Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 2 de septiembre de 2017

AKASHA

Marius demostrando lo que fue y es...

Lestat de Lioncourt 

Ahora que puedo tomar distancia y reflexionar sobre mi vida junto a ellos, cuidándolos y protegiendo su secreto, comprendo que hubieron momentos de torpeza por mi parte, pero también de incumplimiento por parte de otros bebedores de sangre que conocieron esta verdad, la verdad de un nexo común y que ellos eran la fuente de nuestro poder, pero no movieron ni un dedo por socorrerme y ayudarme a cuidar, vigilar y ofrecer seguridad a ambos Padres.

Si viajé a Egipto fue por petición de mi hacedor, al cual creí destruido por parte de los druidas. Él me encomendó que tomase las riendas de este asunto para desenmarañar la intrincada red que nos vinculaba a unos y a otros. Eran como hilos finos que nos conectaban, al menos así lo sentía y así ha sido hasta hace escasos años.

La historia que se narra actualmente sobre dos hermanas pelirrojas que se enfrentaron a los Padres y fueron apresadas, juzgadas y condenadas sin ser escuchadas. Ultrajadas, violadas, desacreditadas y expulsadas a recorrer el desierto encontraron un refugio y allí fueron encontradas nuevamente para ser despojadas de sus ojos y su lengua, aunque hubo un hombre que se compadeció de ellas. Aclaro que en este proceso Maharet y Mekare fueron juzgadas por canibalismo, ya que estaban consumiendo el cuerpo de su madre. Era una práctica natural y extendida por todo el territorio, pero Akasha, que venía de otras tierras cercanas a Mesopotamia, lo veía como un escándalo e implantó la momificación. Ese fue su primer acto de rebeldía, el segundo fue cuando los espíritus que hablaban con estas mujeres lanzaron a la reina su desprecio y por ende esta hizo caer sobre ellas el peso de su poder. Desde entonces los sucesos se precipitaron. La crueldad de Akasha se fue moldeando a lo largo del relato y demostrando que la que yo creía una madre bondadosa era una tirana despreciable.

Yo no sabía la verdad. Desconocía cómo sucedió todo. Sin embargo, asumí que debía protegerlos. Comprendí que mi vida, como la vida de centenares de vampiros, dependía de su protección. Por eso los llevé conmigo y los amé profundamente a pesar de su silencio. Cuando me hice con su cuidado ellos ya no se movían y eran similares a estatuas. A mí no me importaba, aunque pueda parecer escalofriante. Era como los pacientes inducidos en un coma a salvedad que ellos no envejecían y no necesitaban más cuidado que mi limpieza, cepillado de sus cabellos y colocar prendas nuevas cuando las anteriores se deterioraban. Supongo que mi labor era similar a la que realizan muchos beatos en las iglesias cristianas.

Construí a lo largo de los años muchos refugios para que ellos estuviesen protegidos y cómodos. Asumí que tal vez podían escucharme y por lo tanto les contaba como cambiaba el mundo y los grandes acontecimientos. Solía bajar a conversar durante horas, pintaba mis lienzos junto a ellos e incluso cambiaba la decoración de las paredes.

Amaba sobre todo a Madre, la hermosa y siempre joven Akasha, cuyos ojos parecían brillar y su voz me hablaba en sueños. Al menos así lo creía. Pues cuando tuve ciertos percances logré escuchar su voz, logré tener sueños muy vívidos e incluso me impulsó a buscar a Pandora, mi primera creación y a quien siempre amaré a mi modo.

De hecho, Pandora tuvo sueños de sangre relacionados con Madre y Padre. Ella decía que podía ver en estos el deseo y las necesidades de Akasha. Se postraba a sus pies y le hablaba. No todos podían hacer eso. Había leyendas, así como yo había llegado a comprobar, que quienes no eran dignos de ella, de estar en su presencia, quedaban reducidos a cenizas. Así que esos sucesos me hacían seguir creyendo que nos escuchaba, que podía ver y sentir aún. Jamás comprendía cómo podían ambos estar sumidos en un silencio tan profundo, como si durmieran con la expresión de alerta.

No fue hasta que rescaté a Lestat del Cairo y lo llevé hasta el refugio que yo poseía. No fue hasta esos días. No, no fue hasta entonces, que no presencié los movimientos de Akasha y Enkil. Ambos Padres, llamados Los Que Deben Ser Guardados, reaccionaron ante la presencia del impertinente jovenzuelo que yo había decidido rescatar de su pena.

Lestat había sufrido terriblemente al entrarse que quien fue su amante durante su vida humana, el segundo vampiro que convirtió, había atentado contra su vida y ardido en una pira frente a otra de mis creaciones, mi dulce Amadeo que ahora se hacía llamar Armand y que poseía una expresión más cruel que la que yo jamás podía haber imaginado. Además, su propia madre había desparecido de su lado después de hacer varios amagos para marcharse. Lestat había convertido a su madre en vampiro y esta deseaba libertad, poder comprenderse y reconocerse a sí misma. Hizo aquello en un momento crítico y Lestat cayó en una terrible depresión. Él había salido de París buscándome y yo me sentí más que tentado a buscarlo.

Todavía no perdono a todos los vampiros que fui conociendo y que se negaron a cooperar para cuidarlos. Tampoco perdonaré a Eudoxia o Santino, aunque ya estén muertos, por haber intentado ambos hacerse con ellos. Nunca lo podré perdonar.

Lestat hizo que ella despertara en una segunda ocasión, pero ya en este mundo lleno de tecnología. Ella pudo escuchar sus canciones llenas de poesía oscura e irreverente. Logró lo que nadie había logrado hasta este momento. La animó, la hizo entregarse a unos criterios errados y comenzó a destruir a “sus hijos”. Miles de vampiros fueron asesinados bajo sus noches de horror, muchos de ellos habían acudido al concierto de Lestat que daba para propagar sus canciones, su verdad, la verdad que yo le había enseñado y él había vivido. Sobrevivimos casi medio millón, pero poco después hubieron otros desastres. Las noches ya no son tranquilas. No lo son desde que Akasha despertó, destruyó todo a su paso y las Gemelas decidieron destruirla a ella.

Y digo que no lo son porque muchos seguimos soñando con su rostro, con esos ojos endemoniados, con esas palabras crueles e intransigentes. Hay quienes cayeron en la depresión, la locura y se aferraron al cataclismo. He intentado ayudar a muchos jóvenes que intentan hallar en mí consejos y algo de guía. Ahora soy la mano derecha, la mano fuerte, de Lestat. Si bien, mi autoridad puede resultar tediosa para mi joven pupilo. Para él a veces soy demasiado rígido y para mí él es demasiado blando.

Akasha poseía el Germen Sagrado y ahora habita en Lestat. Por eso mismo él es el líder, por eso mismo seguimos luchando. Sin embargo, estamos buscando como romper el vínculo de todos con Amel, como así se llama y llamaba este espíritu que nos dio vida tras una supuesta muerte, porque sólo así podremos estar más seguros y menos dependientes si algún milenario, o el propio Lestat, sufre un percance.


Ella nos demostró como no deben ser los gobernantes y el fuerte vínculo que tenemos entre todos. Ella nos demostró la cara amable y la cara terrible. Ella, Akasha.  

sábado, 27 de mayo de 2017

La canción de los Padres

Ella estaba allí, observando todo.
Miraba al frente como si contemplara
un cielo cargado de estrellas
y su alma al fin transcendiera.

Él estaba allí, cual metomentodo.
Miraba al frente como si me asesinara
aplastándome y dejándome su huella,
pues bajo la piedra había una fiera.

Los Que Deben Ser Guardados
debieron ser sacrificados.
Padre y Madre de los vampiros...
Nosotros, sus terribles hijos.

Ella se llamaba Akasha.
Él se llamaba Enkil.

Ella se alzó entre las sombras,
caminó insinuante y me sedujo.
Me dijo su nombre una vez más
y me abrazó amorosamente.

Él se alzó ante mi asombro.
Dejó atrás su trono de lujo.
Me dijo que no lo permitiría jamás
e intentó aplastarme despiadadamente.

Los Que Deben Ser Guardados
debieron ser sacrificados.
Padre y Madre de los vampiros...
Nosotros, sus terribles hijos.

Ella se llamaba Akasha.

Él se llamaba Enkil.


Lestat de Lioncourt   

domingo, 30 de abril de 2017

Perdón

Bueno, alguien que sabe pedir disculpas y no como Marius... ejem... Avicus es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Ya ni siquiera recuerdo cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos. Creo que han sido más de mil años. Sin embargo, sigo recordándote como si hubiese ocurrido ayer. Tal vez debí detener tus pasos hacia la puerta, los cuales se escucharon pesados y cansados, pero no lo hice. Estaba seguro que el tiempo nos pondría a los dos en el mismo camino otra vez. Creía en ese destino. Pensaba que cambiaríamos para bien con las experiencias y las consecuencias que estas tendrían sobre nosotros, pero me equivoqué. Sólo permití que una enorme montaña nos dividiera por siempre.

También me siento un estúpido por no haber acudido a la anterior reunión. Si hubiese estado allí presente cuando Akasha despertó y se paseó frente a vosotros, ignorando vuestras necesidades e imponiendo sus principios éticos, habría sido de gran ayuda para apoyarte en tan duros instantes. Supe que te sentías culpable por no haber protegido correctamente a Jesse Reeves, la descendiente de Maharet y Khayman, pero también que te enorgulleciste al comprobar que se convirtió en una inmortal impresionante.

He sabido de ti gracias a otros, pero dudo que tú supieras de mí. Vivía y vivo encerrado en libros. Me he dado cuenta que tenías razón. Los libros son importantes, pero no es lo único. Debía salir fuera y conversar, convivir con otras mentes y aceptar lo diversas que son. No tomé punto medio, sólo acepté la imposición de Marius sobre ser un sabio voraz. Creí que la sabiduría estaba únicamente en los libros y tú la rechazabas únicamente porque provenía de un romano.


Supongo que más vale tarde que nunca para pedir disculpas, pues al menos me quitaré un peso de encima. Sí, Mael. Sé que quizá no estés vivo, o que tal vez si vives no quieras saber de mí, pero tenía que hacerlo. Me vi comprometido a esto. No espero una respuesta. No es la primera vez que escribo mis dudas sobre este hecho. Aún así aquí están de nuevo en un pedazo de papel escrito en una cafetería cualquiera de Suiza.  

sábado, 11 de febrero de 2017

Mi verdad

Seth es un encanto... ¿lo sabían?

Lestat de Lioncourt 

Ella siempre se encontraba furibunda y vacía debido a una poderosa insatisfacción. Se movía por la habitación como una pantera y rugía sus caprichos. Todos vivíamos en una jaula de oro llena de tesoros, pero con una Diosa espantosa como Madre. Nos arrodillábamos ante ella, suplicábamos perdón y teníamos que aceptar sus leyes infames como perfectas.

Había regresado al hogar sin ninguna intención de quedarme. Me habían contado de la muerte de mi abuela, la cual apenas conocí. Ella estaba en una de esas tumbas maravillosas que ahora tanto dan de que hablar. Si no recuerdo mal, ya que a veces la memoria me falla, fue vendida su momia hace más de un siglo. Fue parte de un macabro juego en el cual arrancaban a los muertos de sus tumbas, los desenvolvían y buscaban los objetos de valor, que a veces sólo eran pequeñas estatuillas, entre vendas. Ella y mis hermanas habían desaparecido. Una de mis hermanas murió siendo una niña debido a unas fiebres, otra tuvo un accidente y las demás diversas enfermedades, partos y problemas que podrían ser debido a fallos en el corazón, ya que apenas sabíamos de ello en aquellos tiempos, las borraron. Era su única familia y el único varón. Regresé al hogar forzado.

Había estado por lo que conocemos hoy como Turquía y Siria. Curaba enfermos o los ayudaba a morir dignamente. Era un sanador. Mis manos principescas preferían tocar la pus a tocar un cetro que me hiciese guía de un pueblo en la oscuridad. Veía dolor a diario, pero también esperanza, felicidad y amor. Me encontraba siendo amado, respetado y necesitado. Tenía mi hogar y mi lugar en el mundo. Incluso a veces coqueteaba con algún joven o mujer que se acercaba hasta mi pequeña consulta. Pero ella tuvo que intervenir.

Llegó su guardia real en barco, bajó en la costa cercana al pueblo marítimo donde vivía aquellos meses, y me llevó mar adentro para luego viajar hasta palacio. Nada más arribar a las costas oscuras de Kemet me eché a llorar. Sabía que ella impondría sus creencias. Ya había escuchado sobre sus horrores, así que no esperaba una madre amorosa. Iba en busca de un monstruo.

Tras mi ceremonia de iniciación, la que ella se empeñó de darme con toda la pompa, y de convertirme así en otra clase de hijo: me fugué. Sí, me fugué. No podía soportar ser un no-muerto a su lado. Mi nueva condición provocó que trabajara de noche, pero no dejé de ayudar o invertir en buenos médicos para que salvaran a las clases más desfavorecidas.

Después de milenios fugado supe que regresó. Había estado en silencio milenios. Escuché muchas historias sobre un romano que la veneraba y cuidaba, pero muchos creían que sólo eran cuentos de vieja. No era ningún cuento. Ese romano era Marius, un historiador y pintor introducido en la Sangre poco después de la muerte de Cristo. ¡Y la despertó un vampiro joven que había sido discípulo de Marius tan sólo unas noches! Maldito imbécil... Aunque ella acabó muerta y yo me sentí liberado. Ese mismo año, durante ese mismo mes, me atreví a convertir a mi primer vampiro y compañero. Si bien, Amel rompería también sus votos de silencio y sería Lestat, ese intrépido vampiro, quien nos salvara.

Fareed y yo estamos tratando a vampiros codo con codo, con un equipo de inmortales, y tenemos una pequeña familia. Una familia que ahora se siente dichosa de participar en una enorme tribu. Me siento liberado. A veces tenemos la visita de Lestat junto a Viktor, su hijo fruto de los experimentos de mi compañero.



Ah... mi nombre es Seth.  

lunes, 30 de enero de 2017

Mi historia, vuestra historia

Gregory Duff Collingsworth o Nebamun... es uno de esos vampiros que se hacen amar.

Lestat de Lioncourt 



Muchas veces creí que sería difícil explicar mi vida a otros, pero fue asombrosamente sencillo hacerlo una vez todo se detuvo y comencé a dar explicaciones. Supongo que tras cientos de siglos de silencios, de ocultarme como si fuese un viejo tesoro, fue más sencillo que hablar sobre una vieja historia que parecía más bien una leyenda. Ofrecer una verdad en un momento donde todos los ojos y oídos son pocos es inusual.

Recuerdo la primera vez que pisé un país occidental. Había dejado atrás la arena dorada y amontonada, extensa como un océano profundo y peligrosas como una selva tropical, para encontrarme con bosques, ríos, lagos, ciudades apelotonadas a los pies de montañas o en valles extensos. La lengua no fue difícil para mí debido a los poderes que poseemos los vampiros. Estos nos hacen poder entender el idioma de cualquier país, evitando así fronteras culturales o de cualquier tipo.

Sin embargo, lo que mejor recuerdo, como si fuese ayer mismo, es a Amel apareciendo en la vida de todos nosotros. Ese vínculo, ese germen. Pude contemplar como Akasha caía, junto a su esposo y su fiel mayordomo real, sobre las baldosas de aquella habitación. Me encontraba oculto en un baúl. Era el amante favorito de Akasha, el actual compañero de cama, pues Enkil jamás había tenido tales acercamientos.

Los ojos parecían que iban a salirse de mis órbitas cuando contemplé estupefacto como se introducía en ella, agujereando su cuerpo, para luego incorporarse. Un alarido de dolor, como si ardiera envuelto en un fuego invisible, la avivó. Se convirtió en una marioneta de mirada terrible, soberbia y capaz de cualquier cosa, dejando atrás esa escasa fragilidad que en ocasiones me mostraba en la cama. Era otra. Se sabía poderosa. El miedo se apoderó de mí y decidí seguir oculto, observando como mordía el cadáver del rey Enkil, para luego hacer lo mismo con Khayman. Ambos cobraron vida tras derramar su poderosa sangre sobre sus labios y estos se incorporaron como si nada hubiese pasado.

La mirada de Khayman, siempre alerta, era la de un hombre asustado. Sabía que algo era distinto en él, por eso el silencio parecía precederle. Por otro lado Enkil reía maravillado. Tal vez se sabían muertos, se habían visto como espíritus revoloteando por el techo de la habitación. Jamás pregunté. Sobre todo porque yo fui el siguiente en ser transformado en uno de esos monstruos perfectos. Me convertí en el líder de un ejército ante el desacato del leal mayordomo, el cual decidió proteger a las Gemelas Pelirrojas. Debí hacer lo mismo. Todos debimos hacía mucho atacar a la reina y librarnos de su horror.

Durante siglos recordé la maldición que Mekare lanzó sobre la reina. Dijo que ella le arrancaría el corazón y la decapitaría, que llegaría su hora y lo haría junto a su hermana. Por eso le arrancaron la lengua y a su gemela, para que no pudiera encontrarla, sus ojos. Tuve que separarlas, echarlas a dos corrientes distintas, y asumí mis culpas durante largas noches.

No me siento orgulloso de mis inicios, pero sí de mi presente. He logrado formar una pequeña familia de inmortales, he salvado la vida a un joven vampiro de hermosa piel oscura, y tengo un imperio farmacológico que investiga junto con Fareed Bhansali mejoras en nuestra genética, evitando enfermedades que podrían aparecer o mejorando nuestra calidad de vida.


Sin embargo, contar todo esto, fue difícil. El micrófono estaba abierto, había más de una decena de inmortales rodeándome. Sentí que todos retenían el aliento porque me detestaban por mis malos actos, pero finalmente me perdonaron y aceptaron que tuve mi momento en la historia.  

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pandora

Yo creo que Flavius es un gran hombre y hace honor a la palabra amigo.

Lestat de Lioncourt 

—Mi señora...

Había observado tristeza en otros ojos, estupor y dolor. No obstante, jamás se acostumbra uno a contemplar semejante horror en unos tan intensos y enormes. Pandora tenía la mirada más profunda que jamás he visto, podía consumirte como una llama y destruirte igual que una terremoto. Me sentía avasallado cuando se enfurecía, aunque jamás lo hizo contra mí o mis compañeras esclavas. Nos trataba como familia, nos amaba como a hijos y hermanos, y nos acompañaba en nuestras preocupaciones mundanas. Si bien, ella era quien más sufría. Esos terribles sueños resecaban su boca, agitaban su alma, hundían sus ojos en lágrimas y sus manos temblaban buscando mis brazos deseando que la arropara. Malditas sean las noches, pues tenía tantas pesadillas como estrellas había cubriendo el firmamento.

—Pandora... Mi señora...

Mi voz se hundía en sus pesadillas, rescatando a duras penas su dolor, mientras acariciaba sus mejillas húmedas e intentaba que surgiera de ese trance tan terrible. Con cuidado la tomé, como si fuese la princesa de Anatolia y yo el criminal que osó ir en contra de los deseos de Afrodita. Parecía estar en un sueño estigio, pero logré entre ruegos y caricias que reaccionara.

—Flavius... la he visto otra vez.

Esas palabras se repetían como un eco. Yo la sujetaba con firmeza y la levantaba ligeramente del colchón de paja, me sentaba en él y la sostenía como se sostiene a un niño recién nacido. Besaba su frente, acomodaba sus largos cabellos oscuros y recitaba para ella. A veces sólo escuchaba esa pesadilla, preguntaba sobre su procedencia y cualquier detalle de importancia. Estaba segura que tenía algún cometido en esta vida para ese monstruo, esa diosa, esa mujer tan poderosa como horriblemente peligrosa. Y así fue. Akasha la buscaba y deseaba su compañía. Sin embargo, yo no era capaz de averiguarlo. No en esos momentos.

Me convertí en su guardián, pero jamás en su amante. Por mucho que ella besara mis labios y se insinuase. La amaba, aunque nunca de forma carnal. Era un amor sincero, fuerte, apetecible para un hombre que ha sufrido en el amor, pues no podía uno dejar de amar a una mujer como ella. Era mi amiga, mi hermana y finalmente fue mi madre, mi creadora, mi protectora... Ella me dio el poder de vivir eternamente y sobrevivir hasta el presente.


Pandora era algo más que mi señora. Pandora siempre será algo más que una mujer.  

martes, 13 de diciembre de 2016

Única

La belleza de Pandora eclipsa. 

Lestat de Lioncourt

Las primeras impresiones pueden hacernos errar y entrar en un conflicto extraño, pero admito que me quedé abrumado por la belleza de Pandora. Una belleza que podía ser tan peligrosa como la navaja más afilada en un mugriento callejón londinense. Habitaba las húmedas y plutónicas calles de una ciudad que yo amaba, admiraba, apreciaba con sus errores y virtudes, pues había nacido allí y mis orígenes siempre estarían vinculados a su hora del té y amor por la Casa Real. Londres, en Gran Bretaña, fue su refugio después que Akasha destruyera parte de este mundo.

La vi matar. Arrebató la vida de una joven sin importarle nada. Arrancó su corazón y bebió directamente de ese hermoso músculo que nos da vida. Se agitó como una jovencita debido a la euforia y luego deparó en mí. Me miró con sus agudos y oscuros ojos, taladrándome con la mirada, antes de hacer que me presentara.

Antes de ir a verla pregunté por sus debilidades. Un viejo espíritu, uno que solía observarla, discretamente me aseguró que tenía una. Así que había adquirido el mejor cuaderno y un par de bolígrafos. Sabía que con aquellos materiales entre mis manos ella se dedicaría a escribir sólo por autocomplacerse. Suena extraño, pero ama tanto el sonido del bolígrafo rasgado las hojas, el olor de la tinta y el papel nuevo, que comprendí que no se negaría.

Los espíritus siempre me han seguido y no fue diferente cuando entré en la cafetería. Había algunos muy débiles, otros eran sólo repeticiones de un hecho que los marcó. No obstante, nada más abandonar el local, con ella redactando su vida, me topé con uno extraordinario. Sus ojos azules casi parecían reales y por un instante me perdí en ellos. Estaba de pie, junto a una farola, con ropa moderna. El abrigo que llevaba no podía tener más de tres o cuatro años, pues lo había visto en una tienda para caballeros hacía un tiempo. Era hermoso. Si bien, nada más acercarme desapareció. El cabello no lo vi bien, pues llevaba un sombrero. No obstante, puedo casi asegurar que era oscuro.


En estos momentos sé que significa, pero no voy a aseguraros nada hasta llegado el momento. Por ahora estamos hablando del legado de Pandora. Un legado que ha conmovido a cientos de miles y que ha logrado mostrar lo hermosa, desafiante y poderosa que puede ser una mujer.  

martes, 18 de octubre de 2016

Para ser sinceros...

Supongo que Daniel tiene razón, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


No hay días perfectos, supongo. Tampoco puede existir entonces una vida hecha a medida. Siempre tomamos alguna decisión con respecto a lo que haga alguien amado, respetado u odiado. Incluso hacemos elecciones influidos por personas que desconocemos. Vivimos en un mundo donde todos estamos conectados. Por eso, cuando el cuerpo de Lestat fue usurpados muchos tomaron decisiones erróneas, imperfectas o poco estudiadas. La mayoría se negó a dar un paso hacia el frente para ayudar, pues tenían miedo. Ese miedo era una respuesta lógica, aunque desmedida tal vez, porque Raglan sólo quería la eternidad y la fortuna que Lestat poseía. No quería destruir a los vampiros.

Con el paso de los días todo fue cobrando forma. Raglan pertenecía a un grupo de sabios y ocultistas, o al menos perteneció en su día hasta que fue expulsado. En la Orden de la Talamasca se suele pagar cara la alta traición, pero tomaron la decisión de sólo expulsarlo. No lo condenaron como se merecía, quizá porque su delito no era demasiado gravoso. Aún así, perdieron un tiempo precioso.

Por mi parte, yo estaba aún perdido en un paraíso extraño entre mi sueño cumplido, de ser eterno, y el miedo atroz que sentía hacia el exterior. Temía que un día cualquiera otro monstruo como Akasha apareciese. No podía dormir de día y de noche tan sólo decoraba pequeñas maquetas, o las ensamblaba, intentando despejar mi mente para poder descansar al menos unas horas. La paciencia de Armand se había desgastado y Marius tomó con entereza una decisión, la cual aún hoy afecta a mi vida.

Admito que no supe de todo lo ocurrido hasta hace unos años, quizá tres a lo sumo, cuando me comentaron la peripecia que había logrado Lestat. Leí los libros que no conocía, me empapé de toda la historia narrada por distintos vampiros, y ahora me encuentro sentado en un diván intentando averiguar cuáles son mis sentimientos sobre todo esto. En unos días se publicará el nuevo libro de Lestat y todos sabrán cómo es su amada Atlántida. No sé qué pensar o sentir. Tal vez debería tener miedo, pero sigo vivo. ¿Por qué debería?


Sólo sé que las consecuencias de Raglan James siguen presentes con la figura de David Talbot. En estos momentos es un hombre de apariencia joven, pero de alma vieja. Es intrépido, aunque sabe dónde pisar. No es atolondrado como Lestat. Es otra clase de vampiro. Hace unos años conversé durante largas horas con él y me quedó claro que nunca se ha convertido a un vampiro como él, que es absolutamente brillante e intuitivo. Además, puede seguir hablando con los espíritus. Tiene los poderes de un “brujo” y de un inmortal. Creo que la consecuencia de esta aventura fue, sin lugar a dudas, positiva.  

viernes, 7 de octubre de 2016

No eres un dios

Khayman fue duro, pero le dijo la verdad... 

Lestat de Lioncourt


—Mírame, mírame...—susurró en un ruego amargo.

Su voz estaba quebrada. No era el líder que dirigía un gran ejército junto a mí, sino un hombre. El dios se había derrumbado y sólo quedaba el humano, el ser decrépito e iluso que todos somos en realidad. Me aproximé a él con tristeza sin amagos, sin deseos de destruirlo aún más de lo que ya estaba, y quedé en pie frente a su mirada cargada de preguntas tristes y sin respuesta.

—¿Qué ves?—preguntó apretando los puños.

—A un hombre que no sabe dominar su reino y que ha sido eliminado del poder por su consorte. Un hombre que por mucho que luche contra los amantes de su mujer, contra cientos de hombres ahí fuera, será minúsculo y olvidado—respondí antes de poner mis manos sobre sus hombros—. Un ser que jamás perdonaré por haberme hecho cometer semejantes vejaciones a dos inocentes—le aseguré mirándolo a los ojos, tal y como él quería. Aquellos ojos tan oscuros como los míos, tan apesadumbrados como la noche misma en la cual tuve que asumir que yo sólo era una marioneta, un peón, un idiota que había besado el suelo por donde caminaba un tirano—. No eres un dios. Nunca fuiste un dios.

—Hay espíritus que nos siguen y atormentan—dijo colocando sus manos sobre mis muñecas, justo encima de mis brazaletes de oro. Él me los había regalado, como un tributo por mi buena labor en las guerras. Si bien, sabía que era algo más. Enkil me amaba, pero yo había empezado a detestarlo con todo mi corazón.

—Porque tu mujer los ha ofendido desde que pisó Kemet—aseguré—. Ha prohibido que nos alimentemos de los muertos para que sus espíritus queden libres, como también ha perseguido a las hechiceras pelirrojas y las ha humillado frente a su corte de idiotas—dije sin miedo, sin pudor. Sólo sentía vergüenza de haber transgredido dos almas, dos cuerpos, dos mentes brillantes a cambio de no morir—. Soy un cobarde, pero aún tú lo eres más—sentencié apartándome de él con asco.


Esa misma noche me atacó aquel violento espíritu y él intentó salvarme. Quizá lo hizo porque mis palabras habían removido su conciencia. No lo sé. Simplemente sé que él me debía demasiadas cosas y aquella noche las pagó con creces.  

jueves, 6 de octubre de 2016

De Atenas a la guerra

Este es el Khayman que todos recordábamos, ¿verdad?

Lestat de Lioncourt 




No recuerdo bien los motivos por los cuales Atenas se convirtió en el epicentro de mi vida. Me convertí en un insoportable urbanita que merodeaba por los locales más sofisticados, vestía a la moda y se cepillaba el cabello durante horas frente a un elegante espejo. Solía acudir a las abarrotadas cafeterías antes que el sol terminase de ocultarse, me sentaba en el exterior y leía el periódico durante al menos una hora. Después pagaba la cuenta con una generosa propina, me marchaba a mi apartamento, revisaba si había algo entretenido en la televisión y después me marchaba a conducir a toda velocidad por las autopistas cercanas. Ese era yo. Lo fui durante mucho tiempo.

Olvidé tantas cosas por el camino. Algunas muy importantes. Si bien, jamás podía dejar de sentir profundo amor y admiración por Maharet. Nos habíamos encontrado más de una vez, llegando a convivir algunos años, pero nada más. Ella era demasiado contemplativa, pero yo, por el contrario, era demasiado nervioso e impulsivo. Amaba la velocidad, la música estruendosa de los locales más llamativos y conversar con desconocidos. Me alimentaba de vez en cuando, como si fuese un ritual solemne, sólo para no olvidar qué sabor poseía la sangre y el calor que le confería a mis manos, mejillas y corazón.

Meses anteriores al revuelo del concierto de Lestat, eso era todo.

Una noche salí a caminar a pie, dejándome llevar por la bucólica sensación que algo me faltaba. Decidí que llenaría ese hueco, de recuerdos insatisfactorios u olvidados, por un poco de diversión canalla. Me propuse seducir a un joven americano de hermosos ojos verdes, piel clara y cabellos rubios alborotados. Sonreí con cierto toque coqueto y comencé a conversar con él sobre música, lugares interesantes de Atenas, grandes autores de la literatura y vampiros. El muchacho me habló de una novela de vampiros que estaba siendo toda una revelación.

Cuando me la tendió noté que estaba escrito en inglés, como era normal, y me costó algunos minutos recordar cómo demonios se leía en ese idioma. Al pasar de las páginas, al leer sobre las diferentes sectas, comprendí que era real. Esa novela no era un disparate como las demás. Mis manos temblaron, mis ojos oscuros brillaron como pequeñas canicas y se lo regresé.

Eché a correr por las calles espantado, pero a la vez con una esperanza nueva tras otra. Había jóvenes vampiros que tenían inquietudes, que deseaban dejarse ver más allá de los locales para inmortales, y sentí que era un revulsivo. Pero entonces supe que esta época de descreídos, de luchas contra fuerzas invisibles creadas para amedrentar a la población, era perfecta para ella. Había demasiada inocencia y podía revelarse como la solución al dilema. Respiré agitado, me froté el rostro y rogué un milagro. Si bien, lo único que encontré tras varios meses, que se convirtió en un estallido social en todos los sentidos, fue una canción de rock que me hizo delirar. ¡Una canción hecha para Akasha! Lestat, uno de los protagonistas de la dichosa novela que me habían prestado, era el causante de una nueva oleada de criminalidad entre los nuestros, de cierta esperanza y de una fiebre injustificada de hacerse notar ante la población humana.


Entonces la sentí. Sentí como iba despertando, activándose como una bomba de relojería, y me sentí vivo. Por primera vez en muchos siglos volvía a sentirme vivo. Podría volver a ser Khayman, el guerrero, que lucharía contra la tiranía buscando la ansiada paz y verdad.  

miércoles, 5 de octubre de 2016

La verdad tras la reina.

Mael explicó cómo conoció la verdad sobre Akasha. Yo también hubiese creído a Maharet.

Lestat de Lioncourt


El imbécil orgulloso de Marius la adoraba, pero a mí no me traía buenas sensaciones pese a toda la dramática historia, de lucha y honor, que decían que poseía a sus espaldas. Mis ojos merodeaban cada uno de sus rasgos, escudriñaban en sus ojos hieráticos, y me alejaba para contemplarla sentada en su trono de oro, junto a su consorte, mientras percibía como mi viejo compañero de penurias, Marius, admiraba su belleza codiciando su amor. Yo no lograba amarla como a una madre abnegada por todas sus criaturas. Avicus me habló de ella, de la transformación que le dio a su vida. Él era un guerrero que habían convertido contra su voluntad, el cual llevaron hasta el reino vecino, el antiguo Kemet, para que ella diese el visto bueno. Se incorporó de su trono, caminó hacia él y le otorgó nuevos poderes a través de su poderosa sangre.

No fue hasta que conocí a Maharet, tras alejarme de ambos, cuando ella me confió la verdadera historia. Todo encajaba a la perfección. Acababa de salir de Venecia. Marius me había dado acogida en su casa y yo, como no, le había advertido que aquel muchacho, de hermosos cabellos cobrizos y maravillosos rasgos faciales, le traería grandes problemas y haría que vertiera miles de lágrimas. Caminaba cerca de lo que hoy es San Petesburgo. Había casi medio metro de nieve. Mis pies se congelaban, sentía en mi rostro como se cortaba con miles de navajas en cada bofetada que me ofrecía el viento, y, como no, me empeñaba en proseguir bajo aquella nevada.

Ella salió a mi encuentro. Sus cabellos rojizos ondearon en el aire como si fuera un fuego para calentar mis manos. Sin decirme nada, sólo con gestos, me hizo seguirla hasta una pequeña cueva que tenía por casa. Estaba aislada del frío, el fuego crepitaba en una hoguera y me regaló ropas secas, cálidas y casi de mi medida. Noté que toda ella estaba tejida por su inmenso telar, pero no supe cuál era el producto hasta que la vi arrancarse mechones de pelo y unirlos a sus obras. Quedé fascinado.

—Me llamo Maharet—dijo moviendo rápidamente sus dedos por su telar. Parecía una araña construyendo una inmensa tela de araña, pero en realidad sólo hacía una manta gruesa para pasar los peores días del invierno—. ¿Qué haces por aquí?

—Viajo. Quiero conocer el mundo y comprender lo que somos—expliqué notando que era vieja, pues tenía una presencia que no había captado en ningún otro vampiro, ni Eudoxia o Avicus.

—He visto que conoces a Akasha, pero no la verdad. Siéntate, acomódate junto al fuego, y te contaré lo que esa tirana logró hacerle a mi familia—susurró.


Durante horas me contó su infancia, como su madre la había educado, para finalmente hacerme ver lo que había ocurrido. Ella me habló del dolor que había atravesado su piel, así como la piel de su hermana, hasta su alma. Explicó las leyes que impuso la soberana Akasha, como Enkil sólo era un pelele y que ella se creía una diosa. No la interrumpí. Cuando finalizó su relato hasta aquella misma mañana me incorporé, caminé hacia ella y besé sus mejillas. La amaba por su entereza, su sabiduría y el poder que transmitía aunque ella sólo quería sobrevivir.  

martes, 4 de octubre de 2016

Concierto maldito

Un relato de Davis, el bailarín de raza negra, que puede que os conmueva. 

Lestat de Lioncourt 



Aquellas noches no volverán. Por mucho que yo desafíe al tiempo y a los recuerdos, no volverán. Ocurrieron, una tras otra, como un destello de una luz fugaz. Eso fueron. Un momento de chispa, una oportunidad mágica para ser feliz y entregarnos a la más deliciosa locura. La música rock elevándose por los muros frágiles de aquellos locales, el murmullo de cientos de almas conversando sobre aquellos libros que habían encendido una llamarada en los corazones, almas y pensamientos de cualquiera, y, las pintadas de advertencia en urinarios y mesas.

Killer estaba inquieto. Se movía por toda la ciudad murmurando que debíamos ir al concierto. No teníamos entradas aún. Baby Jenks jugaba con las graciosas coletas doradas que yo le había hecho, pues parecía una colegiala y no un vampiro que llevaba un par de años cazando hombres. Ella había sufrido mucho, Killer también y yo había tenido una buena vida. Sólo había sufrido algo de racismo e incomprensión, pero como bailarín logré cierta fama en mi ciudad antes de mudarme a San Francisco. Allí conocí a ambos. Nos convertimos en una pequeña familia que terminó siendo un club de moteros con colmillos y ganas de aullar en mitad de la noche.

Muchos querían matar a Lestat, pero nosotros lo admirábamos. Queríamos aparecer en el concierto para ayudarlo. Aplaudíamos incesantemente sus canciones como si fueran en directo, aunque sólo eran transmisiones en programas de música de Mtv. Nos preguntábamos cuántos vampiros conocían realmente a Lestat, quienes eran los que más amaba y si Louis aparecería aferrado a su brazo aquel día.

Deseábamos que nos respetara, nos conociera, nos amara y nos dejara estar con él algunos días. Queríamos aprender. Deseábamos ser parte del selecto club que él llamaba amigos, hermanos, hijos... Admito que suena estúpido, pero para nosotros era algo tan fácil de alcanzar que nada más conseguir las entradas, robadas a los cadáveres de un par de víctimas, corrimos a buscar la primera fila en el concierto.

No sé porqué ella desapareció. Se esfumó de nuestro lado. No podía sentirla, ni encontrarla. Me pareció un feo presentimiento, pero Killer aullaba cada canción. Su rostro dulce, pese a ser un hombre, me encandilaban. Acabé abrazado a él besándolo en mitad de una de las canciones más apabullantes que poseía Lestat. Hablaba sobre una reina dormida, un monstruo milenario, que aguardaba su momento. Entonces, de la nada, ella apareció arrasando con todo.

Noté como Killer tiraba de mí entre la maraña de gritos, sangre, vísceras y fuego; pero en algún momento, supongo que por los golpes y empujones, mis oscuros dedos se separaron de su pequeña mano de mármol. Intenté salir de aquel horror, pero los muertos caían a mi alrededor. En el parking no encontraba mi coche. Me eché a temblar cuando la vi saliendo del estadio con aquellos ojos de pupilas dilatadas. Quise correr, pero no pude. Si bien, alguien me tomó entre sus brazos y me salvó la vida.


Ese alguien era Gregory, con quien comparto mi vida desde entonces. Él me ha intentado curar de mis momentos de locura, debido a todo el trauma que viví. Sin embargo, no dejo de pensar en Killer. No puedo dejar de pensar en él.  

lunes, 3 de octubre de 2016

Diosa ciega

Creí que estaría a salvo de cualquier mal. Pensé que mis pecados habían quedado sepultados horas atrás, que nadie más sabría llegar hasta a mí, y podría soñar pese a las terribles pesadillas que había vivido en primera fila en ese concierto. Me equivocaba. Ella apareció súbitamente en aquella guarida, la cual había supervisado yo mismo. Estaba muy equivocado.

Debí suponer que Akasha no descansaría hasta dar conmigo. Desconocía cuales eran sus intenciones, pero sabía que si hubiese querido matarme lo habría hecho frente a miles de cámaras. Habría mostrado al mundo que el príncipe malcriado, el imbécil que había expuesto su figura heroica en vídeos de rock, podía ser asesinado por la propia Bella Durmiente. Una Bella Durmiente que no despertó por un dulce beso de amor, sino por mi voz transmitida una y otra vez en los distintos dispositivos electrónicos.

Pensé en Marius. Había escuchado su voz y las advertencias que me había ofrecido minutos atrás. Estaba sepultado en hielo, en algún punto del norte de esta tierra maldita llena de imbéciles como yo, esperando quizá ser rescatado o simplemente morir ofreciéndome su último aliento. Supongo que de haber seguido sus normas esto no habría ocurrido, pero era algo que tenía que hacer. Me sentía en deuda con todos los que habían leído las memorias de Louis. Había sido condenado y juzgado al mismo tiempo que terminaban la última frase de su maldito libro. He perdonado a Louis por ello, pues yo le he condenado a vivir un infierno. Y todo eso lo hice, el condenarlo, porque me enamoré de él. Eso no exime lo que hice, no suaviza el pecado, sino que demuestra que soy un ser apasionado y estúpido. Sobre todo apasionado.

Así que ella se personó ante mí, me agarró y exigió que la siguiera. Dijo que las criaturas satánicas que éramos, que los Hijos de la Oscuridad, habían perecido y, que al fin, existiría únicamente ángeles y una diosa. Aguanté la carcajada porque en el fondo, como todos en ese momento, estaba aterrado. Yo no creía en dioses y tampoco en ángeles. No creía en nada. Vivía en una inocencia libertina que me daba el ateísmo más absoluto. Ahora creo en algunas cosas, como los espíritus que pueden guiar nuestras acciones o formar parte del mundo modificando la historia a su antojo. Si bien, una diosa como ella, terriblemente caprichosa y ciega, hubiese sido para mí una tragedia. No podía creer en ella de ese modo. Sólo veía a una mujer desesperada en un ataque de nervios absoluto, esperando vengarse de todos los hombres porque la habían fallado. Si bien, ella falló primero a los hombres más cercanos. En primer lugar... falló a su hijo, después vinieron los demás. La supremacía de un género u otro es una estupidez, una blasfemia, porque los pecados los llevamos por igual hombres y mujeres. Somos lo mismo. La misma bondad y la misma maldad. No hay diferencias.


Aunque admito que la amaba a mi modo, pero la amaba. Quise ayudarla, pero no pude. Yo no tenía la facultad para salvar a una mujer como ella. Era un pobre imbécil. Supongo que aún lo soy después de tantos años. No pude controlar sus mentiras ni hacer que se arrepintiera del dolor que había ofrecido como un caramelo envenenado.


Lestat de Lioncourt   

domingo, 2 de octubre de 2016

Una diosa como esa

Recuerdo los meses previos al concierto. Los hoteles de mala muerte, el olor a nicotina impregnado en mis camisas, el sabor del whisky en mis labios, el sudor recorriendo mi frente y el enorme horror que sentía cuando escuchaba pasos por mi habitación. Estaba agotado física y mentalmente. Mi alma no daba para más. No dejaba de dar vueltas y vueltas a todo lo que había pasado. En apenas un puñado de años mi vida había cambiado. Pensaba en cómo la suerte me había dado la espalda, cuando creía firmemente que aquella historia iba a ser mi salvación.

Me percaté que Oscar Wilde tenía razón cuando en “El retrato de Dorian Gray” afirmaba rotundamente que la juventud es un regalo, que sólo la poseemos una vez y cuando se va el hombre pierde toda esperanza. Mi juventud se estaba marchando. Conocí a Louis con apenas veintipocos años, acabado de salir de la Universidad con mi título de periodismo, y trabajando, desde hacía unos meses, como columnista ofreciendo pequeñas biografías de hombres y mujeres que me topaba por la ciudad de San Francisco. Mi misión era hacer una radiografía de la intrahistoria que se vivía bajo las luces de neón, entre sala y sala de fiestas, con sabor a alcohol en los labios y el cigarro entre los dedos. Pero, en esos días, ya rozaba casi la treintena.

Buscaba a Lestat cuando conocía a Armand. Creo que cuando lo vi sufrí una revelación. Ante mí tenía a un hermoso adolescente con las mejillas llenas, labios carnosos, ojos profundos y almendrados, cabello cobrizo ondulado cayendo sobre sus estrechos hombros, una cintura pequeña y una piel delicada. Para mí era un ángel, pero sabía que ese ángel podía llevarme a la tumba o a una institución mental de alta seguridad.

Dos meses antes del concierto él ya me había dado su sangre. Tenía sueños terribles. Veía a dos gemelas cruzando el desierto, llorando por su destino, y todo lo que ocurría a su alrededor era siniestro. Me sentaba frente a Armand, le contaba lo que soñaba y él le restaba importancia. Decía que eso eran simples sueños debido a las historias que Lestat había contado. Pero mi imaginación iba más allá. Sentía como mis músculos se tensaban, el sudor frío bañaba mi rostro y mi vista se nublaba incluso cuando usaba mis gafas.

Me sorprendí cuando escuché a un vampiro hablar de esos sueños en uno de los clubs para vampiros. Decía que llevaba semanas soñando con esas malditas gemelas, guerreros egipcios y una diosa terrible que nos aplastaría a todos. Temblé por completo asustado y empecé a buscar a Armand, pero no lo hallaba. Cuando lo encontré me convirtió. Al parecer le aterró saber que no estaba del todo confundido con mis sueños.

De inmediato quise hacer todos los trucos que realizaba Lestat, pero muchos me eran imposibles. Vi desde la habitación del hotel, junto con mi creador, su último videoclip. Acabé enloquecido cuando comprobé que había una diosa similar sentada en una silla, la cual se levantaba con movimientos mecánicos y lo atrapaba. Chillé lleno de ansiedad y me aferré a Armand con fuerza. Él simplemente frunció el ceño, apagó con el mando a distancia y me pidió que reprimiera esas imágenes si quería descansar en el amanecer previo al concierto.



martes, 27 de septiembre de 2016

Bella Durmiente

Se extiende el inmenso y desolador silencio.
La Bella Durmiente sigue en su trono.
Durante un segundo, sientes que te mira.
Que alza su vista, señala al infinito
y busca a ese diablo sonoro.

Hace tiempo que no escuchas los lamentos
de tus hijos, en las tinieblas, allí fuera...
Te estamos buscando, querida reina.
Alza tu rostro, busca la verdad...
¡No somos demonios! ¡Sólo somos niños perdidos!

Búscame, tómame, soy tu hijo...
Bebe de mí, beberé de ti.
Búscame, tómame, soy tu hijo...
Un beso fugaz, en mitad de la locura.

Hace tiempo que las arenas ya no queman,
que tu voz, Bella Durmiente, se apagó...
como aquella luz, como esta vela.
Mírame, hermosa mía, por favor.
Tú y yo, en este escenario, nos alzaremos.

Estamos condenados, somos Hijos de la Sangre.
Un espíritu malvado nos creó.
Tú lo contienes, lo sabes... ¡Te agitas!
Eres la diosa que el mundo esperó.
¡Y quizá nunca despiertes!
El tiempo se esconde en las estrellas.

Búscame, tómame, soy tu hijo...
Bebe de mí, beberé de ti.
Búscame, tómame, soy tu hijo...
Un beso fugaz, en mitad de la locura.


Lestat de Lioncourt 


A un fan

Siendo sinceros jamás pensé que mi música revolucionara como sucedió. Yo sólo quería dar mi versión. Ni siquiera sabía de esos locales para noctámbulos y vampiros. De hecho, yo creí que sólo eran parte de las películas de los ochenta y su delirio por los seres de la oscuridad, los Hijos de la Noche. No me preocupé por saber lo que ocurría con el resto de inmortales, pues lo que yo deseaba era participar en este nuevo mundo. Otro vampiro, en mi lugar, visto lo visto en años atrás habría huido de las estridentes luces artificiales, se hubiese sumergido aún más profundamente en la tierra removida de cualquier cementerio y hubiese rezado porque toda esa libertad absurda, esos cardados horteras, y esa música estridente dejase de sonar. Pero, como he dicho alguna vez, amo el arte y las aventuras. Soy un hombre de acción y no un ratón asustado en un rincón.

Estoy respondiendo esta carta, la cual tiene fecha de hace más de cinco años. No sé bien porqué lo hago, ya que no estoy en la necesidad de hacerlo. Supongo que ahora que soy “Príncipe de los Vampiros” debo hacerlo. No lo sé. ¿Debo hacerlo? Es posible. Pero querer hablar del concierto, algo que supuso toda una revelación para muchos, es algo tedioso y terrible. Tengo que levantar las ampollas que ya creía cerradas, recordar como Akasha destruyó mis ansiad de gloria y hacerme a una idea que no he vuelto a saber de los hermanos Larry y Alex, así como tampoco sé nada de Dama Dura.

No es que esos mortales me preocupen demasiado, pero formaron parte de mi vida. Por alguna razón les tomé aprecio. Nunca más volví a escucharlos. Quizás están encerrados en una institución médica alegando que conocieron a un verdadero vampiro, que brindaron con él y fueron parte de su corte. Incluso podrían gritar aún, golpeando las paredes acolchadas, que esa maldita desquiciada, esa Bella Durmiente, había abierto sus inmensos e imponentes ojos negros para acabar con todos. Es posible. De hecho, creo que algo así sucede. Me han llegado rumores, pero nunca hago caso a los rumores.

Así que sólo te envío esta carta para que sepas que sí, que todavía creo que eso del concierto fue buena idea y que no creo que Amel tuviese la culpa. Bueno, no creo que tuviese toda la culpa. Sí creo que algo en ella lo activó, si bien no voy a echarle la cruz para que la lleve a cuestas. Él es parte de mí, del mismo modo que yo soy parte de él.

Únicamente puedo decirte que espero que tengas suerte y vayas a muchos conciertos de rock.
Con cariño,

Lestat de Lioncourt  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Bella Durmiente

—Estaba ahí. Allí ante el dolor y la desesperación de un mundo en continuas guerras. No importaba la cadena donde emitieran noticias, pues todas hablaban de los distintos conflictos bélicos que se extendían, como una plaga, por la faz de la tierra. Los hombres empuñaban sus fusiles, se subían a sus poderosos buques de guerra o conducían tanques destruyendo todo a su paso. Los misiles, las bombas nucleares y las de racimo consumían las vidas de mujeres y niños. El mundo temblaba. Ante mí tenía el horror. No había visto cosa igual desde hacía miles de años. Su horror era mi horror. Miraba inmóvil aquel espectáculo y sufría. Puede que mi ambición de poder también sea peligrosa, pero es mayor la del hombre. He visto en ellos, en los hombres, la deshumanización absoluta—decía aquello subida en aquel trono. Las mujeres estaban arrojadas a sus pies, adorándola como si fuera una diosa, cubriendo sus pies de flores y sus senos desnudos con hermosos abalorios que colgaban de su perfecto cuello.

Yo permanecía en silencio. Mis ojos admiraban el horror de una mujer equivocada por completo. Ni siquiera sabía cómo empezar mi elocuente discurso. Ante otros no perdía jamás la fe en mis cualidades de orador, pero ante ella me sentía empequeñecido y frágil. Pensé en mi madre, que jamás aplastó ni odió a los hombres, y sin embargo luchó contra ellos cada día de su vida. Ella, que mostró lo que es realmente una mujer firme, fuerte y decidida. También pensé en Marius, tantos siglos dedicados a cuidar a una mujer que decidió enterrarlo en hielo, y por supuesto, claro que sí, en Louis. Pensé en mi adorado Louis. Sólo podía pensar en él. Quería hundirme en pecho y que me consolara. Mi alma sufría y mi cuerpo, que parecía ser venerado como el de un ángel, se sentía sucio de todas las caricias que había recibido por parte de las equivocadas mujeres.

Toda una isla destruida. No había ni un varón. Ni siquiera respetaron a sus hijos. Cientos de cadáveres ensangrentados cubrían las calles, plazas, casas y pequeños escondrijos. Las niñas lloraban descalzas sobre la sangre de sus familiares masculinos, y, sus madres, absolutamente enloquecidas, alababan a la diosa que provenía del cielo.

—Muchas mujeres han entrado a formar parte del cuerpo de élite de muchos ejércitos—intervine intentando que viese que tanto un género como otro, fuese cual fuese, siempre tenía equivocados—. ¿Qué hay de amazonas y tribus femeninas que aplastan a los hombres con violencia?


—¡Insolente!—gritó—. ¿Acaso quieres morir?—preguntó.


—No, mi hermosa Bella Durmiente...—susurré.  



Lestat de Lioncourt 

jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

miércoles, 20 de julio de 2016

Ajedrez

En realidad todos amamos a Armand de algún modo. Me uno a los comentarios de Landen. 



Lestat de Lioncourt





Estaba frente a un tablero de ajedrez observando cada una de sus piezas. Me preguntaba si este mismo tablero era el descrito en aquella importante reunión en la cual no participé. Pensé en todos los que estaban vivos entonces y ahora eran humo y cenizas. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al pensar que Santino, aquel creyente convertido en descreído, había tocado alguno de los peones y sonreído con malicia al saber que ganaba ante su pupilo.

Por un sólo instante recordé su rostro envuelto en aquella maraña de cabello negro salvaje y restos de barba. Esos ojos oscuros comenzaron a perseguirme. Pensé que quizá su espíritu ahora nos rondaba vigilando con cierto dolor, rabia, odio y peligrosas ambiciones. Pero luego vino a mí su imagen recorriendo Roma disfrutando de ser un hombre sin fe, usando su magnífico cerebro y su encanto.

—¿Piensas en Santino?—la voz de Armand me alarmó. No lo había sentido llegar porque estaba demasiado concentrado en las piezas de ese ancestral juego.

—A veces—dije sin mirarlo. Estaba dándole la espalda porque me encontraba en el lugar opuesto a la puerta de entrada—. Hoy más que nunca.

—Tal vez porque estás ante su juego favorito—sus pasos sonaron sobre las pulidas y pulcras baldosas de mármol, rodeó la pequeña mesa donde estaba el tablero y se sentó frente a mí.

—¿Es el mismo que usasteis aquella vez?—pregunté colocando el dedo índice y corazón de mi mano derecha sobre la torre, acariciándola suavemente, para luego agarrar uno de los peones y observarlos de cerca.

—Sí, es el mismo. Lo conservo—aseguró—. Jugué con él y con Khayman. También recuerdo que estuvieron jugando Marius contra Maharet y ella con Pandora—sonrió riéndose bajo—. Adivina quien tuvo peor perder de todos.

—Marius—respondí tras una enorme risotada.

—Yo siempre pienso en Santino. Sobre todo pienso en sus palabras cuando creía que yo estaba muerto—susurró descendiendo sus párpados entretanto se echaba contra el respaldo de la silla donde se había acomodado.

—Siempre voy a la misma cafetería, ¿sabes? Pido mi periódico, mi café, me siento en la misma mesa, me quito los botones de la chaqueta y observo a todos los que van y vienen. Me gusta observar a los humanos. Me quedo con algunos detalles, los más extraños o los más comunes, leo mis noticias entretanto y olfateo mi taza de café—aquello hizo que me mirara con cierta curiosidad—. Hago todo eso pensando en todos los años que me basé en una fe estúpida a la cual nos aferramos por miedo. Como se aferra el moribundo antes de morir y el beato durante toda su vida. Pero entonces llega la muerte y te dice al oído que nada de eso existe—solté el peón en su lugar dando un leve suspiro—. Él, tú, otros tantos y yo perdimos el tiempo ¿sabes? Cuando él se alejó de la fe y se basó únicamente en la filosofía, dejando atrás sus teorías sobre el Diablo y Dios, se paseaba por toda Roma con elegantes trajes hechos a su medida y bonitos anillos de oro. Podías verlo con el cabello recogido o suelto como uno de esos chicos salvajes de la moda. Era una aparición interesante que alguna vez vi, pero no logré acercarme porque parecía no querer saber de nadie. De nadie de su pasado—le miré a los ojos mientras me inclinaba hacia delante con una sonrisa descarada—. De nadie que no fuera su Armand. Que no fuese ese ángel misterioso de alas negras tan tupidas. Ese muchacho que le hacía suspirar y desear con cierta rabia. ¿De verdad no conocías su secreto? Lo gritaba, Armand. Gritaba constantemente que te amaba con sus acciones. ¿Por qué crees que te salvó? Al verte algo en él se derrumbó como se derrumbó Babel—di un leve golpecito en la mesa y me incorporé—. Si alguien te ha amado en este mundo, por encima incluso de Marius, ha sido él.

De inmediato empezó a llorar en silencio y yo me sentí culpable, pero sólo le había dicho la verdad. Él era un niño aún que no se percataba de todo lo que le rodeaba y de los sentimientos de los demás. Quería amar y ser amado, sin embargo no sabía aún jugar al juego. Salí de detrás de la mesa, la rodeé y me coloqué a su lado tomándole del rostro para besar sus labios mientras tocaba sus lágrimas sanguinolentas con las yemas de los dedos. Mi lengua se hundió en su boca atravesando su carnosa entrada y envolviéndome rápidamente con la suya. Fue un beso libre y apasionado que a su término lo dejó confuso.

—Incluso yo te amo y deseo—susurré—. Ah, Armand. Haces que todos caigamos como idiotas ante ti y ni te percatas.

—Landen... —balbuceó.


—Estaré con los demás, en la reunión, espero que vengas con otro ánimo—solté una ligera carajada—. Y si ves al fantasma de Santino dile que mis intenciones contigo no son peligrosas, pues sé que hay un violinista que muere por ti y tú por él. Aún así te vigilaré para que Rhosh nunca te haga daño—aseguré antes de marcharme.  

lunes, 11 de julio de 2016

Días de perros

—Deberías decirle a esa maldita mujer que aprenda modales—dijo irrumpiendo en mi despacho.

—¿Disculpa?—pregunté sin saber bien qué pasaba.

—Ayer vino a perturbarme, Lestat—no podía controlar su enfado. La ira le dominaba por completo y temblaba frente a mí como si estuviera aterido de frío—¡Sólo te advierto!—dijo colocando sus blancas y perfectas manos de pintor sobre mi escritorio.

—¿Qué ocurre?—me asombraba que se comportara de ese modo tan incivilizado. Recordé por un momento al Marius que conocí cuando intentó detener por todos los medios a Akasha sin lograrlo—. No sé qué está pasando. Cálmate.

—Bianca apareció ayer mientras modificaba alguna de las leyes para aclararlas y rectificarlas según tu conveniencia—dijo clavando sus ojos en los míos como si fueran dos rayos provenientes de Zeus. Sentí que la electricidad de su rabia me recorría de pies a cabeza.

—¿Y?—pregunté.

—¡Cómo puedes estar tan tranquilo! ¿Acaso no sabes lo que trama esa mujer en mi contra?

Cada vez se veía más nervioso. Las escasas arrugas de expresión se marcaron en el contorno de sus ojos. Su boca, siempre con un gesto amable, estaba torcida y de su lengua sólo podían salir sapos y culebras. Estaba vestido con una túnica al más puro estilo del Imperio Romano. Posiblemente había salido de la casa que había comprado en Verona entretanto terminaba de restaurar su viejo palacio en Venecia.

—No...—dije tras un largo suspiro.

Mi madre estaba allí presente aunque parecía un jovencito con esa ropa tan masculina, el cabello recogido y oculto bajo su sombrero, y las botas de montaña cubiertas de barro. No sé donde había estado las últimas semanas ni le había preguntado. Ella era libre de ir y venir junto con su compañera, sus amigas más íntimas o incluso por si sola. Era una mujer feliz porque hacía todo lo que quería sin que yo pusiera impedimento alguno. Y, por supuesto, no iba a impedir que viese ese espectáculo tan bochornoso. No iba a echarla.

—¡Me ofendió terriblemente!—gritó y añadió— ¡Dijo cosas tan horribles que no puedo reproducir! ¡Y me abofeteó!

Cuando dijo que lo abofeteó mi madre rió bajo quizá porque sabía de quién se trataba. Las mujeres de la tribu estaban más unidas que nosotros los hombres. Era curioso como corrían unas a otras a contar todas las idas y venidas. Aunque, por supuesto, Sybelle era la única que se mantenía algo alejada junto con Rose. Ambas, las más jóvenes, parecían decididas a no involucrarse demasiado en las disputas internas.

—Marius, no soy tu padre—dije con una sonrisa algo burlona de la cual no me arrepiento en absoluto—. De hecho, tú eres mayor que yo. ¿Por qué debería tomar parte de un asunto que no me concierne?—pregunté con un tono condescendiente.

—¡Eres el líder!—exclamó golpeando la mesa provocando que la pluma que estaba cerca del borde cayese.

—Eres el líder, el líder, el líder... —respondí con un tono jocoso que provocó que mi madre riera nuevamente. Entonces él la notó entrando en una cólera aún mayor.

—¡No hagas burlas!—cerró los puños sobre la mesa y se inclinó.

Deseaba que yo realmente hiciese algo, pero no sabía qué podía hacer. No me burlaba porque sabía que para él era un tema serio, sin embargo ¿yo que pintaba en todo ese asunto? Nada.

—Marius, estoy aquí para problemas serios—dije siendo conciliador—. Las nimiedades, por favor, las arregláis entre vosotros sin que yo tenga que escuchar vuestras malditas broncas de niños de cinco años—comenté incorporándome de la silla recogiendo la pluma, para luego mirarle a los ojos con esta en la mano—¿Recurro a ti cuando discuto con Armand? ¿Me ves en tu puerta aporreándola porque Pandora se personó en mi despacho para gritarme que soy tan terco como tú?—pregunté bordeando la mesa para quedar tras su ancha espalda. Dejé la pluma sobre el escritorio y lo aparté con cautela echándolo hacia atrás. Finalmente me quedé frente a él mirándolo a la cara. Su rostro seguía siendo el de un monstruo irracional— No—dije negando suavemente con mi cabeza mientras me encogía de hombros—. No lo hago. Por favor, tú no lo hagas tampoco.

—Y te haces llamar amigo, compañero, hijo...—siseó herido y molesto.

—Marius, no puedo detener a Bianca—comenté—. Ella está herida por muchos motivos—dije intentando que asumiera quizá que lo había hecho para sentir que otros también sufrían igual que ella—. Tú debiste comprender que todo esto la ha trastornado y provocado que se sienta humillada.

—¿Y eso le da derecho a humillarme a mí?—preguntó.

—Marius... te cuidó—dije agarrándolo por sus fuertes brazos cincelados por sus viejas actividades físicas. Aunque era un hombre de pintura y letras tenía un aspecto envidiable. Siempre lo imaginaba vestido como iba con sus esclavos y pupilos deseando escuchar sus sabias palabras, pero en ese momento no era un hombre sabio o disciplinado. Sólo era un hombre herido y apasionado que buscaba una venganza inútil.

—De eso hace mucho—dijo perdiéndose en mis ojos.

—Sólo puedo decirte que todo esto ocurre porque eres incapaz de ponerte en el lugar de otros. Eres demasiado terco, airado y tremendista—mis palabras le hirieron porque pude notarlo de inmediato en la dilatación de sus pupilas—. No escuchas. Tienes el ego tan inflado que es imposible que escuches.

—¡Cómo te atreves a decirme eso!—se zafó de mi agarre y empezó a gritar de nuevo.

—Te amo, Marius. Te amo muchísimo, pero eres un idiota de manual con todas las mujeres—dije apoyándome en la mesa mientras lo veía moverse por toda la habitación como un animal herido y enjaulado.

—Lo confirmo—intervino mi madre.

—¡Cállese! ¡No hablo con usted!—espetó.

—No, pero ha entrado en el despacho de mi hijo gritando contra una amiga. ¿Qué se cree?—dijo sin perder el tono. Parecía ajena a todo lo que sucedía pero echaba leña al fuego.

En ese momento, para colmo de males, decidió pegar un grito frustrado y marcharse dando un fuerte portazo. El marco de la puerta se quebró y yo me llevé las manos al rostro para intentar controlarme. No quería ir tras él para tomarlo de la oreja como si fuese un niño. Mon dieu... él más de un milenio mayor que yo.

—Madre, no debiste ser tan brusca—dije cruzándome de brazos intentando encontrar una solución a todo aunque no era mi problema.


—Hijo, he sido delicada—susurró acercándose a mí para tomarme del rostro con cariño. Tenía las manos heladas—. Busca hubiese sido si le pego tal patada que lo hago volar por la ventana—murmuró para luego soltar una risotada que hizo que la siguiera.


Lestat de Lioncourt  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt