto de silencio.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba sentado en mitad de la biblioteca absorbido por la lectura. Tenía el codo diestro apoyado sobre la mesa del pesado escritorio y el dorso de la mano sostenía mi cabeza. Mis largos cabellos estaban atados con un trozo de cuerda de una manera muy simple, la cual a veces usaba para leer sin que me lo impidieran los mechones cercanos a mi frente. Ante cualquiera parecía un hombre de mediana edad, con el rostro serio y perfilado por la soledad del momento, pero ante un igual era Marius el Romano.

Había decidido acudir a una de esas reuniones que se prolongan varias noches y que aglutina a distintos vampiros de distintas edades, nacionalidades y creencias. Lestat había elegido a personalidades entre los nuestros para que le ayudaran a sostener el poder sin ser un regente todopoderoso y endiosado, sino usar algo similar a la democracia para que nuestro pueblo, conformado por vampiros, humanos y diversas entes, pudiesen sentirse representados. Incluso había criaturas que no habían aún aceptado la inmortalidad o ni siquiera poseían cuerpo.

Al otro lado de la robusta puerta, la cual era en sí una hermosa obra de artesanía por las figuras que se encontraban talladas, estaba Pandora y ya había sentido su mirada cargada de desafío y rencores. Estaba buscando la más mínima oportunidad para recriminarme cualquier acto del pasado, el cual ya no tenía sentido y carecía de interés para mí. Tal vez por eso había huido a ese pequeño paraíso y tomado uno de los tantos libros que allí se acumulaban.

Estaba tan absorto en mi lectura que no me percaté que la puerta se hallaba entreabierta y que alguien decidió hacerme compañía. Sin embargo, su perfume logró captar mi atención y girarme hacia donde se hallaba. Su perfume y su fuerza.

Ante mí estaba él con sus hermosos rizos dorados rozando su frente, con esos rasgos griegos tan característicos y esos ojos claros, pero nada gélidos como los míos, que parecían atravesar mi alma. Vestía una camiseta de color blanca muy simple, sin mangas y algo holgada, y unos pantalones grises de tela vaquera de perneras rectas. En sus pies había unas sandalias similares a las mías. Nosotros no dejábamos de usar ese calzado porque era cómodo y nos retrotraía a nuestra antigua vida.

—¿Te manda tu dueña como recadero?

Es cierto que dije aquello con gesto apático y voz severa, dejando a un lado “Grandes Esperanzas”, y centrándome en su boca carnosa que parecía tener una sonrisa algo pérfida. No obstante, no estaba molesto con él. Ella era quien estaba causando estragos en mi alma al ver como seguía el juego a Arjun, logrando que me sintiera ignorado y sentido en muchos aspectos.

—En absoluto—respondió—. He venido porque así lo he querido. Ansiaba volver a verte a solas.

—¿Cuál es el motivo de ese deseo?

—Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre he pensado que eras un hombre culto y honesto. Aunque tienes tus defectos opino que son más las virtudes que acumulas, por eso no de puedo odiar—dijo caminando hacia la mesa para apoyarse a un costado, muy cerca de donde me hallaba.

—¿Eres consciente que te hubiese destruido?—pregunté.

—Ah, destruirme... Según todos eres un hombre recto de importantes normas, pero todos sabemos en el fondo que no cumples ni una. No lo hubieses hecho porque me faltase una pierna y ahora que tengo ambas, gracias a Faared, no tienes siquiera un motivo minúsculo para desear verme muerto—sus manos eran delicadas y se notaba que pese a haber sido un esclavo jamás las usó en oficios duros y crueles. Él era un esclavo culto y elocuente, lo cual lo hacía perfecto.

—Tienes razón—dije con una sonrisa burlona más propia de un gato que de un hombre.

—¿Puedo ser honesto?

Me lanzó una mirada que no supe como leerla en ese momento. Quedé con mis ojos clavados en los suyos atento a lo que iba a decirme. El silencio fue una invitación que poco a poco se convirtió en ruego. Fueron tan sólo dos segundos en los que mantuvimos este, pero lo sentí como una eternidad. Podía parecer paciente, pero la realidad es y será siempre muy distinta.

—Pandora me adquirió para que fuera su consuelo, pero jamás pude serlo. Honestamente, me alegro por ello. Sabía que el amor que sentía hacia ti era demasiado profundo y hubiese sido una tremenda estupidez adentrarme en aguas pantanosas—su sinceridad me abrumó, pero también molestó. Ya lo sabía porque ella misma lo había dicho en sus memorias; sin embargo, fue doloroso volverlo a escuchar de ese modo. Aún así le permití que continuara. No podía pedirle que se callara porque sentía que había algo más en esa confesión—. Además soy abiertamente homosexual.

—¿Para que me aclaras esto? ¿Qué gano yo?

La respuesta a mi pregunta no tardó en llegar. Dejó de estar recargado en la mesa para llevar su mano derecha a mi entrepierna. Rápidamente comenzó a acariciar la tela de la levita que suelo llevar. Aclaro que cuando viajo puedo usar esa horrible ropa bárbara que consiste en pantalones y chaqueta, pero una vez dentro de las viviendas me cambio porque no hay nada como sentirse libre lejos de unas prendas tan ajustadas; por lo tanto para él fue fácil tirar de la tela hacia arriba y observar mi miembro desnudo, pues ni siquiera uso ropa interior.

—¿Sabes qué estás haciendo?—dije dejando ambas manos sobre los regazos de la silla.

—Algo que llevo deseando hacer desde hace algunos años. Ahora es posible y ni siquiera necesito inyectables. Faared ha logrado otros milagros para nosotros y yo, como bien sabes, me aprovecho de ellos en primera persona—sonrió lascivo arrodillándose frente a mí y colándose bajo el mueble.

Siempre me he considerado alguien respetuoso y con algo de pudor, pero definitivamente no iba a dejar pasar esta oportunidad. Permití que su boca rozara mi miembro jugando con el prepucio, el cual se llevó a sus dientes tirando suavemente de este. Su mirada no se despegó de la mía y mis manos fueron rápidamente a su cabeza. Mis dedos se enredaron en sus rizos y mis piernas se abrieron algo más para permitirle mejor acceso. Podía sentir como su aliento golpeaba cada pedazo de mi masculinidad, así como su lengua terminaba por jugar con el meato antes de deleitarse con toda su longitud. Aún estaba algo flácido, así que por ello lo sostenía con una mano mientras la otra manipulaba mis testículos.

Su lengua se enroscaba tirando de la piel mientras sus labios apretaban con ansiedad. En ningún momento bajó la mirada. Sabía que quería ver mi rostro convulso mientras jadeaba, gruñía algunos gemidos y murmuraba alguna que otra palabra en nuestro viejo idioma. Tal vez porque su mirada me encendía demasiado acabé incorporándome, quitándome la cinta de mis cabellos y usándola para atar sus manos. Aquella cinta estaba hecha con mis propios cabellos, del mismo modo que Maharet había hecho las sogas que contuvieron a Lestat, así que era lo suficientemente resistente para inmovilizarlo.

No pareció sorprenderle, pues sólo volvió a su rutina con mayor énfasis. Pero yo no quería sólo unas succiones rápidas, también las quería profundas. Por eso agarré su cabeza con ambas manos, cerca de las sienes, y comencé envestir urgido. El sonido del chupeteo y absorciones cambió al brusco de los testículos golpeando contra su mandíbula. Aunque también me aburrí de algo tan típico, por eso lo levanté y desnudé.

Aclaro que no me pasé un rato con cuidado quitando sus pantalones, sino que prácticamente arranqué la correa y tiré de sus prendas hasta que acabé despedazando todas. En esos momentos no importaba que alguien más nos viese, escuchase o pudiese tener alguna ligera idea de lo que había ocurrido en la biblioteca.

Antes de entrar me miró girando la cabeza hacia el lado derecho y lo hizo por encima de su hombro, con la boca roja e hinchada, mientras que yo acercaba mi glande a su orificio. Cuando entré él echó la cabeza hacia atrás alargando su cuello, sus rizos estaban pegados sobre su frente perlada y el gemido fue absolutamente tentador. Él no podía dejar manos se aferraron al borde de la mesa, ya que seguían atadas, y esta se desplazó con la primera penetrada. El libro acabó cayendo al suelo.

—Siénteme—dije con un rugido de placer.

Cada penetrada era más profunda y rápida que la anterior. Su torso rozaba la mesa y sus glúteos parecían querer contener mi miembro, henchido y pletórico, con sus contracciones. Mi diestra estaba sobre su cabeza, con los dedos revueltos entre sus rizos, y la zurda lo agarraba del miembro que pronto empezó a expulsar gotas de semen.

No tardamos demasiado. Ambos estábamos cargados de lujuria. Así que él eyaculó contra el suelo bajo la mesa y yo dentro. Al final me salí lentamente sofocado y casi sin respiración, con la mente aturdida por la lujuria y el desenfreno, para terminar cayendo en el asiento que antes ocupaba. Él quedó sobre la mesa completamente expuesto hasta que recobró el aliento y me exigió que lo soltara de las muñecas. Después intentó recoger lo que quedaba de prendas y buscó una salida digna para no ser observado como mi puta de una noche. Le fue imposible. Sólo había una puerta y daba al salón. Así que optó por salir con la cabeza gacha ante la mirada de todos los presentes.


Desde aquella noche Armand no me dirige la palabra y si Pandora, Bianca o Daniel lo hace es para reprocharme lo que he hecho. Sobre todo Daniel que es mi pareja y al único que debo explicar que sólo fui víctima del deseo, la necesidad y mi poco juicio.  

lunes, 10 de julio de 2017

El amor es de dos

Armand a veces me da ternura. Sólo a veces.

Lestat de Lioncourt 


—¿Te encuentras bien?—preguntó apoyado en la baranda de metal que daba acceso a la escalera contra incendios.

Había subido a lo alto del edificio, justo donde las palomas solían estar durante el día, para poder contemplar la ciudad como lo hacían ellas. Mis ojos pardos se mantenían en un estado de alerta y agitación permanente convirtiéndome en un ser inestable. Apenas llevaba algo de abrigo. Tan sólo una chaqueta vaquera a juego con los jeans desgastados por el dobladillo. Incluso estaba descalzo. Sentía bajo mis pies las pequeñas piedrecitas que allí se habían regado.

Detestaba la sensación de desasosiego desacompasado que ofrecía mi corazón. Mi mente estaba revuelta y los fantasmas del pasado se habían conectado una vez más conmigo. El mar de polución impedía ver las estrellas, pero sabía que la mayoría que allí brillaba las había visto en los cielos nocturnos de Roma cuando esperaba que él apareciera.

—Armand, te estoy hablando—indicó colocando sus manos sobre mis hombros. Eran manos delicadas de un hombre que jamás había usado estas para trabajos pesados. Las manos de un burgués cuya vida se había detenido hacía siglos—. He subido aquí porque me ha llamado poderosamente la atención que no desearas acudir a la ópera con nosotros.

—Vete, Louis—respondí—. Vete y déjame a solas.

—¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?

Él insistía en saber qué me pasaba. Yo sólo quería estar a solas con mi dolor. Soñarlo era un martirio, pero jamás lo verbalizaba. Él sí lo hacía en ocasiones. Levantaba el teléfono y me comentaba cuanto me echaba de menos. Por mi parte sólo podía cerrar los ojos y desear que el dolor menguara como mengua la luna. Pero no. Sólo crecía y se convertía en una daga que retorcía cada una de las arterias de mi corazón.

—Deberías olvidarlo de una buena vez. Han pasado siglos y se ha demostrado que es imposible que podáis estar juntos. Su orgullo y su falta de tacto son un referente para no codiciarlo como lo haces—decía involucrándose en la situación y dejando a un lado el simple apoyo.

—Louis, no quiero consejos—dije—. Me conformo con un abrazo sincero. No quiero que me digas lo que tengo que hacer o como debo vivir mi vida.

—Haces público tu dolor y por ende me veo en la necesidad...

—No—recalqué arrugando la nariz y apartándome de él—. Vete a la ópera y déjame aquí. Necesito mi espacio, mi momento de angustia, para ofrecerme una posibilidad u otra—dije mirándolo a los ojos, pues me había girado hacia su rostro. Él se veía preocupado, pero sabía que no entendería nada.


Afortunadamente se marchó de inmediato. Nada más escuchar mi petición la acató. Nadie podía saber lo que yo estaba viviendo porque nadie era yo. Habían vivido amores y desilusiones, pero ninguna como la mía. Nadie vive de igual modo el fracaso de un amor. Sobre todo porque sé que ese amor sigue ahí postergado en el tiempo esperando el momento de revivir. Y yo sigo aquí aguardando aunque él no lo crea. Sigo soñando, aunque él decida que sólo le ocurre a su persona. Sigo manteniendo mis manos atadas a un amor que puede que no merezca la pena para los demás, pero que para mí sigue siendo mi gran pasión.  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Dios y su querubín.

Marius la cagó de nuevo. ¡Quiero decir! Armand no se merecía sufrir así.

Lestat de Lioncourt 




—Todavía permanece a tu lado la ira y el desasosiego—comentó de pie.

Había ido a verme. Aquello que había soñado durante siglos estaba ocurriendo. Él estaba ahí, como un hermoso príncipe cuando rescata a la princesa en los dulcificados cuentos actuales, aguardando que me incorporara y me lanzara a sus brazos. Ya era tarde. Cenicienta no deseaba colocarse su zapato de cristal, Aurora descartó levantarse de la cama y Capertucita prefería al lobo.

—Sí, como en ti un ego tan poderoso que ciega y desconoce que es el arrepentimiento por tus malos actos—dije sin siquiera dignarme a girarme hacia su figura.

—¿Ya no me amas?—preguntó con aquella voz profunda que lograba desmoronarme.

—He contado a las estrellas cada promesa que me hiciste, detallado mis sueños y pensado en ti como un dios bondadoso que me salvaría. Pero no me salvaste. No cumpliste ni una de tus míseras promesas...—murmuré abrazándome a mí mismo entretanto recargaba al espalda contra el banco de aquel paseo marítimo, muy cerca de la cabaña donde nos encontrábamos y de la playa.

Las olas golpeaban la fuerza de Poseidón las rocas, las gaviotas chillaban intentando encontrar algo de alimento y el cielo se confundía con las aguas oscuras, tan nocturnas como mi alma, debido a su terrible negrura. No obstante, se podían ver las estrellas y una intensa luna llena.

—No pude—se excusó de forma simple, lo cual me envenenaba el alma.

—No quisiste—dije—. Corrígete— añadí.

—Eres un insolente—dijo de inmediato.

Comenzaba a crisparse. Pude sentir como la ira lo consumía igual que el fuego a un pequeño cerillo. Ni siquiera me había incorporado, girado y observado su hermoso rostro. Me negaba a verlo porque caería en sus trucos. Estaba molesto y cansado de ser el idiota que lloraba por él, que lo esperaba cargado de fábulas y amor. No. Ya no sería mi Eros, pues más bien siempre fue Hades y yo un pobre iluso viajando por el inframundo.

—Soy un insolente...—mascullé sonriendo con algo de esfuerzo.

Me levanté para acercarme a la barandilla que daba al paseo. Coloqué mis manos sintiendo como el hierro estaba húmedo por las inclemencias del tiempo. El mar estaba subido y bravo, se mostraba desafiante, y golpeaba el mundo como lo hacía la fúrica alma de mi creador, mi padre, mi amante y mi mentiroso dios. Un dios ciego que sólo veía la virtud de su obra, pero no las cicatrices que dejaba a su paso.

—No podía rescatarte, pues estaba herido—se acercó a mí, quizá templando demasiado sus nervios y usando una de sus tantas máscaras.

Recordé aquella noche donde se encerró dejándome atrás, rogándome que no me acercara a él porque no era el culpable de haber incendiado su ira. Incluso pude sentir el peso del hacha entre mis manos y como la enterraba en la madera. Él no era el único atacado por la rabia y la indignación.

—¿Cómo es posible, que tanta belleza oculte un corazón duro y lacerado? ¿Por qué le amo, por qué me apoyo, cansado, en su irresistible e indómita fortaleza? ¿Acaso no es el espíritu marchito y fúnebre de un hombre muerto vestido con la ropa de un niño?—cité aquellas palabras que una vez vi escritas en un papel sobre su escritorio.

De inmediato se abalanzó sobre mí agarrándome de los hombros, para luego estrecharme con una ansiedad desconocida. Me pegó a él y pude sentir su cuerpo duro, algo frío y el aroma a pinturas que siempre le envolvía. Por un momento me sentí un niño extraviado en un palacio en Venecia. Quise llorar, pero al ver las estrellas recordé las torturas en Roma y me separé. Me revolví entre sus fornidos brazos de hombre terco y estúpido, le ofrecí un empellón y le miré rabioso.

Entonces él me abofeteó como un padre molesto por una travesura, me agarró del cuello y me colocó contra la barandilla. Pude sentir el hierro rozando mi lumbar mientras percibía en sus ojos azules, habitualmente fríos como un glaciar, un fuego similar al magma que escupían los volcanes. Abrí mis labios carnosos y trémulos, para de inmediato dejar escapar un par de mis lágrimas. Coloqué mis manos sobre su muñeca, pero no me soltaba. Era igual que un perro que atrapa una presa.

—Tú tampoco eres un santo... —chistó.

—No, pero yo sí te amé en cada anochecer. Sufría cuando te marchabas sintiéndome vacío y humillado. Tú me destruiste más que Santino y su secta de vampiros enloquecidos—susurré casi sin aliento.

—Amadeo...—murmuró soltando mi cuello mientras aproximaba su boca para besarme.

Dejé que lo hiciera. Permití que mi verdugo de nuevo depositara una cantidad exacta y dolorosa de veneno. Me aferré de inmediato a las solapas de su elegante chaqueta borgoña y permití que me dominara con su lengua, su ímpetu, su rabia, su odio y sus deseos más primarios.

Cualquiera que nos vio en aquellos momentos vería a un niño, porque así me siento en ocasiones, avasallado por un hombre de negocios algo corpulento, de hermosos rasgos grecorromanos y con una espesa cabellera tan rubia y salvaje como la de un celta. Tenía ante mí a un hermoso asesino de sueños y promesas, pero cualquiera vería a Dios mismo besando a uno de sus querubines.

Deseé que me arrancara aquellas simples y vulgares prendas. Desde la cazadora de cuero negra que había robado a mi última víctima, dos tallas mayor a las que requería, así como la camisa de aquel fastidioso concierto en el cual me colé para conseguir un par de presas fáciles. Incluso ansié verme desnudo, como lo había estado muchas veces en su estudio en aquel lecho que consideraba nuestro, bajo su sofocante presencia, siendo invadido por aquel duro miembro y mordido como si fuese una bestia salvaje. Me hizo su esclavo más allá de la bolsa de monedas que pagó por mí y mi destino. Era reo de un salvaje amor que ardía aún en mi pecho, aunque lo negaba y aislaba para no hacerme daño.

Él estaba abalanzado sobre mí acariciando mi cintura con sus manos. Esas manos que podían hacerte alcanzar el cielo, que deseaba besar y lamer mientras las veneraba igual que a una reliquia divina, así como hacerte cruzar cada uno de los círculos del infierno hasta escavar, con pecaminosa lujuria, crear uno apropiado para ti.

En aquel salvaje beso mordió mi labio inferior, tirando de él como un adolescente salvaje, y después coló su lengua herida para ofrecerme tan sólo unas gotas de su sangre. Mis piernas temblaron como las de un adolescente y comencé a llorar en silencio. Sabía que en algún momento perdería el conocimiento debido a las fugaces emociones de ese codiciado momento. Noté como mis dedos soltaban las solapas de la chaqueta y como mi cuerpo cedía. Miré con los ojos embarrados en lágrimas y profundos sentimientos su rostro. Era el rostro de un hombre satisfecho con la traición que acaba de cometer. Me había ofrecido el beso de Judas y no el de un Mesías bondadoso. Lo supe.

—Aunque lo niegues, hermoso mío, siempre serás mi Amadeo. Jamás dejarás de ser mi esclavo—musitó.

Logré escucharlo, como si fuese en un sueño o estuviésemos bajo las agitadas aguas que golpeaban aún tras mi espalda, justo antes de caer al suelo y quedar inconsciente algunos minutos. Al despertar él no estaba, pero sí Santino. Allí de pie, con aquel traje oscuro y elegante, apoyado en un bastón, con mango formado por una calavera de plata, parecía la Parca misma. Él se acercó a mí y yo me eché a llorar, mientras intentaba protegerme de mis propios y estúpidos sentimientos.

—Debiste arrojarme a las llamas...

—No, pues tú me enseñaste lo que es el amor—susurró cerca del lado derecho de mi cuello, pues había hundido su rostro en aquel pequeño recoveco.


Siempre esperé que él me salvara, pero el único que logró hacerlo fue el apasionado líder de una secta maldita.  

martes, 9 de agosto de 2016

Estúpido...

Aquí leeréis como Marius cae en la estupidez.

Lestat de Lioncourt 


Siempre me pregunté si era cierto que él se sentaba en aquella terraza todos los días, con su periódico y su taza de café de máquina, jamás soluble. Me imaginé un ser menos sociable y abstraído de la realidad imperante que le rodeaba. Pero la realidad, una vez más, me abofeteó en mi ego. Todo lo que creí era falso. Él no mentía. Asumí que era imposible que un ser como él tuviese cierto amor a lo cotidiano, a los humanos y los pequeños detalles que logran que la vida merezca la pena.

Everard tenía la nariz un poco picuda, era enjuto, de cabellos sedosos negros que daban a su rostro mayor severidad y una curiosa forma de vestir bastante formal para estos tiempos. Es cierto que dije que estaba sucio y era horrible en mi libro. Lo siento. Mentí para vengarme de algún modo del dolor que sentía en mi ego. No es feo, ni es un sucio. Él realmente posee una belleza idílica aunque algo extraña, pues no es la común.

Creí pasar desapercibido para él hasta que bajó el periódico, se giró hacia mi dirección y frunció el ceño posiblemente molesto por acercarme demasiado a lo que un vampiro puede considerar su territorio. Además, ni siquiera había pedido permiso, por así decirlo, para visitarlo. Como si fuera un perro bien entrenado había logrado seguir mi rastro. No tuve más remedio que acercarme aceptando que había ido a su encuentro.

—Sólo quería visitarte—aseguré.

—¡Ah! Qué extraña visita, ¿verdad?—dijo guardando las formas—. Nunca me suele visitar cretinos a esta hora—comentó con una sonrisa educada y un tono de voz sosegado, pero podía ver su odio envuelto en cada sílaba.

—Sé que me porté como un estúpido y que enterraste el hacha de guerra cuando...

—En las reuniones intento ser educado, cosa que tú desconoces, porque no quiero que nadie me llame la atención—aseguró indicándome que tomara asiento.

—¿Podríamos hablar en privado?—pregunté apoyándome en el respaldo de la silla sin sentarme. Mis manos parecían las patas de un ave sobre una rama muy frágil.

—Mi vivienda no está lejos, pero jamás te llevaría allí. Creo que podemos conversar en el reservado de un coqueto restaurante que conozco bien. Sus reservados están insonorizados para que el comensal no tenga que soportar el ruido de otros, las comandas o un hilo musical que no sea agradable para ellos—dijo incorporándose dejando un par de billetes para pagar el café y dejar una suculenta propina.

De inmediato estábamos caminando el uno junto al otro. No sabíamos bien qué pretendíamos al conversar. Limar asperezas era algo casi imposible, pero aquel vampiro tenía cierto interés en lograr un acuerdo. Quizá porque no quería que otros pensaran que no lo había intentado, tal vez porque necesitara que yo comprendiera que era un imbécil o podía ser mera curiosidad.

No tardamos más de unos cinco minutos en llegar a ese modesto restaurante. Era pequeño, tenía sólo algunas mesas en la terraza, otras tantas dentro y un espectacular horno para pizzas caseras. Había una zona perfecta, casi idílica, para que el comensal viera como se terminaban sus platos o se elaboraran los más sencillos.

En el fondo había un impresionante cuadro que provocó que sonriera ante su provocadora belleza. Era una mujer desnuda imitando a Tellus rodeada de niños que sostenían trigo entre sus manos, racimos de uva o simplemente alzaban cestas llenas de frutos de legumbres, frutas, verduras o cereales. Ella estaba allí sonriendo amorosa mirando a los comensales y trabajadores. Era un fresco hermoso. Bajo esta hermosa pintura había una puerta de acceso a reservados, tal y como informaba una placa, y él simplemente entró sin pedir permiso.

—Tengo aquí un reservado perpetuo—dijo antes de abrir la puerta para sentarse en una pequeña mesa para dos.

—¿Vienes muy seguido?—pregunté.

—No, pero me gusta tener un sitio donde reunirme con mis abogados, con empresas en las que invierto o simplemente venir y sentarme con alguna víctima—me indicó que tomara asiento. Otra vez ese gesto gentil hacia un hombre que le había humillado.

Por mi parte cerré la puerta y me quedé observándolo. Algo en mí rugió e inició una serie de emociones que jamás creí posibles. Me abalancé sobre él tomándolo del rostro para besarlo descaradamente. Él simplemente me empujó para mirarme sorprendido ante mi descaro.

—Lamento informarte que no todos caemos en tu juego—comentó incorporándose.

Iba a pedirle perdón por aquel acto impúdico, pero acabé acorralándolo contra una pequeña esquina. Él me miró furioso durante unos segundos antes de abofetearme. El golpe fue tan fuerte para mi orgullo y hombría como para mi rostro. Aquella pequeña fiera estaba a punto de morderme cuando lo calmé echándolo contra la pared.

—Lo siento—dije.

—Tú nunca sientes nada—respondió—. Vete.


Estuve de pie frente a él asumiendo que había fracasado el conocerlo así como mi estúpido deseo de ir más allá en aquel encuentro. Me encogí de hombros y salí. Roma estaba hermosa esa noche. Una noche llena de fracasos, pero hermosa.

lunes, 8 de agosto de 2016

Territorio

Aquí tenemos pelea de "Macho de lomo plateado, pelo en el pecho y milenios a la espalda" con Landen siempre metiendo un poco el dedo en el ojo.

Lestat de Lioncourt



—Me pregunto qué demonios hacías bailando con mi mujer—dijo entrando en la biblioteca donde me encontraba recluido.

Landen seguía jugando con el globo terráqueo algo desfasado, pero terriblemente hermoso. Sus largos dedos eran muy atractivos, aunque sobre la pieza parecían patas de araña. El cabello azabache lo tenía algo revuelto y rozaba algo más que sus mejillas.

—¿Disculpa?—pregunté alzando la vista para ver a ese impresionante guerrero con aquellas prendas tan bárbaras. Creo que el diseñador de tal esperpento era el cotizado Ermenegildo Zegna, pues había adquirido algunos trajes suyos hacía algún tiempo para pasar desapercibido entre el populacho.

—Deberías pensar más en lo que haces—me escupió directo mientras acomodaba los hermosos gemelos de oro y diamantes que lucía de forma coqueta.

—Gregory, no quiero discutir por algo tan estúpido—dije intentando restarle importancia.

Con cuidado dejé la pluma en un lado de la mesa y recogí mis largos cabellos color paja hacia un lado. La túnica árabe que lucía, prestada por Seth, me quedaba como un guante y me hacía lucir muy distinto a ese hombre surgido de los milenios con una belleza sobrehumana.

—Verás, Marius, para mí mi Chrystanthe es muy importante y no permitiré que te propases—comentó apoyando sus grandes manos de guerrero sobre la mesa. Me pregunté a cuantos había matado con ellas desnudas o empuñando una cimitarra.

—Sólo fue un baile—contesté cansado mientras Landen se giraba para husmear mejor la situación.

—Conozco a los hombres como tú—dijo frunciendo el ceño uniendo esas cejas espesas, pero delineadas.

—De acuerdo, digamos que estuve coqueteando pero ¿acaso tú no tienes un joven de piel atezada y ojos profundos por el cual te desvives?—dije con una sonrisa pícara que él se encargó de borrar.

—Sí, como un padre. No soy tan despreciable como tú—respondió.

—Comprendo...

—Aleja tus sucias manos de artista del engaño, las mentiras y desilusiones de mi esposa—me reprendió golpeando la mesa para apartarse con furia. Aquel hombre tenía sólo dieciocho años cuando fue creado, pero su aspecto era el de un hombre maduro y sensato salvo cuando tocaban a la mujer de su vida—. No te quiero cerca—siseó caminando hacia la puerta—. Ella es lo más importante que tengo en mi vida.

—¿Y si ella se acerca a mí?—dije con algo de malicia simplemente para comprometerlo. Admito que a veces puedo poner el dedo en la herida únicamente para ver la expresividad de ciertos rostros, y más cuando estos rostros son tan bellos.

—Ella jamás se acercaría a un cretino por su propia voluntad—esa frase me enfureció.

—Marius, una cortina está ardiendo—susurró Landen.

—¡Me ha llamado cretino!

—Eso es lo mínimo que te ha dicho—dijo aquel dichoso vampiro mientras se subía en la mesa y Gregory se marchaba airoso de aquella pelea—. ¿Ahora comprendes por qué la mayoría deseamos golpearte? Tienes la absurda manía de molestar a todos para divertirte. A Lestat le sale bien, pero tú no tienes la misma suerte—guiñó su ojo derecho y luego me tomó del mentón con ambas manos—. Yo aún sigo queriendo golpearte—dicho aquello se bajó del mueble y se fue hacia el extintor para apagar las llamas que consumían aquella costosísima tela—. Armand no va a estar feliz cuando veas qué hiciste, Marius.


—Al diablo todos...  

sábado, 9 de julio de 2016

Guardando mi secreto

Hermoso, sin duda alguna, ver como se derrumba y admite la verdad: necesita a Armand.

Me pregunto si algún día tendrá agallas de decírselo a la cara.

Lestat de Lioncourt 

Había logrado recuperar mi viejo palacio en mitad de aquella ciudad que me secuestró el corazón cautivando por siempre mi alma. Tuve que restaurar los frescos del techo junto al pan de oro de las vigas y el estuco del techo. Los frescos estaban perdidos pero fui resucitándolos como si llamara a los fantasmas que aún rondaban sus gruesos muros. Las columnas de mármol fueron restauradas hacía más de diez años pero no había puesto mis pies sobre aquel lugar. Temía encontrarme a mí mismo luchando contra aquellos demonios, escuchar de nuevo los gritos de los muchachos que tanto amaba y ver como perdía de nuevo a mi adorado ángel de cabellos de fuego. Y el fuego, purificador de pecados y enemigo del arte, quien consumió mis libros, mis pinturas y mi cuerpo.

Una de las salas, la que solía usar para mis fiestas, poseía una enorme puerta de doble hoja con hermosos y ricos detalles tallados en su madera. Los animales mitológicos que salían de aquella majestuosa entrada ya no estaban pero había logrado encontrar una magnífica para la sala. Me acerqué a ella para contemplarla bien y entonces sentí su presencia. Había estado tan ensimismado con mis demonios que no sentí al ángel de mis sueños.

Entonces pude notar sus manos tirar de la puerta y aparecer vestido con las prendas de antaño. Esos leotardos celestes con esas ropas de príncipe veneciano me hicieron romper a llorar. Por el contrario yo me había desnudado para poder pintar sin problemas los escasos muros que quedaban por recuperar su valioso tesoro artístico.

—Amadeo—dije en un suspiro y él sólo sonrió—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué vistes así?

—Tengo ojos en todo el mundo que me dicen donde estas. Un par de ellos me dijo que llevabas aquí días y decidí venir—explicó—. Hacía siglos que no me atrevía a volver. Supongo que Venecia no es lo mismo sin ti—dijo entrando en la sala mientras echaba sus manos tras la espalda caminando con elegancia por toda la sala—. Has hecho un gran trabajo...

—Amadeo... ¿realmente estás aquí o deliro porque no he ventilado bien la habitación y el olor a pintura me está jugando una mala pasada?—pregunté visiblemente desesperado porque fuese cierta esa visión.

Él sólo se echó a reír jugueteando con su mano derecha sus rizos cobrizos. Deseé tocar esos cabellos una vez más para sentir la suavidad de sus mechones. Corrí a atraparlo y lo sostuve como quien toma entre sus brazos un gran tesoro. Él era mi vida. Durante mucho tiempo fue mi único pensamiento. Me equivoqué al decir que no necesitaba mi compañía porque yo no quería depender de un jovencito de ojos almendrados y boca carnosa. Entonces, mientras lo estrechaba con necesidad imperiosa, me di cuenta que se desvanecía.


—Oh, señor...—balbuceé—. Cuánto te odio Santino... cuánto te odio...—dije rompiendo a llorar cayendo de rodillas mientras me abrazaba a mí mismo—. Algún día volverá la belleza de Venecia y yo no tendré que ocultar esta estúpida debilidad.  

viernes, 3 de junio de 2016

Dolce vita

Armand y Marius... o lo que es lo mismo esclavo y amo... vuelven a demostrar que el amor es algo más que palabras románticas.

Lestat de Lioncourt 





Sus manos recorrían mis mejillas dejando que un intenso rubor se formara en ellas. Quise echar a correr, pero permanecí en el mismo lugar perdiéndome en aquellos ojos azules tan gélidos. Parecía una escultura tallada con gran perfección y detalle. Era majestuoso debido al color dorado de esos cabellos que caían sobre sus hombros y se perdían en la cruz de su espalda. Podía considerar a ese hombre el más hermoso que había alcanzado a ver. Imaginé su figura en mitad de una iglesia siendo adorado como Dios hecho hombre. Sin embargo, era otra clase de ser inmortal y todopoderoso. Un ser que amaba el arte y apreciaba la belleza.

—Deja que pinte sobre tu cuerpo como antaño—dijo rompiendo la poca calma que había logrado sostener.

Habían pasado siglos desde que ese maestro de las pinturas decidió hacerme su tentación, su musa, su querubín y, por lo tanto, eterna pasión. Al menos, así quería creerlo. Deseaba creer que era su pasión, su ilusión, su deseo y lo que provocaba que aún estuviese ahí deseando arrancarme la ropa para hacerme vibrar como un cristal ante una nota musical.

No dije nada. Él tomó la decisión gracias a mi silenciosa respuesta. Me quitó la camisa lentamente despojándome de ella hundiendo su imperturbable rostro en mi cuello, deslizó su lengua por mis clavículas y succionó mis pezones mientras se arrodillaba para quitarme los pantalones y zapatos. Yo jadeaba nervioso. Sus manos eran expertas en encontrar mis zonas más erógenas. Su aliento contra mi piel ya provocaba ciertas emociones.

Cuando me tuvo desnudo deslizó sus manos suavemente por cada músculo y rasgo. Luego, con la misma parsimonia, agarró el paquete de hormonas y sin pensarlo una vez clavó en mí la aguja. Un picotazo simple creó en mí un desenlace fatal. Mi miembro cobró forma y mi boca sintió sed, pero él decidió atarme las muñecas y colgarme de un gancho que ya tenía preparado en aquel hermoso taller. De inmediato sacó el látigo y comencé a sentir como sus siete colas rozaban mi torso, glúteos, espalda, piernas e incluso mis hombros y caderas. Cada marca que hacía se iba eliminando suavemente gracias a las células mutadas por La Sangre. Sin embargo, el agradable dolor me excitaba y provocaba que mis pezones se endurecieran buscando ser pellizcados, mordidos y tocados mientras su duro miembro me llenase como tanto ansiaba. Pero no sucedió de ese modo. Sólo pude aullar su nombre una y otra vez hasta ofrecerme el consuelo de sus dedos en mi entrada.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas sanguinolentas, mi piel tenía pequeñas gotas rojizas sobre mi figura y mis cabellos se pegaban sobre mi frente completamente arremolinados. Deseaba ser tomado. Quería que él me hiciese suyo de una vez. Mis ojos ardían ante la belleza y el poder que él desprendía. Supliqué un beso, una caricia o simplemente una palabra que me mantuviese cuerdo dentro de ese infierno. Pero no ocurrió. Únicamente introdujo un tercer dedo palpando mi próstata con más diligencia mientras mis piernas de redondos, suaves y trémulos muslos se abrían. Sentí que eyacularía, que derramaría mi semen manchando mi vientre y el suelo del taller, pero él se apresuró a colocar un anillo alrededor de la base de mi sexo, por debajo de mis testículos y el cuerpo de mi miembro, mientras mordía mi sensible y rosado glande. Sus dedos no estaban ya en mi culo, pero los sentía. Sentía esa deliciosa presión y entonces me di cuenta que había introducido un pequeño vibrador que se encendió arrancándome gemidos largos y tortuosos.

Aún teniéndome así me inyectó una segunda dosis para ofrecerme nuevamente dolorosos golpes, aunque esta vez usó una vara de bambú y una pala de maderas con rugosidades de metal. Mi piel ardía. Sobre todo ardía la de mis glúteos donde se concentraba completamente eufórico. El vibrador cedió a la dilatación de mi entrada y cayó al suelo. En ese momento creí que sería al fin satisfecho, pero él decidió que otro mayor debía ocupar su lugar.

Antes de proseguir con esos sucios juegos me vendó los ojos, tapó mis oídos con unos audífonos sin cables especiales para aislarse del mundo con los decibelios de un buen equipo de música, y me soltó provocando que cayera al suelo. Allí noté varias manos atándome a lo que sentí como un potro de tortura como si fuese un paquete. Mis piernas quedaron completamente abiertas y mis brazos pegados a las patas de aquel extraño mueble. Alguien me tomó del pelo y me introdujo su glande en la boca, para luego golpear con esta en una fuerte embestida mi campanilla, mientras otro hacía lo mismo en mi adolorida y dilatada entrada. Me usaron de forma violenta hasta derramar su semen como si fuese una puta barata y dócil, ¿pero no era eso? ¿No me había convertido en eso? Mientras lo hacía podía sentir los latigazos de mi maestro, de mi amo, haciendo vibrar cada célula de mi piel.

Aquellas penetraciones no fueron las únicas. Paré de contar cuando la cuarta pareja entró en mí disfrutando mientras apreciaba otra descarga de hormonas, aunque ellos no eyacularon. Sólo me mancharon los primeros como si quisieran marcar primero el territorio para que el resto supiera que ya había sido conquistado. Era un vampiro y podía soportar tanto sufrimiento, pero ansiaba su cuerpo junto al mío y no el de sus nuevos discípulos humanos.

En algún momento, entre la conciencia y la oscuridad de aquel placentero infierno, me quitaron la venda y permitieron que viera sus rostros. Eran jóvenes. Parecían muchachos de no más de veinte años. Todos ellos me ofrecieron su semen como regalo pues eyacularon en mi rostro o en mi boca. Llevaba el sabor de todos en mis labios pero no el suyo. Él sólo miraba mientras tomaba una dosis de hormonas masculinas y las introducía en sus milenarias venas.

Nada más terminar esos muchachos se marcharon dejándonos a solas. Él me penetró con rabia haciendo rebotar con fuerza sus testículos en mis glúteos. Podía percibir el cosquilleo de su suave pero grueso vello púbico sobre las marcas de su látigo. Ya no podía regenerarme como deseaba. No me concentraba en las heridas, no podía hundirme en cada trozo de mi cuerpo y ayudarlo a sanar, porque él seguía haciéndome daño. Su látigo golpeaba mi espalda hasta que un joven trajo un cirio grueso y lo derramó contra las muescas de mi espalda. Él se quedó allí mirándonos mientras yo sufría ese cruel trato vejatorio. No lo había visto antes y parecía de tiernos dieciséis años, los mismos que yo tuve una vez, pero su rostro era aún más aniñado debido a las pecas que salpicaban su nariz y los tirabuzones rojizos que caían sobre su frente.

En el momento que creí que Marius me daría su simiente recordándome que era suyo se fue hacia el chico, se colocaron ambos frente a mi rostro y le dio a beber su semen. Él no dudó en succionar con gozo cada gota. Luego el mismo chico me desató y me quitó el aro de mi miembro, lo tomó entre sus labios y dejó que su lengua me incitara a derramar toda aquella leche cálida que había logrado retener. Eyaculé en la boca de un muchachito mientras él llenaba un cubo de agua en la pila que allí tenía instalada. Al apartarse el joven para irse y no volver él me tiró agua y me ofreció nuevos latigazos. Me golpeó hasta que caí agotado, inconsciente y algo insatisfecho.


Nunca olvidaré esa lección.  

viernes, 1 de abril de 2016

Arte

Acepto que Marius tiene razón ahora por muy mal carácter que tenga.

Lestat de Lioncourt


Observaba con descaro el cuadro sin apartar ni un momento su atenta mirada de las extrañas y numerosas formas que allí se agrupaban. Parecía perdido y casi angustiado en la maraña de colores que se extendían hacia las cuatro esquinas. Ni siquiera era una gama de color agradable. Allí, de pie con los brazos echados hacia atrás y la muñeca izquierda garrada por la mano derecha, suspiraba disconforme con el título y la representación que allí se daba. Él no veía que el artista hubiese tomado un tiempo para reflexionar sobre el lienzo vacío, ni observaba pasión en el trazo, sino que contemplando la cifra con la cual estaba puesto en venta comprendió de una vez que deseaba decir el artista: Vendo cara mi alma porque mi arte es barato.

Había visitado cientos de galerías de arte. Estuvo frente a arte vanguardista y extraño, por no decir casi alienígena, pero no había visto tal abominación en ninguno. Uno sabe cuando un cuadro está hecho con pasión, necesidad o por dinero. Contempló incluso gigantescas láminas donde se representaban pequeños muros de ladrillos cargados de tinta en spray. Esos cuadros, de artistas urbanos, le recordaban los días en los cuales asaltaba viejas casas en ruina para pintar lirios en medio de un jardín similar a una jungla.

—Disculpe...—dijo al propietario de la galería que revoloteaba como mosca desde hacía varios minutos—. ¿Por qué es tan cara esta obra?—preguntó como si fuese un niño estúpido desconocedor de la belleza y la nobleza de un pincel.

—Es uno de los mejores pintores que existen en este siglo. Es joven y muy intuitivo. ¡Sólo mire la mezcla de colores!

—Sí, la vomitiva mezcla...—masculló.

—¿Cómo dijo?—el empresario se sintió sumamente ofendido como si fuese el dueño de la obra, pero en realidad sólo era otro idiota convencido que cuanto más rara fuese la obra más valor tenía.

—¿Ha venido alguno de sus cuadros?—dijo algo inquisitivo.

—¿Bromea? Es el pintor favorito de cientos de famosos. Victoria Beckham tiene varios cuadros suyos en una de sus viviendas—comentó aquello como una auténtica proeza provocando que se echase a reír a carcajadas—. ¿De qué se ríe?

—Sólo gente ignorante compraría ese horror—afirmó.

El director de la galería acabó echándolo provocando que su ira aumentara. Marius aguardó unas horas más para que la galería cerrase sus puertas. Esperó fuera, en la acera contigua, con un maletín cargado de pintura y la mirada cargada de sentimientos que podían atravesar cualquier corazón como balas sagaces.

Eran alrededor de las once de la noche cuando cayó sobre el director y lo hizo abrir la puerta una vez más. El hombre pataleaba rozando con la punta de sus pulcros mocasines el mármol de su tienda. Marius imponía respeto con sus manos de artista rabioso, las mismas que agarraron un par de sogas que guardaba en su maletín y unas resistentes esposas. El pobre mortal quedó atado frente a la obra barata como muchas otras únicamente hechas para vender, no por amor o por belleza.

Allí sentado tuvo que observar como Marius tomaba una paleta de pinturas y garabateaba sobre el lienzo. En cuestión de horas tenía una hermosa pintura de un paisaje bucólico de una costa mediterránea que ya no existía, no al menos tal y como él la había pintado, y de fondo había una galera con numerosos detalles. La arena tenía tanto detalle que se podía contar sus granos amontonados por doquier mientras la espuma del mar se precipitaba sobre ella con cierta violencia.

—Ahora sí pagaría esa absurda cifra y sí podría llamar a esto... “Esclavitud mediterránea”—dijo arrojando la paleta a los pies de aquel pobre mortal, para luego desaparecer tras un par de pestañeos.


lunes, 21 de marzo de 2016

Una pintura al detalle

Marius y Daniel se convirtieron en pareja, o compañeros aventuras y desventuras, antes que David Talbot se sentase a redactar la historia de "Sangre y Oro" para darlo a conocer al gran público. Daniel construía maquetas en la casa aislada de Marius donde la conversación con Thorne se volvió apasionada aunque larga. Quizá no es fácil contar paso a paso una vida tan larga pero Marius lo logró. El antiguo romano ahora tiene un nuevo pupilo que lo significa todo (unión con el mundo moderno y también una forma de limpiar su alma de los pecados que cometió antaño con el resto de sus discípulos) Aquí encontramos una de sus memorias más recientes.

Lestat de Lioncourt


—¿Realmente es necesario que tome esta pose?—preguntó recostado en el diván mirándome con el rabillo del ojo.

—No te muevas—contesté mezclando los colores en un lado de la paleta.

—Llevo en esta posición varias horas... ¿acaso necesitas tanto tiempo? Marius, somos vampiros y podemos hacer las cosas rápidamente. Un par de gestos simples hechos a una velocidad asombrosa... —murmuraba con tono ligeramente jocoso. Posiblemente recordaba la aparición de Louis en su vida pero mi arte no era como encender un interruptor.

—Se puede hacer, es cierto, pero también se puede hacer correctamente tomándose cierto tiempo para crear un lienzo que realmente merezca la pena ser colgado con orgullo—comenté—. Además, tardaría casi siete meses de ser humano y estoy haciéndolo en una sola noche.

—Aún así, aún así... ¡Es horrible estar en esta pose tan dramática!—gimoteó provocando que algunos dorados mechones de su flequillo cayeran sobre sus ojos violáceos.

Su mirada siempre me cautivó. Cuando lo conocí sus ojos estaban llenos de miedo, muerte y locura. Prácticamente tiritaba como un animal herido en una esquina esperando salvar su pellejo. Me recordó a los niños en mitad de una guerra deseando que alguien los tome entre sus brazos y los lleve a sus camas, confortables y cálidas, que ya han sido destruidas como su futuro y sus sueños más inocentes. Algo en mí se quebró al comprobar desde tan cerca ese sufrimiento mientras que Armand parecía recto obviando el dolor, superando el momento y las circunstancias, esperando quizás un milagro aunque el milagro era él. Daniel se mostró más vulnerable y eso hizo que recordara que jamás había sido bondadoso ni comprensivo. Sentí que debía hacer algo por él ya que era la única creación de mi antiguo querubín. Sus ojos pedían que lo salvara aunque cualquier otro en mi situación lo hubiese abandonado, del mismo modo que yo lo había hecho en un pasado con su propio hacedor.

—Te quejas de la pose, pero no de estar desnudo frente a mí provocando con tus caderas ligeramente alzadas—respondí con una sonrisa socarrona.

—¿Acaso estás insinuando que me gusta provocarte?—preguntó girando su rostro hacia mí.

La pintura ya estaba acabada desde hacía horas, pero me gustaba recrearme con los más insignificantes detalles. Su piel parecía cobrar vida en aquel lienzo al igual que su boca ofrecía un espectáculo delicioso al quedar ligeramente abierta. Parecía un Adonis dispuesto a conquistar el mundo ofreciendo su belleza como regalo de un dios amable.

Dejé el pincel reposando en un pequeño bote transparente con agua, para que el cuerpo no se endureciera y pudiese usarlo la noche siguiente, así como la paleta sobre la mesa auxiliar junto a este. Él guardó silencio ante mis precisos movimientos mientras observaba una vez más mi obra. Hacía algún tiempo que no pintaba de ese modo ya que parecía haber perdido mi fe de algún modo. Sólo iba a las paredes de las ruinosas casas de barrios deshabitados, completamente desangelados y turbios, donde los disparos silbaban más rápido y fuerte que el propio viento, para pintar frescos cargados de flores y animales salvajes. Pintaba la propia jungla en mitad de una selva cargada de insectos llenos de maldad, los cuales se hacen llamar humanos pero sólo son salvajes alimañas.

De improvisto, y sin que yo se lo pidiera, él se levantó tomando el batín borgoña que yo mismo le había prestado. Acomodó con un gesto simple las solapas y dejó el cinturón sin ceñirse a su cintura. Paseé mis ojos una vez más por su delgada figura y permití que sus brazos rodearan mis hombros mientras su torso se pegaba al mío. Sólo le sobrepasaba por unos centímetros pero apenas se notaba. Nuestros rostros quedaban a la misma altura así como nuestras miradas y labios. Su cuerpo emitía una calidez inusual en un vampiro, pero al ser joven y haber bebido esa misma noche poseía un calor agradable que aliviaba el frío de mis manos.

—Maestro de las pinturas—dijo riendo bajo provocando que se erizara el vello de mi nuca—. ¿Acaso has pensado en hacer algo más artístico esta noche?—preguntó.

Mis manos se habían colado deliberadamente bajo su prenda rozando suavemente, con cierta parsimonia, sus oblicuos marcados y su suave cintura. Apreté mis pulgares en sus caderas sosteniéndolo con cierto deseo. Su lengua rozó la comisura derecha de mi boca para pasearse insinuándose hasta la contraria. No dudé en atrapar sus labios con los míos y colar mi lengua para dominarlo. Él jadeó aferrándose a mis prendas logrando que se arrugara mi túnica del mismo tono que su batín.

Unidos nos movimos por la habitación hasta llegar al lecho conyugal. El colchón nos acogió con sus sábanas de seda roja y sus numerosos almohadones con borlones dorados. Yo caí sobre su cuerpo abriendo sus piernas con las mías. Su vientre poseía un abdomen marcado bastante masculino, pero al ser tan delgado parecía más insignificante en proporción al mío. No dudé en estirar mi mano hacia la mesa próxima a la cama, la cual sostenía una lámpara diminuta de pie acabado en garra de ave revestida de pan de oro, y buscar cerca del borde una pequeña caja metálica con unos minúsculos frascos y una jeringuilla de punta muy fina. Los frascos contenían hormonas suficientes para una noche llena de placeres prohibidos.

Daniel sacó el cinturón del batín para rodear su largo cuello y me miró suplicante, mientras yo clavaba la aguja primero en mí y luego en él. Sus ojos se dilataron rápidamente y su cuerpo temblequeó expectante. Mi miembro cobró forma con sólo deslizar la punta de mis dedos, como si fuese un liviano pincel, sobre sus clavículas, pezones y costados; el suyo parecía despertar ligeramente inclinado hacia la derecha mientras su respiración se agitaba. Podíamos notar como las hormonas pedían que no nos contuviésemos en absoluto.

Caí sobre su boca preso del deseo y sus manos se colaron entre mis mechones desatando el pequeño recogido que había hecho horas atrás para poder pintar. Sus muslos me rodearon invitándome a rozarme sobre su vientre y a penetrarlo lo antes posible. Sin embargo no iba a ser tan directo porque quería recrearme. Mi lengua lamía sus dientes, la suya y sus labios que empezaban a enrojecerse por el salvajismo con el que ambos nos besábamos.

Tomé la decisión de bajarme de la cama y quedar frente a él observándolo con ese velo de lujuria cayendo sobre su perlada figura. Ya había comenzado a sudar siendo aún más cálido y acogedor que antes. Él se incorporó de inmediato arrodillándose ante mí como haría un sacerdote, un iluminado, un beato o un niño inocente ante la imagen de Jesús crucificado. Sus manos se apoyaron en mis caderas y las mías quedaron sobre las suyas, agarrándolo fuertemente por las muñecas, mientras él se introducía mi falo sin delicadeza y con apetito. Movía su cabeza incapaz de detenerse mientras yo clavaba mis uñas en sus muñecas. Mis gemidos se alzaron hacia el techo abovedado de aquella casa construida según mis gustos y necesidades. Los ángeles del fresco me observaban sin descaro y las nubes esponjosas parecían regodearse ante la simple imagen de lujuria que estábamos ofreciendo. Pasados unos minutos lo detuve para arrojarlo con violencia contra la cama, dejándolo de espaldas a mí, sostuve el cinturón del batín y rodeé su cuello fuertemente tirando de éste como si fuese una correa. De inmediato, y sin siquiera palpar su entrada con mis dedos, le ofrecí mi primera estocada. El chillido se convirtió en gemido y los gemidos en súplicas mientras el movimiento de mi pelvis iba creciendo.

La cama se movía como si fuese un velero en mitad de una temible tormenta. Podía ver los borlones del dosel agitándose mientras escuchábamos el cabezal golpeando la pared. Él intentaba aferrarse por todos los medios al colchón y el mar de seda que se extendía bajo su cuerpo, pero no pudo. Sus rodillas acabaron finalmente en el suelo de mármol y finalmente sus manos se agarraron a uno de las columnas, talladas por manos artesanales, del dosel mientras yo oprimía más su garganta y tiraba de su pelo sin control alguno. Giró su rostro para mirarme unos segundos ofreciéndome una imagen idílica de sus mejillas cargadas de rubor y una mirada llena de lujuria. Sus dedos buscaban afianzarse a la columna sosteniéndose en los lirios tallados en la madera.

—Marius... —jadeó cuando me incliné lamiendo el sudor que recorría la cruz de su espalda—. Maestro... —añadió moviendo más rápido y de forma contraria sus caderas logrando que clavara mis dientes en su hombro derecho, bebiendo así un par de sorbos, mientras él eyaculaba manchando las sábanas y el suelo. Por mi parte hice lo mismo dentro de él quedándome quieto y enterrado entre sus glúteos firmes y redondos. Solté el cinturón y comencé a llenar de besos su espalda mientras él intentaba retomar el control de sus emociones.


—Tenías razón, Daniel, no era necesario que posaras durante tanto tiempo frente a mí—dije aún jadeante—. Pues conozco cada milímetro de tu cuerpo.  

martes, 15 de marzo de 2016

Maestro

Desde hacía algunos meses había decidido reunirme de vez en vez con los diversos vampiros. Se había elegido varios representantes de diversos grupos de vampiros jóvenes, los cuales me habían solicitado diversas conversaciones con los más antiguos y sabios. Algunos de ellos eran artistas y se ganaban la vida vendiendo diversas obras de arte por un valor ínfimo al que podrían tener en el mercado. Marius estaba en Francia para contactar con ellos en los cafés de los barrios más bohemios y diversos de la capital. Si yo asistía era porque pedían mi presencia debido al enorme interés que despertaba mi nuevo cargo y mi forma de actuar a lo largo de las últimas décadas.

Acababa de concluir la reunión cuando él decidió perderse entre la multitud. París nunca fue su hogar ni tuvo un vínculo especial para la inspiración de sus magníficas obras de arte, pero sí para cierto demonio destruido en Roma y que surgió con fuerza entre las empedradas calles aledañas al cementerio de Les Inocents. Era la primera vez que veía a Marius con una pose tan meditabunda y una mirada tan perdida en sus turbios asuntos. La culpa pesaba quizá demasiado sobre sus hombros, pero por orgullo u obstinación no iba a reconocer que caía a pedazos sobre sus promesas rotas.

Habían pasado ya dos horas, quizás algo más, cuando regresé a mi castillo. Louis estaba sentado frente a la chimenea con un viejo álbum de fotografías que le había entregado nuestro querido amigo David. Mi despiadado mártir estaba tan ensimismado con aquellas viejas instantáneas, algunas de antiguas Polaroid, que no deseé molestarlo. No me intrigaba demasiado lo que podía encontrar en aquel puñado de recuerdos porque conocía bien cada gesto, ropa y escenario que se daban en estas. Los viejos recuerdos de los viajes a Brasil o la convivencia en Nueva Orleans habían quedado plasmados para siempre en mi memoria y no necesitaba fotografías. Aunque a veces olvido cosas, como todos supongo, los buenos momentos quedan enmarcados en cada una de mis sonrisas.

Decidí subir a descansar recostado sobre mi cama, pero al pasar por la habitación de quien siempre sería mi maestro me percaté que necesitaba mi compañía. Durante algunos minutos guardamos silencio ambos como si no supiéramos que estábamos en el mismo lugar esperando una pequeña invitación.

—¿Puedo recostarme contigo?—pregunté entrando en la habitación que él ocupaba desde hacía unas noches.

—¿Acaso no es tu castillo?—respondió.

Reí ante su respuesta. Parecía perdido como un chiquillo. Era la primera vez que me percaté que realmente ambos nos asemejábamos tanto como decía Pandora. Él llevaba consigo culpas que nunca podría soltar y que eran como piedras en los bolsillos de su alma.


—Por supuesto...—dije acercándome al borde de la cama para acabar tumbado a su lado—. Pero esta es tu habitación y tú podrías...

—¿Echarte?—murmuró—. Lestat, no te echaría de mi lado otra vez. Creo que he cometido muchos errores estúpidos por culpa de sentir mi ego herido o mi orgullo maltrecho—tenía los ojos cerrados y su rostro imperturbable, pero siempre noto las pequeñas diferencias que ocurren a mi alrededor. Amel bailoteaba en mi mente murmurando que necesitaba mi consuelo.

—¿Necesitas consuelo?—pregunté torpe aunque sincero. No sabía si ser tan directo provocaría que se molestara y huyera.

—Te has convertido en un gran gobernante y has logrado apaciguar el dolor de un espíritu, has hecho que muchos vivamos en una paz que creíamos ficticia y has abogado por ser sensato dentro de tus limitaciones, pues sé bien que acabarás cayendo en los mismos errores. Nosotros no cambiamos, Lestat. Bien sabes que por mucho que intentemos cambiar terminamos precipitándonos hacia el mismo lado... —abrió los ojos y giró su rostro hacia mí—. Pandora dice que somos muy similares y hasta hace poco eso me molestaba profundamente... —me atrajo entonces hacia él para abrazarme—. No quería darme cuenta que era cierto porque temía que cometieras mis mismos pecados. Yo no quiero que otros sufran el mismo calvario por culpa de un ego y un orgullo desmedidos.

—Hoy has estado más intranquilo que nunca—musité—. ¿Tiene algo que ver con el pasado de Armand?—dejé que mi rostro se colocara sobre su pecho y escuché su poderoso corazón latir bajo su chaqueta de terciopelo rojo tan similar a la mía.

—Dejé escapar a la mujer de mi vida y después permití que destruyeran el único consuelo que había hallado en este mundo—sus largos y finos dedos jugaban con mis revueltos cabellos rizados provocando que me adormeciera—. Casi eres un niño y tienes una responsabilidad terrible, pero has sabido mantenerte cerca de tu corazón.

—¿Y quién es tu corazón, Marius?—pregunté provocando que pararan sus caricias.

—Amo a Pandora y siempre será mi primer amor, pero ¿es el más importante? Lo dudo—sonrió amargamente mientras yo me incorporaba para mirarlo a los ojos—. Mi gran amor está aún perdido por las calles de este mundo.

—Armand—susurré.

—No, Amadeo—dijo tomando mi rostro entre sus manos—. Algún día Amadeo volverá a mis brazos y podré acabar mi mejor obra.

—¿No eras tú quien me dijo una vez que de esperanzas no se vive?—dije echándome a reír.

—También soy quien te comparó con Alejandro Magno ¿y me equivoqué? No habrá vampiro que supere a tu leyenda y tus actos en este mundo—se incorporó ligeramente y me besó en los labios.

Su boca siempre parecía bondadosa y dispuesta a ofrecer el cariño que no había logrado mostrar en el pasado. La mía siempre tenía una sonrisa burlona similar al gato de Alicia en el País de las Maravillas. Ambos éramos distintos pero similares. Él debía encontrar aún la forma de pedir perdón sin pronunciar la fatídica palabra, pues parecía incapaz de implorar frente a quien lo fue todo, y yo debía aceptar que nunca encontraría mejor hogar que los brazos de Louis.

—Sígueme, Louis está en el salón y es posible que te guste escuchar historias menos trágicas que la tuya—dije bajándome de la cama y dirigiéndome a la puerta.

—No, Lestat... Hoy prefiero estar solo—dijo abriendo los brazos en forma de cruz sobre la inmensa cama.

—De acuerdo, maestro—respondí bajando precipitadamente hasta el salón.

Al llegar vi como Louis lanzaba el libro a las llamas. Intenté sacarlo de entre la leña y me fue imposible. Aquel álbum ardía como si fuese papel de fumar.

—¿Por qué?—pregunté algo furioso y desconcertado.

—Los recuerdos se conservan mejor en el alma y no en pequeñas imágenes—dijo con aquellos hermosos ojos verdes clavados en las cenizas—. Sean buenos o malos...

—Has encontrado alguna fotografía mía que te ha provocado celos—comenté entre carcajadas como una broma cruel.

—Si deseas que sea sincero te diré que sí, pero quizás es mejor callar y apreciar como se consume todo...

Los recuerdos siempre estaban ahí bailoteando como las llamas, consumiendo a veces nuestra paciencia y felicidad, pero lo importante era el presente y por ello lo abracé con fuerza besando sus mejillas. Quería que supiera que él era mi corazón y nadie más ocuparía su lugar, al igual que ocurría con Marius y Armand.


  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt