Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 6 de diciembre de 2016

Marius

Avicus y Mael eran una pareja extra...

Lestat de Lioncourt 


Conocí a Marius a través de los relatos de mi criatura, el ser al que le insuflé esta vida eterna y logré salvar de su propio dolor. Mael me arrastró hacia el bosque. Decía que no merecíamos ser dioses ni vivir encerrados para satisfacer la curiosidad del hombre. Comprendió que lo divino iba más allá de la corteza de un árbol, más profundo que la brizna de hierba de los valles y por debajo de la superficie húmeda de las cascadas. Hablaba de una fuerza cósmica entre las estrellas, la naturaleza y el centro de este mundo. Decía que había algo más, pero que no éramos nosotros. Se volvió un hombre silencioso y pensativo. No obstante jamás se atrevió a llamar ignorantes a otros druidas y celtas que nos topábamos por los caminos.

Cruzamos océanos y mares, nos trasladamos a Italia y desde allí caminamos entre los bosques. El camino estaba siendo arduo. Él quería ver el mundo. Deseaba tener contacto con otros pueblos que no fuesen los romanos. Quería saborear en el ambiente los distintos léxicos, los sueños de los más pobres y de los opulentos. Era un hombre que ansiaba conocer ciudades sólo para maldecirlas. Tenía razón cuando decía que estos mares de gente, que la sociedad de las metrópolis, no valía nada comparado con un árbol centenario que da aire, sombra y vida.

Me había hablado de un romano, un hombre atlético y poco entrenado en la cultura celta, que despreció sus cuidados y aquellos conocimientos que él le entregó. Había desnudado su alma, su cultura, su religión y todo lo que era su pueblo ante un hombre que tenía la mitad de la sangre de una mujer de su pueblo. Pero la sangre que tenía Marius, como así se llamaba, no era lo suficientemente vinculante con las supersticiones y creencias que este le ofreció como un maravilloso regalo.

—Háblame más de ese tal Marius—dije una vez sentado frente a una hoguera que habíamos hecho con ramas secas. Estábamos en una gruta, la cual había sido deshabitada hacía demasiado tiempo.

—¿Para qué? Ya sabes todo. Era un idiota, una persona que no escucha a otros y un maldito bastardo que quiso comprar su libertad con vino y putas—dijo molesto.

Sus ojos azules brillaban como las llamas que danzaban sobre los pedazos de madera, su cabello parecía blanco en vez de rubio debido a los reflejos del fuego, y sus manos se acercaban afanosamente para retirarlas horrorizado. Quizá recordaba como echaron a la hoguera al vampiro que creó a Marius, pero también pensaba que podía pensar que algún día él podría arder del mismo modo.

—Tengo curiosidad...

—Maldita curiosidad la tuya—chistó—. Mejor háblame de ti, de tu cultura.

Sonreí cuando me dijo que hablase de mí, pero me quedé callado. Sólo podía decirle sobre mis guerras, el duro entrenamiento militar y el terrible dolor que sentía ahora cuando pensaba que había asesinado inocentes, hermanos, seres que simplemente resguardaban su grano y sus tierras ante el ejército de lejanas tierras. No. No me sentía orgulloso.


Por eso sólo me aferré a él, besé sus mejillas y me quedé observando el fuego toda la noche hasta el amanecer. Antes que el sol despuntara estábamos bajo varios metros de tierra, a los pies de la montaña donde habíamos pasado las últimas horas calentándonos.  

domingo, 12 de junio de 2016

Amistad

Amistad entre seres... un pequeño escrito de Daniel para que recordemos que hay que estar unidos.


Lestat de Lioncourt


Los problemas de carácter afectan tanto a humanos como a todo tipo de criaturas. “La Tribu” como así fue denominada por Benjamín y que se extendió más allá de los vampiros y humanos, añadiendo también a los espíritus y fantasmas, nos recuerdan que cada uno es único. No existen dos seres idénticos en su carácter, aunque hemos encontrado similitudes entre los nuestros. Es posible encontrar características que generan una pequeña balanza positiva o negativa. En definitiva, podemos encontrar compatibilidades o destruirnos.

La relación de amistad más extraña que existe en nuestra tribu proviene de los nexos, o lazos, de unión de Marius Romanus y Mael. Ambos se conocieron cuando Marius decidió visitar Hispania como historiador. Cierta noche, en una taberna cualquiera, fue secuestrado tras ser drogado. Allí conoció profundamente sólo a un celta que entraba en su celda y le hablaba sobre su cultura, algo que Marius no deseaba conocer ni siquiera de forma superflua pese a ser hijo de una esclava celta. El druida intentó que comprendiera los múltiples motivos por los cuales él estaba encerrado, necesitaba seguir vivo, tenía que escuchar sus historias y asimilar que no volvería a ser el hombre libre que tanto amaba ser. Después de huir en plena ceremonia de conversión ambos creyeron que no volverían a verse, pero no fue así. Años más tarde, ambos ya como vampiros, se encontraron y decidieron unir fuerzas junto al Dios del Árbol que acompañaba a Mael. Fueron tiempos difíciles de lucha contra vampiros que creían en una religión abominable. Tras décadas compartiendo compañía Marius abandona Constantinopla y Mael se separa también de Avicus debido a que este ha encontrado una compañera, alguien que le fascina más que su propia creación, y aún así Marius y Mael vuelven a encontrarse un par de veces más.

Es una relación de supervivencia, de mutuo conocimiento y también de cariño aunque ambos lo nieguen. Sin embargo, el fuerte carácter de ambos impiden que sean los típicos amigos sociables que se apoyan en todo. Difieren siempre y se llevan la contraria como si eso fuese lo que mantuviese la chispa. Pero hay amistades profundas que no tienen este contenido tan explosivo, aunque uno de ellos siempre está metiéndose en problemas y el otro ayudándole a solventarlos no sin antes comportarse como si fuese su padre. Lestat de Lioncourt y David Talbot se conocieron tras el concierto de Akasha, aunque el director de la Orden de la Talamasca ya conocía bien quien era. Y es que pocos podían negar conocer al vampiro más famoso de los últimos tiempos. Han sido varias aventuras donde hemos visto un equipo fabuloso, pero también sus diferencias. No obstante no es una amistad explosiva como la del romano y el celta.

También hemos encontrado amistades profundas entre mujeres. No podemos olvidar la fascinación, respeto y amor que despertó Maharet en Pandora. Ella admiró su bondad, su discreción y laborioso trabajo que hizo siguiendo a su familia desde el primer momento. Aquello sobrecogió a la primera creación de Marius y logró que fueran amigas. Cuando Maharet murió fue un terrible impacto para Pandora. Aunque seamos sinceros incluso fue un momento trágico para Gabrielle ya que también la conocía. Pocos podían decir que no eran amigos de Maharet o no la querían. Hay seres que tienen un don especial para llamar la atención de todos por su amabilidad y bondad.

La amistad entre espíritus y vampiros es un hecho igual que la amistad entre vampiros y humanos, aunque esta última es más peligrosa y mucho más frágil. Existe dos Talamasca. Una Talamasca es la visible, aquella que se presenta con una elegante tarjeta y te piden que les cuestes los fenómenos que suceden a tu alrededor. Después está la otra que está formada por espíritus, fantasmas y vampiros que siguen informando y colaborando con los primeros sin que estos lo sepan. Son fuertes vínculos de respeto.


En definitiva, la amistad existe pese a que algunos tienen un carácter casi imposible de soportar.  

sábado, 5 de marzo de 2016

Sincera amistad

La amistad de verdad se labra con el tiempo.

Lestat de Lioncourt

El trato había finalizado con éxito. Mis camafeos se exportarían en una línea más juvenil y asequible por gran parte de Asia. Sentía que al fin se respetaba mi trabajo. Tendría que esforzarme por hacer llegar a mis orfebres los nuevos bocetos, la documentación sobre los productos que deberían conseguir para elaborarlos, junto a los listados de empresas distribuidoras donde serían transportados una vez empaquetados y etiquetados correctamente.

Nada más llegar me deshice de mi ropa y llené la bañera. Necesitaba olvidarme de todo lo que había ocurrido en aquella inmensa sala de reuniones. También deseaba alejar el frío que había calado en mis huesos con la terrible humedad de un invierno lluvioso y desapacible.

—Has logrado un acuerdo magnífico—dijo entrando en el baño.

—Manfred, estoy bañándome—susurré aún con los ojos cerrados.

El vapor del agua caliente se elevaba hacia el techo, la Ópera de Carmen bramaba en su esplendor agitando los azulejos del baño y el agua estancada en la bañera. Mis manos acariciaban el borde mientras mis piernas se movían sutilmente.

—Sólo deseaba agradecerte el haberme escuchado—comentó arrodillándose cerca del borde—. Al fin exportarás tu arte. Tienes un don y no debes ocultarlo—sus manos arrugadas, de nudillos peludos y llenas manchas por la edad asomaron aferrándose a la bañera—. Gracias.

—Tenías razón—dije abriendo los ojos dejando que lo primero que viese fuese su rostro bondadoso.

Manfred jamás había sido atractivo, pero poseía un encanto que ninguna mujer y hombre podía obviar. Se puede decir que su carisma y la locura de sus maravillosos ojos claros hablaban por sí mismo. Además, era comprensivo. Siempre había intentado comprender mi carácter explosivo debido a mis inseguridades y viejas heridas. Me mostraba como alguien firme y sereno frente a mis empleados, pero en el hogar la imagen frágil regresaba mientras Arion me sostenía y él observaba en silencio.

—Arion está feliz—soltó una carcajada y luego se sentó en el suelo, apoyando su espalda contra el borde de la bañera, mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Apenas quedaban cabellos en su cabeza. Lo había convertido cuando ya estaba al borde de la muerte. Hice una promesa que creí que no cumpliría. Él quería riquezas, una vida cómoda y tranquila en algún lugar donde nadie le reconociese, junto a alguien que realmente le amara y soportara su humor absurdo y sus ensoñaciones. Aquel ladrón siempre tuvo buen corazón y yo decidí apostar fuerte a aquella mano. Hicimos un acuerdo para conseguir tierras para ambos. Él las administraría, tendría sus beneficios, y yo podría construirme un santuario para alejarme algunos meses al año de Nápoles y de Arion.

Jamás he querido aceptar que él me sostiene. Mi querido maestro es el pilar básico para mi cordura. Me molesta saber que soy tan frágil y por eso quería alejarme para meditar, leer y sentir el sabor de una soledad buscada. Manfred aceptó y yo firmé toda la documentación pertinente. El acuerdo constaba de un plus añadido. Si él en algún momento deseaba la vida eterna se la concedería. Sin embargo yo creí que Virginia viviría para siempre y él moriría de viejo a su lado. No fue así. Ella tenía un carácter fuerte y bondadoso, pero la vida y su salud decidieron ser frágiles y crueles.


Mi viejo amigo decidió vivir eternamente para conservar los hermosos recuerdos junto a la madre de sus hijos, así como para purgar todos sus pecados en este mundo. Y yo, claro está, acepté como acepté en su momento el estrechar su mano joven y desafiante. No me arrepiento de ello. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Grandes amistades

Arjun quiere compartirnos como es la amistad con Flavius. ¡Me encanta cuando dos inmortales se llevan bien! 

Lestat de Lioncourt

Había oído sobre aquel nombre de los propios labios de Pandora. Ella parecía ensimismada cuando recordaba la época en la cual fue humana. Aunque no sé si podemos decir que dejamos de serlo gracias a los recientes estudios del doctor Fareed, el cual logró regresar la pierna a este hombre. Flavius siempre destacó en los relatos de mi amada creadora. Era como una figura esencial en un acto teatral que tuvo que finalizar por miedo al monstruo de la función.

Frente a mí tenía un hombre que rondaba los treinta años, de rostro limpio de cualquier vello, con los ojos claros apuntando a los míos y una boca carnosa envolviendo una sonrisa fresca. Su piel era blanca como la leche, pero no parecía una estatua de mármol. Allí de pie se mostraba humilde aunque impresionante. Entre sus manos no había libro alguno, pero sabía que era un amante de la literatura. Conocía bien sus pasiones y sus buenos gustos. Sin duda el hombre ideal para muchas mujeres, pero que rechazaba a todas porque sus sentimientos no iban encaminado hacia ellas.

Fue un esclavo. Yo era príncipe. Dos vidas opuestas. Él no tuvo nada a lo que aferrarse jamás salvo al respeto de su amo. Yo, por el contrario, me encontraba sumido en una depresión porque las numerosas responsabilidades me agobiaban. Siempre detesté tomar un arma pues no era hombre de acción. Yo no deseaba matar a nadie. Flavius no le hubiese importado matar para sobrevivir, pues era un excelente cazador. Pero ambos teníamos algo que no poseía Marius y era el profundo respeto de Pandora. Nosotros la deseábamos libre para pensar y actuar, él la deseaba atada a un estilo de vida que era impropio ya de cualquier género.

No fue extraño que nos apartáramos para conversar. Él me dio un abrazo sincero rodeándome con sus fuertes brazos, acariciando mis oscuros cabellos y diciéndome en tono bajo que era un hombre bueno. Me sentía sucio y cobarde al haber asesinado vilmente a decenas de jóvenes, quizá cientos, aquella horrible noche. Pero no era yo sino Amel quien ocupaba mi cuerpo. Todos lo sabían. Pandora me había perdonado y Flavius parecía compadecerme.

He descubierto en este inmortal a un hermano, un amigo, un ser excepcional y un gran hombre. Comprendo bien porque Pandora lo transformó en vampiro para que fuese una leyenda. Alguien como él merecía un premio a su honradez y lealtad. Podía imaginarlo en la antigüedad con su pierna de mármol y su pose de erudito abrazándola, consolándola como buenamente podía, mientras ella sentía el peso del mundo sobre sus hombros. No sentía celos, sino un profundo afecto y agradecimiento.


Escuchar de labios de Flavius el amor puro y sincero que tenía hacia Pandora me animó a confesar el mío apasionado, puro y sincero. Hablé con él de mis largos sueños donde ella tomaba mi mano y bailaba conmigo; pero también de los poemas que imaginé ocasionalmente y de las palabras que no podía olvidar. Él reía contándome las historias de los libros que había leído, las distintas sociedades que había conocido y la sensación que era tener una nueva pierna. Jamás olvidaré esa conversación. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Dos monstruos en un café

A media luz, como le gustan a los bohemios y a los amantes, sentados en un café apartados del bullicio ancestral de ese enjambre de almas que puede ser la ciudad, las calles céntricas y sus correveidile. En el mostrador un joven atendía rápidamente los pedidos y dos jóvenes camareras distribuían estos por las mesas. Olía a café, té, dulces recién elaborados y pan caliente. Era tarde. Muchos apenas estaban abriendo los ojos y nosotros prácticamente dormitábamos.

Él estaba frente a mí, vestido como cualquier otro adolescente, con esos cabellos castaño rojizos tan perfectamente peinados, igual que si acabara de cepillarlos, mirándome con sus enormes ojos cafés llenos de una emoción extraña, mestiza y profunda. Me miraba con detenimiento, pero a la vez intentaba no dejarse llevar por los recuerdos, buenos y malos, que le aprisionaban con fuerza.

—Hay miles que te darán sus consejos de forma gratuita, sin necesidad de pedirlos, pero tú decidirás siempre tomar el camino más difícil—murmuró sin inmutarse cuando una de las jóvenes, de estilizado cuello de cisne y hermosos ojos azules, dejó la taza de cacao frente a él.

Era hermosa y radiante. Poseía un aspecto fresco y divertido. Parecía la primavera encarnada en mujer, pues tenía las mejillas sonrojadas y la piel nívea e impoluta. Sus largos cabellos rubios estaban trenzados y recogidos en un moño grueso, el cual parecía una espiga de trigo recogida sobre sí misma. Hermosa, sin duda. Era bella y joven. Posiblemente no tenía más de veinte años. Sus pechos turgentes se insinuaban en el ligero escote de su jersey. Sus pantalones eran ajustados y ayudaban a imaginar sus largas piernas. Pero él ni la miró. Posiblemente para él la mujer más hermosa estaba en su mansión, a unas cuantas manzanas, tocando apasionadamente el piano.

—Me gusta el camino difícil, es más divertido—respondí riéndome bajo.

La chica dejó un café muy cerca de mis manos, pero también una escueta nota con su número de teléfono. Ni siquiera me había dignado a coquetear con ella, sin embargo ella había tomado la iniciativa. No dudé en guiñarle un ojo bajando mis gafas violetas de aviador, para luego recostarme en el asiento.

—Y también peligroso—apostilló.

—Lo peligroso también es divertido, pues cuanto más al borde estás de la muerte, o de perder algo que realmente aprecias, comprendes cuan importante es conservar la vida o la esperanza—tomé la taza entre mis manos, sintiendo su agradable calor, para luego echar una carcajada al aire. Me divertía—. Te haces astuto.

—¿Astuto? Jamás aprendes—dijo—. No seas mentiroso.

Había arrugado su pequeña nariz y bufado como si fuese un gato molesto. Me entraron unas ganas terribles de revolver su pelo, abrazarlo y susurrarle al oído que se veía adorable, igual que un niño pequeño enojado porque su cometa se perdió. Era peligroso, pero a mí me parecía inocente.

—La mentira es un don, pero ésta vez no he mentido—musité olfateando el café e imitando un corto sorbo.

—Yo no te veo más astuto—respondió con una sonrisa llena de malicia.

—Soy más sibarita a la hora de aceptar aventuras—puse la taza sobre su plato, y meneé suavemente mi cabeza a ritmo de aquella balada de rock alternativo que sonaba en la radio. Quería bailar y moverme entre las mesas, igual que si fuese un escenario y yo su estrella principal, pero me contuve.



—Puede...

—¿Y qué has aprendido tú?—pregunté por preguntar, aunque debo admitir que me moría de curiosidad—. Hace tiempo que no tengo conocimiento de tus aventuras, de tus locuras y motivaciones.

—Como bien sabes he seguido alguno de tus consejos, pero otros los he desechado—susurró tomando la taza entre sus pequeños y finos dedos. Eran manos pequeñas, como las de un ángel, y tan blancas como las de una muñeca de porcelana. Apenas quedaban restos de aquella exposición al sol. Se había curado rápido, pero juraría que aún le dolían algunas heridas. No parecía un monstruo de mármol, pero sí tenía un ligero aspecto de talla venerada en las iglesias.

—Vaya, ¿sigues mis consejos?—dije divertido.

—En cuanto a la literatura sí, pues quiero comprender más los sentimientos humanos. ¿Y qué mejor lugar que la literatura para hallarlos? También está la música, el cine, y la tecnología...—sus ojos brillaban cuando hablaban de sus motivaciones. No era el Armand de hacía siglos. Él era distinto. Algo en él había cambiado mágicamente y eso, sin duda alguna, me hacía feliz.

—¿Sigues desguazando objetos para comprender su mágico funcionamiento?—entrecerré los ojos y moví los dedos como si lo hechizara, pero él ni se inmutó.

—A ratos.—suspiró mirando por la ventana. Había comenzado a llover. Eran las seis de la mañana y el amanecer estaba como a una hora. Pronto tendríamos que marcharnos de allí, no sin antes dejar una buena propina.

—No has cambiado nada en éstos años—dije para molestarle, pues no era cierto.

—Ah... ¿y tú sí?

Giró su rostro hacia mí y por primera vez, en mucho tiempo, pude ver de nuevo a ese muchacho perdido en París. Era hermoso. Definitivamente cualquiera podría enamorarse de él. Bajo esas ropas aún imaginaba su cintura estrecha, sus hombros diminutos y frágiles, esa espalda menuda y sus elegantes pasos por el mármol. Podría verlo moverse con descaro frente a los santos, bajo las luces de las velas de aquella enorme iglesia, mientras el resto de sus seguidores creían que moriríamos si pisábamos el interior de una.

—Tal vez me he vuelto más precavido, pero sigo siendo el mismo iluso de siempre—me encogí de hombros y me dejé llevar por la canción tarareándola. Había escuchado ese tema en las últimas noches. Amel parecía disfrutar del ritmo y yo también—. Bueno, eso dicen.

—¿Crees todavía en nuestro Señor?—no me esperaba esa pregunta, así que supongo que en mi rostro se vio cierta sorpresa.

—No, Armand. Ya no creo en el concepto del Bien y en el Mal, pero sí en el amor. ¿Crees en el amor más allá de Dios?—pregunté.

—Creo, pero aún estoy ciego—hizo un inciso y suspiró recostándose en el asiento—. No comprendo bien el amor, pero lo codicio. Es un extraño vals que...

—Amas, Armand. Sabes amar, pero no lo comprendes. Es difícil de comprender el amor, pues hay que dejarse de egoísmos y centrarse en lo importante que es la felicidad de esa persona que amas, codicias y necesitas. Sin embargo, tienes que aprender a dejar que el amor sea libre y no a retenerlo hasta que se marchita.

Mis palabras surgieron solas, del mismo modo que me levanté de improvisto para sentarme a su lado, tomar sus manos entre las mías y notar el calor frío de éstas. Quería besarlo allí mismo. Necesitaba llenar su rostro con hermosos y dulces besos que le hicieran olvidar el dolor, la soledad y las promesas rotas. Tantas promesas rotas, tan preciadas y significativas, como esas alas que una vez se perdieron quedando tan sólo dibujadas, como si nada, en aquel hermoso cuadro.

—Pero yo quiero ser amado...—dijo a punto de romper en lágrimas.

—Eres amado—le aseguré.

—¿Por quién?—su voz sonó ahogada por lágrimas que no querían surgir, pues él las retenía con fuerza.

—Por muchos, Armand—chisté—. Incluso yo te amo.

—¿Me amas?—preguntó confuso.

—Creo que siempre te he amado a mi modo, pequeño monstruo de rostro de ángel—le guié provocando que se moviera molesto, apartando mis manos de las suyas, para girarse instintivamente hacia la ventana. Un gesto huraño, pero típico de él.

—¡Muérete!—dijo levantándose dispuesto a huir.

De inmediato lo retuve entre mis brazos, ofreciéndole el olor agradable de mi colonia y el tacto ligeramente frío del cuero de mi chaqueta. Era incorregible. Parecía un rockero trasnochado y él el pobre diablillo de mi hermano pequeño, o quizás un primo, al que tenía que custodiar para llegar bien a casa.

—No puedo, soy terriblemente inmortal y si desapareciera, si ocurriera esa desgracia, tú llorarías tanto como mi madre, Louis o David—susurré cerca de su oído, para luego besar suavemente sus mejillas—. Jamás desapareceré. Ya no puedes librarte de mí.




Lestat de Lioncourt 

martes, 27 de octubre de 2015

Renacer

Allí estaba frente a mí con aquel aspecto nuevo. Lo observaba como quien observa el David de Miguel Ángel por primera vez. Contemplé sus hermosas proporciones, sus marcados pómulos, sus profundos ojos almendrados y su boca carnosa. Parecía un joven más, pero yo podía ver que quien respiraba era mi gran amigo de Talamasca. Estaba allí de cuerpo presente, aunque sin ser el hombre que todos conocían. Animaba un cuerpo joven que yo conocía íntimamente, pero que él llenaba a la perfección.

Quise correr hacia él, pero lo evité. Durante varios segundos me dediqué a contemplarlo. Para un ser humano puede ser un pestañeo, pero para un vampiro no lo es tanto. Podemos movernos rápido, pensar aún más rápido y guardar los detalles con gran exactitud. A pesar que no olía a su clásica colonia, ni vestía con su elegante taje, podía ver en él el hombre que era el modelo a seguir para muchos novicios en su querida Orden de Investigadores de lo Paranormal. Allí estaba. ¡Qué prodigio! Se había salvado del mismo modo que yo, pero él no había tenido la suerte de volver a su antiguo cuerpo. Él estaba en uno mucho más joven, atlético y distinto. Los rasgos anglo-hindúes le daban un toque exótico, como exótica fue su vida en las junglas y manglares. Él, un hombre de acción, tenía un cuerpo que podía usar para conquistar el mundo si así lo requería.

Di un par de pasos hacia él conteniendo mis ganas de llorar y estrecharlo, hasta que al final lo hicimos. Oh, mon Dieu! Fue delicioso poder sentir sus brazos rodeándome como a un hermano, un igual, después de un naufragio tan terrible en un mundo tan desconocido para mí, pero no tanto para él. Los trucos sucios de Raglan se habían diluido como el azúcar en agua caliente. No quedaba nada salvo los recuerdos.


Deseé de nuevo convertirlo y lo hice. Pese a que pudiese odiarme en un futuro. Tenía que hacerlo. No podía verlo envejecer otra vez y poder perder su amistad. No. Me negaba en rotundo a que eso pasase.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 5 de octubre de 2015

Recuerdo con amor

Thorne es uno de esos vampiros sinceros y amables que sólo quieren amar y recordar.

Lestat de Lioncourt


Logré que me perdonara. Ella, la bruja que me convirtió en su protector y amigo, una mujer distinta. Era bondadosa, con un corazón demasiado vulnerable, llena de esperanzas y principios. Su mayor orgullo era su familia, a la cual protegió y defendió siempre. Me consta que amaba a su hermana como una prolongación de sí misma. Ella me habló de Mekare con una ternura, un amor y un cuidado similar al que yo había tenido hacia mis hermanas, las cuales llevaban años muertas. Un hombre de apariencia ruda, atado a una espada, se convirtió al fin en un protector afable que se divertía acariciando los telares de aquella mujer de cabello pelirrojo.

Su piel era como la leche, la nieve fresca y las sábanas limpias. Amaba acariciar sus mejillas y sorprenderme por lo cálidas que podían estar tras alimentarse. Muchas veces la vi sonrojarse ante mis inquietudes, también sentí sus abrazos reconfortantes cuando la pena me ahogaba. Me enseñó a mostrar mis sentimientos, sin tapujos, porque ello me hacía más fuerte.

Decidió que debíamos dividirnos. Ella tenía que seguir su camino en éste mundo y no me podía enseñar nada más. Comentó que mejoraría como hombre, vampiro y guerrero si caminaba solo, aprendiendo a conquistar nuevas enseñanzas, y que, algún día, volveríamos a encontrarnos. Fue una promesa que cumplimos.

Dormía profundamente cuando Akasha atacó al mundo. Tomé la decisión de ocultarme, por miedo a ser destruido. Ella me avisó que si alguna vez ella atacaba, ya que era probable, y no debía interceder. Era su lucha, no la mía. La lucha de su hermana y el hombre que la creó, un vampiro egipcio que estaría por siempre vinculado a ella más allá de la sangre. Ese vampiro era Khayman, el Benjamín del Diablo, y padre de su única hija que fue semilla que dio frutos. ¡Oh! ¡Qué maravillosos frutos! Había descendientes de la pelirroja y el mayordomo egipcio por todo el mundo. Conocí a muchos. Fue un placer jugar con ellos a ser humano y lo hice en su compañía, después de nuestro encuentro fortuito junto a Marius.

Marius es un gran amigo, pero reconozco que Khayman fue un gran hermano. Aprendí de él la belleza de un mundo que desconocía. Me habló de los secretos de Kemet. Amé su voz profunda, sus abrazos sinceros y las canciones que me enseñó mientras tallábamos cerca del fuego. Del mismo modo que amé profundamente a la descendiente más fuerte y hermosa de todas, a la que más se parecía a ella. Sí, hablo de Jesse. Amé a Jesse y la amaré siempre.


Hoy estoy frente a su tumba, como muchas veces en éstos meses, con un hermoso ramo de flores silvestres de floristería. He limpiado la poca hojarasca que ha caído sobre la lápida y he llorado. Admito que lloro y me gusta hacerlo, pues es la libre expresión de mis sentimientos. Estoy aquí, pues los siento cerca, y converso con ellos como en esas noches tranquilas en medio de la jungla.  

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Amistad en Kemet

Khayman y Enkil tenían un vínculo especial. Lástima que todo se destrozara.

Lestat de Lioncourt


Sentado fuera de la tienda, con sus enormes ojos negros enfocados en las estrellas, se preguntaba si su nombre perduraría tanto como esas luces, las cuales solía creer que eran los viejos reyes guiándonos, las almas de aquellos que amábamos y que ya no estaban para aconsejarnos. Él las contemplaba con deseo y codicia. Siempre deseó ser poderoso y tener al ejército bajo su mando. Fue un hombre tenaz y atento, pero también torpe en su forma de tratar al resto. Demasiado dócil, demasiado atento... Enkil se endureció cuando la conoció a ella, absolutamente manipulado por sus consejos poco prácticos, convirtiéndolo en una sombra ruin y amenazante.

Tomé asiento a su lado en silencio. Tenía un vaso de cerveza entre mis manos, observaba las dunas amontonándose frente a notros, y las estrellas que turbaban su mente soñadora. Quise hablar, pero no logré decir nada. Tan sólo suspiré y eché hacia atrás mi larga cabellera negra. Esperé que él me diese alguna indicación, pero sólo colocó su mano derecha sobre mi muslo izquierdo, apretándolo ligeramente, sin dejar de mirar al frente. Noté su inquietud y su necesidad.

De un trago acabé mi bebida y dejé el vaso cerca de mis sandalias, después giré mi rostro hacia él y él hizo el mismo gesto hacia mí. Nos miramos. Sus ojos estaban inquietos y parecía fatigado. Teníamos que hallar a las brujas y llevarlas frente a su esposa, la cual era quien gobernaba realmente. Noté como me suplicaba ayuda y lo único que le ofrecí, como un fugaz consuelo, fue un beso largo y entregado.


Callé sus lágrimas en un beso y un abrazo, como si eso fuese suficiente. Sin embargo, él terminó ocultándose en mi pecho llorando amargamente el haber cambiado las leyes funerarias, pues incluso él veía un pecado terrible momificar y conservar los restos de los nuestros. Aún así, por eso mismo hemos pasado a la historia. Una historia tan extensa como las raíces de la semilla que poco después plantaría, en el vientre de una de las brujas pelirrojas.  

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nuevo amigo

Armand y Gregory se hicieron buenos amigos. Me alegra que ésta reunión sirviera para algo.


Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Vestía un traje impecable hecho a medida que le sentaba como un guante. Aquel vampiro poseía algo más que elegancia. Tenía una belleza exquisita y unos modales perfectos. Se movía por la sala como un ejecutivo en una atestada sala de reuniones. Caminaba con seguridad y sus ojos eran profundos, de mirada sosegada e inquietantes. Jamás me había sentido tan intimidado por un igual. Supe que él era Gregory sin necesidad de presentaciones.

Me acerqué a él extendiendo mi brazo derecho, ofreciéndole mi mano. Benjamín había hecho que pasara, dándole la bienvenida a nuestro hogar. Él parecía maravillado conmigo, la habitación y la música de Sybelle. El tacto de su mano fue irresistible, así como el perfume masculino que lo envolvía. Cualquiera se hubiese enamorado de aquel hombre que parecía un humano más, con su piel tostada que realzaban hermosos rasgos árabes.

—Estoy aquí porque me necesitáis. Ha ocurrido grandes tragedias y he decidido ofrecer mi ayuda—explicó mientras su comitiva, de diversos vampiros milenarios, entraban en la sala tras él.

—Es un placer. Como dije en nuestra conversación, aunque no tuve la oportunidad de hablar durante mucho tiempo, mi casa es su casa y son bienvenidos todos—sonreí maravillado.

Gregory fue amante de la reina. Muchos hubiesen temido su aparición, pues era un rival perfecto para Khayman. Sin embargo, hacía tiempo que las disputas entre ambos había muerto. Él fue libre del amor de Akasha, del poder que caía sobre sus hombros y del ejército que aullaba consignas creyendo que él lo hacía todo por honor, aunque realmente lo hacía por temor a ser destruido. Desde ese momento sentí que deseaba conocer todo de él, que podía abrirme a sus consejos y eso hice.


Ahora aguardo fuera de su oficina, sentado en la sala de espera de uno de los edificios más maravillosos de Suiza, esperando que me atienda. Ya ha caído la noche. Él podría aparecer en cualquier momento. Su secretaria me ha anunciado hace más de unos minutos. Quiero saber de él, necesito hablar con Gregory. Sus consejos sirvieron para que mi corazón de piedra volviese a latir. He aprendido amar aceptando que puede ser complicado y terrible, pero necesario.  

lunes, 21 de septiembre de 2015

Amistad

Flavius y Arjun, así como Pandora, se han hecho amigos. Un trío extraño que es posible ver caminando juntos, conversando. Me alegra que ellos pudieran reunirse y conocerse mejor que nunca.

Lestat de Lioncourt


—No te veo tan temible.

Aquellas palabras sacaron a Arjun un alegre risotada. Hacía tiempo que aquel inmortal de origen hindú, como noble, no reía de forma tan libre. La pena le había ahogado, la soledad le había enterrado y el dolor se había hecho su compañía más fiel. Sin embargo, allí reunido con tantos rostros nuevos como conocidos, se sintió vivo y olvidó por unos instantes la pesadilla.

El fuego quemando a cientos de jóvenes, las ascuas consumiendo todo, el olor a sangre y el humo ascendiendo hacia el cielo nocturno, el cual se tiñó de luto mucho antes que él apareciera. Los había hallado de improvisto, con su mente turbada, matándolos a todos sin oportunidad alguna. Ese recuerdo permanecía en su mente y se repetía, a punto de volverlo loco, pero el conocer a otros y el ser perdonado por Pandora, a la cual jamás dejó de amar, le hizo sentirse nuevamente libre y confiado.

—Gracias, supongo que puedo tomarlo como un halago—comentó acomodándose en aquel hermoso diván cercano a la chimenea.

Vestía un dhoti blanco, así como una kurta del mismo color, con unos bordados dorados muy llamativos. Su largo cabello negro, que no había sido cortado ni domado aquella noche, caía sobre sus hombros dándole un aspecto cuasi salvaje aunque majestuoso. Sus profundos ojos negros se clavaban en los claros, soñadores y bondadosos de Flavius. El antiguo esclavo griego parecía más vivo que nunca, sobre todo gracias a su nueva pierna que aún parecía cobrar vida propia. Flavius vestía ropas más europeas, pero igualmente cómodas. Sólo llevaba un pantalón tejano y un suéter de cuello alto, cosa que provocaba que Arjun lo observara imaginándolo con las viejas prendas típicas de la Roma o Grecia antigua.

—Sí, así es—explicó—. No comprendo porqué Pandora te temía.

—No creo que fuese a mí, sino a mis sentimientos.

Arjun no tomó aquel comentario como una insolencia, sino como un comentario lleno de inocencia. No había suspicacia en él, ni maldad y menos crueldad. En Flavius veía un igual. Pandora había dado la oportunidad a un buen hombre y él lo estaba empezando a amar, aunque no podía decírselo. Era un amor de hermandad, así como algo cómplice, pues la humildad y bondad de Flavius le hacía sentirse cómodo.

—Miedo al amor—comentó Flavius.

—Quizás a enfrentarse a un amor distinto al de Marius—dijo recostándose mejor en aquella pieza.

—Un amor para nada egoísta—apuntilló el griego.

—No, simplemente un amor distinto—susurró Arjun.

—Me alegra que alguien la ame tan profundamente—una sonrisa dulce apareció en el rostro de Flavius, dándole un aspecto muy soñador.

—A mí me alegra muchísimo conocerte a ti—dijo incorporándose, para tomar asiento al lado de Flavius, en el otro extremo del diván donde se encontraba su acompañante. Ambos había elegido esos muebles cómodos, elegantes y en un rincón apacible de la sala. La música sonaba de fondo, pero como si fueran las olas de un mar casi en calma—. He oído hablar en numerosas ocasiones sobre tus grandes virtudes, tu pasión por la literatura y tu gran fidelidad.

—Siempre seré fiel a Pandora, pues ella es mi creadora y una de mis mejores amigas—aseguró—. Creo que no he conocido mujer que la iguale.

—Puedo decir lo mismo—respondió.

—¿Qué harás ahora?—preguntó Flavius con ciertas inquietudes, pues él se hallaba nervioso con respecto al futuro.

—Viajar con ella, si así lo desea. ¿Y tú?

—Temo elegir—murmuró el griego—. No quiero elegir. Deseo estar con los inmortales que tanto aprecio, pues son como mi familia, pero no deseo perder el contacto con ella.

—Siempre puedes escribir cartas llenas de cariño sincero y buscarme a mí, para que podamos vernos los tres. Será un placer poder conversar contigo en cualquier momento y circunstancia, pues incluso en éstas, que no son las más propicias, me siento infinitamente agradecido y feliz por conocerte.

Aquella invitación, tan simple como atractiva, fue aceptada por Flavius. Meses más tarde de aquel encuentro, cuando Arjun esperaba distraerse con un nuevo libro de poesía en una abarrotada librería, escuchó la voz de Flavius llamándolos. Pedía una cita. Quería ver a su vieja amiga y a su nuevo amigo. Ella estaba inmersa en sus compras habituales, pues desde la visita de David escribía todas las noches aunque fuesen frases breves. Arjun la rodeó por la espalda, despejó su cuello dejando el cabello hacia el lado izquierdo y susurró en su oído las buenas noticias.

Noches más tarde paseaban los tres por Londres, como si fueran un mismo ser. Conversaban sobre el mundo, la interrupción de la tecnología, los nuevos avances en la ciencia, la cultura que muchos despreciaban y los clásicos de la poesía que enamoraban todavía a sus palpitantes corazones.


sábado, 15 de agosto de 2015

Incorregible

—¡Nunca me escuchas!—gritó furibundo—. Estoy cansado de arriesgarme la vida por ti. ¡Harto de sufrir por ti! ¿Y qué gano yo?—preguntó apretando su torso con ambas manos.

—La última vez creo que te fue bastante bien. Mírate, tienes un cuerpo joven y atractivo. ¡Oh! Sin olvidar la vida eterna...—dije sin siquiera mirarlo.

—¡Lestat! ¡Es necesario que pares y cedas! Marius tiene razón y lo sabes. Lo sabes muy bien...—dijo acercándose a mí para agarrarme de las solapas de mi chaqueta—. Lestat, hazlo de una vez. ¡Madura!

—Las frutas maduran, los vampiros sólo nos volvemos más nosotros mismos—susurré con descaro provocando que me empujara contra la mesa próxima a nosotros.

Los documentos cayeron al suelo, igual que la lámpara, y la mesa se trasladó varios metros. David estaba frenético. Decía que Louis me necesitaba más de lo que yo podía imaginar, pero que sólo hacía oídos sordos a sus necesidades. Complacía a mi compañero con bienes materiales, cosa que no era más que algo superficial. Según mi buen amigo necesitaba cambiar, convertirme en un ser menos tranquilo y dejar de ser un hombre de acción. Eso era imposible.

—Ni el diablo te detendría—chistó.

—El diablo es una marioneta de Dios y Dios un invento del hombre—respondí incorporándome mientras acomodaba mi traje—. No puedo cambiar, David. Sólo puedo responsabilizarme de mis actos, si así lo deseas, pero no puedo cambiar. Me gusta comprender el mundo, experimentar todas las sensaciones posibles y arriesgarme.

—Arriesgas algo más que tu vida...—susurró.

—Quien no arriesga ni gana ni puede ganar—dije antes de salir por la puerta de su pequeño despacho, instalado en uno de mis numerosos departamentos. Había cedido un coqueto espacio en la ciudad, aunque era algo provisional, mientras él decidía donde estar.



Lestat de Lioncourt

sábado, 25 de julio de 2015

Amistad eterna

—Aunque no lo creas, te amo—dije sin pensarlo. Fue como una revelación que había estado ahí, a la vista de todos, y yo no hubiese sabido expresarlo hasta ese momento. Quizás fue el pánico de saber que era imposible aceptar algo como aquello, pues siempre habíamos sido rivales demasiado confrontados y con una historia trágica tras nuestras huellas.

Él me miró. Detuvo sus pasos y se giró para verme a los ojos. Su rostro no reflejaba emoción alguna. Por un instante creí que se había convertido en una escultura de mármol. Me recordó a la primera vez que lo vi con la escasa iluminación de las numerosas velas de la iglesia. Pude apreciar inclusive el olor a cera quemada, incienso y polvo. Como si fuese una ilusión sus ropas modernas, tan caras como elegantes, se convirtieron en aquella túnica oscura y raída. Su cabello, cepillado hacia atrás, volvió a estar enredado y lleno de musgo, tierra y polvo. De nuevo era el niño descalzo en la iglesia, el muchacho que parecía un ángel que acababa de caer a la tierra.

Dio un par de pasos hacia mí y la ilusión se rompió. Olí su caro perfume francés, el cual siempre lo envolvía con un ligero toque de jazmines y rosas. Era un aroma muy primaveral y fresco, para nada masculino. Posó sus manos sobre mi chaqueta y acarició las estrechas solapas, para colocar sus dedos sobre mis hombros y apretarlos ligeramente. Se puso de puntillas y aproximó sus labios a mis mejillas. Me dio dos besos en la cara, con una ternura impropia del monstruo que podía llegar a ser, y se quedó mirándome a escasos milímetros.

Creo que me perdí en aquellos profundos ojos castaños. Por un instante comprendí a Marius y sus visiones. Pude revivir el cuadro que él había pintado y que había escuchado describir en miles de ocasiones. Amel suspiró y después rió bajo mientras yo estrechaba a Armand entre mis brazos. Lo acaparaba como si fuese la última y única ocasión para hacerlo.

—Yo siempre te he amado—escuché como respuesta—. No comprendía el amor, tan sólo el capricho y la necesidad. Sin embargo, con el paso del tiempo me he dado cuenta que no sólo te quería para olvidar mi soledad, sino porque tú eres parte importante de mi historia y no sé que haría sin tu imprudencia, escaso tacto y estúpida sonrisa—se apartó de mí y dio dos pasos hacia atrás—. Me repatea lo estúpido que puedes ser, pero aún más me duele que te quedes callado y no me digas nada. Me he acostumbrado a discutir contigo y a quererte a mi modo—sonrió de forma apacible encogiéndose de hombros, como si quisiera restar importancia a sus palabras.


Algo en mí se movió y provocó que lo abrazara, besara en la boca y hundiera mis largos dedos en sus ondulados cabellos castaño rojizos. Aquel pelirrojo, de aspecto celestial, era un demonio lleno de sorpresas. Un demonio como lo era yo. Un demonio que no era ni malo ni bueno, sino consciente de sus virtudes y defectos. Le amaba porque él era parte de mi historia y de mi futuro.


El Jardín Salvaje FB  

lunes, 25 de mayo de 2015

Amistad

—¿Alguna vez serás responsable de tus actos?—preguntó mirándome con cierto desafío en sus ojos.

—Quizás—dije tras una honda carcajada. No podía evitarlo. Me divertía.

Era divertido ver esa expresión de furia contenida. Me agradaba su nuevo rostro, pero en sus ojos podía ver al hombre sereno de mirada cansada y cabellos canosos. Sabio entre los sabios. Siempre fue un oponente digno de cualquiera. Salvo yo. Yo no podía ser su oponente. No sabía enfrentarme a él y tampoco quería hacerlo. Era imposible. Formábamos una dualidad perfecta y una amalgama de sensaciones se mezclaban cuando recordaba nuestro pasado.

—¡Lestat!—exclamó—. Intento ser razonable.

—Pero ser razonable no es divertido mon ami—susurré meneando suavemente la cabeza hacia ambos lados—. ¿O te lo parece a ti?

—En la vida no todo es diversión—reclamó.

—Oh... pero ¿qué sería de la vida sin ella? Nada. Sería como éste Jardín Salvaje sin nuestras hermosas rosas de sangre—murmuré—. ¿Qué sería de la oscuridad sin los peligros que entraña? Es seductor ese peligro, al igual que lo es un demonio provocador que te lanza miradas aduladoras y te dice que te pondrá a tus pies mil imperios—sonreí sentándome en uno de mis maravillosos divanes. Amaba esos divanes. Siempre he adorado mi refinado gusto al elegir los muebles más ornamentados de mi época. Los anticuarios saben como adularme con joyas como esas cuando los visito. Me conocen bien.

—No te desvíes del tema—dijo señalándome con su dedo acusador, como si fuese Dios y yo un cordero fuera de su rebaño.

—Te comportas como si fueses mi padre—respondí exasperado.

—Porque tú eres peor que un niño—suspiró derrotado tomando asiento a mi lado.

De inmediato me incorporé abrazándolo. Me deshice de su corbata rápidamente, desabroché algunos botones de su camisa de seda blanca y colé mi mano derecha por el hueco de ésta. Mis dedos acariciaron su acaramelada piel y mis labios besaron su cuello, cerca del lóbulo de su oreja, mientras su zurda me acariciaba parcialmente el rostro.

—Amo como late tu corazón, pues latirá eternamente y sé que pase lo que pase, suceda lo que suceda, éste corazón latirá a mi lado defendiéndome. Tú eres un buen amigo—susurré en su oído, para luego ofrecerle un beso breve en la mejilla—. Te quiero David. Eres perfecto y maravilloso. No sabría que hacer sin tu buen juicio.

—Posiblemente volverías a pedir que te llevasen al infierno, para luchar contra ese ente que se hace llamar Memnoch—respondió cansado.

—Es posible... O pedir un nuevo cambio de cuerpo.


Él se echó a reír cambiando su expresión por completo. Se giró hacia mí y me miró a los ojos perdiéndose en ellos por un instante. Discutir en unos momentos como aquellos no era bueno. Dividirnos no era lo oportuno. Teníamos que unirnos. Debíamos ser una tribu.


Lestat de Lioncourt  

sábado, 31 de enero de 2015

Poesía perfecta

Flavius es uno de esos hombres a los cuales les tomas aprecio. No sé. Es un inmortal que siempre me agradará. Y apenas lo conozco, sólo de oídas. Pero, sin duda alguna, es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Sus pesadillas la anclaban al dolor, le secuestraban los sentidos y la arrojaban a un mundo que no podía comprender. Recuerdo como lloraba y se aferraba a mí. La calidez de su cuerpo era tentadora, pero aún más tentador era el escuchar de sus labios mi nombre. Me sentía cómplice y totalmente complacido por su cariño y fe. Ella buscaba mis brazos como quien busca agua en el desierto. Era útil. Ella me veía como un buen hombre y para mí ella siempre sería la mujer que me salvó la vida.

Cuando no tienes nada sabes apreciar lo poco que consigues. Yo conseguí su amistad, complicidad y amor sincero. Porque amor no es sólo cuando las piernas de una mujer se abren, sino cuando su pecho tiembla por cada caricia y sus ojos hablan de mundos distintos. Ella amaba la poesía, lo cual la hacía la ama perfecta. Era su esclavo, su hombre fiel y sincero, que caminaba a su lado guardándola de todo mal.

Nos hemos vuelto a ver. Tras tantos siglos. Ella me echó de su lado temiendo que Marius me destruyera. Jamás odié a ese hombre, pero sus celos eran terribles. Cuando nos hemos visto frente a frente, sin cambiar ni un ápice, he sentido como mi corazón se agitaba bajo mi duro pecho. No dudé en extender mis brazos, rodear su pequeño cuerpo y besar su frente en reiteradas ocasiones. Ella, mi señora, la mujer que me compró en aquel mercado, con la que discutí sobre poesía largas horas, y que me buscaba en mitad de las pesadillas me había encontrado de nuevo.

No estaba sola, pero la sentí tan indefensa como siempre. Su fuerza era inmensa, aunque su alma siempre fue delicada ante el sufrimiento de aquellos que ama. Su alma es como un arpa que con cualquier caricia suena. Pues el dolor a veces hace mella en sus cuerdas y provoca que la posea una tristeza insondable, que se ahogue en sus ojos café y surja con palabras suaves como un ligero suspiro. Es fuerte, sabe contener el dolor, pero necesito cuidarla. Y como he dicho: no estaba sola.

Un hindú, de ojos profundos, estaba a su lado sonriendo ligeramente, sintiendo el amor que ambos nos profesábamos. Un hombre distinguido, de grandes modales y caminar elegante. Parecía sacado de un cuento demasiado fantasioso para tener un ápice de verdad. Él comenzó a dar pequeñas palmadas y me sentí de nuevo como en casa. Nadie apartaría a Pandora de mis brazos, del mismo modo que nadie la arrancó de mi corazón. Él lo sabía y lo comprendía.


Aquel momento parecía una poesía perfecta.  

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

martes, 20 de enero de 2015

Mojo

—Mírate, ahí con tus ojos bondadosos, ofreciéndome tu corazón sin importarte nada. Yo he traicionado todo lo que significa ser un vampiro. He rechazado lo que soy pagando un alto precio. Soñé con probar las mieles de la mortalidad, pero supe que era agrio como la hiel y salado como el mar. Las lágrimas bañan mi rostro, pero tú te empeñas en lamer mi rostro. Mírate, ahí con tu hocico similar al de un lobo queriendo al Matalobos—susurraba mirándolo a los ojos mientras acariciaba su testa. Mis dedos se movían rápidos hasta detrás de sus orejas. Sus orejas eran grandes, mucho mayores y superiores a las de cualquier otro. Me escuchaba, aunque dudo que me comprendiera—. Eres lo único que tengo.

Aquella noche me dormí llorando aferrado a mi perro. Mojo se convirtió en mi perro. Un vagamundo como yo, desahuciado de todo lo bueno de la vida y arrojado a su suerte. Éramos dos huérfanos que decidieron caminar juntos. Dos seres que fundieron sus almas rebeldes esperando cuidar uno del otro.

Cuando era niño siempre tuve un perro a mi lado. Amaba la sensación cálida de sus cuerpos junto al mío. Mis manos se entrelazaban en sus gigantescos cuerpos, sentía sus patas pegadas a mi pecho y sonreía pensando que ellos me defenderían de cualquier mal. En esos momentos me sentí un niño, en Auvernia, esperando que me librara de los golpes diarios de mis hermanos.

Vivía como un hombre. Tenía las necesidades y los miedos existenciales que todos poseen. Un hombre mortal. Mis ojos ya no eran claros, sino pardos. Mi piel tostada, debido al sol del Gobi, se la había llevado otro. Los rasgos eran distintos. Mis facciones, en ese momento, eran más masculinas y duras. Tenía manos grandes, con anillos que no podía quitarme, que se aferraban a Mojo incapaz de dejarlo escapar.

Sufría como hombre mortal, porque así lo deseé.

Sin embargo, cuando los días pasaron y logré recuperar mi cuerpo, logré sufrir como vampiro con las mieles del éxito junto a Mojo. Oculté mi rostro en su cuello, él me colocó sus patas delanteras en mi hombros y me reconoció. Él me reconoció. Él sabía que era su amigo. Nunca me gustó sentirme su dueño, pues me parece una palabra deshonesta y fea para dos seres que se unen para formar un vínculo más allá de la sangre, las almas y las palabras.


—Te amo—dije, con sinceridad, cuando nos reencontramos—. Te amo como a un hermano, porque tú eso eres para mí. Ojalá todos fuésemos perros. Ojalá todos naciéramos tan bondadosos como tú.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 27 de diciembre de 2014

A un gran hombre

David vuelve a recordar a su viejo amigo Aaron. Creo que yo soy el único que le queda. Uno de esos que siempre están aunque sea metiéndolo en líos. 

Lestat de Lioncourt


La amistad es una hermandad elegida, seleccionada de entre cientos de miles de almas que a diario se cruzan contigo. En ocasiones nace fácilmente, pero en otras se resiste. Es el vínculo que muchos extrañan cuando viajan. La necesidad de reunirse entre los brazos de un amigo es inmensa cuando se encuentra fuera del hogar. Pues la amistad es todo cuando se conviertes en un hombre solitario que pocas personas conocen realmente, aprecian tu compañía y saben como te llamas. Él conocía todos mis miedos, ilusiones, pasiones, devaneo, sensaciones y emociones más puras. Comprendía cada uno de mis pasos por el mundo, mis viajes extraños, mis ojos cansados y finalmente mi cuerpo adolorido.

Éramos prácticamente de la misma edad. Nos habíamos conocido cuando tan sólo éramos unos novicios. Él era mucho más persistente, enfocado constantemente en mejorar sus cualidades, mientras que yo me dedicaba a ser como Indiana Jones. Iba a templos perdidos en el Amazonas, me hundía en el fango para conocer los misterios de un mundo desaparecido, caminaba entre las gentes de Brasil escuchando el ritmo de los tambores del Candomble y conversaba con los espíritus que me visitaban como si fueran viejos amigos. Él no me consideraba un patán, ni un loco y ni mucho menos un engreído. Sabía que vivía por y para las sensaciones que el mundo me ofrecía. Sin embargo, los años me fueron doblegando y fue él quien empezó a tomar riesgos.

Recuerdo como miraba los archivos de las Brujas de Mayfair. Pasaba lentamente sus dedos por cada hoja de los informes. Elaboraba copias constantemente para conocer cada párrafo. Añadió investigaciones propias. Visitó muchas veces la sureña ciudad de New Orleans. Se dejó guiar por el ritmo. Él decía que era placentero llevar trajes de lino blanco, sonreír de forma gentil y saber que te apreciaban por la elegancia británica. Se sentía cómodo allí. Igual que yo me sentía cómodo en Brasil y sus mares de árboles, religiones ocultas y música escandalosa. Jamás pensé que unos separaríamos de ese modo.

Una vez tuve que ocultar un secreto, el cual conoció provocando que temiera por mi vida. Había conocido a Lestat en mi despacho. Era el director de la orden en la cual nos “alistamos” para defender la verdad, el conocimiento y los tesoros más increíbles de este mundo. Talamasca era nuestra vida, emblema y apellido. Él no era un hombre rico, pero yo sí. Era hijo de un lord. Se suponía que llegaría lejos en la política, aunque decidí ser distinto. Mi padre también poseía dones, colaboró en alguna ocasión con la orden, y me permitió ser lo que era. Tal vez era el destino. Eso dijo Aaron, que el destino me llamaba. Un destino que me hizo ser director justo en la época en la que Lestat salió de entre la tierra, escarbándola con sus huesudos dedos, para tomar un micrófono y pasearse por el escenario gritando “Soy un vampiro, miradme.”

Él no aceptaba esa amistad. No era por celos. Temía por mí. Del mismo modo que yo temía por él cuando se acercaba demasiado a la familia. En aquella época ambos corríamos riesgos. Él se aproximaba a Deirdre, la hermosa heredera de los Mayfair, y yo a un vampiro muy peculiar. Sus ojos eran un abismo de preocupación cuando los vi por última vez. Sus peores sospechas se confirmaron.

—D... David—dijo aproximándose hasta a mí—. David...

—Aaron, necesito tu ayuda—expliqué intentando mantenerme firme en cada palabra que pronunciaba.

Sus manos eran viejas, muy pálidas, perfumadas y de uñas cuidadas. Mi piel tenía un ligero tono tostado, mis ojos eran cafés, casi completamente oscuros, y profundos y mi rostro era el de un joven que él no conocía. Sin embargo, mi mirada estaba ahí. Él se echó a llorar aferrándose a mi chaqueta mientras yo lo sostenía. Juro que me rompió el corazón. O quizás yo le rompí en mil pedazos el suyo. Aún así, pese a que le pedí un imposible, me ayudó.

Quería encontrar al joven que había habitado mi cuerpo. El dueño, por así decirlo. Simplemente fue una tarea imposible. No encontrábamos su espíritu por ninguna parte. Había desaparecido, cruzando a otro plano. Posiblemente lo hizo confuso y entristecido. Si bien, pudo crear para mí el funeral más especial que jamás hubiese visto. Logró convencer a todos. Sus lágrimas no eran falsas. Él me despedía para siempre. Siendo un vampiro no podría tener comunicación fluida con él. Ni con él ni con Merrick. Jesse, un par de años atrás, cruzó la línea y desapareció para muchos en la orden.

Sólo descubrieron la verdad cuando Lestat lanzó sus memorias, pero la mayoría creía que era una forma de limpiar su nombre. No obstante la duda cayó y comenzaron a sospechar. Aaron se volvió más rebelde. Él decidió alejarse e investigar más a fondo. Supongo que si yo no estaba, ¿para qué regresar constantemente a la que fue nuestra casa?


Me alegra saber que sus últimos días sirvieron de mucho. Conoció la verdad de los Mayfair. Pudo hablar con una criatura única. Se casó y fue feliz al lado de una buena mujer. Murió en la ciudad que más amó jamás y con el ritmo del blues y el jazz de fondo. Fue trágico. Mi corazón lloró durante meses su pérdida. Aún hoy me siento conmovido al ir a visitar su tumba. Él no está ahí. Su espíritu pasó a otro plano. Sin embargo, me gusta imaginar que puedo hablar con él como hacía hace décadas. Un hermano no se olvida. Un soldado no cae, sólo duerme eternamente.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Amistad

Estaba allí impulsándose sobre el piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro, rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello. Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.

Había algo en él que me recordaba a Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven, muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno paradisíaco como era New Orleans.

—Me visitas cada noche como si fueras un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el instrumento.

—Pero sólo soy un vampiro—respondí apoyándome en el marco de la puerta.

—¿Me darás la vida eterna? Es una propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo encogiéndose de hombros.

Tenía diecinueve años. La vida la estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso, pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría. Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.

No sabía como Louis se tomaría aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de música.

Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro. Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.

«Si te dijera que algo en mí, algo diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco prácticas. Lo siento, amigo mío.»



Lestat de Lioncourt

viernes, 3 de octubre de 2014

Mi amistad y apoyo lo tienes, aunque tarde

Sólo diré "No lo sé. Si en algún momento necesito hablar... tal vez." 

Lestat de Lioncourt 


Podría llenar miles de páginas con todos los reproches que te mereces. Quizás algún día lo haga. Por ahora permite que me sienta a tu lado, te contemple una vez más y te diga que estás equivocado. Sé que no me debes una disculpa, creo que yo tampoco. El tiempo nos separó y terminó matándonos. Sin embargo, el odio que te tengo no supera al amor que aún te ofrezco. He tenido mil veces mis manos hacia ti, pero también las he ocultado cuando más me necesitabas. Reconozco que no he sido el mejor compañero de viaje. Soy de esos que cuando ven el peligro huyen. Tal vez algún día perdones todos los malos ratos que hemos vivido, del mismo modo que has sabido perdonar que no te abrace hoy.

Es inútil hablar contigo. Tus ojos apuntan hacia el altar como si pidieras un milagro. Tienes las manos juntas, la mandíbula apretada y las lágrimas a punto de salir. Sé que miras las velas encendidas en nombre del amor, el dolor, la enfermedad y la tragedia que puede aniquilar tantas almas como ofrecerles un pobre consuelo. Nadie bajará de ese altar, pero tú tampoco subirás hasta él.

Te queda bien ese traje blanco. Creo que nunca te lo he dicho. Tienes un aspecto algo descuidado con ese pelo alborotado y libre, como la melena de un león, pero vistes impecable para venir a ver a tu santos. No sé si estás rezando o sólo preguntándote a ti mismo sobre la vida, la muerte y nuestra eternidad. Desconozco si la has vuelto a ver. Yo sueño con ella a diario. Sigo abarcando su pequeño rostro con mis manos y mirándola con el mismo amor que el primer día. Ella nos unió y separó, pero siempre regresamos al mismo punto donde discutimos. No soy el mejor, tampoco quien tiene que echarte en cara todo. Sólo quiero que sepas que pese a todo podrás encontrarme si lo deseas, para desahogarte de tus responsabilidades con una última pelea.

Todos te están esperando. Desean grandes logros del Príncipe de los Vampiros. Espero que no los defraudes. Tu espíritu de lucha sigue intacto, pues lo he visto. Por favor, si lees esta carta contéstala. Aunque sólo sea con una carcajada tirándola a la basura.


Nos veremos pronto.  

jueves, 21 de agosto de 2014

Eres tú, ¡Tú!

¡Qué emoción! Quinn me ha escrito algo. Mañana es mi cumpleaños así que van llegando los regalos y las bromas pesadas. ¡Os quiero! 

Lestat de Lioncourt 


«Toma. Esto quizás te ayude.»

Cuando Petronia, el vampiro que me hizo, me tendió aquellos libros fue un gesto que cambiaría mi vida y concepción del mundo en el que ahora me movía. Todo lo que me había enseñado Arion y ella se convertía en humo, pues había un vampiro intrépido y sin escrúpulos que se burlaba de la muerte, el destino e incluso coqueteaba con el demonio si era preciso. Su vida era un auténtico milagro y su peligrosidad aumentaba con el paso del tiempo. Los inmortales retratados en cada frase mostraban unos matices tan atractivos como él. Si lo encontraba quizás podía ayudarme a librarme del fantasma que me perseguía, aunque ni siquiera tenía idea que era mi propio hermano. Como si fuera una obra de Shakespeare hablaba con los muertos, caminaba entre tumbas y era perseguido por el pasado cuyo aliento no era para nada agradable.

Podía imaginarlo. Su espesa cabellera rubia cayendo revuelta y larga sobre una chaqueta de cuero, sus pantalones tejanos ajustados y unas botas de estrella del rock. Sí, ese era el aspecto más recurrente desde que supe que la música rock le había contagiado, hecho amarla y finalmente incluso había subido a un escenario para cantar sus glorias, penas y verdades. Sin embargo, lo imaginaba galopando con un pura sangre por el viejo New Orleans convertido en un espectro elegante, con su melena perfectamente cepillada y una sonrisa pérfida en sus labios. Sí, vestido de época con esas medias blancas y esos zapatos con algo de tacón, hebilla dorada y perfecto lustre. Salvaje, único y demasiado atractivo.

Tomé acopio de todas mis fuerzas, me miré al espejo en un par de ocasiones para alentarme y acaricié el camafeo que llevaba mi rostro. Rogué porque me hiciera caso. Era una ventura interesante, debía atraparle e incluso conmover. Eso quería. Tocar las fibras más delicadas de su alma y hacerla cantar. No obstante, soy tan torpe. Me presenté en su casa y casi mato al hombre de Talamasca que allí se hallaba, un hombre que yo bien conocía de mi etapa como mortal. Fue terrible. Le ofrecí la peor de las impresiones, pero sin embargo él no dijo nada. Lestat sólo se echó a reír.

«No te preocupes, hermanito.»

Quería estrecharlo y besarlo, hundir mis dedos en su espeso cabello y acariciar esa chaqueta negra, con botones de camafeos, que llevaba. Su camisa almidonada, sus zapatos lustrosos y esos pantalones elegantes. Era salvaje, sí, pero elegante. Un esclavo de la sofisticación que se burlaba y coqueteaba con el pobre brujo que prácticamente quería huir, pero no podía. Era fascinante.

«¡Eres tú! ¡Dios santo! ¡Tú! ¡Eres Lestat de Lioncourt! ¡Eres tú! ¡Estoy frente a ti! ¡Tú! ¡Maldita sea, eres tú! ¡Tú! ¡Eres tú!»

No podía pensar con claridad. Mi mente gritaba su nombre, coreaba su nombre. Mis manos temblaban pegadas al muro de carga de su habitación. Palpaba el papel pintado, miraba su escritorio revuelto y el suave mecer de las cortinas. El dulce aire de New Orleans nos cortaba el aliento, se mezclaba con nuestros pensamientos y palabras. Finalmente quedó a solas conmigo y yo sentí que mis piernas temblaban. Era algo más alto que él, pero me sentía diminuto. Esa sonrisa amable me enamoró. Creo que robó mi corazón en cuanto puso sus hermosos ojos azules, de tonalidades violetas, sobre mí. Deseé abrir mi corazón y hablarle de Goblin, Mona, tía Queen y de todo mi mundo. Incluso de mi aventura en el Santuario. Todo. Él simplemente aceptó, quiso ver donde vivía y los mortales que amaba. Se abrió paso en mi vida.


¿Hay alguien que no pueda amar a Lestat? Creo que simplemente quien lo odia es porque no lo conoce. No hay que odiarlo ni temerlo, sólo disfrutar de su compañía y sentir que el tiempo vuela. Mi amor por él es intenso. Jamás le estaré del todo agradecido por todo lo que hizo. Estuvo en mis peores momentos y me aupó para conseguir los mejores. Doy gracias por su amor y paciencia. Él, junto con mi tutor Nash y mi desaparecido abuelo Pops, ha sido una de las figuras masculinas fundamentales en mi vida.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt