Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 17 de noviembre de 2016

Revólver

Comprendo su dolor, lo comparto. Perder a un hijo o alguien querido es horrible.
Lestat de Lioncourt 




Un disparo directo. Sin titubeos. Un disparo que destruyó a ese ángel puro y bondadoso del poema que la anciana Evy recitó una y otra vez cuando era una niña, recostada en la cama de Julien y esperando que el gramófono siguiera funcionando para que Lasher, ni ningún otro espíritu, pudiese escuchar tal información. El edén se salvó, ¿pero a qué precio? Lloré amargamente abrazada al cuerpo sin vida de mi hija, la rodeé como quien rodea una tabla en medio del océano helado con el fin de salvarse, y rogué porque me mirase de nuevo, con aquellos profundos ojos de cielo, y me hablase dulcemente como lo había hecho durante todo nuestro cautiverio.

Parecía una muchacha más, pero con unos rasgos tan similares a mí que me dolía. No obstante, esos ojos eran los de Michael, los mismos que heredó ese maldito desgraciado, y que permanecieron abiertos como si aún pudiese verme. Era una muñeca rota, un ángel caído, yo era la asesina que había disparado destruyendo el único brote tierno y bondadoso que pude dar a este mundo.

Me había salvado la vida dos veces, en aquel bosque y en esa cama con su leche de mujer Taltos, y yo se la había arrebatado. Yo, su madre. Era un monstruo y debí haberme pegado un tiro de inmediato, pero Michael me rodeó con sus brazos gentiles y sus manos curativas. Decidió alejarme del cuero con cuidado y después, con solemnidad y algo de ternura, la tomó a ella evitando llorar. Algo le decía a él que debía hacerlo porque se merecía amor y virtudes provenientes de esta miserable vida.

Su historia terminó con capas de tierra y abono, en nuestro jardín, y junto a su padre, hermano y verdugo. Me arrodillé frente a la tierra removida y tarareé una canción infantil. Sentí que podían escucharme y deseé que ambos estuviesen en paz, tal y como decía el poema, mientras todo mi cuerpo temblaba por un frío extraño.

Al girarme, hacia el porche, vi a Julien de pie observando todo. Tenía su característico mil rayas azul, el cabello rizado canoso bien despejado de su frente, esos poderosos ojos azules similares a los de mi marido, los míos y los de tantos Mayfair, y con una sonrisa de alivio. Parecía aliviado, pero sinceramente sabía que parte de él seguía preguntándose qué eran realmente esas criaturas. Lasher sólo había contado su historia, pero no la clase de criatura que era. No sabía lo que era.


Entramos dentro, nos sentamos en la mesa de la cocina y él me hizo té. Hablamos. Él sonreía igual de aliviado que el fantasma que nos rondaba, el cual incluso se sentó en la mesa sin decir palabra, y después quedamos a solas. Durante horas, hasta el amanecer, permanecimos conversando y luego me apagué. ¿Por cuánto tiempo me apagué? ¿Por cuántos días? Sólo sé que vi el espíritu de Aaron aferrado a las verjas, despidiéndose y sonriendo amablemente como siempre, como si aún siguiese vivo. Nunca lo he confesado, ¿cómo podría? Ahora me atrevo tras décadas de aquello. Soy una mujer que camina hacia la senectud, pero aparento aún cierta juventud debido a tejidos obtenidos de los Taltos... ¡Ah! ¡Pero esa es otra historia!  

domingo, 13 de noviembre de 2016

Emaleth

Aquí el motivo por el cual Lasher llamó Emaleth a su hija. 

Lestat de Lioncourt 



No recuerdo cuantos abortos tuvo, aunque creo que carece de importancia en nuestro relato. Sólo sé que ella logró sobrevivir y hacer importantes preguntas aún sin salir del confortable hueco en el vientre de Rowan. Era mi hija, pero también mi hermana. Tal vez esto escandalice a más de uno, pero los animales copulan de ese modo, engendran y nacen nuevas descendencias sin sentirse atados a una extraña moralidad. Inclusive es algo común, casi como una vulgar tradición, que ocurre en la familia.

Decidí llamarla Emaleth. Es un nombre con significado. Una vez tuve una hermana, la única que lloró mi muerte y sufrió terriblemente porque yo fuese expuesto como un monstruo. Era una bruja poderosa, pero no tenía ni voz ni voto en una familia de miserables. Me enviaron al sacrificio creyendo que me darían amor, besarían mi alma llena de heridas y me llamarían hijo, nieto, sobrino...

Nunca conocí a mi hija. Aunque soñaba con ella. Ella fue el propósito por el cual secuestré a mi propia madre, permití que hiciese algunas pruebas científicas y médicas, y me odiase para siempre. Su odio iba envuelto en dolor, miseria y asco. No obstante yo buscaba ese amor puro que una vez tuve. Quería tener una mujer de mi propia especie y marcharnos lejos. Sólo quería ser el santo que vio mi hermana, no el monstruo envuelto en llamas.

Solía cantar para ella en profundos y rápidos silbidos, los cuales parecían ser el viento moviendo las ramas. Era hermoso, glorioso, maravilloso... ¡Una sinfonía sin fin! Ambos nos uníamos, aunque ella estuviese todavía en el vientre materno, y Rowan me miraba desencajada. Mi voz era la voz del Diablo y así tituló mis memorias mi madre, mi inusual compañera y la madre de mi hija.


No soy un diablo, sólo soy un pobre niño perdido...  

viernes, 30 de octubre de 2015

Tú eres todo

Michael y Rowan, Rowan y Michael... ¡Ah! ¡Los amo! Me gustaría volver a verlos. Aquí un trozo de las confesiones de éste gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Allí estábamos frente a frente en un inmenso mar de silencio. Era unmar más profundo y oscuro que aquel del cual recuperó mi cuerpo, salvando mi vida y mi alma. Ella, como siempre, parecía estar sobre el bien y el mal. Una mujer única, excepcional, y adicta a la tragedia aunque no lo supiera. Sus labios carnosos parecían amargos, como el humo del tabaco que exhalaba, y sus ojos demasiado tristes. Estábamos allí, en aquella sala, aguardando que alguno de los dos hiriera los segundos sin respuesta.

Estiré mi brazo derecho hacia ella, intentando tocar su mano con la mía, pero ella apartó las suyas dejándolas bajo la mesa. Una lágrima surgió como una puñalada, recorriendo su fino rostro, mientras sostenía su cuerpo a duras penas. Sabía que un dolor terrible la quebraba convirtiéndola en pedazos y éstos, como no, en polvo. La mujer que había conocido se desvanecía y dejaba escombros de su pasado. Era sólo un reflejo infiel de un hermoso retrato. Sin embargo, mi amor era ahora más fuerte que nunca. Estaba decidido a recuperar a la mujer que había llevado al altar, jurado amor eterno y cansado entre las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

—Rowan...—dije.

Ella sólo me miró cansada, inapetente, mientras hacía el intento de sonreír. Pocas veces la había visto sonreír, pero sabía reconocer sus sonrisas y esa, sin duda alguna, era un reflejo de dolor y un intento, prácticamente nulo, de consolarme como si fuese un niño pequeño al que puede mentir. Quería hacerme creer que todo estaba bien, que dentro de ella no había un mundo devorándose a otro. Las sombras de la tragedia la atrapaban del mismo modo que la sedujo, atrapó y destrozó aquel maldito fantasma. Ahora mi mujer era sólo un envoltorio, una cáscara, un muro de piel recubriendo un alma atormentada y eso no podía soportarlo.

Me lancé a la nevera y agarré una cerveza que bebí impunemente frente a ella. Me había regañado miles de veces por mi adicción al alcohol como medio para fugarme de una realidad terrible, pero era lo que había vivido y visto en mi humilde casa del barrio irlandés de la ciudad. Ni siquiera me había planteado cuántos años habían pasado desde la última vez que había pisado esa casa, pero en ese momento me pregunté cómo pude abandonar la ciudad sin sentir un profundo aguijonazo. Mi padre había muerto, no me quedaban demasiadas buenas cosas en la ciudad y mi futuro esperaba a la vuelta de la esquina. Decidí tomar mi oportunidad, mi camino, mi lugar en la vida y había regresado a la mansión que siempre había codiciado para ser su propietario, pues la heredera me había elegido entre todos los hombres del mundo. Pero, ¿había sido ella? Mientras daba un trago de cerveza, paladeando su amargura, me eché a reír percatándome que éramos marionetas de aquel indeseable. Sin embargo, ¿no era amor lo que sentía por ella? Claro que sí. La amaba profundamente y no podía evitarlo. Nadie podría evitarlo.

—Rowan, no importa lo que ha sucedido—comenté apoyándome en la nevera—. Podemos salir de ésta.

—No podré darte hijos y tú quieres hijos, Michael. He matado la única oportunidad para ofrecerte algo dulce en la vida—hablaba, por supuesto, de aquella mujer tan dócil que había dado muerte. Una mujer que había sido fruto de la violación de nuestro propio hijo, que no era más que el fantasma que siempre había tirado de los hilos del destino de la familia. Emaleth estaba muerta, enterrada junto a su padre y hermano, convirtiéndose en abono para el árbol que había presenciado tantas desgracias y carnavales.


—No importa—respondí encogiéndome de hombros—. Sólo quiero estar contigo. No importa que no seamos padres—dejé la lata sobre la mesa y me acerqué a ella, tomándola del rostro con mis grandes y ásperas manos, para entonces decirle con toda la dulzura que pude que la amaba—. Te amo. Te amo a ti, no tu fertilidad. Amo tus breves sonrisas y tu rostro serio, amo tu profesionalidad, tu temeridad, tus deseos de superarte y amo que estés viva porque sin ti, Rowan, yo me moriría. Te has convertido en los latidos de mi corazón.  

miércoles, 8 de julio de 2015

Monstruo...

Rowan es una mujer fuerte. Debería volver a verla, pero ahora mismo no puedo. Quiero encontrarme con ella, aunque no sé si ella lo desee. 

Lestat de Lioncourt

Recuerdo con cierto asombro su voz. Es como si jamás hubiese dejado de susurrar mi nombre. Puedo escucharla temblorosa, pero no cargada de rabia, mientras me llama con la necesidad de un hijo a su madre. Observo el árbol desde el porche, lo contemplo con mis manos juntas alrededor de una taza de café y medito sobre su muerte, su historia y también sobre el futuro que no tendrá. Bajo ese árbol, entre sus raíces y tierra removida, se encuentran mis dos únicos hijos. Yacen ahí, como si durmieran tras una terrible noche de tormenta, esperando que alguien los llore. No soy capaz de derramar una lágrima por ellos, pero él me inquieta. Noto su fuerte aroma, su presencia y el deseo de atraparme nuevamente usando sus viejos trucos.

Esos ojos azules todavía me perturban. Cuando contemplo los ojos de Michael, pese a la bondad que veo en ellos, observo los suyos contemplándome con frustración y miseria. No sabía amar. Jamás comprendió el verdadero significado del amor. Se dejó llevar por el egoísmo y sus actos fueron terribles, tan terribles y condenables como las muertes, dolor y el caos que surgió desde aquella oscura semilla que yo mismo logré germinar.

Admito que parte de mí le quería. Quería a ese monstruo que me llamaba madre, se aferraba a mi pecho y me observaba sosegado esperando que le abrazara, besara y quisiera como a cualquier hijo. Pero era un monstruo, un terrible engendro, que caminaba y hablaba a las pocas horas de nacer. Ante mí tenía un hombre completo, con sueños y esperanzas, que se movía por el mundo como un gigante absurdo buscando el amor y la complicidad en un igual.

Todavía vienen a mí las terribles imágenes de mi secuestro. El aroma del café de la mañana siempre queda opacado por las náuseas terribles que despiertan esos olores, como el de la podredumbre de aquel colchón, que aún no puedo borrar. Me duelen las muñecas cuando rememoro las sogas y cadenas, esos cinturones gruesos que me ataban en la cama y las sábanas húmedas, por mis propias defecaciones, pegándose a mi cuerpo débil.

Ocasionalmente puedo sentir a Michael detrás de mí, observándome con cierta preocupación y esperando que me aproxime para sentirme protegida por sus brazos anchos y fuertes. Algunas veces lo hago, otras veces ignoro al mundo entero y sigo bebiendo café sin apartar los ojos del árbol. Me pregunto qué habrá sido del resto de personas y seres que he amado. Desde hace tiempo la casa sufre un silencio terrible. Pocas veces aparece Julien por aquí. Mona hace años que se marchó para no volver. Igual hizo aquel vampiro llamado Lestat. Desconozco si sólo lo soñé o si fue algo cierto, tan cierto como los libros que hay de él y que colecciono en secreto.


Hoy me siento triste y moralmente acabada, pero el sol aparece todos los días y en el hospital me necesitan. El mundo necesita que lo salve de la miseria que se acumula en las largas hileras de habitaciones del hospital Mayfair. Puedo oler las flores cerca de las camas de los pacientes, observar con preocupación los diversos informes y sentir la presión de una operación a vida o muerte. Puedo hacer todo eso. Pero no puedo aceptar el recuerdo de ese monstruo que aún me aterra y todavía amo. Es un amor y un odio a partes iguales que me envenena.  

viernes, 28 de noviembre de 2014

Esclavos de la pasión

Michael no sólo cuida a Rowan, sino que hace que ella sepa disfrutar de la vida. Esto es de tiempo antes de conocernos ella y yo. Por eso mismo he permitido que él la cuide. Él la necesita y sé que en el fondo ella también a él.

Lestat de Lioncourt 


La terrible aventura había terminado con nuestras almas hechas jirones. El dolor nos había consumido como la llama de una vela, sin embargo aún quedaba luz. Siempre queda una pequeña luz de esperanza en medio de una devastadora tragedia. La esperanza no se puede apagar, pues entonces nosotros mismos nos apagaríamos quedando a solas. Es triste pensar que nuestra inocencia, tan simple y frágil, se convirtió en polvo. En el jardín se hallaban sus cuerpos y el dulzón aroma de la muerte trepaba hasta nuestra ventana. Las cortinas no eran suficiente, pues no dividían del todo el dolor, los recuerdos y los invisibles lazos, que aún teníamos con los muertos que eran consumidos ya por el tiempo y la tierra, pero aún así intentábamos soportarlo.

Dicen que las tragedias pueden hacernos fuertes y firmes. Si bien, ella parecía más frágil. Sus ojos grises parecían palidecer en su brillo. No había esperanzas a pesar de la mínima ilusión hacia su trabajo. Quería salvar vidas por todas las que había sesgado. La pala del garaje ya amontonaba polvo, pero ella parecía sostenerla aún con firmeza entre sus manos. No se sentía mujer. Había dado dos terribles frutos, demonios de hermoso rostro, que se marchitaban. Un ser ambicioso, terrible y de manos gigantescas la atrapó y el otro, de dulces palabras y sentimientos, taladraba su alma como un clavo ardiente. Culpable. Ese era el veredicto que se daba: culpable.

El delicado camisón rosado la envolvía como si fueran pétalos de rosa. Sus cabellos dorados habían sido recientemente cepillados, dejando que sus rizos cayeran sobre su frente y rozaran su nuca. Tenía el pelo corto, aunque no tanto como cuando nos conocimos. Quizás deseaba empezar a ser una mujer distinta, a pesar de no sentirse ya parte de un género concreto. Sus carnosos labios temblaban mientras sus mejillas se sonrojaban. Estaba frustrada y a punto de llorar. Sabía que estallaría en llanto de un momento a otro.

Aguardaba apoyado en el marco de la puerta, observándola, en completo silencio. Dejaba que la música sepulcral de nuestros labios hablasen por nosotros mismos. Saqué la cajetilla de tabaco de mi bolsillo derecho, me llevé un cigarrillo a los labios y lo encendí con mi mechero favorito. El aroma del tabaco llegaba hasta ella, ascendía por la habitación e intoxicaba todo a nuestro alrededor. Ella se había percatado, pero no me decía nada.

—¿Vas a mirar mucho tiempo por esa ventana?—pregunté con el cigarro cerca de mi boca.

—No—dijo aferrada a las cortinas, arrugándolas entre sus dedos, mientras intentaba mantenerse fuerte—. Michael, los cigarrillos... —se giró hacia mí y me miró ligeramente molesta, aunque intentaba no reprenderme tras todo lo que habíamos soportado—. Tu corazón.

—Mi corazón está bien desde que tú estás conmigo—respondí.

—¿No te importa que no pueda darte hijos?—preguntó encarándome.

Siempre había deseado ser padre, pero quizás no estaba destinado a serlo. Quizás sólo podría ver desde lejos los hijos de otros crecer, convertirse en hombres y ser parte de un futuro aún demasiado lejano para comprenderlo. No me importaba ser o no ser padre. Mi único deseo era permanecer a su lado, pues la amaba demasiado. Tener hijos era sólo un pequeño sueño que se podía olvidar, enterrándolo en el jardín junto a nuestro único hijo, a cambio de ser felices juntos.

Apagué el cigarrillo en un cenicero que teníamos sobre la cómoda. Aquella habitación había sido reformada. Toda la casa parecía haber emergido de un sueño. Estaba a punto de hundirse en ruinas, pero en esos momentos la vida continuaba. El humo del cigarrillo se disipó, la nicotina dejó un pequeño perfume sobre el papel pintado y las cortinas, y mis pasos, sigilosos, a penas los escuchó cuando al fin sintió mis manos sobre su rostro.

Ella había cambiado. Las relaciones sexuales se habían vuelto violentas. Lasher la había transformado en un ser radicalmente distinto a la trémula jovencita que se desvivía en atenciones. Ella deseaba algo fiero, apasionado y para nada romántico. Podía ver en sus labios cierto deseo callado, sus ojos brillaban con necesidad y su cuerpo temblaba. Quería ser dominada, como si el demonio aún susurrara en su oído, con tal de arrancar de su alma cada trocito de dolor que se había anclado en ella.

La tomé del rostro deslizando mis dedos gruesos y grandes, de yemas ásperas, sobre sus pómulos mientras desviaba cada uno de estos por su cuello. Sus enormes ojos se cerraron confiriéndole un aspecto sensual en sus rasgos. Esas largas pestañas, tan espesas, parecían recién delineadas y pintadas, pero no era así. Tenía los párpados sin una arruga. Ella aún era joven, yo ya llegaba a la mediana edad próximo a la edad dorada, los cincuenta, donde las canas llenarían mis espesos y negros cabellos. Entreabrió sus labios esperando un beso, pero no se lo ofrecí. Mis manos pasaron a sus hombros, mis dedos acaricaron las finas tiras que sostenían su camisón y finalmente, como si fuese el mismísimo demonio, le arranqué el camisón con varios tirones.

Su cuerpo, delgado y erótico, se movió como un junco frente a una gran ráfaga de aire. Sus pechos surgieron tras la delgada lámina de satén. El ruido de la tela rasgándose me excitó. Ella gritó asustada, pero era parte del juego. Me miró con los ojos trémulos, aunque encendidos todavía por la necesidad. Quedó frente a mí con sus pezones ligeramente cafés, gruesos y algo duros. Tenía unos pechos blancos, rellenos y ligeramente caídos debido a su maternidad. Era una belleza natural. No necesitaba ni un ápice de cirugía. Sus marcadas clavículas hacían juego con su angulosos rasgos suavizados por su feminidad. Sus labios carnosos quisieron decir algo, pero guardó silencio. Metí la mano dentro de sus pequeñas bragas, las cuales no eran de lencería sino de blanco algodón. Pude notar que estaba depilada y que comenzaba a humedecerse.

La giré apartando sus intensos ojos de mí, permitiendo así que su delgada espalda quedara contra mi ancho torso y que sus nalgas rozaran mi bragueta. Mis manos acariciaban su vientre, plano y de piel sedosa, mientras sus piernas se abrían ligeramente. Mi mano diestra volvió a introducirse entre sus bragas, haciéndose paso entre la comodidad de esa prenda de algodón, para hundir el anular y el corazón. No perdí el tiempo y comencé a moverlos dentro de ella, penetrándola. Con la zurda agarré su pecho izquierdo, apretándolo entre mis dedos y pellizcando sus pezones, casi tirando de ellos hasta arrancárselos.

—¿Quieres ser dominada?—pregunté apoyando mi mentón en su hombro derecho—. Más bien lo necesitas.

—Mich...—dijo sin aliento.

Dejé de agarrar su pecho, bajé la bragueta de mis pantalones vaqueros, y acabé agarrando su brazo derecho, por la muñeca, para meter su mano dentro del pantalón. Ella de inmediato tentó mi miembro despertándose dentro de mis ajustados calzoncillos. Sus dedos recorrieron cada pedazo de tela abultada y permitió que sus cuerdas vocales vibraran en un ligero gemido. El pulgar, de la mano que tenía dentro de su vagina, comenzó a estimular con destreza su clítoris. La mano de su muñeca se soltó y fue a su cuello, presionando su garganta con fuerza, mientras mi boca mordía sus hombros y los lóbulos de sus orejas. Aquello era el paraíso, pero me cansé de tan sólo tocar.

Aparté mis manos de ella y la arrodillé frente a mí, bajándome los pantalones y ofreciéndole mi pene erecto. El glande rozó sus húmedos labios, sus pequeños dientes blancos y por último su húmeda lengua. Antes que ella pudiese siquiera reaccionar enterré mi miembro en su boca, dejando que su nariz rozara mi vientre con su respiración y sus labios la base de éste. Mis testículos golpearon su mentón y mis manos agarraron sus cortos cabellos rizados. Sabía que sentía cierta asfixia, pero no podía evitarlo. Cada movimiento que hacía dentro de ella era brusco. Unas pequeñas lágrimas bordearon sus mejillas, dándole un aspecto casi celestial, mientras gemía moviendo mi pelvis desesperado. Sus manos estaban sobre mis caderas, en el borde con mis costados, y allí enterraba sus uñas en un alarde fiereza.

Mis dedos se enterraban entre sus mechones, apretaba su cráneo y hundía su rostro en mi bajo vientre. Sin embargo, mi mano derecha se deslizó hacia su nuca y finalmente agarró la base de mi pene, para luego ayudarme a dirigir este dentro de ella. Cada estocada provocaba que sus ojos quedaran literalmente en blanco. Sabía que la seguía ahogando, pero no podía detenerme. Si bien, en cierto momento la tiré contra el suelo, eché a un lado sus bragas de algodón y la penetré con fuerza.

Ella chilló abriendo sus piernas, retorciéndose bajo mi cuerpo y triando del cuello de mi camisa. Los botones estallaron cuando jaló con rabia, pero una bofetada certera la calmó. Volvió a ser sumisa, gimiendo bajo mi nombre mientras me rodeaba con sus largas piernas. Sentía cierto placer cuando la golpeaba, como si un golpe significara caricia, y yo estaba necesitado de sentir como ella se abría a los sentidos. Mi ancha figura, mucho más pesada que la suya, la aplastaba hasta casi sacarle el aliento. Mis músculos estaban en tensión, igual que sus muslos, mientras notaba como su vagina se convertía en una funda perfecta que envolvía mi miembro con humedad y presión. Los músculos de su sexo apretaban con fuerza, intentando que no me fuese demasiado lejos. El ritmo de mis arremetidas era candente y se elevaba más y más. Podía sentir sus pechos moviéndose contra mi torso. Sus pezones estaban terriblemente duros. No dudé ni un instante en agachar mi cabeza, quedando encorvado, para morderlos y tenerlos en mi boca durante un rato.

Ella serpenteaba bajo mi cuerpo, su cuerpo se contorsionaba, pero aquello era demasiado fácil. Por eso, cuando sentí que llegaría al límite, me aparté. Ella quedó en el suelo jadeando aún, mirándome como un pez recién pescado, mientras boqueaba aire. Sus manos estaban a ambos lados de su rostro, su cabello estaba pegado sobre su frente y sus pechos se movían debido a la respiración agitada. Las braguitas seguían en su lugar, aunque manchadas por sus fluidos.

Me incliné sobre ella hundiendo tres dedos en su sexo. Estaba ardiendo, enrojecido por las penetraciones y húmedo. Ella gimió consolándose por el roce, pero pronto hubo un cuarto dedo y la presión aumentó. Gritó cuando mi puño entró por completo. Era una mano grande y áspera, su pequeña vagina a penas podía contenerme. Sus muslos blancos y lechosos se cerraron, sus piernas se cruzaron y ella empezó a gemir. Me costó mucho abrirle de nuevo las piernas y mantenerla con cierto sosiego.

Cuando saqué el puño me acerqué a la cómoda. Era hermosa, muy lujosa, y la había restaurado con la ayuda de un conocido. Dentro ocultaba algunos juguetes que usábamos en ocasiones especiales. Busqué un pequeño vibrador, el cual tenía varios niveles de intensidad y se podía controlar con un pequeño mando. Miré a mi mujer en el suelo, con sus piernas abiertas y aquella pose desesperada por sentir ciertas atenciones. Sonreí para mí y agarré el aparato poniéndolo en funcionamiento.

Al arrodillarme frente a ella, sintiendo de nuevo las perfectas tablas de madera que cubrían el suelo, sentí unos terribles deseos de besarla, pero no lo hice. Introduje el aparato, coloqué bien su ropa interior y la levanté arrojándola a la cama con cierta violencia medida. No quería lastimarla, sólo hacerle sentir cierta dominación.

Su rostro quedó contra las almohadas, las cuales abrazó mientras gemía, y sus nalgas quedaron sutilmente elevadas. Me acerqué a ella, clavando mi rodilla derecha en el colchón, para meter mis manos entre ella y el colchón, y acaricié sus pezones que empecé a pellizcar y retorcer. El pliegue bajo su tierna carne, recubierta de una piel tan suave, era tentador. Quería morder sus pechos, engullir sus pezones y olvidarme del mundo ahogado en su perfume. Mi pelvis se movía mientras mi sexo se rozaba sobre sus nalgas cubiertas por la agradable tela de algodón.

—Michael, Michael...

Recitaba mi nombre como si fueran salmos, cosa que me encendió aún más. Fui de inmediato a la cómoda y busqué unas esposas. Se las coloqué en sus pequeñas muñecas, ajustándolas rápidamente, para luego sacar una pequeña fusta.

Dejé a Rowan girada hacia mí, con su rostro perlado de lágrimas de placer y gotitas de sudor. Sus mejillas estaban muy rosadas, sus labios rojos y húmedos, mientras que su cuerpo parecía retorcerse. Deslizaba la punta de la fusta por sus senos, para luego golpearlos. Después, con destreza, acaricié todo su cuerpo con aquel objeto. Ella tenía pequeños orgasmos con aquellas acciones, las mismas que iban acompañadas por el placer del pequeño vibrador. En cierto momento, cuando ella creía que podría librarse de todo y sentirme dentro, pues me incliné para lamer su mentón, empecé a golpearla con la fusta entre sus muslos, justo en su vagina. Bajé sus bragas rompiéndolas. Con rabia, y deseo, empecé a golpear su clítoris.

Había colocado las esposas de tal forma que sus brazos estaban tras su espalda, sin posibilidad alguna de poder apartarme, así que sólo podía patalear y gemir. Por eso cuando la giré, dejándola de lado, y alcé su pierna derecha apoyando su tobillo en uno de mis hombros, ella se iba hacia delante. Mi miembro volvió a penetrarla, pero esta vez fueron sus nalgas. Rápidamente la puse a cuatro en la cama, agarré sus caderas y la penetré con fuerza. Cada embestida era un mundo. Sus piernas temblaban. Su espalda se arqueaba. Mi pelvis se descontrolaba. Mis manos arañaban, pellizcaban y apretaban con fuerza gran parte de sus atributos. Finalmente la tomé de la cintura y la empotré contra el cabezal del la cama. Ella quería sujetarse, pero las manos seguían en su espalda. Giró su rostro hacia mí con los labios color cereza y completamente abiertos. En ese momento lo supe, estábamos a punto de llegar ambos al orgasmo final.

Ella cerró sus ojos y se dejó llevar. Sus dedos se cerraron creando puños, al igual que los dedos de sus pies. Su espalda se arqueó aún más, igual que alzó su cadera. Fue una imagen tentadora. Sobre todo porque sus fluidos salieron manchando las sábanas.

Por mi lado no cerré los ojos. Quería ver ese espectáculo. Mis caderas se quedaron enganchadas en su interior. No podía moverme. Un dulce cosquilleo recorrió mis testículos, aunque era muy intenso, y finalmente me vine. Rellené a Rowan con mi esperma, el cual no la fecundaría. Si bien, no importaba. Lo importante era disfrutar de ese modo.

Después de todo el descontrol la liberé, me acosté a su lado y la abracé. No dijimos nada. El silencio es la mejor opción cuando las caricias existen. Nuestros labios al fin se fundieron en un apasionado beso y nuestro aliento fue normalizándose.


La amaba. No importaba cuantas cosas tuviese que hacer por ella. Disfrutaba viéndola de ese modo, como también amaba verla sosegada en pleno papeleo. No importaban los monstruos del jardín. Ni siquiera si el viento mecía fuertemente las ramas. Sólo importaba el placer que habíamos sentido y el deseo que aún nos bañaba. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

El paraíso en peligro

Michael y Rowan, esos dos magníficos brujos de los que me enamoré, han vuelto. Digamos, que todo ha vuelto a ser cruel y desastroso. Admiro a Michael y por ella tengo un amor demasiado intenso, más allá de lo razonable. Vean que ocurre...

Lestat de Lioncourt 


Sentado en la cocina con una cerveza en la mano. Podía sentir el frío de la lata a pesar del grueso guante de cuero. Se había levantado en mitad de la madrugada, con su espeso cabello negro revuelto. Tenía un par de rizos cayendo sobre su ancha frente, su barba estaba algo más crecida y espesa, y le confería a su rostro un aspecto muy masculino a pesar de los bostezo. Sólo llevaba un boxer gris y una camiseta blanca, de esas de algodón. Sus ojos azules se movían inquietos y de vez en cuando, como si fuera un gesto pensado, fruncía el ceño y maldecía. Ya no era el mismo hombre de siempre, aunque dejó de ser ese chico bueno e inocente hace mucho tiempo. Había matado con sus propias manos y con la herramienta con la cual trabajaba a diario. No se sentía despreciable. Él se sentía libre. Había matado por proteger su intimidad, su vida y su mujer. Era un héroe, pero a la vez no dejaba de tener traje de villano. Igual que un soldado bien entrenado pensaba en la próxima estrategia, algo que debía hacer sin provocar el mayor de los daños.

La cerveza temblaba sus nervios. Aquella noche iba a ser eterna. Hacía tan sólo unas horas que había vuelto a ocurrir. Deseaba huir, alejarse de ella y no mirar atrás. En los meses anteriores había tenido ciertas visiones al tocar objetos, pero ahora era recurrente. Ni siquiera podía tocar las sábanas porque venían a él momentos pasados y futuros. La vida se descarrilaba y él no podía hacer nada. Ni siquiera le habían permitido envejecer, dejar que las canas llenaran de nuevo sus sienes y salpicara su barba. El trato con el demonio estaba yendo demasiado lejos.

—Michael—su voz áspera, aunque femenina, sonó en un tono suave y grave.

—¿Rowan?—se giró para verla allí de pie, apoyada en el marco de la puerta, con aquel camisón rosa pálido que llegaba poco más del medio muslo. La pequeña bata de seda, del mismo calor, estaba abierta y algo arrugada. Tenía el pelo revuelto, algunas hojeas y parecía muy cansada—. Necesito hablar contigo.

—¿Tiene que ser ahora?—preguntó frunciendo el ceño—. No creo que sea hora de...

—No voy a discutir contigo sobre beber cerveza a escondida y en plena madrugada—comentó acercándose a la barra americana, la cual estaba en el centro de la cocina como una pequeña isla, donde tenían un fregadero, una amplia zona para desayunar y cortar verduras, así como varios útiles para cocinar—. No es eso—susurró tomando asiento en el taburete contiguo.

—¿Y qué es?—dijo admirando sus ojos grises, ya que tenían un brillo especial, así como sus manos temblorosas que jugaban con el cinturón de la bata—. ¿Ha ocurrido algo que deba saber?

—Es imperdonable que me haya guardado esto tanto tiempo—una lágrima surgió de improviso humedeciendo su mejilla derecha—. Incluso creí que podría ocultarlo y de ese modo imaginar que no está ahí. Pero me habla, Michael. Me habla continuamente. No para de llamarme...

—¿Quién te llama? ¿Lestat? ¿Quién?—le dirigió una sonrisa triste cuando lo vio preocupado, cosa que hizo que lo tomara del rostro con ambas manos. Él se había girado hacia ella, dejando a ambos cara a cara, pero ella parecía no querer mirarlo a sus intensos ojos azules—. Rowan, dime. Quizás pueda solucionarlo.

—No tienes idea, ¿verdad?—preguntó con la voz quebrada.

—Me has pillado—dijo con una leve risotada, pues quería romper la tensión del ambiente y relajarla. Pero ella, que estaba visiblemente nerviosa, sólo rompió a llorar—. ¿Qué ocurre?

—¡Estoy embarazada! ¡Ese maldito demonio hizo que volviera a ser fértil sólo para esto! ¡Estoy segura!—gritó antes de echarse a los brazos de su esposo, permitiendo que éste la tomara con la misma preocupación que ella sentía desde hacía varios días.

Aquella confesión cayó como un cubo de agua helada que caló hasta sus huesos, hizo tiritar su alma y despertar viejos miedos. Ella podía morir. Rowan se marchitaría en una cama de hospital mientras esa criatura comenzaba a vivir. Un miedo terrible y una tristeza desoladora acudió en su búsqueda. Los profundos y agudos ojos de Michael se llenaron de lágrimas que no querían salir. Debía mantenerse fuerte frente a ella, ser sus protectores brazos y acariciar sus cabellos con mesura.

En unos segundos revivió toda la preocupación de hacía algo más de una década. Podía verla tumbada en la cama, casi sin vida, esperando que la muerte viniese a por ella de una vez. Sufría. Hablaba con ella, tomaba sus manos y rezaba por su alma. Quería a su mujer, la necesitaba. Todos necesitaban a la Doctora Rowan Mayfair, una mujer fuerte que parecía haberse consumido. Tan delgada, con los huesos marcados de sus rosados pómulos y sus uñas pintadas para la ocasión. Parecía un cadáver dispuesto a la vista de todo en un multitudinario adiós. No quería siquiera pensar en eso. En como las noches se volvían días y los días pesadillas. Las plegarias no funcionaban, tampoco los buenos deseos. La medicina no podía hacer nada. Jamás volverían a ser padres. Nunca tendrían un momento de alivio tras aquello. Los sucesos se multiplicarían y la muerte de su hijo, un asesino, caería bajo el golpe de su martillo.

Aún podía verlo bajo el árbol, con su cabeza destrozada y sus gigantescas manos sobre el pecho. Había gritado su nombre, suplicado piedad, lo había llamado padre. Y él, sin importarle nada, lo mató con violencia para luego enterrarlo bajo una lluvia torrencial. Lasher no era más que huesos bajo el árbol, pero había regresado gracias a la ciencia y a la ambición. No era momento de engendrar una hembra. Ni siquiera era momento para permitir que ese engendro se paseara por la ciudad y pudiera tener contacto con ella.

Ella lo miró. Había notado sus guantes. No tuvo que confesar nada. Se incorporó sollozando con el rostro demacrado por la preocupación, pero aún así era hermosa. Tenía la fuerza de un hombre, pero la astucia de una mujer hecha a base de pesadillas y duro trabajo. La expresión de su mirada lo decía todo: lo amaba. Amaba a Michael Curry, amaba su familia, quería incluso a la impertinente e indomable Mona Mayfair. Hacía todo aquello por ellos, soportaría incluso su muerte si los mantenía con vida. Aún así, sentía que se volvía loca.

—¿Estás segura?—preguntó tomándola del rostro. Quería besar su frente y perderse en el cálido recoveco de su cuello, pero no lo hizo.

—¿Recuerdas ese día que despertamos sin recordar lo ocurrido?—intentó hacer memoria, y cuando lo hizo los cálculos empezaron a bullir en su cerebro—. Nos dolía la cabeza, como si hubiésemos bebido toda una botella de whisky cada uno.

—Sí, yo sólo recuerdo la música del victrola—aseguró.

Desde el principio sabía que habían sido hechizados. El vudú era parte de los poderes de Julien, los cuales habían aumentado con creces. Se había convertido en un monstruo. El ser que le había pedido que matara a los Taltos, ese mismo ser, estaba transformando a la ciudad en un territorio digno de una película de terror donde esas criaturas, fuertes y a veces crueles, se paseaban por las calles sin contener sus deseos más bajos. Lasher ya había matado a una bruja. Sus instintos eran demasiado poderosos. Julien no sabía lo que estaba haciendo. El mundo temblaría.

—Pocos días después confirmé mi sospecha.

—De eso hace tres semanas—se sentía engañado, pero sabía que lo había hecho por miedo. Del mismo modo que él no se atrevía a decir que sus viejos poderes habían regresado. Sólo quedó el poder mental tras el embarazo de Rowan, pero en esos momentos volvía a tener flash de momentos futuros y pasados. Era enloquecedor.

—¡Ya lo sé!—gritó—. Y pronto se notará mi vientre—dijo visiblemente nerviosa y asustada.

—¿Te habla?—recordaba un dato curioso que le aseguró ella, igual que Mona, que ocurría con esos hijos. Niños que hablaban y se comunicaban continuamente con sus madres.

—Sí, es mujer. Su voz es de mujer—susurró.

—Soy Emaleth, mamá—Rowan se llevó la mano al vientre. Había escuchado aquellas palabras. No eran imaginaciones suyas. La hembra Taltos había hablado. Aquel feto, aún en líquido amniótico, tenía nombre. Su nombre ya lo conocía bien, recordaba los ojos inocentes de su pobre pequeña y empezó a gritar.

La hija de Lasher y suya. Ese era el nuevo Taltos que engendraba. Pero la pequeña le había dicho que era de Michael. Ésta vez nacía de su esposo. Julien lo había preparado todo. Había hecho que esa hembra volviera con viejos trucos. El demonio jugaba bien sus cartas y tenía la mano ganadora, Julien sólo se jactaría y sonreiría con sorna. Ella no. Ella iba a volverse loca. Nunca había superado el haber disparado a Emaleth, una joven tan inocente como Miravelle y tan parecida físicamente a ella. Quería morir en ese momento. Gritaba y se tiraba del pelo. Michael no sabía como detenerla. La pequeña comenzó a llorar en el vientre y él no podía sofocar aquel brote de locura.

—Rowan, ¿qué ocurre?—preguntó agarrándola de las muñecas, pues estaba a punto de arañarse—. ¡Rowan!

—Mamá, no. Mamá—dijo con ternura—. Mamá, no. Mamá no llores. Mamá soy Emaleth. Mamá todo será distinto. Todo estará bien. Preocupas a papá. Papá dile a mamá que no llore. Mamá, dile a papá que lo quiero. Mamá, mamá, mamá...

—Emaleth—balbuceó apartándolo.

Sin cuidado alguno se quitó la bata y el camisón, después acarició su vientre y notó como crecía lentamente. Pronto estaría abultado. Parecería que había engordado un par de kilos, quizás como mucho cinco o seis. Sus dedos largos y finos jugaban con la zona baja de su ombligo y subían. Ella cantaba. Su voz era hermosa y el silbido, esa canción tan bien conocida, la calmaba.

—Perdóname, perdóname... —susurró con los ojos llenos de lágrimas.

—Te amo, mamá—una ligera risa hizo que ella sonriera y tomara las manos de su esposo. No importaba si moría ahora, si en el parto quedaba seca como el capullo de seda de una mariposa. No importaba nada. Volvería a darle la vida a esa criatura, le devolvería lo que ella le había quitado con aquella bala.

—Emaleth, es Emaleth... —sus palabras estaban quebradas por la emoción y Michael sólo quería que todo eso pasara, que nadie resultara herido y que Julien parara. Su ambición mataría a todos.

La ambición siempre mata la vida en el paraíso. Un paraíso que estaba lleno de demonios y pecado. Los secretos avivarían el veneno que se depositaba en cada palabra. El mundo, tan frágil y perverso, se convertía en un puñado de tierra con luces de neón y atractivos negocios dominados por la familia. Pronto el poder asfixiaría las últimas flores y la lluvia sería de sangre. Aún así, lucharían.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt