Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 21 de marzo de 2016

Una pintura al detalle

Marius y Daniel se convirtieron en pareja, o compañeros aventuras y desventuras, antes que David Talbot se sentase a redactar la historia de "Sangre y Oro" para darlo a conocer al gran público. Daniel construía maquetas en la casa aislada de Marius donde la conversación con Thorne se volvió apasionada aunque larga. Quizá no es fácil contar paso a paso una vida tan larga pero Marius lo logró. El antiguo romano ahora tiene un nuevo pupilo que lo significa todo (unión con el mundo moderno y también una forma de limpiar su alma de los pecados que cometió antaño con el resto de sus discípulos) Aquí encontramos una de sus memorias más recientes.

Lestat de Lioncourt


—¿Realmente es necesario que tome esta pose?—preguntó recostado en el diván mirándome con el rabillo del ojo.

—No te muevas—contesté mezclando los colores en un lado de la paleta.

—Llevo en esta posición varias horas... ¿acaso necesitas tanto tiempo? Marius, somos vampiros y podemos hacer las cosas rápidamente. Un par de gestos simples hechos a una velocidad asombrosa... —murmuraba con tono ligeramente jocoso. Posiblemente recordaba la aparición de Louis en su vida pero mi arte no era como encender un interruptor.

—Se puede hacer, es cierto, pero también se puede hacer correctamente tomándose cierto tiempo para crear un lienzo que realmente merezca la pena ser colgado con orgullo—comenté—. Además, tardaría casi siete meses de ser humano y estoy haciéndolo en una sola noche.

—Aún así, aún así... ¡Es horrible estar en esta pose tan dramática!—gimoteó provocando que algunos dorados mechones de su flequillo cayeran sobre sus ojos violáceos.

Su mirada siempre me cautivó. Cuando lo conocí sus ojos estaban llenos de miedo, muerte y locura. Prácticamente tiritaba como un animal herido en una esquina esperando salvar su pellejo. Me recordó a los niños en mitad de una guerra deseando que alguien los tome entre sus brazos y los lleve a sus camas, confortables y cálidas, que ya han sido destruidas como su futuro y sus sueños más inocentes. Algo en mí se quebró al comprobar desde tan cerca ese sufrimiento mientras que Armand parecía recto obviando el dolor, superando el momento y las circunstancias, esperando quizás un milagro aunque el milagro era él. Daniel se mostró más vulnerable y eso hizo que recordara que jamás había sido bondadoso ni comprensivo. Sentí que debía hacer algo por él ya que era la única creación de mi antiguo querubín. Sus ojos pedían que lo salvara aunque cualquier otro en mi situación lo hubiese abandonado, del mismo modo que yo lo había hecho en un pasado con su propio hacedor.

—Te quejas de la pose, pero no de estar desnudo frente a mí provocando con tus caderas ligeramente alzadas—respondí con una sonrisa socarrona.

—¿Acaso estás insinuando que me gusta provocarte?—preguntó girando su rostro hacia mí.

La pintura ya estaba acabada desde hacía horas, pero me gustaba recrearme con los más insignificantes detalles. Su piel parecía cobrar vida en aquel lienzo al igual que su boca ofrecía un espectáculo delicioso al quedar ligeramente abierta. Parecía un Adonis dispuesto a conquistar el mundo ofreciendo su belleza como regalo de un dios amable.

Dejé el pincel reposando en un pequeño bote transparente con agua, para que el cuerpo no se endureciera y pudiese usarlo la noche siguiente, así como la paleta sobre la mesa auxiliar junto a este. Él guardó silencio ante mis precisos movimientos mientras observaba una vez más mi obra. Hacía algún tiempo que no pintaba de ese modo ya que parecía haber perdido mi fe de algún modo. Sólo iba a las paredes de las ruinosas casas de barrios deshabitados, completamente desangelados y turbios, donde los disparos silbaban más rápido y fuerte que el propio viento, para pintar frescos cargados de flores y animales salvajes. Pintaba la propia jungla en mitad de una selva cargada de insectos llenos de maldad, los cuales se hacen llamar humanos pero sólo son salvajes alimañas.

De improvisto, y sin que yo se lo pidiera, él se levantó tomando el batín borgoña que yo mismo le había prestado. Acomodó con un gesto simple las solapas y dejó el cinturón sin ceñirse a su cintura. Paseé mis ojos una vez más por su delgada figura y permití que sus brazos rodearan mis hombros mientras su torso se pegaba al mío. Sólo le sobrepasaba por unos centímetros pero apenas se notaba. Nuestros rostros quedaban a la misma altura así como nuestras miradas y labios. Su cuerpo emitía una calidez inusual en un vampiro, pero al ser joven y haber bebido esa misma noche poseía un calor agradable que aliviaba el frío de mis manos.

—Maestro de las pinturas—dijo riendo bajo provocando que se erizara el vello de mi nuca—. ¿Acaso has pensado en hacer algo más artístico esta noche?—preguntó.

Mis manos se habían colado deliberadamente bajo su prenda rozando suavemente, con cierta parsimonia, sus oblicuos marcados y su suave cintura. Apreté mis pulgares en sus caderas sosteniéndolo con cierto deseo. Su lengua rozó la comisura derecha de mi boca para pasearse insinuándose hasta la contraria. No dudé en atrapar sus labios con los míos y colar mi lengua para dominarlo. Él jadeó aferrándose a mis prendas logrando que se arrugara mi túnica del mismo tono que su batín.

Unidos nos movimos por la habitación hasta llegar al lecho conyugal. El colchón nos acogió con sus sábanas de seda roja y sus numerosos almohadones con borlones dorados. Yo caí sobre su cuerpo abriendo sus piernas con las mías. Su vientre poseía un abdomen marcado bastante masculino, pero al ser tan delgado parecía más insignificante en proporción al mío. No dudé en estirar mi mano hacia la mesa próxima a la cama, la cual sostenía una lámpara diminuta de pie acabado en garra de ave revestida de pan de oro, y buscar cerca del borde una pequeña caja metálica con unos minúsculos frascos y una jeringuilla de punta muy fina. Los frascos contenían hormonas suficientes para una noche llena de placeres prohibidos.

Daniel sacó el cinturón del batín para rodear su largo cuello y me miró suplicante, mientras yo clavaba la aguja primero en mí y luego en él. Sus ojos se dilataron rápidamente y su cuerpo temblequeó expectante. Mi miembro cobró forma con sólo deslizar la punta de mis dedos, como si fuese un liviano pincel, sobre sus clavículas, pezones y costados; el suyo parecía despertar ligeramente inclinado hacia la derecha mientras su respiración se agitaba. Podíamos notar como las hormonas pedían que no nos contuviésemos en absoluto.

Caí sobre su boca preso del deseo y sus manos se colaron entre mis mechones desatando el pequeño recogido que había hecho horas atrás para poder pintar. Sus muslos me rodearon invitándome a rozarme sobre su vientre y a penetrarlo lo antes posible. Sin embargo no iba a ser tan directo porque quería recrearme. Mi lengua lamía sus dientes, la suya y sus labios que empezaban a enrojecerse por el salvajismo con el que ambos nos besábamos.

Tomé la decisión de bajarme de la cama y quedar frente a él observándolo con ese velo de lujuria cayendo sobre su perlada figura. Ya había comenzado a sudar siendo aún más cálido y acogedor que antes. Él se incorporó de inmediato arrodillándose ante mí como haría un sacerdote, un iluminado, un beato o un niño inocente ante la imagen de Jesús crucificado. Sus manos se apoyaron en mis caderas y las mías quedaron sobre las suyas, agarrándolo fuertemente por las muñecas, mientras él se introducía mi falo sin delicadeza y con apetito. Movía su cabeza incapaz de detenerse mientras yo clavaba mis uñas en sus muñecas. Mis gemidos se alzaron hacia el techo abovedado de aquella casa construida según mis gustos y necesidades. Los ángeles del fresco me observaban sin descaro y las nubes esponjosas parecían regodearse ante la simple imagen de lujuria que estábamos ofreciendo. Pasados unos minutos lo detuve para arrojarlo con violencia contra la cama, dejándolo de espaldas a mí, sostuve el cinturón del batín y rodeé su cuello fuertemente tirando de éste como si fuese una correa. De inmediato, y sin siquiera palpar su entrada con mis dedos, le ofrecí mi primera estocada. El chillido se convirtió en gemido y los gemidos en súplicas mientras el movimiento de mi pelvis iba creciendo.

La cama se movía como si fuese un velero en mitad de una temible tormenta. Podía ver los borlones del dosel agitándose mientras escuchábamos el cabezal golpeando la pared. Él intentaba aferrarse por todos los medios al colchón y el mar de seda que se extendía bajo su cuerpo, pero no pudo. Sus rodillas acabaron finalmente en el suelo de mármol y finalmente sus manos se agarraron a uno de las columnas, talladas por manos artesanales, del dosel mientras yo oprimía más su garganta y tiraba de su pelo sin control alguno. Giró su rostro para mirarme unos segundos ofreciéndome una imagen idílica de sus mejillas cargadas de rubor y una mirada llena de lujuria. Sus dedos buscaban afianzarse a la columna sosteniéndose en los lirios tallados en la madera.

—Marius... —jadeó cuando me incliné lamiendo el sudor que recorría la cruz de su espalda—. Maestro... —añadió moviendo más rápido y de forma contraria sus caderas logrando que clavara mis dientes en su hombro derecho, bebiendo así un par de sorbos, mientras él eyaculaba manchando las sábanas y el suelo. Por mi parte hice lo mismo dentro de él quedándome quieto y enterrado entre sus glúteos firmes y redondos. Solté el cinturón y comencé a llenar de besos su espalda mientras él intentaba retomar el control de sus emociones.


—Tenías razón, Daniel, no era necesario que posaras durante tanto tiempo frente a mí—dije aún jadeante—. Pues conozco cada milímetro de tu cuerpo.  

1 comentario:

Maro Her dijo...

Tu forma de escribir me encanta y me conmueve como pocas cosas, sigue así querido vampiro.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt