Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 25 de octubre de 2015

Talamasca - Oak Heaven - New Orleans - Noche 1

David Talbot ha decidido ir al origen de su vinculación con los Mayfair, así como con el núcleo central de mi historia junto a Louis (la vida, muerte y fantasma de Claudia) No lo ha hecho solo.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie, apoyado en la barandilla observando la calle aparentemente vacía. Los árboles se movían suavemente gracias a la brisa suave. Octubre había llegado hacía semanas, como una bocanada de aire fresco, y nos habíamos desplazado hasta Nueva Orleans. De nuevo allí en esa ciudad maldita. Había sido bautizada mil veces con la sangre de cientos de víctimas, envenenada con el aroma pestilente de la muerte y de sus aguas pantanosas. Podía escuchar el murmullo de miles de almas, pero desconocía si todas poseían cuerpo. Aún era demasiado joven para diferenciar éstas cosas y, para mí, eran una pesadilla tras otra. Me mantenía cuerdo gracias a los constantes cuidados de Marius y a sus consejos. Pero él, David Talbot, se encontraba como cualquier otra noche. No parecía alterado, ni avergonzado por nuestro acto salvaje de hacía unas noches. Parecía el hombre impecable en modales, diestro y ágil mental de siempre.

¿Cuántos recuerdos acumulaban aquellas calles para él? Quizás no tantos como para Louis o Lestat, pero él había estado allí vivo. Armand había sido el líder de aquel territorio algunas décadas, pero se cansó como se cansa de todo. La novedad le hace entrar en un delirio asombroso, pero pronto se cansa y busca algo nuevo con que entretenerse. Jamás dejará de ser un niño caprichoso, aún más que Lestat o el propio Benjamín, por mal que le pese. Sin embargo, David era distinto. Aquel hombre culto, llegado de tierras británicas que había cruzado lugares salvajes e inhóspitos, se encontraba en medio de una vorágine de perfumes y esencias que él podía describir sin siquiera olfatearlas.

El jazmín y el dondiego de las vallas cercanas caían sin recato, las palmeras se movían sigilosas y el olor a tierra mojada penetraba nuestros pulmones hasta conquistarlos. No muy lejos había rosales, podía olisquear su frangancia, pero lo importante era lo que él observaba. Siempre había escuchado un rumor sobre él y era su aprensión a los gatos, aunque no lo era así cuando era un niño. Cambió su actitud después de un feroz ataque de una pantera en mitad de esas tierras perdidas de la mano de Dios, llenas de animales exóticos y plantas demasiado llamativas como imposibles. Pero era un gato negro, un gato oscuro como la noche, de gran tamaño quien le había dado la simbología del terror y la aprensión extrema. Ese tipo de gatos ahora parecía traer nostalgia a su vida. Observaba una pequeña colonia alrededor de una valla blanca, como las de las viejas películas y libros de Mark Twain entre otros. Estaba seguro que pensaba en Merrick Mayfair, que pese de los años y heridas dadas uno contra otro, a quien jamás olvidaría.

Hacía unas horas que habíamos ido al epicentro de todo, donde conoció a la mujer de su vida y sede de Talamasca en la ciudad, conocido como Oak Heaven. Los Oak son una especie de robles que se dan en esas tierras. Árboles gruesos, de copas voluminosas y verdes. La vivienda parecía abandonada, pero no lo estaba. Al acercarnos pudimos sentir la presencia de dos hombres notables, con poderes telepáticos asombrosos que nos impidieron leer sus mentes. David Talbot, el viejo director de la Orden de la Talamasca, se había negado a presentarse como un vampiro más. Llamó a la puerta acomodando su corbata y gemelos, sonrió amablemente mostrando sus colmillos y levantando cuidadosamente las manos.

»—Tranquilos—dijo—. Soy David Talbot, ya sabéis bien mi destino y quién fui en la orden. Tan sólo necesito que me ofrezcáis cierta información. Por favor, colaboren con La Tribu como La Tribu está colaborando estrechamente con todos y cada uno de ustedes.«

Milagrosamente el discurso se tomó como una muestra de amistad. La puerta cedió y dentro pude contemplar a dos hombres rubios, de ojos claros y piel ligeramente tostada. Parecían haber venido de unas largas vacaciones en la costa, pues poseían un look californiano insoportable. Sin embargo, por sus rasgos, supe que eran británicos, después su acento exquisito y su tono de voz pausado me lo corroboraron.

»—Pasa. Es un honor poder conversar con un vampiro como tú. Podemos decir que aún somos hermanos, ¿no es así? Sigues investigando y eso no te hace tan distinto a nosotros—explicó el más joven, que no debía tener más de treinta años.«

Estuvieron explicándonos durante más de dos horas lo que había ocurrido a lo largo de los meses desde la publicación del dichoso libro “Príncipe Lestat”. Estaban allí porque los estudiosos que habían vivido en la sede, después de Aaron y David, habían decidido volver a Londres. Ellos venían de México, donde existe otra pequeña cúpula de la Talamasca. Comprendí entonces porqué tenían ese bronceado, ya que el sol allí se deja ver mucho más que en las tierras británicas y la primavera se convierte en verano así como el otoño en un invierno agradable, salvo por los huracanes y fuertes lluvias.

David pidió con amabilidad algunos enseres de Merrick. Aún estaban allí algunos daguerrotipo que ella había usado en su juventud. Estaban en una pequeña caja de zapatos. También había viejas cartas a su hermana que jamás fueron enviadas, un diario personal y un rosario de amatistas negras unidas por unos finos, aunque refinados, ensamblajes de plata algo oscurecida por la humedad y el desuso.

¿Por qué habíamos ido allí? Lo desconocía. ¿Por qué me había pedido que fuese con él? También lo desconocía, aunque intuía que Jesse Reeves estaba demasiado concentrada en relanzar la biblioteca de su antepasada, Maharet, para que todos los vampiros jóvenes, y no tan jóvenes, pudiésemos ir a indagar sobre la fuente, la historia acumulada y la sabiduría que no había podido ser destruida porque se hallaba parcialmente en contenido online. Podía hacer mis cábalas sobre el viaje, pero decidí no hacerlo. Permanecí en silencio asintiendo y confirmando algunos datos que él lanzaba, como por ejemplo la aparición de nuevos fantasmas miembros de la Orden, vampiros y brujos que habían sido incinerados por la caza de brujas de siglos atrás. Habló sobre los Mayfair, pero sólo algunos datos breves que ya conocía como por ejemplo sobre el fantasma más poderoso entre los brujos de la familia, el admirado y adorado, Julien Mayfair.

Después, tras varias horas allí, nos pusimos en marcha hasta el hotel. Habíamos viajado en un mercedes descapotable, elegante aunque algo machacado, de alquiler. El hotel era uno de tantos, cómodo pero desconocido para el gran público. Y allí decidió abrir la caja e inspeccionar con mayor cuidado los enseres de quien fue la mujer, o mejor dicho la persona, que más ha amado. Amaba a Jesse, como también quería a otros vampiros, pero no era comparable con el respeto, aprensión y amor que aún derramaba hacia la mestiza de ojos verdes, cual esmeraldas, que había maldito su destino al abrazar la muerte a temprana edad vampírica.


Ahora lo observo y sé que, aunque he padecido grandes calamidades, soy un afortunado. Mi vida no ha sido tan terrible. No he tenido que decir adiós a grandes amores y no han caído sobre mí infinitas desgracias. Me siento terriblemente miserable, pero a la vez afortunado al estar en presencia de éste vampiro, de mi amigo, David Talbot.  

jueves, 17 de septiembre de 2015

Perversa

Otro trozo del diario de Claudia. Espero que lo disfruten...

Lestat de Lioncourt


No siento aprecio por nada. Observo los escaparates y veo muñecas, muñecas muy similares a mí, y las aborrezco. Detesto mis hermosas botas de charol, los caros trajes llenos de encajes y los refinados tocados de lazos perfectos. Odio contemplarme al espejo con mis encantadores rizos dorados, los cuales adornan de manera excesiva mi dulce cara de niña. En mis ojos no hay inocencia, sólo el vacío de cualquier ilusión. He perdido la esperanza.

La poesía antes me alimentaba, resultaba un bálsamo para mis heridas y me mantenía despejada. Ahora parece que la locura me lleva y me irrita. Me ahogo en mis propias desdichas y sonrío, pues todos desean a una perfecta muñeca a la cual besar, adular y agasajar con sus mejores obsequios. No me interesan los libros, ni las muñecas y tampoco las bonitas cintas que pueden colocar en mis cabellos. Tengo otros intereses mucho más adultos. Necesito comprender el mundo desde otra perspectiva, pero no puedo. Ellos me lo impiden.

Suelo observarlos. Me coloco en el balcón y los contemplo caminando por la calle. Van a la ópera, al teatro, a caminar sin más por el barrio luciendo sus mejores vestimentas y sonríen a las damas que suspiran por ellos. Ellos, mis padres. Todos mueren por querer estar a su lado, para luego irse al otro mundo con una tonta sonrisa en sus labios. Louis es más sencillo, su mente es manipulable, pero Lestat no lo es. Lestat posee una privilegiada mente para el mal, sin embargo está borracho de felicidad.

Yo soy una arpía. Reconozco que soy un monstruo. Deseo agarrarlos a ambos y decapitarlos como a muchas de mis muñecas. Pero el rencor, la ira, el dolor, el saber que siempre seré así hace que no me baste eso. Quiero verlos sufrir. Necesito que sufran.


Soy mala, lo sé, pero las niñas malas también suelen ser mujeres perversas, instruidas e inteligentes.

jueves, 6 de agosto de 2015

Amor

Una conmovedora carta de Louis. Creo que era necesario. Yo la suscribo.

Lestat de Lioncourt


No pesabas nada. Eras un cadáver con vida. Te así entre mis brazos y me creí el ángel de la muerte. Acaricié tus sucios cabellos dorados, los aparté de tu febril frente y miré tus ojos apagados de cualquier esperanza. Parecías delirar. Habías estado llorando durante días. Pude oler en ti la muerte, esa muerte refrescante y penetrante, mientras tu cuello pedía a gritos que te mordiera. Debía acabar con tu sufrimiento y con la punzada atroz que sentía en mi corazón. Mi boca tembló. Mis manos temblaron. Mi cuerpo temblaba. Pero mi alma no. Mi alma parecía firme, decidida, hecha para esa atrocidad y caí.

Tu cabeza cayó sobre mi hombro derecho, o quizás fue el izquierdo, mientras tus brazos se desplomaban y tus dedos, esos pequeños dedos, cedían y olvidaban la gruesa tela de mi abrigo. Te mecía como quien mece a un bebé. Observaba tu miserable vida. Podía ver la tristeza en los ojos de tu madre, así como contemplar su cadáver. Quise gritar, pero la boca se llenaba de sangre. Era tu sangre, pequeña mía. Bebía de ti como si fuese de un manantial. Y entonces, cuando me sentía tan cercano a ti, él apareció como una bestia salvaje pillando de improvisto al cazador.

Odié su risa. Tan histriónico y salvaje, tan estúpido y elocuente. Le odié. Odié que descubriera que él tenía razón. Yo era un monstruo. Él era un monstruo. Los dos éramos los peores seres sobre la faz de la tierra y tú eras el ángel. Un pequeño ángel que agonizaba en una cama sucia.


Me convertí en lo que ya era y a ti te condené a ser amada por dos monstruos que jamás te olvidarán.  

martes, 28 de abril de 2015

Si supiese...

Michael ama a Rowan más que a él mismo. Me gusta que así sea. Me encanta que así sea.

Lestat de Lioncourt 


Si supiese cuantas veces la he mirado a escondidas, como si fuese uno de los fantasmas de éstas cuatro paredes que llamamos hogar, mientras ojea los informes absorta por completo. Su cuerpo pide un poco de descanso, pero su mente se activa irrefrenable. Carga sobre sus espaldas la tensión de todo el día, los problemas habituales de un hospital y aquellos que pocos sospechan. Sus ojos, grises como las nubes de una tormenta, parecen cerrarse ocasionalmente y, tras un ligero parpadeo, se enfoca en cada párrafo. Palabra por palabra las bebe como si fueran un sorbo tras otro de café. Ella, la mujer que amo. Una mujer distinta. Mi bruja.

Hoy, como otra noche más, he terminado de redactar algunos proyectos. Durante horas he estado frente a la luz de la pantalla del ordenador, la mesa de proyectos tiene algunos trazos de un edificio que estoy rehabilitando, y en la papelera se hallan dos latas de cerveza. He trabajado duro. Ahora quiero estar con ella. Quiero retenerla entre mis brazos, susurrar a su oído que la amo y necesito, pero me mantengo al margen esperando que se de cuenta. Tengo paciencia suficiente para ese ligero cruce de miradas, con esa sonrisa breve y pícara, que me hará sentirme el hombre más afortunado de la ciudad.

La vida me ha demostrado que de nada vale esperar algo del futuro. Hay que vivir cada día como si fuese el último en el calendario. He estado a punto de morir en muchas ocasiones, pero sigo aquí. La contemplo con una necesidad innegable. Quiero decir su nombre, pero muere en mis labios mientras sonrío satisfecho. Ella es feliz con su trabajo, con las prisas por los pasillos y la satisfacción de salvar unas pocas vidas a la semana. No soy el único que la ama o admira. Muchos hombres lo han hecho. Me consta que también hay mujeres que la han deseado, admirado y codiciado. Ella parece no apreciarlo, pero mis celos aumentan con los pensamientos de todos y cada uno de quienes la contemplan. Y, sin embargo, no digo nada. Me muerdo los celos, los trago sintiendo lo amargos y estúpidos que son, para luego ver esa mirada, ese cruce, que termina de derrumbarme frente a ella.

Anoche sucedió. Esperé por más de una hora, pero ocurrió. Me vio y sonrió, se movió del escritorio, caminó hacia mí y me besó suavemente en los labios. Pude sentirla entre mis brazos, desnudarla con mis ásperos dedos y hacerle el amor en nuestra cama de matrimonio. Hoy no espero nada. Sólo necesito abrazarla. Quiero oler el aroma de sus cabellos. Necesito aspirar el calor de su cuerpo.


Sí, la amo. No he dejado de amarla jamás. He cometido muchos errores. No soy perfecto. Ella tampoco es perfecta. Pero sé que juntos somos la pareja idónea.  

lunes, 13 de abril de 2015

Para Antoine.

Recuerdo esos ojos. Unos ojos de intenso color azul. Parecía un mendigo a punto de perder la vida. Me recordó a alguien que amé, una persona que para mí simbolizó un antes y un después, y que trágicamente había perdido hacía mucho. Él era la muestra que las almas podían volver a la vida, en otro cuerpo y con un mismo destino. Su vida fue trágica, llevada hasta los límites de la irresponsabilidad y el dolor. Hablo de Antoine.

Nicolas era un músico excepcional, o al menos así lo creía. Su música arrancaba de mi pecho el dolor, provocaba que finalmente las lágrimas surgieran y el mundo tuviese unos matices distintos. Era como si la poesía misma se alzara tomara un violín y decidiese desfilar frente a mí. Sus ojos eran profundos y oscuros, pero en ellos podía leer la pésima relación con su familia y el deseo de ser amado por la luz de los míos.

Él, Antoine, me recordó a Nicolas. Vivía de la música. Era un pianista excelente, un buen compositor y un excelente borracho de taberna. Veía como dilapidaba el escaso dinero que tenía, se pudría el hígado con cada trago de whisky barato y brindaba en nombre de su hermano, el cual le había arrebatado un brillante futuro. Él cuya familia era adinerada y le habían ofrecido una esmerada educación, así como toda serie de privilegios y mimos, aceptaron las falacias de un hermano mayor y condenaron al pequeño, al insignificante en la línea familiar, a una vida de horror lejos de Francia.

Ambos veían en la música su escapatoria. El dolor, la música y el alcohol se mezclaban creando un sonido mágico. Creo que no pude contener mis lágrimas cuando sus ojos, tan azules como los míos, se perdieron en mi figura y buscó en mí un par de palabras de sutil consuelo. Sin embargo, tuvo algo más.

No sólo me recordaba a Nicolas, sino que era similar a Louis. Los tres tenían una vocación terrible a buscar la muerte, desearla, coquetear con sus esbirros y publicar deliberadamente, en cualquier esquina, que estaban dispuestos a morir a cambio de un segundo de falsa felicidad.

Pensé que debería resarcirme de mi error. Llené los bolsillos de Antoine para que compusiera para mí, empecé a adoctrinarlo como jamás hice con mis otras criaturas, y cuando creí que podría hacerlo mío, convirtiéndolo en parte de mi familia, me vi traicionado por mis dos grandes amores: Claudia y Louis. Por eso mismo, por ese motivo tan nimio, creo firmemente que tengo la culpa de su destino. Convertí a Antoine cuando vine del pantano, tras haber sido dado por muerto, para confabular una venganza y provocar que esos dos, mi familia, se quedasen conmigo y no pudiesen huir. Pero todo falló. Ambos salimos trágicamente heridos. Él decidió quedarse y yo le dejé una fortuna. Esa fue la última vez que vi al músico de ojos azules...


Y ahora, en éstos tiempos convulsos donde la tecnología es fácil de encontrar y rastrear cualquier pista, él me ha buscado a ciegas, dejándose llevar por rumores y esperanzas, para prestarme su apoyo. Yo, que lo dejé atrás. Yo, que no tuve remedio. Yo, que lo llamé amigo y terminé olvidando cuánto bien me había hecho su música.

Lestat de Lioncourt   

lunes, 23 de febrero de 2015

El placer de conocerte

Julien y sus líos. ¿Os había contado ya esto? Creo que no. ¡Y el liante soy yo! 

Lestat de Lioncourt


Me sentía abandonado a mi suerte. Para ser sinceros siempre me he sentido insatisfecho. Llegaba a la etapa crucial de todo ser humano. Pasaba de los sesenta, tenía ya demasiadas canas y los típicos achaques de la edad. Daba gracias al virtuoso cutis que había heredado de mi madre. Parecía mucho más joven, aunque sabía bien que la soledad apolillaría mi alma. Mis amantes eran cientos, pero mi cama siempre quedaba vacía. Mi almohada lloraba por ser compartida y mis manos, las de un empresario de éxito y un jugador que apostaba fuerte cada noche, se sentían impacientes. No me atrevía a enamorarme, pues sabía que Lasher no permitiría tal desfachatez por mi parte.

Viví siempre a expensas de sus caprichos. Aquel fantasma dominaba mi vida y lanzaba mis dados. Estaba condenado. Sin embargo, cada noche salía de casa con la pipa en mi mano y deseos insaciables de conquistar una buena mano. A veces, por supuesto, seguía dejando mi cuerpo a Lasher. Él jugaba con mi vida como si fuera un mero juego de azar, pero ¿no hacía yo lo mismo? De algún modo terminamos siendo una hidra.

Llegué al barrio francés. Antes era una marabunta de bohemios desesperados, hermosas mujeres que se ofrecían con una virtud innegable, y hombres de negocios en busca de diversión. No importaba cual era tu estatus social. Allí, en aquella zona de la ciudad, valías lo mismo. Las copas se llenaban de whisky si tenías un par de billetes, las historias iban y venían, las mujeres te adulaban y algunos hombres, aunque no todos, se regalaban con facilidad.

Vestía mi traje de hilo, mi chaleco amarillo de lino italiano, mi sombrero panamá y un pañuelo rojo en el bolsillo. Admito que me sentía elegante, aunque supongo que la elegancia iba más allá de un buen traje y una mirada azul profunda. Sonreía con gentileza, me movía ágil entre los caballeros de los diversos locales, y cuando me acerqué a mi favorito, donde la música era más alegre y los esclavos libres parecían enloquecer, vi a un joven entrar apresuradamente en el local.

Entré tras él, buscándolo. Había visto su rostro tan sólo unos segundos, pero sus ojos me impactaron. Tenía una de esas miradas místicas que tanto me atraen. Parecía un soñador de esos que se pierden en sus propias historias. No fue difícil encontrarlo. Fue directo a la barra.

—Buenas noches—dije.

—Hola—respondió con la vista perdida en el vaso de whisky que colocaban frente a él. La botella vertía su delicioso contenido y sus ojos, claros como los míos, buceaban en el alcohol.

—¿Puedo invitarte a esa copa?—pregunté diciéndome a mí mismo que mis años no se notaban, que podía jugar a ser un galán perfecto y que él caería. Aunque no siempre caían. Hay hombres que no están dispuestos a probar el otro lado de la cama.

—¿Es un truco?—dijo con una encantadora sonrisa—. Ni siquiera se su nombre.

—Julien Mayfair—respondí—. Y ahora que lo sabe, ¿me deja invitarlo?

—¡Mayfair!—exclamó—. Dios santo... sois dueños de media ciudad.

—Vaya, no sé si es un halago o una queja—reí bajo moviendo impaciente mis dedos sobre la barra del bar—. Por favor, Jermone, lo de siempre.

Tenía sed. Una sed terrible. Pero no una sed de alcohol, sino de sexo.

—Uno doble—dijo el joven camarero de piel dorada. Tenía unos ojos negros profundos, un cabello rizado suave y espeso, un cuerpo esculpido con cuidado y poseía una pasión desmedida. Sin embargo, había pasado a otro plano. No quería tener sexo con aquel jovenzuelo, sino con el hombre que estaba a mi lado bebiendo whisky y sonriendo de forma encantadora.

—Eres un habitual—comentó apoyándose por completo en la barra. Su espalda hacía un arco prefecto, tenía unos hombros no muy anchos que deseaba morder y unos labios perfectos para hacerme gemir—. Yo no.

—Me he percatado—sonreí deseando tocar su piel, deslizando mis dedos por su cuello hasta su corbata, para luego rogarle al oído que quería hacérselo allí mismo—. ¿Y cuál es tu nombre?

—Richard, aunque me gusta más Víctor.

Llevaba meses sin tener una nueva presa. Pero, ¿era una presa? Me estaba convirtiendo en esclavo del deseo más bajo. Me imaginaba las escenas más eróticas que ni siquiera había vivido. Sus dientes mordisqueaban mi piel, sus manos me liberaban de la camisa y mi miembro, duro y húmedo por su saliva, se introducía una y otra vez en su interior. Me sentí terriblemente excitado y tentado. Tanto fue así que tuve que hacer acopio de mis fuerzas, y de cierto control mental, para sostenerme en la barra, ocultando una ligera erección.

Di un trago de mi copa y él hizo lo mismo. Incluso alzamos ambos vasos para brindar. Brindamos por una nueva amistad. Me confesó sus planes de abrir una tienda de antigüedades. Incluso me propuso mostrarme algunos muebles, por si me interesaban. Él reía y yo intentaba no buscar su boca. Quería decirme a mí mismo que mi tiempo había acabado, que mis romances eran de un par de noches y que ser serio, manteniendo el interés sobre alguien, era imposible. Si bien, algo en mí rogaba que esa noche se repitiera continuamente.

—Debo irme ya—dijo tras un par de copas. Yo me sentía extasiado y tan sólo había pedido una. Una sola copa. Ni yo me reconocía.

Deseaba estar sobrio, como cuando era joven, para no perder el hilo de la conversación. Podía sentir al espíritu de Lasher molesto, pero no me importunaba demasiado. La música lo descontrolaba y provocaba que se perdiera en mitad de la multitud.

—¿Quieres tomar la última copa en mi casa? Así conoces la mansión y puedes darme consejos sobre las antigüedades que puedes venderme—sonreí llevándome el vaso a los labios, aunque no bebí.

En ese momento rogué que se negara, pues era un negocio que aún estaba en marcha. Sin embargo, él me sonrió aceptando el acuerdo. Sería su primer cliente. El primero de todos. Un cliente que se sentiría satisfecho si se ponía una de las faldas de mi mujer, las cuales aún conservaba, y una de esas blusas ceñidas que apretarían su cintura.

Pagué las copas, salimos fuera y los más de veinte minutos de paseo fueron extraños, aunque excitantes, porque quería tocarlo y sabía que no debía aún. No estaba seguro de hasta que punto yo le atraía. Pero de algo sí estaba seguro y es que lo quería a mi lado, fuese como fuese. No me importaba malgastar una fortuna en él si lograba retenerlo. Tal vez era porque tenía sesenta y años, él tan sólo veinte y veía en su fina figura, de escasa musculatura y dulcemente varonil, algo que no tenía desde hacía mucho. Nunca tuve sueños, pero él era un soñador empedernido. Era dulce, atento y parecía encantador. Sólo había pasado tres horas a su lado y lo quería para siempre atado a mi servicio.

—Puedo darte trabajo—dije mientras sacaba las llaves para abrir la cancela.

—¿Trabajo?—preguntó con algo de sorpresa.

—Sí, para montar esa tienda ¿no deberías tener dinero? Dudo que tengas el suficiente para invertir en muebles, productos para la restauración y el alquiler de un local—comenté girando la llave dentro de la cerradura. La cancela cedió y él pasó junto a mí meditabundo.

—¿En qué podría trabajar?

—Llevando mi papeleo. Tengo numerosos intereses en el algodón, banca, bienes raíces y otras inversiones—expliqué—. Me gustaría estar mejor informado y conseguir mejores tratos de favor. Mis hijos son buenos chicos, pero ninguno ha nacido con mi capacidad de comprender...

—La dureza del negocio—añadió robándome las palabras de mi boca.

—Quiero un joven solícito, que pueda adiestrar y colabore con la familia. Alguien que tenga buena presencia y hambre de triunfo—él se echó a reír cuando dije aquello, pero hablaba muy en serio. Sabía que no era ético contratar a un asistente que entrase a mi despacho con papel, pluma y su miembro duro a punto de atravesarme como si fuese una daga.

—Tal vez me dedique a objetos antiguos diversos, no sólo a muebles. ¿Podría ser posible tener una librería especializada en esta ciudad?—aquella pregunta me fascinó. ¡Libros! Oh, Santo Dios. ¡Libros!

—¿Te gusta la literatura?—dije parándome frente al porche, para girarme y observarlo minuciosamente.

—Y la música—explicó con una de esas sonrisas que derretirían a cualquiera.

—Tengo algunos discos. ¿Crees que mi familia me odiará por poner algo de música y jugar un rato al billar? Tengo una mesa pequeña que podemos usar. Aunque, si quieres, jugamos al poker—quise besarlo de nuevo, pero esta vez sus ojos parecían más tiernos.

Me di cuenta que era manipulable. Tan sólo era un muchacho y yo podía darle forma en todos los aspectos posibles. Quería retenerlo entre mis brazos y hacerlo mío. Mis planes cambiaron. La intensidad de mi deseo no. No desvanecía. No se iba. Debía ser mío en ese momento. Pero, como los lobos vestidos de cordero, debía moverme con sigilo. Él seguía siendo un muchacho estúpido con una sonrisa aún más estúpida y encantadora. Se emocionaba hablando del futuro, el cual estaba muy lejos, y yo deseaba bromear toda la noche.

Él entró junto a mí. Directos a mi despacho. Allí, durante un tiempo, tuve una pequeña mesa de billar. No era demasiado grande. Sólo la usaba para mero esparcimiento personal. No buscaba ser el mejor con el taco, sino olvidarme por un instante de las pesadas cargas de la familia. Él sonrió mirando la mesa, pero supe de inmediato que no sabía jugar.

—Puedo enseñarte—expliqué dirigiéndome a una pequeña mesa, la cual me servía para dejar mis mejores botellas de whisky, y servir un nuevo trago para él—. Toma, es mejor que ese que tomaste en el local.

—No. No quiero emborracharme—dijo mirando con cierta ansiedad el contenido del vaso.

—No lo desprecies—comenté dejándolo entre sus manos—. ¿Qué clase de juerguista eres?

Bebió aquella copa de un trago. Me miró nervioso y dejó el vaso en la mesa auxiliar. Observó las numerosas estanterías, así como la cama de hierro que había cerca. Era una habitación y un despacho. Algo que me enorgullecía. Tras la puerta del fondo, cerca de las estanterías, estaba la habitación donde aún estaban los frascos de mi madre.

—Debo irme. No fue buena idea...—murmuró.

De inmediato me acerqué a él notando un ligero sonrojo en sus mejillas. Tenía unos ojos hermosos, unos labios que temblaban y unas manos que no sabían donde colocarse. Tomé su rostro entre mis manos, acariciando sus mejillas, y él suspiró nervioso. Había seducido a muchos, pero ninguno tan inocente. Él de inmediato abrió la boca, permitiendo que lo besara, y noté como se dejaba vencer.

—¿Me deseas, Víctor?—pregunté cerca de sus labios.

—Sí...—bajo la mirada, igual que haría un niño regañado, y eso me hizo estallar en carcajadas.

—Yo también te deseo, hermoso mío—susurré—. Pero te deseo ver con otra ropa. ¿Harías lo que fuera para satisfacerme?—toqué sus labios con la punta de mis dedos, índice y corazón, de mi diestra.

Sólo asintió. Ni siquiera sabía que había aceptado ser sacrificado como un cordero. Pues él estaba a punto de llorar. Se sentía cohibido y expuesto, aunque sólo habíamos iniciado el juego. Sabía que me deseaba y Lasher se enfurecía por momentos. Si bien, la música sonó rápidamente mientras abría un pesado baúl. Dentro había ropa de mujer que le lancé. Él las miró aún más sonrojado, sobre todo cuando me quedé sirviéndome una copa y esperando que se la pusiera.

—Te gusta que te llamen Víctor, pero para mí hoy serás Victoria—murmuré apoyándome en el billar—. Ven, te enseñaré como se juega.

Tan sólo pudo dar un par de pasos. Sus piernas temblaban, pero se veía extremadamente erótico con aquellas prendas. Mis manos se colaron por debajo de la blusa, subiendo por su vientre plano, para agarrar su torso.

—¿Eres virgen, Victoria?—me excitaba el tan sólo pensar que yo sería el primero.

—Sí...—balbuceó a punto de echarse a llorar.

—No debes estar nerviosa, amor mío, porque esto es como el billar—dije, colocando un taco entre sus manos, para que abriese la partida.

—Julien... ¿voy a ser tu puta de una noche?

Me di cuenta que miraba las bolas moverse pesadamente en todas las direcciones posibles, pero no a mí. También me percaté que se sentía confundido. En ese instante bajé mi cremallera, lo giré y lo puse frente a mi miembro mientras lo arrodillaba.

—Depende de lo complaciente que seas, Victoria—musité.

Con encantadora timidez besó mi glande, apartando mis manos de mi sexo. Tomó mi miembro por la base y comenzó a dejar sutiles besos, mordidas y lamidas. Él jadeaba bajo con los ojos clavados en los míos. Intentaba buscar en mí alguna reacción favorable. La mejor reacción que le pude ofrecer fue penetrar su boca sin previo aviso. Después, con cuidado, salí lentamente para volver a entrar. Hice aquello varias veces. Él parecía enloquecer. Se quedaba sin aire, completamente asfixiado, mientras me miraba embelesado.

—Victoria, te falta carmín—dije apartándola—. Pero por hoy aceptaré que no te hayas arreglado para mí—reí y él, por extraño que pudiese parecerle, también rió bajo.

Creo que se veía solo en una ciudad extraña, un hombre de buena posesión le pedía ciertos juegos sexuales y, además, le daría un trabajo que necesitaba. Aquello le superaba. Quizás había ido al bar a prostituirse, como muchos hacían por ese barrio, pero se comportaba como un niño asustado.

Me aparté subiéndolo en el billar, retirando las bolas y abriendo sus piernas. Hice que me rodeara con sus muslos, cálidos y juveniles. Tenía veinte años. Tan sólo veinte años. Podía ver en su mente lo confuso que estaba. Hasta ese momento no había deseado jugar con su mente, ¿por qué? Porque quitaba encanto a la caza. Pero él estaba absolutamente fascinado conmigo. Sólo había estado en brazos de un par de hombres, con los cuales no llegó a intimar. Sólo fueron besos y caricias indecentes, pero ni uno de ellos le arrancó un sólo gemido.

—Eres una especie de dandy...—susurró embelesado mientras acariciaba sus nalgas—. Mi dandy...

—¿Tuyo? Oh, querida. Aún no me demostraste si puedes hacerme feliz en la cama—sus ojos se aguaron de nuevo. Se estaba enamorando de mi forma de ser, como un flechazo a primera vista, y me sentía cruel al jugar con cada milímetro de su alma. Lo haría mío, jugaría con él y, de verdad que lo deseaba, mantendría a mi lado.

—Haré lo que quieras—dijo entre jadeos. Mi dedo índice se enterró en su entrada, tan estrecha como acogedora, mientras sus nalgas rozaban sutilmente mi miembro.

Sus muslos eran cálidos y suaves. Prácticamente no tenía vello en las piernas. Tampoco tenía demasiada barba, aunque eso cambiaría con el paso de los años. Sus labios, los cuales me parecían más hermosos por momentos, acabaron siendo apretados por mi zurda. Hundí mis dedos en el interior de su boca, acaricié su lengua y él movió sutilmente sus caderas.

Decidí que le daría una primera vez salvaje. Saqué mi dedo e introduje mi miembro. Mi pene se abrió paso en aquel orificio tan estrecho. Él gritó y se retorció de dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero pronto gemía. Se olvidó del dolor en cuanto el placer le bañó. Sus caderas se movían más y más rápidas, sus manos acariciaban mi torso y rogaba que me quitara la ropa.

—Para domesticar a una puta no hace falta desnudarse, Victoria—lancé aquellas crueles palabras, mientras él gemía mi nombre.

Creo que me enamoré de su forma de mover las caderas, tan torpe, y de sus ojos fijos en los míos. Esperaba complacerme. Él se enamoró de mí por mi físico y actitud. No era mi dinero lo que buscaba. Su mente se llenaba de un futuro de besos, mordidas y caricias. Así, que en ese instante, mordí su cuello. Él abrió su blusa esperando que besara su torso, pero lo que hice fue morder sus pezones.

—Júrame que sólo me lo harás a mí, júramelo—era un juramento estúpido, pues yo no era hombre de un sólo amante.

—Te juro tenerte cerca, pero no fidelidad. No eres el único, ¿lo sabías?—dije entre jadeos—. Sólo eres mi nueva puta.

Él lloró entre gemidos aceptando ese trato. Gemía fuerte y desesperado. Cuando llegué al orgasmo él, por supuesto, ya había llegado. Sus piernas temblaban y sus brazos me buscaban. La música ya no sonaba.

Lasher había dejado de estar atento a la melodía para observarnos. En una esquina se encontraba aquel monstruo de ojos cafés, tez blanca y manos gigantescas. Las ventanas se abrieron y luego cerraron, del mismo modo que las puertas. Después de aquello no apareció en tres días, pero no me preocupé.

—No me eches... —dijo aferrándose a mí—. Puedo ser tu mujercita, puedo serlo cuanto quieras.

Sus piernas no podían sostener su cuerpo, sus brazos también estaban cansados, pero sus labios parecían decididos a seguir aquella locura. Me besó el rostro, los labios y el cuello. Yo le miré satisfecho, pues era su presa. Sí, había caído rendido frente a ese jovenzuelo. Quería que fuese mío. El cazador había sido al fin cazado.

—Te daré trabajo, como te he dicho, y en un futuro puedo ser socio, si así lo deseas, para el negocio que desees montar—me quedé acariciando sus cabellos, ligeramente rizados y oscuros, mientras él se sentía satisfecho por mis palabras—. ¿Te estás enamorando de mí?

—Sí, y eso está mal—musitó apoyando su frente en mi pecho.

—Al contrario mon fils... porque es mutuo.


Richard Llewellyn me hizo naufragar por un mundo distinto. Dejé de ser cobarde y entregué todo mi corazón. Durante años fui sólo de Richard. Él me rescató de mi mala vida y la soledad que me rodeaba. Creo que sólo supo mi verdadera edad cuando caí tan enfermo. Yo sólo sé que le usé y acabé enamorado, como cualquier idiota.  

viernes, 20 de febrero de 2015

Deseos...

Había regresado a New Orleans con el deseo de festejar el carnaval. Francia era hermosa, pero no tenía sus ritmos demenciales y la fragancia de los pantanos. París podía ser especial para el amor, la pasión desenfrenada y los cabaret, pero no se comparaba con la belleza del Barrio Francés. Las calles, el ambiente, la necesidad de comprender aún más algo que ya no era parte de mí, pues desde hacía mucho era un monstruo, provocó que fuera directo a buscar a mis viejos compañeros: Mona y Quinn.

Me armé de valor, pues la última vez que los vi fue en un terrible altercado. Había escuchado cosas terribles sobre ellos, suponiendo incluso la muerte de ambos. La Voz pudo haberlos arrasado, pero había otros rumores. Un rumor continuo sobre que estaban vivos, ocultos en el Santuario, y que ocasionalmente visitaban First Street y Blackwood Farm. Sobre todo, la vieja mansión Blackwood con su embarcadero al lago y su cementerio privado.

Al llegar a Blackwood Farm me encontré con la agradable sorpresa de hallar a Mon sentada, entre las tumbas del cementerio, observando las lápidas sin nombre. Parecía perdida en un sinfín de pensamientos, cosa que era provable en ella. Siempre meditaba sus siguientes pasos. Era como un gran felino que acecha para lanzarse sobre ti.

—Mona...—dije apoyado en el centenario árbol, aquel que se hallaba allí medio podrido, y que parecía aguardar mi regreso.

Lentamente giró la cabeza observándome a mí, su creador. Creí ver una chispa de felicidad al verme, pero sus ojos verdes se volvieron un misterio desde la primera noche. No podía saber que pensaba ella, pues era demasiado pasional.

—Jefe—fue su única respuesta tras mucho tiempo sin verme. Presentía que aún seguía enojada por haber preferido a Rowan—. Quinn se encuentra en el santuario

—Oh...—dije clavando mis ojos claros en los esmeraldas. Tenía un aspecto suculento, como el de una mártir que está a punto de condenarte al infierno, y sabía que en sus pequeños labios carmín, esa boca tan pequeña, podía ocultar palabras terribles. Sin embargo, fue su generoso escote lo que más me llamó la atención—. Puedo ir a verlo luego, Mona—susurré inclinándome—. ¿Aún me detestas?

Entreabrió la boca tragando su propio veneno, respiro con molestia y llevó la punta de su lengua a sus colmillos. Sabía que se preparaba para hacer como si nada hubiese pasado, aunque por dentro imaginaba mil formas horribles de devolverme el favor por su coraje.

—¿Molesta por qué, Lestat?—fue su respuesta ante la evidente pregunta que calaba y heria su orgullo.

—No sé, brujita—me encogí de hombros, como si no supiese de qué demonios hablaba, pero de inmediato me eché a reír—. Evidentemente sigues molesta, pero tengo la solución a ese problema. Claro, que quizás no te agrade o no desees escucharla—alcé mis cejas y luego fruncí el ceño, para tomar asiento a su lado.

Las lápidas parecían más torcidas y oscuras que nunca. El musgo había trepado por algunas y permitido que ciertos hongos aparecieran. Nadie limpiaba ese lugar, pero estaban allí. Los cuerpos de los difuntos ya sólo serían huesos, sus ánimas habían sido observadas por Quinn durante su infancia y adolescencia, pero yo no veía ni sentía nada en ese momento. Jamás lo hice. Incluso tuve la sospecha que podía surgir de la nada Merrick, con aquel vestido blanco y esos enormes ojos verdes.

—Largo—fue su respuesta levantándose inmediatamente, no deseaba verme pues le enfureció su sola presencia y había jurado a Quinn no pelear más con su creador—. Debo retirarme, no estoy de humor para soportar tus idioteces.

De inmediato me levanté, colocándome a su lado. Su diminuta estatura la hacía suculenta ante mis ojos. Siempre la amé a mi modo. La deseé con todo mi oscuro corazón. Sin embargo, había cosas que no debía mover por el bien de ambos.

—Alto, Mona—susurré tomándola de la muñeca, para colocar su mano en mi bragueta—. Te deseo. He venido a buscarte porque te extrañaba. Ese cabello de fuego, esos ojos y tu veneno... porque no sólo tienes veneno en la lengua, querida mía.

Entonces, con furia, forcejeó liberándose de aquel agarre. Sus cabellos se agitaron por una ráfaga de viento, convirtiéndose en una llamarada cargada de poder y perfume de cerezas. Yo, sin embargo, no sentía ganas de permitirle esos reproches.

—Vete y déjame en paz. No estoy de humor para escuchar tus estupideces de patán. ¿Por qué no te vas con tus putas esas que tanto te agradan?—aquella pregunta me hirió, pero intenté aparentar que estaba firmeza—. Imagino el pirómano y la loca te deben gemir y abrir las piernas de par en par. Me das asco. Largo de mi vista

—Eres una cínica—dije tomándola del mentón, para luego empujarla contra el árbol, pegando mi cuerpo contra el suyo—. ¿Y qué importa si me abren bien las piernas? Lo importante es que te deseo a ti, brujita.

—Que seas mi creador no te da derecho de obligarme a follar contigo. ¡Imbécil!-gritó. Después me propinó una fuerte bofetada, provocando que me echase hacia atrás tocando mi rostro. Con ello logró librarse de mí.

—Está bien, como digas, uno viene a darte un trozo de su oscuro y malévolo corazón, arrastrándose a pedir disculpas, pero tú te atreves a golpearme—comenté apoyado en el árbol mientras la observaba con una sonrisa burlona. Sabía que eso la fastidiaría más que mostrar la furia que contenía en esos momentos—. En fin, me marcho. Descuida que no volverás a verme.

—Me alegro—respondió, llena de júbilo, apartándose lo más rápido que pudo. No quería verlo, aunque deseaba estar en sus brazos odiaba ser mi tercera opción. Al menos, así lo creía.

Ella no era mi tercera opción, pero no podía estar a su lado. Mi hermanito era su pareja y yo debía aceptar que la creé para él y no para mí. Fue algo que tuve que aceptar forzosamente. De inmediato, me sentí frustrado, pues ella era mi mejor creación y me pertenecía. De alguna forma me pertenecía. Eché a caminar apresuradamente, apretando más el paso, hasta que la alcancé. La tomé entre mis brazos, tirándola al pasto mientras la besaba frenéticamente. Su vestido, aunque minúsculo y provocador, quedó reducido a nada. Sólo eran jirones.

—¡Sueltame maldito infeliz!—fue su respuesta, revolviéndose bajo mi cuerpo, con furia, y golpeando mi rostro con todas sus fuerzas.

Sin embargo, yo no escuchaba. No pararía. Metí mi mano diestra entre sus piernas, acariciando su clítoris e introduciendo dos de mis dedos, para comenzar a estimularla. Sentí un cosquilleo que subía por toda mi columna vertebral. La amaba de forma egoísta y la deseaba como cualquier hombre lo haría.

—Eres mía... siempre mía -jadeé como única respuesta.

—¡Ya basta!—gritó furiosa, cerrando sus piernas pues no quería ni siquiera sentir el roce de mi piel contra la suya.

—¡Por qué!—espeté—. Me amas ¿por qué me rechazas?—pregunté furioso—. Deja de hacer como que no sucede nada—chisté abriendo de nuevo sus piernas para lamer su clítoris, hundiendo mi cabeza en su sexo y permitiendo que mis manos sostuvieran sus muslos. Mis dedos se hundieron en su carne, que era mucho más tierna que la mía. Yo parecía una estatua de piedra que caía sobre ella, igual que una gárgola, para someterla a mis necesidades.

Al sentir aquellas caricias obscenas su cuerpo tembló, lleno de placer, emitiendo un fuerte gemido. Esa deliciosa sensación de éxtasis recorrió toda su figura, convirtiendo su furia en deseo. Mi lengua se movía entre sus labios inferiores, su escaso vello pelirrojo rozaba su nariz y su aliento lo hacía contra estos. Mis manos se apretaron a sus caderas, pero pronto acabé llevando y hundiendo su índice derecho en su vagina, mientras seguía mordisqueando, succionando y lamiendo su clítoris.

—¡Lestat!-gimió llena de placer retorciéndose por cada acción. No podía resistirse y mucho menos negarse a si misma a aquellas atenciones.

Mordisqueaba su clítoris y enterraba un segundo dedo. Deseaba escuchar sus gemidos mientras notaba mi miembro duro, completamente erecto, bajo mi pantalón. Me incorporé, la miré con deseo bajando la cremallera y saqué mi miembro.

—Ven, ven aquí y demuéstrame cuanto te gusta.

Hice un corté deliberadamente mi miembro, justo en el glande, para que ella lamiera. Dolía, aunque sabía que salpicado con mi sangre le excitaría aún más. Los vampiros sentimos una atracción irrefrenable hacia la sangre, sobre todo la de un igual. El poder que alberga le da un toque más delicioso y placentero.

Ella gateó hasta mí. Quedó sobre sus rodillas y comenzó a lamer y succionar mi miembro. Mordiendo este hasta hacerlo sangrar nuevamente, mientras se aferraba a mis caderas rasguñando sus costados por debajo de mi camiseta y chupa de cuero, pues iba con mi aspecto de rockero en apuros. Acabó llevando sus manos de vez en vez a su abdomen, acariciando éste.

Eché mi cabeza hacia atrás, mientras sostenía su cabeza entre mis manos. Tocaba el paraíso con la punta de los dedos. Mis caderas se movían lentamente sin dejar de gemir bajo. La dejaría hacer eso unos minutos, para luego dárselo de la forma más brusca y apasionada que existiera. Ella clavó sus colmillos en mi miembro, de nuevo, provocando que emanara con más intensidad la sangre. Estaba succionando y clavando su mirada en la mía, llena de perversidad, haciendo sonar sus labios cada que se alejaba de éste.

Arrugué la nariz, pero al agachar la cabeza y verla sentí que debía hacerlo de una buena vez. La aparté tirándola en el pasto, abrí sus piernas y la penetré apoyando mis manos a ambos lados de su cabeza.

—Brujita... —jadeé cerrando los ojos, mientras hundía mi rostro en su cuello.

Volvía a ser mía.

—Jefe... —dijo como en una plegaria estremeciéndose ante las estocadas y embestidas.

—Brujita, eres mía—susurré enterrando mis dedos en la tierra, mientras movía las caderas con mayor rapidez- Te extrañé... Mona... Mona...

—Lestat... —gemía mi nombre, totalmente fuera de sí, por el placer. Abría sus piernas aún más, buscando que yo tuviese mayor acceso a su confortable interior.

Busqué sus labios mordiéndolos, para beber de ellos, mientras movía más mis caderas. Mi cuerpo se estremecía con el suyo. El calor de sus muslos me torturaba. Ella volvía a estar bajo y mi cuerpo y eso es lo que me importaba.

Besó mis labios lentamente mientras mi apretaba entre sus muslos. Entonces, cerró las piernas para que fuese más difícil salir de ella. Sentí como me apretaba, casi cruzando sus piernas alrededor de mi cuerpo, mientras notaba sus fluidos empapar mi miembro.

—Mona...—jadeé entre gruñidos, justo antes de hundir mi rostro entre sus pechos para mordisquear sus pezones y lamer sus clavículas. En el momento que me sentía ir, me aparté. Como pude me libré de ella y enterré de nuevo mi lengua entre sus piernas, para de inmediato masturbarla otra vez con mis dedos. El pasto alto rozaba mi miembro y este parecía desesperarse por entrar. Quedé de rodillas estimulándola con mi mano derecha, mientras la izquierda pellizcaba sus pezones, azotaba sus pechos y hundía un par de dedos entre sus labios—. Usaré todos tus agujeros hoy, Mona—advertí antes de girarla sin previo aviso, pegué sus nalgas ami miembro y lo enterré en su redondo y prieto trasero.

Colé la derecha entre sus piernas, por el costado, abrazándola con ese brazo, para llegar con mis dedos a su sexo. De ese modo podía estimular su clítoris en cada embestida.

Gritó al sentirme dentro, revolviéndose durante unos instantes por el dolor que se fue atenuado entre la estimulación y el placer de mis caricias. Mi cabeza daba vueltas. Sus nalgas eran tan apretadas como su vagina. Tenía un trasero redondo que era idóneo para azotarlo, cosa que hacía, pero de nuevo cambié de orificio, aunque no de posición, dando tres estocadas finales antes de llenarla con mi simiente. Dije su nombre junto a un te amo, muy sincero aunque desconocía si me creería.

Su cuerpo se estremeció al sentir aquel éxtasis propio del sexo, llegando ella al suyo. De inmediato se apartó y gateó hasta su ropa comenzando a vestirse. Yo tan sólo me quedé contemplándola durante unos momentos, para después tirar de uno de sus brazos. Deseaba retenerla entre mis brazos. Aún tenía el pantalón algo bajado y el cierre también, pero no quería vestirme y huir como estaba haciendo ella.

—¿Dónde crees que vas?—pregunté, pero se alejó ignorándome por completo.

—Mona, ¿qué ocurre?—dije incorporándome, mientras me colocaba la ropa.

—Adiós—respondió apartándose aún más, pues quería huir de mí y de nuestro pecado.

—¡Mona!—grité corriendo tras ella hasta alcanzarla—. Mona... dame una explicación.

—¡Quinn! ¡Quinn!—empezó a llamarlo a gritos, corriendo desesperadamente hacia el embarcadero. Él llegaba.

Mi hermanito estaba allí. Llevaba un gabán negro de tela gruesa, unos jeans desgastados y unas buenas botas. Parecía un señorito refinado. Tenía un jersey gris y una camisa blanca que destacaba gracias a la corbata roja. Sin duda era un hombre atractivo y por siempre eterno, siendo algo más joven que yo en apariencia. Su fuerza era increíble, pese a su juventud, y él me miraba con los ojos azules esperando una explicación que no di en ese momento. Tan sólo salió de la barca y la abrazó. La estrechó demostrándome que yo no era nada ni nadie. Él era su apareja. Él y no yo. Su compañera era Mona y el mío, por supuesto, era Louis. De algún modo siempre sería Louis, pese a mis deseos hacia ella y mi necesidad de poseerla mil veces cada noche.

—Mona... —murmuré apretando los puños—. Buenas noches, hermanito.

—Vete, Lestat—dijo en un tono cortés—. No quiero discusiones. No ahora mismo. No aquí, en mis tierras. Por favor, te lo ruego.

—Ya escuchaste—dijo rodeando a su amado Abelardo, apretando sus pechos contra su brazo izquierdo.

—Quinn... no vine a discutir. Deseaba hablar con Mona en privado, pero ha huido —dije mirándola de reojo. Quería besarla de nuevo, abrazarla contra mi cuerpo y arrastrarla conmigo a París. Debía conocer mis nuevos dominios, la belleza de París y las oportunidades de Europa. Pero Quinn la rodeó y besó su frente, recordando que estaba de más.

—Márchate, por favor, no es tiempo. Nos veremos en unos días, si así lo deseas. Pero ahora, por favor, te quiero lejos de ella, de mi mansión y de todo lo que soy—susurró estrechándola con firmeza. No la dejaría a solas conmigo, aunque sabía que había ocurrido. Sus celos eran evidentes. Él no podía negarlos ni ocultarlos.

—De acuerdo...—susurré.


Me marché de allí. Decidí irme. No quería estar contemplando mi traición y locura hacia él y hacia ella.

Lestat de Lioncourt

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Amor, te conocí cuando usabas a Mona... has vuelto a las andadas. ¡Volvemos a ser Lestat y Mona justo en nuestro segundo aniversario! Gracias por estos momentos que vivimos y los de diversión creando nuestros fics. 

Te amo  

sábado, 7 de febrero de 2015

Él

Antoine era un buen amigo. Creo que le debo unas cuantas...
Lestat de Lioncourt


Recuerdo su presencia rondando mi humilde apartamento. Había alquilado un lugar pequeño, en el cual cabía mi piano, algunas pertenencias de los gloriosos días en los cuales mi familia era poderosa y una cama ligeramente cómoda. Las botellas se amontonaban de forma inversa, y desproporcionada, a mis sueños. Había tenido una educación esmerada, cuidada hasta el más mínimo detalle, y me encontraba en la miseria tocando el piano en tugurios del puerto para sobrevivir. Me avergonzaba encontrarme en tan precaria situación, pero él parecía fascinado. Sonreía encandilado por el piano que había logrado mantener a mi lado. La música me daba vida y su rostro se animaba de forma distinta en la intimidad. Supe que no era humano. Comprendí que ese ser podía ser un demonio, pero me arriesgué a escuchar su dramática historia.

Se llamaba Lestat. Él fue uno de esos nobles arruinados mucho antes de las ejecuciones en masa, las cuales fueron orquestadas por la burguesía para hacerse con el poder y el dinero de Francia. Había vivido una época algo menos convulsa, pero sin duda dolorosa y triste. Su educación no fue esmerada, pues más bien le educaron para la supervivencia. ¡Y vaya si sobrevivió! En esos momentos era un vampiro, un ser inmortal, que campaba a sus anchas desde el otro extremo del océano. Un hombre elegante, bien vestido y de aspecto pulcro aunque ligeramente salvaje. Sus cabellos rubios, rizados, y sueltos parecían la melena de un león. Poseía unos ojos muy intensos, grises con tonalidades azules, muy hermosos. Sin duda me enamoré de su forma de narrar su vida, de su valor, de la compañía que me daba y del dinero que me ofrecía por tocar hasta que él se cansaba de bailar. Era mi mecenas, mi amigo, mi compañero de lágrimas y, en mi corazón, también un amor secreto.

Permití que besara mis labios en más de una ocasión. Lo hizo con ternura oprimiendo los suyos, ocultando sus colmillos, mientras sus manos acariciaban mis mejillas. Aquellas manos frías, pero suaves, de dedos ligeramente largos me entusiasmaban. Me dejé seducir hasta el punto de querer ser suyo. Sabía que convivía con otros: un varón de unos veinticuatro años y una niña de unos cinco. Eso sí, vampiros ambos. Seres creados por su malévola presencia, convertidos en su familia y arrastrados a seguir sus deseos. Y yo quería cumplirlos todos. Deseaba ser su amigo íntimo y convertirme en la caja musical que animara su corazón. Sabía que había padecido horriblemente la muerte de un músico, su amante Nicolas, y que aún no podía arrancarlo de su alma. La música le daba fuerzas, le insuflaba sueños y le hacía vivir de nuevo esa época bohemia y salvaje.

Acepté sin rechistar su sangre. Acepté todo. Incluso acepté que se fuera tras ellos. Me quedé solo. Viví solo. Me hice con el control de mis poderes y comprendí que me había dado algo más que vida eterna. Me dio la llave al entendimiento, la sabiduría, la maldad intrínseca y el poder tocar el piano eternamente. Sí, mi gran amor: el piano. Él y yo hemos estado amándonos en soledad, frente a todos en diversos clubs nocturnos y, ahora, junto a una hermosa joven de cabellos dorados llamada Sybelle, creación de Marius y conocida de Lestat.

La tragedia nos dividió, pero ahora nos ha vuelto a unir en ciertos aspectos. He sabido de él nuevamente, y él ha sabido de mí. Lestat de Lioncourt... Príncipe de los Vampiros.  

domingo, 25 de enero de 2015

Duelo

Louis es un sentimental, pero yo a ratos también lo soy. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántas veces hemos mantenido éste duelo de miradas? ¿Un millón de veces quizás? Lo desconozco—dijo acomodándose junto a mí.

Tenía un aspecto similar al del hombre moderno, elocuente y mordaz que solía ser frente a todos. Las gafas de cristal violetas estaban en la punta de su fina nariz. Aquella boca carnosa se movía de forma encantadora, con esa maldita sonrisa de diablo descarado que desconoce el pudor y las penurias, mientras me miraba con sus ojos grisáceos de tonalidades violetas y azules. Parecía un muchacho. Sus cabellos eran los de un león que se pavoneaba por la jungla de asfalto, alquitrán, hormigón y cristales de escaparates llenos de baratijas que ni siquiera él adquiriría. Llevaba una americana blanca, una camisa negra sin corbata y sin los primeros botones cerrados, con unos jeans negros ajustados de aspecto desgastado. Las botas eran viejas, pero estaban bien cuidadas. Esas mismas las había llevado hacía más de treinta años y me asombraba que aún las conservara. Era increíble.

—No lo sé, ¿llevas la cuenta?—respondió echándose a reír.

Parecía que todo había pasado, pero sabíamos que no era así. Aún quedaba mucho por hacer, comprender y vivir. Él me había dicho que yo no vivía, sino que malvivía. Había consumido mucho tiempo y esfuerzo por intentar mantener a salvo a los humanos y la escasa humanidad que tenía, pero era más bien un cínico jugando a las marionetas. Fui un estúpido. Reconozco que he cometido muchos pecados y el primordial era no ver lo que él me mostraba, no comprender sus silencios y esperar que supiese todo. Él no sabía mucho más que yo y lo poco que conocía, eso que se reservaba, era parte de una promesa.

Pero ya no importa. ¿O importa? Ya ni siquiera sé lo que importa realmente, si está bien o está mal que me importe... ¿Importa? No. A mí lo único que me importa es que no quiero que se vaya. He venido a verlo traicionando mi orgullo, dejando atrás las palabras hirientes de nuestra última discusión y aceptando que le necesito. Él es el único que me comprende realmente y eso me aterra. Me provoca una sensación de indefensión terrible.

Sin esperarlo me besó. Robó un beso como lo había hecho tiempo atrás. Tenía ese magnetismo animal que me atraía. Era un cazador con piel de santo y ojos de loco. Su lengua se desató en mi boca, mis manos se aferraron a las solapas de su americana y mi cuerpo reaccionó como el de un adolescente. Noté como mi camisa verde oliva era retirada por sus manos, como si fuera un artista cirquense y ese fuese su mejor truco, mientras mis pantalones de vestir parecían ser un muro de grueso cemento.

—Oh, Louis...—dijo separando sus labios de los míos. Su mano derecha se aproximó a mi rostro, levantó mi mentón con su dedo índice y apretó ligeramente con el pulgar bajo este—. Siempre cedes, mon amour—rió bajo provocando que yo me odiara de inmediato. Quería que me tocara aún más, que me arrancara todas las cadenas y me hiciese su esclavo. Lo deseaba. Estaba esperándolo. Igual que el lobo esperaba a Caperucita.

—Cállate...—chisté.

—Mon dieu...

De inmediato se tiró sobre mí, me desnudó y desnudó su cuerpo. La ropa salía disparada, el sofá quedaba pequeño y quedamos en el suelo de madera permitiendo que nuestros cuerpo se convirtieran en un amasijo de carne, sudor y suspiros. Temblaba por cada caricia como la vez primera, mientras él abría mis piernas con una facilidad increíble. Pude sentir su erección rozando la mía, así como mi vientre y mi ombligo, mientras sus dientes se clavaban en mis sensibles pezones. Cerré mis ojos, abrí mis labios y dejé que mis uñas se enterraran en su torso. Quería sentirlo tan dentro, llenándome, que no me importaba en absoluto si alguien más se encontraba en ese maldito castillo. Sabía que su madre estaba cerca, podía sentir la presencia de otro inmortal, pero la inmoralidad del acto me excitaba. Pensaba en las cosas que él había vivido en aquella estancia, todas convertidas en penurias y desastres, y que yo convertía aquellas paredes de piedra desnuda, escudos familiares y cortinas de seda en una película erótica.

Su lengua se deslizaba por mi torso, viajando hasta mi vientre, mientras desataba mis cabellos negros y ondulados. La mezcla de los suyos con los míos siempre me fascinó, era como ver el sol en plena oscuridad. Sus dedos, largos y hábiles, ya se enterraban entre mis nalgas y se hundían convirtiéndome en un animal dócil. Mis ojos, similares a los de un gato vagamundo, se convertían en los de un demonio sumiso que buscaban los suyos, de un color similar al cielo en plena tormenta, indicándole que me arrebatara la escasa cordura.

Y entonces, como si él supiese lo extraño y especial que puedo ser, terminó entrando de forma violenta. Grité, alcé mis caderas y busqué sujetarme. Sus piernas se movían rápidas. Sus caderas tenían un vaivén delicioso que me hacían escuchar las campanas del infierno. Esos labios, los suyos, eran pozos sin fondo cuando me besaba. No podía pensar. No quería pensar. Era incapaz de suplicar o hablar, tan sólo podía gruñir y gemir su nombre como si fueran salmos de una Biblia erótica y oculta a ojos de todos.

Él recitaba versos en francés, palabras románticas que podía decirle a cualquiera, mientras yo intentaba atraparlas como si fueran hechas especialmente para mí. Sabía como torturarme y darme todo. Era un maldito cobarde, pero a la vez el ser más valiente que conozco. Su miembro era una espada que se enterraba con violencia, completamente salvaje, abriéndome en dos mitades. Tenía las uñas clavadas en sus hombros, mis ojos perdidos en los suyos y las lágrimas brotaban como nuestros gemidos, cuando me sentí llegar. Eyaculé con grandes espasmos, cerrando los dedos de mis pies y alzando mi cadera mientras él se regodeaba y pavoneaba por mi rápida reacción. Dio un par de estocadas más, a cual más rápida y salvaje, para luego hundirse y terminar vaciándose en mi interior. Me llenó como siempre hacía, dejándome sin aliento y sin alma.

—Je t'aime—dijo, como un viejo cliché, y yo lloré.


Lloré más que nunca. Hundí mi rostro en su torso empapado en sudor sanguinolento. Lloré por mí, por él y por todo. Lloré porque no le creo, pero a la vez necesito hacerlo. Soy un maldito cínico que ya no sabe que hacer para llamar su atención, acaparándolo para mí, mientras sufro lo indecible y deseo que no me deje atrás. Soy un imbécil, siempre lo he sido y él lo sabe. Lo peor de todo es que él lo sabe y que es tan estúpido como yo.  

lunes, 5 de enero de 2015

La vida es eso...

El primer recuerdo que tengo es sobre sus faldas, mientras ella pasaba lentamente las páginas de un libro algo descuidado. La humedad había provocado que se hinchara, las letras parecieran una fila de hormigas mal colocadas y no tenía dibujos que pudiesen interesarme. Sin embargo, ella leía recitando para mí cada frase con cuidado. Me quedé quieto, escuchando aquellos poemas que parecían canciones lanzadas al viento con música propia. Sonreía como haría cualquier niño, pero a la vez tenía ciertas dudas sobre lo que escuchaba. Tenía inquietud por el arte, por las musas, por todo lo que rodeaba a ese momento. Mis hermanos, fuera en la nieve, luchaban por ser más intrépidos o fuertes. Para mí el lugar más agradable eran sus brazos, sobre su faldas, mientras la leña se consumía. Los hombres más intrépidos eran los de los poemas y los más fuertes aquellos que cantaban a historias imposibles.

Sus enormes ojos grises no parecían cansarse nunca, aunque suspiraba. Se sentía agotada. Era joven, hermosa, y a la vez tristemente deteriorada por la miseria que la ataba. Aquel lugar era su cárcel, pero también su abrigo. Un hogar maldito. El mismo hogar que yo he reconstruido por mero orgullo y necesidad. Sin duda alguna el único lugar que puedo llamar casa está aquí, aunque sigo amando mi hermosa y mágica New Orleans.

Sentado en este alfeizar, mirando la nieve cubriendo los campos, puedo recordar sus manos acariciando mi revuelta cabellera de rizos dorados. Veo lo que ella veía, siento el frío penetrando mis huesos y como la chimenea comienza a calentar la estancia. Quiero correr por los caminos, alzarme por las nubes e imaginar que alcanzo cada estrella. Recito para mí aquellos versos como si fueran una oración que la trajera hacia mí. Sé que no se encuentra en este lugar, que lo evita y evitará siempre. Sólo una vez regresó para ver como malgastaba mis ahorros y reconstruía nuestra celda.

No. No quiero vivir en el pasado. El pasado quedó atrás. Todo quedó atrás. Pero sí deseo recordar lo que soy, revivir la más pura emoción que hay en mí, para luego alzarme nuevamente como siempre he hecho. Quiero saborear mis orígenes.


En la biblioteca Louis busca algún libro. Hay miles amontonados y etiquetados, con cuidado y destreza, esperando que los saque de allí. Es su lugar favorito. Sin embargo, el mío es este. Aquí donde aprendí a sonreír. El lugar donde fui feliz por primera vez en los brazos de la mujer que más he amado: mi madre.

Lestat de Lioncourt  

sábado, 27 de diciembre de 2014

A un gran hombre

David vuelve a recordar a su viejo amigo Aaron. Creo que yo soy el único que le queda. Uno de esos que siempre están aunque sea metiéndolo en líos. 

Lestat de Lioncourt


La amistad es una hermandad elegida, seleccionada de entre cientos de miles de almas que a diario se cruzan contigo. En ocasiones nace fácilmente, pero en otras se resiste. Es el vínculo que muchos extrañan cuando viajan. La necesidad de reunirse entre los brazos de un amigo es inmensa cuando se encuentra fuera del hogar. Pues la amistad es todo cuando se conviertes en un hombre solitario que pocas personas conocen realmente, aprecian tu compañía y saben como te llamas. Él conocía todos mis miedos, ilusiones, pasiones, devaneo, sensaciones y emociones más puras. Comprendía cada uno de mis pasos por el mundo, mis viajes extraños, mis ojos cansados y finalmente mi cuerpo adolorido.

Éramos prácticamente de la misma edad. Nos habíamos conocido cuando tan sólo éramos unos novicios. Él era mucho más persistente, enfocado constantemente en mejorar sus cualidades, mientras que yo me dedicaba a ser como Indiana Jones. Iba a templos perdidos en el Amazonas, me hundía en el fango para conocer los misterios de un mundo desaparecido, caminaba entre las gentes de Brasil escuchando el ritmo de los tambores del Candomble y conversaba con los espíritus que me visitaban como si fueran viejos amigos. Él no me consideraba un patán, ni un loco y ni mucho menos un engreído. Sabía que vivía por y para las sensaciones que el mundo me ofrecía. Sin embargo, los años me fueron doblegando y fue él quien empezó a tomar riesgos.

Recuerdo como miraba los archivos de las Brujas de Mayfair. Pasaba lentamente sus dedos por cada hoja de los informes. Elaboraba copias constantemente para conocer cada párrafo. Añadió investigaciones propias. Visitó muchas veces la sureña ciudad de New Orleans. Se dejó guiar por el ritmo. Él decía que era placentero llevar trajes de lino blanco, sonreír de forma gentil y saber que te apreciaban por la elegancia británica. Se sentía cómodo allí. Igual que yo me sentía cómodo en Brasil y sus mares de árboles, religiones ocultas y música escandalosa. Jamás pensé que unos separaríamos de ese modo.

Una vez tuve que ocultar un secreto, el cual conoció provocando que temiera por mi vida. Había conocido a Lestat en mi despacho. Era el director de la orden en la cual nos “alistamos” para defender la verdad, el conocimiento y los tesoros más increíbles de este mundo. Talamasca era nuestra vida, emblema y apellido. Él no era un hombre rico, pero yo sí. Era hijo de un lord. Se suponía que llegaría lejos en la política, aunque decidí ser distinto. Mi padre también poseía dones, colaboró en alguna ocasión con la orden, y me permitió ser lo que era. Tal vez era el destino. Eso dijo Aaron, que el destino me llamaba. Un destino que me hizo ser director justo en la época en la que Lestat salió de entre la tierra, escarbándola con sus huesudos dedos, para tomar un micrófono y pasearse por el escenario gritando “Soy un vampiro, miradme.”

Él no aceptaba esa amistad. No era por celos. Temía por mí. Del mismo modo que yo temía por él cuando se acercaba demasiado a la familia. En aquella época ambos corríamos riesgos. Él se aproximaba a Deirdre, la hermosa heredera de los Mayfair, y yo a un vampiro muy peculiar. Sus ojos eran un abismo de preocupación cuando los vi por última vez. Sus peores sospechas se confirmaron.

—D... David—dijo aproximándose hasta a mí—. David...

—Aaron, necesito tu ayuda—expliqué intentando mantenerme firme en cada palabra que pronunciaba.

Sus manos eran viejas, muy pálidas, perfumadas y de uñas cuidadas. Mi piel tenía un ligero tono tostado, mis ojos eran cafés, casi completamente oscuros, y profundos y mi rostro era el de un joven que él no conocía. Sin embargo, mi mirada estaba ahí. Él se echó a llorar aferrándose a mi chaqueta mientras yo lo sostenía. Juro que me rompió el corazón. O quizás yo le rompí en mil pedazos el suyo. Aún así, pese a que le pedí un imposible, me ayudó.

Quería encontrar al joven que había habitado mi cuerpo. El dueño, por así decirlo. Simplemente fue una tarea imposible. No encontrábamos su espíritu por ninguna parte. Había desaparecido, cruzando a otro plano. Posiblemente lo hizo confuso y entristecido. Si bien, pudo crear para mí el funeral más especial que jamás hubiese visto. Logró convencer a todos. Sus lágrimas no eran falsas. Él me despedía para siempre. Siendo un vampiro no podría tener comunicación fluida con él. Ni con él ni con Merrick. Jesse, un par de años atrás, cruzó la línea y desapareció para muchos en la orden.

Sólo descubrieron la verdad cuando Lestat lanzó sus memorias, pero la mayoría creía que era una forma de limpiar su nombre. No obstante la duda cayó y comenzaron a sospechar. Aaron se volvió más rebelde. Él decidió alejarse e investigar más a fondo. Supongo que si yo no estaba, ¿para qué regresar constantemente a la que fue nuestra casa?


Me alegra saber que sus últimos días sirvieron de mucho. Conoció la verdad de los Mayfair. Pudo hablar con una criatura única. Se casó y fue feliz al lado de una buena mujer. Murió en la ciudad que más amó jamás y con el ritmo del blues y el jazz de fondo. Fue trágico. Mi corazón lloró durante meses su pérdida. Aún hoy me siento conmovido al ir a visitar su tumba. Él no está ahí. Su espíritu pasó a otro plano. Sin embargo, me gusta imaginar que puedo hablar con él como hacía hace décadas. Un hermano no se olvida. Un soldado no cae, sólo duerme eternamente.  

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Las calles se llenan de almas esperanzadas pese a la peliaguda situación en la cual se encuentra la economía. Se busca el espíritu navideño como si fuera el último suspiro de esperanza. En las casas se arremolinan alrededor de una mesa y piden ansiosamente mejorar sus vidas, superar los problemas más difíciles y aceptar los retos del próximo año que ya ronda en el calendario. Recuerdo las viejas celebraciones de la villa en estas fechas. Eran mucho menos suntuosas, los cánticos y alabanzas eran para la iglesia y las familias se reunían frente a la lumbre de la chimenea. La nieve cubría los caminos, por lo tanto la comida de esas fechas era la carne de la matanza de hacía algunos meses, el pan que lograban adquirir y alguna pieza de fruta sacada del bosque. No había Navidad.

Han pasado muchos siglos. El mundo ha cambiado. Las celebraciones han terminado siendo algo muy distinto. La religión ha pasado a un segundo plano y hay niños que desconocen que celebran un nacimiento. Muchos bailan al son de una música estridente. Algunos se olvidan inclusive de la fecha marcada en el calendario. Sin embargo, la esperanza sigue ahí. Es algo que me sorprende.

Jamás he dejado de ser alguien con un espíritu especial. He decidido mantener, pese a todo, cierto optimismo. Hace unos meses que tuve que enterrar los restos de tres seres que habían observado el mundo desde su posición privilegiada. El poder que contenían, la sabiduría que acaparaban, quedó regada en miles de pedazos entre los humanos. Cientos de personas en todo el mundo deberían estar de duelo, pues el inicio del germen familiar ha sido destruido. Si bien, nadie sabe nada. Muchos actúan con toda normalidad.

Desde que conocí a Maharet me he preguntado por mi legado. La vida no se detuvo cuando me marché de Auvernia. Dudo que me echaran de menos durante mucho tiempo. La muerte de mi padre y hermanos supuso quizás cierto alivio y regocijo, pero ¿alguien reparó que mi madre no se encontraba entre los gruesos muros del castillo? ¿Alguien recordó que el hijo menor se había marchado a París a hurtadillas? Tal vez sólo el padre de Nicolas. No obstante mi huella, mis genes, quedó en el vientre de muchas mujeres. Tuve varios hijos. Hay quienes tienen mi legado sin siquiera saberlo. Gente que creció a espaldas de la verdadera historia que debió ser narrada. Mi irresponsabilidad. Sin embargo, no me pesa. No me lastima. No me importa. La única familia que me duele recordar es aquella que formé en New Orleans.

Louis se encuentra frente a la chimenea, con un libro abierto y los ojos cargados de una emoción extraña. Lo conozco bien. Sé que sigue siendo el mismo pese a ciertos cambios que se han introducido en su forma de desenvolverse con sus víctimas. Tiene las mejillas sonrosadas por la sangre que ha logrado conseguir de un borracho hace unas horas. El alcohol no le afecta como antaño, sólo provoca que sonría maliciosamente ante el sabor ligeramente distinto y peculiar. Lleva un suéter de cuello de tortuga color verde cazería, de punto grueso, que parece abrigarlo y retener el calor de la sangre ingerida. Sus pantalones son unos jeans comunes. Creo que son míos, aunque no estoy seguro, pues le quedan algo grandes aunque perfectos con esas botas. Esas se las conseguí yo poco después de venir a vivir conmigo. Está leyendo “Cuento de Navidad” de Dickens. Creo que todos lo hemos hecho alguna que otra Navidad como un ritual extraño. Quizás nos regocijamos de la maldad intrínseca en la historia, la esperanza y el deseo espiritual de llevar una vida feliz. Los vampiros no somos completamente felices, quizás porque hemos visto demasiado.

Claudia no se ha aparecido últimamente. Me pregunto si sólo eran alucinaciones mías, pero si David pudo verla significa que no era así. No quiero pensar en ella. Me duele hacerlo. Cuando veo a las niñas de su aspecto noto sentimientos encontrados que me dividen. Jamás debí crearla, pero algo en mí me dice que hubiese cometido ese pecado mil veces. La felicidad que aportó a mi vida, la experiencia que viví, era necesaria.

Mi madre no ha regresado al castillo. Dudo que lo haga. Detesta este lugar y opina que ha sido una estupidez malgastar así mi dinero. Cree que no debí mover siquiera una piedra. Claro, para ella esto es una cárcel y un monumento al dolor. No la juzgo. Sé bien que el dolor que ella carga es mucho, pero que aún así es capaz de ser libre.

El resto de amigos, incluyendo a Armand, parecen disfrutar de estas fechas con diversa pasión. Sé que él cree aún en Dios y celebra el advenimiento de su Salvador. Desconozco si Marius se prestará a darle cobijo a su lado, junto a Daniel, porque la última vez que lo vi contemplé a un hombre casi derrumbado y a un inmortal, sabio y poderoso, sin saber como darle explicación a todo el sufrimiento que habíamos vivido.


El crepitar de la lumbre me llama. Es como un canto de sirena. Es especial.

Lestat de Lioncourt   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt