Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

martes, 29 de agosto de 2017

Egoísta

Sí, Julien, era un egoísta... Pero yo le entiendo.

Lestat de Lioncourt 

—¿Qué se supone que debo hacer? ¡Dime!

Había sacado toda la ropa de su armario y la arrojaba contra la cama, algunas prendas caían al suelo a sus pies y otras cerca de mis mocasines. Yo me mantenía aparentemente impasible con la pipa colgada de mis labios y los ojos fijos en ella. Estaba furiosa y lo entendía, pero no la detendría ni calmaría. Merecía ese trato y lo aceptaba.

—¿Desde cuándo?

Sus ojos estaban llenos de lágrimas cargadas de decepciones. Estaba cargada de furia y la lanzaba contra los muebles, la ropa, los caros perfumes que le había regalado para compensar mis deslices y las flores que estaban en el jarrón que coronaba la cómoda que presidía la habitación... Todo estaba por el suelo como su alma, como sus ilusiones, como su verdad y como nuestro matrimonio. Regado, roto, ultrajado y lleno de manchas.

—¡Julien!—gritó—. ¿Acaso no vas a decir nada?

Me encogí de hombros y di una calada a la pipa, para luego dejar que el humo se extendiera por la habitación lejos de mi nariz. Agaché la mirada unos segundos e intenté reunir fuerzas, pero rápidamente un sonoro bofetón cruzó mi cara. Me había pegado con la diestra marcando mi mejilla contraria, para luego caer de rodillas y llorar aún más.

—No merece la pena llorar por mí—susurré para luego agacharme e intentar incorporarla—. No merece la pena, mujer.

—Creí que me amabas... ¡Lo creí!

—Lo sé, lo sé... —dije levantándonos a ambos para quedar de pie, aunque ella parecía temblar demasiado—. Te he decepcionado, pero también me he decepcionado yo. Te amé de forma egoísta. Nunca te amé como esposa, pero sí como madre. Fuiste y eres una madre ejemplar para nuestros hijos, pero yo nunca te amé del modo romántico y entregado que tú me querías.

—¡Por qué estás con esa fulana!—exclamó.

—Porque es un hombre.

Mis palabras grietaron más si cabían su corazón y de inmediato salió de la habitación sin mirar atrás. Se subió al coche y pidió al chófer que la llevase lo más lejos posible. Antes apenas había vehículos a motor, pero nosotros teníamos uno. Amaba ese coche y ella se fue montada en él. Después de varios días pidió que se llevasen sus cosas y rogó a nuestros hijos, ya adolescentes, que se fueran con ella. Ninguno quiso. Todos decidieron quedarse conmigo.


¿Y qué iba a hacer? ¿Ir tras ella? Después de ese jovencito vinieron otros y hasta que no llegó Richard, hasta que él no me embriagó del todo, no me detuve. Ahí fue cuando yo perdí parte de mi alma. Me enamoré de él y no hubo marcha atrás.  

miércoles, 2 de agosto de 2017

Motivos

Mil veces me he preguntado los intrincados motivos por los cuales requiero tenerlo a mi lado. He meditado profundamente durante más de diez años de soledad negligente. Él entretanto se hallaba en Nueva York absorbiendo conocimiento, vivencias y asumiendo sus nuevos poderes. Siempre pensé que me odiaba por haberlo hecho menos humano aún de lo que ya era. Supuse que me atacaría en cualquier momento con sus reproches como castigo, pues él es buen conocedor de cuanto me duele discutir y encajar las letales sentencias de sus ojos verdes. Asumo mis culpas, mis pecados, mis desavenencias con sus pensamientos y también mi irrespetuosa forma de ser. Del mismo modo que asumí que gran parte de la culpa de la muerte de Claudia fue mía, pues no supe educarla y cargué sobre sus hombros un peso demasiado grande. Temía tanto que le pasase algo a él también, que me odiase de una forma terrible y que no fuese capaz de asumir todo eso que me marché. Huí. Me esfumé como quien dice porque no comprendía la mezcolanza de sentimientos que oprimía mi pecho.

Nunca lo he odiado o despreciado. Siempre he esperado que viniese a mí, pues del mismo modo aguardaba a que se fuera. Sé que hay miedo en su corazón con respecto a todo lo que vivimos y no vivimos, con lo que vimos y no vimos, y también con este nuevo presente que se abre lleno de posibilidades. Soy un ser nuevo, él también lo es. El mundo está cambiando y nosotros cambiamos con el mundo continuamente, pero a la vez seguimos siendo los mismos. Yo soy el cabrón, el canalla, el imbécil, el obstinado, aquel que nunca sigue las reglas y se apasiona por todo. Él es el sensato, el juez, el que intenta ser ecuánime pero termina dejándose llevar por las necesidades más humanas y el mayor castigo para mi alma, así como el único bálsamo para mis heridas.

Comprender a Louis no es fácil desde fuera, pero yo he podido verlo desde dentro. Tantos años a su lado, así como lo añoré tantos años, me han hecho que lo comprenda poco a poco desvelando cada misterio; y aún así otros nuevos surgen como surge la semilla tras ser cuidada por el granjero.

Se podría decir que quiero estar a su lado cuando llegue el amanecer, aferrado a su cuerpo casi inmóvil, y despertar por las noches arrullado por el latido de su corazón. Ansío volver a compartir lecho bajo mi hermoso ataúd, en mi refugio en mi viejo castigo reconstruido piedra a piedra, porque no puedo imaginarme la vida sin él. Jamás lo he podido hacer y tampoco quiero o me lo permito. El sentimiento de dolor es tan agudo que mi corazón se detiene, mis pulmones dejan de funcionar y entro en pánico.

Durante estos años he tenido que escuchar más de una vez los vanos intentos de Memnoch de atraerme, de sugestionarme, de influirme y por supuesto de hundirme en su reino perverso, falso, doloroso y cruel. También tengo que soportar las conversaciones de Amel y sus visiones, pero a él lo amo aunque temo que tenga celos de Louis. Sin embargo, siento que él ama a Louis de algún modo. Yo creo que nos ama a todos y nos detesta a la vez.

En estos momentos lo tengo a mi lado, recostado sobre mis piernas mientras escribo estas anotaciones, leyendo un libro de Dickens y sonriendo como un niño mientras recuerda cada párrafo mil veces leído. Él nunca ha leído mis pensamientos acumulados en cada uno de mis diarios, del mismo modo que yo no lo hago con el suyo; pero asumo que ha leído todas mis aventuras aunque ha sido partícipe de la gran mayoría. Sé que él sabe que lo amo, que lo adoro, que está por encima de todos e incluso siento que a veces su seguridad está por encima de la mía.

Amo como huele, pues esa fragancia se la he regalado yo. Adoro como está vestido ya que él sabe que la ropa más clásica es la que mejor le sienta, además ha elegido un traje que yo mismo le he comprado. Pero tiene los pies desnudos y puedo observar como mueve sus dedos mientras lee debido al entusiasmo, al nerviosismo, al deseo y a mil motivos más. Es un hombre de agallas porque me soporta, porque me ama y porque ha aprendido a pervivir en un mundo que ya no es el nuestro sino el de todos.


En definitiva, ya sé porqué lo necesito. Lo necesito porque lo amo y porque él siempre está ahí, sea físicamente o no. Él inunda mis sentimientos y mis sentidos, así como mis emociones y mis recuerdos.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 30 de julio de 2017

Volveré

Durante mucho tiempo he luchado contra mí mismo enfrentándome a mis mayores temores para descubrir que eran insignificantes. Ellos eran sombras oscuras muy densas que evitaban que viese la salida. Mi madre fue un claro referente en mi vida, pues siempre fue la única persona que tuvo las agallas de posicionarse para ayudarme en todo momento. Mi vida hubiese sido muy distinta de no haber tenido una tan fuerte y firme en sus creencias. Por eso me he convertido en un luchador, pues ella lo fue y lo sigue siendo. Es la figura más importante en mi vida.

Si te escribo esta carta es para que comprendas mis motivos para desaparecer un tiempo. Necesito descansar. He librado demasiadas batallas y los sitios que solía visitar se han convertido en una especie de Meca o Lourdes para aquellos que me admiran y desean verse reflejados en mis temerarias acciones. Requiero viajar por el mundo para explorar más allá de sus extrañas fronteras.

Tal vez opinas que no debería hacerlo, pues consideras que nunca te tengo en mis pensamientos o guardo en mi alma cada palabra que me ofreces. Desearía estar ahora mismo entre tus brazos para sentir el potente latido de tu corazón. Ansío que acaricies mis pómulos con la yema de tus dedos y luego enredes estos en mis alborotados cabellos. Realmente, lo deseo. Pero ahora mismo no puedo hacerlo. Tengo que marcharme para solucionar este vacío que pesa demasiado en mi alma.

Pronto te veré. Espero que sea un viaje menos angustioso que el de Ulises. Sin embargo, no quiero que estés aguardando a que lo haga siendo el mismo. Quiero un viaje de cambios, de experiencias y necesidades. Necesito evolucionar para poder seguir estando cuerdo. Por favor, no olvides que te amo. Puede que mi madre sea la figura más influyente en mi vida, pero mi corazón te pertenece desde que tus ojos verdes se cruzaron con los míos.


Te llevaré en mis pensamientos, te buscaré en mis más oscuras noches y en los días más luminosos, pero permite que cruce el mundo para poder extrañarte y recuperar las fuerzas. Todos los sufrimientos que hemos vivido me han destrozado y necesito sanar heridas.

Lestat de Lioncourt 

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

jueves, 6 de julio de 2017

Libertad y amor

Libertad y amor... ¡Arion sabe lo que es!

Lestat de Lioncourt 


—¿Qué ves cuando me miras?—preguntó de pie en mitad de aquella habitación cargada de inmundicia. El olor era insoportable. La comida podrida se almacenaba muy cerca y era la que solían dejarle para alimentarlo. Era como un animal salvaje al que todos temen y a la vez codician.

Su cuerpo era menudo, de cintura estrecha y huesos marcados. Sentía que era demasiado frágil en apariencia, pero dentro había un alma que había sobrevivido al peor de los tratos. Si se había mantenido con vida significaba que era capaz de seguir respirando un poco más. En ella no había conciencia de obedecer, ni el sacrificio de aguantar un golpe más y tampoco los ojos tímidos de una virgen primitiva. Sí había una sobrenatural y melancólica pátina de angustia que aguardaba algo de bondad tras mis puntuales visitas. Desde hacía tres noches aparecía con pan, queso y algo de carne, así como con una bota de vino que saciaba su sed.

—Una criatura temerosa de ser amada—repliqué sacando el pequeño saco de entre mis prendas. Esta vez no había ni pan, ni queso y tampoco otras viandas. Sólo traía monedas de oro para pagar por su libertad.

—¿Realmente ves eso simplemente quieres creerlo?

Sus ojos formulaban más preguntas pues sus dudas eran muchas, pero sólo se atrevió a hacer la más sensata. Había llevado una vida de trabajo y renuncación para sí misma. Un trabajo que consistía en matar a otros en la arena como un auténtico gladiador y en ser la puta de caderas estrechas para cualquiera que abriese sus piernas. El destino era mísero y sarcástico para ella. Aunque no era intrínsecamente un ella. Era un él y era un ella. Ante mí tenía una criatura dotada de ambos sexos y géneros, con una belleza demasiado poderosa y que me hacía caer en la cuenta de lo afortunado que había sido al hallarla. Era, y aún es, fuerte y hermosa criatura de pasado triste y nauseabundo.

—Lo veo—dije lanzándole la bolsa—. Démosle esto a quien te tiene aquí en tan pésimas condiciones. Te enseñaré un oficio, pero sobre todo te enseñaré a ser libre.


Compré su encierro, no su libertad. Su libertad jamás la compré ni le exigí nada a cambio. Sin embargo, Petronia decidió amarme como yo lo hacía. Bien pudo no hacerlo y quedarse sólo en agradecimiento y algo de admiración por mi talento en los negocios. Pero no fue así. Ni siquiera le pedí que eligiera un sexo y una expresión de género. Para mí es en la intimidad una mujer, pero porque siente que me subyuga mucho más ante su belleza idílica envuelta en telas delicadas. Aún así jamás le he obligado. De hecho, he adquirido muchas veces trajes estrictamente masculinos según los cánones sociales y he permitido que se exprese como varón. Es libre de hacer, decir, pensar y vivir como quiera. Del mismo modo que yo soy libre de amar cada cosa que haga, diga o exprese.  

lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones a tu alma

Bianca a Marius... ¡Señoras y señores!

Lestat de Lioncourt

Eres tan cobarde. Pero tan cobarde. Ni siquiera mereció la pena decírtelo cuando me marché. Preferí que mi silencio y el vacío te hiciesen reflexionar, pero después de tantos años sigues siendo el mismo. Llegas a una habitación y la llenas acaparando las miradas de todos. Eres el hombre que todos desean ser, debido a su porte imponente y su forma elocuente al hablar. Sin embargo, sólo eres un pobre diablo. Huyes de la soledad transportándote a otros mundos de pinturas imposibles, pero a la vez terriblemente realistas. Posees magia en tus dedos, ya que tu alma es muy valiosa. No obstante, estás tan furioso contigo mismo, tan frustrado por tus escepticismos y creencias vacías en una política poco democrática, que te envalentonas y huyes a la vez.

He aprendido a comprenderte, pero no a respetarte. Respetarte lo hacía antes cuando estaba ciega y era una ilusa. Creí que podrías amarme, ansiándome entre tus brazos. Confundí la elegancia de tu toque, la pasión de tus besos, la belleza de tus ojos fríos, la elocuencia de tus discursos con la verdad que yacía en tu corazón. Esa verdad que duele cuando te atraviesa y te hiela el alma. Porque es así. Ni tú mismo quieres aceptarlo, pero estoy aquí para ser la amiga que no supe ser, la amante que te intenta ver feliz alguna vez y la mujer paciente que jamás he dejado atrás.

No llegaste a amar del todo a Pandora, aunque adoraste su pasión. Esa misma pasión que veías en ella era la que tú tenías. Era un rival digno. Claro que la codiciabas. Una niña como ella, una mujer que floreció con tanta belleza, era un tesoro increíble para el hijo de un patricio. Tú, un historiador y pintor, tenías que tener una compañera a tu altura. Pero no la amabas. No era un amor real. La adorabas como adora un padre a un hijo, un maestro a su discípulo, un amigo a una amiga y un hermano a su gemela. En mí tal vez viste a alguien similar, igual que en Akasha aunque esta jamás tuvo voluntad propia sobre su cuerpo hasta que despertó, como si fuese la Bella Durmiente, de un largo sueño.

Y todos esos artistas, discípulos y grandes pensadores. ¡Por supuesto que los amaste! ¡Pero de forma egoista! Amabas su arte, codiciabas su cercanía, porque el arte es para ti un hijo y también un padre. Querías tener un medio para comunicarte y ellos eran tus pinceles, lienzos y también los ilusos que hablaban a otros de tus hallazgos o te hablaban de los suyos. Iguales otra vez.

Ese chiquillo enfermizo, ese que ahora tienes a tu lado, es sólo otra ilusión. Daniel no es tu amor y lo sabes. Sólo lo cuidas para no sentirte miserable. Sabes bien a quien pertenece tu corazón, tu alma, tu verdad, tu voz, tu orgullo y tu gran talón de Aquiles. Dilo en alto, pues yo lo voy a gritar por todo el mundo cuando me lo pregunten. Él es Armand, él es Amadeo, él es Andrei...


Odias amar a tu opuesto. Un muchacho que cree que es posible seguir a un dios, tan déspota e hipócrita como lo eres tú, y que teme su castigo, del mismo modo que teme que tú lo ignores. Ahora él tiene un verdadero amor, una balanza en equilibro. Tienes miedo, un miedo horrible. Si bien, puedes estirar tu mano y alcanzarlo o simplemente dejarlo ir. Tú decides. Si no lo haces terminará olvidándose de ti y tú te hundirás en la oscuridad. En ese momento sí serás el monstruo que no debe mostrarse, pues el hechizo de la desesperación se apoderará de ti y en tus ojos no habrá luz. En tus ojos sólo hallarás dolor.  

domingo, 4 de junio de 2017

Mujeres

David Talbot demostrando que es el amor hacia las mujeres junto a Gabrielle y Pandora.

Lestat de Lioncourt 



Estaba sentada en las escaleras de aquel edificio en ruinas. Habían ido a conversar ambas después de una noche demasiado agitada. Las seguí con el único deseo de poder integrarme en aquella charla, pues sentía que mi corazón iba a desbordarse ante tantas emociones tan diversas como terribles. Había empezado una nueva etapa en nuestro mundo y los cimientos que nos habían sustentado, de algún modo u otro, habían sido destruidos convirtiéndolos en cenizas. Por una parte comprendía que hay que evolucionar para poder avanzar, que a veces hay que dejar atrás todo el equipaje, pero este desafío era muy superior a cualquiera que hubiésemos podido imaginar.

Gabrielle, como he dicho, se había sentado en las mugrientas escaleras de un viejo edificio. Tenía constancia que fue un hermoso cine, pero que la nueva era de cines mucho más impresionantes habían destruido las salas pequeñas. Ya no había intimidad en esas salas amplias donde se va más por moda que por el hecho de buscar la emotividad, el cosquilleo nervioso en nuestros vientre y el asombro.

Pandora llegó poco después. Estaba vestida de una forma muy elegante y miró los escalones rechazando el tomar asiento. Su traje bermellón con hermosas piedras preciosas en su cinturón, el cual se ceñía dejando poco a la imaginación para su cadera, la realzaba como una vieja musa. Llevaba joyas de gran valor en sus muñecas, adornando su recogido de trenzado de distinto grosor, y también en su largo cuello o sus pequeñas orejas. Era toda una dama de sociedad, o al menos aparentaba ser una de esas dueñas de grandes fortunas y privilegios. Su oponente, no.

La madre de Lestat estaba enfundada en unos viejos jeans algo desgastados en los bajos, con una guayabera típicamente masculina para muchos, unas botas militares algo sucias y el cabello suelto completamente enmarañado. Ella no llevaba maquillaje, ni joyas, ni perfumes y ni mucho menos parecía necesitarlo. Únicamente tenía un viejo reloj de muñeca de correa marrón que parecía estar roto, al menos su esfera.

—Ha sido muy triste—dijo con la voz ronca y algo quebrada—. Pronto traerán los restantes cuerpos para que sean enterrados como merecen.

—Tu hijo lo hará bien—contestó Pandora con una sonrisa cargada de emoción—. Lo has educado de una forma maravillosa y sabrá buscar igualdad, respeto y comprensión para todos.

—Yo no lo he educado. Ha sido la vida quien le ha demostrado que yo no estaba equivocada—contestó respondiendo a esas palabras y esa sonrisa. Tenía unos ojos fieros, pero sensibles. Se notaba que había estado llorando cuando depositó el cadáver de Mekare en el foso.

—Eres pura pasión y libertad, eres su ejemplo. Claro que lo has educado. Sólo tienes que verte—comentó tras decidir que no importaba si tenía que llevar su hermoso y caro vestido a la tintorería. Se sentó a su lado y apoyó su cabeza en el hombro derecho de su vieja amiga—. Recuerdo la primera vez que te vi. Eras pura fuerza. Callaste a Marius con sólo un par de miradas. A mí me cuesta un largo discurso, pero tú eres capaz de destrozarlo.

—Porque en tus ojos aún hay amor hacia él. Yo no lo amo, aunque le estoy agradecida por salvar a mi hijo—rió estrechando el cuerpo de Pandora como si fuese una niña, pero no lo era. Era ese amor que se siente hacia otro igual. Un amor puro. El amor de una madre hacia otra mujer que, aunque no pudo ser madre, siente la maternidad desde otro punto de vista. Pandora creó a hombres inteligentes y fuertes, apasionados, diestros en las letras y llenos de sueños para que fueran sus “hijos”. Gabrielle no tuvo que crear a nadie. Ella ya había sido madre y sólo tuvo que contemplar, a veces desde lejos, los triunfos y fracasos de Lestat. Ambas eran mujeres fuertes y lo siguen siendo, pero a su modo. Mujeres decididas a todo—. Te quiero. Te quiero muchísimo, ¿lo sabías?

—Sí, sé que me quieres porque aprecias mi compañía—dijo tras una ligera risotada. Alzó el rostro y besó la mejilla de su buena amiga—. Voy a extrañar las conversaciones con Maharet.

—Ha sido un golpe terrible para todas nosotras. Akasha demostró lo ciega que se puede estar al dar importancia, o mayor relevancia, a un sexo. Ella demostró que se puede convivir en paz entre ambos géneros, ayudar a los más desafortunados y cuidar de la familia aunque fuese por medios poco usuales para un vampiro—cerró los ojos y tomó aire para dejarlo pasar lentamente. Todo su cuerpo pareció entrar en paz y Pandora hizo lo mismo.

—Vivimos en una sociedad patriarcal. Mi padre me hizo ver que era tan válida como cualquier hombre, pero hoy en día faltan hombres como él. Siempre han faltado hombres como él—comentó Pandora mirando con sus ojos castaños a Gabrielle para luego tomarla del rostro—. Has roto los géneros, que sólo son construcciones culturales de sociedades que no quieren avanzar, y has logrado colocar esa semilla en el corazón de tu hijo. Espero que la sociedad sea más justa y equitativa. Aunque sólo lo sea la sociedad vampírica....

Temía interrumpir, pero ambas giraron su rostro y me miraron. Era un intruso. Si bien, quería luchar a su lado. Deseaba escucharlas. Sabía que tenían cosas impresionantes que mostrarme. Gabrielle era muy cerrada, muy terca, muy poco dada a las largas conversaciones y yo era un ser que amaba desvelar misterios. Por un lado temía desvelar los que ella me ocultaba, pues había cosas que no querría mostrarme como cualquier otro en su lugar, pero por el otro ansiaba ver desnuda su alma para besar cada cicatriz.

—¿Llevas mucho ahí?—preguntó con suspicacia Pandora.

—El justo.

Recordé como ella en sus memorias decía que no sabía vestirse, ni maquillarse, y que era una fiera. Flavius, que era un hombre, supo explicarle como usar el labial, los polvos, los trajes y velos. Él, que era un símbolo de masculinidad, embelleció el rostro de su dueña porque el interior de esta ya estaba perfectamente amueblado. Demostró que saber de colores o maquillaje no era sólo cosa de mujeres. El recordar eso me hizo sonreír. Esa noche llevaba un maquillaje sutil que le daba una apariencia muy humana.

Tomé asiento entre ambas, pues se separaron para darme la bienvenida, y entonces Gabrielle apretó mis manos entre las suyas. Cuando me miró intensamente supe que me estaba dando las gracias en silencio, pero a viva voz si se trataba de sus pupilas.


¿Cómo no amar a las mujeres? Si ellas son nuestras madres, amigas, compañeras... Son parte de nosotros y nosotros de ellas. Tenemos que luchar a su lado para que puedan finalmente alcanzar el respeto que se merecen, la voz que parece haberles sido robada y el amor que nunca debió faltar en sus vidas. Me quedé allí guardando respetuoso silencio recordando la marcha de Maharet y pensando que quizá teníamos el privilegio de comenzar una sociedad nueva mucho más justa sobre y bajo su recuerdo.   

domingo, 14 de mayo de 2017

Rememorando

Tras "El ladrón de cuerpos" decidí hacer algo por él y para mí.

Lestat de Lioncourt 



Me encontraba de pie frente a él. Me miraba con esos ojos cargados de lágrimas. Tenía un diluvio en la mirada y el causante era yo. Podía sentir esa tormenta querer descargar sobre mi pecho y contra mi alma. Observé su rostro en su conjunto. Tenía una mueca de desesperanza y angustia terrible. Sé que para él lo soy todo, del mismo modo que él lo es para mí. Yo lo sé. En aquel momento también lo sabía, pero soy demasiado impertinente y brusco para explicar la compleja trama de sentimientos, emociones y pensamientos que se tejen en mi cabeza noche tras noche, aventura tras aventura y año tras año. Tenerlo frente a mí, encarando una vez más su angustia, me hizo comprender lo débiles y torpes que podemos ser todos. Sobre todo cuando uno está cegado por ambiciones que sólo cuando se marchan, como si fueran nubarrones que han secuestrado el sol y el cielo azul veraniego, podemos ver y comprender que fuimos estúpidos.

—Creí que te perdía—dijo con la voz quebrada.

Estábamos a solas al fin en aquella casa que parecía más una pocilga que un hogar. El suelo estaba destrozado, el papel de la pintura tan lleno de humedad y desgarrado que provocaba una sensación de abandono terrible, había lugares quemados y otros que parecían ser una escombrera. Olía a polvo, humedad, basura y recuerdos. Sobre todo olía a recuerdos. Su habitación no estaba lejos de aquel pasillo y la pintura, esa algo infantil y cargada de referencias a famosos cuentos, todavía estaba visible.

—Creí que desaparecerías como ella. Te convertirías en cenizas y humo—añadió.

—No tendrás tanta suerte—repliqué riéndome a viva voz.

—¡El que arriesga su suerte y la mía eres tú!—dijo alterado.

Acabó llorando y yo me acerqué a él. No dudé en tomarlo entre mis brazos. Sus sentimientos eran puros y desesperados. Comprendía bien lo que sentía porque era lo mismo que yo vivía. Se agitaba de pies a cabeza. Mis manos acariciaron sus cabellos apartándolos de su rostro, dejándolo así al descubierto, para finalmente besar sus mejillas y su frente. Era un ser excepcional. Realmente lloré cuando lo creé, tal y como dijo Armand. ¿Quién no podría llorar ante semejante criatura?

—Te amo—susurré—. Sé que he cometido muchos errores. No merece la pena pedir disculpas por mis malas acciones, del mismo modo que no exijo que tú lo hagas. Sólo quiero abrazarte.

—Sólo discutimos—musitó ocultando su rostro en mi torso—. Sólo servimos para eso...

—Discutimos porque nos preocupamos tanto el uno por el otro que nos inmiscuimos en asuntos poco honestos, incorrectos y para nada agradables o satisfactorios. Queremos ser el héroe el uno del otro—besé su frente tras decir esas palabras, como si fuese un niño y yo el ángel rebelde que guarda su alma.

—¿Para qué me has traído aquí?—preguntó.

—Es el lugar donde fuimos felices una vez y donde lo seremos de nuevo—respondí tomándolo del rostro para perderme en sus mares verdes, desapacibles y cargados de una tormenta que aún desbordaba. Sus mejillas estaban encendidas y además manchadas de pequeñas lágrimas sanguinolentas. Era hermoso. Parecía el retrato de una virgen doliente.

—Las cosas maravillosas no pueden repetirse ni obligarse a reproducirse—susurró con una sonrisa amarga.

—No, no espero que sea igual. Sólo deseo recuperar este lugar para poder iniciar de nuevo una vida a tu lado. Te dije que procuraría darte todo lo que deseas y sé que amas esta casa, este patio, estas vistas y esta ciudad. Sé que la amas, como la amé yo, aunque ella posiblemente nos odie profundamente a ambos.


Aquellas palabras lograron que él volviese a estar entero, aunque parecía como si estuviese ensoñando. Sus manos se aferraron a mis muñecas con delicadeza, dejando unas simples caricias, para después deslizar sus labios sobre los míos y dejar un beso muy íntimo. Las mismas palabras que yo pensé una y otra vez para mí mismo. Debíamos volver atrás para tomar impulso hacia el hoy. Tener en cuenta esos recuerdos para no cometer los mismos errores. Pero siempre esperando algo más, algo nuevo, algo mejor...  

domingo, 7 de mayo de 2017

Madre

Hola, soy Lestat de Lioncourt y adoro a mi madre. Bueno, adoro todo lo que representa la palabra maternidad.

Lestat de Lioncourt 


Hay quienes se atreven a afirmar que su profesión es la más dura que existe. Sin embargo, desconocen la palabra maternidad. La verdadera maternidad es una profesión de riesgo, llena de sinsabores, en la cual aprendes día a día y jamás existe jubilación. Nunca dejas de ser madre. La maternidad exige a la mujer algo más que dar una vida, sino el cuidarla y el no entorpecer su desarrollo. Una madre comienza a preocuparse por su hijo el mismo día que sabe que está gestando vida y deja de perturbar su situación sólo cuando fallece ella.

No se suele tener en cuenta a las madres de forma diaria salvo cuando ya no están. En el momento en el cual una madre desaparece de la vida de un hijo, por adulto que sea, este comienza a entender el hueco que queda. Ya no están sus ojos atentos a todo lo que hacen, ni sus consejos repetitivos, y tampoco sus llamadas a cualquier hora para saber si está bien. Las madres son seres que a veces quedan invisibilizados, echados a un lado como si fueran juguetes rotos u olvidados porque la vida adulta es fascinante.

El mayor reto de una madre es tener un hijo sano, el siguiente es educarlo con valores y el último es que llegue a ser feliz. Ya no es que posea una carrera impresionante, grandes amigos, una pareja que le ame... Simplemente desean que sean felices aunque su profesión parezca insignificante a ojos de todos.

Hace siglos el cuidado y crianza de los hijos era sólo patrimonio de mujeres. Era su oficio. Las labores domésticas, los hijos y estar presentable ante la pareja. Actualmente se ha sumado el trabajo fuera del hogar y no se ha disminuido del todo la carga familiar. Un hombre cuando es padre se le sube el sueldo en la empresa, a una mujer es posible que la despidan. Aún se cree que educar es sólo cosa de mujeres, aunque creo que sin duda alguna pueden ser muy influyentes si estas pasan más tiempo con los hijos. Ese es el problema. Los hombres tienen oficios que los mantienen lejos de casa, como en otros siglos era la guerra o el labriego. Ahora las mujeres también pasan horas en las oficinas, empleos mal remunerados o simplemente buscando un sueldo para que colabore con la cesta de la compra. Los niños se están educando frente a pantallas de ordenador, televisión y videoconsolas. Están olvidando los cuentos, los consejos, el ruido de un hogar sano y fuerte...

Las madres se enfrentan hoy en día a mayores peligros para sus hijos. Cada vez hay más formas de causar daño a los más jóvenes y de entorpecer su felicidad. Es algo que llena de temores a una verdadera madre, la cual no siempre tiene porqué ser la que trajo al mundo a su hijo o hija. Madre no es sólo quien da a luz, es quien educa y se preocupa. Hay madres que lo hacen solas, madres que lo hacen acompañadas de otras mujeres y madres que lo hacen en compañía de hombres más o menos decentes.

Muchos me han juzgado por como soy con Lestat. Creen que no le amo lo suficiente porque no estoy ahí. Me juzgan por haberme marchado de su lado y haber hecho mi vida. Si bien, fue una oportunidad maravillosa para ambos. Nos descubrimos a nosotros mismos y aprendimos cada quien una lección intensa, magnífica e importante. Si bien, siempre me he preocupado por su felicidad y bienestar. He aparecido cuando realmente lo necesitaba, pues la lección ya la había aprendido y sólo quedaba que resolviera el asunto de una maldita vez. Ahí estaba llorando cuando Akasha se lo llevó y amenazó al mundo, al igual que cuando Memnoch lo hizo o él tenía que asumir el riesgo de luchar con tenacidad y honradez para salvar a los más indefensos.


Siempre he querido ser un ejemplo de firmeza y amor, pero muchos creen que debería estar más pendiente de mi hijo. No. No se debe. Una madre debe saber cuándo ser el colchón y el pilar fundamenta, y cuando tiene que aprender a levantarse su hijo por si solo. Es parte de la educación y del aprendizaje. Aún así siempre me preocuparé, siempre tendrá consejos, siempre me sentiré orgullosa y siempre lo amaré. Soy madre y es mi profesión. Mi profesión es preocuparme por la vida de mi hijo, su felicidad y transmitirle mi orgullo, respeto y amor.  

jueves, 4 de mayo de 2017

Poema Pandora

Arjun va ganando la jugada.

Lestat de Lioncourt 


Dulce y entusiasta sinfonía de afecto
la cual seduce con candor mi alma
más allá de lo físico, donde anida el intelecto...

Tú, Pandora.
Yo, tu discípulo.

En mis sueños siempre se te aclaman.
Pareces una diosa entre las féminas...
las mismas que con entusiastas voces te llaman.

Tú, la mujer.
Yo, tu hijo.

Eres un enigma que en mí germina
que logra que florezca el deseo
más allá de estas simples rimas.

Tú, mi aurora.
Yo, tu noche.

La canción de cuna que me hace reo,
entre tus brazos de madre bondadosa,
es la misma que yo con énfasis tarareo.

Tú, mi vergel.

Yo, tu desierto.


lunes, 1 de mayo de 2017

Viejo guerrero

Gregory dando lecciones, señores.

Lestat de Lioncourt

Todos hemos cometido errores. Hay quienes esos errores los han hecho en soledad, o públicamente, y contra ellos mismos, pero hay otros que los han cometido contra decenas y a veces en plena oscuridad, en el silencio de la noche, cuando todo el mundo cree que está salvo en su cama. Nadie está a salvo de sentir las consecuencias de los errores de acciones que jamás han conocido ni conocerán. El mundo es tan global que el aleteo de una idea puede convertirse en un huracán, terremoto o maremoto al otro lado del mundo.

He vivido cientos de guerras, pero otras sólo las he visto por la televisión. He sido espectador, como muchos otros. Veía esas imágenes como quienes ven una serie de televisión o una película. Observaba las armas disparando a bocajarro a civiles y otros soldados que únicamente tomaban las suyas porque el patriotismo, el deseo de ayudar a su pueblo o simplemente un buen sueldo que les permita vivir, aunque más bien sobrevivir, se lo exigieron. Algunos incluso estaban obligados y había quienes no levantaban más de un palmo del suelo, pues eran niños soldados adiestrados para combatir hasta la muerte. Nos enseñan que el patriotismo es morir por tu pueblo, pero en realidad se muere por las decisiones políticas tomadas en un despacho y que sólo favorecerán a la élite. Las he visto demasiado cerca, he sentido las bombas cayendo cuando antes sólo era el sonido de espadas. Todo ha ido cambiando. Incluso ahora hay una guerra silenciosa que te mata mientras duermes, pues son gases tóxicos que te arrebatan todo.

La guerra es el mayor error. Los conflictos verbales o físicos son errores. La violencia no es solución aunque sea sólo para combatir otro tipo de violencia. Educamos mal, enseñamos valores indebidos y hacemos discursos que realmente no tienen sentido en un mundo donde todo parece fácil y al alcance de cualquiera. Obligamos a los jóvenes a leer libros que no entienden y terminan odiando la cultura, la lectura y por ende el pensamiento crítico. Decimos quienes deben adorar, la ropa que deben usar y cuánto dinero tienen que exigir en un empleo. Y digo que somos todos los culpables, pues tanto lo es quien lo hace que quien acepta las normas del juego.

Soy un viejo guerrero que ve más honor en aquellos hombres que luchaban con sus manos desnudas que con estos que aprietan botones y lanzan misiles, aunque tanto unos como otros están equivocados. Son errores garrafales que asolan el mundo y lo perjudican. Como he dicho antes, sólo ganan los más privilegiados que son los vendedores de armamentos, los políticos y las petroleras. Os venden terrorismo para generar miedo y caos, pero las peores fobias son las que más pasan por alto. La homofobia, la transfobia, la xenofobia, la misoginia o el miedo a quien reza distinto está generando más muertes y desprecio que un tiroteo.


Hemos acabado con una guerra abierta entre nuestra raza, los vampiros, y ha sido a base de conversaciones en plena madrugada. Me pregunto porqué es tan difícil para los humanos comprender que las diferencias se liman hablando y no con bombardeos, golpes o disparos. El día que entendamos que no existe un "nosotros" y un "ellos", sino que todos somos lo mismo y necesitamos cooperar tal vez sea demasiado tarde.  

sábado, 29 de abril de 2017

Consumida en dolor

Reconozco que no fui el mejor padre del mundo...

Lestat de Lioncourt 


«No apartes la vista de mí.
Acepta tu culpa, asume tu dolor.
No apartes la vista de mí.
Ofréceme de tu alma el sinsabor.»

En contadas ocasiones frecuentaba los viejos muelles sin autorización de mis padres inmortales. Era una visión estremecedora para los viejos marineros que creían estar alucinando debido al exceso de alcohol. Muchos miraban hacia fuera tras los turbios cristales de esos pútridos lugares cargados de libertinaje. Si iba allí a solas, sin que nadie pudiese juzgarme más que mis víctimas y yo misma, era porque necesitaba sosegar mis demonios.

Por aquel entonces yo sólo intentaba comprender qué sucedía conmigo, qué había de mal en mí. Veía a las mujeres en los regazos de los hombres conquistándolos con generosos escotes, risas descaradas y palabras sugerentes. Las veía convertidas en flores tóxicas que terminaban abriéndose en camas de ropas cochambrosas y arrugadas. Vendían sus carnes jóvenes y los hombres parecían adorarlas, aunque no todos se fijaban en ellas. Había quienes preferían la terneza de otros hombres más jóvenes o algo más robustos.

Observaba con mis perfectos ojos de muñeca lo pueril y desagradable que podía ser el mundo, pero también lo fascinante que era tener un cuerpo adulto. Mis pretensiones se quedaban en nada pues la coquetería no estaba bien vista en una delicada niña con zapatos de charol, medias de encaje y perfectos vestidos engalanados con lazos diminutos. Era delicada como mis supuestas compañeras de juego, las cuales amontonaba sobre la cama que no usaba.

Mis dudas sobre mi nacimiento se acumulaban como las sombras en mi alma. Era un veneno amargo e irritable. Buscaba la verdad a altas horas en las bibliotecas, espiaba a Lestat por si hallaba alguna solución al misterio y preguntaba constantemente a Louis por cada uno de los hechos que yo desconocía. Pero todo quedaba en el aire como el humo de las chimeneas de las casas más pudientes.

Una vez escuché decir a Lestat que yo le recordaba a su madre. Me di cuenta entonces que él había sido humano, igual que lo fue Louis y su hermano, y por ende yo debí haberlo sido en algún momento. No lo recordaba. Todos mis recuerdos se habían borrado. Aquello provocó una profunda herida que nunca se cerró, sino que se abrió hasta convertirse en una grieta que acabó destrozándome.

Con el paso de los años me di cuenta que jamás sería adulta. Nunca envejecería, enfermaría o conocería el amor de un hombre tal y como una mujer desea sentirlo alguna vez. Me miraba al espejo y observaba a la niña de apenas unos seis años. Quería llorar y no me lo permitía porque mis lágrimas eran sanguinolentas y me horrorizaba. Por eso terminé odiándolos. Hubiese preferido morir a vivir un horror tan deleznable como ese.


Hoy zarpamos hacia París. Hemos recorrido el mundo Louis y yo. Lestat quedó atrás hace tiempo y ahora me queda dejarlo a él. Quiero abandonarlo nada más llegue a Francia, pero no sé cómo o cuándo. Matarlo es una posibilidad, pero prefiero que sufra en vida por todo el dolor miserable que me ha causado. 

viernes, 28 de abril de 2017

Experimentar es creer

Bueno... digamos que Julien quiso contar algo.

Lestat de Lioncourt 


Siempre he sido un ferviente defensor que nada es real hasta que se experimenta. Durante muchos años creí que el amor no existía más allá de las hermosas, a la par que extensas, descripciones de los libros, los cuales usualmente leía con avidez desde una edad muy temprana, que abarrotaban los baldes de mi biblioteca. Observaba los diversos tomos y me decía a mí mismo que debía ser maravilloso creer en el amor como se cree en Dios: ciegamente. Pero yo carecía de fe en uno y otro. Para mí Dios estaba tan muerto como el amor, pues jamás lo había tenido. Al menos, no el amor romántico. Por supuesto que conocía el amor familiar, a pesar que mi madre me veía como una carga, y la complicidad que se tiene con amigos que hacen juramentos de sangre y alma. No obstante, el amor de pareja era para mí una fachada bien maquillada de miedo a la soledad.

Como he dicho, soy defensor de creer a pies puntillas sólo lo que se experimenta. Las cosas vividas pueden ser contadas -ya sea con una descripción perfecta o más vacua- y las que no se viven son mera suposiciones o supercherías. No se puede dar por válido algo que se imagina. Y yo el amor lo imaginaba. Alguna vez creí tenerlo, pero se esfumó rápido. Una cosa es el deseo sexual y otra cosa el amor. Se pueden tener ambas cosas, una o ninguna. Incluso se puede confundir el amor con el cariño, respeto y necesidad de no verse solo. En mi caso era la absurda necesidad de tener un heredero, no estar solo y tener a una mujer que me recordara a diario lo maravilloso que podía ser como empresario de éxito, padre y esposo. Un amor, o más bien un cariño, muy egoísta.

Rebasaba los sesenta cuando conocí a un hombre. Había tenido fugaces escarceos con hombres de toda condición. Incluso con los esclavos que una vez sembraron mi algodón, pero eso es otro tema. También me revolqué con mujeres que no eran mi esposa y que ni siquiera recordaba, aunque eso era cosa del Impulsor. En mi familia había un fantasma que generación en generación se ocupaba de vincularnos unos con otros, creando una red perfecta de parentesco y unos vínculos perversos. Sin embargo, jamás conocí a un hombre como él. Se llamaba Richard.

La historia ya la conocen. Saben muchos detalles. Sin embargo, quiero contar algo que todavía no he dicho. Muchas veces se ha comentado sobre mis juegos sexuales, mi diversión y coquetería. No obstante pocas se ha dicho que él sabía como encenderme. A veces me hallaba en el despacho de abogados que fundé, trabajando hasta altas horas de la noche cuando ya nadie más rondaba el edificio, y aparecía enfundado en uno de sus elegantes trajes. Se sentaba frente a mí sonriendo con coquetería y me relataba algún hecho divertido, para de inmediato añadir que llevaba una fina lencería femenina bajo sus prendas masculinas.


Richard se convirtió en mi tormento, pero también en aquello a lo que aferrarme antes de perder las fuerzas. Era la esperanza en mitad de la tragedia y si no lo hubiese tenido me hubiese hundido en la más honda miseria.  

sábado, 1 de abril de 2017

Tabúes rotos.

Petronia quería publicar esto el 31 de Marzo, Día de la visibilidad Transexual, pero no ha podido ser. Hoy lo haremos. 

Lestat de Lioncourt 



Miré la fecha en el calendario una y otra vez. Sabía lo que hacía. Comprendía bien que estaba desquebrajando mi mente para aceptar que una vez más debía ser visible de algún modo, ¿pero alguna vez fui invisible? Supongo que quise serlo, pero no pude. La sociedad siempre imposibilitó que estuviese en las sombras acomodada, acompañada con mis propios miedos convertidos en demonio y diciéndome a mí misma que podía superarlo.

A veces me siento más cómodo actuando como se supone que debe hacerlo un hombre, pero amo demasiado ir de un género a otro. Mis genitales quedaron en la intersexualidad. Poseo pechos, pero tengo ambos genitales. Mi cuerpo no tiene demasiadas curvas y tampoco me interesan más. Creo que tienen las justas. Unas veces visto más sobrio, otras me coloco colores llamativos e incluso vestidos. Soy algo violento al hablar, muy masculino a la hora de mirar, pero después algo en mí se rompe y saca a la luz la mujer que también soy.

He vivido denegando el género. Es decir, no he usado ni uno ni otro o ambos a la vez. No es una locura, simplemente quedé en la mitad y terminé aceptándome tal como soy. Soy feliz, soy alguien respetado por mi comunidad artística y por el hombre que me ama. ¿Necesito más? Tal vez sí. Necesito que dejen de señalarme. Necesito que dejen de burlarse. Necesito que los doctores dejen de calificarlos como enfermos y de aplaudir ideas retrógradas. Habrá hombres transexuales que jamás acepten la testosterona extra en su cuerpo, esa que se coloca con geles o inyecciones, y habrá mujeres transexuales que jamás usen una gota de maquillaje o nunca cambien sus genitales porque los han amado. Qué más da.

Sin embargo, ahí estoy. Estoy frente a la fecha y noto como Arion me observa. Estoy sin un trozo de tela y me digo que soy una criatura hermosa. He luchado por seguir en pie cuando me han querido aplastar. Ahora les toca a otros seguir librando batallas. La sociedad debe aceptar que cada quien es como es y no hay que imponer estigmas, mentiras biológicas o falsos dioses que hablan de vírgenes que conciben hijos a través de palomas.


Hay que amarse más, respetarse más, desearse más y olvidarse de tabúes. Mi nombre es Petronia, mi género ya no lo sé ni me importa realmente, y mi sexo es una mezcla maravillosa. Amo a un hombre, lo amo con la devoción que muchos tienen a dioses y santos, porque me ha sostenido en los peores momentos. Su color de piel jamás me asustó, a él no le asustó lo diferente que puedo ser cuando la ropa cae al suelo y sus manos recorren mi cuerpo.  

lunes, 20 de marzo de 2017

Padre

¿Puedo decir que estoy orgulloso?

Lestat de Lioncout


Ni siquiera sé bien qué es un padre, pero tengo ciertos referentes. Cuando conocí al mío pensé que al fin comprendería al cien por cien qué era, cómo se comportaban y la forma especial en la que un padre y un hijo tratan temas transcendentales. Sin duda alguna, siendo mi padre Lestat, me equivocaba.

Es como ser el hijo de Indiana Jones. Siempre está detrás de tesoros ocultos, verdades incómodas y locuras asombrosas. Él dice que es importante saber la verdad más que su protección. Estúpido. Me parece demasiado insano. Sin embargo, pese a que nos parecemos físicamente, incluso en muchos rasgos intelectuales, somos opuestos.

Él no fue a ningún colegio de pago, ni a la universidad y tampoco tiene un título universitario que puede colgar en su pared. Tampoco viajó en su infancia ni tuvo un desarrollo intelectual amplio, esmerado en todos los sentidos y casi sin límites. Fue un niño que se conformaba con ver las ascuas de la hoguera, escuchar historias de monstruos feroces, salir a cazar algún conejo y conformarse, de alguna forma, con una buena azotaina como caricia. No viajó más allá de los bosques y ríos de su zona hasta que cumplió aproximadamente mi edad. Estar ebrio para él era divertido, igual que levantar las faldas de las mujeres. Yo no había tenido novia formal hasta conocer a Rose y, con cierta timidez proclamo, que tampoco una que pudiese considerarse una relación más allá de unos meros besos, salidas al cine y conversaciones online. No era porque no pudiese, era porque no entenderían como era mi “familia” y el traslado continuo de los equipos, de un lado a otro, evitaba que me hiciese amigo íntimo de alguien y mucho más que pudiese surgir la chispa.

No obstante, si nos ponemos el uno al lado del otro parecemos hermanos. Somos testarudos, hacemos gestos similares, suspiramos y ponemos el grito en el cielo cuando Marius comienza con sus batallas imposibles, sus reglas intransigentes y su forma de obligarnos -o al menos intentarlo- a ser formales. También si comparo a Rose con Louis hay cierto parecido. Ambos son tranquilos, hogareños y amantes de la lectura. Además, nos soportan.

Somos unos tipos con suerte, ¿pero debería decir que es mi padre? Creo que más que mi padre es mi amigo. ¿Pero no es eso también un padre? No lo sé. ¿Importa? No lo sé. ¿Me duele? No lo sé. No sé nada en estos momentos. Sólo quiero chillar y sentirme libre, absolutamente libre, pero a la vez atado a unas raíces y sintiendo el amor incondicional de un hombre que ha hecho demasiadas cosas, es símbolo de una revolución y ahora lo llaman líder de todos y todo.



lunes, 27 de febrero de 2017

Martes de Carnaval

He estado fuera de la ciudad unos años, pero parecen siglos. Es como si todo hubiese cambiado de repente. No obstante, el aroma del dondiego y el jazmín lo impregnan todo aún. Observo las calles y su trazado sigue llevándome al Barrio Francés. De algún modo puedo notar vibrar el suelo bajo mis pies, sentir notas de piano escapándose por la que fue la ventana de mi magnífico salón y vislumbrar a lo lejos la figura melancólica de Louis. Ese paisaje bucólico de carruajes, acento francés marcado y trajes de época ya no volverá. Ni siquiera estaban ahí la última vez. Pero cierro los ojos y regreso. Regreso a la tierra que me dio la bienvenida. 

Por unos días he dejado París y he regresado a mi tierra de vudú, mestizos, bourbon y medias verdades. El martes es carnaval. Pronto será la cuaresma y todos empezarán a esperar la Pascua cristiana. Pero de momento, disfraces, desfiles, y fiestas en la calle acompañadas de bisutería y juguetes. El sonido del carnaval envolverá todo con sus bailes y yo me sumergiré en ellos. 

He vuelto aquí. Podría decir que he vuelto a mis orígenes, pero sería mentir. Soy un extranjero más, pero me siento arropado. Aquí conocí la felicidad. Tal vez, por eso regreso. Necesitaba revivir viejos momentos por sus calles. 

Viktor lleva todo el día parloteando sobre el desfile. Jamás ha venido. Está en la habitación aledaña. Mi casa le ha fascinado y no para de comentar todas las veces que ha leído sobre ella. Rose es más callada. Ella sólo contempla por la ventana el jardín trasero y de vez en vez me pregunta sobre algo importante que haya ocurrido en la ciudad. Louis lee en la pequeña biblioteca que aún conservo. La casa fue decorada a gusto de mi amante, recuperando la belleza de otra época gracias a grandes artesanos y anticuarios, mientras que el jardín decidí yo que flores plantar. Las palmeras parecen saludar a Armand, el cual lleva más de media hora frente a la verja principal. Supongo que para él también tiene un significado especial este lugar, pero no precisamente como lo es para nosotros. Invitarlo tal vez no fue buena idea. David acaba de irse. Creo que necesita tiempo para estar a solas y asimilar todo lo que hemos vivido. La última vez que estuvo aquí, en mi casa, Merrick estaba viva.

En lo referente a mí me he pasado varias horas recorriendo la ciudad. Es cierto que hay muchos jóvenes imitándome. Es curioso. No soy el mejor ejemplo a imitar. Soy un idiota. Un idiota con suerte, eso sí. He tenido mucha suerte. Si bien, no hablo de buena suerte por ser un vampiro tan conocido, sino por todos los que me han amado. 

Mañana será el desfile del Mardi Gras. Mañana volveré a escuchar risas por las calles y pensaré en demasiadas cosas. Cosas que he vivido con intensidad en esta ciudad.


Lestat de Lioncourt 

martes, 21 de febrero de 2017

Amor, amor

Ha pasado dos años desde que comprendimos que el mundo era distinto a lo que conocíamos, que nuestro Jardín Salvaje era más exótico, y aún nos falta mucho por hacer para integrarnos unos con otros. Todavía nos cuesta entender las circunstancias en las que nos vemos envueltos, el dolor que aún marca cada milímetro de nuestra piel nos lo impide. Hay que dejar atrás el peso muerto de las desgracias y enfocarnos en el virtuosismo de la unión. Esta enseñanza tenemos que compartirla y hacerlo con el único sentimiento válido en este mundo: el amor.

Recuerdo que he cometido muchos errores, muchos pasos en falso, muchas decepciones, he recorrido valles de espinas y barro creyendo que eran amapolas, he caído en depresiones tan profundas que prácticamente era alimento de brea y aquí estoy. Quise ser tantas cosas, me empeñé en tantas aventuras, y aunque algunas fracasaron, y otras sólo eran ilusiones en mitad de un desierto, valió la pena. Me arriesgué. Buscaba la felicidad y la libertad. Si no se es libre no se puede ser feliz. Hay que entenderse a uno mismo y comprender que cualquier circunstancia es buena para salir a flote con una sonrisa atrevida.

En ocasiones echo la vista atrás por pura nostalgia. Y veo a mi madre sentada en el alfeizar de la ventana de su fría y húmeda habitación, con un libro de poemas entre sus delgadas manos y los ojos perdidos en la lontananza del valle. También escucho de fondo el crepitar de la hoguera de la chimenea, la cual se aviva de vez en vez. La nieve cayendo. El sentimiento de desasosiego por la inminente muerte, el pasar rápido de los días, el sonido a lo lejos del disparo de mi escopeta y el ladrido de mis perros de caza trayéndome la cena del día siguiente. Incluso puedo respirar el perfume sudoroso de los senos de las mujeres con las cuales me encontré una y otra vez, en pajares y esquinas inmundas, para luego perderme en la belleza bucólica de la triste mirada de un músico desgarrado. Aún escucho su violín mientras de sus labios sale un murmullo de palabras de amor que no supe entender, cuidar y avivar. Todo está ahí. Parece que nada se ha movido de su lugar. Puedo estirar los dedos y tocarlo, pero entonces despierto. Han pasado siglos, no soy humano y tengo un destino que me encanta. He salido favorecido de cada arriesgado plan. Soy un líder.


Sin embargo, ¿queréis sinceridad? Aquello de lo que estoy más orgulloso es de estar en estos momentos con él entre mis brazos. Louis descansa agotado tras horas usando su privilegiado Don de la Nube. Los cielos ya no son un misterio para él. Él me ama, yo le amo. Pero también amamos profundamente a los que nos acompañan. Somos una pequeña parte de una enorme familia. Somos flores salvajes en un salvaje jardín.


Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt