Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 28 de agosto de 2016

Arte neoclásico

Con sinceridad... Marius se la está jugando. Yo soy Armand, Pandora o Daniel y le hago correr hasta el otro extremo del universo. 

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué estás buscando, Marius?—sin levantar el rostro del libro que estaba leyendo.

Allí estaba con ese aspecto de escultura neoclásica de rostro de efebo pese a sus más de treinta años, con sus dorados cabellos rizados encantadoramente revueltos sobre su frente y sus prendas cómodas de hombre moderno. Parecía una imagen tentadora sacada de algún relato fantástico, pero era algo más que una mera ilusión de un cuento de hadas o la imaginación de un loco. Sonreía suavemente saboreando tal vez las mieles de la victoria. Pandora me había humillado horas atrás y fue por su culpa. Siempre tan entrometido como yo lleno de orgullo herido.

—¿Buscas el ego pisoteado por tu desdichada mujer? Pobre Pandora... jamás dejará de amar a un cobarde que se refugia en ira y violencia—susurró antes de mirarme con esos penetrantes ojos azules. Sonrió dulcemente como si fuese un bondadoso muchacho y descruzó sus piernas, se levantó del asiento y dejó el libro sobre una mesa alta que únicamente sostenía un encantador jarrón cargado de flores silvestres.

—¿Por qué le dijiste a Pandora algo que ocurrió hace milenios? ¡Por qué!—grité apretando los puños.

—¿Qué cosa? ¿Tus juegos con sus esclavas o el descaro coqueteo con aquella dulce adolescente que vendía frutas en el mercado?—me miró impávido.

No me temía. Ese maldito desgraciado sabía que no podía siquiera golpearlo sin que los rumores llegaran hasta Pandora y esta se lo contara a Lestat, así como a toda la tribu, dejándome como un desgraciado. Me tenía acorralado. Sabía que todos adoraban a ese maldito lisiado que ya no lo era por obra y gracia del mismo científico chiflado que logró darle un hijo a Lestat, devolverle la visión a Maharet o indagar profundamente en nuestra genética.

—Marius, estoy esperando tu respuesta—dijo acercándose a mí con la elegancia de otra época.

Maldije a ese esclavo venido a más, como también a su belleza tentadora y esa forma de expresarse tan abrumadora. Era como estar bailando con el Diablo sin saber siquiera si te ama o te odia. Sabía que me apreciaba, pero a la vez gozaba contemplar como me volvía una bestia intransigente y furibunda.

—¿Te han dicho alguna vez que cuando te molestas se notan las líneas de expresión de tu cara y eso te convierte en un ser mucho más humano? Un ser humano por completo con sus expresiones, sentimentalismos y necesidades—comentó frente a mí, a sólo un paso, antes de tomarme del rostro deslizando sus fríos y suaves dedos por mis facciones.

—¿Qué pretendes?—pregunté sosteniéndolo de inmediato por los brazos, por encima de los codos, mientras le miraba con cierta incredulidad.

—No lo sé—respondió.

—¿No lo sabes?—dije apartándolo para moverme por la habitación como un animal enjaulado.

—¿Tendría que saberlo?—dijo sin mover ni un músculo.

Se sentía la tensión. Podía cortarse el aire con un cuchillo. Mis ojos de vez en cuando reparaban en su rostro y me quedaba absorto en su piel tenue, lechosa y seductora. Parecía un muchacho. Las pequeñas arrugas que se habían formado en su cara se habían borrado con el paso del tiempo y sus labios parecían más carnosos. Ante mí tenía el David de Miguel Ángel convertido en un ser que caminaba y respiraba, que sentía y codiciaba, y que siempre buscaba el modo de llevarme a la ruina.

—Quizá siempre te he deseado, Marius.

Esas palabras rebotaron en mí logrando que todo mi cuerpo temblase de ira y deseo. Quise lanzarme sobre él como un animal salvaje arrebatando su ropa, lamiendo su figura y hundiendo mis manos en sus rizos. Pero me contuve entretanto él sonreía de forma deliciosa. Parecía invitarme igual que un enorme pastel frente a un niño que lleva semanas queriendo un pedazo. ¿Me atrevería a tocarlo y hundir mis dedos en él para llevarlo a mi boca? ¿Sería capaz de degustar lo prohibido? ¿Acaso no era el amante predilecto de mi buen amigo Avicus? Lo era. Maldita sea. Lo era. Sabía que dejarme llevar por el deseo me haría caer en un gran problema.

Entonces me di cuenta que comenzó a caminar hasta una pequeña bolsa. Era un maletín muy masculino y elegante. Tenía la boquilla metálica, la anchura idónea para transportar artilugios médicos y al notar que sacaba un estetoscopio comprendí que era de Fareed. Ese dichoso médico y científico hindú había estado allí y posiblemente se encontraba muy cerca. El maletín estaba sobre un mueble alargado de color caoba, el cual se usaba para guardar correspondencias y diversos archivos importantes. Sobre él había diversos sellos, sobres y plumas, pero pronto estaría diverso material médico hasta que dio con lo que quería. Era una caja metálica minúscula de donde sacó un pequeño tubo.

—Ha logrado que no necesite frío estas maravillas—comentó—. Aunque no sé si te atrevas a probar cuan flexible puedo ser—dijo girándose con una jeringa mientras subía su suéter fino estilo marinero. Tenía una ropa muy occidental de hombre cuidado y adicto a la moda. Estaba seguro que Gregory le ayudaba a elegir sus prendas para pasar desapercibido, pero eso no era siquiera importante en ese momento o en algún otro—. Mírame... ¿no me deseas?—clavó sus ojos en los míos del mismo modo que enterraba la aguja en su vientre plano algo marcado. Sus pupilas se dilataron debido a la fuerte dosis que se había aplicado mientras contenía el aliento.

No sé por qué lo hice pero me lancé a la aventura. Me acerqué a la caja tomando una de las jeringas, desencapuché la aguja y logré tomar la dosis idónea para mí. Cada vampiro sabía cuál sería la precisa gracias a unos análisis exhaustivos que había hecho ese maldito demonio. Rápido sentí cierto hormigueo por mi columna y el deseo bullir más allá de la ira que ya poseía.

Había decidido usar túnica nada más entrar por las puertas de la vivienda. Atrás estaba el elegante traje Victorio & Lucchino de chaqueta borgoña que había arrastrado desde mi hotel hasta la entrada del edificio. Allí sólo tenía una túnica color vino de la cual me deshice mientras él hacía lo mismo con cada una de sus prendas, pero cuando terminó desnudo, antes de ser rodeado por mis brazos, me ofreció el cinturón con un gesto lleno de respeto y necesidad. Sus ojos brillaron como dos llamaradas entretanto su miembro tomaba forma sólo de imaginarse siendo sometido.

No dudé en acapararlo besando su rostro con cortos pero apasionados besos, en hundir mi rostro en su cuello y lamer sus clavículas arrebatándole el cinturón de entre sus dedos. Él jadeaba mientras su cuerpo tomaba cierta temperatura, salvo sus manos que seguían frías y se dirigían más allá de mi vientre. Su mano derecha acariciaba mi glande aún envuelto en su sensible piel, para de inmediato tirar de esta con un ritmo suave desde el inicio hasta la base. Mis ojos se cerraron gozando de ese movimiento tan delicioso y mis piernas tiritaron por un segundo, pero volví en mí y lo aparté empujándolo hacia el diván donde había estado leyendo.

Él me miró deseoso y yo le hice arrodillarse ante mí. Doblé bien el cinturón e hice que este rozara su mandíbula y bajase por el torso hasta su ombligo. Su sexo se movía suavemente inclinado hacia la derecha. Tenía un hermoso y rosado glande que pedía ser atendido aunque fuese con sus dedos, pero él se mantenía firme esperando mis órdenes. Temía hacer algo que le despreciara y le dejara allí, arrojado sobre las baldosas de mármol, deseando un poco de satisfacción y sosiego para su lujuria.

Decidí tomar asiento en el diván recargando mi espalda en la pared contigua, de hermoso papel pintado color ocre, mientras blandía mi improvisado látigo. Él de inmediato supo lo que hacer. Se subió sobre mis piernas recostando su torso, algo menos ancho que el mío, elevando sus glúteos y ofreciéndome de ese modo una imagen demasiado erótica. Mis manos rozaron sus muslos desde la canilla pasando por la pantorrilla y llegando al interior de estos. Él jadeó al percibir mis dedos palpando ligeramente sus testículos. Podía notar su miembro aplastado por su peso contra mis piernas y eso logró que formalizara el juego. El primer golpe le sacó un quejido, el segundo gritó porque le ofrecí mayor violencia, pero los siguientes fueron una mezcla de placer y dolor a partes iguales. Blandía el cinturón de cuero con mi diestra mientras la zurda se introducía en su boca. Flavius comenzó a lamer mis dedos, chuparlos y codiciarlos como si fuese mi virilidad. Sus ojos se cerraron gozando aquello como una perra bien entrenada hasta que los saqué para introducirlos en su estrecha entrada. Sus jadeos y gemidos despertaban en mí una bestia que clamaba por permanecer dormida, pero no pude evitarlo. Finalmente cedí.

Coloqué su hermosa figura, esa estatua de carne y piel, frente a mí de rodillas e hice que lamiera el fruto prohibido que guardaba para él. Aquel manjar provocó que salivara logrando una erección aún más formidable. Su lengua parecía experta o quizá llevaba demasiado tiempo codiciando cada centímetro de esta.

En mitad de un arranque de lujuria acabé aplastándolo contra el suelo, dejándole pegado al mármol, para acabar entrando en él sin compasión alguna. Mi miembro se enterró como una daga ensanchando su estrecho camino al Olimpo. Cada milímetro se aferraba a mi miembro y mis testículos golpeaban con fuerza. Podía escuchar perfectamente sus gemidos y alaridos clamando que fuese tan brusco como dominante. Coloqué mi pie derecho sobre la cruz de su espalda y penetré furibundo mientras él intentaba mover las caderas para que el roce de ambos fuese aún más caliente.

—Marius... —murmuró con aquella boca enrojecida sutilmente abierta como la de un pez moribundo sobre las tablas del piso de un barco. Sus rizos se pegaban al sudor sanguinolento que ya le cubría como una deliciosa pátina.

Mi posición cambió y mi pie dejó de estar aplastándole, deseaba ver su rostro y comprobar cuánto me deseaba. Di un par de pasos hacia atrás masturbándome al observar aquel glorioso espectáculo. Mis manos se pasaban deseosas sobre mi glande entretanto aplastaba mis testículos con la otra. Acabé sentándome en el diván llamándolo con la voz ronca. Él se incorporó tembloroso y subió sobre mis piernas comprendiendo bien mis deseos, como si ambos compartiéramos la misma terrible fantasía.

Su rostro estaba enrojecido y sus manos se clavaron en mis hombros como si fueran las garras de un animal. Cada movimiento de sus caderas era como alcanzar la gloria. Mi virilidad se hundía por completo y él temblequeaba mirándome a los ojos, apoyando su frente contra la mía y sonriendo satisfecho porque estaba siendo mío. Sabía que llevaba años buscando algo más que mi enfrentamiento, pero jamás sospeché que su deseo fuese tan humano.

No dudé en besar sus labios acaparando su boca y dejando que mi lengua se enloqueciera en el mismo instante que se detuvo, vibró de pies a cabeza y eyaculó manchando mi vientre y torso como así mismo. Acabó abrazándome moviendo sutilmente sus caderas esperando que yo hiciera lo mismo. Aguardé casi un minuto tras notar las contracciones de su estrechez, sus movimientos de pelvis, sus jadeos y palabras sucias que eran como miles de poemas clavándose en mi alma, enterrándose igual que lo hicieron sus uñas, logrando que mi mente volara.

Acabé todo aquello mirándole a los ojos escuchando como recitaba un poema erótico. Nuestras miradas eran clave y llave de una perversión inusitada. Podía contemplar sus mejillas rojas como manzanas maduras y notaba su respiración agitada. Apenas podía hablar, pero lo hacía sólo para excitar algo más que mi cuerpo: mi alma.

—Llévame al pasto y hazme tuyo. Deja que las estrellas iluminen el camino hacia mis muslos. Permite que beba de ti el elixir, mi dios. Quédate conmigo porque hoy ya no huyo. Salvaje, entregados, arañados y cansados. Tú y yo. Amándonos en un mundo perverso, indómito y azumbrados—decía mientras se contoneaba aún dejando que mis fluidos se extendieran dentro de sus entrañas—. Mírame, ¿no te parezco una escultura tan magnífica que deseas pintarme con tus dedos?—dijo tomando mi mano derecha para mancharla con el semen que había manchado ya ambos. Estaba ya frío, pero igual de pegajoso, pero no le importó llevarlo sobre sus pezones para que los acariciara.

—Tú amas a Avicus—respondí.

—Y tú supuestamente adoras a Armand, pero yaces con su creación—dijo sonriendo perverso.

—Mi mujer es tu amiga—murmuré.

—Ahora llamas mujer a Pandora... pero ella te llama viejo desamor—comentó apretando suavemente sus muslos contra mis caderas—. ¿Cómo me llamarás a mí? ¿Qué seré? ¿Conseguiré ser algo más que tu puta griega?

—Serás mi consuelo cuando esté cansado de otros mundos—dije riendo bajo.

—Conseguiré enamorarte hasta desear que te arranquen el corazón—respondió levantándose indignado con las piernas aún débiles.


Noté como sin pudor alguno se marchó dejando atrás sus prendas y a mí, su amante, satisfecho. Pude ver sus glúteos aún rojos debido al cinturón y como el semen corría libremente por sus muslos hasta las rodillas.  

viernes, 3 de junio de 2016

Dolce vita

Armand y Marius... o lo que es lo mismo esclavo y amo... vuelven a demostrar que el amor es algo más que palabras románticas.

Lestat de Lioncourt 





Sus manos recorrían mis mejillas dejando que un intenso rubor se formara en ellas. Quise echar a correr, pero permanecí en el mismo lugar perdiéndome en aquellos ojos azules tan gélidos. Parecía una escultura tallada con gran perfección y detalle. Era majestuoso debido al color dorado de esos cabellos que caían sobre sus hombros y se perdían en la cruz de su espalda. Podía considerar a ese hombre el más hermoso que había alcanzado a ver. Imaginé su figura en mitad de una iglesia siendo adorado como Dios hecho hombre. Sin embargo, era otra clase de ser inmortal y todopoderoso. Un ser que amaba el arte y apreciaba la belleza.

—Deja que pinte sobre tu cuerpo como antaño—dijo rompiendo la poca calma que había logrado sostener.

Habían pasado siglos desde que ese maestro de las pinturas decidió hacerme su tentación, su musa, su querubín y, por lo tanto, eterna pasión. Al menos, así quería creerlo. Deseaba creer que era su pasión, su ilusión, su deseo y lo que provocaba que aún estuviese ahí deseando arrancarme la ropa para hacerme vibrar como un cristal ante una nota musical.

No dije nada. Él tomó la decisión gracias a mi silenciosa respuesta. Me quitó la camisa lentamente despojándome de ella hundiendo su imperturbable rostro en mi cuello, deslizó su lengua por mis clavículas y succionó mis pezones mientras se arrodillaba para quitarme los pantalones y zapatos. Yo jadeaba nervioso. Sus manos eran expertas en encontrar mis zonas más erógenas. Su aliento contra mi piel ya provocaba ciertas emociones.

Cuando me tuvo desnudo deslizó sus manos suavemente por cada músculo y rasgo. Luego, con la misma parsimonia, agarró el paquete de hormonas y sin pensarlo una vez clavó en mí la aguja. Un picotazo simple creó en mí un desenlace fatal. Mi miembro cobró forma y mi boca sintió sed, pero él decidió atarme las muñecas y colgarme de un gancho que ya tenía preparado en aquel hermoso taller. De inmediato sacó el látigo y comencé a sentir como sus siete colas rozaban mi torso, glúteos, espalda, piernas e incluso mis hombros y caderas. Cada marca que hacía se iba eliminando suavemente gracias a las células mutadas por La Sangre. Sin embargo, el agradable dolor me excitaba y provocaba que mis pezones se endurecieran buscando ser pellizcados, mordidos y tocados mientras su duro miembro me llenase como tanto ansiaba. Pero no sucedió de ese modo. Sólo pude aullar su nombre una y otra vez hasta ofrecerme el consuelo de sus dedos en mi entrada.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas sanguinolentas, mi piel tenía pequeñas gotas rojizas sobre mi figura y mis cabellos se pegaban sobre mi frente completamente arremolinados. Deseaba ser tomado. Quería que él me hiciese suyo de una vez. Mis ojos ardían ante la belleza y el poder que él desprendía. Supliqué un beso, una caricia o simplemente una palabra que me mantuviese cuerdo dentro de ese infierno. Pero no ocurrió. Únicamente introdujo un tercer dedo palpando mi próstata con más diligencia mientras mis piernas de redondos, suaves y trémulos muslos se abrían. Sentí que eyacularía, que derramaría mi semen manchando mi vientre y el suelo del taller, pero él se apresuró a colocar un anillo alrededor de la base de mi sexo, por debajo de mis testículos y el cuerpo de mi miembro, mientras mordía mi sensible y rosado glande. Sus dedos no estaban ya en mi culo, pero los sentía. Sentía esa deliciosa presión y entonces me di cuenta que había introducido un pequeño vibrador que se encendió arrancándome gemidos largos y tortuosos.

Aún teniéndome así me inyectó una segunda dosis para ofrecerme nuevamente dolorosos golpes, aunque esta vez usó una vara de bambú y una pala de maderas con rugosidades de metal. Mi piel ardía. Sobre todo ardía la de mis glúteos donde se concentraba completamente eufórico. El vibrador cedió a la dilatación de mi entrada y cayó al suelo. En ese momento creí que sería al fin satisfecho, pero él decidió que otro mayor debía ocupar su lugar.

Antes de proseguir con esos sucios juegos me vendó los ojos, tapó mis oídos con unos audífonos sin cables especiales para aislarse del mundo con los decibelios de un buen equipo de música, y me soltó provocando que cayera al suelo. Allí noté varias manos atándome a lo que sentí como un potro de tortura como si fuese un paquete. Mis piernas quedaron completamente abiertas y mis brazos pegados a las patas de aquel extraño mueble. Alguien me tomó del pelo y me introdujo su glande en la boca, para luego golpear con esta en una fuerte embestida mi campanilla, mientras otro hacía lo mismo en mi adolorida y dilatada entrada. Me usaron de forma violenta hasta derramar su semen como si fuese una puta barata y dócil, ¿pero no era eso? ¿No me había convertido en eso? Mientras lo hacía podía sentir los latigazos de mi maestro, de mi amo, haciendo vibrar cada célula de mi piel.

Aquellas penetraciones no fueron las únicas. Paré de contar cuando la cuarta pareja entró en mí disfrutando mientras apreciaba otra descarga de hormonas, aunque ellos no eyacularon. Sólo me mancharon los primeros como si quisieran marcar primero el territorio para que el resto supiera que ya había sido conquistado. Era un vampiro y podía soportar tanto sufrimiento, pero ansiaba su cuerpo junto al mío y no el de sus nuevos discípulos humanos.

En algún momento, entre la conciencia y la oscuridad de aquel placentero infierno, me quitaron la venda y permitieron que viera sus rostros. Eran jóvenes. Parecían muchachos de no más de veinte años. Todos ellos me ofrecieron su semen como regalo pues eyacularon en mi rostro o en mi boca. Llevaba el sabor de todos en mis labios pero no el suyo. Él sólo miraba mientras tomaba una dosis de hormonas masculinas y las introducía en sus milenarias venas.

Nada más terminar esos muchachos se marcharon dejándonos a solas. Él me penetró con rabia haciendo rebotar con fuerza sus testículos en mis glúteos. Podía percibir el cosquilleo de su suave pero grueso vello púbico sobre las marcas de su látigo. Ya no podía regenerarme como deseaba. No me concentraba en las heridas, no podía hundirme en cada trozo de mi cuerpo y ayudarlo a sanar, porque él seguía haciéndome daño. Su látigo golpeaba mi espalda hasta que un joven trajo un cirio grueso y lo derramó contra las muescas de mi espalda. Él se quedó allí mirándonos mientras yo sufría ese cruel trato vejatorio. No lo había visto antes y parecía de tiernos dieciséis años, los mismos que yo tuve una vez, pero su rostro era aún más aniñado debido a las pecas que salpicaban su nariz y los tirabuzones rojizos que caían sobre su frente.

En el momento que creí que Marius me daría su simiente recordándome que era suyo se fue hacia el chico, se colocaron ambos frente a mi rostro y le dio a beber su semen. Él no dudó en succionar con gozo cada gota. Luego el mismo chico me desató y me quitó el aro de mi miembro, lo tomó entre sus labios y dejó que su lengua me incitara a derramar toda aquella leche cálida que había logrado retener. Eyaculé en la boca de un muchachito mientras él llenaba un cubo de agua en la pila que allí tenía instalada. Al apartarse el joven para irse y no volver él me tiró agua y me ofreció nuevos latigazos. Me golpeó hasta que caí agotado, inconsciente y algo insatisfecho.


Nunca olvidaré esa lección.  

martes, 1 de marzo de 2016

El cruel destino de una mascota

Estaba allí sentado observando su cuerpo desnudo. Deslizaba sus ojos sobre cada pliegue y marca de su piel. El rostro de su víctima tenía una expresión vacía. Sus brazos estaban echados hacia atrás, completamente rotos por la extenuación y la rigidez de las ataduras que aún marcaban la piel que los cubría con aquellas terribles rozaduras, y sus piernas marcadas por gotas de sangre, cera negra y esperma. El sexo había sido brusco, brutal y terrible. Ante él tenía una pintura única, casi mágica, que había servido como fuente de inspiración y alimento.

Se sentó al otro extremo de la habitación sobre un sofá de una sola plaza, con unas orejas amplias y unos brazos fuertes. Era cómodo aquel rincón donde la calefacción llegaba a chorros pequeños y calentaba su nuca. Encendió un cigarrillo mientras se deshacía al fin de su corbata. Había estado desatada, pero no quitada. Al arrojarla sobre el suelo de madera sonrió. Ni siquiera había tenido que quitarse la ropa para dominarlo y enseñarle modales.

Aún se podía escuchar el murmullo del vibrador entre sus piernas cumpliendo su función. Sus cabellos negros caían desparramados sobre la almohada y el rostro del muchacho, pero él sólo prestaba atención a su torso. Era una hermosa amalgama de cortes, rozaduras, quemaduras y suciedad. Pasó la punta de su lengua por su labio superior y carcajeó con sorna.

Fuera nevaba. La nieve se acumulaba a lo largo y ancho de las calles. Una fuerte tormenta estaba dejando aislada a la ciudad. Nueva York era simplemente una ciudad baldía de vida por las temperaturas tan bajas y el hielo en las aceras. Además, era tarde. Nadie en su sano juicio saldría de casa ni siquiera para buscar algo en la guantera del coche. Pero el chico seguía despierto soportando aquella tortura. Estaba allí retenido desde hacía más de cinco días y ni siquiera corría el tiempo para él. Ya no recordaba apenas su nombre y el cansancio lo estaba matando.

El cigarrillo se consumía en cada calada y las colillas caían libremente sobre el suelo de aquel hotel. Había alquilado la habitación de siempre de uno de esos hoteles discretos que no preguntan y puedes dejar tu nombre falso, pues a nadie le interesa tus idas y venidas, mientras pagues en metálico una buena suma de dinero. El chico no salía de la habitación desde el miércoles que había entrado con él pensando que había encontrado una buena aventura. ¡Y no se equivocaba! Estaba viviendo la gran aventura de su vida.

Amordazado, privado del oído e incluso del movimiento se hallaba todo el día entre aquellas sábanas salvo cuando él creía que era necesario. ¿Y cuándo lo era? Para ir al aseo por sus necesidades básicas. Casi no lo alimentaba, sólo lo imprescindible para no deshidratarlo ni matarlo de inanición, porque era su mascota. Para aquel importante empresario y político sólo era un juguete del que se acabaría cansando.

Los ojos fríos de su amante seguían observándolo mientras rogaba por morir para liberarse. No sólo quería librarse de las ataduras sino también de los recuerdos, el dolor físico y del extraño deseo que se formaba entre sus piernas. Cada vez se excitaba más con aquella colonia clásica, con el aroma de sus cigarrillos y el timbre de su voz cuando lo maldecía. Estaba volviéndose loco. Comenzaba a creer que había perdido la escasa cordura entre vejaciones.


Al final se acercó a él apagando el cigarrillo en el vientre de su “amante” y bajando la cremallera de su pantalón. Su miembro de glande rosado ya estaba firme. Él se arrojó voraz sobre su sexo como si fuese a ser alimentado por un manjar. No podía mover los brazos aunque ya había sido desatado. El vibrador seguía zumbando mientras él jadeaba moviendo sutilmente sus caderas. Aquella bestia colocó su mano sobre su cabeza, enredando sus dedos ásperos en aquel sedoso y sudado cabello, comenzó a mover violentamente sus caderas. No tardó en eyacular llenando la boca del muchacho y dejándolo sin respirar. Entonces el vibrador fue retirado para luego sentir como las esposas volvían a sus muñecas, atándolo al cabezal de la cama, mientras escuchaba sus pasos alejándose hasta la ducha. El juego por hoy había terminado temprano pues sólo eran las 3:00 a.m. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Maldito




Recostado en la cama parecía un ángel al cual le habían arrebatado cada una de sus plumas. Sus cabellos negros caían sobre su frente revueltos y salvajes rozando sus finas y proporcionadas cejas oscuras. Tenía los ojos cerrados, pero cuando se hallaban abiertos eran dos almendras caobas muy llamativas. Poseía unos labios carnosos, bien definidos y de una boca no excesivamente grande para un mentón algo fino. Sus rasgos eran suaves, aunque masculinos. Podía decirse que su rostro era dulce, pero no así su alma. Era una fiera que debía ser domesticada en cada encuentro. La rebeldía yacía en él como un virus mortal, el cual se reproducía y se hacía fuerte.

Su cuerpo, delgado y escasamente marcado, estaba sobre diversos y mullidos cojines. Se hallaba ligeramente inclinado hacia la rivera de aquel río de brea, formado por sábanas de seda, que realzaba su piel lechosa sutilmente salpicada por algunas diminutas pecas. Tenía las piernas sutilmente abiertas, incitando a quien lo contemplase con aquellos muslos de aspecto suave, pues carecía de vello alguno. Su sexo yacía dormido y manchado por los pecaminosos juegos en los que había participado. Sobre su delicado torso había profundas marcas del cinturón que descansaba en el suelo, justo a los pies de ese nido de lujuria desatada. Marcas similares, en proporción e intensidad, tenía alrededor de su cuello. Los brazos delgados y de aspecto frágil estaban por encima de su cabeza.

Todo él era un incensario que rezumaba el perfume típico de una noche de placeres ocultos, los cuales son los que realmente gobiernan las almas y manejan éste extraño mundo. Cientos de gotas de sudor aún resbalaban por sus torturadas caderas, pecho y rostro. Su boca aún temblaba. Deseaba hablar, pero sabía que su voz carecía de voz y voto.

Frente a él estaba el culpable mayor, aunque no el único, contemplándolo indiferente. Ya olía a jabón y colonia masculina. Su rostro no tenía marca alguna de esa depravada sesión. La camisa de algodón se ajustaba perfectamente a sus anchos hombros y sus dedos, ágiles y rápidos, cerraban ya los puños de esta. Sólo quedaba la corbata, el chaleco y la americana para ser el hombre decente que todos conocían. Fuera de aquella habitación, la número 126, era gran héroe de las finanzas, un hombre digno y limpio de cualquier mancha. Allí fuera, en el enjambre cotidiano, era padre orgulloso y amante fiel a una mujer florero. Era despreciable. Al menos para el lastimado ángel que rogaba que se marchara, pero a la vez soñaba con ser algo más que un plato más en una bacanal.

Hoy le habían acompañado varios hombres. La lección había sido más terrible. Sintió sobre él una tormenta de golpes, mordiscos, insultos y brutales vejaciones. Su espalda baja daba buena cuenta de ello. Había descendido a los infiernos y tocado cada rincón. A ciegas, sin siquiera saber qué ocurría, fue conducido y arrastrado por la lascivia. Sus gritos y lloros quedaron ahogados en gemidos y clamores. Dios mismo lloró la pérdida de aquel ángel, el cual quedó maldito el mismo día que aceptó ser todo, y a la vez nada, por unos cuantos billetes.


jueves, 11 de febrero de 2016

Big bad wolf...

El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya. 





Había tomado aquel joven entre mis manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia, rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su apetecible cuerpo.

Aún no tenía sombra de barba. Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase tan quebrada como esclava.

Sus cabellos oscuros, ligeramente largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros. Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero rezumaba aire salvaje.

La puerta de aquel bar, poco iluminado, había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar antipatías.

Nada más abrir la puerta de la habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus rasgos.

Aquel muchachito poseía un mentón fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos pezones pequeños aunque de pezón grueso.

—¿Qué edad tienes?—pregunté.

—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a duras penas llegaba al metro setenta.

—Tu edad, muchacho—quería cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de algunos pasajes de los Infiernos de Dante.

—La suficiente para saber fumar y beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.

A su edad yo ya conocía lo que era trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían cortes, las suyas eran finas y sensuales.

—Mi forma de amar no es dulce, y tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un dolor insoportable—atestistigüé.

Un brillo de curiosidad se formó en sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso pegado al papel pintado de color café.

—Las zorras no tocan si el amo no da su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo ronco.

Mi mano derecha se enterró entre sus cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que sólo fue una estúpida advertencia.

Abrí mi maletín y saqué cinta aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas, coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de miedo.

—No te negaste, aceptaste—susurré.

Su sexo, completamente yermo, fue rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.

Pude notar como se retorcía, como intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón, mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el momento del placer, el cual no duró demasiado.

De improvisto para él se sintió libre de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.

Sus gritos ahogados eran cantos de sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.

Sus glúteos y su espalda quedaron destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.

Saqué de mi bolsa un minúsculo dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón. Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.

En aquel colchón, con ese juguete emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.

Tomé entre mis manos otro juguete, me senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera. Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina falsa introducida en un cilindro metálico.

—No sé si te merezcas saber qué es el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.

Recuerdo vivamente como me incliné sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo. Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme, que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el colchón y lo penetré fuertemente.

Reventé su entrada sin llegar a producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco, mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras penetraciones.

—Dame más... más... quiero más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero, sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.

Su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban. Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.

Tiré de su pelo hacia atrás, levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.

Hice la señal de la santa cruz, oré por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo abandoné en la habitación.

En el hall me esperaba el propietario, esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si fuera un cordero de Dios.

—Que Dios esté contigo, padre—dijo con sarcasmo.


—Y su espíritu, hijo... y su espíritu.  

sábado, 6 de febrero de 2016

Rata callejera

Caim es un personaje que poseo desde hace años. He logrado adaptarlo a dos novelas, una que se está elaborando. Es un personaje que pertenece a la demonología y lo he adaptado a mis creencias sobre el infierno, mi imaginación y mis deseos de introducir horror y placer mezclado. La "rata callejera" o "el juguete" es un personaje que pertenece a mi pareja. Él lo llama "V". Quizás en unas semanas pueda desvelar más sobre su personaje y la posible trama de la novela. 

El personaje tiene la voz y el aspecto del fallecido Peter Steele:



Sentado en aquel trono elaborado con los restos de pendones, lanzas, espadas, escudos y carruajes de guerra parecía un rey imponente. Un manto de piel oscura, de uno de los diversos y monstruosos animales de las tierras del Mar del Viento, colgaba en el respaldo abrigando aquel suntuoso asiento. Su espalda se hallaba recostada en el respaldo, sus fuertes brazos parecían languidecer sobre los reposabrazos. Tenía los ojos verdes, de un fulgor muy distinto al de cualquier otro demonio, tan llamativos como llenos de rabia. Sólo su mirada demostraba la ira que contenía.

—Se ha escapado, mi señor—balbuceó aquel guerrero tras sacarse el yelmo—. Le juro que hemos intentado encontrarlo, pero ha sido imposible—explicó—. Sus tierras son muy extensas y peligrosas. Posiblemente, ese estúpido, esté muerto.

—Igual que tú—respondió incorporándose enérgico.

Sus botas de cuero, pesadas y de punta picuda, patearon con fuerza la cabeza del joven. El guerrero cayó de espalda a plomo, su armadura era demasiado pesada y sabía que era inútil implorar. Su vida sólo contaba con unos segundos, a lo sumo, y sabía que debía despedirse con cierto honor. Únicamente miró la bóveda, de hermosos ladrillos grisáceos y lustrosos pendones de terciopelo verde, y luego a su rey. De inmediato, y de un corte limpio, fue decapitado por la hoja de la bastarda que Caim siempre hacía aparecer en sus grandes y ásperas manos.

—¡Encontrad a ese miserable!—gritó furioso—. Si no está en mi recámara mañana por la noche os juro que todos vosotros vais a morir uno por uno. ¡No me interesa que la mayoría lleve mi sangre! ¡No me importa acabar con decenas de soldados!—el orgullo herido, así como su ego, provocaba que la ira le cegara hasta arrastrarlo a una vorágine de rabia incontenible.


Su juguete no estaba roto, ni lo estaría. Estaba tomando decisiones terribles cargadas de un ansia de libertad. Aquel demonio, joven y escurridizo, ponía en peligro y entre dicho su poderío. Además, deseaba marcar una vez más aquella piel joven tras torturar su alma y su cuerpo.  

martes, 2 de febrero de 2016

Lucifer

Había vivido una vida de pulcro puritano. Era el típico beato que se arrodillaba frente al altar y miraba directamente, con devoción sincera, hablándole en voz baja como si fuese un íntimo amigo. Su cuerpo delgado, de clavículas marcadas, era también de una estatura baja ofreciéndole un aspecto similar al de un querubín. Delicado y postrado ante aquellas imágenes religiosas, consagradas a un atajo de ladrones que vendían paz a almas corruptas y limpiaban remordimientos bajo el símbolo de la limosna, la ostia consagrada y el vino barato de mesa.

Pero esa vida quedó destruida, consumida como la llama de un cirio, transformando su vida en un calvario de sensaciones demasiado placenteras. Bajo ese aspecto de ángel se guarecía un diablo que deseaba saborear el pecado, paladeándolo hasta alcanzar el delirio en pleno éxtasis, dejándose bañar en mitad de una bacanal de sensaciones.

Había sido observado desde las alturas, señalado como corrupto, pues los demonios se reconocen entre ellos. La llegada de un nuevo párroco, de aspecto de divinidad pagana, hizo que en él comenzaran a susurrarle las llamas del pecado, invitándolo a un paraíso de corrupción. Estaba abocado al fracaso.

Aquel joven sacerdote lo acogió en su casa, abriéndole la puerta, para ofrecerle consuelo. Esa conversación taciturna, en voz baja, provocó que el párroco palpara su dulce rostro con sus inmaculados dedos. El mismo que acabó desnudando su cuerpo destruyendo sus ropas, provocando que saltaran los frágiles botones de nácar de su camisa, jalara de sus pantalones y rompiera con saña sus prendas más íntimas.

Su cuerpo quedó marcado por la lascivia mientras sus labios se abrían entre oraciones a los infiernos. Los azotes sobre su espalda, crujiendo como auténticos truenos enviados por Dios, hacían que se retorciera como la serpiente que reptó por el manzano hasta hacer caer la manzana. La lujuria hizo que cayera piedra a piedra su iglesia, arrebatándolo del camino recto, mientras permitía que las palabras sucias se mezclaran con penetraciones fuertes y tortuosas. Sus manos buscaban sostenerse en la sotana de quien le enviaba a Lucifer, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de placer. Su cuerpo, perlado por sudor y sangre, ya no era el de un ángel sino el de un hombre terrenal que padecía por placeres carnales.


Así es de fina la línea entre el éxtasis religioso el lívido desenfrenado.  

No muerdas la mano que te da de comer

Imagen encontrada en google y editada por mí para la ocasión. 
Nuevamente viene a mí, en mitad de la madrugada, la inspiración. He decidido acompañar el escrito con una canción que siempre me ha acompañado... me parece erótica y explícita... toda una carta de intenciones.



El azotó el látigo contra el suelo, provocando que la madera crujiera bajo la presión. El siseo rompió el aire con gran impacto e hizo que el muchacho abriera sus adormilados ojos. Tenía el cuerpo marcado por caricias frívolas, pero tortuosas. Cada marca era una medalla, o al menos así debía lucirlas, por su gran actuación. Su alma tembló cuando un nuevo latigazo sonó cerca de su cuerpo, rozando una de sus larguiruchas piernas. Era nieve cubierta de surcos rojizos, como si hermosas flores carmesí brotaran buscando la libertad de llorar sus miserias.

Deseó gritar, pero el miedo le paralizaba. Sintió la garganta seca, adolorida por los anteriores gritos y gemidos, mientras comprobaba que aquel hombre perfectamente vestido, con uno de esos trajes elegantes a medida, se aproximaba. Tragó saliva y apretó los dientes cuando estiró su mano izquierda, para levantar su rostro apretando con sus dedos, gruesos aunque suaves, su mentón. Aquel monstruo era hermoso y él se había convertido en su juguete favorito.

El dedo pulgar de aquel perverso amante acarició la comisura de sus labios, los deslizó por estos y lo introdujo en su boca abriendo la mandíbula. Palmó sus dientes, algo pequeños y blancos, y lo coló hasta su lengua para acariciarla sutilmente. Él lo miró con curiosidad y miedo, y la respuesta de su dueño fue escupir en su rostro, delgado y marcado por la sospecha del inicio de un nuevo juego aún más perverso, y arrojarlo de un sólo golpe al suelo.

El sonido de la cremallera hizo que intentase incorporarse para huir a un rincón, como si eso pudiese liberarlo de aquel agujero oscuro, con hedor a sudor y sangre, cuya única luz era una bombilla que tintineaba y se movía como el camarote de un barco. Estaba asustado, como un animal herido y perdido lejos de su hábitat.

Una honda carcajada surgió de los finos, aunque atractivos, labios de su torturador. El miembro surgió de entre su ropa interior y pantalones. Apareció con su glande grueso y rosáceo, con su cuerpo hinchado y marcado por sus numerosas venas. Recordó el sabor de su semen, espeso y cálido, recorriendo su garganta. Igual que pudo rememorar el momento en el que otros hombres, que lo acompañó la noche anterior, eyacularon sobre él y en su temblorosa boca.

Se acercó a él con rapidez, sin darle tiempo a nada, para acabar de rodillas con el cabello entre los dedos de la mano izquierda de esa mala bestia. El látigo se alzó y comenzó a sentirlo por sus glúteos, hombros, espalda, torso y piernas. Después notó el mango acariciando los pómulos, deslizándose con cuidado como si fuese una sutil caricia, para luego introducirlo entre sus labios. Hizo que lo succionara como si fuese su propio miembro, que deslizara su lengua y se imaginase aquella piel húmeda, caliente y sabor salado.

Comprendió entonces que era adicto y quería ser su mascota, su juguete, su puta y, por supuesto, el elegido para sus sueños de dominio y castigo. Lo hizo mientras apartaba el mango del látigo e introducía su miembro. El muchacho de inmediato se aferró a los pantalones, pero el látigo golpeó sus dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió que se asfixiaba y que sus labios rozaban prácticamente su vientre. El sonido de los testículos golpeando su mandíbula era placentero y sintió como su miembro se erguía.

En mitad de aquel éxtasis, casi religioso, sintió la explosión de aquella esencia masculina que tanto le satisfacía. Bebió sediento tragando hasta la última gota, lamió el glande y apartó los restos de aquella tortuosa arma de placer. Su amo no esperó a que él acabase, ni siquiera lo tocó, sino que lo tiró al suelo y se apartó.


Las suelas de los mocasines oscuros, pulcros y cuidados, sonaron por las quejumbrosas maderas, la luz se apagó y el se tocó pensando a un nuevo juego. Un juego que alimentara más sus más bajos instintos. Se había convertido en un adicto de aquel sexo bárbaro y ni siquiera conocía el nombre del hombre que podía calificar como su amo, su Alfa y Omega.  

lunes, 1 de febrero de 2016

In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti


Otro texto que sale a la luz. Digamos... que he caído en la tentación y quiero que caigan conmigo.



Deja que te ate a mí e impida que puedas abrir esas alas invisibles, tan oscuras y pidas como la misma noche. Permite que torture cada centímetro de tu piel. Arañaré con mis dientes tu suave piel, hundiré estos en tus tiernas carnes, y lameré tu cuello suavemente como si estuviera pidiéndote disculpas no sentidas. Deseo arrastrarte hasta el Infierno y mostrarte los nueve círculos donde destruirte un pedazo de tu alma.

Clamo por arrancarte de tu cómodo lecho, tirarte al suelo y ponerte como un animal, con tus cuatro extremidades pegadas a las frías y oscuras baldosas, para azotarte hasta marcarte como de mi propiedad. Serías el juguete que rompería esta noche, como las siguientes. Requiero tu sabor, por eso me permitiré el lujo de dejar constancia de mi lascivia, divina lujuria, con mis dientes en tus clavículas y también en tus glúteos. Serás un esclavo que harás de mis noches placenteras, sin importarte si te arrojo al suelo o te levanto tirando de tus cabellos.

Sé que me permitirías empujarte contra la mesa, abrirte de piernas y penetrarte con fuerza. Sí, te arrinconaría sin piedad, clavando la madera a tus marcadas caderas, para luego penetrarte con fuerza cruel, pero ritmo suave. Haría que comprendieras que he conquistado tu cuerpo, así como lo estoy haciendo con tu alma. Exijo que sientas la tortuosa sensación de saberte mío.

No te preocupes, no me he dulcificado. El ritmo se elevará igual que remonta el vuelo un ave. Podrás gritar mi nombre, así como el de todos los demonios que ambos conocemos, para luego rogar a Dios que no pare ni en ésta ni en ninguna otra noche. Compondrás una plegaria hermosa, un canto dulce como el trino de un violín llamando a Lucifer, para que aparezca frente a ti.

Necesito postrarte ante mí con expectación y dicha, igual que un sacerdote que aún cree en la divina imagen de Jesucristo. Deseo que tu lengua acepte ser la serpiente del paraíso, que se enrosque en mi daga y se entierre en tu garganta. Haré que tu aliento se pegue a mi piel, volviéndose un cálido abrigo, mientras sello tus fosas nasales, apretándolas de forma retorcida, para hacer que te conviertas en un esclavo obediente. Serás un pez fuera del agua, un moribundo que clama piedad, pero no podrás huir. No habrá lugar donde puedas esconderte.


Mi amor no es dulce, es tortuoso... pues dicen que sólo sintiendo la tortura se puede llegar al cielo. Serás mi mártir. De hecho, ya lo eres. Te has convertido en mi esclavo sólo al leer las atrocidades que tanto deseas. Te haré vivir una experiencia única. Véndeme tu alma, tu cuerpo y tus gemidos. Yo te venderé placer y el confort de un lecho de satén rojo para cuando quedes roto, sin energías ni sana conciencia.

jueves, 28 de enero de 2016

Nuevo pupilo

Marius colecciona pupilos últimamente, sobre todo desde que Fareed le dio ciertas inyecciones.

Lestat de Lioncourt


La noche había descendido precipitadamente. En aquel lugar frío y solitario, donde la nieve era la única que tocaba con vehemencia la puerta, recordaba sus cabellos castaños cobrizos gracias a la danza del fuego. Aquel pelirrojo provocaba en mí dulces y placenteros recuerdos. El erótico movimiento de las llamas me agitaban el corazón. Podía imaginar su cuerpo retorciéndose bajo las diversas colas de mis látigos, así como el aroma de su sangre, aún humana, salpicando las sábanas blancas de su colchón.

Era un ángel al cual le arrebaté las alas, lo arrojé a la cama de mi alcoba y destruí lentamente con las caricias prohibidas de mi lengua, mis hábiles manos y mi yermo, aunque duro cual mármol bien cincelado, miembro. Él, que se retorcía bajo el goce de mis brutales caricias, ya no estaba en mi vida. Hacía demasiados siglos que abandoné la idea de buscarlo para que regresara al rebaño. Había cambiado demasiado. Era un ser grotesco lleno de dudas existenciales, de deseos insaciables de creer en un Dios tan falso como aquellos que sostuvieron a Roma, y yo alguien desconsiderado con cualquier idea del bien sobre el mal.

Decidí regresar a uno de los rincones más inhóspitos y fríos en los que ya había vivido. Brasil me traía amargos recuerdos, igual que Venecia. No quería volver a recorrer esas calles llenas de gente, calor asfixiante y frescos recientes en muros que estaban a punto de caerse. Daniel había decidido venir conmigo, pero ocasionalmente se marchaba a Nueva York con la esperanza de recopilar datos, nuevas historias de vampiros y conocer realmente el origen de todos nosotros. Su instinto había regresado y yo no podía, ni quería, retenerlo. Era libre.

Pese a no estar rodeado de viejos conocidos, discípulos o creados, no me encontraba solo. Desde hacía unas noches había acogido en el seno de mi vivienda, llena de viejos recuerdos que sólo amontonaban polvo y lágrimas, a un muchacho de dieciséis años. Era joven, delgado, de oscuros ojos tristes y cabello de fuego. Me recordaba a Amadeo, pero no era él. Aquel chico no estaba tan destruido cuando lo recogí de la inmundicia. Vivía en las calles de una guerra consagrada por la avaricia y la corrupción, el deseo de manejar el petroleo y el orden mundial. Ese chico sirio no tenía siquiera esperanzas cuando lo abracé, en mitad de un fuego cruzado, y le juré que alimentaría su estómago vacío.

Algo en mí me hizo incorporarme de mi cómodo asiento, dejando atrás viejas memorias que ya eran pura reliquias casi sacrosantas, para ir a mi habitación. Allí, en mi lecho, se hallaba mi nueva víctima. Él dormía ajeno a los monstruosos deseos que agitaba en mi pecho. Respiré profundamente mientras llevaba mi mano derecha a mi cinto, donde se hallaba mi viejo látigo, y me aproximé al borde derecho de la cama.

—Samir—dije estirando mi brazo derecho, para acariciar su revuelto y largo flequillo—. Samir—repetí palpando sus párpados, viajando por sus pómulos y acariciando sus labios.

Él despertó girándose en la cama, observándome aún con el sueño atrapando su alma. Poseía una pequeña erección entre sus piernas, bajo la fina tela de su ropa interior, las cuales no dudé en abrir sin pudor. El cansancio de días si alimento, de noches sin dormir por el sonido de la metralla, y el dolor de sus huesos debido a la humedad imperante en las noches a la intemperie le evitaban reaccionar con rapidez.

Decidí que era el momento de tomar a otro pupilo. Ésta vez recopilaría todos mis fallos, los memorizaría y los alejaría de mis ruines actos. Era el apropiado. Por ello, ahora con nueva y renovada sabiduría, acepté que debía iniciar la disciplina con aquel frágil muchacho, doblegando su cuerpo hasta romperlo y convertir su alma en sierva del placer.

Bajé su ropa interior arrojándola a los pies de la cama, deslicé mis dedos por sus ingles y besé dulcemente sus labios. Preparaba su figura con suaves juegos antes de enfrentarlo a una guerra de azotes, latigazos y arañazos. Él me miró confuso, ligeramente aterrado, pero su alma tenía mayor miedo a la miseria que había conocido. Me aproveché de esa situación e inicié el ritual.

Tomé a Samir del cabello tirándolo lejos de mi cama, arrojándolo con cierta violencia sobre mi alfombra de tela roja y estampados de flores en hilo de oro, y levanté mi látigo en más de veinte ocasiones. Su sangre salpicaba mis manos, mi rostro, el borde del colchón, la alfombra y mi túnica. Su espalda se arqueaba como la de un gato y sus músculos se tensaban, pero finalmente un largo gemido surgió de su garganta cuando introduje un dedo en su apretado orificio. Aquel trasero, de glúteos duros y redondos, se alzaron con inquietante necesidad.

Pude leer en su mente su virginidad y vergüenza, pero también el nulo deseo hacia los hombres. Aún así, aprendería a amar y fortalecería con él los fuertes vínculos del amor verdadero. Pues, tal y como creían los griegos, el verdadero vínculo de amor es entre hombres y no el de un hombre hacia una mujer.

Lo agarré por uno de sus finos brazos, provocando que la punta de sus pies no tocaran el suelo, y acaricié su rostro con el dorso de mi mano derecha. Él me miró suplicante, ahogado por las lágrimas, el dolor y ese extraño placer que le corrompía. Noté como sus labios temblaban en sollozos callados, los cuales no emitía por puro pánico.

—Aprenderás que en el dolor yace el mayor acto de amor y la fuente de todo placer—pronuncié antes de abofetearlo. Sus lágrimas se hicieron más gruesas mientras agachaba su cabeza.

Hermoso, pero no roto. Podía notar sus deseos de huir, de sentirse libre, pero no sería un ave con alas. Rompería cada pluma, destruiría su corazón salvaje, y le haría estar agradecido con sólo escuchar mi nombre de mis ásperos labios.

Arrojé su cuerpo contra la cama, abrí sus piernas e introduje dos de mis dedos. Él gimió aferrándose a las sábanas, intentando no caer de bruces, mientras sus rodillas se clavaban en el suelo intentando encontrar fuerzas para levantarse. Finalmente introduje el mango del látigo en su recto, dejando parte de éste fuera, mostrándose como la cola de un caballo que relinchaba porque la doma estaba siendo salvaje.

Me aparté tan sólo para tomar una de las inyecciones, la cual enterré en mi brazo en una de mis venas más gruesas, y de inmediato noté como un cálido torrente envolvía mi miembro. Desde ese momento los juguetes y golpes se apartaron de su figura, débil y marcada, para sentir mi sexo ahondando en él, partiéndolo en dos, mientras gemía y lloraba. Tomé su sexo con mi mano derecha, rodeando la base de éste y apretando con fuerza sus testículos, notando como la erección crecía. Sus caderas acabaron por moverse de forma contraria a las mías, como si hubiese aprendido que era mejor ceder que oponerse a algo tan rotundamente placentero.


La lujuria cubrió su cuerpo, perlándolo con pequeñas gotas de sudor, del mismo modo que el mío se bañó en perlas sanguinolentas. El monstruo que le había liberado lo arrojaba lentamente a los infiernos, enseñándole a amar con brutalidad y a satisfacer su lado más perverso. Sin embargo, no me conformé con destruir su espalda y en robarme su virginidad. Alejé su fina figura, lo postré frente a mí e introduje en su boca mi glande. Movía mi mano diestra con fuerza sobre mi henchido pene, notando como las venas cincelaban cada milímetro de su grosor, mientras observaba como él se acariciaba hasta llegar al orgasmo, al igual que yo. Mi semen bañó su boca, acarició su lengua y se deslizó por su garganta, mientras el suyo salpicaba su vientre plano y casi sin vello.  

viernes, 28 de noviembre de 2014

Esclavos de la pasión

Michael no sólo cuida a Rowan, sino que hace que ella sepa disfrutar de la vida. Esto es de tiempo antes de conocernos ella y yo. Por eso mismo he permitido que él la cuide. Él la necesita y sé que en el fondo ella también a él.

Lestat de Lioncourt 


La terrible aventura había terminado con nuestras almas hechas jirones. El dolor nos había consumido como la llama de una vela, sin embargo aún quedaba luz. Siempre queda una pequeña luz de esperanza en medio de una devastadora tragedia. La esperanza no se puede apagar, pues entonces nosotros mismos nos apagaríamos quedando a solas. Es triste pensar que nuestra inocencia, tan simple y frágil, se convirtió en polvo. En el jardín se hallaban sus cuerpos y el dulzón aroma de la muerte trepaba hasta nuestra ventana. Las cortinas no eran suficiente, pues no dividían del todo el dolor, los recuerdos y los invisibles lazos, que aún teníamos con los muertos que eran consumidos ya por el tiempo y la tierra, pero aún así intentábamos soportarlo.

Dicen que las tragedias pueden hacernos fuertes y firmes. Si bien, ella parecía más frágil. Sus ojos grises parecían palidecer en su brillo. No había esperanzas a pesar de la mínima ilusión hacia su trabajo. Quería salvar vidas por todas las que había sesgado. La pala del garaje ya amontonaba polvo, pero ella parecía sostenerla aún con firmeza entre sus manos. No se sentía mujer. Había dado dos terribles frutos, demonios de hermoso rostro, que se marchitaban. Un ser ambicioso, terrible y de manos gigantescas la atrapó y el otro, de dulces palabras y sentimientos, taladraba su alma como un clavo ardiente. Culpable. Ese era el veredicto que se daba: culpable.

El delicado camisón rosado la envolvía como si fueran pétalos de rosa. Sus cabellos dorados habían sido recientemente cepillados, dejando que sus rizos cayeran sobre su frente y rozaran su nuca. Tenía el pelo corto, aunque no tanto como cuando nos conocimos. Quizás deseaba empezar a ser una mujer distinta, a pesar de no sentirse ya parte de un género concreto. Sus carnosos labios temblaban mientras sus mejillas se sonrojaban. Estaba frustrada y a punto de llorar. Sabía que estallaría en llanto de un momento a otro.

Aguardaba apoyado en el marco de la puerta, observándola, en completo silencio. Dejaba que la música sepulcral de nuestros labios hablasen por nosotros mismos. Saqué la cajetilla de tabaco de mi bolsillo derecho, me llevé un cigarrillo a los labios y lo encendí con mi mechero favorito. El aroma del tabaco llegaba hasta ella, ascendía por la habitación e intoxicaba todo a nuestro alrededor. Ella se había percatado, pero no me decía nada.

—¿Vas a mirar mucho tiempo por esa ventana?—pregunté con el cigarro cerca de mi boca.

—No—dijo aferrada a las cortinas, arrugándolas entre sus dedos, mientras intentaba mantenerse fuerte—. Michael, los cigarrillos... —se giró hacia mí y me miró ligeramente molesta, aunque intentaba no reprenderme tras todo lo que habíamos soportado—. Tu corazón.

—Mi corazón está bien desde que tú estás conmigo—respondí.

—¿No te importa que no pueda darte hijos?—preguntó encarándome.

Siempre había deseado ser padre, pero quizás no estaba destinado a serlo. Quizás sólo podría ver desde lejos los hijos de otros crecer, convertirse en hombres y ser parte de un futuro aún demasiado lejano para comprenderlo. No me importaba ser o no ser padre. Mi único deseo era permanecer a su lado, pues la amaba demasiado. Tener hijos era sólo un pequeño sueño que se podía olvidar, enterrándolo en el jardín junto a nuestro único hijo, a cambio de ser felices juntos.

Apagué el cigarrillo en un cenicero que teníamos sobre la cómoda. Aquella habitación había sido reformada. Toda la casa parecía haber emergido de un sueño. Estaba a punto de hundirse en ruinas, pero en esos momentos la vida continuaba. El humo del cigarrillo se disipó, la nicotina dejó un pequeño perfume sobre el papel pintado y las cortinas, y mis pasos, sigilosos, a penas los escuchó cuando al fin sintió mis manos sobre su rostro.

Ella había cambiado. Las relaciones sexuales se habían vuelto violentas. Lasher la había transformado en un ser radicalmente distinto a la trémula jovencita que se desvivía en atenciones. Ella deseaba algo fiero, apasionado y para nada romántico. Podía ver en sus labios cierto deseo callado, sus ojos brillaban con necesidad y su cuerpo temblaba. Quería ser dominada, como si el demonio aún susurrara en su oído, con tal de arrancar de su alma cada trocito de dolor que se había anclado en ella.

La tomé del rostro deslizando mis dedos gruesos y grandes, de yemas ásperas, sobre sus pómulos mientras desviaba cada uno de estos por su cuello. Sus enormes ojos se cerraron confiriéndole un aspecto sensual en sus rasgos. Esas largas pestañas, tan espesas, parecían recién delineadas y pintadas, pero no era así. Tenía los párpados sin una arruga. Ella aún era joven, yo ya llegaba a la mediana edad próximo a la edad dorada, los cincuenta, donde las canas llenarían mis espesos y negros cabellos. Entreabrió sus labios esperando un beso, pero no se lo ofrecí. Mis manos pasaron a sus hombros, mis dedos acaricaron las finas tiras que sostenían su camisón y finalmente, como si fuese el mismísimo demonio, le arranqué el camisón con varios tirones.

Su cuerpo, delgado y erótico, se movió como un junco frente a una gran ráfaga de aire. Sus pechos surgieron tras la delgada lámina de satén. El ruido de la tela rasgándose me excitó. Ella gritó asustada, pero era parte del juego. Me miró con los ojos trémulos, aunque encendidos todavía por la necesidad. Quedó frente a mí con sus pezones ligeramente cafés, gruesos y algo duros. Tenía unos pechos blancos, rellenos y ligeramente caídos debido a su maternidad. Era una belleza natural. No necesitaba ni un ápice de cirugía. Sus marcadas clavículas hacían juego con su angulosos rasgos suavizados por su feminidad. Sus labios carnosos quisieron decir algo, pero guardó silencio. Metí la mano dentro de sus pequeñas bragas, las cuales no eran de lencería sino de blanco algodón. Pude notar que estaba depilada y que comenzaba a humedecerse.

La giré apartando sus intensos ojos de mí, permitiendo así que su delgada espalda quedara contra mi ancho torso y que sus nalgas rozaran mi bragueta. Mis manos acariciaban su vientre, plano y de piel sedosa, mientras sus piernas se abrían ligeramente. Mi mano diestra volvió a introducirse entre sus bragas, haciéndose paso entre la comodidad de esa prenda de algodón, para hundir el anular y el corazón. No perdí el tiempo y comencé a moverlos dentro de ella, penetrándola. Con la zurda agarré su pecho izquierdo, apretándolo entre mis dedos y pellizcando sus pezones, casi tirando de ellos hasta arrancárselos.

—¿Quieres ser dominada?—pregunté apoyando mi mentón en su hombro derecho—. Más bien lo necesitas.

—Mich...—dijo sin aliento.

Dejé de agarrar su pecho, bajé la bragueta de mis pantalones vaqueros, y acabé agarrando su brazo derecho, por la muñeca, para meter su mano dentro del pantalón. Ella de inmediato tentó mi miembro despertándose dentro de mis ajustados calzoncillos. Sus dedos recorrieron cada pedazo de tela abultada y permitió que sus cuerdas vocales vibraran en un ligero gemido. El pulgar, de la mano que tenía dentro de su vagina, comenzó a estimular con destreza su clítoris. La mano de su muñeca se soltó y fue a su cuello, presionando su garganta con fuerza, mientras mi boca mordía sus hombros y los lóbulos de sus orejas. Aquello era el paraíso, pero me cansé de tan sólo tocar.

Aparté mis manos de ella y la arrodillé frente a mí, bajándome los pantalones y ofreciéndole mi pene erecto. El glande rozó sus húmedos labios, sus pequeños dientes blancos y por último su húmeda lengua. Antes que ella pudiese siquiera reaccionar enterré mi miembro en su boca, dejando que su nariz rozara mi vientre con su respiración y sus labios la base de éste. Mis testículos golpearon su mentón y mis manos agarraron sus cortos cabellos rizados. Sabía que sentía cierta asfixia, pero no podía evitarlo. Cada movimiento que hacía dentro de ella era brusco. Unas pequeñas lágrimas bordearon sus mejillas, dándole un aspecto casi celestial, mientras gemía moviendo mi pelvis desesperado. Sus manos estaban sobre mis caderas, en el borde con mis costados, y allí enterraba sus uñas en un alarde fiereza.

Mis dedos se enterraban entre sus mechones, apretaba su cráneo y hundía su rostro en mi bajo vientre. Sin embargo, mi mano derecha se deslizó hacia su nuca y finalmente agarró la base de mi pene, para luego ayudarme a dirigir este dentro de ella. Cada estocada provocaba que sus ojos quedaran literalmente en blanco. Sabía que la seguía ahogando, pero no podía detenerme. Si bien, en cierto momento la tiré contra el suelo, eché a un lado sus bragas de algodón y la penetré con fuerza.

Ella chilló abriendo sus piernas, retorciéndose bajo mi cuerpo y triando del cuello de mi camisa. Los botones estallaron cuando jaló con rabia, pero una bofetada certera la calmó. Volvió a ser sumisa, gimiendo bajo mi nombre mientras me rodeaba con sus largas piernas. Sentía cierto placer cuando la golpeaba, como si un golpe significara caricia, y yo estaba necesitado de sentir como ella se abría a los sentidos. Mi ancha figura, mucho más pesada que la suya, la aplastaba hasta casi sacarle el aliento. Mis músculos estaban en tensión, igual que sus muslos, mientras notaba como su vagina se convertía en una funda perfecta que envolvía mi miembro con humedad y presión. Los músculos de su sexo apretaban con fuerza, intentando que no me fuese demasiado lejos. El ritmo de mis arremetidas era candente y se elevaba más y más. Podía sentir sus pechos moviéndose contra mi torso. Sus pezones estaban terriblemente duros. No dudé ni un instante en agachar mi cabeza, quedando encorvado, para morderlos y tenerlos en mi boca durante un rato.

Ella serpenteaba bajo mi cuerpo, su cuerpo se contorsionaba, pero aquello era demasiado fácil. Por eso, cuando sentí que llegaría al límite, me aparté. Ella quedó en el suelo jadeando aún, mirándome como un pez recién pescado, mientras boqueaba aire. Sus manos estaban a ambos lados de su rostro, su cabello estaba pegado sobre su frente y sus pechos se movían debido a la respiración agitada. Las braguitas seguían en su lugar, aunque manchadas por sus fluidos.

Me incliné sobre ella hundiendo tres dedos en su sexo. Estaba ardiendo, enrojecido por las penetraciones y húmedo. Ella gimió consolándose por el roce, pero pronto hubo un cuarto dedo y la presión aumentó. Gritó cuando mi puño entró por completo. Era una mano grande y áspera, su pequeña vagina a penas podía contenerme. Sus muslos blancos y lechosos se cerraron, sus piernas se cruzaron y ella empezó a gemir. Me costó mucho abrirle de nuevo las piernas y mantenerla con cierto sosiego.

Cuando saqué el puño me acerqué a la cómoda. Era hermosa, muy lujosa, y la había restaurado con la ayuda de un conocido. Dentro ocultaba algunos juguetes que usábamos en ocasiones especiales. Busqué un pequeño vibrador, el cual tenía varios niveles de intensidad y se podía controlar con un pequeño mando. Miré a mi mujer en el suelo, con sus piernas abiertas y aquella pose desesperada por sentir ciertas atenciones. Sonreí para mí y agarré el aparato poniéndolo en funcionamiento.

Al arrodillarme frente a ella, sintiendo de nuevo las perfectas tablas de madera que cubrían el suelo, sentí unos terribles deseos de besarla, pero no lo hice. Introduje el aparato, coloqué bien su ropa interior y la levanté arrojándola a la cama con cierta violencia medida. No quería lastimarla, sólo hacerle sentir cierta dominación.

Su rostro quedó contra las almohadas, las cuales abrazó mientras gemía, y sus nalgas quedaron sutilmente elevadas. Me acerqué a ella, clavando mi rodilla derecha en el colchón, para meter mis manos entre ella y el colchón, y acaricié sus pezones que empecé a pellizcar y retorcer. El pliegue bajo su tierna carne, recubierta de una piel tan suave, era tentador. Quería morder sus pechos, engullir sus pezones y olvidarme del mundo ahogado en su perfume. Mi pelvis se movía mientras mi sexo se rozaba sobre sus nalgas cubiertas por la agradable tela de algodón.

—Michael, Michael...

Recitaba mi nombre como si fueran salmos, cosa que me encendió aún más. Fui de inmediato a la cómoda y busqué unas esposas. Se las coloqué en sus pequeñas muñecas, ajustándolas rápidamente, para luego sacar una pequeña fusta.

Dejé a Rowan girada hacia mí, con su rostro perlado de lágrimas de placer y gotitas de sudor. Sus mejillas estaban muy rosadas, sus labios rojos y húmedos, mientras que su cuerpo parecía retorcerse. Deslizaba la punta de la fusta por sus senos, para luego golpearlos. Después, con destreza, acaricié todo su cuerpo con aquel objeto. Ella tenía pequeños orgasmos con aquellas acciones, las mismas que iban acompañadas por el placer del pequeño vibrador. En cierto momento, cuando ella creía que podría librarse de todo y sentirme dentro, pues me incliné para lamer su mentón, empecé a golpearla con la fusta entre sus muslos, justo en su vagina. Bajé sus bragas rompiéndolas. Con rabia, y deseo, empecé a golpear su clítoris.

Había colocado las esposas de tal forma que sus brazos estaban tras su espalda, sin posibilidad alguna de poder apartarme, así que sólo podía patalear y gemir. Por eso cuando la giré, dejándola de lado, y alcé su pierna derecha apoyando su tobillo en uno de mis hombros, ella se iba hacia delante. Mi miembro volvió a penetrarla, pero esta vez fueron sus nalgas. Rápidamente la puse a cuatro en la cama, agarré sus caderas y la penetré con fuerza. Cada embestida era un mundo. Sus piernas temblaban. Su espalda se arqueaba. Mi pelvis se descontrolaba. Mis manos arañaban, pellizcaban y apretaban con fuerza gran parte de sus atributos. Finalmente la tomé de la cintura y la empotré contra el cabezal del la cama. Ella quería sujetarse, pero las manos seguían en su espalda. Giró su rostro hacia mí con los labios color cereza y completamente abiertos. En ese momento lo supe, estábamos a punto de llegar ambos al orgasmo final.

Ella cerró sus ojos y se dejó llevar. Sus dedos se cerraron creando puños, al igual que los dedos de sus pies. Su espalda se arqueó aún más, igual que alzó su cadera. Fue una imagen tentadora. Sobre todo porque sus fluidos salieron manchando las sábanas.

Por mi lado no cerré los ojos. Quería ver ese espectáculo. Mis caderas se quedaron enganchadas en su interior. No podía moverme. Un dulce cosquilleo recorrió mis testículos, aunque era muy intenso, y finalmente me vine. Rellené a Rowan con mi esperma, el cual no la fecundaría. Si bien, no importaba. Lo importante era disfrutar de ese modo.

Después de todo el descontrol la liberé, me acosté a su lado y la abracé. No dijimos nada. El silencio es la mejor opción cuando las caricias existen. Nuestros labios al fin se fundieron en un apasionado beso y nuestro aliento fue normalizándose.


La amaba. No importaba cuantas cosas tuviese que hacer por ella. Disfrutaba viéndola de ese modo, como también amaba verla sosegada en pleno papeleo. No importaban los monstruos del jardín. Ni siquiera si el viento mecía fuertemente las ramas. Sólo importaba el placer que habíamos sentido y el deseo que aún nos bañaba. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt