Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 9 de octubre de 2017

Impulsor...

Lasher ha regresado aunque sea en poema... 

Lestat de Lioncourt 

Susurra de nuevo el encantamiento.
Oscuros sortilegios surgieron de tus labios...
Y estos jamás los pude olvidar.

Eras tú, era yo y el círculo de piedras.
Llévame hasta ese momento otra vez.

Ilusas fueron tus predecesoras...
Muertas todas por su ambición y poder.
Pero yo las amé, las amé a todas.
Una a una las acompañé hasta la última hora.
La misma hora que ahora está llegando.
Suena en el reloj del salón la media noche.
Ora por las almas antiguas y venideras...
Rowan ya es la puerta.

Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Soy Lasher.
Soy por quien veréis este atardecer
y comprenderéis lo que os quise hacer entender...
Yo no era un demonio, yo no era un fantasma...

Taltos... Macho Taltos... dispuesto a procrear con brujas.

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

lunes, 22 de mayo de 2017

Muerte y melodía

Este momento se deja entrever en los libros, pero nada más.

Lestat de Lioncourt

—No deberías hacer esa fiesta—dije.

Mi voz sonó gruesa, muy varonil, pero extremadamente débil. Tenía los ojos fijos en ella y no podía apartar la mirada. Era como ver una magnífica ilusión de una sirena recién salida de las aguas. Estaba desnuda mostrando su cuerpo de forma indecente, paseándose por la habitación, intentando concentrarse en qué vestido usaría. Había decenas en la cama. Tenían todos cortes provocadores y extremadamente seductores.

Sentí que me ahogaba, aunque eso era imposible. Yo sólo era un espectro sin cuerpo intentando acapararla. Una congoja extraña subía en mi garganta recordando la discusión de Carlotta con Lionel. No podía dejar de imaginar o siquiera pensar que ambos estaban tramando algo extraño. No obstante no pude escuchar demasiado porque ella giró su rostro, me miró y encendió la radio. Maldita radio.

—Eres un absurdo—contestó—. ¿Acaso no te gusta la dichosa música?—preguntó girándose hacia mí.

Su madre había muerto hacía algún tiempo, también Julien. Las personas que amaba me abandonaban. Su pequeña hija, Antha, estaba sentada en el pasillo jugando con una muñeca de trapo. Ella la hacía bailar tomándola de sus pequeños brazos y entretanto Evelyn suspiraba cansada. La hija que había tenido con Julien estaba en su mansión a cargo de una niñera, aunque ya tenía edad suficiente para defenderse sola. Sabía que venía a la fiesta arrastrada por Stella, por el amor y la confianza que ambas se tenían. Ambas brujas estaban enamoradas y deseosas de volar libres, pero a la vez sentían la fría y fuerte losa de la familia.

—Me gusta, pero tengo un mal presentimiento—aclaré.

—Tú eres el mal presentimiento, Impulsor—me reclamó frunciendo el ceño.

—Creí que me admirabas y querías... —dije con la voz temblorosa.

—Creíste mal—dijo enérgica—. Ya estoy cansada de luchar con la familia y de intentar sobrevivir en este mundo de gente absurda y cínica. Por favor, déjame en paz. ¡Necesito despejarme en esa fiesta!—acabó gritando provocando que Evelyn diese un respingo al otro lado de la puerta.

—Stella...—mi voz sonó igual que la de Julien cuando se moría. Era idéntica.

Aún usaba su aspecto cuando me aparecía para caminar por las avenidas. Ese garbo jamás lo tuve yo ni vivo ni muerto. Sus ojos eran dos zafiros azules, como los de Stella, y su sonrisa la de un diablo encantador. Pero mi apariencia en ese instante era el del hombre que fue quemado en la hoguera. Aunque, ¿alguna vez fui un hombre? Siempre fui un monstruo.

—Esfúmate por ahora, Impulsor.


No debí hacerle caso. Una hora más tarde murió. Lionel disparó a su pequeño cráneo y ella cayó desplomada en el suelo. La música sonaba logrando que no pudiese asistirla. Cayó frente a mis ojos, pero también frente al hombre de Talamasca que fue a visitarla, su propio hermano que la disparó y todos los restantes familiares y amigos. Aquello fue demasiado terrible. La pequeña Antha también asistió a esa muerte y quedó por siempre marcada.  

domingo, 30 de octubre de 2016

Demonio y ángel

Supongo que era el único que la quería en esa casa.

Lestat de Lioncourt 




Su cabello era negro muy espeso y suave, caía en ondas descaradas sobre su estrecha espalda. Tenía la piel como la de una muñeca de porcelana. Poseía una sonrisa casi mágica. Me enamoré de ella perdidamente cuando la tuve frente a mí. Era solo una niña. Sabía que iba a estar a sus servicios, como hice con su madre Antha y su abuela Stella. Dormía cómodamente en su cuna la primera vez, la última estaba en su cama ebria de pastillas que no necesitaba.

Pobre de mi Deirdre. Pobre de ella. Siempre pensé que algún día regresaría a este mundo con la fuerza necesaria para expulsar a Carlotta de su vida. Pero no pudo. Murió. Esa misma noche yo creé la tormenta más devastadora de la historia de la familia de brujas Mayfair.

Me adentro en mis recuerdos buscando palpar su fina figura de estrecha cintura, largas piernas que serían la envidia de una sirena y aroma a jazmín. Olía como el propio jardín de hierba salvaje tan crecida como sus miedos, delirios y rabia. Encuentro a una muchachita apoyada en un árbol oteando el horizonte mientras el crepúsculo cubre todo. Aún así ella no salía del porche, sentada en su mecedora, pero yo llenaba su mente de recuerdos felices y pacíficos. No quería que se viese allí postrada como una muñeca rota. ¡Era mi Deirdre!

Dulzura silenciada, tortura a la vista de todos.

En las noches iba a buscarla para bailar sobre el colchón, bajo sus pulcras sábanas, y escuchar sus leves gemidos llamándome. Si a alguien amó, más allá de su fruto prohibido, fui yo. Era su amante, su protector, su ángel de la guarda y el demonio que susurraba entre las ramas su nombre una y otra vez. Las mismas ramas que golpeaban el cristal de su habitación.

Mis labios rozaban sus pezones, mi frío aliento se posaba en su vientre plano y mi inexistente lengua acababa abriendo su estrecha boca inferior. Esos labios carnosos se humedecían mientras su boca gemía y su figura temblaba. Manteníamos un vals distinto, un tango a medio inventar, que satisfacía a ambos. Mi miembro invisible se colaba dentro de ella, abarcando aquella cálida entrada, mientras mis caderas se movían con masculino deseo. Ese era nuestro ritual de lujuria que caldeaba su piel, cubriéndola de sudor, mientras nos uníamos. Nuestras almas se enamoraban seducidas por la depravación de la libertad. Ella era mía, yo era de ella. El vínculo surgió antes de su nacimiento.

Depravación, pasión, satisfacción, locura y verdad.


Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Mi risa terminó convirtiéndose en lágrimas de tempestad. Soy la lascivia de unos temblorosos labios que me invocan continuamente. Soy la seducción. Soy el espíritu familiar. El ser que vigila, escucha y protege las almas de las brujas que juró servir hasta ser parte de la propia familia. Siempre he mendigado otra vida, por eso estaba a su lado, pero también era el cancerbero de aquel pequeño cuerpo que luchaba por huir de esas cuatro paredes. Ella era el ángel que olía a drogas y que deseaba vivir en cielos distintos.  

jueves, 27 de octubre de 2016

El Jardín Prohibido

Este poema se encontró entre los bártulos de Lasher...


Lestat de Lioncourt


El Jardín Prohibido.

Pétalos sobre tu piel de nieve,
pétalos cubriendo el camino
que tanta maldad tiene.
Tu cuerpo es pecado divino
que me provoca fiebre.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

El pasado no se puede negar
al igual que las puertas oscuras
jamás se podrán cerrar.
Deja que con mis caricias te cubra
mientras hago al viento hablar.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

El legado cuelga de tu cuello
y no puedes huir otro lugar.
En tu vientre está el sello
que es entrada fugaz.
No, amor no es un atropello.

Caíste en la trampa, hermosa mía.

Fruto prohibido, canción de cuna.
Dolor, trampa, desesperación y amor.
Deja que te cubra la luna...
admite tu pavoroso error.

Bienvenida al terrible horror

lunes, 28 de diciembre de 2015

Mi adorada Stella

Yo conocí a Stella, pero su historia me la contaron otros. Yo sólo vi a una niña fantasma, muy similar a Claudia en tamaño y en edad. Sólo eso. Lo demás lo tuve que averiguar de boca de los Mayfair y Talamasca. Igualmente pasó con Lasher.

Lestat de Lioncourt


—Déjame—dijo acomodándose el peinado.

Había cortado su pelo hacía poco. Tenía un corte llamativo, muy común en esa época, que en ella quedaba demasiado bien. Podía contemplar perfectemente su largo cuello de cisne, de piel blanca y carne suave. Su aroma era delicioso. Cuando se perfumaba solía quedarme cerca de ella, aspirando su aroma como si fuese una flor, mientras mis manos se deslizaban bajo sus faldas cortas e insinuantes.

—Déjame—repitió arrugando su frente, frunciendo así sus cejas negras perfectamente delineadas.

—Qué risa...—susurré cerca de su nuca, dejando que mi aliento erizara su piel.

Tenía los pechos turgentes, aunque no demasiado grandes. Sus caderas eran amplias, pero su cintura estrecha, y le daba una hermosa figura similar al de una guitarra. Creo que había logrado captar la belleza de su padre, Julien Mayfair, en esos ojos azules y profundos. Tenía una mirada de fiera increíble y nadie cuestionaba que sus palabras eran firmes, aunque todos creían que estaba algo perdida.

—Impulsor... —su respiración se hizo agitada cuando logré bajar sus medias, así como su ropa interior, provocando que mis fantasmagóricos dedos se introdujeran dentro de su vagina.

Tan sólo tenía dieciocho años, pero ya nos conocíamos demasiado bien. Habíamos jugado demasiado al gato y al ratón. Éramos viejos conocidos de gemidos y arañazos, así como de súplicas y sábanas arrugadas. Ella entrecerró los ojos sin perder detalle a su rostro en el espejo, el cual dejó de mostrar serenidad para ser reflejo de su pecaminosa alma. Sus labios, pintados con un apasionado rojo, se abrieron mostrando sus pechos dientes. No dudó en abrir bien sus piernas y dejar que mis juegos prosiguieran.

Sus manos, pequeñas y cálidas, acabaron sobre sus propios pechos oprimiéndolos. Sentía que el aire se le escapaba, que no podía contenerse, y soltó un terrible gemido. Con firmeza la arrojé al suelo y le abrí las piernas, para introducir mi miembro fantasma en ella abarcándola por completo. Su clítoris dilató y sus rodillas temblequeaban, como toda su figura, mientras rogaba que la rompiera por la mitad.

Durante varios minutos sus gemidos aumentaron en número, pero también se elevaron en sonido, su espalda hacía hueco con el suelo y sus caderas se alzaban. Sus manos oprimían cada vez más sus senos, los cuales fueron liberados abriendo los botones de su rebeca y rasgando su blusa. Los botones se diseminaron por la habitación rodando de un lado a otro, rebotando y cayendo incluso bajo la cómoda. Su sujetador de encaje negro, tan delicado y llamativo, terminó sobrando mientras ella lo bajaba para mostrar sus redondos y duros pezones.

—Lámelas, lámelas... hazme sentir tu lengua—rogó con los ojos obnubilados por el placer y la voz tomada por la lujuria.

No dudé en apretarlos con mi boca, provocando que gritara de deseo, mientras sus manos se aferraban a mi cabello. Ella podía verme perfectamente. Contemplaba al hombre bien vestido, de cabello oscuro y ojos claros que tan bien conocía. Podía sentir el vello de mi rostro contra la aureola de su pezón, así como el peso de mi cuerpo inmaterial. Y yo, como no, me sentía más vivo y dichoso complaciendo a mi bruja.


Stella, oh mi Stella... ¡Cuánto extraño esos juegos!  

jueves, 24 de diciembre de 2015

Leche derramada en el jardín del Edén

Lasher regresa... señores.

Lestat de Lioncourt 


Las luces de la casa estaban encendidas. La vida parecía haber regresado al hogar, con una calidez que hacía tiempo que no se sentía y con unas risas tan fuertes que parecían mover los viejos cimientos, y el jardín estaba iluminado tímidamente con algunas luces de colores esparcidas cerca de los arbustos. La noche no era demasiado fría, pero sí húmeda y algo ventosa. Los árboles movían sus copas ligeramente vacías y la hojarasca hacía tiempo que se había convertido en un habitual de la acera próxima. El tráfico era nimio y las casas colindantes parecían festejar del mismo modo el nacimiento de Jesucristo.

La vieja cancela, gruesa y de cerradura profunda, estaba ligeramente abierta. Parecía una vieja señal, un recuerdo, a lo que había sido él y toda su historia. De vez en cuando una ráfaga de aire la movía haciéndola sonar como en una película de ciencia ficción. Sin embargo, nadie salía a cerrarla porque nadie notaba su crujido. La música era demasiado alta, así como las conversaciones aceleradas y bañadas en alcohol, como para poder percatarse de aquel murmullo incesante.

Bajo el roble se hallaba aquel pequeño montículo, ya cubierto de una espesa capa de césped, donde nadie había dejado siquiera una rosa en su nombre. La fecha era la clave. La hora pronto iba a darse en el reloj del salón y él, como no, estaba a punto de echarse a llorar. Algunas nubes se acercaban al techo de la vivienda, revueltas y oscuras, deseando descargar la lluvia que se precipitaría como un alivio para su alma.

Metió sus grandes y suaves manos, tan suaves como las de un niño y tan manchadas de sangre como las del criminal que era, en los bolsillos de su elegante pantalón. Vestía de smoking, igual que cualquier invitado de la gran fiesta de la familia Mayfair, y poseía unos elegantes zapatos italianos que le daban el toque idóneo a su aspecto aseado. Sus enormes ojos azules mostraban el dolor, la amargura y las esperanzas rotas que se acumulaban en cada rincón de su alma. Suspiró pesadamente y echó a caminar por el sendero, para luego entrar a la parte trasera del jardín.

Allí, a un lado, estaba la piscina donde Stella Mayfair solía nadar y donde ahora lo hacía Rowan Mayfair, la que fue su madre. Con cierto temor, aunque también curiosidad, se aproximó al borde para contemplar sus rasgos tan similares a sus padres. Era una mezcla genética excepcional que le hizo desear reír, pero sólo sonrió amargamente apartándose del borde y contemplando las estrellas.

Era noche cerrada. Quedaban unos minutos para las doce. Dentro todos parecían haberle olvidado. El nombre de Lasher se había desvanecido, el Hombre era un cuento para que los niños no pudieran dormir de noche y el Impulsor era sólo una vieja creencia que ya se había devaluado con el paso del tiempo.

Echó la vista atrás, en sus recuerdos, y sintió vértigo. Tuvo que apoyarse en uno de los muros de la mansión mientras venían a él las frases con voces distorsionadas, imágenes cargadas de aromas y sentimientos mezclados, que le embriagaban más que una copa de ponche. Se humedeció los labios con la punta de su lengua y tembló. Parecía confuso, como cuando tuvo que escribir su historia porque perdía el hilo de los acontecimientos, aunque recobró la compostura.

—Mis brujas...—murmuró—. Suzanne, Deborah, Charlotte, Jeanne Louise, Angelique, Marie Claudette, Margerite, Julien, Mary Beth, Stella, Antha, Deirdre y Rowan... Trece brujas y una puerta... trece amantes y una madre—dijo abrazándose a sí mismo.

Entonces escuchó a su padre, brindando por su nueva familia, y sintió que su corazón se oprimía. Un corazón que no latía realmente, pero que ahí estaba. Se acercó a la ventana y observó a la joven de ojos profundos y azules, piel de mármol y labios carnosos entonar una carcajada fresca. Ella era una hembra de su raza, una mujer que ya conocía porque su espíritu le era familiar.

El olor de las hembras podía sentirlo como si fuese una jauría de perros lanzándose a su yugular. Era inquietante poder reconocerlo pese a ser un espectro, a volver a ser un ente sin cuerpo. Entonces trazó un plan. Decidió quedarse allí, aguardando, mientras todos iban adulando a la joven y hermosa hija de Michel Curry y Rowan Mayfair. Una hija engendrada gracias a otra hembra Taltos que bailaba girando como una niña, completamente absorta, por la música que sonaba. Un joven y robusto joven, también un macho como él lo había sido, guardaba silencio con una taza de leche caliente en la mano. Había otra hembra, pero mucho más seria y desafiante, que no parecía querer participar en la fiesta aunque seguía el ritmo moviendo su pie derecho insistentemente.

Allí quedó contemplando la vida, una vida que ya no era suya. Lasher había regresado. Un día de navidad. Otro día como aquella noche. Había vuelto para quedarse. Deseaba esa mujer, la mujer Taltos que poco a poco fue reconociendo.

—Eres hermoso incluso como mujer—dijo con un brillo melancólico en sus ojos.


Sí, sin duda era el viejo brujo. Él había vuelto a la vida y había ocupado el cuerpo de la que iba a ser la heredera. Al fin había logrado ocupar el lugar que siempre le correspondió y llevar la pesada esmeralda entorno a su delicado cuello de cisne.

“Regresará el cordero al rebaño con los ojos tristes, el alma rota y los deseos renovados. Volverá con un sueño cruel agitando su corazón, con la venganza en sus labios y las manos heladas como su alma. Querrá hacerse con el poder y lo hará con calma. Será la oveja blanca entre las demás, siendo negra como sus intenciones, porque sólo la maldad acaba venciendo. La bondad no dura demasiado. La pureza sólo debe hallarse en la leche materna y en las sábanas donde el pecado queda plasmado.”  

lunes, 7 de septiembre de 2015

Jardín para mi amor

Lasher realmente quería a los Mayfair, aunque también los usaba. Él quería ser parte de ellos. Creo que pensaba que sería aceptado, pero se descontroló.

Lestat de Lioncourt


Para ti crearé un jardín cargado de flores. Permitiré que las aves canten en una eterna mañana de primavera. Llevaré para ti el aroma de los jazmines y el dondiego. Rozaré por tus mejillas el calor de un sol inexistente. Y si lo deseas, amor mío, también te llevaré a un atardecer cargado de una paleta de colores intensa. Mi amor, por ti haré cualquier cosa. Quiero alejar el dolor y la miseria que te rodean. Te marchitas, como si fueses una flor que se seca, en esa infame silla. Te hablan, amor, y no escuchas. Miras ciega la salida que tanto has deseado tomar. ¿Cuántas veces te has imaginado fuera de éste paraíso lleno de miserias? Mi amor, te envenenan.

Estás perdiendo el color. La nieve está cubriendo las raíces de tu cabello negro. No eres demasiado vieja, de hecho parece que el mundo conservó tu belleza. Te estás convirtiendo en un ángel en medio de un desierto de almas perversas. Y yo lloro. Cuando la lluvia cae sobre el techo de tu habitación soy yo. Sí, el mismo que te visita y acaricia tu cuerpo. Te hago el amor cada noche, te deseo mía, mientras me compadezco de tus pobres huesos retorcidos en el colchón de tu cuarto.

No soy un demonio. Sólo soy El Hombre. Me he convertido en el Impulsor de tus sueños. Quiero que yazcas entre mis brazos y veas el mundo que he creado para ti. No te preocupes, pues cantaré a tu lado alabanzas a tu belleza, la bondad de tu alma y las lágrimas que no has podido derramar. Pero, como te he dicho, yo lloraré por ti. Haré que las lágrimas bañen el jardín.


Amor mío... amor mío... Deirdre... amor mío... amor mío... ¡Encerrada en una cárcel de piel, carne y huesos! ¡Querida mía! Te están matando y yo no puedo hacer nada. Intentan callar tu verdad y bondad. Nada malo hiciste. Nada.  

miércoles, 8 de julio de 2015

Monstruo...

Rowan es una mujer fuerte. Debería volver a verla, pero ahora mismo no puedo. Quiero encontrarme con ella, aunque no sé si ella lo desee. 

Lestat de Lioncourt

Recuerdo con cierto asombro su voz. Es como si jamás hubiese dejado de susurrar mi nombre. Puedo escucharla temblorosa, pero no cargada de rabia, mientras me llama con la necesidad de un hijo a su madre. Observo el árbol desde el porche, lo contemplo con mis manos juntas alrededor de una taza de café y medito sobre su muerte, su historia y también sobre el futuro que no tendrá. Bajo ese árbol, entre sus raíces y tierra removida, se encuentran mis dos únicos hijos. Yacen ahí, como si durmieran tras una terrible noche de tormenta, esperando que alguien los llore. No soy capaz de derramar una lágrima por ellos, pero él me inquieta. Noto su fuerte aroma, su presencia y el deseo de atraparme nuevamente usando sus viejos trucos.

Esos ojos azules todavía me perturban. Cuando contemplo los ojos de Michael, pese a la bondad que veo en ellos, observo los suyos contemplándome con frustración y miseria. No sabía amar. Jamás comprendió el verdadero significado del amor. Se dejó llevar por el egoísmo y sus actos fueron terribles, tan terribles y condenables como las muertes, dolor y el caos que surgió desde aquella oscura semilla que yo mismo logré germinar.

Admito que parte de mí le quería. Quería a ese monstruo que me llamaba madre, se aferraba a mi pecho y me observaba sosegado esperando que le abrazara, besara y quisiera como a cualquier hijo. Pero era un monstruo, un terrible engendro, que caminaba y hablaba a las pocas horas de nacer. Ante mí tenía un hombre completo, con sueños y esperanzas, que se movía por el mundo como un gigante absurdo buscando el amor y la complicidad en un igual.

Todavía vienen a mí las terribles imágenes de mi secuestro. El aroma del café de la mañana siempre queda opacado por las náuseas terribles que despiertan esos olores, como el de la podredumbre de aquel colchón, que aún no puedo borrar. Me duelen las muñecas cuando rememoro las sogas y cadenas, esos cinturones gruesos que me ataban en la cama y las sábanas húmedas, por mis propias defecaciones, pegándose a mi cuerpo débil.

Ocasionalmente puedo sentir a Michael detrás de mí, observándome con cierta preocupación y esperando que me aproxime para sentirme protegida por sus brazos anchos y fuertes. Algunas veces lo hago, otras veces ignoro al mundo entero y sigo bebiendo café sin apartar los ojos del árbol. Me pregunto qué habrá sido del resto de personas y seres que he amado. Desde hace tiempo la casa sufre un silencio terrible. Pocas veces aparece Julien por aquí. Mona hace años que se marchó para no volver. Igual hizo aquel vampiro llamado Lestat. Desconozco si sólo lo soñé o si fue algo cierto, tan cierto como los libros que hay de él y que colecciono en secreto.


Hoy me siento triste y moralmente acabada, pero el sol aparece todos los días y en el hospital me necesitan. El mundo necesita que lo salve de la miseria que se acumula en las largas hileras de habitaciones del hospital Mayfair. Puedo oler las flores cerca de las camas de los pacientes, observar con preocupación los diversos informes y sentir la presión de una operación a vida o muerte. Puedo hacer todo eso. Pero no puedo aceptar el recuerdo de ese monstruo que aún me aterra y todavía amo. Es un amor y un odio a partes iguales que me envenena.  

jueves, 4 de junio de 2015

El Hombre

Recuerdo esa historia. Me contaron parte de ésta cuando conocí a Rowan y Michael. Fue una historia terrible. Tan terrible como el final de los otros Taltos. 
Lestat de Lioncourt


El cordero regresó al rebaño. La oscuridad se cernió sobre el paraíso. La manzana fue mordida y arrojada a la tumba más cercana, allí donde los secretos los conservaban los huesos y los recuerdos de los espectros que custodiaban la puerta. La llave entró en la cerradura, giró mientras las manecillas del reloj daban la media noche y un nuevo mesías nació del vientre de la bruja más fuerte. Los balidos del cordero se convirtieron en sollozos de un niño y éste se transformó en un hombre. La sangre se mezcló con las lágrimas y la risa demencial del demonio que apareció en la puerta, con esos ojos azules y profundos, mientras sus manos acariciaban con ambición el torturado cuerpo de su madre.

Los recuerdos se amontonaban como los cadáveres en plena guerra. El dolor se hizo presente y tomó nombre. La fuente de la vida era de color blanco, como blanca era la nieve del valle y blanco era el libro que empezó a escribirse. El demonio comenzó a cantar... y no dejó de hacerlo hasta que el martillo hizo juicio sobre su cráneo.

Ahora El Hombre ha vuelto al jardín. Sus ojos son amargos y contemplan el sol de la primavera bajo el árbol, su árbol, dejando que sus pies descalzos acaricien el montículo de su tumba. Sus grandes manos, delgadas y suaves, se cierran con rabia contenida. El dolor prevalece, los recuerdos anidan en su corazón como golondrinas, y ahora comprende que ambicionó demasiado, derramó demasiada sangre y se convirtió en el veneno que se esparció por el mundo contagiándolo de pena, amargura y sufrimiento.

No era tan distinto. Sólo era otro incomprendido. Incomprendido por sí mismo y por el mundo que le vio nacer en dos ocasiones. Que dance junto al poema que aún recitan los muros que tanto amó y odió, los mismos que presenciaron su nacimiento y su muerte. Era sólo un cordero buscando el redil y terminó perdido de nuevo en el valle del cual jamás debió salir.  

sábado, 28 de febrero de 2015

Perdón imposible

Lasher de nuevo con vida, Rowan huyendo, la casa de San Francisco... horror. 

Lestat de Lioncourt 


Estaba de nuevo en un momento crítico en su vida. Observaba las viejas habitaciones que habían aguardado celosamente su regreso. Miles de recuerdos se agolpaban, igual que el polvo sobre los escasos muebles que aún permanecían en la vivienda. La mudanza había sido sencilla. Sólo había recogido lo imprescindible. Algunos muebles se quedarían para el próximo propietario, el resto posiblemente se los ofrecería a alguna organización no gubernamental de la zona. No lo había meditado aún. Pues el miedo la había paralizado. Los recuerdos azotaban con violencia, igual que el mar contra su barco. Su viejo e inseparable barco también sería vendido, como si parte de ella hubiese muerto y decidiera enterrarlo más allá de las profundidades de su corazón.

Estaba en mitad del salón, justo frente a las cristaleras que daban al pequeño muelle, el barco se mecía y parecía querer hundirse antes de ser abandonado por Rowan. Ella estaba de pie, con las manos juntas como si rezara a un Dios bondadoso, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y tristeza. El horror volvía. Era como si todo lo que hubiese vivido se trasladara al presente. ¿Y no era así? Su familia seguía vinculada a tratos oscuros, muy turbios, como para enumerarlos con facilidad. Julien había regresado a la vida gracias a sus argucias con el demonio, muchos Mayfair estaban pactando nuevos y terribles tratos, mientras que ella se hundía con cada nueva noticia. Michael no era capaz de secar todas sus lágrimas y calmar definitivamente sus demonios. Sobre todo en ese momento. Estaba sola en esa casa, pero el cristal volvía a tener la huella de una mano cálida que acababa de apartarse. Una mano enorme, de dedos finos y palma ancha. Sí, era la mano de un Taltos. La última vez que vio esa marca su vida cambió, su madre biológica había muerto y ella comenzaba su peregrinaje por un mundo lleno de oscuridad, muerte y destrucción que estuvo a punto de matarla.

Quería gritar, pero no pudo. Tenía un nudo enorme en su garganta. No podía siquiera respirar. Todo parecía demasiado pesado. Sus manos temblaban mientras sus dedos apretaban el dorso de estas. Quería llorar, y tampoco lo hacía. Simplemente optó por intentar ser racional y creer, al menos creer, que sólo eran sus viejos recuerdos jugando una mala pasada. Sin embargo, lejos del olor a polvo y mar, olfateó en el ambiente su aroma. Era el aroma de un macho Taltos. Sin duda, una fragancia que ella no podía olvidar. Un mal presagio. Eso era. Debía huir, pero sus piernas no obedecían. Su cuerpo estaba rígido y sus músculos se contraían. Abrió sus labios, aunque no emitió ruido alguno, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas.

Sólo un pensamiento, o más bien un nombre, se agolpaba en su cabeza rebotando una y otra vez: Lasher. Él estaba allí. Había regresado como bien sabía. Lasher estaba cerca. Casi podía sentir sus manos sobre su cuerpo y su respiración contra su cuello. Su hijo, su amante, su carcelero, su enemigo y el padre de Emaleth.

—Sigues siendo tan hermosa como siempre. Es como si los años no hubiesen pasado por ti—su voz sonaba calmada. No parecía siquiera el monstruo que perdía el juicio, olvidaba ocasionalmente quien era y se perdía en medio de estúpidas canciones infantiles.

«Aléjate» pensó, pero no podía hablar. Sólo desear que ese momento fuese una pesadilla. Quería despertar en brazos de su marido. Él era un hombre justo y comprensivo, que siempre aceptó sin ningún reparo los problemas que agrietaron su matrimonio.

—Madre...—murmuró—... me alegra que no me olvidaras, pues yo no pude hacerlo. Lamento muchísimo todo el daño que te hice—sus pasos sonaban próximos y sabía que la alcanzaría. De improvisto, ella logró moverse, pero al girarse lo vio frente a frente. Esos ojos azules, tan similares a los de su amado Michael Curry, ese mentón, idéntico al suyo, sus labios carnosos y esa pose tan resuelta en la vida. Era masculino, pero tenía el cutis de un niño. Seguía siendo hermoso, como un ángel, pero terrible, como cualquier pesadilla. La dualidad perfecta de Michael y suya. Un monstruo, como cualquier otro. Ella había visto como Lasher regresaba, pero quiso creer que era sólo un sueño. Un terrible y trágico sueño. Incluso su marido le dijo que era mejor olvidarlo, enterrarlo junto con los viejos huesos que pertenecieron al fantasma que regresó y ocupó de nuevo un cuerpo idéntico—. Madre, por favor. Rowan, vine a pedir disculpas—sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los de ella. Sería fácil creerlo y pensar que la pesadilla no volvería, pero eso es únicamente en las fantasías de un ser enfermo como lo era él.

—Si te acercas juro por Dios, Lasher, que llamaré a Michael y volverá a destrozarte el cráneo como la última vez—amenazó apretando más sus manos.

—Rowan...

Su mente se hundió en la esclavitud del dolor. Por unos instantes recordó todo lo que había vivido. La cama sucia, las ataduras, el hedor, los abortos, la comida insípida, el dolor de su cuerpo y como la esperanza se marchaba para no regresar. Empezó a perder la vista, sintiendo como el aroma de Lasher inundaba sus pulmones, su cuerpo se relajó y cayó desplomada al suelo. Allí, recostada sobre el pulimentado suelo de madera, con sus hermosos cabellos rizados rozando sus mejillas y cuello, tan delgada y vestida de riguroso blanco, parecía un ángel recién caído de un cielo descolorido de esperanza.

Lasher se arrodilló frente a ella, tomándola entre sus brazos, mientras dejaba suaves besos por su cuello. No era fértil, pero seguía siendo su bruja y su madre. Un amor extraño provocaba en él un vínculo extraordinario. Había cuidado a todas las brujas para dar con ella, hilado cada hebra y cosido un mapa de cromosomas único. Él era como el propio Dios. Había creado un mundo y buscado un Adán y una Eva. Ella era Eva. Él podía ser ahora Adán, aunque este fuese su padre y posiblemente no tardaría demasiado en telefonear para saber dónde se encontraba su mujer.

La pegó contra sí. Llorando de nuevo como lo había hecho el día que creyó que moriría. Él había provocado su dolor, su pronta muerte, y ni siquiera era capaz de aceptarlo. Pero allí, junto a ella, lo aceptó. Comprendió que todo lo que hizo, su fatídico deseo, fue cruel para ella. Aún así él seguía pensando era lo correcto. Las gigantescas manos apartaban los mechones de la frente de su madre, rozaban sus carnosos labios y se perdían por su cuello largo.

Ella logró recuperar la conciencia. Estaba en brazos de Lasher y recordó que podía intentar matarlo, aunque no serviría de nada. Una vez lo intentó y no logró nada más allá de su furia. Sin embargo, odiaba que la tocara. Sin embargo, notó que él parecía terriblemente afectado. No era una máscara, ni una estratagema. Las manos suaves de aquel monstruo la consolaban y su aroma la atraía.

Entonces, sin siquiera saber como ocurrió, sus labios se rozaron y sus lenguas se unieron. Un beso largo, lento y profundo. Como si ella fuese Blanca Nieves y él, por supuesto, el apuesto Príncipe Azul. Los ojos de Rowan se cerraron y su cuerpo se relajó aún más en aquellos brazos, tan similares a los de su marido. Él la besaba presionándola contra su marcado torso. Los dedos irrespetuosos, e impacientes, de Lasher rompieron la camisa de algodón blanca y se deshicieron del cómodo sujetador que ella llevaba. Pronto sus pantalones, así como las demás prendas, quedaron esparcidas a su alrededor. Él la deseaba y ella no se lo impedía. Era ese aroma dulce, penetrante y pegajoso.

—¡Lasher!—gritó, al separar su boca de la suya.

La tomó en brazos, como si no pesara nada, y la llevó a la habitación principal. En aquella cama, justo en ese colchón, Rowan y Michael tuvieron sus primeros momentos de lujuriosa intimidad. No había sábanas blancas, ni colchas cómodas, y ni mucho menos era una jovencita encandilada por un hombre extraño, maduro y lleno de luz en sus ojos tristes. No. Allí sólo había un somier, un colchón polvoriento y un monstruo que deseaba eyacular entre sus piernas.

Los besos empezaron a ser salvajes, sus dientes mordisqueaban la cálida piel de su madre, y su aliento rozaba sus pezones. Las piernas de Rowan se abrieron, cálidas y apetecibles, pero él estaba fascinado con sus pechos. Sabía que carecían de leche, pero no pudo controlarse. Él empezó a succionar salvajemente, mordisqueó y lamió cada pezón. La punta de su lengua hacía pequeños círculos alrededor de su pezón, para luego morderlo tirando de él. Ella gemía descontrolada y sus manos acariciaban la ancha espalda de Lasher, aunque no llegaba a ser tan amplia como la de Michael. Las uñas se enterraban bajo sus omóplatos y arañaban entre sus costillas.

Cuando la penetró ella quedó desconectada del mundo. Cualquier recuerdo, por mínimo que fuese, quedó abandonado de nuevo. Su mente quedó en blanco. Ella sólo sabía gemir y mover sus caderas. El movimiento de pelvis de Lasher era magnífico. El sudor impregnaba el cuerpo de Rowan, volviéndolo pegajoso, igual que el suyo. Ambos se frotaban con deseo. Las gigantescas manos de Lasher acariciaban el rostro de su madre, para luego deslizarlas por su cuello y presionar su tráquea. Ella boqueaba aire, pues intentaba respirar, pero no podía. Sólo atinaba a gemir. Él, afortunadamente, la soltó cuando comprobó que se asfixiaba. Su miembro, mientras tanto, seguía penetrándola cada vez más fuerte, rápido y profundo. Sus testículos hacían un sonido ensordecedor para los sentidos más primarios, mientras que ella no dejaba de atraparlo entre sus piernas.

El Taltos podía sentir la humedad, calor y presión de la vagina de la bruja. Ella, si bien, podía notar el portentoso tamaño que poseía el miembro de Lasher. Sin duda alguna, la taladraba. Se sentía atravesada y torturada por él. Sin embargo, era un delicioso momento que le provocaba un ardor que bien conocía. Toda ella estaba caliente y se sentía arder en las fraguas del infierno, sin importarle nada ni pensar siquiera en las consecuencias.

Las manos de Rowan bajaron de la espalda a los costados, después a los brazos y por último a sus glúteos. Quería obligar a su hijo, amante y monstruo a permanecer dentro, lo más profundo posible, porque ella se moría literalmente de placer.

La cama se movía, crujía quejándose, y sabía que podía romperse. Pero no lo hizo. Él tan sólo se levantó, la agarró del cabello con rabia y la puso de rodillas. Se tocaba con infinito placer. Ella, sin embargo, esperaba el momento con los labios abiertos. Lasher llegó a su momento final ofreciéndole el sabor de su leche, la cual según Ashlar era nutritiva.

—Estamos perdonados, madre—dijo apartando sus manos de ella, así como todo su cuerpo—. Yo te amo.


Ella cayó desplomada al suelo, con el sabor del esperma en la boca corriendo por su garganta, perdiéndose por su estómago y por sí misma. Aquellas palabras le sonaron extrañas. Intentó comprender cómo la amaba, y si realmente era un acto de perdón, pero cayó exhausta y a la mañana siguiente Michael la descubrió desnuda tirada en el suelo. No había rastro alguno de Lasher, salvo su aroma.  

lunes, 15 de septiembre de 2014

Diez pecados capitales

Lasher ha querido recordarnos que está aquí. Ya pueden huir todas las Mayfair. 

Lestat de Lioncourt



Puedes escuchar el lamento surgiendo entre las firmes y resistentes paredes, surgiendo del sueño y alzándose entre los libros acumulados en la biblioteca. Las cortinas ya se agitan como si fueran las velas de un buque de guerra. Dentro de la mansión, la fortaleza de los Mayfair, puedes encontrar almas atrapadas que cruzan el otro lado para advertirte del dolor, la agonía y el terrible sufrimiento que puede acontecer. Las verjas tiemblan, como lo harán tus huesos, mientras los cadáveres se acumulan en el jardín. Las flores se abren mágicamente y el perfume de los jazmines embriagará tus sentidos.

Permite que las cartas del tarot se lancen en tu contra, los muñecos hechos con piel y dientes humanos ya han lanzado los dados, acepta que el mundo está acabando y pronto estarás conmigo en una profunda fosa. Sonríe, los cadáveres bonitos son los que más me gustan. No llores. El diablo te cantará cautivando tus sentidos. Ya no podrás resistirte. Sólo permite que el dolor te alce triunfante.

Los diez pecados capitales caerán bañándote con la sangre de los inocentes. El susurro de las brujas muertas será el fuego abrasador del infierno. Todos te abrazarán mientras las plegarias caen como pétalos de rosas. No verás nada. La ceguera será tu compañera más fiel en éste paraíso. El demonio está vivo. Comerá y beberá, compartiendo el cuerpo y la sangre de Cristo, mientras el paraíso queda en peligro hasta el final de los tiempos. La oscuridad asecha.

El Hombre está aquí. Su poder ha regresado. Todos están regresando desde sus tumbas. La procesión de ánimas será el nuevo carnaval de First Street. Permiten que la llave abra la puerta, para no cerrarse jamás. La iglesia ya repica. La misa empezará. Los brujos deben hacer un círculo y abrazar a su Jesucristo particular, el demonio, que les ofrecerá el milagro de una nueva vida.



martes, 2 de septiembre de 2014

La voz del diablo

"La voz del diablo" es un escrito viejo de Lasher, de sus memorias cuando secuestró a Rowan. Intentaba recordar todo lo que era y lo que fue. Un inquietante relato a su mente, ¿desean leerlo? Yo se lo muestro.

Lestat de Lioncourt 


Sé que escuchas mi voz más allá del silencio, como si surgiera de tu propia alma y se vertiera en tu cálida sangre. Me conoces bien, del mismo modo que yo te conozco. Somos parte de la verdad que ocultamos, despreciamos y olvidamos. Soy la sombra que mece tus deseos y fantasías. Las pesadillas transcienden más allá de las tórridas noches de caricias indecentes. Soy el demonio que ronda tu casa, camina por el edén de tu jardín y sonríe tras la alta verja de hierro forjado. Puedo alzar mi lamento en forma de plegaria. Convertiré mi dolor en canción y será la leche que amamante tus ilusiones más banales.

El pecado te llama en ésta sinfonía. Te atraparé y demostraré cuan sabio puedo llegar a ser. Mis manos acariciarán tus mejillas y secarán tus lágrimas. Sé que lograré conmoverte con mi historia, del mismo modo que te arrojaré al colchón tambaleando. La lucha comenzará y el miedo se instalará en ti. No te muevas, no respires, no pienses... sólo permite que mi nombre suene en tu mente.

Grabaré en ti mi inicial. Dejaré que mi lengua se convierta en seda y acaricie tu cuello, recorra tus pechos llenos y tu vientre. Haré que las mariposas negras sean crespones en los atardeceres que compartamos. Cada día de tu vida será guiado por mis dedos. No necesitarás una tabla con extrañas inscripciones, ni una flecha que dirija tus instintos, porque yo seré quien vende tus ojos y te haga caminar por un paraíso lleno de oscuridad en el cual te hundirás. Aprenderás de mí como yo aprenderé de ti. Sólo toma la esmeralda y llévala donde pueda escuchar tus latidos... quiero escuchar como tu linaje se derrama bajo tu piel. Necesitarás mi compañía, pues la ambición te habrá cegado y no podrás salir a la superficie arañando la tapa de tu ataúd.

No te preocupes, cuando mueras haré que llueva. Mis lágrimas serán la tormenta que te acompañe hasta su sepulcro. Te reunirás con todos los que me poseyeron, con mis dulces y entregados amantes. Cuidaré de ti hasta que la muerte quiebre la frágil porcelana de tu corazón.

Te amo querida.

Lasher  

jueves, 7 de agosto de 2014

Vivir

Lasher ataca de nuevo. Supongo que ese es su mayor encanto, atacar. 

Lestat de Lioncourt 


Estoy aquí, entre los vivos y no entre los muertos. Mi tumba ya está vacía con la tierra removida a mi alrededor. Las flores marchitas que adornaban el lugar han florecido sin ser primavera. Aún la nieve no cubrirá el jardín, pero sí la fragancia del dondiego junto al aroma de mi alma. Mira madre, mira. Estoy completo. He vuelto para que me abraces y acunes entre tus brazos, para besar tu blanco cuello y acariciar tu cintura. Déjame bailar contigo descalzo bajo la luna, pues quiero compensar mis malas palabras y actos crueles. Mírame, por favor. Si me miras prometo portarme como un caballero.

¡He extrañado tanto ésto! Poder sentir el aire llenando mis pulmones, caminar bajo el sol y las estrellas, hundir mis manos en la tierra y el sabor de la leche. Madre, sobre todo extrañaba el sabor de la leche bañando mis labios. La música debe sonar, en algún lugar, para que yo pueda seguir girando. Quiero conquistar el mundo con cada paso, alzar los brazos y recitar poemas hasta caer rendido. No quiero dormir jamás de nuevo bajo dos metros de tierra y un césped nuevo. Las raíces del árbol acariciaron mis cabellos, se enredaron en mis huesos y destrozaron mis prendas. Años ahí, recostado, esperando que lloraras por mí y jamás lo hiciste. Yo sí lloré por ti, como por todas las brujas y por Julien.

Soy el enigma de First Street, soy el Hombre, el Impulsor, la magia que os hizo ricos y así me tratas. Madre, así me tratas. Quiero que me abraces y me aceptes. Deja que bese tus labios y te miré cómplice. Verás en mí bondad y malicia, sentirás quizás sogas en mis dedos y plumas en mis palmas. Soy un ángel y un demonio, el dueto perfecto, que camina entre los hombres contando historias.


Madre... ¿por qué no conseguí jamás un poco de amor? ¿Cómo me puedes juzgar por no saber comportarme y amar si jamás me enseñaron que era la bondad en las caricias? Por favor, cántame una canción de cuna y abarca mi rostro entre tus manos. No estás loca, tampoco sola. Yo estoy aquí para que me ames. 

sábado, 12 de julio de 2014

Hemos regresado

Lasher y Julien vuelven a encontrarse, los dos en un nuevo mundo con nuevas oportunidades.

Todos tenemos miedo a estos dos seres... tan ambiciosos. 

Lestat de Lioncourt

HEMOS REGRESADO

Había estado esperando ese momento desde hacía décadas. De nuevo estaba vivo. La vida traspasaba sus dedos en un cuerpo maduro, el suyo, cuyos viejos huesos no sentían dolor debido a la humedad. Esa misma noche había galopado por French Quarter como si fuese el mismísimo demonio, convertido en un jinete intrépido entre la decena de coches que allí se daban cita. Llevaba uno de sus trajes más caros y sobrios, tenía el cabello algo revuelto y una emoción indescriptible en su rostro.

Descansaba de su pequeña aventura en un sillón de cuero, cerca de la ventana de aquella suite de hotel Hilton, mientras el chocolate en su taza de porcelana blanca humeaba. Su mano derecha estaba sobre el brazo del sillón, rozando suavemente la cortina de algodón azul pálido, mientras que su izquierda estaba sobre el reloj de oro que colgaba de su bolsillo. Tenía dedos largos, muy finos, de unas manos de porcelana. Había pedido al demonio que lo llevara a su época de esplendor. Físicamente rozaba los cuarenta años, se veía mucho más joven que muchos hombres Mayfair. Aquella chaqueta negra se ceñía perfectamente a su cuerpo, dándole un toque de dandy de otros tiempos, y el chaleco de raso borgoña con aquel estampado de rosas negras, y esos leves detalles dorados, le daban el toque ideal. Llevaba un pañuelo, del mismo color que el chaleco, atado al cuello y con un broche de diamante. Sus pantalones tenían el dobladillo pulcro y a la altura perfecta. Aquellos pequeños botines que cubrían sus pies eran similares a los que él, cuando vivía en otra época, adoraba y que había descubierto en una tienda de modas, enamorándose perdidamente de lo clásico que podían lucir y lo elegantes que aún eran.

—Señor, ha llegado—escuchó al sirviente de color que había contratado hacía unos días.

Amaba la eficacia de los hombres negros. Se veían atractivos en silencio, con aquella mirada profunda y melancólica, esas palabras justas y su discreción. Siempre tuvo esclavos y los trató bien, aunque estos eran hombres libres. Por segundos, sólo por segundos breves, recordó a su amante negro, el cual mató Lasher, y sintió una leve punzada de odio.

—Hágale pasar, por favor—respondió tomando la taza con su platillo, para dar un sorbo al chocolate y después dejarlo de nuevo en la mesa.

La habitación estaba en penumbras, la noche envolvía todo, y cuando aquella silueta en la oscuridad se apareció sintió un leve temor. Él había pedido a Michael que lo matara con su martillo, si era necesario, pero lo regresó a la vida, por medio de un complicado proceso genético elaborado por Memnoch y los avances científicos. Él era Lasher.

—Julien—pronunció su nombre con la misma cadencia de siempre—, eres hermoso—añadió provocando en el brujo un leve rubor.

Por primera vez Lasher tenía cuerpo y estaban a solas. Había escapado horas atrás, nada más nacer, para pedir perdón a Rowan y a su vez, por supuesto, disfrutar de su aroma aunque no estaba seguro si sólo deseaba verla.

—Eres un milagro—respondió levantándose del sillón, dando un par de pasos elegantes hacia él, para tomar su rostro entre sus manos. Tenía alzado los brazos, sus dedos acariciaban sus mejillas llenas y esos labios tan eróticos—. ¿Quién es tu bruja?

—Tú, Julien—dijo para complacerlo.

—Más te vale que lo recuerdes. No debes molestar a otros Mayfair a no ser que yo de la orden. Hay dos hembras para ti, pero yo decidiré si terminan conteniendo tu semilla o las mantengo al margen—deslizaba sus dedos por su rostro, quedándose con cara rasgo, mientras sus uñas hacían cosquillas al Taltos. Quedó rápidamente con sus manos sobre su ancho torso y Lasher lo tomó a él por la cintura.

—Te amo Julien—murmuró rodeándolo con sus brazos, mucho más fuertes y largos que los del brujo.

Julien había quedado rebasado por la increíble estatura del Taltos. Su aroma le atraía y excitaba, pues aunque intentaba no dejarse llevar, instintivamente lo pedía. Lasher decidió tomar el control, como cuando era sólo una presencia que recorría las calles a su lado, observaba como iban los años ajando aquella belleza intemporal y transformando sus cabellos negros en nieve espesa, muy tupida, y de tacto suave. Ante él tenía el hombre que obedeció sus órdenes, subyugándolo a creer que podría manipularlo. Era un ser muy listo e inquietante, mucho más de lo que un brujo como aquel podía siquiera sospechar. Pero no sólo le daba caprichos para conseguir un cuerpo, ni siquiera ahora lo hacía por eso, sino por el amor que sentía por aquel hombre que había regresado de la muerte. Había un vínculo entre ellos desde que comprendió que aquel niño, el mismo que con tres años ya sabía leer, se refugiaría en sus brazos antes que en la bebida, las putas y cualquier apuesta.

No, Julien no era el ser temible que seducía a cientos de mujeres, sino él. Él había sido el culpable de tantos romances que había perdido la cuenta, los mismos que habían dado a luz a niños sanos y otros con problemas médicos que no lograron superar los primeros años. En aquella época era normal, además muchos nacían en el seno de familias pobres e incluso entre sus propios esclavos. Julien era leal a su esposa, aunque no fiel, y a sí mismo. Sin embargo, a quién más leal fue, sin duda alguna, era a Lasher. Siempre le juraba obediencia del mismo modo que pedía, por parte del espectro, la misma.

—Julien, Julien... ahora puedes sentirme como nunca—dijo quitándole la chaqueta—. Julien, te amo—murmuró buscando su cuello y el lóbulo de su oreja. Los labios de Lasher recorrían el largo y suave cuello del brujo, rozaba con su nariz el cabello sedoso y hundía sus dedos en sus prietas carnes. La enormes manos del Taltos no eran para nada torpes, pero las de Julien se movían temblorosas.

¿Cuántos años hacía que no disfrutaba de compañía masculina? Aún se había reservado ese noble acto de placer durante meses, pues deseaba disfrutar de la primera experiencia con aquel que hasta el último día, incluso en las últimas horas, lo hizo suyo en su lecho en Frist Street.

La ropa se despegaba de ellos con facilidad. Su piel suave quedaba al descubierto y Julien se excitaba cada vez más. Aquel aroma, tan dulce y pegajoso, se estaba convirtiendo en su perfume favorito. Los ondulados cabellos de Julien comenzaron a ser peinados por Lasher, justo cuando el brujo colocaba sus manos sobre el cinto del pantalón. Con mimo echó cada mechón hacia atrás, despejando aquella frente y dejando al descubierto esos ojos azules intensos.

—¿Serás mío?—preguntó con una leve sonrisa impúdica— Tengo celos, Julien.

—Hazme tuyo—murmuró bajando la cremallera para introducir su mano derecha en la bragueta, palpando así el abultado miembro del Taltos—. Hazlo, por favor. No me hagas rogar, pues detesto hacerlo.

—Has ido a ver la tumba de Richard—dijo frunciendo el ceño—. ¿Por qué?

—Olvida eso—contestó furioso mientras se apartaba de él. Deseaba tenerlo, pero recordarle que Richard estaba muerto no fue precisamente agradable para él. No iba a traer a Richard a la vida, pues sería demasiado traumático para él. Quería conservar su sonrisa gentil encerrada en su memoria, el aroma de su colonia dispersa por la cama y esas manos suaves acariciando sus muslos. Sí, quería recordar eso y no esa maldita lápida simple, poco elegante, y sucia del cementerio—. Te odio, Lasher.

—No...—susurró con una candencia sensual que provocó en Julien una reacción inesperada, sobre todo cuando lo giró y lo colocó frente a él. Aquellas manos gigantescas lo tomaban del rostro, cubriéndolo como si deseara asfixiarlo, pero sólo lo palpaba con cierto delirio. Buscó sus labios para colocar los suyos y enredar al fin sus lenguas.

El forcejeo entre ambos comenzó. Los pantalones de Julien cayeron y quedó prácticamente desnudo. Lasher se deshizo de su ropa convirtiéndola en harapos inservibles. Nada quedaba de la elegancia de ambos, tan sofisticada y medida. Sólo había dos animales salvajes que se buscaban y se herían.

Julien a penas alcanzaba el metro setenta y cinco centímetros, pero Lasher rebasaba los dos metros. Frente a ese colosal amante se sentía minúsculo y desprotegido. Su piel lechosa, con sus pezones cafés, le daban un toque erótico sobre todo por la extrema delgadez que poseía a pesar de ser un varón adulto. Lasher también era delgado, pero tenía la musculatura bien formada debido a los genes de Michael. La piel de su amante era mucho más suave que la suya, por eso Julien se fascinaba. Aquellas manos gigantescas eran como las de una mujer, o incluso mejores.

—Unidos los dos... nadie podrá destruirnos de nuevo—murmuró notando como el Taltos le arrancaba la ropa interior.

La envergadura de su miembro, mucho más pequeña que la de su amante, ya había tomado su mayor esplendor. Estaba duro y dispuesto a sentir la pasión que le haría arder en el infierno y sentiría el cielo con la punta de sus dedos, como todo amante en sus noches más íntimas.

—Eres mi bruja—murmuró Lasher separando su boca de él, para luego apoyar su ancha frente en la de Julien—, y mi puta.

—No sólo tuya. Si deseas que sea fiel a ti tendrás que hacer méritos, Lasher—cuando formuló esa frase sólo quería encenderlo de celos, pero lo que hizo fue llenarlo de ira. Julien era suyo. Suficiente había tenido que soportar al ver a Richard retozar junto a él, pues era su bruja y siempre lo sería. Igual que era su bruja Deirdre, Stella, Antha o cualquiera de las que ya no estaban o pronto estarían.

—Eres mío—dijo arrojándolo contra la carísima alfombra oriental del siglo XVI—. ¡Mío!

—Sí, pero también de otros. Lasher, trátame bien o volverás a morir con un dolor aún peor—murmuró con una mirada fría que heló la sangre al Taltos—. Tengo amigos del más allá y seres que desconoces, los cuales te superan en maldad y codicia.

—Julien...—su nombre sonó quebrado por el miedo, pues Lasher no deseaba morir.

—Ven aquí y fóllame—comentó con una sonrisa lasciva—. Sé que deseas sentirme como jamás lo has hecho.

El Taltos se inclinó sobre él y buscó sus labios con apetito. Deseaba olvidar aquellas rudas palabras que en otra época eran más complacientes, aunque igual de firmes. Él ya no tenía el control. Julien podía destruirlo si lo deseaba. Sin embargo, no podía odiarlo por retenerlo y usarlo como si fuese un perro de presa.

Julien echó sus delgados brazos sobre los hombros de su amante, lo miró con una fascinación incontenible y sonrió de forma tan erótica que Lasher sintió como su miembro palpitaba. Quería hacerlo suyo sobre la alfombra, sobre la pequeña mesilla, el escritorio y la enorme cama que había en el fondo de la suite. Incluso deseaba hacerlo en el balcón, preso de la desesperación por marcarlo como propio, frente a todos los viandantes de Saint Charles Avenue.

La lengua del brujo acarició los labios de su gigantesco amante, hundiéndose entre estos para comenzar a rozar la suya. Era una danza erótica mientras sus manos se deslizaban por su espalda, arañando los músculos de ésta y buscando sus glúteos redondos y duros. Se apartó unos segundos y se echó a reír bajo, pues notaba las encendidas ganas del Taltos.

—Mueres por hacerme tuyo—murmuró—. Hazlo entonces.

Esa frase fue el disparo de salida. Lasher cayó sobre él mordisqueando sus labios, mentón y finalmente sus pezones. Julien no podía dejar de gemir mientras abría sus piernas. El dedo corazón de la mano derecha de su amante acabó hundiéndose en su entrada, mientras sus piernas se abrían tiritando y su vientre sufría ciertos espasmos por el placer. Pero aquello sólo era el inicio. Aquella piel cálida y perfumada que poseía enloquecía al Taltos, igual que cualquier hembra. Julien tenía algo que deseaba poseer. Era hermoso, tenía encanto y sobre todo esos toques de soberbia que quería aplastar con gemidos.

—Lasher, hazlo...—ordenó tomándolo del rostro—. Ya.

Sus ojos, del mismo color azul profundo, chocaron como olas contra las rocas. Ambos sintieron el calor de la pasión y finalmente las piernas de Julien quedaron a los costados del que fue su Impulsor, el Hombre de First Street. Los largos brazos de Lasher quedaron en los costados de Julien, su boca buscó calmar el deseo dejando que sus dientes mordisquearan su cuello, mientras él lo penetraba dejando sin aliento a su amante.

Las embestidas en un primer momento eran suaves. Podía sentir aquel gigantesco miembro endurecido, haciéndolo sentirse poderoso al tener a Lasher en ese estado de subyugación, cubierto de venas que estrangulaban la carne y ofrecían placer. Sus redondas nalgas rozaban el vientre y muslo haciendo sonar sus cuerpos, cada vez con un golpe más seco, mientras los testículos se aplastaban en cada penetrada. Las caderas del brujo eran como la cola de una serpiente cascabel, se movía furioso y desesperado, y el Taltos pronto tomó conciencia que debía acelerar su ritmo.

En escasos minutos ambos fornicaban como si fueran animales salvajes. Las manos de Julien estaban sobre los glúteos de su amante, de su viejo compañero de timbas ilegales y putas caras, apretándolo y arañándolo. Lasher a penas podía sostener el equilibrio debido al ritmo, pero lo logró.

Los gemidos y gruñidos se mezclaban con los suspiros y las palabras sin sentido que ambos se regalaban. El cabello de Julien quedó empapado, al igual que el de Lasher, pegado a su frente y cuello.

—Mío, eres mío—dijo autoconvenciéndose que Julien no osaría tomar tratos con otros Taltos. Lasher era celoso y precavido. Él quería ser el centro de todo, igual que antes.

El sexo era demasiado precipitado como para soportarlo, además Julien gemía de una forma demasiado erótica para no dejarse llevar por la lascivia. No duró demasiado. Lasher eyaculó dentro de Julien, bañándolo con su esperma cálido y espeso, mientras que él se retorcía en el suelo tembloroso con las mejillas rojas y los labios abiertos. Jamás amó a una mujer del mismo modo que a un hombre, por mucho que lo había intentado, y Lasher sabía tocarlo de tal forma que le hacía tocar el paraíso. Se sentía un ave sin alas, pues la libertad, como el aliento, se lo llevaba aquel endemoniado ser de un aspecto demasiado atractivo como terrible. El Taltos se inclinó lamiendo sus pezones, recorriendo suavemente un camino hasta su ombligo y finalmente acabó succionando el sexo de su amante. Cerró sus ojos mientras su lengua se enredaba en aquel miembro, dejando que su nariz rozara el espeso vello negro que coronaba su sexo, mientras sus manos se colocaban entre sus muslos. Julien sentía latigazos terribles en su vientre, la piel tirante de su miembro y como todo su cuerpo le susurraba que se dejara llevar. Agitó su cabeza hacia ambos lados mientras sus manos, con cierto temblor, se colocaban sobre las sienes de su Lasher, su Impulsor.

—No, tú eres mío—respondió agarrándolo de la nuca para eyacular en su boca.

Ambos tenían un duelo pendiente, pero una vez acabado el sexo se quedaron tumbados sobre la alfombra. Una alfombra demasiado cara, pero que no tenían cuidado de no ensuciarla. Lasher se pegó a él acariciando su torso, mientras Julien meditaba sobre su nueva táctica en los negocios; por supuesto negocios turbios que reportarían grandes beneficios.

—Fuego—murmuró con los ojos fijos en la elegante, y minimalista, lámpara que colgaba del techo.

Lasher se incorporó ofreciéndole la cajetilla de cigarros, para luego acomodarse a su lado colocando su cabeza en el torso. Julien no tardó en encenderse un cigarrillo mientras sonreía fascinado.


—Hemos vuelto, mon fils. Hemos regresado...  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt